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"En esta fascinante y original obra, Miguel Martínez documenta las prácticas literarias de los soldados de la España imperial. Contra todo pronóstico, estos soldados españoles produjeron, distribuyeron y consumieron un conjunto extraordinariamente innovador de obras que han sido olvidadas por los estudios literarios e históricos. Los soldados de las guarniciones italianas y de los presidios norteafricanos, de las fronteras coloniales americanas y de los campamentos militares itinerantes del norte de Europa leyeron y escribieron poemas épicos, crónicas, romances, relaciones y autobiografías, las historias de las mismas guerras en las que participaron como combatientes rasos y testigos. La vasta red de agentes y espacios articulados en torno a las instituciones militares de un imperio español en constante expansión y lucha facilitó la circulación global de estos materiales textuales, creando una república soldadesca de las letras que tendió puentes entre el Viejo y los muchos Nuevos Mundos de los siglos xvi y xvii. Martínez afirma que estos soldados escritores desempeñaron un papel clave en la conformación de la cultura literaria renacentista, que les proporcionó el lenguaje y las formas con las que cuestionar las nociones recibidas sobre la lógica social de la guerra, la ética de la violencia y la legitimidad de la agresión imperial. Los escritos de los soldados criticaban a menudo las jerarquías establecidas y las explotadoras condiciones de trabajo, forjando solidaridades entre las tropas que, a menudo, desembocaban en motines y deserciones masivas. Es la perspectiva de estos soldados la que fundamenta Las líneas del frente, una historia cultural de las guerras imperiales españolas contada por los hombres comunes que lucharon en ellas. «Miguel Martínez ha identificado algo poco frecuente en los estudios sobre la Edad Moderna: una república de las letras de clase media o trabajadora, arraigada en una práctica social coherente y que se opone conscientemente a sus supuestos superiores». Ricardo Padrón, University of Virginia «No conozco ninguna otra obra que evoque tan plenamente la existencia de toda una subcultura de soldados-escritores, con su visión desgarradoramente directa de la vida militar y su manera, a menudo experimental, de tratar los géneros recibidos». Michael Armstrong-Roche, Wesleyan University"
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Seitenzahl: 620
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Akal / Reverso. Historia crítica / 18
Miguel Martínez
Las líneas del frente
La escritura de los soldados en la Edad Moderna
Traducción de: Ana Useros
En esta fascinante y original obra, Miguel Martínez documenta las prácticas literarias de los soldados de la España imperial. Contra todo pronóstico, estos soldados españoles produjeron, distribuyeron y consumieron un conjunto extraordinariamente innovador de obras que han sido olvidadas por los estudios literarios e históricos. Los soldados de las guarniciones italianas y de los presidios norteafricanos, de las fronteras coloniales americanas y de los campamentos militares itinerantes del norte de Europa leyeron y escribieron poemas épicos, crónicas, romances, relaciones y autobiografías, las historias de las mismas guerras en las que participaron como combatientes rasos y testigos. La vasta red de agentes y espacios articulados en torno a las instituciones militares de un imperio español en constante expansión y lucha facilitó la circulación global de estos materiales textuales, creando una república soldadesca de las letras que tendió puentes entre el Viejo y los muchos Nuevos Mundos de los siglos XVI y XVII.
Martínez afirma que estos soldados escritores desempeñaron un papel clave en la conformación de la cultura literaria renacentista, que les proporcionó el lenguaje y las formas con las que cuestionar las nociones recibidas sobre la lógica social de la guerra, la ética de la violencia y la legitimidad de la agresión imperial. Los escritos de los soldados criticaban a menudo las jerarquías establecidas y las explotadoras condiciones de trabajo, forjando solidaridades entre las tropas que, a menudo, desembocaban en motines y deserciones masivas. Es la perspectiva de estos soldados la que fundamenta Las líneas del frente, una historia cultural de las guerras imperiales españolas contada por los hombres comunes que lucharon en ellas.
«Miguel Martínez ha identificado algo poco frecuente en los estudios sobre la Edad Moderna: una república de las letras de clase media o trabajadora, arraigada en una práctica social coherente y que se opone conscientemente a sus supuestos superiores».
Ricardo Padrón, University of Virginia
«No conozco ninguna otra obra que evoque tan plenamente la existencia de toda una subcultura de soldados-escritores, con su visión desgarradoramente directa de la vida militar y su manera, a menudo experimental, de tratar los géneros recibidos».
Michael Armstrong-Roche, Wesleyan University
Miguel Martínez es doctor en Estudios Hispánicos por la City University of New York y profesor de Literatura española en la Universidad de Chicago. Su campo de investigación y docencia se centra en las historias culturales y literarias de la España moderna, la América Latina colonial y Filipinas, interesándose en temáticas como la escritura bélica, la cultura popular, las revueltas premodernas, la historia del libro y la autobiografía. Es autor de Front Lines. Soldiers’ Writing in the Early Modern Hispanic World (2016), Comuneros. El rayo y la semilla, 1520-1521 (2021), así como de una edición crítica de la obra de Catalina de Erauso Vida y sucesos de la Monja Alférez (2021).
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RAG
Director de la colección
Juan Andrade
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Título original
Frontlines. Soldiers’ Writing in the Early Modern Hispanic World
© University of Pennsylvania Press, 2016
© Ediciones Akal, S. A., 2024
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-5556-3
Lista de abreviaturas
AGI
Archivo General de Indias. Consultado a través de PARES: Portal de Archivos Españoles.
AGS
Archivo General de Simancas. GyM: Guerra y Marina.
BAE
Biblioteca de Autores Españoles. 305 vols. Madrid, M.D. Rivadeneyra, 1846-1999.
BNE
Biblioteca Nacional de España.
CODOIN
Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España. 112 vols. Madrid, Impr. de la Viuda de Calero, 1842-1895.
HSA
Hispanic Society of America.
JCB
John Carter Brown Library.
RAH
Real Academia de la Historia.
Prólogo
El presente libro ofrece una historia cultural de la guerra imperial en la Edad Moderna tal y como la contaron sus principales protagonistas: los soldados. Para ello, Las líneas del frente documenta y estudia las prácticas literarias de los soldados curiosos, para quienes la escritura, la lectura y el trasiego de papeles eran tan parte de su vida diaria como lo eran la limpieza del mosquete, el hambre o el pillaje.
Recuperar las prácticas literarias de la soldadesca popular del siglo XVI no solo nos permite revelar la existencia de un corpus textual muy significativo al que no le habíamos prestado la suficiente atención, sino que también ayuda a visibilizar la existencia de un grupo humano que basó buena parte de su identidad social en la producción de un discurso especializado sobre su práctica profesional, la guerra. Un discurso múltiple y complejo que celebra la camaradería de la milicia y el servicio de Dios, pero que también cuestiona las representaciones de la guerra imperial producidas por sus superiores. Una literatura, además, con una enorme capacidad para elaborar la experiencia militar, para dar cuenta de la vergüenza expectante del recluta bisoño, registrar la sequedad de la lengua durante el combate o explicar cómo hacer pólvora con carbón de ceiba, azufre, salitre y «orines trasnochados» en las sierras de Nueva Granada[1]. Los textos más audaces, además, no ocultan la experiencia de la derrota y el cautiverio, el dolor de las víctimas civiles o la maldición de los vencidos, como la memorable del soldado mapuche Galbarino contra los españoles en La Araucana de Ercilla.
Los soldados curiosos transformaron sustancialmente casi todos los géneros literarios que alcanzaron a tocar. Por un lado, hicieron de la épica renacentista un poderoso discurso de clase. Aunque inspirada en la epopeya clásica, el romanzo italiano y ciertas formas poéticas populares, los soldados pláticos que el lector encontrará en estas páginas convirtieron la poesía narrativa en octavas en el principal molde genérico para construir la identidad social de los proletarios de la guerra. Es a lo que me refiero, trabajando una intuición de mi añorado colega Michael Murrin, como la épica de la pólvora. Los soldados cambiaron también la forma de contar la vida. La propia existencia se volvió materia legítima de elaboración literaria en gran medida gracias a las autobiografías escritas por soldados, antes incluso que la picaresca, aunque a menudo en diálogo con ella. Las vidas de Alonso de Contreras, Catalina/Antonio de Erauso o Jerónimo de Pasamonte, entre tantos otros, son textos desafiantes y altivos.
Las líneas del frente, de hecho, propone que la de los soldados es una escritura bizarra y a menudo amotinada[2]. Bizarra por segura de sí misma, llamativa, amenazante, como bizarro era blasfemar, alzar la barba o vestir como papagayo, con ropas de colores que escapaban a las leyes suntuarias. La bizarría era todo un código social y un estilo cultural que permeaba la escritura soldadesca. Bizarramente se lucían las armas y las heridas, los andares y los sonetos. Y era amotinada no solo porque las prácticas y los imaginarios del motín son constitutivos de la identidad social del soldado común en la Edad Moderna, sino porque buena parte de sus escritos estaban marcados a fuego por el mismo tipo de antagonismo social que dio lugar a las más masivas huelgas de la Europa preindustrial, como algunos historiadores han caracterizado los motines[3]. Los motines eran también espacios de experimentación política que, a pesar de las indiscutibles violencias que los acompañaban, generaron formas de asociación horizontal muy diferentes de las lealtades jerárquicas que caracterizarían al soldado ideal de las visiones más estereotípicas.
El libro también cartografía una geografía expansiva. Los soldados recorrieron todos los caminos de la fortuna. Sus trayectos vitales, tan difíciles de trazar como el imprevisible vuelo de un vencejo en el aire (según Ortega y Gasset), conectan Granada y Lima, Nápoles y Amberes, Orán y Santiago de Chile, Ciudad de México y Manila. Esteban de Garibay concluía una semblanza de su compatriota vasco Alonso de Ercilla, uno de los protagonistas de las páginas que siguen, asegurando que «merecían su vida, hechos y peregrinaciones de ambos orbes, por mares y tierras, una particular historia, escrita por autor muy diligente y elocuente […], y fuera digna de ser leída en nuestros tiempos y en los venideros». Ercilla y Elcano, decía Garibay con orgullosa hipérbole, «son los hombres nacidos de Adán hasta hoy que más hayan andado y navegado en ambos orbes»[4]. El soldado Miguel de Jaque, que escribió un extraordinario Viaje de las Indias Orientales y Occidentales, navegó «por espacio de catorce años por los reinos y mares más remotos que hasta ahora están descubiertos, que son las Filipinas, reinos de Camboya y Cochinchina, India Oriental y Occidental»[5]. Vidas andariegas, trasegadas, que en muchas ocasiones hicieron del desarraigo y el acomodo una forma permanente de vivir y, así, alimentaron nuevas formas de escribir. La voraz curiosidad de «ver mundo», como dicen Erauso o el Tomás Rodaja de Cervantes, que fue soldado antes que loco, es una de las disposiciones características de este grupo social y de su literatura.
En conjunto, el libro aspira a una profunda reevaluación de la ubicación social del Siglo de Oro español. Es imposible entender la creatividad cultural del periodo sin tener en cuenta la participación de las clases subalternas, incluidos los soldados, en un rico abanico de prácticas literarias, que dieron lugar a una redistribución parcial del capital cultural. Me interesan especialmente aquellos aspectos de la cultura literaria que están más claramente enraizados en una práctica social coherente. Por eso este libro explora aspectos como las tasas de alfabetización entre las huestes de los conquistadores, los hábitos de lectura de los soldados rasos o las formas de intercambio librario en los espacios de la guerra. Mi trabajo, aquí y en otros lugares, ha tratado de explicar la naturaleza mutuamente constitutiva de la praxis literaria y la vida social. La literatura no solo se distribuye a través de estructuras ya establecidas y fijadas de interacción social, sino que en buena medida las posibilita, constituye y cuestiona. Los textos y los libros son portadores no solo de historias e ideas, sino de relaciones entre individuos y grupos humanos. Cantar, interpretar, imprimir, escribir y leer son, además, momentos cruciales de la disputa social.
En La poesía de la clase, Patrick Eiden-Offe (2020) sugirió la posibilidad de hacer una «historia de la literatura como historia social»[6]. Me parece que esta podría ser una buena caracterización del presente libro. No se trata tanto de usar la historia social como una disciplina ancilar de lo literario o de continuar la historia social de la literatura que valientemente intentaron hace décadas Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas e Iris Zavala (aunque esta vía, tal vez, se abandonó demasiado pronto)[7]. Se trataría más bien de una forma de interrogar desde la producción, distribución y consumo de objetos textuales el juego de las relaciones sociales, la historia del trabajo, las sociedades coloniales o la dominación de género. Una historia que parta del canto, la ficción o la metáfora como formas de organizar y dar sentido a lo social, atenta al papel de la letra, la distribución del alfabeto o la capacidad reguladora del capital cultural en la constitución de las sociedades de la Edad Moderna.
Es por ello que el lector de las páginas que siguen se encontrará con la escurridiza caligrafía de los amotinados de Namur; los versos de una canción de moda garabateados en un libro de reclutamiento; el librillo de memoria del legendario Diego García de Paredes; el soneto de Andrés Rey de Artieda en el que llama verdugo al rey; las dudas y los tachones de Alonso de Contreras; la firma acróstica, tímida y audaz al mismo tiempo, de un tal Alonso de Salamanca; la poesía épica y vulgar del también desconocido Baltasar del Hierro; la rúbrica colectiva de los amotinados de Mahdia; los pequeños garcilasos en octavo que llevaban los soldados en la faltriquera; los testamentos que los veteranos que sabían escribir firmaban para sus camaradas iletrados. El libro pone el foco en la centralidad de la letra en la sociedad de los soldados, al tiempo que, inversamente, insiste en el papel que tuvieron los piqueros y arcabuceros de los ejércitos de los Austrias en la formación de la cultura literaria áurea.
La cultura oral y escrita de los soldados curiosos también tuvo un impacto decisivo en articulación de nuevos modelos de lengua literaria. «Lengua soldada» llamó Quevedo a las formas de hablar de quienes profesaban las milicias, formas muchas veces compartidas con el hampa[8]. Alonso de Contreras decía haber escrito su autobiográfico Discurso de mi vida «seco y sin llover, como Dios lo crió y como a mí se me alcanza, sin retóricas ni discreterías, no más que el hecho de la verdad»; mientras que las epístolas poéticas y sonetos de Rey de Artieda se caracterizarían por un «estilo manual y común»[9]. El registro literario en el que escriben muchos soldados se construye retóricamente como un estilo llano que supuestamente tendría una mayor capacidad referencial y por tanto propugnaba un nuevo régimen de verdad, al tiempo que ensanchaba los límites de la lengua legítima. Paul Fussell argumentó persuasivamente que el inocente «sistema de “alta” dicción» que convertía al caballo en corcel, a las acciones en gestas y a la muerte en hado, fue una de las bajas de la Primera Guerra Mundial, aunque la antigua retórica mostrara una notable resistencia[10]. Mucho antes de que la Gran Guerra transformara para siempre el lenguaje poético, veremos en los textos que recupera este libro que este sistema de dicción heroica nunca fue coherente y consistentemente alto, y que la formación discursiva de las «cosas de guerra» se construyó en buena medida sobre los lenguajes técnicos y el sermo humilis del habla militar.
Cuando terminé la primera versión de este libro, era difícil imaginar la centralidad pública, inesperada y arrasadora, que apenas tres o cuatro años después adquirirían los tercios como metonimia de un imperio que volvía con fuerza renovada a la disputa política. Los soldados del imperio reaparecían con fuerza no solo en el discurso público, como parte fundamental del rearme simbólico de una derecha radicalizada, sino paseando por la Castellana ante la atenta mirada del rey en el día de la fiesta nacional. La escalada del nuevo imperialismo en la esfera pública y en la imaginación histórica del país dotaría de nuevo protagonismo a estas viejas unidades de los ejércitos de los Austrias, revividas para escenificar una visión abiertamente reaccionaria del pasado nacional.
Esta hinchazón militarista y neoimperial, afortunadamente, parece haberse desinflado un poco. Creo que una mirada desde abajo, anclada en las voces varias e interrogantes de los propios soldados, termina de desbaratar cualquier visión simplista del imperio. Por eso me alegra particularmente que este libro tenga segunda y nueva vida en español, gracias a la cuidadosa traducción de Ana Useros, la confianza de Tomás Rodríguez y el apoyo del equipo editorial de Akal, a quienes quiero hacer constar mi más sincero agradecimiento. Gracias a ellos espero que Las líneas del frente, y la lectura que ofrece del pasado inscrito en los textos, contribuyan a multiplicar las posibilidades de representación del Siglo de Oro español, en toda su riqueza y complejidad.
[1] Bernardo Vargas Machuca, Milicia y descripción de las Indias, Madrid, Pedro Madrigal, 1599, 48r-49r.
[2] Miguel Martínez, «Vidas de soldados. La escritura amotinada», Adrián Sáez y Luis Gómez Canseco (eds.), Vidas en armas, Huelva, Universidad de Huelva, 2019, pp. 87-101.
[3] Frank Tallett, «Soldiers in Western Europe, c. 1500-1790», en Erik-Jan Zürcher (ed.), Fighting for a Living. A Comparative History of Military Labour, 1500-2000, Amsterdam, Amsterdam University Press, 2013, p. 135.
[4] Esteban de Garibay, «Linajes de Ercilla», en José Toribio Medina, La Araucana. Documentos, Santiago de Chile, Imprenta Elzeviriana, 1918, pp. 523, 527.
[5] Miguel de Jaque, Viaje de las Indias Orientales y Occidentales, Sevilla, Renacimiento, 2008, p. 47.
[6] Patrick Eiden-Offe, La poesía de la clase. Anticapitalismo romántico e invención del proletariado, trad. Imanol Miramón Monasterio, Pamplona, Katakrak, 2020, p. 47.
[7] Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas e Iris Zavala, Historia social de la Literatura española (en lengua castellana), Madrid, Castalia, 1979.
[8] Francisco de Quevedo, La vida del Buscón, ed. Fernando Cabo, Barcelona, Crítica, 1993, p. 130.
[9] Alonso de Contreras, Discurso de mi vida, ed. Henry Ettinghausen, Madrid, Espasa-Calpe, 1988, pp. 228-229; Andrés Rey de Artieda, Discursos, epístolas y epigramas de Artemidoro, Zaragoza, Angelo Tavanno, 1605, 54r.
[10] Paul Fussell, The Great War and Modern Memory, Oxford, Oxford University Press, 1975, pp. 22-23.
Introducción
Camaradas de las musas
«Creteo, el amado de las musas,
Creteo, el de las musas compañero:
eran su amor los versos y las cítaras
poner el verso en canto, y estos siempre
eran de armas, de potros y de lides».
Virgilio, La Eneida, libro IX 1059-1063
«Virgilio fue hijo de un ollero y fue el mejor poeta de los italianos».
Pedro Mexía, Silva de varia lección
Se ha dicho que los soldados no heredan las letras: las conquistan[1]. Contra toda expectativa, los soldados de la España moderna participaron en la producción, distribución y consumo de un conjunto notable e innovador de obras sobre la guerra que ha pasado casi totalmente desapercibido para la investigación histórica y literaria. Los soldados de las guarniciones italianas y de los presidios del norte de África, de las fronteras coloniales americanas y de los campamentos itinerantes del norte de Europa, leían y escribían poemas épicos, crónicas, romances, relaciones y autobiografías: los relatos de esas guerras en las que ellos mismos participaban como soldados rasos y testigos. Estos soldados pláticos –soldados profesionales y experimentados– se convirtieron en soldados curiosos, inclinados a las letras, dedicándose a una amplia variedad de prácticas de lectura y escritura. Más aún, fue precisamente la vasta red de espacios articulados en torno a las instituciones políticas y militares del imperio las que facilitaron la circulación global de esos hombres y de su producción textual, constituyendo lo que denomino «una república soldadesca de las letras». Las líneas que escribieron en el frente proporcionan una visión crítica desde abajo de la violencia estatal y el expansionismo imperial. Basándose en su perspectiva, este libro es una historia cultural de las guerras imperiales de España tal y como las relataron los hombres comunes que lucharon en ellas.
Las líneas del frente desarrolla dos líneas argumentales simétricas. Por una parte expone cómo la revolución militar europea –un objeto de intensa discusión académica y una potente narrativa historiográfica de la modernización ligada al Estado, el imperialismo y la globalización– afectó a las prácticas literarias. En este sentido, defiendo que la soldadesca plebeya de los ejércitos españoles jugó un papel crucial en la formación de la cultura literaria del Renacimiento. Estos hombres reinventaron géneros clásicos como la épica, experimentaron con el lenguaje poético, aportaron objetos innovadores para la lírica y crearon nuevas subjetividades autobiográficas. Por otra parte, examino las maneras en las que estas tradiciones literarias, variadas y enriquecidas, permitieron a los soldados cuestionar los valores e ideas recibidas en torno a la lógica social de la guerra, la ética de la violencia y la legitimidad de la agresión imperial.
Las preguntas que vehiculan mi análisis pretenden explorar las múltiples y controvertidas relaciones entre cultura literaria y guerra imperial en el periodo moderno. ¿Cómo afecta la guerra a la producción, diseminación y consumo de los diferentes géneros y productos literarios? ¿Cómo representa la literatura la violencia imperial? ¿Cómo la legitima o la cuestiona? ¿Cuál es la distribución social de las diferentes perspectivas y representaciones de la guerra? ¿Cómo se les desbaratan a los testigos presenciales en el campo de batalla sus ideas y valores previos respecto a la guerra? La escritura soldadesca, sostengo, interroga con intensidad la naturaleza, los medios, las metas y las consecuencias de la guerra y el imperio. Las voces de los soldados comunes proporcionan, por lo tanto, un lugar privilegiado desde el que explorar estas interrogaciones, que no son hoy menos urgentes de lo que lo eran en la Edad Moderna. Las líneas del frente contribuye a la historia cultural de la guerra y de la violencia, rebatiendo así una potente narrativa historiográfica sobre el Siglo de Oro español que ha asumido desde hace mucho tiempo una armonía perfecta entre la espada y la pluma, entre el imperio, sus soldados y la literatura militar.
El tema de «las armas y las letras» sin duda ha estructurado algunos de los discursos más duraderos sobre el Siglo de Oro y el pasado imperial español[2]. El relato del Siglo de Oro habitualmente relaciona, intencionadamente o no, esplendor cultural y grandeza imperial. Consideremos, por ejemplo, al mayor escritor español de la época, Miguel de Cervantes. La mutilación corporal que sufrió en Lepanto, donde un disparo de arcabuz le destrozó una mano, fue durante mucho tiempo una metonimia de la «heroica y ejemplar vida» de Cervantes y sigue siendo un icono de la controvertida relación entre la guerra y la escritura, entre la historia cultural y política, a la que se refiere el «Siglo de Oro» en cuanto narrativa historiográfica. Lope de Vega, más enemigo que amigo del novelista, lo elogió convencionalmente de la siguiente manera:
La Fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel de Cervantes,
pero su ingenio en versos de diamantes
los de plomo volvió con tanta gloria.
La mano inhabilitada de Cervantes había transformado el plomo de las balas de los versos (un tipo de cañón) de Lepanto en diamantinos versos poéticos[3]. El presente estudio se basa en un importante corpus de investigación que, en las últimas décadas, ha explorado esta compleja alquimia entre las armas y las letras y ha ofrecido una visión más matizada de la relación entre guerra y cultura, así como entre los soldados y los Estados que los empleaban[4]. Además de Cervantes, otros muchos escritores del Siglo de Oro español sirvieron en la guerra, desde plebeyos como Bartolomé de Torres Naharro, Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Contreras y Juan Rufo, hasta quienes pertenecían a los escalones más bajos o más altos de la nobleza, como Garcilaso de la Vega, Francisco de Aldana, Alonso de Ercilla y Bernardo de Vargas Machuca, entre otros muchos. Además de revisar la obra conocida de estos soldados, analizamos aquí las vidas y los escritos de otros autores olvidados o desconocidos, como Baltasar del Hierro, Alonso de Salamanca, Cristóbal Rodríguez Alva, Sancho de Londoño y Emanuel Antunes, así como de toda una cohorte de soldados anónimos. A pesar de la omnipresencia del tema de la pluma y la espada en la literatura y en la investigación académica sobre el Siglo de Oro, la relación específica, material, entre la práctica de la guerra y la práctica de la literatura no se ha explorado aún en todas sus dimensiones socioculturales.
Las nuevas prácticas y espacios sociales, locales y globales, de la guerra renacentista fueron, en buena medida, el resultado de la revolución militar. Desde que Michael Roberts formulara el concepto de revolución militar en 1955, la historiografía ha discrepado sobre su naturaleza, cronología y relevancia[5]. Sin embargo, a pesar de la amplitud y complejidad de esta línea de investigación, la mayoría de especialistas están de acuerdo en que, durante el periodo moderno, la práctica de la guerra experimentó unas transformaciones sustanciales en Europa, que podrían resumirse brevemente como «ejércitos más grandes, más permanencia y las nuevas armas de fuego»[6]. Aunque no fue en absoluto un proceso lineal y coherente, se pueden destacar algunos momentos clave que transformaron radicalmente las maneras en las que la guerra se libraba y se conceptualizaba. Las formaciones de piqueros que desplegaron los suizos a partir de la década de 1470 habían tenido un papel fundamental en el declive gradual de la centralidad táctica de la caballería tradicional integrada por guerreros procedentes de la aristocracia: entre las batallas de Fornovo (1495) y Pavía (1525) la proporción de la infantería con respecto a la caballería pasó de 1:1 a 6:1[7]. El uso generalizado de la pólvora y las mejoras de la artillería condujeron a importantes avances en la arquitectura e ingeniería militar, lo que a su vez propició una mayor innovación en las armas de fuego y una transformación sustancial de las tácticas y la estrategia militares. La guerra de trincheras se desarrolló en torno a los prolongados sitios de ciudades clave. Los grandes campos de batalla siguieron siendo importantes, por supuesto, pero el grueso del combate se libraba ahora en forma de escaramuzas, incursiones, emboscadas y guerra de desgaste. Los ejércitos exigían más fuerza de trabajo que nunca para poder implementar con éxito las políticas militares. La logística de la guerra, por lo tanto, se hizo más compleja a medida que las campañas se hacían más largas y duras, lo que requería ajustes importantes en el reclutamiento, el entrenamiento y la disciplina, así como en la cadena de mando[8].
Las tecnologías, espacios sociales y prácticas de la guerra imperial moderna contribuyeron a crear una comunidad de intereses, un público para las «cosas de guerra», que se convirtió en el crisol de nuevas prácticas de lectura y escritura, de nuevos géneros y de nuevas formas materiales de distribución y reapropiación. Mi relato parte de la «sociedad de los soldados», como denominó John Hale a las formas peculiares de organización social e institucional de los ejércitos modernos, para reconstruir una «república soldadesca de las letras»[9]. Esta peculiar república facilitaba, por ejemplo, la recopilación y publicación de los romances o coplas, la traducción de algunas de las obras literarias más importantes de la Europa renacentista y la circulación y el intercambio de todo tipo de materiales culturales en múltiples lenguas. En la república soldadesca de las letras, la tienda de campaña compartida se convertía en una academia literaria improvisada. La cadena de mando ocasionalmente proporcionaba estructuras alternativas para el patronazgo literario. El convoy del ejército transportaba libros desde Amberes a Barcelona, desde Milán a Túnez, desde Sevilla a Santiago de Chile o Manila. Aunque los territorios de los Austrias en Europa, junto con las tierras colindantes, se han considerado «el corazón de la revolución militar», las ambiciones imperiales de la dinastía hicieron que la república de los soldados llegara bastante más lejos[10].
El discurso de los soldados sobre la guerra implicaba una orgullosa afirmación de su relevancia pública en tanto espina dorsal de la España imperial. Pero cuando celebraban el valor y el honor de los compañeros de lucha se enfrentaban a la ascendencia de una nobleza que, desde los inicios del siglo XVI, había abandonado en parte su tradicional papel militar. Los vínculos profesionales y de clase a menudo pasaban por encima de alianzas que podían considerarse más fuertes, como las lealtades étnicas y nacionales, lo que complicaba la relación entre los soldados y los reyes, las naciones o los imperios que los contrataban a su servicio. Los sonetos y epístolas del poeta-soldado Andrés Rey de Artieda, escritos a finales del siglo XVI y publicados en 1605, no describen a sus camaradas como los orgullosos agentes del imperio sino más bien como sus miserables víctimas. En el famoso poema épico de Alonso de Ercilla, La Araucana (1569-1589), que relata los esfuerzos militares del imperio para derrotar una exitosa insurrección indígena en Chile, el poeta y soldado participante se sitúa del lado del enemigo al que debería estar combatiendo en el campo de batalla. El episodio más largo de la Breve suma de la vida y hechos de Diego García de Paredes (1533), una de las primeras autobiografías renacentistas escritas por un soldado, no relata una de las muchas batallas históricamente cruciales de las guerras de Italia, de las que fue parte y testigo, sino una riña de taberna en la que asesinó y mutiló con saña a unos matones y prostitutas que lo insultaban. El plebeyo Baltasar del Hierro no cuenta en su breve poema épico publicado en 1560 las guerras contra los otomanos en las que sirvió, sino el motín victorioso de sus compañeros de armas contra la autoridad imperial española en la fortaleza norafricana que se suponía que tenían que defender.
El discurso soldadesco a menudo erosionaba las certezas del imperio. Como ha argumentado Adam McKeown sobre los soldados ingleses de la época isabelina, los soldados españoles muy a menudo «empleaban su autoridad como veteranos para cuestionar no solamente las razones del Estado para librar la guerra, sino también el papel de la guerra a la hora de crear relaciones entre el Estado y sus súbditos»[11]. La heterogeneidad social, cultural, nacional y religiosa de los espacios de la guerra, junto con la porosidad de las fronteras y de las zonas de contacto en las que los soldados pasaban la mayor parte de sus vidas cotidianas, facilitaban intercambios y solidaridades inesperadas. La misma camaradería que era necesaria para alimentar la moral del combate y lograr la cohesión permitía sociabilidades peligrosas y confraternizaciones rebeldes. Las estructuras que posibilitaban librar la guerra también permitían la producción y circulación material de textos soldadescos que se oponían en muchas ocasiones a esas mismas estructuras. Estos escritos expresaban críticas a los superiores militares de los soldados y a las políticas imperiales, a la vez que daban visibilidad a sus condiciones laborales de explotación y establecían solidaridades entre las tropas que, a menudo, conducían a motines y deserciones en masa.
Los soldados comunes tenían sin duda muchas historias que contar sobre la guerra y el imperio, unas historias que a menudo no coincidían con las que narraban sus superiores, ya fuera en el frente o de vuelta al hogar. Sus historias se contaban con «la voz pequeña de la historia», en la adecuada expresión de Ranajit Guha. Y, aunque sea ocasionalmente, encontramos sin duda en sus textos «la voz de una subalternidad desafiante comprometida con la escritura de su propia historia»[12]. Los soldados de la época moderna, a pesar del alfabetismo parcial y de la desigual distribución del capital cultural, aspiraron a convertirse en autores y entender en sus propios términos las guerras imperiales en las que luchaban. Aunque la belicosidad militarista tiene también su lugar en los escritos y dichos de los soldados plebeyos, sus actitudes hacia la guerra imperial, hacia sus horrores y glorias, varían ampliamente, desde el apoyo entusiasta hasta la oposición frontal, desde el escepticismo hasta la indiferencia. El tumulto caótico de la guerra, la agitación del combate, la euforia de la victoria y los desafíos de la vuelta a casa de los veteranos, todo ello formaba parte del repertorio temático de la escritura soldadesca.
Ya sea bajo la forma estrictamente codificada de una épica clásica o en el registro efímero, escurridizo y proteico del cotilleo político, ya sea en el manuscrito autobiográfico o en una copla impresa en un pliego de cordel, los soldados pláticos aspiraban a participar en las pláticas o conversaciones del discurso público. Construían sus identidades sociales y políticas, individual o colectivamente, contándose sus historias entre ellos y a otros. Y las voces de los soldados comunes, a menudo broncas y clamorosas, a veces marginales, eran percibidas con frecuencia por las autoridades como sospechosas de heterodoxia y disruptivas del orden social. El tipo del veterano soldado roto plantaba sin duda problemas de orden y disciplina. La figura del bravo o del valentón que haraganeaba por las calles del Madrid altomoderno, se convirtió en un héroe popular, en un peligroso (contra)modelo de comportamiento social y discurso público. Más aún, los códigos y el ethos de la masculinidad militar en entornos altamente homosociales a menudo conspiraban para ofrecer visiones alternativas de las relaciones afectivas, a menudo en agudo contraste con las tradiciones del amor petrarquista, de la amistad ciceroniana o de la piedad filial de Virgilio.
El primer capítulo ofrece un retrato detallado del mundo social y cultural de estos soldados escritores. «La república soldadesca de las letras» recoge un conjunto de testimonios sobre la presencia generalizada de la literatura y sobre la difusión de las prácticas literarias entre los miembros plebeyos del ejército de la monarquía de los Austrias. Primero muestro que las tasas de alfabetización eran significativamente más altas entre los soldados, con independencia de su origen social, que entre los civiles, y exploro las condiciones materiales bajo las que tuvo lugar la lectura y escritura soldadesca mientras estaban en campaña. Después analizo la circulación y la recepción global de los textos a lo largo y ancho de los espacios de la guerra y el papel que estos espacios jugaron en la conformación de los públicos y de las prácticas de lectura en el ejército. Finalmente, el capítulo dibuja la relación entre la cultural oral y escrita en la república soldadesca de las letras, estableciendo conexiones entre las noticias de la guerra y la esfera pública en la Edad Moderna.
A partir de este punto, mi argumento se organiza geográfica y cronológicamente, de manera flexible y prestando también una atención a transformaciones en el género literario. Empezando con las guerras de Italia (1494-1559), el segundo capítulo («La verdad sobre la guerra») se centra en un nuevo grupo de poemas españoles escritos en octava real y divididos en cantos que, en contraste con la autoconciencia ficcional de las tradiciones previas de escritura heroica, afirmaban ser relatos realistas y precisos, de testigos oculares, de las múltiples guerras contemporáneas de la monarquía de los Austrias. Estas nuevas epopeyas españolas establecieron una oposición tajante con la tradición textual de la narración poética caballeresca de la que en parte derivaban y, como defendían estar contando «la verdad sobre la guerra», generaron nuevas interpretaciones de los medios y la naturaleza del conflicto armado y de la violencia imperial. A partir de las iluminadoras ideas de Michael Murrin sobre la nueva «relación entre la guerra poética y la guerra real», defiendo que este corpus de épicas de la pólvora, obra de autores como Jerónimo Sempere, Jerónimo Jiménez de Urrea, Juan Rufo y Miguel Giner, se convirtió en la poesía de la nueva guerra, en el género especializado de la clase soldadesca, de los proletarios de la guerra[13].
El tercer capítulo, «Rebelión, cautiverio y supervivencia», se centra en los conflictos mediterráneos entre los Austrias y el Imperio otomano, especialmente en el Norte de África, tal y como los experimentaron los soldados comunes. A partir de la documentación de archivo, este capítulo también aporta luz sobre varios textos previamente desconocidos, escritos por soldados rasos, que hablan persuasivamente de la rebelión, el cautiverio y la derrota, personal y colectiva. En primer lugar, los poemas épicos y los romances de Baltasar del Hierro revelan las cambiantes alianzas políticas y religiosas de la soldadesca plebeya frente al conflicto y al contacto prolongado entre culturas y sociedades. Después, el capítulo explora la relación entre épica y autobiografía, el heroísmo de la supervivencia y la autoría, en la poesía y en los tratados militares de un soldado español capturado en la reconquista otomana de La Goleta y Túnez en 1574.
«La guerra del Nuevo Mundo», el cuarto capítulo, se centra en los textos soldadescos producidos en la América colonial durante las guerras de conquista. Durante los siglos XVI y XVII, la Guerra del Arauco en Chile provocó una cantidad enorme de discurso, tal vez sin rival en cualquier otra parte de las Indias. En buena parte, este corpus fue escrito por soldados que participaron en el combate. El desafío en este caso era entender por qué el aparentemente todopoderoso Imperio español no había conseguido derrotar al pueblo mapuche en el sur de Chile. Esta experiencia americana hizo tambalear algunas de las autorrepresentaciones más determinantes de la soldadesca imperial española, representaciones que se habían elaborado de manera coherente en los frentes europeo y mediterráneo del imperio. Entre los autores y las obras que aquí tratamos están las cartas de Pedro de Valdivia; la Milicia y descripción de las Indias (1559), de Bernardo de Vargas Machuca; y La Araucana (1569-1589), de Alonso de Ercilla, junto con una colección de escritos heterogéneos de Melchor Xufré del Águila, Santiago de Tesillo y otros soldados coloniales anónimos.
El último capítulo «La vuelta a casa», se centra en la experiencia de los mutilados, los desertores y los licenciados en su conflictivo regreso a la sociedad civil. A menudo descritas como picarescas o incluso como criminales, las voces de los soldados que regresaron sí plantearon importantes problemas para el orden público de la ciudad y para las políticas militares de la monarquía. Este capítulo analiza, por una parte, los romances bélicos y los lenguajes líricos que se produjeron y circularon por los campos de batalla europeos, especialmente en los Países Bajos, y que ayudaron a publicitar las terribles condiciones del servicio militar en una de las guerras más largas y sangrientas de la época. Por otro lado, analiza un grupo de relatos personales bastante conocidos escritos por veteranos, principalmente la Breve suma, de Diego García de Paredes, y el Discurso de mi vida, de Alonso de Contreras, en los que sus autores construyeron subjetividades autobiográficas orgullosas y persuasivas. Estos audaces relatos en primera persona desafían abiertamente la autoridad del Estado y terminan cuestionando las finas líneas entre la violencia legítima e ilegítima.
El argumento general del libro trata especialmente de lo que se podría denominar la lógica icariana de la escritura soldadesca. En un magistral estudio de la cultura popular, James Amelang interpreta el mito de Ícaro, «el símbolo clásico del castigo para las aspiraciones populares», como una potente alegoría de clase para entender las formas subalternas de autoría y práctica literaria en la Europa moderna[14]. Ícaro, hijo del artesano Dédalo, intenta volar demasiado alto, con alas hechas a mano y contra el consejo de su padre, y se topa con la derrota como castigo por su hibris insolente. Así como los artesanos que agarraban la pluma y escribían, contra toda expectativa y probabilidad, los soldados escritores hicieron uso extenso de «las imágenes de vuelo y del lenguaje de la transgresión y la intrusión» que Amelang consideraba revelador en las autobiografías de los artesanos[15]. Este mito es un potente relato sobre arrogancia y ambiciones fracasadas, pero también sobre la desobediencia audaz y la autodeterminación. La moraleja habitual está firmemente arraigada en un conservadurismo social que da por sentado que, de la misma manera que los mortales no vuelan, los artesanos –o los soldados– no escriben.
Como veremos, los soldados, como Ícaro o Faetón, de hecho sí desobedecían. Desertaban, se rebelaban, cambiaban de bando, se abstenían de luchar, mataban a los oficiales, desafiaban a los reyes e insultaban a los papas. Su escritura, como su comportamiento, a veces también era rebelde, se amotinaba. Algunos de los motines de la Edad Moderna duraron lo suficiente como para transformar lo que podríamos entender como una temprana huelga laboral en una mejora significativa, aunque tal vez efímera, de la vida del soldado. Y, aunque sería difícil conceptualizarlas como acciones políticas a gran escala, la autoorganización y la protesta soldadesca terminaban muchas veces desafiando y poniendo en riesgo los planes imperiales. En contraste con ello, las historias que contaron otros soldados eran las del relativo fracaso de su clase y del ejército moderno, como conjunto de prácticas y estructuras que podrían haber permitido que las clases populares en España prosperaran y disputaran el poder político y social. En ambos casos, sin embargo, las historias que escribieron narran la lucha por la supervivencia y la ambición del empeño humano, el sufrimiento y la victoria. Su legado, además, arroja luz sobre la historia cultural y política posterior de la guerra y su escritura.
El hecho de que muchos de los textos que analizo en este libro hayan permanecido ocultos en los archivos durante tanto tiempo es una señal de las inercias canónicas de una disciplina que, sin embargo, se ha esforzado en incorporar una gama variada de textos que tradicionalmente habían sido despojados de significado y valor. Pero además, la relativa oscuridad de estos textos revela una incomodidad entre los investigadores, la escasa disposición humanística para tratar de entender la guerra como una parte inextricable de la cultura en la Edad Moderna y, seguramente, en otros periodos de la historia humana. Como defendía Fernand Braudel, «La guerra no es simplemente la antítesis de la civilización», sino una parte constitutiva de esta[16]. Esto no se parece nada a afirmar, como lo hacen algunos historiadores militares conservadores, que la guerra «sea el padre de todos nosotros» o un ahistórico «aspecto trágico, prácticamente inevitable, de la existencia humana»[17]. Tampoco es una celebración de la productividad cultural de la violencia. Más bien es lo contrario: este argumento tiene la intención de enfatizar la necesidad de que los historiadores den cuenta de «la localización cultural de la guerra»[18]. Es un intento de recuperar las maneras en las que la gente corriente ha intentado entender y dotar de significado –de múltiples significados en conflicto– a la aparente irracionalidad y el sinsentido de la guerra. La guerra es también un fenómeno discursivo con su propia lógica, tanto como es una calamidad incomprensible, inexpresable; y muchas de sus dimensiones solo pueden entenderse si se presta atención a los textos que escribieron quienes la experimentaron de primera mano. Todo relato de guerra participa de las estructuras e ideologías previas y parcialmente compartidas, y los textos escritos por los soldados en activo en absoluto escapan a las determinaciones de estos marcos discursivos preexistentes[19]. No son más transparentes, reales o auténticos que cualquier otro producto textual; no están libres de las mediaciones culturales que organizan la experiencia, un concepto que diseccionó memorablemente Joan Scott[20]. Pero «para quienes experimentan la guerra de primera mano», señala con razón Adam McKeown, «el atormentado proceso de negociar un conjunto de relaciones conflictuadas y muy personales con la guerra mediante otro conjunto de discursos conflictivos sobre la guerra, para poder así llegar a una narrativa con sentido, es especialmente pronunciado»[21].
En diálogo con «Nietzsche, genealogía, historia», de Foucault, la historiadora francesa Arlette Farge insistía en la necesidad de recuperar las cosas dichas sobre las guerras del pasado como una forma de evitar la interpretación de la guerra como la fatalidad eterna, como maldición recurrente ajena a la racionalidad de la acción humana: «Estudiar la guerra y sus momentos como acontecimientos articulados decibles es la mejor manera de mostrar las razones por las que ha sido posible y, por lo tanto, cómo dichos acontecimientos podrían haberse hurtado a esa posibilidad». Además, estudiar las cosas que se dicen sobre la guerra, la formación discursiva que los propios soldados llamaron «las cosas de guerra», nos ayudará a «entender su recurrencia, no para regocijarnos en su evolución, sino para darnos cuenta de que otros escenarios habrían sido posibles, con diferentes racionalidades y pasiones. Siempre teniendo en cuenta que, en cualquier caso, lo que ha ocurrido podría no haber tenido lugar»[22].
La recuperación de la mirada del testigo, la perspectiva del asesino y del superviviente, del vencedor y el derrotado, nos permite restaurar la contingencia de la guerra y la historia imperial. Los lenguajes especializados de los soldados daban forma a una representación cotidiana y terrenal de la guerra que sortea algunas de las trampas más habituales del discurso sobre la violencia, como su asociación con lo sublime o lo trascendental, o incluso la concepción teológica de las causas del conflicto armado. La Providencia o el castigo correctivo de Dios no tienen mucho que ver con las matanzas de los hombres. Quienes escriben desde el campo a menudo identifican a los generales o los oficiales imperiales que eran responsables de las decisiones estratégicas equivocadas y ofrecen posibilidades de acción alternativas que habrían evitado la derrota, el cautiverio o la masacre. Contra su aparente exceso, inevitabilidad e irracionalidad, la guerra es un asunto humano de principio a fin, y quienes la llevan a cabo, desde el emperador hasta el más humilde piquero, son completamente humanos. Es por eso que las múltiples voces de la soldadesca común de la Edad Moderna, desde la entonación épica del héroe victorioso hasta el susurro autobiográfico del cautivo derrotado o el amotinado rumor político del veterano que regresa, nos invitan a tomarnos en serio la propuesta de historización de Arlette Farge; que es, en último término, una propuesta ética[23].
En un momento fugaz de La Ilíada escuchamos al mejor soldado de todos los tiempos, Aquiles, tocando la lira y cantando sobre las «hazañas de los hombres famosos» a su querido camarada Patroclo[24]. En esta intrigante mise-en-abyme, el bardo y su héroe son uno y el mismo. El mayor poeta de la Antigüedad parece disfrazarse por un momento, aunque sea breve, con el atuendo del guerrero, y el rudo guerrero posa brevemente como el persuasivo poeta épico. Este gesto lo imitaría y lo llevaría más lejos el más audaz competidor de Homero. En el libro IX de La Eneida, en el fragor de la batalla, Turno se cuela en el campo troyano justo antes de que Pándaro cierre las puertas a sus enemigos latinos. Entre las filas de los troyanos que huyen, y que Turno mata sin piedad –Alcandro, Halis, Prítanis, Noemón, Linceo y otros–, se nos habla de un tal Creteo, «el amado de las Musas, Creteo, de las Musas compañero». Como el resto de los personajes secundarios de La Eneida, a este soldado se le concede un momento fugaz de gloria en el relato bélico de Virgilio. Pero, a diferencia del resto de las víctimas de Turno, sin embargo, Virgilio se toma tiempo para ofrecernos un retrato más pausado de Creteo como poeta consumado: «eran su amor los versos y las cítaras, poner el verso en canto, y estos siempre eran de armas, de potros y de lides»[25]. El cercano paralelismo entre este verso («arma uirum pugnasque canebat») y la propuesta inicial de La Eneida («Arma uirumque cano») fuerza al lector a hacer la conexión: Creteo, el soldado-poeta, se parece indiscutiblemente al propio Virgilio.
A diferencia de sus compatriotas y predecesores Nevio y Ennio, los fundadores de la épica romana, Virgilio nunca sirvió como soldado[26]. Sin embargo, Pedro Mexía, uno de los autores más leídos en la España del siglo XVI, opinaba que el poeta era el mejor ejemplo de «Cómo los que de humildes padres y linajes nascen también deben procurar ser claros por sí, y traense muchos exemplos de hombres que de bajos principios subieron a grandes estados y lugares»[27]. Esta figura de Virgilio, hijo de un calderero, como Mexía pudo leer en Suetonio, se adecúa especialmente bien a nuestros soldados icáricos que, contra todo lo que se esperaba de la gente de su clase, se alzaron por encima de su estatus en un audaz vuelo literario para escribir los cantos de sus vidas y trabajos. Este libro cuenta la historia de las contrapartidas españolas históricas del ficticio Creteo imaginado por Virgilio, los camaradas de las musas en la línea del frente, que escribieron sobre las armas, las guerras y los hombres que las libraron.
[1] Frédérique Verrier, Les armes de Minerve: L’humanisme militaire dans l’Italie du XVIesiècle, París, Presses de l’Université de Paris-Sorbonne, 1997, p. 102.
[2] La generación de los intelectuales fascistas de la España de posguerra dedicó mucha atención a este tema: Luis Rosales y Felipe Vivanco, Poesía heroica del imperio, Madrid, Ediciones Jerarquía, 1940; José María Hernández Rubio, Poetas soldados españoles, Madrid, Editora Nacional, 1945; José López de Toro, Los poetas de Lepanto, Madrid, Instituto Histórico de Marina, 1950; José Antonio Maravall, El humanismo de las armas en Don Quijote, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1948, que revisó después concienzudamente en Utopía y contrautopía en el Quijote, Santiago de Compostela, Pico Sacro, 1976. En épocas más recientes, persiste la identificación no problemática de la política del imperio en la España moderna con el discurso producido por sus soldados. En 1998, el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, editó Armas y letras en el Siglo de Oro español (Antología poética), Madrid, Ministerio de Defensa, 1998, una colección de textos que describía el oficio de soldado como un ejercicio caballeresco al servicio de tres grandes ideales: la patria, la monarquía y la fe católica (p. 17).
[3] «La Fortuna envidiosa / hirió la mano de Miguel de Cervantes, / pero su ingenio en versos de diamantes / los de plomo volvió con tanta gloria», Lope de Vega, Laurel de Apolo (1630), Antonio Carreño (ed.), Madrid, Cátedra, 2007, p. 413. Luis Astrana Marín tituló su monumental biografía de Cervantes Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes, 7 vols., Madrid, Instituto Editorial Reus, 1948-1958.
[4] Véase especialmente Rafaelle Puddu, El soldado gentilhombre: Autorretrato de una sociedad guerrera, la España del siglo XVI, Enrique Lynch (trad.), Barcelona, Arcos Vergara, 1984; Margarita Levisi, Autobiografías del Siglo de Oro: Alonso de Contreras, Jerónimo de Pasamonte y Miguel de Castro, Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1984; Verrier, Les Armes de Minerve; Giovanni Caravaggi (ed.), La espada y la pluma: Il mondo militare nella Lombardia spagnola cinquecentesca, Viareggio, Lucca, Mauro Baroni, 2000; Antonio Espino López, Guerra y cultura en la época moderna, Madrid, Ministerio de Defensa, 2001; Yuval Noah Harari, Renaissance Military Memoirs: War, History, and Identity, 1450-1600, Woodbridge, Boydell, 2004; David García Hernán, La cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro, Madrid, Sílex, 2006; Adam McKeown, English Mercuries: Soldier Poets in the Age of Shakespeare, Nashville, Vanderbilt University Press, 2009; y Stephen Rupp, Heroic Forms: Cervantes and the Literature of War, Toronto, University of Toronto, Press, 2014.
[5] Michael Roberts, The Military Revolution, 1550-1560, Belfast, M. Boyd, 1956. Geoffrey Parker, The Military Revolution: Military Innovation and the Rise of the West, Cambridge, Cambridge University Press, 1996, pp. 6-44, proporciona una útil revisión historiográfica del concepto, la cronología, el alcance y la geografía de la revolución militar como paradigma historiográfico, que él defiende con firmeza ante sus críticos. Véase también el posfacio (pp. 155-176), que complementa los ensayos recopilados por Clifford J. Rogers en The Military Revolution Debate: Readings in the Military Transformation of Early Modern Europe, Boulder, CO, Westview Press, 1995. Para una evaluación general del debate sobre la revolución militar y la influencia de la «nueva historia militar» en la historiografía española, véase Enrique García Hernán y Davide Maffi (eds.), Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica: Política, estrategia y cultura en la Europa moderna (1500-1700), Madrid, CSIC, 2006, pp. 885-900; y Luis Ribot, «Los ejércitos en la Europa moderna: El caso español», en El arte de gobernar: Estudios sobre la España de los Austrias, Madrid, Alianza, 2006, pp. 17-56.
[6]Michael Mallett, «The Transformation of War, 1494-1530», en Christine Shaw (ed.), Italy and the European Powers: The Impact of War, 1500-1530, Leiden, Brill, 2006, p. 17.
[7]Ibid., p. 5.
[8] Para algunas cifras relevantes sobre el tamaño de los ejércitos de los Austrias, véase Parker, The Military Revolution, pp. 24, 45. Véase también Frank Tallett, War and Society in Early Modern Europe, 1495-1715, Londres, Routledge, 1992, pp. 4-13; Mallett, «The Transformation of War», pp. 3-4; Fernando González de León, The Road to Rocroi: Class, Culture and Command in the Spanish Army of Flanders, 1567-1659, Leiden, Brill, 2009; y David Parrott, The Business of War: Military Enterprise and Military Revolution in Early Modern Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 2012.
[9] Sobre la «sociedad de los soldados» véase John Hale, War and Society in Renaissance Europe, 1450-1620, Montreal, McGill-Queen’s University Press, 1998, pp. 127-178.
[10] Parker, The Military Revolution, p. 24. Véase también René Quatrefages, La revolución militar moderna: El crisol español, Madrid, Ministerio de Defensa, 1996. Para una crítica del enfoque «auge de Occidente» sobre la revolución militar de Parker, véase Jeremy Black, Rethinking Military History, Londres, Routledge, 2004; y Peter Lorge, The Asian Military Revolution, Cambridge, Cambridge University Press, 2008, pp. 7-10.
[11] McKeown, English Mercuries, p. 64.
[12] Ranajit Guha, «The Small Voice of History», en Shahid Amin y Dipesh Chakrabarty (eds.), Subaltern Studies IX: Writings on South Asian History and Society, Delhi, Oxford University Press, 1996, p. 12.
[13] Véase Michael Murrin, History and Warfare in Renaissance Epic, Chicago, University of Chicago Press, 1994, pp. 12, 15.
[14] James Amelang, The Flight of Icarus: Artisan Autobiography in Early Modern Europe, Stanford, CA, Stanford University Press, 1998, p. 164. Véase también su perspicaz «Popular Autobiography in Late Medieval and Early Modern Europe», en 1490: En el umbral de la modernidad. El Mediterráneo europeo y las ciudades en el tránsito de los siglos XV-XVI, Valencia, Generalitat, 1994, p. 409, en la que ya apunta a una conexión fuerte entre la revolución militar y la proliferación de escritura soldadesca.
[15] Amelang, The Flight of Icarus, p. 150.
[16] Fernand Braudel, The Mediterranean and the Mediterranean World in the Age of Philip II, Nueva York, Harper and Row, 1972, 2, p. 836.
[17] Victor Davis Hanson, The Father of Us All: War and History, Ancient and Modern, Nueva York, Bloomsbury, 2010, p. 10.
[18] McKeown, English Mercuries, p. 14.
[19] Véase también Judith Butler, Frames of War: When Is Life Grievable?, Londres, Verso, 2009.
[20] Joan Scott, «The Evidence of Experience», Critical Inquiry 17, 4 (1991), pp. 773-797.
[21] McKeown, English Mercuries, p. 14.
[22] Arlette Farge, Des lieux pour l’histoire, París, Seuil, 1997, p. 54. Cursiva en el original.
[23] También importante para su propuesta ética es el hecho de que «si existe antimilitarismo, este procede de la decepción y la desilusión» de quienes han experimentado la guerra. Ibid., p. 63.
[24]Homero, Ilíada, Carlos García Gual (ed.), Madrid, Akal, 1998, 9.186-9.191. Agradezco a mi amigo y colega Jay Reed, del Departamento de Clásicos de la Brown’s University, esta y otras referencias en estos párrafos.
[25] Virgilio, La Eneida, Aurelio Espinosa (trad.), pp. 490-491.
[26] Véase E. J. Kenney y W. V. Clausen (eds.), The Cambridge History of Classical Literature, Cambridge, Cambridge University Press, 1982, 2, pp. 53-76.
[27] Mexía, Silva, p. 333.
1. La república soldadesca de las letras
CLASE Y ALFABETISMO
Miguel de Cervantes, soldado veterano, sabía muy bien lo que decía cuando hablaba de sus camaradas: «No hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida o de su conciencia»[1]. Parece obvio que no era solo la estructura jerárquica y la disciplina del ejército lo que proporcionó a Karl Marx una vieja analogía militar para su descripción del proletariado industrial emergente: el oficio de soldado, como el trabajo de la masa asalariada, siempre se asoció con la pobreza, ya fuera como una forma de escapar de ella o, casi siempre, para perpetuarla trágicamente[2].
La guerra imperial de la época moderna no era un asunto aristocrático, sino más bien plebeyo. Los protagonistas tanto de la revolución militar como de la expansión imperial ibérica no eran elegantes cortesanos, sino soldados desharrapados. Según Bernal Díaz del Castillo, México fue conquistado por una «armada […] de hombres pobres», y para Gaspar Correia, un oficial imperial y cronista de la Asia portuguesa, India se había ganado de manera similar con «la sangre de los pobres y de los hombres humildes» (o sangue dos pobres e homens pequenos), aunque después el rey favoreciera a la nobleza cuando distribuía sus mercedes[3]. Para el ingeniero militar veneciano Giulio Savorgnan, en 1572, los hombres se alistaban en el ejército «para escapar de ser artesanos, de trabajar en un taller; para evitar condenas penales; para ver cosas nuevas; para perseguir el honor». Pero estos últimos eran pocos: «El resto», añadía, «se apuntan con la esperanza de tener suficiente para vivir y un poco más para zapatos o cualquier otra fruslería que haga la vida más soportable»[4].
La mayoría de los soldados de la época moderna eran por lo tanto hombres jóvenes de baja cuna que encontraban en el oficio de las armas el camino más plausible hacia el ascenso social o la mera supervivencia, ya fuera como trabajadores asalariados en las guerras europeas o como aspirantes a una porción del botín procedente de una expedición colonial. En el caso español, los recursos humanos de los ejércitos del imperio procedían en buena parte de las clases populares de las múltiples naciones que componían la monarquía de los Austrias[5]. A esto se añade que el ejército fue una de las instituciones en las que los estatutos de la limpieza de sangre nunca se aplicaron: la ascendencia racial o etnorreligiosa nunca jugó un papel en el reclutamiento, lo que hacía más sencillo enrolarse para amplias secciones de la población ibérica[6]. Un salario regular, por mísero que fuera, y la promesa del saqueo eran sin duda las principales razones para que la mayoría de los reclutas se alistaran en el ejército, puesto que «ofrecía a los muertos de hambre una de las pocas posibilidades de supervivencia»[7].
¿Cómo podía, entonces, un ejército de hombres pobres, en buena parte formado por campesinos, artesanos, fugitivos y jóvenes sin empleo, dar cobijo a una república de las letras?[8]. ¿Cómo podían leer y escribir estos hombres, no digamos ya componer complejas historias de guerra en verso y prosa? A los soldados, después de todo, se les ha contado siempre entre «quienes viven en los márgenes de la alfabetización»[9], lo que explica por qué los historiadores Marie-Christine Rodríguez y Bartolomé Benassar, en uno de los estudios más completos de las tasas de alfabetismo en la España moderna, incluían a los soldados bajo la misma rúbrica que los vagabundos, mendigos, marineros y actores[10].
Hay algunas pruebas, si bien escasas, que nos permiten apuntar a que las destrezas de la lectura y escritura debían estar más extendidas entre los soldados comunes, fuera cual fuera su extracción social, que entre sus pares civiles. A finales del siglo XVI, uno de cada tres soldados que hizo testamento antes de morir en el Hospital Real de Santiago de Compostela podía firmar con su nombre[11]. Uno de ellos parece haberse preparado cuidadosamente para la muerte, puesto que en 1581 poseía un libro de horas y un Contemptus mundi, dos tipos de libro que circulaban ampliamente entre las clases populares así como entre la soldadesca común[12]. Hacia mediados del siglo siguiente, estas tasas podrían haber aumentado: siete de cada nueve soldados podían firmar su testamento con su nombre en Madrid en 1650[13]. Cuando se compara con estos datos, el relato de Cervantes sobre un alférez veterano que escribe El coloquio de los perros en el Hospital de la Resurrección de Valladolid mientras se recupera de la sífilis no parece que «exceda toda imaginación»[14].
En contraste con estos atisbos intrigantes pero insuficientes de la tasa de alfabetización entre los soldados de España, nuestros datos sobre los conquistadores en el Nuevo Mundo son sorprendentemente sistemáticos y fiables. Es bien conocido que el estatus social de casi todos los conquistadores, incluso de los más eminentes, no era particularmente distinguido. La gran mayoría de ellos eran plebeyos de diferentes oficios y ámbitos sociales, aunque algunos de los líderes pertenecían a linajes de la nobleza destituida o la hidalguía marginal. Solo 120 de los 2.200 hombres que participaron en las campañas que culminaron con la conquista de Tenochtitlán en 1519-1521 eran hidalgos y, aun así «la mayoría de estos conquistadores, hidalgos o no, sabían leer y escribir»[15]
