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María, Navidad de 2022. Un Agente Forestal encuentra cuatro cadáveres decapitados en pleno corazón del Parque Natural Sierra de María. En lugar de cabezas humanas, ahora había, cosidas a sus torsos con el tipo de cuerda que se utiliza para colgar y secar los jamones, cabezas de cerdo. Los cuerpos, uno junto a otro, pintados con su propia sangre, sostenían en sus manos dos hoces de madera con sílex incrustados; las manos izquierdas, también sostenían el corazón de las víctimas. La escena era muy familiar para los habitantes de la Comarca de los Vélez: era una reproducción exacta del Brujo o Chamán de la Cueva de los Letreros de Vélez Blanco. Unai, periodista de investigación residente en María, se ve involucrado en toda la trama que le llevará a recorrer diferentes puntos de la Sierra de María, siguiendo pistas que le ayudarán a avanzar con la investigación. Solo tiene una duda, ¿por qué él?
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Seitenzahl: 129
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Chema Almar
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-139-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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DEDICATORIA
Por orden de edad, para que ninguna se me mosquee…
A mi abuela Carmen. Porque si las santas existieran, ella sería la madre de todas las santas.
A mi tía Pepita. Por acogerme en los momentos difíciles y porque merecía terminar sus días como su madre. Otra santa. Ya van dos.
A mi madre. Por traerme a este mundo. Por darme la mejor educación que pudo, por quererme tanto y por sus lentejas, que están de cine. Tercera santa.
A mi mujer. Porque a pesar de que soy un tipo insoportable, todavía se empeña en vivir conmigo. ¡Qué le vamos a hacer! Para todos los siempres… TQM.
A mi hermanita del alma. Porque si me dan a elegir, me seguiría quedando contigo. Y aunque te fastidié algún ligue, sé que ya no me lo tienes en cuenta.
Y a mis dos soles, Carmen y Marta. Que, aunque crecen demasiado rápido y ya no las puedo tomar en brazos, ya saben abrir una botella de vino, y eso, a mi edad, es lo más importante.
INTRODUCCIÓN
María, 31 de diciembre de 2022
Lo que se suponía que debía ser un día de fiesta, para Unai estaba siendo todo un infierno. Y todo apuntaba a que el día no iba a terminar mejor para él; nadie quiere acabar el año sintiendo el frío metálico de una pistola contra la cabeza. Pero eso él todavía no lo sabía.
Estaba exhausto, apoyado en la barra de la Taberna del Callejón. Había subido al pico de la Burrica en tiempo récord, vestido de Papá Noel, salvando un desnivel de novecientos metros de altura y catorce kilómetros de recorrido, para seguir una pista de la investigación. La semana estaba siendo de locos.
Los habitantes de María parecían no tener aún conocimiento de los terribles crímenes que se habían cometido días atrás en pleno corazón del parque. Les habían contado otra versión para que los vecinos no entraran en pánico; no querían que tuvieran constancia de lo sucedido hasta avanzar un poco más en la investigación. Solo se habían limitado a reforzar modestamente la vigilancia.
Pero lo cierto es que cuatro cuerpos habían sido hallados por un agente forestal en la Dehesa del Marqués. Todos estaban decapitados, y donde antes había cabezas humanas, ahora había, semicosidas a sus torsos con el tipo de cuerda que se utiliza para colgar y secar los jamones, cabezas de cerdo.
Y no solo eso. Otra característica hacía que la escena fuera aún más dantesca: todos los cuerpos, alineados uno junto a otro, estaban pintados íntegramente de rojo, con la sangre que previamente les habían extraído de alguna manera. Sus brazos derechos yacían de forma natural hacia los pies. Los izquierdos habían sido manipulados para que quedasen alzados.
Y lo más desconcertante de todo: ambas manos sujetaban una especie de hoz o sierra de madera, con sílex incrustado. Las manos izquierdas, aparte de la hoz, también sostenían lo que parecía ser el corazón de las víctimas.
La escena, aunque siniestra para los que descubrieron los cuerpos, era muy familiar para todos los habitantes de la Comarca de Los Vélez: se trataba de una reproducción exacta del brujo de la Cueva de los Letreros de Vélez Blanco.
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Sábado, 24 de diciembre de 2022.
Unai se despertó temprano, como de costumbre, entre las siete y siete y media de la mañana. Tomó una ducha, se vistió y empezó a preparar el desayuno. Mientras calentaba la leche, salió al patio de su casa para ver cómo iban las habas y los ajos que había plantado meses antes.
Luego, echó un par de troncos a la Brompi del salón, para empezar a caldear la casa. Según la estación meteorológica que decoraba la mesa retro del salón, en el exterior la temperatura era de cinco grados. Algo normal si pensamos que María está situada a 1200 metros de altitud, junto al Parque Natural Sierra de María, y allí los inviernos son muy duros, sobre todo cuando nieva. Aunque ese año la nieve estaba tardando mucho en llegar.
Se sentó en uno de los sillones orejeros del salón, junto a la estufa de fundición, sujetando con las dos manos la taza de café. Era el día de Nochebuena y todavía no tenía ni idea de qué iba a preparar para cenar, ya que sus amigos Lola y Lucas se habían apuntado a cenar con él esa noche en La Mulica.
Unai, experiodista de investigación de un importante periódico de tirada nacional, decidió abandonar la gran ciudad para marcharse a vivir a María, un pequeño pueblo de montaña enclavado en la Comarca de los Vélez. Llegó en busca de paz, tranquilidad, una mejor calidad de vida y con la sana intención de hacerse un buen huerto en el patio de su casa.
María, a pesar de ser un pueblo de poco más de mil habitantes, tenía todos los servicios necesarios: farmacia, cuatro o cinco tiendas de alimentación, media docena de bares, peluquería, estanco, consultorio médico y ferretería. Su economía estaba basada en la agricultura, en la ganadería y sobre todo en la producción de jamones serranos.
Pero lo que realmente enamoró a Unai fueron sus montañas. «Mis montañas», como solía decir él cada vez que las miraba.
Era el pueblo perfecto para plantearse un retiro y recuperar lo esencial de la vida: vivir.
Por su manera de ser y por su predisposición meterse en todos los ajos, Unai cayó bien desde un principio entre los vecinos, a los que siempre solía ofrecer su ayuda para cualquier tarea que le pidieran. Esto era algo que a Unai también le venía bien, pues así podía tener ocupada su cabeza unas horas.
Y como él decía: «mente ocupada, cuerpo menos horas en el bar».
Sonó el timbre de la puerta. Uno de esos timbres antiguos que pueden llegar a reventarte un tímpano si pasas por su lado cuando alguien llama. Unai se levantó para abrir la puerta y al otro lado estaba Alíbey. Vestía un pantalón de montaña, un plumas azul sobre el que sobresalía un jersey de cuello vuelto y en la cabeza, para protegerse la calva del frío, calzaba un gorro de lana azul y blanco. Y si Alíbey iba vestido así es que tenía que hacer una rasca de narices.
Alíbey era un buen amigo de Unai. Lo conoció años atrás en una ruta de 4 x 4, pasión que ambos compartían. Como también compartían las rutas a pie por los diferentes caminos y senderos de la Sierra de María. Y, por supuesto, también era su compañero de farra.
—¡Unai!, ¿qué? ¿Te vienes a Los Viejos a tomar una cafelito? Hay un ambiente en el pueblo que flipas. Y la Sara está invitando a medio pueblo a anís y mistela. También a polvorones. ¿Te apuntas?
De la casa de Unai a la Asociación de la Tercera Edad, más conocida entre los vecinos como «Los Viejos», no había más de tres minutos andando. Los Viejos era un lugar entrañable, donde sus asiduos parroquianos, cargados de toneladas de sabiduría y experiencia, con sus caras arrugadas y con pinta de venir de vuelta de todo, pasaban horas y horas chupito va chupito viene hablando de cualquier cosa, menos de trabajo. O de mujeres.
Camino de Los Viejos, Unai se detuvo un momento en el autoservicio de Paqui; quería asegurarse de que el vino que le había encargado para llenar el barril de madera que tenía en la cocina había llegado.
—Paqui, ¿cómo vas? Una cosa…
Paqui, sin mirarlo y como si le hubiera leído el pensamiento, contestó a Unai mientras cerraba la cuenta de una clienta que se estaba llevando media tienda.
—No te preocupes, mi marido lo tiene en el almacén desde ayer. Vente cuando quieras a recogerlo, pero recuerda que hoy cerramos por la tarde. Que también nos gusta la fiesta.
Una de las muchas ventajas que tenía vivir en un pueblo como María, aparte de todo lo que aporta vivir en medio de la naturaleza, donde se respira un aire tan fresco y fino que a veces hasta duele la nariz al inhalarlo, era la amabilidad de los vecinos.
Y también cuando salían días como ese día. Sol radiante. Y los habitantes del pueblo inundaban las calles de María.
Las señoras hacían cola en el horno de pan para asar los corderos segureños que serían los protagonistas de más de una mesa en Nochebuena.
El parque se llenaba de críos abrigados por madres exageradas. Y de madres que estaban como un tren de mercancías con bastante menos ropa que los críos.
María era el tipo de pueblo donde se mantenían las tradiciones navideñas de antaño, mágicas y familiares, no como en la ciudad, donde cada año adelantaban una semana la Navidad por puros intereses comerciales.
Ese año, el Ayuntamiento de María había organizado diversas actividades para los niños en la plaza de la Encarnación. Juegos tradicionales, coches de pedales y castillos hinchables… La estampa era de lo más navideña. Padres, abuelos, niños… todos parecían estar felices y contentos disfrutando de ese maravilloso día.
Unai y Alíbey no parecían pintar mucho en tal escenario y se marcharon a Los Viejos, donde encajaban más. Ocuparon una de las mesas de la terraza que, debido al buen tiempo que estaba haciendo esos días —algo fuera de lo normal—, estaba a rebosar de asiduos parroquianos y familiares de estos.
La banda municipal de música, compuesta por jóvenes del pueblo, con su director al frente, apareció tocando las notas de Los peces en el río. Y es ahí, justo en ese preciso momento, cuando sabes que la cosa se va a liar parda. Pero que muy parda.
Unai se imaginaba cómo estarían todos los bares de su ciudad, totalmente abarrotados. Las zonas peatonales donde se ubicaban casi todos los comercios y grandes almacenes estarían invadidas por masas de gente haciendo las últimas compras navideñas. Le apenaba ver en qué se había convertido la Navidad. Consumismo puro.
—Se está aquí mejor que en brazos —exclamó Unai—. Imagínate cómo tienen que estar ahora en la ciudad. Gente, coches, ruido… por eso me gusta este pueblo, porque mantiene las tradiciones. Y porque no tiene ni semáforos.
—Sí que se está bien, sí —contestó Alíbey—. Yo con mi chupito de ron y tú con tu sol y sombra. Ufff. La ciudad para los ciudadanos y el verano para los veraneantes. Calla, calla, la ciudad. Y fíjate qué día está haciendo hoy, en pleno diciembre. Ufff, calla, calla.
Eran cerca de las seis de la tarde. El Bakery estaba a reventar de jóvenes y no tan jóvenes. La música sonaba a todo volumen. Un popurrí de todo; desde reguetón hasta villancicos andaluces. De vez en cuando, Juanjo pinchaba algún tema de la Movida y los menos jóvenes se ponían a cantar y bailar como almas poseídas por el mismísimo demonio. También por la cantidad de alcohol que llevaban en sus cuerpos. A pesar de los años. A pesar de los daños, como dijo no sé quién.
—Juanjo, otro quinto de Estrella, sin alcohol. Y unas pipas. Que veo que la cosa se está calentando y de aquí me vas a tener que sacar a empujones.
Al poco tiempo, Juanjo volvió con dos vasos de chupito. Y sirvió en cada uno un buen chorro de Jameson.
—Juanjo, que te he pedido un quinto sin alcohol. No me tientes, cabrón. Ya sabes que el Jameson y yo dejamos de ser amigos hace tiempo. Y hoy no creo que sea el mejor día para volver a los malos hábitos.
—Ha sido ella quien los ha pedido. Me ha dicho que te sirva y yo, desde que me casé, a una mujer ya no le discuto nada.
Fue terminar de hablar Juanjo y sentir la presencia, pero sobre todo la esencia y el olor de alguien que salió de la vida de Unai hace muchos, pero muchos años.
—Alguien me dijo que habías vuelto por María. Y mira por dónde, estaba segura de que te encontraría clavado en la barra de cualquier bar del pueblo. Tú siempre supiste elegir bien los garitos. Y este te pega.
La voz femenina que le hablaba era la de Julia, exnovia de su época de juventud, cuando pasaba los veranos en María. En la actualidad Julia trabajaba para un bufete de abogados en Mojácar y había vuelto a María a pasar las Navidades con sus amigas de la infancia y su hija Marta. El Bakery era justo lo que Julia afirmaba; el típico bar de copas, pequeño, ruidoso, la pared decorada con matrículas de coches americanos, fotos del pueblo nevado y alguna de Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Amy Winehouse y gente de buen vivir; los del club de los veintisiete, los de vivir intensamente y dejar un cuerpo bonito. Unas perlas todos. También formaban parte del escenario un futbolín y una diana de monedas, donde la peña se jugaba los cuartos o, mejor dicho, los quintos de Estrella de Levante. Al Bakery acudían cada fin de semana los jóvenes del pueblo y de otros pueblos cercanos a echar la tarde, la noche o ya puestos, a ayudar a Juanjo a bajar la persiana del bar cuando los rayos del sol amenazaban con salir.
Y sí, era exactamente el tipo de bar que le pegaba a Unai.
—Ya no bebo Jameson. Hace unos años, en el Puerto de Mazarrón, con un amigo, en una noche de farra bestial, me bebí tal cantidad de güisqui que terminé en urgencias. Casi me muero. Lo pasé tan mal que todo lo que empieza por James es oírlo y me dan arcadas. Hasta James Bond. Y mira que me gustaba. Por cierto, estás preciosa. No te lo he dicho todavía, ¿no?
Lola y Lucas estaban a punto de llegar a La Mulica y Unai iba de un lado a otro intentando poner algo de orden en su casa.
Unai era bueno para organizar, buen director de orquesta, pero un completo desastre en cuanto a tareas domésticas.
Menos mal que Rosa iba una vez a la semana a organizarle un poco la casa. Sin Rosa, Unai viviría en un caos total.
—Deberías echarte una novia —se dirigió Rosa a Unai en un tono bastante maternal—. No es bueno vivir solo y menos en un pueblo tan pequeño como este. A mí me da igual, me pagas bien y puntual, y siempre me gusta venir a tu casa a darle un toque femenino, que falta le hace. Pero deberías ir buscando una buena moza que ponga un poco de salsa picante en tu vida. Mira que hay zagalas guapas en el pueblo. Y tú, Unai, estás todavía de buen ver.
—Rosa, mira que me gustan las mujeres, más que comer con los dedos. Pero no soy yo hombre de ataduras ni de compromisos que duren más de un par de meses. El encanto del enamoramiento está bien al principio, luego se diluye. Es como en Parque Jurásico: al principio todo muy bonito, luego vienen las carreras y los gritos. Así que ese tema, tabú.
La Mulica, que así se llamaba la casa de Unai, era de paredes anchas, con chimeneas en casi todas las estancias, dos salones llenos de recuerdos, de libros y fotos, un par de habitaciones, una cocina grande y un patio donde, cuando hacía buen tiempo, Unai se liaba con sus amigos a cocinar gurullos o arroz y conejo con caracoles, a la lumbre a veces. La casa, a pesar de ser la típica casa de pueblo, era bastante variopinta.
