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Un clásico de la literatura española, testimonio de una España desaparecida. Obra maestra del reportaje biográfico, Juan Belmonte, matador de toros es la historia de un hombre que, nacido en la Sevilla más humilde, terminó por revolucionar el arte del toreo sin poseer ninguna de las cualidades consideradas imprescindibles: ni buena planta, ni un físico agraciado, ni salud robusta, ni siquiera una clara vocación inicial. Con una prosa brillante que equilibra periodismo y literatura, Chaves Nogales perfila la vida de Belmonte como espejo de una España en transformación. El autor se desvanece hábilmente para que sea la voz del propio torero quien nos guíe por su extraordinario recorrido: desde sus humildes inicios en Triana hasta su consagración como figura revolucionaria de los ruedos, pasando por su amistad con intelectuales como Valle-Inclán y su profunda visión del arte, el miedo y la vida.
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Seitenzahl: 541
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Manuel Chaves Nogales
Juan Belmonte,matador de toros
Su vida y sus hazañas
Prólogo de María Isabel Cintas GuillénEpílogo de Josefina Carabias
Prólogo: Juan Belmonte y Manuel Chaves Nogales por María Isabel Cintas Guillén
Juan Belmonte, matador de toros
1. Un niño en una calle de Sevilla
2. Los cazadores de leones
3. Tú serás papa
4. Anarquía y jerarquía
5. La gesta de Tablada
6. Cuando pedía limosna por los caminos
7. Banderillas a «porta gayola»
8. «¡Pero si yo no tengo miedo!»
9. El amor y los cabestros
10. ¡Viva Belmonte!
11. Halago y tormento de la popularidad
12. «No te falta más que morir en la plaza»
13. En México todos están locos
14. Cómo se enamoran de los toreros las mujeres
15. Supersticiones taurinas
16. El miedo del torero
17. La mejor tarde de mi vida torera
18. Quince toreros rodando por el mundo
19. Con Juan Vicente Gómez en Venezuela
20. «...Y como ni a Joselito ni a mí nos mataba un toro...»
21. Joselito
22. Un cortijo con parrales
23. Mi talismán
24. El torero y el ambiente
25. Una teoría del toreo
Epílogo, por Josefina Carabias
Créditos
Alrededor de 1900, a espaldas del sevillano palacio de las Dueñas, un niño dibuja junto a su abuelo escenas campestres, donde aparecen con frecuencia caballos, árboles, toros. El niño es Manuel Chaves Nogales y su abuelo el pintor costumbrista José Chaves Ortiz, paisajista especializado en escenas taurinas que van a ser utilizadas para decorar colmados y tabernas sevillanos. Ha conseguido José una bien ganada fama como pintor de esas escenas taurinas, que no solo encantaban al pueblo. La misma reina Isabel II se mostró atraída por las obras y adquirió dos dibujos de este maestro del arte realista taurino en una visita a la ciudad. El abuelo comparte casa y vida con el niño, y estudio con otros pintores en la calle Dueñas, 11, a la que Juan Ramón Jiménez llamó «el limbo de los pintores».
En efecto, cuando Chaves Nogales abrió los ojos a luz de la vida, posiblemente entre sus primeros recuerdos pudiera haber estado la representación de un lance taurino en óleo, lienzo o tabla ejecutado por su abuelo, ya que comparten los mismos espacios en que el niño Manuel comenzó a desarrollarse como persona. Sus Series taurinas, retratos realistas de las suertes en las plazas y los ambientes en los campos, eran tan celebradas en el momento que el reconocimiento social que le proporcionaban era similar, aunque antagónico, del olvido en que se le sumió. Los trabajos de su abuelo eran el sustento de la familia. El sustento y el orgullo.
También el padre de Manuel e hijo de José, Manuel Chaves Rey, formado en los principios de la pintura, hizo sus bocetos de toreros, suertes taurinas y escenas camperas, aquellos que guardaba en un arcón que enseñaron la historia al hoy reputado periodista, según propia confesión. Y también se acercó al mundo taurino interesándose por toreros cuyas biografías explicó en su trabajo como redactor de El Liberal. Es por ello que Manuel respetaría el oficio, aunque sus apetencias personales —andando el tiempo, siempre en torno a la información— estuvieran muy alejadas del juicio legitimador de la fiesta nacional.
El contacto con el mundo taurino parte pues para el periodista de su más tierna infancia, y pasa a ser una constante en su vida y, aunque no comparta afición por el tema o el arte taurino, sí sentirá un profundo e instintivo respeto por él.
Cuando, treinta años después, Manuel Chaves Nogales, ya periodista reconocido, pida a sus lectores del Heraldo de Madrid recuerdos de la vida en España de treinta años antes, no le será ajena la respuesta del torero Juan Belmonte, que vivió en aquella Sevilla taurina que retrató su abuelo con el pincel y su padre con el pincel y la pluma.
…
En un momento de nuestra historia como el actual, en que los espectáculos taurinos están siendo contestados, en que se quieren eliminar de la tradición festiva española y considerarlos contrarios a las ordenanzas que defienden el bienestar animal, puede resultar un tanto paradójico traer al primer plano de la edición la biografía del torero Juan Belmonte, que lleva además en su título un adjetivo comprometido, matador de toros, y una explicación de intenciones: su vida y sus hazañas. Solo el calificativo de «matador de toros» despierta aversión allí donde se emplee, para amplios sectores de la sociedad española. Y qué decir del título de la versión inglesa, killer of bulls, asesino de toros… y, sin embargo, el libro obtuvo un gran éxito, en España y fuera de España. Quizá sea el libro más conocido y celebrado del periodista.
¿Cabría preguntarse qué opinión tendría Chaves Nogales sobre el espectáculo taurino hoy? Tal vez sí. Y tal vez también, su opinión sería la misma que en el pasado: respeto a un considerado arte en la tradición española, aunque su interés personal por el mismo pueda resultar tangencial. Porque, en los albores del siglo xx y en prácticamente toda su primera mitad, las corridas de toros fueron el espectáculo que más atrajo a las masas; sus ejecutores, los toreros, fueron tan bien acogidos por el gran público como hoy lo son los futbolistas. Triunfar en el mundo taurino equivalía a triunfar en la vida.
Cuando se produce el encuentro entre ambos personajes, un periodista y un torero, hay respeto y empatía. Respeto a la persona y su oficio y empatía con el habitante de un espacio en la ciudad muy querido de ambos, visto este desde una óptica analítica acorde y compartida.
Pero Juan Belmonte, matador de toros no es un libro a la manera de los relatos tradicionales de la torería. Aquí no se exaltan las hazañas de un torero, no se vibra con sus suertes, no se disfruta con los lances taurinos. Aquí se cuenta el quehacer de una persona, que es un torero, y que triunfa en su profesión en una España acosada por conflictos de difícil solución.
El propio torero no es un personaje modélico ni ejemplarizante. Los héroes de la torería seguían unas reglas claras en su comportamiento dentro y fuera de las plazas. No así Juan, de físico poco agraciado, de poca capacidad expresiva; calificado de oscuro, huraño, cohibido, fatigado, triste, inseguro… Antítesis del héroe triunfador, pinturero y modélico. Sobre el fondo geográfico de Andalucía, en general, el esquema del torero seguía, eso sí, las directrices habituales: origen pobre, vida dura hasta el triunfo y con él, ostentación de la riqueza que el triunfo proporciona; y también el compromiso de ayudar económicamente a la «clientela» que siempre acompaña al torero y pone a prueba su generosidad en su consiguiente ascenso en la escala social.
Ni el periodista lo intentó, ni era posible la comparación con otros toreros del momento, Bombita o Machaquito, aunque su modelo era Antonio Montes, un joven sevillano que ejercía de monaguillo en la iglesia de Santa Ana, de Triana, cuando la familia Belmonte se trasladó a este barrio desde la calle Feria. Y ahí, en Triana, se conjuraron los elementos para que Calderón, que admiraba a Montes y tenía madera y maneras de apoderado, se fijara en las hechuras de Juan y comenzara el trabajo de su vida: modelar como torero a este muchacho al que veía entretener el ocio en la cuesta del Altozano y el aguaducho de San Jacinto jugando a las suertes del toro, dar pases de entrenamiento y golfear con compañeros en días ociosos en el oficio que tal vez, a lo mejor, podría sacarlos de la miseria. Y así se fraguó la pasión que creció en los llanos próximos de Tablada, al otro lado del río, en los cerrados de San Juan de Aznalfarache, en las noches de pruebas y aprendizajes, sustos y miedos, mientras se cocía una vocación tan magníficamente descrita en el libro.
…
Quizá hasta finales del siglo xx, la vida de las personas se desarrollaba en círculos concéntricos que iban aumentando su ámbito geográfico desde el lugar del nacimiento y en paralelo con la integración en la vida: primero la casa, la calle, el barrio, la zona, cada vez más alejada, de la ciudad…, y de ahí la salida a la provincia, la salida del país… Era un orden que producía un cierto sosiego. Las cosas tenían su lógica y era una tranquilidad saber que las aguas, aunque llegaran a desbordarse, acababan siempre volviendo a su cauce.
La España de 1935 ofrecía inquietud. Los ánimos estaban exaltados y los españoles se movían entre el deseo de acompasarse al progreso y la esperanza de una «revolución» que cambiase las cosas para siempre, ahora a favor de los más desfavorecidos. No sin alteraciones, la sociedad buscaba un equilibrio difícil que la marea de los acontecimientos hacía bambolear de extremo a extremo.
Los periódicos daban noticias diarias de los intentos de la Sociedad de Naciones de rebajar la tensión que incubaba la próxima segunda gran guerra. Y en España, la Segunda República, herida de muerte por los acontecimientos de 1934 en Asturias y Cataluña, así como por la extensión por todo el país de la insurrección y las huelgas, más o menos pacíficas, intentaba atemperar los enfrentamientos y la radicalización de posturas. Los sueños del gobierno salido de las urnas de cumplir una revolución liberal que condujera los destinos del país hacia presupuestos plenamente democráticos vivían sus más bajos momentos.
El modelo y mensaje de la Revolución Rusa de 1917, con su creencia en la capacidad del pueblo para subvertir el orden establecido y lograr el triunfo de las clases desfavorecidas, junto a la extensión por Europa del nazismo alemán o el fascismo italiano, caldeaban el ambiente hasta extremos insoportables. Los intentos de reforma del gobierno eran recibidos por las clases reaccionarias sólidamente unidas (propietarios, militares, clero, monárquicos, oligarquía económica) con una cerrada oposición. El bienio negro (1934-1935) vivía un peligroso estado emocional que exigía el sometimiento a la ley con el objetivo de rebajar la tensión. Se hacía imprescindible aplacar los ánimos de una población que, en sus estamentos más bajos, sufría atraso, paro, analfabetismo y miseria.
…
En 1935 Chaves Nogales, redactor jefe de un periódico de centro, el diario Ahora, creado pocos meses antes de la proclamación de la República, pero defensor de ella según expresa declaración, no permanece ajeno a este clima desasosegante. Buscando quizá un soplo de calma vuelve los ojos al pasado. Desde su periódico plantea una pregunta al público lector: ¿Cómo se vivía en España treinta años antes, en los primeros del siglo? ¿Eran mejores o peores que los de ahora? ¿Cómo se desarrollaba la vida de la gente?
Era una fórmula habitual de la prensa preguntar a los lectores para implicarlos y, de paso, ampliar la tirada de los periódicos. Chaves manifiesta su intención al presentar la cuestión: «conocer el ambiente denso en que el español de hace treinta, cuarenta años, se movía; el gesto, el ademán, la actitud de ese mismo español castizo auténtico que a comienzos de siglo era la expresión de un modo de ser nacional y que repentinamente desaparece, se lo traga la tierra». Tal vez estas frases resumen un mero interés antropológico, pero en España estaban ocurriendo muchas cosas cuya interpretación, por su trascendencia, superaban la mera curiosidad.
Solían publicarse las respuestas más destacadas de estas encuestas. Y esta vez la pregunta obtuvo una contestación abundante y clarificadora. Hubo, de entre ellas, una que llamó la atención del periodista por su oportunidad, precisión, punto de vista, coincidencia en el enfoque y en el sentir, la de un torero sevillano, Juan Belmonte, ya triunfador en los ruedos, criado en unas calles que Chaves conocía bien: el entorno de la calle Feria, de Sevilla, muy próxima a la calle Dueñas, donde Chaves nació y vivió sus primeros años. Hubo pues conexión de vivencias, de interpretación de los acontecimientos y de sensibilidades para compartir el análisis, el humor y la crítica.
Es posible que Manuel Chaves Nogales nunca hubiera acudido a ver un espectáculo taurino ya que su quehacer periodístico estaba muy alejado de esa realidad. Pero la figura de Belmonte valía el interés por devolver como en un espejo la imagen de una España pasada y para llegar a entenderla y poder mostrarla. Es el laboratorio donde se va a desarrollar la reflexión sobre el momento conflictivo que se vive, sobre la sociedad que lo gestiona y los individuos que buscan sobrevivir a la sinrazón política. El personaje sirve al periodista para lanzar un mensaje de centro, pequeño burgués, que era básico en su pensamiento, en un momento histórico de radicalización de posturas extremistas que acabarían, como así fue, por llevar a la República al desastre. Por ello no pretende reflejar el ambiente taurino si no es para mayor entendimiento del personaje. «Cuando andando el tiempo alguien se pregunte quién escribió este libro —manifestó en un banquete de homenaje—, solo aspiro a que sea tenido como Memorias de Belmonte, que es lo que tiene valor y razón de perdurabilidad». Y la prensa del momento lo publicita como vida del torero contada por él mismo, «transcripción», la llama, de la propia vida.
La calle aparece como ámbito esencial en la formación de un ser humano, al menos en aquellos primeros años del siglo xx. En la calle se aprende y se comprende, se forja un ser y se perfila su personalidad. La calle es la primera cuna de la vida, que enseguida pasa a ser maestra. Quien triunfa en la calle, triunfa en la vida, viene a decir el narrador.
Y ahí, en esa calle, la calle Feria, de Sevilla, aparece un niño que lleva un trozo de pan y una onza de chocolate en su mano. Su infancia, aturdida con este primer encuentro con la realidad, graba voces, lamentos, sentires que lo inquietan sin entender: «Ha muerto el Espartero». Con apenas dos años, sin saber qué es la muerte ni quién era Espartero, y, mucho menos qué es un torero, el niño se enfrenta a la fría realidad del abandono, cuando todos salen haciendo aspavientos con la noticia y lo dejan solo. Y esa es la primera sensación de soledad y el primer roce con la muerte. Sensaciones que luego se repetirán en su vida cuando, frente al toro, vuelva a plantearse qué y para qué ha llegado hasta esos escenarios. La muerte de un torero de éxito invade el escenario de esa España dolorida y enfrentada.
Cuando ese niño sepa expresarse, el autor del relato, sin transición, lo dejará solo para que cuente su vida. Y Belmonte la cuenta con tal encanto que no podemos dejar de seguirlo, una vez iniciada la lectura. Y con tal precisión que muchos han creído que era él, el torero, el autor del libro. El autor, Chaves Nogales, sabe pasarse a un segundo plano para que sea el torero quien se luzca.
…
Hacía 1935 la ciudad de Sevilla vivía aún la resaca causada por los acontecimientos que se habían desarrollado en torno a la celebración, apenas cinco años antes, de la Exposición Iberoamericana de 1929. La gestación de la misma, que arrastraba desde 1910, había supuesto una convulsión al obligar a la revisión de los presupuestos urbanísticos, especulativos, transformadores de los oficios, obligando a la adaptación a los cambios producidos en el tejido industrial y artesano. La ciudad había comenzado a incorporarse a la industrialización de otros países europeos y los conflictos laborales recorrían la sociedad obligando a cambios de comportamientos, formas de vida y costumbres de una ciudad tan conservadora como lo había sido Sevilla hasta las primeras décadas del nuevo siglo. Como siempre ocurre en estos casos, la gente corriente tarda más en incorporarse a lo que juzga nuevo, mostrando reticencias ante ello y queriendo seguir en un anclaje en el pasado que pueda llegar a conferir una cierta estabilidad social.
Chaves Nogales había salido de la ciudad hacia 1917, se afianzó en Madrid hacia 1924-1925 y comenzó a ser arrastrado por su propia mirada hacia Europa en torno a 1927, cuando consigue el premio Mariano de Cavia y tiene sus primeros contactos con el mundo de la aviación. Su mente se abre a más amplios horizontes y advierte la cerrazón del gobierno de Primo de Rivera y la pasividad de los españoles ante ella.
Sin duda la evocación del pasado de la ciudad es recurrente en su quehacer. Había nacido en ella, la había analizado en su primer ensayo, La ciudad, pero ahora, hacia 1935, comienza a inquietarle qué aire se respira, qué la mantiene, cómo vive los envites de los nuevos tiempos. Esta ciudad, que siempre se arropa con el tipismo y se alimenta del folklore y el emblema acartonado de ciudad-postal, tiene que entrar en la racionalidad. Por ello, ha de reflexionar sobre sí misma, analizarse, proponerse ser cómo es y ser crítica con ese ser.
Aunque Chaves había nacido muy cerca de Belmonte, en el entorno de Feria, sus ambientes familiares fueron muy distintos. El padre de Manuel era redactor de El Liberal; su tío José Nogales fue director del mismo periódico; su abuelo, José Chaves Ortiz, un pintor de prestigio. Mientras el periodista se enmarca en el mundo artístico e intelectual, el más tarde torero aparece empozado en el más bajo estrato social. Pero los cinco años que Juan le saca a Manuel no son un abismo insalvable. Y conectan.
Belmonte nació y vivió sus primeros años en la calle de la Feria, de Sevilla. Calle emblemática que condiciona a quienes por ella transitan como solo saben hacerlo otras tres o cuatro calles de otras tantas ciudades importantes. El hijo del quincallero (mujeriego, despreocupado de su extensa prole, interesado por las partidas de cartas y los pequeños y miserables negocios de un pobre puesto de quincalla), estaba predeterminado a seguir la senda de su padre. Pero este panorama desolador no era apetecible ni recomendable, ni humanamente justificable. Se presentaba un horizonte de pobreza del que era preciso salir. «Si Belmonte no viene a Triana se hubiera quedado en quincallero de la calle Feria», dice Ángel Vela, gran conocedor de esa calle. Por ello, cuando la familia se traslada se mueven algunos resortes vitales. Cambian las cosas cuando Calderón, un aficionado a la fiesta, toma sobre sí la tarea de hacer de un desdibujado y desganado Belmonte un torero de fama. Calderón debió ver sus potencialidades, porque creyó en él más que el propio Juan.
…
Periodista y torero se reúnen más tarde, en la madurez de sus oficios, en alguna tertulia del Madrid de entonces a las que ambos eran aficionados: el periodista por ser esas tertulias un mentidero ejemplar; el torero por acoger a intelectuales a los que les gusta escuchar y de quienes gusta aprender. Todo lejos del ámbito de la torería tradicional, porque no era así como se gestaba la biografía de un torero. Pero ni el torero, ni el periodista, ni el ámbito son los normales. Se va a producir el milagro de un encuentro de dos seres diferentes: un periodista que sabe lo que busca y olfatea hasta que lo encuentra… y un torero que había triunfado sin tener ni una sola de las características imprescindibles para triunfar: ni buena planta, ni físico agraciado, ni buena salud, ni vocación, ni clientela, ni espíritu de gestión taurina. Tal vez esa repugnancia por la torería castiza respondía, en opinión del propio torero, «a una convicción revolucionaria que me llevaba a combatir desde el primer momento los convencionalismos del arte de torear».
Por eso, Manuel se encuentra con Juan y la complicidad se establece entre ellos; de la tertulia, Manuel lo lleva a su casa en lo alto de la editorial Ribadeneyra, en la Cuesta de San Vicente. En las plantas más bajas de este edificio estaba la redacción del diario Ahora. Más abajo aún, las salas de máquinas y confección. Era una soberbia edificación de Pfird que causaba admiración en el Madrid de entonces. Poco más de un año después, tras el levantamiento de Franco contra la República y el comienzo de la Guerra Civil, la calle acabó convertida en barricada y destrozada por los obuses.
De momento, todavía en el año 1935, un torero de éxito despierta el interés de las masas. Chaves cita a Belmonte en su casa, y, con las espléndidas vistas de los Jardines del Campo del Moro del Palacio Real, se encierra con él en una habitación por debajo de cuya puerta sale el humo de los cigarrillos que están fumando sin parar. Y se escuchan los ecos de las risas de ambos, fruto del entendimiento en los recuerdos de aquella Sevilla de las primeras décadas del siglo. Es el encuentro de dos personas que van a coincidir en su visión, no solo de Sevilla, sino de la vida, la situación dramática que se está viviendo en España, los caminos para sortearla… Se advierte que es un libro gozoso, porque entre autor y protagonista hay entendimiento y conexión.
Ya en una entrevista que realizó Vicente Sánchez-Ocaña a Belmonte para la revista Estampa el 4 de junio de 1932, Chaves se mostró muy interesado en las respuestas del torero, que presentaban interesantes conexiones con las suyas acerca del comunismo, la Reforma Agraria, el sindicalismo, los pistoleros y otros temas de actualidad: «Juan Belmonte en medio de la revolución social» era el título de la entrevista. El torero llegó a ser un personaje público, un tanto peculiar, que saltaba a la prensa y era objeto de admiración y, a veces, de cierta burla amable y casi doméstica. Como la de Jardiel Poncela en 1929, cuando señalaba:
Le encanta hablar de letras con los intelectuales
su nombre ha estado impreso en todos los diarios,
y ha ganado dinero por matar animales
exactamente igual que los veterinarios.
El español castizo lo venera y lo admira
y una corte entusiasta lleva siempre detrás.
Todas las temporadas dice que se retira
y en vez de retirarse se arrima mucho más.
…
La biografía de Belmonte tuvo gran éxito en el momento de su publicación; Belmonte acababa de volver a los ruedos, tras una retirada que había querido definitiva, y el público lo aclamaba. El mundo de la torería atraía a un público enfervorizado y polarizado entre los matadores del momento. Publicado en la revista Estampa, perteneciente al grupo Rivadeneyra, que editaba el diario Ahora, apareció en veinticinco entregas semanales del 29 de junio al 14 de diciembre de 1935. Dado su éxito, fue publicado enseguida en libro, conservando las noventa y ocho fotografías del quehacer del torero por él proporcionadas, así como también noventa y ocho ilustraciones del dibujante Andrés Martínez de León y veinte de otro gráfico de la compañía de prensa, Salvador Bartolozzi, que se encargó de continuar la ilustración cuando Martínez de León se marchó a Rusia a comprobar si eran ciertos los episodios que Chaves había narrado en El maestro Juan Martínez que estaba allí, tras haber creado un personaje,Oselito, y contado sus aventuras en el libro titulado Oselito en Rusia.
Los acontecimientos históricos se precipitaron; tan solo un año después se produjo el levantamiento de Franco contra el gobierno de la República y el país entró en una escalada de violencia que llevó al exilio a gran parte de la intelectualidad, entre otros al periodista, que se refugió en un arrabal de París intentando salir adelante en su profesión. Allí le llegó la proposición de la compra de los derechos del libro por parte de un personaje que empezaba su andadura en el mundo de la comunicación, pero que triunfó plenamente a nivel mundial con el sobrenombre de «El Santo», Leslie Charteris. «Fue algo extraordinario: comimos ostras varios días, mi padre regaló a mi madre un abrigo de piel, yo conseguí una bicicleta…», me contó Pablo, el hijo de Manuel. Charteris aparece como traductor, con letras de mayor tamaño que el nombre del autor, que incluso llega a veces a omitirse. Las ediciones se suceden; Toronto, 1937; Nueva York, Bantam, 1937; Londres,1937, Santiago de Chile, 1938; México, 1944…
De no ser por Javier Pradera y Gortázar, quizá hoy se seguiría pensando que fue una autobiografía el libro que aquí presentamos. En años difíciles, cuando Chaves Nogales estaba vetado en este país condenado por su adscripción a la Masonería en 1927, de la que nunca hizo gala, pero de la que no se retractó, Ortega Spottorno y Pradera lo sacaron de las tinieblas; precisamente Editorial Alianza, cuya colección El libro de bolsillo fue creación de estos intelectuales, lo publicó, tal vez sospechando que la vida de un torero no sería reprimida por la censura. Y en efecto, tras la lectura del libro, confirme el lector, si así lo considera, que era perfectamente publicable o, mejor aún, necesariamente publicable. Y sí lo corrobora el hecho de que conociera edición tras edición. José Ortega Spottorno encargó un Epílogo a Josefina Carabias. Con este Epílogo la periodista mantuvo la luz de Chaves Nogales en los años oscuros y lo arrastró hasta la orilla del reconocimiento.
Y así la vida de Juan Belmonte llegó hasta 1992, cuando el Ayuntamiento de Coria del Río (Sevilla) hizo una magnífica edición facsimilar del texto de Chaves Nogales con objeto de festejar al ilustrador, Martínez de León. Sugiero al lector que acuda a esa edición facsímil, ilustrada por otras dos víctimas de la represión franquista: Andrés Martínez de León y Salvador Bartolozzi. Estuve en la presentación de esa edición que tuvo lugar poco antes del inicio de la Exposición Universal de Sevilla de 1992 y que tenía como objetivo conmemorar el primer centenario del nacimiento de Juan Belmonte, en Sevilla el 14 de abril de 1892. Falleció el 8 de abril de 1962. Acudieron a esta presentación los hijos del periodista, que acababan de despedir a Ana, su madre y esposa de Manuel, fallecida una semana antes.
Las veinticinco entregas que conforman el reportaje que publicó Estampa estuvieron apoyadas por una fuerte promoción y fueron calificadas de folletín-reportaje, biografía novelada, novela de la realidad, novela vivida, confesiones: reportaje biográfico, en definitiva, que presenta elementos entrecruzados de ambas parcelas de la creación escrita: el periodismo y la literatura. Porque si el apoyo en la realidad no puede ser más incontestable, los elementos literarios y embellecedores alcanzan cimas de genialidad.
…
Belmonte fue amigo de intelectuales y escritores. Aunque no tuvo formación, su único contacto con algo parecido al saber fue la relación que estableció en su adolescencia con unos tipógrafos sevillanos y su iniciación en la lectura de novelas de aventuras, que solo sirvieron para calentar su cabeza y llenarla de vacías ensoñaciones. Al llegar a la edad adulta e introducirse en el mundillo madrileño de la tauromaquia, vio aumentado su interés por la cultura y los escritores e intelectuales, a los que conoció en tertulias como la de Fornos: Romero de Torres, Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Sebastián Miranda… Se sintió entonces fuertemente atraído por la vida de los escritores y artistas; los escuchaba en sus charlas y sentía verdadera curiosidad por alcanzar a entender lo que decían. Era realizar una especie de gimnasia mental iluminadora la que lo llevaba a conectar con D’Annunzio: ¡Cómo no sentirse involucrado en la sentencia «el peligro es el eje de la vida sublime» si ese peligro, en el que él navegaba cada día, lo podía transportar a un nivel superior de actividad noble, que justificaría el sacrificio, el dolor, el miedo! La nota anarquizante de su pensamiento avalaba el romanticismo del grupo, que se sentía elevado y compensado. Los libros iban a constituir la parte esencial de su maleta de viaje: Tomas Mann y La montaña mágica, los rusos, Dostoyesvki, Gógol, … El hombrecillo de los gansos, de Jakob Wassermann, acaso con ese slogan tan repetido: «No se trata de poder, se trata de ser». El toreo adquiría una categoría superior, de actividad intelectual, no solo física, que lo llevaba a opinar sobre el arte de torear: «Es ante todo un ejercicio de orden espiritual. Si en el toreo lo fundamental fuesen las facultades y no el espíritu, yo no habría triunfado nunca». Porque «se torea y se entusiasma a los públicos del mismo modo que se ama y se enamora, por virtud de una secreta fuente de energía espiritual que, a mi entender, tiene allá, en lo hondo del ser, el mismo origen. Cuando este oculto venero está seco, es inútil esforzarse. La voluntad no puede nada. No se enamora uno a voluntad ni a voluntad se torea».
…
Según el doctor Miguel Ríos Mozo, que lo conoció y lo trató, Belmonte solía ser un hombre silencioso, aunque resultaba encantador cuando le daba por hablar. O por canturrear: «siempre te estoy esperando y nunca vienes a hora cierta». Daba importancia a la superstición: el pelo de la pierna que asoma por la media podía ser presagio de algo… Acostumbraba a mirar fijamente, de forma obsesiva, el cogote de Calderón, antes de echarse a la plaza. Consideraba que había algo de cierto detrás de la parapsicología.
Ríos Mozo recuerda haberle oído contar un cuento una noche, tras cenar en el restaurante Chipén, en la Gran Vía, con el doctor Roda y Sebastián Miranda. Contaba que las mejores faenas las realizaba cuando estaba enamorado de una mujer. Reflexiona el torero en un beso de «ella», profundo, con succión, sueña con él, define que es lo único capaz de mantener el amor pasión antes de caer en el abismo.
Ese día asiste a una corrida con traje negro y plata —cuenta Ríos Mozo—. El día es gris y amenaza tormenta. Torean Ignacio (Sánchez Mejías) y José (el Gallo). José arranca a andar hacia el ruedo, en faena rutinaria. Banderillas de Ignacio. Juan sin entusiasmo, el público tristón. Los toros manejables, sin pujanza. Faena regular. Había estado bien, pero falto de sentimiento: torear es tener algo que decir… y decirlo. José mira a Juan, fijamente. Le han dicho por conferencia que la chica ha muerto. El sueño toma cuerpo. Había sido en una cacería de patos, la chica se había hundido en el fango. Cómo se puede dar el caso de que su sueño de succión fuese premonitorio del beso del sueño. Alguien dijo que, tal vez ella, le había dicho que iba a cazar patos. Juan manifiesta que no sabía en qué consistía este arte. Todos callaron. Los camareros que habían escuchado estaban impactados con la historia, que nunca antes Belmonte había contado. El médico dijo: «La única alucinación de este caso es usted mismo».
Concluye Ríos Mozo: «Salimos a la calle. Llovía. Juan llevaba el sombrero que se quitaba en Sevilla al pasar por la casa de Concha y Sierra».
…
Chaves Nogales no buscaba en Belmonte una reivindicación de la fiesta; ni que sus amigos los intelectuales, o la clase intelectual que acudía a la prensa como fuente de información, reconocieran los méritos artísticos o profesionales del biografiado; o que el pueblo supiese de su sacrificio y su entrega a la vocación. Chaves nunca pretende esos fines. Pero es muy fino en sus objetivos. Busca una condición humana que equilibre situaciones conflictivas. Entiende que el tono de la nación está a punto de sufrir un colapso, que los derroteros por los que se circula abocan en malos caminos, que hay que reconducir la actuación. La exaltación neurótica, los diálogos rotos, los enfrentamientos de todo tipo, los tirones en direcciones divergentes de los dirigentes de una república que se ve enfermar de males de la mente, cuando había planeado llevar al país a su destino de nación europea, igualitaria y compensadora, culta y flexible, respetuosa consigo y con su entorno geográfico, agotan su tiempo. El enfrentamiento directo, entre hermanos, que se prepara en el horizonte, desazona a los pequeños burgueses liberales como él, a los ciudadanos de una república democrática y parlamentaria.
Y para contrarrestar las tensiones usa a este torero: la revolución, la palabra que sobrevuela la vida nacional, que está presente en el devenir de la vida cotidiana, amenazante y punzante, no es la solución. Recuerda la Revolución rusa, cuyos funestos resultados había comprobado en su viaje a la URSS unos años antes; allí fue el pueblo el que había sufrido en sus carnes los males de esa revolución. Tampoco en Italia había aumentado la ración de pan de cada ciudadano con la revolución de Mussolini. Siempre es el pueblo el que paga el coste de las revoluciones.
Belmonte no tenía ideología política declarada, pero sus amigos eran de izquierda, los intelectuales. Chaves había recorrido el campo español en los primeros años de la República. El campo sufría problemas de difícil solución y en los intentos de cambiar los esquemas ha de irse a soluciones inesperadas e imaginativas, aunque dictadas por la realidad. El trabajo a destajo se presenta como única solución cuando llegan las faenas de la recolección. De boca de los braceros se oye que no hay quien recoja aceitunas a jornal. La prensa divulgó a este respecto un caso curioso: a Juan Belmonte le convino más regalar la aceituna en el árbol a sus braceros y comprársela luego que pagar los jornales que pedían los sindicatos.
Por eso Belmonte puede ser un modelo: la única revolución posible es la que hace el individuo, como tal y consigo mismo, cuando es capaz de lograr el triunfo, personal o social, a partir de vencer sus propios desvaríos o incapacidades.
Pero no es una propuesta de comportamiento. Es un caso de comportamiento: una situación difícil puede ser superada. Es el lector, el individuo, el que decide en la coyuntura, porque el paño de discursear no está puesto, ni el periodista lo pondrá jamás. El lector, adulto, ha de ser quien saque sus propias conclusiones.
…
Chaves Nogales tenía treinta y ocho años cuando escribió este libro y murió nueve años después. Belmonte murió años más tarde que Chaves Nogales. Y pudo cumplir su sueño. Tuvo tiempo de disfrutar de su éxito, de vivir en su finca de Gómez Cardeña y tener «un cortijo con parrales…»; de pasear por la calle Sierpes, tomar café en Los Corales y reunirse con otros toreros; ayudar económicamente a otros amantes de la fiesta; tuvo hijas, hijos, incluso dio la alternativa a uno de ellos, Juan Belmonte Campoy. Tuvo amores que renovaron el añorado olor a jazmines de sus calles de Triana. Vivió la «paz» de España en la opulencia y en el reconocimiento. Aunque algunos de los que le ayudaron a encumbrarse sufrieron por su parte un cierto abandono, como Calderón, aquel personaje de sus inicios que llegó incluso a hipotecar su casa para forjar la carrera de matador de toros de su pupilo.
Tal vez, algunas veces, recordaba y agradecía desde su corazón, aquellas confidencias que compartió con un periodista que lo paseó por los años felices de su vida en una ciudad que siempre amó. Un periodista que no pudo transitar por esa ciudad que también tanto amaba, porque murió en el exilio. Pero que hizo de él, del torero Juan Belmonte (tal vez esto si lo reconoció), una leyenda.
Pero no quiso aceptar los rigores de la edad, que lo ponían frente a la juventud pujante del amor, obligándolo a reconocerse en la decrepitud. Al enterarse de que siempre llevaba una pequeña pistola consigo, Domingo Ortega le preguntó el motivo de este hecho, a lo que Belmonte contestó: «Pues sí, siempre llevo la misma pistola, nunca se sabe lo que puede ocurrir». Un ocho de abril de 1962, a punto de cumplir setenta años, en su finca de Gómez Cardeña, de Utrera (Sevilla), tomó la suprema decisión, que nada hacía presagiar: oyó misa, jugó con los toros en la plaza que unos años antes había inaugurado con Ignacio Zuloaga, Juan Cristóbal y Luis Calvo; almorzó con apetito y tomó las pastillas que su médico le había recomendado; durmió la siesta y desde el sillón contempló por última vez el campo en flor…
Quiso Ortega Spottorno, primer director de Alianza Editorial, que los diputados del Parlamento Europeo entiendan y asimilen que el toreo es un arte, un arte dramático. Como dijo Lorca: «el torero, mordido por el duende que puede destruirle, da una lección de música pitagórica y hace olvidar que tira constantemente el corazón sobre los cuernos». Y para Vicente Zabala, sucesor en la crítica taurina y en el análisis de los fenómenos de esta índole de José María de Cossío y Antonio Díaz Cañabate, Belmonte consiguió que las corridas de toros dejaran de ser una bárbara lucha para suavizarse y derivar por los senderos del arte.
Como acontece con los grandes, que reaparecen cada día, el destino quiso unir al autor y su personaje en la sentencia que cierra el libro: «la verdad, la verdad es que yo he nacido esta mañana».
María Isabel Cintas Guillén
Tomares, primavera de 2025
Juan es un niño atónito, que cuando asoma por las tardes al portal de su casa con el babadero recosido y limpio, llevando en las manecitas la onza de chocolate y el canto de pan moreno que le han dado para merendar y contempla el abigarrado aspecto de la calle desde la penumbra del zaguán, se siente sobrecogido por el espectáculo del mundo, y se queda allí un momento asustado, sin decidirse a saltar al arroyo. Cuando, al fin, se lanza a la aventura de la calle, lo hace tímidamente, pegándose a las paredes, con la cabeza gacha, la mirada al sesgo, callado, paradito, atónito.
Juan es muy poquita cosa, y la calle, en cambio, es demasiado grande, tumultuosa y varia. Es una calle tan grande y tan varia como el mundo. Juan no lo sabe pero la verdad es que lo que él quisiera, callejear libremente, ser amo de la calle, es tan difícil como ser amo del mundo. Los niños que no se asustan en una calle como aquella y a fuerza de heroísmo la dominan, podrán dominar el mundo cualquier día. En todo el mundo no hay más de lo que hay en aquella calle de Juan; ni más confusión, ni peores enemigos, ni peligros más ciertos.
Vive Juan en una casa de la calle Ancha de la Feria —la casa señalada con el número 72—, en la que ha nacido. Nacer en la calle Ancha de la Feria y encararse con la humanidad que hierve en ella apenas se ha cansado uno de andar a gatas y se ha levantado de manos para afrontar la vida a pecho descubierto, es una empresa heroica, que imprime carácter y tiene una importancia extraordinaria para el resto de la vida, porque súbitamente la calle ha dado al neófito una síntesis perfecta del Universo. Los sevillanos, que son muy vanidosos, advierten la importancia que tiene esto de haber nacido en la calle Ancha de la Feria y lo exaltan. Es algo tan decisivo como debió serlo el nacer en el Ática o entre los bárbaros. Lo que no saben los sevillanos —y si se les dijese no lo creerían— es que tan importante como haber nacido en la calle Ancha de la Feria es nacer en cualquiera de las quince o veinte calles semejantes —no son más— que hay por el mundo. Calles así las hay en París, en los alrededores de Les Halles, en cuatro o cinco ciudades de Italia, sobre todo en Nápoles, y aun en Moscú, allá por el mercado de Smolensk. Hasta quince o veinte en el vasto mundo. Aunque los sevillanos no quieran creerlo.
Estas calles privilegiadas son el ambiente propicio para la formación de la personalidad, el clima adecuado para la producción del hombre, tal como el hombre debe ser. Son esas calles que milagrosamente llevan varios siglos de vida intensa, sin que el volumen de su pasado las haya envejecido; son viejas y no lo parecen; sin que se les haya olvidado nada, viven una vida actual febril y auténtica, vibrando con la inquietud de todas las horas; en cada generación se renuevan de manera insensible y naturalísima: a las tapias del convento suceden los paredones de la fábrica, el talabartero deja su hueco al stockista de Ford o Citroën, en el corralón de las viejas posadas ponen cinematógrafos y por la calzada donde antes saltaban las carretelas zigzaguean los taxímetros. Esta evolución constante les da una apariencia caótica por el choque perenne de los anacronismos y los contrasentidos. Ya ha surgido el gran edificio de las pañerías inglesas, y aun hay al lado un ropavejero; todavía no se ha ido el memoralista y ya está allí empujándole a morirse la cabina del teléfono público; junto a la Hermandad del Santísimo Cristo de las Llagas está el local del sindicato marxista; aún no se ha arruinado del todo el señorito terrateniente y ya quieren comprarle la casa para edificar la sucursal de un Banco; los quincalleros, con sus puestecillos ambulantes, disputan la calzada a los raíles del tranvía; los carros de los entradores del mercado llevan a su paso moroso a los automóviles que vienen detrás bocineándoles inútilmente; los pajariteros tapan las bocacalles con sus murallas de jaulas; tapizan las aceras los vendedores de estampas y libreros de viejo; los taberneros sacan a la calle sus veladores de mármol y sus sillas de tijera; en las esquinas hay grupos de campesinos y albañiles sin trabajo que toman desesperadamente el sol, y mocitos gandules y achulados que beben vasos de café y copitas de aguardiente; los chicos se pegan y apedrean en bandadas, gruñen las viejas, presumen las mozuelas, discuten las comadres, los perros merodean a la puerta de las carnicerías y el agua sucia y maloliente corre en regatos por el arroyo. Todo está allí vivo, palpitante, naciendo y muriendo simultáneamente. Y así, en Sevilla como en París y en Nápoles y en Moscú.
La calle es una buena síntesis del mundo. Lo que intuitivamente aprende el niño que se ha criado en su ámbito tumultuoso tardarán mucho tiempo en aprenderlo los niños que esperan a ser mayores en la desolación de los arrabales recientes o en el fondo de los viejos parques solitarios. Los niños que nacen en estas calles se equivocan poco, adquieren pronto un concepto bastante exacto del mundo, valoran bien las cosas, son cautos y audaces. No fracasarán.
Pero de momento, ¡cuánto sobresalto y cuánta angustia! El niño del quincallero, que es un niño endeblito y guapo, uno de esos niños decentes que viven esclavos de que no se les caigan los calcetines y de que no se les ensucie demasiado el trajecito, cuando se lanza a la aventura heroica de la calle lleva cuajada en los ojos una mirada atónita. ¿Por dónde me vendrá el golpe? —se pregunta asustado—. ¿Qué carro me salpicará de fango al pasar? ¿Qué golfillo desesperado querrá guerra conmigo? ¿De qué lado vendrá la pedrada que hiere o la pella de barro que humilla? ¿Qué perro malhumorado tirará su dentellada a mis pantorrillas? ¿Qué chalán receloso me sentará la dura mano? Juan teme todo esto y mucho más; teme al mundo hostil que le amenaza y al mismo tiempo le atrae.
Una vez a la semana, los jueves, se fragua en medio de la calle un pintoresco mercadillo, un auténtico zoco marroquí, al que acuden los baratilleros de toda Sevilla y venden papel, libros, loza y hierros viejos; vienen también los piñoneros serranos y los hortelanos de la vega con sus nísperos y sus alcauciles. En el jueves se venden, además, garbanzos tostados, pipas de girasol, avellanas verdes, palmitos, cigarrillos de cacao y unos peces y unos gallos de caramelo rojo maravillosos. El jueves es el gran día de la calle y de Juan. Irse a merodear alrededor de los puestecillos es la ilusión de la chiquillería. Todos los granujas del barrio andan escurriéndose como anguilas entre la muchedumbre de chalanes y compradores. Juan se escapa cuando puede y se junta con ellos gozoso y un poco atemorizado.
El abuelo de Juan tiene en la calle Ancha de la Feria una tiendecita de quincalla, que, andando el tiempo, será de su padre y de su tío. Es un negociejo humilde y saneado, que permite vivir con cierta holgura. La madre de Juan, con su orgullo de menestrala acomodada, cuando le fregotea la cara y las orejas y le coloca bien estiradas, por encima de la rodilla, las medias negras de lana, advierte con cierta vanidad a su hijo:
—No te juntes, Juan, con esos granujas de la calle. No aprenderás nada bueno.
Pero Juan está rabiando por aprender todo lo que saben del mundo aquellos granujas de la calle. ¡Qué más quisiera que ser como ellos! ¡Cómo los admira! ¡Con qué entusiasmo los ve organizar pedreas y merodear por los puestos para hurtar un puñadito de piñones! ¡Con qué ciega y heroica fe les sigue en sus correrías, aunque para él, menos listo, menos granuja, niño atónito y paradito, sean al final los golpes que se pierden y los obstáculos en que se tropieza! Juan vuelve de estas correrías roto, manchado, con la cabeza dolorida, el corazón batiéndole a la desesperada, los ojos encendidos por la fiebre. Cuando se le ve en la tienda de quincalla, al lado de su madre, niño limpio y decentito, nadie se imagina esta otra vida aventurera y heroica de Juan.
—¡Qué bueno es su niño! —dice, aduladora, una vecina a la madre de Juan.
—¡Pero si es malísimo! —protesta la madre con grandes aspavientos—. ¡No sabe nadie los disgustos que nos da esta mosquita muerta!
Juan cree que el primer recuerdo de su vida es la muerte del Espartero. Cuando esto ocurrió, Juan tenía poco más de dos años. ¿Se enteró entonces de aquel suceso o por haberlo oído contar después muchas veces cree de buena fe recordarlo? El error es frecuente; aunque existe, es verdad, una memoria precoz que nos permite acordarnos de un hecho, de un rasgo que nos hirió vivamente mucho antes del despertar normal de nuestra sensibilidad. Juan insiste en que se acuerda de la muerte del Espartero, y ahondando perfila netamente el recuerdo:
—Yo no sabía nada de nada. Del limbo en que vivía extraigo este recuerdo auténtico. Estoy subido en el pescante de un coche. Acaso es la primera vez que me suben a un coche, y este hecho nuevo ha sacudido mi sensibilidad, dormida aún. Alguien viene y dice: «Un toro ha matado al Espartero». Yo no sé entonces lo que es un toro, ni quién es el Espartero,ni lo que es la muerte. Pero aquellas palabras, el efecto desastroso que causan, el desconcierto que producen en torno mío y, sobre todo, el abandono, la soledad en que repentinamente me dejan, quedan grabados en mi mente para toda la vida.
No es difícil reconstruir la escena. Aquella tarde de domingo, la familia de Juan ha alquilado un coche para dar un paseo por las ventas de los alrededores. Al niño le suben al pescante, junto al cochero. «Mira, Juan, mira el caballito», le dicen para excitar su atención. «¡Arre, caballito, arre!» El niño está contento y palmotea de júbilo. Va cayendo lentamente aquella tarde serena y gozosa de domingo. Vuelve el coche despacito a la calle de la Feria, y el niño va todavía en el pescante contemplando el panorama del mundo con sus ojos azules muy abiertos. Al detenerse el coche junto a la puerta de la casa, un amigo se acerca presuroso:
—¿No sabéis? —dice—. Un toro ha dado una cornada al Espartero y lo ha matado.
Gran sensación. Todos se tiran precipitadamente del coche para inquirir detalles. El niño se queda solo en lo alto del pescante, y al verse allí abandonado se formula la primera interrogación de su vida. ¿Qué ha pasado? «Un toro ha matado al Espartero.» «Un toro ha matado al Espartero», oye repetir. Y no lo entiende. Sabe solo que le han dejado allí en lo alto del pescante con aquel caballito cansado, que agita lentamente la cola y de tiempo en tiempo hiere el empedrado con el hierro de su pezuña. Va haciéndose de noche. La gente, emocionada, forma corrillos en las aceras. El padre de Juan se ha acercado a uno de aquellos grupos que cuchichean. Ocho o diez hombres leen trabajosamente un papel debajo de un mechero de gas que el farolero, con su palo largo, acaba de encender. Las mujeres forman corros también a la puerta de las casas. Y nadie se acuerda del niño que ha quedado solo allá, en lo alto del pescante. «Un toro ha matado al Espartero.» Juan, asustado, mira a su alrededor. La calle se ha puesto rara, triste. El niño percibe desde su atalaya la sensación que la muerte del Espartero ha causado en la calle, y sin saber por qué se acongoja. Le entran ganas de llorar y al final llora. ¡Un toro ha matado al Espartero!
Esta primera sensación de la vida de Juan parece auténtica. A reafirmarla y vestirla viene luego el pomposo espectáculo funeral con que Sevilla señaló la muerte del torero. Tras la pompa del entierro vinieron los tanguillos tristes que lo evocaban:
Cuatro caballos llevaba
el coche del Espartero...
Y los pasodobles elegíacos:
Manuel García, el «Espartero»
el que fue rey
de los toreros...
La infancia de Juan está presidida por este culto popular a la muerte heroica del torero. Es el acontecimiento más importante de su niñez. Años después, cuando Juan se da ya cuenta de todo, siguen cantando aquella muerte gloriosa los coros de niñas que se forman al caer la tarde en el fondo de las plazuelas solitarias.
La familia de Juan va a vivir más tarde a la calle Roelas, una callecita estrecha, situada a espaldas de la calle Hombre de Piedra. La tapia del convento de Santa Clara corría a lo largo de esta callecita, y la chiquillería del barrio se ejercitaba en trepar por el paredón conventual y asomarse a las celosías de las ventanas para escandalizar a las monjitas con sus picardías:
Tienen un loro
las monjas del convento
de Santa Clara...
Juan iba con los granujillas a gatear por la tapia del convento para asustar a las monjas. Una mañana apareció un hombre ahorcado en aquel paredón, lleno de desconchones y coronado por los jaramagos. Alguien pintó con almagra una cruz grande en el sitio de la tapia donde estuvo colgado con la lengua fuera aquel desdichado, y a partir de entonces fue aquel un lugar sagrado y temible para la chiquillería.
—De noche —dice Juan— no se pasaba por aquel sitio. Ningún chiquillo del barrio se hubiese atrevido. No sé qué terror a lo desconocido nos infundía aquella cruz roja y grande marcada en el muro. Al toque de oraciones, entre dos luces ya, me encontraba yo muchas tardes al otro lado de la calle, y para ir a mi casa tenía que dar la vuelta a la manzana. Algunas veces me quedaba en la esquina con los pies clavados en el suelo, viendo a lo lejos la cruz de almagra iluminada por el parpadeo triste de un farol de gas. ¿Y si me atreviese? ¿Qué me pasaría? Una noche me atreví. Eché a andar con los dientes apretados y el corazón saliéndoseme por la boca. Pasé. ¡Cómo sonaban mis pasos en aquella callecita estrecha y solitaria! Nunca me he sentido más hombre. Serio, serio, con los puños crispados, apretándome el fondo de los bolsillos y los ojos clavados en la cruz de almagra, pasé junto a ella desafiándola. ¡Con qué fuerza respiré cuando me vi al otro lado! ¡Qué placentera sensación de confianza en mí mismo!
»Había hecho mi primera heroicidad. Parecerá grotesco, pero nunca he estado tan contento y tan orgulloso de mí mismo como aquella noche.
Juan se iba volviendo malo. Sus incursiones llegaban ya hasta la Alameda, sede de toda la granujería del barrio. Al final de la Alameda se alzaba un palacete llamado El Recreo, a cuya entrada había una rampa para salvar el desnivel del suelo, sostenida por un muro que remataban artísticamente dos esfinges de bronce, a las que no se sabe por qué los sevillanos llamaban sirenas. Lo que más divertía a los niños de la Alameda era encaramarse al paredón y avanzar por su borde, guardando el equilibrio hasta llegar a las sirenas que quedaban a considerable altura.
—La hombrada —dice Juan— consistía en llegar hasta la sirena, montarse en su grupa y abrazarla por detrás, llegándole con las manecitas al pecho duro y frío. Una tarde, por alcanzar con mis brazos cortos el pecho de bronce de la sirena, me caí y me abrí la cabeza. Me llevaron sangrando a la Casa de Socorro de la plaza de San Lorenzo. Sentado al fresco en la plaza estaba un practicante gordo, que con mucho sosiego recogió su silla, su pay-pay y su periódico y se dispuso a curarme.
—Te va a doler mucho, mocito. A ver cómo te portas —me dijo con un aire tan natural y sencillo, que me serené por completo.
Con sus dedos grandes y carnosos, el practicante estuvo lavoteándome y cosiéndome la cabeza sin que yo chistase. Fue la primera sensación de desgarramiento, de dolor de la carne, de gasas y vendas que tuve en mi vida. No me desagradó demasiado. Todavía recuerdo con una rara complacencia aquella cura dolorosa, aquel practicante impasible y aquella tarde suave en la plaza de San Lorenzo, cuando al salir de la Casa de Socorro me encontré en ella con la cabeza entrapajada.
Al volver a casa fue más doloroso y más feo. Era ya en mis oídos una obsesión aquella cantinela:
—Este niño se está volviendo más malo cada día.
Me mandaron a la escuela, como castigo. Era, de verdad, un castigo aquel caserón triste, con aquellas cuadras húmedas y penumbrosas y aquellos maestros malhumorados, en los que no suponíamos ningún humano sentimiento. Se decía que el edificio de la escuela había sido en tiempos una de las prisiones de la Inquisición, y había corrido la voz entre los niños de que en los sótanos se conservaban los aparatos de tortura que usaron los inquisidores. Todo aquello daba a la escuela un aire siniestro. Lo temíamos todo, y cuando traspasábamos aquel portalón sombrío, era como si nos metiésemos en la boca del lobo. Frente al maestro teníamos una actitud hostil y desesperada de alimañas cautivas. El miedo real a la palmeta y un terror difuso a no sé qué terribles torturas inquisitoriales que nos imaginábamos, nos acorralaban ordenadamente en los duros bancos de la escuela. Una vez un maestro se entusiasmó golpeando a un niño. Le tiramos un tintero a la cabeza y nos fuimos.
Yo no fui a la escuela más que desde los cuatro hasta los ocho años. Me enseñaron a leer y escribir dolorosamente, es cierto, pero muy a conciencia. Esa fue toda mi cultura académica.
Por entonces nos fuimos a vivir a Triana. Caímos en una casa de vecindad de la calle Castilla. Allí murió mi madre. No recuerdo de ella sino que era muy joven y muy guapa. Cuando se murió, las vecinas la amortajaron y le soltaron las trenzas, poniendo su gran mata de pelo extendida sobre la almohada. Me acuerdo del perfil sereno de mi madre aquel día y de su pelo negro, caído sobre los hombros afilados y el pecho hundido. Pusieron la cama de la muerta junto a una ventana que daba a un corredor, por el que toda la mañana estuvieron desfilando las vecinas que iban a llorarla. Debieron sentirla mucho: por joven y por guapa. Las vecindonas de todo el barrio, haciendo un alto en sus faenas, acudían arremangadas y con dos hijuelos a rastras para ponerse delante de la ventana de nuestro cuarto a mirar a mi madre muerta, a gemir por ella y a ponderar su mata de pelo. Yo, desde el rincón del patio donde me habían confinado, las veía ir tristes y volver sollozando. Nadie me hacía caso. Cuando, poquito a poco, me acercaba, un pariente o un vecino me empujaba suavemente diciéndome:
—Anda, Juan, vete a la puerta de la calle a jugar con los niños.
Por la tarde, a la hora del entierro, me pusieron un babadero negro y me echaron a la calle a jugar. Vinieron, mandados por sus madres, unos niños y me propusieron que jugásemos a las bolas. Mientras jugaba con ellos, yo seguía disimuladamente con la vista los preparativos del entierro, el entrar y salir de los deudos y amigos, todo aquel ajetreo lento y silencioso. A medida que caía la tarde, una gran tristeza iba cayendo sobre mí. Yo estaba allí jugando con mis amigos como si tal cosa, pero allá en lo hondo me nacía una amargura, un desconsuelo que antes no había sentido. Era una sensación de soledad, de vacío, de no ser nada. No me hacían ningún caso. «Tú, a jugar con los niños» me habían dicho, y, resignadamente, yo jugaba con ellos y jugando me distraía mientras se llevaban a mi madre muerta, pero sin que se me cayese del pensamiento aquella cavilación de la soledad en que me dejaban, aquella pena discreta, contenida, de niño que se da cuenta y no quiere que lo adviertan, aquella amargura de que no me hiciesen caso, de que no me diesen vela en aquel entierro que, lo adivinaba, era el entierro que más hondo había de llegarme en la vida. Con esta maquinación jugaba a las bolas, y jugando me divertí hasta que fue de noche y vino mi padre a llevarme consigo de la mano.
Esto fue lo que yo sentí cuando se me murió mi madre, siendo yo un chavalillo.
Como a todos los niños a los que se les muere pronto la madre, me dieron —o me tomé yo— un aire prematuro de hombrecito. Dejaron de llevarme a la escuela y me metieron en la tienda de quincalla para que ayudase a mi padre. Con el establecimiento de la calle de la Feria se había quedado en definitiva un tío mío al hacer las partijas de la herencia de mi abuelo, y mi padre abrió por su cuenta una tiendecita en un hueco del mercado de Triana. Era un tenderete que teníamos que montar todos los días al amanecer, sacando a la calle los tableros, los caballetes y las cajas con los géneros. Los jueves, además, desmontábamos el puesto, y en un carrillo de manos lo trasladábamos a la calle de la Feria. Empujando el carrillo iba conmigo otro tío mío, que tendría los mismos ocho o diez años que yo tenía. ¡Cómo nos regocijaba meter las ruedas del carrillo en los raíles del tranvía y lanzarnos a carrera abierta por las calles en cuesta abajo! Estas faenas eran divertidas. Lo terrible para mí era estar en el puesto, y, sobre todo, vender.
Antes de dejarme solo en la tienda, mi padre, cuando iba a tomarse una copa en la taberna de la esquina, me hacía prudentes advertencias:
—Fíjate bien a cómo vendes, aguanta el regateo, no te dejes convencer, suena bien la moneda que te den para pagarte, y, sobre todo, ¡no le quites ojos a las manos de las algabeñas!
