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Guillermo Sheridan realiza un trabajo de reconstrucción literario-histórica del surgimiento, desarrollo y apogeo del grupo literario de los Contemporáneos, entre quienes destacan Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Gilberto Owen, Bernardo Ortiz de Montellano y José Gorostiza.
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Seitenzahl: 774
Veröffentlichungsjahr: 2015
VIDA Y PENSAMIENTO DE MÉXICO
LOS CONTEMPORÁNEOS AYER
MÉXICO
Primera edición, 1985 Segunda reimpresión, 2003 Primera edición electrónica, 2015
Diseño de portada: Armando Hatzacorsian. Fotografías: El Universal Ilustrado y Manuel Álvarez Bravo (Novo, Cuesta y Villaurrutia, en la fila del centro). Arriba: Torres Bodet, Gorostiza y Ortiz de Montellano. Abajo: González Rojo, Owen y Pellicer.
D. R. © 1985, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-2585-4 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
AMAGOLO y EL TOPO
Algunos fragmentos de este libro, modificados para el efecto, aparecieron entre los años de 1979 y 1983 en el suplemento “Sábado” del diario Unomásuno, y en las revistas Diálogos, Vuelta, Revista de la Universidad de México y La Gaceta del Fondo de Cultura Económica.
Agradezco los comentarios, valiosos y puntuales, que me dieron en el curso de este trabajo Alí Chumacero, Sergio Fernández, Huberto Batis y Luis Mario Schneider.
Resulta difícil encontrar dentro de la actividad literaria actual del país un ejercicio crítico o creativo de valía, capaz de ayudar a precisar las fronteras de nuestro edificio literario en su búsqueda de nuevos modos de pensar y sentir que no se halle marcado, de modo prominente, por la herencia que nos ha legado el grupo de Contemporáneos.
La poesía, la crítica —siempre rigurosa— de las letras, las artes, la sociedad y la política, el teatro, la narrativa, la crónica sabiamente banal o exaltada de los más diversos sucesos culturales, los epistolarios y las autobiografías, en suma, cualquier expresión inteligente sobre cualquier acontecimiento inteligible e interpretable fue asumida por este “grupo” con un vigor y un rigor inusitados dentro de nuestra tradición intelectual, no pocas veces en oposición a un medio agresivo siempre, hostil en ocasiones, cruel en su capacidad para el escarnio o la descalificación.
Con todo, el generoso talento de sus miembros, su notable capacidad de empresa, la decisión que nace de la propia seguridad, el desparpajo y la altanería que da la inteligencia y, especialmente, la lúcida conciencia de su misión, marcan hoy cada cubil del edificio cultural haciéndolo más habitable para algunos, y para otros, los más, más visitable. Harto difícil sería encontrar un momento de la vida literaria mexicana tan apasionante y complejo como el que a ellos les tocó y a cuya complejidad un grupo haya colaborado tanto. Quizá no exista en la historia de nuestras letras un esfuerzo tan cabal por parte de un grupo para lograr que ese edificio no parezca una leprosería.
Después de ellos, el edificio se prodigó en puertas abiertas hacia las regiones más inesperadas y ante los comensales más importantes del mundo entero; asearon de triques y reliquias, sótanos y buhardas, apuntalaron la vetustez del edificio con una modernidad ávida de ameritarse ante su tradición y no dudaron a la hora de levantar la nómina de los habitantes y de lo que cada uno podía aportar. Por ello es difícil presumirse libre de sus enseñanzas —aunque sea a contrapelo— o de sus defectos. De ahí que recurrir a sus libros resulte tan obligatorio para nosotros como para ellos, en su momento, lo fue recurrir a una tradición que reinventaron y continuaron siempre con tenacidad y, en ocasiones, con genio.
Entre nuestra sospechosa voluntad canonizante, urgida de nombres y rostros que sancionen nuestro derecho a la identificación patria, y entre el denuesto perpetuado —hoy alimentado por proposiciones semejantes a las que los Contemporáneos se enfrentaron hace más de cincuenta años— languidece este grupo de seres pródigos y prodigiosos. Su memoria corre riesgos encontrados pero igualmente desvirtuadores: el estado estatizante o la eternizada postura antagónica que nace de un malentendido, tan reiterativo como funcional, que lee en ellos exclusivamente a los villanos que encarnan todo lo que se opone a las supuestas virtudes de una literatura nacional.
El esfuerzo para ubicar en su justo lugar las aportaciones de esa generación y, especialmente, de los individuos que la forman ha sido notable en los últimos años. Monografías excelentes y discutibles (o excelentes por discutibles) han sido la respuesta a los investigadores que han dedicado buena parte de su tiempo a la labor de rescatar los textos y editarlos en tiradas accesibles. Poco a poco ha comenzado a desaparecer esa sensación que, con el orgullo característico del caso, Juan García Ponce tenía hace quince años cuando, al hablar del grupo, decía que “sus libros, igual que las revistas que crearon, eran de difícil propiedad. Así, llegaron a formar una tradición casi secreta”.1 Hoy, las obras de casi todos ellos son asequibles, si bien es cierto que aún queda mucho por hacer en materia de recopilaciones. Inclusive sus revistas, esas “persistentes respuestas a la declinación de la literatura” como dice Lionel Trilling,2 son ya objetos al alcance de aficionados y especialistas en las ediciones facsimilares del Fondo de Cultura Económica. Esta profusión de material deberá ir refinando nuestra actitud ante la obra de estos hombres. Octavio Paz con su Villaurrutia, García Terrés con su Owen, Panabière con su Cuesta son tres recientes ejemplos de lo que la crítica literaria tiene por hacer ante esa herencia aún desmesurada.
Esta clase de trabajos son los que nos ayudan a entender constantemente lo que los Contemporáneos nos han legado. Son estudios que demuestran que lo que ese grupo hizo como tal y como suma de individuos en la década de los veinte y en los primeros años de la década de los treinta resulta determinante para la comprensión de la literatura mexicana moderna. Que su momento cultural, riquísimo en ambigüedades y peligros, tiene en ellos a unos vocales de capacidad semejante, si no superior, para la sorpresa y el análisis. De ahí su inagotable aura de misterio, el rigor de sus presupuestos intelectuales, su leyenda, turbio marco dentro del que se les ubica cuando de reducir su trabajo a la zona fácil del aventurerismo estético se trata, o bien cuando lo que se desea es convertirlos en un cuerpo heroico capaz de derrotar a los monstruos más usuales de nuestra condición provinciana. Estudios como los señalados, y muchos más, colaboran a eludir esas categorizaciones y a hacerlos reaparecer con vigencia y originalidad renovadas.
El “archipiélago de soledades” que Torres Bodet percibió, el “grupo sin grupo” al que se refería Villaurrutia, o el “grupo de forajidos” que, para Cuesta, unía felizmente a sus amigos, nos marca de manera indeleble porque, a su vez, marcó en buena lid las circunstancias dentro de las que se realiza la tarea cultural del México contemporáneo.
Más que un grupo constituido para la beligerancia, más que un círculo o una plataforma de principios, los Contemporáneos conforman una actitud a duras penas reducibles a postulados precisos. En todo caso, habría que considerar el ejercicio de la crítica como su única constante. Los Contemporáneos es un lugar imaginario en el que coincidieron diversos discursos y maneras de ejercer el quehacer literario y cultural entre los años de 1920 y 1932 y alrededor de un cierto número de empresas como revistas, grupos de teatro y sociedades de conferencias. Son una cinta de Moebio, una intencionalidad en constante formación y en constante crisis. Existen más como una azarosa concatenación de voluntades críticas que como un designio literario programático. Se trata, en todo caso, más de una voluntad que de una idea, y más de un presupuesto de trabajo que de una voluntad. Ellos mismos se asombraban de haberse configurado como “grupo” dada la variedad enorme de sus caracteres e intereses y así lo hicieron notar en diversos, lúcidos, artículos. Cuesta, por ejemplo, señalaba, sobre todo, una “coincidencia del destino”. Los escritores jóvenes, dice, tienen en común, después de haber nacido en México,
crecer en un raquítico medio intelectual; ser autodidactos; conocer la literatura y el arte principalmente en revistas y publicaciones europeas; no tener cerca de ellos sino muy pocos ejemplos brillantes, aislados, confusos y discutibles; carecer de estas compañías mayores que decidan desde la más temprana juventud un destino; y, sobre todo, encontrarse inmediatamente cerca de una producción literaria y artística cuya cualidad esencial ha sido una absoluta falta de crítica. Esta última condición es la más importante. Ésta decidió el carácter de este grupo de escritores entre quienes se señalan Carlos Pellicer, Enrique González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Celestino Gorostiza y Rubén Salazar Mallén. Casi todos, si no puede decirse que son críticos, han adoptado una actitud crítica. Su virtud común ha sido la desconfianza, la incredulidad. Lo primero que se negaron fue la fácil solución de un programa, de un ídolo, de una falsa tradición. Nacieron en crisis y han encontrado su destino en esta crisis: una crisis crítica.3
Varios elementos resaltan de este texto de 1932, producido por Cuesta en el momento en el que los ataques contra el grupo comienzan a convertirse en proclamas de triunfo ante lo que sus antagonistas consideran “una desbandada del grupo”, a decir de Héctor Pérez Martínez, que no percibía que el grupo llegaba a su fin como tal sólo porque ya había agotado su estrategia de colaboración. Huelga aclarar, por otra parte, que detrás de esta obvia exageración de Cuesta si se considera el texto una proclama —es un hecho que el rigor que Cuesta esgrime no fue homogéneo dentro del grupo— descansa un principio capital para la comprensión del grupo como renovador cultural. La “crisis crítica” es su forma de reivindicar no sólo una condición cada vez más necesaria dentro del oficio de escritor, sino el ejercicio mismo de la modernidad dentro de una cultura dada a la generalización organicista de las ideas y a la sistematización totalizadora de proyectos culturales relativos. En un momento en el que el proyecto de cultura nacional aún insiste en organizarse a partir de presupuestos políticos, la proclama de Cuesta adquiere una singular valentía al tiempo que desata previsibles argumentos en contra.
José Gorostiza, en 1937, da su propia versión del origen del “grupo” y coincide con Cuesta:
El grupo ha tenido solamente —insisto— una existencia “virtual”, no exenta, sin embargo, como toda creación mítica, de producir efectos importantes sobre el mundo de los hechos. Si se le considera como una suma de individualidades irreductibles —y así lo estudiaron siempre sus teorizantes, incluso el mismo Torres Bodet— el crítico más exigente no puede menos de reconocer que se encuentra frente a una poesía rica, múltiple en sus tonos, contenida, feliz en la expresión preciosa de la forma; la poesía más valiosa en fin que ha habido en México desde el modernismo; pero si se le considera como el grupo de individualidades de que habló Torres Bodet, habrá que encontrar en sus miembros la caracterización del rigor crítico con que se consagró a la poesía, no tomándola como una simple embriaguez verbal sino como un ejercicio que implica rigurosas disciplinas individuales.4
Nuevamente la idea del “rigor crítico” prevalece como la determinante y la característica tanto del grupo como de sus miembros en lo particular. Condición para ingresar a la modernidad e instrumento principal para practicarla, el “rigor crítico” quizá explique la reticencia de los mejores entre el grupo para la publicación, sobre todo, de su poesía. Me refiero, claro está, más a Cuesta, a Owen, a Villaurrutia y a Gorostiza que a Torres Bodet, a González Rojo o a Ortiz de Montellano. Por otra parte, entre los dos grupos mencionados hay diferencias que, a su tiempo, se comentarán en este estudio. Por lo pronto, este rigor crítico es al que se refiere Gabriel Zaid cuando, hablando del grupo, dice que “prefieren ser estériles que inocentes. En un momento de construcción nacional revolucionaria, eso los puso en una situación difícil. El impulso vasconceliano de ‘hacer cosas’, aunque fuese improvisando, era el suyo: lo que rechazaban era el ‘aunque’”.5
Entre la esterilidad y el candor eligen siempre una disciplina que muchas veces parece desplazar del todo a la inspiración. Otro texto, ahora de Villaurrutia, fechado en 1934, colabora a precisar este problema al tiempo que continúa con el propósito de definir la naturaleza del grupo:
El grupo en el que usted me cuenta y en el que yo mismo me incluyo se formó casi involuntariamente por afinidades secretas y por diferencias más que por semejanzas. “Grupo sin grupo” le llamé la primera vez que comprendí que nuestras complicaciones privadas, nuestras desemejanzas corteses, nuestras intenciones, diversas en el recorrido pero unidas en el objeto de nuestra ambición, tenían que trascender al público, como sucedió en efecto. “Grupo de soledades” se le ha llamado después, pensando en lo mismo. Un grupo que no lo es. Unas soledades que se juntan. Medite usted en el significado de estas denominaciones hechas sin programa alguno de política literaria y como a pesar nuestro. ¿Qué es lo que ata a estas soledades? ¿Qué es lo que agrupa un momento a unos cuantos seres para separarlos en seguida? Desde luego la semejanza de nuestras edades, de nuestros gustos más generales, de nuestra cultura preservada en momentos en que nadie cree necesitarla para nutrir sus íntimas vetas. Además, nuestro deseo tácito de no hacer trampas, de apresurarnos lentamente, de no caer en el éxito fácil, de no cambiar nuestra personal inquietud por un plato de comodidades, de falsa autoridad, de auténtica fortuna. Ahora se preguntará usted ¿qué es lo que desata a estas soledades juntas y disuelve a este grupo? Nada más sencillo que hallar una respuesta: la personalidad de cada uno. El vecino respeta la mía y yo la del vecino. La libertad es entonces, aunque pueda parecer mentira, el lazo que, al mismo tiempo, nos une y nos separa. Pero esta libertad es lo único que nos ayuda a respirar abiertamente en un clima en el que juntos estamos satisfechos, tanto como si estuviéramos separados. En nada se parece un poema de Gorostiza a otro de Gilberto Owen. En nada una página de Cuesta a una mía. Y, no obstante, un lazo imperceptible las une. Sin quererlo, sin pretenderlo, pero sin rechazarlo ni negarlo se ha formado, más en la mente de los escritores que nos preceden o nos siguen que en la realidad misma, un grupo, una generación. El hecho de que se nos considere unidos nos viene, pues, de fuera. Ni un programa, ni un manifiesto que provoquen esta idea hemos formulado. Pero, puesto que la idea existe, la aceptamos y seguimos juntando nuestras soledades en revistas, en teatros, en obras, y hasta en lo que usted llama nuestra influencia.6
Semejanza de edades, gustos y cultura bastarían para no tener que recurrir a las fatigosas teorías generacionales. No creo que se necesite más. Creo, sí, que la sostenida apología de la individualidad refleja una condición de clase que, necesariamente, era la que podía asumirse como la capacitada para emprender una tarea tan original como la que el grupo realizó en la década de los veinte y que, para Carlos Monsiváis, habría de otorgarle a esa época su carácter. “Los veintes mexicanos son los Contemporáneos”,7 dice, en obvio desdén hacia los estridentistas y en calculada reticencia hacia la generación anterior (la de “1915”) y a la posterior (la de “1929”). Y es que el universo cultural desatado por los Contemporáneos, sus maneras de observar la realidad y de asumir una actitud ante ella, quizá derive su singularidad tanto de su ubicación generacional como de esta atribulada condición de clase. Creo que fue Henrique González Casanova quien por primera vez llamó la atención sobre esta condición después de que tanto Villaurrutia como Cuesta lo insinuaron: “Pertenecían todos —dice— a una de las clases más afectadas por la Revolución, la media alta, que fue desalojada de sus posesiones y de sus prebendas”. Para González Casanova esta causa parece producir el efecto previsible: un afán de ejercer “la aristocracia del pensamiento y la expresión” y, sobre todo, prodigarse como “una generación precoz, ingeniosa y curiosa, desilusionada e intelectual, afanosa y escéptica, que pone en duda todos los valores cuando más está creyendo en ellos”.8
Monsiváis, tiempo después, habrá de considerar el mismo problema para llegar a una conclusión semejante: “Esta condición de venidos a menos, se refleja en su actitud social, evasiva, rencorosa, escéptica (excepto en el caso de Pellicer, en este, como en muchos otros aspectos, absolutamente singular)”.9
Pero si su atribulada condición de clase habría de llevarlos a un comportamiento civil como el que define Monsiváis, su actitud ante la literatura no habría de estar menos determinada por ella. En este aspecto es Octavio Paz quien intenta la síntesis del proceso “formativo” de esta suerte de poética del recato y la desolación que podría apoyarse en no pocos testimonios literarios que veremos en su momento, particularmente de Ortiz de Montellano y de Salvador Novo, por mencionar a un representante de cada uno de los dos grupos que conforman al “grupo”. Paz considera que, además de un escepticismo nacido de “la reflexión y el temperamento”, de un escepticismo asumido cabalmente como actitud intelectual, el de Villaurrutia y sus compañeros
tenía también un origen social. Era una reacción ante ciertas experiencias de la vida mexicana. Niños, habían presenciado las violencias y las matanzas revolucionarias; jóvenes, habían sido testigos de la rápida corrupción de los revolucionarios y su transformación en una plutocracia ávida y zafia. La generación anterior —Gómez Morín, Lombardo Toledano, Alfonso Caso, Palacios Macedo, Cosío Villegas— había podido hacerse ilusiones. Los poetas de Contemporáneos ya no podían creer ni en los revolucionarios ni en sus programas. Por eso se aislaron en un mundo privado, poblado por los fantasmas del erotismo, el sueño y la muerte.10
Sorprende, dentro de estos marcos, desde luego muy generales, que un grupo de hombres formados bajo estas circunstancias haya sido no obstante capaz de iniciar una serie de empresas culturales tan importantes como aquellas de las que hablaremos a lo largo del trabajo. Porque de ese enfrentamiento entre una actitud social evasiva, rencorosa y escéptica y mundos privados poblados de fantasmas surgiría la plataforma cultural más determinante de nuestro país en lo que va del siglo, a pesar de veleidades propias del mundo de la amistad y peculiares de grupos de amigos que, como éste, debieron funcionar sobre la base de un alto grado de exigencias mutuas. Grupo “sofisticado, snob, belicoso, altivo, raro… [que] parece escriturado en el Gran Gatsby, así de lujoso y de extraño”, como dice Sergio Fernández.11 En realidad se antoja pensar, de pronto, que más que un grupo, como lo insinúa Villaurrutia, se trataba de una familia, de una de esas familias que se escogen entre sí y para sí a contracorriente, entre seres que asumen su condición descastada como un punto de arranque a partir del cual no puede haber sino ganancia. Se trata de lo que Karl Mannheim ha llamado una “unidad de generación”, es decir, de un grupo que se atrae y se repele simultáneamente “por la gran similitud en los datos que han condicionado la conciencia de sus miembros”,12 que adivina que el conocimiento de cada uno de los miembros que lo componen implica un conocimiento especial de cada uno en particular. El espíritu de grupo —siempre resquebrajado, siempre insistente— funciona en ellos como una especie de isla en la que es posible reivindicar la propia individualidad, aunque sea más por lo que la separa del resto que por lo que la une a él. De nuevo es Villaurrutia —quizá el que suele mostrarse más obsesionado por el problema— quien puede ayudarnos a precisar:
Si le hablo de mis amigos no es culpa mía. Es culpa de ellos. Y es culpa de ellos porque son inteligentes. Y porque son inteligentes o sensibles o todo ello a la vez, son mis amigos. La inversa no es —a pesar de algunos malevos— cierta. Un común denominador —el de la cultura, de la honradez artística, de la tendencia a la universalidad— liga la obra de estos espíritus diversos. El mexicanismo en sordina de Bernardo Ortiz de Montellano, el virtuosismo de Jaime Torres Bodet, el refinamiento, el juego de asociaciones y disociaciones de Gilberto Owen, la fina sensibilidad de los Gorostizas, la disciplina mental y la capacidad de Jorge Cuesta… ¿Y no cree usted que en Novo —poeta lírico, satírico de primer orden— están despiertas las cualidades de un novelista auténtico, actualísimo?
Hubo un tiempo en que los escritores jóvenes nos agrupamos por afinidades conscientes o inconscientes. Fundamos revistas. Escribimos libros que tienen, a veces, cierto aire de familia. Pensamos juntos. Decimos juntos lo que pensamos. Una vez que hayamos dicho todo lo que tenemos que decir juntos, nos separamos, porque es necesario que así sea, para que cada uno diga lo más suyo, lo más secreto. Esto ¿sucederá? ¿sucedió ya? ¿está sucediendo? No lo sabemos. Tampoco supimos cómo se hizo el grupo. Un día ya estaba hecho; del mismo modo, un día estará deshecho. Pero aunque algunos no quieran, existimos como generación. Acaso la más lúcida, la más consciente de sus problemas, de sus peligros y sus limitaciones.13
Este texto, no recogido, que data de abril de 1932 es, dentro de su ambigüedad, el mejor retrato del grupo (aunque esté ausente de él Enrique González Rojo, quien había salido del país desde 1928 acompañando al doctor Bernardo Gastélum a su misión diplomática en Italia. Su lugar ha sido cubierto por Celestino Gorostiza).
La nómina del grupo de Contemporáneos suele ser elástica por la misma razón que explica su carencia de un programa o de directrices programáticas estrictas. El grupo nació un día, como dice Villaurrutia, creció y se desintegró con un ritmo que se antoja muy natural. Diversos comentaristas han incluido en él o expulsado de él, por razones invariablemente pertinentes y considerables, a Carlos Pellicer, Elías Nandino, Genaro Estrada, Enrique Munguía Jr., Celestino Gorostiza, Rubén Salazar Mallén, Ermilo Abreu Gómez —estos últimos, eventualmente, habrían de convertirse en enemigos de tiempo completo de los demás—, Ignacio Barajas Lozano, Anselmo Mena y muchos más. Hay quien, incluso, llega a sugerir que el mismo Mariano Azuela, a pesar de la traba generacional, por compartir el espíritu riguroso y las páginas de las revistas del grupo, debería quedar incluido.
A lo largo de este trabajo consideraremos las relaciones entre el grupo propiamente dicho y algunos de sus “compañeros de viaje”. El criterio, en este sentido, por razones que se verán, tendrá que ser sumamente elástico, toda vez que la misma pertenencia al grupo llegó a ser negada por varios de sus miembros más prominentes. Por lo pronto he de asentar que entiendo por “grupo de Contemporáneos” el mismo que E. J. Mullen y M. H. Forster, por razones semejantes, ya han definido: un primer grupo formado por Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo y José Gorostiza; y un segundo grupo formado por Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, primero, y después por Jorge Cuesta y Gilberto Owen.
El hecho de que “esa abstracción simplista y didáctica clasificada como ‘Contemporáneos’”14 —en un decir de Luis Mario Schneider que, desde luego, utilizo— esté formada en realidad por estos dos sub-grupos es, como habrá de verse, importante, y suele ser pasado por alto. Una vez más, como en tantas ocasiones, tiene razón Villaurrutia: hablando del grupo es más lo que los separa que lo que los une. No se refería precisamente a este hecho, pero igualmente puede reivindicarse su definición, pues si bien puede aceptarse que su común denominador era el rigor, las diferencias —de formación, origen, gustos, etcétera— son evidentes. Podría parecer que la diferencia de edades entre un sub-grupo y otro es mínima —un promedio de 3.5 años, aunque entre Ortiz de Montellano y Salvador Novo, los más alejados en edad, haya una diferencia de cinco años y medio— y carece de significación, pero si recordamos el momento en el que el primer sub-grupo llega a la preparatoria (1915) y las características culturales de ese momento de la Revolución para oponerlas a las de tres o cuatro años más tarde, podremos considerar que ya se habían operado notables cambios de actitud que necesariamente habrán de repercutir en la conformación de gustos e intereses. En esos años agitados y prodigiosos un par de años de diferencia podían implicar notables cambios dentro de las constantes que conformaban el panorama cultural. Baste, a guisa de ejemplo, considerar el beligerante optimismo que hacía al primer sub-grupo sentirse cercano al Ateneo de la Juventud y, principalmente, a Antonio Caso, y recordar no sólo la confusión, sino el desprecio, que el filósofo le causaba a Jorge Cuesta unos años más tarde. Igualmente hay que considerar la ironía que Novo era capaz de echar a andar ante la formación poética de sus viejos amigos, tan diferente a la suya propia y a la de Villaurrutia, Owen o Cuesta:
A Jaime Torres Bodet se unían, en la revista México Moderno, José Gorostiza Alcalá, Bernardo Ortiz de Montellano y Enrique González Rojo. Este último era hijo del Dr. Enrique González Martínez. Todos ellos, como el doctor, en quien el hecho podía justificarse en vista de su profesión, le habían torcido el cuello al cisne y estaban consecuentemente llenos de lagos, corazones, plenilunios, halagos, sinrazones, junios. Si por un momento estuvieron a punto de adoptar la expresión de Nervo, la desaparición de este hermano Melancolía, verificada un año antes, derivó la atención de los jóvenes de entonces hacia el más perdurable, sonoro, filosófico, didáctico alejandrino del Dr. González Martínez.15
Incluso hay elementos externos de importancia que intervienen en la diferenciación de los dos sub-grupos. Baste mencionar, por lo pronto, el hecho que significó para toda una generación de las letras hispanoamericanas la reapertura del comercio de libros y revistas entre Europa, los Estados Unidos e Hispanoamérica.
Dentro de los dos sub-grupos, además, habremos de señalar relaciones de camaradería que habrán de prevalecer durante años a toda contingencia —tales las de Ortiz de Montellano y Torres Bodet, dentro del primero, o la de Novo y Villaurrutia en el segundo— o bien injertos de un miembro de un grupo al otro —como el de Villaurrutia al de Torres Bodet al principio, o el de Gorostiza al de Cuesta después—, lo mismo que separaciones y rencillas más que continuas entre diversos miembros de ambos grupos y de miembros de los mismos grupos entre sí que podían llegar a tener elementos de cierta violencia.
Pero donde más notable es la diferencia a la que me he referido arriba es en las revistas que hicieron y, entre ellas, de manera especial, Contemporáneos. Así, Novo, que en ese momento milita dentro del “grupo de la Universidad” con Pedro Henríquez Ureña, escribe en Vida Mexicana, respuesta a La Falange, revista que hacía el “grupo del cuello torcido” desde la Secretaría de Educación Pública bajo el amparo del doctor González Martínez. En el mismo tenor, no podrían hallarse revistas más encontradas en sus objetivos y gustos que Ulises, de Novo y Villaurrutia, y Examen, de Cuesta; o entre estas dos y Contemporáneos cuando ya estaba bajo la dirección de Ortiz de Montellano.
Eso, por supuesto, no impide que hayan colaborado los unos en las empresas hemerográficas o editoriales de los otros, ni que, en los primeros ocho números de Contemporáneos, hayan trabajado con cierta armonía todos juntos en la revista que estudiaremos más tarde. Lo que sí es un hecho es que, como suele suceder, su colaboración y su eventual mutua dependencia obedecía a factores estratégicos más que a simpatías voluntariosas y que, siempre dentro de los márgenes operativos establecidos por todos ellos, sus particulares intereses estaban más allá de cualquier negociación.
Mas, a pesar de escepticismos, diferencias y rencillas, el “grupo” de Contemporáneos conserva un nivel homogéneo de calidad y beligerancia gracias a las revistas que hicieron y a otras empresas culturales determinantes de las que formaron parte. La historia del “grupo” aún está por escribirse, a pesar de valiosos intentos parciales que no hacen más que subrayar la urgencia del proyecto.
Junto a esos estudios monográficos ya mencionados páginas atrás, contamos también con la aportación significativa de las ediciones facsimilares de casi todas las revistas de la época que ha realizado el Fondo de Cultura Económica. Las revistas literarias son la bitácora del viaje literario de una cultura. Son el diario oficioso de ese viaje, cuyo sentido final son los libros, o algunos libros. Su primera razón de existir es, al mismo tiempo, impedir el deterioro de la literatura y colaborar a que la historia cumpla su tarea generativa de sentidos. A lo largo de este estudio se comentarán las diferentes revistas en las que el “grupo” colaboró y, paralelamente, podremos también advertir la evolución misma de la idea de revista entre las primeras de los años veinte y hasta Examen, quizá la primera revista literaria moderna —en el sentido más general del término— de México.
Este trabajo no intenta otra cosa que ayudar a una puesta en escena del “grupo de Contemporáneos”. Una puesta en escena que, quizá, dé más importancia a la escenografía que a los actores y, en todo caso, quizá se fije más en algunos de sus gestos que en sus parlamentos. Para ello, intentará seguir de cerca tanto lo que el “grupo” emprendió como tal entre 1920 y 1932, así como la formación, dentro de lo posible, de cada una de sus individualidades. El estudio de sus libros y sus revistas durante el periodo mencionado espera ser una guía y un índice hacia y de sus fascinantes personalidades. Asimismo, espera colaborar a la comprensión de esta primera etapa —la que, formalmente, podríamos considerar de “grupo”— de las muchas que habrían de seguir ya en sus particulares caminos.
Este estudio forma parte de un proyecto iniciado hace años por el Centro de Estudios Literarios de la UNAM, que consiste en la elaboración de los índices de las más pertinentes revistas literarias mexicanas de los siglos XIX y XX.* Buena parte de la historia, todavía pulverizada, de nuestra literatura radica en las páginas de nuestras revistas. El estudio de Contemporáneos tratará de ser una ayuda metodológica para tal efecto. Quizá con instrumentos como éste podamos comenzar a entender las razones que han llevado a alguien como Octavio Paz a declarar, en una entrevista de 1966 realizada por Carlos Monsiváis, que “en un sentido estrictamente intelectual casi todo lo que se está haciendo ahora en México les debe algo a los ‘Contemporáneos’, a su ejemplo, a su rigor, a su afán de perfección”.
1 Juan García Ponce, “La noche y la llama”, Revista de la Universidad de México, vol. XXI, 5, enero de 1967, p. 4. Incluido en 5 ensayos, Universidad de Guanajuato, 1969.
2 Lionel Trilling, “Partisan Review”, La imaginación liberal, Sudamericana, Buenos Aires, 1967, p. 174.
3 Jorge Cuesta, “¿Existe una crisis en nuestra literatura de vanguardia?”, Poemas y ensayos, vol. II, UNAM, México, 1964, pp. 91-92.
4 José Gorostiza, “La poesía actual de México”, en “Los ‘Contemporáneos’ por sí mismos”, Revista de la Universidad de México, XXI, 6, febrero de 1966, p. X.
5 Gabriel Zaid, “Nota convergente sobre Octavio Paz”, Leer poesía, Joaquín Mortiz, México, 1976, p. 85.
6 Xavier Villaurrutia, “Carta a un joven (Edmundo Valadés)”, en “Los ‘Contemporáneos’ por sí mismos”, pp. XI-XII.
7 Carlos Monsiváis, La poesía mexicana del siglo XX, Empresas Editoriales, México, 1966, p. 33.
8 Henrique González Casanova, “Reseña de la poesía mexicana del siglo XX”, México en el Arte, 10-11, México, 1950, p. 19.
9 Carlos Monsiváis, op. cit., p. 32.
10 Octavio Paz, Xavier Villaurrutia en persona y en obra, FCE, México, 1978, p. 22.
11 Sergio Fernández, “El éter y el andrógino”, Los empeños, I, 1, México, abril de 1981, p. 13.
12 Karl Mannheim, “The problem of Generations”, en Essays on the Sociology of Knowledge, Oxford University Press, Nueva York, 1952, p. 304.
13 Gregorio Ortega, “Conversación en un escritorio con Xavier Villaurrutia”, en Revista de Revistas, 1143, 10 de abril de 1932, pp. 24-26.
14 Luis Mario Schneider, El estridentismo o una literatura de la estrategia, tesis doctoral, México, 1968, p. 275. Existe una edición del Instituto Nacional de Bellas Artes.
15 Salvador Novo, “Veinte años después”, en “Los ‘Contemporáneos’ vistos por sí mismos”, p. VI.
* Los índices serán publicados en un tomo aparte por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Cuando Jaime Torres Bodet fue a Bucher Bros. a alquilar el frac, la ciudad de México tenía cerca de 700 mil habitantes y el país todo un poco más de 14 millones. Cuando se terminó de probar el atuendo y después de rezongar por los faldones demasiado largos y la brevedad del cuello parado, un 70% de esos 14 millones era de analfabetos. Cuando dejó como depósito de garantía la carta de la Secretaría de la Presidencia, un 30% de aquellos 14 millones podían considerarse “obreros”, mientras que los demás dependían para su subsistencia de las “labores agrícolas”. Cuando salió del local de las calles de Guatemala con el bulto bajo el brazo, un .01 de esos 14 millones controlaba cerca del 80% del dinero que producía el país.
La carta de la Secretaría de la Presidencia le confirmaba lo que ya había leído en el periódico unos días antes y lo que ya sus amigos le habían dicho todavía con más anterioridad: había ganado el primer lugar en los Juegos Florales que la Universidad Nacional había convocado para celebrar el Centenario de la Consumación de la Independencia Nacional.
Jaime Torres Bodet era en ese momento (21 de septiembre de 1921) el secretario particular del Rector de la Universidad, licenciado José Vasconcelos. Pero eso seguramente en nada había favorecido su elección por parte del jurado (Joaquín Méndez Rivas, el Abate Núñez y Domínguez, Alfonso Cravioto y Rafael Heliodoro Valle) cuya honestidad garantizaba la objetividad de la decisión a favor de un poeta de 19 años que, dos años antes, todavía usaba pantalón corto y terno de paño azul.
La ceremonia del miércoles 21 de septiembre —y el subsecuente baile en el Country Club— era la culminación oficial de las fiestas. En el palco presidencial del Esperanza Iris estaría el señor Presidente general Álvaro Obregón —que aún no cumplía un año de ocupar la silla— con su señora esposa. También en el palco (lateral, a la izquierda del escenario, primer nivel) estaría el ministro de Guerra, general Plutarco Elías Calles con su señora esposa. Por último, junto a los generales y sus esposas, estaría don Ramón María del Valle-Inclán, invitado especial del gobierno para las fiestas. Y todos ellos estarían rodeados, en lo inmediato, por bastantes sonorenses y, en lo mediato, por unos mil quinientos representantes del tout Mexique: la vieja aristocracia, los criollos nuevos, la familia revolucionaria y algunos norteamericanos, ingleses, alemanes y holandeses representantes de la Inversión Extranjera.
¡Y ante todos ellos, Jaime Torres Bodet tendría que declamar su poema vencedor: “El alma de los jardines”! Por ello, un ujier de la Secretaría de la Presidencia lo había visitado con el objeto de ponerlo al tanto sobre la responsabilidad de su papel: en dónde se va a parar, qué actitud guardar, en qué momento declamar, cómo comportarse con la Reina de las Fiestas, ni más ni menos que Hortensia (“Titina”) Calles, hija del ministro de Guerra.
Las Fiestas del Centenario de la Consumación de la Independencia, sin embargo, celebraban mucho más que el respeto que nos merecen las artes, la belleza de la hija del protegido presidencial, el aglutinamiento de la mejor sociedad en los salones infinitos del Country y, por supuesto, el hecho mismo y centenario del impulso trigarante y sus consecuencias históricas: se celebraba también la nueva pax obregoniana, el que la rebelión de Agua Prieta hubiera reinstaurado la justicia, la pacífica transición de poderes a la sonorense, la inauguración mítica de la pacificación, el comienzo de un nuevo ciclo de progreso en el que armonizaban los obreros de la CROM, los agraristas del PNA, los liberales, los cooperativistas, los militares (incluso los del bando del desterrado Pablo González), los viejos, nuevos y medianos ricos y, poco a poco, hasta los preocupados yanquis (por aquello del Artículo 27 constitucional) inversionistas.
(…Decidí competir en el certamen. Preparé al efecto una extensa composición a la cual di por tema la evocación de los diferentes jardines que suele el hombre cruzar del principio al término de su vida.) Las fiestas celebraban, sobre todo, a aquellos que no tenían que decir jamás “ahí la vamos pasando”, aquellos que no entraban al Iris y, mucho menos, al Country. Los que sí entraban adoraban a Tom Mix, a Will Rogers, a Chaplin, a Von Stroheim y a Molly Malone; los que no, de vez en cuando podían ver al Panzón Soto en alguna carpa por San Bartolomé o conseguir un sol general para ver de lejos a Sánchez Mejías o a Gaona. Pero en general celebraban a los que estaban en el lugar preciso a la hora adecuada: a los que estaban adentro de las carrozas adornadas de guirnaldas más que a quienes las veían pasar por Madero; a quienes veían de lejos, desde algún balcón tricolor, los juegos de artificio en la Alameda más que a quienes les pasaban zumbando cerca de los oídos. La gente bien celebraba poder ir a los bailes del University a bailar el shimmy, el fox o el brooklyn bop; subirse a su daimler, su packard o su fotingo para dirigirse a las incipientes Lomas, a Taxco o a Xochimilco. Las señoras compraban su baloon en “Al puerto de Veracruz” y los señores su melon en “La Alianza de Bucareli”. No había aniversario de monarca europeo u oriental que no se celebrara con un baile postinero. No había semestre sin colecta benefactora a cargo de L’Union des Femmes de France (presidida por las Arozamena o las Araujo) con todo y tableaux vivants en falda de charleston. Se podía ir al Iris, al Ideal, al Lírico o al Fábregas a lagrimear con un melodramón pastoso de Echegaray, Benavente o Jiménez Rueda; o bien a tararear La Duquesa del Bal-Tabarín, Carmen o La Princesa Chichimaxtle con las compañías de Mutio, Zarzuela y Revista Española o Navarro Taboada, mientras los señores en el smoking discutían los Tratados de Bucareli.
Las familias podían cenar en la Antigua Panadería del Espíritu Santo o en El Globo; las señoras cuchichear en el Salón Montmartre; los señores beber whisky en el British Club; los intelectuales té en Lady Baltimore’s; las señoras, los señores y los intelectuales podían desayunar en Sanborns The House of Tiles, comer en El Casino Español, cenar en La Ópera, fornicar en el San Ángel-Inn, enfermar en el American, morirse en Gayosso y ser enterrados en el Panteón Francés.
En 1921 se podía hablar de la negociación de la deuda externa, de que si en un periódico de New York consideraba bolcheviki a Vasconcelos, de que Álvaro Obregón iba a presidir el Primer Congreso Nacional de Charros, de que Mrs. Harding le dijo a su marido: “No probaré bocado hasta que dejes de beber y te hagas religioso” y lo llevó a la presidencia y de que María Conesa había sido la mejor India Bonita del concurso nacional de indias bonitas.
Mexico City podía celebrar que el año pasado hubieran venido a verla Pablo Casals, el primer violoncelista del mundo, y Ana Pavlova, la admirable euritmia, y de que este año hubieran llegado la Comtesse de Villeneuve, Garibaldi o los Príncipes Radziwill, por no mencionar a don Ramón. De que llegaran cada día más europeos y norteamericanos a confirmar la belleza de Taxco o en pos de los últimos rezagos de la mercadotecnia del buen salvaje, y de que qué faltaba ya para que llegaran Dos Passos, Katherine Ann Porter, D. H. Lawrence, el íntimo de Genaro Estrada.
Las señoras podían legítimamente inaugurar el tour de su casa nueva por el baño americano y deslumbrar así a sus amigos de la clase media oprimida que aún no se había beneficiado del job rush. Los señores podían mencionar de pasada en cualquier conversación que su hijo mayor había salido muy bien de sus exámenes en el Massachusetts Institute of Technology.
(La construcción del poema —lo titulé “El alma de los jardines”— revelaba, en su lírico políptico, su espíritu impersonal.) Lo adecuado era leer El Universal Ilustrado, El Heraldo Ilustrado, Revista de Revistas o El Hogar; poesía de Rabindranath Tagore, novelas de Anatole France y aunque un poco risqué (o quizá por ello) de Blasco Ibáñez; poesía de Nervo, González Martínez, Darío, Juana de Ibarbourou o de nuestro corresponsal en Nueva York José Juan Tablada. Mientras, los intelectuales podían asistir a las clases de Caso en Altos Estudios, a los conciertos de Julián Carrillo en la Escuela Nacional Preparatoria o de la “Sociedad BBB: Bach, Beethoven, Brahms”, al cine en el Salón Rojo, a las librerías de Porrúa o de Botas y, de vez en cuando, a alguna comedia de Wilde en el Fábregas.
¡Y por si fuera poco había “Hierro Nuxado” para reconstituir la sangre, “Holden Bust” para acrecentar el busto, “Danderina Gold” para embellecer la cabellera, “Di Carnol” para engordar, “Esbeltex” para adelgazar, “Stuart’s Adhesive Plapao Pads” para someter la rebeldía de la hernia y “Hormotone” para restaurarle potencia a lo que hubiere que restaurarle potencia!
¡Se podía jugar tenis y polo, atreverse a mecenazgos “epatantes”, detectar tlálocs suburbanos, teorizar sobre el laboratorio revolucionario, prosar characters dilapidados en la causa de despreciarlo todo, coleccionar antigüedades coloniales, pepenar status desde la logia hasta el cine-club, organizar una cacería de la zorra (importada) con lo mejor de la sociedad que arrancaría del Monumento a la (renovada) Independencia detrás de decenas de pointers y setters que en lugar de correr tras el bicho hacia las Lomas se metieron entre el público (el pueblo) causándose varios heridos por pisadas de caballo, y agradables conversaciones a la hora del cocktail!
¡Y qué podía haber más elegante que esos caballones de raza por las calles donde, apenas unos años antes, Genovevo de la O cabalgara hacia el Zócalo a apoyar la candidatura de Obregón con sus sombrerudos en sus jamelgos!
Señoras esposas (“de bellas toaletas”), místers, generales, licenciados y señores festejaban todo eso y más la noche del 21 de septiembre de 1921 en el Esperanza Iris. La llegada de Obregón, Calles, esposas y la celebridad española invitada mereció que la concurrencia se pusiera de pie y se iniciara el Himno Nacional. De inmediato, el maestro de ceremonias anunció como primera parte del programa la “Corte de honor para Su Majestad Hortensia I, soberana de los Juegos Florales”, quien entró a la escena arrastrando una cola de cinco metros de largo, una diadema de diamantes y dos pajecillos en oro con la boca pintada de rojo sobre la plasta de polvo de arroz y sendas pelucas de bucles blancos. Con los hombros (más bien anchos) desnudos, las enormes ojeras hollywoodenses, el vestido suelto suspendido de dos tirantes unidos al centro del escote desinflado (Me dolía la cabeza, me ceñía el frac, me importunaba el cuello alto y almidonado), Hortensia I, más conocida como Titina, ascendió al trono acompañada de la Marcha de Aída.
Jaime Torres Bodet, enfundado en su frac elegantísimo, a la izquierda de la soberana desde que se abrió el telón escuchó después a la Sinfónica tocar la Marcha heroica de Saint-Saëns (Me inquietaba pensar lo que opinaría de mis versos, en su palco, el prosista de las Sonatas, elcélebre don Ramón, huésped de México) mientras trataba de localizar entre los asistentes a Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José Gorostiza Alcalá, sus amigos, y a José Vasconcelos, su jefe.
Carlos Barrera leía de pronto una composición laudatoria en prosa sobre Iturbide, muy aplaudida. Vino luego una nueva interpretación de la orquesta (La gazza ladra, sí) (No sé de qué modo poner en orden las instantáneas que me recuerdan los incidentes de aquel día) e, inmediatamente después, Alfonso Teja Zabre dio lectura al discurso que Rafael López, ausente en París, mandó para la ocasión.
De pronto, Su Majestad descendía del trono altísimo con la “Flor natural” en la diestra mientras los dos pajecillos maniobraban con la cola de cinco metros. Su voz tipluda y su acento norteño urgían al poeta “a perseverar en la senda del espíritu, cuyas mieles han de bañar tu palabra de luz”, mientras él la miraba respetuosamente. En tanto la gente aplaudía a Titina, Jaime Torres Bodet recibía la flor con la derecha desenguantada. Luego tomó de la mano a Su Majestad y posaron juntos (El fogonazo de los fotógrafos estuvo a punto de hacerme dar un traspié) mientras la Sinfónica hacía “diana diana”, el público hacía clap clap y los fotógrafos hacían cloc cloc. Después de acompañar de regreso a su trono a la Soberana y a su cola, Jaime (Me veo en el centro de un escenario muy alumbrado) Torres Bodet aguardó el silencio y comenzó su declamación:
El que primero surge del gris de la distancia
es el jardín de pueblo: en él jugó mi infancia…
¡Jardín de rosas frescas, pretérito en su olor,
risueño en la jactancia de sus fuentes gemelas
y lleno, los domingos, de un lloro de vihuelas
en que irisaba perlas de luz el surtidor!…
Queda constancia de que “El alma de los jardines” fue bastante aplaudido (aunque menos que el discurso de Titina) y de que todos los asistentes se asombraron de que el poeta apenas tuviera 19 años y de que ya había sido secretario de la Preparatoria y que ahora lo fuera de Vasconcelos (Por fortuna la atención de los concurrentes no tardó en desviarse de mí) y de que el comentario general fue en el sentido del espléndido futuro que aguardaba al muchacho (Sólo al decirlos en voz alta advertí que mis versos no contenían nada esencial, importante, nuevo o indispensable).
Esa noche, entre las madreselvas amigas, después de haber visitado el palco presidencial y de haberle entregado el original firmado del poema a don Ramón, Jaime Torres Bodet pensaba en el discurso de Rafael López: “Pertenezco al número de los que bendicen la vida porque han sido jóvenes. La evocación de esa mañana rútila basta para surtir de estrellas la patética hora crepuscular…” La mañana del jueves se levantó temprano para pasar por Bucher Bros. a regresar el frac que su mamá había empacado aún más temprano. Después, se dirigió de prisa hacia el Ministerio.
* Para las fiestas del centenario véanse El Universal y Excélsior del 19 al 25 de septiembre de 1921. Hay una crónica de la velada de los Juegos Florales en El Universal Ilustrado, V, 230, 29 de septiembre de 1921, pp. 11 ss.
Las citas de Torres Bodet vienen de Tiempo de arena,XXII, “El alma de los jardines”.
El fragmento del poema está tomado de El corazón delirante, 1922.
Valle-Inclán volvía a México después de unos 25 años. “El país estaba transformado de nuevo: en vez del aire europeo, buscaba el propio; creía ya tener derecho a él. Faltaba la paz imperial; pero el campo, la aldea, hablaron por fin. Valle-Inclán sintió el gozo de la renovación como el más revolucionario de los mexicanos”, dice Henríquez Ureña (“Don Ramón del Valle-Inclán”, Obra crítica, FCE, México-Buenos Aires, 1960, pp. 683-687). Dice Henríquez Ureña que Valle-Inclán se despidió en esta ocasión de México estrechando la mano del “indio rebelde” y diciendo al tiempo:
Indio mexicano,la mano en la mano…Lo primero:colgar al encomendero.
Es obvio que la medida de su entusiasmo sólo se equiparaba a la dimensión de su ignorancia de varios datos.
TORRES BODET, ORTIZ DE MONTELLANO, PELLICER CÁMARA, GOROSTIZAALCALÁ Y ENRIQUE GONZÁLEZ ROJO EN LA PREPARATORIA NACIONAL.GLADIOS
EL CAMINO hacia la “Corte de honor” de Titina Calles había sido largo y complejo. Sus orígenes, para este grupo enamorado de los viajes, había comenzado en la desastrosa Escuela Nacional Preparatoria de 1914-1918, cuando asistían a ella, casi en los mismos grados a pesar de las diferencias de edad pero gracias al caos del país, además de Torres Bodet, González Rojo, Ortiz de Montellano y José Gorostiza Alcalá, todos de pantalón corto, hablándose de “usted” como lo exigía el decoro y con la moda del doble apellido impuesta por el sistema de pasar la lista antes de cada clase.1 Había que entrar a la Preparatoria de San Ildefonso, a pesar de la vulnerada calidad de clase media de sus familias, que hubieran preferido, quizá, la católica preparatoria de Mascarones, porque entonces ya era obvio que la educación privada se vería sujeta a las dificultades que habrían de culminar en 1917 con el turbulento Artículo 3ọ Constitucional.
La Preparatoria, como el resto del país, pasaba momentos aciagos. Victoriano Huerta y su Ministro de Educación, el licenciado Nemesio García Naranjo, habían decidido militarizarla, lo cual no dejaba de espantar a los padres de familia,2 convencidos de que sus hijos servirían de carne de cañón para algún capricho estratégico del usurpador. Torres Bodet achaca su permanencia en la Preparatoria a una curiosa debilidad de su padre (empresario de compañías operáticas locales y foráneas) por “los lujos del uniforme”,3 pero es más probable que la verdadera razón haya sido de orden pecuniario. Los de cuarto y quinto año fueron asignados a un escuadrón de caballería, mientras que los jovencitos de lo que hoy llamamos la “secundaria” formaron un cuerpo de zapadores. Los de primer ingreso, niños de entre 11 y 13 años de edad, los llamados “perros”, engrosaban la infantería:4 diariamente marchaban durante una hora, con uniforme de paño verde y kepí balcánico, y después lo harían con un máuser descargado. La educación “militar” se limitaba a estos ejercicios y culminó en el desfile del 16 de septiembre sin una sola baja y sin que su personal hubiera visto acción en la Ciudadela, que estaba defendida por ellos.
Fuera de los patios, que “de juegos” se habían convertido en “de maniobras”, las clases funcionaban regularmente, a pesar de los disturbios a los que casi todo el mundo se empezaba a acostumbrar. Cosío Villegas, que en 1915 cursaba el cuarto año, por ejemplo, recuerda que su ruta hacia la escuela estaba diseñada en función de los zaguanes que abundaban en ciertas calles y escaseaban en otras, que debían, por ello, ser evitadas, y cómo, a veces, durante las clases, se escuchaban tiroteos cercanos: “El ruido y el estruendo eran de tal naturaleza que los mismos profesores acababan por darnos el pase y regresábamos a nuestros hogares”,5 lo cual no deja de llamar la atención sobre el concepto de seguridad de los maestros. Los años de 1914 a 1916 fueron terribles y el caos no podía eludir las instituciones educativas, de por sí en crisis después del debilitamiento del sistema positivista.
El entusiasmo del Ateneo de México había pasado por múltiples altas y bajas, y su irregularidad pragmática no había terminado de modificar del todo el panorama educativo. Su batalla —una gesta verdaderamente asombrosa, dadas las condiciones— se había iniciado en 1909, cuando sus integrantes se habían negado a sancionar el mito positivista y se habían atrevido a “leer a Platón, que fue nuestro mayor maestro, a Kant y a Schopenhauer”. Como dice Pedro Henríquez Ureña:
Tomamos en serio a Nietzsche (¡oh, blasfemia!). Descubrimos a Bergson, a James, a Croce. Y en literatura no nos confinamos dentro de la Francia moderna. Leímos a los griegos, que fueron nuestra pasión. Ensayamos la literatura inglesa. Volvimos, pero a nuestro modo, contrariando toda receta, a la literatura española, que había quedado relegada a las manos de los académicos de provincia. Atacamos y desacreditamos todo arte pompier…6
Los ateneístas habían tenido su gran oportunidad de integrarse al nuevo poder creador de una nueva educación cuando Ezequiel A. Chávez fundó en 1913 la Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional y recurrió a ellos para crear un cuerpo profesoral que, como señala Enrique Krauze, habría de poner “las bases de la educación moderna del país”.7 Henríquez Ureña, Reyes, Caso y Jesús T. Acevedo dieron clases en Altos Estudios en ese momento. Sus ideales humanísticos les dictan la convicción de que las humanidades no son sólo enriquecimiento intelectual y fuente de placer estético, sino que son “fuente de disciplina moral” como señalaba Henríquez Ureña: “Acercar a los espíritus a la cultura humanística es empresa que augura salud y paz”.8 Se negaban a aceptar la idea del progreso “indefinido, universal y necesario” del positivismo y se alinean dentro del humanismo alemán del “desinterés y la devoción de la cultura”.
La labor era espléndida, pero su implementación imposible sin una circunstancia de la que el país estaba muy lejos en ese momento. Con el tiempo, Henríquez Ureña no podía dejar de insistir en que ese año había visto “a unos cuantos hombres de buena voluntad [trabajar] para renovar la cultura nacional, convencidos de que la educación —entendida en el amplio sentido que le atribuyó el griego— es la única salvación de los pueblos”.9 Reyes y Henríquez Ureña, los ateneístas más interesados en las letras, promovieron inclusive discusiones y ponencias sobre su enseñanza escolar. Consideraban que la preceptiva era inútil (interés primordial del positivismo literario) mientras que la gramática era fundamental, toda vez que “el arte literario no puede enseñarse”. Proponían que el estudiante debía leer mucho, bajo la vigilancia colaboracionista del maestro, pues lo importante era que trabajara “con su lenguaje, que se despierte su amor por la lectura, que se dirija su gusto por el sentido de las cosas genuinas y sobrias”.10
Los exigentes principios humanistas que los miembros del Ateneo consideraban determinantes para plantear una base educativa eficaz y moderna, sin embargo, se vieron obstruidos, como era previsible, por la situación caótica imperante en la política. Ellos mismos, que siempre se quisieron al margen de esos avatares, no tardaron en ser víctimas de las complicadas reglas del juego público y tuvieron que disolverse “porque la mayoría de sus miembros salieron del país; unos, los más, por haber tenido puestos en el gabinete de Victoriano Huerta; otros, por haberse sumado a una facción derrotada de la Revolución; otros más, en un exilio voluntario”.11
No obstante, la “subsección de la Escuela de Altos Estudios” dedicada a la literatura, obra del dominicano Henríquez Ureña, habría de perdurar en las personas de Alberto Vázquez del Mercado, Antonio Castro Leal y Manuel Toussaint, alumnos suyos, quienes fundan la Sociedad Hispánica de México, y habrían de emprender algunas actividades editoriales (por ejemplo la revista Nosotros, que no se debe confundir con su contemporánea de Buenos Aires) y pedagógicas. En estos tres jóvenes habrá de continuarse el espíritu ateneísta cuando el Ateneo ya ha sido desmembrado por las circunstancias o por las voluntades individuales de sus miembros. Los tres, a pesar de su extraordinaria juventud (lo cual, cierto es, lejos de ser una traba comenzaba a transformarse en la mejor de las virtudes), se convierten así en maestros de literatura de la Nacional Preparatoria en 1914 y comienzan desde adentro la lucha contra la molicie positivista que aún campeaba en la institución. Castro Leal es uno de los profesores de literatura universal, Toussaint de gramática y Vázquez del Mercado de literatura mexicana e hispanoamericana; con ellos estudiarían los niños contemporáneos durante un brevísimo periodo: con la caída de Huerta fueron despedidos y la escuela volvió a quedar en manos de los viejos. A pesar de ello, Gorostiza alcanzó a recibir clases de Vázquez del Mercado, lo mismo que González Rojo, mientras que Torres Bodet y Ortiz de Montellano trabajaron siempre con Enrique Fernández Granados Fernangrana cuyo desprecio por Baudelaire sólo era superado por su amor a Hugo.
Es curioso que en esos momentos, en el seno mismo de los antiguos miembros del Ateneo, dispersos y todo, se continuara una seria divergencia que a la larga desempeñaría un papel importante en la formación del futuro grupo de Contemporáneos. Por una parte —sigo en esto a Krauze en su magnífico libro— la “imposible erudición” de Reyes y Henríquez Ureña, y por la otra, la “exaltación mística” de Caso y Vasconcelos. Para los primeros (y para algunos de sus seguidores, como Torri) nada era más importante que la pluma; los segundos comenzaban a pensar, al fin y al cabo inscritos en la realidad del país y no en el exilio, que había momentos en los que la pala o el fusil ganaban en relevancia. Para los primeros, más escépticos en materia política, el apoliticismo era garantía de dedicación a las humanidades que, a largo plazo, harían mucho más por la liberación del país que todas las asonadas juntas; para los segundos, sobre todo después del triunfo de la Convención, resultaba imposible someterse exclusivamente a los rigores del purismo filosófico y literario. Entre los “apolíneos” del primer grupo y los “volcanes” del segundo comenzó a haber diferencias desde los tiempos del Ateneo que, para 1916, ya se habían resuelto en dos visiones encontradas e irreconciliables del quehacer cultural.12
Los Contemporáneos, más que nada por determinación generacional, estuvieron aislados tanto de la efervescencia humanista del Ateneo como del “espíritu de 1915” que habría de apasionar a la generación inmediatamente anterior a la suya (la de Manuel Gómez Morín y Vicente Lombardo Toledano), por lo que sus reacciones ante “la exaltación mística” de Caso, Vasconcelos y sus alumnos serán más que cautelosas, si bien no puede excluirse cierta empatía con el espíritu de 1915.
Caso había sido nombrado director de la Escuela Nacional Preparatoria por Vasconcelos, cuando éste fue el fugaz Ministro de Educación del gobierno convencionista. Los testimonios sobre el derroche efectivamente volcánico —como decía Torri— de entusiasmo del que Caso era capaz tienen dimensiones míticas. Era el centro de la cultura nacional en un solo protagonista. Krauze nos cuenta cómo era profesor de ética, psicología, lógica y problemas filosóficos a un tiempo, mientras que sus clases de sociología en la Escuela de Jurisprudencia adquirían a veces matices de auténtica revelación comunal. Concha Álvarez, Torri, Torres Bodet mismo, han dejado testimonios de la elocuencia pedagógica de Caso. Torres Bodet que, por desgracia, es el único miembro de la generación que producirá un testimonio autobiográfico cabal (Tiempo de arena) no registra la entrada de Caso a la dirección del plantel y pospone su encuentro con el “casismo” hasta su entrada, en 1918, a Jurisprudencia. De todos modos, la diáspora de los antiguos ateneístas impide que se renueven a fondo los cuadros profesorales, y Caso, a pesar de ser Caso, no puede impartir todas las cátedras él solo.
De ahí que podamos considerar que la única razón por la que los jóvenes Contemporáneos acudieran a la Escuela era por conservar su status de estudiantes candidateables a los codiciados títulos profesionales (cosa que Vasconcelos detestaba), por verse y ver a sus amigos y discutir libremente sus lecturas no positivistas y, por supuesto, mostrar las primeras composiciones literarias que, obviamente, no obedecían a la rigurosa preceptiva tradicional dictada por los viejos maestros. De todos modos, con Fernangrana, quizá con Tablada antes de su exilio,13 o con Vázquez del Mercado, Toussaint o Torri, la educación en la Nacional Preparatoria, en materia literaria y, específicamente, poética, otorgó a los jóvenes estudiantes sus primeros atisbos de la poesía española del Siglo de Oro y los determinó en el gusto del modernismo imperante aún en las figuras de González Martínez, Nervo y Rebolledo.
Lo que es un hecho es que, como señala Torres Bodet, “la batería a lo que todo sirve de carga” que es la juventud, en el caso de él y sus compañeros, “emanaba del clima, magnético como pocos, en que se realizó la Revolución”.14
Pero, por supuesto, no todo era la escuela. Torres Bodet cuenta cómo, con sus amigos tempranos, la lectura ocupaba ya un papel importante en la vida cotidiana. Una vida cotidiana que, en su caso, giraba alrededor de la familia conservadora y estricta que, para vergüenza suya, insistía en atildarlo todas las mañanas, lo cual lo hacía sentirse objeto “de caricaturas y sátiras enojosas”.15
