Less está perdido (AdN) - Andrew Sean Greer - E-Book

Less está perdido (AdN) E-Book

Andrew Sean Greer

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Beschreibung

El torpe pero adorable Arthur Less regresa en un inolvidable viaje por carretera a través de los Estados Unidos Del autor de Less, Premio Pulitzer 2018 Por sorprendente que resulte, a Arthur Less la vida no le va mal: es un novelista de cierto éxito que disfruta de una relación estable con su pareja, Freddy Pelu. Nada es para siempre, sin embargo: la muerte de un antiguo amante y una repentina crisis financiera personal empujan a Less a huir de nuevo para solucionar sus problemas, tras aceptar participar en una serie de eventos literarios que le lanzan a una aventura sobre ruedas por los Estados Unidos plagada de giros de guion. Less recorre un Oeste salvaje pero amable, atraviesa el Sur profundo y arriba por fin al lugar que lo vio nacer, un anodino rincón de la Costa Este, rodeado en todo momento de caricaturescos escritores y dos fieles amigos: Dolly, la carlino de color negro y ademanes humanos, y una furgoneta camperizada, bautizada Rosina, que ha visto mejores días. Less se deja bigote, abandona su característico traje gris y se atavía con pantalón vaquero y estilizado sombrero tejano para convertirse en un norteamericano de pura cepa... con relativo éxito, pues lo siguen tomando por holandés, confundiéndolo con otros escritores o tachándolo de «mal gay». Es imposible escapar de uno mismo, ni siquiera cruzando desiertos, pantanos o costas salvajes. Arthur Less deberá por fin enfrentarse a sus demonios personales, desde el padre distante a la tensa relación con Freddy, pasando por el ajuste de cuentas con su vida de privilegiado. Haciendo gala del mismo ingenio y musicalidad que convirtieron Less en un título superventas de lectura obligada, distinguido con el premio Pulitzer, Less está perdido es una novela sobre los enigmas que oculta el estilo de vida estadounidense, los acertijos que nos plantea el amor y las historias que, por el camino, nos contamos a nosotros mismos.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Para mi padre, Andrew Greer, un hombre maravilloso

Y, si un hombre lleva en sí algoabundantemente risible, estad segurosde que hay más en ese hombrede lo que quizá imagináis.

HERMAN MELVILLE, Moby Dick

Atardecer

Unas semanas antes, en el centro médico, Less debería haberse dado cuenta de que su relación pasaba por un mal momento. Se trataba de una extracción de sangre rutinaria para una revisión médica rutinaria, de las que los hombres de más de cincuenta años estadounidenses deben hacerse todos los años. Al abrir la puerta del centro médico tintineó una campanilla, que volvió a sonar cuando trató de cerrar, sin conseguirlo del todo, lo que hizo que sonara una vez más. Y aun otra. «¡Lo siento!», dijo en voz alta dirigiéndose a la sala de espera vacía, en la que únicamente esperaban un dispensador de agua, un tablón de anuncios y una pila de revistas de cotilleo con portadas de colores absurdos. Observemos a Less, no obstante: viste una sudadera fluorescente y un sombrerito de marinero marsellés. ¿Quién habla de absurdidades?

En la sala de exploración, el flebotomista (calvo, taiwanés, muy tatuado, dolido aún por una ruptura sentimental que no viene al caso contar aquí) alargó una carpetita a Arthur Less.

—Escriba su nombre completo en la parte superior, por favor —pidió, mientras ordenaba el intrigante instrumental que había sobre una bandeja.

El paciente escribió el nombre Arthur Less.

—Escriba también el nombre de su contacto de urgencia —dijo el flebotomista, preparando el manguito inflable para la tensión.

El paciente escribió el nombre Freddy Pelu.

—Indique también qué relación mantiene con el contacto —añadió.

El paciente levantó la mirada con sorpresa. Nuestro flebotomista enamorado echó un vistazo al cuestionario y volvió a colocar en la bandeja que tenía al lado el manguito de la presión, con esa perilla y ese tubito que le dan aspecto como de animal submarino y que a veces aprieta tanto que parece que mida no la tensión sanguínea, sino la misma hombría.

—¿Qué relación tiene con esta persona, señor Less? —preguntó bruscamente.

—Es una pregunta difícil de responder —dijo el paciente. Hizo una pausa por un instante y, en un gran malentendido con el universo, escribió por fin: «Relación incierta».

Esa torpeza emocional se hizo evidente asimismo en otra ocasión, durante unas vacaciones en coche por California: Less iba equipado únicamente con su amor rodante (un viejo Saab) y algún material de cámping comprado atropelladamente, que consistía en dos sacos de dormir con cremallera interior sellada y un objeto que podría describirse como un enorme disco hecho de nailon. Tal objeto, de fabricación suiza, se desplegaba automáticamente para convertirse en una tienda cuyos vastos interiores sorprendían hasta al más incrédulo: a Less le fascinaban los bolsillos laterales, los respiraderos, el toldillo, las costuras, las telas mosquiteras y la bóveda circular, que le hizo pensar en el Guggenheim. No obstante, como todo lo suizo, el objeto mantenía una postura neutral: no correspondía a Less en su amor. Convencido de su infalibilidad, Less abrió la tela mosquitera y dejó pasar una díscola despedida de soltero de mosquitos que se abalanzó sobre la barra libre de sangre humana; e incluso se las apañó para confundir la cremallera de la tienda con la de los sacos y dejarlos colgando del techo. El último día, empezó a jarrear a la hora de comer y se hizo evidente que la tienda era muy fiable, pero Less no. Y que era imperativo reservar una habitación de hotel. El más cercano se llamaba algo así como Hotel d’Amour. Less se encontró, en mitad de aquel bosque medio inundado, ante una casita de color pastel e interiores decorados a base de ramos de rosas y muebles chapados en falso pan de oro. La recepcionista lo saludó con gesto sorprendido y amable. El hotel estaba vacío debido a la cancelación de última hora de una boda. «Lo teníamos todo preparado, el altar con las rosas, la oficiante, el convite, la tarta, el champán y hasta el DJ», lamentó la chica con un suspiro. Ella y sus compañeros esperaban expectantes la llegada de cualquier posible cliente. Había una jaula con dos palomas que zureaban con romanticismo. A la corpulenta oficiante se le había empapado el hábito, pero mantenía en el rostro una sonrisa esperanzada. Un cuarteto de cuerda interpretaba Anything Goes, el tema de Cole Porter. La tormenta envió una ráfaga de viento que cerró la puerta de entrada violentamente, bloqueando cualquier posible huida. El sino de Less parecía ineludible.

—¿Qué te parece? —pregunté a Arthur Less.

Sí, era yo quien preguntaba. Yo soy Freddy Pelu. Yo soy el contacto de urgencia (el que recogió a Less del centro médico después de que se desmayara tras la extracción de sangre). Soy un hombre bajito y delgado que raya los cuarenta años y que, reticente a abandonar las excentricidades propias de la veintena (dormir con un gorro de seda para no estropearme los rizos del pelo y usar zapatillas de andar por casa con orejas de conejo), se ha convertido en un estrafalario hombre de mediana edad. Los rizos se han transformado en una especie de zarcillos bañados en plata vieja; las gafas rojas no hacen sino hacer más evidente mi miopía; y, si tengo que dar una vuelta al parque corriendo detrás de mi perro, termino resollando. Sin embargo, no tengo aún ni una arruga y no soy Arthur Less. Si he de hablar de mí, me definiría más bien como una aleación (mi abuela lo llamaría pasticcio) de italiano, español y mexicano: meras nacionalidades que presuponen genes ibéricos, nativos americanos, africanos, árabes y francos, los cuales podrían diseccionarse de nuevo hasta llegar al humano básico del que todos descendemos.

Llevo nueve meses conviviendo con este paciente atormentado, este Arthur Less novelista y viajero, en San Francisco, en una casita de madera de un dormitorio, con alguna que otra gotera, situada en los Vulcan Steps, a la que cariñosamente llamamos la Cabaña, que está escriturada a nombre de su antiguo amante, Robert Brownburn, y en la que Less lleva viviendo una década sin pagar alquiler. Comparte las mieles de nuestra felicidad de pareja un cachorro de bulldog llamado Chicazo. Todo el mundo da por hecho que es chico, aunque los chicazos son, por definición, chicas, como Less se ve obligado a aclarar cada vez, no sin cierta exasperación. Convivir con uno y otro es, para Less, una cruz y una bendición. Nueve meses de felicidad no marital, a los que se suman otros nueve años de relación.

Iniciamos una relación muy informal cuando yo tenía veintisiete años y él cuarenta y uno. Yo me ocupé de alimentar esa informalidad a lo largo de nueve años. Yo vivía con un tío mío muy gruñón que se llamaba Carlos. Nunca me adapté del todo a ese hogar de acogida. El inglés era para mí una segunda lengua en la que me desenvolvía no muy hábilmente; cuando lo hablaba, me sentía a veces al otro lado de un interfono estropeado. La Cabaña se convirtió para mí en un rincón acogedor donde dejarme cuidar. Less nunca me exigió más que besos de despedida al salir de casa; yo di por sentado que él vivía a gusto absorbido por el trabajo o cualquiera de los otros asuntos que yo intuía que ocupaban a los hombres de su edad. Nueve años dando cosas por hecho. Es cruel reconocer que, sin embargo, esos nueve años están entre los que más atesoro. Fue el único periodo de mi vida en que me trataron como a un príncipe. Podía entrar y salir y me sentía reprendido, pero a la vez un objeto de adoración. En ese tiempo, no sabía a qué cosa llamar «amor».

Aprendí por las bravas. Una mañana me levanté sintiéndome a un mundo de distancia de Arthur Less. No veía más que el azul intenso de su traje de diseño. Entendí que la felicidad está al alcance de la mano, pero hay que alargar el brazo. Quise viajar por todo el mundo para recuperar su amor.

Sin embargo, Less no se casaba conmigo aquel día en el Hotel d’Amour. Teníamos las palomas y un cátering con camareros, pero ni por esas. Los relámpagos iluminaban el cielo y la lluvia golpeteaba como un tambor. En su rostro se leía una sola palabra: «inseguridad». «Tengo que pensarlo», dijo.

Esta es la historia de la crisis que vivimos juntos. No en el centro médico ni en el Hotel d’Amour (ni durante otras excursiones malhadadas), sino durante un viaje en concreto, que comienza y termina en San Francisco. Entre medias: un avión, una furgoneta, un autobús, un tren; un burro, una ballena y un alce. Pero dejemos de hablar de mí, Freddy Pelu, por un momento, pues no aparezco en esta historia hasta mucho después…

(Por dejar las cosas claras, en el centro médico, debería haber escrito «pareja».)

Echemos un vistazo a Arthur Less hoy:

Asomado a la borda de uno de los ferris que cruzan la bahía de San Francisco, viste un traje de un gris muy parecido al de la niebla que lo envuelve; tanto que apenas vemos una fantasmal cabeza flotante, como en una película de miedo (que no diera mucho miedo). Observen su pelo rubio, ya ralo (que, azotado por el viento, podría compararse a una decoración de merengue), los delicados labios, la nariz afilada y una barbilla puntiaguda que hace pensar en los incursores vikingos que aparecen en el famoso tapiz de Bayeux. Su piel es todo lo blanca que puede llegar a ser la piel de una persona blanca, teñida únicamente por el rosa de la punta de la nariz y de los lóbulos, y el azul tirando a verde botella de sus iris. Contemplen a Arthur Less. Sobrepasados los cincuenta, tenemos ante nosotros un fantasma de su yo anterior. Conforme el cielo se oscurece, ese fantasma se sustancia en un hombre alto, de mediana edad, que tirita de frío. Nuestro protagonista mira alrededor como alguien que por primera vez se ha dejado crecer bigote y espera que alguien se dé cuenta.

De hecho, Arthur Less se ha dejado bigote. Y, sí, de hecho, espera que alguien se dé cuenta.

Esa neblinosa mañana de octubre, nuestro Novelista Americano Menor ha emprendido un trabajoso viaje rumbo a un pequeño pueblo minero de Sierra Nevada para impartir una conferencia enmarcada en un ciclo titulado «Oradores notables». Para cualquier otra persona, sería un viaje de tres horas, pero Arthur Less tiene que hacerlo más difícil: ha elegido cruzar la bahía en ferri para luego tomar un tren. Según sus cálculos, serán cinco horas de un viaje durante el cual espera ver algún minero del oro regresando desde el libertino San Francisco a las yermas montañas de la fortuna.

Ay, ¿por qué no existirá de verdad un instrumento médico que sirva para medir con precisión la esencia del hombre? ¿Qué lectura daría si lo usáramos en nuestro protagonista, que esboza una leve sonrisa mientras contempla cómo su ciudad se desvanece entre la niebla como una fotografía con demasiada exposición? Quizá daría cuenta de la agitación de ese viejo corazón que se esfuerza por mantenerse a flote dentro de su caja torácica de medio siglo de antigüedad. También, creo, evidenciaría el placer del reconocimiento literario que ya cala: muchos escritores dicen que lo único que desean es que la tinta de sus textos se seque antes de que les toque dejar este mundo, pero probablemente ese regocijo literario es lo que mantiene el calor corporal de Less y lo mueve a asomarse por la borda de un barco ese domingo frío y gris. ¿Acaso no lo consideran un «orador notable»? Ha emprendido un viaje al cabo del cual será aplaudido por mineros del oro, algo así como Oscar Wilde en su gira por el Viejo Oeste. (Tan desorientado está Less que imagina mineros en lugar de agricultores especializados en marihuana.) Es más, Less ha recibido más invitaciones en los últimos días que en todo el año pasado. La organización de un importante premio literario lo ha invitado a formar parte de su jurado y una compañía de teatro le ha ofrecido hacer un montaje a partir de uno de sus relatos. ¿Habrá quizá un público silencioso esperando con ansia su nueva novela? ¿Alguna fuerza oculta e inadvertida por la élite de críticos y editores neoyorquinos que observa de lejos el paisaje literario norteamericano sin interactuar con él, como una estación espacial en órbita?

«Haz caso omiso de todo eso —le advierte el poeta Robert Brownburn en su recuerdo—. El objeto de la escritura está en la página.» El famoso poeta Robert Brownburn, qué fácil decirlo para él: «Dale la espalda al amor».

El poeta Robert Brownburn: mi predecesor. Estuvieron juntos quince años, la mayor parte de ellos viviendo en la Cabaña. Se conocieron cuando Less tenía apenas veintiuno, en la playa Baker de San Francisco. Less había trabado conversación con una mujer que, fumando un cigarrillo y oculta la mirada tras unas gafas de sol, le dijo que se llamaba Marian y le aconsejó que aprovechara su juventud, que la derrochase. Además, le pidió un favor: que acompañase a su esposo entre las olas, que eran muy fuertes. Así lo hizo: ese hombre resultó ser Robert Brownburn. El poeta dejó a Marian para irse a vivir con Less. Cuando ganó el premio Pulitzer, lo llevó a la ceremonia de entrega; lo llevó también a París, a Berlín y a Italia. Cuando se separaron, Arthur Less mediaba la treintena. Podría decirse que Robert Brownburn formaba parte de su juventud. Yo he formado parte de su mediana edad. ¿Habrá alguien más, un hombre aún ignoto, que vaya a compartir con Less su ancianidad? Less quizá se habría casado con Robert Brownburn si hubiera sido posible. Pero los tiempos han cambiado y las leyes también. Yo nunca se lo he pedido.

Volvemos al frío de San Francisco cuando Less, aún a bordo del ferri, recibe la primera de tres llamadas telefónicas:

—Hola-por-favor-desea-comunicarse-con-usted-Peter-Hunt-no-cuelgue —oyó decir mecánicamente a una voz.

Less espera sin colgar, escuchando a Céline Dion interpretar de cabo a rabo una versión de You Shook Me All Night Long, de AC/DC, tras lo cual sobreviene un breve silencio y, seguidamente, la voz de su agente literario:

—Arthur, voy a ir al grano. —Sean buenas o malas, Peter suelta las noticias a empellones, como quien fustiga a una montura.

—¡Peter!

—Estás en el jurado de un premio —dice el agente con tono algo brusco; uno se lo imagina agitando su canosa cola de caballo—. Ojalá no lo hubieras aceptado, pensé que este año tenías opciones de ganarlo…

—Peter, no seas ridículo.

—Mi consejo es que no te molestes en leer nada. La novela ganadora se te revelará, como una visión. Es mejor que dediques tu tiempo a otros asuntos.

—Gracias, Peter, pero mi deber es…

—Hablando de otra cosa —continúa Peter sin detenerse siquiera a escuchar—, ¡tengo buenas noticias! Te he conseguido un artículo sobre H. H. H. Mandern, diez páginas, con semblanza, entrevista, fotos satinadas y toda la pesca. Ha pedido que lo hagas tú, específicamente.

—¿Qué? ¿Quién?

—Tú, que hagas tú la pieza.

—No, digo que quién es la persona que quiere que haga ese reportaje.

—¡Mandern! Estaba un poco confundido, le aclaré todo. Va a hacer una gira de presentación de su última novela. Tú irías a Palm Springs y a Santa Fe. Ahí le harías una entrevista durante la presentación. Luego tendrías que hablar con él y organizar el artículo para la revista. La única pega es que ese evento es dentro de dos días.

—Entonces no —replica Less con firmeza—. Me voy a Maine.

—¿Estás trabajando en algo?

—Peter, ¡mi nueva novela sale dentro de seis meses!

—Estoy seguro de que ya has empezado a trabajar en otra cosa.

Por supuesto que Less no ha empezado a trabajar en otra cosa. Nuestro protagonista ha alcanzado ese momento en el ciclo vital de los escritores en el que, tras desprenderse de la librea invernal —los últimos detalles ortográficos, los ajustes de estilo— y haber dedicado meses a rebuscar hasta la última nuez y la última grosella que produjesen sus extenuadas mentes literarias —a saber, los artículos y críticas que pueden posponer lo inevitable, a veces de manera indefinida—, emergen de su guarida arrebatados por una suerte de celo literario: ha llegado el momento de empezar una nueva novela.

—Bueno… Lo de Palm Springs.

—Peter, no voy a ir.

—Empieza el martes, piénsatelo. Será estupendo formar parte de un jurado, volver a la escena… —Y entonces se corta la comunicación.

Entre las aguas de la bahía de San Francisco aparece un rostro: un león marino que mira fijamente a Arthur Less, la única persona en la cubierta azotada por el viento helado. Less le devuelve la mirada. ¿Quién sabe de qué estará intentando advertirle? El león marino (¿o es una selkie?) desaparece en las profundidades y Less se queda solo.

Ese Novelista Americano Menor debe querer volver a escena, desde luego, pues lleva mucho tiempo lejos de su territorio natural. Tanto que siente este como el salmón su arroyo natal cuando regresa a él: como un país extranjero más. Tras un zigzagueante itinerario alrededor del planeta —diez mil kilómetros a vuelo de albatros (todo un relato de viajes, para otra ocasión)—, aterrizó en casa, en San Francisco, solo para volver a partir en un viaje de tres meses más (a México) para terminar su novela. Nuestro frugal autor se alquiló una cabaña en una playa de Oaxaca alimentada con energía solar, lo que lo obligaba a levantarse al amanecer y trabajar hasta que se cortaba el suministro eléctrico, al anochecer. Cuando volvió a mis brazos era un despojo, pero se le notaba satisfecho como nunca en su vida.

¿Cómo es regresar a tu país tras tanto tiempo? Less dio por hecho que sería como retomar una novela aparcada tiempo atrás; quizá debas volver a leer las últimas páginas, recordar quiénes eran Janie, Butch y Jack y por qué a todos los vecinos de Newtown-on-Tippet les causa tanta indignación el castillo. Pero, no, nada de eso, de ningún modo. Es mucho más raro. Es más parecido a cuando retomas una novela aparcada hace un tiempo y te das cuenta de que se ha estado escribiendo sola mientras tú estabas a otra cosa. Ya no hay ninguna Janie ni ningún Butch ni ningún Jack. Ni rastro de Newtown ni del castillo. Por algún motivo, estar en tu país ahora te parece como flotar en el espacio exterior, orbitando Saturno. O, peor aún, puede ocurrir que las páginas que querías releer han sido arrancadas: debes entonces empezar desde el punto en que te encuentras, desde el punto que es tu lugar de origen, y, sin más, abrirte paso y arrear. Quizá pienses: «¿Qué ha pasado? Dios mío, ¿qué es todo esto? ¿Una broma?».

Pero no, es ley de vida. Desgraciadamente, nadie en esta vida está de broma.

La segunda llamada es mía, de Freddy Pelu.

—¡Freddy, tengo buenas noticias!

—¡Qué contento estás! ¿Qué ha pasado?

—Peter me acaba de llamar y al parecer H. H. H. Mandern quiere que le haga un reportaje.

—¿Quién? —pregunto.

—¡H. H. H. Mandern! —repite Less—. Uno de los escritores actuales más reconocidos. Es dinero fácil. ¡Pero he dicho que no!

—¿Y esas son las buenas noticias?

Less está exultante:

—¡He dicho que no! ¡Porque mañana voy a estar contigo en Maine! No sé qué está pasando, no sé por qué estoy en el jurado de ese premio y no sé por qué tengo que hablar hoy, no sé por qué Mandern ha pedido que lo entreviste yo, pero, Freddy, ¡sienta genial! ¡Es maravilloso que a uno lo quieran! Porque, de verdad, ¿quién quiere a un novelista blanco y gay de mediana edad del que nunca ha oído hablar nadie?

—Yo —respondo—. Yo lo quiero.

Yo no estoy sufriendo el frío de San Francisco, sino el del noreste del país. Me encuentro en una pequeña ciudad universitaria del estado de Maine, en la que voy a pasar tres meses de mi año sabático haciendo un curso de narrativa.

—Bueno, pues estás de suerte —repone él—. Mi vuelo sale mañana a mediodía.

—¿Has rechazado lo del reportaje? ¿De verdad?

—¡De verdad! Me voy contigo a Maine, teníamos ese plan. No quiero que pasen meses sin vernos.

—Pero a ti te encanta viajar.

—No, a mí me encanta viajar contigo —puntualiza Less mientras suena de fondo una sirena de barco—. Voy al pueblo minero y después me voy a verte a Maine.

—¿Sabes lo que me gustaría ver en el novelista blanco y gay de mediana edad del que nadie ha oído nunca hablar? Un poco de seguridad en sí mismo. Quizá te invitan porque eres realmente un gran escritor.

—¿Sabes qué? —contesta Less—. ¡Hoy tengo la impresión de que quizá sí lo sea!

—¡Por supuesto que lo eres! —reafirmo.

—Freddy, perdona, tengo otra llamada. ¡Te quiero!

—¡Cógelo! ¡A lo mejor son los del Nobel!

—¡A lo mejor! —responde él, y yo le digo que lo quiero. Los leones marinos o las selkies parecen saludar a Less desde el agua, dando una última advertencia; él devuelve el saludo y, embargado por la alegría, contesta el teléfono por tercera vez esa mañana. Las cosas le están yendo tan bien hoy que hasta se le antoja posible que le llamen los del Nobel.

Pero, ay, amigos, no son los del Nobel. Es ley de vida, que, desgraciadamente, nunca sean los del Nobel.

Less oye una voz sombría al otro lado de la línea: «Arthur, soy Marian…».

Sé fuerte, Arthur Less. ¿Recuerdas que habíamos hecho un trato, poco después de que me instalara yo en la Cabaña? Era domingo y me había pasado el día entero en esa cama blanca (al pie de cuya ventana crecía la bignonia) corrigiendo exámenes. No me había movido desde el desayuno y había oscurecido hacía rato. Apareciste tú con una pizza y una botella de vino. También tú te habías pasado el día en albornoz. Te sentaste en la cama, me serviste una copa y me dijiste: «Freddy, ahora que estamos viviendo juntos, tengo una propuesta que hacerte». Tenías el pelo rubio revuelto, las mejillas encendidas (como se dice en las viejas novelas románticas); quizá te habías terminado antes los restos de otra botella. «Ninguno de los dos es fuerte. No somos capaces de colocar un estante ni de arreglar un lavabo y ninguno de los dos podríamos cazar un ratón.» Me pusiste la mano sobre el brazo. «Pero al ratón hay que cazarlo. Esta es mi propuesta: tú serás el fuerte los lunes, miércoles y viernes. Y yo lo seré los martes, jueves y sábados.»

Me quedé en silencio unos segundos y pregunté, suspicaz:

—¿Y los domingos?

Me diste unos golpecitos en el brazo para hacerme sentir más seguro.

—Los domingos, Freddy, ninguno de los dos tendrá que ser el fuerte.

Estando en Maine, recibo un mensaje de voz: «Freddy, ha llamado la exmujer de Robert, Marian —una breve pausa—. Robert ha muerto, hace unas horas. Fallo multiorgánico. He cancelado el evento del pueblo minero. Tengo que volver. Marian estaba en Sonoma y va de camino, se va a quedar esta noche en la Cabaña, tenemos que organizar el funeral para mañana, así que no se te ocurra volver. Va a ser algo sencillo, unas cuantas personas solo. Vamos a intentar dejarlo organizado y te cuento. Te llamo luego. Te quiero».

Hoy es domingo.

La primera persona que se fija en su nuevo bigote es la exmujer de Robert Brownburn.

—Lo siento mucho. No debería fumar aquí —dice Marian Brownburn. Lo esperaba en el dormitorio de la Cabaña. Desde el otro dormitorio llega el rumor de la aspiradora; nuestra chica de la limpieza, una señora hippie ya de cierta edad llamada Lydia ha esparcido un polvo blanco por todas las alfombras. Less cierra la puerta a sus espaldas y suspira.

Bajita, corpulenta y hermosa, rozando ya los ochenta, Marian sigue desprendiendo ese aroma vitalista que Less recuerda de su primer encuentro en la playa. Su pelo —que en la memoria de él sigue siendo castaño y rizado, quizá en permanente— se ha convertido en una melena corta y lisa, como de acero blanco, que enmarca su rostro con la severidad de un casco griego. A los ojos de ella, cómo no, el pelo de Less había clareado hasta recordarle a la tonsura de un abad. Ella estaba sentada en la cama y vestía una especie de casulla o poncho largo de algodón color púrpura, decorado el cuello con una piedra de color ensartada en un cordel. Sonríe, aunque las lágrimas le han ensombrecido el rostro.

—Me he abandonado a todos mis vicios —declara, tirando la colilla por la ventana. Hace un esfuerzo por mantenerse de pie; las caderas, que el día que se conocieron sobresalían suntuosas sobre la arena, le han sido sustituidas por prótesis (también de acero blanco)—. Solo me quedan dos, en realidad. Fumar y el optimismo. Es el mismo vicio, de hecho. —Ambos se funden en un abrazo.

—Oh, Marian, es terrible. Terrible.

—Estás distinto, Arthur.

—¿Sí? —pregunta él, tocándose el bigote.

—Más delgado —dice—. Ojalá el duelo me deje a mí así de delgada.

—¿Más delgado, eh? Tú estás estupenda, Marian.

Marian vuelve a sentarse y deja escapar una carcajada, enjugándose el rostro con la palma de la mano.

¿Es más fácil sobrellevar la muerte de un viejo amor cuando tienes ochenta años o cuando tienes cincuenta? Es difícil de dilucidar observando a esas dos personas, viejas enemigas, y sus muecas desvaídas. Marian sigue pareciendo una mujer vital, pero exasperada; como una planta que alguien hubiese desarraigado. No parece haber remedio para su sufrimiento y sus ojos no dejan de dirigirse a la ventana, como si esta no diera al exterior, sino a otro plano de la realidad en el que nada de aquello ha ocurrido. Y Arthur Less. Arthur Less parece un ayudante de mago sin mago. ¿Quién va a aserrarlo por la mitad?

Less se sienta junto a ella en la cama.

—Marian, ¿qué tal todo este tiempo? —Ambos se habían preocupado, demostrando un gran sentido común, por no coincidir en las visitas a Robert.

—Pues, mira, tejiendo alfombras —explica, tomando entre los dedos la piedra que cuelga sobre su pecho, un gesto quizá instintivo que calma su ansiedad—. He tejido todas las alfombras de una tipa adinerada que tiene una mansión en Montana. Doce dormitorios. Casi he terminado, pero, Arthur, trabajo cada día más despacio. Temo ser víctima de un encantamiento y que, cuando termine la última alfombra…, me desplome muerta.

—Estás hablando como una novelista —comenta él con tono triste.

Marian se encoge de hombros y mira de nuevo por la ventana.

—Le dije a mi clienta que me daba miedo terminar, ¿y sabes lo que hizo? Construyó una casa de invitados para que tuviera otra alfombra que tejer.

Less mira alrededor.

—¿Dónde está Chicazo?

—Ya he conocido a tu perro. Esa mujer tan amable lo ha encerrado en el baño. Al parecer, tenemos que quedarnos en el dormitorio hasta que el polvo mágico haga su efecto en las alfombras de la casa. Gracias por acogerme.

Less se ahorra explicar que Chicazo es perra.

—Me alegro de verte, Marian. Aunque sea por una razón tan triste.

Marian lo mira a los ojos, pero sigue sin ver el bigote. Se oye la aspiradora acercándose al otro lado de la puerta del dormitorio. Se quedan sentados sin hablar hasta que pasa el huracán.

—¿Y tú, Arthur? Decías antes que estabas de viaje.

—Ah, sí, pero muy cerca. Al norte del estado. Pero he cancelado el evento.

—Siempre te imagino viajando.

—Ya no tanto —replica él—. Me invitan a muchos saraos. Y estoy en el jurado de un premio. Pero no viajo tanto.

—¿Sabes? —dice Marian—, no me parece que Robert esté realmente muerto. Qué tontería, ¿no? Pienso que le ha pasado como a Merlín, apartado del camino de la vida y encerrado en el tronco de un majuelo por mil años.

Less se da cuenta de que ha esbozado una sonrisa.

—¿De verdad? Qué curioso. Él se refería mucho a esa leyenda. Yo creía que se refería a mí. Me decía que yo era el árbol.

—No, Arthur, no.

—Que le había atraído con artimañas, como un hada. Que le había robado sus poderes.

—No, Arthur. Nadie pensó nunca nada parecido. En todo caso, el árbol sería yo. —Marian se apoya las palmas sobre los muslos y deja escapar repentinamente un suspiro—. Esta es la conversación más ridícula que se puede tener en un momento como este. Somos criaturas ridículas.

—Robert estaría orgulloso de nosotros.

¡Ah, Marian! ¡No dibujemos ningún límite en torno a la existencia, pues alberga maravillas desconocidas! Existe una criatura más ridícula aún, que ya se nos acerca, correteando por el suelo, empolvada de blanco y tosiendo como una locomotora de vapor: una bulldog, Chicazo, que parece haber perdido la cabecita de amor.

Marian se ha retirado al dormitorio para descansar. Less y yo hemos charlado y, ahora, él, que ya se ha puesto el pijama, acaba de enchufar su afeitadora eléctrica especial para bigotes y se ha tumbado en el sofá cama para escuchar Noticias lentas en alemán, un pódcast en el que una mujer lee en voz alta artículos del periódico Die Welt con voz tranquila y despaciosa, como un Zugpferden que arrastrara una carreta de estiércol. El alemán de Less, que lo practicó con frecuencia en su juventud, sale poco a escena, como una vieja dama del teatro, pero Noticias lentas en alemán es uno de los placeres lingüísticos que se sigue permitiendo. A mí me gusta llamarlo Noticias aburridísimas en alemán. Cuando llego, Less hace a un lado disimuladamente los auriculares, como si lo hubiera sorprendido escuchando Porno lento en alemán. Creo que, a su lessiano modo, para él es justamente eso. «Die wachsende Kluft —le susurra la mujer con voz suave— zwischen den amerikanischen Folk», momento en el que empieza a sonar su móvil. No es su editor esta vez, sino su hermana, Rebecca.

—¡Ay, Archie! —dice con una exhalación. Lo llama Archie. Siempre lo ha llamado así y no dejará de hacerlo—. ¿Estás bien?

—No, no estoy nada bien. Y Marian tampoco. Y así es como debe ser.

—Menudo palo.

—No, no es un palo —puntualiza Less—. Yo sabía que iba a pasar. Lo que pasa es que no me he preparado como debería.

—Archie, tu única responsabilidad durante los próximos días es asentir con la cabeza cuando la gente te diga que también está triste y comer todo lo que puedas. Y recuerda beber alcohol. Es importante. Cómprate botellitas de esas pequeñas que te gustan tanto. Archie, ¿hay ahí contigo una mujer que está hablando en alemán?

—No, no —responde Less, pulsando el botón Detener—. No, estoy yo solo.

—Vale. ¿Cuándo es el funeral?

—Mañana. En el Columbario. Son solo sus cenizas. Marian y yo hemos movido cielo y tierra para organizarlo todo a tiempo. Ella ha invitado a unos pocos amigos muy cercanos. Yo he contratado una coral.

—¿Un coral?

—No, una coral. Un coro.

—Bien hecho.

—Y después habrá una celebración de su vida. Al menos, así es como lo han anunciado. Robert lo habría odiado. ¿Y tú, cómo estás?

—Aquí, con el mar.

Arthur la oye suspirar de nuevo. Su hermana está en casa, en el estado que los vio nacer, Delaware, tres husos horarios al este. La hermana de Less pasó de tener un apartamento de un dormitorio en Brooklyn y marido a tener una casita a orillas del Atlántico y no tener marido: una ampliación y reducción simultáneas del abanico de posibilidades. Tras un año de disputas, habían firmado los papeles del divorcio la semana anterior.

—Pero ¿estás bien, Reb?

—Pues como cualquiera en esta familia —responde ella, refiriéndose al divorcio como si fuera una ancestral lacra entre los Less. Con su hermano, corresponde aludir a Robert—. Tú has pasado por ello. Las cosas son más difíciles pero mejores. No tengo que escarbar entre los trastos de otra persona para encontrar las tijeras. Metafóricamente hablando.

—¿Crees que para mamá las cosas fueron también más difíciles pero mejores?

—Lo que creo es que papá estaba loco —sentencia su hermana—. ¿Qué pasaría si tuvieras que levantarte todos los días al lado de alguien que te está prometiendo un milagro, y cada día te lo creyeras, y cada día ese milagro no se obrase?

—Reb, yo también me levantaba todos los días con eso.

—Me alegro mucho de que papá se fuera cuando yo era pequeña. Lo único que recuerdo es que me llamaba valona.

Ambos ríen alegremente. Ella le recomienda que descanse un poco y se despide.

No es hasta más tarde, después de haber hecho una última ronda por su pequeña casa y llevado en brazos a Chicazo al sofá cama, tras haberse colocado de nuevo los auriculares, cuando, coincidiendo con la voz de cuento de hadas de la mujer alemana —«Wer weiß, wohin das Land gehen wird?»—, Less empieza a emitir agitados sollozos que se extenderán durante toda la noche.

Su hermana utilizó la palabra valona, un gentilicio preñado de significado para mí. Yo siempre intuí que significaba mucho para nuestro protagonista enlutado. Ya he hablado de mis raíces familiares; por la razón que fuese, pasó algún tiempo hasta que me molestara en preguntar a Less por las suyas. Estábamos en el dormitorio de la Cabaña Less y yo; fue en los primeros tiempos, cuando yo era muy joven y supongo que Less también. Él yacía perezosamente entre las blancas sábanas revueltas, al pie de la ventana que la bignonia había conquistado tiempo atrás, y la luz del sol se filtraba para proyectar sobre mi amante una sombra de hojas como forjadas en hierro. Él se encontraba de pie ante el espejo, con su chaqueta de esmoquin y nada más. Fuera se oía al gato del vecino decir: Ciao…, ciao…, ciao.

—¿De dónde era originalmente tu familia? —le pregunté.

Él se quedó muy quieto en la cama, observándome.

—¿Prometes que no te vas a reír? —preguntó.

—Pues claro.

—Tienes que prometerlo de verdad. No quiero que se burlen de mí por esto.

Medio desnudo, me incorporé y crucé las piernas.

—Nunca me burlaría de ti por algo así.

Apartó la mirada y dijo:

—Soy valón.

Reflexioné durante un segundo.

—Repítelo, por favor.

—Soy valón —dijo—. Mi antepasado más lejano, que conozca, Prudent Deless, llegó a América en 1638.

—¿Desde dónde?

—Desde Valonia.

Estallé en una carcajada incontrolable, doblándome ante el espejo. Él dio un sorbo a su café en silencio.

—¡Lo siento, lo siento, no he podido evitarlo! —me excusé, arrastrándome sobre la cama—. ¿Eres un valón de Valonia? —Él asintió solemnemente con la cabeza—. Suena como el país de los pitufos.

—Sabía que te ibas a reír de mí, lo sabía.

—Vale, vale. Lo siento —me excusé, acercándome a él, y fruncí el ceño—. Cuéntame más cosas de ese tal… ¿Prudent?

Él enarcó las cejas y se dispuso a relatar:

—Prudent Deless, sí. Mi padre nos contó su historia. Rebecca cree que es graciosísima. Prudent Deless era todo un tipo, un granuja que llegó en 1638 a Nueva Suecia.

—Eso de Nueva Suecia te lo has inventado.

Less explicó que además de Nueva Francia, Nueva España y Nueva Inglaterra, había existido supuestamente una Nueva Suecia. Fue una colonia efímera y sus fundadores aguantaron solo unos años antes de rendir sus plazas a los Nuevos Países Bajos (que tampoco duraron mucho).

—¿Y Prudent? —pregunté

—Prudent era el único valón de la colonia —contestó Less.

Me incorporé y puse su café en la mesita auxiliar.

—Pero… Vamos a ver. Debes de tener raíces en otros lugares. No puedes descender de un linaje procedente en exclusiva de ese señor.

Él extendió los brazos en toda su envergadura.

—Pues claro. Toda esta historia del valón es una tontería.

—Un invento, más bien.

—Sigues sin poder reírte de mí.

De repente, me sentí más irritado que con ganas de reír, aunque no sabía muy bien por qué. Yo recitaba mi linaje completo a cualquier compatriota que, como un espía en una película de guerra, preguntara por mi filiación. Pero mi pareja actuaba como si hubiera brotado del entrecejo del mismísimo Zeus. Lo único que pude decir en aquella ocasión fue:

—A partir de ahora voy a llamarte Prudent. —Me bajé de la cama y me miré en el espejo y luego miré el reflejo de Less, a mi espalda—. Creo que es un nombre perfecto para ti.

—Freddy, por favor, no…

Prudent se pone en pie, quitándose los tapones de los oídos, y descubre que Marian ya se ha duchado y ha hecho café. Ella le trae una taza y él repara en que va vestida de negro de pies a cabeza. Prudent recuerda lo que deben hacer hoy.

La ceremonia se celebrará en el Columbario, un edificio estilo beaux-arts con aspecto de panettone gigante que se levanta entre una copistería y un párking en un barrio del noroeste de la ciudad. Es el último lugar de descanso de muchos sanfranciscanos famosos. Como en casi todos los crematorios, en los nichos se conservan los restos de los finados, pero, a diferencia de otros, en este las lápidas de los nichos son de cristal. Esto permite a los dolientes exponer no solo la urna con las cenizas, sino cualquier otro objeto amado: muebles de casa de muñecas, collares de cuentas del Mardi Gras, una caja de comida china o un frasco de albóndigas de pescado gefilte. Es muy edificante ver tantas vidas expuestas. Less jamás habría pensado, por ejemplo, que a alguien podía gustarle La leyenda de la ciudad sin nombre tanto como para hacerse enterrar con un ejemplar del DVD, pero, voilà!: en ese lugar aparecía una prueba evidente. Entre los objetos funerarios vio también discos como The Immaculate Collection, de Madonna, o el Judy at Carnegie Hall, de Judy Garland. Esos objetos contaban otra faceta de la historia de la ciudad: durante los primeros años del sida, cuando muchos cementerios rehusaban dar sepultura a los cuerpos de los contagiados, aquel extraño lugar ofreció un lugar de descanso eterno a los hombres homosexuales muertos. Y ahí siguen, dando un toque alegre al solemne espacio. Los años de fallecimiento son 1992, 1993, 1994… Los años más duros. Es algo así como el cementerio de la Misión Dolores, en muchas de cuyas lápidas se leen los años 1850 o 1851, justo un año o dos después de que llegasen a San Francisco cientos de miles de personas en busca de oro. Llegaron y murieron allí, como aquellos jóvenes gais: las yermas montañas de la fortuna.

—Mira esto —indica Marian a Less. Ambos visten de negro; Marian, una especie de camisón, y Less, su único traje negro, amén de un pañuelo de tela blanca debidamente doblado y metido en el bolsillo de la pechera. Lo compró con Robert en París veinte años antes. Se encuentran frente a una vitrina en la que hay dos imágenes talladas en cristal que representan a sendos jóvenes bigotudos. Él los supone pareja, pero Marian señala los grabados: eran «las parejas amadas» de un mismo hombre, que aparentemente aún vivía—. Estuvo con este hasta que se murió. Y luego con este hasta que también se murió —especula Marian.

—Dios mío.

—Imagina ser el segundo tipo. Quizá sabía que su pareja había hecho este monumento a un antiguo amante y, cuando enfermó, le prometió que también recibiría su homenaje. Imagina. Se convirtió en cristal.

—Leonard LeDuke —Less pronuncia en voz alta el querido nombre tallado—. Un hombre poco afortunado.

—No. Un hombre afortunado —replica Marian.

Se oye ajetreo fuera y, de repente, aparecen, con sus trajes y vestidos negros —esa ropa antigua con la que tropezaban de vez en cuando en los roperos, pensando «esto nunca me lo pongo, debería deshacerme de ello»; al sacarla, se percataban del color negro y recordaban que la muerte iba estando más cerca—, con sus gafas de sol, los zapatos gastados y los bolsillos llenos de pañuelos de papel arrugados. Aquí llegan, charlando amistosamente mientras atraviesan el umbral del Columbario, los americanos de luto.

Son la Escuela Río Russian. Al menos, lo que queda de aquel movimiento artístico de la época de Robert. ¡Qué viejos están! Less recuerda las tardes en la cabaña de madera, las partidas de cartas y el vino tinto, y los gritos. Él se sentaba, modoso, mientras Robert discutía con Stella Barry. Le parecieron viejos ya en aquellos días, con sus arrugas y sus cartucheras, cuando eran bastante más jóvenes de lo que él es ahora. Llegará el momento, inshallah, en que Less sea aún más viejo de lo que ellos son hoy (el paso del tiempo siempre ayuda a hacer más elegante la prosa). ¿Seguirá Less sintiéndose tan torpe? Emerge Stella como una gran garza azul que levantara cuidadosamente una pata tras otra mientras recorre el camino de grava. Su pelo es una llamarada blanca; su porte, demacrado e inseguro; su boca y sus mandíbulas son un largo pico que se mueve adelante y atrás al hablar con el hombre que la lleva del brazo. El hombre que la lleva, Franklin Woodhouse, el famoso artista que una vez pintó desnudo a Arthur Less (conservado en colección particular). Tan encorvado camina que parece mirar solo esos pies suyos que arrastra por el suelo, haciendo caso omiso del camino que se extiende ante sí, como quizá hacemos también los demás. Hay otras personas cuyos nombres Less no recuerda —aunque algunos aparecen en fotos con él— y que hoy se desplazan con la ayuda de bastones y andadores; uno de ellos usa una silla de ruedas eléctrica. Todos se dirigen hacia Less y Marian, que los esperan quietos, como convertidos en cristal.

Robert llevó a Less a Provincetown, Massachusetts, mediado el lapso que compartieron como pareja, cuando el brumoso encantamiento del amor temprano se había disipado ya, pero las neblinas de la desilusión no estaban aún asentadas sobre sus cabezas —en este tiempo, la cotidianidad puede opacar la lucidez, que es una de las bellezas propias de ese lapso—. Con cada bajamar, Robert y Less salían a pasear por la playa, de la que milagrosamente se habían retirado las aguas, dejando al descubierto una arena basta y oscura y muchos gusanos rojos que parecían las marcas de un editor sobre un manuscrito («Eliminar esto, esto y esto otro»), quizá porque a Less casi todo le recordaba a sus continuados fracasos a la hora de conseguir poner sus sueños negro sobre blanco. Por encima de sus cabezas se extendía un suave cielo algodonoso, veteado de gris, hasta el horizonte. Aún estaban enamorados.

Fue en Provincetown donde Less supo, durante una llamada telefónica con su hermana, que a su madre le habían diagnosticado un cáncer de pecho. Se sentó temblando en la desvencijada mesita (se habían metido a la casa porque había estallado una tormenta). Junto a la cama del capitán crepitaba un fuego. Less dijo que cogería un avión a Delaware y Robert no dijo nada. Less dijo también que iba a dejar la novela que estaba escribiendo. Que todo eso era pura vanidad. ¿Cómo iba a escribir mientras su madre estaba muriéndose?

—Lamento que te hayas convertido en escritor —dijo Robert por fin, arrodillándose junto a él y tomándolo de la mano—. Pero no puedes dejarlo. Tienes que escribir sobre ello. Y usarlo más tarde. Eso quiere decir que tienes que prestar atención. Siento mucho esta desgracia. Te quiero. Pero presta atención. No te será de ayuda ahora mismo, pero te prometo que lo será más adelante. Eso es todo lo que tienes que hacer. Prestar atención.

Less dijo que no usaría la muerte de su madre como ejercicio literario.

Robert se levantó y cogió una botella de vino, la descorchó y sirvió dos copas. El fuego cercano parecía hacer tictac como un reloj. El perfume de sándalo de Robert complementaba muy adecuadamente la atmósfera de esparcimiento.

—Mi hermana murió cuando yo estaba dando clases en Padua. Ya te lo he contado. Fui a la capilla de los Scrovegni a mirar los Giottos y no sentí nada. Toda aquella belleza, desperdiciada. Yo no buscaba nada bello. Pero me obligué a mirar. Giotto pintó aquella capilla en el año 1305 y Dante lo visitó mientras trabajaba. En la escena de La matanza de los inocentes hizo una de las primeras representaciones realistas de las lágrimas humanas que se conocen. El rastro que dejan mejilla abajo y cómo cuelgan por un instante de la parte inferior de la mandíbula antes de caer. Observé esas lágrimas durante un buen rato. Me ayudó saber que alguien se había fijado en eso hace setecientos años. Alguien conocía mi dolor —Robert puso la copa de Less sobre la mesa—. Escúchame, esto es lo que tienes que hacer: prestar atención. No es por ti. Es por alguien dentro de setecientos años. —Less elevó el rostro, lívido de rabia por aquel primer enfrentamiento real con la muerte. Más tarde, Robert sentenciaría que aquellas lágrimas se habían abierto paso hasta uno de sus poemas o, más bien, cierto detalle de aquellas lágrimas que había llamado la atención del poeta. Less preguntó cuál era ese detalle—. Que las lágrimas eran negras.

La ceremonia se inaugura con una canción de Leonard Cohen interpretada por una heteróclita coral gay. Marian se adelanta y pregunta en voz baja dónde ha encontrado Less una coral tan mala y Less le dice que alguien se la recomendó y apostilla en un susurro: «No están tan mal, no están tan mal», a lo que Marian replica que preferiría oír cantar al coral, pero al de la barrera australiana.

El programa incluye una pieza de violín inspirada en un poema de Robert. La ejecuta un adolescente con el pelo teñido de rosa y peinado de punta, como un erizo de mar. Marian rompe a llorar y, aunque hay cajas de pañuelos de papel fijadas a todas las columnas del templo, Less le alarga el pañuelo de tela que lleva en el bolsillo de la pechera. Marian lo utiliza para sonarse la nariz con gran estruendo.

Acto seguido, Less observa cómo la mujer se guarda su pañuelo favorito en el bolso.

Un señor mayor negro que se cubre la cabeza con una boina recita con voz temblorosa las palabras del oráculo de Delfos: «Todo ha terminado». Y la Barrera de Coral se dispone a cantar otra canción de Leonard Cohen.

Presta atención, Arthur Less. Aquí y ahora, en este momento en que los dolientes suben los escalones que conducen al nicho donde reposarán los restos de Robert Brownburn. Intenta pastorear tus pensamientos para que acudan al cuerpo hecho cenizas depositado en esa urna, que ahora es colocada dentro del cubículo —este es el momento y esta es la ocasión de llorar, de prestar atención, como en tantas ocasiones Robert aconsejó a sus colegas de oficio, tú entre ellos: ver y tomar nota—. Sin embargo, tan pronto convences a tu mente de atravesar la angosta puerta del dolor, los pensamientos huyen, escapan a algún prado nuevo en el que retozar. Sí, piensas en tu pañuelo de tela, por ejemplo, ese que Marian se acaba de guardar en el bolso, y te das cuenta de que, en el contexto de un funeral, tal gesto significa que ese pañuelo quedará en manos de la dolida exesposa para siempre, pues en un funeral todo gira en torno a lo eterno. Ese pañuelo de tela, que compraste especialmente en París, no volverá a tus manos. Estás pensando en la ceremonia y en las balbuceantes palabras que los allegados han compartido (una en particular: tu nombre). Estás pensando en la Barrera de Coral, pero es mejor que no lo hagas porque ahora tienes que aguantar la risa. Has llamado la atención de Marian, porque a ella le pasa lo mismo. Robert está siendo trasladado a su cripta privada ante una multitud de poetas y artistas famosos, que están siguiendo sus pasos en el camino por unirse con los poetas y artistas famosos cuyos pasos siguió él en su día. Es un momento solemne, y su exmujer y su examante están a punto de perdérselo. Está sucediendo, está a punto de suceder. Piensa en otra cosa, Arthur Less. En cualquier otra cosa. El rostro de Robert hecho huesos, por ejemplo, su respiración, el horrible corte de pelo que se hizo al final, como un bebé de dibujos animados con un mechón blanco cayéndole por la frente (no tenía ningún sentido). La Barrera de Coral entona un himno fúnebre en Alemán Lento. Marian trata de esconder la sonrisa, saca el Pañuelo de su bolso y entonces ocurre: Arthur Less estalla en una sonora carcajada.