La violencia invisible - Jean-Charles Bouchoux - E-Book

La violencia invisible E-Book

Jean-Charles Bouchoux

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Beschreibung

La violencia no son solo gritos y golpes. Hay muchas formas de violencia menos espectaculares. Más sutiles. Más insidiosas A veces, la violencia invisible es «normal». Es «útil». Permite expresar frustración, por ejemplo, o tomar una decisión que nos hace progresar. Sin embargo, en muchas ocasiones, la violencia invisible es «tóxica». No sirve para nada. Peor aún: hace que quien la sufre se hunda en una profunda sensación de naufragio vital. Tras el éxito mundial de Los perversos narcisistas, el psicoterapeuta Jean-Charles Bouchoux quiere visibilizar este fenómeno, desvelar los mecanismos psicológicos que lo desencadenan y ofrecernos herramientas y pautas para tratarlo y superarlo en nuestra vida cotidiana: en el trabajo (o el colegio), en casa, en la pareja, etc. Pues, como afirma el autor, el estado natural de las personas es el amor y la alegría.

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Seitenzahl: 179

Veröffentlichungsjahr: 2022

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LA VIOLENCIA INVISIBLE

 

 

Título original: Les violences invisibles

© del texto: Jean-Charles Bouchoux, 2021© de la traducción: Joaquín Palau, 2021© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: marzo de 2022

ISBN: 978-84-18741-49-4Depósito legal: B 4491-2022

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: © Snap the Whip (1872), Winslow HomerMaquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 6508034 Barcelonaarpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Jean-Charles Bouchoux

LA VIOLENCIA INVISIBLE

Traducción de Joaquín PalauRevisado por Lídia Cuscó

SUMARIO

INTRODUCCIÓN

I. EL ORIGEN DE LA VIOLENCIA

¿Qué significa violencia?

De la agresividad normal a la violencia patológica

La génesis del no

La violencia como elemento estructurante

La compasión

II. LAS VIOLENCIAS INVISIBLES

La bondad mórbida

El rey es un esclavo

El mundo de la palabra

Racismo y fobia

El rechazo del conflicto

Hipersensibilidad

Consideraciones sobre el perverso narcisista

Incompetencia e impostura

III. ¿POR QUÉ TANTA VIOLENCIA?

En la niñez

En la pareja

En la oficina, en la sociedad

Salir reforzado

Elegir la vida

IV. ALEJARSE DE LA VIOLENCIA PATOLÓGICA

Desidealización

Duelo imposible

¿Quién es el sujeto?

Egoísmo altruista

¿Un poco de misticismo?

Salir de la violencia invisible

 

 

 

No, tú no eres extraña,tú eres diferente: original.

INTRODUCCIÓN

«Querían enterrarnos.Simplemente se olvidaron de que éramos semillas».

PROVERBIO MEXICANO

Vivimos en una sociedad sorprendente en la que coexisten muchas formas de violencia. Un político desinhibido puede realizar, sin más, comentarios racistas que nos parecen banales y en cambio podemos pedir la cabeza del presentador de televisión que hace una broma sexista. Es decir, a algunos se les permitiría hacer daño y a otros no.

Cómo explicar que nunca me atrevería a expresarme agresivamente hacia alguien, hasta el día en que esa persona se convierte en mi pareja, como si el paso al acto sexual me permitiera modificar mi comportamiento y me diera ciertos derechos sobre el otro. Este fenómeno se puede encontrar en las parejas, pero no únicamente; si soy jefe de departamento o empresario tengo derecho a hablar mal a mis empleados. Del mismo modo, un padre puede gritar a sus hijos.

No deseo generalizar, pero debemos señalar que este fenómeno, común en el mundo del trabajo, en las relaciones familiares y en la pareja, tiende a desarrollarse y extenderse por todo el entramado social: al volante de mi coche, ¿tengo derecho a insultar al que ha cometido un error? En la tienda, si no me sirven lo suficientemente rápido, ¿tengo derecho a quejarme airadamente? El error del otro, ¿me otorga algún tipo de derecho? Además, estoy refiriéndome a una violencia relativamente visible, pero ¿qué pasa con los gestos violentos administrados con una sonrisa, lo tácito, la expresión no verbal, el mandato paradójico, el chantaje emocional?

La agresividad forma parte de la vida, como trataremos de explicar más adelante, incluso hasta puede ser unificadora y participar en nuestra evolución. Pero entonces ¿cómo distinguir entre la agresión normal y la violencia tóxica? ¿Qué es la violencia invisible y cómo debemos reaccionar ante ella? ¿Es posible demostrar esta violencia que se oculta tras la superficie visible de las relaciones humanas?

En primer lugar, observaremos estas violencias y nos preguntaremos si existe una violencia normal y otra patológica. A continuación, enumeraremos muchas situaciones en las que podemos estar sujetos o ser objeto de alguna forma de violencia insidiosa. A menudo, la comprensión nos lleva a reaccionar y una simple toma de conciencia puede ser suficiente para lograr que las cosas cambien.

Hace unos años escribí un libro sobre los mecanismos perverso-narcisistas, las violencias invisibles que algunas personas ponen en marcha para sobrevivir y escapar de la locura. A la luz de los numerosos testimonios que he recibido desde entonces, quisiera volver a reflexionar sobre algunos aspectos de lo que expuse en aquel libro.

La odisea que este libro nos propone emprender debería de llevarnos a la orilla de lugares más pacíficos. Sin duda pasaremos por algunas tormentas, pero espero que al final podamos exclamar, como tantas personas que han sufrido un naufragio: «¡salí de él más fuerte!».

CAPÍTULO I

EL ORIGEN DE LA VIOLENCIA

¿QUÉ SIGNIFICA VIOLENCIA?

Para iluminar su violencia, primero debemos darle la bienvenida.

La mayoría de psicoanalistas ha intentado apoyarse en cierta angustia primigenia para comprender el origen de nuestras patologías. Otto Rank se refería al traumatismo del nacimiento, y Freud hizo del complejo de Edipo y las angustias relacionadas con él la causa nodal de todas las neurosis. Me parece, al observar de cerca el mundo que nos rodea, que la mayoría de nuestras angustias tiene su origen en una herida narcisista.

En cualquier caso, la resolución de nuestras neurosis será posible con ayuda de un tipo u otro de energía: vuelta hacia afuera podría ser agresividad, vuelta hacia adentro, angustia.

Imaginemos a un niño pequeño dando sus primeros pasos. Un adulto lo toma de la mano. El vínculo que los une es magnífico. Pero, en algún momento, el niño querrá hacerlo él solo. Para eso, tendrá que soltarse de la mano del adulto. Ciertamente, allí no habrá una gran agresividad, la energía se pondrá al servicio de la voluntad y pronto de la satisfacción de los avances realizados, sobre todo si el tutor es proactivo y alentador. Pero si al adulto le preocupa demasiado que pueda caerse o la idea de verlo emanciparse, el niño solo tendrá tres posibles salidas: renunciar a su proyecto y tener remordimientos, alimentar la ansiedad ante la idea de fracaso (caída) o la idea de triunfar (conflicto de lealtad) o utilizar la agresividad hacia los adultos para intentar emanciparse, energía que, en caso de no poder expresarse podría desviarse hacia otro objeto menos peligroso (otro niño, un juguete, etc.).

En cualquier caso, como en el duelo, cualquier progresión va acompañada de una energía (agresividad / ansiedad) y una renuncia (a los beneficios secundarios), sean estos los momentos que marcan nuestro crecimiento (salida del líquido amniótico, destete, independencia…) o la salida de un estado mental (depresión, dependencia…); paradójicamente, estamos apegados a lo que ya conocemos y tememos lo desconocido.

Así pues, para poder progresar y salir de una situación mórbida, debemos ser capaces de acoger nuestra agresividad, ponerla al servicio de nuestra progresión y renunciar al estado anterior y a su eventual beneficio (conflicto de lealtad, por ejemplo).

Para salir de una depresión, también hay que renunciar a ella.

Hay que renunciar a los beneficios secundarios (lealtad, costumbre...) y encontrar la forma de poner esta energía, ya sea agresividad o angustia, al servicio de nuestra evolución. La violencia abandona entonces su condición mórbida y se convierte en un trampolín hacia una transformación.

DE LA AGRESIVIDAD NORMALA LA VIOLENCIA PATOLÓGICA

Si bien la agresividad nos acompaña a medida que evolucionamos, también forma parte de nuestro carácter. Cabe preguntarse, entonces, si existe una agresividad normal y una patológica.

Analicemos el contenido de una buena botella de vino. Encontraremos alcohol, ácido, taninos…, productos que tomados por separado serían tóxicos e imbebibles, pero si cualquiera de ellos faltara daría como resultado un vino plano, sin el gran sabor que se le supone. Lo mismo ocurre con nuestro carácter.

Imagínense a un compañero que siempre estuviera de acuerdo con nosotros, que nunca nos contradijera... Alguien que siempre nos va a dar la razón. En esta situación, seríamos nosotros mismos los que sentiríamos que somos superficiales y que no tenemos mucho interés. Tal vez la habilidad que tiene el otro para molestarme es lo que hace que resulte interesante. Su capacidad para decirme que no y no necesariamente darme lo que espero. Así como el ácido, el alcohol y los taninos del vino abren mis papilas gustativas si están en cantidades equilibradas, el enfrentamiento con el otro me obliga a estar presente, a posicionarme y a dar, si no lo mejor de mí, al menos lo suficiente para ser un buen interlocutor.

Ahora imagínense dos pompas de jabón. Existen de forma distinta, pero cuando se encuentran, cuando se tocan, tienen una frontera común. El otro, al permitirse existir, me permite ser yo mismo. Y yo, al posicionarme, permito que el otro exista. Si me anulo, no hay relación, si invado al otro, menos aún. En la calidad de las interacciones es donde encontraré la esencia de mi ser.

Esta pompa de jabón es lo que llamamos el yo, y esta frontera común, la relación.

Pero ¿qué es el yo? Si hiciéramos esta pregunta a nuestro alrededor, muchos dudarían en responder. Algunos tal vez se referirían al cuerpo: «Yo es lo que está debajo de mi piel, lo que está afuera es no-yo...». Otros podrían recurrir a su identidad: «Soy francés, español...». El caso es que a menudo definimos nuestro yo en relación a una frontera. Físicamente, la piel; y psíquicamente, en cuanto a identidad. ¿Cuál podría ser la frontera? Quizás la capacidad de decir que no, de enfrentarse al otro. Una frontera y un contenido, claro está, la capacidad de decir no, pero también la capacidad de decir sí.

¿Existe una frontera más hermosa que el otro? El otro que puede decirme que sí y que puede decirme que no, que me impone el límite, que me muestra una frontera. El otro es como una puerta, abierta o cerrada, que podré o no podré manejar según mi deseo y su placer. El que siempre dice que sí, y no sabe decir que no, es como la puerta a la que se le han quitado las bisagras, un pasaje abierto a todos los vientos.

En una sociedad en la que somos ante todo consumidores, el no es percibido como una violencia.

Decir no es existir, existir es asumir el riesgo de ser excluido.

Recientemente, alguien me dio un texto que quería que leyera con atención. Le dije que no, a lo que ella repuso: «Obviamente, no puedes escribir tan bien sobre perversos narcisistas sin serlo un poco tú mismo». Para esta persona, oír decir que no ya era un síntoma perverso.

Si hay agresividad normal, es lo que me obliga a existir; si la violencia es tóxica, me lo impide.

La ausencia de agresividad, como el exceso de violencia, no permite la formación de una frontera, son sumisión o invasión.

En cierta telenovela inglesa futurista, la protagonista pierde a su pareja en un accidente automovilístico. La tecnología del momento permite crear un robot humanoide con la misma textura de piel y la misma voz que la de su amigo, etc., pero mucho más eficiente: mejor amante, mejor amigo, nunca discute... Aunque al principio se muestra encantada con su nuevo compañero, pronto caerá en el aburrimiento. Se sentirá sola. Al final, llevará a su nuevo amigo al desván, junto al baúl de las fotos viejas.

En la telenovela, el primer compañero, con todos sus defectos, pero capaz de contestar que no, se presenta como un sujeto; mientras que la réplica humanoide, aparentemente perfecta, pero incapaz de responder no, no podrá ser más que un objeto.

Cuando me posiciono como objeto, posiciono al otro como objeto. Si soy incapaz de decir que no, si me presento como objeto de consumo, convierto al otro en objeto de consumo.

Un consumidor no es un sujeto.Ni el amo ni el esclavo son sujetos.

Cuando me reafirmo, permito que el otro exista. Mi incapacidad para existir o para reconocer la alteridad, me vuelve tóxico.

Tú eres, luego yo soy.Yo soy, luego tú eres.

Pero esto no es evidente. De niños, hemos aprendido a obedecer, a no contestar no, a no ser egoístas; el que dice no no es bueno, el que obedece es bueno. Esta imagen contiene una amenaza. Si el niño no obedece elevamos el tono, fruncimos las cejas, levantamos la mano… El niño es amenazado con un castigo, con retirarle el cariño, con el abandono…

Durante unas prácticas, se les pide a los participantes que anden por la habitación y, cuando se crucen con alguien, solo digan no. Durante el ejercicio, algunos no lo logran, pronuncian nos tan tímidos que parecen decir por supuesto, mientras otros se lanzan y exclaman no a gritos, llenos de ira.

Si consideramos el no como un acto de violencia, porque supone el riesgo del abandono, no podremos decirlo, salvo en un acceso de cólera.

LA GÉNESIS DEL NO

Veamos el problema de nuevo, pero partiendo de los términos sánscritos conocidos en su pronunciación china: yin y yang.

El yin es una energía centrípeta, atrae hacia el interior, el yang es centrífugo, empuja hacia el exterior. Por ejemplo, la tierra es yin cuando recibe la semilla, la semilla es yang cuando expulsa el germen. La hembra es yin cuando recibe la semilla, yang cuando expulsa al recién nacido, y nuevamente yin cuando vuelve a concebir. Se necesitará una nueva energía yang para permitir el destete y la des-fusión.

Todo comienza con una fusión. Durante nueve meses, antes de salir del vientre materno, fuimos uno con el líquido amniótico y el mundo que nos rodeaba. Después del nacimiento, volvemos a la fusión cuando tomamos el pecho (naturalmente, a menudo estaremos en conflicto entre el deseo de regresar al estado de fusión y el deseo de avanzar). Pero, de pronto, un tercero aparece y viene a interponerse en esta dualidad: «Vete a tu habitación y nos dejas solos a mamá y a mí...». Pero ¿quién es este nuevo actor, que no huele tan bien como mamá, que nos rasca cuando nos abraza y que tiene la manía de sacarnos fuera? ¿Una molestia? No solo es eso...

Un conflicto es el encuentro de dos fuerzas opuestas. En el conflicto que me hace dudar entre regresar a la fusión o partir para descubrir el mundo, este tercer actor bien podría ayudarme a elegir si me tiende la mano: «Ven, te mostraré el exterior». Él es el que pone el no, el que le da su nombre. El que cierra una puerta, pero abre otra... normalmente.

Pero, ya sea que esté ausente, o que sea insulso, violento o exista cualquier bloqueo entre él y yo, es muy posible que vuelva a la fusión con un sentimiento de omnipotencia. Es el tercero quien encarna el no, es él también quien da su nombre y quien se abre al exterior.

El no es una puerta que se cierra, pero también es otra puerta que se abre.

Elegir es renunciar, decir no a una posibilidad y sí a otra, salir de un conflicto y recuperar la calma. No elegir, no afirmarse para evitar el conflicto es, por el contrario, permitir que surja un conflicto.

Decir que no es difícil para el que quiere ser amable, pero no solo eso... En la fusión, soy todopoderoso. En la etapa del líquido amniótico, yo era el todo y todo era yo, no tenía continente, no conocía ningún límite.

Para poder pronunciar u oír no, uno debe renunciar a su fantasía de omnipotencia. A menudo, en las relaciones tóxicas, uno no puede escuchar el no y el otro no puede decirlo. Para salir del estatus de víctima, es necesario convertirse en sujeto. Para convertirse en sujeto, debemos estar dispuestos a renunciar al fantasma de la omnipotencia. Renunciar a nuestro fantasma de omnipotencia es como renunciar a un líquido amniótico psíquico. Es nacer1.

El tercero, al sacarnos de la fusión, nos obliga a nacer. Oponiéndose, nos obliga a crear las fronteras de nuestro yo.

LA VIOLENCIA COMO ELEMENTO ESTRUCTURANTE

El no del tercero que se interpuso entre mamá y yo es frustrante, pero también tranquilizador. El no del tercero es estructurador, encarna la estructura familiar y obliga al niño a estructurarse él mismo.

Pedro

Cuando mi hijo, de trece años, me dijo: «Esta noche es la fiesta del pueblo, me gustaría salir hasta tarde con mis amigos», le respondí: «Ok, hasta medianoche, y luego vendré a recogerte». Él me dijo: «¡No, no puede ser, lo bueno empieza a medianoche!». A continuación, ante mi negativa, salió de la habitación y cerró la puerta de un portazo.

Se podría pensar que él experimentó mi respuesta como violencia, pero en realidad me sentí tranquilo. Las calles no son seguras por la noche.

La estructura es tranquilizadora porque me protege del exterior, pero también porque me obliga a contener lo que podría salir de mi interior. Si un deseo loco cruza por mi mente, es mi estructura psíquica la que impedirá pasar a la acción.

Daniel es el último hijo de nueve hermanos. De repente, el padre abandona el hogar: es un artista y necesita libertad para poder crear.

Daniel no conoce ninguna limitación. Con una madre abrumada, él no encuentra límites. Si no vuelve a casa, nadie le dice nada. A los doce años tuvo su primera relación homosexual con un hombre de la edad de su padre, a los catorce consumía drogas y alcohol. Cuando viene a la consulta es porque siente una terrible angustia. Acaba de conocer a una mujer y van a tener un hijo. Rápidamente, nos damos cuenta de que tiene miedo de sus propios impulsos: «¡¿Y si algo en mí quisiera dañarlos?!».

Nuestra estructura interna nos protege del exterior, pero especialmente de nuestro interior.

Como veremos más adelante, la fuerza del perverso reside en nuestro individualismo y nuestra incapacidad para comunicarnos. De la misma manera que el perverso encarna el peligro que podría pesar sobre nosotros, convertido en el eslabón débil (por eso evitamos atacarlo) y basando su poder en nuestro miedo al abandono, otras personas, a través de su brutalidad, encarnan la posibilidad de rebelarse.

Del mismo modo que el tercero existe en la familia, también puede darse dentro del grupo y en la sociedad. Si es honesto, puede ser estructurador.

Jaime

Estaba en la terraza de un café cuando vi a un hombre que golpeaba a su perro. Quería hacerle beber de una fuente municipal y el perro se negaba. El hombre, entonces, llenó una cacerola con agua y la arrojó violentamente a la cabeza del perro. El animal, aterrorizado, daba vueltas por el suelo.

Todos los que estaban allí vieron la escena, pero nadie reaccionó. Fue insoportable. No pude soportarlo más e insulté a aquel hombre. Su reacción fue correr hacia mí. Me levanté para enfrentarme a él. Luego, un grupo de jóvenes intervino para evitar la pelea. Pude sentarme, pero lograron que me avergonzara un poco por lo que había dicho.

Cuando ese hombre se hubo marchado, mucha gente se levantó de sus sillas para acercarse a mí y agradecerme que hubiera intervenido. Lo ocurrido con el perro había sido realmente insoportable, pero no se habían atrevido a intervenir. Después, se pusieron a hablar entre ellos, y se creó un buen ambiente.

Observemos las energías mentales que intervienen en este altercado. Un hombre descarga su violencia en un perro. La gente de alrededor o próxima a la escena no se atreve a intervenir y es víctima asimismo de violencia. La que se vuelca en el perro es una violencia completamente visible, pero lo que soporta el público es una violencia invisible. Cuando de repente un individuo expresa su agresividad y su rechazo a lo que ocurre, crea un conflicto. Entonces puede ocurrir que se forme un grupo en la terraza de la cafetería contra el agresor.

El individuo crea fronteras, las fronteras crean al individuo. Una empresa es una persona jurídica, un individuo. Un país, una ciudad, un grupo es un individuo... Reconozcamos que a menudo los conflictos crean fronteras.

Lo que también cabe observar en el testimonio de Jaime es la necesidad de que alguien declare en voz alta la ley: «No, no os equivocáis, esta escena es insoportable... Y no tengo miedo de enfrentarme al conflicto». El tercero parece necesario para estructurar el grupo, es un líder, un unificador, un pater... Por supuesto, el líder puede ser una mujer o un hombre.

Los políticos son quienes deberían encarnar la figura del tercero en el seno de la sociedad. Si son honestos, son estructurantes, en caso contrario serán desestructuradores.

Cuando un político realiza declaraciones racistas sobre los jóvenes: «Sois chusma...», es fácil imaginar la violencia que perciben los jóvenes. Pero ¿qué pasa con la violencia invisible que sufren los espectadores? Da vergüenza compartir la nacionalidad con personajes así. Otra cantidad de energía que tendremos que deslizar debajo de la alfombra y que pedirá, en un momento u otro, reaparecer...

Cualquier energía reprimida buscará expresarse y lo hará, ya sea por somatización (psicosomatización) o por conductas inapropiadas (psiconeurosis). Por eso nos ocuparemos, en otra parte de este libro, de la observación de la violencia invisible en el seno de la sociedad.

Si un tercero estructura un grupo, también estructura al niño durante su evolución y desarrollo. Hemos visto que dos fuerzas nos acompañan a lo largo de nuestra vida: una fuerza centrípeta que quisiera traernos de vuelta al estado de fusión de los primeros tiempos y una fuerza centrífuga que nos empuja hacia el exterior. El tercero declara la ley, nos saca de la fusión y la confusión y castra nuestras fantasías de omnipotencia.

—Ayer, el pequeño estaba de muy mal humor. Le pedí a su padre que se fuera a dormir al sofá y me traje al pequeño conmigo.

De hecho, no solo se trata de una fantasía de omnipotencia. Cuando uno de los padres le dice a su hijo que es maravilloso, que lo quiere más que nadie o se le permite ocupar el lugar del otro padre, el niño se siente todopoderoso en el discurso del padre, o sea en el hogar.

—Me pongo en contacto contigo porque me gustaría saber si mi hijo es un perverso. Es violento, no puede soportar que le digan que no y ahora me da miedo...

—¿Cuántos años tiene?

—Tiene catorce años, pero esto ha sucedido desde que tenía siete años.

—¿Dónde está el padre?

—Llevamos ocho años separados... Hace siete años se pelearon, desde entonces el padre ya no quiere ver a su hijo.

Si el niño se siente todopoderoso en el discurso de sus padres o en el hogar, la posición será rápidamente insostenible en el exterior. Si el niño piensa que es todopoderoso en el patio de la escuela, es probable que se encuentre frente a la voluntad de sus compañeros o maestros. Estos harán de terceros y lo obligarán a salir de su fantasía.