La génesis del género - Abigail Favale - E-Book

La génesis del género E-Book

Abigail Favale

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Beschreibung

La cuestión de género -quiénes somos como hombres y mujeres- nunca ha sido más apremiante ni tan incomprendida. Entretejiendo experiencia personal e investigación, la Dra. Favale ofrece un relato profundo pero accesible del paradigma de género: rastrea sus orígenes en el feminismo y en el pensamiento posmoderno, y describe cómo el género ha llegado a eclipsar al sexo y a remodelar el lenguaje, el derecho, la medicina, la sexualidad y nuestra propia autopercepción. Además de exponer esa hoja de ruta, defiende también la solidez de la mirada cristiana sobre la realidad, proclamando la dignidad del cuerpo, el significado sacramental de la diferencia sexual y la interconexión de toda la creación.

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ABIGAIL FAVALE

La génesis del género

Una teoría cristiana

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: The Genesis of Gender: A Christian Theory

© 2022 by Ignatius Press, una división de Guadalupe Associates INC.

© 2024 de la edición española traducida por Luz Karina Barba de Parra

by EDICIONES RIALP, S.A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

A menos que se indique lo contrario, las citas de las Escrituras en esta traducción están tomadas de la Biblia de Navarra, copyright © 1983 y siguientes. Facultad de Teología. Universidad de Navarra. Ediciones Universidad de Navarra S.A (EUNSA).

Las citas de encíclicas y otros documentos del Vaticano se toman del sitio web del Vaticano.

Se han tomado extractos de la traducción al español del Catecismo de la Iglesia Católica, Versión oficial, propiedad de la Santa Sede, 2.ª edición, 1992.

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-6678-5

ISBN (edición digital): 978-84-321-6679-2

ISNI: 0000 0001 0725 313X

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Para nuestros hijos. Que conozcan su verdadero valor.

ÍNDICE

Hereje

Cosmos

Olas

Control

Sexo

Género

Engaño

Integridad

Don

Agradecimientos

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Índice

Comenzar a leer

Agradecimientos

Notas

Hereje

En la primavera de 2015 estaba enseñando un curso sobre teoría de género en una universidad cristiana. Era un curso que había enseñado durante años, pero nunca de la misma manera. La teoría de género siempre se estaba transformando, al igual que mis estudiantes, y yo cambiaba constantemente, tratando de mantenerme al día con la última jerga y tendencias. Esta vez fue diferente. Estaba en medio de dos situaciones dramáticas en mi vida personal: el nacimiento de mi segundo hijo, que ocurrió a mediados del semestre, y una turbulenta conversión al catolicismo, que estaba trastocando todo lo que creía saber. Me encontré dando a luz y naciendo, mi cuerpo dio una vuelta por completo para dar a luz una hija; mi alma dio otra vuelta por completo para hacerle espacio a Cristo. Cada uno de estos nacimientos, como todo nacimiento, fue una paradoja envolvente de belleza y agonía.

Tiendo a realizar mis labores físicas rápidamente. El trabajo espiritual, no tanto. Comencé ese semestre como una conversa a medias: técnicamente católica, pero aún no interiormente. Estaba en un extraño y aturdido punto medio. Cuando me uní a la Iglesia en 2014, asumí que me convertiría en una «católica a la carta», llevando mis preciadas creencias progresistas a la Iglesia y refugiándome bajo el dosel de la conciencia. Entonces sucedió algo terrible. Mi conciencia comenzó a rebelarse. Las creencias progresistas comenzaron a sentirse cada vez menos como pertenencias personales y más como equipaje: pesadas y fuera de lugar.

El mundo que había habitado cómodamente como una académica feminista comenzó a tener menos sentido. Yo era como el infeliz habitante de la caverna de Platón, tropezando fuera de la oscuridad ante la cegadora luz del día por primera vez. Las sombras en las paredes de piedras detrás de mí, alguna vez tan claras e inquietantemente reales, ahora parecían caricaturizadas y exageradas. Sin embargo, moverse más allá de la cueva era aterrador; mis ojos no se habían adaptado a un mundo iluminado por el sol, así que me quedé en la entrada por un tiempo, inmóvil y en la penumbra.

Enseñar teoría de género en ese estado era desconcertante, por decirlo suavemente. Mientras discutía ensayos que había enseñado una docena de veces, de repente me vi plagada de preguntas espontáneas, notaba lagunas e inconsistencias de las que nunca me habían preocupado. Durante el semestre, se hizo cada vez más claro para mí —en pequeñas epifanías de horror— que había estado viviendo en una cueva durante más de una década, confundiéndolo con la realidad. Al perseguir mi amor por la literatura femenina y mi interés permanente en las experiencias de las mujeres, había entrado en un campo de estudio que venía empaquetado con su propia visión total del mundo, una visión que absorbí gradualmente. Me había convertido en una ideóloga sin darme cuenta.

Recuerdo una clase en particular: estaba discutiendo con mis estudiantes un ensayo de Judith Butler, una prominente teórica de género. En el ensayo, Butler despliega su concepto de performatividad de género: el género como algo que hacemos, en lugar de algo que somos (hablaré de Butler con más detalle en el capítulo 3). Como la mayoría de los teóricos críticos, Butler escribe en todo menos en prosa impenetrable; sin embargo, mis estudiantes aceptaron fácilmente su idea de género como una performatividad. Lo que no reconocieron completamente es que Butler afirma que el género es solo una actuación, que las «mujeres» realmente no existen, y que cualquier afirmación de verdad es, en última instancia, un ejercicio de poder. Estas ideas, que podrían no haber sido tan atractivas para mis estudiantes, permanecieron bien ocultas debajo de la superficie, oscurecidas bajo una jerga opaca. Mis estudiantes rozaron la capa superior del suelo, agarrando algunas flores aquí y allá, pero nunca detectaron bien la raíz. Solo ahora, analizando mi primer vistazo de la realidad, puedo ver que no fui de mucha ayuda para ellos.

Salí de clase ese día sintiéndome derrotada, sin estar segura del motivo. Había enseñado ya este texto a otros estudiantes universitarios, muchas veces, y con mi conciencia tranquila. De hecho, a menudo me sentía bien al exponerles a teorías enajenantes y modernas sobre el género. Cuando expresaban una nueva incertidumbre y confusión, como solían hacer al final del curso, me sentía satisfecha, como si mi tarea principal como profesora de estudios de género fuera romper y desestabilizar sus puntos de vista ordenados y simplistas, para exponerlos a una complejidad irresoluble. Ahora ese trabajo de desorientación, sin ningún esfuerzo de reorientación, comenzó a inquietarme. Mi conciencia, después de aplaudirme durante la última década, ahora carraspeaba en la trastienda de mi mente y preguntando: ¿acaso hay algo de cierto en todo esto?

En este estado de desasosiego, busqué el consejo de un profesor mayor a quien respetaba. Corrí a su oficina directamente desde mi casa, mi cabello aún estaba mojado después de una ducha. Acababa de regresar del permiso de maternidad, donde iba siempre con cinco minutos de retraso, sudando excesivamente y tratando de atender a mis demás ocupaciones en los intervalos de tres horas entre los momentos de lactancia. Llegué con una Coca-Cola Light en la mano, esperando una charla agradable e informal con un colega. A los cinco minutos estaba en modo de completa confesión, revelando las acusaciones de mi conciencia no a un sacerdote, sino a un cuáquero de barba gris con aire de Gandalf. «Siento que les he estado dando de beber veneno a mis estudiantes», dije. Durante tantos años, había sido descuidada, descuidada con sus mentes y, lo más aterrador, con sus almas.

El profesor me escuchó a su manera, en silencio. Él usa pocas palabras, pero suelen ser sabias y rara vez son las que quieres escuchar. Podría haberme animado, decirme que había hecho lo que pensaba que era correcto en ese momento, que estaba siendo demasiado dura conmigo. En cambio, dijo, con acento apalache: «¿Conoces ese versículo en Mateo? ¿El que dice que, si alguien hace tropezar a algún pequeño, sería mejor que le colgaran del cuello una piedra de molino y se ahogara en el mar? Siempre he pensado que sería una buena idea para nosotros, los profesores, tatuarnos eso en los brazos».

Eso es lo que estaba sintiendo: la maldita piedra de molino. En verdad, había estado alrededor de mi cuello durante años, pero al menos ahora estaba sintiendo su peso. Fue un consuelo.

Salí de su oficina con un poco más de claridad sobre lo que no quería hacer. No quería seguir enseñando teoría de género como un conjunto de ideas neutrales en cuanto a valores, sin prestar atención a la visión del mundo que propone. No quería que mi conclusión fuera confusa. Entendía lo que no debía hacer, pero estaba menos segura de lo que sí debía hacer.

Si la teoría de género era, en el fondo, una disciplina ideológica, ¿simplemente había desperdiciado mi educación? ¿No había nada bueno aquí, nada salvable? No sabía cómo integrar estas teorías con mi nueva identidad católica, o si debería intentarlo. Tenía que seguir saliendo de la cueva, eso lo sabía, pero ¿no había nada de valor que pudiera traer conmigo? Estaba experimentando una profunda disonancia de cosmovisión, como si hubiera estado flotando felizmente en lo que pensé que era una balsa resistente, y luego descubrir que estaba parada sobre dos troncos sueltos que se estaban separando.

Sospecho que hoy en día hay muchas mujeres que se encuentran en un lugar similar: atrapadas entre visiones del mundo, suspendidas entre el cristianismo y las últimas tendencias feministas, preguntándose cómo, si es que lo hacen, esas perspectivas se conectan y se traslapan. Algunas sienten esta tensión profundamente, sin saber cómo reconciliar los dos. Otras no lo sienten en absoluto, sino que concluyen que el cristianismo y el feminismo son tan compatibles que son casi lo mismo: seguir a Jesús es ser feminista. También están aquellas que adoptan el feminismo de manera tan intensa que se convierte en una religión, y cualquier compromiso cristiano gradualmente se convierte en vestigial o desaparece por completo.

En mi extraño y sinuoso viaje de fe, he sido todas esas mujeres.

Feminista evangélica

Comencé la universidad en el otoño de 2001. Los aviones derribaron las Torres Gemelas dos semanas después de iniciar mi primer semestre. El mundo estaba en crisis pero todo eso pasaba a kilómetros de distancia; yo estaba a salvo en la costa oeste, preocupada por la agitación en mi pequeño mundo. Salir de casa se sintió como un escape de la prisión. Estaba ansiosa por perseguir la promesa universitaria de autodescubrimiento y por encontrar un novio lo más pronto posible. En ese momento, tenía puntos de vista evangélicos típicos sobre las mujeres; seguí la línea en cosas como la jefatura masculina y la sumisión femenina, al menos si me lo preguntaban. Desde temprana edad me habían animado a soñar con mi futuro esposo, tenía una lista de cualidades deseadas en la parte posterior de mi diario. El primer renglón de la lista decía: «Un líder en el hogar y en el mundo». Como siempre había discrepancias, también mantuve una lista de todos los chicos que había besado, un número que aumentó a dos dígitos el verano antes de la universidad.

A pesar de mi guiño obligatorio hacia la autoridad masculina, no tenía un buen modelo que encarnara el ideal sumiso femenino. A menudo me encontraba en espacios dominados por varones, como el equipo de fútbol masculino en la secundaria o la clase de filosofía en la universidad, y me las arreglaba para encajar. Era ambiciosa y competitiva, aguerrida cuando era necesario. No encajaba en el molde femenino (demasiado vello corporal, por un lado) y mi conciencia de este hecho aumentó durante ese primer año de universidad. Los debates sobre los roles de las mujeres, que me parecían lejanos cuando era adolescente, ahora ganaron relevancia. El matrimonio, la vida familiar, la carrera: ya no eran solo fantasías futuras, sino perspectivas inminentes. La cuestión de mi identidad y propósito como mujer se volvió apremiante.

Entré a la universidad asumiendo, como me habían enseñado, que el feminismo era una ideología dañina en desacuerdo con el cristianismo. No es que nadie en mi iglesia evangélica o en mi pequeña ciudad natal mormona nunca haya mencionado realmente el feminismo. Lo único que escuché fue a Rush Limbaugh ocasionalmente criticando a las «feminazis» en la radio del automóvil. Pensaba en las feministas como mujeres estridentes y liberales con pelo corto y pantalón. No pasó mucho tiempo para que esta caricatura se quedara en el camino. A los nueve meses de ingresar a la universidad, estaba escribiendo un trabajo titulado «Dios es feminista» y enviándolo por correo electrónico a mis padres, sin duda alguna, escandalizados.

¿Qué provocó este cambio repentino? Leer la Biblia. Como evangélica de cuna, había leído mucho la Biblia, pero solo de manera fragmentada: un versículo de memoria aquí, un capítulo o pasaje allá. En la universidad, sin embargo, se me pidió que leyera un libro de la Biblia completo, y descubrí algunos rincones extraños y turbios en la Biblia que pensé que conocía. Me tomaron por sorpresa los versículos sobre mujeres que se cubrían la cabeza y guardaban silencio en la iglesia, o aún más desconcertantes: las mujeres como imagen y gloria del varón, y los varones como imagen y gloria de Dios1. Ese me sacó de lugar. ¿Están los varones más cerca de Dios que las mujeres? A pesar de crecer en una estructura estilo matrioska, de conservadurismo religioso, una burbuja evangélica dentro de una burbuja mormona, nunca me había enfrentado tan directamente con lo que parecía ser una jerarquía de valor entre mujeres y varones, y en la Palabra de Dios, nada más ni menos.

Instintivamente retrocedí ante la idea de que las mujeres tienen menos valor a los ojos de Dios. Pero quería ser capaz de reconciliar mi creencia en la igual dignidad de varones y mujeres, con la autoridad de las Escrituras. Mi profesora no tuvo una interpretación satisfactoria, y tampoco mis compañeros de clase. Sintiéndome perdida, me dirigí a la biblioteca buscando respuestas. Deambulando por esos pasillos, hice un descubrimiento que reorientaría la trayectoria de mi vida intelectual: la interpretación bíblica feminista.

Este descubrimiento provocó lo que podríamos llamar mi propia «primera ola» como feminista: el feminismo evangélico. Durante los siguientes dos años más o menos, enfoqué mi energía en interpretar las Escrituras de una manera que afirmara una perspectiva igualitaria sobre varones y mujeres. Encontré una clave hermenéutica de oro en un fragmento de Gálatas 3, 28: «No hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». Usé esa llave para abrir los desconcertantes versículos que me causaban problema. Mientras tanto, mis puntos de vista religiosos más amplios permanecieron más o menos evangélicos. Todavía confiaba en las Escrituras como la máxima autoridad, con la advertencia de que debe interpretarse correctamente; tenía fe en la revelación cristiana y en la obra salvífica de Cristo. No vi ninguna tensión entre el feminismo y el cristianismo tal como yo los entendía, y me ocupé de convencer a otros de su compatibilidad.

Mi «segunda ola» de feminismo comenzó cuando terminé mi segundo año de universidad. Había una nueva profesora en el campus que era una activista feminista, y asistí a su clase sobre las mujeres en la Biblia. Cuando llegamos a esos incomodos pasajes paulinos en el Nuevo Testamento, me senté y esperé a que me enseñaran lo que ya sabía: Pablo no es sexista; solo tenemos que leerlo correctamente.

Para mi sorpresa, la profesora dio un giro por completo para dar otro argumento: Pablo es realmente sexista, pero podemos ignorar esos fragmentos de las Escrituras porque fueron corrompidos por la cultura patriarcal de la época. Me sentí frustrada; sabía que mis compañeras de clase, que eran escépticas sobre el feminismo, se alejarían de cualquier perspectiva que se moviera rápido y sin rigor con la Biblia (yo había estado esperando ganar algunas feministas conversas).

A pesar de mi aflicción inicial, la clase gradualmente comenzó a reformar mi visión de las Escrituras. Al final del trimestre, había adoptado con todo mi corazón la forma de pensar y leer de aquella profesora. La Biblia ya no era la Palabra de Dios, algo confiable y profundamente verdadero; lo vi como algo hecho por el hombre y un instrumento para la opresión de las mujeres. Por primera vez, comencé a sentir una tensión, incluso un abismo, entre el cristianismo y el feminismo. Estaba decididamente en el lado feminista, mirando con sospecha a través de las Escrituras y la tradición.

El semestre siguiente fui a Oxford para estudiar las escritoras medievales. Pasé cuatro meses inmersa en las obras de Hildegarda de Bingen, Juliana de Norwich y Christine de Pizan, escritoras profundamente cristianas e hijas fieles de la Iglesia. Curiosamente, no vi a estas mujeres como representantes de la tradición; las vi como intelectuales deshonestas, y cuyas voces habían sido censuradas. Encontré un pequeño y práctico libro de consulta sobre contenido antimujer en los escritos de varios Padres de la Iglesia, el cual tomé como representativo de la tradición cristiana en su conjunto. Sin leer ninguna de las fuentes primarias en su totalidad, me contenté con estos extractos sacados de contexto para incluir en la lista negra a Agustín, Ambrosio, Juan Crisóstomo, et al. y apoyar mi idea de que la tradición cristiana es completamente anti-mujer.

Rápidamente adquirí una comprensión reduccionista y bifurcada de la historia de la Iglesia. Vi a las escritoras que acababa de descubrir como figuras marginadas, a pesar de que Hildegarda ejerció una enorme influencia en su época y desde entonces ha sido declarada santa y doctora de la Iglesia. Mi comprensión de la «tradición» estaba irremediablemente empobrecida, pero no era consciente de esto. Me había criado en un rincón del cristianismo que era más o menos ahistórico, que veía a nuestra iglesia local como una extensión perfecta de los primeros cristianos en el Nuevo Testamento. Los siglos intermedios, la elaboración gradual de credos, canon y doctrina, todo esto se omitió por completo. Ni siquiera era conscientemente protestante, ni sabía que el evangelicalismo es en sí mismo una tradición. Conocía bien la Biblia, pero ignoraba su herencia interpretativa. Ingenuamente asumí que mi familiaridad con las Escrituras me convertía en una experta en el cristianismo en general, y apresuradamente construí una versión endeble del espantapájaros, que se podría derribar fácilmente.

Mirando hacia atrás, puedo ver claramente que mis dos primeras fases feministas se caracterizaron por una meticulosa selección de lo que me servía. Como feminista igualitaria, seleccioné los versículos que parecían afirmar esa perspectiva, como Gálatas 3, 28, y los usé para reinterpretar los que parecían estar en desacuerdo con el igualitarismo. Como feminista crítica, me concentré en los pasajes que eran flagrantemente sexistas y los usé para confirmar mi conclusión de que la Biblia, y por lo tanto el cristianismo en su totalidad, era fundamentalmente patriarcal y necesitaba urgentemente una reforma feminista. En lugar de encargarme de la tensión creada por estos aparentes conflictos dentro de las Escrituras, hice una jugada clásica: resolver la tensión eliminándola por completo.

Vislumbré una tercera vía en Oxford, una que evitara el trillado camino de la jerarquía misógina por un lado y del igualitarismo por el otro. Escribí mi trabajo de final de semestre sobre la cosmología de Hildegarda, centrándome específicamente en su comprensión del varón y la mujer en el orden creado. Las diferencias entre varones y mujeres se han utilizado frecuentemente para justificar una estricta jerarquía de valores y roles entre los sexos. En el esfuerzo por rechazar esto, el pensamiento feminista ha considerado típicamente la diferencia sexual en sí misma con hostilidad y ha minimizado la diferencia para afirmar la igual dignidad. La teología mística de Hildegarda, trasmitida a través de ricas imágenes en lugar de proposiciones abstractas, comunica una comprensión de la diferencia que es armoniosa y equilibrada, en lugar de jerárquica. Pude reconocer que su visión de la complementariedad era diferente a la complementariedad que me habían enseñado en ambientes evangélicos, y también percibí que ella desentona con el feminismo moderno, que duda del concepto mismo de complementariedad.

Hildegarda logró equilibrar la misma dignidad con la diferencia significativa, de una manera que aún yo no había encontrado. Ojalá hubiera seguido ese hilo; tal vez me habría llevado antes al cosmos cristiano. En cambio, lo dejé ir y me perdí en el laberinto del feminismo posmoderno durante los siguientes diez años.

Feminista revisionista

Este fue el comienzo de una nueva ola para mí: el feminismo revisionista. Me gradué en la universidad y fui a la escuela de posgrado en Escocia para estudiar escritura femenina y teoría de género. Para entonces, estaba cada vez más interesada en el feminismo postestructuralista francés. Me atraían filósofas como Hélène Cixous y Luce Irigaray, que hacían cosas extrañas e inquietantes con el lenguaje. Leer sus obras era como entrar en un mundo de sueños, agacharse justo debajo de la superficie del pensamiento consciente, en un reino donde las palabras, las imágenes y las metáforas se aglomeraban en remolinos vertiginosos, creando cuadros que se movían, brillaban y se disolvían. Como estudiante de filosofía de pregrado, me había cansado del lenguaje disecado de la filosofía analítica que parecía irremediablemente alejado de la experiencia encarnada. Estas feministas francesas estaban en la corriente continental de la filosofía, y el cuerpo, especialmente los cuerpos de las mujeres, ocupaba un lugar importante en sus escritos. Mientras que las feministas angloamericanas parecían estar haciendo todo lo posible para esquivar la diferencia y la especificidad del cuerpo femenino (su capacidad de gestar, lactar, dar a luz) las feministas francesas se deleitaban con ello. El trabajo de Cixous articula un modo de escritura claramente femenino, basándose en la riqueza metafórica de la feminidad. «Escribo con tinta blanca», declara, como si estuviera sentada en su estudio parisino y sumergiendo su pluma estilográfica en leche materna.

Un mes antes de comenzar mi programa de maestría en estudios de género, hice algo poco convencional, al menos para alguien que comienza un programa de maestría en estudios de género. Me casé, con un varón, ni más ni menos y a la edad de veintidós años. Esto fue tan desconcertante para mis compañeras feministas que me apodaron «la esposa queer»; en el mundo de la academia feminista, yo era una rareza, con una relación estable en un matrimonio heterosexual, mientras que la mayoría de mis compañeras de estudios, rodaban entre triángulos amorosos lésbicos.

Yo era extraña de otra manera: era religiosa. O bien, yo no era no-religiosa; para una persona realmente religiosa habría parecido bastante secular. Durante todo el tiempo que viví en Escocia no entré a una iglesia, aparte de pasear por las ruinas de la antigua catedral al borde del Mar del Norte. Esta catedral, construida en el siglo xii, fue alguna vez la iglesia más grande de Escocia y un vibrante centro del cristianismo católico, sirviendo como sede de la archidiócesis de Saint Andrews. En 1559, la catedral fue saqueada por seguidores de John Knox, el reformador protestante, y en dos años fue completamente abandonada y dejada en ruinas.

Había llegado a ver el cristianismo como esta catedral abandonada, una estructura sagrada que había sido legítimamente desmantelada, no debido a las transgresiones papistas, sino a las patriarcales. En lugar de alejarme de las ruinas, me quedé entre ellas, tratando de reorganizar las piedras y reconstruirlas. Quería rehacer la catedral como un acto de revisión, no de restauración. Quería construir un nuevo cristianismo, completamente purgado del sexismo, de la jerarquía y del pecado.

Este trabajo de revisión religiosa se convirtió en el foco de mi tesis doctoral, y las feministas francesas fueron mis musas, especialmente la filósofa Luce Irigaray. Su trabajo se prestó fácilmente a esta tarea de revisión por dos razones: a diferencia de muchas filósofas feministas, ella valora la dimensión religiosa de la experiencia humana y, como una posmodernista minuciosa, no pone límites a la libertad y extensión con la que uno puede revisar.

El posmodernismo, para decirlo de una manera sencilla, es una cosmovisión que ve la realidad en términos de narrativas creadas por seres humanos, en lugar de un orden de verdades objetivas que pueden ser descubiertas por los seres humanos. El posmodernismo refleja un profundo escepticismo hacia las «metanarrativas» (narrativas colectivas y explicativas que dan una descripción general de la realidad). El cristianismo, o cualquier religión establecida, cuenta como una metanarrativa, también lo es el cientificismo ateo. El posmodernismo es igualmente escéptico frente a la comprensión de la realidad, tanto de la planteada por la ilustración como del cristianismo. Los posmodernistas no rechazan necesariamente la existencia de Dios, pero sí la cognoscibilidad de Dios y la verdad objetiva. Dios no es un ser que se revela a nosotros a través del orden creado y la revelación divina; más bien, «Dios» es simplemente una proyección de los deseos humanos, una historia que nos contamos a nosotros mismos.

La filosofía de Irigaray enfatiza la necesidad del concepto de Dios como un límite u horizonte último hacia el cual podemos crecer y desarrollarnos como seres humanos. El problema, para Irigaray, es que este horizonte ha sido definido por los varones, proyectado desde el deseo y la experiencia masculina. La tarea para las mujeres es crear una comprensión distintivamente femenina de Dios, una que pueda facilitar nuestro «devenir» como mujeres. Irigaray no cree que las mujeres necesiten estar libres de religión, más bien, necesitan pertenecer a una religión de su propia creación.

Durante la escuela de posgrado, me convertí en una feminista posmoderna en un modo irigarayano. Imaginé la realidad como una cúpula cerrada en lo alto. Podía mirar hacia la cúpula e imaginar que algo misterioso y divino estaba más allá de ella, pero dentro del mundo cerrado debajo de la cúpula, la única herramienta que tenía para acceder a ese «más allá» era el lenguaje: palabras, metáforas e imágenes que, como creaciones humanas, no alcanzarían la verdad última. Lo mejor que pude hacer fue jugar con esas palabras y tratar de hacerlas significativas, sabiendo que golpearían el techo impenetrable de la cúpula y rebotarían.

Hay algo en todo esto, los místicos, teólogos y doctores de la Iglesia siempre han enfatizado que Dios está más allá de la finita comprensión humana y nunca puede ser completamente entendido. Yo además iba un paso más adelante, confundiendo «entendimiento» con «conocimiento». Dios está más allá de nuestro entendimiento, pero no obstante es cognoscible, porque Él mismo se da a conocer. Como posmodernista, centré toda mi atención en la incapacidad del lenguaje humano y la compresión para alcanzar y captar plenamente a un ser divino. Había perdido de vista a un Ser divino que se encarnó.

Dentro de esta cosmovisión, cualquier solicitud de autoridad es simplemente un ejercicio de poder. No hay autoridad, ya sea la Escritura o el magisterio de la Iglesia, que tenga acceso especial a la verdad, por lo que yo podría rechazar o aceptar cualquier doctrina establecida si así lo deseaba. Vi el cristianismo como una narrativa creada por seres humanos y, por lo tanto, abierta a la revisión por otros seres humanos como yo. En mi disertación, analicé novelas escritas por mujeres que desafiaron y modificaron las narrativas cristianas tradicionales y vi esto como una tarea liberadora, una recuperación del poder.

Ese fue el alcance de mi praxis religiosa durante este período de mi vida. No recé, no asistí a una iglesia, no leí las Escrituras, solo hice una disertación. Yo era cristiana simplemente porque había elegido usar la narrativa cristiana. Desde mi observatorio posmoderno, eso era suficiente.

Hubo momentos, a veces días completos, de repentina lucidez. Levantando mi mirada desde alguna página que estaba escribiendo o un texto que estaba leyendo, pensaba: yo solo estoy inventando cosas. En esos momentos, tuve la fugaz y ansiosa intuición de que el trabajo que estaba haciendo no conectaba con ningún tipo de conocimiento genuino. Pero lo dejaba pasar, me sacudía la sensación, y la descartaba pensando que era mi inseguridad de estudiante de posgrado. En el fondo, debajo de la jerga posmoderna de moda que había interiorizado, mi alma todavía buscaba reflexivamente algo verdadero.

Lo que más me perturba cuando recuerdo ese período de mi vida es la disonancia cognitiva que soporté. Me consideraba cristiana, pero no creía en nada parecido a la ortodoxia, y no tenía ninguna praxis activa. Había dejado atrás el cristianismo, aunque no lo reconociera. Mi fe había sido vaciada desde adentro, pero debido a que una delgada cáscara externa permanecía intacta, no enfrenté la realidad de que era cristiana solo de nombre. En el ámbito de la creencia, yo era agnóstica; en la práctica, una atea.

Una forma de contar mi historia es decir que el feminismo me alejó del cristianismo. Sumergirme en la filosofía feminista, la interpretación bíblica feminista y la teoría de género me enseñó a leer el mundo, especialmente las Escrituras cristianas y la tradición, con una «hermenéutica de la sospecha». Fui entrenada para asumir que el sexismo siempre estaba presente, en cada texto y cada interacción humana, y mi trabajo era revelarlo, arrancar la máscara y gritar: «¡Te atrapé!». Cada cosmovisión se basa en ciertas suposiciones que se dan por sentadas, al igual que una casa descansa sobre sus cimientos. Estos principios son afirmaciones de verdad que se asumen sin probarse. Incluso el posmodernismo descansa, aunque irónicamente, en la premisa de que ninguna premisa de cosmovisión es verdadera. Cuando me encontré por primera vez con el feminismo, mi base era cristiana; me acercaba al feminismo desde premisas cristianas. En algún momento, eso cambió, y yo estaba viviendo sobre una base distinta, mirando por la ventana al cristianismo desde lejos. Ese cambio es lo que causó que mi fe cristiana se deteriorara, porque el fundamento de esa fe había sido desplazado. Mis principios fundamentales, las premisas sobre las que descansaba mi visión del mundo, ahora eran posmodernistas, en lugar de cristianas.

Herética feminista

Sin embargo, hay otro lado de esta historia que contar. El hecho de que mi interés por el feminismo me llevó a estudiar a Hildegarda de Bingen, la brillante mística que se convertiría en mi santa patrona de confirmación diez años después. También está la filosofía de Irigaray que jugó un papel en mi eventual giro hacia la Iglesia católica.

En el primer año de mis estudios de doctorado en Saint Andrews, cuando todavía estaba tratando de averiguar qué se suponía que debía hacer, fui aceptada en un seminario doctoral con Luce Irigaray, mi heroína filósofa. Desterrada de la academia francesa por ser demasiado iconoclasta, su primer libro, Espéculo de la otra mujer, ataca a grandes personalidades de la intelectualidad francesa, como Jacques Lacan. Irigaray enseñó en el Reino Unido, a través de seminarios anuales de una semana de duración que reunieron a estudiantes de doctorado de todo el mundo para realizar su investigación con ella. Yo era la más joven del grupo y fácilmente la más deslumbrada. No podía creer que estaba en el mismo salón, sentada en la misma mesa, con mi heroína feminista. Entre seminarios, nos deleitaba con comentarios a modo chisme de farándula sobre otros filósofos franceses, como Hélène Cixous (quien, según Irigaray, es absolutamente aterradora). Estaba tan abrumada por la euforia y la ansiedad que apenas podía comer, tuve que pedir melatonina a mis compañeros estadounidenses, también con jet lag, para poder dormir.

Cuando llegó el momento de trabajar en mi investigación, que apenas despegaba en ese momento, le expliqué que estudiaba cómo las escritoras contemporáneas estaban reimaginando conceptos e historias religiosas tradicionales en sus novelas. Irigaray rechazó con fuerza mi dependencia en el concepto de «imaginación». Argumentó que era demasiado etéreo y conceptual, lo que lleva a un dualismo malsano que valora más el ámbito de la abstracción que el ámbito de la encarnación. En lugar de la imaginación, insistió, debería centrarme en la encarnación.

Este fue un punto de inflexión. Recentré mi disertación en la idea de la encarnación como una forma de salir del dualismo. La «encarnación» se convirtió en el tema prominente de mi vida intelectual. Leí, escribí y teoricé sobre ello durante años; fue el hilo de pescar que me mantuvo atada al cristianismo, porque reconocí que la doctrina de la Encarnación distingue al cristianismo de otras religiones.

Por supuesto, había en ese momento en mi trabajo una ironía invisible, pero atroz para mí ahora. La «encarnación» que abracé no fue una encarnación real sino conceptual. Continué eludiendo la pregunta de si Dios en realidad, no solo metafóricamente, se hizo hombre en Jesucristo. Pero una encarnación que es solo conceptual cae en la misma trampa del dualismo de la que yo estaba tratando de escapar. Para tomar prestada una frase del filósofo Charles Taylor, esta fue una encarnación puramente «excarnada», porque lo que debería encarnarse se reduce a una idea teórica.

A pesar de esta ironía, mi preocupación por la encarnación fue el gancho de oro que permitió que la gracia divina me atrajera a la Iglesia católica. Al final de mis veinte años, estaba espiritualmente hambrienta. Jugar con conceptos y metáforas religiosas no era suficiente, precisamente porque no pueden ser verdaderamente encarnados cuando están separados de la realidad de LaEncarnación. Una realidad que se hace visible y tangible en los sacramentos. Estaba cansada de pensar en la encarnación; necesitaba probarlo, probarlo a Él, el Verbo hecho carne, y ese anhelo eucarístico me impulsó hacia una conversión repentina e inesperada.

He escrito extensamente sobre esta conversión en otros lugares, su completa y peculiar complejidad, pero aquí quiero resaltar solo un aspecto clave2. Es un giro extraño en mi historia de conversión, extraño al menos para aquellos que piensan que no hay nada redimible en la teoría feminista, estudiar Irigaray fue lo que me puso en un camino sinuoso hacia el catolicismo. Esta doble verdad, que la teoría feminista me llevó a alejarme y luego a regresar a una profunda fe cristiana, es la razón por la que no estoy satisfecha con los relatos simplistas de la influencia del feminismo, relatos que demonizan el feminismo (a veces literalmente) o lo elogian demasiado. Como la mayoría de las cosas en este mundo, especialmente la mayoría de las filosofías, en el pensamiento feminista hay una mezcla de cosas buenas y malas, de verdad y falsedad. Pasar por alto esa mezcla, es lo que puede meternos en problemas.

Tenemos que echar un vistazo a la reflexión sobre el feminismo y distinguir lo bueno de lo malo. Esto es especialmente cierto ahora, porque el feminismo, gracias a Internet y a la propia academia, ha ganado una gran popularidad. Mi experiencia como estudiante universitaria cristiana a principios de la década de 2000 es muy diferente de la experiencia de mis estudiantes en la actualidad. Al principio no tenía profesores que enseñaran en clase sobre feminismo; este no formaba parte de ninguna lista de lectura designada. Tuve que salir del camino para buscar algunos libros polvorientos en la biblioteca, escondidos allí desde la década de 1980, con pocos sellos en la contraportada. Lo más significativo es que Internet todavía estaba en su fase germinal; googlear aún no era un verbo, y las redes sociales no existían. Teniendo en cuenta estos factores, era muy improbable que me convirtiera en feminista tan rápidamente en una universidad evangélica en 2001. Yo era un bicho raro. Durante mis cuatro años, solo conocí a un puñado de estudiantes que se identificaban como feministas. Éramos una minoría ruidosa pero pequeña. Rápidamente me tildaron de «la feminista» porque había muy pocas compitiendo por el título.

Ahora, veinte años después, mis estudiantes habitan en un mundo donde el feminismo se ha convertido en la corriente principal, incluso en los círculos cristianos. No ser feminista es un gran paso en falso, equivalente a ser anti-mujer. Los eslóganes feministas, hashtags y memes impregnan las redes sociales, y la presión para subirse al vagón es intensa. Incluso en la universidad cristiana donde enseño, el feminismo se ha convertido en parte del establecimiento. Se ofrecen clases de teoría de género y filosofía feminista, y los conceptos de la teoría feminista son parte del plan de estudios estándar en disciplinas como la literatura inglesa y el trabajo social. Yo tuve que salir de mi camino para encontrar el feminismo como estudiante universitaria, pero ahora ya no es necesario. Identificarse o no como feminista y hasta qué punto, son cuestiones ineludibles que los jóvenes tienen que enfrentar.

Esta nueva realidad se volvió cruda para mí hace un par de años, cuando una de mis estudiantes vino a confesarme que no estaba segura de ser feminista. Creía en la igualdad entre varones y mujeres, por supuesto (y era una estudiante brillante y ambiciosa, que sería aceptada más tarde en un programa de posgrado), pero no estaba segura de todo el paquete del feminismo. No podía afirmar esto cómodamente ante su grupo de amigos, porque las posiciones matizadas no eran bienvenidas. O te identificabas como feminista... o eras misógina. Cuando era estudiante, el «pecado» era ser feminista. Ahora, no serlo.

Hay un amplio espacio, y una gran necesidad, para un feminismo auténticamente cristiano. Este es el «nuevo feminismo» que Juan Pablo II pidió, un feminismo que reclama la dignidad de las mujeres y no simplemente replica los modos masculinos de dominación3. Tengo que hacer una precisión: ser feminista cristiana significa ser una hereje, de una forma u otra. Tienes que tomar una decisión. Abrazar la ortodoxia cristiana significa rechazar ciertos dogmas feministas. Aceptar esos dogmas implica traicionar algunas creencias cristianas. He sido una hereje feminista en ambos sentidos en diferentes momentos de mi vida. Ahora estoy haciendo todo lo posible para ser una hija fiel de la Iglesia. Si soy feminista, elijo ser herética.

Dos paradigmas

Existe el peligro de abrazar el feminismo sin pensar demasiado y dejar que se convierta en una cosmovisión totalizadora, como lo hice yo. También existe el peligro de descartar el feminismo apresuradamente, y eso deja importantes preocupaciones sin abordar. A pesar de la conquista de las mejores posiciones por parte del feminismo, las niñas y las mujeres son constantemente bombardeadas con imágenes que las cosifican y degradan. La depresión, la ansiedad y las autolesiones se disparan entre las preadolescentes. Ese mismo grupo demográfico está, en números exponenciales, rechazando la feminidad y abrazando una identidad masculina. Las preguntas que formula el feminismo siguen siendo vitales y relevantes, incluso sabiendo que las respuestas son contraproducentes.

Debemos abordar las cuestiones vitales de la personalidad, el sexo, la identidad y la libertad como una cosmovisión. Por eso estaba tan angustiada en 2015: me había dado cuenta de que la teoría de género que había enseñado a mis estudiantes, a menudo estaba en desacuerdo con el cristianismo. No les había ayudado a ver eso que no podemos medir, porque yo misma había estado ciega a ello. Me había convertido en una apasionada e inconsciente flautista de Hamelin.

Aunque el feminismo ha sido a veces una fuerza positiva en mi vida; en última instancia me llevó a un lugar opuesto al cristianismo, lo llamaré el paradigma de género. El paradigma de género afirma una visión radicalmente constructivista de la realidad, luego la cosifica como verdad, exigiendo que otros asientan su veracidad y adopten su lenguaje.

De acuerdo con el paradigma de género, no hay creador, somos libres de crearnos a nosotros mismos. El cuerpo es un objeto sin significado intrínseco; le damos el significado que queramos, utilizando la tecnología para deshacer lo que es percibido como «natural». No recibimos significado de Dios, ni de nuestro cuerpo, ni del mundo: nosotros lo imponemos. Lo que consideramos «real» es simplemente una construcción lingüística; por tanto, debemos manejar el lenguaje para evocar la realidad tal como la que queremos. Ser libre es transgredir los límites continuamente, liberar la voluntad. «Mujer» y «varón» son identidades basadas en el lenguaje, que pueden ser habitadas por cualquiera. Debido a que la verdad es solo una historia que nos contamos a nosotros mismos, todas las historias contadas por nosotros son verdaderas.

Estoy adaptando la palabra «paradigma» del filósofo Thomas Kuhn, quien usó este término para describir un modelo o marco para interpretar el mundo y los fenómenos que experimentamos. Kuhn lo invocó para analizar la historia de la ciencia. En este libro estoy analizando la genealogía del género, proporcionando una explicación de cómo surgió el paradigma de género y cómo se compara con el paradigma del cristianismo católico.

A mediados del siglo xx, comenzó a surgir una nueva forma de categorizar a varones y mujeres, centrada no en el sexo biológico sino en el género. Para entender cómo se desarrolló este paradigma es necesario rastrear sus raíces en el feminismo. El movimiento feminista ha dado a luz muchas cosas: una de ellas es la popularización del género, un concepto que abre una brecha entre la identidad sexuada y la encarnación. Al principio, esta separación conceptual facilitó discusiones más complejas sobre las influencias culturales en la identidad sexuada. En nuestro tiempo, sin embargo, la fisura se ha ensanchado hasta volverse un abismo. La palabra «mujer» ya no pertenece a la personalidad femenina en absoluto.

Llegué a habitar en el paradigma de género a través de la puerta de la teoría feminista. Mi viaje personal es una especie de microcosmos histórico, porque nuestra cultura entró en el paradigma de género por la misma puerta. El feminismo y la teoría de género mantienen fuertes lazos familiares. Aparte de un contingente disidente de feministas «críticas de género», el feminismo contemporáneo se ha convertido en un hogar cómodo dentro del paradigma de género, e incluso vigila sus límites lingüísticos. Es una triste paradoja que un movimiento centrado en los derechos de las mujeres nos haya llevado a esta curiosa coyuntura donde la definición misma de «mujer» está bajo una feroz disputa. ¿Cómo sucedió esto? Es una historia extraña, rica en ironía dramática y, en última instancia, desastrosa. El paradigma de género es descendiente del feminismo, y ha demostrado, como veremos, ser edípico.

Cosmos

Déjame contarte una historia.

Al principio había agua, y en esta agua es donde nacen los dioses. Dos tipos de agua: el turbulento mar femenino y el dócil río masculino, el agua dulce y salada se entremezclan, y forman una piscina repleta de donde brotan los dioses: todo tipo de dioses, ruidosos y estridentes, dioses que engendran otros dioses. Uno de ellos surge más poderoso que los otros, lleno de un espíritu inquieto y conquistador. El orbe acuoso del que venía se vuelve demasiado pequeño para él, demasiado estrecho, y decide rebelarse. Reúne un ejército de monstruos para luchar contra quien lo había engendrado, que se ha convertido en algo aterrador, un huracán. Él gana, él la mata. Como una ocurrencia tardía, decide hacer uso de su cadáver. Él la divide por la mitad, destripándola como a un pez, y de su carne muerta forma la cúpula de los cielos y la extensión de la tierra. Él también mata a su consorte, y de su sangre, el dios guerrero hace una multitud de pequeños esclavos que tienen como único propósito servir a los dioses, mantenerlos satisfechos y bien alimentados.

Esta es la trama del Enuma Elish, la historia babilónica de la creación. La raza de esclavos son seres humanos; el violento dios creador es Marduk, y el principio femenino divino que da a luz al panteón es Tiamat. Ella no puede ser llamada propiamente una diosa, porque nunca es objeto de adoración. No hay un templo o culto dedicado a ella, porque la existencia humana depende de su conquista. Ella está muerta antes de que el mundo comience.

Armonía original