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Criar seres humanos responsables, íntegros, autónomos y felices es una labor que requiere tanto de amor como de límites. En este libro encontrarás una nueva perspectiva de crianza, y de disciplina, que se aleja de los métodos tradicionales. Usando la neurociencia como base, Límites sin gritos ni castigos pone en tus manos muchas herramientas respetuosas para educar niños pensantes, reflexivos, autodisciplinados y capaces de tomar buenas decisiones por sí mismos. Límites sin gritos ni castigos es una invitación a redefinir lo que entendemos por disciplina, a olvidarnos de todo lo que hemos aprendido y escuchado acerca de cómo criar niños, a despojarnos de estrategias poco respetuosas que dañan nuestra relación con los niños. Exploraremos cuáles son los elementos para que la autodisciplina sea posible. Finalmente integraremos todos esos elementos en un método práctico y respetuoso que puede ser utilizado por padres y profesionales, tanto para resolver conflictos cotidianos como para enseñar comportamientos apropiados.
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Seitenzahl: 235
Veröffentlichungsjahr: 2023
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INICIO
Límites sin gritos ni castigos
Educando para la autodisciplina
Un libro de
Sandra Ramírez
Fotografía de cubierta
Laura Vicario Vivar
Diseño de cubierta
Cristian Arenós Rebolledo
Ilustraciones de interior
Alejandra Carrión
ISBN 978-84-125315-5-8
Primera edición febrero 2023
© 2017 Sandra Ramírez
© Alejandra Carrión por las ilustraciones
© 2023 Útero libros
Plaza Estación, 9 Bajo 12560
Benicasim - Castellón (España)
www.uterolibros.com
Dedico este libro a mi hijo Julián
INTRODUCCIÓN
Criar seres humanos íntegros y autónomos es tal vez la labor más difícil y la más significativa que realicemos en el transcurso de nuestras vidas. Al convertimos en padres nos vemos constantemente retados por situaciones en maneras y en magnitudes que no habíamos imaginado antes. El amor que sentimos por nuestros hijos es incondicional, pero al mismo tiempo, reconocemos que el trabajo que demandan es muy intenso.
En el camino de la crianza, todos los padres asumimos que las alegrías serán más que las dificultades. Nos sorprendemos al darnos cuenta que los niños pueden ser muy difíciles de criar. Muchas veces se rehúsan a cooperar, actúan impulsivamente —aun después de nuestra guía— pegan, se frustran y muchos no quieren comer. Cuando las dificultades se vuelven más numerosas que las alegrías, y cuando los pleitos rebasan los buenos momentos en familia, entonces la dinámica del hogar se vuelve muy nociva para todos. Los padres entran en un estado de supervivencia. Viven el día a día en constante estado de estrés con la única esperanza de que llegue nuevamente la noche para que todo acabe, y sabiendo en el fondo que tendrán que repetirlo todo nuevamente al siguiente día. Este estado de estrés y de desconcierto se agrava con la llegada de más hijos, pues inevitablemente las dificultades se multiplican con cada nueva personalidad y con cada nueva demanda.
Los padres hacemos lo posible por mantener la compostura ante las situaciones difíciles y aquellos padres que adoptamos estilos de crianza más sensibles intentamos tomar la perspectiva de los niños para entender por qué hacen lo que hacen. Esto puede resultar tremendamente desgastante si lo único que se hace es ceder y entender y no se lo balancea con pedir y requerir. Los hogares más armónicos son aquellos en donde todos los miembros se sienten satisfechos, no solo los niños.
Es por esto que la disciplina es la clave para crear armonía en el hogar y para permitir que los niños crezcan sanos. Sin embargo, una de las dificultades que enfrentamos los padres es que en los últimos cincuenta años han surgido dos corrientes opuestas de disciplina que lo único que hacen es confundirnos. Por un lado están las corrientes centradas en los adultos, las cuales se basan principalmente en ejercer control sobre los niños día a día. En esta corriente no existen metas de autodisciplina a largo plazo, solo existe la noción de que los niños deben ser entrenados para obedecer a la autoridad, la cual en primera instancia serán los padres, y después se trasfiere a la escuela y a la sociedad.
Al otro lado del péndulo está aquella corriente centrada en el niño, la cual surgió primordialmente en contraposición a las corrientes autoritarias y controladoras. Las corrientes centradas en el niño inicialmente dan la impresión de que los niños son seres muy frágiles y que toda frustración debe ser prevenida para evitarles un trauma. Este es un gran mal entendido que lamentablemente ha sido muy propagado. La verdad es que tanto la resiliencia como la inteligencia emocional son habilidades necesarias y se desarrollan gracias a la práctica de una disciplina clara y razonable que nada tiene que ver con evitarles a los niños todo tipo de frustración.
En resumidas, tenemos dos corrientes extremas de disciplina (la centrada en los padres y la centrada en el niño) que han surgido en los últimos cincuenta años y ninguna de ellas busca el desarrollo de la autodisciplina. Aquella corriente que propongo en este libro, por el contrario, no está centrada ni en los unos ni en los otros. Es una disciplina centrada en la relación entre padres e hijos, cuya meta a largo plazo es el desarrollo de la autodisciplina.
La palabra disciplina, generalmente evoca una imagen de corrección, remediación y reprimenda. Se usa a menudo como sinónimo de “castigo”. Sin embargo, la definición original de disciplina es “enseñar”. Según la Real Académica de la Lengua, disciplina es “doctrina, instrucción de una persona, especialmente en lo moral”. Esta corriente de disciplina basada en la relación entre padres e hijos ofrece un camino hacia la enseñanza de la disciplina logrando que los niños eventualmente sean capaces de encontrar en sí mismos la sabiduría y la integridad necesarias para actuar correctamente. No por temor a la reprimenda, ni motivados por el incentivo, sino porque han integrado en sus sistemas morales el valor de la consideración, la cooperación y de la justicia. Ese es el verdadero significado de disciplina: es un sustantivo, un compás moral y ético que crece desde adentro y que se adquiere en un ambiente de entendimiento, de amor y de respeto. La relación entre padres e hijos es la que motiva e inspira el desarrollo de una autodisciplina. La conexión interpersonal es la catalizadora tanto de la cooperación, como de la empatía.
En este sentido nuestro rol de padres es el de ser jardineros responsables. Nuestros hijos empiezan como semillas, llenas de potencial pero carentes de experiencia. Si la semilla recibe la nutrición que necesita, echará raíces y se desarrollará poco a poco hasta dar fruto, producto de su madurez. Tú, madre o padre, eres el jardinero que nutre y da, que poda y endereza. Un jardinero sabe que es inútil apresurar a la planta para que crezca más rápido o para que dé fruto antes de que esté lista. La naturaleza es sabia y las cosas se dan a su propio ritmo. Nuestro rol es importante en el desarrollo integral de nuestros hijos pero no todo dependerá de nosotros. Nuestro trabajo es saber interpretar las necesidades de nuestros hijos y hacer lo posible para satisfacerlas y nutrirlas con paciencia. Debemos confiar en los procesos de la naturaleza, lo cual implica confiar tanto en nuestra capacidad de nutrir y de enseñar, como en la de nuestros hijos de absorber y de aprender.
Te invito entonces a conocer cómo educar a los niños para la autodisciplina. Seas madre, padre, abuela, abuelo, maestra, maestro o psicóloga o psicólogo infantil, este libro pone en tus manos las herramientas para criar niños reflexivos y pensantes mientras que al mismo tiempo fortalece tu relación con ellos.
Este libro está organizado en cuatro partes:
La primera parte es una invitación a redefinir lo que entendemos por disciplina. A olvidarnos de todo lo que hemos aprendido y escuchado en el medio acerca de cómo criar niños que se portan bien y a despojarnos de ideas preconcebidas y de estrategias poco respetuosas que lastiman nuestra relación con los niños.
La segunda parte explora los cimientos necesarios para que la autodisciplina sea posible. Nada bueno y duradero se construye de la noche a la mañana. Usando al cultivo de plantas como analogía, vamos a explorar los elementos que hacen posible la educación para la autodisciplina.
La tercera parte propone un método respetuoso paso a paso. Este método al cual he llamado AGRIDULCE te ayudará a tener un plan de contingencia para las situaciones difíciles y que sean un reto con tus hijos. Este método puede ser de utilidad no solo para solucionar conflictos sino también para enseñar comportamientos apropiados y para prevenir o redirigir comportamientos inapropiados.
Finalmente, la cuarta parte conecta esta filosofía de disciplina con la neurociencia que la respalda. Esta última parte te ayudará a comprender que una crianza democrática es la base de un desarrollo neurológico y psicológico sano. Exploraremos la evidencia científica que apoya el uso de todas las estrategias propuestas en este libro.
PRIMERA PARTE - Redefiniendo la autodisciplina
Definición de disciplina
Para mucha gente, disciplina es sinónimo de castigo, y eso está lejos de ser verdad. El término “disciplina” viene del Latín discipulus, que significa “alumno” o “pupilo” y de disciplina que significa “educar” o “enseñar”. El castigo no enseña la lección a largo plazo y por lo tanto, no disciplina. Quienes valoramos los derechos humanos básicos creemos que el humillar y el privar a los niños de su dignidad, libertad o autonomía son medios que no justifican el fin. Si la finalidad es que los niños aprendan a manejarse en un mundo lleno de límites, entonces nuestra responsabilidad es educarlos y enseñarles a hacerlo sin que eso signifique humillarlos o herirlos en el intento. Dentro del marco de una crianza respetuosa y consciente, la meta a largo plazo es la autodisciplina. Queremos que nuestros niños sean capaces de distinguir lo bueno de lo malo, lo aceptable de lo inaceptable y lo positivo de lo negativo. La meta a corto plazo es la cooperación. Queremos que los niños cooperen, no que obedezcan. La cooperación es voluntaria y se basa en el entendimiento de que su rol en la dinámica familiar y en el sistema social cuenta y es importante. La obediencia, por el contrario, se deriva de la sumisión y del miedo a la reprimenda de parte de la figura de autoridad.
Todos los padres queremos que los niños se comporten bien, sobre eso no existen debates. Los padres también quisiéramos que nuestros niños sean responsables y cuidadosos. Lo interesante es que tanto el buen comportamiento como la responsabilidad a menudo van a la par de la seguridad y la felicidad. Aquellos niños que respetan a los adultos y cooperan en clase, usualmente, son también niños felices y seguros de sí mismos. Son niños que se recuperan rápido de las frustraciones y que se llevan bien con sus compañeros. Como resultado, los padres de estos niños se sienten orgullosos y felices de ver el fruto de su trabajo. Pero la felicidad y la seguridad en sí mismos no son aspectos heredados ni adquiridos de la noche a la mañana, son aspectos que se cultivan desde el primer día de vida y se ven reforzados por la constante respuesta y respeto de los padres hacia sus necesidades tanto emocionales como físicas. Como consecuencia de esa seguridad inherente, los niños se ven y sienten a sí mismos como buenas personas capaces de tomar sus propias decisiones. No siempre las decisiones serán las acertadas, pero el hecho de que los padres den espacio para que se equivoquen, hace que los niños estén siempre receptivos y dispuestos a aprender de sus errores.
El tema de la disciplina ha sido muy discutido. Mucha gente cree que los niños se portan mal porque “se les deja” o porque los padres tenemos miedo de insistir en que sean obedientes y que respeten. Las personas que critican un estilo de crianza sensible y respetuosa dicen temer que aquellos hogares se conviertan en pequeñas dictaduras donde los niños decidan qué se hace y donde los padres tengan miedo de pronunciar la palabra “no”. Esta es la visión también de los padres que se adhieren a un estilo de crianza basado en el castigo y en la imposición de reglas que se establecen sin la participación intelectual de los hijos. En esos hogares llenos de amenazas, de frases negativas y de castigos frecuentes, los padres actúan desde un enfoque netamente autoritario. Las cosas se hacen porque “yo digo” y “¡pobre de aquel que no obedezca!”. No existe una razón lógica para las reglas o límites impuestos ni tampoco existe opción a negarse.
Lo interesante de aquellas familias estancadas en estos patrones de interacciones negativas, sin embargo, es que a medida que pasa el tiempo, los niños incrementan sus comportamientos desafiantes que por lo general se originan de sus sentimientos de resentimiento hacia sus padres. Eventualmente, los padres se dan cuenta que han agotado todos los recursos que tenían para castigar y las amenazas dejan de tener un efecto en el comportamiento. Terminan por prohibir a sus hijos todos sus privilegios (televisión, postre, chucherías, juguetes, videojuegos) y los niños, en vez de mejorar, empeoran su comportamiento y se vuelven aún más irrespetuosos y groseros.
Una disciplina basada en el castigo y en la imposición de reglas no es la mejor manera de fomentar buenos comportamientos en los niños. Sin duda todos los padres vamos a tener que decir “no” frecuentemente, y seguro habrá veces en las que nos sacamos de la manga una amenaza para lograr que nuestros hijos hagan lo que se les pide. Sin embargo, producir niños que se porten bien es mucho más que decir “no”, mucho más que amenazar y mucho más que un time-out o “tiempo-fuera”. Los buenos comportamientos son el reflejo de la identidad moral de una persona. Si los niños se sienten a sí mismos como personas buenas, aceptadas y cooperadoras, entonces sus comportamientos reflejarán ese sentimiento. Los niños se comportan bien cuando se sienten bien, cuando son capaces de regular sus emociones, cuando valoran la empatía y la amabilidad, y cuando entienden que la razón real para cooperar con los adultos no es “porque se hace lo que ellos dicen” sino por consideración a las necesidades y los sentimientos de otros.
Métodos de disciplina
Para poder entender de qué se trata el enfoque de disciplina propuesto en este libro, hemos primero de entender cuáles son los otros métodos de disciplina a los cuales nos oponemos, o con los cuales competimos, por así decirlo.
En general, los métodos de disciplina se pueden dividir en cuatro categorías: la disciplina autoritaria, la disciplina comunicativa, la modificación de la conducta y la disciplina positiva o democrática que es una doctrina más reciente. Nótese que los métodos de disciplina difieren de los estilos de crianza, puesto que hay estilos de crianza sin límites y, por lo tanto, sin disciplina. La crianza permisiva y la crianza negligente se caracterizan por tener pocas reglas y límites para sus hijos lo cual resulta en niños con niveles bajos de autocontrol, de autoestima y son desafiantes con las figuras de autoridad. Al lado opuesto de los estilos de crianza carentes de límites están la crianza autoritaria y la crianza democrática. Estas últimas se asemejan porque son ricas en reglas y límites, sin embargo, sus diferencias están marcadas por la manera en que éstas se establecen en el hogar.
El método autoritario entiende a la disciplina como algo que se hace a los niños, no como un proceso de aprendizaje que se realiza con ellos. Los padres autoritarios esperan que sus hijos sigan las reglas estrictas que les imponen. Si los hijos no siguen las reglas, por lo general, se impone un castigo. Los padres autoritarios no explican las razones por las cuales imponen las reglas y su respuesta tras el cuestionamiento de sus hijos suele ser algo como: “porque yo digo” o “porque yo mando aquí”. Estos padres demandan bastante de sus hijos y su meta es que ellos cumplan las órdenes sin cuestionar. Este método de disciplina tiende a producir niños obedientes pero a la vez inseguros, con baja autoestima, menos felices que otros niños y con dificultades para socializar.
Un enfoque autoritario parte de la premisa de que los niños se comportan bien cuando saben lo que se espera de ellos y cuando entienden cuáles son las consecuencias de sus actos. En ese enfoque la palabra “consecuencia” es sinónimo de castigo. Las investigaciones científicas, sin embargo, nos dicen que una disciplina autoritaria funciona muy al revés de lo que se espera. Los niños criados con mucho autoritarismo albergan resentimientos o se sienten desalentados ante la imposición de tantas reglas. Esto hace que no se comporten bien puesto que eventualmente deja de importarles cuáles sean las consecuencias de sus actos. Los castigos, entonces, pierden su efecto en la modificación de la conducta. Este enfoque autoritario, desgraciadamente, es también muy común en las escuelas. Erróneamente se asume que solo en base a advertencias, amenazas y castigos, los maestros pueden lograr un ambiente tranquilo que permita dar paso al aprendizaje. Sin embargo, estudios recientes confirman que el aprendizaje tiene una base emocional. Las mentes aprenden mejor cuando están en un estado relajado y receptivo, no en un estado de estrés y constante temor a la figura de autoridad.
Al otro lado del autoritarismo están los padres comunicativos. Al igual que los padres autoritarios, lo padres que practican una disciplina comunicativa también establecen reglas y límites que esperan que sus hijos sigan. Los padres comunicativos intentan no aplicar castigos y dan preferencia al lenguaje como herramienta de solución de conflictos. Estos padres son empáticos y comprensivos e intentan establecer límites y resolver problemas desde la comunicación. Lo bueno de este método es que enfatiza la comunicación de las emociones y en un esfuerzo por evitar despliegues inapropiados o agresivos de comportamiento, les enseñan a sus hijos a identificar y a regular sus emociones. Una desventaja de este método, sin embargo, es que se queda al nivel de las emociones y no va más allá. Las frases características de este método están llenas de palabras políticamente correctas y de vocabulario emocional, pero no son concisas, ni firmes, ni tampoco resaltan la importancia del límite. Por ejemplo, en vez de decir “¡no golpees a tu hermano!”, los padres comunicativos dirían algo como: “veo que estás muy frustrado con tu hermano”. Esto suena muy respetuoso, muy empático y seguramente es una correcta interpretación del comportamiento. Sin embargo, un mensaje como este no deja claro por qué es incorrecto golpear. ¿Qué pasa si le vuelve a pegar?, ¿seguimos con el mismo estilo de comunicación? Los padres comunicativos suelen ser suaves y nunca se portan firmes por temor a “traumar” o a causarles algún malestar emocional o psicológico a sus hijos.
El método de la modificación de la conducta es también un método adoptado por padres que establecen límites y que no quieren acudir ni a las amenazas, ni a los castigos, pero tampoco a las palabras suaves, emocionales y psicológicamente correctas. Los padres que aprenden técnicas de modificación de la conducta hacen uso de consecuencias lógicas y naturales para que, por su propio peso, éstas enseñen a los niños acerca de los límites y reglas de su hogar y del mundo. Por ejemplo, si un niño pega a otro la consecuencia lógica es apartar al niño las veces que sean necesarias hasta que la conducta de “pegar” desaparezca o haya sido modificada. Una desventaja de este método es que como toda consecuencia lógica debe ser pensada por los padres, tarde o temprano se les agota las técnicas o las ideas a los padres y éstos se quedan sin herramientas al no saber cómo manejar ciertas conductas para las cuales no necesariamente existen consecuencias lógicas o naturales. Más adelante hablaremos más en detalle acerca de la diferencia entre las consecuencias lógicas o naturales y los castigos, por lo pronto veamos de qué se trata la disciplina democrática.
Un nuevo enfoque de disciplina
En el punto medio entre el autoritarismo y la extrema sutileza encontramos un enfoque de disciplina democrática que ha tomado algunos nombres en los años recientes. Entre ellos: disciplina positiva, disciplina sin lágrimas, disciplina consciente, disciplina humanizada y disciplina respetuosa. En definitiva, la disciplina democrática es un enfoque que no se centra ni en el adulto ni en el niño, sino en la relación entre los dos. Los padres democráticos también establecemos límites y reglas que nuestros hijos deben seguir. Sin embargo, tomamos en cuenta sus opiniones y somos razonables a la hora de establecer las reglas. Bajo este enfoque, cuando los hijos no cumplen con nuestras expectativas, somos más indulgentes y comprensivos en vez de ser castigadores.
Los padres democráticos monitoreamos el comportamiento de nuestros hijos, comunicamos nuestras expectativas claramente y de manera creativa pero no invasiva o restrictiva. Para disciplinar o enseñar a nuestros hijos a manejarse bajo ciertos parámetros, les apoyamos en el proceso en vez de castigarlos. Lo que el estilo autoritario tiene en común con el estilo democrático es que ambos son ricos en el establecimiento de límites. Sin embargo, la comunicación, la conexión y la calidez del estilo democrático son mucho más evidentes. La ciencia confirma que este estilo de crianza suele dar como resultado niños seguros, felices y exitosos.
Este enfoque de disciplina democrática, si bien intenta evitar o modificar las malas conductas, lo hace a través de una combinación de elementos intrínsecos y no aplicados desde afuera. Estos elementos se cultivan desde el primer día de vida y tienen que ver con la calidad de relación que se forma entre padres e hijos, fruto de la calidez y de la consistencia de los padres al satisfacer efectivamente las necesidades de sus hijos desde bebés, generando así la seguridad y confianza que ellos necesitan para explorar y manejarse en la vida sin miedos y con optimismo. Cuando se ha criado con apego (es decir respondiendo efectiva y sensiblemente a sus necesidades físicas y emocionales), los niños desarrollan lo que se conoce como un vínculo de apego seguro, lo cual indica que los niños han aprendido a confiar ciegamente en su madre, padre o ambos, y es justamente esa confianza lo que hace posible una educación para la autodisciplina. El nivel de seguridad y plenitud de un niño amado y satisfecho es lo que le permite sentirse valioso y capaz. Ese sentir se traduce a la vez a un sentimiento de responsabilidad por sus propias acciones.
En este enfoque de disciplina, los padres intentamos prevenir y remediar los malos comportamientos a través de un sinnúmero de maneras. Los padres interactuamos y jugamos con nuestros hijos conscientes de su necesidad de atención. Les ofrecemos diferentes opciones y alternativas al ser conscientes de su necesidad de autonomía. Reconocemos y satisfacemos tanto sus necesidades físicas como emocionales. Reparamos momentos de ira, tristeza o de criticismo y les decimos constantemente que estamos orgullosos de ellos. Destacamos objetivamente las buenas obras que hacen y los involucramos intelectualmente tanto en la creación de reglas y de rutinas, como en la solución de problemas. Todo este trabajo preventivo prepara el campo para el establecimiento de límites y para el desarrollo de la autodisciplina.
Establecer límites significa poderles comunicar cuando aquello que ellos piden o hacen se ha pasado de la raya. La raya debe ser una raya clara pero razonable. Puedes llamarla raya, límite, cumbre, tope o como quieras. Lo importante es que ellos sepan que ciertos comportamientos no son admitidos porque ponen en peligro o hieren a sí mismos o a otros, ya sea física o emocionalmente. Otros límites son impuestos por la sociedad y las normas de convivencia y es responsabilidad de toda madre padre el enseñar a sus hijos cuáles son éstas, conforme los niños vayan creciendo y sean capaces de entenderlas.
Para que nuestros hijos sigan las reglas y desarrollen buenos hábitos y comportamientos a veces puede ser necesario contar con un sistema de recompensas y privilegios como retribución a su cooperación. Se ha visto que el refuerzo positivo suele ser muy útil especialmente cuando se trabaja o se cría a niños con necesidades educativas especiales. Sin embargo, hablando en términos generales, el basar el comportamiento de los niños solo en la obtención de premios no es una buena meta. La meta es ayudar a los niños a desarrollar un sistema interno que les permita tomar buenas decisiones basadas en la reflexión y guiadas por una identidad moral. No una disciplina impuesta externamente y basada en el miedo a ser castigados o en la obtención de objetos materiales. La palabra disciplina en este enfoque es un sustantivo antes de ser verbo. Disciplina como sustantivo se adquiere y se forma desde adentro. El verbo disciplinar, por el contrario, asume reprimenda, remediación o corrección de un problema ya manifestado.
Es importante recordar, sin embargo, que todos los niños son diferentes y no existe una receta que sea efectiva con todos. Los niños más impulsivos y más tercos requerirán más firmeza, más paciencia, más elogios y más oportunidades de practicar la autorregulación. También es importante recordar que el trabajo preventivo que conscientemente realizamos los padres que practicamos una crianza sensible, no significa de ninguna manera que nuestros hijos van a ser siempre niños intachables. Independientemente de qué estilo de crianza se practique, todos los niños van a tener sus rabietas, sus berrinches y otros comportamientos inapropiados derivados de la frustración, del cansancio y del paquete biológico de emociones que la naturaleza les dejó como herencia. No es realista esperar un comportamiento mejor del que nosotros como adultos exhibimos, ni tampoco podemos evitar del todo los malos comportamientos. Lo que sí podemos hacer, sin embargo, es intentar que éstos sean menos frecuentes, y procurar tener un plan de contingencia para actuar efectivamente y con respeto cuando sucedan. Veremos más delante de qué se trata específicamente este plan de contingencia a través del método AGRIDULCE, el cual puede ser aplicado tanto para resolución de conflictos como para la enseñanza de comportamientos apropiados.
Erradicación del castigo
Antes de explorar tanto el método AGRIDULCE como esta alternativa de disciplina democrática, es imprescindible conocer la historia del castigo y de la modificación de la conducta que son todavía prevalentes en nuestra sociedad. Solo así entenderemos por qué resulta tan difícil su erradicación.
Historia del castigo
El castigo se remonta a los inicios de la historia de la humanidad. Las primeras sociedades establecieron sanciones para las personas que no podían cumplir las leyes y el orden social. El Código de Hammurabi, creado en el año 1728 A. C. y escrito en tablas de piedra es uno de los conjuntos de leyes más antiguos que son evidencia de que existía la pena de muerte para los infractores. Desde antes de la era de Babilonia, el autoritarismo era la forma en que los jefes y/o reyes controlaban a los peones. En vez de proteger de los criminales a la sociedad, se colocó a los líderes por encima de todos los demás, previniendo que se pudieran tener en cuenta las opiniones de la gente que estaba por debajo de ellos. La historia de la humanidad se caracteriza por la antidemocracia. Aquellos que estaban en posiciones de poder tenían siempre la razón y aquellos a quienes ellos gobernaban siempre debían estar de acuerdo con los gobernantes. No había otra opción.
El castigo físico fue implementado en la sociedad como un rol de aquellos en posiciones de autoridad y constituía una afirmación de poder. El castigo físico era una parte aceptada en cualquier relación en la que había una autoridad legítima. Los amos castigaban a sus esclavos, siervos o esposas; los oficiales de alto mando castigaban a aquellos de rangos inferiores; los agentes de la ley castigaban a los violadores de la ley, el empleador al empleado, y así. Afortunadamente, hoy contamos con derechos humanos universales y mucho de lo que se hacía en la antigüedad para afirmar las relaciones jerárquicas entre personas, hoy no tiene cabida legal. Lamentablemente, en los países en los que existen leyes que prohíben el abuso físico, éstas solo se aplican a los adultos. Es el adulto quien se considera digno de protección legal ante los abusos físicos de otros adultos, no así los niños. De acuerdo a la UNICEF, el golpear a un niño en el seno familiar como método de disciplina, incluso con palos o cinturones, es aún una práctica usual que está permitida por la ley en casi todos los países del mundo. Aunque se están realizando numerosas reformas en países de todos los continentes, solo pocos países han prohibido cualquier forma de castigo infantil violento o humillante (Suecia, Finlandia, Dinamarca, Noruega, Austria y Chipre). Más recientemente, Argentina, Uruguay, España, Venezuela, Costa Rica, Brasil, Bolivia, Honduras y Perú también han adecuado sus legislaciones a la normativa internacional que vela por los derechos de los niños.
El castigo corporal hoy en día
Hoy en día las estadísticas sugieren, lamentablemente, que la probabilidad de que los niños sean agredidos físicamente o sometidos a prácticas tradicionales perjudiciales o a la violencia mental son más grandes en sus propios hogares, por miembros de su propia familia que por extraños. El problema de la violencia intrafamiliar, sin embargo, va más allá de las leyes pues es primordialmente el resultado de una crianza poco consciente que lleva a que los patrones de agresión se repitan y los modelos de crianza se hereden de generación en generación. Mientras las nuevas generaciones sigan justificando la agresión física que recibieron de sus padres con la famosa frase: “a mí me pegaban, y no me pasó nada” o “mis papás me pegaban y salí bien”, o peor aún “agradezco a mis padres por haberme pegado”, entonces erradicar la agresión en nuestras sociedades será una misión imposible. Ni siquiera las leyes tendrán el poder de eliminar un problema social que hemos venido heredando por siglos. La única manera de eliminarlo es empezando por uno mismo, reconociendo y conciliando las heridas del pasado y practicando una crianza consciente. Criar conscientemente implica mucha reflexión. Solo a través de la aceptación, la reflexión, y en algunos casos de la ayuda profesional, podremos llegar a un estado mental tal que nos permita abrirnos a otras posibilidades de crianza. Pero, sobre todo, la reflexión nos hace mejores padres y nos ayuda a tomar las decisiones correctas por el bien de nuestros hijos. Criar conscientemente se trata de reciclar lo bueno y de despojarse de lo malo sin necesariamente reprochar a tus padres por aquello que “hicieron mal”. No es tu responsabilidad el validar o invalidar la manera de criar de otras personas, incluso de tus padres.
En tu proceso de reflexión y de cambio, apóyate en la ciencia, no en los mitos ni en las opiniones de la gente. Los últimos treinta años de estudios nos dan muy claros resultados de las consecuencias del uso de la agresión como método de disciplina. Los niños a los que se les ha pegado son menos emocionalmente sanos que lo niños que no han sido pegados. Y no solo eso. Los niños que son pegados se comportan peor con el paso del tiempo y están en riesgo de involucrarse en actos de delincuencia, uso de drogas o sustancias químicas, problemas de conducta, poca adaptación y dificultades académicas (como calificaciones bajas, suspensión, expulsión y abandono de la escuela).
