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A inicios de la década de 1920 Ramiro Guerra escribió esta Historia de Cuba, que desde las culturas aborígenes sigue la formación y evolución de la nación hasta los albores de la república. Esta obra representó un avance trascendental para la historiografía cubana. El proyecto quedó inconcluso, pero fueron publicados un primer tomo y este Tomo II, que llega hasta 1607. Ramiro buscaba indicios de la gestación nacional en aquella temprana etapa colonial. No solo consultó nuevas fuentes, sino que condujo su análisis más allá del tradicional acontecer político, para considerar fenómenos sociales y económicos usualmente descuidados, hurgando así en la «historia profunda». Nuestro autor estimó esencial este enfoque para hallar los embriones de la comunidad cubana. Asimismo sus libros: - Azúcar y población en las Antillas, - Manual de Historia de Cuba - y Guerra de los diez años son textos clásicos de los estudios históricos cubanos. En el prólogo a este último libro, Ramiro Guerra expresó: «Un país no podrá tener jamás una historia, sino muchas historias.»
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Seitenzahl: 410
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Ramiro Guerra
Historia de Cuba Tomo II
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Historia de Cuba. Tomo II
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9953-390-2.
ISBN tapa dura: 978-84-9007-192-2.
ISBN rústica: 978-84-9953-554-8.
ISBN ebook: 978-84-9953-956-0.
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Créditos 4
Introducción 7
Divisiones de la Historia de Cuba. Carácter del período de 1555 a 1605 7
I. Historia política externa 23
II. Organización social y política 87
1. Clases sociales 87
2. El gobierno 105
3. Instituciones sociales 152
III. Vida económica 207
IV. Cultura y costumbres 259
Gobernadores de Cuba de 1555 a 1607 279
Reyes de España en este periodo 280
Libros a la carta 283
La Historia de Cuba, a partir de la conquista española, comprende poco más de cuatrocientos años, correspondientes a las épocas moderna y contemporánea de la historia general del mundo. Dichas épocas no pueden tomarse como base, sin embargo, para establecer divisiones en la historia cubana, porque éstas resultarían, además de muy vagas, generales y arbitrarias, carentes de valor práctico y científico. No marcar ninguna separación en períodos, tampoco es recomendable, ya que de la división histórica no se puede, en rigor, prescindir. Cuando se estudian hechos sucesivos, desarrollados durante siglos, resulta indispensable establecer separaciones cronológicas, límites de principio y de fin, con la mira de hacer un alto cada vez que la ordenada exposición del asunto lo requiere, resumir los caracteres dominantes de la época, apreciar los acontecimientos de la misma en sus relaciones generales y su unidad, y llegar mediante esas operaciones de generalización, al elaborar una síntesis clara y comprensiva de la evolución histórica, período a período.
Estas divisiones o puntos de parada, como pudiera llamárselas, no deben fijarse ad-libitum, arbitraria y caprichosamente: han de separar ciclos claramente distintos de la evolución histórica, bien porque dicha evolución aparezca orientada al fin de cada uno de ellos en una dirección nueva, bien porque, sin cambiar de rumbo, acuse modificaciones profundas bajo la presión de diferentes factores de variabilidad.
Establecidas con un sano criterio metodológico, las divisiones de la historia marcarán fases bien definidas y diversas de la vida colectiva, de la misma manera que la niñez, la adolescencia y la juventud, señalan períodos, cada uno con su unidad y su carácter, de la vida individual. La fijación de esas divisiones introduce en la historia un elemento de claridad, de orden, de inteligibilidad, como la división en tipos y clases simplifica la botánica y la zoología, permite el estudio sistemático, grupo a grupo, de las plantas y los animales, y facilita las inducciones de la filosofía biológica.
Proponiéndose la historia la explanación de procesos vitales complejos de la sociedad, que se desarrollan paulatinamente, sin saltos bruscos ni soluciones de continuidad, los límites de los períodos se confunden, pasándose de uno a otro de manera insensible y gradual casi siempre, sin que sea posible fijarlos tan verdaderos y rigurosos, que resulte eliminado todo elemento de apreciación discrecional y arbitraria. Así como en la clasificación científica más objetiva y cuidadosa puede discernirse un índice de convencionalismo, porque el botánico o el zoólogo fijan límites precisos a especies que no lo tienen en verdad, en la división histórica se descubre un residuo de criterio meramente individual, más o menos acentuado en cada historiador; sobre todo tratándose de países nuevos, respecto de cuya historia no se ha pronunciado todavía. De manera definitiva la opinión de los especialistas ni de las clases cultas, sancionando, por el consensus general o por la tradición, divisiones unánimemente aceptadas.
El defecto de que adolecen las divisiones históricas no es exclusivo, sino inherente, como queda apuntado, a todos los sistemas de clasificación. Los fines prácticos que persiguen la botánica y la zoología, exigen la división en especies de seres no separados de manera absoluta en la realidad de la naturaleza; asimismo, los fines prácticos de la exposición histórica demandan la división en períodos de hechos no aislados realmente en el correr del tiempo. Respondiendo, en el fondo, a las mismas necesidades intelectuales, el procedimiento para establecer la división debe ser idéntico El naturalista, una vez que ha estudiado y ordenado en forma de serie completa todos los organismos que ocupan su atención desde los más sencillos a los más complejos, cuando llega el momento de dividir la serie en segmentos o grupos, cada uno representativo de una familia o una especie, escoge esta o aquella cualidad o conjunto de cualidades singulares y las utiliza como elemento de distinción para fijar donde un segmento de la serie termina y otro comienza. El historiador, frente a la misma necesidad de fijar un límite preciso a cada ciclo de la, evolución, escoge un acontecimiento o una fecha memorable para marcar la división entre dos períodos. La clasificación del naturalista será tanto más recomendable y útil cuanto mejor estén agrupados dentro de cada familia o especie los ejemplares más afines; la división del historiador responderá más cabalmente a las necesidades lógicas y psicológicas que la determinan, según el mayor acierto con que estén reunidos en cada período hechos de un mismo carácter, producidos por causas o influencias de mayor semejanza.
El largo proceso de la historia de Cuba presenta, dentro de su unidad, períodos en los cuales los factores dominantes de la evolución han sido diferentes y han impreso a ésta modalidades distintas. Cada uno de esos períodos ha estado caracterizado no por un solo hecho culminante, sino por varios, los cuales, en su conjunto, le han marcado con un sello peculiar, creando condiciones de vida y de evolución distintas en multitud de aspectos.
Unos han sido de carácter militar, otros políticos, económicos, sociales, etc., pero todos representan verdaderos fenómenos de la vida total de la comunidad, no de una fase aislada de dicha vida solamente.
En lo que tienen de característico, nos hemos basado para establecer la división que ofrecemos de la historia de Cuba. Al tomarlos como fundamento de nuestro cuadro, no proponemos una división arbitraria hasta donde esto es posible, ni una mera división política, sino una clasificación de los acontecimientos propiamente histórica, lo cual, dada nuestra concepción de la Historia, equivale a decir regidas por principios biológicos. El hecho escogido para fijar exactamente la terminación de un período y el comienzo de otro, es casi siempre un hecho político; pero téngase en cuenta que se ha adoptado en cada caso por tratarse de un acontecimiento notable y conocido del momento de transición entre los dos ciclos que divide, no porque el hecho sea en sí mismo el que ha motivado la división. Nuestra división de la historia de Cuba aspira a delimitar épocas distintas de la vida de la sociedad cubana; es una división más profunda que la que se fundamenta en episodios más o menos notables de las guerras o de la política.
Inspirándonos en los principios que acaban de exponerse, hemos distinguido en la historia de Cuba siete períodos, cada uno con su carácter, su significación y su unidad. En su conjunto, constituyen las grandes líneas de su cuadro coherente, inteligible; el bosquejo más general de la historia de una comunidad que, a través de numerosas vicisitudes, surge a la vida, crece, gana en fuerza e independencia y robustece y vigoriza su personalidad, dentro de las naturales y crecientes limitaciones impuestas a todos los países, por el trato cada día más íntimo y frecuente de los pueblos y la creciente solidaridad de los intereses humanos.
Dispuestos en orden cronológico, los siete períodos que hemos distinguido en la historia de Cuba son los que se explican a continuación.
Primero, desde el descubrimiento hasta 1555, fecha de la destrucción de La Habana por el calvinista francés Jacques de Sores, de la extinción total de las encomiendas y la esclavitud de los indígenas y de la sustitución de los gobernadores de carácter civil por militares.
Segundo, de 1555 a 1607 (el que comprende este volumen). Durante estos cincuenta y dos años los reyes españoles Felipe II y Felipe III, enfrascados en porfiadas y sangrientas guerras con Francia, los Países Bajos rebeldes contra España, los turcos, e Isabel de Inglaterra, no prestan la menor atención a los asuntos de Cuba, excepto a la fortificación de La Habana, ordenada en las últimas décadas del siglo XVI, después que las correrías de los primeros marinos ingleses en los mares del Nuevo Mundo ocasionaron graves daños en los principales puertos de las Indias y constituyeron una seria amenaza para las posesiones españolas. Al terminar el período esa desatención cesa: se establece la división de la Isla en dos gobiernos, se expulsa a los pocos extranjeros residentes en el territorio y se arrecian las medidas de rigor contra el contrabando.
Tercero, de 1607 a 1697. En este período se abre en las Antillas un siglo de largas y sangrientas guerras de España con Holanda, Inglaterra y Francia, naciones que emprenden conquistas territoriales en el Caribe, así como con una nube de filibusteros y piratas establecidos en islas y regiones abandonadas por España en estos mares. El período termina con la paz de Ryswick, celebrada, en Europa, en 1697.
España reconoció las conquistas de sus rivales en las Antillas: Jamaica y las Lucayas, entre otras, por los ingleses; Haití y la Martinica por los franceses; varias Antillas Menores por los holandeses.
El aniquilamiento de los filibusteros en 1697 por los ingleses, a quienes interesaba entonces establecer cierta policía y seguridad en el Caribe, ya dominado por ellos, permitió a Cuba algún respiro, disfrutando de un corto período de paz, muy favorable a su desarrollo económico, estimulado por el contrabando con las cercanas posesiones de Inglaterra y Francia.
Cuarto, de 1697 a 1790, período de las guerras coloniales de España con Inglaterra, seis en total.
Durante casi un siglo, Inglaterra manifestó reiteradamente el propósito de conquistar a Cuba, logrando ocupar La Habana en 1762. La independencia de las colonias inglesas de la América del Norte eliminó el peligro de la conquista británica y fundó en las proximidades de Cuba una gran nación y un rico mercado, cuya influencia se hizo sentir muy pronto en nuestro país. El paulatino aumento de la riqueza de Cuba despertó las ambiciones del Fisco, y trajo consigo una serie interminable de expoliaciones, las cuales provocaron protestas violentas de la población contribuyente, reprimidas con dureza por los gobernantes con el apoyo de la fuerza pública.
Los privilegios y los monopolios otorgados por la Corona a compañías y particulares se multiplicaron, contribuyendo también a hacer lento y difícil el naciente progreso material de la Isla, perceptible ya asimismo en el orden cultural, desde la fundación de la Universidad de La Habana y otros establecimientos docentes, la introducción de la imprenta y la publicación de los primeros periódicos e impresos.
La ocupación de La Habana por los ingleses fue un hecho importante de este período, pero a juicio nuestro no marca, como se ha pretendido, el comienzo de una época nueva en la historia de Cuba.
Quinto, de 1790 a 1838, año, el último, en que terminó el gobierno de don Miguel Tacón. Este es un período de paz material casi completo en la Isla, apenas perturbada militarmente por las guerras que 12 sostiene España. Se inicia en medio de las grandes sacudidas económicas, sociales, políticas, militares, e ideológicas provocadas en el mundo por las guerras y las conmociones de la Revolución Francesa, no pocas de las cuales hacen sentir su influencia indirectamente en Cuba, favoreciendo el comercio y determinando un rápido desarrollo de la producción en todos los órdenes, preparado y alentado ya por varias reformas introducidas en el régimen mercantil durante los últimos años del período anterior, reinando en España Carlos III. La época comienza colaborando estrechamente cubanos y españoles en el gobierno y fomento de Cuba; se complica con los graves problemas que crean el enorme aumento de la esclavitud y el progreso de las tendencias abolicionistas dentro y fuera de Cuba; se ensombrece con las nuevas ideas y los nuevos sentimientos surgidos a causa de las guerras de independencia de las colonias españolas del continente, y termina, en años de depresión económica, con un absoluto rompimiento político entre Cuba y España, al excluirse a la primera del régimen constitucional de 1836, a instancias del General Tacón.
Sexto período (1838-1898). Se resuelve en una lucha tenaz de la Colonia con la Metrópoli, mantenida por los cubanos en su aspiración de disfrutar de libertad, autonomía e independencia. Es un período de paz exterior, aunque la acción de la política internacional se hace sentir fuertemente en Cuba, y de constantes agitaciones y revoluciones internas.
Durante la época, los problemas políticos dominan sobre los demás, a pesar de que se producen grandes transformaciones económicas y sociales. El período termina con la guerra hispano americana y la ocupación militar de la Isla por los Estados Unidos de Norteamérica.
Séptimo y último período (19 de enero de 1899 hasta nuestros días). Comprende los tres años, cuatro meses y veinte días de la ocupación norteamericana y la historia de la República desde su constitución, el 20 de mayo de 1902, a la fecha.
El período segundo, cuya historia se traza en este tomo, es uno de los menos conocidos. Generalmente se le considera como de escasa importancia.
No obstante, a juicio nuestro, es el verdadero período de fundación de la colectividad cubana, durante el cual el régimen, las costumbres y las instituciones sociales, políticas y económicas de la Colonia, llegaron a asumir clara y distintamente, las formas fijas y estables que habrían de caracterizar el sistema colonial de Cuba durante varios siglos. La Habana comienza a ser «la llave del Golfo» y «el antemural de las Indias», títulos que va a ostentar durante siglos, convirtiéndose de un puesto insignificante en una posesión de inestimable valor para España. El gobierno colonial adopta la forma que con ligerísimas variantes va a conservar hasta la paz del Zanjón en 1878, o sea la de una capitanía general a cargo de un alto jefe militar, con delegados en la Isla —tenientes gobernadores, capitanes a guerra, capitanes de partido, tenientes pedáneos, etc. únicas autoridades efectivas en todo el territorio. El régimen municipal, reducido casi a la nada, y despojado de su primitivo carácter popular y democrático, comienza a regularse por las ordenanzas del Oidor Alonso de Cáceres, compuestas en Cuba y para Cuba, las cuales se mantienen en vigor hasta más acá de la mitad del siglo XIX. El tráfico con España se reduce a una expedición anual de La Habana a Sevilla y viceversa, al propio tiempo que por la vía de ciertos puertos de la región oriental de Cuba y occidental de Santo Domingo, se establece un comercio de contrabando con Dieppe, y otros centros mercantiles de la Europa occidental. La población nativa de raza blanca comienza a ser la más numerosa. Se efectúa la apropiación y división en parcelas de casi toda la tierra de la Isla entre los pobladores, originándose formas de propiedad colectiva o comunal desconocidas en otras partes. Nace a la sombra de la protección económica de la Corona la industria azucarera, base hasta hoy de la principal riqueza de Cuba.
Se marca el dualismo de las dos regiones extremas de la Isla —Oriente y Occidente, Vuelta Arriba y Vuelta Abajo, aunque no se llamarán así hasta más tarde— más ligada y dependiente de España la segunda que la primera; y finalmente, como consecuencia de la acción combinada de todos los factores enumerados, comienza a surgir una comunidad con caracteres cualitativos peculiares e intereses propios, enteramente opuestos en lo profundo estos últimos, a los perseguidos por el régimen colonial, reajustado y modificado poco a poco por los monarcas españoles a fin de convertirlo en un instrumento eficaz que permitiese a la Corona y a ciertos intereses del privilegio, reservarse el exclusivo disfrute de las riquezas del Nuevo Mundo, aislándolo de todo contacto y comunicación con los extranjeros y defendiéndolo de las agresiones de éstos. El choque de las autoridades coloniales con la población contrabandista de Bayamo a fines del período, estudiado en este volumen, es una prueba del hecho, históricamente indudable, a juicio nuestro, de la contraposición muy acentuada desde aquella lejana fecha, entre los intereses y las miras de la Corona y los de la población de Cuba.
El núcleo social cubano, como lo demuestran esos hechos, puede considerarse constituido, fundamentalmente, en la segunda mitad del siglo XVI, cuya historia intentamos trazar en este libro. A partir del fin del citado siglo, no hará más que crecer, aunque muy lentamente, afirmando su carácter propio y luchando sin cesar, con los medios que en cada caso posee y tiene a su alcance y dentro de las condiciones y las ideas de cada época, por asegurarse más fácil y mejor manera de vivir. El régimen colonial, principalmente a causa de sus restricciones mercantiles, encerrará en un círculo muy estrecho a la naciente comunidad, impidiéndole el libre y vigoroso desarrollo de su población y sus riquezas, de manera que tratará de modificarlo y aun de destruirlo, rebelándose contra él, empeño inútil durante varios siglos a causa de la desigual potencia de las fuerzas en conflicto.
Hay quienes entienden o repiten que Cuba, como entidad social, con intereses propios, solo comenzó a existir en el siglo XIX y que nuestras luchas para alcanzar o conquistar un régimen más en consonancia con nuestras necesidades, solo datan del primer tercio del citado siglo. Tal creencia constituye en nuestra opinión un craso error histórico. El período de formación nacional hay que llevarlo muy atrás, situándolo en la época que se estudia en este volumen.
Es verdad que la división ostensible entre cubanos y españoles no se produjo hasta los comienzos del segundo tercio del siglo XIX, pero la oposición entre los intereses contradictorios de la comunidad cubana y el sistema colonial, databa de la segunda mitad del siglo XVI. Mientras los españoles avecindados en Cuba no se hicieron solidarios del régimen de gobierno establecido por la Corona, ni mantenedores incondicionales de éste en virtud del principio llamado de la integridad nacional, dominante en la política y el alma española después de la invasión napoleónica y de las porfiadas y sangrientas guerras de independencia de Hispano-América, la contraposición de intereses entre Cuba y España tuvo el carácter de un mero conflicto de necesidades diversas entre la Colonia y ciertos elementos de la Metrópoli, conflicto que no trascendía al orden individual, ni suscitaba antipatías de país a país, por tratarse de una pugna entre los españoles de Cuba, así se llamaban sin doblez los nativos de la Isla, y el Pisco, a la sombra del cual mediaban, se parapetaban y defendían determinados privilegios. Cuando, tiempo adelante, y ya bien entrado el siglo XIX, por causas y motivos que en oportunidad habrán de estudiarse, el español peninsular vino a ser en la inmensa mayoría de los casos un defensor incondicional del régimen de la Colonia en toda su pureza, considerado como baluarte y expresión inmutable de la potestad de España en Cuba, vinculándolo íntima e indisolublemente a la dignidad y al honor de su nación, el criollo, adversario renuente y natural en mayor o menor grado del citado régimen, se encontró en el plano de llegar a ser considerado como un enemigo de España y de sentirse él mismo arrastrado a ese terreno, en el orden de las ideas, los sentimientos y la acción, puesto que, en rigor, España y el régimen manifestaban una inquebrantable solidaridad.
Pero esta no fue, así lo enseña la historia, sino la etapa final, el momento trágico y culminante, en que un viejo pleito de intereses y un secular conflicto de necesidades irreducibles, tomaron la forma de un choque de españoles y cubanos, poniendo de manifiesto la existencia desconocida hasta entonces, pero real e indudable, de una fuerte nación cubana, constituida y vigorizada en el correr de varios siglos.
El dualismo que provocó las explosiones de 1868 y 1895, era secular. El proceso y el conato de sublevación de los bayameses en 1603, estudiados en este libro, la sublevación de los vegueros en el siglo siguiente, las quejas y las protestas cubanas cuando la toma de La Habana por los ingleses en 1762, los documentados alegatos, tan respetuosos y humildes en la forma, de Arango y Parreño de 1790 a 1820, reclamando libertades económicas para Cuba, los movimientos revolucionarios y políticos que se suceden más tarde hasta 1895, tienen la misma filiación profunda y se originan en las mismas causas básicas.
Lo que comenzó siendo simplemente un conflicto de intereses materiales, a causa de la distancia y la geografía, llegó a adquirir el carácter de un choque de fuerzas espirituales también, a medida que la aspiración de los cubanos, de raíz predominantemente orgánica, a una vida más libre, natural y fácil, fue transformándose en un ideal nacional de independencia, magnificado por la imaginación y sublimado por el sacrificio, lentamente constituido y enriquecido en el seno de una colectividad que, en su lucha secular por vivir, durar y crecer, fue unificando sus elementos componentes, adquiriendo más clara conciencia de sí misma, definiendo mejor sus intereses y formándose una historia, patrimonio espiritual que, cuando alcanza cierta magnitud, hace aparecer la Nación definitivamente formada. Los fundadores de la patria cubana no se cuentan, por lo tanto, entre los cubanos del siglo XIX solamente. Con idénticos títulos ante la historia, merecen esa honrosa denominación los rudos, oscuros y olvidados antepasados nuestros de la segunda mitad del siglo XVI.
Arma al brazo, se apercibieron valientemente para defender su hogar contra Drake, el más audaz y célebre marino de la época. Contrabandearon con los traficantes de Europa, haciendo caso omiso de las pragmáticas del Consejo de Indias y resistiendo a sus jueces cuanto podían. Finalmente, aprendieron a sembrar caña y a fabricar azúcar, legándonos una industria que todavía es la principal fuente de vida y bienestar de Cuba. Todo ello prueba que si políticamente somos un Estado de formación reciente, como pueblo, como entidad nacional, tenemos hondas y firmes raíces en el tiempo.
El plan que se sigue en este volumen, es el mismo que hubimos de adoptar para el tomo primero, salvo ligerísimas variantes. Los hechos históricos de la época se han agrupado en cuatro grandes secciones: I. Historia Política Externa, desde el principio al fin del período; II. Organización social y política; III. Vida económica, y IV. Cultura y costumbres.
En la primera sección se enumeran y explanan los hechos de la vida política de la comunidad, considerada como un todo, como una organización social unificada que vive, es decir, que recibe influencias y responde a ellas con actos, los cuales traducen la reacción más o menos instintiva, emocional o voluntaria del espíritu social o, sencillamente, la impulsión mecánica que le imprimen los gobernantes.
En la segunda sección, se hace un análisis de la composición social y política interna del grupo o comunidad, distinguiendo sus elementos constitutivos, la posición social en que se encuentran unos respecto de otros y la influencia que cada uno ejerce en la vida total de la entidad colectiva. La organización del grupo queda así de manifiesto, pero como del principio al fin del período dicha organización no se mantiene inalterable, se estudian los cambios que se producen, completando esta historia interna, fundamentalmente política también, la otra historia que hemos llamado externa, en la cual el grupo se nos presenta como un todo, confundidos y entremezclados sus elementos componentes.
El grupo social, estudiado en su actividad política y en su organización interna en las dos secciones que acaban de mencionarse, tiene necesidades materiales. Hay en él una vida económica, íntimamente ligada a su vida política y a su organización, pero que puede y debe distinguirse, para ahondar más en el conocimiento de los hechos y los factores del desarrollo colectivo, fin primordial de la historia.
La sección III, Vida económica, tiene por objeto agrupar y explanar ordenadamente los hechos relativos al trabajo, al comercio, a la industria, a la agricultura, a la manera de librar la subsistencia y de asegurarse el bienestar material, hechos que, como hemos dicho más arriba, aunque influyen sobre la política y la organización y son a su vez influidos por ambas, tienen distinta naturaleza y se refieren a otro orden de acontecimientos históricos. Esta vida económica se estudia también en sus cambios, del principio al fin del período; es decir, no se describe en un momento dado, sino se hace historia de ella.
Por último, en el apartado IV, Cultura y costumbres, se agrupan los hechos concernientes a los fenómenos sociales que denomina, muy pobres y escasos en el período a que nos referimos en este libro.
Dentro de cada una de las cuatro grandes secciones mencionadas, los hechos se han agrupado en subdivisiones menores, cada una con su título y su número, correlativo éste en todos los tomos de la obra.
En cada una de esas secciones más pequeñas, se tratan hechos históricos de un mismo orden, a fin de facilitar el estudio aislado, si así se desea, de cualquier aspecto de la historia: la historia puramente política, la del régimen municipal, de la Iglesia, la historia económica, etc. Los números de estas secciones, que se citan frecuentemente en el texto, sirven para señalar las relaciones de unos hechos con otros, facilitando la apreciación de conjunto de los acontecimientos.
Del 1 al 40 indican asuntos tratados en el primer volumen. Este método de exposición obliga a hacer ciertas repeticiones, pero la claridad con que permite presentar los hechos aisladamente y utilizar el libro como fuente de información para personas interesadas en aspectos muy diversos de la historia, compensa, a juicio nuestro, el inconveniente expresado. La lectura de la obra completa dará idea, tal es la esperanza del autor, de la vida total de la colonia en los cincuenta y dos años a que se refiere, proporcionando datos auténticos, metódicamente clasificados y ordenados, a los estudiosos y a cuantos sientan curiosidad por conocer los hechos de nuestro pasado.
La ocupación y destrucción de La Habana en 1555 por el calvinista francés Jacques de Sores (párr. 28) provocó un cambio importante en la situación militar de Cuba, preparado ya lentamente por el desarrollo de la colonización española en el Continente. La colonización española del Nuevo Mundo se desarrolló en dos ciclos bien marcados. El primero, comprende desde la fundación de la ciudad de la Isabela en Santo Domingo, hasta la conquista de México por Hernán Cortés. En ese primer ciclo, todas las colonias que se establecieron —Santo Domingo, Puerto Rico, Jamaica, Cuba, Darién, Castilla de Oro, etc. estaban situadas en el archipiélago de las Antillas o en las costas del continente bañadas por el mar Caribe. La Española, o sea Santo Domingo, fue el centro de un virreinato, el primero establecido en América, con su capital en la ciudad de Santo Domingo, situada al Sur de la isla de su nombre. Irradiando del primer núcleo colonial de la isla citada, se fundaron los demás establecimientos de la primera época de; la colonización. Estas colonias tuvieron un corto período de prosperidad, pero decayeron muy rápidamente a causa del agotamiento de los lavaderos de oro y de la extinción de la población indígena, aniquilada por el régimen de las encomiendas.
El oro era la única mercadería exportable a un mercado tan lejano como el europeo, el único de la época para las Antillas. Al agotarse y no ser substituido por ningún otro producto exportable —el azúcar no se fabricaba aún en las islas y el tabaco no se usaba todavía en Europa a principios del siglo XVI— la ruina de las colonias antillanas fue completa, emigrando casi toda su población a las grandes colonias del Continente, riquísimas y con un clima más benigno y semejante al de España. Esta historia —de una corta época de relativa prosperidad, seguida de una decadencia irremediable— fue común a todas las Antillas. En Cuba, se había cumplido ya totalmente en 1555 (párr. 38. págs. 377-382.)
El segundo ciclo de la colonización corresponde al desarrollo de las colonias en el Continente. Comenzó por México y Perú, y fue preparado por los viajes y descubrimientos que realizaron los pobladores de las primeras colonias antillanas, ansiosos de hallar nuevos y más ricos territorios. Los colonos de Puerto Rico y Cuba, descubrieron y exploraron ciertas partes del litoral de la Florida y México, respectivamente (párr. 26). Los de Darién y otros lugares próximos al istmo de Panamá o situados en éste, lograron atravesar la estrecha faja de tierra del citado istmo al mando de Vasco Núñez de Balboa, descubrieron el océano Pacífico, no tardaron en navegar a lo largo de la nueva costa hacia el Sur, y recogieron las primeras noticias del Perú y del famoso imperio de los Incas (1513).
Las exploraciones mencionadas fueron seguidas bien pronto por empresas de guerra. Hernán Cortés, partiendo de Cuba como ya hemos visto (pág. 26), emprendió la conquista de México. Fundó allí el famoso virreinato que tuvo por capital a la antigua ciudad azteca de México y extendió el dominio de España, bien personalmente o por medio de sus tenientes, al Norte hasta California y al Sur hasta Panamá, ocupando parte de la América del Norte y toda la América Central. Mientras Cortés se apoderaba de esos territorios, dos extremeños, Francisco Pizarro y Diego de Almagro, emprendían, partiendo del istmo de Panamá, la conquista del Perú (año 1524), la cual puede decirse que estaba virtualmente terminada en 1535, fecha de la fundación de la ciudad de Lima, capital del territorio y residencia del virrey (6 de enero).
La fundación de los grandes virreinatos de Nueva España y Perú, modificó profundamente la situación de las Antillas, no solo a causa de la emigración ya dicha, sino en virtud de que alteró la importancia relativa de las islas, en lo concerniente a las ventajas de la posición geográfica y estratégica de cada una de ellas. En la primera y la segunda décadas del siglo XVI, la Española, situada en el centro del gran arco que forman las Antillas Menores y Mayores, desde la isla de Trinidad en la costa de Venezuela hasta el cabo de Catoche en Yucatán, ocupaba la posición más ventajosa, teniendo a un lado la colonia de Puerto Rico, al otro las de Jamaica y Cuba, y enfrente, en el Continente, las de Darién, Urabá y Santa María la Antigua. El puerto de su capital, Santo Domingo, era el más frecuentado de las i Indias; a él se dirigían los buques 26 que partían de España para el Nuevo Mundo y de él zarpaban o en dicho puerto hacían escala las naves que emprendían viaje de regreso a Sevilla. Al quedar fundados los virreinatos de México y Perú, se establecieron rutas marítimas nuevas y Santo Domingo perdió las ventajas de la situación privilegiada que hasta entonces había ocupado. El puerto más importante de México sobre el golfo del mismo nombre es Veracruz, y a él se transportaban desde el interior del país las grandes riquezas del virreinato para ser enviadas a España. En Veracruz se recibían también los cargamentos y los pasajeros procedentes de España con destino a toda la Nueva España. En tal virtud, el puerto veracruzano cobró gran importancia y comenzó a ser uno de los más concurridos del Nuevo Mundo. La salida natural de Veracruz hacia el Atlántico, la única directa, es el canal de la Florida, entre la costa septentrional del Oeste de Cuba y la extremidad meridional de la citada península. Por ella navegaban en busca del Océano las naves que zarpaban de Veracruz.
En cuanto al Perú, se comunicaba con España por la vía del istmo de Panamá. Los buques procedentes de Sevilla, penetraban en el Mar Caribe cerca de la extremidad superior del arco de las Antillas Menores y se dirigían primero a Cartagena junto al golfo de Darién, salida al mar de la Nueva Granada y después a Portobelo, en el istmo, cerca de donde hoy se halla la ciudad de Colón. Las mercancías y los pasajeros con destino al Perú, se desembarcaban en Portobelo y se transportaban por tierra, a través del istmo, hasta la costa opuesta del Océano Pacífico. Allí se embarcaban nuevamente para ser conducidos hasta el Callao, puerto de Lima, situada a alguna distancia en el interior. El viaje de Lima a Sevilla se realizaba por la misma ruta, en dirección contraria hasta Portobelo, es decir, Lima, Callao, embarcadero del Pacífico sobre el istmo, viaje a través de éste y Portobelo. Pero de Portobelo a Sevilla, se seguía una ruta muy distinta a la que traían las naves de España a las Indias.
En lugar de dirigirse de Portobelo a Cartagena, a las Antillas Menores y a Canarias, por donde habían llegado, los buques partían de Portobelo a Cartagena y de allí en línea recta al estrecho de Yucatán, pasando al sur de las islas Caimanes y de Isla de Pinos; doblaban el cabo de San Antonio, extremidad occidental de Cuba y embocaban el Canal de la Florida para la salir al Atlántico, por la misma vía que las naves procedentes de Veracruz. El Canal de la Florida vino a ser, por consiguiente, la ruta seguida por la inmensa mayoría de las naves que regresaban del Nuevo Mundo a España. Los puertos cubanos de la costa septentrional, desde Bahía Honda a Matanzas, se hallaron sobre esa ruta, teniendo en el centro al más importante de todos, o sea al de La Habana. El resultado del establecimiento de estas nuevas rutas, fue, pues, que Santo Domingo viniera a quedar alejado de los mares más frecuentados por las naves destinadas al tráfico del Nuevo Mundo, mientras que Cuba, en cambio, especialmente su extremidad occidental, hubo de encontrarse sobre el derrotero obligado de dichas naves en su viaje de regreso a Sevilla, así como sobre el de todas las que desde España se dirigían a Veracruz, Tampico o cualquiera otro puerto del golfo mexicano.
Los puertos de Cuba no quedaron todos en situación igualmente ventajosa, con el cambio de las rutas marítimas entre España y sus posesiones.
Ya hemos visto (párr. 41), que los puertos de la mitad occidental de la isla, ganaron; en cambio, los de la región oriental, próximos a Santo Domingo, perdieron, por las mismas causas que los de la Española.
En efecto, durante el primer ciclo de la colonización ya descrito (párr. 41), los puertos cubanos del Sur, particularmente los de la mitad oriental de la Isla, eran los mejor situados. Trinidad, Bayamo y Santiago de Cuba, poseían las mayores ventajas por su proximidad a los demás puertos de las Antillas, especialmente a Santo Domingo, cabecera del único virreinato entonces existente. Santiago, el más cercano de los tres a la capital de la Española, debió a esa circunstancia el haber sido elegido para cabecera de la colonia cubana después de Baracoa, abandonada muy pronto a causa de su situación, en la costa del Norte, en un puerto inseguro aislado del interior por montañas casi infranqueables (párr. 4 y 32). Al convertirse el Canal de la Florida en la vía más frecuentada del Nuevo Mundo, los puertos cubanos del cabo de San Antonio a la península de Hicacos, pasaron a ser los más favorecidos geográficamente, como ya hemos dicho. La Habana, junto al Canal, en la parte más estrecha de Cuba, en fácil comunicación con los puertos de las Antillas por la vía de Batabanó, se convirtió en un lugar de escala excelente, por lo abrigado y seguro del puerto, la abundancia de leña y de buenas maderas para reparaciones de los barcos y por otras ventajas naturales.
Esta posición privilegiada de La Habana atrajo hacia ella a un buen número de habitantes y los Gobernadores de la Isla empezaron a fijar su residencia en el lugar, aun antes de ser declarada oficialmente capital de la colonia en 1553 (párr. 41).
Ya hemos visto que la ocupación de un sitio estratégico de tan grandes ventajas por los franceses de Jacques de Sores, impresionó fuertemente al Consejo de Indias y al Virrey de México, quienes dispusieron inmediatamente la adopción de las medidas necesarias para garantizar en lo sucesivo la seguridad del puerto e impedir que un enemigo fuerte, ocupándolo permanentemente, cortase las comunicaciones de Veracruz con la metrópoli. Ya sabemos que entre esas medidas se contaron la de designar gobernador de la Isla al capitán don Diego de Mazariegos, y la de substituir los gobernadores de carácter civil, por gobernadores militares, capaces de hacer frente a cualquier enemigo que intentase apoderarse del puerto (párr. 28).
Decidido el nombramiento de Gobernadores militares para Cuba, y designado el primero en la persona del Capitán Diego de Mazariegos, el peligro militar quedaba conjurado. Libre de ese cuidado, la Corte prestó poca o ninguna atención a los asuntos de la isla durante varios años. El Consejo de Indias se ocupaba principalmente en las cuestiones relativas a los riquísimos y extensos virreinatos del continente, extendidos ya en esa fecha desde California hasta el estrecho de Magallanes, los cuales requerían una vigilancia constante y una complicada legislación. El Emperador Carlos había abdicado la corona de España, retirándose al monasterio de Yuste, y su hijo Felipe II, que le había sucedido en el trono español en 1556, se halló desde el primer momento de su reinado envuelto en guerras y complicaciones interiores y europeas que le embargaban por completo. No es extraño, pues, que no se ocupase de Cuba.
Por otra parte, la población de la Isla era entonces muy escasa, pobre y falta de recursos. Las villas fundadas por el Adelantado don Diego Velázquez, se hallaban reducidas a miserables caseríos de guano. En el territorio cubano no existían tampoco productos de exportación que pudieran constituir una fuente de riqueza para los vecinos ni de ingresos para el Fisco. En cincuenta años no se había fundado ningún pueblo nuevo. Las rentas eran tan escasas, que no cubrían los gastos del gobierno, muy ¡reducidos en aquella fecha. El vecindario, formado por unos pocos españoles, viejos en su mayoría, por los descendientes de los conquistadores y primeros colonizadores, y por indios y negros esclavos, hubo de hallarse, pues, abandonado a su propia suerte. La Corte y el Virrey de México solo tenían interés en guarnecer el puerto de La Habana por los motivos ya dichos. El resto de la Isla no tenía ningún valor económico ni militar. Hasta aquella fecha, la bula de Alejandro VI repartiendo la América entre España y Portugal era respetada.
Ninguna nación europea había intentado fundar colonias en América ni apoderarse de las que España poseía. Los ataques a las poblaciones costeñas, así como los dirigidos contra las naves que hacían la carrera de las Indias, eran empresas de corsarios meramente. Tenían por fin el robo y el saqueo pero no el ocupar permanentemente ninguna posesión española. El rey de España no tenía, por consiguiente, motivos para prestar atención a un territorio casi despoblado, totalmente improductivo y que nadie le disputaba.
El gobernador Mazariegos, aunque parece haberse hallado animado de los mejores deseos, no pudo hacer sino muy poca cosa en favor de la colonia. Contaba con muy escasos recursos y se limitó a reconstruir lo mejor que le fue posible, el viejo castillo de la Fuerza, casi arrasado por los franceses, dotándolo de una guarnición veterana y de alguna artillería.
Los vecinos de Santiago de Cuba atendieron a su propia defensa contra posibles agresiones de los corsarios, levantando algunas trincheras en la boca del puerto. Por fortuna, la Isla se vio libre de peligros exteriores durante algún tiempo, en virtud de medidas militares adoptadas por España para proteger las comunicaciones con las Indias.
Los daños que los corsarios causaban a las naves españolas que hacían el tráfico con el Nuevo Mundo, habían llegado a ser muy serios. Las correrías de los mismos, limitadas al principio a los mares europeos casi siempre, se habían extendido al lado acá del Atlántico. Por tal motivo, España se vio obligada a defender su comercio y a organizar fuerzas navales que acompañaran las naves mercantes hasta el Nuevo Mundo. Las primeras de esas fuerzas, al mando del famoso marino asturiano don Pedro Menéndez de Avilés, aparecieron en las Antillas en 1556 y alejaron de las mismas a los corsarios que durante algún tiempo habían recorrido las costas impunemente practicando toda clase de fechorías.
El gobierno de Mazariegos, por consiguiente, pudo prolongarse diez años, sin que durante ese largo período ocurriese ningún suceso de orden exterior de gran importancia. No obstante, antes de entregar el mando a su sucesor, en 1565, se habían producido dos hechos relativos a la historia general de la colonización española, que habían de hacer sentir su influencia en la Isla: la reglamentación del tráfico ultramarino, estableciéndose el servicio regular de flotas anuales, y las tentativas de colonización francesa en la Florida, combatidas enérgicamente por los españoles desde Cuba.
Los primeros viajes de los españoles al Nuevo Mundo, tanto los realizados por Colón como por otros navegantes con la mira de explorar y descubrir nuevas tierras, se efectuaron en forma de expediciones formadas por un número variable de buques. Después de fundadas las primeras colonias, el tráfico con la metrópoli se realizaba ora por buques sueltos, ora por flotillas más o menos numerosas, sin otros peligros que los propios de la navegación por mares inmensos y casi desconocidos.
El comercio en los primeros años fue escaso, porque las Antillas no poseían grandes riquezas, pero al quedar establecidos los virreinatos de México y Perú, creció enormemente. La fama de las riquezas de los nuevos países se propagó por Europa y excitó el deseo de participar de las mismas en los nacionales de los otros pueblos, excluidos por las leyes españolas de sus nuevas posesiones. El corso y la piratería eran corrientes en las costas europeas, tanto en las del Atlántico como en las del Mediterráneo.
Se practicaban por los marinos de todas las poblaciones costeñas, bien con autorización de sus gobiernos respectivos en caso de guerra, o sin ella, pues en aquella época la noción del respeto a la propiedad privada estaba poco arraigada y la falta de seguridad en los mares era tan absoluta, como lo había sido en tierra durante el período feudal. En tal virtud, las naves que regresaban cargadas de tesoros no tardaron en ser víctimas de frecuentes asaltos al entrar en los mares europeos cerca de las islas Terceras, de las Azores, de las Canarias o de las costas africanas, portuguesas y aun españolas. Las guerras de Carlos V con Francia dieron cierto carácter de legitimidad a muchos de estos primeros ataques.
Al principio, el respeto que imponía la navegación del Atlántico, casi inexplorado al comenzar el siglo XVI, limitó los ataques a las aguas europeas, pero ya hemos visto que en 1523, Juan de Verrazano, marino de Venecia al servicio de Francia, hizo importantes presas en los mares del Nuevo Mundo, no tardando en menudear los ataques, no solo a las naves cargadas de riquezas sino a las poblaciones costeñas (párr. 28).
El Emperador Carlos V muy pronto hubo de verse obligado a adoptar disposiciones para proteger el tráfico y evitar que gran parte de las riquezas transportadas de las Indias cayesen en manos de los corsarios enemigos. Las primeras medidas que dictó para armar escuadras que persiguiesen y castigasen a los corsarios, datan de 1521. En el citado año se hizo la primera «Armada de defensa». Se componía de cuatro o cinco navíos y los gastos que hubo de ocasionar se dispuso que se pagasen a prorrata, cargándolos sobre todas las naves, oro, plata y mercaderías que llegasen de las Indias, tanto del rey como de los particulares. La armada protectora no tuvo en los primeros tiempos carácter de permanente.
Se organizaba en los casos en que la presencia de los corsarios lo exigía y su misión era ir a las islas Terceras o a las Canarias en busca de las naves mercantes detenidas en dichos lugares por temor a los corsarios, o salir al encuentro de las que llegaban de las Indias, desconociendo el peligro que las amenazaba con la presencia de buques enemigos. Pronto tuvieron también necesidad de escoltar a las expediciones que partían de España para el Nuevo Mundo, convoyándolas hasta dejarlas en el Atlántico, libres de peligro, más allá de las islas mencionadas.
Estas armadas se llamaron de Haberías o Averías, por la razón que más adelante se dirá.
Los peligros y los daños que las armadas protectoras trataban de evitar, se hicieron crónicos, y a partir del afortunado ataque de Verrazano (párr. 28), se extendieron a las costas americanas del Atlántico.
Hubo que adoptar medidas definitivas, y como por otra parte las armadas de «Haberías» resultaban muy costosas y eran motivo de amargas quejas de armadores y comerciantes, en 1526 se ordenó que se suprimiesen los viajes de buques sueltos o aislados y que tanto al ir como al venir de las Indias, las naves mercantes se armasen e hiciesen el viaje juntas, «en conserva», a fin de protegerse unas a otras. Las que partían de España debían reunirse en Sevilla y las que regresasen de las Indias habían de juntarse en el puerto de Santo Domingo, en la Española. Como quiera que esta organización facilitaba la vigilancia de los funcionarios del fisco sobre cuanto se exportaba a las Indias o se importaba de éstas, desde los primeros momentos de establecida mereció el apoyo y el favor de los oficiales de la Casa de Contratación, encargada de todo lo referente al comercio del Nuevo Mundo (párr. 34).
Este sistema de flotas mercantes armadas, rigió algunos años. Se constituían según la conveniencia de los comerciantes y armadores, quienes fijaban libremente las fechas de la partida y del regreso así como el número de buques de que debía constar cada expedición. En 1554 se estableció la limitación de que no se autorizase partida de flota hasta que no hubiese ocho o diez navíos, cargados y artillados, rebajándose más tarde el número a seis. La carga de cada nave, debía reducirse en cien toneladas, para atender a la instalación, bastimentos y servicio del armamento. Los soldados debían ser no menos de 30 en cada nave, aparte de la tripulación.
Como en toda la primera mitad del siglo XVI partieron de España numerosas empresas de conquista, muchas veces las flotas mercantes viajaron en compañía de las naves armadas que conducían dichas expediciones militares, resultando escoltadas por éstas.
Este sistema de flotas mercantes armadas tuvo fin en 1561, unos seis años después del comienzo del período histórico a que nos estamos refiriendo. En el citado año, por cédula de 16 de julio, se estableció una nueva reglamentación mucho más rigurosa.
Las nuevas ordenanzas dispusieron que «no saliese de Cádiz ni Sanlúcar nao alguna sino en flota so pena de perdimiento de ella y de cuanto llevase»; que en cada año se hiciesen en el río de la ciudad de Sevilla y en los puertos de Cádiz y Sanlúcar de Barrameda dos Flotas y una Armada Real, con naves para Tierra Firme y para Nueva España, con Capitán y Almirante, \y que al llegar a la altura de la isla Dominica se apartasen, yendo el Capitán con la flota de Nueva España y el Almirante con la de Tierra Firme. También se dispuso que todas las naves volviesen a Sanlúcar y no a otro puerto, so pena de mil ducados. Cuando la flota partía de Sevilla, las naves que debían reunírsele en Sanlúcar y Cádiz, si no se hallaban listas ya para el viaje, debían quedarse y aguardar otra expedición. Todas las naves de la flota eran, en rigor, buques mercantes, armados en guerra. El jefe militar del armamento, que lo era a la vez de toda la flota y a cuya superior autoridad y jurisdicción Quedaban sometidos todas las naves y todos los individuos de la expedición, soldados, marinos y pasajeros, de cualquier clase y condición que fuesen, recibía el título de Capitán o General de la flota. Su segundo era el Almirante.
La nave Capitana, con el General a bordo, debía marchar a la cabeza de la expedición. Detrás, en orden de batalla, todas las demás naves, y en último lugar la nave Almiranta, cerrando la marcha y vigilando que ningún buque se retrasase o se separase del convoy. La mayor parte de las fuerzas de defensa iban a bordo de la Capitana y la Almiranta, por lo cual no podían trasportar igual cantidad de mercaderías que las restantes naves. La pérdida de fletes que por tal motivo sufrían, se les compensaba, distribuyéndola proporcionalmente entre todos los buques de la expedición. Como además era preciso pagar el armamento y los gastos que ocasionaba la tropa de a bordo, la flota resultaba costosa y, por consiguiente, muy elevados los fletes de las mercaderías que transportaban, tanto en el viaje de ida como en el de regreso.
El personal de la flota era numeroso. Constaba de un veedor general de toda la expedición, con otros dos especiales, a sus órdenes, uno para la sección de Tierra Firme y otro para la de Nueva España.
Estos veedores tenían como subordinados a los contadores y maestres de plata de las naves.
Todos estos funcionarios pertenecían a la Real Hacienda.
Corría a su cargo la custodia, el registro y cuenta y razón del numerario, metales preciosos y mercaderías, siendo también los que recibían a bordo los valores y los entregaban en el puerto de su destino. Además de los empleados del Fisco, en la flota viajaban un auditor con varios escribanos, funcionario judicial que asesoraba al General de la flota en todos los asuntos legales, con jurisdicción sobre todo el personal de a bordo. La tropa tenía su jefe especial, el gobernador del tercio de galeones, denominación esta última que se aplicaba a la infantería de marina de aquella época. Esta tropa se distribuía entre todos los buques armados de la expedición, en proporción al número y al tamaño de éstos. La plana mayor y el núcleo de este tercio, tenían su asiento fijo en Sanlúcar. El gobernador del tercio de galeones estaba a las inmediatas órdenes del General de la Flota y a falta de éste, del Almirante.
