La casa de las orquídeas - Phyllis Shand Allfrey - E-Book

La casa de las orquídeas E-Book

Phyllis Shand Allfrey

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Beschreibung

A lo largo de su vida, Phyllis Shand Allfrey (1908-1986) se dedicó con notable pasión a la literatura, el feminismo y el activismo político. Como escritora, recibió un importante reconocimiento por su poesía y sus relatos, pero muy especialmente por su primera novela, que esta edición ofrece traducida al castellano por primera vez. "La casa de las orquídeas" (1954) representa un clásico temprano de la literatura del Caribe. A lo largo de sus páginas, fuertemente marcadas por la vida de la propia Allfrey, asistimos a un hermoso retrato de la sociedad y la naturaleza en Dominica, una lejana y pequeña isla de las Antillas Menores que, no obstante, constituye un microcosmos del colonialismo europeo y un paradigma del Caribe como mar de encuentros y fusiones. Imbuida de nostalgia, la novela nos presenta a tres hermanas de una familia empobrecida por la decadencia de la plantocracia que regresan a Dominica tras haber hecho sus vidas en el exterior. Allí se reencuentran con Lally, su antigua niñera, que las guiará en la intrahistoria de sus propias raíces y las invitará a resituarse con respecto a sus orígenes y sus distintas formas de vivir.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Phyllis Shand Allfrey

La casa de las orquídeas

Edición de Lourdes López Ropero

Traducción de Ana Bustelo Tortella

CÁTEDRALETRAS UNIVERSALES

INTRODUCCIÓN

Waitukubuli, Dominica, Dominique: la isla como paradigma del colonialismo europeo

«Belleza y decadencia, belleza y enfermedad, belleza y horror: eso era la isla». Estas palabras encapsulan el retrato que de la isla caribeña de Dominica ofrece la novela La casa de las orquídeas (1953) a través de dos generaciones de una familia blanca durante el declive del Imperio británico en la primera mitad del siglo xx. Un patriarca traumatizado por su experiencia en la Primera Guerra Mundial y dependiente de los opiáceos que le suministra su tabaquero haitiano simboliza la decadencia de la plantocracia, progresivamente arruinada tras la emancipación de los esclavos, aislada y desplazada por los nuevos cambios sociales, situación que es evocada por la metáfora botánica que da título a la novela. La historia está narrada por la niñera afrocaribeña de la familia, cuya mirada crítica, que se remonta a las primeras décadas del siglo, combina lealtad y una incipiente receptividad a los nuevos tiempos. El retorno de las hijas desde Europa y América a la hacienda L’Aromatique supone un punto de inflexión en la vida de esta familia y de la isla antillana, que se debate entre la tradición y la adaptación a una sociedad en proceso de transformación, tras siglos de dominio colonial británico y francés. La trama transcurre en el marco inigualable de un paisaje antillano exuberante, colorido y embriagador. Con esta obra, de marcado carácter autobiográfico, la autora Phyllis Shand Allfrey ofrece un testimonio pionero de la vida colonial en las postrimerías del Imperio británico. La casa de las orquídeas se erige como un clásico temprano de la literatura antillana y su autora como precursora de la escritura femenina en la región.

La novela nos traslada a Dominica, una lejana y pequeña isla de las Antillas británicas, que constituye, sin embargo, un microcosmos del colonialismo europeo y un paradigma del Caribe como mar de encuentros, conflictos y fusiones. En efecto, el archipiélago antillano es uno de los espacios más heterogéneos del mundo, cultural y lingüísticamente, producto de devenires históricos tan fascinantes como violentos. Como afirma el historiador Franklin Knight, las sociedades caribeñas se construyeron de manera accidental y artificial1. Cristóbal Colón se encontró las islas de forma casual y estas se dieron en llamar Indias Occidentales, pues la búsqueda de una ruta a la India era el objetivo inicial de su viaje. A partir de ese momento, las diferentes potencias europeas vieron en ellas la promesa de riqueza que encerraba el Nuevo Mundo y se lanzaron a su conquista y colonización, y abrieron camino a migraciones voluntarias de colonos, pero también a la implantación forzosa de otros grupos humanos, sin ser ni unos ni otros nativos de esta región. El colonialismo europeo se asentó sobre la base de la plantación azucarera —también de tabaco, cacao y otros cultivos exóticos— que se inició en la isla de La Española en la segunda década del siglo xvi, para pronto extenderse a otras islas como Jamaica y Cuba. Este sistema económico, en su búsqueda despiadada de beneficios, necesitó la importación masiva de esclavos de África para garantizar su productividad y, una vez que el comercio de esclavos fue abolido en las colonias británicas, estas reclutaron mano de obra precaria en la India y China. Mientras que estos movimientos humanos de europeos, africanos y asiáticos dieron a las islas su peculiar carácter multiétnico, provocaron el desplazamiento y casi extinción de la población indígena de la región.

Cada isla de las Antillas tiene el carácter propio que le confiere el bloque colonial y lingüístico al que pertenece —hispano, británico, francés, entre otros— y las culturas que en ella se han dado cita, pero como indica el historiador Antonio Benítez Rojo en su obra homónima, hay en esta región una «isla que se repite», o un patrón compartido por todas. Esta isla esencial ha sido modelada por la Plantación, término que Benítez Rojo usa para referirse no solamente a un sistema económico, sino al tipo de sociedad que se deriva de él2. La Plantación se caracteriza por su naturaleza represiva y violenta al tratarse de una sociedad esclavista, y además, por generar una mezcla étnica sin precedentes derivada «del choque de componentes europeos, africanos y asiáticos» dentro de la misma3. Esta confluencia ha generado lo que el historiador denomina un «supersincretismo» de culturas4, o un fenómeno de «criollización», que Édouard Glissant define como un «mestizaje sin límites»5 en el cual los elementos fusionados pueden ser múltiples y dejan de ser reconocibles para formar un todo nuevo. El símbolo por excelencia de la criollización es, para Glissant, la lengua criolla, surgida del contacto entre las lenguas europeas que funcionan como base y las africanas traídas por los esclavos. Pero otros ejemplos paradigmáticos son formas de expresión cultural, como el carnaval, la música o, como veremos, el vestido criollo. No se debe olvidar, por otra parte, la existencia de una marcada jerarquía social por razón de raza y clase. La Plantación es una sociedad «piramidal», cuya cima está ocupada por una «seudoaristocracia blanca» de plantadores y colonos, también conocidos como bekés en criollo, y cuya base la forma la masa de esclavos y trabajadores; en el segundo escalafón se sitúan cuadros medios, muchos de origen europeo, pero también progresivamente mulatos6.

La isla de Dominica, situada en el corazón de las Antillas Menores7, fue avistada por Colón en su segundo viaje a América un domingo de noviembre de 1493 —de ahí su nombre—. Sujeta como las demás islas al devenir histórico de la Plantación, Dominica presenta sin embargo características marcadamente diferenciales. Se cuenta que Colón describió la isla a los reyes Isabel y Fernando poniendo sobre la mesa una hoja arrugada de papel, en alusión a su orografía montañosa y litoral escarpado, que le impidió desembarcar hasta que llegó a la siguiente isla, a la que llamó como su nave insignia en esta expedición, Marigalante8. Otro impedimento era la reputación beligerante de los indígenas que habitaban la isla, los kalinagos, a los que los españoles llamarían caribes. Estos habían llegado a las Antillas en canoa procedentes del continente sudamericano un siglo antes que Colón y se habían apoderado de la isla, entonces poblada por los arahuacos. Con el paso del tiempo, Dominica se convertiría en un bastión para los kalinagos, que se sentían protegidos de los invasores europeos gracias a sus densos bosques y su costa hostil9. El nombre original de la isla antes de la llegada de los europeos era el que le habían dado los kalinagos, Waitukubuli,que significa «su cuerpo es alto». Si bien los españoles no colonizaron estas pequeñas islas al considerarlas «islas inútiles» en comparación a las Antillas Mayores10, sí suscitarían el interés de franceses e ingleses, que rivalizarían durante siglos por sumarlas a sus posesiones coloniales. Situada entre las colonias francesas de Martinica y Guadalupe, Dominica era un territorio estratégico para los franceses, y para los ingleses, una oportunidad de limitar la hegemonía gala en esta parte del mar Caribe.

Mapa de las Antillas en el mar Caribe.

Los kalinagos lucharon para mantener sus territorios libres de ocupación europea y en el año 1686 Francia e Inglaterra firmaron un acuerdo de «neutralidad» que benefició a Dominica —además de a las islas vecinas de San Vicente y Santa Lucía11—. A pesar de ello y de la posible amenaza de evacuación, al no ser la isla de titularidad europea, se produjo en Dominica un asentamiento gradual de colonos franceses, primero para la extracción de madera, y después estableciendo plantaciones de café y otros cultivos, llegando a los casi ocho mil habitantes en el curso de varias décadas12. Dominica era un destino muy deseable para los habitantes de las islas francesas por su cercanía y por las oportunidades que ofrecía. Además, las islas neutrales se convertirían en refugio de aquellos que estaban disconformes con las medidas de la Administración colonial francesa. En 1733 hubo un gran éxodo de población mulata de Martinica que, debido a la discriminación racial, veía frustradas sus aspiraciones de disfrutar de los mismos privilegios que los colonos blancos13. Prueba de la creciente influencia francesa es que en el año 1730 el padre dominico Guillaume Martel se trasladó desde Martinica para fundar la parroquia de Roseau y otras iglesias, seguido por otras órdenes religiosas católicas que también se establecerían en la isla para evangelizar a los kalinagos14. Como resultado de los asentamientos en su territorio, la población indígena se vería fuertemente diezmada y progresivamente desplazada hacia el este de la isla. El padre Phillipe de Beaumont, que empatizaba con la situación de los nativos, registró las palabras indignadas de uno de ellos: «“¿Qué va a ser del pobre caribe? ¿Tendrá que irse a vivir al mar con los peces?”»15.

Tras el Tratado de París que puso fin a la guerra de los Siete Años (1756-1763), Dominica fue incorporada oficialmente al Imperio británico16. Los británicos se afanaron en establecer en la isla el modelo tradicional de la plantación azucarera para lo cual trajeron a cientos de colonos de Reino Unido y otras partes del imperio. Al mismo tiempo, en un movimiento pragmático, los habitantes franceses de la isla fueron invitados a quedarse y seguir cultivando sus plantaciones —y practicando su religión—, pues ello favorecía la estabilidad de la agricultura de la isla. Las pugnas anglo-francesas, unidas al sistema de la Plantación, habían convertido a Dominica en una isla de gran diversidad cultural y racial donde convivían colonos ingleses, franceses, habitantes criollos17, esclavos africanos e indígenas kalinagos, además de una clase mulata fruto de las relaciones entre europeos y africanas y sus descendientes. Esta sociedad multirracial fue retratada por el pintor italiano Agostino Brunias bajo el patrocinio de sir William Young, el inversor encargado de promocionar y supervisar la venta de tierras en las islas recientemente adquiridas por Reino Unido, que se convertiría en gobernador de Dominica. Brunias vivió más de veinte años en la isla18, donde llevó a cabo la tarea de pintar escenas de la vida colonial para promover el asentamiento de plantadores en las nuevas posesiones británicas. Por ello, sus cuadros ofrecían una versión idealizada de la colonia donde predominaba «la diversidad, la harmonía social y la opulencia», obviando la conflictividad y violencia características de la plantación esclavista, así como cualquier atisbo de trabajo físico19. Dejando a un lado su legitimación del discurso colonial existente, el arte de Brunias da testimonio de la sociedad multirracial de la isla y refleja con sutileza la jerarquía de un orden social pigmentocrático, así como la ambigüedad social de la clase mulata20.

«Mujer criolla y criadas», c. 1770-1780.Cuadro de Agostino Brunias.© Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Madrid.

Con las reformas introducidas por los británicos, la producción de azúcar aumentó notablemente en una isla donde habían predominado las plantaciones de café, pero Dominica nunca se consolidaría como una colonia azucarera al nivel de Jamaica, o incluso de otras islas pequeñas, como Barbados o Antigua. Por diferentes razones, desde el principio del dominio británico la isla se perfilaba como una colonia «anómala» y económicamente marginal21. Su orografía de valles profundos entre montañas altas y zonas interiores de difícil acceso, no se adaptaba bien al cultivo del azúcar y además favorecía estilos de vida al margen de la plantación, como el campesinado libre que practicaba una agricultura de subsistencia, o las comunidades formadas por esclavos fugitivos o cimarrones. Por ello, la plantocracia azucarera de la isla era reducida y con tendencias absentistas, lo cual se evidencia en la ausencia en Dominica del modelo arquitectónico propio de las plantaciones azucareras, la gran casa, símbolo del poder y autoridad del dueño y su familia22, encontrándose construcciones menos ostentosas. Además, convivía con una numerosa clase criolla francesa fuertemente arraigada, y una casta de mulatos libres con solvencia económica —eran plantadores y comerciantes— que ansiaban poder político.

Culturalmente, los colonos británicos eran una minoría protestante en una isla de predominio lingüístico y religioso francés, donde los habitantes conservaban vínculos familiares y culturales con las colonias francesas de Martinica y Guadalupe23. Esta influencia francesa se manifiesta en una toponimia resistente a la anglificación, como se puede observar en la capital, que siguió siendo conocida como Roseau a pesar de haber sido nombrada Charlottetown por los británicos en honor a su reina, la esposa de Jorge III24. No sorprende, por tanto, que la población de Dominica apoyara a las tropas procedentes de Martinica cuando tomaron la isla en 1778, alentadas por la alianza contra Inglaterra que Francia estableció con las Trece Colonias durante la guerra de Independencia americana. Dominica pasaría a soberanía francesa durante los cinco años siguientes, para volver a ser británica de nuevo. Es interesante señalar que la singularidad de Dominica y las vicisitudes de la presencia europea en la isla no pasaron desapercibidas para el historiador inglés James Anthony Froude, que en su libro «Los ingleses en las Indias Occidentales o el escudo de Ulises» (1888), narra la crónica de su viaje por la región en el año 1887. Froude considera a la isla como la más bella y la menos conocida de la región, describiéndola como «una preciosa esmeralda engarzada en el anillo de las Antillas», y con la actitud imperialista característica del viajero inglés victoriano dice no sentirse orgulloso de la bandera inglesa que ondean en el fuerte, pues lamenta que sus compatriotas no han sabido extraer su potencial25. Froude subraya los esfuerzos históricos por poseer la isla con el fin de limitar el poder colonial francés en la zona y se refiere a ella como la «Salamina inglesa», en alusión a la famosa batalla naval que enfrentó a griegos y persas en la isla homónima. Se lamenta, por tanto, de que la colonia no solo no es próspera, sino que culturalmente «el elemento europeo es más francés que inglés»26. Después de más de un siglo de dominio británico y haciendo gala de una esencia indómita, Dominica se resiste a ser una isla más inglesa que francesa.

La abolición de la esclavitud en el año 1833 aceleró el declive de las plantaciones azucareras de la isla, que se vieron desabastecidas de mano de obra con la emancipación de los esclavos. Estos optaron por convertirse en pequeños campesinos, dada la gran cantidad de tierra disponible para este fin, situación que no se daba en otras islas, que estaban totalmente ocupadas por plantaciones27. Por otra parte, a lo largo de este siglo, la llegada de nuevos administradores y funcionarios coloniales a la isla, que coincide con un renovado interés en consolidar el Imperio británico, dio paso a un nuevo intento de reactivación de la economía de plantación mediante el cultivo de la lima y otros productos tropicales, como la vainilla o el cacao. El administrador inglés Hesketh Bell hizo accesible la tierra del interior de la isla hasta una gran altura mediante la construcción de una ambiciosa carretera, conocida como la Imperial Road, pues contó con financiación colonial. También llevó a cabo una campaña de atracción de plantadores británicos e importó cientos de trabajadores de otras islas para trabajar en las nuevas plantaciones28. En su autobiografía, Bell describe cómo se implicó personalmente en esta campaña, escribiendo un panfleto del cual se distribuyeron miles de copias en «hoteles y salas de espera de Inglaterra» y en el cual exponía las virtudes de la isla, su idoneidad para la agricultura tropical, o la disponibilidad de tierra y mano de obra muy baratas29. Aunque sus actuaciones como administrador tuvieron un efecto positivo sobre la economía de la isla, los escritos de Bell no esconden su sesgo eurocéntrico. Este se hace notar, por ejemplo, en su consideración del obeah como brujería o superstición de personas crédulas e ignorantes30, sin apreciarlo en el contexto de la tradición espiritual africana traída por los esclavos a las plantaciones y heredada por sus descendientes.

Otro victoriano ilustre que dejaría su impronta en la isla fue el médico inglés Henry Nicholls, el abuelo materno de Phyllis Shand Allfrey, en el cual se basa el personaje del viejo señor en la novela. Al igual que su antecesor el doctor John Imray, Nicholls combinaría su profesión de médico con un interés científico por la agricultura y la botánica31. Nicholls se estableció en Dominica en 1872 y sus logros son alabados por Anthony Froude, a quien recibió a su paso por Dominica durante su viaje por las Antillas. Si bien Nicholls ocupaba el puesto de director médico, Froude lo describe con los atributos de colono. Hace alusión a L’Aromant, la pequeña hacienda que Nicholls había heredado de Imray, en una zona elevada a las afueras de Roseau, y que sirve de modelo para L’Aromatique en la novela. El viajero describe con admiración su plantación de limas y café, que exportaba a Nueva York, su fábrica de ácido cítrico, y cómo la casa estaba rodeada de experimentos botánicos y todo tipo de especímenes tropicales de gran belleza32. El doctor Nicholls profesaba el mismo interés que sus coetáneos por fomentar el asentamiento de nuevos colonos en la isla y, según relata Froude, lamentaba que los plantadores ingleses se establecieran en lugares tan lejanos como Ceilán o Borneo, cuando Dominica era un lugar mucho más cercano y fértil33.

En su rol de embajador de la isla, Nicholls participó en la gran Exposición Colonial e India celebrada en Londres en 1886. Las exposiciones coloniales tenían un carácter propagandístico, formando parte de lo que Tony Bennett denomina instituciones de «exhibición» que, como los museos de arte y de ciencias, servían para «transmitir mensajes de poder a la sociedad»34. En estas exposiciones internacionales se exhibían todo tipo de productos y objetos exóticos de las diferentes partes del mundo colonial con el fin de hacer una demostración del poderío imperial, legitimar la intervención europea35, darle un sentido de unidad a posesiones diseminadas por todo el globo y acercar el imperio a la ciudadanía. En el catálogo de la exposición se puede comprobar que Nicholls exhibió una gama variopinta de productos de su plantación, como zumo concentrado de lima, diferentes tipos de café, cacao y plantas medicinales, además de ceniza volcánica, una selección de su colección de artesanía y objetos antiguos de los kalinagos —cestas, juguetes, hachas, ornamentos, un arco y una flecha— y hasta una colección de fotos del paisaje de la isla36. También publicó un conocido manual de agricultura tropical para que plantadores noveles o potenciales colonos pudieran aprender de su experiencia, como indica en su prefacio37. Es significativo que dedicase esta obra al director del Real Jardín Botánico de Kew, lugar que durante el siglo xix funcionaba como un gran repositorio científico y punto de intercambio de las innumerables especies traídas de las diferentes colonias. Nicholls formaba parte de este entramado y ocupó el puesto de delegado de Dominica para Kew durante unos años. Aunque afamados por su belleza y también usados como lugares de esparcimiento, los jardines botánicos cumplían una importante función económica en los imperios europeos, pues servían para diversificar los cultivos de las plantaciones, o para introducir cultivos nuevos una vez que otros, como el azúcar, dejaban de ser productivos. Tanto es así que en su manual Nicholls explica que su plantación de café es viable gracias a la introducción del café de Liberia, que había sido descubierto recientemente en los bosques del África oriental y estaba siendo distribuido por Kew, ya que las plantaciones de café arábigo de la isla habían sido arrasadas por una plaga a la que la nueva especie era resistente38. El jardín botánico es una institución característica del Imperio británico y un reflejo de la propensión colonial a descubrir, nombrar, recopilar riqueza y explotar recursos. Kew era el eje central de una red de jardines distribuidos por todo el mundo, entre los cuales destacaban por su importancia el de Calcuta o Ceilán, y en el Caribe, los situados en Trinidad y Jamaica, y en menor medida otros más pequeños como el de Dominica.

Como buen botánico y caballero victoriano, Nicholls no se resistió a la orquideomanía que se extendió en la época dorada del imperio y tenía un vivero de orquídeas39, que da nombre a la novela que nos ocupa. El interés por las orquídeas es propiciado, por una parte, por la expansión colonial, que hacía accesibles lugares inexplorados donde se podían encontrar especies desconocidas y raras; y, por otra, por la evolución de los invernaderos, que posibilitaron por primera vez su cultivo fuera de su hábitat de origen40. Además, su inagotable diversidad, especialmente en las zonas tropicales, las hacía especialmente fascinantes en una época obsesionada con la identificación y clasificación en los jardines científicos de especies vegetales procedentes de todo el mundo. De todas las especies, las orquídeas eran las flores más preciadas por su peculiar belleza y elegancia. Por ello, su posesión se asociaba con las clases privilegiadas, siendo reflejo de su estatus y refinamiento, y su cultivo se convirtió en afición de caballeros adinerados, tanto aristócratas como hombres de negocios41. Uno de los coleccionistas de orquídeas más ilustres fue el comerciante londinense John Day, que además de producir orquídeas en sus invernaderos de Tottenham, las dibujaba, llegando a llenar más de cincuenta cuadernos con sus ilustraciones y descripciones botánicas. En su afán por añadir orquídeas singulares a su colección, Day viajaba por todo el mundo a lugares como Jamaica o Brasil y pagaba elevadas sumas a los conocidos como cazadores de orquídeas, que alimentaban la avidez de coleccionistas europeos como él42.

Detalle de los «Cuadernos de John Day»: ilustración de una Cattleya trianae. John Day’s Scrapbooks, vol. 31, pág. 67.© The Board of Trustees of the Royal Botanic Gardens, Kew.

Al igual que sucede con los jardines botánicos, se puede establecer un paralelismo entre la orquideomanía victoriana y el colonialismo43. Mientras las potencias europeas competían por adquirir colonias hasta las últimas décadas del siglo, los cazadores de orquídeas salvajes saqueaban los bosques y junglas tropicales, sin ningún respeto por estos entornos naturales, y con el fin de aprovisionar a los insaciables coleccionistas ingleses que rivalizaban por conseguir especies nuevas44. Además de las connotaciones de saqueo o expolio que adquirió el comercio de orquídeas exóticas, es curioso observar la invocación de una cierta retórica civilizadora para justificar esta intervención en los entornos tropicales, análoga a la que se usaba para legitimar el colonialismo. En la introducción al famoso manual para el cultivo de orquídeas publicado por el orquideólogo Benjamin Samuel Williams, The Orquid-Grower’s Manual (1852), la extracción de las plantas de su hábitat natural y su cultivo en invernaderos y hogares tiene connotaciones de rescate de un entorno hostil. Si en su entorno natural las plantas están sujetas a la «lucha por la existencia» y «las vicisitudes de las estaciones», cuando se cultivan, son tratadas con «extremo cuidado y atención» y además alcanzan una mayor perfección; los daños que sufren la plantas en el proceso de su recogida y embalaje son atribuidos a la «indiferencia» de los «nativos» encargados de estas labores45. Se podría decir, entonces, que el cultivo de orquídeas representa la ambigüedad o contradicciones de la ideología colonial, que combina las ideas de progreso y cuidado con el ejercicio de la violencia y el desarraigo. En cierta manera, en su doble faceta de médico benefactor, por una parte, y plantador y oficial colonial, por otra, el propio Nicholls encarna esta contradicción.

Palmera y roble: el mundo de Phyllis Shand Allfrey

La frase «palmera y roble», que da título a la segunda colección de poesía de la autora, representa su doble ascendencia «tropical y nórdica»46. Las raíces de Phyllis Shand Allfrey en Dominica y las Antillas son profundas y preceden a la llegada de su abuelo materno inglés desde Londres a la isla en 1871. Se remontan al siglo xvii, cuando su antepasado paterno William Byam se exilió en la isla de Barbados, que entonces era un refugio para los realistas partidarios de Carlos I en el contexto de la guerra civil inglesa. Byan se estableció finalmente en la isla de Antigua, donde ejercería como gobernador y se enriquecería gracias a sus plantaciones de azúcar, cuyo cultivo convertiría a Antigua en la isla más próspera de las Antillas Menores47. En 1837, Lydia Byam, hija de William, se casó con Francis Shand, un comerciante de Liverpool con inversiones en las Antillas y aunque la familia sufrió el impacto económico de la emancipación de los esclavos, mantendrían su riqueza hasta bien entrado el siglo xix, para sucumbir en sus últimas décadas a la competencia de las grandes empresas azucareras. La biógrafa de la autora explica que el padre de Phyllis, Francis Shand —nieto de Francis y Lydia Shand— sería la última generación que crecería en la plantación familiar de Antigua y disfrutaría de los privilegios de una clase de plantadores en extinción. No sin dificultades, Francis se formó como abogado en Inglaterra y consiguió un puesto de fiscal de la Corona en Dominica, donde contrajo matrimonio con Elfreda, hija del doctor Henry Nicholls y Marion Crompton, en 1905 (Life, 9-10). Si por línea paterna Phyllis desciende de los Byam-Shands de Antigua, una familia de plantadores de azúcar, por línea materna, una rama de la familia procede de colonos franceses establecidos en Martinica a principios del siglo xviii, a la que pertenecía Josephine —hija de Joseph-Gaspard Tascher de la Pagerie, que se convertiría en la primera esposa de Napoleón Bonaparte—; y la otra rama procede de la familia Crompton, que se asentó en Dominica a principios del xix(Life, 11). Descendiente de criollos ingleses y franceses con raíces en Antigua, Martinica, y Dominica, y nieta del colono inglés el doctor Henry Nicholls, el complejo árbol genealógico de la autora es reflejo de tres siglos de encuentros y devenir histórico en las Antillas.

El matrimonio formado por Francis Shand y Elfreda Nicholls disfrutó de una cierta influencia y posición en la isla, derivadas principalmente del trabajo de magistrado de Francis. Nacida en 1908, Phyllis fue la segunda de sus cuatro hijas. Vivió una infancia relativamente feliz en el seno de una familia acomodada perteneciente a la minoría blanca que gobernaba a isla. De fe anglicana, las hermanas Shand fueron educadas en casa por tu tía materna Margaret, una profesora de francés y otros tutores, pues la única escuela privada de la isla era un convento católico (Life, 26). Muchos de los personajes que habitan La casa de las orquídeas están inspirados en el universo familiar y social de la autora. La niñera de la familia era una mujer llamada Flora, a la que llamaron Lally, procedente de Monserrat y metodista. Julia, la cocinera, hablante de patois y madre de varios hijos de diferentes padres, se convierte en Christophine en la novela. De la cocinera Julia las hermanas Shand aprendieron el patois francés de la isla, que su padre les prohibía utilizar, de la misma manera que no les permitía unirse a la celebración anual del carnaval (Life, 21-22, 26). Su madre, Elfreda, en parte de ascendencia francesa, era más flexible a la hora de que sus hijas fueran partícipes de la cultura criolla de la isla. Tanto Francis Shand como su suegro Henry Nicholls intentaban evitar que su familia se relacionase con personas de clase social inferior. Así, Phyllis y sus hermanas solo jugaban con niños de su misma clase, tales como los hijos de la familia Archer, de los cuales Julian sirve de modelo al personaje de Andrew en la novela (Life, 25). Sin embargo, en un lugar tan diverso como Dominica no era fácil o natural mantener las distancias sociales. De ello dio prueba uno de los hijos de Nicholls, Ralph —el tío Rufus en la novela— que tuvo descendencia con diferentes mujeres mulatas y se casó con una de ellas, católica, conformando una rama de la familia no reconocida por el patriarca Nicholls (Life, 16) y representada por el personaje de Cornélie en la obra.

Fotografía de Phyllis Shand Allfrey.Allfrey Papers.

Desde una temprana edad, Phyllis se diferenció de sus hermanas dando muestras de inquietudes literarias y sociales. Adoraba la lectura, la poesía y escribir. Cuenta su biógrafa que mientras sus hermanas cosían, ella se subía a un árbol y escribía poemas. También escribía obras de teatro que interpretaba con sus hermanas en fiestas que organizaba para los niños pobres de la zona a los que les daba regalos, evidenciando una incipiente conciencia social que se convertiría en una seña de identidad en su vida adulta (Life, 27). La infancia y juventud de Phyllis no estuvo exenta de sombras. Cuando tenía solo seis años, estalló la Primera Guerra Mundial, que mantendría a su padre alejado del hogar familiar durante seis años. Francis Shand se alistó el 9 de noviembre de 1914 en el cuerpo antiaéreo, para más adelante integrarse en el Real Cuerpo Aéreo como teniente y ser enviado a escenarios como Galípoli, Francia y Oriente Medio48. Los exámenes médicos califican a Shand como a un hombre «de temperamento muy nervioso» y su expediente está entreverado de bajas hasta que en 1917 es relevado del servicio aéreo y diagnosticado de «neurastenia» o neurosis de guerra49, enfermedad también conocida como shell shock (véase ilustración de la pág. 31). Cuando regresó a Dominica, dos años después del fin de la contienda por haber permanecido hospitalizado, Francis Shand no se había recuperado de su neurosis, lo cual tuvo un efecto traumático en la familia. Su fragilidad e inestabilidad anímicas se manifestaba en crisis impredecibles que podían ser violentas, además de abusar del alcohol (Life, 23-24), situación que se traspone a la novela a través del personaje del señor.

Detalle del expediente de Francis Shand durante su servicio en la Primera Guerra Mundial.© The National Archives, Kew.

En la década posterior a la Gran Guerra, Dominica perdería la prosperidad de la que había gozado como consecuencia del declive de la industria de la lima. La falta de perspectivas de futuro, el progresivo deterioro económico de la familia Shand, unidos al carácter provinciano de Roseau, propiciaron que Phyllis y sus hermanas buscaran oportunidades a través del matrimonio o desplazándose al exterior. En 1927 Phyllis se trasladó a Nueva York, invitada por la familia J. P. Morgan, magnates de las finanzas que solían fondear con su yate en la isla durante sus cruceros por el Caribe. En el mundo opulento y sofisticado de los Morgan, Phyllis era una especie de advenediza que aportaba una nota «exótica» y «romántica» al ocio de la hija mayor de la familia, Janie Morgan (Life, 35). Después de varios encargos como institutriz en el entorno de la familia y aprovechando un viaje a Inglaterra en 1929, donde conocería a su futuro marido, Phyllis abandona Nueva York. Al año siguiente se casaría con Robert Allfrey, un ingeniero de Sussex licenciado en Oxford, procedente de una familia de clase media-alta venida a menos y educado en Eton. La atracción de Phyllis hacia Robert parece confirmar la reflexión de George Orwell de que «es muy difícil escapar culturalmente de la clase en la que se ha nacido»50. Robert apelaba a la parte «nórdica» de Phyllis, que se dejó seducir por su pedigrí de «caballero inglés» (Life, 39-40), algo que plasmaría en un poema dedicado a él, donde claramente lo identifica con Inglaterra51. Entre los años 1930 y 1936, la pareja fijó su residencia en Búfalo, Estados Unidos, donde Robert había conseguido un trabajo gracias a los contactos de Phyllis. El retorno de Phyllis a Estados Unidos coincidió con la Gran Depresión y, para aliviar la tensión que se vivía en el hogar, al nacer su primogénita en 1931, Phyllis optó por dejarla en Dominica durante un tiempo. En este viaje, Phyllis se reencontró con su familia y su antigua niñera, pero tuvo ocasión de comprobar que el orden social en el que se había criado ya formaba parte del pasado. El huracán de 1930 había devastado los cultivos y el augede la lima había llegado a su fin. Las grandes plantaciones de la isla habían sido progresivamente abandonadas, la minoría blanca había perdido toda su riqueza y prestigio, y estaba siendo socialmente reemplazada por una pujante clase media mulata. Tanto Phyllis como Robert tuvieron que adaptarse a vivir sin los privilegios de clase de los que habían disfrutado en su niñez. A su regreso a Inglaterra en 1936, Phyllis se vio obligada a empeñar sus joyas para poder alquilar un pequeño apartamento en West Fulham, una zona de clase trabajadora de Londres (Life, 42, 47).

El retorno a Inglaterra abre una fase decisiva en la vida de Allfrey, marcada por el desarrollo de su conciencia política y la dinamización de su carrera literaria, dos facetas que se entrecruzarán a lo largo de su vida, con frecuencia en detrimento de su dedicación a la escritura. Dos mujeres, la escritora y activista Naomi Mitchison y la política feminista Edith Summerskill, ejercen una influencia fundamental sobre la autora. Mitchison, para quien trabaja como secretaria durante los años 1938 y 1939, la introduce a los círculos literarios londinenses. En las tertulias de esta aristócrata radical, Phyllis entra en contacto con la élite literaria e intelectual del momento, que incluía a figuras como W. H. Auden, George Orwell, Victor Gollancz, o Aneurin Bevan, quien le ofrece la oportunidad de publicar su trabajo en el prestigioso periódico Tribune que él mismo había fundado. La autora se asocia al Partido Laborista y recibe el encargo de dinamizar la campaña de Edith Summerskill, que finalmente consigue un escaño en el Parlamento. Allfrey políticamente, se perfila como una activista de base, mostrando preferencia por el contacto directo con las personas y participando en reuniones, protestas y campañas de recaudación de fondos para diversas causas (Life, 50-51, 52). Tanto Mitchison como Summerskill están vinculadas a la Sociedad Fabiana y al feminismo, y afianzan los valores de ambos movimientos en Allfrey. Los años que pasa en Londres son tiempos turbulentos a nivel internacional, con el estallido de la guerra civil española seguido de la Segunda Guerra Mundial, sucesos que contribuyen a perfilar su conciencia política. Durante la guerra española, Allfrey se moviliza por la causa republicana en Londres y se manifiesta en contra de la política de no intervención del gobierno de Neville Chamberlain. Cuando Londres se convierte en frente de batalla en el transcurso del Blitz, Phyllis ejerce de trabajadora social encargándose de atender las necesidades de vivienda y alimentación de las familias que habían perdido sus casas en los bombardeos (Life, 53, 59). Asimismo, de especial relevancia para la carrera política que la esperaría en menos de una década en Dominica, en estos años Phyllis no solo trabaja como secretaria de varios ministros del nuevo gobierno de posguerra presidido por Clement Attlee, sino que establece una colaboración estrecha con la Oficina Colonial Fabiana, que se forma en 1940 para abrir un debate sobre la situación de las colonias británicas52; Phyllis se une al comité antillano de este organismo y entra en contacto directo con diferentes líderes anticoloniales de su región natal (Life, 63-64).

La década de los años cuarenta y principios de los cincuenta constituirá la etapa más prolífica de Phyllis Shand Allfrey. En este tiempo publicará dos colecciones de poesía, In Circles (1940) y Palm and Oak (1950), y su novela The Orchid House (1953). Además, durante los años 1942 y 1943, tendrá una presencia notable en la sección literaria del periódico Tribune, plataforma de nuevos escritores, publicando relatos, poesía y reseñas; así como en otros periódicos de prestigio como el Manchester Guardian. Estas publicaciones reflejan el desarrollo de las preocupaciones políticas, personales y literarias que caracterizarían a la autora. Una mirada a las portadas de los números del periódico Tribune en los que colabora refleja el clima histórico en el que la escritora trata de cimentar su carrera literaria. En el ejemplar de noviembre de 1942, donde publica su poema «Colonial Soldiers», el editor celebra el fortalecimiento de la resistencia francesa liderada por Charles de Gaulle contra el régimen de Vichy y la Alemania nazi53. El poema, lejos de articular una visión patriótica de la intervención de las tropas coloniales en la guerra, pone en voz de los soldados una crítica a la guerra como causa ajena a las Antillas, que describen como una «tierra sin culpa»54. En otro ejemplar de 1943, el editor apunta a contradicciones en los discursos de Churchill y censura la maquinaria propagandística del Estado, que distorsiona la realidad mostrando solamente imágenes de ciudades alemanas bombardeadas que hacen pensar al ciudadano que su país está ganando la guerra55. En este número Allfrey publica el poema «Colonial Committee», de marcado carácter anticolonial, donde se sugiere que la era del colonialismo, descrita como una «adolescencia demasiado prolongada», está llegando a su fin56. En otro poema publicado ese mismo año, «Beethoven in the Highlands», la autora deja entrever el sufrimiento por sus hijos, que habían sido evacuados a Carradale, una zona rural de Escocia, durante el Blitz, preguntándose en versos desgarradores si las «balas llegarán a esa playa»57. Los horrores de la historia se manifiestan de manera sorprendentemente abrupta en un microrrelato titulado «The Raincoat», publicado por la autora en el Manchester Guardian en la antesala de la guerra. Tragedia y misterio se funden en este cuento sobre una refugiada judía de Viena llamada Lili acogida por una familia inglesa. Lili tiene un chubasquero verde que le regaló una niña llamada Trude. Cuando la narradora e hija de la familia se pone el chubasquero y ve su cara reflejada en un cristal del metro, esta se transforma brevemente en la cara de Trude: sus ojos parecen «judíos, grandes, melancólicos y negros», su mejilla derecha magullada. Esta transformación, aunque fantasmagórica, cobra sentido cuando al final de la historia Lili revela que Trude se había suicidado junto a su madre antes de entregarse a los oficiales nazis58. Además de reflejar el mundo que la rodeaba en un tiempo convulso, Allfrey también se inspira en la historia de su familia y su infancia en cuentos como «Uncle Rufus»59, uno de sus relatos más conocidos y cuyo personaje central está basado en su tío Ralph Nicholls, que reaparecerá en las páginas de su novela.

Un premio literario, una habitación propia y un clima histórico más apacible sirven de acicate para que la autora pueda centrar su atención en la composición de la novela que se convertiría en su obra más emblemática. En 1950 Allfrey recibe el segundo premio en un concurso de poesía patrocinado por la Asociación de Mujeres Escritoras y Periodistas, de cuyo jurado forma parte Vita Sackville-West (Life, 77). El poema galardonado, «While the Young Sleep», está en curiosa consonancia con el momento de autoafirmación que vive la autora. Aborda el tema de la difícil conciliación de la maternidad con la actividad intelectual y creativa, captando con precisión emocional el momento en el que una madre puede «sumergirse en sí misma por fin» y entregarse «a la maravillosa libertad de una habitación solitaria»60, una vez que sus hijos se han dormido. Este premio le da el impulso moral y la financiación para afrontar la composición de una novela. Además, es tiempo de paz, su implicación política es menor y pasa largas temporadas escribiendo sola en Penhurst, una vieja casa de campo que ella y Robert habían comprado por muy poco dinero en Sussex. En 1952, Allfrey publica La casa de las orquídeas en la editorial Constable, recibiendo una acogida crítica entre tibia y positiva. La crítica elogió cualidades como la evocación vívida de la belleza del paisaje y ambiente caribeño en la novela, la caracterización sutil de los personajes mediante detalles reveladores, o el valor simbólico que adquieren incidentes menores de la trama. Por otra parte, el elemento que suscitaba más críticas en estas primeras reseñas era la focalización en primera persona de Lally, la niñera de la familia, por plantear algún problema técnico61. La omnisciencia de Lally como narradora depende de su omnipresencia en la casa y vida de los personajes, y de su curiosidad, que le da acceso a mucha información, pero en aquellas escenas de las que no es testigo la narración se asigna a una tercera persona no identificada, o depende de lo que alguien le ha contado a la narradora principal. La efectividad de Lally como narradora y como elemento de cohesión en la estructura narrativa, sin embargo, será reconocida posteriormente por otros críticos62. Tan solo un año después de su publicación en el Reino Unido, se publica una edición americana en Dutton, y una edición francesa, La Maison des Orchidées, en Librairie Stock.

Phyllis con Robert y sus hijos Phina y Philip en 1946.Allfrey Papers.

El proceso de escritura de su novela, unido a su contacto con las delegaciones antillanas que visitaban la oficina colonial, y la posibilidad de cambio que se vislumbra en su tierra natal, le hacen pensar más que nunca en Dominica. La oportunidad de regresar surge ese mismo año cuando Robert consigue un puesto de ingeniero en una planta procesadora de lima. En su reencuentro con Dominica, Allfrey percibe que la sociedad colonial de plantaciones en la que había crecido era parte del pasado, pero la masa campesina seguía empobrecida y la economía era precaria. En The Baths of Absalon (1954), el libro de viajes que James Pope-Hennessy, amigo de la autora, publica tras visitar la isla, el narrador afirma que la situación es tan desesperanzadora como la había descrito Froude en su famoso libro sesenta y seis años atrás: «las ropas harapientas tendidas en las orillas del río Roseau proclaman diaria y públicamente la pobreza inexcusable en la que continúa sumida la clase trabajadora de Dominica»63. Así, cuando el intento de la autora de publicar una segunda novela, Dashing Away, fracasa al ser rechazada por su agente, su vocación política comienza a eclipsar nuevamente y con más fuerza a sus aspiraciones literarias. Tomando como base el sindicato de trabajadores que había establecido su tío Ralph Nicholls, Allfrey se embarca en la creación del Partido Laborista de Dominica (DLP), del cual se erigiría como presidenta, y forja una alianza con un trabajador local llamado Christopher Loblack, que años atrás había imaginado a través de la amistad de Joan y Baptiste en la novela. Allfrey no tarda en granjearse la enemistad de la élite blanca de Roseau, no solo por su actividad política y su forma de derribar las barreras de raza y clase arraigadas en la sociedad, sino también por el escándalo que había generado la publicación de su novela, con su crítica al poder económico y religioso de la isla, y su denuncia de la desigualdad social.

Allfrey y su partido pierden las elecciones del 1957, pero ella y su compañero Edward LeBlanc salen elegidos para representar a la isla en la recién creada Federación de las Indias Occidentales64, donde la autora se convierte en ministra de Trabajo y Asuntos Sociales. Sus experiencias en este ilusionante, aunque efímero, proyecto político las plasmaría en una nueva novela, In the Cabinet, obra que desafortunadamente permanecería inconclusa e inédita. En esta especie de secuela de La casa de las orquídeas, donde Joan ejerce de narradora, protagonista y representación de Allfrey, la autora articula su vocación política y fervor reformista. Como mujer y como blanca se encontraba en minoría en la Cámara de Representantes, y en la práctica carecía de autoridad y presupuesto para darle operatividad a su cartera (Life, 156). Sin embargo, como nos indica en los discursos políticos que con frecuencia cita y comenta en el manuscrito, Allfrey consideraba su presencia en la Cámara como «un símbolo de tolerancia que emana de la soberanía popular» y creía firmemente que la Federación, con toda su diversidad, podía aportar al mundo un «laboratorio del arte de vivir juntos, sin prejuicios y parcialidad»65. A su vuelta a la isla tras la disolución de la Federación, la autora canalizará su compromiso social a través de la creación de su propio periódico, The Dominica Star.

«La casa de las orquídeas»: recepción crítica e influencia

La posición de Phyllis Shand Allfrey y su novela dentro del canon de la literatura caribeña ha evolucionado hacia una creciente centralidad a lo largo de las décadas, ganando intensidad desde finales de los años setenta. La casa de las orquídeas (1953) es ahora considerada como un texto temprano del renacimiento literario caribeño que se desarrolló tras la Segunda Guerra Mundial y su autora goza del estatus de precursora de la literatura caribeña anglófona escrita por mujeres. Sin embargo, como indica Elaine Campbell, una de las grandes impulsoras de su obra, su novela permaneció descatalogada durante al menos dos décadas66 hasta que fue reeditada por la editorial Virago en 1982. La relación de la escritora con la tradición literaria caribeña ha estado determinada por el hecho de que su ascendencia europea y condición de mujer hacían cuestionable su inclusión en el canon en un momento en el que este estaba dominado por un elenco de escritores de ascendencia africana, tales como George Lamming o Derek Walcott. Este afrocentrismo inicial, defendido por el influyente poeta barbadiense Edward Kamau Brathwaite, como apunta Alison Donnell, responde al hecho de que la formación del canon coincide con la era de la descolonización y afirmación nacional de las diferentes islas, donde la población de origen africano era mayoritaria. Así, Brathwaite dictamina que La casa de las orquídeas es una obra «brillante pero irrelevante en el contexto caribeño»67. La crítica actual, sin embargo, sitúa a la novela firmemente en este contexto de eclosión literaria. Kathleen Renk, por ejemplo, identifica en la novela rasgos regionalistas y anticoloniales al retratar la cultura local, la desintegración de la plantocracia y el declive del imperio, además de considerarla un texto feminista que abrirá camino a una nueva generación de escritoras, pues el impulso de la trama reside en los personajes femeninos68.

Fotografía de Phyllis Shand Allfrey dando un discurso político.Allfrey Papers.

En su configuración tradicional, la historia literaria caribeña retrasa la aparición de las voces femeninas a los años ochenta, obviando a las escritoras pioneras de posguerra como Allfrey, Ada Quayle, o Louise Bennett69, e incluso a aquellas que las precedieron, como Jean Rhys, Eliot Bliss, o Elma Napier, por no hablar de las escritoras decimonónicas70. Los esfuerzos recuperativos de Carole Boyce Davies y Elaine Savory Fido en Out of the Kumbla: Caribbean Women and Literature (1990) y de Evelyn O’Callaghan en Woman Version: Theoretical Approaches to West Indian Fiction by Women (1993), le han dado visibilidad a la tradición femenina en la literatura caribeña, y a Allfrey dentro de ella. Davies y Fido señalan la importancia del redescubrimiento de Allfrey y la jamaicana Eliot Bliss como pioneras de la escritura femenina en la región71. O’Callaghan subraya las similitudes entre las novelas icónicas de Allfrey, Bliss y Rhys en cuanto a la representación de la situación de la clase criolla blanca en las islas72. Tanto Davies y Fido como O’Callaghan señalan la marginalidad que han sufrido estas escritoras dentro de la tradición literaria por su ascendencia europea, que provocó que fueran percibidas como culturalmente ambiguas tanto en el Caribe como en el Reino Unido. De la misma manera, en Colonial Strangers, Women Writing the End of the British Empire (2004)73, Phyllis Lassner cuestiona el argumento de Brathwaite y argumenta que precisamente la liminalidad cultural de escritoras como Allfrey, que no se identificaban plenamente ni con su clase social, cómplice del colonialismo, ni con la metrópolis imperial, les otorgaba una perspectiva crítica privilegiada sobre el colonialismo y el fin del imperio.

Con independencia de los condicionantes expuestos, tanto Allfrey como La casa de las orquídeas aparecen referenciadas en las obras críticas clave de la literatura caribeña desde finales de los años sesenta. Louis James la incluye en The Islands In Between: Essays on West Indian Literature (1968), donde destaca la tensión que se refleja en la obra entre la tradición y el cambio, así como su retrato de una isla tan «fascinante» como «enferma» a nivel político y religioso74. En The West Indian Novel and its Background (1970), Kenneth Ramchand analiza La casa de las orquídeas en un capítulo dedicado a novelas ignoradas por pertenecer sus autores a la minoría blanca —Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys; Christopher, de Geoffrey Drayton—. Ramchand subraya que la relevancia de estas novelas radica en que representan lo que él denomina la «conciencia aterrorizada» de la élite blanca colonial ante el empoderamiento de la población afrocaribeña, pero matiza que la «conciencia política» de Allfrey le permite tender un puente entre ambos grupos a través de sus personajes75. Bruce King asigna un capítulo a Jean Rhys en su emblemática colección de ensayos West Indian Literature (1979), pero no así a Allfrey. No obstante, la autora es identificada por Sandra Pouchet Paquet en su capítulo como una voz femenina singular en una década clave para el desarrollo de la literatura caribeña, y a su novela la califica como «abiertamente feminista» en su crítica al «poder patriarcal colonial»76. La inclusión de Allfrey en la enciclopedia biobibliográfica Caribbean Writers (1979) es otra prueba más de su creciente relevancia en las letras antillanas, pero más notable es su aparición en un capítulo monográfico del volumen Fifty Caribbean Writers: A Bio-Bibliographic Critical Sourcebook (1986)77. El volumen Bibliography of Women Writers from the Caribbean: 1831-1986 (1989)78 registra a la autora en calidad de novelista y poeta, reafirmando el lugar que ocupa en la tradición literaria femenina. Otros hitos reseñables son la publicación de la biografía Phyllis Shand Allfrey: A Caribbean Life (1996), escrita por Lizabeth Paravisini-Gebert, una obra de referencia fundamental para el estudio de la autora tanto desde el punto de vista biográfico como literario; además de la recopilación de sus relatos y poesía79, respectivamente, en los volúmenes It Falls into Place (2004) y Love for an Island (2014), publicados por la editorial Papillote Press, cofundada por la autora y periodista Polly Pattullo.

Los esfuerzos de Elaine Campbell por reeditar La casa de las orquídeas culminan en 1982 con la publicación de la obra en la editorial Virago con un prefacio escrito por ella misma. Es importante señalar que el planteamiento inicial era que la autora del prefacio de la nueva edición fuera Jean Rhys, a quien Campbell había pedido ayuda para impulsar la novela de Allfrey usando la influencia de su editora Diana Athill. De hecho, parece relevante aclarar la relación que existía entre ambas escritoras. A Rhys y a Allfrey las separaba una generación, pero ambas tenían en común haber nacido en Dominica, aunque Rhys dejó la isla a los dieciséis años, antes de que Allfrey naciera, para no volver a vivir en ella. Allfrey había oído hablar de Rhys en la isla, donde tenía fama de «rebelde» y de «haber decepcionado a su familia» con su vida bohemia europea80. Además, las familias se conocían, pues un tío suyo había sido amigo de Rhys y su abuelo Henry Nicholls era compañero de profesión del padre de Rhys, también médico en la isla. Por azares del destino, las escritoras se conocerían en Londres en la época de la guerra. En 1941, cuando Rhys atravesaba una grave crisis personal, Allfrey la ayudó a alejarse de un Londres asediado por los bombardeos nazis y le buscó un refugio tranquilo en casa de unos amigos en un pueblo de Norfolk81. Cuando Allfrey publicó La casa de las orquídeas, le envió una copia a Rhys, pero perdieron contacto después de la guerra y del regreso de Allfrey a Dominica. No obstante, la profunda admiración y respeto que Allfrey sentía por su compatriota escritora no disminuyó durante estos años, cuando se afanó en mantener vivo su recuerdo en su isla natal. Así, con motivo de la publicación de Ancho mar de los Sargazos (1966), Allfrey publica una reseña laudatoria en su periódico The Dominica Star, donde protesta de que la autora es admirada en Europa y América, pero «sus primeros libros apenas se pueden encontrar en Dominica, su isla natal»82. Allfrey anhelaba que su célebre amiga expatriada volviera a la pequeña isla que la vio nacer y así lo plasmó en un poema dedicado a ella titulado «The Child’s Return», en el que pone en boca de Rhys su deseo de ser enterrada en Dominica83.

La amistad entre ambas escritoras se reanuda tras veinte años de silencio y de manera epistolar en 1973, manteniéndose hasta el momento de la muerte de Rhys en 1979. Durante estos años, Allfrey le envía a Rhys periódicamente ejemplares de su periódico para mantenerla al día de la vida en la isla, algo que la expatriada agradecía enormemente. Ambas compartían la pasión por el paisaje de Dominica en el que habían crecido, con el que se identificaban, y que Rhys plasmó de forma inolvidable en su última novela. De hecho, los intercambios de cartas se intensificaron en los años 1974 y 1975 con motivo de las conversaciones que el Gobierno de Dominica había iniciado con empresas madereras inglesas para la explotación de los bosques de la isla. Rhys, que era poco dada al activismo, no solo vertía su preocupación por la deforestación en sus cartas, sino que buscó un medio donde publicar un ensayo escrito por Robert denunciando la amenaza que se cernía sobre los bosques, que finalmente no vio la luz al no prosperar los planes del Gobierno84. En el obituario a su amiga Jean, Phyllis insiste en sus vínculos con Dominica, alaba su «absoluta integridad» como artista «al escribir siempre la verdad, aunque le hiciera daño a ella misma», y su «tenacidad y fortaleza», pues «no dejó nunca de escribir»85. Rhys falleció antes de poder redactar el prefacio a La casa de las orquídeas que le había prometido a Phyllis86.

La admiración y afecto que Allfrey le profesó a su compatriota a lo largo de su vida, su deseo de que fuera recordada en Dominica y de que regresara a la isla, convivían con la frustración que le producía que su novela se viese eclipsada por el éxito de Ancho mar de los Sargazos. En esta novela tardía que Rhys ambientó en el Caribe —Dominica y Jamaica— la autora centró su atención en la decadencia de la clase criolla blanca a la que pertenecía, reproduciendo el tema principal de La casa de las orquídeas, pero situando la trama en la época de la Emancipación. A pesar de haber sido publicada trece años antes, la novela de Allfrey perdió su carácter referencial y empezó a ser valorada en relación con la nueva novela en lugar de como un texto precursor o una posible fuente. Es sorprendente ver cómo la sombra de Rhys se proyecta ya en el segundo párrafo del prefacio de la edición de Virago de La casa de las orquídeas, donde Campbell relaciona a las autoras y comenta las descripciones de Dominica que aparecen en la novela de Rhys Viaje a la oscuridad. Las similitudes entre ambas obras no han pasado desapercibidas, pero no es posible establecer de manera concluyente que sean atribuibles a una influencia directa de la obra de Allfrey sobre la obra que le dio a Rhys fama y reconocimiento internacional. En su propia reseña de Ancho mar de los Sargazos, Allfrey no hizo alusión alguna a esta posible influencia. Califica a la novela de «maravillosa», ensalzando en particular la segunda parte, que transcurre en Dominica y que resulta cautivadora en su representación de «una exquisita pesadilla de crueldad, mésalliance, y de la belleza del entorno natural»; como nota crítica, muestra preferencia por la estructura más compacta de las obras anteriores de la autora87. No obstante, en una conversación con Pierrette Frickey dos décadas después, Allfrey menciona que «Rhys había usado inconscientemente fragmentos de su novela, La casa de las orquídeas, publicada antes que Ancho mar de los Sargazos», además de nombres de personajes como «Christophine y Baptiste», aunque añade que había preferido no decírselo «para no herirla»88. La intención de Allfrey no era cuestionar el mérito de Rhys, pues era plenamente consciente de que su compatriota había desarrollado una carrera literaria más sólida que la suya, sino que deseaba que se reconociera su aportación y la influencia que muy probablemente había ejercido sobre Rhys89.

Si bien es obvio que La casa de las orquídeas (1953) y Ancho mar de los Sargazos (1966) son obras muy distintas y con carácter propio, existen coincidencias y ecos que son dignos de reseñar, pues sugieren que Rhys había leído la novela de Allfrey e interiorizado algunos de sus elementos, que posteriormente podrían haber aflorado inconscientemente en su novela. Es verdad que determinadas similitudes, como la recreación de la impactante belleza tropical de la isla, pueden responder a causas biográficas, ya que ambas autoras vivieron su niñez y primera juventud en Dominica, y aunque Rhys pasó la mayor parte de su vida en Europa, el paisaje exuberante de su isla natal dejó una huella duradera en su memoria. Pero incluso en la descripción del paisaje tropical existen diferencias, que se hacen notar, por ejemplo, en la representación de las orquídeas. Si en la novela de Allfrey estas flores viven en un invernadero y son un símbolo de la decadencia de la plantocracia más que una presencia, en Ancho Mar de los Sargazos, las orquídeas aparecen en su estado natural, como parte de la naturaleza indomable e imponente de la isla, que reclama las haciendas abandonadas tras la emancipación de los esclavos. Un ejemplo es la descripción de la «orquídea pulpo» que florece en el jardín de la hacienda de Coulibri y que Antoinette describe como hermosa pero intocable en las primeras páginas de la novela; de forma similar, Rochester identifica esta flor con el exotismo alienante de Antoinette y llega a pisotear una orquídea en el barro en señal de rechazo a su esposa90. Por otra parte, el hecho de que Ancho mar de los Sargazos sea la primera novela que Rhys sitúa en el Caribe y no en Europa y en la que utiliza material caribeño, ha inducido a la crítica a pensar que la lectura de La casa de las orquídeas, de la que Allfrey le había enviado una copia, puede haber inspirado este giro geográfico y cultural en su obra; además, a partir de la publicación de esta novela, la temática caribeña cobraría protagonismo también en sus relatos. El mismo argumento es defendido por Coral Ann Howells, que explica que la obra de Allfrey podría haber actuado como un «catalizador necesario» para Rhys, en particular entre los años 1957 y 196691.

Entre las coincidencias más notables que se pueden observar entre ambos textos cabe destacar nombres de personajes, como el de la cocinera Christophine de La casa de las orquídeas, que Rhys usa para su personaje de la niñera en Ancho mar de los Sargazos; y el de Baptiste, el hijo de Christophine, que en la novela de Rhys es el criado a cargo de Granbois. Campbell explica que la aparición del nombre de Christophene es algo más que una coincidencia, ya que se trata de un término que designa una hortaliza, el chayote, que no se utiliza como nombre propio y que Allfrey ingenia para el personaje de la cocinera de la familia92. Otro nombre que se repite, pero del que no se ha percatado la crítica, es el de «Godfrey», el marido fallecido de Natalie, que Rhys aplica al jardinero de la familia Cosway. Otras reverberaciones incluyen el paralelismo que se puede establecer entre la muerte traumática de la mascota Flanders, que el señor arroja por la ventana en uno de sus ataques de ira, y la muerte del loro Coco en el incendio de Coulibri; ambas caídas anticipan ominosamente muertes similares de personajes traumatizados en cada novela, el señor y Antoinette, respectivamente93. Pero para Campbell la correspondencia más notable entre ambos textos es el uso de la casa de plantación —L’Aromatique y Coulibri, respectivamente— como símbolo estructural del declive de la clase criolla blanca94. Por otra parte, la presencia de este símbolo es más continuada en La casa de las orquídeas, cuyo título ya evoca este espacio. En Ancho mar de los Sargazos, la hacienda de Coulibri, que está basada en la plantación de Geneva en Dominica que pertenecía al bisabuelo de Rhys95, solamente aparece en la primera parte de la novela y se trasplanta a la isla de Jamaica, aunque no por ello pierde su fuerza figurativa en la historia.

La importancia del personaje de la niñera de las protagonistas en ambas novelas también ha sido reconocida por la crítica96. No obstante, merece mayor atención, pues un análisis detallado de los personajes de Lally y su análoga Christophine en Ancho mar de los Sargazos, revela similitudes que parecen tener una explicación más intertextual que biográfica. En términos generales, se puede decir que estos personajes son muy diferentes y un fiel reflejo de la diversidad y sincretismo que caracteriza la cultura caribeña. Lally procede de Monserrat, una isla inglesa, es anglicana, orgullosamente anglófila, y ha sido educada en escuelas metodistas. Christophine es de Martinica, una isla francesa, habla patois, es analfabeta y practica el obeah,