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En La hora violeta (1980), Roig describe el mundo de las mujeres, con todas sus contradicciones, renuncias y esperanzas. Las tres protagonistas exponen su fracaso a través de las relaciones que tienen con los hombres. Norma se da cuenta de que ha perdido la confianza de su marido cuando él le explica que hay otra mujer, Natàlia oculta su inseguridad tras una capa de frialdad y Agnès tiene un marido que la culpa de todos los problemas relacionados con la familia. Sus vivencias señalan la necesidad de hallar una salida en un mundo creado a medida de los hombres, y las tres comprenderán que tienen que contemplar el mundo con sus propios ojos, sin el filtro de otra mirada
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Seitenzahl: 446
Veröffentlichungsjahr: 2025
«La mirada literaria de Montserrat Roig sobre la sociedad de la postdictadura es valiosísima. Aguda, sutil, osada, profundamente moderna. Su técnica narrativa, rompedora son alardes, natural. Sus libros son joyas que debemos desenterrar de los violentos y opacos sesgos de nuestra cultura».
–Lara Moreno
«Tanto la catalana [Montserrat Roig] como la reciente Nobel francesa [Annie Ernaux] tienen la virtud de ser dos cronistas de su tiempo. No tienen miedo a la hora de retratar lo sexual o lo escatológico y, como demuestra la fuerza de su narrativa, nunca se ven amedrentadas por la posible lectura burlona del macho. Lo saben muy bien: no se puede hacer el retrato de una sociedad sin poner la reflexión sobre los vínculos afectivos en el centro».
–Luna Miguel
«En L'hora violeta, Montserrat Roig capta con maestría los cambios sociales de los setenta desde la intimidad, mostrando la complejidad y las contradicciones del momento». –Najat Al Hachimi
«Una de las narradoras más importantes, si no la más, de la segunda mitad del siglo XX en la península». –Andrea Toribio, Contextos
«El tiempo fue mezquino con Montserrat Roig, pero vivió más en sus 45 años que muchos otros en 90. Luchó por sus ideas, viajó, tuvo amigos, disfrutó a sus hijos, rio mucho y en ocasiones lloró, amó tórridamente. Y escribió libros formidables que hoy, por fin, pueden ser leídos sin prejuicios».
–Rosa Montero, Babelia, El país
«Montserrat Roig encarnó la idea de una literatura de calidad pero de amplia lectura, rigurosa, comprometida con la tradición y con los debates intelectuales de su tiempo». –Julià Guillamon
«Las nuevas traducciones de su obra al castellano, al inglés y al alemán marcan el camino para resituar a la autora novelista de primer nivel, una faceta que a veces ha quedado oscurecida por su papel como periodista y pensadora». –Begoña Gómez Urzaiz, La Vanguardia
«Ramona, adiós (1972), El tiempo de cerezas (1977) y La hora violeta (1980) pueden leerse como un tríptico que tiene a las familias de la burguesía catalana, en particular a sus mujeres, como eje. (…) Personajes complejos, atrapados entre la búsqueda de independencia y las limitaciones sociales, caracterizados con sensibilidad y perspicacia psicológica. Sus historias se enmarcan en Barcelona, que vivió grandes transformaciones a lo largo del siglo XX, y pueden leerse como una crónica de la evolución de la ciudad, en particular de las zonas del Ensanche y Gràcia. Los personajes no son ajenos al contexto sociopolítico, como bien sabía Roig».
–Cristina Ros, elDiario.es
La hora violeta
Montserrat Roig (Barcelona, 1946-1991) se dedicó al periodismo de investigación y a la narrativa. Se dio a conocer en 1970 con Molta roba i poc sabó (Premio Víctor Català), una colección de cuentos, y en 1989 publicó una segunda, El cant de la joventut. En 1972 publicó su primera novela, Ramona, adéu, a la que siguieron El temps de les cireres (1977, Premio Sant Jordi), L’hora violeta (1980), L’òpera quotidiana (1982) y La veu melodiosa (1987). Entre su obra periodística destacan Els catalans als camps nazis (1977, Premio Crítica Serra d’Or) y L’agulla daurada (1986), además de las recopilaciones de entrevistas, artículos y reflexiones Retrats paral·lels (1976), Digues que m’estimes encara que sigui mentida (1991) y Un pensament de sal, un pessic de pebre (1992).
Autoría Montserrat Roig
Traducción del català Gemma Deza Guil
Prólogo Nerea Pérez de las Heras
Corrección Carme Franch y Amelia Pérez
Bookwire
Imagen de cubierta Laia Abril
Edición consonni
Bookwire
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en español:
febrero de 2025, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-58-2
Depósito legal: BI 01778-2024
Edición original en català: L’hora violeta, Edicions 62, Barcelona, 1980
© Herederos de Montserrat Roig, 1983 por mediación de Casanovas & Lynch Literary Agency S.L.
© de la traducción, Gemma Deza Guil, 2025
© del prólogo, Nerea Pérez de las Heras, 2025
© de la imagen de cubierta, Laia Abril, 2024. Gala: Musa-Artista, Dalilaroids –con Joan Fontcuberta
© de esta edición, consonni ediciones, 2025
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
La traducción de la misma ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura.
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
Montserrat Roig
Traducción de Gemma Deza Guil
«La soledad, para un hombre, puede ser el primer escalón hacia el poder y hacia el arte. Para una mujer, es el vacío, la locura o el suicidio».
Este libro me ha hecho sentir enormemente incómoda, me ha enfadado –cosa nada fácil de conseguir en estos días–, me ha fastidiado de una manera muy refrescante y también productiva. Creo que ciertos malestares no se deben evitar porque pueden ser reveladores de verdades sobre una misma, sobre el contexto propio, sobre cuánto se parece a contextos anteriores, sobre conversaciones que llevan décadas en curso y no se acaban de resolver. Lo que escuece suele revelar infección. La hora violeta de Monserrat Roig despierta una exasperación antigua que quizá ni siquiera nos es ya propia a las lectoras actuales, sino heredada de nuestras madres o de nuestras abuelas y que está indiscutiblemente viva.
Monserrat Roig fue periodista, antifascista, militante feminista comprometida y pionera en la recuperación de la memoria histórica española cuando las heridas aún estaban frescas. Su voz en ciertos
pasajes se parece a la de toda una generación de mujeres feministas de los 60 y 70, que ahora se comunica muy a contrapelo, con una mezcla de orgullo y extrañeza, con las protagonistas de la reciente ola feminista. Esas brujas a las que sí quemó la dictadura, la desesperanza doméstica y laboral, el rápido desvanecimiento de los ideales revolucionarios, el desprecio de sus compañeros sentimentales y de militancia, pero que, chamuscadas y todo, lograron seguir viviendo y de alguna forma consiguieron criarnos. Puede que esa sea la fuente del enfado que me produce La hora violeta, que a veces se parece demasiado a una conversación con una madre irritante cuyo pasado no entiendes. Y no lo entiendes porque no habías leído a Monserrat Roig. Y no habías leído a Monserrat Roig porque había sido empujada a la tiniebla del olvido.
Por estilo, temática y personajes, La hora violeta se puede concebir como la tercera entrega de la Trilogía de Eixample formada por Ramona, adiós y Tiempo de cerezas, publicadas en 1972 y 1976 respectivamente. Las tres siguen los pasos de la familia Miralpeix a través de varios personajes y tiempos, siempre en una Barcelona abatida por la dictadura y con una estructura endiablada en la que conviven varios contextos y puntos de vista. El tiempo de la trilogía de Monserrat Roig es crucial: la primera novela se publica unos años antes de la muerte de Franco, la segunda, solo unos meses después, la tercera, la que tienes en tus manos, entrando en los ochenta. La de La hora violeta ya no es la desesperación urgente de la guerra, sino una más apagada, que tiene que ver con la desarticulación total o parcial de los ideales cuando se abre la posibilidad de llevarlos a la práctica, de insertarlos en el mundo.
Si la relevancia de los productos culturales no hubiera estado constantemente y en todas partes trucada por el machismo, la Trilogía de Eixample llevaría décadas leyéndose en los institutos. Pero como dice la escritora Lara Moreno en el prólogo de Tiempo de cerezas: «La capacidad de nuestro país para el olvido de lo importante es inmensa y desoladora». Afortunadamente, consonni ha recuperado esta pieza fundamental de la genealogía feminista española, leyendo a Roig se abre una conversación intergeneracional incómoda pero necesaria, además de un deleite literario. La estructura de la novela es extraña, obliga a la lectora a estar muy atenta, hay cambios cronológicos y vaivenes de punto de vista, historias que se entrecruzan aceleradas. Entre todas conforman un catálogo de los diferentes tipos de ausencia que pueden atormentar a alguien: la del marido, la del amante, la de los hijos, la del instinto maternal, la de la única amiga con la que se pudo hablar, la de los compañeros de militancia y la de los ideales revolucionarios por los que se sacrificó la libertad y la vida. Debajo de todo está la guerra y la sensación de que los fantasmas de la guerra nunca se van: son mucho más resistentes, mucho más tenaces y están mucho más cargados de razones que otros fantasmas.
La novela comienza cuando Natalia le pide a su amiga Norma que escriba la historia de su madre, Judit, y su amiga Kati, pero antes de llegar a estas dos mujeres, son Norma y Natalia las que monologan. Y su tema favorito son los hombres y el feminismo, que les ha arrebatado la posibilidad de entregarse a ellos con la inocencia de otros tiempos: «Es como si el discurso que ha empezado entre las mujeres, primero como un grito adolescente de autoafirmación, como el graznido de un pájaro en primavera, y después como la agresiva reivindicación de la feminitud, representara la evidencia de la escisión entre ambos sexos. El abismo. Hasta ahora, la idea de la búsqueda del hombre nos había protegido. Y ahora tenemos que decir que ya no queremos al príncipe azul cuando nuestro subconsciente aún lo reclama».
Esta es la conversación espinosa que la generación de feministas de los 70 tuvo con mucho menos miedo que nosotras. En la primera parte de La hora violeta, las dos mujeres hablan de las concesiones de la heterosexualidad:
«Norma: Ya lo dice Doris Lessing, las mujeres somos o lesbianas, o unas amargadas o unas resentidas.
Natàlia: Creo que hay hombres que también son unos resentidos o unos amargados.
Norma: Pero es diferente. Las mujeres lo somos con relación al hombre. Ellos, al menos, pueden serlo con relación al mundo.
Natàlia: Pero es que ahora resulta que, con todo eso del feminismo, nosotras tenemos que hacer el papel de fuertes.
Norma: No sufras. Moriremos más enriquecidas.
Natàlia: No seas tonta.
Norma: Y en nuestro epitafio pondrán: aquí yace una resentida y una amargada que no se atrevió a ser lesbiana. Eso sí, ha muerto muy enriquecida (…)».
La ironía de Monserrat Roig es una cura para el adanismo contemporáneo: casi todas las discusiones que andamos teniendo con tanto furor, ya las tuvieron ellas. Sigue muy vigente la disyuntiva entre emancipación y soledad. Cómo conquistar una sin sufrir la otra. Porque la compañía de ellos era más valiosa, porque su aprobación era y sigue siendo un elixir venenoso pero irresistible para muchas, porque los compañeros de filas políticas querían ser atendidos como bebés y cambiaban a la mujer por una amante y a la amante por una amante más joven y así sucesivamente en una cadena de sustituciones que solo se interrumpía cuando un golpe de melancolía o una gripe les devolvía a los brazos de la esposa. En La hora violeta también se llora la ausencia de romance. O la imposibilidad del romance según los códigos de las protagonistas.
A medida que pasaba las páginas de La hora violeta, fui lentamente sacudiéndome el enfado. Cierro el libro agradecida por un ejercicio literario que te exige compromiso, que te recoloca en un lugar difícil y luego te reconforta en la conciencia de que antes que nosotras ya estuvieron todas esas mujeres militantes, aisladas, agotadas y chamuscadas, a las que nunca debimos dejar de leer.
Para Tertu Eskelinen, que me escuchó un atardecer de color violeta.
Para Juan Manuel Martín de Blas, que me dijo que había amaneceres del mismo color.
Y, como siempre, para Joaquim Sempere.
At the violet hour, when the eyes and back
Turn upward from the desk, when the human engine waits
Like a taxi throbbing waiting,
I Tiresias, though blind, throbbing between two lives,
Old man with wrinkled female breast, can see
At the violet hour…
–T. S. Eliot, The Waste Land
En la hora violeta, cuando los ojos y la espalda
se alzan del escritorio, cuando el motor humano
aguarda como un taxi palpitando en la espera,
yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,
viejo, con arrugados pechos de mujer, veo
en la hora violeta…
–T. S. Eliot, La tierra baldía
(traducción de Juan Malpartida)
Algunos de los personajes de La hora violeta salen también en Ramona, adiós o en Tiempo de cerezas. Con el fin de ayudar al lector, he confeccionado el árbol genealógico de las dos familias protagonistas.
LA FAMILIA MIRALPEIX
LA FAMILIA VENTURA CLARET
Un día, mi amiga Natàlia me dio unas notas que había escrito sobre su tía, Patrícia Miralpeix, y también algunas cartas de Kati y el dietario de Judit Fléchier, su madre. No es que Judit hubiera escrito un diario en sí, más bien eran papeles sueltos a los que ponía fecha. Al morir el padre de Natàlia, Joan Miralpeix, su tía Patrícia los encontró y se los dio a su sobrina. El paquete no era muy grande, nada del otro mundo. Natàlia me envió el mamotreto y, al cabo de unos días, me telefoneó:
–Mi tía me ha dado todos esos papeles y me ha dicho que haga con ellos lo que quiera. He pensado que te podrían servir. Me gustaría que escribieras algo sobre mi madre y Kati. Tal como lo harías sobre ti y sobre mí.
Yo acababa de terminar un largo libro sobre los catalanes en los campos nazis y la verdad es que se me habían pasado las ganas de hurgar en el pasado. La historia de la deportación me había dejado con mal cuerpo y escéptica. Y Natàlia quería que me metiera en el universo de dos mujeres a quienes no había conocido, aunque había escrito algo sobre ellas en las novelas anteriores. En un principio, el tema no me interesó demasiado. Durante una semana, tuve el papelorio sobre la mesa del despacho –hacía poco que Ferrán se había llevado sus carpetas y ahora disponía de más espacio–. No me atrevía a abrir el paquete. No me atraía la idea de escribir sobre dos mujeres burguesas que no habían tenido conciencia de su condición. Al final, me decidí a llamarla:
–Mira, no me apasiona la idea de volver a hablar de tu madre y Kati. Es agua pasada.
–Lo que tienes que hacer es leerlos –me dijo Natàlia–, no se trata de que escribas una biografía. A mí me ha servido de mucho.
Yo quería decirle que Kati y Judit eran personas, no personajes. ¿Por qué recordarlas ahora, cuando hay tantos reportajes por hacer? Para mí, Kati y su madre estaban muertas y enterradas. Me habría gustado decirle a Natàlia que hay días en que casi no me atrevo a bajar a la calle y ver los cuchitriles donde han metido a las porteras del Ensanche. Sin luz, sin aire. Que no soporto ver la piel grisácea y los ojos apagados de mi portera, una mujer que apenas pisa la calle, que vive como un topo, oliendo a gas todo el santo día, que huyo en cuanto empieza a contarme que en su pueblo de Castilla solo comían carne dos veces al año, para fiestas y el día que acababan de cosechar el trigo. Quería recordarle que nos habíamos prometido escribir un libro sobre las locas que se pudren en el manicomio de San Baudilio de Llobregat. Recordarle que teníamos pendiente un reportaje sobre Maria Felicitat, la niña a la que su madre mató a martillazos en un piso de veinticinco metros cuadrados.
Una persona tiene más de mil caras… Y puedes darte por satisfecha si consigues que en una novela salgan tres o cuatro. Aun así, le prometí a Natàlia que me lo leería. No esperó a mi respuesta y, al día siguiente, la portera me dio una carta que le habían entregado en mano. No sé si fue la carta de Natàlia o los papeles de Judit y Kati, o quizá el vacío que me había dejado la separación de Ferran, pero lo cierto es que decidí escribir algo –no sabía qué– sobre Judit y Kati. Antes, permitidme que os transcriba la carta de Natàlia:
«Hace cinco años que volví a Barcelona y aún siento el cansancio del primer día, cuando fui a caer al piso de mi tía Patrícia y descubrí que el jardín del limonero ya no existía. Paseando por el patio, por encima de los tragaluces ribeteados de alquitrán, intenté reconstruir el jardín de mi infancia. Quería recordar el olor de las hojas del limonero. Quería evocar el chapoteo del agua que manaba de los amorcillos, el ruido de las pisadas sobre el empedrado…
»Tengo la impresión de que no somos capaces de valorar la realidad hasta que se convierte en un recuerdo. Como si así quisiéramos volver a vivir. Por eso creo que la literatura aún tiene sentido. La literatura no es historia. La literatura se inventa el pasado a partir de unos cuantos detalles que han sido reales, aunque sea en nuestra mente.
»He intentado ver otra vez el verde lustroso de las enredaderas, pero ha sido en vano. Los contornos de las hojas no eran precisos y no atinaba a apreciar el color exacto, sino un esbozo, una sombra. El recuerdo estaba formado por un conjunto de colores y olores que cobraban forma a mi antojo. Construía el recuerdo según mis sensaciones, creaba con él mi propio tiempo.
»Pero no es del limonero de lo que quería hablarte, ni del tacto venenoso de las hojas de adelfa, ni del olor del jardín de mi tía Patrícia.
»Hace cuatro años que fotografío lo que llamamos realidad. Tengo éxito, cosa que no me halaga demasiado, conozco la miseria del país. Los críticos dicen de mí que soy uno de los mejores retratistas. Lo dicen en masculino, porque si lo pusieran en femenino no sé con quién podrían compararme… Además, ¡me hace gracia lo de ser el mejor en algo en un país tan pequeño como el nuestro! Durante un tiempo me lo he creído. Si despuntas un poco, hablan de ti… No es que conozcan tu obra, no. Te alimentan la vanidad y enseguida te crees que eres un pequeño genio. Pequeño, a la medida del país.
»Y, cuando un día te detienes, observas la obra hecha y comparas, te das cuenta de que eres una mediocridad ordenada en el país de los tenderos ordenados… Hoy mismo se lo comentaba a Jordi. Buscamos la realidad más cruda, le decía, no para aliviar el dolor, sino para poder retratarla y que nos admiren. Le he dicho que me apetece dejar la fotografía una temporada, que estoy un poco cansada de buscar siempre el instante fugaz de lo que pasa, de retratar la realidad precisa, externa. Como si mis ojos fueran una cámara enfocada siempre hacia fuera. Tengo ganas de explorar mi propia cadencia. Jordi me ha sonreído, ausente. Él también tiene sus neuras, que están a medio camino entre el experimentalismo y eso que llaman “escritor militante”. Es un hombre de letras, como tú, y parte de un lenguaje y una cultura concretos. Se ha bebido de un trago el vaso de leche y se ha ido. Tenía prisa, quería ver a Anna, una antigua compañera de la universidad. (Jordi siempre tiene prisa. Si tuviera que describirlo en una imagen, te diría que en cuanto le quiero hablar de algo, comentarle algo o, sencillamente, comunicarme con él, mete azorado los papeles en la cartera y me responde que no puede esperar, que tiene prisa. Veo a Jordi meter los papeles en la cartera con nerviosismo. Veo a Jordi, los papeles y la cartera, y oigo las palabras: ahora no puedo, ahora no puedo, ya hablaremos más tarde…). Hacía dos días que había quedado con Anna. Se ve que le había hecho mucha gracia encontrarse con la antigua “amante” de los líderes universitarios de los años sesenta. Con “peinado de peluquería”, como dice él.
»Ahora estoy sola y me enfrento al folio en blanco y el bolígrafo. Quizá hace unos meses no te habría pedido que escribieras algo sobre Judit y Kati, pero mi padre todavía no había muerto. Y no tenía datos, me refiero a los datos del diario de mi madre y a las cartas de la familia. No te lo creerás, pero todo ese papelorio me ha llevado a pensar en mí misma. A mirar hacia dentro. (¿Has intentado alguna vez mirarte en el espejo sin analizar si estás guapa o aún eres joven? Quiero decir, ¿has intentado mirarte al espejo y ver solo tus ojos, tu mirada? Pruébalo: es difícil aguantarse a una misma, desnuda del todo, durante mucho tiempo…).
»¿Sabes?, sospecho que Jordi quiere volver con Agnès. Y nunca dirías cuál es la razón… Dicen que se ha enamorado de una chica mucho más joven que yo. Una muchacha que no debe de exigirle tanto y que le dará un amor compatible con el de Agnès. ¿A que es gracioso? No sé quién me decía ese día que, por muy generosos e inteligentes que sean los hombres, a la hora de sustituirte siempre buscan a la hembra, la belleza y la juventud. Supongo que debí de oír el comentario en el círculo de las feministas, que siempre esperan a ver qué pasa para codificarlo todo en hombre-malo y mujer-víctima. ¿O quizá fuiste tú quien me lo dijo? No te culpo. Yo te habría dicho lo mismo. Y lo pensé cuando Ferran tardó tanto tiempo en decirte que se había enamorado de una de esas gacelas (bueno, no es de eso de lo que quiero hablar, ahora no tiene demasiado interés).
»Jordi y tú tenéis las palabras para poder explicaros. Yo, los retratos, y durante un tiempo creí que, en cada fotografía, dejaba buena parte de mi persona. Ahora ya no lo sé. Para Jordi, la política es casi una necesidad física. Para mí, escribir podría ser el primer paso hacia la serenidad. Pero me temo que mentiría sobre Judit y Kati. Por la implicación personal. Y me molesta que mi madre fuera más Judit que madre mía. Lo he descubierto en esos papeles, seguramente ya te habrás dado cuenta. La verdad es que ya no sé qué es lo que me interesa más de cada una de ellas: si su personalidad o la relación que mantuvieron. Se hicieron mientras se amaron, de eso estoy segura. Y, cuando se rompió la relación por la muerte de Kati, Judit perdió un buen pedazo de ella misma.
»He intentado escribir por mi cuenta la historia de mi madre y Kati. He querido imaginarme a mi madre viva, en la cocina. Cuando yo era una adolescente y ella aún era el nervio de la casa. He escrito cuatro frases, que dicen así:
»Hoy te he visto cansada, tienes más ojeras, te cuidas muy poco. Nada más llegar a casa, he entrado en la cocina. Estabas guardando lo que habías comprado en el mercado. Tenías mala cara y no te lo he dicho. Sílvia estaba chamuscando un muslo de pollo para Màrius. Encarna secaba los platos. Mundo de mujeres. He ido al comedor para no quedarme mucho rato con vosotras. Las plantas de la galería resplandecían, luminosas.
»Me he detenido aquí. El final no me gustaba. En primer lugar, el tono despectivo al decir eso de “mundo de mujeres”. Después, la frase de “las plantas de la galería resplandecían, luminosas”. Era una huida literaria del mundo de mujeres. ¿Qué tiene que ver la imagen de las plantas de la galería con la visión de mi madre en la cocina? Me he atascado y no he podido continuar. Tal vez lo haría si mi madre estuviera viva, escribir sobre ella podría ser un intento de reconciliación “real”. Pero ¿a qué viene escribir sobre mi madre, reescribirla, mejor dicho, si ya está muerta? Soy consciente de que me contradigo, porque eso es precisamente lo que te pido a ti, Norma. De todos modos, me pregunto si no será un síntoma de que aún no soy demasiado cuervo, quizá aún creo que el arte, para no ser injusto, ha de tener una utilidad práctica.
»No hace mucho asistí a una discusión entre Jordi Soteres y un amigo suyo que es médico. Discutían sobre si los médicos son productores o no. Me refiero a si deben considerarse dentro del mundo de la producción, de sus medios. El tema parecía interesarles mucho y, como no se aclaraban, fueron a buscar El capital para ver si el maestro Marx confirmaba o no la angustia del médico sobre si su trabajo entraba dentro de los medios de producción.
»La discusión me hizo gracia. Nunca se me había ocurrido algo así acerca de mi trabajo, no había pensado en si yo, como fotógrafa –y, por lo tanto, como señora que no fabrica ni coches ni lavadoras–, entraba dentro de ese modelo. La verdad es que me importa un bledo que mi trabajo no sirva para nada, que no sea útil. Jordi me dijo, parece que las mujeres penséis que lo de trabajar no va con vosotras.
»Tiempo atrás, me lo habría tomado como un reproche. Perdona, me parece que me estoy yendo por las ramas… Volvamos a mi madre y a Kati (quizá te explico estas cosas por lo de sus papeles, no lo sé). Como te iba diciendo, me parece que si mi madre estuviera viva, le habría escrito una carta que comenzara así: “Hoy te he visto cansada, tienes más ojeras, etcétera”. Lo habría hecho para entenderme y para entenderla. Pero, cuando mi madre vivía, yo la odiaba. En realidad, no sé si lo que sentía por ella era odio. Más bien me molestaba. Me molestaba su pasado, su fracaso como madre. No la quería en casa. Vivió muchos años como una muerta, incluso antes de tener el derrame. Me sacaba de quicio. La quería. Me enervaba. Siempre con aquella mirada vacía. Quizá no haya empezado a pensar en ello hasta que se ha muerto. Y desde que me marché de casa. Un buen día, en Inglaterra, me di cuenta de que estaba muerta. Habían pasado dos años desde su muerte. Me dije: vaya, tu madre está muerta. Cuando recibí la carta de mi hermano Lluís –en aquel entonces no me hablaba con mi padre–, no le hice ni caso. Mi casa era otro mundo. No les pertenecía, ni en la vida ni en la muerte. Creo que me pasó como a esos maridos que no saben querer a su mujer hasta que se muere.
»Yo entonces no habría podido escribir ni una línea. No tenía más imagen de mi madre que la que ella me había ofrecido. Tú has escrito una parte de esa imagen en una de tus novelas, apropiándote de algunas impresiones mías. Has añadido una buena dosis de intuición y una pizca de leyenda familiar, gracias a las confidencias de mi padre desde el manicomio y a las soporíferas conversaciones que he mantenido con mi tía Patrícia cada día después de desayunar. Pero las cartas de Kati y el diario de mi madre me han servido para recuperarla. ¿O será, quizá, que ahora sí que estoy dispuesta a recuperarla y antes no? ¿Tú qué crees? Los papeles también me han restituido la verdad del amor de mi madre por mi hermano Pere, que murió muy pronto. No era un amor culpable, como el de tantas madres que tienen un hijo subnormal. Y como yo creí durante un tiempo. Fue un amor distinto de lo que yo entonces podía suponer y, sin embargo, inútil. Pero ¿hay acaso amores que no sean inútiles?
»Esos papeles me han hecho entender que mi madre, la mujer de la posguerra, no tiene nada que ver con la Judit de los años anteriores. Creo que mi madre después de la guerra no vivía de manera paralela al tiempo y al espacio que le correspondían por biología. Y todo ello me ha llevado a pensar que concebimos a los demás en función de la relación que tenemos con ellos. Después de releer esos papeles varias veces, he llegado a confundirlas, como si las dos fueran una sola persona, o tú y yo, y también Agnès, de quien no niego que me siento celosa. Todas las mujeres del mundo que se habían perdido o estrellado. Se me antojaba necesario salvar mediante las palabras todo lo que la historia, la Historia con mayúsculas, o sea, la de los hombres, había hecho impreciso, lo que había condenado o idealizado. Hasta aquí, ¿no es el Arte el obstinado intento del ser humano de reconquistarse en libertad? ¿No crees que las mujeres también podemos ser libres dentro del arte, o sea, dentro del sueño? Me imagino tu sonrisa irónica. Debes de pensar, Natàlia desvaría porque nunca le ha limpiado el culo a un niño. Así que lo dejo estar.
»¿Sabes? Me parece que tú y yo hemos llegado tarde. Dirás que yo he “vivido” más que tú porque he viajado, acepto cualquier tipo de soledad y sé que mi amor por Jordi es relativo. De todos modos, a veces me da la sensación de que lo que marca el termómetro de la “vida” es la intensidad, no la dispersión. Y yo me he repartido, me he dispersado en mis amantes, en Emilio, en Sergio, en Jimmy…, me he diseminado en centenares de partículas, de fragmentos, de piezas descompuestas de mí misma, me he desperdigado para no encontrarme. La soledad, para un hombre, puede ser el primer escalón hacia el poder y hacia el arte. Para una mujer, es el vacío, la locura o el suicidio. Dispersadas en miles de partículas; hechas a través de los hombres, repartidas entre los genios, ¿qué queda de nosotras? Por eso me interesa la historia de Judit y Kati, porque ellas, durante un tiempo muy breve, creyeron que podían engañar al destino de su sexo. ¿No es una gran esperanza?
»Ya, ya sé que te parecerá extraño lo que te insinúo. Veo cómo me preguntas, perpleja: ¿pero no me dijiste que Judit había sido el gran amor de tu padre? ¿Pero no me contaste que se habían amado hasta la muerte, hasta tal punto que Joan Miralpeix enloqueció cuando tu madre faltó? Entonces, ¿qué es lo que escribí en mi novela? No, no creas que te he engañado. El amor entre mis padres existió. Pero fue una clase de amor. La labor de los escritores es saber explicarlas todas. Eso ya no es cosa mía. Te doy el material, ¿qué más quieres? Elabóralo. Tienes unas cuantas soluciones: que Joan amaba a Judit, pero ella a él no. Que mi madre y mi padre se quisieron a pesar de las circunstancias. Que mi madre amaba a mi padre porque él la amaba. Que mi madre se había acostumbrado tanto a él que ya formaba parte de ella misma. Que mi padre se la inventó, sobre todo después del derrame y después de muerta. Como puedes ver, todas las soluciones confluyen en una: que no sabemos nada o casi nada.
»Sin embargo, ahora no son mis padres quienes me preocupan. Me interesa más la relación entre mi madre y Kati, y entre esta y Patrick. Ellos me llevan a pensar en nosotras, en ti y en mí. Sé que un día de estos mi relación con Jordi se acabará. Nunca ha sido intensa, quizá porque la iniciamos con la idea de provisionalidad. Hoy en día se dice mucho eso. Mientras dure; que todo se acaba… Nos han desengañado antes de tiempo. Adivino tus reproches: “Nunca te lanzas a nada, ni al amor ni al trabajo, lo miras todo desde la barrera. ¿Acaso crees que el amor se mide en términos mercantiles? A ver, qué me das tú, que yo te daré exactamente lo mismo…”. No sé hacerlo mejor. Las mujeres tenemos que guardarnos siempre buena parte de nosotras mismas bien dentro. Si nos entregamos del todo, al final nos quedamos como una abeja sin colmena. Sí, ya sé que estarás meneando la cabeza al leer estas líneas. ¿Qué quieres que le haga? Tengo casi diez años más que tú. Los años pesan.
»El amor entre Kati y mi madre fue intenso porque aspiraban a que fuera eterno. Pensaron que no se acabaría nunca, pese a aquella guerra tan sucia, como la describen quienes la vivieron. Jordi me pide muy poco: solo la continuidad de lo que ya existe. Nuestra época es demasiado mediocre para vivir sentimientos intensos. Pero es muy triste que nos haga falta una guerra para aprender a querer. Querer como lo hicieron ellas dos, como lo hicieron Patrick y Kati… Y ahora sé, también, que el amor que mi madre sentía por Pere, mi hermano mongólico, fue grande porque se fundamentó en el recuerdo de los desaparecidos durante la guerra. Y mi otro hermano, Lluís… Pobre Lluís. Su obstinación por demostrarnos a todos que es feliz –o sea, que ha triunfado– no es más que una cortina de humo para ocultar el miedo que tiene. Durante un tiempo, intenté entenderlo. Sobre todo porque tú, en tu novela, lo habías pintado como el personaje más negativo. Me parece que te pasaste de la raya. Claro que quedaba bien: Lluís era hijo directo del fascismo y, de esa aventura, solo podía salirse o malvado o rebelde. Pero me parece que te pusiste demasiado de mi parte. ¿Por odio de sexo solo? No, Lluís no es ni bueno ni malo del todo. Como todos nosotros, está hecho a medias. La única diferencia es que él no lo sabe y, como no lo sabe, no se acepta.
»Por todo lo que te he ido explicando, no me veo capaz de manipular los papeles de mi madre y Kati. Y escribo “manipular” en el sentido más estricto. En este caso, no me parece peyorativo. Kati y, sobre todo, Judit me tocan demasiado de cerca para ser justa. ¿O quizá no quiera hacerlo por orgullo? No, no lo creo. Con Patrícia sí que me atrevo. Pese a todo, las páginas que más me gustan de tu novela son las que le dedicas a ella. No entiendo por qué no la acabaste con su voz, con el monólogo delante del cadáver de Judit. Lo habías escrito así en el borrador, ¿verdad? Patrícia podía dar un tono diferente a los personajes más atormentados. Al fin y al cabo, tanto Patrícia como Encarna son dos personas inocentes. Representan el sentido común, que es la única filosofía que me interesa. O quizá me interesan ellas, porque la historia grande las ha expulsado más que a nadie. Ahora todo el mundo, yo incluida, se ríe de la tía Patrícia. Tiene setenta y siete años y parece una adolescente. Con el pelo rizado y teñido de color caoba, las uñas pintadas y los vestidos estridentes. Dice que ha descubierto la “realidad” de la vida. ¿Y sabes cuál es su realidad de la vida? Pues el moscatel cada noche, las copas de helado y las visitas a los grandes almacenes. No tiene ni un duro, pero tiene un sentido especial para disfrutar con lo que sea. Sí, ya sé que a ti y a mí nos parece una claudicación. Pero es más feliz que nosotras porque sabe que la felicidad no existe. ¿Sabes qué hizo el otro día? Pues invitó a Encarna y a su marido, Jaume, a ver una ópera en casa –mi tía Patrícia se ha gastado medio vitalicio en un televisor en color. Y les dijo que fueran vestidos de gala porque la ópera, Aída, era una filmación del Liceo. Encarna se arregló a propósito el vestido de novia y lo transformó en uno de noche, largo y con unos volantes de seda negra. Jaume no tenía esmoquin, pero se presentó vestido de veintiún botones. Y mi tía Patrícia se puso encima todas las joyas de la familia que no había empeñado. Dispusieron las sillas de satén de estilo imperio, raídas y agujereadas, en fila delante del televisor. Y los tres, elegantes y circunspectos, pasaron una velada “inolvidable”, por decirlo con el adjetivo que usó mi tía Patrícia. Seguro que ni tú ni yo, ni Jordi ni Ferran seríamos capaces de pasárnoslo así de bien sin analizarlo después. Y cuando me cuentan estas cosas, vividas por gente que no tiene ningún anhelo de inmortalidad, o sea, que no piensa en trasladarlo a la imagen ni a la literatura, es cuando más te envidio. Me habría gustado saber escribir con palabras precisas y convincentes. Palabras en las que ninguna imagen fuera gratuita y los adjetivos sugirieran la verdad del sustantivo.
»Adivino tu sonrisa irónica, otra vez. Ya lo dejo, solo te expreso mi ambición. Sé que yo no lo haré nunca, no tengo suficiente empaque. Podría culpar también al “clima” del país, un país enfermo, neurótico, que no acaba de hacerse nunca, pero tú dirías, y con razón, que esa es la excusa fácil de los mediocres: el “clima” somos nosotros.
»Cuando publicaste tu novela sobre el amor entre mi madre y mi padre, y sobre el enamoramiento de mi tía Patrícia de Gonçal Rodés, te reproché que te dejaras llevar por los hechos, por eso de “fulanito ha dicho tal y menganito ha pensado cual”. Que te dejaras seducir por la historia externa y que, salvo dos o tres personajes, no hubieras sabido desterrar la sociología. Te dije –y seguramente lo recordarás bien porque tienes memoria y, por ende, rencor– que habías escrito una novela casi costumbrista. Ahora, pasado el tiempo, tengo que reconocer que al menos tú escribiste la novela. Yo no puedo escribir. Tengo los materiales para hacerlo, lo vivo en mi propio cuerpo y en mi cerebro, pero no puedo.
»Me da miedo crear, sé que nunca alcanzaré la armonía entre mi experiencia sensorial y mental y la realidad que la ayuda a estar viva. Por eso te he dejado los papeles de mi madre y de Kati, además de mis notas sobre mi tía Patrícia. Sé que me necesitas para hacerlo. Y sé que sabes reconocerlo. A ver si lo consigues.
»Te quiere,
»Natàlia».
Natàlia lee la Odisea en una isla del Mediterráneo
El mar, bravo, golpea las rocas. La espuma se eleva y lame con furia la arena. La mujer del pescador, que lleva una bata de cuadritos y redecilla en la cabeza, mira con insistencia hacia el faro, hacia la Mola. El tiempo se ha puesto muy feo y su marido no regresa. Oigo a la mujer del pescador explicarle a una extranjera que la barca era pequeña, pero fuerte. La extranjera no sabe qué decirle, la consuela y veo que procura prepararla para la resignación. Otros forasteros, indiferentes, mojan pan en unos tazones de leche enormes. El cielo es de color plomizo, con manchas negras hacia poniente. Las olas insisten, como si alguna fuerza oscura las empujase. Una tras otra mueren, furiosas y agotadas, sobre las rocas. Hay una escala, tenue, matizada, de colores en el mar: verde-botella-azul-cielo-azul-cobalto.
Me gustaría fotografiarlo, tal vez me explicaría mejor.
Esta pequeña isla se abre al mar formando playas solitarias. Los isleños aguantan las higueras enanas con palos porque el viento, la tramontana, sopla aquí con fuerza. Los corderos y las ovejas pastan cerca de las tierras yermas. Es una isla casi helénica, pequeña, que se ha conservado prácticamente imperturbable desde la prehistoria.
Un viento cálido levanta la arena como si fuera lluvia fina y acompaña el bramido de las olas hacia la tierra. Jordi, ¿sabes qué? Me gustaría oír el llanto de Circe, la bruja a quien los historiadores han calificado de mala porque convertía a los hombres en animales. Quizá su único pecado fuera amar a Ulises. Jordi, ¿te das cuenta de que uso la palabra “pecado”? Circe hechizaba a los hombres porque era una diosa y no sabía usar las armas del sufrimiento. Circe no quería ser una mujer-víctima. Jordi, a mí no me gusta ser una mujer-víctima. Calipso tampoco quería sufrir. Cuenta el poeta, Jordi, que dejó ir entre lágrimas al guerrero del que estaba enamorada. Mira qué pone aquí:
Sois, ¡oh dioses!, malignos y celosos como nadie, pues sentís envidia de las diosas que no se recatan en dormir con el hombre a quien han tomado por esposo.
Claro, Ulises quiere regresar a casa. A casa, Jordi. Y eso que le dice a Calipso que Penélope, en belleza y altura, no puede compararse con ella. Pero, claro, es discreta. Y a la hora de pasar cuentas, ¡menudo tesoro, la discreción! De todos modos, antes de despedirse gozaron del amor (me gusta este verbo: gozar; ¡pero cualquiera lo dice hoy!) y permanecieron la una en brazos del otro. Eso dice el poeta, que sabía mucho de la belleza y las palabras. Y es también lo que yo pienso, Jordi, amor mío, mientras intento recordar cómo «gozaba» en tus brazos. ¿Sabes que ya casi no me acuerdo?
Al final venció Penélope. Y es que era una mujer sabia. Esa mujer construía la jaula más sutil con su tejer y destejer en torno al recuerdo del hombre que regresaba. Una jaula para Ulises, hecha de gemidos, suspiros y llantos nocturnos. De desesperación. ¡Óyeme!, no veas comparaciones con tu mujer, porque no va de eso. (Quizá miento).
Ya sé lo que piensas, amor mío: que soy mitad Calipso, mitad Penélope. ¿Qué quieres que te diga…? Tú no eres Ulises, en eso estamos de acuerdo, ¿no? Ulises sabía mucho de hacer la guerra y de gobernar. Sabía mucho de hablar con los dioses y de ser valiente hasta la muerte. Dime, cariño, ¿quedan hombres así?
Pero Ulises no sabía nada de sentimientos. La mayoría de los hombres no sabéis nada de sentimientos. Aparecen, se presentan delante de vosotros como almas encantadas, os laceran y os sorprenden. Tú mismo: te quedas perplejo cuando una emoción te va y te viene. No sabes qué hacer con ella. No sé si me explico… Te salen palabras que no controlas, te resbala una lágrima que te apresuras a ocultar. Miras hacia otro lado cuando se te humedecen los ojos. (Noto el cuervo del odio y me duele).
Sí, amor mío, Ulises sabía mucho de hacer la guerra y de gobernar. Y de ser valiente hasta la muerte. Ulises no era apreciado por los dioses porque supiera amar, sino porque sabía combatir. Estaba hecho para la lucha y para organizar su pequeño país. Circe, Calipso y Penélope, sabias desde que la luz del sol calentó la tierra, conocen los caminos para tenerlo (y yo no he sabido retenerte a ti, ¿cuál es mi papel?). Las primeras, para entregarse a él; Penélope, para conservarlo. Calipso y Circe, pese a ser inmortales, sabían que, a la larga, lo perderían. Penélope, que no era más que una mujer con una paciencia levítica, se alzaría triunfadora (la más fuerte, ¿sabes?).
… cubriendo su faz hermosa, pues dábale vergüenza que brotaran lágrimas de sus ojos delante de los feacios.
¿Ves? A Ulises, el «destructor de viles», le daba vergüenza llorar. Sí, ya sé que a ti no te avergüenza llorar, ya me lo has dicho. Pero no puedes (aunque te he visto llorar dos veces, lo recuerdo muy bien). A Penélope no, Penélope sabía que, cuanto más llorase, más la ayudarían los dioses. Más vencía. Daba igual que se esfumaran los años, cargados de penas y renuncias. Podían transcurrir los días inmutables, uno igual que el otro. Daba igual, amor mío. Penélope, que solo sabía mirar el mundo a través de los ojos de Ulises, acabaría recuperándolo. Ulises tenía mucho miedo y, una vez sofocado el fuego interno de la pasión, regresaría a Ítaca. El mundo no dejaba de ser hostil para su alma mortal. Solo en Ítaca hallaría la paz.
Tú también, ¿verdad?
Hace tiempo que no lloro. Tendría que esforzarme mucho para hacerlo. Confieso que me fascina la facilidad que tiene Norma para que se le humedezcan los ojos. O Sílvia. Bueno, Sílvia siempre va con el clínex en la mano. El otro día me dijo: la vida se me escapa y ¿qué he hecho? No supe qué contestarle. No tengo tanta paciencia como Norma para aguantar todo tipo de confesiones. A mí hay mujeres que me ponen muy nerviosa. Sílvia, por ejemplo. Entiendo que Lluís es un caradura y se ha aprovechado de ella. Pero hay mujeres que tienen el destino que se merecen. ¿Qué le vio a mi hermano? Ahora lo contemplo, como si fuera un actor de cine, y lo veo así: entradas en la frente, la mirada inerte, tripilla, la copa de bourbon en la mano mientras me confiesa lo desgraciado que es, sobre todo desde la muerte de nuestro padre… (nadie me vio llorar aquel día). Cuando me dice eso, en lugar de despertar mi compasión, lo que consigue es irritarme. Lo prefiero triunfador, cuando se carcajea con los amigos, cuando sus ojos siguen el culo de alguna chica…
El mar se ha calmado, pero el pescador no vuelve. El hombre del bar le dice a la mujer que es raro, que ya han regresado todas las barcas, pero que, vete a saber, quizá el hombre haya ido directamente a Ibiza. No me canso de mirar el mar. Una vela blanca recorta el horizonte y un tenue rayo de sol me acaricia. Noto cómo los recuerdos van y vienen. Palabras que se forman solas y que mueren entre el sonido del oleaje. Pienso en ti, Jordi, y también en Penélope. Como si fuerais una sola persona. Sí, ya lo sé, tú no tienes nada que ver con tu mujer. Sé que te avergüenza tu cobardía, ¡me lo has dicho muchas veces! ¿Penélope miraba el mar o lo evitaba tierra adentro? Penélope también tenía derecho a amar (no pronunciaría nunca en voz alta esta frase). Penélope amaba como había que amar a todo un rey: con placidez y humildad (mi mujer es aburrida, me decías). Circe, furiosa y enamorada, los hechizaba. Como Norma. ¿Sabes, Jordi? Norma siempre me dice que necesita estar enamorada para escribir. ¡Cuánto la envidio! Yo, contigo, soñaba más bien con una amistad, ¿por qué negártelo? Me parece que mi problema, nuestro problema, es que queremos modelar el mundo a nuestra manera. Tú y tu amor abstracto a la humanidad. Yo…, cuando a los veintitrés años leí las memorias de Simone de Beauvoir, sentí una especie de ansia por vivir del mismo modo que la dama francesa y me parece que me empeñé en buscar un Jean-Paul Sartre. Quería el mundo a mi medida. Por eso, cuando te encontré, no salía de mi asombro. Aquella noche, ¿recuerdas?, me llevaste a un restaurante de mala muerte y solo me hablabas del partido, de los muertos de la Seat, de la Asamblea de Cataluña… Me agarraste los dedos de una mano, todavía sucios del laboratorio, y me dijiste, ¿sabes que me gustas?, no, no salía de mi asombro… Fui tan estúpida que lo único que supe darte fue mi sexo. Y tú te sorprendiste, no te lo esperabas. Caminamos por una Barcelona húmeda y silenciosa hasta las cuatro de la madrugada. Hablamos de política, de los disidentes checos. Hablamos mucho. Y en la portería de mi estudio te dije, ¿por qué no subes? Me arrepentí enseguida. Tú no querías subir, te lo vi en los ojos, que siempre tienen ese aire de sorpresa. Pero subiste a mi piso y te ofrecí una copa, a ti, que no bebes. Y te puse el segundo concierto para piano de Brahms. Y me decía, lo has estropeado, chica… Acabé enseguida de enseñarte el estudio. Contemplamos Barcelona desde la terraza. Con la copa en la mano. Me hablaste de tu mujer, es una buena chica, me dijiste. Y de tus hijos, son un producto de Agnès. Tropezamos un par de veces y no nos reímos. Quizá si nos hubiéramos reído… Y nos fuimos a la cama. Yo tenía sed de sexo, lo digo sin tapujos. Te empujé sobre la cama y te habría destruido… No, no es cierto. No tenía sed de sexo. Solo quería que te quedaras, que no te fueras. Tú te diste cuenta. Y me dijiste, tengo que irme. Cuando vi tu cuerpo recortado por la luz del pasillo se me hizo ese nudo en el estómago que dice Norma que se te hace cuando te enamoras. No, no me enamoré de tu cerebro, Jordi. Ni de tu honestidad reconocida. Ni de tu bondad. Me enamoré de tu gesto al cruzar la luz del pasillo. Qué tontería, ¿no?
Sí, todo tenía que ser a mi medida. Los hombres, el mundo. Mira, no entendí a mi padre hasta que se volvió loco. Cuando ya era un despojo, fue entonces cuando lo quise. Y quizá ahora que te vas te quiero más que nunca. ¿Por qué somos así, dime?
…Uno, que la encontró lavando, uniose con ella, junto a la cóncava nave, en amor y concúbito, lo cual les turba la razón a las débiles mujeres, aunque sean laboriosas.
He hablado de Circe (o de Norma). Después hablaré de Calipso. ¿Nació con el olor del sexo… Atenea? Atenea se disfraza de hombre para ir a ver a Telémaco. La más diosa de todas, la madre. Y, como madre, el poeta la indultaba. A ella, eso del «amor» no le turba la razón. Se notaba que el poeta no sabía cómo tratarla, si como diosa, con pudor femenino, o como madre que todo lo arregla. Al poeta debía de parecerle muy complicado clasificar a un personaje como Atenea.
Nunca sabrán nada de mí, Jordi. Por eso no te perdono que me hayas visto tan pequeña. Tan débil.
Por muy laboriosas que sean, dicen que a todas las mujeres las turba eso del amor. Pero no era mi caso, Jordi.
El viento dispersa las nubes en el cielo, a lo lejos, y el sol matutino empieza a calentar. Pero las olas siguen rompiendo entre bramidos, como si llevaran hacia la arena los aullidos de todos los muertos. De todas las muertas a quienes los poetas no han cantado. Muertas y enterradas. Recogeré cada rayo de sol. Se desparraman, fieles, sobre mi piel (esto es literatura, pero me gusta). Norma me diría que tengo que amar cada rayo de sol por él mismo, retenerlo para mí, en mí, como si muriera en mí, como si yo fuera el límite de todas las cosas que me rodean. Norma es demasiado vitalista. La envidio. Me parece oírla: chica, hay que amar las gotas del agua del mar que de vez en cuando anegan mi rostro, el olor a agua salada. Lamer la capa de sal que cubre mis brazos, mi vientre, mis muslos, mis pies… Acariciar las rocas que me cobijan. Y el viento que ahoga mis recuerdos. Norma, la sensual.
Por muy laboriosas que sean, a todas las mujeres las turba eso del amor… Pobres, dice el poeta. Ya pueden amar las mujeres espoleadas por el deseo. Que por más laboriosas que sean, lo acabarán pagando. Todas, salvo Penélope, la victoriosa porque sufría, serán condenadas. Mirad a Clitemnestra, la madre herida. ¿Cuál fue su pecado? ¿Amar a Egisto o no haber sabido esperar?
Norma: Pero ¿tú quieres vivir con él?
Natàlia: ¡No, me horroriza la idea de la pareja!
Norma: ¿En qué quedamos? ¿Tú qué quieres?
Natàlia: ¡Es que yo lo amo, lo amo! Y no puedo llamarlo nunca, siempre tengo que esperar y esperar. ¡Estoy harta!
Norma: Pero quizá él no piensa lo mismo. Tal vez no tenga la misma concepción que tú sobre las relaciones humanas.
Natàlia: Yo ya no sé ni qué pienso. Tengo cuarenta y un años. ¿Me entiendes? Lo único que sé es lo que no quiero.
Norma: Me da la impresión de que siempre te has planteado la vida en negativo. Te sacas de encima todo lo que no quieres, pero no intentas conseguir lo que sí quieres. Siempre huyes.
Esta conversación, aunque parezca mentira, puedo mantenerla con Norma. Pero contigo no.
Por tanto, jamás seas benévolo con tu mujer ni le descubras todo lo que pienses; antes bien particípale unas cosas y ocúltale otras.
Agamenón advierte a Ulises y le dice «pues ya no hay que fiar en las mujeres». ¿Te das cuenta, Jordi, de que nadie se ha preocupado de si Clitemnestra tenía que esperar a Agamenón? Elogiado por el poeta, precisamente, por haber causado la ruina de medio mundo. Que había dejado arrasada una ciudad como Troya. Sí, ya lo sé, Jordi: sé que me darás la razón. Hay hombres que, como tú, parecéis estar aprendiendo a darnos la razón. Os he arredilado en la retaguardia. Como si no estuvierais en vuestro terreno. Aquí os sentís incómodos.
El pescador no ha venido y la espera ya no se percibe como antes. Parece como si todo el mundo quisiera ahuyentar los malos augurios volviendo a sus quehaceres. De vez en cuando se lanzan miradas furtivas hacia la casa del pescador, que está llena de silencio. Las cortinas de red, bajadas. Me llega olor a sofrito desde la cocina del hostal. Si Norma notara este olorcillo, daría saltos por las rocas.
¿Sabes que me gustas?, me dijiste mientras me cogías los dedos, sucios del laboratorio. Y me sentí como una niña pequeña. Un calor en las orejas. Un vacío a mi alrededor. Me habría gustado hacer un retrato de tu manera de mirarme. No sé si eso de retratar la realidad puede considerarse un acto de orgullo. O de venganza. ¿A quién puede importarle que fijes una imagen, esa imagen que se repite día tras día, en cada instante, por todos los rincones del mundo? Ninguna imagen se inventa de nuevo. Cada fotografía reproduce actos, movimientos, gestos, miradas, risas y llantos que se dan en todo momento y en todas partes.
