Juan Pérez Jolote - Ricardo Pozas - E-Book

Juan Pérez Jolote E-Book

Ricardo Pozas

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Beschreibung

Ricardo Pozas escribe sobre los indios tzotziles chiapanecos en la persona de Juan Pérez Jolote, del que describe su biografía. La prosa utilizada, de gran valor literario, pronto alcanzó un excelente nivel narrativo que lo ha convertido en un libro que se inserta en la tradición de la novela indigenista mexicana.

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Seitenzahl: 138

Veröffentlichungsjahr: 2013

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RICARDO POZAS A.

JUAN PÉREZ JOLOTE

Biografía de un tzotzil

Colección Popular / 4

Primera edición, 1952 Segunda edición, 1959 Tercera edición, 1959      Trigésima reimpresión, 2008 Primera edición electrónica, 2013

Dibujos de Alberto Beltrán

D. R. © 1952, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-1413-1

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

JUAN PÉREZ JOLOTE

INTRODUCCIÓN

“Juan Pérez Jolote” es el relato de la vida social de un hombre en quien se refleja la cultura de un grupo indígena, cultura en proceso de cambio debido al contacto con nuestra civilización.

El marco de las relaciones en que se mueve el hombre de nuestra biografía, descrito aquí en sus rasgos más importantes, debe ser considerado como una pequeña monografía de la cultura chamula. No se logra en su totalidad el conocimiento de un grupo, en un momento de su proceso cultural, mediante la narración del ambiente en que se mueve el hombre (menos aún, cuando faltan todos los antecedentes históricos del grupo); sin embargo, la comprensión de la biografía es más clara con la descripción de los componentes más importantes de dicha cultura.

Nuestro ejemplo es típico, ya que caracteriza la conducta de muchos de los hombres de su grupo (exceptuando la participación en el movimiento armado de la Revolución mexicana, que fue un accidente de su vida). No es una biografía excepcional; por el contrario, es perfectamente normal dentro de su medio, salvo las causas que obligaron a nuestro biografiado a salir de su pueblo.

En sus relaciones sociales, como todos los hombres de su pueblo, convive dentro de dos tipos de economía: indios con restos de organización prehispánica la una, y nacional de tipo capitalista, occidental, la otra.

Dado el carácter de la narración, no es posible exponer, en forma sistemática, los dos tipos de economía a que se ha hecho referencia, pero, para ayudar a comprender mejor la distinción que se ha establecido entre ambos, conviene decir algo acerca de estas diferencias.

Constituyen los chamulas un grupo de indios, de más de 16 000 individuos, que hablan la lengua tzotzil y que viven en “parajes”[1]diseminados por las montañas de la altiplanicie de San Cristóbal, cercanas a Ciudad Las Casas. Tienen un centro, el pueblo de Chamula, destinado a usos ceremoniales, donde habitan las autoridades políticas y religiosas.

Dentro del municipio de Chamula, la vida económica de estos indios presenta sus características. Desde luego, hay que decir que dependen, para su alimentación, casi exclusivamente del cultivo del maíz, frijol y hortalizas; producción que obtienen de tierras áridas, fuertemente erosionadas y escasas, mediante el abono del suelo, aunque sin riego, y utilizando, como únicas herramientas, el azadón y un palo largo con punta. Aquí, el hombre y la mujer tienen iguales derechos sobre la posesión de la tierra, derechos que se desprenden de su tradicional mecanismo de herencia y que dan origen a una división exagerada de la propiedad del suelo;[2]el trabajo productivo se organiza por familias, participando en él hombres y mujeres, en cooperación determinada por las relaciones de parentesco, y sin fines lucrativos, pues la mayoría de los productos se destina al consumo de la familia.

El sistema económico del pueblo ha sido reforzado con la adopción de algunas técnicas de la economía occidental que en cierto modo se le ajustan. Éstas son: el uso de azadón de hierro, hacha, machete, carda y otras herramientas del mismo metal; el cultivo de plantas europeas: trigo, hortalizas y frutales; el uso de animales de carga; la cría y utilización de animales domésticos, descollando la del carnero, cuya lana se destina para el vestido y su excremento para abono del suelo, aunque no comen la carne de este animal; y, además, el empleo de la moneda en sus tratos comerciales, que son de importancia como actividad complementaria de su economía.

Sin embargo, ésta no ha cambiado, en cuanto a sus bases, las formas de cooperación en el trabajo, los objetivos de la producción y el sistema de propiedad de aquellas técnicas para transformar la economía del pueblo. El conocimiento de otras técnicas, usadas por los chamulas en el trabajo de las fincas de Soconusco, y que podrían modificar su régimen económico, no puede desarrollarse dentro de un sistema caracterizado por la propiedad territorial subdividida, un suelo demasiado árido para el cultivo, una organización del trabajo ajustada a las relaciones de parentesco y una producción destinada al consumo familiar.

En contraste con el cuadro que acabamos de describir, vemos que los chamulas tienen relaciones económicas, fuera de su grupo, con centros de producción y consumo que no son indios.

Surten a Ciudad Las Casas de los productos rudimentarios de sus industrias y de sus huertas, tales como legumbres, verduras, patatas, huevos, muebles, madera labrada, carbón, leña, metates, baldosas, sarapes de lana, loza y otros artículos. También venden a otros pueblos de indios, huaraches, cotones de lana, sombreros, loza, arpas, guitarras y violines. Al mismo tiempo, se proveen en la ciudad de ropa de manta, aguardiente, velas, dulce, sal, copal, pólvora y otras mercancías.

Pero el contacto económico más importante para estos indios lo constituyen las fincas cafeteras de los distritos de Soconusco y de Mariscala, en las que hay demanda de trabajo asalariado, y adonde acuden a trabajar como jornaleros.

Son contratados mediante el sistema de “enganche”, que consiste en adelantar al trabajador una cantidad de dinero, para asegurarlo y obligarlo a acudir a las fincas; sistema que se presta a negocios turbios en los que el indio es objeto de robo y otros abusos, sin que por esto deje de ser la fuente principal con que completan su economía, pues aseguran con tales ingresos los gastos que requieren el conseguir mujer y las relaciones con las instituciones y los hombres de su propia cultura.

En las fincas encuentran una economía distinta a la suya, caracterizada por la explotación de un solo cultivo: el del café, en grandes extensiones de tierras fértiles, irrigadas; el empleo de maquinaria que industrializa la producción; el uso de herramientas ajenas para la explotación de tierra, también ajena; la organización del trabajo, en el que participan hombres, mujeres y niños que proceden de diferentes grupos culturales y aun hablan distintas lenguas, sin otros lazos de unión que las relaciones del trabajo mismo, el cual está orientado a conseguir el máximo rendimiento, procurando obtener del esfuerzo de cada individuo el mayor número de ventajas económicas, y la producción, que se destina íntegra al comercio, aunque los trabajadores jamás disfrutan de ella.

La inseguridad del trabajo en las fincas cafeteras contribuye mucho a que la economía de estos indios dependa básicamente del trabajo dentro de su municipio, siendo el de las fincas complemento eventual de su economía.

El sistema económico de un grupo humano que se origina en sus peculiares formas de producción, distribución y apropiación, puede transformarse —y de hecho se transforma, por efecto de la penetración de un sistema económico diferente— y producir, en la medida de dicha penetración, cambios en la cultura y en la vida del grupo.

Más o menos estable, y en cierto modo aislada, la economía del municipio de Chamula ya no permite la convivencia con los no indios; se completa con el trabajo asalariado en las fincas y con el comercio de los productos de la agricultura y de las industrias domésticas. Esto nos lleva a considerar los otros aspectos de la cultura de este grupo, lo que nos permitirá confirmar la influencia determinante que en aquélla ejerce su sistema de vida económico. Dichos aspectos son los siguientes:

Una organización social con restos de clanes exogámicos patrilineales en los que se conserva la práctica estricta de la exogamia. Una familia monogámica con residencia patrilocal y autoridad del padre.

Una organización política y religiosa, propia del grupo, con un numeroso aparato de cargos públicos distribuidos entre la gente de los tres barrios que forman el pueblo.

Una educación familiar sólida, apegada a cánones tradicionales.

Un derecho consuetudinario ejercido por todo el pueblo y cuyo cumplimiento es vigilado por sus propias autoridades.

Una práctica de ritos paganos, mezclados al culto de los santos de la Iglesia católica, a quienes atribuyen poderes asociados a sus actividades económicas, y al de las fuerzas naturales, preponderando en éste el del sol.

Todo esto nos presenta un cuadro en el que las relaciones son completas, en contraste con las escasas relaciones establecidas entre los chamulas y los hombres e instituciones de la cultura occidental.

Contra un fondo cultural semejante se mueven los hombres de Chamula, cuya conducta, ejemplificada en esta biografía tiene por fundamento estos rasgos generales que caracterizan su personalidad básica:

Una constitución física atlética en el hombre, y en ocasiones pícnica[3]en la mujer.

Resistencia física para el trabajo.

Habilidad en el desempeño de actividades mecánicas sencillas, por lo cual son preferidos a otros trabajadores no indios para la poda, limpia y recolección en la agricultura cafetera.

Concepto individualista extremado de la propiedad.

Conciencia de colectividad, limitada al grupo étnico. Tratan como gente extraña a los indios de otros pueblos, y con desconfianza a quienes no son indios.

Deseo de servir en los puestos públicos, sin remuneración, tan sólo con el fin de adquirir prestigio, en algunos casos, ya que en otros son obligados a aceptar dichos cargos como un medio para mantener su organización social y política.

Uso del aguardiente como bebida en todas sus relaciones sociales, políticas y religiosas; para agradecer y congratular a los hombres, a los espíritus y a los dioses, y para vivir en armonía con ellos.

Carácter irascible y pendenciero, en estado de ebriedad. Temor de la venganza de los hombres y de los espíritus.

Sentimientos éticos con una jerarquía de valores entre los que resalta el respeto a la vida humana, ligada a sus conceptos subjetivos acerca del origen y causa de las enfermedades y de la muerte; honrados; veraces, hasta el grado de entregarse a las autoridades para impedir que se castigue a otro injustamente; responsables de sus deberes y obligaciones; celosos en el cumplimiento de la palabra o juramento hecho.

Y,finalmente, creencias religiosas firmes.

RICARDO POZAS A.

[Notas]

[1] División territorial de los pueblos indios del centro del Estado de Chiapas, constituida por grupos de casas, grandes o pequeñas, situados cerca de sus terrenos de cultivo.

[2] Véase “El fraccionamiento de la tierra por el mecanismo de herencia en Chamula”, Revista Mexicana de Estudios Antropológicos, enero-diciembre, 1945.

[3] Es difícil determinar la constitución física de la mujer, ya que el embarazo y otros factores de carácter sexual pueden modificarla aparentemente.

JUAN PÉREZ JOLOTE

LA TIERRA de mis antepasados está cerca del Gran Pueblo[1] en el paraje de Cuchulumtic. La casa donde nací no ha cambiado. Cuando murió mi padre, al repartirnos lo que dejó para todos sus hijos, la desarmamos para dar a mis hermanos los palos del techo y de las paredes que les pertenecían; pero yo volví a levantarla en el mismo lugar, con paja nueva en el techo y lodo para el relleno de las paredes. El corral de los carneros se ha movido por todo el huerto para “dar cultivo”[2] al suelo. El pus[3] que usó mi madre cuando yo nací, y que está junto a la casa, ha sido remendado ya; pero es el mismo. Todo está igual que como lo vi cuando era niño; nada ha cambiado. Cuando yo muera y venga mi ánima, encontrará los mismos senderos por donde anduve en vida, y reconocerá mi casa.

No sé cuándo nací. Mis padres no lo sabían; nunca me lo dijeron.

Me llamo Juan Pérez Jolote;[4] lo de Juan, porque mi madre me parió el día de la fiesta de San Juan, patrón del pueblo; soy Pérez Jolote, porque así se nombraba a mi padre. Yo no sé cómo hicieron los antiguos, nuestros “tatas”, para ponerle a la gente nombres de animales.[5]

Desde muy pequeño me llevaba mi padre a quebrar la tierra para la siembra; me colocaban en medio de ellos, cuando padre y madre trabajaban juntos en la milpa. Era yo tan tierno que apenas podía con el azadón; estaba tan seca y tan dura la tierra, que mis canillas se doblaban y no podía yo romper los terrones; esto embravecía a mi padre, y me golpeaba con el cañón de su azadón, y me decía: “¡Cabrón,[6] hasta cuándo te vas a enseñar a trabajar!” Algunas veces mi madre me defendía, pero a ella también la golpeaba. En otras ocasiones, siempre encontraba motivo para pegarme; cuando él costuraba un sombrero de palma y yo torcía la pita para la costura, y la pita se reventaba, me jalaba las orejas y me decía de nuevo: “¡Cabrón, con qué me vas a pagar lo que te estás tragando, si no vas a aprender a trabajar como yo!”

Casi siempre me llevaba al monte a traer leña, y siempre que iba con él me pegaba; tal vez porque no podía yo cortar los palos con el machete. Tanto y tanto me pegaba, que pensé salir huido de mi casa.[7]

Un día domingo, a la hora en que pasa por el camino la gente que vuelve de San Andrés,[8] después de la plaza, me acerqué a una mujer zinacanteca y le dije llorando: “Mira, señora, llévame para tu casa, porque mi papá me pega mucho; aquí tengo mi seña todavía, y acá, en la cabeza, estoy sangrando; me pegó con el cañón de la escopeta”. “Bueno —me dijo la mujer—, vámonos.” Y me llevó para su casa donde tenía sus hijos, en Nachij.[9]

No muy cerca de esta casa, en otro paraje, había una señora viuda que tenía cincuenta carneros. Cuando supo que yo estaba allí, vino a pedirme, diciendo a la mujer que me había traído: “¿Por qué no me das ese muchacho que tienes aquí? No tiene papá, no tiene mamá; yo tengo mis carneros y no tengo quien me los cuide”. Luego me preguntó la mujer que me trajo: “¿Quieres ir más lejos de aquí; donde tu papá no te va a encontrar?” “Sí”, le dije. Y me fui con la mujer de los carneros, sin saber adónde me llevaba.

Por el camino me preguntó si era yo huérfano: “No —le dije—, tengo padre y madre; pero él me pega mucho”. “Yo no te voy a pegar —dijo—; sólo quiero que cuides mis carneros.” Y caminando siempre detrás de ella, llegamos a su casa; yo ya había andado por el monte con carneros, yo sabía llevarlos para que comieran y bebieran, pero no conocía las tierras de los zinacantecos, no sabía dónde había pasto y agua.

Al día siguiente me recomendó la dueña de los carneros con otras gentes que tenían rebaños, para que anduviera con ellos por el monte pastoreándolos.

No recuerdo cuántos meses estuve con aquella mujer; pero fue poco tiempo, porque me fueron a pedir otros zinacantecos. Eran hombre y mujer; me querían para que cuidara unos frutales. Le dieron a la viuda una botella de trago,[10] y me dejó ir.

Mi nuevo trabajo sería espantar los pájaros que se estaban comiendo las granadas y los plátanos. Aquí, mis patrones tenían dos hijos. Eran muy pobres; para vivir sacaban trementina de los ocotales y la llevaban a vender a Chapilla.[11] Los viejos me compraron unos huaraches. Los dos hijos, mayores que yo, me llevaban todos los días al monte a trabajar con ellos. Una vez, me cargaron con una lata que pesaba mucho, y al querer caminar se me cayó, y regué por el suelo la trementina. Los dos hermanos se enojaron, y embravecidos buscaron una vara delgada y me chicotearon; quise correr, pero aquellos huaraches no me dejaban.

Cuando llegué a la casa, di parte al señor y a la señora de que me habían pegado sus hijos.

—¿Por qué le pegaron a Juanito? —preguntó el padre.

—Porque se resbaló con su huarache nuevo y tiró la trementina.

—¿Por qué no la cargaste tú? ¿No ves que él es tierno y no puede cargar una lata?

—Lo cargamos para que se enseñe a trabajar.

—Además, no es verdad que le pegamos —dijo el otro hermano.

Yo mostré a los viejos las señas de los golpes, y ellos dijeron:

—Ya no irás más a acompañarlos, para que no te peguen —y me quedé en la casa para acarrear agua y espantar los pájaros de los frutales.