El maestro Juan Martínez que estaba allí - Manuel Chaves Nogales - E-Book

El maestro Juan Martínez que estaba allí E-Book

Manuel Chaves Nogales

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Como si de una novela de aventuras se tratara, Manuel Chaves Nogales (1897-1944) relata en estas páginas la odisea real de Juan Martínez, un bailaor flamenco que, junto a su compañera Sole, llega a Rusia en 1916 para buscar suerte ante la lujosa corte del zar. Pero el estallido de la revolución un año después transformará su viaje en un intento desesperado de sobrevivir entre los distintos bandos. Convertidos en testigos directos del caos y la miseria, se verán entonces obligados a tomar decisiones imposibles, presos de circunstancias que marcan el destino de quienes, sin quererlo, terminan atrapados en el torbellino de la historia. Prólogo de María Isabel Cintas

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Seitenzahl: 429

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Manuel Chaves Nogales

El maestro Juan Martínez que estaba allí

El triunfo del bolchevismo y la guerra civil en Rusia, vistos y vividos por un bailarín flamenco

Prólogo de María Isabel Cintas Guillén

Índice

Prólogo. Un bailaor de flamenco ante la revolución

París, 1914

Tú eres un espía

El espectro de la guerra nos persigue

El desvalijador de cadáveres

El gabinete número dos

Así fue la revolución de marzo

Mientras el segador afila su hoz

Lo que hice yo en Moscú durante los diez días que conmovieron al mundo

¡Han triunfado los bolcheviques!

La caza del hombre en las calles de Moscú

El mejor bolchevique que había en Rusia

Los militares se divierten

La derrota de los príncipes

Al servicio de la revolución en el ejército rojo

La gloria del atamán Petliura

Cómo se vive en plena guerra civil

Un hombre de frac entre los bolcheviques

Así mataba la Checa

El japonés Masakita, malabarista y verdugo

Cuando era más difícil comer que hacerse millonario

Asesinos rojos y asesinos blancos

Por qué triunfaron los bolcheviques

Jacobleva, el que fusiló a su padre

Los españoles en la revolución bolchevique

«¡Tío! ¡Tío!»

La fuga

Resurrección

Apéndice gráfico documental

Créditos

Prólogo

Un bailaor de flamenco ante la revolución

Unos días antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, Sole, una moza de pueblo, alegre y bonita como una onza de oro (así se la define en el relato), intenta mantener el equilibrio de sus tacones sobre el calvario pedregoso de la rue Lepic, en el barrio parisino de Montmartre. Va a encontrarse con Juan, bailaor de flamenco, su pareja en el baile, porque ambos firmarán un contrato para actuar en Turquía. Las cosas están difíciles para los artistas en este París a donde acuden buscando refugio los más avanzados representantes de todas las artes, que se reagrupan, se protegen entre ellos y se aúnan en este reducto de la ciudad, donde las vanguardias inician los siempre difíciles primeros pasos. Así, por ejemplo, los artistas españoles que han visto declinar la afición del personal nacional por los bailes y cantes característicos de nuestras latitudes encuentran un refugio de supervivencia en una ciudad abigarrada, hervidero de exiliados, cuna de todos los experimentos que algo más tarde serían el orgullo del mundo.

Y en efecto, algo más tarde, concluida la Gran Guerra, ya en el quicio de los años veinte a los treinta, París continúa siendo en verdad un hervidero: la vanguardia artística sigue buscando su acomodo en medio de un mar de exiliados de la revolución rusa de 1917, que han llegado hasta aquí y aquí esperan la subversión del orden, la vuelta al gobierno autárquico, la paz que produce el descanso en los viejos cauces de vida. Todas las conmociones sufridas en el entorno acuden al ambiente cosmopolita, abierto y prometedor de la vida en Francia; para los españoles es también un respiro la tranquilidad que supone la cercanía de un territorio abierto a lo nuevo, donde las censuras no se impongan y se admire lo que aquí dentro de España se desdeña. Por ejemplo, el baile flamenco. Si quiere usted conocer los secretos del baile y el cante flamenco ha de encaminarse a París, a los alrededores de la Place Pigalle, en el mundo abigarrado de Montmartre; es el sitio para conocer los pasos, bien bailados, de la farruca, el garrotín, las bulerías o el zapateado; en definitiva, los palos más profundos y genuinos del flamenco. París es la sede de la flamenquería que España desdeña; el baile flamenco se ha acabado en España. Lo despreciábamos, lo poníamos en ridículo, y emigró.

Como espacio de acogida del detritus artístico de Europa, aquí se recibe y se da vida a los litúrgicos pasos del ballet ruso, exiliado de las cortes imperiales; a los experimentos vanguardistas de Man Ray; a los movimientos ceremoniosos e innovadores de Vicente Escudero y su troupe; a los recursos sorprendentes del nuevo arte de «La Argentina», «La Joselito», «Teresina», Montoya… y Juan Martínez, maestro de bailaores, modelo para franceses, americanos y rusos, de lo «nuestro», del buen baile. Aquí, en París, se puede vivir del genuino baile y cante flamenco; en España eso ya no es posible. Confiesa con nostalgia Juan al periodista: «En todo el mundo no había un baile como el nuestro; yo he tenido en mi academia a los bailarines más famosos, que han venido a aprender los pasos del flamenco; bailarinas rusas, bailarinas de puntas; todas han venido a caer en “lo nuestro”, sorprendidas y maravilladas». Incluso el innovador Vicente Escudero, «virtuoso del flamenco, vanguardista rabioso, flamenco pasado por Picasso, que sale a bailar estilizaciones rítmicas de Falla con unas castañuelas de hierro», confiesa a Chaves Nogales tener miedo a no gustar en España. Si volviera.

Pero es difícil la vida y dura la competencia. Los exiliados rusos, que forman en la ciudad una colonia bien nutrida y mejor organizada, tienen recursos para subsistir, aprender, e integrar, en tanto la historia se recomponga y vuelva al cauce esperado que les permita volver a su tierra. En la espera no tienen reparo en trabajar como músicos, modistas, cineastas, peliculeros, maestros de mil artes… y aprendices del baile flamenco, entusiasmados, como dice Martínez, «con el jaleíllo de las caderas» de este baile.

Juan y Sole, de nombre de arte «los Martínez», han de atravesar una complicada geografía para poder sobrevivir en momentos y latitudes difíciles. La bataola de la vida los lleva de París hasta Rusia alrededor de 1917, a tiempo aún de tener una actuación ante los zares. Pero la revolución subvierte cualquier atisbo de normalidad en el país y la pareja se encuentra zambullida en el desenvolvimiento de una de las situaciones más complicadas de la historia y una, también, de las más influyente en la vida, no solo de Rusia, sino del mundo. A España le cogen de lleno las consecuencias de los acontecimientos.

A ese París había llegado en los albores de los años treinta un periodista español, buscador incansable de las raíces de los acontecimientos. No era su primera visita a la ciudad, ya que desde 1924 solía acudir en busca de información para los trabajos que comenzaba a realizar para Heraldo y otros periódicos madrileños. Pero es en los últimos años de la década cuando, tras recibir el Premio Mariano de Cavia de 1927 y conocer con él la experiencia de los viajes en avión, prendado de este sistema de desplazamiento eficaz, aunque peligroso, abraza la costumbre de utilizar ese medio; y el viajar tan alto le permite despegarse del análisis a ras de suelo. Es una verdadera conmoción en los ambientes periodísticos madrileños el uso de la nueva forma de desplazamiento que hace este joven periodista de apenas treinta años, que, sin miedo al peligro, recorre Europa y toda la Rusia soviética, con el objetivo de inyectar un nuevo interés en la prensa por lo que ocurre más allá de las fronteras patrias, al tiempo que intentar sacudir la modorra nacional, que se mira el ombligo con concursos periodísticos como «la muñeca de España»; prensa atada por una censura férrea y unos medios complacientes con ella. La dictadura de Primo de Rivera quiere hacer olvidar que en Europa están ocurriendo cosas trascendentales, y los españoles son incapaces de romper ese aislamiento. Desde Heraldo,Chaves olfatea el paso de la prensa sedentaria y conservadora a la prensa industrial. Los viajes aéreos que comienzan a activar la aventura y el riesgo, unidos a la curiosidad y el interés, llevan al periodista a postularse para ir a Rusia a ver cómo marcha aquella revolución emprendida en 1917 con la intención de cambiar el mundo. Y así realiza un periplo aéreo de 10 000 kilómetros, emulando la hazaña del comandante Ramón Franco quien, acompañado de Julio Ruiz de Alda, Juan Manuel Durán y Pablo Rada, hará un largo viaje aéreo a bordo del Numancia.

Y lo que vive Chaves lo cuenta primero en su periódico y más tarde en un libro: La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929). En él completa el paseo por una Europa que, no contenta con la primera, parece prepararse para una nueva guerra. Y el interés por el tema de España en Europa se dispara… tanto como se incrementa la venta de los periódicos. El éxito del reportaje como género periodístico está asegurado.

El periodista viajaba pues a París siempre que la ocasión se presentaba. Durante esas estancias en la ciudad, por las noches, gustaba de recorrer los cabarets y cafés cantantes y danzantes donde se acumulaba un personal variopinto, de distintas nacionalidades y apetencias, que buscaban acallar sus nostalgias con encuentros de evocación y descanso a la espera de tiempos mejores. Ya en 1930 advirtió de la presencia de emigrados rusos en la sociedad de la capital francesa y, tras entrevistarlos, compuso un nuevo reportaje titulado Lo que ha quedado del imperio de los zares. Es un libro del mayor interés para conocer la otra cara de la revolución bolchevique, la de los perdedores, la nobleza, los militares, el clero, y todas sus consecuencias. El reportaje apuntadoexplicita cómo se las ingenian para sobrevivir las grandes damas de la nobleza rusa, ahora venidas a menos; los artistas, los músicos, los bailarines; los militares; los popes y «papadias»; los estudiantes. Toda una abigarrada multitud de exiliados en lucha por la supervivencia, que buscaban subsistir convalidando sus conocimientos musicales o artísticos y haciendo de ellos nuevas formas de vida. Publicado en entregas o crónicas del 27 de enero al 22 de febrero de 1931 en el recién creado periódico Ahora,iba ilustrado con numerosas fotografías que añadían un plus de verosimilitud, belleza e interés al relato directo de esos perdedores de la revolución de 1917, diáspora que produjo la dispersión de casi un millón de exiliados en el mundo. Solo en Francia se concentraron más de medio millón. La lucha por la supervivencia de estas personas se narraba en verdaderas novelitas folletinescas. Y su pertenencia a las clases acomodadas en el régimen zarista las envolvía en un halo de misterio e interés al que pocos podían resistirse. Chaves Nogales supo sacar partido de este material antes prepotente y ahora herido, aunque no humillado, entrevistando a los más conspicuos representantes de las distintas clases perdedoras: los Románov, Cirilo I, Anastasia, Rasputín, los Grandes Duques, los generales (Miliukov, Kerenski), los cosacos, los ucranianos…

¿Qué sentido puede tener hoy abocarnos a la lectura de los acontecimientos que tuvieron lugar en la Rusia poszarista y revolucionaria hace más de un siglo? ¿Cómo es que Rusia sigue despertando nuestra atención y recurrimos a revolver su historia, como si ello nos pudiera ayudar en el tránsito de conocer —y asimilar— la nuestra? ¿Nos resultaba —nos resulta— un país atractivo por su exotismo, o por su lejanía?

En verdad, una curiosidad histórica ha llevado a nuestro país a querer penetrar en los resortes de los acontecimientos que nos causaron una tremenda conmoción, que fueron modelo de reivindicación en el primer tercio del siglo xx, cuando se llegó a admirar la respuesta del pueblo ruso a una opresión de siglos y a buscar y ejecutar soluciones drásticas que conmovieron las estructuras vitales de aquel inmenso país. Que la clase trabajadora liquidara el gobierno autárquico de los zares y devolviera al pueblo su poder para la autogestión fue un hecho que causó admiración en el mundo entero. Las reformas llevadas a cabo en Rusia atrajeron la curiosidad de occidente y ya muy pronto se comenzó a leer a Tolstói, a admirar a los autores rusos, a escuchar y reverenciar a sus músicos y bailarines (Stravinski, Diághilev, Pávlova); a considerar, como proclamó Valle-Inclán, que Rusia era el porvenir del mundo.

En la España de 1934 el Gobierno de la Segunda República, legítimamente instaurado tras haber salido de las urnas en 1931, sufría los embates, cada día más fuertes, de sus oponentes: los militares, los terratenientes, las fuerzas reaccionarias enemigas de cambios, incluso la Iglesia, se sentían llamados a la insurrección frente a los intentos del nuevo Gobierno por adecuar los comportamientos feudales a los nuevos tiempos. La situación provocaba huelgas, manifestaciones, inestabilidad política; hasta llevó en un salto adelante a la ocupación del territorio de Ifni por una España que arrastraba las heridas de la guerra con Marruecos; los problemas que se vivían fueron incluso el detonante de la insurrección de Asturias en el mes de octubre. Duros reveses que hubo de enfrentar el Gobierno, debilitado por embates a la izquierda y a la derecha. De la izquierda, que enarbolaba la bandera de la revolución como respuesta a los males del país. De la derecha, que veía en peligro sus privilegios y buscaba no salir hacia caminos inciertos. En este contexto conflictivo aparece el reportaje de las andanzas del maestro Juan Martínez, que se había publicado en la revista Estampa entre marzo y septiembre de 1934 y que viene a mostrar a los españoles la otra cara de esa revolución que mantiene obnubilada a una parte del país. Porque en 1934 la palabra que sobrevuela la vida española cuando se intenta una solución a los mil problemas que la sociedad sufre es «revolución».

Chaves Nogales (redactor jefe de un periódico aparecido en diciembre de 1930 y que hizo declaración de centrismo político una vez proclamada la República), periodista ya bregado en 1934 en los asuntos que afectan a la nueva forma de gobierno asentado en España desde 1931, advierte como informador que los acontecimientos históricos están causando problemas a los españoles, un sector importante de ellos admirador de aquella revolución que ha llevado al poder a los bolcheviques, manifestación palmaria de que es posible subvertir el orden y acabar con los gobiernos dictatoriales y con el poder absoluto, por muy absoluto que este sea. El periodista, enemigo de toda clase de dictaduras, cree firmemente en la democracia como norma de convivencia. Como dijo de sí mismo algo más tarde: «Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones» (prólogo de A sangre y fuego, 1936). Pero en 1934 los ánimos estaban muy alterados y la confrontación entre orden y revolución estaba socavando la convivencia.

Los acontecimientos históricos que sirven de telón de fondo al relato de lo que fue la revolución rusa de 1917 por parte de Juan Martínez arrancaron el 26 de junio de 1914, cuarenta días antes de que se inicie la Primera Guerra europea; el bailaor Martínez y su mujer y compañera de baile, Sole, salen hacia Turquía antes del kemalismo, para cumplir con las actuaciones de un contrato que los llevaran a realizar un amplio periplo artístico por Constantinopla-Pera/Gálata-Estambul. De aquí pasaron a Bulgaria y Rumanía, y de ahí a Rusia, entrando por Odesa y Kiev, huyendo del hambre que los acontecimientos bélicos causaban. Pero en 1916 la guerra todavía no se notaba demasiado en una Rusia que, aún bajo el gobierno de los zares, conocía una relativa tranquilidad. En una soirée aristocrática, los Martínez llegaron a actuar ante los zares; y una tournée los lleva a Petrogrado, donde les sorprende la revolución de 1917. Zarandeados por los acontecimientos que todavía no entienden, pasan de uno a otro lugar en busca de la tranquilidad que les permita sobrevivir en un país ajeno: Moscú, Kiev, Gómel y de nuevo Moscú. Se ven inmersos en episodios de la guerra civil que se desarrolla en el inmenso territorio de la URSS y, sin escapatoria posible, han de incorporarse necesariamente a la vida rusa; Juan habrá de realizar muy diversos trabajos: comisario de abastecimientos, contorsionista de circo, animador con su arte de encuentros de bolcheviques…, pero, como ellos, pasará hambre y miserias, y observará un comportamiento digno de los más destacados episodios de la novela picaresca. Pasaron hambre, en efecto, como la pasaron los proletarios bolcheviques; por eso triunfó la revolución, se advierte en el relato, porque los propios bolcheviques pasaron tanta hambre como el pueblo.

Tras largos años de lucha por la supervivencia, atrapados los Martínez por los avatares como los propios rusos, en 1921 partieron desde el mar Negro hacia Turquía iniciando una huida de la situación. De aquí pasaron a Grecia y luego regresaron finalmente a París. Juan Martínez y su compañera Sole consiguieron volver a España, donde encontraron apagada la luz de la ilusión que los mantuvo en aquellas tierras rusas en medio del caos. Porque el verdadero folletín es la historia personal de Juan y Sole, que se cuenta, ya por boca del autor, en el capítulo final. Una vez vueltos al mundo occidental continuaron con su actividad artística en ámbitos internacionales, en los que llegaron a conocer el triunfo. Juan murió en Nueva York en 1961.

Fueron largas las conversaciones entre el periodista y el bailaor con el que Chaves se encontró y al que oyó contar su aventura a quien quisiera escucharla en algún rincón del cabaret Sevilla. Martínez hablaba una lengua endiablada, cruce de aprendizajes variopintos y obligados, que Chaves entendió y tradujo, al quedar prendado y prendido de un relato apasionante, justo y esclarecedor: «Claro es que el maestro Juan Martínez no dice estas mismas palabras. Él habla a su modo, con sus imágenes castizas plagadas de galicismos; pero a lo largo de su charla internacional, que pondría los nervios de punta a un académico, yo sé que quiere decir eso; y lo traduzco así», comenta el periodista.

Siguiendo la misma técnica que un año después empleará en la biografía del torero Juan Belmonte, una vez encontrado el personaje, Chaves Nogales lo presenta y lo pone en primer plano para que sea él, protagonista, el que hable, el que cuente. Y Martínez relatará al público lector sus experiencias y el público sacará sus conclusiones: el periodista es solo intermediario, y se cuidará de pontificar. No se trata de relatar las razones históricas de la revolución, sino solo de explicar lo que pasó desde la óptica y vivencias de los personajes, con los que el autor coincide como con Belmonte algo más tarde; periodista y protagonista del relato se entienden a la perfección.

Gran capacidad la de Chaves Nogales para conectar con un relato decisivo y convertirlo en la narración que consigue interesar por acontecimientos tan trascendentales al público medio, que no habría podido acercarse a los mismos desde la erudición y los datos, poco atrayentes, con que fue narrada, por ejemplo, por John Reed en Diez días que estremecieron el mundo (que Chaves conocía, ya que tituló así una de las secuencias del relato de Martínez). Otros, como Sofía Casanova, intentaron acercar al público a los decisivos acontecimientos. Pero pocos lograron una descripción tan jugosa, dramática y carente de dramatismo casi a partes iguales, desprovista de farfolla documental, asequible a quienes como Juan no entienden de política, ni quieren. Como señaló Víctor Fuentes:

En los años de la República, en una época de gran politización y de acontecimientos continuamente sobrepasados, la literatura documental, que informa sobre la realidad del momento y activa al lector, gozó de gran popularidad: desde la sublevación de Jaca hasta la insurrección de octubre del 34, todas las rebeliones populares tuvieron sus cronistas y los excesos represivos gubernamentales su denuncia. Como con la novela social, nuestros escritores tuvieron aquí, en la literatura de reportaje, el estímulo de maestros extranjeros del género como John Reed, Upton Sinclair, Ilyá Ehrenburg y otros, cuyas obras se divulgaron entre nuestros lectores en aquellas fechas (La marcha al pueblo en las letras españolas, 2006).

Por otro lado, Martínez proporcionó a Chaves un abundante material gráfico, aquellos documentos que guardaba de las experiencias vividas: programas de las tournées, fotos de las ciudades transitadas y de personajes intervinientes en los hechos… Cuando el relato apareció, el público lector pudo acercarse a los personajes, ambientes, lugares geográficos y acontecimientos con toda la plasticidad que los medios permitían. Es gozosa la contemplación de estos hechos amenizados por la visión de calles, monumentos y personas que vivieron la revolución y la posterior guerra civil. Y así, esa edición en prensa ilustraba doblemente los acontecimientos, con la palabra y con la imagen, con las «fotografías reales», como se aseguraba, ante el temor de que lo inverosímil de los hechos narrados sembrase dudas en el lector. En ella, tal como su autor la concibió, aparecían también bellas y abundantes ilustraciones del ilustrador gráfico Francisco Rivero Gil. Y así todos estos elementos infunden al relato una proximidad que no tienen las posteriores publicaciones en libro.

El reportaje sobre las andanzas en Rusia del maestro Juan Martínez, organizado en veintisiete entregas o capítulos, apareció en la revista Estampa entre el 17 de marzo y el 15 de septiembre de 1934, caracterizado como folletín-reportaje: «Testimonio auténtico y en todas sus partes veracísimo, de lo que fueron los años de la revolución bolchevique y la guerra civil en Rusia, para mostrar a los españoles cómo es una revolución social». Eso por lo que clamaban ciertos sectores de la vida española, lo que algunos querían repetir siguiendo el modelo ruso.

El relato presenta los rasgos del relato clásico con planteamiento, nudo extenso y desenlace rápido, y se abre y cierra con la presencia del narrador, que tan solo se insinúa, para dejar toda la historia a su protagonista estrella, el bailaor de flamenco, maestro Juan Martínez. Como era habitual en este tipo de relatos publicados en entregas periódicas, que se cortan en un momento interesante y que el lector retomará una semana más tarde, tanto el cierre como el inicio de cada una de las entregas o capítulos han de tener la capacidad de enganchar al lector, que se mantendrá con el ánimo suspendido por la intriga y volverá más tarde sobre los hechos. Y los cierres de cada capítulo volverán sobre la misma técnica: suspense, intriga, pregunta que queda en el aire… Otro tanto se hacía en los relatos del realismo francés. Hay por ello en Chaves Nogales maestría dentro de la tradición.

Todos los personajes que pueblan el relato son reales. Se articulan en dos planos: por un lado, Martínez, destacado como protagonista, y junto a él, en un segundo plano, como era habitual en la época, su compañera Sole, compañera de baile y de vida, pero desdibujada como mujer y con opiniones tímidas y poco resolutivas o decisorias, ya que la voz cantante de la relación y del relato la lleva él, Juan, piloto de la nave, autoridad indiscutible, pero compaginable con la belleza de ella. Junto a la pareja protagonista, en un tercer plano, aparecen sus compañeros, los artistas de cabaret que también tienen que sobrevivir en esta tierra ajena: las hermanas Ramírez, los hermanos Fernández, la «Catalanita», el clown Antonio Pérez («Zerep»), los Mendoza, los Gerard, Angelita Mignon; personajes reales a quienes ha sorprendido la revolución en aquellas tierras en el ejercicio de sus funciones artísticas. Todos se mueven con el fondo de los personajes también reales de la revolución bolchevique: los zares, Rasputín, Kerenski, Lenin, Trotski, Petliura, Denikin, Wrangler…; amigos de los rusos o de Martínez (como Ramón Casanellas). Toda una galería que infunde color a un relato ya de por sí caleidoscópico, a veces abigarrado y siempre sorprendente para el público español, que recibe las noticias de aquellos acontecimientos con ánimo al tiempo sorprendido y expectante.

Los hechos son reales y los personajes también; no cabe la fantasía en un reportaje, y así se publicita («novela de la realidad que supera todos los folletines»), ya que el apoyo en la realidad es la primera pulsión del periodista, que transmuta a Martínez. «Esos espantosos relatos de guerras y revoluciones que el maestro Martínez hace en estas páginas con escrupulosa fidelidad histórica y prodigiosa exactitud de detalle» son la base en que se asienta el relato. Y en la edición en prensa, las fotografías corroboran la veracidad de los hechos: «auténticas fotos», «documento gráfico auténtico», «foto histórica», se asegura…; lo gráfico forma parte esencial de la narración, que a veces llega a recibir la confirmación de verdad de algún lector interactuante en la edición de prensa, de lo que se da cuenta en notas del propio periódico. Por si el carácter folletinesco que se le atribuye lleva a alguien a la duda de su veracidad, las fotos que aparecen en otras páginas de la revista confirman que esa realidad es más cierta que cualquier fantasía que pudiera llegar a imaginarse. El pie de la fotografía «Así mataba la Checa» aparece como uno de los testimonios más veraces de aquella época de terror, al reproducir la escena real de una ejecución tal y como se verificaban a diario centenares de ellas en los calabozos de la Checa.

¿Y cuál era la situación social en España en el momento de la publicación? La experiencia republicana había conducido a la sociedad española —o a una parte importante de ella— a decantarse por la revolución social de carácter izquierdista. La prensa estaba llena de alusiones a la vida rusa, interesaba en el momento todo lo relativo a las costumbres de vida y personajes de aquella revolución: cómo vivían, qué comían, cómo llevaban las relaciones amorosas, cómo eran en su desenvolvimiento cotidiano, extremos todos que el periodista conocía bien gracias a sus viajes por la URSS en 1928 y por el seguimiento del transcurso de la implantación de las ideas revolucionarias en España en los años que iban desde la constitución de la República, que él conocía por haber pisado el terreno en diversos puntos del país y haber hablado con los detentadores de esos principios. Y Chaves hace evidencia de esos sentimientos elaborando un relato que pone en boca de un testigo directo de la revolución bolchevique, un bailaor de flamenco al que había conocido en París en 1930, que tenía a su vez experiencia directa de los acontecimientos que se relatan por haberlos vivido. En ello reside la originalidad del relato, en presentar la experiencia directa de Martínez en aquella lucha fratricida, en la que no se salvan ni zaristas ni revolucionarios.

Porque, se cuenta, hubo maldad en ambos bandos: «asesinos rojos y asesinos blancos, todos asesinos». Y la primera y última víctima era el pueblo indefenso. Contados los acontecimientos con un inteligente tono humorístico, la tarea de salvarse de ser tildado de revisionista por las izquierdas se contrapesaba con el hecho de pasar por izquierdista para las derechas. Así lo contó el autor, solo dos años más tarde: «De mi pequeña experiencia personal puedo decir que un hombre como yo por insignificante que fuese había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por unos y por otros» (prólogo de A sangre y fuego,1936).

Los acontecimientos están descritos en toda su crudeza: el relato de una revolución como la rusa, que afectó a trescientos millones de personas, no puede ser ajeno a la convulsión que conlleva. Pero al mismo tiempo un velo de humor envuelve los más dramáticos acontecimientos, humor que quiere ser crítica y que rebaja la tensión que los envuelve: así la revolución de marzo de 1917 la pasó Martínez, según él cuenta, haciendo cola en una panadería de Petrogrado; la de octubre, bailando por bulerías en un cabaret vestido de flamenco; y «Los diez días que estremecieron el mundo», jugando a las cartas, escondido:

Bailando por bulerías en el tabladillo de Alpinskaia Rosa estaba yo una noche de noviembre cuando vi llegar al portero con la cara descompuesta. Subió al tablado, mandó parar la orquesta y gritó:

—¡Ha estallado la revolución! ¡Sálvese quien pueda!

[…] Yo me encontré en medio de la calle vestido de corto, con chaquetilla de terciopelo y alamares. Un traje a propósito para una revolución.

Hay en el relato un humor que a veces se tiñe de dramatismo y otras de chovinismo, en un intento continuado de imparcialidad por parte de los protagonistas, que buscan ponerse siempre en el lugar del ciudadano que solo se interesa por los temas políticos si le afectan de cerca: «Yo no me he querido meter en política», «yo de esas cosas no entiendo», en un guiño irónico al lector para explicar lo inexplicable: «A mí la política no me interesa». Pero tal aseveración no es cierta: las reflexiones de Martínez sobre lo que ocurre son auténticos esbozos de teorías políticas sobre la revolución bolchevique, la guerra civil consiguiente y las atrocidades de ambos bandos, sus discursos llenos de mentiras, su mirar por sí mismos sin importarles los demás, sus crímenes y sus rapiñas: en su opinión ambos bandos eran iguales. Claro está que estas opiniones radicales que manifiestan los personajes hubieron de causar conmociones encontradas en el ánimo de los españoles.

Unos años antes del encuentro en París entre el periodista y el bailaor, a finales de 1931, Chaves Nogales había recorrido los pueblos andaluces de las provincias de Córdoba, Sevilla y Cádiz en el intento de analizar la situación de un campesinado que sufría los rigores de la puesta en marcha de la Reforma Agraria, que afectaba a esos campesinos y causaba enfrentamientos entre señoritos terratenientes (los amos) y braceros empobrecidos. Una serie de artículos que completan el reportaje «Con los braceros del campo andaluz» explican las dificultades que surgen en el seno de las reformas que se pretenden entre los campesinos y las nuevas ideas que aportan personas que buscan el cambio de las estructuras de poder. Un año y medio después, en enero de 1933, Chaves Nogales vuelve a Andalucía y Extremadura y comprueba la radicalización de una sociedad que vive con temor el encuentro de los extremismos de izquierda y derecha. El anarcosindicalismo está creciendo, o al menos se está radicalizando. Ya no se acepta la pobreza sin más de los obreros y proletarios, sino que, crecidos por teorías no asimiladas al completo, o al menos no bien asimiladas, esas personas, «teniendo la suficiente sensibilidad para percibir la injusticia social son incapaces de una reacción inteligente, de una actuación social lógica, perseverante y tenaz. Virtud o vicio de nuestra heroicidad racial. Es más fácil ser héroe un día que hombre durante toda la vida», en opinión del periodista. Y así se pierde ese impulso regenerador del campesinado, capaz «de plantarse un día delante de los casinos y descuartizar al “marqués de Dios”,pero incapaz, absolutamente incapaz de defender hora tras hora y día tras día su dignidad humana, su condición de ciudadanos y sus derechos de trabajadores frente a los poderes arbitrarios, feudales, que les han impedido llevar una existencia digna». Con toda seguridad Chaves Nogales, inmerso en la realidad del momento, no supo discernir o defender con claridad que esa era precisamente la tarea que intentaba llevar a cabo la República, y que tal vez podría haber cumplido si las fuerzas reaccionarias de los terratenientes, las clases conservadoras, la nobleza y la Iglesia no lo hubieran impedido. La miseria y el analfabetismo ancestrales eran barrera demasiado poderosa para ser arrasada en el breve espacio de tiempo de dos años. Y esa fuerza anarcosindicalista, desprovista de verdadera raigambre, es «el enemigo más fuerte de la República», en opinión del periodista en ese momento histórico.

Con el relato de lo que fue la revolución bolchevique y la posterior guerra civil rusa Chaves pretende dar una lección de madurez y responsabilidad que aleje de la ofuscación que puede causar el señuelo de la revolución. En ella, en la rusa, ni rojos ni blancos se salvan. Es el pueblo indefenso el que sufre los rigores y las consecuencias de la revolución. Los que no pasan hambre con el pueblo, no sirven de modelo. Solo los bolcheviques pasaron hambre. Por eso triunfó la revolución.

Tan solo un año más tarde aparecerá en la escena española que Chaves retrata un personaje similar a Martínez en algunos aspectos, aunque esta vez referido a la situación de ámbito nacional, Juan Belmonte. Si Martínez cuenta sus experiencias de finales del zarismo y principios del comunismo, desde un pretendidamente imparcial punto de vista acorde con la mentalidad del periodista, también la historia se repite con un torero triunfador en el momento, 1935, famoso, crítico, con sentido del humor, analista lúcido y acertado de la realidad española. Más con Belmonte que con Martínez, el público puede llegar a confundir al autor del relato con los personajes esenciales del mismo. De hecho, en el caso de Belmonte, la confusión autor/personaje alimentó por mucho tiempo la obra, llegando incluso a aparecer el nombre del traductor más grande que el del autor cuando Leslie Charteris compró los derechos de Belmonte y realizó una versión al inglés; y, en alguna otra versión, el nombre de Chaves Nogales llegó incluso a desaparecer.

El reportaje en entregas sobre las andanzas de Juan Martínez en la Rusia soviética tuvo mucho éxito y fue seguido con desigual aquiescencia por los lectores, aunque siempre con especial interés. Para algunos alertaba sobre «la maldad de los comunistas». Para otros fue clarificador, entretenido, pedagógico. Los lectores solían interactuar con el periódico y opinar sobre lo que se contaba, con lo que el interés popular y la implicación en los acontecimientos eran innegables. Y los personajes se sumergían en los acontecimientos de manera ejemplar, pasando penalidades con los bolcheviques y empatizando con sus sufrimientos. Ocurre lo mismo con Juan Belmonte. Ambos caen bien y se entienden con la gente porque saben respetar: «Yo digo que eso debe ser cosa de nosotros, los españoles», asevera Martínez.

El personaje de Martínez emerge sobre los acontecimientos narrados con una habilidad que lo convierte en un personaje perdurable y con caracteres de ejemplaridad. Incluso el título del libro, «que estaba allí», ha pasado a ser una muletilla identificativa del hecho de que el periodista es mejor cuando está presente en el lugar de los acontecimientos que se relatan. Martínez parece elevarse desde la sencillez de su expresión lingüística, con abundantes vulgarismos y expresiones coloquiales que recuerdan a Lázaro de Tormes y la novela picaresca, abundando los vulgarismos utilizados especialmente en el medio andaluz; y al uso de extranjerismos, en especial del francés y el ruso, que ponen en evidencia el ambiente cosmopolita en que la acción transcurre. Es asombrosa su capacidad de análisis de los resortes que mueven las actuaciones de las personas. Una capacidad de penetración sicológica que no puede por menos que encandilarnos como lectores a través de este recorrido, a veces dramático, a veces desenfadado, por uno de los aconteceres más decisivos de la historia de la humanidad.

Aunque hoy todos los críticos manifiestan haber conocido y leído este y todos los libros de Chaves desde tiempo inmemorial, el caso es que tras su publicación en entregas y el inmediato éxito consiguiente en libro de editorial Estampa fue sepultado por el olvido durante cuarenta años. Como ocurrió con Belmonte, rescatado por Alianza Editorial y gracias al empeño de Javier Pradera, también El maestro Juan Martínez volvió a la luz en 1992 gracias a Editorial Castillejo, aunque la edición pasó sin pena ni gloria y los libros se vendieron en saldo en El Corte Inglés. Desde el epílogo de Josefina Carabias para la edición de Alianza, el maestro Juan Martínez dejó constancia de su existencia durante todos esos años, sin que sirviera de mucho. Fue en 1993 cuando la Diputación de Sevilla me encargó la recopilación de la obra de Chaves para iniciar su colección Biblioteca de Autores Sevillanos olvidados cuando lo incluí en la Obra narrativa completa. Hubo que esperar de nuevo catorce años, hasta 2007, para que Libros del Asteroide y La Table Ronde hicieran sendas ediciones en castellano y francés. Actualmente es libro muy leído y comentado, incluso se han realizado versiones para teatro y teatralizaciones radiofónicas. La edición facsimilar aparecida en 2025 en Editorial Confluencias nos ilustra sobre Chaves Nogales tal como quiso contar. En la presente edición de Alianza se proporciona, en el apéndice al final del libro, una magnífica muestra de las ilustraciones y fotografías que acompañaron la salida del relato en la revista Estampa. Hoy un nutrido público ha conocido los avatares de la revolución rusa y la consiguiente guerra civil gracias al desparpajo, la filosofía picaresca, la gracia y la capacidad comunicativa de este bailaor de flamenco, que no era de Burgos, como dice el relato, sino de Cartagena. Nos relata un acontecimiento histórico, real y ficcionado en lo preciso por la maestría de este gran reportero que revolucionó el género y enseñó, como antes hizo su padre Manuel Chaves Rey con sus dibujos, aspectos de la historia próxima pasada con más eficacia, ejemplaridad y deleite que los libros a ello dedicados.

María Isabel Cintas Guillén

Tomares, verano de 2024

El maestro Juan Martínez que estaba allí

París, 1914

A la sombra espectral del Moulin de la Galette, en el calvario pedregoso de la rue Lepic, deslizándose junto a los jardincillos empolvados de los viejos estudios de pintor, que huelen a permanganato y aguarrás; cobijándose en las grietas de la desvencijada plaza de Tertre, en aquel paisaje lunar que es hoy el corazón de Montmartre, va haciéndose viejo mi amigo Martínez.

Martínez es flamenco, de Burgos, bailarín. Tiene cuarenta y tres años, una nariz desvergonzadamente judía, unos ojos grandes y negros de jaca jerezana, una frente atormentada de flamenco, un pelo requetepeinado de madera charolada, unos huesos que encajan mal, porque, indudablemente, son de muy distintas procedencias —arios, semitas, mongoles—, y un pellejo duro y curtido como el cordobán.

Hace veinte años, cuando Martínez vino a Montmartre, era un mocito chulapo de pañuelo de seda al cuello, hongo y pantalón abotinado. Bailarín, hijo de bailarín, granujilla madrileño y castizo, con arrequives de pillo de playa andaluza, pero muy mirado, de una peculiar hombría de bien y una moral casuística complicadísima, había robado a Sole —una moza de pueblo, alegre y bonita como una onza de oro— y se había ido con ella a París de Francia.

Le enseñó a bailar aquel flamenco litúrgico con bata de cola y enagua almidonada, heredado del Salón Burrero y el café Silverio. Ella bailaba mejor, sin embargo, una jota trepidante de aldea celtíbera, cuyo sprint final le arrebolaba las mejillas tersas y le hacía palpitar —como buche de paloma en mano— los pechos, muy levantados y oprimidos por el alto corsé de ballenas.

Bajo la rúbrica imperial de «Los Martínez» se ganaban la vida bailando por los cabarets de Montmartre. Habían tenido un gran éxito en el Pigalle, en el Moulin Rouge y en un teatrillo de varietés que había entonces debajo de la torre Eiffel. Él era todo un hombrecito, y navegaba bien por aquellas sirtes del Montmartre cabaretero del año 1914, entre maquereaux, apaches, cabotinieres, agentes del chemin de Buenos Aires, pederastas, traficantes de neige, policías que les chantajeaban y honestos y sencillos ladrones. En este mundillo de la delincuencia parisiense, los españoles encuentran siempre la leal protección de ilustres compatriotas que gozan de un bien ganado prestigio.

Ella era muy simple, muy alegre y muy buena. Se había ido a correrla con aquel chiquillo simpático abandonando de súbito el cántaro y el refajo. Él, muy pintoresco, con una gruesa cadena de oro en el chaleco y unos luises en el bolsillo, quería ponerla a la moda, y la llevaba a las tiendas de la rue de la Paix, donde entonces vestían a las mujeres con unas robes largas, de tules incitantes, con aberturas y escotes muy aquilatados y fimbrias de piel o pluma. Era la época de los sombreros monumentales. Sole, la pobre, no sabía ponerse aquellos sombreros. Iba la peinadora y se los colocaba, según arte, pero apenas salía a la calle un movimiento brusco de la cabeza o un tropezón al subir al fiacre —aún había fiacres en París— hacía que el sombrero se ladease, y allí iba Sole arrastrando aquel promontorio desgraciado con su carita de Pascuas, que París entero se volvía a mirar.

Aprendieron a bailar el tango argentino, y como se querían mucho llegaron a bailarlo con un acoplamiento perfecto. Hubo entonces en París un concurso internacional de danza, y fueron proclamados los mejores bailarines de tango argentino del mundo. Les dieron una medalla conmemorativa, que Sole guarda todavía como oro en paño.

Pero aunque se europeizaban tanto y tan bien como si hubiesen sido pensionados de la Institución Libre de Enseñanza y ya ella, que no sabía leer ni escribir, podía ir sin desdoro a comer ostras a casa de Pruny, alternando dignamente con viejas damas royalistes, grandes duquesas rusas y cocotas de lujo, la razón seria del triunfo continuaba siendo el flamenco litúrgico y severo de él. Un día les buscó un empresario de Constantinopla. Quería contratar a Martínez para que fuese a Turquía a bailar flamenco, solo, sin música y encima de una mesa. Nada de mujer ni de frivolidades. Turquía era un pueblo serio. Pagaba una cantidad exorbitante. Juan y Sole se hicieron explicar qué era aquello de Constantinopla, preguntaron hacia dónde caía Turquía, averiguaron el valor de las piastras y se embarcaron en Marsella con rumbo a Oriente. Era el 26 de junio de 1914.

Cuarenta días antes de que estallase la Gran Guerra.

Martínez y los turcos

Y dice Martínez, ya por su cuenta:

—Fuimos a caer en un cabaret del Cassim, una especie de Bois de Boulogne turco, donde había teatros, cabarets, parque de atracciones y dancings. Allí se reunían gentes de todas las castas: turcos ricos que se quitaban las babuchas, se sentaban sobre las piernas, encendían el narguile y se pasaban las horas muertas inmóviles y con los ojos entornados; griegos escandalosos, derrochadores y flamencos, que por pura flamenquería rompían el vaso entre los dedos después de beber o le daban una dentellada en el borde, aunque los trozos de cristal les hiciesen sangrar los labios; hebreos españoles, serios y adinerados, que en medio de la juerga hacían una pausa cuando les llegaba la hora de las oraciones, sacaban un breviario y se ponían a rezar devotamente, ajenos a cuanto les rodeaba; industriales y burócratas franceses, muy gruñones y muy cicateros, pero buenas personas en el fondo; italianos listos y granujas, rusos borrachos…

»Yo tuve un gran éxito entre los musulmanes bailando el garrotín, la farruca y un baile por el estilo que se llamaba Moras, moritas, moras.

»¡Buen país Turquía y buenos hombres los turcos! Los extranjeros hacían pocas migas con ellos. Les molestaban, les irritaban siempre. Todo estaba dividido: una parte, para los turcos; otra, para los extranjeros. Nosotros, sin embargo, nos llevábamos bien con ellos. Ya ve usted. Yo soy de Burgos. Pues, a pesar de eso, estaba entre los musulmanes de Estambul como en mi casa. Me hacía cargo de sus costumbres, respetaba sus caprichos y ellos admiraban mi baile, me aplaudían, me llevaban a sus casas y me querían. Me entendía con los turcos como jamás pudo entenderse con ellos ningún francés ni alemán. Yo digo que esto debe de ser cosa del carácter de nosotros, los españoles. El turco es bueno y suave. Si no se le hostiga. Muy religioso. Se entra en la tienda de un turco cuando está haciendo sus oraciones, arrodillado en su tapiz, y no hay manera de que despache, ni siquiera de que le mire a uno. Entonces había en Constantinopla grandes disputas entre ellos. Se habían dividido en “Viejos turcos” y “Jóvenes turcos”, pero estas eran ya cuestiones políticas, y yo nunca me he querido meter en política.

(Esto último me lo dice Martínez con un gran ademán desdeñoso).

Antes de Mustafá Kemal

—La vida era barata: dos gallinas, cinco piastras; el ciento de huevos, cuatro piastras. Mucho oro, mucho champaña. Todo dividido. Pera y Gálata, para los extranjeros. Estambul, solo para los turcos y para los hebreos españoles. Había muchísimos. Hablaban un español muy raro. En el bazar de Estambul, los judíos españoles tenían riquezas enormes en pieles y brillantes. Estaban bien considerados. Los franceses eran, sin embargo, los más importantes. En el barrio europeo todos los letreros de los establecimientos estaban en francés. En Pera había más de diez mil griegos, todos ellos dueños de restaurantes y de cosas por el estilo. Allí hacían su vida los extranjeros. Había cabarets magníficos y mujeres de gran postín. El turco es espléndido, y las mujeres guapas derrochaban sin tasa. Había una, Ana Mackenzie, a la que llamaban «La reina del champagne», que ningún día dejaba de destapar, por lo menos, veinte botellas de champaña, que pagaban sus adoradores. Era bailarina, y había arruinado ya a varios altos funcionarios turcos. Tenía pasaporte americano, y gozaba de tales influencias que hacía expulsar de Turquía a quien le daba la gana. Se hizo amiga del jefe superior de policía, un bárbaro de origen armenio, a quien hizo mucho daño. Por culpa de Ana lo degradaron y lo mandaron a un destino de castigo. Cuando yo le conocí andaba por los cabarets emborrachándose por Ana. Después me he enterado de que le cortaron la cabeza cuando vino Mustafá Kemal.

Galantería turca

—El turco —observa Martínez— no se preocupaba poco ni mucho de las mujeres. Las tomaba cuando las necesitaba, como si cogiera el narguile, y las dejaba cuando se aburría de ellas. Eso sí: las dejaba cuidadosamente guardadas. Le echaba usted un piropo a una mujer turca —entonces yo no había perdido todavía la costumbre de echar piropos— y, aunque ella no lo entendiese, bastaba para que diese usted con sus huesos en la cárcel. Las mujeres iban por la calle vestidas de negro. En los tranvías había departamentos reservados para ellas. Cuando iban a pie, el marido caminaba siempre dos o tres metros detrás, como si fuese solo. Llevaban el velo levantado, y cuando iban a cruzarse con algún extranjero se lo dejaban caer sobre la cara. Las jóvenes tardaban más o menos en dejárselo caer, según fuesen más o menos guapas. Las viejas y las feas iban tapadas siempre. Les estaba prohibido vestirse a la europea. Solamente se atrevían a hacerlo algunas damas de la aristocracia, pero sin salir a la calle. Ni pobres ni ricas se asomaban a las ventanas ni salían a las puertas de sus casas jamás. Las viejas fumaban como chimeneas. Yo entraba frecuentemente en muchas casas de turcos ricos, porque iba a dar lecciones de baile flamenco a sus mujeres e hijas. Tenía que dar las lecciones en presencia siempre de dos formidables eunucos, que contemplaban cruzados de brazos y bostezando los apuros que yo pasaba para no meterles mano a las alumnas mientras les enseñaba el jaleíllo de las caderas, que es la alegría del flamenco. Pasaba muy malos ratos, porque las alumnas se equivocaban y se ponían a hacer el llamado molinete oriental, que, como todo el mundo sabe, no es flamenco, pero tiene lo suyo. Los turcos tienen dos clases de baile: el serio y el picante. El serio es el que se practica como espectáculo en grandes locales; el picante se baila solo en la intimidad, en los cabarets pequeños y en las casas particulares. La turca baila una especie de rumba a base del meneo de los hombros y el juego de las caderas. En los cabarets se acerca bailando lentamente a la mesa donde está su amigo, y, poco a poco, va echando el busto hacia atrás, hasta que el amigo saca una moneda de plata y se la pone en el pecho. Ella entonces coge la moneda y se la tira a los músicos. En Constantinopla era costumbre tirar dinero a los músicos. Los «patosos» les tiraban también vasos y botellas. Les gustaba mucho romperles los instrumentos y pagárselos luego espléndidamente. Cuando la bailarina turca se iba pasito a paso hacia la mesa de un castizo este se levantaba, cogía un pañuelo por las puntas y salía a bailar frente a ella, siguiendo el mismo ritmo. El hombre iba, poco a poco, avanzando, y la mujer se retiraba como asustada bailando siempre. Era una pantomima muy graciosa. Las bailarinas turcas llevaban desnuda la parte del vientre para que se viese la limpieza de los movimientos.

»En esto de las relaciones entre los hombres y las mujeres había mucha hipocresía, pero nada más. Para entenderse con ellas y ellos tenías que andar con muchos melindres. Las mujeres galantes hacían sus conquistas durante la tarde, en los parques públicos. Damas y caballeros galantes se entendían a lo lejos, sin hablarse, gracias a un complicado sistema de señales con la sombrilla, el bastón y el pañuelo.

El cura del cornetín

A los pocos días de estar allí se declaró la guerra. Yo no me di cuenta de lo que era aquello hasta que los directores del teatro donde trabajábamos, que eran franceses, nos dijeron que no podían pagarnos, que cerraban y que se iban. Fuimos a ver al cónsul de España. Como les pasa siempre a nuestros cónsules, no pudo hacer nada. Fui al puerto. No había más que tres barcos y eran millares los franceses que en un plazo de tres horas tenían que embarcar. No había plazas para mujeres. Después de muchas gestiones, el representante diplomático de Francia me consiguió un pasaje, pero lo rehusé porque no me querían dar otro para Sole. Los buques zarparon abarrotados. Llevaban gente hasta en los palos. Muchos franceses, sobre todo mujeres, se quedaron sin embarcar. Viendo cómo se alejaban los buques, aquellas pobres mujeres gritaban de dolor, se arañaban el rostro y se tiraban al suelo desesperadas. La guerra nos cogía de nuevas, y hacíamos muchos aspavientos. Después aprendimos a afrontar las cosas con más decencia. Yo estuve al borde del malecón viendo cómo se perdía la vista del último buque francés. En la popa, bajo la bandera tricolor, iba un cura francés, con su sotana y su teja, que cuando el buque soltó amarras sacó un cornetín e inflando los mofletes se puso a soplar La Marsellesa. Rojo, congestionado, estuvo soplándola mientras alcanzamos a verle y oírle.

Tú eres un espía

Guerra y dancings

Al principio la guerra no se notaba mucho, pero poco a poco todo fue cambiando. La gente tenía la cara cada vez más apretada, más dura. Ya no volvimos a ver caras anchas, abiertas, sonrientes, hasta muchos años después. Y, la verdad, creo que caras amables como las de antes de la guerra no se han vuelto a ver por las calles de Europa.

Los cabarets no se cerraron. Al contrario, parecía que la gente tenía más ganas de beber y de tirar el dinero. Sole y yo caímos en un cabaret de ínfima categoría, el Kataclun, donde acudía una clientela escandalosa y derrochona; los marinos. El dueño era un griego sinvergüenza que engañaba a su padre. Cinco meses estuvimos allí, siempre con el alma en un hilo por los escándalos, los desafíos y las bestialidades de aquella canalla. Entonces conocí a fondo la mala vida de Constantinopla, aquellos chulos turcos con una oreja cortada invariablemente, aquellas bailarinas guapas, gordas y bestias, aquella morralla internacional de griegos, armenios, búlgaros, tíos de donde Cristo dio las tres voces, todos ladrones, todos pendencieros, que parecía que los llamaban a Constantinopla como con reclamo. Pero ya entonces empezaron a llegar los alemanes, y se pusieron a limpiar aquello de indeseables.