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La mejor guía posible para explorar la psicología de los perversos narcisistas. ¿Quiénes son? ¿Cómo actúan? ¿Cómo deshacerse de ellos? Más de 300.000 ejemplares vendidos en Francia. El perverso narcisista utiliza el vínculo familiar, profesional o sentimental para someter al otro. Necesita de esta proximidad para ejercer su influencia y no permite que su víctima se aleje de él. Es frío, no conoce la culpabilidad y no duda en culpabilizar a los demás. Puede ser celoso e infiel. No soporta ser blanco de las críticas, pero critica sin cesar. Para crecerse, se alimenta de la imagen de su víctima: cuanto más la menosprecia, más fuerte se siente. Si siente angustia, rápidamente hace experimentar al otro la misma emoción. A través de la descripción de estos mecanismos y muchos más, veremos cómo el perverso narcisista hace cargar a los demás con lo que deberían ser su rabia, sus miedos y su culpabilidad. Es decir, su propia locura. En este libro, best seller en Francia y en otros países, Jean-Charles Bouchoux analiza los orígenes de la perversión y ofrece pistas seguras para que las víctimas contrarresten las tentativas de control y manipulación de "sus" perversos. Jean-Charles Bouchoux, psicoanalista y psicoterapeuta, es una de las voces internacionales más reconocidas en el campo del tratamiento de la perversión narcisista.
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Seitenzahl: 233
Veröffentlichungsjahr: 2022
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JEAN-CHARLES BOUCHOUX
Jean-Charles Bouchoux es psicoanalista, psicoterapeuta y escritor. Desde hace más de diez años forma a otros terapeutas, psicoanalistas y públicos confrontados con la relación de ayuda. También supervisa distintas organizaciones sin ánimo de lucro, como asociaciones de ayuda y de gestión de tutelas, e imparte conferencias por toda Europa.
Además de Los perversos narcisistas, que lo ha consolidado como una de las voces internacionales más respetadas en el campo del tratamiento de la perversión narcisista, también ha publicado, entre otros libros, Por los caminos de Buda y Freud (Arpa, 2018).
LOS PERVERSOS NARCISISTAS
Título original: Les pervers narcissiques
© del texto: Jean-Charles Bouchoux, 2009
© de la traducción: Lídia Cuscó, 2016
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: septiembre de 2016
Quinta edición: julio de 2020
ISBN: 978-84-16601-48-6
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Quiénes son
Cómo actúan
Cómo deshacerse de ellos
Traducción y nota introductoria de Lídia Cuscó
A mis hijos, Jean-Baptiste, Alexandre y Édouard
A todos los seres sensibles, para que puedan encontrar los caminos de la felicidad y creer en la igualdad de todos los seres
A ti, evidentemente
¿Qué significa esta tristeza que embarga todo mi ser? No se me quita de la cabeza un cuento de un remoto ayer.
Refresca ya y oscurece, y sereno fluye el Rin. La cumbre del monte reluce con los últimos rayos del sol.
La más bella de las doncellas arriba en la peña se divisa. Sus doradas joyas refulgen cuando su pelo de oro alisa.
Se peina con peine dorado, cantando una bella canción que tiene una melodía extraña de un son estremecedor.
El navegante en su barquita, prendido de un violento pesar, no atiende ya a los peñascos: hacia arriba mira sin cesar.
Al fin las olas se tragan al barquero y su embarcación. Esto es lo que ha conseguido Loreley con su canción.
HEINRICH HEINE (1823)
Nota introductoria
Introducción: ¿Quién es el perverso narcisista?
Familiarizarse con los conceptos clave
PRIMERA PARTE: ANALIZAR LA PSICOLOGÍA DEL PERVERSO
La palabra: campo predilecto del perverso narcisista
Narciso frágil
El perverso: un niño en un cuerpo de adulto
El duelo imposible
SEGUNDA PARTE: CONOCER LAS ESTRATEGIAS DEL PERVERSO
Las estrategias del perverso
TERCERA PARTE: LIBRARSE DEL PERVERSO
Los efectos del perverso sobre la víctima
Resistirse al perverso narcisista
CUARTA PARTE: LLEGAR A COMPADECER AL PERVERSO
En los orígenes de la perversión
Los caminos de la compasión
El perverso y su víctima: el vals deletéreo
Conclusión
Caso práctico: Preguntas y respuestas en el caso de Vanesa
Anexo
A principios de verano de 2015 hice un viaje fugaz a Toulouse, en compañía de una buena amiga que quería asistir a un concierto.
Raquel, mi amiga, estaba intentando superar un estado depresivo tras haber vivido una relación muy tóxica.
Teníamos unas cuantas horas por delante antes del concierto y nos dedicamos a callejear por el centro de la ciudad. Al pasar frente a una gran librería, decidimos entrar. Allí, en medio de un montón de libros, hubo uno que me llamó la atención: Les Pervers Narcissiques, de Jean-Charles Bouchoux. Abrí una página al azar, leí una frase y le dije a Raquel: «Acabo de descubrir una pequeña joya».
Jean-Charles Bouchoux habla de los mecanismos perversos narcisistas como a mí me habría gustado hacerlo, con un lenguaje claro y conciso que permite que todo el mundo pueda llegar a comprender cómo funcionan estos mecanismos, y lo que es más importante, cómo podemos escapar de ellos. Su lectura me cautivó porque explica con palabras sencillas y asequibles conceptos complejos.
Quería que Raquel lo leyese, pero su nivel de francés no iba a permitirle una lectura cómoda. De regreso a Barcelona lo busqué en castellano, pero no existía. ¿Cómo? Un libro como este tenía que estar traducido, y no solo al castellano.
Me puse en contacto con el autor, quien me confirmó que su libro solo estaba publicado en francés. Le propuse traducirlo y me respondió: «Antes tendrías que encontrar a un editor». Y así empezó esta aventura…
Desde entonces, he tenido ocasión de asistir a algunos seminarios y conferencias de Jean-Charles Bouchoux. En ellos he sido testigo del enorme impacto y agradecimiento que ha recibido por parte de muchos asistentes: «Gracias por haberme abierto los ojos», «Gracias a usted, he podido salir del pozo», «Ahora entiendo por fin qué clase de relación estaba viviendo», «Su libro me ha salvado la vida», etcétera.
Desde el principio, este proyecto ha generado muchísimo entusiasmo entre todos los que estamos implicados en él. Sincronicidad y sinergia se combinan y se suceden.
Agradezco a Rocío Morilla y Elena Morilla su colaboración desinteresada en el proyecto, y a Rafael Casas su aportación.
Traducir Los perversos narcisistas y redactar esta nota para la edición española ha sido un gran honor para mí, y espero que pueda contribuir a difundir sus enseñanzas.
LÍDIA CUSCÓ
Barcelona, junio de 2016
Después de la primera edición de este libro, que tuvo un extraño éxito, recibí muchas reacciones en forma de testimonios y consultas. Por ese motivo he querido que, en ediciones posteriores, mi trabajo se completara con el relato de algunos de estos testimonios, que permitirán una mejor comprensión del tema.
El perverso narcisista estructural utiliza el vínculo familiar, profesional o amoroso para someter al otro. Necesita de esta proximidad para ejercer su influencia y no permite que su víctima se aleje de él. Es frío, no conoce la culpabilidad (porque proyecta sus afectos) y no duda en culpabilizar a los demás.
Los valores, los sentimientos y el comportamiento del perverso narcisista cambian en función de las personas y del contexto que le rodean. En apariencia es amable y puede fingir compasión y simpatía. Es seductor y, si es preciso, puede mostrarse muy servicial, sobre todo si eso le permite alcanzar sus objetivos, a menudo a costa de los demás. No tiene nunca en cuenta las necesidades ni los sentimientos de los otros, salvo para utilizarlos, manipular a su víctima, aislarla y conseguir que haga lo que él quiere. Es egocéntrico, y aunque también es mentiroso, exige en el otro la perfección y la verdad. Generalmente hábil con las palabras, utiliza el doble sentido para manipular y asumir el papel de víctima, para que le compadezcan o para incomodar al otro deliberadamente. A pesar de carecer a menudo de valores propios, utiliza la moral y los valores de los demás para alcanzar sus objetivos. Puede ofrecer razonamientos aparentemente muy lógicos para justificar sus actuaciones. Puede ser celoso e infiel. No soporta ser el blanco de las críticas, pero critica sin cesar. Para crecerse, se alimenta de la imagen de su víctima: cuanto más la menosprecia, más fuerte se siente. Si siente angustia, rápidamente hace experimentar al otro esta misma angustia. A través de los mecanismos que vamos a exponer, veremos cómo el perverso narcisista hace cargar a los demás con lo que deberían ser su rabia, sus miedos y su culpabilidad. O, dicho de otro modo, su locura.
Ahora bien, si el perverso narcisista con una estructura perfecta existe, debemos saber que todos estamos expuestos a utilizar, en ciertos momentos, mecanismos perversos narcisistas. Por esta razón, más que un ensayo sobre el perverso narcisista, este libro intenta trazar un mapa de los mecanismos y de los orígenes de la perversión mental, y esbozar el límite entre normalidad y perversión.
En este sentido, los personajes de don Juan y Casanova son paradigmáticos de lo difícil que resulta describir una personalidad con precisión: don Juan seduce a las mujeres y les propone citas a las cuales no se presenta, pero envía a su criado Sganarelle para comprobar que ellas sí acuden. Cuando es así, se siente satisfecho. En cambio, Casanova seduce a las mujeres, acude a la cita, «consuma» y desaparece. Tanto el uno como el otro se defienden de la angustia asociada a la idea que tienen de su poder.
Don Juan constata el poder de su imagen; Casanova se asegura de no estar castrado. Podríamos ver, pues, en Casanova a un perverso sexual; en don Juan a un perverso narcisista. Sin embargo, los dos huyen —después de haber seducido— porque en una relación amorosa se sentirían demasiado expuestos al peligro.
El perverso narcisista, tal como vamos a estudiarlo, seduce a su presa a la manera de don Juan, pero luego la retiene e intenta destruir su imagen. Se alimenta de ella y proyecta en ella su propia locura. Somete a su víctima y la empuja a la depresión, la violencia, la perversión, la locura, la enfermedad y, en los casos más extremos, a la muerte por suicidio o por accidente.
A lo largo de esta obra estudiaremos casos de personas reales que nos demostrarán que a veces es muy difícil hacer un diagnóstico preciso. Descubriremos el caso de Vanesa y veremos cómo, al igual que la Loreley del poema citado en el epígrafe de este libro, se convierte en una sirena seductora que se complace al ver a los marineros estrellarse contra sus arrecifes. El lector que lo desee podrá analizar este caso práctico y responder a unas cuantas preguntas que hemos agrupado al final del libro1. Veremos también el caso de Frank, que disfruta enormemente criticando a su mujer y despreciándola, tratándola de perversa para olvidar que él se sintió traicionado en su infancia. También el caso de Santiago, jefe de empresa, que se crece a costa de menospreciar a sus empleados. De igual modo analizaremos el caso de Andrea, que desarrolla mecanismos perversos narcisistas para salir de su caos y después, a diferencia del perverso estructuralmente perfecto, siente una angustia del abandono que le hace recaer. Su recorrido se completará con el largo testimonio de Juan, compañero de Andrea, que después de haber experimentado dos años de tormentosa relación con ella pondrá toda su vida en cuestión. En todos estos casos, los lectores serán testigos de cómo funcionan los mecanismos expuestos a lo largo de esta obra. Finalmente, veremos que los padres perversos no dudan en sacrificar la salud mental de sus hijos con el único fin de preservar su propio bienestar.
El psicoanalista francés Paul-Claude Racamier inventó el concepto de «perverso narcisista» en la década de 1950. En aquella época trabajaba con la psicosis2, concretamente con la esquizofrenia3. Para él, el esquizofrénico vive con horror sus conflictos internos y se apresura en proyectarlos en el otro. En su libro Le génie des origines (El genio de los orígenes) Racamier explica, acerca de los perversos: «Son infiltrados que aprovechan cualquier excusa para atacar el placer de pensar y la capacidad de crear; en el perverso narcisista predominan la necesidad, la capacidad y el placer de protegerse de los conflictos internos, y particularmente del duelo, haciéndose valer en detrimento de un objeto manipulado como una herramienta y un contrapunto».
Harold Searles, que estudia también la esquizofrenia, destaca la interacción de los procesos inconscientes entre el psicótico y su terapeuta. En su libro L’effort pour rendre l’autre fou (El esfuerzo por volver loco al otro), Searles nos dice: «Volver loco al otro forma parte del poder de cada uno: lograr que no pueda existir por sí mismo, ni pensar, ni sentir, ni desear acordándose de él mismo y de lo que le es propio». La perversión narcisista sería un medio para la persona de no llegar a delirar, para que sea otro el portador de su caos y no caer así en la psicosis.
Pero fue la francesa Marie-France Hirigoyen, médico psiquiatra y también psicoanalista, quien popularizó el término en su obra El acoso moral: el maltrato psicológico en la vida cotidiana. Define el acoso moral, mecanismo típico del perverso narcisista, como «cualquier conducta abusiva que se manifiesta particularmente en comportamientos, palabras, actos, gestos, escritos, que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psicológica de una persona, poniendo en peligro su trabajo o degradando su ambiente social».
El término «perverso» ha formado siempre parte del lenguaje corriente. Si un jefe de departamento hace un comentario peyorativo, es un perverso. Una persona seductora es a menudo tachada de perversa. Si un problema nos resulta molesto, lo tachamos de elemento perverso.
Abordé el tema del perverso durante uno de mis seminarios de formación. Cuando pedí a los asistentes que dijeran la primera palabra que les venía a la cabeza, me propusieron «vicioso», «corrupto», «inmoral», «malo», «rebelde», «libidinoso», «libertino», «obsceno», «malvado»... Cada uno tenía su propia definición del perverso. Antes de avanzar y abordar distintos conceptos sobre las perversiones, y concretamente la perversión narcisista, conviene definir su significado correctamente.
En psicopatología, un término puede ser utilizado en un sentido muy diferente al que tiene en el lenguaje coloquial. Por ejemplo, la «melancolía», palabra que nos parece romántica cuando la utiliza un poeta, en psicopatología describe una enfermedad grave. Lo veremos más adelante. El término «perverso» tiene una connotación moral, aunque por sí sola la moral no basta para definirlo.
A continuación explico cómo está estructurado el libro, y por qué me pareció conveniente estructurarlo así.
Primero, definimos la palabra perverso, así como unos cuantos términos de psicología que nos serán muy útiles a lo largo de todo el libro.
A continuación, estudiaremos la psicología del perverso narcisista (Primera parte), así como sus estrategias (Segunda parte).
Después trataremos de averiguar cómo escapar de la perversión narcisista, cómo deshacerse del perverso (Tercera parte). El perverso utiliza maniobras particulares, como la de aferrarse a su víctima. No le permite huir, se le «engancha» y luego la arrastra hacia un entorno nocivo. Exponer los conceptos que nos van a permitir abordar este mecanismo específico nos ayudará a entender mejor lo importante que es para la víctima poner distancia de inmediato, antes de intentar cualquier otra cosa para escapar de la perversión. Intentaremos prever de antemano las réplicas del perverso y sus intentos de «volver a engancharse». Si estamos prevenidos frente a sus reacciones —ya se sabe que hombre prevenido, vale por dos— no nos sorprenderá ver al perverso resistirse, intentando seducir de nuevo, amenazar o culpabilizar.
Por último, hablaremos de los orígenes de las perversiones y estudiaremos cómo llegar a compadecer al perverso (Cuarta parte). ¿Por qué tratar estos temas después de haber desmontado sus mecanismos? Porque veremos que en el proceso del duelo, que generalmente es un recorrido que deberá hacer la víctima, son necesarias varias etapas. El perdón es fundamental cuando acompaña los recorridos de la resiliencia, pero si ocurre demasiado pronto puede transformarse en negación e impedir el trabajo necesario.
Cuando Juan, el compañero de Andrea, consiguió por fin separarse de ella, me dijo: «Primero tengo que expulsar el veneno. A partir de ahí podré curarme y reconstruirme. Solo entonces intentaré comprender, y luego perdonar. Espero volver a encontrar los caminos de la compasión y volver a ser como era antes». Este es, precisamente, el camino que trataremos de hacer juntos.
En el trabajo de acompañamiento de las víctimas de un perverso es muy importante proceder con orden. Podríamos plantearnos proponerle a la víctima que se cuestionase a sí misma e intentara averiguar por qué ha permitido lo que le ha ocurrido, o por qué se ha encontrado con esta clase de persona. Sabemos que el perverso acaba de pasar mucho tiempo exigiendo a su pareja que cargue con su culpabilidad. Nos podemos imaginar que, al salir de esta experiencia, a la víctima le costará mucho cuestionarse a sí misma. Pedirle que lo haga supondría añadirle una carga suplementaria y el riesgo de hacerla sufrir todavía más: la víctima ha sufrido ataques que han dañado severamente la imagen que tiene de sí misma. Cuestionarse a sí misma podrá formar parte del recorrido, pero este paso no deberá darse hasta después de haber hecho un largo trabajo, parecido al del duelo, seguido de una reconstrucción y de una reapropiación de su identidad.
___________
1 El lector hallará preguntas sobre este caso práctico a lo largo del libro. Al final de la obra se proponen respuestas no exhaustivas.
2Psicosis: Trastorno mental grave, con alteración del sentido de la realidad. El mundo interno del individuo y el externo pueden confundirse.
3Esquizofrenia: Grave alteración de la noción de la realidad, en la que el individuo deja de tener claro dónde están los límites entre su mundo interno y el mundo externo. Los principales síntomas son los delirios y las alucinaciones auditivas.
¿De qué tratan el psicoanálisis y, de forma más general, las ciencias humanas, si no de los orígenes y los desplazamientos de las distintas energías presentes en el cuerpo humano y de los conflictos que surgen cuando se enfrentan unas a otras?
Estas energías pueden manifestarse en forma de pensamientos, deseos o aversiones. Dos deseos con sentido opuesto pueden generar conflictos (por ejemplo, el hambre y las ganas de adelgazar, o el encuentro con alguien a quien preferiríamos evitar). Cuando el conflicto es externo, nos alcanza rápidamente. Si es interno, también puede estar dirigido o proyectado rápidamente hacia los demás (por ejemplo, a veces puede resultar muy tentador compartir nuestro mal humor con los demás).
El psicoanálisis hace un estudio de las energías psíquicas. Freud explicó el aparato psíquico mediante lo que se conoce como las tópicas, una especie de modelo «cartográfico» del psiquismo. A través de la dinámica de las energías psíquicas, intentamos comprender la calidad, la cantidad y los diferentes desplazamientos de estas energías. Con el estudio de los mecanismos psíquicos, veremos cómo se gestiona esta energía y podremos distinguir los mecanismos que son apropiados de los que son patológicos y los que son perversos.
Para comprender qué es la perversión, abordaremos en primer lugar la noción de pulsión. Si admitimos normalmente la existencia de una energía física, podemos, de la misma manera, aislar una energía psíquica. La pulsión está precisamente constituida por esta energía psíquica. Es una excitación interna, una «carga energética que hace que el organismo tienda hacia un objetivo».1 Cuando tenemos que cargar un peso, nuestro músculo produce una energía que vamos a invertir en el esfuerzo. De la misma manera, un pensamiento, un deseo o una aversión formulados para responder a una necesidad producirán una energía psíquica que será necesario gastar. Cualquier necesidad o cualquier producción mental crean una tensión en el cuerpo. Con el pasaje al acto hacia un objetivo y hacia un objeto designado por el psiquismo, encontraremos de nuevo un estado sin tensión.
Pero no todos los pensamientos, deseos y aversiones tienen el mismo «peso». Algunos de nuestros pensamientos pesan más que otros. Además, existe una interdependencia entre la energía física y la energía psíquica: el exceso de preocupaciones nos deja agotados, nos vacía de la energía física que tenemos disponible.
Feliz y fuerte
Durante un taller, un conferenciante hace subir a una persona al estrado. Como experimento le pide que tienda el brazo y que resista a la presión que aplica sobre su puño para conseguir hacerle bajar el brazo, como si le echara un pulso. El conferenciante le pide después que piense en algo alegre, en un buen recuerdo. Ahora resultará muy difícil doblarle el brazo. Después, el conferenciante le pide que piense en algo triste que le haya ocurrido. La persona es incapaz de resistir la presión sobre su brazo.
Este experimento demuestra muy bien la interacción entre las energías psíquica y física.
Cualquier deseo, pensamiento o aversión provocan un estado de tensión en nuestro cuerpo.
Sin embargo, el organismo puede soportar la presión hasta cierto punto; tiende a disminuirla de forma natural porque un estado de tensión demasiado intenso conduce al sufrimiento y pone en peligro el organismo, tanto desde el punto de vista físico como psíquico. ¿Cómo se ponen de acuerdo nuestro cuerpo y nuestra psique para evacuar estas pulsiones? ¿Cómo se pasa de la necesidad al deseo, y cómo se descarga nuestro excedente de energía? ¿Cómo se desenvuelve la persona sana y cómo lo hace el perverso?
La pulsión se organiza según tres polos: su origen, su objetivo y su objeto. El origen es el lugar donde surge la necesidad. Son los fundamentos de nuestro cuerpo. El objetivo está elaborado por el psiquismo en respuesta a la demanda fisiológica. El objeto es la cosa gracias a la cual podremos saciar nuestra necesidad.
Por ejemplo, si tenemos hambre, nuestro cuerpo se pone en tensión y envía una señal; entonces nuestro psiquismo elabora un deseo: «Me apetece un pastel». Con el pasaje al acto hacia el objeto designado (el pastel) alcanzaremos un estado de saciedad y calmaremos las tensiones. Para responder a una misma necesidad, cada uno puede elaborar un deseo distinto: necesidad de dulce, de salado, de hacer dieta, etcétera. Pero es el organismo el que impone al psiquismo elaborar un deseo.
El ejemplo antes citado se apoya en una pulsión de autoconservación, es decir, en un impulso irreprimible de conservación de la vida (beber, comer, dormir). Freud identifica tres clases de pulsiones: las pulsiones de autoconservación, las pulsiones sexuales (libido) y las pulsiones de muerte (auto o heterodestructivas). Cada una de estas pulsiones busca ser saciada, porque el organismo tiende de forma natural a calmar las tensiones.
Como ya hemos visto, todo deseo, toda aversión, toda producción mental crea tensiones. El organismo puede tolerar solo cierto nivel de tensión. Nuestra capacidad de tolerancia a la frustración depende de nuestra estructura psíquica y del estado de tensión preexistente. Cuanto más maduros somos, mejor soportamos cierto estado de tensión. Cuanto más relajados estamos, mejor podemos acoger una nueva necesidad o una nueva frustración.
La base del siguiente diagrama representa un estado de tensión psicocorporal baja. Este estado de relajación podría corresponder, por ejemplo, al que sentimos cuando estamos de vacaciones junto al mar.
El nivel superior del esquema representa el umbral de tolerancia a la presión, que también podríamos llamar umbral de sufrimiento. No olvidemos que ciertas tensiones son el resultado de deseos inconscientes que a menudo remontan a la primera infancia.
Para comprender mejor este diagrama, imaginemos a una persona que está de vacaciones. Cuando se dispone a subir a su coche, se da cuenta que tiene un neumático pinchado. No es grave. Cambia la rueda y por la noche cuenta el incidente entre risas, mientras toma una copa con sus amigos. Imaginemos ahora que a esta misma persona la despiden de su trabajo y, el mismo día, la abandona su pareja. Es probable que caiga en un estado de tensión muy intenso. Justo después de recibir ambas noticias, llega a su coche y descubre que el neumático está pinchado. Entonces, comprensiblemente, sufre un ataque de nervios. Si un tercero presencia la escena, no comprenderá que reaccione así por tan poco (lo que, por otra parte, demuestra a la perfección lo difícil que es juzgar lo que experimentan los demás).
Otro ejemplo es el de ciertas personas a las que llamamos clinomaníacas. Pasan todo su tiempo en la cama. Se encuentran en un estado de tensión interior tal que cualquier acción, cualquier deseo, puede abocarlas al sufrimiento. El neurasténico, como la persona clinomaníaca, evita actuar. Parece que lo hayan despojado de toda la energía. En realidad, sus energías están actuando en su inconsciente para retener los deseos que allí habitan y que chocan con sus valores morales. Su nivel de tensión es tan elevado que el mínimo deseo, la menor contrariedad, puede hacerle cruzar el umbral de tolerancia y abocarlo al sufrimiento. Como veremos más adelante, a través de mecanismos que le son propios, el perverso carga sus defectos en el otro y evita así el sufrimiento.
Se han hecho experimentos con ratones a los que se aplica una descarga eléctrica. Evidentemente, cada descarga intensifica su nivel de tensión, hasta que ésta les resulta insoportable. Si en la jaula hay varios ratones, se vuelven agresivos entre ellos: cada ataque les permite descargar una parte de la tensión. Si el ratón está solo en la jaula, acabará por automutilarse royéndose la pata.
Así pues, ¿conducen los deseos al sufrimiento? Aunque todo deseo o aversión es susceptible de aumentar nuestra tensión interna, también es cierto que cuando el deseo es consciente y realista, no nos provocará una tensión que seamos incapaces de soportar.
Cuando un bebé tiene una necesidad, exige satisfacción instantánea. Si no obtiene una respuesta inmediata, grita y proyecta su rabia. En caso de frustración, la psicoanalista inglesa Melanie Klein habla de odio del bebé hacia su objeto de amor (el pecho); objeto gracias al cual el niño sacia su necesidad, pero cuya ausencia momentánea es generadora de tensiones internas. Más adelante, el niño pequeño al que no se le da su objeto de deseo, patalea y llora. El niño no alcanza el período llamado de latencia hasta los seis o siete años, cuando aprende a posponer sus deseos.
Sin embargo, nuestra psique se ha estructurado durante nuestra primera infancia. Freud explica que todo se decide antes de los seis años, que «el niño es el padre del hombre». Todo deseo no reconocido, o no satisfecho, nos lleva a un conflicto interno y hace surgir las correspondientes tensiones.
La mayoría de nosotros hemos aprendido a gestionar estas apetencias y estas aversiones, a arreglárnoslas con lo que tenemos o a posponer nuestras necesidades. Para gestionar nuestras pulsiones inconscientes, a menudo recurriremos a mecanismos inconscientes, los mecanismos de defensa del yo.
Pero hay personas que no soportan sus conflictos internos y se apresuran a expulsarlos en forma de delirios, proyecciones o de pasaje al acto. Los perversos forman parte de este grupo: estudiaremos los mecanismos de defensa particulares con los que estas personas logran proyectar sus pulsiones en el otro, para así liberarse de ellas a expensas de los demás.
El término perversión3 proviene del latín per vertare y significa invertir, cambiar el sentido. Puede haber perversión cuando se cambia el objetivo o el objeto «normal» de una pulsión. Hablaremos pues de perversión del objetivo o del objeto.
Por ejemplo, para entender la noción de perversión sexual, tenemos que definir antes el objetivo y el objeto de una relación amorosa. Algunas religiones exigen que una relación sexual tenga como único objetivo la procreación en el seno de los sagrados lazos del matrimonio. Desde este punto de vista, cualquier relación amorosa que no persiga este objetivo, o que se consume fuera del matrimonio, resulta perversa. Vemos como la moral y la norma no son suficientes para definir la perversión y que por lo tanto conviene que cada uno explore sus límites.
Si conservamos como definición de relación sexual «la búsqueda de placer entre dos adultos consentidores», hay perversión siempre que el objetivo sea distinto a la búsqueda de placer compartido (sufrimiento, dominación, sumisión, etcétera), y hay perversión del objeto cuando se trata de un adulto que no da su consentimiento.
Según la tópica freudiana4, los mecanismos de defensa son una parte del yo, más concretamente la parte inconsciente del yo. El neurótico reprime sus pulsiones fuera del campo de la consciencia, las «olvida», porque de no hacerlo entraría en conflicto con sus valores morales. Estas pulsiones quedan reprimidas en la parte inconsciente del psiquismo. Pero las pulsiones amenazan con infiltrarse de nuevo en la consciencia. Los mecanismos de defensa pueden permitir la gestión inconsciente de las pulsiones, despejarlas sin tener que recurrir al objetivo inicial.
Aprender a dominar las propias pulsiones
Durante una pelea conyugal violenta, en lugar de reprimir la agresividad, se pueden romper platos en lugar de pegar a la pareja. El objeto pareja es sustituido por el objeto plato: utilizamos entonces el mecanismo de defensa llamado sustitución. Podemos también cambiar el objetivo y el objeto de nuestra violencia; entonces, utilizamos el mecanismo de defensa llamado desplazamiento.
Podemos desmontar el aparato electrodoméstico que se ha estropeado, cambiar las piezas defectuosas y repararlo; o bien hacer la limpieza, pelearnos con el polvo y tirar los objetos que nos parecen inútiles. El objetivo y el objeto son entonces intercambiables. Lo que cuenta es liberar energía sin recurrir al objetivo inicial, y no entrar en conflicto con nuestros valores morales inconscientes.
