Lo mejor de B. J. Hermansson: Tabú - B. J. Hermansson - E-Book

Lo mejor de B. J. Hermansson: Tabú E-Book

B. J. Hermansson

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Beschreibung

El autor, B. J. Hermansson, es un hábil creador de relatos que conjuga una prosa aguda con descripciones poéticas. En esta colección podrás disfrutar de 10 de sus historias más seductoras: Eros Piel Lázaro Amor fraternal Velvet Padre MILF Paranormal DILF Valentine

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Seitenzahl: 222

Veröffentlichungsjahr: 2020

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B. J. Hermansson

Lo mejor de B. J. Hermansson: Tabú

LUST

Lo mejor de B. J. Hermansson: Tabú

Original title:

B. J. Hermansson compilation 1

 

Translated by LUST

Copyright © 2018 B. J. Hermansson, 2020 LUST, Copenhagen.

All rights reserved ISBN 9788726649055

 

1st ebook edition, 2020. Format: Epub 2.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

Eros

 

Yo soy Eros. Un Adonis encarnado en un cuerpo humano. Formo parte de la fuerza más poderosa del universo. Soy movimiento, luz y velocidad, todo al mismo tiempo. Soy todo aquello que puedes ver. Soy el deseo; hago el amor y tengo sexo. Doy besos y caricias. Puedo ser rudo o delicado. Hacerlo rápido o con calma. Tu edad no es importante, siempre y cuando seas mayor de edad. Puedes ser joven o puedes ser mayor. Mientras que cuentes con lucidez, voluntad y la información necesaria para dejarte llevar por la lujuria, te doy la bienvenida a mi mundo de abundancia. No me importa tu género, para mí no existe tal cosa. Puedes ser hombre o mujer, no tiene importancia. De cualquier modo, eres una persona sagrada para mí. Eres un ser completo. Eres un organismo, pero también eres mucho más que eso. Eres todo lo que alberga tu cuerpo. Todo lo que existe y lo que el ser humano puede crear con su poderosa capacidad para aceptar. Una criatura viviente, un animal, una esencia o un sabor; un concepto difícil de entender en muchos sentidos. Vivo para poder acercarme a ti tanto como sea posible. Y estaré muy cerca. Más cerca de lo que nadie ha estado jamás.

Ese es el propósito de mi existencia.

Algunos me llaman “el salvador” o “aquel que nos bendice con amor”. Hay quienes se burlan de mis intenciones o incluso me califican de hereje, pero solo son unos ignorantes. Algunos me hablan entre dientes, escupen espuma, y disparan flechas de odio a mi corazón con la esperanza de alejarme. Algunos desvían la mirada, fingen que no pueden ver ni entender lo que está en frente de ellos. Muchos piensan que mis acciones son perversas y deshonrosas y podrían incluso decir que hago daño a la gente. Pero, ¿cómo podría hacer daño a través del amor? ¿Y qué tiene de malo el placer puro de amar y ser amado por un cuerpo? ¿Buscar la belleza en la vida me convierte en un pecador? La verdad es que moriría si no estuviera rodeado de gente. Los encuentros sexuales son oxígeno para mis pulmones y sin ellos moriría en cuestión de segundos, innecesariamente. Mi miembro se marchitaría y mi sangre se oxidaría. Dejaría de existir y me convertiría en carbón, no volvería a ponerme de pie jamás. Y nunca correría tal riesgo porque quiero vivir.

Pero solo estoy dispuesto a llevar la vida para la que estoy destinado.

Soy el dios del erotismo.

Enviado del cielo.

Acababa de cumplir dieciocho años el día que descubrí mi poder. Estaba descansando en una pradera y observaba las nubes, en completa armonía con la naturaleza. No sabía qué hacer con mi vida ni conmigo mismo, no sabía quién era. Hasta ese momento. Hasta ese día. Entonces sentí el llamado de las fuerzas del universo, era como si fuera atraído por un murmullo suave, como si las cosas tomaran su curso natural y se unieran todas las piezas del rompecabezas. Mi propósito. Lo encontré justo en ese lugar y ese momento.

Comprendí que mi vocación era follar.

Entendí que mi propósito en la vida era seducir a miles de personas.

Y ser seducido.

Aunque me educaron para lo opuesto. Me obligaron a admirar a otro Dios, uno muy diferente a la nueva verdad que había encontrado. Me intentaron convencer de que el amor era un pecado, que el peor crimen del hombre era amar la piel que no había sido casada en un altar. El sexo estaba prohibido a no ser que se consumara por una pareja unida en sagrado matrimonio, con Dios como su testigo. Todo lo demás estaba mal y era pecado. Me dijeron que quienes rompían estas reglas se entregaban a Satanás y besaban sus pies.

Fui criado por un pequeño grupo de personas con sus opiniones y creencias, la mayoría de veces formadas únicamente para su propio beneficio. Lo que hacían los demás estaba mal, era pecado y blasfemia. Yo acaté esas reglas durante mucho tiempo. Prediqué la única palabra que me enseñaron de puerta en puerta, y lo escuché todo sin cuestionar. Sencillamente porque eso es lo que haces si eres criado para escuchar solo unas pocas voces. Iba de puerta en puerta, diciéndole a la gente que el Señor los amaba si hacían lo correcto y que, de lo contrario, arderían en las llamas del infierno. Que la vida consistía en casarse con una persona del sexo opuesto y acatar las reglas y restricciones de Dios. Eso es lo que les decía. También insistía, confiadamente, en el hecho de que el coito era un mal necesario. Que engañar a tu pareja era pecado. Que amar a una persona del mismo sexo no era natural. Se podría decir que profería amenazas, pero mi antigua comunidad opinaría que ‘amenaza’ es el término incorrecto.

Ese caluroso día de verano sentí que había salido de la neblina. Fue un regalo del cielo el darme cuenta de que lo que había escuchado y repetido a lo largo de mi vida no eran más que las creencias de otras personas. Una estafa. Salí de la niebla y ahora veo la verdad con claridad. Soy otra persona, creo en otras cosas y ahora lo entiendo. Aunque esta nueva percepción —esta otra cosa— implica que acepto y creo en algo a lo que me negué antes, mis ideas están de cabeza. La fuerza que me atraviesa hoy día es muy potente, y creo en ella ciegamente. Me hace sentir puro. Auténtico. Es como si el universo, los poderes existentes, quizás hasta el Señor mismo, me vieran finalmente como soy en realidad. Y siento que esos poderes se fusionaron para decirme que debo seguir este camino. Como si estuviera escrito.

La comunidad a la que solía pertenecer me rechaza, obviamente. Hacen la señal de Satanás con sus manos frente a mi puerta. Quieren que deje de hacer lo que hago, que me dé la vuelta y camine hacia la luz antes de que sea demasiado tarde. Claro que tienen buenas intenciones, pero no les escucho. No podría aunque quisiera (y no es así). Este es mi destino. Y si es mi destino, no tiene sentido cambiarlo. Esta fuerza en mi interior es demasiado intensa, y el universo es tan poderoso que si desea que algo suceda, así será. La humanidad no es más que una pieza de ajedrez en su enorme tablero. Vale la pena haber pasado horas, días y años en este mundo por una simple caricia. La humanidad se desenvuelve al máximo de sus habilidades y a menudo cambia las circunstancias con sus tácticas. Pero al final del día y con frecuencia, una fuerza superior toma las decisiones por ella.

He decidido seguir tocando puertas. Estoy consciente de que es un método controversial, que mucha gente opina que es de mala educación llamar a la puerta de un desconocido. Pero al abandonar mi comunidad, aprendí a no conformarme con las reglas, y considero que no tiene nada de malo ir de puerta en puerta.

Muchos piensan que estoy loco por decir que les quiero salvar a través del amor, cuando llamo a sus puertas. La mayoría me cierra la puerta en la cara, algunos sacuden la cabeza. Otros me gritan. Y hay quien incluso me abofetea. En múltiples ocasiones dudo de mí mismo, preguntándome si mis acciones son correctas o incorrectas. La inseguridad me invade, como suele suceder cada vez que las cosas no salen según lo planeado. Entonces, en lugar de dejarlo pasar, empiezo a recordar cómo eran las cosas en el pasado. Comparo y saco las cosas de perspectiva, preguntándome si mi vida realmente era tan mala del modo en que era antes.

Pero el universo y mis acciones se encargan de recordármelo como si alguien me tocara el hombro y, al darme la vuelta, me encontrara con mi propia imagen. Me veo a mí mismo con otros ojos y veo el camino correcto a seguir.

El camino de mi propósito era alcanzar el reino de Dios y los altares del erotismo. Liberaré a la humanidad del único pecado que existe: reprimir sus deseos más profundos.

 

*

 

Griselda lleva un dije en forma de cruz colgando del cuello. Tiene muchas curvas y su belleza trasciende cánones. Sus ojos son de color marrón. Los mechones de cabello le caen casi hasta la altura de sus caderas. Tiene los labios pintados de un tono brillante, entre rosado y marrón.

En cuanto la miro, me pongo duro.

Le transmito a Griselda mi mensaje. Le pregunto si se siente atrapada en la rutina, si siente que no recibe todo lo que esperaba de la vida. Me dice que se siente sola e infeliz. Su trabajo es monótono y sus colegas no paran de quejarse de sus propias vidas. Dice que la suya está en pausa y siente curiosidad. Siente que está hecha para cosas más grandes que las que ha logrado.

Griselda no sabe si hablo en serio o no. Me doy cuenta cuando me mira de arriba a abajo de forma interrogativa; probablemente se pregunta si estoy loco. Se pregunta si debe cerrar la puerta o incluso huir, o si tal vez deba quedarse. ¿Qué querrá ella realmente? Le doy mi tarjeta de presentación con la información de contacto y las razones por las que quiero hacer el amor con ella. Le digo que puede llamarme cuando quiera. Solo si desea hacerlo, enfatizo. Le digo que es importante que siga su corazón, su propio camino. Ella no dice nada. Me doy la vuelta y empiezo a bajar las escaleras de mármol; mis pasos resuenan y crean ondas de sonido a lo largo de las paredes.

De repente escucho los pasos de alguien, casi corriendo detrás de mí. Me detengo y me doy la vuelta. Sus labios impactan contra los míos. El placer me colma, una sensación lujuriosa. Ella lo desea. Me desea. Desea mi cuerpo y mi miembro. Y yo me quiero entregar a ella.

A esta mujer maravillosa y grandiosa.

A esta hermosa diosa.

Deidad femenina.

Me toma de la mano con fuerza y me lleva a su habitación, a su cama. Al altar de Dios. Mi cuerpo está a punto de explotar. Ella no dice una palabra, lo único que importa es el calor que irradia su mano y el torbellino de emociones en mi interior. Juntamos nuestras palmas y la habitación está en silencio, en calma absoluta. No decimos nada, solo nos miramos. Quiero arrojarme al reino de Afrodita junto a ella. El silencio es reemplazado rápidamente por nuestros dos cuerpos en acción.

Hacemos el amor apasionadamente y el sonido de nuestras respiraciones profundas inunda su habitación. Los vidrios de las ventanas se empañan. Las sábanas se mojan con nuestros fluidos y terminan empapadas, destilando. Acaricio su piel con mis manos y con todo mi cuerpo. Deslizo mi lengua por su ranura. Mi erección palpita con fuerza por el mero hecho de tenerla cerca. Estar con ella hace que mis entrañas se revuelvan y es casi doloroso. Siento mil bestias en mi interior, enfrascadas en una batalla de vida o muerte que ansían ser liberadas a cualquier precio. Ella me cabalga y envuelve mi pene con tal intensidad que no sé qué hacer conmigo mismo. Beso sus senos enormes mientras se balancean fuera de sincronía sobre mi cuerpo. Acaricio sus hombros y beso su cuello. Nuestras lenguas están muy ávidas y deseosas, y nuestros cuerpos están tan llenos de saliva, que se siente como si nadáramos en el océano mismo del erotismo.

Éxtasis absoluto. Los gritos de placer de Griselda hacen vibrar las ventanas, y la tierra tiembla. Su orgasmo estalla como una fuente de placer y puedo hacerle el amor con mayor intensidad y más ruidosamente de lo que cualquier hombre podría.

Dios canta a mi lado.

 

*

 

Alek es muy joven. Sus padres son conservadores y proviene de un país cuyas leyes prohíben que las personas del mismo sexo se toquen. Si los cuerpos desnudos de dos personas con los mismos genitales entran en contacto, seguramente serán condenadas a muerte. Alek lo sabe, sus padres se lo dijeron, así como sus abuelos se lo contaron a ellos. Una aversión que ha sido transmitida de generación en generación.

Alek quiere escuchar mi mensaje. Él mismo me lo dice. Pero mientras hablamos, sus padres se acercan para preguntarme bruscamente qué hago allí. Les explico mis verdaderas intenciones, no le veo el sentido a mentir sobre algo en lo que realmente creo y por lo que vivo. Me echan de su casa, dicen que debo irme antes de que algo malo ocurra. Me dicen que van a perder los estribos y me amenazan con hacerme daño. Les digo que me marcharé y que respeto a aquellos que no comparten mis creencias, que no busco problemas ni persuadir a alguien que no esté genuinamente interesado. Pero antes de irme, le dejo mi tarjeta de presentación a Alek. Sus padres no se dan cuenta.

Y no tarda mucho en contactarme. Hablamos durante un largo rato, me dice que no tiene en quien confiar, a quien contarle sobre sus pensamientos y la lujuria que carcome su cuerpo. Siente que necesita una liberación, dejar fluir la lujuria en su interior. Me dice que está tan excitado que no sabe cuánto tiempo podrá contener esa fuerza, ese huracán, esa sensación intensa, cadenciosa, abrumadora y anhelante en su interior. Que necesita drenar.

«Y realmente necesito tu cuerpo», me dice, tímidamente.

Así que me entrego a él. Como es su primera vez, soy sumamente cuidadoso. Le dejo tomar el control, que sea el activo y tome las decisiones. Le entrego mi cuerpo, mi voluntad y mis movimientos. Alek tiene el derecho de hacer conmigo lo que desee. Cómo y cuándo lo desee, y de ese modo permito que se descubra a sí mismo, su más profundo ser, junto a mí.

Al principio, se mueve con cuidado y cautela. No sabe por dónde empezar. Seguimos totalmente vestidos durante mucho tiempo, hasta que se atreve a quitarse una prenda. Me pregunta cortésmente si me puede desvestir. «Soy todo tuyo», le digo. «Mi cuerpo es tuyo, haré lo que me pidas, y haré cualquier cosa para producirte placer, para que sepas todo lo que tu cuerpo y tu pene son capaces de sentir si dejas que tu deseo fluya libremente».

Alek me desviste lentamente. Me tumbo boca arriba, totalmente desnudo ante él. Reparte besos fugaces con sus labios carnosos por todo mi cuerpo. Yo me estremezco y pierdo mis fuerzas. Entonces se quita los pantalones y revela su pene, que está más que listo. Toma mis pies y los frota contra su miembro hermoso e inocente, pero increíblemente ávido. Lo observo mientras mi pulso se acelera. Lo deseo. Lo deseo más que a nada en el mundo. Mueve mis pies de un lado a otro sobre su pene ardiente y anhelante. Comienza a masturbarse con firmeza. Masajea su miembro desde la punta de la que comienzan a brotar sus dulces jugos que se deslizan por el duro y erguido falo.

Mis entrañas arden. Las llamas se encienden, los huracanes estallan en mi interior y mi piel palpita. Mi pecho se mueve en sincronía con mi pulso, mi respiración es profunda y mi pene es preso de una sensación absorbente que hierve en mi interior. Disfruto de Alek y él disfruta de mí.

Su erección se siente como una roca contra mis pies suaves. Luego me deja masturbarlo hasta que acaba en una explosión blanca. Explota sobre mi pecho, pelvis, cuello y la parte superior de mis muslos como si hubiera vertido leche sobre mi cuerpo. Y me dice que, a partir de ahora, quiere seguir el camino que otros consideran incorrecto. Ahora sabe que lo merece todo.

Y mucho más.

 

*

 

Actualmente, muchos intentan disciplinarme. Cuanto más predico mis convicciones, con más fuerza intentan enseñarme las suyas. Algunos me dicen que soy inmoral, que embauco a la gente de forma indignante. Me dicen que lo que hago está mal. Y tal vez sea cierto, algunas veces. Estoy en el bando opuesto a la moralidad, en el lado equivocado de la justicia, pero los humanos cuyos cuerpos toco me dicen que soy lo mejor que les ha ocurrido. A veces me dicen que los he salvado. ¿Y qué es más importante, salvar la vida de un pobre ser humano o estar en el bando opuesto a la moralidad?

Por ejemplo, conocí a una mujer que no quería decirme su nombre. Le dije que me gustaría saber al menos su nombre de pila para poder hablar de forma más abierta con ella. Quería saberlo todo sobre ella para intentar acercarme lo más posible a ella y al placer. Estoy convencido de que cuanto más se conocen dos personas, más intensa será la fuerza entre ambos, pero se negaba a decirme su nombre, así que no insistí más. Hasta que finalmente me explicó que se debía a que estaba casada. Le pregunté por qué había elegido estar conmigo si tenía una relación con otra persona. Pienso que una relación insatisfactoria es insostenible. Me dijo que el estilo de vida monógamo no era lo suyo. Que quería abandonarlo, pero que sabía que si lo dejaba, su pareja moriría, y no podía soportar la idea de cargar con esa culpa. Así que había decidido empezar a verse con otros hombres de vez en cuando como medio de desahogo para la lujuria y el deseo que le negaba su pareja, en su opinión. Pensaba que el coito era un mal necesario, al igual que mi antigua comunidad. La mujer me dijo que aunque era consciente de que obraba mal, de alguna manera prefería vivir con ello.

Me dijo que lo necesitaba. Y siempre que no le hiciera daño a nadie, no había razón para dejar de hacerlo.

No me corresponde juzgar si esta mujer actuaba correctamente o no. No volví a verla, así que no sé si sigue viendo a otras personas, pero por su propio bien, espero que sea así. Cuento esto como un ejemplo de cómo son la vida y la realidad; lo que es moralmente incorrecto para una persona puede ser la salvación para otra. Y a veces, yo asumo la culpa. Confieso que en ocasiones hago lo que no debo, tan solo para poder hacer lo correcto en otro momento. ¿Quizás se podría decir que es un compromiso moral? Se comprometen algunas cosas, pero no todo. Sin embargo, trato de no enfocarme demasiado en lo que otros califican como correcto o incorrecto, solo me importa mi opinión y la de mi pareja en el momento. Ambos decidimos nuestros encuentros, establecemos nuestras propias reglas y trazamos nuestros propios límites. No quiero herir a nadie, sin importar el tipo de relación de otras personas con mi compañero o compañera sexual o conmigo, pero no estoy seguro de tener éxito todo el tiempo. Ojalá pudiera afirmar que soy perfecto, pero yo también tengo defectos. Y, sinceramente, eso es parte de ser humano.

 

*

 

He conocido a una pareja. Tenemos un trío y es una de las experiencias más sensuales que he tenido. Es una pareja muy creativa y quieren probarlo todo conmigo. Nunca me niego, están tan excitados como yo, y su anhelo es tan intenso como el que ruge en mi interior. Así que exploramos todas las posiciones, los lugares y los juguetes. En verdad lo hacemos todo. Tenemos sexo en coches, canoas y aviones. Usamos metal, madera, plástico y cuero sobre nuestros cuerpos. Nos atamos y follamos sobre un columpio sexual. Nos tocamos en medio de la oscuridad y nos besamos con los ojos vendados. Adoptamos posiciones que permiten a nuestros cuerpos alcanzar un completo y acogedor estado de apertura, y dejamos que nuestros cuerpos se exploren entre sí, de todas las maneras posibles. Me encanta. Ninguna idea nos parece ridícula, ningún plan inverosímil. Todo es posible y no hay barreras entre los tres.

Especialmente desde aquella vez en que desafiamos los límites de mi cuerpo. Durante mucho tiempo pensé que lo había experimentado todo, pero cuando mi pene está dentro de ella mientras él captura mis labios con su boca, siento que el mundo se detiene. La succión y la fricción vibran bajo mi piel. Mi cuerpo danza al ritmo de tres personas que se mueven en sincronía. Mi pene y mis labios se sacuden de placer. Siento cómo caen todos los ángeles del cielo, precipitándose a la Meca del éxtasis. Nos satisfacemos mutuamente y jadeamos entre besos y roces, rogando por más. Ella envuelve mi pene con sus finos labios mientras él desliza su lengua a lo largo de mi columna vertebral. Yo vibro y me estremezco. Me siento acunado por el universo. Los brazos que soportan el peso de la vida misma me levantan, exponiéndome a un estado de placer violento, y alcanzo el clímax con una fuerza que nunca antes había experimentado. Descargo mis fluidos y es como si no pudiera parar. El oro blanco y líquido sigue brotando de mí y no se detiene hasta que quedo completamente vacío de todo excepto de una paz que se arremolina en mi pecho. Inhalo. Exhalo.

 

*

 

Eventualmente, los habitantes de la ciudad quieren expulsarme de ella. Me dicen que he llegado demasiado lejos, que debería estar entre rejas o deambulando por pasillos mientras gente con batas blancas monitorea cada uno de mis movimientos y cada palabra (o ruido) que escapa a mis labios. Alegan que soy un peligro para mí mismo y para otros, y cada vez se unen más personas en mi contra. Hacen listas y recolectan nombres para hacer oír sus voces. Estas acciones las lleva a cabo mi antigua comunidad, por supuesto. Aquellos que me trajeron al mundo, me mostraron la rectitud, las normas y su idea de normalidad. Lucho contra ellos, ignorándolos. Yo sigo haciendo lo mío. Soy un salvador. Salvo a la gente con el poder del amor.

Alabo.

Recibo.

Le doy fuerza a otros.

No les presto atención. Dejo que usen su ignorancia para odiarme. Dejo que pongan en funcionamiento sus débiles mentes. No me pueden tocar, jamás. Soy como el Espíritu Santo, estoy presente pero no lo suficiente como para dañar o recibir golpes físicos.

 

Pero entonces, se suman más a ellos. Surge un abismo y es la puerta del infierno. Lucifer pinta de negro los pies del inocente y los atrae hacia él con su lengua afilada. Ellos usan sus palabras para crear una fuerza aliada contra mí, para hacerme renunciar. No me queda mucho tiempo, debo rendirme. Inventaron una historia sobre mí según la cual estoy poseído por el mal. Dicen que sus quejas serán escuchadas una vez que entreguen las listas firmadas. Será entonces cuando la sociedad reaccionará y habrá consecuencias. Por primera vez logran asustarme. Me doy cuenta de que esta gente ignorante es más poderosa que mi propia convicción. Pueden destrozarme y lanzar los pedazos al viento. Pueden encerrarme en un ataúd para que no pueda decir la verdad. De eso y mucho más son capaces. Las palabras pueden ser increíblemente persuasivas y marcar una tendencia dependiendo de cómo se utilicen. Todo depende del tono, el locutor y el propósito.

 

La noche antes de rendirme estoy en mi apartamento. Nunca antes me había sentido tan insignificante y tan solo. Nuevamente me invaden mis inseguridades. «¿Hice lo correcto?», me pregunto. Estoy seguro de que es el fin, sé que no hay vuelta atrás. Hice mi mayor esfuerzo, cumplí mis deseos y seguí el camino para el que creí estar destinado. Aun así, la humanidad se ha vuelto contra mí, aunque no hablo de aquellos cuyos labios he besado, cuyos cuerpos he tocado o con los que me he acostado. Hablo de gente que ni siquiera me conoce, que solo ha escuchado rumores sobre lo que he hecho, explorado y experimentado con otras personas. Yo no encajo en sus esquemas de ideales y principios, en su rectitud, y cada vez que me desvío demasiado de esa rectitud, ellos lo sienten en sus corazones y en sus venas. Se sienten impotentes y están convencidos de que deben hacer todo lo que esté a su alcance para detenerme sin importar el precio. Repentinamente, ya no les importa lo bueno y lo malo. O se siguen sus reglas o no hay reglas. Mis días están contados.

Mientras me sumo en la desesperación y en la tristeza, llaman a mi puerta. Abro la puerta y veo dos rostros familiares: son Griselda y Alek. Deben haber notado lo sorprendido que estoy de verlos; no estaba preparado para encontrarme con ellos justo esa noche, y mucho menos juntos.

Los invito a entrar y nos sentamos. Griselda y Alek me explican rápidamente cómo empezaron a explorar su propia lujuria gracias a mí, cómo comenzaron a integrarse a grupos sociales que estaban abiertos a diferentes tipos de relaciones sexuales. En poco tiempo se tomaron cariño e inmediatamente empezaron a hablar de mí y de cómo ambos me consideraban la persona que les había introducido a esa forma de vida: abierta e impulsada por la libertad. Me dicen que nada de esto habría sido posible para ninguno de los dos de no ser por mí, y ahora hacen el amor con alguien diferente cada noche. Me cuentan que renunciaron a sus rutinas tediosas y dejaron atrás los días grises. Todo lo que hacen ahora es follar, hacer el amor, besarse y gritar de placer. Básicamente, experimentar toda clase de orgasmos: satisfactorios, fuertes, suaves, lentos, intensos, explosivos, lleno de lujuria, ardientes y voraces. Eso es todo lo que hacen. Y es todo lo que quieren hacer.

Alek me dice que mis creencias le permitieron abrirse a todas estas posibilidades. Hace el amor con otros hombres abiertamente, sin inhibiciones, e incluso hace el amor con algunos que habían sido crueles con él en el pasado. Aquellos que le dijeron que no lo comprendían y que estaba mal hacer el amor con alguien del mismo sexo. Alek me dice que reaccionaron, que volvieron arrastrándose a sus pies y le rogaron que les permitiera complacerlo, y él no dudó un segundo en aceptarlos, todos merecen una segunda oportunidad. Y a veces, es inevitable tener ciertas opiniones, a veces simplemente están ahí. Pero siempre puedes cambiar de opinión, y eso está bien. Ahora se encuentra con hombres de todas las edades y hace el amor en una especie de frenesí. Ha pasado de ser un chico inseguro a ser un hombre con confianza en sí mismo, me dice.

Tiene sexo porque nació con ese derecho.

Al principio, dudaba de su lujuria, de lo que quería hacer con esos hombres o de lo que quería que ellos le hicieran a él, pero ahora sabe lo que le gusta. Me dice que le encanta lamer, sentir que la lengua de otro hombre acaricia, besa y masajea su piel con suavidad. Sentir la simultánea suavidad y aspereza de una lengua, toda mojada y pegajosa, que se siente como la piel de un pez al rozar su ano o la base de su pene. En un susurro bajo, me dice que le gusta mucho gemir fuerte y con intensidad.

 

Le encanta que derramen cascadas de éxtasis en su boca. Siente que cae por un precipicio desde lo alto de un cielo infinito, como si todo lo que importa en este mundo, todo lo que ha pasado y todo lo que pasará, le sucede a él cuando acaba. Todo lo demás se desvaneció hace tiempo y ya ni siquiera puede oírlo.