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No cabe duda de que el marxismo produjo un cambio profundo en la forma de entender la relación entre individuo y sociedad. Asimismo, el materialismo histórico, o método marxista de entender la Historia, transformó la forma de interpretar los acontecimientos y procesos históricos. Este cambio de paradigma alcanzó a los estudios sobre la Antigüedad, resignificando temas clásicos de estudio e introduciendo nuevos enfoques que revitalizaron la disciplina hasta el último tercio del siglo XX. Fruto de ello son, por ejemplo, la aparición de revistas como Past and Present en 1952, la creación de espacios de debate como el GIREA (Groupe International de Recherche sur l'Esclavage dans l'Antiquité) en 1970 o la publicación de importantes volúmenes como Studies in Ancient Society, coordinado por M. I. Finley en 1974. Estos y otros ejemplos evidenciaron la necesidad de entender el mundo clásico "desde abajo" a la vez que consolidaron esta tendencia historiográfica. En cambio, tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética, empezaron a publicarse trabajos que se preguntaban sobre la importancia y la vigencia de Marx y el marxismo en los estudios de la Antigüedad de las décadas precedentes, demostrando que el asunto seguía más vivo que nunca. En esta línea se enmarca el presente libro, coincidiendo con el centenario de la Revolución Rusa (1917) y el bicentenario del nacimiento de Karl Marx (1818) y Friedrich Engels (1820). Cada una de las contribuciones del presente libro aborda hitos relevantes para entender la importancia de Marx y el marxismo en la interpretación actual sobre la antigüedad en Europa.
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Seitenzahl: 331
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Edición: Primera. Abril 2021
Lugar de edición: Buenos Aires, Argentina
ISBN: 978-84-18095-71-9
Depósito legal: M-25450-2020
Código Thema: NHAH [Historiografía]NHC [Historia antigua; Grecia y Roma]
Diseño gráfico general: Gerardo Miño
Armado y composición: Laura Bono
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Agradecemos la contribución al presente libro del proyecto ANIHO: Antigüedad, nacionalismos e identidades complejas en la historiografía occidental. Aproximaciones desde Europa y América Latina (1789-1989). MINECO HAR2016-76940-P (https://aniho.hypotheses.org).
Luciano Canfora
Università degli Studi di Bari “Aldo Moro”
Tras la publicación en Italia del volumen furetiano, Pensar la Revolución francesa (Pensare la rivoluzione francesa), intenté una reflexión paralela sobre dos revoluciones en un ensayito de 1980 intitulado: Analogía e historia (Analogia e storia). Pero la historia fue, como a menudo sucede, in fine velocior: con una rapidez impredecible, los años ochenta concluyeron con el colapso de todo el sistema surgido alrededor de la Unión Soviética coincidiendo con el segundo centenario de la Revolución francesa, estímulo fortísimo para acentuar el revisionismo respecto a ambas. El mismo Furet, a pesar de sus méritos como estudioso de los eventos franceses, se aventuró en la escritura de una gigantesco panfleto rigurosamente anticomunista y antisoviético intitulado El pasado de una ilusión (Le passé d’une illusion), rápidamente traducido al italiano. Hoy bien pocos se acuerdan de aquel libro, que causó sensación también en los ambientes mejor dispuestos a acogerlo y apreciarlo, por tener el mismo autor su crítica iconoclasta también en el antifascismo europeo, acusado, bastante arbitrariamente, de haber sido “El útil idiota de Stalin”.
Mientras tanto, se había puesto en el centro de la atención político-publicista-televisiva el demasiado célebre Libro negro del comunismo, dirigido por el excomunista Courtois, lanzado en Italia por Mondadori, así como de Forza Italia y de Berlusconi en persona, el cual distribuyó copias a los congresistas de uno de los poquísimos congresos de su partido. La obra era muy apresurada y ansiosa de atribuir al movimiento comunista internacional crímenes difícilmente atribuibles a ellos: siempre calculando al por mayor en millones de muertos, incluido los millones de muertos rusos durante la Segunda guerra mundial, difícilmente imputables al gobierno soviético y más probablemente al alemán. La mala fe de los participantes en la obra colectiva llegaba hasta límites cómicos: por ejemplo acerca del recuento de los crímenes del comunismo se valoraban también los muchísimos caídos en la guerra civil angoleña (finales años setenta – inicios años ochenta), provocada contra el legítimo gobierno MPLA por la guerrilla pagada por la CIA y reunida bajo las siglas UNITA, dirigida por la figura sombría de Sawimbi.
Pero dejemos de polemizar con un libro difunto. Aquello que en realidad conviene destacar, desde el punto de vista historiográfico, es que desde entonces se desencadenó una serie de libros negros como los mencionados anteriormente o por mímesis o de intención polémica. El Libro negro mondadoriano apareció en el 1998; en el mismo año la editorial Tropea reeditó, del editor francés Le temps des cerises, el Libro negro del capitalismo; inmediatamente después en el mismo año Piemme orquestó un Libro negro de la Inquisición. En 2005 la editorial Fazi desenfundó el Libro negro de la guerra; en 2007 una importantísima editorial católica francesa, Édition du Cerf, desenfundó finalmente (estaba en el aire desde hacía bastante tiempo) el Libro negro de la Revolución francesa y en 2014, una pequeña editorial italiana, 21 editore, lanzó a debate historiográfico un importantísimo Libro negro del imperio británico, pequeño fragmento de la dolorosísima historia del colonialismo.
Pero la historia no se hace con libros negros. Su deber es tratar de entender y posiblemente de explicar: la misma proliferación de libros negros contrapuestos demuestra la vanidad de tal acercamiento a la historia. Si hoy, tras casi tres décadas del fin de la Unión Soviética es oportuno «pensar la Revolución rusa», el punto de vista que debe ponerse es doble: qué ha significado para el mundo y qué ha significado para su país. Surgida con el propósito de dar inicio a la revolución socialista en el Occidente industrializado, bien pronto, ya en los inicios de los años veinte, asumió conscientemente un rol muy diverso, detonador contagioso y fecundo del proceso de descolonización. Proceso que se desarrolló tras la primera y la segunda guerra mundial.
Jordi Cortadella
Universitat Autònoma de Barcelona
La idea de este libro nació de la coincidencia de dos efemérides: el centenario de la Revolución Rusa (1917) y el bicentenario del nacimiento de Karl Marx (1818). A treinta años de la caída del Muro de Berlín (1989) y a veintiocho de la desaparición de la Unión Soviética (1991), algunos colegas de la Universidad Autónoma de Barcelona volvimos a preguntarnos sobre la importancia y la vigencia de Marx y el marxismo en los estudios de la Antigüedad.
La pregunta no es ni mucho menos novedosa y tuvo múltiples respuestas en la década de los años setenta del pasado siglo. Basta recordar el volumen Studies in ancient Society, coordinado por M. I. Finley en 19741, en el que se recogen artículos relacionados con el mundo clásico publicados en Past and Present, revista fundada en 1952 por una combinación de historiadores marxistas y no marxistas británicos que coincidían en defender la “Historia desde abajo”, es decir la narrativa histórica que intentaba explicar los hechos desde la perspectiva de la gente común (los marginados, los oprimidos, los pobres, los inconformistas) en lugar de las élites. Así mismo, también pueden consultarse los artículos del dossier que bajo el título Formes d’exploitation du travail et rapports sociaux dans Antiquité classique, editó la revista Recherches internationales à la lumière du marxisme (número 84, 1975)2; publicación bimestral creada en 1957, bajo la dirección del intelectual comunista Jean Kanapa. Por las mismas fechas, la revista Arethusa, fundada en 1967 en la Johns Hopkins University (Baltimore, Maryland - USA), editó un completo monográfico con el explícito título Marxism and the Classics (volumen 8/1, 1975)3. A ellos podemos añadir los trabajos recogidos por Mario Vegetti en el libro Marxismo e società antica (Milano, Feltrinelli, 1977), los de Luigi Capogrossi, Andrea Giardina y Aldo Schiavone en Analisi marxista e società antiche (Roma, Editori Riuniti, 1978), así como los artículos de Mouza Raskolnikoff sobre la historiografía soviética relativa al mundo romano reunidos en su libro Des Anciens et des Moderns (Paris, Publications de la Sorbonne, 1990), sin olvidar su trabajo de referencia sobre La recherche en Union Soviètique et l’histoire économique et sociale du monde hellénistique et romain (Strasbourg, CNRS, 1975).
En el presente siglo basta citar algunos títulos para mostrar que el tema sigue vivo a pesar de la caída del telón de acero. Así lo demuestran trabajos como el de Carlo Marcaccini, Atene soviética. Democrazia antica e rivoluzione comunista (Pisa, Della Porta, 2012), o los artículos reunidos en How to Do Things with History: New Approaches to Ancient Greece (Oxford, Oxford University Press, 2018), basados en un ciclo de conferencias celebradas en la Universidad de Cambridge en septiembre de 2014 en honor del profesor Paul Cartledge, y donde encontramos las aportaciones de Wilfried Nippel “Marx and Antiquity” (pp. 185-207) y Kostas Vlassopoulos “Marxism and Ancient History” (pp. 209-35).
En relación más directa con las efemérides antes mencionadas, cabe señalar el reciente libro editado por José Gómez Alén, Historiografía, marxismo y compromiso político en España. Del franquismo a la actualidad (Madrid, Siglo XXI, 2018), con el artículo de Domingo Plácido: “Historiografía española de la antigüedad de tendencia marxista” (pp. 25-48).
Después de este breve repaso y sin pretender emular o actualizar a tan notables precedentes, nuestro modesto propósito consistió en lanzar la propuesta de un volumen dedicado a la Antigüedad clásica que tuviese como ejes a Marx y el marxismo, dando total libertad a cada autor para enfocar el tema como mejor le pareciese. El resultado, con el título de “La influencia de Marx y el marxismo en los estudios sobre Antigüedad” ha sido el libro que ahora tienen entre manos, fruto de la colaboración desinteresada de un grupo de colegas y amigos invitados de diferentes extracciones académicas.
En Prólogo: Revoluciones paralelas,Luciano Canfora(Universidad de Bari) nos advierte que la historia no se hace con los ‘libri neri’ (del Imperio Británico, de la Revolución Francesa, de la Guerra, de la Inquisición, del capitalismo, o del Comunismo), sino que más bien nos invita a pensar qué significó para el mundo y qué ha significado para cada país la Revolución Rusa. Canfora cree que, en el Occidente industrializado, la revolución socialista venida del Este fue el detonante de otro proceso revolucionario: el de la descolonización.
Ricardo Martínez Lacy (Universidad Nacional Autónoma de México), en La antigüedad roja, defiende que es inaceptable aplicar a Marx el argumento de autoridad y critica la rigidez con la que se ha abordado frecuentemente el pensamiento de Marx hasta transformarlo en un marxismo ortodoxo. Como ejemplo de historiadores que reflexionaron a partir de una interpretación libre de Marx comenta las obras de E. Ciccotti (esclavitud antigua, 1889), S.G. Lozinskij (democracia griega, 1925), M. I. Rostovtzeff (Historia Social y Económica, la de 1926 y de 1941), E. Staerman (sistema esclavista, 1968), E.-Ch. Welskof (dos tipos de esclavitud, 1957) y M. I. Finley (economía de la Antigüedad, 1974). Cierra su reflexión criticando el actual empirismo de los estudios sobre Historia Antigua y aboga por una historia que, desde una perspectiva total, permita entender los mecanismos de dominación y explotación.
En Átomo rojo: Física y libertad en Karl Marx, César Sierra Martín (Universidad de Valencia) analiza la tesis doctoral de Marx sobre la distinción entre la física democritea y epicúrea (1841) y trata de ver como ha influido la tesis de Marx para la configuración de ciertos debates modernos. A partir de su estudio se desprende que Marx apreció en el atomismo de Epicuro una comunión fructífera entre física y moral, por lo que la libertad de movimiento del átomo quedaba así ligada a la idea de libertad individual que, en el momento que escribió Marx, constituía un elemento central de análisis filosófico. En la lectura epicúrea de Marx, del átomo se pasaba mediante agregados atómicos a la materia (cuerpo), de ésta al individuo y de aquí a la sociedad. Además, siguiendo el historicismo de Hegel, Marx situó todo lo anterior dentro de la lógica histórica, para desembocar en el materialismo histórico.
Diego Paiaro y Mariano J. Requena(Universidad de Buenos Aires), en La pólis ateniense frente al problema marxista de la lucha de clases, se plantean la utilidad de los conceptos de “clase”, “orden”, “estamento” y las relaciones de explotación que vinculaban a los hombres libres con los esclavos pero que, a su vez, tensionaban las divisiones que se daban en el interior del cuerpo cívico de la democracia ateniense. Respecto al concepto de “clase” y de “lucha de clases”, los autores concluyen que la no adecuación del concepto al objeto no constituye de por sí un demérito del análisis sino una tensión necesaria entre una propuesta política de emancipación social y su actualización en la explicación de los procesos históricos. En este sentido, las disputas propias del cuerpo cívico, a partir de las que se configura la democracia ateniense, ofrecerían una mejor perspectiva para pensar la lucha de clases. Para los autores, si la lucha de clases constituyó el significante moderno a partir del cual el marxismo pudo cuestionar críticamente a la sociedad capitalista, la aplicación de las nociones clasistas a otras sociedades sirve para dar cuenta del conflicto en torno a los estados de dominación que existieron en ellas. La lucha de clases, como concepto, permitiría así hacer inteligible un conflicto, un antagonismo, al que cada sociedad le puso su propio nombre.
La contribución de Isaías Arrayás Morales y Christian Núñez López (Universitat Autònoma de Barcelona / Universidad del País Vasco) gira En torno a la figura de Augusto en la Europa de entreguerras. En ella defienden que la obra de Nikolai A. Mashkin (Printsipat Augusta, 1949), una interpretación marxista del Principado de Augusto, fue concebida como respuesta a la The Roman Revolution (1939) de Ronald Syme. Desde la perspectiva marxista, “revolución” significaba “lucha de clases” y sus consiguientes cambios estructurales a todos los niveles. En cambio, para Mashkin, con el Principado de Augusto se habría mantenido inalterado el modo de producción esclavista y, por tanto, desde la perspectiva marxista, Augusto no propició ninguna revolución. Asimismo, el autor soviético criticó a Syme la simplicidad de considerar que los procesos históricos dependían de las acciones de una élite política, obviando el rol jugado por otros grupos sociales, tales como la plebe y, particularmente, los esclavos. En definitiva, para Mashkin el Principado no fue el resultado de una revolución, sino más bien la reacción contra un movimiento revolucionario protagonizado por los esclavos.
En El mundo helenístico en la guerra fría, Borja Antela-Bernárdez (Universitat Autònoma de Barcelona)dedica buena parte de su estudio a analizar las connotaciones ideológicas del artículo de Ernst Badian, “Rome and Antiochus the Great: A Study in Cold War” (Classical Philology, 1959). Para Badian, Roma aparecería asociada a occidente, lo que haría que Antíoco encarnase, como representante del helenismo, el papel de lo oriental. Este texto nos recuerda que, a finales de los años 50 del siglo pasado, a ambos lados del telón de acero las metáforas sobre la Antigüedad sirvieron para poner razones y raíces a un enfrentamiento que, sin embargo, poco tenía de ancestral y mucho de contemporáneo. En dicho contexto, el mundo helenístico adquirió un carácter simbólico, encarnando una vez más una época de encuentro con “el otro”. En la posición ideológica contraria, la historiografía soviética cuestionó la tradicional definición del Helenismo como resultado de un sincretismo cultural (entre griegos y poblaciones conquistadas), para substituirla por la idea del Helenismo como puente hacia Occidente de la rica cultura asiática. Se enfatizó también el análisis de la resistencia a Alejandro y al Helenismo, en especial en los territorios que formaran parte de la URSS, convirtiendo a Alejandro en el símbolo absoluto del “imperialismo burgués”.
Domingo Plácido (Universidad Complutense de Madrid), en Los primeros años del GIREA, hace un repaso a los primeros cinco coloquios del Groupe International de Recherche sur l’Esclavage dans l’Antiquité, creado en 1970 en el Centre de Recherches d’Histoire Ancienne de la Universidad de Besançon. Desde un primer momento los coloquios se definieron como la expresión de las preocupaciones por los temas relacionados con las formas de dependencia, el escenario más sólido de las concepciones de la Historia Antigua relacionadas con el pensamiento de Marx, en opinión del profesor Plácido. Paulatinamente, se fueron introduciendo en los coloquios aspectos colaterales a la esclavitud propiamente dicha, que sirvieron para fijar la atención sobre temas que ofrecían un panorama más amplio de las relaciones humanas. A partir de 1975 (Universidad de Varsovia) se amplió el escenario de los coloquios y desde entonces se han diversificado sus sedes (Italia, España, Japón, Bulgaria, Grecia, México y Argentina). El panorama temático no ha dejado de ampliarse y ha tendido a incorporar también la esclavitud de tiempos posteriores a la Antigüedad.
Con el artículo A propósito de la primera generación de historiadores de la Antigüedad en España: Marcelo Vigil, Antonio Duplá-Ansuategui (Universidad del País Vasco) plantea realizar una valoración general de las aportaciones del profesor Vigil a la historia de la historiografía española. La etapa central de la actividad científica de M. Vigil, los años sesenta y setenta del siglo XX, coincidieron con una importante fase de transformación de la universidad española y con fenómenos científicos de primer orden, como la consagración de la historia social y la irrupción del marxismo. Bajo la influencia de la historiografía marxista británica, especialmente Edward Arthur Thompson, y por los italianos Santo Mazzarino y Bianchi Bandinelli, Vigil planteó en su momento conceptos básicos como el rechazo de una idea esencialista de la historia y los pueblos, la asunción de la historia como historia de la sociedad, la romanización entendida como un proceso transitivo y la inaceptable carga ideológica del concepto de Reconquista.
Para terminar, Alberto Prieto Arciniega (Universitat Autònoma de Barcelona) en La serie Manifiesto/Historia antigua de la editorial Akal, empieza dando unas breves pinceladas sobre los orígenes de los estudios marxistas en Granada, de donde surgió la primera colección histórica alternativa a la historiografía tradicional oficial. Se trataba, en palabras del profesor Prieto, de presentar al público universitario de habla hispana nuevas lecturas que le ayudaran a comprobar que sobre los mismos hechos podían haber interpretaciones diversas. Por él sabemos que el éxito editorial de la Historia de la Antigua Grecia (1974), dirigida por V. V. Struve, supuso que Ramón Akal propusiera a Prieto dirigir una colección sobre Historia Antigua. El primer volumen en aparecer fue: La transición del esclavismo al feudalismo (1975). Pronto le siguieron las traducciones de obras colectivas o de monografías publicadas en Francia, Italia, Inglaterra o Estados Unidos. Una de las más destacadas fue: E. M. Staerman-M. K. Trofimova: La esclavitud en la Italia Imperial (1979), con un extenso prefacio de M. Mazza.
Este volumen recoge aportaciones procedentes de diversas universidades y de diferentes historiadores, algunos son jóvenes investigadores, otros profesores eméritos, que desde diferentes perspectivas y países se interesan por el pensamiento de Marx y por la historiografía marxista sobre el mundo Antiguo, en sus debates y controversias.
Recopiladas las diferentes contribuciones y cuando preparábamos la edición del presente volumen, supimos del fallecimiento de Josep Fontana (28 de agosto de 2018) cuya evolución intelectual, desde un marxismo historiográfico de acento británico, en sus inicios, a la preocupación por la globalización capitalista y la construcción de las identidades, tanto ha marcado la trayectoria académica y personal de muchos de nosotros en la Universitat Autònoma de Barcelona, que tanto le debe. En nuestro recuerdo y como lema siempre tendremos presente aquella frase de una de sus obras de referencia:
(…) historia, economía política y proyecto social se encuentran indisolublemente unidos (…) ninguno es plenamente comprensible si es desposeído de los otros4.
1 Recensión de M. M. Austin en la revista The Journal of Hellenic Studies (1977, 97, p. 201). Edición española: Estudios sobre Historia Antigua (Madrid, 1981).
2 Recensión de Aline Rousselle en la revista Annales. Économies, Sociétés, Civilisations (1978, 33/2, pp. 335-342). Edición española: Formas de explotación del trabajo y relaciones sociales en la antigüedad clásica (Madrid, 1979).
3 Edición española: El marxismo y los estudios clásicos (Madrid, 1981).
4 Fontana, J. (1982). Historia. Análisis del pasado y proyecto social, Barcelona, 10.
Ricardo Martínez Lacy
Universidad Nacional Autónoma de México
Cuando a Marx le quisieron recordar una posición teórica que había expresado, él respondió diciendo “je ne suis pas marxiste” (“yo no soy marxista”), lo cual indica que no aspiraba a erigir sus ideas en un sistema inmutable ni siquiera sistemático, sino que se consideraba más o menos ecléctico.
Sin embargo, una generación después, el auge del Partido Socialdemócrata Alemán animó a un teórico (no un político), Karl Kautsky, a sistematizar el pensamiento de Marx y el de Engels, escarbando extractos y formando un corpus con obras inconclusas, echadas a un lado o publicadas, indistintamente.
Es cierto que la obra de Marx y Engels contiene interpretaciones explícitas sobre la antigüedad1y que muchos de sus planteamientos sobre el capitalismo tienen implicaciones para la historia antigua2 y también es cierto que, aunque Engels no tenía una formación universitaria, tuvo mucho qué decir, incluso de interés actual, sobre la antigüedad, pero es inaceptable aplicar a él y a Marx el argumento de autoridad, que es falaz en su caso como en el de cualesquier otros pensadores.
De ahí que la posición de Geoffrey de Sainte-Croix (1981) sea insostenible. Él, indignado ante la opción de Moses Finley de no aplicar la categoría de clase para explicar la economía de la antigüedad, se empeñó en demostrar que Marx y Engels no se equivocaron en plantear que las clases existieron en toda la historia3. ¿Sobra decir que esta es una posición idealista? Lo que importa no es que los pensadores del pasado tuvieron o no razón, sino la vigencia de su pensamiento. ¿Qué mejor homenaje a un autor que superar sus posiciones?
Y, sin embargo, incluso los apuntes de Marx son sugerentes. De hecho, los llamados Grundrisse, al explorar las formas que precedieron la producción capitalista, diferencia la antigüedad oriental de la clásica y expone la idea, tan incomprensible para los historiadores de habla inglesa, de que las economías no capitalistas no tienen que ser primitivas.
Por su parte, Engels, al plantearse el origen de la familia, la propiedad privada y el estado expone el carácter histórico, que no natural, de estas instituciones.
Pero Kautsky, al tratar de sistematizar este corpus, lo volvió rígido, y esto dio pie para que la burocracia soviética, al afianzar su poder (ca. 1929) tomara esta elaboración y la transformara en un materialismo histórico y un materialismo dialéctico y usara todo el poder de la U.R.S.S. para proclamarlo como el marxismo ortodoxo, que solo de pensarlo da horror: no puede tratarse el pensamiento de científicos sociales como religión ni como dogma4.
Pero siempre ha habido historiadores de la antigüedad que han tratado de aplicar el pensamiento de Marx y Engels a la interpretación.
Desde luego, este pensamiento plantea urgentemente la investigación sobre la esclavitud y, a pocos años de la muerte de Engels, Ettore Ciccotti en su libro Il tramonto della schiavitù nel mondo antico se ocupa no solo del tema del título, sino de la entera historia de la esclavitud en Grecia y Roma5.
Los primeros diez años después de la revolución de octubre fueron un periodo de florecimiento del pensamiento histórico, que incluyó el estudio de la antigüedad. Por ejemplo, S.G. Lozinskij, que desapareció posteriormente en un campo de concentración, planteó en un libro publicado en 1925 que la democracia había sido establecida en las polis griegas al final del periodo arcaico a través de una rebelión política y que, en consecuencia, surgió una incompatibilidad entre unos principios democráticos “que debían en principio llevar a la supresión de toda desigualdad en la sociedad” y el régimen económico basado en la desigualdad de la propiedad. La necesidad de una revolución social se impuso, pues, como complemento de la revolución política su necesidad fue el motor de las rebeliones en la época helenística6.
Por otra parte, aunque procapitalista y exiliado, Mikhail Ivanovich Rostovtzeff estuvo claramente influido por Marx y Engels en su Historia social y económica de Roma (1926) y su Historia social y económica del mundo helenístico (1941)7. Ahí plantea Rostovtzeff que el mundo clásico fue un caso frustrado de desarrollo (capitalista) porque a la burguesía le fue arrebatado el poder.
Los años cincuenta presenciaron el surgimiento de dos mujeres que pusieron en tela de juicio la ortodoxia estalinista.
Elena Staerman empezó a escribir artículos en 1953 que cuatro años más tarde culminaron en su magistral libro La crisis del sistema esclavista en el Imperio Romano de Occidente (traducido al alemán en 1964), donde plantea que la transición del sistema esclavista al feudal no se dio, como había planteado Stalin en 1933, por una revolución de esclavos, sino que fue un proceso mucho más complejo8.
Elisabeth-Charlotte Welskof publicó en 1957 su libro Las relaciones de producción en el antiguo Oriente y en la antigüedad greco-romana, en el cual postula la existencia de dos tipos de esclavitud antigua: el oriental y el clásico, posición refrendada por la difusión de los Grundrisse marxianos.
Hubo también historiadores que, sin ser marxistas, conocieron las obras de Marx y Engels, así como la de otros marxistas y las tomaron en cuenta. El caso más claro es el de Moses I. Finley, que se declaraba marxisante. Por ejemplo, en su obra más importante (La economía de la antigüedad, 1974), como se ha dicho, prefiere analizar las diferencias sociales griegas y romanas recurriendo al concepto de status y estamento, siguiendo sobre todo a Max Weber, pero deja muy claro que, parafraseando el título de un artículo suyo, la civilización greco-romana estaba basada en el trabajo de los esclavos. Nunca afirma, como muchos detractores sostienen, que la economía de la antigüedad fuera primitiva, más bien la veía, sin decirlo explícitamente como una sociedad esclavista sui generis y la comparaba con otras como la del Sur de Estados Unidos antes de la guerra civil o la de Brasil.
La caída de la U.R.S.S. ha hecho que el marxismo ya no se vea como la clave para entender el capitalismo y efectuar la revolución socialista, mientras que la separación entre las ideas socialistas y la lucha de clases se ha ampliado, pero se sigue planteando la alternativa, definida por Marx y Engels en el Manifiesto comunista y sintetizada magistralmente por Rosa Luxemburgo: socialismo o barbarie, lo cual plantea al historiador de la antigüedad la necesidad de seguir proponiendo modelos que permitan comprender mejor un periodo que está en la base de la cultura de origen europeo (y, por lo tanto, también del Islam).
Actualmente, hay una tendencia dominante en la historia antigua, particularmente en Estados Unidos y Alemania, a resistir cualquier planteamiento teórico y cualquier modelo de interpretación, y que pretende renovar el conocimiento histórico con la mera recopilación de nuevos datos, tarea ciertamente ardua para una disciplina con más de doscientos años de cultivo. Ese ejercicio empírico, en lugar de favorecer la comprensión, la hace más difícil, y es claro que hay que asumir una posición frente a la historia tomando en cuenta las propuestas teóricas para su explicación sin por ello, naturalmente, dejar de tomar en cuenta los datos históricos.
Una historia socialista debe ser totalizante, no exclusivamente desde abajo ni desde arriba, debe adoptar una perspectiva total que haga posible entender los mecanismos de dominación y de explotación. Tiene que tomar en cuenta tanto la larga duración como el análisis de coyunturas específicas, pues ambos aspectos no se excluyen entre sí, sino que se complementan. Debe analizar tanto el mundo en su conjunto como lo que ocurre en los pueblos y las comunidades rurales. Debe plantear la explicación de la economía y su relación con la sociedad y la cultura, prestando especial interés a la ideología.
Estas son las tareas de los cultores de una antigüedad roja.
Bibliografía
Ciccotti, E. (1899). Il tramonto della schiavitù nel mondo antico, Torino.
Finley, M.I. (1974). The ancient economy, London.
Lozinskij, S.G. (1925). Esbozo de una historia de la lucha de clases (en ruso), Leningrad (hoy Sankt Petersburg).
Lukacs, G. (1970). “¿Qué es el marxismo ortodoxo?” en G. Lukacs, Historia y conciencia de clase, La Habana, 35-58.
Raskolnikoff, M. (1975). La recherche en Union Soviétique et l’histoire économique et sociale du monde hellénistique et romain, Strasbourg.
Rostovtzeff, M.I. (1926). Social and economic history of Rome, 2 v., Oxford.
Rostovtzeff, M.I. (1941). Social and economic history of the Hellenistic world, 3 v., Oxford.
de Sainte-Croix, G.E.M. (1981). The class struggle in the ancient Greek world. From the archaic age to the Arab conquest, London.
Staerman, E.M. (1957). La crisis del sistema esclavista en el Imperio Romano de Occidente (en ruso), Moscú.
Welskoof, E-C. (1957). Die Produktionsverhältnisse im alten Orient und in der griechisch-römischen Antike, Berlín.
1 Baste mencionar la tesis de Marx sobre el epicureísmo.
2 Importantísima es la idea de que solo en el capitalismo hay una oferta masiva de mano de obra, lo cual implica que en todos las otras “formas que precedieron la producción capitalista” hay una explotación abierta, y la enajenación adopta una forma explícita.
3 Traducción al español: La lucha de clases en el mundo griego antiguo (Barcelona, 1988).
4Véase Lukacs (1970: 35-58). La edición original es alemana: Geschichte und Klassenbewusstsein (Berlin, 1923), pero la edición en español está traducida del francés.
5 Publicado en italiano en 1899, en español apareció como El ocaso de la esclavitud en el mundo antiguo (Barcelona, 1907).
6Lozinskij (1925: 134 apud Raskolnikoff, 1975: 68).
7 Respectivas traducciones al español (Madrid, Espasa Calpe, 1952 y 1967).
8 El título en alemán es Die Krise der Sklavenhalterordnung im Westen des römischen Reiches (Berlin, 1964).
César Sierra Martín
Universidad de Valencia
Estructura y objetivos
Con objeto del presente homenaje a Karl Marx, valoraremos su aproximación al atomismo antiguo en su tesis doctoral; el trabajo se defendió en 1841 en la Universidad de Jena (Turingia) con un título transparente en relación al contenido: Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro. En este escueto librito se proponen interesantes ideas sobre física y moral que sobrepasan la antigüedad y, pese a que ha tenido menos eco en comparación con El Capital o El manifiesto comunista, supone en muchos sentidos un primer peldaño para el materialismo histórico contemporáneo. Además, la defensa del materialismo antiguo y el declarado ateísmo de la tesis constituyen un punto de partida díscolo en la filosofía de Marx.
Por consiguiente, en las próximas líneas abordaremos la citada obra con la intención de esbozar la idea antropológica que atesora la reflexión de Marx alrededor del atomismo. Para llevar a cabo nuestro objetivo, se proponen cuatro apartados donde repasaremos, por este orden, el contexto intelectual de la obra, la figura histórica de Epicuro y el atomismo antiguo, la recepción del epicureísmo en Marx y otros pensadores y, finalmente, se propondrá una imagen del ser humano que constituye un modelo para ulteriores reflexiones de Marx.
1. Introducción: contexto intelectual de la obra
Se ha dicho en repetidas ocasiones que los escritos de juventud de Karl Marx son los más oscuros y difíciles de interpretar pero también los más sugerentes (Leopold, 2012: 11). Muchas de estas obras juveniles no se publicaron en vida del filósofo y se caracterizan por un contenido próximo a las ideas de Hegel, omnipresente en el pensamiento alemán del siglo XIX. En realidad, las obras a las que nos referimos han sido difíciles de conseguir hasta hace relativamente poco tiempo y ello explica el bajo impacto que las iniciales y heterodoxas ideas de Marx han tenido en la actualidad. Los rasgos que caracterizan el pensamiento de Marx hasta, digamos, el fin de la década de 1840 se distinguen por un proceso de maduración que transita desde el idealismo hegeliano hasta el materialismo histórico, enunciado con claridad en 1848 en el célebre Manifiesto comunista. En este contexto, la tesis doctoral (1841) centrada en Demócrito y Epicuro jugó un papel importante en el progresivo abandono de posiciones hegelianas.
Como es sabido, Marx no optó desde un inicio por la filosofía sino que llegó desde su Tréveris natal a la Universidad de Bonn con la idea de seguir los pasos de su padre, Heinrich Marx, cuya carrera en la judicatura formaba parte de una tradición arraigada en la familia. Tanto era así que Heinrich tuvo que convertirse al cristianismo para poder seguir ejerciendo su profesión en una Prusia que veía con desconfianza la realidad social y cultural judía (McLellan, 1983: 12 ss.). De la etapa pre-universitaria de Marx sabemos que asistió a la escuela superior Federico Guillermo donde recibió una sólida formación humanista, con especial énfasis en las lenguas (sobre todo latín y griego). A una edad bien temprana se interesó por la poesía, que practicaba y escribía a menudo, adoptando una posición propia del romanticismo. Su afición por la lírica le acompañará hasta la universidad donde ingresó en 1835 a los diecisiete años gracias a la ayuda económica de su padre. Como se ha dicho, el objetivo de Marx era seguir la estela familiar haciendo carrera en la judicatura pero sus primeros años universitarios destacan sobre todo por su afición a las trifulcas y la vida nocturna (McLellan, 1983: 32). Un año después y tras tensos intercambios de pareceres entre padre e hijo, Marx ingresa en la Facultad de Derecho de Berlín donde comienza propiamente su proceso de maduración personal e intelectual. Aquí abandona su faceta de escritor romántico para centrarse en los estudios, asistiendo por primera vez a lecciones de filosofía. En este sentido, destacan las clases de Eduard Gans, un hegeliano liberal influido por las ideas de la Revolución Francesa, que introduce a Marx en la dinámica de los problemas sociales. Tras este primer contacto, Marx trata de llegar a una posición sincrética profundizando en la Filosofía del Derecho. Por estas fechas Marx toma la decisión de instruirse en Filosofía con mayor seriedad y entra en contacto con diferentes círculos de jóvenes hegelianos, destacando el célebre “Club de los Doctores”, en activo desde 1835. La presencia de Marx entre los hegelianos resultó fructífera, orientándolo definitivamente hacia la filosofía. En esta etapa la influencia del profesor Bruno Bauer1 y de Luwig Feuerbach, ambos discípulos de Hegel en Berlín, fue determinante para la configuración de la personalidad filosófica de Marx. De estos pensadores y los jóvenes del Club, partirán temas de estudio señeros como la cuestión religiosa (la relación entre Dios y Mundo), la historicidad de Cristo, la idea de la autoconciencia humana, etc. Se trata de un ambiente intelectual en abierta oposición al poder prusiano dado que esta comúnmente denominada “izquierda hegeliana” abrazó el ateísmo como postura religiosa, lo cual era insostenible para la época. Sin ir más lejos, Bauer fue apartado de la Universidad de Berlín, en primer lugar, y de Bonn, en última instancia, por sus ideas religiosas contenidas en La Trompeta del Juicio Final sobre Hegel, el ateo y Anticristo (1841); que a la sazón presentaba a Hegel como ateo2. En especial, la izquierda hegeliana y Bruno Bauer en particular incidieron mucho en la filosofía antigua como base para sus teorizaciones. En concreto, desarrollaron el pensamiento post-aristotélico con especial mención al epicureísmo (Fusaro, 2007: 20). En la misma línea, no menos influyente fue la obra contemporánea de Feuerbach Esencia del cristianismo (1841) que incide en cuestiones análogas bajo una tendencia humanista (Mondolfo, 1968: 91; Fusaro, 2007: 76).
No obstante, para entender la motivación de la tesis doctoral de Karl Marx debemos atender a los apremiantes motivos personales que la impulsaron. Así pues, en 1838, Marx recibe la noticia del fallecimiento de su padre lo cual suponía un duro golpe en lo personal pero también en lo económico. Cierto es que en la década de 1830, Marx se había ido alejando progresivamente de su familia y del ambiente de Tréveris para volcarse en su nueva faceta de filósofo (McLellan, 1983: 44). Con todo y con eso, padre e hijo siempre mantuvieron una buena relación. Sea como fuere, sin la protección económica familiar, Marx se vio en la necesidad de ganarse la vida y la opción académica era una salida digna. A instancias de su amigo Bruno Bauer, Marx optó por reunir los méritos para acceder a una plaza de profesor lector en la Universidad de Bonn para lo cual debía obtener el grado de doctor. De aquí surge la necesidad de su tesis doctoral y el tema emana de los intereses propios de la izquierda hegeliana del momento. Como se ha mencionado, la disertación doctoral trata sobre el atomismo antiguo y, en concreto, en la distinción entre la física democritea y epicúrea. Según el propio Marx, en la historia del pensamiento se había desdeñado la aportación de Epicuro en base a tópicos y otros razonamientos infundados; incluso Hegel le había dado la espalda y dedicado aceradas palabras (Fusaro, 2007: 23). Como el propio Marx y sus acólitos (Bauer, Feuerbach) no gozaban de la mejor de las reputaciones académicas en la universidad prusiana, la redacción y defensa de la tesis se realizó en la Universidad de Jena debido a que ésta daba más facilidades para su lectura (McLellan, 1983: 51; Carver, 1991: 7). Tras la defensa, los temas centrales de la filosofía de Marx discurrirán por otros caminos pero las conclusiones extraídas serán la base de la idea de autoconciencia humana así como la configuración de una antropología capaz de oponerse a la idea cristiana del hombre. Más adelante, en 1841, publicará la obra para incrementar sus méritos académicos pero su valedor, Bruno Bauer, había caído en desgracia y las opciones de Marx se desvanecieron.
A raíz de los anteriores datos, cabe añadir que es imprescindible situar la mentada tesis doctoral en el correcto contexto vital e intelectual de Marx. A nadie escapa que se trata de una obra confeccionada por alguien que no era filósofo de carrera sino que buscaba una posición desde la que ganarse el sustento. Todo ello se traduce en un texto que intenta por todos los medios desmarcarse de Hegel para alcanzar un pensamiento original y que debe interpretarse como una transición hacia posiciones más maduras. Por consiguiente, dentro de la vasta y trillada bibliografía marxiana, no es una obra de las más estudiadas, lo cual sorprende al presentar ciertos aspectos que serán centrales en la filosofía de Marx. Pese a lo anterior, sería una exageración alinearse con Diego Fusaro y sostener que las impresiones sobre Epicuro y Demócrito constituyen la cuarta gran fuente del pensamiento de Marx junto al Socialismo francés, la dialéctica de Hegel y el Capitalismo de Adam Smith (Fusaro, 2007: 11 ss.). A la vista queda la relativa importancia real de los estudios sobre Epicuro y la filosofía antigua en la obra de Marx. Desde nuestro punto de vista, quizás debamos invertir el enfoque para advertir una lectura diferente de la tesis; que no es tanto seguir a Epicuro dentro del legado intelectual de Marx como apreciar el impacto que supuso la obra en los estudios sobre el filósofo samio3. Dicho de otro modo, se trata de ver en qué influyó la tesis de Marx para la configuración de ciertos debates modernos alrededor de Epicuro. En especial abordaremos la contribución del epicureísmo al desarrollo de la idea del hombre y su libertad en consonancia con los posteriores posicionamientos del materialismo histórico. Además de lo anterior, veremos algunos ejemplos en el siglo XX que nos aproximarán a la recepción contemporánea del Epicuro marxiano.
2. Fuentes para el estudio de la física epicúrea: breve anotación
En relación a las fuentes para el estudio de Epicuro, se debe advertir que la gran mayoría son de transmisión indirecta (doxográfica). Así, uno de los autores que más información recoge es Diógenes Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos ilustres (libro X; s. III d.C.), donde se transcribe el contenido de la Carta a Heródoto, Pitocles y Meneceo; sigue Plutarco con diversas obras Contra Colotes y de Placitis (s. II d.C.). En el ámbito latino tenemos los testimonios de Cicerón: Sobre la naturaleza de los dioses, Sobre el destino y Del supremo bien y del supremo mal (s. I a.C.). Sin abandonar la literatura latina, algunos fragmentos provienen de epicureístas convencidos como Lucrecio Sobre la naturaleza de las cosas (s. I a.C.) y Filodemo (en los “Papiros herculanos”; Arrighetti, 1973: xv), cuya biblioteca quedó parcialmente calcinada en la erupción del Vesubio (79 d.C.). Finalmente, otra fuente a tener presente es el escéptico Sexto Empírico Contra los matemáticos