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¿Tenemos suerte… o simplemente interpretamos lo que no podemos controlar? ¿Es el mérito suficiente para explicar el éxito? ¿Puede la filosofía ayudarnos a comprender qué papel juega el azar en nuestra existencia? La filosofía de la suerte es un ensayo apasionante y accesible que explora estas cuestiones desde la mirada filosófica. Fernando Broncano guía al lector a través de una historia de ideas que va de los estoicos a los filósofos contemporáneos, pasando por Kant, Rawls o Bernard Williams. A lo largo del libro, analiza el impacto de la suerte en distintos ámbitos: la justicia, la moral, las decisiones, la identidad, el amor o incluso la política. Con claridad y cercanía, Broncano muestra que reflexionar sobre la suerte no es algo trivial, sino un acto profundo de autoconocimiento y de comprensión de nuestro tiempo.
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Seitenzahl: 162
Veröffentlichungsjahr: 2025
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La filosofía de la suerte
Fernando Broncano-Berrocal
Primera edición en esta colección: octubre de 2025
© Fernando Broncano-Berrocal, 2025
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 979-13-87813-30-7
Diseño de cubierta: Antonio F. López
Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime, S.L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
1. Loterías y supervivientes
2. La suerte y aquello que nos interesa
3. La suerte y lo aleatorio
4. La suerte y el riesgo
5. La suerte y los accidentes
6. La suerte, las coincidencias y las casualidades
7. La suerte y el destino
8. La suerte en perspectiva
9. La suerte y la probabilidad
10. La suerte, la falta de control y la capacidad de intervenir
11. La suerte, la falta de control y la capacidad de vigilar
12. La suerte, la falta de control y la capacidad de confiar
13. La suerte, el éxito y el fracaso
14. La suerte y la oportunidad
Conclusión: Por qué los amuletos no sirven para nada
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
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Colofón
13 de julio de 2024, 18:00. Donald Trump, por entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos, da un mitin en Butler, Pensilvania. Luce su emblemática gorra con el eslogan «Make America Great Again» ante una multitud entusiasta que corea «¡USA!, ¡USA!». En su discurso, Trump despotrica contra la política migratoria del presidente del momento: Joe Biden. No deja de mirar a cámara mientras lee su intervención en el teleprónter que tiene enfrente. Sin embargo, tras unos minutos, decide dejar de usar el aparato, que considera «terriblemente aburrido», y solicita que le pongan un gráfico sobre inmigración en un televisor situado a su derecha. Alza su mano, señala la pantalla con un dedo acusador y se vanagloria de que durante su mandato la tasa de inmigrantes ilegales había sido la menor de la historia desde que se tienen datos. A continuación, culpa a Joe Biden de incrementar esta cifra de manera dramática, y lo describe como el peor presidente de la historia de los Estados Unidos. Al pronunciar estas palabras, Trump hace pequeños giros de cabeza hacia su derecha para mirar el televisor. De repente, se oyen cinco disparos de bala de un fusil semiautomático. Uno de ellos perfora la parte superior de la oreja derecha de Trump. El candidato cae al suelo. Varios agentes del servicio secreto saltan al instante sobre él para protegerlo. Se oyen gritos de pánico entre la multitud. La gente queda paralizada y casi todos permanecen agachados en sus asientos. Tras unos segundos de incertidumbre, el tirador es abatido por un francotirador apostado en un edificio cercano. Al final, Trump se levanta con la cara ensangrentada y alza su puño derecho. La icónica imagen recorre el planeta.
Todo el mundo estará de acuerdo en que, aquel día, Trump tuvo una increíble suerte de salir con vida de aquel palco. Como él mismo declaró más tarde, si no hubiera girado su cabeza hacia la derecha, la bala habría impactado de pleno en su nuca, y el desenlace habría sido otro. En ocasiones, la diferencia entre la vida y la muerte es una cuestión fortuita. Y es precisamente en esas ocasiones cuando prestamos atención a este extraño fenómeno que, por lo general, llamamos suerte.
Otro llamativo ejemplo de suerte extrema, aunque tal vez menos conocido, es el de Roy Sullivan, un guardabosques del Parque Nacional Shenandoah en Virginia, Estados Unidos. En 1942, a la edad de treinta años, una tormenta eléctrica lo sorprendió mientras trabajaba, por lo que Sullivan decidió refugiarse en una torre de vigilancia de incendios cercana. Por desgracia, la torre había sido construida no hacía mucho tiempo y aún no contaba con pararrayos, de modo que fue alcanzada por varios rayos que provocaron un devastador incendio. Por suerte, Sullivan sobrevivió al incidente con algunas quemaduras, aunque el resultado podría haber sido mucho más trágico. Si bien sobrevivir al impacto de un rayo es un suceso que nadie dudaría en describir como buena suerte, lo extraordinario de la historia de Sullivan es que aquella no fue la única vez que le ocurrió: sobrevivió al impacto de estos fenómenos en otras seis ocasiones. En 1969, le cayó un rayo mientras conducía su camión; en 1970, cuando estaba en su jardín; en 1972, mientras registraba vehículos que accedían a una zona de acampada del Parque Nacional de Shenandoah; en 1973, patrullando el parque; en 1976, al pasar cerca del lugar donde le alcanzó el de 1969, y en 1977, pescando. En todas estas ocasiones sufrió quemaduras de diversa gravedad, pero siempre logró salir con vida. Curiosidades de la vida: después de haber sobrevivido a estos siete encuentros con la muerte, Sullivan se quitó la vida disparándose en la cabeza en 1983.
La suerte no tiene por qué ser tan dramática. Un ejemplo clásico de buena suerte es ganar la lotería, como Edwin Castro, quien en 2022 ganó un premio histórico de más de dos mil millones de dólares en la Powerball de Estados Unidos, o como los muchos afortunados que ganan sustanciosos premios de loterías cada año en diversos lugares del mundo. Pero la suerte no siempre es extraordinaria y puede manifestarse de formas mucho más mundanas, como cuando alguien se encuentra una simple moneda en la calle, o recibe una invitación inesperada, o le suben de categoría en un vuelo, o se cruza con alguien a quien llevaba tiempo queriendo ver, o el clima es agradable el día de una excursión o, sencillamente, encuentra aparcamiento a la primera. Más allá de estos ejemplos cotidianos de suerte, muchas personas también se sienten afortunadas por gozar de buena salud, haber formado una familia o vivir en un país pacífico. La suerte, ya sea más o menos trágica, más o menos cotidiana, está por todas partes.
La suerte también tiene su lado negativo. Sin duda, lo has experimentado de primera mano si perdiste las llaves de casa en la calle, recibiste una multa inesperada, te cancelaron un vuelo, te topaste con alguien a quien no querías ver, planificaste una excursión y llovió todo el día o estuviste dando vueltas una hora buscando aparcamiento. En sus formas más extremas, la mala suerte puede incluso conducir a consecuencias mortales. Todos conocemos historias trágicas de personas que han perdido la vida en desastres naturales, atentados o accidentes domésticos.
La suerte, además, puede llegar a ser ambivalente. Lo que de entrada parecería un golpe de buena suerte puede tornarse amargo con el tiempo. Algunos ganadores de lotería, por ejemplo, han desarrollado problemas psicológicos, o han acabado en bancarrota, divorciados, les han robado e incluso envenenado. La buena suerte no siempre perdura y, ya sea buena, mala o de un gris incierto, es caprichosa: puede tomar caminos insospechados.
Curiosamente, aunque clasifiquemos casi de modo automático qué eventos son buena suerte y cuáles son mala suerte, nos cuesta mucho más dar respuesta a la pregunta de qué es la suerte, es decir, en qué consiste. En la cultura popular, la suerte tiene un aura de misterio. Creemos que la buena suerte habita en tréboles de cuatro hojas, patas de conejo, herraduras o en simpáticos gatos decorativos que mueven la pata, mientras que la mala suerte resulta de romper espejos, pasar bajo escaleras, derramar sal, abrir el paraguas dentro de casa o cruzarnos con gatos negros. Y cruzamos los dedos o tocamos madera para alejar la mala suerte. También deseamos buena suerte a quien va a emprender un largo viaje, comenzar un nuevo trabajo o realizar un examen. Es más, si pisamos un excremento, en ocasiones no nos molesta demasiado porque pensamos que ello nos traerá buena suerte. Además, no es raro ver deportistas que evitan tocar el trofeo antes de disputar una final, que entran en el campo con el pie derecho o que incluso no lavan su camiseta durante una racha goleadora.
Por fortuna, existe un grupo de personas que desdeñan las supersticiones y que se han interesado por averiguar en qué consiste de verdad la suerte, más allá de lo que se piense sobre este fenómeno en la cultura popular. La profesión de estas personas consiste, entre otras cosas, en investigar en profundidad y de manera objetiva conceptos y fenómenos de la vida cotidiana, a veces desafiando el sentido común, pero siempre con rigor. Estas personas, en definitiva, se dedican a hacer filosofía.
Quienes nos dedicamos a la filosofía, tratamos de responder preguntas rimbombantes como: ¿qué es la verdad?, ¿existe Dios?, ¿qué es la justicia?, ¿somos realmente libres?, ¿por qué hay algo en lugar de nada? Pero la filosofía también pone su foco en fenómenos cotidianos como el amor, la amistad o la suerte. Desde hace un tiempo, de hecho, varios artículos y ensayos filosóficos han tratado de dar respuesta a la pregunta de qué es la suerte, impulsados un tanto por la curiosidad que desata el fenómeno, pero también por el deseo de entender qué papel juega la suerte en diversas discusiones filosóficas.
En los siguientes capítulos, te invito a embarcarte en un fascinante viaje de la mano de la filosofía para desentrañar la naturaleza de la suerte. En este viaje no necesitarás ningún conocimiento previo de filosofía o de ningún tipo, sino solo un poco de curiosidad. Si aún no te atrae el tema, piensa por un momento en tu trayectoria vital y en la influencia que tuvo la suerte en muchos episodios de tu vida. Piensa, por ejemplo, en si un evento fortuito hizo que conocieras a cierta persona ahora importante en tu vida, o si te llevó a matricularte en cierta carrera que después hizo que eligieras (o rechazaras) cierta profesión, o si hizo que tu actual estado de salud cambiara por completo. Sin duda, comprender en qué consiste la suerte te interesa. También le debería interesar a todas aquellas personas que creen o dicen poder controlar la suerte con amuletos, rituales o pensamientos positivos. Al fin y al cabo, es difícil controlar aquello que no se comprende. Por suerte, la filosofía tiene la respuesta.
En el lenguaje cotidiano empleamos muchas expresiones para hablar de la suerte. Por ejemplo, cuando alguien atraviesa una buena racha, solemos decir que «está de suerte» o que «tiene la suerte de cara», mientras que a quien gana muchos premios lo llamamos «suertudo». A las personas afortunadas desde la infancia se les dice que «nacieron con estrella», y si alguien parece tener mala suerte una y otra vez, decimos que está «gafado». Además, cuando una persona inexperta triunfa sin que nadie se lo espere, lo atribuimos a la «suerte del principiante».
Un aspecto común a todas estas expresiones es que suelen referirse a personas; es decir, quienes tienen suerte, ya sea buena o mala, son seres humanos. Sin embargo, una pregunta legítima es si otros seres también pueden verse afectados por la suerte. Pensemos en un animal, por ejemplo, en un erizo que cruza con mucha calma una carretera con tráfico constante y, por cuestión de centímetros, no acaba atropellado bajo las ruedas de un camión. En este caso, podríamos decir también que el erizo ha tenido suerte. Y ahora imaginemos a un montañista que se salva de un desprendimiento de rocas por escasos metros. El montañista, sin duda, tiene suerte, pero ¿podríamos decir lo mismo de las rocas? Parece una pregunta absurda, ¿verdad? Esto nos lleva a la siguiente idea: por lo general, no atribuimos la suerte (ni buena, ni mala) a objetos inanimados. Por el contrario, parece que solo la atribuimos a aquellos seres que están vivos.
Podría pensarse entonces que lo que hace que algo o alguien pueda ser considerado portador o depositario de buena o mala suerte es que esté vivo. No obstante, contra esta idea, alguien podría alegar que existen excepciones, pues a veces atribuimos la suerte a objetos. Por ejemplo, imaginemos a una persona que tiene un aparatoso accidente de coche, pero que tiene la fortuna no solo de haber salido ilesa, sino de que su coche tampoco haya sufrido daños significativos. En este caso, podemos decir no solo de esa persona que ha tenido suerte de salir indemne, sino que también podemos decir que el propio coche ha tenido suerte de no sufrir grandes daños.
Ahora bien, ¿tiene sentido decir de un objeto que tiene buena o mala suerte? Si lo pensamos con detenimiento, este tipo de afirmaciones no hacen más que reflejar nuestro interés en el buen estado del objeto en cuestión. Por ejemplo, en el caso del accidente de coche, decimos que el coche tiene suerte de no haber sufrido daños porque si se hubiera averiado o, incluso, hubiera acabado siniestrado, tal suceso habría tenido implicaciones importantes para la vida cotidiana de la persona involucrada, como las dificultades que le habría ocasionado para desplazarse a su trabajo o el deterioro de la economía familiar por la necesidad de comprar un coche nuevo. Esto quiere decir que, en realidad, la suerte que atribuimos al coche no es más que un reflejo de nuestra propia suerte.
Si esto no es evidente, pensemos en dos asteroides colisionando en algún rincón remoto del universo o en una gota de agua cayendo en mitad de la selva amazónica. ¿Diríamos que estos objetos (los asteroides, la gota) tienen buena o mala suerte? Es muy probable que no, y la razón es simple: ni los asteroides ni la gota tienen importancia para ninguna persona, a diferencia del preciado coche, lo que explica por qué nada de lo que les sucede constituye, para nadie, buena o mala suerte.
Esta última idea nos da una pista sobre un rasgo interesante de la suerte: en los casos de buena o mala suerte, suele existir una relación entre un individuo y un evento. En otras palabras, cuando un evento representa buena o mala suerte, lo hace porque representa buena o mala suerte para alguien. Es decir, no tiene sentido hablar de buena o mala suerte si el evento en cuestión no afecta a nadie.
¿Qué es un evento? Un evento es un acontecimiento que ocurre en un lugar y un momento determinados; por ejemplo, ganar la lotería, sobrevivir a un accidente o recibir una multa son ejemplos de eventos. Así, consideramos que tales eventos representan buena o mala suerte en la medida en que afectan de ciertas maneras a ciertos individuos, a saber, el ganador de la lotería, la víctima del accidente o la persona multada: sus vidas se ven afectadas de forma positiva o negativa por ellos.
¿En qué consiste, exactamente, la influencia de la suerte? ¿Sobre qué aspectos ejerce su impacto? Una posible respuesta es que la suerte incide en nuestro mundo interior. Sabemos que la mala suerte genera emociones como sufrimiento, tristeza o angustia, mientras que la buena suerte produce bienestar, alegría o felicidad. Sin embargo, también solemos decir que seres vivos que no experimentan emociones, como una planta, pueden tener suerte. Por ejemplo, en un incendio forestal, no es descabellado pensar que los árboles que no se han quemado han tenido suerte de permanecer intactos, aunque los árboles no experimenten el tipo de emociones complejas que tenemos las personas, como el profundo alivio o la enorme felicidad que podemos sentir tras sobrevivir a un incendio.
En este sentido, podemos afirmar que la suerte, buena o mala, no solo afecta a nuestras emociones, sino que, de modo más general, incide de forma directa en nuestros intereses. Pensemos en los árboles: tienen el interés objetivo de estar vivos. De ahí que digamos que tienen buena suerte cuando un incendio los deja intactos: tal interés objetivo no se ve afectado negativamente por las llamas. En general, los intereses objetivos son aquellos relacionados con necesidades biológicas esenciales para la supervivencia y el bienestar, como la nutrición, la respiración o el descanso. Por otra parte, seres más complejos como los humanos también tienen intereses subjetivos, como deseos, decisiones y objetivos personales. La suerte, buena o mala, también afecta a este tipo de intereses, como cuando el deseo de un niño de comerse el helado de chocolate que tiene en la mano se ve truncado cuando un empujón fortuito de su hermano hace que se le caiga al suelo.
Por lo tanto, en la medida en que un ser posea algún tipo de interés, ya sea subjetivo u objetivo, puede ser considerado como portador o depositario de buena o mala suerte. Todos los seres vivos tienen intereses, ya sean objetivos o subjetivos, y es por ello que atribuimos buena o mala suerte a humanos, animales o plantas. Pero, quizás, en un futuro no tan distante, también podamos atribuir buena o mala suerte a las inteligencias artificiales en la medida en que estas desarrollen intereses más allá de los fijados en un principio por su propio diseño o por sus metas de funcionamiento.
Todos los seres anteriores comparten una característica: son individuos. Sin embargo, los grupos, como empresas, gobiernos o equipos deportivos, también pueden tener buena o mala suerte. Por ejemplo, como muchos recordaremos, Netflix, la plataforma de streaming, y de forma aún más notable, Zoom, el software de videoconferencias, se vieron muy beneficiados en 2020 por los confinamientos derivados de la pandemia, lo cual representó un golpe de buena suerte para ambas compañías. En cambio, sectores como la hostelería y las aerolíneas sufrieron grandes pérdidas, lo que significó un golpe de mala suerte. También en el ámbito deportivo son frecuentes los casos en los que un golpe de suerte en el último minuto, como un penalti mal pitado, da la victoria a un equipo.
Ahora bien, la suerte de un grupo no siempre coincide con la suerte de sus miembros. Por ejemplo, si una empresa manufacturera no alcanza su meta de ingresos anuales por mala suerte (como condiciones geopolíticas desfavorables), no significa siempre que todos y cada uno de sus empleados, como los trabajadores de la línea de montaje, compartan esa mala suerte, sobre todo si la ley les garantiza estabilidad laboral y la viabilidad de la empresa no está en riesgo. De igual manera, puede considerarse mala suerte que despidan a uno de esos trabajadores, pero eso no implica que la empresa en su conjunto tenga mala suerte.
La explicación de estas divergencias es sencilla: los intereses de un grupo no tienen que ser los mismos que los de sus miembros. Por ejemplo, el interés de una empresa podría ser incrementar sus beneficios respecto al año anterior. Sin embargo, un trabajador de esa misma empresa no tiene por qué compartir ese objetivo; su interés podría consistir tan solo en recibir su salario a tiempo y gozar de estabilidad laboral.
Ahora que entendemos qué convierte a alguien en portador o depositario de la suerte (ser un individuo o grupo con algún tipo de intereses), veamos algunas características generales de la suerte.
Buena y mala suerte. Como hemos visto, la suerte puede ser buena o mala. Por ejemplo, al decir «Sonia tuvo suerte de sobrevivir al atropello sin lesiones» o «Sonia tuvo mala suerte de morir atropellada», nos referimos a que sobrevivir representa buena suerte, mientras que fallecer representa mala suerte. ¿Cómo explicamos este hecho tan obvio?
