La ventaja de mirar insistentemente una lata de sopa - Fernando de Haro - E-Book

La ventaja de mirar insistentemente una lata de sopa E-Book

Fernando de Haro

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Beschreibung

"Warhol me obligaba a hacer un ejercicio que me rescataba, me recuperaba de los efectos más nocivos de la digitalización. La lata de sopa Campbell se convertía en una especie de corrección de la mirada del homo videns: el hombre al que el abuso de la pantalla ha mutado antropológicamente, el hombre que mira y ya no ve". Partiendo de la contemplación de la obra del famosísimo artista neoyorquino en una reciente exposición, el periodista Fernando de Haro sugiere al lector un acercamiento al mundo en que vivimos, del que casi no comprendemos nada, y en el que las viejas leyes y automatismos que servían para explicarlo casi todo van desapareciendo. De Haro aborda temas que han ido acompañándole durante su actividad profesional, como las crisis económicas recientes, el cristianismo, la democracia y la cultura, siempre en el tono de quien se reconoce humilde ante el conocimiento, permitiendo que la curiosidad del lector se dispare ante la necesidad de mirar para comprender.

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Fernando de Haro

La ventaja de mirar insistentemente una lata de sopa

© El autor y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2020

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 64

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-346-9

Depósito Legal: M-647-2020

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

índice

Introducción - La utilidad de las preguntas torpes e ingenuas

Capítulo I - Un mundo curvado

Solos en la bolera: la antropología del mundo curvado

Desconexión de la realidad, noticias falsas y postverdad

¿La Inteligencia Artificial puede representar una oportunidad?

La tentación de la reacción

Capítulo II - El arranque del XXI: crisis económica, terrorismo y refugiados

Repensar el Estado, repensar el mercado

El terror del siglo XXI

Justicia, víctimas y perdón

Refugiados y muros

Capítulo III - Un mundo postsecular

El islam en busca de la ciudadanía

El cristianismo y las leyes

Testimonio y martirio

Capítulo IV - Democracia: ellos también son nosotros

Populismo y valor del otro

La democracia española

Nacionalismo, universalidad y autodeterminación

Cartas de un amigo: una política más allá de la ideología

Postdata

A Carmina Salgado, ya en la Luz, siempre amiga

Introducción - La utilidad de las preguntas torpes e ingenuas

Hay veces que no queda más remedio. No queda más remedio que reconocer que no entiendes lo que ves, lo que pasa delante de tus ojos, lo que has oído, lo que has leído. Es una refrescante humillación para alguien que se dedica a contar qué ocurre. Refrescante porque en ese momento te liberas del papel asfixiante de analista que recurre a respuestas prefabricadas. Hay veces que tienes que reconocer que lo poco que sabes no sirve, que te hacen falta herramientas con las que no cuentas. Y hay ocasiones en que intuyes, además, que lo mucho que conversarás, que compararás, que leerás tampoco te dará la respuesta definitiva porque lo que está ocurriendo está fresco, se escapa a los esquemas habituales. Entonces empieza lo interesante. Esos momentos en los que se dispara la curiosidad, en los que la necesidad de comprender se hace acuciante, son pequeñas o grandes erupciones de vida. Me han asaltado en momentos muy diferentes. Los viajes, las emboscadas de la belleza, la indignación, el fastidio por la violencia o la injusticia suelen favorecer esas revelaciones en las que la realidad, de pronto, aparece con una dimensión imprevista. Aparece lo nuevo y la imperiosa necesidad de comprenderlo. Me ha sucedido, por ejemplo, con una de mis alumnas de menos de veinte años que me confesó que para ella la democracia no merece la pena. El golpe de escuchar a una joven ir en contra del sistema democrático, para alguien de mi generación que lo recibió con una fiesta y que no ha dejado de estimar su forma representativa, desarrollada por la Constitución, plantea sin duda muchas preguntas. Otras veces los interrogantes torpes o ingenuos llegan a las cuatro de la mañana en una ciudad como Alepo, todavía en guerra, en la que se escuchan las bombas y el muecín llama a la oración. O en un campo de refugiados en el Valle de la Bekaá, al comienzo del conflicto que ha asolado Siria. También delante de un buen capítulo de una buena serie o delante de un cuadro de Warhol. O cuando formulo una pregunta aparentemente banal a un invitado de mi programa de radio en la COPE. Estas páginas son el resultado de haber puesto en orden algunos materiales escritos con motivo de varias preguntas torpes e ingenuas que me he hecho en los últimos cuatro o cinco años.

En el primer capítulo he agrupado el intento por comprender algunas claves culturales, sin olvidar la geoestrategia, del mundo en que vivimos. Lo que María Zambrano llamaba «los frutos de ceniza, mordidos por la nada», acompañados de un deseo de libertad y de liberación que pervive cincuenta años después del 68. No encontrará el lector en ningún caso un relato nostálgico de mundos mejores, y de hecho, el último epígrafe lo he titulado «la tentación de la reacción». Me enfrento a las raíces de la soledad, que se me hizo especialmente evidente en varias visitas realizadas en los últimos años al Reino Unido. Y a fenómenos como las noticias falsas y el reto de convivir con la Inteligencia Artificial.

Si el lector llega hasta el segundo capítulo, se encontrará con un intento de llegar a explicarme las dos grandes crisis de los últimos años, la crisis de los refugiados y la crisis económica. Durante años me dediqué al periodismo económico y no me he conseguido arrancar del todo la espina. Mi deseo por llegar a explicarme el terrorismo yihadista creció exponencialmente después de haber estado muy cerca del cuartel general del Daesh en Mosul.

Y así llegamos al capítulo tercero, dedicado al islam y al cristianismo en un mundo plural y al valor que en este tiempo puede tener el testimonio de los bautizados que son perseguidos por ser fieles a aquello en lo que creen. Este último apartado es el destilado de lo que he pensado y sentido visitando Egipto, Siria, Iraq, Palestina e Israel, Nigeria, India, China y Pakistán.

El último capítulo es el más político, el dedicado a la democracia, al auge de los populismos y de los nacionalismos. Es un fenómeno que he conocido en algunos de los países a los que he viajado desde 2014. Hay sin duda un vínculo entre el momento cultural que vivimos y las reacciones políticas, entre la perplejidad ante la globalización y la búsqueda de identidades que a menudo son excluyentes. Es un fenómeno que se produce a la par que el paisaje más confortable que acompañaba a la democracia española desde la Transición desaparece. Este capítulo finaliza con un intercambio epistolar con Mikel Azurmendi.

La lecturas de estas páginas no exige, ni mucho menos, seguir el orden en que han sido editadas. De hecho, quizás lo más conveniente sea que cada lector empiece y, si no queda muy defraudado, continúe por donde le parezca oportuno.

¿Por qué en este mundo puede ser una ventaja mirar insistentemente una lata de sopa? Vamos a ello.

Capítulo I - Un mundo curvado

Desde hace años suelo participar en la que es una de las mayores convocatorias culturales populares del verano en toda Europa, el Meeting de Rímini. Mis conocimientos de física están muy por debajo de los de cualquier estudiante que haya concluido la ESO. Mi itinerario fue el de un clásico alumno de Letras. Pero a pesar de mi ignorancia, intento seguir las noticias divulgativas que se publican sobre los nuevos descubrimientos en torno al origen, tamaño y desarrollo del Universo. Por eso, cuando vi, en el verano de 2016, en el programa de esta convocatoria cultural, un encuentro dedicado a las ondas gravitacionales, decidí asistir.

Tuve la fortuna de que una de las ponentes, Laura Cadonati, investigadora en el Georgia Tech y portavoz del Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO), nos contara de un modo muy comprensible el importante descubrimiento que se había producido meses antes. El cambio era profundo. El LIGO había recogido las pruebas empíricas de las ondas gravitacionales descritas de forma teórica hacía cien años por Einstein. «Oímos», con la ayuda de la profesora, el sonido de las ondas provocadas por una colisión de dos inmensos agujeros negros que se fundieron hace mil cuatrocientos años. Si entendí bien, la física de Newton había quedado definitivamente enterrada. Ya no había lugar para la especulación: la gravedad es una curvatura del espacio y del tiempo, no hay parámetros fijos.

La física de Newton encarna, de un modo subconsciente, el edificio de certezas en el que nos apoyábamos los modernos. Días después, sentado en una bonita playa portuguesa, mientras leía las últimas noticias en el móvil, se me hizo claro que no solo hemos despedido la física tradicional, también hemos dicho adiós a un modo de concebir la soberanía de los Estados, de entender la economía y de entendernos a nosotros mismos. La física de Newton nos «liberó» de una espiritualidad acrítica. Nos proporcionó una mecánica «limpia» de infinito: los cuerpos se movían según unas leyes estables, fácilmente comprensibles sin interferencias espirituales. La naturaleza, «liberada» de transcendencia, nos permitía vivir en un universo de normas sencillas que hacían relativamente fácil la existencia.

La física de Newton hasta no hace mucho tenía una traducción orgánica en el mundo de la economía. Así como los cuerpos materiales actuaban según unas leyes predecibles y asépticas, interpretábamos que los agentes del mercado se movían en una armonía casi perfecta, garantizando a cada uno, en la persecución de su propio interés, el interés colectivo. Creíamos, es verdad que con algunos matices, en la eficacia de la «codicia de los panaderos». Los panaderos tenían el legítimo deseo de hacer dinero y eso hacía posible el milagro de que cada mañana sobre nuestra mesa hubiera un buen pan para el desayuno, pagado al precio justo. Ni siquiera la crisis del 29 del siglo XX nos hizo perder esa seguridad elemental. Era necesario, eso sí, hacer ajustes, dotar al Estado de más capacidad para regular, para compensar (introducir ajustes éticos) y para garantizar el bienestar. De hecho, a la crisis de los setenta y de los ochenta, respondimos con un entusiasmo desregulador y en muchos casos con un defensa de la subsidiariedad que tenía mucho de liberalismo ingenuo. Aunque han pasado ya más de diez años desde la crisis que comenzó en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers, seguimos desconcertados. Hemos intentado aplicar la solución que fue efectiva en 1929, pero nos hemos dado cuenta de que no tenemos a quién pedirle un New Deal. De hecho, la solución ha sido que nuestros bancos centrales hayan recurrido a una política monetaria expansiva. Y además nos hemos dado cuenta de que el Estado tal y como lo entendíamos ya no existe.

A nosotros los modernos, lo que nos mantenía firmes en el suelo era la física de Newton y todas sus consecuencias, un determinado concepto de la economía liberal y un modo de entender la soberanía bien definido, estático y suficiente. Desde la Paz de Wetsfalia (1648), cada Estado era titular de una soberanía que lo definía respecto a otros Estados. La fórmula del cuius regio, eius religio se transformó en una identidad nacional secularizada. El soberano dejó de ser el rey y, gracias a Rousseau y a los puritanos fundadores de «la ciudad en la colina» de Nueva Inglaterra, se convirtió en el pueblo que con su voluntad pactaba serlo. Para la nueva religión de la democracia había un nuevo soberano con los mismos atributos que se le reconocían a Dios: sobre todo la capacidad de elegir entre una otra y opción y de convertir en acción lo que había elegido. También hemos perdido esto. El Estado soberano, creado por el pacto de nuestra voluntad, ha perdido la capacidad de decisión que le definía. Salimos a las plazas, nos indignamos. Pensamos que es una ideología conservadora la que impide a las instituciones gastar más y hacer más para recuperar el bienestar que hemos perdido. O, si tenemos otra sensibilidad, argumentamos que es una ideología buenista la que impide frenar la llegada de los inmigrantes. Pero es inútil enfadarse porque las leyes de la física no vuelvan a ser lo que siempre fueron. En la ventanilla de reclamaciones hay diligentes funcionarios que nos escuchan, pero detrás de ellos ya no está aquel Estado soberano que creamos los europeos tras la Guerra de los Treinta Años. En su lugar hay instituciones, a menudos impotentes, sometidas a fuerzas supraestatales. También los espacios de la soberanía se curvan, se diluyen.

Westfalia ha muerto y la república de los panaderos nos ha dejado arruinados y exhaustos. Lo decía en La paradoja de la globalización (Antoni Bosch, 2012) el profesor de Harvard Dani Rodrik con su famoso trilema: no se puede tener simultáneamente hiperglobalización económica, soberanía nacional y democracia. Solo podemos tener dos de esos elementos a la vez.

Ni la física ni la soberanía son ya lo mismo. Pero los valores no cambian. Esos valores que se fraguaron en la Ilustración y que hemos exportado a todo el mundo. ¿O esos valores también han desaparecido? Thomas Mann ya en 1932 se preguntaba: «¿Son eternos y universales los valores clásicos europeos o, son temporales, y están atados a un episodio de la historia de la humanidad?». Josep Piqué, el que fuera ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de Aznar, una persona con capacidad de pensar de forma original en cuestiones estratégicas (impulsor en su día del Instituto El Cano), después de una estimulante entrevista, me regaló con una cariñosa dedicatoria, en 2018, su libro El mundo que nos viene (Deusto, 2018). La lectura de sus páginas me ha ayudado a intentar dar una respuesta a Mann. Piqué, tras repasar lo sucedido en el mundo durante los últimos años, incluyendo el nuevo protagonismo de Asia, la «vertiginosa evolución de la tecnología o la creciente relevancia estratégica de la ciberseguridad y las consecuencias de la Gran Recesión occidental», sostiene la conveniencia de hablar de lo que llama un «mundo postoccidental».

Piqué muestra su convicción de que en este mundo postoccidental, «Occidente va a seguir ganando batallas después de muerto». «Nos enfrentamos —sostiene— a un mundo cada vez menos occidental en su centro de gravedad que, en cambio, sigue evolucionando sobre la base de muchos de sus valores distintivos». El exministro apuesta por una suerte de síntesis neoclásica, una «síntesis postoccidental» en la que los valores ilustrados seguirán vivos.

El exministro tuvo la gentileza de encontrar tiempo en su apretada agenda para leer y presentar mi libro dedicado a la India, No me lamento (Elba, 2018). En el volumen algunas de estas cuestiones se abordan de un modo experiencial. La presentación en la deliciosa librería Los Editores de Madrid sirvió para que conversáramos sobre la síntesis que defendía Piqué. Y cuando le puse algunas objeciones a la pervivencia de los valores ilustrados, me reconoció que la síntesis occidental de la que hablaba era más un buen deseo que una realidad. A menudo seguimos pensando que la democracia, la libertad, la igualdad de género y de oportunidades, la tolerancia y todos aquellos valores y creencias levantados por Occidente siguen en pie, robustos, quizás nublados, pero como un último imán y juez hacia los que el mundo converge. No es así. No hay valores sin sujeto, y el sujeto ya no existe o está muy debilitado.

En este primer capítulo me propongo dar unas pinceladas sobre este asunto desde las tendencias macro que marcan la geoestrategia, hasta el mundo micro del hombre de la revolución digital, del potshumanismo y la postverdad.

Empecemos por la geopolítica. Sin duda, el mapa del mundo debe ser invertido y el eje sobre el que pivotamos se encuentra ya en el Pacífico. Las dos mayores fuerzas enfrentadas en este momento son la de China y la de Estados Unidos. Imperio en auge, imperio en declive. El XIX Congreso del Partido Comunista (celebrado en 2018) y la concentración del poder, como no sucedía desde la época de Mao, en manos de Xi Jinping, ha supuesto una transformación definitiva de la estrategia del Imperio del Centro. La China de Xi es descaradamente imperialista. Su capacidad de exportar capital le permite comprar casi todo. La nueva Ruta de la Seda, que atraviesa el sudeste asiático, se extiende por el Cáucaso, llega a Europa y se abre en África y América Latina. Es un proyecto de dominio global. China se garantiza el control del Golfo de Malaca para acceder al Índico, establece cabezas de puente en Pakistán y Sri Lanka, compra el puerto del Pireo en Grecia, salpica con sus inversiones todo aquel punto que considera interesante para poder seguir creciendo. El mundo entero se apresta a participar en la nueva ruta, es el poder del dinero. El Gigante Amarillo por fin ha conseguido lo que siempre quiso: convertirse en una potencia marítima. Pero no es solo una cuestión comercial. Xi Jinping ha desarrollado toda una serie de instituciones multilaterales con epicentro en Asia. Tienen vocación de ser la alternativa al Banco Mundial, al FMI, a los órganos de «Gobierno del mundo» desarrollados por Occidente. Ahí está el Banco Asiático de Inversiones e Infraestructuras, el Nuevo Banco de Desarrollo y muchas otras entidades. Todo eso sería imposible sin el amplio respaldo de una población convencida de que su deseo de felicidad encontrará respuesta no en el mundo de los valores ilustrados si no en el viejo-nuevo nacionalismo imperial de Xi. Ese nacionalismo, que acepta de buena gana la renuncia a las libertades y el sacrificio de una vida despiadada a cambio de una mayor capacidad de consumo, no cree en los valores occidentales, buscan su felicidad en otra parte.

La cuestión de Estados Unidos es más complicada. No se entiende el ascenso de Trump sin el estado de infelicidad de buena parte de los estadounidenses. La polarización interna que vive el país desde el mandato de Bush júnior, la fractura entre identidades conflictivas que cada vez tienen menos capacidad para reconocerse, el pavor a los efectos a la globalización, la mutación de los valores nacionales, probablemente pueden explicarse como la pérdida de los rasgos de la occidentalidad atlántica.

Putin en Rusia, con un país en evidente declive demográfico y económico, despliega sueños de dominio, utiliza el gas como arma de guerra, desestabiliza con la ciberguerra y aspira a controlar el Ártico que se deshiela, todo ello gracias al apoyo masivo de una población para la que el sueño imperial cuenta mucho más que la síntesis de la que habla Piqué.

Paradigmático ha sido el fracaso de las primaveras árabes: derrota de una revolución sin sujeto en un mundo de mayoría musulmana en el que la experiencia de libertad y de ciudadanía se abre paso de modo muy lento. He viajado en los últimos años por Líbano, Siria, Iraq, Israel, los Territorios Palestinos y Egipto y he visto un mundo en el que la instrumentalización política de lo religioso se ofrece como respuesta a las aspiraciones personales.

En este contexto es difícil defender la «perdurabilidad» de los valores ilustrados de la que hablaba Piqué y a la que también se refería Tzvetan Todorov en su libro El espíritu de la Ilustración (Galaxia Gutenberg, 2008). Un volumen que, en su descargo, hay que decir que fue escrito antes de que estallara la crisis. Todorov, después de describir los logros y los errores del pensamiento ilustrado, concluía que «la Ilustración forma parte del pasado —ya hemos tenido un siglo ilustrado, pero no puede pasar, porque lo que ha acabado designando ya no es una doctrina históricamente situada sino una actitud ante el mundo (…) Se pretende así volver a encender en los países y culturas que no la conocieron». Eso sí, como Todorov no es un autor ingenuo, reconoce que este «no pasar» de los valores ilustrados no significa que esos valores hayan sido conquistados para siempre, por lo que es necesario «conservar el espíritu de la Ilustración. La edad de la madurez que los autores del pasado aclamaban no parece formar parte del destino de la humanidad condenada a buscar la verdad en lugar de poseerla (…) Esa sería la vocación de nuestra especie: retomar esta labor sabiendo que es interminable». Todorov al menos tenía el realismo de reconocer la necesidad de una reconquista permanente.

Más acertada que la hipótesis de una síntesis postoccidental o que la perdurabilidad per se de los valores Ilustrados parece el retrato del tiempo presente que hace Pankaj Mishra en La Edad de la ira (Galaxia Gutenberg, 2017). Con no pocos excesos, pero con acierto en lo esencial, el autor indio denuncia en su vibrante y desordenada obra el fracaso de «esa fantasía original del siglo XVIII: la de un mundo racionalmente organizado y lógicamente ordenado; «la expectativa de que la razón sustituiría a la tradición y devendría el elemento determinante de la historia». Ya en «Europa, las certidumbres del siglo XIX —de modo primordial el universalismo occidental, la vieja pretensión judeocristiana de poder crear una vida de validez universal, ahora transformada en milenarismo laico— se habían debilitado por las calamidades históricas. La Primera Guerra Mundial dejó al descubierto la fragilidad de la democracia liberal».

Mishra recorre con detalle la historia cultural del XIX y de comienzos del siglo XXI, para mostrar los paralelismos entre los fenómenos que ha vuelto a despertar la globalización. Todos ellos constituyen una especie de regreso al futuro, a reacciones que ya se produjeron en el pasado como fue el romanticismo, el nacionalismo o el nihilismo anárquico. Todas esas corrientes ya habían enterrado a la Ilustración. Solo la «reconstrucción» anglo-estadounidense de la segunda postguerra mundial habría recreado el sueño de unas luces que estarían todavía encendidas. Para desmontar este optimismo, Mishra recuerda la crítica de Reynolds Niebuhr en The Structure of Nations and Empires (New York Charles Scribner’s Sons), texto escrito nada menos que en 1959. En esa obra el teólogo ya arremetía contra los «anodinos fanáticos de la civilización occidental que consideraban los logros contingentes de nuestra cultura como la forma final y la norma de la existencia humana».

Mishra denuncia que la versión más simplificada de cierto liberalismo ilustrado, el que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, se ha quedado entre nosotros como un paisaje y como una herramienta interpretativa. Suele ser la única que utilizamos y, por eso, aumenta nuestra perplejidad. Es ingenuo, como decía Niebuhr, pensar que las fuerzas de la historia coinciden con el impulso de ciertos valores conquistados. Casi veinte años antes que Niebuhr escribiera su diagnóstico, una mujer española había sabido entender lo que estaba ocurriendo. Corría el año 40. Había acabado la Guerra Civil en España y comenzaba la tremenda postguerra, la larga postguerra de represión. El Viejo Continente sucumbía al desastre. Fue en ese momento cuando María Zambrano escribió el ensayo La agonía de Europa (Trotta, 2000). «Europa está en decadencia —señala la pensadora española—. Ahora ya no parece necesario el decirlo». Ante el desastre, «el acumulado rencor se desata, sale a luz sin máscara. Hoy este rencor se junta y extiende con tremendo ímpetu negativo; corroe, deshace, borra, va convirtiendo al mundo en vacío espacio desolado. Priva a los ojos de la hermosura de las apariencias y escamotea astutamente al corazón todo lo que puede amar».

La crisis como resentimiento, como rencor. ¿Pero rencor contra qué, contra quién? ¿Cuál es la promesa incumplida que lo desata? Ahora es resentimiento contra Estados que han dejado de ser soberanos y se han vuelto impotentes, contra mercados que no son perfectos… contra un sistema que no ha funcionado. El resentimiento, responde Mishra, es «contra la prometida civilización universal, una civilización armonizada por una mezcla de sufragio universal, amplias oportunidades educativas, crecimiento económico sostenido, iniciativa privada y progreso personal que no se ha materializado». Es «un rencor existencial hacia el ser de los otros, causado por una mezcla intensa de envidia y sentimientos de humillación e impotencia». Ese resentimiento es la reacción a las «religiones modernas de salvación secular que han socavado su propia premisa central: que el futuro iba a ser materialmente superior al presente. Pero las raíces del resentimiento son más profundas, tienen quizás su origen en que nos habían educado en el principio de la «razón suficiente», creíamos que si algo sucedía era por unas determinadas causas, porque a cada causa debía seguirle su efecto. Resentimiento, en el fondo, contra la realidad. «Lo terrible del rencor es su esencial apostasía; el que se revuelva siempre, ciego, contra aquello que podría salvarle», dice Zambrano.

Rencor, tristeza, incomodidad y frustración por un deseo de liberación no cumplido. Nos gustaría que eso que llamáramos progreso siguiera su curso, pero como dice Zambrano estamos en «un pantano formado por los sedimentos del más bello ayer. De la fe en la razón, del ardor por el ejercicio del pensamiento queda un fangoso escepticismo».

Zambrano, con genialidad señala que «estos frutos de ceniza, mordidos por la nada» son testimonio de algo. «En su propio derrumbarse ponen al descubierto una verdad: la verdad de la criatura humana desesperada, sin amparo, pero también sin resignación. No son construcción, sino confesiones reveladoras de un afán de liberación».

No hay síntesis postoccidental en pie. ¿Pero pervive lo que Zambrano llamaba afán de liberación? El deseo de liberación es el corazón del acontecimiento que funda, en gran medida, la gran referencia cultural de los europeos del siglo XXI: Mayo del 68. Un acontecimiento que, en gran medida, se presenta como una revuelta contra la tradición occidental, también contra su forma ilustrada. ¿Es el 68 una revuelta contra la Ilustración o su penúltima expresión? Hemos celebrado recientemente su cincuenta aniversario. Y la conmemoración nos ha hecho ver que la playa buscada bajos los adoquines en las calles de París, la liberación sexual, la cultura pop, cinco décadas después, han sucumbido bajo nuevos poderes. El fracaso del deseo de liberación ha servido para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla. Es la confusión propia de la pulsión reaccionaria. La insistencia, el tiempo y la energía que se han dedicado a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la postliberación (género, liquidez, etc.), con motivo del cincuenta aniversario del 68, son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez. La pulsión reaccionaria, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad —la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno— en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, no de la solución.

Hubo ciertamente opciones discutibles en los caminos que tomaron algunas de las expresiones que tuvo el 68. Pero eso no resta un milímetro al deseo de autenticidad de aquellos universitarios y no universitarios que protestaron contra una tradición que se había reducido a formalismo. La generación de postguerra, que en ese momento estaba al frente de Europa, no podía entender qué estaba sucediendo. Habían levantado, con grandes esfuerzos, una nueva casa en el Viejo Continente. Los valores ilustrados, rescatados tras el horror del totalitarismo, estaban de nuevo vigentes. La alianza entre el liberalismo, la socialdemocracia y la tradición cristiana pareció haber construido el hogar más confortable y próspero de la historia. Y hace cincuenta años a esa generación se le dijo que la casa estaba vacía, fría, que no había quien viviera en ella. Los valores que la amueblan eran gélidas piedras de museo. La advertencia sigue en pie.

Prueba de que no se puede hacer una descalificación genérica del 68 es la naturaleza compleja y variada del fenómeno. Las conmemoraciones han servido para recordar la llamada Primavera de Praga que sigue, esta sí, iluminándonos. A diferencia del francés, alemán, japonés, estadounidense, italiano o español, el 68 checoslovaco se levantó contra el poder soviético. El 22 de marzo de 1968, Antonin Novotný perdía la presidencia del país. Ya en enero había sido sustituido por Alexander Dubcek al frente de la secretaría general del Partido Comunista. A partir del mes de abril, Dubcek puso en marcha el socialismo de rostro humano que incluía un aumento de la libertad de prensa, la libertad de expresión y de circulación.

Los cambios se producían en un contexto cultural en el que iniciativas como el Club de Escritores Independientes, liderado por Václac Havel, rechazaban lo que luego llamaría «la vida en la mentira». En agosto de ese año, el sueño de un socialismo abierto era aplastado por la invasión soviética.

Havel, en los primeros momentos de la intervención se traslada a Liberec, una ciudad al norte de Praga, y desde una radio todavía libre, realiza durante varios días una serie de transmisiones en las que llama a la resistencia. Los llamamientos tienen toda la fuerza de quien sabe que frente a los tanques solo tiene la fuerza de la conciencia, del sujeto. Estamos viviendo una «ocupación inusual (…) pistolas y tanques tienen menos poder que las ideas y las fuerzas éticas de lo humano», apunta. Y añade: «nuestras armas son más efectivas que sus armas. Y lo que digo no es una exageración. Tenemos nuestra unidad espontánea, nuestra determinación de no renunciar a nuestra visión patriótica y a nuestros ideales morales (…) Dejemos a la inteligencia triunfar sobre la brutalidad, la humanidad sobre la inhumanidad, la solidaridad sobre las órdenes militares, la disciplina de la conciencia sobre la disciplina de las armas».

En un país bajo el gran poderío militar soviético del momento, emociona imaginarse a Havel, perseguido, afirmar a través de un micrófono la superioridad de la conciencia frente al poder. La Primavera de Praga quizá sea lo mejor del 68. Y lo mejor del 68, con todas sus limitaciones, es su voluntad de afirmar la conciencia como deseo de libertad y de plenitud.

¿Puede esa voluntad y ese deseo ayudarnos ahora que la Ilustración parece haberse acabado? Sería un error que la pulsión reaccionaria silenciase el deseo de autenticidad, el deseo de «vida en la verdad» que lo animó. Vuelve a ser sofocante, como entonces, el miedo al deseo, la necesidad de adjetivarlo, de encauzarlo. De la pulsión reaccionaria hablaremos más adelante.

Lo importante es que el cincuenta aniversario del 68 nos ha permitido constatar que la batalla contra la alienación, contra el «hombre unidimensional», ha fracasado. El polémico novelista francés, Houellebecq, detalla los términos de la gran derrota. Houellebecq parece responder a Zambrano un no rotundo: el deseo de liberación habría desaparecido. En Sumisión