9,99 €
El mediocre es el que se encuentra en medio de una ascensión a una montaña y, porque tiene el camino a medio hacer, puede decidir cómo acabarlo. Por eso los mediocres solo nos comprendemos mutuamente de manera teleológica. Este libro reivindica filosóficamente el mundo de la vida, la situación natural del mediocre insustituible que somos cada uno de nosotros. Es también una invitación a reconciliarnos con lo que somos: criaturas a medio hacer, seres frágiles que tropiezan, dudan, se equivocan y, sin embargo, guardan en su interior la semilla de lo extraordinario. Gregorio Luri nos conduce por un viaje filosófico para mostrarnos que nuestra condición intermedia —entre la animalidad y la divinidad, entre el ser y la nada— es, en realidad, la fuente de nuestra dignidad. Un canto a la condición humana, escrito para el mediocre que vive entre cosas que se acaban, pero no puede vivir en lo acabado.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2025
Gregorio Luri
La dignidad del mediocre
Pequeña filosofía de lo inacabado
© El autor y Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2025
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección Nuevo Ensayo, nº 173
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-1339-250-9
ISBN EPUB: 978-84-1339-583-8
Depósito Legal: M-19890-2025
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa
y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com - [email protected]
Índice
Declaración de intenciones
Cuentos de Calleja
Hegesias de Cirene
La suerte de ser mediocre
El vino rojo brilla
Vocabulario excursionista de la filosofía
Olvidarse de uno mismo y perderse
Una manzana nos sale al paso
La tentación de la fuente
Una manzana en tránsito
Delimitar el mar
De definiciones (o De divisionibus)
Aspiración y deficiencia
Naturam expellas furca
Ver es captar la unidad en la apariencia
Nihil domesticado
El principio evergeta
Toda ciencia trascendiendo
El club de los suicidas
La manzana, la vida, la muerte
Sade o el bárbaro ilustrado
Nihilismus, el caballo de Sissi
El dator formarum
Demócrito y Heráclito
Nos han dejado a medio hacer
Heidegger
Sacar fuerzas de flaqueza
El no-ser de la manzana
La unidad del alma y Europa
Sócrates, eterno dialogante
El Todo
La singularidad noética de las cosas humanas
¿Y tú dónde estabas?
La verdad de la isla
Satán llora sobre el mundo
Insistiendo en la ensambladura
El entrambos y lo ilimitado
Las vacas negras
Hegel y el saber del límite
La oscuridad moral
Estos dos principios gobiernan el mundo
El logos de las cosas humanas
Ad imaginem et similitudinem nostram
El ser es dínamis
De las «verdades redentoras»
Si estás navegando frente a Maine…
Las imágenes que proyectamos sobre nosotros mismos
El cuidado del alma mediocre
Binarismo y diferencia
Lo que permanece
Tres fragmentos
Intemporalizar el tiempo
Pensar el gris
Tener miedo al hombre
Ni el sol ni la muerte se pueden mirar cara a cara
La angustia se cita en Davos
La caza como zétesis
Una grande emoción
Tò aganaktêtikón
El Buda de la playa de Ocata
La apariencia de una isla
Sobre la fe en la fe
El mundo de la vida y sus verdades
Después de la orgía
Cuando nada importe, decide que algo importa
Estoy decidido, pero no sé a qué
La vida no se nos entrega como un bloque de arcilla
Enamorarse de lo que la muerte ha tocado
De vuelta al filósofo risueño
Vivir como un gato o como un cerdo
Como arqueros que tienen un blanco
La fe del carbonero
«Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas»
Alas
Felice Benuzzi, un deportista
De ludo globi
Experimentar la belleza
Una foto muy, muy remota
Sé fuerte y valiente
Ese extraño lugar que es el rostro
«Dije al sepulcro: ¡Tú eres mi padre!»
Coda para cristianos
La peste
Lo que me mató para la vida
El borrado de un rostro
Dios estaba cansado
San Juan acaricia una perdiz
Declaración de intenciones
Los humanos somos seres que hemos venido a este mundo a medio hacer, nos vamos de este mundo a medio acabar y no paramos de decir «Yo» mientras pretendemos ser otro.
Diciendo «Yo» sin parar podemos degradarnos —somos el único animal que puede hacerlo voluntariamente— o imaginarnos como artistas empeñados en hacer de nuestra biografía una obra de valor.
No dejamos de proyectar imágenes sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro que, sean realistas o quiméricas, tienen consecuencias verdaderas sobre nuestras vidas. Vivimos en el presente, pero sólo parcialmente, porque nuestro presente siempre tiene el color de nuestras fantasías constructivas del futuro.
Somos, pues, animales metafísicos porque nuestra misma manera de existir es metafísica. Si la persona a la que amamos se vuelve hacia nosotros y nos pregunta por qué la amamos, ¿quién respondería, mirándola a los ojos, que la amamos porque sus feromonas impregnan nuestros receptores olfativos?
No sabemos vivir sin tener alguna idea, aunque sea vaga, de nosotros mismos, pero cada idea es solo un fragmento de lo que en realidad somos. La totalidad de lo que somos siempre se nos escabulle.
Hasta hace relativamente poco nos definíamos por nuestra situación intermedia entre la divinidad y la animalidad. En nosotros —decía santo Tomás— se encuentra el apetito de los animales y el de los ángeles. Hoy estamos elevando a los animales a los altares de nuestra nueva fe al mismo tiempo que enturbiamos los perfiles del hombre. Como se nos insiste en que compartimos el 95 % de nuestro ADN con el mono, tendemos a olvidar que en el 5 % restante se encuentran Einstein y Beethoven, Velázquez, Homero, Alain Delon y Jack el Destripador.
Crisipo, el filósofo estoico, decía que «la naturaleza dio al puerco, en lugar de sal, un alma, para que no se pudriera». Ortega admitió que no conocía una definición «más bella y melancólica del alma», ya que no es otra cosa que «el principio que defiende la materia de la corrupción. El alma es una guerrera incesante contra la inercia»1. Su resistencia dignifica nuestra mediocridad.
Somos seres mediocres, pero sensibles a los rumores de las lindes.
Somos seres mediocres pero que poseen, como dice Pessoa, la semilla de sí mismos. Y quizás no poseamos nada de más valor.
Somos seres mediocres porque todo cuanto amamos ha sido tocado por la muerte y por eso mismo nos hiere tanto la fugacidad de la belleza.
Cuentos de Calleja
«Nadie nos ha explicado por qué la perfectibilidad es exclusiva del hombre», escribía Rafael Calleja2, el editor de los cuentos de Saturnino Calleja, su padre. En aquellos reconfortantes cuentos «de a cinco dos», siempre se casaba el joven humilde pero honrado con la hija del rey y todos eran felices para siempre. Pero Rafael ya intuía que, si bien son específicamente humanas tanto la capacidad para la degradación como para la superación, era más fácil descender a favor de la inercia que ascender contra ella. Esta es la tesis que defiende en su truculento libro Rusia, espejo saludable para uso de pobres y de ricos (1920). Ve venir el bolchevismo a España mientras los españoles se encogen de hombros, confiados en que una planta tan exótica no podría enraizar entre nosotros. Quisiéramos creer que cuanto más bruto es un hombre, es menos hombre. Pero la posibilidad —no la fatalidad— de ser bruto es algo que poseemos en propiedad los humanos. No somos Sísifo. Hay hombres que, cansados, dejan rodar la piedra cuesta abajo. El auténtico Sísifo es el escarabajo pelotero.
El periódico francés Le Temps se hacía eco el 10 de junio de 1908 del rarísimo caso de un varón de treinta años que padecía extrañas manifestaciones de gangrena en el brazo izquierdo. Los médicos, desconcertados, no lograban dar con su causa. Uno de ellos propuso la amputación, a lo que el paciente accedió. Sin embargo, unos meses después le aparecieron señales de gangrena en el brazo derecho. Fue el famoso doctor Georges Deulafoy (puede seguirse su rastro en las páginas de Proust) quien, tras diversas pruebas, dio con la respuesta. El enfermo era un simulador. Él mismo se producía quemaduras en los brazos con sosa cáustica porque sus enigmáticas llagas lo convertían en un caso interesante y digno de compasión. Padecía lo que Deulafoy llamaba patomimia.
Hegesias de Cirene
Hegesias de Cirene, nacido hacia el 300 a. C., fue, como filósofo, un auténtico cenizo. El adjetivo pesimista le queda muy corto. Sus contemporáneos lo llamaban Peisithanatos (El que anima a morir).
La felicidad era para él un mero flatus vocis que solo conduce al pesimismo, porque la vida, cicatera, siempre da de sí mucho menos de lo que promete. Nuestro cuerpo está infectado de sufrimientos y nuestra alma, de perturbaciones. No importan cuáles sean nuestras esperanzas, el futuro siempre las acabará defraudando, convirtiéndolas en memoria lastimosa. Lo único sensato es quitarse de en medio. Toda su filosofía es una tanatofilia.
Conservamos de él un diálogo descubierto el año 2017 en Herculano, cuyo protagonista es un filósofo llamado Apokarteron, nombre que podemos traducir por «el hombre que quiere disolverse en la nada» o, mejor, por «más allá del límite de tus fuerzas».
Este filósofo ha decidido apartarse del mundo para morir de inanición en lo alto de una montaña que supone inexpugnable. Sin embargo, unos amigos consiguen dar con él e intentan convencerlo de que desista de su propósito, porque pudiera ser que el prolongado ayuno le hubiese enturbiado la razón. Él lo niega rotundamente. El hambre no le ha hecho perder el juicio, sino que su buen juicio le ha despertado el apetito de la muerte. Su caso no tiene nada que ver con el del rey Eresictón de Tesalia, que por faltarle el respeto a la diosa Deméter fue castigado con una voracidad insaciable. Comiera cuanto comiera, nunca se templaba. Llegó a vender a su propia hija por cuatro trozos de pan y, finalmente, loco de hambre, se fagocitó a sí mismo. Eresictón estaba loco, pero Apokarteron se considera un filósofo sensato que ha llegado a una conclusión razonable: en vez de confiar en un futuro acogedor, asume que el porvenir solo le deparará lo que a todos, abundantes amarguras. El dolor es mucho más fiel que el placer. A veces soñamos con disfrutar de la vida ferozmente, como el león que devora la gacela que acaba de cazar, pero al despertar descubriremos que somos la gacela que el león descuartiza. La mejor vida es, pues, la más corta, porque es la que más dolor nos ahorra. Y la mejor manera de acortarla es el suicidio3.
Un viejo refrán castellano asegura que «la pena es coja, mas llega». Este podría haber sido el lema de Apokarteron.
La suerte de ser mediocre
Los humanos somos seres mediocres y deberíamos estar contentos por ello.
Etimológicamente mediocre deriva del latín mediocris, de calidad media. El mediocre no es una bagatela. Es, para entendernos, el que vemos, empapado en vaho, cuando nos miramos después de la ducha matutina en el espejo del baño. Lo que vemos es lo que nos mira: un ser borroso que es para sí mismo lo más real de este mundo. Si, como decía el Marqués de Sade, «nadie es un gran hombre para su ayuda de cámara», ¿cómo no decepcionarnos de vez en cuando a nosotros mismos, que somos nuestro criado más íntimo?
Algunos de entre nosotros —especialmente si sus ayudas de cámara son discretos— poseen biografías memorables, pero del héroe trivial que somos la mayoría sólo quedará, si queda, una huella digital borrosa en la nube. Ni somos siempre como nos gustaría ser, ni nos aman siempre como nos gustaría ser amados. Andamos basculando entre el orgullo y la decepción, la admiración y el desprecio, el deseo de mejorar y el empeño en envilecernos, lo definido y lo indefinido… y, en última instancia, entre el ser y la nada.
Y, sin embargo, ser un humano mediocre es ser un alguien que puede dejar de serlo. Parece que la palabra mediocre deriva de medius (medio) y ocris (montaña escarpada). El mediocre sería entonces el que, habiendo llegado a media ascensión, puede decidirse por el ascenso o por el descenso. Y si tiene voluntad para decidir, es bueno que tenga entendimiento.
Freud dijo una vez que el objetivo del psicoanálisis era convertir «la miseria neurótica en infelicidad ordinaria». No está nada mal ser un infeliz mediocre, porque hay resplandores de luz y belleza que solo se descubren en los claros del bosque, a media ascensión.
El vino rojo brilla
Unos van y otros vuelven, y yendo y volviendo pasamos la vida.
Tarde o temprano todo mediocre descubre que lo que está a su alcance, por bueno que sea, es una parte irrisoria de un mundo inabarcable que se extiende a sus anchas mucho más allá del horizonte. Y entonces el bienestar cotidiano le sabe a poco y siente crecer en sí la tentación de lo insólito. Ha oído que el mundo desconocido es potencialmente peligroso, pero que, por ello mismo, es también aventurero y novedoso. ¿Quién sabe qué oportunidades puede reservarle su arrojo si se decide a descubrirlo? La cómoda rutina del hogar se va calcificando y, al mismo tiempo que lo retiene en lo real, le estimula el atractivo del flujo de lo posible. Un amanecer, sobrepasado por el barrunto de lo indefinido, salta sobre lo real y se pone a caminar en dirección al horizonte mientras a su espalda su casa se va empequeñeciendo. Descubre paisajes inéditos ante los que se detiene boquiabierto. Respira profundamente y el aire le parece cargado de esencias de flores nuevas. Lanzando destellos en la lejanía emergen las cúpulas doradas de una ciudad en cuyos mercados le esperan productos insólitos. Sin embargo, una desazón va creciendo en su interior, como una crisálida de añoranza. Ha cruzado los umbrales de muchas casas, pero en ninguna ha encontrado su hogar. Siente que ha llegado el momento de cerrar el círculo que otros muchos mediocres están iniciando, porque, tarde o temprano a todo mediocre le alcanza la añoranza de un hogar en el que todo lo que desea esté a su alcance, todo le sea familiar, previsible, cómodo; donde disponga a su antojo de una cama mullida, un techo, comida, certezas, cariño, fidelidad, un sofá que se ha ido haciendo a sus medidas y de todos esos pequeños objetos desgastados por el uso que constituyen nuestro memorial biográfico.
Zorrilla tiene razón cuando escribe en Margarita la tornera:
y por más que sea odiosa
la mansión donde se pasa
la vida, siempre a la casa
se apega nuestra afición.
Esta, en resumen, es la historia de ese tratado de antropología que es la Odisea. Salimos de la comodidad con la intención de conocer mundo, pero no hay fuego en el mundo que nos caliente mejor que el de nuestro humilde hogar. Por eso volvemos al reencuentro de «los tejados azules de la casa» que abandonamos. Así lo expresa André Gide en su hermosa reconstrucción de la parábola del hijo pródigo. Pero el que vuelve no es exactamente el que se fue. Lo ha cambiado el viaje.
El Maestro Eckhart preguntaba a sus monjes: «¿Por qué salimos de casa?». Ante sus miradas perplejas, les daba una respuesta evidente e inesperada: «Para encontrar el camino de retorno». Esta es la respuesta de Platón, Plotino, san Agustín, san Juan de la Cruz, Hegel, Novalis, T.S. Eliot, Heidegger, Picasso… de nuestro entrañable caballero andante, el ingenioso hidalgo, nuestro señor don Quijote, que buscando la aventura se encontrará a sí mismo. Es, igualmente, la respuesta que se guarda el padre que aconseja a su hijo en el Llibre de meravelles de Ramon Llull: «Amable fill [...] ve per lo món, e meravelle’t dels hòmens». Y la que descubrirán ben Sabarra o Bernat Marcús.
El médico José ben Sabarra, autor del Sefer Saasouim, un clásico de la literatura hebrea medieval, vivió en Barcelona en el siglo XII. Gozaba de una vida acomodada y de muchos amigos, pero un día una voz le susurró en un sueño: «¡Despierta, porque el vino rojo brilla!». Al abrir los ojos descubrió a un desconocido a los pies de su cama que le dijo: «Acompáñame y yo te llevaré a otro lugar». Se presentó como Natas, un nombre que escondía un secreto que sólo se revelará en el transcurso del viaje: Natas invertido es Satán. Juntos harán la ruta que tras no pocas vicisitudes y aprendizajes, traerá a ben Sabarra de vuelta a casa.
Contemporáneo de ben Sabarra fue el también barcelonés Bernat Marcús. Cada noche soñaba con una voz que lo animaba a viajar hasta Narbona. Finalmente se rindió a su insistencia. Una vez en Narbona, la misma voz le repetía en sueños: «Voy a Barcelona a decirle a Bernat Marcús que tiene un tesoro extraordinario escondido en su casa».
¿Para qué salimos? Le cedo, respetuosamente, la palabra al T.S. Eliot de Cuatro cuartetos:
No cesaremos de explorar
y el fin de todas nuestras exploraciones
será llegar al punto de partida
y conocer el lugar por primera vez.
No podemos estarnos quietos. Si nos sentimos enclaustrados notamos que nos falta algo para completar nuestras vidas, que nos ronda un vacío y que hay que saltar sobre él para descubrir lo más real de nosotros mismos. En resumen: «Nos enamoramos, bebemos mucho, corremos aquí y allá sobre la tierra como ovejas asustadas» (R. L. Stevenson) y por eso mismo nos emparejamos, nos sometemos a la disciplina de la dieta y buscamos la manera de echar raíces en un lugar imposible: aquel que desconozca la añoranza.
Vocabulario excursionista de la filosofía
El mediocre, decíamos, es el que está a medio ascenso, donde el cansancio comienza a pesar. Ya ha trastabillado un par de veces porque la senda, que inicialmente era ancha y cómoda, se va haciendo más estrecha, retorcida y abrupta. A partir de aquí, el mediocre necesita una mentalidad deportiva para resolver las aporías y superar las dificultades.
En uno de los diálogos de Platón, el Hipias Menor, Sócrates utiliza el verbo planao, que significa extraviarse, divagar, desviarse, andar errante… para describir la situación del filósofo que, incapaz de gestionar la admiración que le provoca la contemplación del mundo, se mueve al buen tuntún. El verbo es relevante porque seguir siempre la misma ruta, como hacen los dioses celestes, es para Platón una prueba de inteligencia, mientras que en la vacilación asoman la ignorancia, el desvío y el mareo4: en resumen, las cosas humanas5.
Hay situaciones en los diálogos platónicos en las que hasta el mismo Sócrates se siente perdido, como si hubiera sido arrojado a un laberinto6. Pero, precisamente porque la posibilidad de la desorientación es real, Platón insiste en que ni el caminante debe rendirse, ni el filósofo debe aflojar y ceder a la tentación de la misología, del desprecio al lenguaje. Al fin y al cabo, pensar es hacer camino. De la misma manera que si un hombre nos engaña no por eso debemos desconfiar de todos los hombres, un tropiezo no debe hacernos renunciar a la meta7.
Encontramos en los textos de Platón y Aristóteles lo que podríamos llamar con justicia un «vocabulario excursionista de la filosofía», que comprenderá muy bien todo el amante del montañismo y del pensamiento.
Hacer theoría es pararse a contemplar despacio el paisaje del gran teatro del mundo. Teoría y teatro comparten la misma raíz.
Caminar se dice en griego poreuo, de donde derivan aporía (dificultad para seguir adelante) y euporía (camino transitable).
Topos es lugar definido por ciertos referentes orográficos. El que no sabe cuál es su lugar, el desubicado, está en la atopía.
Hodos es camino. Hacer camino es seguir un met’hodos, un método.
Horos es el hito (o mojón) que muestra una dirección, una distancia o un límite de un territorio, de un espacio común, de una heredad o de un templo. De ahí proceden aoristo (indefinido, que es lo que carece del horos delimitante), horizo (definir, delimitar, determinar). Los romanos traducían el horos griego por finis o por terminus, que han dado lugar a finado, definido, indefinido, definitivo, definición, determinado, etc.8.
Arkhé es el punto de partida, el momento del arranque.
Nostos es el retorno y también la nostalgia del mediocre por el hogar abandonado.
Experiencia, dice Ortega, es pensar con los pies9 y añade: «Experiencia, empeiría, εμπειρία, es una palabra que en griego, como en latín, vive de la raíz per». Ortega encuentra esta misma raíz en el latino portus y en el griego póros. Ambos términos significarían «la ‘salida’ que, caminando por una montaña, encontramos». El camino que conduce a la salida es oportunus. El saber hay que conquistarlo viajando, porque la naturaleza debe ser leída «peregrinando y vagabundeando por ella». Cuando en un viaje nos encontramos con un peligro, hay que dar con el portus y la euporía. En resumen: «El empirismo o experiencia es un efectivo ‘andar y ver’».
En indoeuropeo, las raíces «er-» y «ers-» dieron origen al verbo latino errare, que significa vagar, lo mismo que planao. De aquí procede el adjetivo errático y, por supuesto, el extravío del error.
Linde procede de limes, como límite.
Confín o confinar tienen su origen en con-finis.
Nuestro hito viene del latino fictus, que significaba clavado o fijado.
Olvidarse de uno mismo y perderse
El camino de los místicos es un recorrido de trascendencia del límite hacia la fuente de donde surge todo lo creado, hacia lo que está más allá del ser, lo produce y genera. Como decía el Maestro Eckhart, no es lejos de nosotros donde encontraremos esa fuente. Cuanto más lejos vayamos, más nos alejaremos de ella. Hay que abandonar la extroversión centrífuga para practicar la introversión centrípeta. Hay que volver a casa, cerrar puertas y ventanas y sentarse junto al fuego, dejándose dominar por su fulgor encantado. Entre las brasas se encuentra la huella (el «copyright») que nuestro creador dejó en nosotros al crearnos a su imagen y semejanza.
En uno de sus sermones, titulado La imagen desnuda de Dios, defiende Eckhart que la vía a la intimidad se inicia con la negación de uno mismo, incluyendo todo cuanto dependa de los sentidos, y prosigue con la negación de toda criatura que se halle en el tiempo o en la eternidad. Nada de lo que tiene límites puede ser la fuente del límite. Por lo tanto, todo lo que podamos decir de Dios es un intento de delimitar lo infinito.
El camino ha de trascender las ideas de bondad o justicia divina, que son solo vestidos que ocultan a Dios en sus adjetivos. Hemos de vaciar nuestra casa de toda forma y todo límite, esperando que en el silencio de todo lo creado encontremos la presencia de Dios. Jamás, asegura el Maestro Eckhart, «hubo mayor virilidad, mayor guerra, ni mayor combate, que olvidarse de sí mismo y perderse»10. Es decir, perder toda determinación para encontrarse perdido en lo indeterminado. Heidegger mantendrá siempre a la mano estas palabras.
«Quien siente náusea de lo finito», dice Hegel, filósofo de las vacas negras, «no llega a ninguna realidad, sino que se queda en abstracciones y se va extinguiendo en sí mismo». Ante estas palabras un místico sonreiría y continuaría extinguiéndose en sí mismo.
Una manzana nos sale al paso
Los hombres corrientes cuando ven manzanas, ven manzanas; pero el filósofo ve un fenómeno asombroso. Ve casi un milagro. Aunque, como dice Aristóteles en la famosa apertura de la Metafísica, todos deseemos de manera natural saber, el sorprenderse con lo más cotidiano tiene poco de actitud general. No es extraño, pues, que el filósofo se presente a la sana razón común como alguien que mira al mundo al revés. La vida en la sorpresa, que es la suya, requiere algo muy diferente de lo que le es imprescindible al hombre de la calle para vivir su vida en paz: una mirada nueva cada día. Mientras la mayoría se refugia en los hábitos, que hacen tan transitable la vida en común, el filósofo tropieza continuamente con lo inesperado, va de aporía en aporía y acaba magullado, para escarnio del sentido común. Lo inmediato, la apariencia, es para el hombre corriente la más obvia de las concreciones, mientras que para el filósofo es la más admirable de las abstracciones. El filósofo sospecha que hay algo muy extraño en los confines de la manzana. Ve vida donde los demás no la ven. Se toma en serio el aparecer y él sospecha que el que va de aquí para allá sin fijarse en nada, es como un proyectil que va rebotando en las cosas sin encontrar la diana.
La tentación de la fuente
Prometeo robó el fuego de Júpiter y se lo entregó filantrópicamente a los hombres, que no tardaron en delatarlo porque, según recoge Nicandro en su Theriaca, imaginaron que de esta manera podrían conseguir bienes superiores. Se rebajaron hasta la vileza para mejorar su suerte.
Júpiter no los defraudó. Los recompensó, agradecido, con un phármaco contra el envejecimiento y los despidió satisfecho porque podía restablecer su autoridad. Como el don recibido era muy pesado, los hombres lo cargaron sobre un asno y descendieron del Olimpo dando rienda suelta a su alegría. El animal no tardó en cansarse. Caminaba a trompicones. Muerto de sed se desvió del camino sin que los humanos, que festejaban su alegría, se dieran cuenta. El asno se detuvo en una fuente. Al acercar su hocico al agua, una serpiente se interpuso entre él y el manantial. Era la propietaria del lugar y no estaba dispuesta a regalar el agua si no recibía a cambio algún estipendio. El asno le entregó inmediatamente su carga. De poco le servía aquel fármaco si estaba a punto de morir de sed. Por este motivo las serpientes salen de la vejez cada año y se rejuvenecen con el cambio de piel, mientras los hombres siguen encadenados al curso del tiempo que, irremediablemente, los conduce a la vejez y a la muerte.
