La revolución de los ricos - Jorge Tello - E-Book

La revolución de los ricos E-Book

Jorge Tello

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Carlos Tello y Jorge Ibarra ofrecen un análisis comparativo del pensamiento neoclásico neoliberal hegemónico que ha persistido durante los últimos 35 años, en el que estudian los resultados de la actual situación económica. Narran el contexto histórico de la exitosa revolución de los ricos, que se inicia desde los años cuarenta; la élite neoliberal buscó de manera paulatina aumentar su presencia en la condición de la economía, para orientar sus objetivos y recuperar su participación en la riqueza y en el ingreso, mediante el pensamiento e ideas económicas neoliberales.

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Seitenzahl: 279

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Carlos Tello es profesor emérito de la Facultad de Economía de la UNAM. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores, nivel III, y es autor de una extensa obra académica. En la función pública se desempeñó como subsecretario de Hacienda, en el gobierno de Luis Echeverría, y como secretario de Programación y Presupuesto y director general del Banco de México durante la presidencia de José López Portillo. También ha sido embajador de México en Portugal, la URSS y Cuba.

Jorge Ibarra es profesor de carrera de la Facultad de Economía de la UNAM. Su campo de trabajo se ubica en las teorías y las políticas macroeconómicas. Es autor de los libros Producto, empleo, distribución y ganancias: un enfoque poskeynesiano de corto plazo (2000) y Producto, empleo, nivel de precios y balance externo (2013), ambos publicados por la Facultad de Economía de la UNAM.

SECCIÓN DE OBRAS DE ECONOMÍA

LA REVOLUCIÓN DE LOS RICOS

CARLOS TELLO • JORGE IBARRA

La revolución de los ricos

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO FACULTAD DE ECONOMÍA

Primera edición, UNAM, 2012 Primera edición, FCE-UNAM, 2020 [Primera edición en libro electrónico, 2020]

Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar Imagen de portada: iStock

D. R. © 2020, Universidad Nacional Autónoma de México Facultad de Economíawww.economia.unam.mx Ciudad Universitaria; 04510 Ciudad de México Tel.: 55-5622-2131

D. R. © 2020, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-6820-2 (ePub)ISBN 978-607-16-6716-8 (rústico)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Prólogo a la segunda edición. La revolución de los ricos nuevamente considerada

Prólogo

Introducción

Antecedentes: la Edad de Oro del capitalismoLa doctrina neoliberal: el papel central del pensamiento económicoPosicionamiento del proyecto neoliberalCambios en el entramado institucional y reorientación de la política económicaImpulso y acotamiento de la docencia y la investigación en economíaDesempeño económico bajo el régimen neoliberalLa redistribución regresiva de la riqueza y del ingresoLa crisis económica y el momento actualReflexiones finales

Bibliografía

Para los estudiantes de la Facultad de Economía de la UNAM

Desde luego que hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que la está haciendo y estamos ganando.

WARREN E. BUFFETT,inversionista exitoso, filántropo y una de las personas más ricas del mundo, en The New York Times(26 de noviembre de 2006)

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓNLa revolución de los ricosnuevamente considerada

Hace algunos años se escribió La revolución de los ricos, que en junio de 2012 publicó la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México. En el libro se exponen diferentes aspectos de un proceso social, ocurrido en muchas partes del mundo a partir de las últimas décadas del siglo XX, constituido por un cambio en el régimen económico. Se apunta que la era neoliberal que se impuso ha sido de larga duración, y se señalan momentos y episodios importantes en su gestación. También se analiza por qué fue viable y cobró auge a partir de la década de los setenta.

En La revolución de los ricos se pone énfasis en el papel que tuvieron las ideas tanto en la base doctrinaria amplia del proceso como, en particular, en la justificación formal desarrollada en el marco de la teoría económica neoclásica. Se sostiene que el papel que desempeñaron las ideas fue fundamental porque gracias a éstas hubo un amplio convencimiento social de que los programas políticos prioritarios neoliberales marcaban el curso correcto a seguir. De otra manera no se podrían haber implantado. El proyecto neoliberal convenció en diferentes círculos de la política, la administración pública y la academia, y, por supuesto, contó con los auspicios y el apoyo del mundo de los negocios, particularmente del sector financiero, que finalmente resultó el más beneficiado.

En el libro se sostiene que el pensamiento neoclásico, en su versión afín a la doctrina neoliberal, ha dominado en buena medida la forma de pensar y de escribir entre los economistas —dentro de la academia, pero también y no menos importante fuera de ella— y es el que también ha ordenado y determinado la política económica que se ha puesto en práctica en muchos países del mundo a partir de los primeros años de la década de los ochenta del siglo XX. Al desplazar el pensamiento keynesiano, vigente desde la segunda posguerra, y sustituirlo por las ideas y las políticas neoliberales, se pretendía (y así se sostuvo en muchas partes) acelerar el crecimiento económico de los países y mejorar las condiciones generales de existencia de su población. Al evaluar los resultados de su puesta en práctica en los últimos 35 años, no se ha logrado ninguna de las dos cosas.

El ideario económico de los impulsores de la revolución de los ricos se propuso desplazar tanto al pensamiento keynesiano como a las teorías desarrollistas que predominaban desde los años cincuenta. Estas corrientes de pensamiento no consideraban al mercado como el escenario único de la conducción de la economía, sino que, cada una a su modo, asignaban un papel fundamental a la participación del Estado.

En lugar de ello, el proyecto neoliberal impulsó la idea central de que el libre mercado, sin ataduras, era el camino para reencontrar la prosperidad económica después de los años turbulentos y críticos de finales de la década de los setenta. Se plantearon distintas consideraciones alrededor de la idea de que, por razones que tienen que ver con la búsqueda privada de la rentabilidad y el riesgo que corrían quienes participaban en esta búsqueda, el uso de los recursos productivos siempre sería más eficiente si lo encauzaba el sector privado en vez del gobierno.

Otra idea fundamental fue que la acumulación privada de riqueza en su momento extendería sus beneficios hacia toda la sociedad. Se trata de la famosa “teoría del goteo”, que implica que, aun cuando en ciertos momentos la riqueza se concentrara en algunos segmentos de la sociedad, finalmente, con el tiempo, se filtraría hacia todos los demás. Adicionalmente, se impuso la idea de que la intervención gubernamental producía distorsiones en la asignación eficiente de los recursos y de que en particular el gasto público, por la vía tributaria o la vía financiera, absorbía ingresos, ahorros y medios de financiamiento en aprovisionamientos de “consumo de gobierno” que de otra manera el sector privado utilizaría en la inversión productiva.

Desde luego que ninguna de estas ideas era nueva. Simplemente resurgieron y se plantearon con particular fuerza argumentativa durante los últimos años de la década de los setenta del siglo pasado. Además, en el ámbito académico se expresaron bajo formas de elaboración teórica formalmente más rigurosas.

Durante muchos años —se argumenta en La revolución de los ricos—, el pensamiento neoliberal y sus propuestas de política económica se fueron imponiendo hasta presentarse como el único y el más conveniente curso que debía seguirse en todos los países y en toda circunstancia. Los organismos internacionales (en particular el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la OCDE) le fueron dando prestigio y aceptación, y los diferentes gobiernos progresivamente adoptaron y promovieron ese proyecto, independientemente de las características de cada uno de los países y de las situaciones económicas y sociales por las que éstos atravesaban.

Todas estas ideas, en opinión de quienes las fueron adoptando e imponiendo, permitieron finalmente que se diera un extenso periodo de crecimiento con relativa estabilidad en algunos países altamente desarrollados —la celebrada “gran moderación”—. También se observaron pautas de crecimiento notable en ciertos países atrasados (lo que no ocurrió en muchos países en desarrollo, por ejemplo en los de América Latina). Ahora bien, adviértase que los logros, aunque importantes, no estuvieron exentos de sobresaltos y, sobre todo, fueron generalmente inferiores a los de épocas de auge previas en la historia del capitalismo. Más todavía, lo que hay que resaltar es que bajo el régimen neoliberal se fue incubando —aun frente a distintas advertencias desoídas o descartadas— la problemática que desembocó en la última gran crisis y sus secuelas: dislocación financiera, estancamiento productivo, empleo precario y desempleo, enorme desigualdad y marcada incertidumbre frente al futuro.

Del libro se desprende destacadamente la necesidad de asumir una posición crítica ante la experiencia neoliberal, dados sus malogrados resultados, la problemática económica y social que se fue acumulando y la erupción de la mayor crisis económica experimentada desde la segunda Guerra Mundial. A partir de ello se deriva la necesidad de pensar y proponer formas nuevas y creativas de reencauzamiento del curso de las economías.

Como consecuencia de lo anterior, se argumenta la necesidad de repensar la economía como disciplina científica y, por lo tanto, de sustentar la formulación de proyectos y políticas alternativos. Para esto se consideró necesario atender la pluralidad de enfoques que concurren en la conformación de la ciencia económica, prestando particular atención al desarrollo actual de los enfoques alternativos a la visión neoclásica; algunos de éstos, de larga tradición, que han sido relegados por la alta academia, pero son lo suficientemente vitales y fértiles para considerarlos y darles el lugar que en otros tiempos tuvieron, antes de que se afianzara el dominio desproporcionado de la corriente neoclásica.

Es común señalar a la menor intervención del Estado en la economía como uno de los ejes fundamentales del régimen neoliberal. En realidad, como se señaló en la primera edición de La revolución de los ricos, lo correcto es hablar de cambios fundamentales en las formas de intervención del Estado. El Estado neoliberal no se tornó inactivo, no se abstuvo de incidir en el curso de la actividad económica, sólo que lo hizo de manera diferente. Ha sido activo, instrumentando extensos procesos de privatización tanto de empresas públicas como de la provisión de servicios públicos diversos, así como de desregulación de actividades mercantiles privadas. Igualmente ha instrumentado y administrado diferentes reformas que pretendidamente van dirigidas a proteger el buen funcionamiento de los mercados y a estimular el emprendimiento privado de actividades económicas (reformas laborales, leyes de competencia, protección de la propiedad intelectual, etc.). También ha reducido las cargas tributarias, especialmente aquellas que inciden en las ganancias empresariales y especulativas. Finalmente, se ha propuesto como regla controlar sus gastos y apuntar hacia bajas proporciones del déficit fiscal respecto del producto interno bruto.

El sentido de este cambio en la participación del Estado ha conducido al fortalecimiento del imperio del mercado, a la supuesta libre competencia y al intercambio prácticamente sin limitaciones de mercancías, servicios y capitales entre los países, pilares en los que descansa el pensamiento neoliberal, y que están muy presentes desde hace tiempo y todavía en la actualidad.

El régimen neoliberal, se reitera, no ha dado los resultados que sus promotores esperaban. Si bien en algunos países se lograron periodos extensos de relativa estabilidad y en contados casos —que en realidad quizás no siguieron al pie de la letra las pautas de dicho régimen— se alcanzó un crecimiento excepcional, el programa en cuestión no desembocó en general en ritmos de crecimiento económico altos y sostenidos comparables a los de la llamada Edad de Oro del capitalismo que le antecedió. Además, el comportamiento cíclico, la sucesión de fases de contracción y expansión, prevaleció a pesar de lo afirmado al respecto por destacados exponentes de la teoría económica imperante en el sentido de que este problema estaría superado. Muchos países en particular no sólo experimentaron tasas de crecimiento decepcionantes, sino que sufrieron episodios severos de crisis económicas en diferentes momentos. El desempleo fue relativamente mayor y se registró un deterioro de las condiciones laborales: crecieron la precariedad de muchos empleos y la inseguridad social. El bienestar material de muchas personas menguó o prácticamente se preservó a través de un endeudamiento insostenible.

Por otra parte, y como tanto se ha destacado, el régimen neoliberal condujo a una creciente desigualdad en términos de distribución de la riqueza y del ingreso. Este fenómeno gradualmente se ha convertido en uno de los temas centrales de la investigación y la discusión económicas en todo el mundo. La participación de las ganancias en el ingreso aumentó en detrimento de la de los salarios. En términos patrimoniales, los ricos se hicieron más ricos durante esos años de crecimiento económico relativamente más lento o inexistente. La reverenciada competencia en el mercado propició, en realidad, la conformación de grupos de poder económico aún más fuertes y difíciles de enfrentar en la esfera política.

En los últimos años mucho es lo que ha cambiado y es muy poco lo que ha cambiado para bien. Las ideas ortodoxas y sus propuestas de política económica se han generalizado a tal grado que resulta muy cuesta arriba proponer caminos alternativos para superar los problemas en que está inmersa la economía global (y, con ella, las economías en lo individual). Las ideas neoliberales y las políticas a que conducen no las ponen en duda sus proponentes. Más bien se insiste en ellas. En todo caso, o bien se argumenta que los gobiernos no las han puesto cabal y adecuadamente en práctica, o bien que hay que hacer ciertas modificaciones parciales para que ahora sí funcionen y lancen a las economías por la senda del crecimiento económico y la prosperidad y bienestar de sus poblaciones.

Después de un largo periodo de crecimiento lento pero con relativa estabilidad, al que ya se ha hecho referencia, se desató la crisis actual, cuyo reconocimiento formal data del último tramo de 2007. El colapso financiero desatado por la explosión de la burbuja especulativa de las hipotecas subprime dio lugar a una crisis económica generalizada, a la que se ha dado en llamar la “gran recesión” para indicar que no alcanzó los tamaños de la caída en la actividad económica que caracterizaron a la gran depresión de 1929 y que continuaron presentándose durante los primeros años de la década de los treinta del siglo XX. A pesar de que la crisis no tomó esas dimensiones devastadoras, se viven tiempos de estancamiento productivo, dislocaciones financieras altamente complejas, extendido desempleo en varios países (sobre todo entre la juventud), precios de las materias primas finalmente a la baja, comercio entre las naciones amenazado y deterioro en las condiciones de vida material de las grandes mayorías. Todo ello en un contexto de gran incertidumbre frente a los años por venir y de crecientes actitudes y movimientos nacionalistas excluyentes.

Así pues, el régimen neoliberal derivó en esta severa crisis económica, que no fue anticipada por la comunidad académica más connotada y que, después, siguieron expresiones de recuperación débiles e inciertas en la mayoría de los casos. Aun en escenarios de cierta recuperación, los resultados negativos acumulados a lo largo de tantos años no muestran señales de estarse modificando. Otra faceta del régimen neoliberal ha residido en el surgimiento de desequilibrios comerciales importantes, cuyas consecuencias negativas para la producción y el empleo de los países deficitarios han dado pie a la reaparición de diferentes propuestas de carácter proteccionista.

En conjunto, durante los últimos años a partir de la gran recesión el crecimiento económico mundial (excluyendo a China y la India) ha sido, en promedio y en términos reales, inferior al ya de por sí lento crecimiento que se registró en el mundo después del fin de la Edad de Oro del capitalismo. El desempleo en la actualidad sigue siendo muy alto y, de hecho, resulta superior al que existía antes de la crisis de 2007-2008. La desigualdad en la distribución del ingreso persiste y en varios e importantes países ha aumentado. La inflación se reaviva en algunos países. El intercambio comercial comienza a verse con recelo y el precio de las materias primas ha caído.

En los cuadros 1 a 5 se presentan algunas estadísticas sobre la evolución del crecimiento económico, el empleo y la desigualdad distributiva.

Durante décadas la globalización, que se ha pensado como un fenómeno imparable en lo económico y, en parte, en lo político (por ejemplo, la Unión Europea), fue generando, por un lado, “ganadores” (notablemente, los grandes empresarios y los profesionales altamente calificados en sectores que pueden competir en el plano internacional: banqueros y financieros, ciudadanos cosmopolitas), con altas ganancias y beneficios, y, por otro, “perdedores” (empresarios y profesionales en sectores tradicionalmente protegidos, trabajadores menos o no calificados y demás ciudadanos afectados, que además recelan de una pérdida de identidad nacional), que ahora se desenvuelven padeciendo condiciones laborales precarias e inciertas, desempleo e informalidad, y, en el mejor de los casos, ingresos reales estancados o en descenso.

Lo anterior en parte explica el resurgimiento actual de un nacionalismo excluyente en los países de economía avanzada con planteamientos comunes: nacionalismo económico, antiglobalización, anti Unión Europea, hostilidad frente al establishment político y ante la política en general. Además, crece la actitud de rechazo a los inmigrantes. Estos últimos son vistos como fuerza de trabajo no calificada (una especie de ejército de reserva), que no sólo desplaza a los nacionales, sino que también mantiene bajos los salarios de los trabajadores en general. Cada vez más se cuestiona el reparto de los beneficios y de sus efectos entre una clase media y una trabajadora que ven reducidas o sienten peligrar las posiciones sociales y económicas alcanzadas. Para unos y para otros tiene sentido recordar las primeras palabras del libro Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, sobre la Revolución francesa: “No ha habido tiempos mejores ni peores; eran años de buen sentido y de locuras; época de fe y de incredulidad; temporada de luz y de tinieblas; primavera de esperanza, invierno de desesperación”.1

En su momento, la irrupción de la crisis encontró en algunos países respuestas en forma de medidas de política económica que seguían una orientación ajena al modelo neoliberal. Es decir, reaparecieron las intervenciones de orientación keynesiana abocadas a generar aumentos en el gasto de gobierno e impulsos monetarios. Incluso se dieron algunas nacionalizaciones importantes.

Pero, posteriormente, otra ha sido la respuesta. Así, Alemania, Francia y el Reino Unido, al mismo tiempo que hacen ajustes a sus economías, someten a varios países de la Unión Europea (Irlanda, Grecia, Italia, Chipre, Portugal, España y otros) a un fuerte ajuste fiscal que, entre otras cosas, ha provocado la caída de la actividad económica, el incremento en el desempleo y reducciones a varios de los servicios sociales asociados al Estado de bienestar que durante décadas se había venido construyendo en ese continente.

En América Latina, varios países (notablemente Argentina, Brasil y Chile) han cambiado de rumbo en lo que se refiere a su política económica, y los gobiernos de orientación neoliberal han desplazado a los que venían parcialmente promoviendo políticas heterodoxas frente a la crisis prevaleciente a partir de 2008. Con todo, otros, como es el caso de México, no han cambiado su política y continúan haciendo ajustes a la baja en el gasto público y en la actividad del Estado en la economía. Así, el estancamiento de la actividad económica acompaña a los países que han adoptado políticas ortodoxas. La prosperidad, en cambio, se asocia con gobiernos que en el ámbito de la economía de mercado en realidad han sido activistas, intervencionistas: los de China, India, Corea del Sur, Taiwán y Singapur, entre otros.

Las respuestas a las políticas han suscitado una gran polémica. Para muchos keynesianos, allí donde se llegaron a aplicar, las medidas de impulso a la actividad económica fueron atinadas pero insuficientes. En cambio, los economistas neoliberales, fieles a su concepción de mantener la disciplina fiscal y monetaria, y sin ceder ni un ápice, las consideraron desatinadas y encaminadas a agravar la situación. La oposición de los economistas convencionales, en conjunto con las posturas de los políticos conservadores y los estratos económico-sociales a los que éstos representan, sigue ejerciendo una gran influencia sobre las decisiones de política económica.

La crisis financiera y productiva que estalla en 2007-2008 y cuyos efectos aún se manifiestan ha puesto una vez más en entredicho las supuestas ventajas de los paradigmas productivos y económicos predominantes del neoliberalismo. El predominio del mercado, el adelgazamiento del Estado, la reducción impuesta a las finanzas públicas y la apertura externa sin control sólo se han traducido en mayor desigualdad y en crecientes niveles de pobreza para el conjunto de países avanzados y en desarrollo. En Europa, los casos de Grecia, Chipre, Portugal, Italia, España e Irlanda, entre otros, lo demuestran. En América Latina, los casos de, por ejemplo, Argentina, Brasil, Chile y México así lo indican.

De seguir prevaleciente el régimen neoliberal, el relativo estancamiento económico continuará presentándose en las economías avanzadas y en buena parte del mundo en desarrollo en lo que resta del decenio, así como, seguramente, a lo largo del próximo. La desconexión creciente entre el crecimiento y una ocupación estable razonablemente remunerada y en condiciones laborables adecuadas, junto con la también creciente desconexión entre la reactivación económica y el comercio internacional, apuntan en esa dirección. Así lo muestran las proyecciones de crecimiento de la OCDE (cuadro 5).

El régimen neoliberal encontró en el enfoque neoclásico de la ciencia económica una fundamentación amplia y vigorosa para implementar y desarrollar su programa. Éste resultó ser claramente compatible con la ideología y las prioridades políticas que lo motivaban. Aportó un esquema de pensamiento que, a partir de sus supuestos y de su marco conceptual, derivaba en resultados positivos en materia de desenvolvimiento económico en la medida en que la economía se organizara en los términos correspondientes a los principios y suposiciones de la teoría. En virtud de sus formatos analíticos, esta teoría adquirió la apariencia de un pensamiento complejo y riguroso, desarrollado por expertos que pretendidamente se guiaban por procedimientos científicos semejantes a los de las ciencias duras, manteniéndose apartados de consideraciones ideológicas. Así se sembró la idea de que cualquier tendencia política debía respetar en lo esencial la única forma en la que, según lo habían descubierto a su manera los estudiosos (esto es, los economistas neoclásicos), podía funcionar la economía.

Aunque el pensamiento económico ortodoxo data de tiempos anteriores (el marginalismo neoclásico y la escuela austriaca se remontan al último tercio del siglo XIX) y no es verdad que todos los que lo comparten acepten el régimen neoliberal (notables ortodoxos disidentes son, por ejemplo, los laureados Paul Krugman y Joseph Stiglitz), se le ha podido utilizar adecuadamente como soporte del programa neoliberal a partir de su referente fundamental, que es la solución teórica de la asignación eficiente de recursos en un sistema económico regido por las fuerzas del mercado libre. En el pensamiento neoclásico se encuentra un esquema teórico muy acabado, que conecta eficazmente con la ideología neoliberal y que permite, además, justificar los cambios estructurales y las políticas implantadas.

Como consecuencia de lo anterior, el manejo de la economía se concibió en muchas de sus facetas como una batería de asuntos técnicos en los que deberían quedar fuera las tentaciones de los políticos por intervenir para ganar adeptos. A partir de ello y como resultado de políticas académicas seguidas en las universidades y centros de investigación, la visión neoclásica, con sus variantes, se encumbró como la versión única del funcionamiento de la economía, relegando la presencia de enfoques alternativos de larga tradición y desentendiéndose de la noción de que la ciencia económica, como las demás ciencias sociales, se nutre de una pluralidad de enfoques.

Es a partir de ello que el pensamiento neoclásico se ha mantenido como casi único en los programas de estudio de las universidades, imponiendo además las pautas metodológicas para dictaminar qué investigación es apta para ser publicable en las revistas académicas. Como se anotó en la primera edición de La revolución de los ricos, los enfoques alternativos de la ciencia económica fueron relegados, y esto, en opinión de muchos autores de diferentes filiaciones políticas, ha sido perjudicial para la comprensión de los fenómenos económicos. El predominio del enfoque neoclásico quedó aparejado con el optimismo fuera de lugar que se dio desde la década de los noventa. Se llegó a afirmar que con los avances de la ciencia económica (la neoclásica) el problema de las depresiones económicas estaba bajo control, o que gracias a estos avances se había arribado al periodo de la “gran moderación”.2El encumbramiento del enfoque neoclásico y el arrinconamiento de las corrientes alternativas no fueron algo que se fundamentara realmente en una superioridad científica para entender el funcionamiento de la economía. Al contrario, mucho se ha argumentado sobre su esterilidad al tratar algunos temas y su desdén por ocuparse de otros. En realidad el impulso ideológico y político del régimen neoliberal influyó en una medida muy importante sobre la organización y las prácticas que en la academia terminaron por consolidar este posicionamiento.

Como se ha señalado ya con insistencia, la ciencia económica convencional no se ocupó de los problemas que se fueron incubando y que desembocaron en la crisis cuya secuela aún se padece, o francamente los ignoró. De ahí que cundiera el reclamo de que “no vieron venir el estallamiento de la crisis”.3 Esto contrasta con diferentes aportaciones de economistas de escuelas alternativas que sí se ocuparon de dichas cuestiones, pero cuyas contribuciones fueron descalificadas o simplemente pasadas por alto. Tampoco el pensamiento neoclásico ha probado ser lúcido y por tanto eficaz en la prescripción de pautas para la superación de las secuelas de la crisis y la recuperación de caminos más firmes de crecimiento económico.

La crisis económica y sus secuelas han generado muchas reflexiones críticas acerca del estado de la ciencia económica y sobre la profesión de los economistas. Distintas publicaciones y autores se han ocupado del caso.4 Una de las consecuencias es que en diferentes frentes profesionales y académicos se ha dado por sentada la necesidad de repensar la economía como disciplina científica y de reformular los programas de estudio de las universidades en esta materia.5 Ello, desde luego, se enfrenta con la posición dura de muchos espacios académicos de prestigio de no ceder al respecto.

El régimen neoliberal, desde los inicios de su puesta en práctica y a lo largo de su consolidación, ha suscitado inconformidad y críticas. La configuración de sus efectos negativos fue señalada desde fechas tempranas y reiterada a medida que éstos se hacían más patentes. La respuesta frecuente a estos señalamientos fue que la consecución del mejoramiento económico tomaría tiempo y que en muchos casos la implementación de las reformas y cambios necesarios encontraba resistencias que impedían avanzar con más celeridad. Que faltaban etapas por cubrir.

Una vez acumulados y percibidos en una escala más extensa, los efectos negativos del régimen neoliberal y, tras su desbordamiento con la gran crisis financiera, el descontento social alcanzaron nuevas cotas, con lo que se creó un escenario propicio para que programas políticos diversos comenzaran a proponer dar marcha atrás en muchos de los arreglos institucionales y de las políticas hasta ese momento establecidas por el ordenamiento neoliberal.

Incluso, no hace mucho varios investigadores, encabezados por Jonathan D. Ostry —subjefe del Departamento de Investigación del Fondo Monetario Internacional—, señalaron que el neoliberalismo se había sobrestimado y que las reformas neoliberales hacían más daño de lo que se pensaba. El movimiento irrestricto de capitales a través de las fronteras, que, a decir de esta doctrina, promueve el crecimiento económico, en realidad puede llevar a la inestabilidad y a más frecuentes y severas crisis financieras y económicas. Lo mismo sucede con los programas de austeridad que entrañan recortes sustanciales en el monto y nivel de endeudamiento. Las políticas de austeridad generan altos costos en materia de bienestar de la población y afectan negativamente la demanda, por lo que se abate aún más el empleo y se incrementa la desocupación. Finalmente, esos estudiosos sostienen que con los programas de austeridad y el libre e irrestricto movimiento de capitales aumenta la desigualdad, la cual afecta negativamente el crecimiento económico.6

Pero no todas las respuestas han tenido un carácter progresista, y frente a la persistencia del proyecto neoliberal se han vigorizado y extendido posiciones de nuevo talante radical conservador que, en principio, también van en contra de dicho ordenamiento en algunas de sus propuestas y políticas más importantes. Por ejemplo, esos sectores se pronuncian en contra del libre comercio y de la libertad de movimiento de los capitales, a los que se les atribuye, junto con la llegada de trabajadores migrantes, el deterioro en los niveles de vida de amplias franjas de las poblaciones nativas de los países altamente industrializados. En realidad, esa reacción encierra un proyecto complejo y aparentemente contradictorio, pues si por un lado propone profundizar en algunos propósitos del programa neoliberal, como son las reducciones tributarias y regulatorias, por el otro impugna aspectos como los ya mencionados.

Es sobre la base de un amplio descontento social que tanto las interpretaciones de lo ocurrido como las modificaciones ofrecidas al respecto por corrientes reconocidas como de derecha extrema (con todo lo que éstas albergan en el fondo) han tenido una gran recepción en diferentes países. Recientemente, estas últimas han ganado en la competencia política, trátese de consultas vinculantes (Brexit) o de elecciones (los Estados Unidos). En otros casos no han ganado, pero cuentan con grandes bases de simpatizantes y sus posibilidades se mantienen latentes en función de lo que ocurra en tiempos por venir.

Mientras tanto, desde la posición neoliberal, además de la defensa de la configuración económica lograda —tanto internacionalmente como dentro de los países—, se insiste en los avances y beneficios alcanzados, se continúa anticipando el cumplimiento de sus prometidos beneficios siempre que las medidas recomendadas se profundicen y se previene sobre los grandes retrocesos que traerían los cambios propuestos desde la derecha política. Ciertamente, los programas de ésta en su versión de extrema derecha tienen connotaciones políticas y sociales que son inaceptables. Y, desde luego, cualquier desmantelamiento de redes y estructuras económicas establecidas durante el régimen neoliberal, sobre todo si es abrupto, tendrá consecuencias.

Pero el discurso neoliberal engloba dentro de sus advertencias a todo programa alternativo sin distinguir entre sus orígenes y sus contenidos. Los considera, a todos, conducentes a retrocesos en forma de esquemas económicos que, se afirma, han probado ser inadecuados e insostenibles. Invariablemente los califica de populistas en la medida en que, según se argumenta, no se fundamentan en bases económicas viables.

“Populismo” es actualmente un término multicitado, controvertido, de caracterización complicada por sus diversas dimensiones políticas, económicas y sociales. Es utilizado frecuentemente para connotar amenaza y preámbulo de transformaciones sociales negativas. En su acepción económica se le define como una tendencia que si bien, por una parte, se fundamenta en medidas que temporalmente pueden satisfacer a grandes franjas de la población, incluidas en especial las que sufren mayores agravios o rezagos, conlleva, por otra, un manejo inviable de la economía. Tales medidas, se argumenta, no sólo prometen más de lo que el sistema económico puede lograr de manera sostenida, sino que minan el potencial mismo del crecimiento económico al debilitar el sistema de estímulos a emprendedores que ofrece el funcionamiento de un libre mercado competitivo y lo menos regulado posible.

De esta manera, mediante el abuso y la generalización del uso del concepto de populismo se bloquea la discusión seria y formal acerca de pautas de conducción del crecimiento económico que, por ser distintas de las de la derecha política, constituyen verdaderas alternativas.

El nacionalismo excluyente y ciertas restricciones al libre intercambio entre las naciones han sido propuestos para finalmente salir de una crisis que ya lleva cerca de 10 años. En la reunión de Bratislava en septiembre de 2016, 27 jefes de Estado y de gobierno promueven esa vía y las propuestas del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se orientan en ese camino. En las elecciones francesas, austriacas y holandesas los partidos perdedores, que reunieron muchos votos, hablaron de la necesidad de controlar la migración y el comercio. Pero todo ello sin cuestionar rigurosamente al proyecto neoliberal.

Si bien el planteamiento del neoliberalismo, en principio, no admite restricciones al comercio exterior, sí resulta compatible con la aplicación de ciertos controles en este respecto. Y, por consiguiente, se actúa y se sigue actuando con apego a esos lineamientos. No obstante, hay que advertir que si se persiste en lo mismo se tendrán los mismos resultados. Esperar otra cosa no tiene sentido.

Se está ante la necesidad de definir un nuevo plan de trabajo para el desarrollo económico en su acepción más extensa. Uno que combine el crecimiento con la justicia social, procurando alcanzarlos simultáneamente, y que contemple los desafíos económicos, políticos, sociales y ambientales. Se tiene que recuperar el Estado de bienestar, sin menoscabo de las muchas dificultades específicas que la propia evolución de la sociedad y su demografía le plantean a cada país. El Estado social es imprescindible hoy para revitalizar las dinámicas económicas, cuidar la cohesión social y evitar que el pluralismo democrático sea sofocado por el autoritarismo y las tendencias regresivas.

En México, como en otros países, el régimen neoliberal, sus políticas y sus resultados han sido objeto de un análisis crítico, y diferentes centros de pensamiento han promovido la discusión de pautas alternativas de desarrollo económico.

Desde 2009 y hasta la fecha, en la Universidad Nacional Autónoma de México el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo —auspiciado inicialmente por el rector José Narro y ahora por el rector Enrique Graue— ha promovido y publicado diversos documentos7 orientados al debate y la reflexión sobre la política económica y social que México requiere con urgencia a fin de, desde ahí, empezar a construir un nuevo rumbo para la evolución política del país. El reto central para México es recuperar una tasa de crecimiento alta (y sustentable en términos ambientales), acompañada de una mejor distribución del ingreso (entre las personas y las regiones). Otros grupos también han venido trabajando en este sentido. Por ejemplo, la Fundación para la Democracia, Alternativa y Debate, A. C.,8 es uno de ellos.

En primer lugar, lo que se tiene que hacer en México hoy es llevar a cabo una profunda reforma en materia de finanzas públicas. Sólo así, en un plazo razonable, se podrá atender a toda la población con los servicios y los bienes para que disfruten de una vida digna, libre de los riesgos fundamentales de la vida: el hambre, la ignorancia, la insalubridad, la miseria. De la misma manera, sólo así se podrá impulsar la inversión pública, tan desatendida como necesaria para la recuperación del crecimiento.

La reforma debe abordar cuestiones relacionadas con el gasto público, los ingresos públicos y la deuda pública. Todo ello dentro del federalismo mexicano, para fortalecerlo. Se tiene que gastar más y mejor y financiar el mayor gasto de manera adecuada.

México es uno de los países de la OCDE