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LA HISTORIA DE UN MITO Y DE UN GRUPO QUE FORJARON UNA LEYENDA MUSICAL QUE PERDURA HASTA NUESTROS DÍAS Entre 1965 y 1971, Morrison compuso un centenar de canciones, escribió y editó cuatro libros de poemas, realizó tres películas, redactó guiones y decenas de cuadernos con notas y poesías. Fue un icono sexual y la principal estrella del rock estadounidense. Transgredió todos los tabúes sexuales de aquel puritano país y llegó a amenazar a la administración americana con sus invitaciones a la protesta y la rebelión. Vivió deprisa y murió joven y, al frente de The Doors, creó unas canciones que todavía tienen el extraño poder de atraer nuevas generaciones con sus mensajes oscuros y su energía en bruto. •Vida y muerte de The Doors. •Rebuscando en el viejo blues. Las raíces. •27 anécdotas que debes conocer de Jim Morrison y The Doors. •Discografía y filmografía de un grupo que cambió la historia de la música. Siendo uno de los máximos exponentes de la psicodelia de los años sesenta, The Doors es una de las bandas más conocidas de la historia de la música. Con más de cien millones de álbumes vendidos en todo el mundo, y formados en la ciudad de Los Ángeles, tuvieron en el teclista Ray Manzarek y en su vocalista Jim Morrison a sus principales líderes. Morrison, nacido en diciembre de 1943 en el seno de una familia marcada por la formación militar de su padre, se mostró rápidamente como un chico tan brillante como indisciplinado. La profesión de su padre hizo que la familia tuviera que viajar de manera más o menos habitual, y eso provocó en el muchacho una clara tendencia al rechazo, manifestada en su dificultad para hacer amigos. La poesía fue su principal vía de escape. Leyéndola o escribiéndola podía imaginar personajes, historias, viajar incluso a lugares a los que era imposible hacerlo. Era su refugio y, aunque entonces no lo sabía, iba a serlo el resto de su vida. En su camino se cruzaría con Ray Manzarek, un aplicado estudiante de cinematografía de la UCLA que coincidiría en el campus con Morrison, con quien compartirían la afición de fumar marihuana a espuertas. Manzarek lideraba el grupo de blues Rick & The Ravens, un combo semiprofesional formado junto a sus hermanos. Probablemente Manzarek y Morrison habían intercambiado más porros que palabras, pero se conocían y el talento de ambos parecía destinado a unirse. Nacía así uno de los grupos que ha marcado la época dorada de la historia del rock. Su música, creada a partir de retazos del pop, blues y psicodelia, se forjaba envuelta con la poderosa voz de Mo-rrison, un personaje capaz de vampirizar su propia obra y acabar convirtiéndose en el mito que fue, es y será para siempre.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Intercambio de prólogos
1. La coronación del Rey Lagarto. Vida y muerte de The Doors.
2. Rebuscando en el viejo blues. Las raíces
3. Jim Morrison visto por Jim Morrison
4. 27 anécdotas que debes conocer sobre Jim Morrison y The Doors
5. Discografía de The Doors
6. Filmografía de The Doors
7. Fuentes
A Raquel, «my Rachel»…
Por Roger Estrada
Ni Cobi ni Curro; mi mascota favorita de 1992 fue Val Kilmer embutido en los pantalones de cuero de Jim Morrison en The Doors, el biopic dirigido por Oliver Stone. Se había estrenado en cines a mediados del 91, cuando mi DNI me acreditaba una edad, 14 años, que me imposibilitaba atravesar la puerta de cualquier sala para asomarme a ese otro lado oscuro y seductor… Pero, ¡ah!, la pequeña puerta del videoclub de mi barrio sí que se abrió para mí en el 92 –15 años, bigote incipiente, cinéfila y melómana determinación en la mirada– cuando fui directo al estante de las novedades, cogí la llameante funda del VHS, la dejé en el mostrador y el despreocupado dueño de ese iniciático palacete del audiovisual introdujo en su interior ese prohibido objeto de mi deseo.
El efecto que la reproducción de esa cinta de videocasete negra tuvo en mi yo adolescente quizá explique que ahora, 25 años después, esté escribiendo estas líneas. Eso y que al bueno de Eduardo Izquierdo –melómana determinación cum laude la suya– no podía decirle que no. «Quiero que escribas el prólogo», «¿Por qué yo?», «Por expreso deseo del autor», «¡Ok!». Pasados dos meses desde que me lanzara el órdago, debo agradecerle que me brindara la posibilidad de recordar cuán importante fueron The Doors no solo en mi educación musical sino también en la paulatina toma de conciencia del valor que tienen artefactos colindantes –documentales, películas, revistas, libros– para una mejor apreciación de esos artistas que se adentran en tu mundo primordialmente a través de los oídos.
Si la obra de Stone fue el centelleante, hiperbólico cebo cinematográfico que me succionó hacia el interior del universo The Doors, el doble CD recopilatorio que se lanzó coincidiendo con su estreno –reedición digital del The Best of… de 1985– se acabó convirtiendo en uno de mis más preciados talismanes cuando el chaval algo freak y solitario que era por aquel entonces necesitaba abstraerse de un mundo en el que no sabía muy bien cómo encajar.
People are strange when you’re a stranger / Faces look ugly when you’re alone…
You know that it would be untrue / You know that I would be a liar / If I was to say to you / Girl, we couldn’t get much higher…
Riders on the storm / Riders on the storm / Into this house we’re born /
Into this world we’re thrown…
Entendía parte de sus letras, pero realmente no sabía de qué carajo me estaba hablando el bueno de Jim. Sin embargo, a mi yo de entonces eso le daba exactamente igual; aquella voz única danzando a lomos de esas melodías tan extrañamente juguetonas y hasta cierto punto temibles me llevaba en volandas hacia un estado anímico que siempre recuerdo cuando vuelvo a escuchar alguna de sus canciones. Añoro esa sensación, sí.
El libreto de The Best of The Doors contenía un texto (en inglés) que se iniciaba así: «La pregunta aflora, repetidamente, ¿por qué la música de The Doors ha sobrevivido, incluso florecido, de generación en generación cuando tantos otros grupos de su época se han quedado a medio camino? En otras palabras: ¿por qué The Doors? ¿Por qué ahora? ¿Por qué todavía?» No era yo consciente entonces de que la lectura de la reflexión desarrollada a continuación por Danny Sugerman –segundo mánager de la banda y autor de su primera biografía No One Here Gets Out Alive– iba a ser mi primera exposición a lo que podemos entender como crítica o análisis de la música rock. Se abrió una puerta y todo cambió.
Desconozco qué artista o qué lectura sobre rock abrió esa misma puerta para Eduardo, qué le empujó a empezar a escribir sobre eso que a ambos nos apasiona y que ambos tratamos de aprehender con nuestras palabras para enganchar a / compartir con otros curiosos melómanos como nosotros. Sí sé que lleva 12 años manteniendo al día, con una constancia inimaginable para un servidor, esa bitácora online de rock and roll llamada Los Hijos Bastardos de Henry Chinaski; un nombre que explica, quizá para su propio desconocimiento, por qué creo que Eduardo estaba destinado a hacer el libro que tienes en tus manos. En la primera entrada del blog, 9 de mayo de 2006, escribía: «Chinaski, ese viejo perdedor de las novelas de (Charles) Bukowski sabía como nadie, vivir la vida al límite, disfrutar de sus placeres, como el sexo, las drogas o el alcohol y cagarse en sus obligaciones, con el trabajo a la cabeza. Todo un ejemplo a seguir, ¿no?».
Al fallecer Ray Manzarek en 2003, su amigo John Doe, guitarrista de la banda angelina X, declaró que «el ambiente que emana de las canciones de The Doors tiene más relación con Charles Bukowski que con Farrah Fawcett (…) Proviene de una zona realmente oscura de Los Ángeles.» En ella habitarían esos seres desahuciados que, según describió Bukowski en su relato The L.A Scene, «viven del aire y la esperanza y las botellas retornables vacías y la gracia de sus hermanos y hermanas. Viven en pequeñas habitaciones, siempre con retraso en el pago del alquiler, soñando con la próxima botella de vino, la próxima copa gratis en el bar». Un bar que bien podría ser el Hard Rock Café donde el 19 de diciembre de 1979 Henry Diltz fotografió a la banda para el libreto del álbum The Morrison Hotel y unos seres que bien podrían ser los alegres beodos que rodean a un impasible Morrison en la instantánea tomada en el exterior de dicho bar.
Esta es solo una de las decenas de conexiones que uno puede establecer al adentrarse en el desbordante corpus artístico desplegado por la banda californiana en apenas cuatro años, los que separan su clásico homónimo debut (67) de ese road trip crepuscular titulado L.A. Woman (71). Otras muchas te aguardan al atravesar esta página, deja la puerta abierta al entrar…
Barcelona, julio de 2017
Por Eduardo Izquierdo
Contestaré a Roger. No fue un artista, ni una lectura, sino una mujer. Uno de los primeros puntos de conexión que tuve con Raquel, mi mujer, fue la música de The Doors. Aunque la cosa tiene trampa. Porque ni ella ni yo éramos seguidores convencionales de Jim Morrison y los suyos. Ella había entrado en el universo de la banda gracias (como Roger) a la película biográfica que Oliver Stone dirigía en 1991 y que protagonizaba Val Kilmer. A partir de ella, eso sí, había profundizado en el personaje de Morrison y en la banda, comprando todos sus discos, recortando artículos de prensa y traduciendo de manera artesanal sus canciones cuando Internet no facilitaba esos procesos. Yo, directamente, no podía considerarme ni seguidor. Por decirlo suave, The Doors me importaban un pimiento. Pero ella abrió con su manera de hablar del grupo, con su pasión al tratar aquellas canciones, una pequeña grieta en mi cascarón anti morrisoniano que hoy muchos, muchos años después ha desembocado en este libro. Un volumen que intenta ser poco convencional, ante el aluvión de textos dedicados a The Doors ¿Qué puedo aportar yo a la obra del grupo que no hayan dicho ya Greil Marcus o Stephen Davis? Simplemente una nueva visión de un grupo imprescindible para muchos y odiado por casi los mismos.
En tiempo de documentación para estas páginas, leyendo el excelente libro que Herve Muller publicaba en la añorada colección los Juglares de Ediciones Júcar me encuentro con una afirmación que me llama la atención. «No hay grupo tan injustamente tratado por la crítica en la historia del rock como The Doors». Una frase que me sorprende por su rotundidad y que, además, se me antoja demostrable desde el primer momento en que la leí. Probarlo es sencillo. No tengo más que quedar con unos cuantos colegas críticos de diversos medios para confirmarlo. La pregunta es sencilla ¿Qué opinas de The Doors? Y la respuesta, casi siempre, se mueve por los mismos parámetros: sobrevalorados, aburridos, pesados, monótonos, vulgares… ¿Será posible? Estoy preguntando por uno de los considerados más grandes grupos de la historia del rock y no encuentro un solo fan entre la prensa. Una banda que, además tiene entre sus máximas influencias a nombres tan indiscutibles como Muddy Waters, Little Willie Johnson, John Lee Hooker o Slim Harpo. Cuatro tipos que apostaron por el blues como forma de expresión dotándolo de diversos elementos experimentales y psicodélicos. Fieles a una tradición y, sobre todo, a su propia manera de hacer las cosas. Con un frontman indiscutible, mágico, carismático y un equipo de instrumentistas de sobrada solvencia. Brillantes incluso. Pero nada, ni por esas. Ni siquiera la muerte prematura de Morrison consiguió un cambio de opinión. O quizá ahí está el problema. El mito superó lo musical. Morrison se convirtió demasiado rápido en un icono y la crítica no lo supo digerir. Y menos aun cuando a Stone se le ocurrió poner en circulación la peliculita de marras. Sí, sí, la que enganchó a mi señora, pero que hizo que miles de jóvenes también empezaran a odiar a aquel tipo que a pecho descubierto y con mirada profunda les observaba desde las carpetas de las chicas.
Confieso. Yo fui uno de ellos. Si The Doors me interesaban poco en aquel momento, directamente me parecieron un chiste con su explosión mediática a principios de los noventa. Estábamos cayendo, una vez más, en las redes del establishment. Nos daban un caramelo y nosotros lo chupábamos hasta quedarnos sin saliva ¿No se daban cuenta aquellos neo fans? Ah, el ser humano. Ese engendro que siempre cree poseer la verdad absoluta mientras todos los que le rodean están equivocados. Hecho que se acrecienta de manera exponencial si hablamos de periodistas musicales. Porque ténganlo claro: lo que me gusta a mí es lo bueno y lo que les gusta a ustedes no hace sino mostrar su ignorancia. Solo falta tener dieciséis años para que eso se convierta en una bomba de relojería. Y esos son los que tenía un servidor en aquella época. Por ello estaba dispuesto a demostrarle a todos aquellos seguidores del pamplinas aquel que me miraba con pose de Jesucristo que la verdad, la absoluta verdad, estaba en Bob Dylan (mi debilidad personal), The Rolling Stones y en los grupos del nuevo grunge como Pearl Jam. Iluso de mí, por no llamarme directamente idiota. Sin darme cuenta de que allí también había mucho de The Doors. Por no saber que la poesía de William Blake estaba tan presente en algunas letras de Dylan como en los textos de Morrison, que las referencias blueseras eran compartidas casi al cien por cien con Sus Satánicas Majestades o que los de Seattle adoraban la música de los californianos (de hecho, Eddie Vedder, su cantante, fue uno de los candidatos a ocupar el puesto de Morrison en una reunión futura de The Doors). Pero así es la adolescencia ¿Qué se le va a hacer? Años iba a tardar en darme cuenta de mi injustificable cabezonería para acabar sumergiéndome en un disco de Morrison y compañía, y darme cuenta de lo que me había perdido. Y no. No es que me haya convertido en un seguidor fanático del grupo, pero he llegado a entender su universo para acabar escribiendo este volumen sobre ellos ¿Quién me lo iba a decir a mí? Aunque probablemente solo era cuestión de olvidar los complejos y dejarse llevar por la música.
Barcelona, julio de 2017
Manzarek: Hey James ¿qué haces por aquí?
Morrison: Ya ves, intentando inspirarme, pasar el rato. No sé, algo de eso. La playa me relaja y me hace imaginar historias, poemas, canciones…
Manzarek: ¿Canciones? ¿También escribes canciones?
Morrison: Sí, tío, a veces. Las palabras tienen música en mi cabeza cuando las pienso. Supongo que eso es una canción.
Manzarek: Joder, tío, cántate una, ¿no?
Morrison: Me da vergüenza, Ray. Yo no tengo mucha voz. Nunca lo he hecho delante de nadie. Solo suenan en mi cabeza.
Manzarek: Venga, joder. Bob Dylan tampoco tiene mucha voz y míralo. Me encanta la música, ya sabes. Tengo un grupo con mis hermanos.
Morrison: Ahí va. Pero a la primera sonrisita me largo. Te aviso, tío.
Let’s swim to the moon, uh huh Let’s climb through the tide Penetrate the evenin’ that the City sleeps to hide
Manzarek: Joder, tío, qué maravilla, ¿tienes alguna más?
Probablemente el encuentro que Ray Manzarek y Jim Morrison tuvieron en la playa de Venice (California), en el verano de 1965, no tuvo que ver mucho en su forma con lo que acabamos de leer, pero en el contenido no debió diferenciarse demasiado. El caso es que, como asegura con rotundidad un experto en The Doors como Stephen Davis, «no hay duda alguna de que Ray Manzarek descubrió a Jim Morrison». Lo hizo así, en una conversación de playa, aunque probablemente llevara mucho tiempo observándolo, ya que compartían juntos estudios en la facultad de cinematografía de la UCLA.
Morrison, nacido en diciembre de 1943 en el seno de una familia marcada por la formación militar de su padre, almirante de la marina, y por los orígenes británicos de la misma –su madre tenía antepasados irlandeses y su padre escoceses y británicos- se mostró rápidamente en su período formativo como un chico tan brillante como indisciplinado. La profesión de su padre hizo que la familia tuviera que viajar de manera más o menos habitual, y eso provocó en el muchacho una clara tendencia al rechazo, manifestada en su dificultad para hacer amigos. La poesía fue su principal vía de escape. Leyéndola o escribiéndola podía imaginar personajes e historias, viajar incluso a lugares a los que era imposible hacerlo. Era su refugio y, aunque entonces no lo sabía, iba a serlo el resto de su vida. Y la universidad de California, Los Ángeles, conocida habitualmente por su acrónimo, UCLA, era un lugar espléndido para un chico con su carácter. Sobre todo la facultad de cinematografía, reconocida en todo el país y que contaba además con la ventaja de estar muy cerca de los estudios de Hollywood, cuna de toda la industria. Jim no tardó en interesarse por el cine. Era normal. Conociendo su carácter y su afición por la creación, el séptimo arte era una forma espléndida de dar rienda suelta a todas aquellas ideas que se agolpaban en su cabeza. Pero no olvidemos que Morrison no era un tipo fácil. Bebedor compulsivo y famoso en el campus por el tamaño de los porros que acostumbraba a liar, él no aspiraba a convertirse en un director del tres al cuarto que rodara películas de sobremesa, y su trabajo de fin de curso de 1965 es un buen ejemplo de ello. Una película sin título y aparentemente sin guion en la que se agolpaban escenas pornográficas, imágenes de Adolf Hitler, algo de drogas…Quizá por ello, Ed Brokaw, tutor del chico, le aseguró al acabar su proyección ante cincuenta motivados alumnos que le había defraudado, pero que, a pesar de ello, como creía en su talento y veía en él a alguien con futuro, si conseguía centrarse, le otorgaría un aprobado raspado. Jim, ofendido, estalló asegurando que dejaba los estudios, que no quería limosna, aunque acabaría aceptando su título de graduación en junio de 1965. Desafortunadamente, aquella película acabaría en un cubo de basura.
Ray Manzarek, por su parte, era bastante diferente a Jim. Nacido en febrero de 1939 en Chicago, la familia de Ray era más o menos convencional. Ellos fueron los que convencieron al muchacho para iniciar los estudios de piano siendo todavía un niño y los que le aconsejaron estudiar economía en la Universidad de De Paul. Pero el chico tenía también una clara inclinación hacia el arte por lo que, después de trasladarse a California, se matricula en la facultad de cinematografía de la UCLA. Otra inclinación suya, la de fumar marihuana a espuertas, iba a hacerlo coincidir en el campus con un tipo de indudable magnetismo, claro, Jim Morrison. Un nuevo nexo de unión iba a acabar surgiendo entre ambos muchachos. Manzarek lideraba bajo el nombre de Screamin’Ray Daniels, el grupo de blues Rick & The Ravens, un combo semi profesional formado junto a sus hermanos pequeños Rick y Jim que le permitía ganar treinta dólares a la semana mediante actuaciones de resultado diverso. No eran amigos. De hecho, hasta la conversación en la playa de Venice probablemente Manzarek y Morrison habían intercambiado más porros que palabras, pero se conocían y el talento de ambos parecía destinado a unirse.
El teclista pareció olerlo. Algo le decía que aquel tipo que vestía con pantalones ajustados y camisas anchas, al que parecía que nunca le habían cortado el pelo –al menos no un barbero profesional– y con ínfulas de poeta estaba destinado a convertirse en una estrella del rock. Sus hermanos no entendían nada. Morrison era musicalmente un inútil a sus ojos. No tenía experiencia cantando, y no les extrañaba. Tenía una nula capacidad rítmica y no tocaba ningún instrumento. Por no decir que, absolutamente nadie lo había oído cantar. Además, era, en palabras de nuevo de Stephen Davis «introvertido y patológicamente tímido en sus momentos no maníacos». Vamos, todo lo contrario a lo que debe ser una estrella del rock. Llegó a tanto la obsesión de Ray por Jim que planeó su primera actuación sin decírselo a nadie en un pequeño concierto en el mes de mayo. Casi al final del concierto de su grupo soltó un «esta noche tenemos el placer especial de presentar desde la facultad de cine de la UCLA a Jim Morrison». El abochornado muchacho no tuvo más remedio que, colorado como un tomate, subirse al escenario y mientras Ray marcaba los primeros compases de «Louie, Louie» soltar algo parecido a lo que sería su característico grito y arrancar con una versión prepunk del tema de marras. Ellos quedaron encantados, pero ni siquiera un recién llegado al grupo, llamado John Densmore, veía clara la obsesión de Ray por darle el puesto de cantante a aquel tipo.
Nacido en diciembre de 1944, Densmore era un buen estudiante de la Universidad Estatal de California que, después de haber empezado estudiando piano de niño, había acabado optando por la batería como instrumento, debido a su pasión por la música étnica. Había conocido a Ray cuando juntos habían integrado el grupo Psychedelic Rangers, en el que también tocaba la guitarra un tal Robby Krieger, y eventualmente, cuando el batería de Rick & The Ravens fallaba, él ocupaba el puesto a las baquetas hasta que acabó haciéndose con él de manera definitiva.
No tardará Manzarek en conseguir su propósito. Al final, él es el líder del grupo e impone a Jim como cantante, así que sus hermanos no tienen más remedio que aceptar una audición en la que un dubitativo Morrison les canta «Soul Kitchen» y «Break on Through». El entusiasmo de Ray contrasta con la actitud del trío. No lo ven claro, de hecho están seguros de que aquello será el fin de la banda. Solo aceptan el trato si definitivamente contratan a un batería. Tocar sin bajo y sin percusión es un lastre demasiado pesado como para acabar incorporando a un cantante tímido, con pinta de tarado y que canta sobre cosas extrañas. Ray acepta y la inclusión de John Densmore es un hecho. Este reconoce que las canciones que tocan no le acaban de gustar, pero también percibe un aura en Jim Morrison diferente a todo lo que había visto hasta entonces. Así que ya como quinteto, en septiembre de aquel mismo año graban unas maquetas en los estudios World Pacific. «Moonlight Drive», «My Eyes Have Seen Tou», «End Of The Night», «Hello, I Love You», «Summer’s Almost Gone» y «Go Insane» son las canciones elegidas y mientras el trío Morrison, Manzarek, Densmore está encantado con el resultado, los hermanos de Ray siguen sin verlo claro. Y más aún cuando ven como las puertas de las discográficas se les van cerrando, especialmente cuando oyen las caóticas y a menudo irritantes letras de Jim. El colmo es que Rick y Jim Manzarek abandonan el grupo justo cuando Billy James de Columbia promete darles una oportunidad. Pero nada va a detener a Ray Manzarek que, rápidamente, recurre a su viejo compañero en Psychedelic Rangers, Robby Krieger, para que se haga con el puesto de guitarrista.
Robby Krieger es otro chico que llevaba la música dentro desde su infancia. Nacido en Los Ángeles en 1946, en una familia judía, llegó a tocar el piano y hasta la trompeta para inclinarse finalmente por la guitarra. Empezó a practicar con ella mientras estaba interno en la Menlo School de California y, a partir del blues, acabó interesándose por otros estilos como el flamenco. Tras la escuela secundaria, asistió a clases en la Universidad de Santa Bárbara, y en los ambientes universitarios cruzó su vida con la de Ray Manzarek y John Densmore. Krieger, deseoso de dejar sus estudios, no tardó en aceptar aquel puesto que le ofrecía su amigo en un grupo más bien extraño. No solo tenían un cantante peculiar sino que, además ¡no tenían bajo! Ray se encargaba de sustituirlo gracias a una técnica que había desarrollado cuando se obsesionó por los viejos músicos de jazz que le permitía marcar las líneas rítmicas con una mano mientras con la otra se dedicaba a la melodía.
Quedaba cambiar el nombre. Jim Morrison había probado a crear un dúo de rock en el que él no cantaba, sino que recitaba, junto a su amigo Dennis C.Jakob. El nombre del mismo era The Doors: Open & Closed. La inspiración parecía clara, la célebre frase «si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito» de William Blake. Al resto del grupo le gusta la idea, solo queda hacerlo más comercial, acortándolo y dejándolo en The Doors.
El grupo empezó a ensayar con el ánimo que daba aquel acetato de seis canciones. En él destacaba un «Hello, I Love You» construida sobre la estructura del «All Day and All of the Night» de The Kinks y el patrón de batería del «Sunshine of your Love» de Cream. Además, el blues estaba siempre presente en sus sesiones y canciones como «Bright Lights, Big City» de Jimmy Reed rara vez faltaban a la cita. Sin saber muy bien cómo consiguen incluso una audición con Lou Adler, productor ejecutivo de The Mamas and The Pappas, que los despacha con un «aquí no hay nada que se pueda utilizar» que enfurece a un Morrison que malhumorado exclama «tampoco queremos que se nos utilice». Negativas que tienen su fin cuando el citado Billy James les proporciona algo de caso. No es nada del otro mundo, ni siquiera un compromiso serio, pero sí lo que necesitan los chicos para rearmar su maltrecha moral. Incluso las relaciones entre ellos habían tenido alguna pequeña grieta. John Densmore había preguntado a Krieger si no creía que Jim Morrison estaba algo pasado de vueltas. La respuesta de este acabó de afianzar la confianza de todos en su cantante: «sí, y también puede ser una gran estrella, porque las dos cosas van unidas». Densmore siguió siendo el menos convencido. Incluso podríamos decir que Jim le asustaba, especialmente cuando iba pasado de LSD, pero lo soportaba por la posibilidad de llegar a tener éxito en el mundo del rock gracias a él. Entonces aún no sabía lo acertada que era aquella decisión.
De izquierda a derecha: Jim Morrison, John Densmore, Robby Krieger y Ray Manzarek.
Mientras Jim vivía compartiendo apartamento con Ray y su chica Dorothy, el grupo ensayaba en el garaje que su amigo Hank Olguin tenía en Venice. Las versiones de blues se iban imponiendo hasta que un día Morrison pidió a sus compañeros algo propio que hubieran compuesto. Tímidamente, Robby Krieger ofreció una canción titulada «Light My Fire». Lo curioso es que aquello casi coincidió con la llamada de Billy James para trabajar con Columbia. Un James que había sido jefe de prensa de Bob Dylan y que ahora los quería contratar para trabajar en la misma discográfica que el propio Dylan, The Byrds o Simon & Garfunkel. Corría octubre de 1965 cuando firmaron el primer contrato de su carrera. Un documento algo extraño porque la compañía ponía condiciones. James les había dicho que aquellas canciones tenían algo, pero que necesitaban un productor que les diera la forma necesaria, así que firmaron un contrato por el cual el grupo disponía de seis meses para entregar el suficiente número de canciones buenas que pudieran dar forma a un disco. Un contrato no remunerado, pero del que extrajeron algo que iba a cambiar su sonido. Columbia había comprado Vox, fabricante inglés de instrumentos, y gracias a ese acuerdo cedieron a Ray un órgano eléctrico Vox Continental que iba a definir para siempre el sonido de The Doors.
Convencidos de que deben luchar para conseguir su objetivo, trabajan duro mientras intentan conseguir dinero con conciertos en lugares de lo más estrambóticos: de bodas a bautizos o bar mitzvá. Todo vale porque hay que sobrevivir. Ray y Dorothy cambian de casa, Jim se va a vivir con Phil O’Leno y el grupo también cambia de lugar de ensayo. Vida nueva. Incorporan a su repertorio de directo canciones como «Louie Louie» de The Kingsmen o «Gloria» de Them y van dando forma a nuevas canciones. Jim acaba «The Soul Kitchen» y «The Crystal Ship», dedicada a la ruptura con una antigua novia. El cantante está encantado con el sonido crudo del grupo, pero no se puede decir lo mismo de sus compañeros que, a escondidas, prueban la inclusión de un bajista en su música. La cosa no funciona. Cierto es que ganan en cuanto a sonar más compactos, pero pierden aquello que los hace especiales. La solución llegará gracias a The Turtles. Esa ávida esponja de influencias que es Ray Manzarek observa como el grupo colocaba encima de su teclado otro más pequeño: un bajo de teclado Fender Rhodes que se encargaba de sustituir al instrumento de cuatro cuerdas. Copiar la idea fue instantáneo y su habilidad para esa técnica aprendida del jazz hizo el resto.
El vigésimo segundo cumpleaños de Jim y unos cuantos conciertos los llevaron hacia finales de aquel año. Dos destacan poderosamente entre el resto. El primero, el realizado el 10 de diciembre en una gala de la UCLA, acompañando en directo las imágenes de dos películas hechas por Ray: Induction y Who & Where I Live. El segundo fue en una fiesta privada de unos amigos de Robby con una anécdota memorable. En un momento de la noche, los borrachos asistentes empiezan a solicitar versiones de The Beatles y The Rolling Stones a lo que Jim responde preguntando si creen que son una Jukebox. Para seguir la broma, alguien le tira una moneda de un centavo y tras cogerlo del suelo, Morrison se lo traga y empieza a cantar «Satisfaction». Ese era Jim Morrison.
Sin duda, 1966 va a ser el año clave en la historia de The Doors. Tras un viaje frustrado a México en el que Jim decide ir en busca de un chamán indio para explicarle una experiencia sobrenatural que había tenido siendo niño, y de paso hincharse a tomar peyote, el cantante es detenido en Inglewood tras haber contado una historia falsa sobre la desaparición de su amigo Phil O’Leno. Aunque más allá de esa anécdota, un momento clave en la historia del grupo está a punto de suceder.
The Doors en The London Fog.
A finales de febrero, un tal Jesse James, que asegura ser familia del mítico forajido y que tiene un pequeño club en Sunset Strip llamado The London Fog, les hace una prueba con público y los contrata como banda residente. Actuarán de martes a domingo, haciendo cinco pases cada noche y obtendrán 10 dólares por miembro en concepto de sueldo. Lo que no sabía James es que el grupo se había llevado a algunos de sus amigos de la UCLA a la prueba para que enloquecieran tras cada canción y así poder parecer más populares. El local era un tugurio, con mal sonido y unas condiciones de salubridad inhumanas. El grupo rara vez cobraba todo lo acordado, pero las diez semanas que pasaron allí los convirtieron en una banda profesional y además les dieron un nombre en el Strip. «Alguien me dijo que The Doors estaban tocando en el London Fog» declaró años más tarde Phil O’Leno. «Decidí que tras lo que pasó con mi desaparición en el desierto y la invención de Jimbo quería verlos más. Esa era mi despedida, el final y me largué a Nueva York. Cuando ellos llegaron a la ciudad en 1967 le pregunté sobre la canción «The End» a Jim. Él se rio y me dijo que era sobre mi viaje a Nueva York. Yo no podía seguir su camino y él no podía seguir el mío. Así que aquello era una despedida».
Por encima de todo, además, el London Fog fue esencial para dos aspectos. Por un lado, todas aquellas actuaciones cambiaron a Jim, convirtiendo al tipo tímido en un auténtico torbellino, un animal de escenario, un frontman espectacular que parecía embrujar a las audiencias. Por entonces, Jim Morrison ya se hacía acompañar de una preciosa pelirroja que había conocido en el Fog y que respondía al nombre de Pamela Courson. Y por otro, tantas actuaciones seguidas permitieron al grupo probar con las canciones que ya tenían, modificarlas e incluso estrenar temas propios para probarlos en directo. Krieger, por ejemplo, compuso «Love Me Two Times» y juntos aprovecharon para ir moldeándola en escena. Tantas horas juntos, además, los hace estar más unidos que nunca y empiezan a entenderse mejor unos a otros. El 7 de mayo realizan su última actuación en el London Fog y dos días después ya están haciendo una audición en el mítico Whisky a Go Go. Ronnie Haran, mánager de la sala había ido a verlos ante la insistencia de Jim a uno de sus pases en el Fog y había recomendado a Elmer Valentine, dueño del Whisky, que se hiciera con sus servicios. Este los contrata de manera inmediata y el grupo combinará sus actuaciones allí con otros conciertos, como el que realizarían el 12 de mayo abriendo para Arthur Lee, cantante de Love, en el Brave New World de Hollywood. Sería Lee el que insistirá a Jac Holzman de Elektra Records para que fiche a la banda.
Whisky a Go Go póster.
Holzman había iniciado su sueño de tener una discográfica en 1950. Lo hizo con el dinero que había obtenido en la celebración de su bar mitzvá, puesto que era judío. A principios de los sesenta se especializa en el folk y graba discos de Tom Paxton o Judy Collins, pero rápidamente abre horizontes y ficha a la Paul Butterfield Blues Band. Un día de finales de mayo de 1965, Holzman acaba de aterrizar en Los Ángeles, tras haber estado de negocios en Nueva York, y accede a tomar una última copa junto a sus amigos Ronnie Haran y Arthur Lee, a cuyo grupo, Love, acaba de fichar. Lee lo convence para que no se vaya del local sin ver la actuación de The Doors, aunque Morrison y los suyos no lo impresionan. A pesar de eso, Lee le insiste en que vuelva a verlos, que quizá no han tenido su mejor noche. Holzman lo hará hasta en cuatro ocasiones para salir de allí convencido de que aquel grupo iba a hacer algo grande en la historia del rock.
En su libro Follow the Music, Holzman escribía que «la primera noche estaba algo cansado y no les presté demasiada atención, pero Arthur era muy insistente, así que volví. El segundo día tampoco me impresionaron, pero sabía que si Arthur se había obsesionado con aquellos chicos, algo debían tener. La tercera noche ya fue diferente. Empecé a oír arreglos clásicos en los temas y, sobre todo, algo muy primitivo, muy crudo. Me impresionó cómo ninguno estaba, como solía ser habitual, al servicio del cantante, sino que cada uno hacía su función y aportaba al conjunto. En la cuarta noche ya vi como Jim era capaz de crear una fuerza superior a la de un agujero negro en la audiencia. Así que decidí firmarlos. Pero ellos no se fiaban entonces mucho de las discográficas. Yo los llevaba a casa y mi mujer, Nina, les hacía la comida. Estuve persiguiéndolos todo el verano».
Efectivamente, el grupo, al principio, es reticente a la oferta de Jac Holzman y pasa el verano en el Whisky a Go Go abriendo para bandas como Them, Love, Gene Clark o The Turtles. Finalmente, el 15 de agosto, Jac Holzman y su socio Paul Rotchild se plantan en el Whisky a Go Go y ofrecen al grupo un contrato en firme. Estos contratan al abogado Max Fink y las negociaciones empiezan el día después. El 18 de agosto de 1966, Elektra Records y The Doors firman un precontrato que tomará forma contractual en noviembre de ese mismo año, aprovechando la visita del grupo a Nueva York, cuando se comprometerán a entregar a la discográfica siete álbumes, el primero de los cuales está a punto de ver la luz.
Y es que, tras concretar el preacuerdo con Elektra, The Doors se meten en los estudios Sunset Sound Recorders entre el 24 y el 31 de agosto de 1966. Paul Rotchild será el encargado de la producción y el ingeniero de sonido elegido será Bruce Botnick. En uno de esos inesperados giros del destino, la primera canción en la que empezarán a trabajar será «Moonlight Drive», la letra que Morrison cantó a Manzarek en la playa de Venice.
«El primer disco fue un trabajo existencial» dice Ray Manzarek. «Éramos cuatro muchachos increíblemente hambrientos, esforzándonos y dando la vida por lograrlo, deseando conseguir un buen disco que le gustara al público. Creo que cualquier artista tiene necesidades de realización interna, pero también de reconocimiento externo, que a la gente le guste lo que haces. Cuando alguien te dice «me gusta lo que has hecho» es cuando te sientes un artista. Así que The Doors fue esa excitante primera vez. Fue un sueño para nosotros. Sacar las canciones. Tener un contrato. Estar en los Sunset Studios». Robby Krieger: «Éramos tan inexpertos que la primera noche hasta tuvimos miedo de que el equipo saltara por los aires si tocábamos demasiado fuerte». El álbum, por supuesto, es magnífico. Solo hay que leer la lista de temas incluidos: «Break On Through (To The Other Side)», «Light My Fire», «The End», «The Crystal Ship», «Alabama Song»… Cartas ganadoras. En octubre, y tras darse un pequeño descanso sobre todo a nivel emocional, el grupo empieza con las mezclas del disco, tarea en la que estarán ocupados todo el mes hasta que el 31 de octubre se desplacen a Nueva York para firmar su contrato definitivo –algo que harán el 15 de noviembre– y empezar un trabajo como residentes del club Ondine’s. Su nombre empieza a correr de boca en boca y su disco de debut será de los más esperados en los próximos meses.
Pamela Courson y Jim Morrison
Mientras, Pamela Courson comienza a convertirse en alguien muy importante en la vida de Jim. Aunque se conocían de la UCLA, no fue hasta una noche en el London Fog cuando Morrison se fijó en Pam. Conectaron enseguida. A ella le encantaba la astrología, el ocultismo y consumir LSD. La perfección para el cantante. Además, tenían una cosa más en común: un padre autoritario y también ex miembro de la marina, en este caso comandante. Asegura Stephen Davis que «en calidad de amante de la estrella del rock más importante de Los Ángeles, ella cinceló su propia leyenda de idilio, gran estilo y excesos que compitió con la de Jim en peligro y temeridad. Los que realmente conocieron a la pareja se dieron cuenta de que ella era más fuerte que él, que Jim le daría todo lo que ella quisiera, y que ella conocía todos los secretos de él, en especial los que le podían destruir en un instante (…). Nunca se casó con ella, la engañó a menudo (y ella a él), pero él siempre regresó. Escribió sobre ella, le dedicó su poesía y al final se lo dejó todo. Jim Morrison amó a Pamela Courson hasta la muerte».
«The Doors estaban totalmente comprometidos con lo que estaban haciendo, no es de extrañar que tuvieran éxito y, por ejemplo, Love no. Unos estaban destinados a ser una banda local y los otros grandes estrellas» aseguraba Jac Holzman en una entrevista para Cinetropic, y 1967 iba a ser el año de despegue para The Doors, entre otras cosas porque iba a ser el año que vería su debut discográfico.
Todo iba viento en popa. Jim vivía como huésped del motel Tropicana aunque pasaba la mayor parte del tiempo en el apartamento de Pam y eso le daba cierta estabilidad, cosa de la que se beneficiaba todo el mundo. El mismo día de año nuevo, el grupo realizaría su primera aparición televisiva en el show de Casey Kasem para presentar el primer single de su disco. «Break on Through (To The Other Side)» fue la elegida para presentar al mundo a The Doors y para servir de adelanto a un trabajo que llegaría a las tiendas solo tres días después, el 4 de enero. «No se trataba de una venta fácil» asegura Stephen Davis, «era un primer álbum inusualmente brillante, con una imaginación oscura, orgánica, y suficientes temas de rock duro («Soul Kitchen», «Twentieth Century Fox», «Back Door Man») para respaldar la queja de The Doors de no ser un insípido grupo de Art Rock». «Era un trabajo estratosférico, magnífico, de los mejores debuts de la historia» afirma Doug Sundling en su libro People Are Strange. Por su parte, Jac Holzman declararía que «en toda la obra de The Doors hay canciones sobresalientes, pero como obras completas me quedo con el primer disco y L.A. Woman». El musicólogo Paul Williams es de la misma opinión cuando publica su crítica del disco en Crawdaddy: «El nacimiento del grupo está en este álbum, y es tan bueno como cualquier otro disco de la historia del rock. Lo más impresionante de The Doors es que van a mejorar».
A pesar de ese tipo de comentarios, la cosa no fue unánime en su momento. No fueron pocos los que tacharon al grupo de, soberbios o, directamente, raros. Y la respuesta del público también fue tibia en cuanto a ventas, aunque el disco acabaría en el puesto número 2 de las listas de Billboard gracias al éxito de su segundo single, «Light My Fire», en mayo.
El 6 de enero, el grupo inicia el primero de sus cinco fines de semana en el Fillmore de San Francisco teloneando a The Young Rascals y Sopwith Camel. Una semana después harán lo propio con The Grateful Dead y la Junior Wells Blues Band, antes de viajar a Nueva York para su segunda tanda de actuaciones en el Ondine, lugar donde Jim iba a sufrir un accidente al golpearse con las vigas del techo y quedar semiinconsciente. Por entonces, Morrison empieza a consumir mucho menos LSD y ya se inclina por el alcohol como principal sustancia utilizada para modificar su conciencia, y eso no eran buenas noticias, porque Jimbo no era un buen borracho. Si otros se tornaban divertidos y risueños con unas cuantas copas de más, el futuro Rey Lagarto se volvía taciturno, agrio, e incluso agresivo a veces. Precisamente la embriaguez pública sería el motivo por el que el 11 de febrero sería detenido, ya de vuelta en California, a la entrada del Whisky a Go Go. El grupo, eso sí, funcionaba como un auténtico cañón, y prueba de ello es que el 3 de marzo conseguirían su primer concierto como cabezas de cartel, en un programa compartido con Sparrow y Country Joe & The Fish. Una semana después, además, llegarán a The Matrix.
The Matrix es un pequeño pero legendario club propiedad de Marty Balin, miembro de Jefferson Airplane. Lo mejor del local, más allá de la cercanía con el público que otorga su escaso aforo (apenas cien personas) es poseer una grabadora de cinta para grabar los conciertos, cosa que permite luego al grupo escuchar las grabaciones para mejorar y, sobre todo, que su estado de forma haya llegado hasta nuestros días en forma de discos. Aunque no todo son buenas noticias. «Break on Through (To The Other side)» no acaba de arrancar en las listas de éxitos y Elektra se muestra ligeramente preocupada. La solución llegará de la mano de Paul Rotchild. El productor eliminará casi toda la parte instrumental de «Light My Fire», reduciendo el minutaje, para convertirla en una canción radiable, y esa nueva versión será la elegida para salir a la luz, en el mes de mayo, como segundo single del disco. «Anunciándose a sí misma, anunciando la canción, anunciando a la banda justo después del primer golpe de batería de Densmore, la pieza que ideó Manzarek es emocionante; emocionante como una promesa, emocionante como algo en sí misma» diría Greil Marcus en Escuchando a The Doors. «Si la propia canción no tuviera tantas ganas de contarlo todo de un tirón, uno se quedaría largo rato escuchando la fanfarria de Manzarek, una y otra vez, cerrando así el paso a la canción. Pero te olvidas de ella. Morrison atraviesa rápidamente los primeros versos y estribillos como una aparición, una alfombra mágica de camino a algún lugar». Su éxito es fulgurante y se convertirá en el primer número 1 del grupo en las listas de pop. Entonces sí que todo va viento en popa. Incluso Jim y Pamela, que habían sufrido una de sus habituales crisis, se habían reconciliado mientras el grupo parecía insuflado de nuevas fuerzas gracias al éxito de «Light My Fire».
Bill Siddons, que se convertiría en mánager de The Doors a partir de 1968 declararía que «mi amigo Rich trabajaba con The Doors y empezó a contarme cosas sobre ellos, pero no me interesaba demasiado lo que me decía. No sabía quiénes eran aquellos tipos y aún no había recibido el golpe de escucharlos. Me ofreció ir a San Francisco y acepté, y no sé cómo acabamos en el Avalon Ballroom, el 12 de mayo, viendo a aquel maníaco. Lo que recuerdo, básicamente, es a Jim en el escenario. Cuando lo conocí antes no me impresionó, pero cuando lo vi allí era lo más perturbador que había visto nunca. Recuerdo pensar «¿qué está diciendo? ¿Qué está haciendo? No lo entiendo. Este tipo está completamente loco», pero pude sentir como me emocionaba. Era la primera vez que la poesía se convertía en una película para mí. Las imágenes eran tan fuertes que vinieron a mí como una foto. Podía ver a los caballos saltando del barco. Podía verlos ahogándose. Entonces ¿cuál había sido realmente mi primera impresión de Jim en el escenario? Me había asustado muchísimo». Palabras que no eran inhabituales tras un primer encuentro con The Doors y su chamán.
A finales del mes de mayo inician en el estudio la grabación de su segundo disco, en el mes de junio, cuandoThe Beatles publican, al otro lado del océano, Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band, The Doors consiguen romper el top 100 de las listas con un «Light My Fire» definitivamente lanzado hacia el número 1. Eso no fue baladí. Según Stephen Davis, «Jim empezó a preguntarse seriamente por lo que estaba haciendo». Y es que su objetivo y el del resto de The Doors eran notoriamente diferentes. Él quería ser un poeta, alguien reconocido por su arte, y la música era solo un medio para llegar hacia aquel fin. Además, le preocupaba la interpretación que el público pudiera dar a sus letras. Sus tres compañeros, en cambio, aspiraban a vivir del rock y hacerlo con holgura. Ellos sí querían ser estrellas y el punto de fricción era evidente, aunque todavía no era nada grave.
Las sesiones para el nuevo disco van bien. Se lo toman con calma y en los primeros días únicamente montan «People Are Strange» y «When The Music’s Over» Después se toman un descanso para dedicar el verano solo a tocar en directo. En uno de esos conciertos, en el Fillmore de San Francisco, Jim pierde claramente los papeles. Notoriamente colocado empieza a mover el micrófono sobre el público como si se tratara de un lazo de cowboy y Bill Graham, el promotor, se da cuenta del peligro que eso conlleva para la integridad de los asistentes. Ni corto ni perezoso y tras intentarlo a base de gritos, sube al escenario para que Morrison cese en su jueguecito y este le responde con un golpe de micrófono en la cabeza. Lo arreglarán en el intervalo entre sus pases cuando Jim prometa a su amigo, con el que mantiene una relación de amor-odio, ser más cuidadoso, mientras los otros miembros del grupo matan el tiempo largándose al Avalon Ballroom para ver a una nueva cantante que se hace llamar Janis Joplin. Pocos días después, en el Action House, Jim se pasará toda la interpretación de «Back Door Man» eructando antes de desmayarse inmerso en un coma etílico. Cuando sus asistentes se acercaron al camarero de la barra para preguntar cuántas copas había bebido, la respuesta los dejó anonadados: 26. La cosa se estaba yendo de madre, pero Manzarek, Densmore y Krieger solo tenían ojos para esperar a ver «Light My Fire» alcanzar el número 1.
