Ingenuos - Vicente E. Caballo - E-Book

Ingenuos E-Book

Vicente E. Caballo

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Energías universales que nos rodean canalizadas por dos manos y dirigidas por la voluntad, agujas que clavadas en puntos estratégicos de nuestra piel redistribuyen el ki, un vaso de agua que sin esencia ni sustancia tiene propiedades milagrosas, inhalaciones y exhalaciones imposibles que nos retrotraen al momento de nuestro nacimiento, y nuestros ancestros rodeándonos mientras nos miran son solo algunos de los elementos de atrezo que emplean las supuestas terapias alternativas que, independientemente de la gravedad de la enfermedad que nos afecta, prometen una mejora de la salud. Ingenuos. El engaño de las terapias alternativas es una demoledora lectura que desmonta, desde una perspectiva científica y psicológica, tanto la autoayuda o las pseudoterapias como cualquier remedio que, prometiendo milagros, en realidad no sirven para nada o incluso agravan la salud del paciente. Reiki, acupuntura, homeopatía, dianética, bioneuroemoción, programación neorolingüística, flores de Bach… uno a uno, estos saberes y sus pretendidos tratamientos, propios de gurús y chamanes mágicos, resultan refutados, invalidados y reducidos a un absurdo ritual ante la luz que arroja la presente e inapelable crítica.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Siglo XXI / Serie Psicología

Vicente E. Caballo e Isabel C. Salazar (dirs.)

Ingenuos

El engaño de las terapias alternativas

Energías universales que nos rodean canalizadas por dos manos y dirigidas por la voluntad, agujas que clavadas en puntos estratégicos de nuestra piel redistribuyen el ki, un vaso de agua que sin esencia ni sustancia tiene propiedades milagrosas, inhalaciones y exhalaciones imposibles que nos retrotraen al momento de nuestro nacimiento, y nuestros ancestros rodeándonos mientras nos miran son solo algunos de los elementos de atrezo que emplean las supuestas terapias alternativas que, independientemente de la gravedad de la enfermedad que nos afecta, prometen una mejora de la salud.

Ingenuos. El engaño de las terapias alternativas es una demoledora lectura que desmonta, desde una perspectiva científica y psicológica, tanto la autoayuda o las pseudoterapias como cualquier remedio que, prometiendo milagros, en realidad no sirven para nada o incluso agravan la salud del paciente. Reiki, acupuntura, homeopatía, dianética, bioneuroemoción, programación neorolingüística, flores de Bach… uno a uno, estos saberes y sus pretendidos tratamientos, propios de gurús y chamanes mágicos, resultan refutados, invalidados y reducidos a un absurdo ritual ante la luz que arroja la presente e inapelable crítica.

Vicente E. Caballo, doctor en Psicología y catedrático de Psicopatología en la Universidad de Granada, es fundador y director de la revista Behavioral Psychology/Psicología Conductual, fundador y presidente de la Asociación Psicológica Iberoamericana de Clínica y Salud (APICSA) y director del área de investigación del Centro de Psicología Clínica FUNVECA (Granada). Ha escrito o dirigido más de 20 libros, publicados en español, portugués e inglés.

Isabel C. Salazar, doctora en Psicología, es profesora de la Universidad de Granada, con una amplia experiencia profesional, incluyendo su trabajo como psicóloga en el Centro de Psicología Clínica FUNVECA (Granada). Tiene también una extensa experiencia investigadora y entre los libros que ha publicado se encuentran un manual de psicopatología, un programa de intervención para la ansiedad social (IMAS) y una obra sobre el tratamiento de la enfermedad crónica.

Diseño de portada

RAG

Motivo de cubierta

Antonio Huelva Guerrero

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© de los autores, 2019

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2019

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-1957-0

Una fe que vence a la duda

PRÓLOGO

No es habitual encontrarse con un libro sobre pseudoterapias (integradas en el amplio campo de las pseudociencias) escrito por científicos y menos aún por psicólogos que defienden una psicología como ciencia. Es frecuente oír a la gente o incluso a profesionales de diversas disciplinas, generalmente con escaso dominio de la ciencia, que los métodos científicos no pueden ser aplicados al ser humano cuando se trata de estudiar su esfera emocional, comportamental o cognitiva, su esfera más íntima, más privada. ¿Por qué no?, nos podemos preguntar. Todos hemos oído argumentos del tipo «las personas no son animales», «el ser humano es diferente», «no se puede tratar a los individuos como si fueran objetos». Y probablemente muchos estemos de acuerdo con esas afirmaciones, aunque a veces sea difícil distinguir en qué superan muchos seres humanos a algunos animales. Pero el hecho de que podamos considerar a las personas como entes especiales, diferentes, no significa que no podamos aplicar el método científico a su ámbito más humano, a sus pensamientos, a sus comportamientos o a sus afectos (Caballo, Salazar y Carrobles [dirs.], 2014). Si muchas disciplinas avanzan por medio del método científico, ¿por qué no lo pueden hacer las disciplinas cuyo objeto de estudio sea la conducta humana? No parece que haya una razón coherente para no hacerlo. Pero los defensores de las pseudoterapias se empeñan en abordar los problemas de las personas desde posiciones acientíficas, con planteamientos que no soportan en ningún caso un enfoque lógico, riguroso y falsable[1], con argumentos que no resisten una discusión basada mínimamente en la ciencia. Es frecuente que las propuestas de muchas pseudoterapias giren alrededor de energías cósmicas invisibles que afectan, casi de forma casi ilimitada, a los seres humanos hasta el punto de determinar su existencia. Pero, paradójicamente, esas energías no pueden ser medidas, no hay forma de demostrar su existencia y es necesaria la fe para que puedan tener algún efecto sobre las personas. «Una fe que vence a la duda», como dice la leyenda que aparece en la fachada del Monasterio de Silos (Burgos). Esta frase del Monasterio se refiere a la duda de Santo Tomás, quien no creía que Jesucristo hubiera resucitado hasta que no viera sus llagas e introdujese su mano en la herida del costado de Jesús. Este planteamiento de superar la duda con la fe lo podríamos entender como un ejemplo de la necesidad de la fe que, en los siglos XI y XII (época en la que se construyó el Monasterio), estaba por encima de la razón. Pero estamos en el siglo XXI y la ciencia ha avanzado enormemente ayudada por la razón. Mientras la fe es requisito indispensable de las religiones, no tiene cabida en el método científico. Por ello, hemos adoptado la frase de «una fe que vence a la duda» como lema transversal a lo largo del libro, ya que es posible encontrar más similitudes de las pseudoterapias con las religiones que con las terapias científicas.

Sin embargo, podríamos preguntarnos si no podemos utilizar otras formas de estudiar al ser humano que no estén basadas en la ciencia. Buena parte de la literatura, por ejemplo, no utiliza el método científico. Muchos autores han descrito comportamientos (incluidos pensamientos y emociones) humanos con impresionante detalle. Nos hemos podido sentir sobrecogidos por la profundidad y el realismo de su narración, han podido describir sus experiencias personales con un lenguaje que toca nuestra fibra sensible. Pero no podemos decir que esto sea ciencia. Algo similar sucede con la filosofía. Nos pueden deslumbrar las ideas de determinados pensadores, las podemos interiorizar y hacerlas nuestras. Podemos creer y darle un enorme valor a determinados planteamientos filosóficos. Pero no podemos considerar estas disciplinas como científicas.

Entonces, ¿qué ventajas tiene el método científico a la hora de abordar los problemas del ser humano? Entre otras características, los planteamientos científicos deben ser verificables. Así, centrándonos en aspectos de la psicología clínica, que es nuestro campo de especialización, una vez que se ha comprobado empíricamente que un tratamiento psicológico, como es, por ejemplo, la exposición[2], funciona para un trastorno determinado (por ejemplo, la agorafobia), cualquier psicólogo clínico, de orientación científica, debería poder aplicarlo en cualquier parte del mundo y tendría que funcionar. La eficacia del tratamiento no debería depender del carisma del psicólogo, del país donde se aplique, de la fase de la luna o del mes del año en que tenga lugar. El procedimiento de exposición es eficaz, por sí mismo, para el problema de la agorafobia (también lo es para muchos otros trastornos psicológicos) y, por lo tanto, esa eficacia debería ser demostrable en cualquier parte del mundo por cualquier psicólogo clínico con orientación científica. ¿Por qué no sucede lo mismo con las pseudoterapias? Si los supuestos beneficios de estas pudieran comprobarse de la misma forma que acabamos de señalar con la técnica de la exposición, no estaríamos hablando de pseudoterapias, sino que las admitiríamos como formas de curación para determinados trastornos o enfermedades. Pero, desafortunadamente, las pseudoterapias (también denominadas pseudociencias) no resisten una mínima aplicación del método científico.

Visto todo lo anterior, podemos decir que las terapias alternativas o pseudoterapias no producen ningún efecto en las personas a las que se aplican. Es cierto que habitualmente no lo hacen, pero en algunos casos algunas personas alegan que les ha funcionado. ¿Cómo se explicaría esto? El efecto placebo es el gran responsable de que en algunas ocasiones se crea que una determinada terapia alternativa ha funcionado. En otras palabras, cuando en algunas ocasiones esa terapia tiene algún efecto no se debe a principios activos de la misma, sino, principalmente, a las creencias por parte del paciente de que la terapia le va a funcionar («una fe que vence a la duda»). Es una cuestión de autosugestión, no importa realmente el tipo de terapia alternativa que se aplique, ya que no depende para nada de lo que aporta la propia terapia, sino de lo que el individuo hace con sus pensamientos a partir de las sugerencias de los pseudoterapeutas. Por lo tanto, no podríamos alegar que una terapia alternativa concreta ha producido una curación, sino que la persona se ha curado a sí misma (algo que incluso algunas pseudoterapias plantean como su efecto principal). El agente responsable no es la terapia, sino el propio sujeto que, por medio de los cambios realizados en sus pensamientos (generalmente fuera del propio control) ha modificado sus comportamientos y sus emociones. En la psicología clínica científica todo esto lo evaluamos y lo sometemos a prueba. En las terapias alternativas no. Por el contrario, alegan toda una serie de elementos esotéricos (por ejemplo, chacras, energías universales, memoria del agua, traumas de vidas pasadas, inconscientes heredados, heridas del alma) para tratar de explicar los cambios que el propio paciente ha producido. Es más, a veces ni siquiera la sugestión es necesaria para explicar la mejora de los síntomas de un paciente ya que algunos pequeños cambios ambientales o de comportamiento pueden hacerlo.

Actualmente es difícil obtener conocimiento válido sobre el mundo que no sea por medio del método científico. La ciencia es un método para decidir si aquello en lo que elegimos creer se basa en las leyes de la naturaleza o no. Pero para la mayoría de nosotros este método no surge de forma natural. Y por eso metemos la pata, una y otra vez, creyendo cualquier información que nos llegue por los medios de comunicación (incluyendo las redes sociales) o por cualquier otro medio. Así, por ejemplo, un 15 por 100 de los españoles todavía cree en los horóscopos, un 23 por 100 confía en los curanderos y un 25 por 100 piensa que es el Sol el que gira alrededor de la Tierra (Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología [FECYT], 2016). Aunque a medida que recibimos educación científica reprimimos nuestras creencias ingenuas, parece que nunca llegamos a eliminarlas por completo. Además, la gente tiende a utilizar el conocimiento científico para reafirmarse en creencias previamente moldeadas por su propia manera de ver e interpretar el mundo. La ciencia apela a nuestro cerebro racional, pero nuestras creencias están motivadas, en gran parte, por las emociones (National Geographic, 2015).

Por otra parte, hoy día internet ayuda a encontrar información de una forma infinitamente superior a como se realizaba en el pasado. Pero, curiosamente, la gente, en general, está peor informada actualmente que hace unos cuantos años. ¿Por qué? Por una parte, las personas ya no retienen gran parte de la información en sus cabezas porque la pueden encontrar por internet simplemente tecleando lo que buscan. Por la otra, porque viven en una «burbuja» en la que solo entra aquella información de la que el ocupante ya está convencido previamente, es decir, no tenemos una visión amplia de los acontecimientos, sino que dejamos pasar solo aquella información que encaje en nuestros esquemas previos. Un ejemplo lo podemos ver en la política actual. Si me defino como socialista, por ejemplo, solo dejaré entrar en mi burbuja la información que favorezca esa posición política, no importan los desmanes que los medios de comunicación me digan que está haciendo el líder de dicho partido. Lo mismo sucedería con el resto de las posiciones políticas.

Pero con respecto a la ciencia, parece claro que esta tiene un problema de comunicación. Con frecuencia los científicos solemos estar demasiado absortos y ocupados en nuestras propias investigaciones y no tenemos tiempo para abordar áreas del conocimiento que consideramos poco científicas o sin lógica. Nos parece una pérdida de tiempo. Estamos absortos, a menudo, en esa «burbuja» científica, aislados de la sociedad real, y parece que las únicas publicaciones que nos interesan son las de nuestros hallazgos científicos, dirigidas, además, a un público especializado (colegas de la misma profesión o áreas afines) en lugar de trabajar en la divulgación de tales hallazgos entre personas que no son expertas en nuestro campo, pero que de conocer los avances científicos quizá serían menos vulnerables ante los engaños de las pseudoterapias. Como científicos tenemos el deber social de abrir los ojos de la sociedad ante los engaños y las mentiras de las llamadas pseudoterapias. Tan extendidas están estas ideas pseudocientíficas que hasta personajes políticos con influencia nacional e internacional se atreven a defenderlas públicamente. Creemos que esos políticos deberían dedicar su tiempo a mejorar la vida de sus conciudadanos, lo que no suele ser uno de sus fuertes. El meterse en camisas de once varas, donde su falta de conocimientos es notoria, no solo les resta credibilidad (algo ya de por sí difícil de lograr por un político), sino que confunde a los ciudadanos y les incita a seguir formas engañosas de curación. Y no nos olvidemos que, según algún famoso filósofo de la ciencia, esta asusta tanto a la izquierda como a la derecha. Por otra parte, algunas personas piden a los científicos que salgan de sus torres de marfil y se involucren en la batalla política. Eso podría ayudar a difundir la ciencia. Pero, por la otra, si un científico se significa con unas determinadas ideas políticas es posible que sus planteamientos científicos solo sean considerados por aquellos que comparten sus mismas ideas políticas y sean denostadas por sus adversarios, aun cuando la ciencia sea, en realidad, apolítica (en el sentido de no favorecer una determinada opción política). Y ya hablamos anteriormente sobre el hecho de que nuestras creencias (entre las que se incluyen las ideas políticas) están motivadas, en gran parte, por las emociones y no por la lógica o el razonamiento científico.

Este libro es un trabajo conjunto de un grupo de profesores universitarios y psicólogos clínicos, con una gran experiencia a sus espaldas, que, preocupados por la gran difusión que está teniendo toda una serie de pseudoterapias, ha decidido explicar al público en un lenguaje accesible (o al menos ese es el intento) en qué consisten 10 de ellas (homeopatía, reiki, flores de Bach, constelaciones familiares, acupuntura, programación neurolingüística, terapia de vidas pasadas, renacimiento, dianética y bioneuroemoción), qué es lo que sus defensores alegan como principios fundamentales de las mismas, la gran mentira de los efectos terapéuticos alegados y una propuesta de alternativas psicológicas científicas más eficaces, que producen efectos mucho más potentes y fiables en lo que respecta a la salud y el bienestar humano. Además, se incluye un capítulo especial sobre el efecto placebo que explica, en muchos casos, el escaso nivel de mejoría que presentan las víctimas de estos pseudotratamientos.

Granada, 25 de abril de 2019

Vicente E. Caballo e Isabel C. Salazar

REFERENCIAS

Caballo, V. E.; Salazar, I. C. y Carrobles, J. A. (dirs.) (2014), Manual de psicopatología y trastornos psicológicos, Madrid, Pirámide, 2.a ed.

Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT)(2016), Percepción social de la ciencia y la tecnología 2016, FECYT, Madrid.

National Geographic (2015), «¿Crece el escepticismo hacia la ciencia?», National Geographic, 15 de abril, disponible en [https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/grandes-reportajes/crece-el-escepticismo-hacia-la-ciencia-2_8953/5].

Real Academia Española (2018), Diccionario de la lengua española, disponible en [https://dle.rae.es/].

[1]Falsar: En la ciencia, desmentir una hipótesis o una teoría mediante pruebas o experimentos (RAE, 2018).

[2] El procedimiento de la exposición implica que se expone de forma sistemática al paciente a las situaciones que más teme. En el caso de la agorafobia se le expone a situaciones como «salir a la calle», «entrar en un ascensor», «subir en un coche», etcétera.

INGENUOS

II. HOMEOPATÍA O LA DILUCIÓN INFINITA

Vicente E. Caballo e Isabel C. Salazar

INTRODUCCIÓN Y BREVE HISTORIA DE LA HOMEOPATÍA

La homeopatía (del griego hómoios, «igual» y páthos, «dolencia») es una pseudoterapia creada en 1796 por el médico alemán Samuel Hahnemann (1755-1843) basada en su doctrina de «lo similar cura lo similar», que sostiene que una sustancia que causa los síntomas de una enfermedad en personas sanas curará lo similar en personas enfermas. Por ejemplo, si ingerir extracto de la planta belladona (Atropa belladona) produce fiebre y delirio, entonces alguien que presente estos síntomas debe ser tratado con extracto de belladona. Este simple postulado pareció convencer a un gran número de personas y Hahnemann comenzó entonces una serie de ensayos, en los que hacía ingerir a los sujetos sanos distintas sustancias de naturaleza muy variada: extractos vegetales, animales, venenos naturales, metales… Cuando una de estas sustancias presentaba efectos adversos en el cuerpo estos síntomas eran anotados en los llamados «repertorios», libros donde aún hoy acuden los homeópatas para buscar sustancias que produzcan síntomas similares a los que describe el paciente (León García, 2018).

Hahnemann creía que las causas de las enfermedades eran fenómenos que llamó miasmas y que los remedios homeopáticos actuaban sobre ellos. Los miasmas serían «principios infecciosos» subyacentes a las enfermedades crónicas. Asoció cada miasma con enfermedades específicas y pensó que la exposición inicial a los miasmas causaría síntomas locales, como enfermedades dérmicas o venéreas. Sin embargo, si estos síntomas fueran suprimidos por la medicación tradicional, la causa se adentraría y empezaría a manifestarse en enfermedades de los órganos internos. La homeopatía sostiene que el tratamiento de las enfermedades mediante el alivio de sus síntomas, lo que a veces se realiza en la medicina científica, es ineficaz porque todas las enfermedades pueden, por lo general, rastrearse a alguna tendencia latente, profundamente arraigada, subyacentemente crónica o inherente. El supuesto miasma subyacente aún continuaría y las enfermedades profundas solo podrían corregirse eliminando la perturbación interior de la «fuerza vital».

La medicina dominante, en tiempos de Hahnemann, usaba métodos como lavativas, sangrías, inducción de vómitos o la administración de productos tóxicos como el mercurio, el arsénico y el plomo. Estos tratamientos a menudo empeoraban los síntomas y, a veces, resultaban letales. En otras palabras, era más probable que el paciente se muriera por el tratamiento que por la propia enfermedad. Hahnemann rechazó estas prácticas, que habían sido elogiadas durante siglos, como irracionales y desaconsejables; en su lugar, defendía el uso de medicamentos únicos a dosis más pequeñas y sostenía una opinión inmaterial y vitalista sobre cómo funcionan los organismos vivos, pues creía que las enfermedades tenían causas espirituales, además de físicas. Debido a lo peligrosos que resultaban los tratamientos médicos, los pacientes de los homeópatas a menudo tenían mejores resultados que aquellos de los médicos en ese tiempo. Los remedios homeopáticos, aunque ineficaces, no causarían probablemente ningún daño, por lo que los usuarios de la homeopatía tenían menos probabilidades de morir por el tratamiento que se suponía los curaba. Es decir, no hacer nada evitaba el daño que provocaba la propia medicina y los resultados, para afecciones que podían curarse solas, eran muy satisfactorios. Por eso triunfó la homeopatía hace 200 años. Pero lo que pudo tener sentido hace 200 años, no lo tiene ahora. «Y si alguien quiere hacer un sencillo experimento sobre su eficacia, la próxima vez que vaya al dentista que pida un anestésico homeopático. A ver si siente dolor o no» (Mulet, 2018).

Muchos homeópatas basan sus prescripciones en lo que Hahnemann escribió hace dos siglos. Como lo dijo Hahnemann, entonces es correcto. Esta confianza ciega en la autoridad es sectaria y ningún científico tomará en serio que un libro de aquella época constituya el fundamento para el pensamiento y la práctica de la homeopatía actual. Claro que si en vez de considerar a la homeopatía como una terapia la considerásemos como una religión, entonces ese planteamiento podría ser correcto. Los escritos de Hahnemann podrían entonces considerarse la verdad suprema que hay que seguir, sin ningún tipo de crítica ni objeción. Pero entonces no tendría nada que ver con la ciencia. La ciencia hace preguntas, es escéptica, recopila datos, se esfuerza por obtener la teoría más simple y poderosa (predictiva), juzga teorías con datos de pruebas controladas y no duda en admitir que los científicos históricamente importantes a veces estaban equivocados. Lo más importante es que la ciencia está abierta y ansiosa por cambiar sus «leyes» ante datos convincentes. Los científicos estudian lo que no se conoce y anhelan resultados experimentales que contradigan sus teorías establecidas, ya que tales resultados son, a menudo, el primer paso hacia una nueva y mejor teoría (Shelton, 2004).

¿QUÉ ES LA HOMEOPATÍA?

En una reciente encuesta realizada en la población española (FECYT, 2018), el 21,6 por 100 de las personas consideraba a la homeopatía como una práctica científica, que se disparaba al 43,5 por 100 si se suman todas las personas que la consideran desde muy científica hasta algo científica. Si tenemos en cuenta la edad y el sexo, aquellos grupos que confían más en la cientificidad de la homeopatía son las mujeres de 45 a 64 años y los que menos los hombres de más de 65 años. Cuantos menos estudios se tienen, más creen en la homeopatía como ciencia. Por otra parte, el 25,4 por 100 de la ciudadanía confía mucho o bastante en la homeopatía y el 24,1 por 100 confía algo, siendo las mujeres (especialmente las de 35 a 64 años) quienes confían más que los hombres. Con respecto a la confianza en la homeopatía, apenas hay diferencias entre grupos de edad. Esta ignorancia de la población española sobre lo que es la homeopatía justifica, en buena medida, este capítulo, que intenta abrir un poco los ojos con respecto a esta pseudoterapia.

La homeopatía consiste en una serie de preparados (llamados diluciones) por los que de forma general sus principios activos (cepas madre) se diluyen o trituran de forma repetida en agua destilada, sacarosa, lactosa o alcohol hasta su práctica desaparición. La dilución suele ser seguida de una agitación (que en el pasado se producía con un libro encuadernado en cuero y actualmente realiza una máquina) y continúa mucho más allá del punto donde ya no permanecen moléculas de la sustancia original, del ingrediente biológicamente «activo». Los homeópatas no tienen problemas en admitir la ausencia de principio activo (no podrían negar este hecho tan fácilmente demostrable). En lugar de ello, acuden a la explicación de que «el agua tiene memoria» y que de alguna forma «recuerda» que estuvo en contacto con el «principio activo» en algún momento.

Como ya señalábamos en la introducción del capítulo, los homeópatas seleccionan las preparaciones consultando libros de referencia conocidos como repertorios y considerando la totalidad de los síntomas de los pacientes, rasgos de personalidad, estado físico y psicológico e historia de vida. Según ellos, la homeopatía conectaría con la verdad más profunda que reside en nosotros. Sería una auténtica medicina del alma, que respeta el crecimiento espiritual de cada persona, sanando su cuerpo, abriendo su mente a nuevas ideas y respetando el completo desarrollo de sus emociones (Déniz, 2007).

Los homeópatas señalan que uno de los principios fundamentales de la medicina homeopática es el reconocimiento de la existencia de una «fuerza vital», una entidad no física que es la esencia de la vida (que desaparece cuando morimos) y que se esfuerza en mantenernos con buena salud. Cuando la energía vital se expresa correctamente, el cuerpo y la mente están en perfecto estado de salud. Esa «fuerza vital» se manifestaría por medio del cuerpo energético, también llamado cuerpo sutil o aura. La enfermedad surgiría de una perturbación de la «fuerza vital», que produciría señales muy claras en el cuerpo energético. Esta perturbación provocaría, a su vez, una serie de síntomas característicos, tanto en el cuerpo como en el estado anímico y mental. Los síntomas serían la expresión externa de la perturbación, las pruebas de que nuestra «fuerza vital» está tratando de retornar al equilibrio, pero no la enfermedad en sí, ya que esta se originaría por la debilidad de la «fuerza vital». Para la homeopatía, los virus, bacterias u otros indicios que suelen tomarse como el origen del mal, no serían sino manifestaciones externas de una «fuerza vital» perturbada, es decir, que estos agentes solo podrían aparecer en un cuerpo previamente debilitado en sus energías. Los remedios homeopáticos no lucharían contra la enfermedad en sí misma; por el contrario, estimularían la «fuerza vital», calmando sus excesos y fortaleciendo sus deficiencias, de modo que pueda luchar contra la enfermedad. En palabras de Hahnemann, «la enfermedad [debe ser considerada] como una influencia producida por un agente hostil similar a lo espiritual» (Déniz, 2007). Los remedios homeopáticos ayudarían también a prevenir las enfermedades fortaleciendo la «fuerza vital» cuando no está desequilibrada.

Es frecuente que los homeópatas acudan a los conceptos más abstractos de la física contemporánea, incluidos los conceptos relacionados con la teoría de la relatividad, el entrelazamiento cuántico, la no-localización cuántica y la teoría del caos, para obtener posibles explicaciones (erróneas) de los efectos (placebo) de la homeopatía y confundir y engañar a personas crédulas que no tienen conocimientos de lo que les están contando. Lo paradójico es que la mayoría de los que plantean esas especulaciones tampoco son expertos en esos temas y dichas especulaciones son, a menudo, una aplicación incorrecta de los conceptos, por muy atractivos que puedan parecer. Veamos una explicación fantástica de los efectos de la homeopatía: cada célula del cuerpo humano tiene una vibración determinada y cuando la pierde enferma, afectando al órgano al que pertenece. La homeopatía se encargaría de restablecer esa frecuencia vibracional perdida y, de esta forma, hacer que el organismo recupere la salud (Martori, 2016). Si alguien se cree esta alucinante explicación, es que es muy ingenuo y capaz de creerse cualquier cosa por inverosímil que sea. Yendo aún más lejos, algunos homeópatas se sienten atraídos por la idea de que incluso las teorías más esotéricas de la ciencia contemporánea no están lo suficientemente avanzadas para explicar cómo funcionan los remedios homeopáticos, ni la ciencia tiene la instrumentación para medir el ingrediente activo de los remedios. Como señala Quirantes Sierra (2014), los homeópatas afirman que «el modo de acción de la homeopatía no puede ser demostrado con los métodos científicos modernos. El lector debe decidir en este punto si el problema lo tiene la ciencia oficial, en su incapacidad para encontrar la explicación, o la homeopatía, porque la explicación no existe. Se trata de una cuestión de fe: no hay pruebas, así que crees o no crees». La fe solucionará todas las dudas. La mayoría de los homeópatas están tan convencidos de que sus remedios funcionan que la resistencia de médicos y científicos es incomprensible para ellos. Muchos homeópatas creen que los médicos y los científicos tienen una mentalidad demasiado cerrada para ver la evidencia «obvia» o están motivados por el dinero. Muchos homeópatas creen que las compañías farmacéuticas y los médicos están conspirando para suprimir la homeopatía porque compiten por sus pacientes (Shelton, 2004).

Elementos clave de la homeopatía

Los practicantes de la homeopatía se basan en dos tipos de referencias para prescribir remedios: «materia médica» y «repertorios». Una materia médica homeopática es una colección de «perfiles de remedios», organizados alfabéticamente por «remedio». Estas entradas describen los patrones sintomáticos asociados a remedios individuales. El remedio cuyo cuadro de síntomas encaje mejor con los síntomas del paciente es el simillimum y, por lo tanto, debería curar al paciente. Por otra parte, un repertorio homeopático es un índice de síntomas de enfermedades que enumera los remedios asociados con síntomas específicos, es decir, ordena los síntomas y nombra los remedios que corresponden a cada síntoma.

Así, por ejemplo, al hablar de materia médica, el producto homeopático calcarea carbonica está aconsejado para síntomas, entre otros muchos, como ansiedad con desesperación, la persona imagina que morirá y vive con desasosiego constante por si un accidente o desastre le fuera a suceder, miedo y pavor por el futuro, a enfermar o morir, a perder la cabeza y a que la gente de su alrededor se dé cuenta de ello, terrores nocturnos y malos sueños, sobre todo en niños, individuos obstinados y malhumorados que se entretienen haciendo y pensando en cosas sin importancia. La silice se aconseja como remedio eficaz para la fobia social, pero también contra esos estados menos graves de timidez, de inseguridad y miedo a los eventos sociales. Al hablar de repertorio homeopático, se recomiendan una serie de productos para síntomas específicos. Así, en el apartado de psiquismo, para la ansiedad al aire libre (agorafobia) se aconsejan 13 posibles remedios, para la ansiedad en casa (claustrofobia) 17 posibles remedios o para la ansiedad al atravesar la calle un posible remedio.

Los productos homeopáticos se producen con base en materiales naturales, también llamadas «cepas», que se pueden agrupar en las siguientes categorías atendiendo a su origen: a) minerales y sus derivados, como el óxido de arsénico o la sal de mesa; b) vegetales, como plantas (por ejemplo, opio) y árboles; c) sustancias animales, utilizando animales (por ejemplo, insectos) o sustancias secretadas por ellos, como la hormona tiroidea o el veneno de serpiente; d) nosodes, sustancias similares a las vacunas que incluyen gérmenes, secreciones fecales, urinarias y respiratorias y algunos tejidos animales o humanos; y e) imponderables, productos cuyo material inicial no son átomos o moléculas (por ejemplo, rayos X, campos magnéticos, luz solar) y cuya energía electromagnética ha sido «capturada» en el agua, el alcohol o la lactosa. Una categoría adicional comprende técnicas aún más controvertidas, como los «remedios de papel», en los que se escribe la sustancia y la disolución en piezas de papel y estas se prenden a la ropa del paciente, se guarda en su bolsillo o se ubican bajo vasos de agua que se les da a los pacientes.

Por otra parte, los productos homeopáticos se presentan actualmente en formas muy diversas: 1) líquidas, como gotas, ampollas o jarabes; 2) sólidas, como los comprimidos y los polvos para uso oral; y 3) semisólidas, como las cremas, las pomadas y los supositorios. Las presentaciones más propias de la homeopatía son en forma de gránulos, de glóbulos o bien líquida. Los gránulos son bolitas de sacarosa y lactosa, de unos pocos milímetros de diámetro, que se impregnan de la sustancia homeopática diluida. Los glóbulos son también bolas de azúcar impregnadas, pero de un diámetro menor que los gránulos. La presentación líquida se suele ofrecer en tarros provistos de cuentagotas para su correcta administración.

Cada sustancia que se va a emplear para preparar el producto homeopático se introduce en una mezcla de agua y alcohol etílico, que se denomina «tintura madre». Si la cepa del remedio es una sustancia de origen mineral insoluble, como por ejemplo un metal, se tritura y se mezcla con productos inertes como la lactosa. Si se trata de un producto químico soluble, simplemente se disuelve en agua. Para realizar una dilución centesimal, el fabricante toma una parte de la tintura madre o del producto mezclado con lactosa y se disuelve en noventa y nueve partes de una sustancia inerte (alcohol etílico o lactosa). A continuación, agita (10 o 100 veces, dependiendo de las fuentes) esta mezcla vigorosamente para lograr una completa mezcla de las moléculas de ambas sustancias. Este proceso de agitado se denomina «dinamización» o «sucusión» y serviría supuestamente para activar la «energía vital» de la sustancia diluida y hacerla más fuerte, es decir, para transmitir al agua el «espíritu curativo de la sustancia» («memoria» del agua). Aunque en el pasado la agitación se realizaba de forma manual contra un cuerpo elástico, actualmente, al menos a nivel industrial, se ejecuta con máquinas que producen la agitación y la mezcla. La sustancia así obtenida, es decir, la tintura o sustancia original, diluida y potenciada, se denomina «primera dilución centesimal», o «1C», pues en cien partes de producto hay una sola de la sustancia original.

Existen tres escalas logarítmicas de potencia en la homeopatía. Hahnemann creó la escala centesimal o «escala C», diluyendo una sustancia por un factor de 100 en cada etapa (1 parte de la sustancia con 99 partes de diluyente). Así, 1 mililitro de la sustancia original («tintura madre») se mezcla con 99 mililitros de agua. Esa mezcla se denominada 1C (o 1CH, «centesimal de Hahnemann» en honor a su fundador). Una disolución 2C requiere repetir el proceso, diluyendo una medida (1 mililitro, por ejemplo) de la dilución 1C en 99 medidas de disolvente (en 99 ml., por ejemplo). Esto resulta en un preparado con una parte de la sustancia original cada 10.000 partes de solución. Siguiendo este proceso, podemos obtener diluciones 3C, 4C y así sucesivamente. Una solución 6C repite el proceso seis veces, lo que concluye con la sustancia original diluida en un factor de 100−6=10−12