Los idilios salvajes - Guillermo Sheridan - E-Book

Los idilios salvajes E-Book

Guillermo Sheridan

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Beschreibung

La importancia y el atractivo de este libro son indudables. Se trata del tercer tomo de la que es muy probablemente la biografía literaria más ambiciosa y cumplida que se haya escrito en México, que por añadidura versa sobre quien concebiblemente ha sido el escritor mexicano más universal. Octavio Paz es un mito y fue un admirable mitólogo y mitógrafo. Sheridan lo admira cumplidamente, pero su mirada no se vela con el asombro o la insolación o el rencor que afectan a otros. Nos hace el gran favor de mirar fríamente “la particular mitología de Paz”, “el complejo sistema crítico [que abarca] la religión y el arte, la antropología y el erotismo, la sociedad y la historia”. En los dos primeros tomos, Guillermo Sheridan conversó sobre detalles históricos, políticos, geográficos y sobre la órbita de ideas sucesivas de Paz. En este tercer volumen, sus palabras tratan (casi exclusivamente) de la lidia del Poeta con el Amor, y por tanto de OP y Elena Garro, y de OP y Bona Tibertelli de Pisis. Desde luego, en los tomos anteriores Sheridan ya nos había hablado de la famosamente infeliz relación con Garro, y con la hija de ambos Helena, pero aquí se ocupa de las interminables cartas de amor desesperado del joven filocomunista de veintidós años a la adolescente Elena y de las candentes misivas a Bona en los años cincuenta. Sheridan es un prosista de palabras y ritmo impecables, un acucioso y erudito investigador académico, un conocedor íntimo de la vida y la obra de Paz, que al mismo tiempo posee un conocimiento sensible y magistral de la Poesía. Como éste es un libro sobre el Amor y la Poesía, Sheridan también aplica su fino microscopio a Piedra de Sol, obra maestra o torre mayor que tiene que ver con Bona, sí, pero también con Jung y Nerval y Rilke y Breton y Lawrence, y con México.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Primera edición: 2016

ISBN: 978-607-445-453-6

Edición digital: 2016

eISBN: 978-607-445-460-4

DR © 2016, Ediciones Era, S.A. de C.V.

Centeno 649, 08400 México, D.F.

Oficinas editoriales:

Mérida 4, Col. Roma, 06700 México, D.F.

www.edicionesera.com.mx

Este libro no puede ser reproducido total o parcialmente por ningún medio o método sin la autorización por escrito del editor.

This book may not be reproduced, in whole or in part, in any form, without written permission from the publishers.

Índice

Preliminar: la cuerda floja

I. Las creencias profundas

La experiencia del mito

Dos lecturas femeninas

La cópula bajo los azulejos

La aparición de Isis

La voz del arquedipo

La madre en lo alto

“El útero es todo”

La madre y la tumba

La higuera navegable

“Matar bien a la madre”

Crear a la desconocida

La mujer de agua

La quietud en/es movimiento

La bailarina

La sangre sexual

La sede de la muerte

II. Elena Garro: el centro fugitivo

Primer tiempo: México, 1935

Segundo tiempo: Yucatán, 1937

Tercer tiempo: California, 1943-1944

Epílogo: el amor al amor

III. Alrededores de Piedra de Sol

El “relato”

La musa en taxi

Umbrales 1: el título

I. La piedra no es piedra

II. Calendario mexicano

Umbrales 2: el epígrafe

La “Nota” y otras borraduras

I. La Gran Diosa

II. Cuerpos celestes humanos: el 584

III. Viento y Movimiento (Heng)

IV. “Nudo de imágenes”

La estrofa gozne

I. Opciones

II. Sauce de cristal, etcétera

IV. Bona: el baile de los fantasmas

I. La hechicera

II. El surtidor en Ginebra (1953)

III. Primera espera (1954-1957)

IV. La leona nocturna (1958)

V. Hacia la otra orilla(1958)

VI. “Algo se prepara” (1959)

VII. El amor único (1959-1960)

VIII. Pausa de la Salamandra (1961)

IX. “Racimo de verdades intactas”

X. “Y luego lo mataron” (1962-1964)

XI. El tratado de Estambul (1962)

XII. Regreso al santuario

XIII. Ante el balcón (1963)

XIV. Las dos plantas: monstera deliciosa y perpetua encarnada

XV. Mudarse por mejorarse

XVI. Abrir el paréntesis (1964)

XVII. “Transcurrir es quedarse”

XVIII. Desenlaces

XIX. La memoria negada y “la balanza diáfana”

Bibliografía

Constancias y agradecimientos

Este volumen y los dos que lo anteceden son resultado de mis tareas como investigador en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México y como miembro del Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Agradezco la hospitalidad que me ha dado la Universidad de Texas en Austin como académico visitante en el Lozano Long Institute of Latin American Studies, a su director el doctor Charles R. Hale, a su asistente Carla Lañas, y a José Montelongo, bibliotecario de la Benson Latin American Collection. Por invitación de la doctora Florence Olivier y del doctor Paul-Henri Giraud –él mismo un sabio estudioso de la poesía de Paz– fui durante un semestre académico visitante en la Université de Paris-Sorbonne Nouvelle, lo que me permitió realizar investigación en esa ciudad. La doctora Azurra Aiello, de la Università La Sapienza di Roma, y Anna Lee Pauls, de la Biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton, me ayudaron a resolver algunos enigmas bibliográficos y de archivo. Mi amigo Tomás Pérez Suárez, del Centro de Estudios Mayas de la UNAM, me enseñó a leer, sumar y restar números mayas. Héctor de Mauleón y Carlos Ulises Mata Lucio compartieron conmigo, generosamente, material epistolar de Elena Garro. Otro buen amigo, el doctor Haroldo Díez, se encarga de darme alineación y balanceo desde hace muchos años.

Debo mucho a los amigos que caminan junto a mí en el empeño colectivo de estudiar a Octavio Paz y su obra: las conversaciones con Enrique Krauze, Christopher Domínguez Michael, Juan Malpartida, Adolfo Castañón y Aurelio Asiain son siempre provechosas (en especial aquellas en las que no estamos de acuerdo). Mi amigo Aurelio Major me puso al tanto, con paciencia y generosidad, de sus enormes hallazgos en España. Ángel Gilberto Adame, otro buen amigo, compartió con desprendimiento la información que rinden sus tenaces pesquisas en archivos y hemerotecas de México y el mundo. A sabiendas de que dirá que sólo hace su trabajo, agradezco a Paloma Villegas, aliada y maestra, la diligencia con que se ha encargado de la edición de éste y los anteriores libros de esta serie.

Por último, y por principio, dejo constancia de especial gratitud a mi amiga Sibylle Pieyre de Mandiargues quien, con ejemplar desinterés y nobleza de ánimo, me permitió leer las cartas de Octavio Paz a su madre, Bona de Mandiargues.

G. S.

Para Ida Vitale y Enrique Fierro

...por tan largo camino

que inmóvil nos parece...

Do se alzaban los templos de mis diosas...

Manuel José Othón, Idilio salvaje

La historia del corazón de un gran poeta no le es indiferente a nadie.

Gérard de Nerval, L’Intermezzo

Las supuestas lecciones de historia literaria casi no tocan el arcano donde se generan los poemas. Todo sucede en la intimidad del artista, como si los acontecimientos observables de su existencia no tuviesen sobre su trabajo más que una influencia superficial. Aquello que es lo más importante –el acto mismo de las Musas– es independiente de las aventuras, el modo de vida, los incidentes y todo lo que puede figurar en una biografía. Todo lo que la historia es capaz de observar es insignificante.

Lo que es esencial a la obra son las circunstancias indefinibles, los encuentros ocultos, los hechos que son evidentes sólo para una persona, o bien aquellos que le son a tal grado familiares y cercanos que puede hasta ignorarlos. Y uno sabe fácilmente, y por uno mismo, que esos incesantes e impalpables acontecimientos constituyen la materia esencial de nuestro verdadero personaje.

Paul Valéry,Au sujet d’Adonis

¿Puede ser poética una biografía? Sólo a condición de que las anécdotas se transmuten en poemas, es decir, sólo si los hechos y las fechas dejan de ser historia y se vuelven ejemplares.

Octavio Paz, “La palabra edificante”

Preliminar: la cuerda floja

El poema no es confesión ni documento. Escribir poemas es caminar, como el equilibrista sobre la cuerda floja.

–O. P.

A poco de cumplir veintiún años de edad y a un par de meses de haber iniciado sus amores con Elena Garro, Octavio Paz se dijo con la vehemencia propia de la sinceridad juvenil que aspiraba a crear una poesía capaz de “representar con toda fidelidad a mi alma” (13, 149).1

Tarea ambiciosa, por las dificultades inherentes a la creación, pero también por la conciencia de que la pesquisa en pos de uno mismo supone salvar abundantes turbulencias morales. En poesía el autoconocimiento no es optativo, sino definitorio; de ahí que, dice Paz, sea “más practicado por los poetas que por los filósofos”2 y que sólo sea verdadero si resulta de una “desinteresada sed de conocimiento interior” ajena a todo narcisismo. El dilema es encomiable y arduo: depende de que el aprendiz consiga hablarse, confesarse a sí mismo, enfrentar “al tembloroso espejo que soy yo”. La moralidad de la escritura poética quizá no dependa sino de la honradez para enfrentar a la persona que se es con el poeta que desea revelarse. “Al hablarme a mí mismo, me reflejo y me invento”, es decir, “me descubro” (13, 149): la poesía buena lo es en la medida en que sucede ese descubrimiento.

La reflexión que hace Paz sobre el trato entre la vida vivida y la poesía escrita aumenta en complejidad con el paso del tiempo. La evolución de sus ideas sobre la “verdad” de vida que condensa el poema adquiere una calidad nodal en su poética. Puede declarar enfáticamente que “todo lo que yo escribo es biográfico, una tentativa por dar sentido espiritual a mis experiencias vitales, y por eso –buena o mala– mi poesía es mi otra vida”.3 Unos años después, piensa que “el monólogo del poeta es siempre diálogo con el mundo o consigo mismo. Así, mis poemas son una suerte de biografía emocional, sentimental y espiritual”.4 No ignoraba que la memoria actúa una falibilidad interesada, y que esa pretendida biografía se altera entre las vicisitudes de “la memoria y la reflexión”, inevitables en tanto que “aquello que vemos con los ojos de la memoria no es idéntico a aquello que vivimos: la vida es irrecuperable”. Pero en esa aparente pérdida se encuentra la auténtica ganancia, pues gracias a la de la memoria y la reflexión es que el agua de lo vivido se convierte en un destilado poético de . En 1995 aún piensa que escribir un libro de poemas equivale a llevar “una suerte de diario en el que el autor intenta fijar ciertos momentos excepcionales”, entendiendo que aun el tedio y la irrelevancia pueden ser excepcionales (10, 379). Si bien los poemas son “respuestas a los accidentes de mi vida”, Paz es enfático cuando (en 1996) argumenta que su poesía no está hecha de confesiones (12, 17). El borroso sujeto puede precisar su rostro siempre y cuando el poema confirme su experiencia: “reconocer en las líneas de un poema a un pensamiento o a una sensación que yo, así fuese confusamente, había pensado o vivido, era una suerte de confirmación, en el sentido sacramental”.