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Manuel Chaves Nogales (1897-1944) ofrece una crónica incisiva del colapso de Francia ante Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Instalado en París desde 1936, el periodista fue testigo directo de la desmoralización del ejército francés, la ineficacia burocrática y la creciente desconexión entre líderes y ciudadanos que sirvieron como caldo de cultivo para el egoísmo y la indiferencia que posibilitaron el régimen de Vichy. Testimonio histórico extraordinario, "La agonía de Francia" es también una reflexión sobre la responsabilidad política y el liderazgo en tiempos de adversidad y decadencia moral. Prólogo de Francisco Cánovas
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Manuel Chaves Nogales
La agonía de Francia
Prólogo de Francisco Cánovas Sánchez
Prólogo, por Francisco Cánovas Sánchez
La agonía de Francia
Prólogo. Golpe de Estado
Si Hitler hubiese atacado en septiembre
El gran error
El país real y el país oficial
Drôle de guerre
Los ingleses en Francia
La economía de sangre
El juego de Reynaud
Sembradores de pánico
Créditos
Manuel Chaves Nogales es uno de los mejores periodistas españoles del siglo xx. Sus artículos y reportajes fueron publicados en importantes medios de comunicación españoles, europeos y americanos como Ahora, Heraldo de Madrid, El Sol, Estampa, L’Europe Nouvelle, Marianne, Bohemia, La Nación, Sucesos para todos, El Tiempo y Jornal de Brasil. Asimismo, realizó programas radiofónicos en Radio París yla BBC británica. Gracias a su talento y su capacidad, convirtió Ahora en el periódico más importante de la Segunda República.
Chaves Nogales fue uno de los protagonistas, junto a Gaziel, Araquistáin, Bello, Pla, Ruano y Camba, de la «edad de oro del periodismo». La aplicación de los avances generados por la linotipia, el huecograbado, la fotografía, el teléfono y la radio, el desarrollo educativo y cultural, el ejercicio del sufragio universal, la renovación de las estructuras empresariales y el incremento del número de lectores favorecieron la aparición de nuevos medios de comunicación y la valoración profesional de los periodistas. Chaves Nogales aprovechó este propicio contexto para renovar el periodismo, anticipando algunos de los aspectos característicos del «nuevo periodismo» que años después desarrollaron Rodolfo Walsh, Truman Capote y Gay Talese. Decía que su trabajo consistía en «andar y contar», «andar» para ir a los lugares donde surgían las noticias y «contar» historias basadas en hechos reales, con un lenguaje esmerado, literario y veraz. Y todo ello lo hacía con el propósito de «avivar el espíritu de los lectores», facilitarles el conocimiento de los grandes temas de su tiempo y proporcionarles las herramientas informativas necesarias para actuar de forma consciente y cabal. «En nuestros días —ha escrito Rafael Narbona— Manuel Chaves Nogales sería una figura molesta. Los periódicos ya no quieren voces independientes e intempestivas, sino plumas dispuestas a ser el eco de los discursos vacíos y vergonzosamente sesgados»1.
Sin duda, su principal contribución fueron las crónicas, los relatos y reportajes sobre la Revolución rusa, la Alemania de Hitler, la Segunda República española, la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial y el exilio, en los que se advierte la interacción dinámica que hay entre su biografía, su tiempo y su obra. Son crónicas escritas desde el presente, con la urgencia requerida por el trabajo periodístico, que ofrecen testimonios lúcidos, valientes y premonitorios de la Europa de entreguerras, de la enconada lucha entre la barbarie y la civilización que desató la mayor catástrofe del mundo contemporáneo.
Chaves Nogales manifestó muchas veces que las guerras constituyen una catástrofe donde la condición humana saca a relucir su faz más irracional, violenta y desmedida. Y, no menos importante, afirmó que el recurso a la guerra revelaba la derrota de la inteligencia y los valores, como expresó en sus reflexiones sobre la batalla de Madrid:
Allí, en aquel ambiente de la Ciudad Universitaria, la guerra civil era ostensiblemente el símbolo elocuente del fracaso de nuestra cultura y nuestra civilización2.
Y en aquella encrucijada crítica, en aquel fracaso colectivo, el periodista sevillano trató de hacer una labor de sensibilización para apaciguar los ánimos, neutralizar las manifestaciones extremistas y poner fin a aquella guerra entre españoles a través de una mediación razonable.
Sus artículos de la serie Cuando estalle la paz son muy interesantes. En ellos procede a reflexionar sobre el futuro inmediato, tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. A su juicio, los ciudadanos europeos albergaban el anhelo de construir un «mundo mejor», en el que pudieran alcanzar
una vida más rica, más amplia, más llena de sentido […]. Hoy en Gran Bretaña —prosigue— nadie cree en ningún redentor. Pero todo el mundo cree más que nunca en sí mismo. Esto es, quizás, lo mejor que la guerra va a dejarnos. La esperanza más firme que tenemos para cuando estalle la paz.
Esta convicción era, a su juicio, la consecuencia más importante de aquella «guerra total» que había causado millones de muertos3.
Chaves Nogales fue también un excelente escritor. Sus obras La agonía de Francia, A sangre y fuego, Los secretos de la defensa de Madrid y El maestro Juan Martínez que estaba allí tienen una excelente escritura, un ritmo narrativo fluido y una gran riqueza temática, que conjugan la actualidad de la crónica periodística y la belleza literaria. Chaves creía que la cultura no debía ser un privilegio de unos pocos, sino un bien esencial que facilitara el acceso al conocimiento, que fomentara la reflexión y ofreciera a los ciudadanos las claves para construir un mundo mejor. El compromiso cultural, tal como lo concebía su admirado Benito Pérez Galdós, impregnó su quehacer periodístico y literario.
A través de sus escritos mostró sus ideas humanistas, su valoración del trabajo bien hecho, la responsabilidad personal, el respeto al otro y la lección de la mesura, como desveló en un brillante fragmento del relato «El hombrecito de la limalla de oro», publicado en 1926:
Yo te enseñaré –le susurró al oído un abuelo a su nieto– a tomar el gusto a la vida. Aprenderás de mí el buen ver, la buena manera de mirar. Conocerás el encanto de la limitación, del deber cumplido y del trabajo bien terminado. Artesano, artífice o artista, ama más que nada esta penumbra civil que salva del turbión de la gente desatada. No pierdas la medida de lo humano. Que no te inquiete la grandeza del mundo ni te tiente ningún heroísmo. Desprecia el bien y el mal, vive de verdad, a cuerpo y alma limpios, y no huyas el dolor con salvajes terrores. Si tu dolor es tuyo, ¿por qué has de hurtarte a él? Esto es todo lo que puedo darte, lo único que hasta aquí se ha salvado. Heredé la fe en el esfuerzo; aumenté el patrimonio con esta incorporación del dolor. Acaso tú consigas algo más. ¡Nos falta ya tan poco para la felicidad!4
Estas dotes sobresalientes de periodista y escritor estaban sustentadas en su recia personalidad, su ímpetu irrefrenable, su capacidad de trabajo y su disposición emprendedora, así como en su sólida cultura, su compromiso con la verdad y, como ya dijimos, su fe en el diálogo y la concordia.
El rechazo de Chaves Nogales de los totalitarismos fascista y estalinista ha llevado a algunos autores a afirmar que forma parte de la «Tercera España». A este respecto, hay que cuestionar el reduccionismo que simplifica la fórmula de una España partida en dos o en tres, porque, en todas las épocas, siempre ha existido un evidente pluralismo de ideas, aspiraciones e intereses que ha informado la vida pública. Así, en la época de Chaves Nogales, en el espacio político configurado por la España conservadora, Antonio Maura, Francesc Cambó y, años después, José María Gil-Robles propugnaron proyectos de país que contienen notables diferencias. Otro tanto sucedió en el espacio político del liberalismo democrático progresista, en el que podemos incluir los idearios y los programas de José Canalejas, Segismundo Moret y Manuel Azaña, e incluso del socialdemócrata Indalecio Prieto, que se proclamaba «socialista, a fuer de liberal». En la Guerra Civil se produjo una inevitable trinchera bélica, pero en aquella experiencia trágica pervivió el pluralismo ideológico y político. Chaves Nogales defendió una república democrática que conciliara las libertades ciudadanas, el respeto de la legalidad y la justicia social. Esa fue su posición inequívoca durante la Segunda República, la Guerra Civil y el exilio. En los últimos años de su vida tuvo la convicción de que la derrota de Hitler y Mussolini en la Segunda Guerra Mundial representaría el final del régimen franquista y la recuperación de la democracia5.
Hacia 1920, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial, el sistema democrático se desenvolvía de forma satisfactoria en muchos países europeos. Los acuerdos suscritos en las conferencias de paz parecían augurar una etapa de prosperidad, estabilidad y concordia. Sin embargo, al cabo de unos años estas perspectivas optimistas desaparecieron y dieron paso a una etapa de crisis, polarización y guerra. ¿Qué pasó en estos años para que se desarrollara este singular proceso? Muchos campesinos se desplazaron buscando oportunidades de trabajo en las grandes ciudades, que no se dotaron de las infraestructuras necesarias para atender las exigencias de su crecimiento. El crac de la bolsa de Nueva York de 1929 originó una depresión internacional que perturbó la actividad económica y multiplicó el número de desempleados. El nacionalismo exacerbó el antagonismo contra las minorías étnicas. La visión del futuro, como comenta Bernard Wasserstein, hacía presagiar lo peor:
El aparente colapso del capitalismo, el desprestigio de las normas sociales burguesas, los retos a las verdades morales cristianas, los movimientos de refugiados a gran escala, el fracaso palpable del sistema del derecho internacional basado en la Sociedad de Naciones, así como la sombra de una nueva guerra mundial, todo ello creó un ambiente general de inseguridad y desorientación en los años treinta, años que Auden llamó «la era de la Angustia»6.
En este contexto, se desarrolló un creciente giro conservador que alentó la destrucción de la democracia en Alemania, Italia, España, Portugal, Grecia y otros países. La República de Weimar, aniquilada por la dictadura de Adolf Hitler, constituye el arquetipo de este proceso.
La incapacidad del orden capitalista liberal para evitar el desastre económico —resalta Julián Casanova— hizo crecer el extremismo político, el nacionalismo violento y la hostilidad al sistema parlamentario […]. La cultura del enfrentamiento se abría paso en medio de una falta de apoyo popular a la democracia. Los extremos dominaban al centro y la violencia a la razón7.
En Francia, el movimiento ultranacionalista adquirió una creciente proyección pública. La reacción de la extrema derecha contra la intervención de los intelectuales progresistas en la defensa del capitán Alfred Dreyfus impulsó en 1898 la fundación de Action Française. Su principal ideólogo fue Charles Maurras, emisor de un discurso que mezclaba el nacionalismo, el monarquismo, el militarismo y el catolicismo. En ese entorno, surgieron organizaciones de orientación fascista como los Camelots du Roi, los Jeunesses Patriotes y los Croix de Feu, que atacaron con virulencia a la democracia parlamentaria y a los judíos, los masones, los socialistas y los comunistas, presuntos culpables de los «males de la patria». El 6 de febrero de 1934 una manifestación antidemocrática se dirigió hacia la plaza de la Concordia de París, separada de la Asamblea Nacional por el río Sena. Durante varias horas se produjeron duros enfrentamientos entre los manifestantes y la policía que causaron 17 muertos y 2300 heridos. Estos disturbios produjeron una gran conmoción política que provocó la dimisión de Édouard Daladier, jefe del gobierno.
Al acentuarse la crisis económica, los sucesivos gobiernos franceses aplicaron políticas deflacionistas que incrementaron el gasto público y redujeron la actividad comercial. En 1935 Pierre Laval expresó su disposición a «salvar el franco», pero sus medidas no consiguieron restaurar la confianza y no frenaron la fuga de capitales.
Entre tanto, las actividades de la extrema derecha, la consolidación de las dictaduras fascistas en Italia y Alemania y las políticas antisociales adoptadas por los gobiernos conservadores movilizaron a los intelectuales, que constituyeron en marzo de 1934 el Comité de Vigilancia de los Intelectuales Antifascistas. Una de sus principales iniciativas fue la celebración al año siguiente en París del Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura, al que acudieron más de doscientos escritores de treinta y ocho países. El Congreso tenía el objetivo de debatir «los fundamentos vitales del ser humano». Para ello, se crearon las secciones «La herencia cultural», «Humanismo», «Nación y cultura», «Individuo», «Dignidad del pensamiento», «Función social del escritor», «La creación literaria» y «La acción de los escritores para la defensa de la cultura». Entre los participantes franceses destacaron André Gide, con su ponencia sobre «Defensa de la cultura», y André Malraux, que disertó sobre «La obra de arte». La delegación española estaba integrada por Arturo Serrano Plaja, Andrés Carranque de Ríos y Julio Álvarez del Vayo, que protagonizó la única intervención sobre «Defensa de la cultura», en la que denunció la violenta represión gubernamental de la rebelión obrera asturiana de 1934. El Congreso acordó la creación de la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, cuyo comité internacional fue integrado por relevantes personalidades como André Gide, Henri Barbusse, Romain Rollan, Heinrich Mann, Máximo Gorki, Edward Morgan Foster, Aldous Huxley, George B. Shaw, Sinclair Lewis, Selma Lagerlof y Ramón María del Valle-Inclán8. Esta dinámica propició la convergencia de los radicales, los socialistas y los comunistas, que suscribieron a principios de 1936 un programa político que demandaba la rectificación de la política económica, la nacionalización del Banco de Francia, la reducción de la jornada laboral, la mejora de la capacidad adquisitiva de las clases medias y trabajadoras y la ampliación de la escolaridad obligatoria.
Las elecciones parlamentarias celebradas a doble vuelta el 26 de abril y el 3 de mayo concedieron al Frente Popular una mayoría de 409 escaños en la Asamblea Nacional. El partido más votado fue el Socialista, que consiguió 147 escaños. A consecuencia de ello, Léon Blum, líder de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), formó el Gobierno más progresista del periodo de entreguerras. «Burgués y marxista, judío y humanista, normalien y esteta, moralista y defensor de la igualdad sexual, Blum se hallaba al frente de un partido de obreros, campesinos, maestros y fonctionnaires, que si bien perseguían objetivos revolucionarios, defendía el parlamentarismo legal»9. El nuevo Gobierno fue integrado por socialistas y radicales y, por primera vez, tres mujeres, Cécile Brunschvicg, Suzanne Lacore y Irène Joliot-Curie, adquirieron la condición de ministras. El Partido Comunista, cumpliendo las órdenes del Komintern, permaneció fuera del Gobierno.
Blum priorizó la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores. A este fin, suscribió con los representantes de los empresarios y los sindicatos los Acuerdos de Matignon que establecieron la semana laboral de cuarenta horas, la negociación colectiva, el reconocimiento de los derechos sindicales, los tribunales de arbitraje, la subida de los salarios y el derecho a tener dos semanas de vacaciones pagadas. Estas medidas fueron complementadas después con la aprobación de un programa de obras públicas, el establecimiento de la educación obligatoria hasta los catorce años y la disolución de las ligas fascistas. La crisis económica condicionó el desarrollo de este programa. La disminución de la producción y de las reservas de oro y la fuga de capitales generaron la necesidad de realizar tres devaluaciones sucesivas del franco, con el consiguiente deterioro de la imagen del Gobierno.
Dada la incierta coyuntura internacional y la creciente presión belicista de Adolf Hitler, Blum procedió a ampliar el presupuesto de las fuerzas armadas, lo cual le obligó a hacer una «pausa» en el desarrollo de las políticas sociales, «pausa» que, a su juicio, no era una «retirada» sino una fase de «consolidación prudente». La extrema derecha le acusó de llevar a cabo un rearme insuficiente y de ser el responsable de la crisis económica y la extrema izquierda promovió manifestaciones de protesta exigiendo la ampliación de las medidas sociales. Tras denegar el Senado al Gobierno la disposición de poderes extraordinarios para afrontar la crisis económica y perder el respaldo de los ministros radicales, Léon Blum, cuando apenas había transcurrido algo más de un año al frente del Ejecutivo, presentó la dimisión.
Los sucesivos gobiernos franceses fueron desbordados por la problemática económica, social y política. Blum fue sustituido por Camille Chautemps, ministro de Estado en el Gobierno del Frente Popular. Una de las medidas más importantes que adoptó fue la nacionalización de los ferrocarriles franceses, que pasaron a ser gestionados por la Société Nationale des Chemins de Fer Français. Además, en julio de 1937, promulgó una ley que otorgaba facultades al Departamento de Inspección de Talleres para ordenar intervenciones médicas temporales. Chautemps dimitió en marzo de 1938, poco antes de que se produjera el Anschluss, la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi.
Édouard Daladier, jefe del Partido Radical, accedió de nuevo a la jefatura del Gobierno. Gracias a las medidas de emergencia adoptadas, revisó las reformas sociales y consiguió plenos poderes para afrontar la crisis. La ruptura del Gobierno y las organizaciones del Frente Popular se materializó en noviembre con la convocatoria de una huelga general. En 1939 promulgó leyes de apoyo a la familia, la vivienda y la descentralización. Ante el peligro de que se iniciara la guerra, el 2 de septiembre decretó la movilización general de los franceses.
La debilidad de la democracia alcanzó su punto más crítico cuando los jefes de Gobierno de Gran Bretaña y de Francia, Neville Chamberlain y Édouard Daladier, se reunieron con Hitler y Mussolini en Múnich el 29 de septiembre de 1938 y acordaron sacrificar la República de Checoslovaquia, ocupada por el ejército nazi alemán unos meses después. La incapacidad de los dirigentes demócratas para comprender el peligro que entrañaba la violencia desatada por el nacionalismo fascista era manifiesta. Después, se produciría la guerra de Invierno de Finlandia, atacada en esta ocasión por la Unión Soviética. Acusado de no haber prestado a Finlandia la ayuda militar necesaria, Daladier se vio obligado a dimitir.
El 21 de marzo le sucedió Paul Reynaud, un reconocido belliciste que propugnaba la adopción de una política militar más enérgica, pero el nuevo Gobierno se desenvolvió en una situación política y militar sumamente precaria. El recuerdo de los efectos destructivos y mortíferos de la Primera Guerra Mundial llevó a los dirigentes políticos y los mandos militares a adoptar una política de defensa y disuasión que incluyera el bloqueo económico de Alemania. Además, los jefes militares tenían una visión anticuada de la estrategia militar, que no valoraba la contribución decisiva de las unidades blindadas móviles y la acción coordinada de las fuerzas aéreas y terrestres. Por ello, la guerra en el oeste de Europa, hasta la primavera de 1940, fue denominada guerra de mentira, drôle de guerre o sitzkrieg.
Entre tanto, Hitler decidió lanzar una potente ofensiva en el oeste europeo en la primera oportunidad que surgiera, previendo que lograría una victoria rápida y concluyente. Cuando consideró que tenía las espaldas del este bien cubiertas tras su acuerdo con Iósif Stalin, el 9 de abril dio la orden de atacar a Dinamarca y Noruega. Al cabo de unos días, los gobiernos de estos países se rindieron. Las fuerzas aliadas, sorprendidas por el ataque, acudieron a toda prisa, pero fueron empujadas hacia el mar. Este fracaso provocó el final del Gobierno conservador británico de Neville Chamberlain, principal impulsor de la estéril política de «apaciguamiento» frente a Hitler. Winston Churchill, primer ministro y ministro de la Guerra, se convirtió en el hombre fuerte del nuevo Gobierno de concentración.
A continuación, Hitler dio la orden de iniciar la batalla de Francia con el objetivo de aplastar al país vecino y borrar la deshonra impuesta a Alemania en 1918 por la Paz de Versalles. La derrota de Francia, comentó a Joseph Goebbels, sería «un acto de justicia histórica»10. En aquel momento, la composición de los efectivos militares favorecía ligeramente a los aliados. El ejército alemán tenía 136 divisiones, 2500 tanques y 4000 aviones de combate. Los aliados contaban con 144 divisiones, 3400 tanques y 3000 aviones.
Las dificultades de los aliados —comenta Wasserstein— no surgieron tanto de la falta de potencia de fuego militar como de su incapacidad para concentrar los recursos en el lugar adecuado en el momento preciso. Eso se debió en parte a una mala coordinación entre los aliados. Otra razón fue la rigidez de la doctrina operativa francesa, que los llevó a sucesivos errores tácticos11.
La estrategia alemana pretendía dar un «golpe de hoz» en Holanda, Bélgica y Luxemburgo que mostrara su decidida voluntad ofensiva. Las fuerzas aliadas contraatacaron enviando cuatro divisiones a Bélgica, pero al comprobar el avance de las divisiones Panzer del general Heinz W. Guderian, apoyadas por las unidades aéreas de la Luftwaffe, hacia el Canal de la Mancha, temieron quedar atrapadas, lo cual entrañaría la inmediata derrota de Francia. El 15 de mayo Reynaud telefoneó a Churchill y le comunicó que el camino de los alemanes hacia París estaba despejado y que la batalla de Francia estaba prácticamente perdida. Holanda, después de cinco días de resistencia, capituló. El 17 de mayo cayó Bruselas. La biblioteca de la Universidad de Lovaina fue destruida por el fuego. Cuando el ejército alemán se acercó a París, cundió el pánico. El general Gamelin fue sustituido por el general Weygand, que enseguida advirtió que Francia no tenía capacidad para oponer una eficaz resistencia. El mariscal Pétain entró en el Gobierno en calidad de viceprimer ministro para aplacar las críticas de los sectores conservadores y se convirtió en el portavoz de los derrotistas. El 21 de mayo el ejército alemán llegó al Canal de la Mancha y partió por la mitad a las fuerzas aliadas. Entre el 26 de mayo y el 4 de junio, 225 000 soldados británicos y 122 000 franceses y aliados embarcaron en Dunkerque con destino a Inglaterra. La propaganda británica convirtió esta derrota en uno de los mitos épicos de la guerra.
El 10 de junio, el Gobierno francés abandonó París con destino a Burdeos. Ese día fue denominado por Charles de Gaulle el «Día de la agonía». La marcha del Gobierno originó una caótica desbandada. Unos días después, el ejército alemán entró en París y desfiló por los Campos Elíseos. William Shirer, periodista norteamericano, escribió en su diario: «Tengo la sensación de que estamos presenciando en París la desintegración total de la sociedad francesa, el colapso del ejército, el Gobierno y la moral de la gente. Es algo casi demasiado asombroso para creerlo»12.
Reynaud le pidió a Franklin D. Roosevelt la intervención inmediata del ejército norteamericano en la guerra, pero el Gobierno francés estaba escindido entre quienes querían proseguir la lucha y quienes postulaban la suscripción de un acuerdo de paz con Alemania, como era el caso del general Weygand. Cuando la mayoría de los ministros se mostraron favorables al armisticio, Reynaud presentó la dimisión. Le sustituyó el mariscal Pétain, que planteó enseguida la capitulación y la negociación del acuerdo de paz. Las líneas defensivas francesas se vinieron abajo y las fuerzas alemanas avanzaron imparables por amplias zonas del sur, haciéndose con el control efectivo del país. El 22 de junio de 1940 se firmó el armisticio en el bosque de Compiègne, situado en la comuna de Rethondes. Una semana después, Hitler, entusiasmado por la victoria, se paseó por París. Francia fue dividida en dos zonas, la ocupada, dominada por los alemanes, y la «libre», bajo la autoridad de la Francia «colaboracionista» de Pétain. Además, los departamentos del Norte y Paso de Calais pasaron a depender del gobierno militar alemán de Bélgica; la zona de Alsacia y Lorena fue anexionada a Alemania; se estableció una «zona prohibida» a lo largo de las costas del Canal de la Mancha y del Atlántico para facilitar la entrada de la marina alemana a los puertos; y una pequeña zona de ocupación fue asignada a la Italia fascista. Los refugiados a quienes se les había concedido el asilo político debían ser entregados y todos los gastos de ocupación debían ser pagados por Francia, aproximadamente 400 millones de francos franceses diarios. Tan solo se permitía la existencia de un ejército francés de 100 000 soldados, sin unidades blindadas mecanizadas. Este acuerdo estaría vigente hasta que se negociara el tratado de paz definitivo.
El 18 de junio, el general De Gaulle pronunció un discurso en Londres, retransmitido en directo por la BBC, en el que pidió a los franceses que se sumaran a la lucha contra el invasor: «¿Debe desaparecer la esperanza? ¿Es la derrota definitiva? ¡No! No se ha perdido nada para Francia […]. Esta guerra no se ha decidido con la batalla de Francia. Esta es una guerra mundial […]. Pase lo que pase, la llama de la resistencia francesa no debe apagarse ni se apagará»13.
La caída de Francia originó un proceso de reflexión y autocrítica que fue más allá de los aspectos militares. Según Paul Valéry, François Mauriac y Marc Bloch fue provocada por el fracaso de la Tercera República, incapaz de superar el deterioro social, económico y político que sufrió el país en el curso de los años treinta. Valéry afirmó, a este respecto, que «la guerra se perdió durante la paz»14.
La agonía de Francia muestra la visión desgarradora de Manuel Chaves Nogales sobre el derrumbe político, militar y moral del país que, a su juicio, simbolizaba los valores cívicos y democráticos de la vieja Europa. Fue publicada en 1941 por la editorial Claudio García & Cía. en Montevideo, Uruguay. Las referencias históricas del relato revelan que fue escrita a mediados de 1940, tras su llegada a Londres. La estructura, el estilo narrativo y el tratamiento de los temas son similares a los de las obras que publicó anteriormente. En el prólogo, Chaves Nogales describe el contexto histórico de los hechos: la invasión del ejército alemán, el traslado del Gobierno Reynaud a Burdeos, la formación del Gobierno Pétain, la capitulación francesa… «Aquello —afirma— no era una crisis, sino un golpe de Estado […] En unas horas plácidas, banales, de un domingo radiante, Francia, la Francia que creíamos inmortal, se había hundido quizás para siempre» (pág. 42). Tras la ocupación de París por el ejército nazi, la República Francesa renunció a la lucha, se rindió y dejó a los ciudadanos desprotegidos. El régimen colaboracionista de Vichy, presidido por el general Philippe Pétain, completaría la ignominia.
Francia, según Chaves Nogales, era la heredera de la civilización grecolatina y humanista,
una creación espiritual conseguida en veinte siglos de civilización, de lucha constante contra la barbarie. Su fuerza material era única y exclusivamente una emanación de su espíritu. Todo en Francia estaba lleno de sentido, era tan humano, tenía tan exactamente la medida de lo humano, que parecía imposible que este equilibrio se rompiese y Francia cayese en la barbarie y la abyección (pág. 46).
A su juicio, la derrota se produjo antes de comenzar la invasión militar nazi, cuando Francia fue desestabilizada por las luchas internas, el deterioro democrático y la incapacidad para comprender la amenaza totalitaria. Por eso, «se dejó ganar poco a poco por las sugestiones del adversario, renegó de sí misma y de cuanto había representado en el mundo, se rindió a la coacción de la propaganda enemiga» (pág. 49).
Durante mucho tiempo Francia había sido la tierra de acogida de los europeos que creían en la libertad y la democracia, «que querían seguir siendo libres y que a su libertad lo habían sacrificado todo, sus hogares, sus familias, sus patrias» (pág. 47). Cuando Francia capituló, se comprometió a entregar a los alemanes los refugiados que la habían servido lealmente y habían depositado en ella su esperanza. El régimen colaboracionista presidido por el general Pétain constituía una regresión inaceptable. «Consagrándose furiosamente a la demolición del mito de la democracia, los nacionalistas franceses no han conseguido sino la demolición de Francia, su capitulación, su servidumbre total a la barbarie extranjera, su deshonor ante el mundo» (pág. 50).
La Agoníade Francia, según Chaves Nogales, se fue gestando paulatinamente a lo largo de los años treinta. «La causa profunda de lo que había de suceder hay que buscarla en el proceso de los últimos diez años de la vida francesa, proceso claro, evidente, de acabamiento, agonía y descomposición de un pueblo» (págs. 66-67). Ni los gobiernos conservadores ni los progresistas fueron capaces de atajar las consecuencias de la crisis económica, la desorientación y la conflictividad:
Ni las Ligas ni el Frente Popular tuvieron fuerza bastante para sacar al país del marasmo en que lo había sumido la costosa e infecunda victoria [en la Primera Guerra Mundial]. […]. Los gérmenes de las dos revoluciones abortadas seguían intoxicando el organismo nacional y a partir de 1936 crearon un estado morboso de guerra civil latente, crónica, una guerra civil en la que los ciudadanos no se asesinaban unos a otros pero poco a poco iban asesinando entre todos al país. […] Este era el clima moral de Francia. La impotencia y la esterilidad de los últimos movimientos, tanto reaccionarios como revolucionarios, la falta de fe no solo en los hombres, sino en las ideas y en los sistemas, la íntima convicción de la inutilidad de todo esfuerzo colectivo, habían creado un ambiente de claudicación y un sentimiento de derrota en las masas francesas que habían llegado a estar muy por debajo del exponente que eran sus hombres públicos (págs. 65, 66, 70).
La orden de movilización militar dictada por el gobierno de Daladier el 2 de septiembre de 1939 cohesionó a la ciudadanía.
El proceso de descomposición que venía siguiendo Francia parecía detenerse súbitamente al borde del abismo al estallar la guerra. Hubo un momento en el que se tuvo la impresión de que Francia iba a salvarse una vez más gracias al aglutinante del peligro exterior. Como hemos dicho, el ciudadano francés al acudir a la orden de movilización había hecho tabla rasa de sus querellas, había olvidado sus odios, sus intereses de clase y hasta sus pequeños egoísmos personales e iba dispuesto a todo (pág. 72).
Los trabajadores y las trabajadoras que se incorporaron a las industrias de guerra aceptaron de buen grado las largas jornadas de trabajo y los sacrificios impuestos por la situación.
La guerra —esto se vio enseguida— no era más que trabajo; un trabajo duro, monótono, encarnizado […] La guerra se ganaría permaneciendo diez, doce horas diarias al pie de la máquina, trabajando en la cadena sin levantar la cabeza, como esclavos. Este era el precio de la libertad futura […]. El pueblo francés ha trabajado concienzudamente para la guerra. Durante el largo y penoso invierno que ha precedido a la catástrofe, el proletariado francés encerrado en los talleres desde antes de que rayase el día hasta dos horas después de haber caído la noche ha trabajado con fe dando todo el rendimiento de que era capaz (págs. 112-115).
Una de las principales causas de la derrota era la incompetencia, la falta de compromiso y el derrotismo de los mandos militares. «Lo que en Francia ha fallado, primera y principalmente —afirma Chaves—, no ha sido el pueblo, sino el ejército, no ha sido la democracia sino el militarismo, no ha sido la ciudadanía que por lo general se manifestaba dispuesta al sacrificio, sino los cuadros de mando que no han sabido utilizarla ni infundirle espíritu alguno»15. «Los acontecimientos han demostrado —concluye— que el ejército francés se consideraba vencido aún antes de entablar la lucha» (pág. 80).
En aquella circunstancia crítica, los portavoces del derrotismo difundieron la confusa expresión drôle de guerre.
En ella iba, hábilmente disimulado —afirma Chaves—, todo el derrotismo de Francia. Drôle de guerre! Es decir, guerra extraña, absurda, rara, inexplicable y, en el sentido peyorativo de la palabra drôle, guerra disparatada, grotesca, insensata, ilógica, guerra sin justificación que no se debía haber hecho, guerra estúpida y estéril. Todo esto y mucho más quería decir esta frase equívoca que no alarmaba a los censores del gobierno y que hizo fortuna rápidamente como expresión del estado de ánimo de una opinión pública que se sentía arrastrada a una lucha en la que no tenía fe (pág. 122).
Así, los ocho meses anteriores al ataque alemán, en los que tan solo se produjeron algunas escaramuzas fronterizas, constituyeron un tiempo perdido en la preparación de la guerra.
