Las cuatro emociones básicas - Marcelo Antoni - E-Book

Las cuatro emociones básicas E-Book

Marcelo Antoni

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Beschreibung

Miedo, rabia, alegría, tristeza: cuatro emociones básicas, que son vivencias comunes a todas las personas, de cualquier época y cultura y que desempeñan un papel fundamental en el desarrollo psíquico del individuo y de la especie humana en general. Las emociones son información, un aviso y una guía al servicio de la conservación, la relación y la socialización del individuo. Este libro es el fruto de un diálogo -que duró dos años- entre Marcelo Antoni y Jorge Zentner. Tales encuentros generaron un espacio en el que Antoni pudo compartir libremente su sólida experiencia como terapeuta, para que Zentner la llevara a la escritura, sin perder el espíritu y la energía de la conversación. Ese conocimiento del sentido y la función de las cuatro emociones básicas se despliega de manera natural y fluida en un texto que se abre asimismo a otros temas transversales, e invita al lector a recorrerlo con la misma libertad. "Hagamos un libro de divulgación, para un público muy amplio. Un libro que sea accesible a cualquier persona que tenga curiosidad e interés por lo que siente, por lo que vive. […] Si logramos que este libro aporte algo a la toma de conciencia de las emociones que se experimentan y al tipo de gestión que cada uno hace de ellas, cumpliremos el objetivo." (Marcelo Antoni)

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Seitenzahl: 277

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Marcelo Antoni - Jorge Zentner

Las cuatro emociones básicas

Herder

Diseño de la cubierta: Ana Yael Zareceansky

Maquetación digital: produccioneditorial.com

© 2013, Marcelo Antoni, Jorge Zentner

© 2014, Herder Editorial, S.L., Barcelona

1a edición digital, 2014

Depósito legal: B-22393-2014

ISBN: 978-84-254-3125-8

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

www.herdereditorial.com

Para mi mujer, Cele; mi hija, Tatiana; y mis antepasados

MARCELO ANTONI

Para Anik Senka Billard

Jorge Zentner

Índice

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Agradecimiento

Prólogo

CAPÍTULO I. ¿Qué es una emoción?

LA IMPORTANCIA DE LO EMOCIONAL

DIMENSIÓN SOCIAL DE LA EMOCIÓN

EMOCIÓN Y LENGUAJE

CUATRO EMOCIONES, TRES NIVELES

EMOCIÓN Y ORIENTACIÓN

EMOCIÓN Y SENTIMIENTO

EMOCIONES Y PODER

LOS TRES CEREBROS

LO NEURÓTICO Y LO NO NEURÓTICO

CAPÍTULO II. Etapas del desarrollo

AMOR Y DESARROLLO

TERNURA… SENSUALIDAD… SEXUALIDAD…

LA GESTIÓN DE NECESIDADES

EDIPO

LA VIVENCIA DE COMPLETITUD

EL NACIMIENTO, ANTES Y DESPUÉS

CAPÍTULO III. Fijación emocional

FIJACIÓN Y TRÁNSITO

FIJACIÓN Y NEUROSIS

FIJACIÓN Y CUERPO

FIJACIÓN E IDENTIFICACIÓN

FIJACIÓN Y REGRESIÓN

FIJACIÓN Y TRAUMA

INTEGRACIÓN E INTERACCIÓN

LO INNOMBRABLE

TIPOS DE FIJACIÓN

FIJACIÓN Y JUICIO

PROTEGER, DAR, RECIBIR

FIJACIÓN Y PUNTO DE VISTA

LA EMOCIÓN NEGADA

FIJACIÓN O ESPONTANEIDAD

CAPÍTULO IV. Dinámica y tránsito emocional

DUALIDAD Y POLARIDAD

POLARIDADES EN LA DIMENSIÓN SOCIAL

LA VISIÓN SISTÉMICA

CONSTELACIONES

DINÁMICA EMOCIONAL

EMOCIONES A PARES

CIELO, INFIERNO, PURGATORIO Y LIMBO

EMOCIÓN Y TIEMPO

CAPÍTULO V. La emoción es energía

INTERIORIDAD, DESPLAZAMIENTOS DE ENERGÍA Y EJES CORPORALES

EXPRESIÓN

AGUANTAR, SOLTAR, SOSTENER

FIJACIÓN

CAPÍTULO VI. Emociones y vínculos

IMPULSO Y «TENGO QUE»

INDIVIDUACIÓN Y PERTENENCIA

VÍNCULO Y MIEDO

VÍNCULO Y DAÑO

APRENDIZAJE VINCULAR

TRANSFORMACIÓN DEL VÍNCULO

VÍNCULO Y ALEGRÍA

TERNURA, CURIOSIDAD Y EROTISMO COMO ELEMENTOS VINCULANTES

EL VÍNCULO AMOROSO

OTRAS EMOCIONES VINCULANTES

CAPÍTULO VII. Alegría

ALEGRÍA/TRISTEZA - EUFORIA/AISLAMIENTO

FIJACIÓN

EROTISMO, TERNURA, CURIOSIDAD

GESTIÓN

AGUANTAR, SOLTAR, SOSTENER LA ALEGRÍA

CAPÍTULO VIII. Miedo

NI BUENO NI MALO

MIEDO Y TIEMPO

MIEDO EN EL CUERPO

MIEDO AL ERROR

MIEDO Y CUIDADO

MIEDO Y EXCESO

TEMERIDAD

MIEDO Y VALORACIÓN

VIDA Y RIESGO

HORROR Y TERROR

EL MIEDO COMO ANESTESIA

GESTIÓN DEL MIEDO

LO DESCONOCIDO

EL FANTASMA

LA FIJACIÓN DE LOS MIEDOS

CAPÍTULO IX. Rabia y molestia

HERIDA Y ABSOLUTO

MOLESTIA «BARATA»

IMAGINACIÓN Y FRUSTRACIÓN

NI BUENA NI MALA

MOLESTIA Y GESTIÓN DEL SUFRIMIENTO

LA EMOCIÓN QUE MOLESTA

ESPEJO

CAPÍTULO X. Tristeza

FUNCIONES DE LA TRISTEZA

TRISTEZA Y CREENCIA

MELANCOLÍA Y RESENTIMIENTO

TRISTEZA COTIDIANA

TRÁNSITO O AISLAMIENTO

LA SERENIDAD

TRISTEZA Y ACTIVIDAD

CAPÍTULO XI. Culpa

UN ESPACIO PARA LA CULPA

LA FORMA NO NEURÓTICA

LO ABSOLUTO Y LO RELATIVO

LA FORMA NEURÓTICA

CAPÍTULO XII. Vergüenza

INDIVIDUACIÓN Y PERTENENCIA

SENTIRSE DIGNO, SENTIRSE «SER»

Por cualquier cosa

VERGÜENZA E INDIVIDUACIÓN

DIFERENCIACIÓN GENERACIONAL

FUNCIÓN DE LA VERGÜENZA

Epílogo

Información adicional

Agradecimiento

A mi mujer, Cele; a mi hija, Tatiana; a mis padres, mi hermano Pepe y mis antepasados; a mi familia política por su amor; a mis maestros, pacientes, alumnos, colegas, compañeros y compañeras de viaje, expareja, amores, amigos, amigas y familiares, y a todas las personas que en mi largo camino me permitieron y permiten hacer conscientes las emociones.

MARCELO ANTONI

Prólogo

Jorge Zentner

¿Qué dos emociones sentí cuando Marcelo Antoni me propuso trabajar juntos en un libro sobre las cuatro emociones básicas? (Como veremos, las emociones siempre aparecen a pares y en ellas es posible diferenciar tres niveles).

En primer lugar, sentí alegría.

Nivel corporal de mi alegría: un «subidón» de calor en el pecho y en las sienes, y el impulso de compartirlo con las personas de mi entorno afectivo.

Nivel emocional: curiosidad y profundo agradecimiento.

Nivel cognitivo («¿qué me dije?»): «Es para mí una oportunidad extraordinaria».

Me encontraba, sí, ante una gran oportunidad, porque la realización del libro abría un nuevo rumbo en la relación con Marcelo, que a lo largo de seis años se había desarrollado en el marco de un proceso terapéutico en el que yo era su paciente. Por otra parte, su ofrecimiento me brindaba la posibilidad de explorar, sin reservas, el sustrato teórico de la vasta experiencia de Marcelo en la práctica psicoterapéutica; me disponía, sin duda, a vivir una «formación personalizada intensiva». Por último, su propuesta me permitía de­senterrar mis viejos oficios de periodista y escritor, para hacerlos respirar, latir nuevamente junto a mi actual profesión de terapeuta.

Debo añadir que el ya mencionado sentimiento de profundo agradecimiento me ha acompañado durante toda la realización de este trabajo y permanece intacto ahora, cuando el libro ha llegado a su fin.

La otra emoción que sentí fue miedo.

Nivel corporal: enfriamiento, contracción muscular, leve rigidez o tensión en la parte posterior del cuello y en la espalda.

Nivel emocional: se hizo patente con cierta inseguridad sobre mi capacidad para desarrollar la tarea; dudas de mí mismo.

Nivel cognitivo («¿qué me dije?»): «¡En qué lío me estoy metiendo! ¡¿De dónde sacaré tiempo para hacerlo…?!».

Tras aceptar la invitación pasé a reflexionar sobre la forma que debía adoptar la obra que deseábamos emprender. Comprendí que se trataba de generar un espacio en el cual la voz de Marcelo pudiera desplegarse sin trabas. En el texto que iba a escribir tenía que dominar la primera persona del singular, el tono de Marcelo, su energía. De ser posible… incluso su respiración. Lo más adecuado, pues, era abordar el trabajo como si se tratara de una larga entrevista en la que yo desempeñaría la función de —en palabras de Marcelo— terapeuta-editor, o traductor-terapeuta.

Así, a lo largo de más de dos años, hemos abordado la nada fácil tarea de buscar huecos en nuestras agendas; de esos encuentros surgieron incontables horas de conversación frente a una grabadora. La colaboración de Daniela Yacub para transcribir estos diálogos ha sido inestimable, tanto por la eficiencia de su tarea como por la diligencia con que la realizó. Mi agradecimiento la incluye.

Ya en aquella primera charla telefónica, Marcelo afirmó que no era su intención hacer aportaciones novedosas o revolucionarias al tema de las emociones. Solo deseaba reunir y dar forma al abundante material recogido por él en varias décadas de trabajo, y que ya venía transmitiendo a través de talleres, seminarios y cursos formativos:

Hagamos un libro de divulgación, para un público muy amplio. Un libro que sea accesible a cualquier persona que tenga curiosidad e interés por lo que siente, por lo que vive. No nos dirijamos solo a individuos especializados, que estén en terapia o vivan algún proceso de autoconocimiento. Si logramos que este libro aporte algo a la toma de conciencia de las emociones que se experimentan y al tipo de gestión que cada uno hace de ellas, cumpliremos el objetivo.

Aclaró también que, por la misma razón, no se trataba de realizar un texto de perfil académico, con el habitual y riguroso cuerpo de referencias bibliográficas.

En distintos momentos me apoyaré en aportes de diversos autores —Humberto Maturana, Freud, Jung, Wilhem Reich, Lacan…—, pero no serán palabras exactas, extraídas de tal o cual libro. Yo manifestaré lo que libremente interpreto de sus obras. Será más lo que yo entiendo que lo que ellos dicen. No sé de manera exacta en qué medida seré fiel al pensamiento de estos u otros autores; serán solo referencias, nunca citas literales.

Esas fueron, pues, las premisas con las que emprendimos el trabajo.

El material que ofrecemos ahora representa más o menos un tercio de lo que quedó grabado durante nuestros encuentros. Y es que muchas frases o preguntas han dado lugar a largos intercambios de gran interés, sin duda, para dos psicoterapeutas, pero que exceden el marco que nos habíamos fijado. Lo mismo puede decirse de las diversas prácticas de meditación, visualización, respiración o trabajo corporal que hemos realizado al hilo de lo que la conversación hacía surgir. Experiencias, en fin, que han formado parte de la «cocina» de esta obra, cuya realización ha sido para ambos un auténtico «trabajo práctico» sobre las cuatro emociones básicas. Al escribir el libro —al ir descubriéndolo y desarrollándolo— hemos realizado permanentemente un ejercicio que consiste en: reconocer momento a momento lo que íbamos sintiendo, y gestionar de la manera más eficaz posible —con los límites propios de cada uno— eso que sentíamos.

¿Qué dos emociones siento ahora, cuando el libro ya está terminado?

En primer lugar, alegría.

Nivel corporal: un suave calor en el pecho, una sensación de dulce dilatación en el plexo y el impulso de compartir esto con las personas de mi entorno afectivo.

Nivel emocional: curiosidad por el eco que este trabajo pueda tener en los lectores, y el profundo agradecimiento a Marcelo.

Nivel cognitivo («¿qué me digo?»): «¡Ah… final de un largo viaje! ¡Valió la pena!».

La otra emoción que siento es tristeza.

Nivel corporal: cierto estado de «blandura» interna y un vacío gris en las tripas.

Nivel emocional: soledad… un poco de desorientación; sentimiento de pérdida.

Nivel cognitivo («¿qué me digo?»): «Se acabó… ¿Y ahora qué…?».

Barcelona, 1 de enero de 2012

Capítulo I

¿Qué es una emoción?

Miedo, rabia, alegría, tristeza.Estas son las cuatro emociones que consideramos básicas, por tratarse de vivencias internas comunes a personas de muy distintas épocas, lugares y culturas, pero también —y especialmente— porque desempeñan un papel protagónico en el desarrollo psíquico de todo individuo y de la especie humana en general.

¿Qué es una emoción?

En principio, una emoción es información. Información «íntima», podríamos decir, un aviso respecto a qué me está pasando en este momento; un toque de atención que sitúa a cada uno en el presente, pues —como acabamos de señalar— está referida a lo que vivimos y sentimos ahora, en este instante concreto.

La emoción es, en consecuencia, lo que nos indica el ahora del tantas veces mencionado «aquí y ahora» (el aquí es el cuerpo).

Es un avisoprimario con importantísimas funciones en la conservación, la relación y la socialización del individuo.Una información que también recibimos internamente, desde nosotros mismos.

Por ejemplo, si vemos a una persona con rabia, miedo, alegría o tristeza, tenemos una información, en el presente, acerca de cómo está esa persona. Puede que sepamos o que ignoremos la razón por la cual ese individuo está así, pero en todo caso captamos su estado. Al mismo tiempo, percibimos lo propio ante eso: ¿qué me producea mí, cómo me deja el hecho de encontrarme frente a esta persona en las presentes circunstancias?

Constantemente nos estamos percibiendo los unos a los otros. Puede que incluso interpretemos de manera errónea lo que el otro esté sintiendo. Pero más allá de ese acierto o error de lectura, es como si poseyéramos un código de especie que nos hace percibirnos: las emociones siempre están presentes en las interacciones.

Con nuestros órganos de los sentidos vemos, tocamos, oímos y olemos a la otra persona. Pero, además —en tanto que individuos humanos—, sentimos,captamos en qué emoción está el otro, y en qué emoción estamos nosotros mismos en ese momento.

Yo estoy en una emoción, y la otra persona está en una emoción: pueden ser emociones generadas por nuestra mutua presencia —nuestro encuentro, nuestro contacto—, o por otras que vienen de una interacción previa, de otra situación.

La emoción —en suma— es una guía de cómo estoy.

Una guía u orientación relativa a la autoconservación, a la reproducción y a la relación. Y también acerca de cómo está el otro.

A veces —como se decía— no sabemos descodificar correctamente esas informaciones; tampoco en esto somos perfectos o infalibles. Pero también es cierto que a lo largo de la vida vamos aprendiendo a descodificarlas, a darnos cuenta de lo que las emociones son y significan. En este aspecto, al igual que en muchos otros, transitamos por un proceso de aprendizaje en el que, de manera inevitable, pasamos más de una vez por el error.

Digamos, por último —y no porque sea lo menos importante—, que toda emoción es energía.

El miedo, la rabia, la alegría y la tristeza son cuatro calidades diferentes de energía, todas ellas perfectamente reconocibles en el cuerpo, y que poseen funciones distintas, específicas. Desde una perspectiva psicoterapéutica, el energético es casi con seguridad uno de los aspectos más relevantes de las cuatro emociones básicas: merecerá, por ello, una especial atención en este trabajo.

LA IMPORTANCIA DE LO EMOCIONAL

¿Por qué es importante trabajar en psicoterapia en las cuatro emociones básicas? ¿Por qué existe tanta bibliografía sobre ellas y se realizan incontables talleres que las tienen como objeto de estudio y experimentación?

¿Por qué convertirlas ahora en el eje de este libro?

Se responderá a esas preguntas desde el marco teórico y la experiencia clínica de la psicoterapia Gestalt. Se parte, pues, de considerar que la terapia Gestalt es, por un lado, una terapia del darse cuenta, y, por otro, una terapia del contacto.

Darse cuenta es reconocer —o tomar conciencia— de que existe una determinada emoción dentro de nuestro registro corporal y cognitivo del momento. Esa emoción nos lleva a contactar con nosotros mismos (interioridad) y a gestionar la interacción con el otro (exterioridad).

La emoción, pues, nos permite reconocer que existen, de forma bien diferenciada, una interioridad (también se podría decir un mundo interno) y una exterioridad (un mundo externo). Esto resulta capital, ya que precisamente a través del contacto consigo mismo y con el otro, el ser humano —que no es del todo autosuficiente ni tampoco del todo dependiente— se va desarrollando en cuanto individuo.

DIMENSIÓN SOCIAL DE LA EMOCIÓN

En nuestra condición de organismos vivos, las personas vamos experimentando desequilibrios que determinan necesidades. La sed —por ejemplo— es señal de un desequilibrio, y determina la necesidad de hidratarse, de beber agua.

También la necesidad del otro —ejemplo en un orden bien diferente— viene determinada por un desequilibrio, y nos llevará a buscar la interacción con él.

Así como en nuestro desarrollo individual tendremos que aprender a gestionar la necesidad de nutrirnos, también tendremos que aprender a gestionar nuestra necesidad de establecer contacto con el otro.

Primero, habremos de reconocer esa necesidad en nosotros mismos, en nuestro mundo interno.

Después, tendremos que ver cómo la gestionamos externamente, en la interacción.

Estas dinámicas —interna y externa— representan la base del desarrollo psíquico de una persona.

Reconocer las dinámicas interna y externa de lo que «yo siento» (cómo lo siento; quéme digo ante lo que siento; y qué hago —qué acción emprendo o dejo de emprender— a partir de eso) implica una ampliación de la conciencia.

Tal expansión de conciencia permite dos cosas:

reconocer las actitudes propias, incluidas aquellas que nos hacen sufrir; ver cómo, de qué manera, podemos equilibrarlas.

Observando las emociones desde esta perspectiva, comprobaremos hasta qué punto resulta acertada la afirmación de Jung: «El psiquismo es social, la conciencia es individual».

Las emociones siempre están relacionadas con algo o con alguien, ya sea algo interno o externo. Ese algo interno y ese algo externo nos dan la dimensión sistémica —que en los últimos cincuenta años se ha incorporado a la visión del psiquismo, y sobre lo que volveremos seguramente varias veces.

La conciencia individual —podríamos añadir, por tanto— está a su vez inserta en un sistema de conciencias.

Como hemos dicho, las emociones nos permiten tomar conciencia, darnos cuenta: el ser humano —que ya nació social— no es una máquina fotográfica que va grabando cosas, como ideas o figuras. Son las emociones las que permiten reconocer —desde una conciencia individual— cómo cada individuo se dice las cosas y cómo tiene conciencia de su ser social, de su existencia con los otros.

Todos hemos nacido en un sistema, con independencia de que sea un orfanato o una familia; todos hemos entrado en una película ya empezada, donde las emociones —y alguna manera de gestionarlas— estaban en juego según unas pautas o dinámicas. Así pues, no es exagerado afirmar que cuando nos referimos al ser humano —ya hablemos de política, ciencia, religión, deporte o cualquier otro aspecto— en última instancia nos estamos refiriendo a las cuatro emociones básicas, a su gestión y a su interacción. De modo que resulta imposible comprender o tratar de abordar el fenómeno humano —en cualquiera de sus facetas— sin considerar la problemática emocional. Porque es la necesidad de gestionar las emociones de manera individual la causa de que la sociedad exista como tal, y de que el género humano se desarrolle tal como lo hace.

El hombre es, en su esencia, social, puesto que —como estamos viendo— la relación con el otro está en la base misma de su desarrollo psíquico en cuanto individuo y especie. Esto, que parece una obviedad, no lo es tanto en la práctica: prueba de ello es que toda nuestra cultura se despliega en el marco de un paradigma (el individualista) que, precisamente, considera al individuo (a ese que se dice a sí mismo Yo) como algo separado, autónomo y desconectado respecto de sus semejantes.

EMOCIÓN Y LENGUAJE

La dimensión social de lo emocional es evidente también en la transmisión y dinámica de las emociones, experimentadas a través del gesto, del lenguaje y del contacto.

En el plano del lenguaje —distintos tipos de lenguaje— se produce una transmisión de formas de interacción social elaboradas a lo largo de miles de años. Esa resonancia —en cada persona o grupo— posee una dimensión propia, no es una mera repetición.

Por ejemplo, cuando miramos la fotografía de alguien que llora ante un muerto, vemos a un individuo, pero en esa foto es también toda la especie humana la que está llorando. El significado de ese llanto —visto por la filosofía, por la psicología, etc.— se ha ido plasmando o reconociendo en el desarrollo humano a través de generaciones, con el objetivo concreto de —en este caso— gestionar el sufrimiento que producen la pérdida y la confrontación a nuestra condición de mortales.

Por otra parte, gracias al desarrollo del lenguaje, no solo tenemos la vivencia presente de la emoción, sino también la capacidad de realizar una interpretación de la misma. Resultados de esta función de nuestra corteza cerebral tan desarrollada —el lenguaje— son, por ejemplo, el teatro y la danza, actividades exclusivamente humanas en las que se interpreta una emoción (cosa que los mamíferos menos desarrollados que el hombre no pueden hacer: un perro vive una emoción y a partir de ella en algunos casos crea cierto vínculo, pero no la puede interpretar por carecer de ese sistema de orden llamado lenguaje).

Tomemos como ejemplo a Shakespeare. A través de los distintos personajes que creó, logró retratar en vivo —en sus obras— el mundo emocional humano. En la actualidad, después de quinientos años, sus piezas siguen teniendo plena vigencia. Esas obras poseen vida propia; logran, adoptando el teatro como escenario, dar vida a las emociones; en esas representaciones, el público de todas las épocas, también la presente, puede reconocer su propio mundo emocional y comprenderlo.

CUATRO EMOCIONES, TRES NIVELES

Ya se han mencionado las cuatro emociones básicas. Ahora, en cada una de ellas, es preciso diferenciar tres niveles: corporal,emocional y cognitivo.

Nivel corporal

Este nivel lo reconocemos al preguntarnos: «¿Qué sensaciones físicas tengo en este momento?».

Puesto que la emoción se manifiesta siempre en alguna parte de nuestro cuerpo, da inevitablemente lugar a cierto tipo de respiración y a una determinada movilización energética.

Así, podemos encontrar sensaciones de tensión, de distensión… contracción, expansión…

Sentimos que tenemos una bola (o una piedra, o un agujero, o un fuego, etc.) en la boca del estómago…

Sentimos una presión en las sienes (a veces oprime desde fuera, en ocasiones parece surgir desde el interior y puja por salir)…

Sentimos un ahogo, o un hormigueo…

Todo lo antes mencionado ocurre en el cuerpo, es decir, en el plano de las sensaciones físicas. Estamos ante vivencias que puede tener cualquier persona, de cualquier edad, sin necesidad de racionalizar nada. Es el mundo de la sensación.

El lector de este libro tiene —en este mismo instante— la posibilidad de verificarlo. Bastaría con abandonar la lectura, cerrar los ojos y focalizar serenamente la atención en el cuerpo para observar qué registro corporal aparece ante lo que acaba de leer. Ese registro puede ser de temperatura (frío o calor), tensión, distensión, simetría, asimetría, izquierda, arriba, abajo...

Luego —mediante una atención paciente, abierta, receptiva— podrá detectar también el desplazamiento sutil de energía, movimiento del que uno por lo general tiene o no conciencia. Lo percibirá tal vez como un cosquilleo, como una vibración, como luz, como color…

Se quiere decir con esto que, si ante una situación desagradable sentimos, por ejemplo, un nudo, podremos determinar cómo es: si presiona desde fuera o desde dentro, si es brillante u opaco, si está quieto o late, o se mueve o cambia de color o densidad, si es duro o blando…

Mediante esa toma de contacto con la sensación, la persona va localizando y conociendo mejor algo que le sucede siempre, pero de lo que… solo ahora se da cuenta. El caudal de información que aparece allí es inmenso, y esta es una forma de entrar en la «digestión» de la sensación, en el procesamiento de esa información.

Pero además, y esto es tal vez lo más importante, se está accediendo a la posibilidad de ver que, por ejemplo, «no soy todo yo el que siente miedo —o rabia, o tristeza, etc.—», «es solo una parte de mí la que está sintiendo eso; solo algo en mí está triste, o temeroso, etc., mientras que otra parte de mí está rabiosa o…».

Esta posibilidad de des-identificarnos de nuestras emociones es un punto de apoyo fundamental para cualquier dinámica emocional sana.

Nivel emocional

Este nivel lo reconocemos al preguntarnos: «¿Qué emoción me produce sentir estas sensaciones? ¿Cuáles son las dos emociones —siempre, como veremos, se presentan a pares— que estoy sintiendo al sentir lo que siento? ¿Cómo inciden sobre mi ánimo en este momento? ¿A qué me llevan esas dos emociones?». Por ejemplo, si ante un hecho siento miedo y ternura… ¿qué es lo que me da miedo y qué es lo que me produce ternura?

Nivel cognitivo

Este nivel lo reconocemos al preguntarnos: «¿Qué me digo al sentir lo que siento? ¿Cómo traduzco —en palabras, en conceptos— lo que me está pasando?».

En este plano de lo cognitivo, podemos preguntarnos también: «¿A qué hecho biográfico me está remitiendo esto que siento ahora? ¿A qué momento de mi vida me recuerda?, ¿cuándo he vivido yo antes esto mismo?».

Y, por último, cabe preguntarse: «¿Qué impulso me produce esto que siento? ¿Qué acción me provoca? ¿Qué acción me provoca evitar?». Porque esa «traducción» de la emoción habrá de llevarnos hacia un movimiento: de acción o no acción, de acción o retraimiento.

Cuando, por ejemplo, reconozco en mi cuerpo el miedo (ante este habrá generalmente una vivencia de contracción), se produce sin duda una alarma: «peligro». A esa alarma le podrán seguir dos movimientos: 1) permanezco quieto, me diluyo, desaparezco, me fugo, me voy; 2) lo opuesto, es decir, toca defenderse y me activo para eso.

Se puede mencionar un breve ejemplo acerca de estos tres niveles de la emoción: tengo un picor o ardor en la rodilla (sensación corporal).

Lo puedo vivir de manera agradable o desagradable (¿quéemoción me despierta eso?). Generalmente, hay dos emociones en juego: ante el picor en la rodilla, siento miedo y… curiosidad (esta sería una forma que adopta la alegría).

Por último, me digo (nivel cognitivo): «Es conveniente que vaya al médico».

Ahí tengo un impulso. ¿Qué hago con ese impulso? ¿Lo sigo, me dejo llevar? ¿Lo ignoro?

Los tres niveles de emoción (corporal, emocional y cognitivo) se registran de continuo. En todo momento, el ser humano hace una traducción de sus sensaciones corporales, de su vivencia emocional, dando así lugar a un impulso.

La vivencia consciente de esos tres niveles permite reconocer —y esto es importantísimo, por eso merece repetirse— que hay una interioridad y una exterioridad: que siento algo en mí, y que fruto de ello voy a emprender, o no, una acción en el mundo, con los demás.

EMOCIÓN Y ORIENTACIÓN

Como ya se ha dicho, la principal función de toda emoción —en su calidad de información— es proporcionar orientación para la acción. Por eso, lo emocional ha desempeñado y desempeña un papel tan importante en el desarrollo de la especie humana.

Hace miles de años, un hombre usaba el oído para percibir si por ahí andaba un animal peligroso. Nosotros, claro, ya no vivimos en el bosque. Un hombre de hoy está sentado en su despacho, y de pronto siente que puede pasar algo y piensa, por ejemplo: «Debo estar atento a tal operación de bolsa, porque mis intereses económicos peligran».

EMOCIÓN Y SENTIMIENTO

Según el biólogo chileno Humberto Maturana, en la medida en que uno toma conciencia de una emoción, esta se transforma en sentimiento. Mientras la emoción no sea reconocida, es exclusivamente una manifestación que el individuo vive en sí mismo; aunque los demás la perciban, quien la experimenta no la reconoce.

Por ejemplo, si reconozco que en mí hay erotismo, o ternura, o curiosidad, estoy reconociendo un sentimiento que tengo con respecto a algo o a alguien.

Otro ejemplo: a mí me gusta la música en general, pero reconozco en mí una sensación expansiva cuando escucho a Pavarotti; con él, mi gusto por la música se transforma en sentimiento.

Cuando hay conciencia de cualquiera de las cuatro emociones —y de con qué o con quién se da la interacción que la desencadena— eso se transforma en sentimiento. De lo contrario, siento que algo me sucede, pero sin conciencia de lo que me ocurre, y no quiere decir que no lo viva.

Podemos tener muchos encuentros vinculantes —que la otra persona los viva como vinculantes, y que yo los viva como vinculantes—, pero sin tomar conciencia del vínculo ni de las emociones que están impregnando a ese vínculo.

EMOCIONES Y PODER

Todas las culturas, a lo largo del tiempo, han establecido un orden institucionalizado degestión de las emociones básicas. Todo sistema —implícita o explícitamente— hará una administración de ello.

En los sistemas donde la administración es muy rígida frente a los cambios que producen las emociones, antes o después se experimenta una gran fractura que acaba por hundir al sistema. Vemos, así, hasta qué punto la gestión emocional está siempre estrechamente relacionada con el ejercicio y el mantenimiento del poder.

Por ejemplo, en las distintas culturas observamos que para la conservación del poder —político y también territorial— se ha procedido a limitar al máximo la inclusión e integración del extranjero. En este sentido, tanto el imperio español como el inglés —por citar casos concretos— establecieron numerosas disposiciones legales para evitar que sus súbditos se mezclaran con la población nativa de las colonias que poseían en todo el mundo. La historia nos muestra que, a la larga, ese objetivo no se pudo cumplir: sacerdotes, militares, funcionarios y colonizadores tuvieron hijos y crearon vínculos con nativas. Aunque esos hijos no podían ser reconocidos oficialmente, el reconocimiento acabó produciéndose en los hechos, a través de herencias y de manejos políticos para situar a los hijos en puestos de poder.

Otro ejemplo: en campos de concentración y exterminio de distintas épocas y países se han registrado casos de guardianes y verdugos que llegaron a prestar ayuda a alguna víctima por la que se sentían atraídos sexualmente. Esto es inimaginable sin la participación del erotismo —que, como se verá, es una de las tres formas (las otras dos son la ternura y la curiosidad) que adopta la alegría, tres modos de compartir y desarrollar calor.

LOS TRES CEREBROS

El psiquismo animal está determinado exclusivamente por su código genético; un perro de hace 20 000 años, por ejemplo, tenía la misma interacción con el medio que un perro actual. El psiquismo humano, en cambio, es fruto de un desarrollo siempre abierto, tanto de la especie como del individuo.

Tal proceso de crecimiento hacia lo complejo ha permitido al hombre vivir, conocer y reconocer sucesivos modos o sistemas de relación, así como incidir en el medio ambiente de manera cambiante, construir civilizaciones muy diferenciadas entre sí, fabricar máquinas, plasmar obras de arte, elaborar discursos ideológicos, etc.

En otras palabras, podríamos afirmar que todo el desarrollo de la especie humana —en el terreno tecnológico, científico, humanístico— es el resultado o el reflejo del desarrollo y enriquecimiento de su vida psíquica, es decir, su vida emocional. Para comprender mejor el sustrato psicofísico de esta evolución es oportuno mencionar aquellos estudios sobre el desarrollo filogenético del sistema nervioso humano —los del neurobiólogo Paul MacLean son, probablemente, más conocidos que otros, pero no los únicos— donde se postula la existencia de tres cerebros en el ser humano.

Estos son: un paleo-cerebro ofidio o reptiliano; un cerebro paleo-mamífero o límbico; y un cerebro neo-mamífero, con un neocórtex muy desarrollado. Los tres, claro está, conforman un único sistema intercomunicado.

Según ciertos científicos, el llamado cerebro reptiliano —que nos conecta con el hombre primitivo, con lo más primitivo del hombre— apareció hace 200 millones de años. Por contar entre sus funciones las respuestas de adaptación —delimitación del territorio, alimentación, reproducción— solo percibe el presente. Su impronta determina una existencia rígida, repetitiva, rutinaria, reacia a los cambios. Se le atribuye gran participación en la realización de rituales y ceremonias, la adhesión a convenciones religiosas o prejuicios y la añoranza de la niñez.

Con el cerebro límbico, propio de los mamíferos —se calcula que apareció hace 60 millones de años—, nace también la capacidad de sentir y expresar emociones, de vivir pasiones, de generar recuerdos. Este «segundo cerebro» tiene a su cargo cuatro funciones vitales: agresividad, alimento,apareamiento y autodefensa. A través de ellas, se abre también la puerta hacia un espacio de libertad, de posibilidad de elección, de evaluación acerca de amenazas o beneficios.

El neocórtex, o cerebro cortical, alberga mecanismos neuronales complejos que permiten planear, decidir estrategias, manejarnos con conceptos tales como futuro y memoria, o nociones tan exclusivamente humanas como las de catástrofe o gloria.

Es aquí, en este cerebro —creador, inventor, curioso, inconformista y, tal vez por esa misma complejidad que es su riqueza, muy inestable, muy poco previsible—, donde pensamos y evaluamos qué realizar y cómo.

Emana de esta corteza cerebral la necesidad de pertenencia, de reconocerse como miembro de una tribu —que tanta importancia tendrá, como se verá, en el capítulo dedicado a la vergüenza.

También del neocórtex nace la capacidad de planificar para proyectarnos en un futuro mediato, trascendiendo así la inmediatez en que vive el animal. De hecho, es fácil apreciar que tras los ya mencionados conceptos de gloria y catástrofe siempre subyace un plan o un desarrollo a largo plazo.

En otro orden, es el neocórtex el que hace posible el establecimiento de un sistema de valores capaz de sobrevivir al paso del tiempo y de las culturas (caso de la idea griega que propone la división del poder en tres —Legislativo, Ejecutivo y Judicial— como forma atemperada de equilibrar las emociones; pese a los muchos años transcurridos, hasta el presente no se ha encontrado otro sistema de eficacia equivalente para evitar la tiranía).

Pero ya que se habla del desarrollo psíquico del ser humano, se tiene que llegar a un cuarto nivel, que podríamos denominar autoconciencia. No nos referimos aquí a la autoconciencia del contenido del pensar y del sentir, sino a la autoconciencia del mecanismo del pensar y del emocionarse, de cómo se registran en nosotros las distintas sensaciones.

En suma, para entender cabalmente las cuatro emociones básicas no podemos obviar el desarrollo que se ha producido en la especie a lo largo del tiempo, hasta llegar a esa corteza cerebral tan compleja que es propia y exclusiva del ser humano. Sin considerar el desarrollo de este tercer cerebro no podríamos comprender toda la dinámica que tiene lugar en nosotros en el plano emocional.

LO NEURÓTICO Y LO NO NEURÓTICO

Siempre que nos refiramos a las cuatro emociones básicas deberemos cuidarnos bien de diferenciar sus formas neurótica y no neurótica. En términos genéricos, nos encontramos ante una forma neurótica cuando el individuo actúa —o se inhibe— conforme a una fijaciónemocional, sin tomar conciencia de cómo está viviendo en el presente las realidades interna y externa.

En este libro, con las palabras fijación,neurosis y carácter nombramos —de manera indistinta— la intrínseca imperfección psíquica del ser humano para percibir la realidad y también a sí mismo. Consideramos que tal imperfección es un rasgo de nuestra especie que nos deja de continuo abiertos al crecimiento, ya que la toma de conciencia nos permite reconocer e integrar alguna parte propia hasta entonces negada o superdesarrollada.

Carl Jung afirmaba que si el ser humano poseyera plenamente desarrolladas o con posibilidad de desarrollar por completo sus cuatro facultades psíquicas —mental,emocional,perceptiva e intuitiva—, el devenir de la especie habría sido otro. La energía psíquica —decía Jung— es limitada, y por ello no puede desarrollarse con igual intensidad o plenitud en todas las facultades: se estructura o especializa en solo dos de las cuatro. De ahí que en cualquier trabajo de desarrollo personal resulte capital tomar conciencia, darse cuenta de la particular manera que cada uno tiene de deformar la realidad. Dirección hacia la cual, de hecho, apuntan numerosos métodos de meditación originarios de Oriente, o los trabajos personales inspirados en tradiciones como la sufí, la tolteca, etc.

Pero sería ingenuo pensar que dicha toma de conciencia se traducirá de manera automática en el desarrollo de las cuatro facultades psíquicas. Darse cuenta de cómo producimos nuestra particular deformación de la percepción solo posibilita el humilde reconocimiento de que hay una realidad, y de que percibir determinados aspectos de ella… nos cuesta mucho o nos resulta directamente imposible. Lo que —admitámoslo— no es poca cosa, ya que nos abre nada menos que el acceso al misterio, y también a reconocer al otro, para relacionarnos.

Se encuentra un buen ejemplo de esto si se observa a algunas parejas de largo recorrido, en las que los caracteres parecen compensarse: aquello que posee muy desarrollado uno… lo tiene muy poco desarrollado el otro. Como si a nivel inconsciente eso produjera una gran atracción (y no solo un inevitable y elevado grado de conflictividad).