Lucía se divierte - Pedro García Gallego - E-Book

Lucía se divierte E-Book

Pedro García Gallego

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Beschreibung

Lecturas para despertar y cultivar el morbo que todos llevamos dentro. Fantasías sexuales que —tal vez— te gustaría hacer realidad. Los deseos ocultos de disfrutar tu cuerpo..., esos que no te has atrevido a compartir con nadie, se presentan en estos cincuenta y cinco relatos para que los vivas y revivas en tu imaginación o más allá. Date permiso y déjate llevar. ¿Cuál de estos papeles te gustaría interpretar? ¿Hace cuánto que no cometes una locura?

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Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Pedro García Gallego

(y otras 54 maneras de pecar)

Septiembre 2025

ISBN eBook: 978-84-685-9109-4

ISBN paper: 978-84-685-9108-7

Depósito legal: M-19639-2025

SafeCreative: 2509042976451

Editado por Bubok Publishing S.L. [email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

A Lucía

El amigo de mi marido

S us visitas se fueron haciendo muy habituales. Al principio solo venía una o dos veces por semana, pero últimamente acudía casi a diario. Tal era la amistad que mantenía con mi marido que en algunas ocasiones le invitábamos a quedarse a dormir en casa. Ya era de la familia. Es un hombre atractivo, con ojos claros, bonita sonrisa y cabello castaño. Sin embargo, lo mejor era su carácter y actitud ante la vida, siempre dispuesto a echarte una mano y a disfrutar. Una noche estuvimos charlando y bebiendo mi marido, su amigo y yo hasta bien entrada la madrugada, así que se quedó a dormir en nuestra casa. Cuando nos retiramos, yo estaba muy cachonda y sin nada de sueño debido al alcohol. Tenía ese punto divertido que es tan difícil de encontrar en su justa medida y lo aproveché. Le susurré al oído a mi marido que necesitaba follármelo y que me hiciera guarradas. Su sonrisa me lo dijo todo, deseo concedido.

Nos desnudamos con prisa, como si fuéramos dos adolescentes, mientras nos comíamos la boca. Él se entretuvo en mi cuello unos segundos hasta erizarme la piel. Acto seguido le empujé y cayó sobre la cama. Le quise regalar una buena mamada, hasta ponérsela bien dura, y me encaramé encima de él. Quería llevar el control y follármelo. Lo hice, vaya que si lo hice. Recuerdo que subía y bajaba de forma salvaje introduciéndome hasta el fondo toda su polla. Pasados unos minutos, cuando ya había experimentado el primer orgasmo, me puse de cuclillas sobre él y continué con la misma maniobra que antes. Esa postura es infalible y mi marido apenas tardó en correrse pocos segundos. Mientras nos dábamos una tregua y recobrábamos el aliento, él fue en busca de unas esposas y el antifaz del pecado que tanto nos gusta. Ahora me toca a mí follarte como es debido, y como has sido una niña mala, te voy a esposar a la cama. Soy tuya, hazme lo que quieras…, no hay límites. Estas últimas palabras creo que fueron el detonante de lo que vino a continuación. Estaba boca arriba con el antifaz negro sobre mis ojos y las muñecas amarradas por las esposas al cabecero de mi cama. Mi marido puso música de saxofón y comenzó su juego.

Notaba sus labios besando mi cuerpo sin prisas. Comenzó por mis pechos, firmes y duros, por cierto. Luego continuó besando mi vientre y la pelvis. De ahí pasó al interior de mis muslos. Después de unos segundos sin sentir su contacto, por fin comencé a sentir que algo muy húmedo lamía todo mi sexo. De arriba abajo y de abajo a arriba. No lo hacía como siempre. Introducía tímidamente la punta de la lengua dentro de mi coño y luego le dedicaba caricias circulares a mi clítoris. Qué bien lo estás haciendo, cabrón, me voy a correr. Justo cuando le regalé un nuevo orgasmo alguien me desató el antifaz. Fue mi marido quien lo hizo. Miré hacia abajo y encontré los ojos de su amigo sobresaliendo entre mis piernas, justo por encima del monte de Venus. Antes de que pudiese reaccionar, mi marido me hizo un gesto para que me mantuviera en silencio y se sentó en una butaca a los pies de la cama. El amigo de mi marido continuó con el festival comiéndomelo todo. Incluso me lamió el culo y todos sus pliegues, activando las zonas erógenas que esconde. Jamás me habían follado el culo con la lengua y aquel hombre lo hizo. Yo estaba gozando como una perra, mientras miraba a mi marido que sonreía y parecía disfrutar más que yo observando la escena. Me daba muchísimo morbo toda la situación y quise seguir.

Mis manos continuaban esposadas al cabecero de la cama. El amigo de mi marido se me acercó y me puso su polla en los labios. La chupé y engullí con ganas. Su miembro era grueso y grande. Estaba delicioso. Me folló la boca, mientras mi marido no se perdía detalle. Cuando la tuvo bien dura, se puso encima de mí e insertó su falo dentro de mi vagina. Yo estaba empapada y cachonda, perdida, así que la penetración fue deliciosa y completa. En cada acometida me rozaba el clítoris, transportándome a mi planeta favorito. Cuando faltaba poco para volver a correrme, mi marido se levantó y vino hacia mí. Me ofreció su polla bien excitada y se la lamí entera. Tenía dos pollas para mi solita. La del amigo de mi marido continuaba taladrando mi coño y el cornudo de mi marido ahora me follaba la boca. La tercera corrida llegó. Mi marido me liberó de las esposas y me pidió que me pusiera a cuatro patas sobre la cama. Obedecí. Expuse todo mi culo en pompa al amigo de mi marido, que agarró mis caderas y volvió a follarme el coño de nuevo, pero esta vez por detrás. El sonido de su pelvis contra mi culo era música celestial para mis oídos. Mi marido observaba la escena y se acercó a mi rostro para que continuase saboreando su polla. Volvía a tener dos pollas. Me sentía poderosa y al mismo tiempo muy zorra. Me encantaba la sensación. Perdí la noción del tiempo mientras me empotraban por detrás sin compasión, hasta que llegó el cuarto orgasmo. Entonces, sin previo aviso, los dos machos intercambiaron posiciones. Ahora estaba degustando la sabrosa polla del amigo de mi marido. Reconozco que me gusta más esta nueva polla que aquella con la que me casé y que ahora me estaba follando por detrás. Mi marido cambió de orificio intencionadamente y me insertó con cuidado su miembro dentro de mi culo. Era una sensación maravillosa la de comerme una polla nueva mientras me daban por el culo. Grité y gemí como una perra en celo mientras me abrían bien el culo. Fue justo entonces cuando sentí ambas corridas. Una me llenó el culo de semen caliente y la segunda la saboreé en mi boca y me la tragué enterita. Después de semejante experiencia, las visitas del amigo de mi marido se han hecho más frecuentes todavía, aunque a veces acude él solo…, sin mi marido.

 

 

El columpio

La noche era tórrida e insoportable. El calor no permitía conciliar el sueño. Decidí salir a la calle a despejarme y dar una vuelta a la manzana. Descubrí que no era el único, a pesar de que era bien entrada la madrugada de un martes cualquiera de verano. Tras caminar unos diez minutos me senté en un banco del parque próximo a mi casa. Tan solo llevaba un pantalón corto de deporte y unas chancletas de playa. Nada más. Tuve la extraña sensación de que me estaban observando. Miré a izquierda y derecha, pero no vi a nadie. Sin embargo, frente a mí, a unos treinta metros, sentada en un columpio infantil, se intuía una silueta. La oscuridad de la sombra no me dejaba afirmar nada acerca de su sexo. Imaginé que se trataba de una mujer. Acerté. A continuación, iniciamos un extraño y breve diálogo. ¿Tú tampoco puedes dormir? Exacto, es imposible poder hacerlo. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Mucho. El suficiente para esperarte. Aquí se está mucho mejor. ¿No te apetece columpiarte conmigo? Mi respuesta fue elocuente pero silenciosa. Me levanté y caminé hacia ella. Cuando estaba apenas a metro y medio descubrí una mujer de largo cabello negro, que únicamente vestía un pequeño top blanco cubriendo sus pechos y minúsculo short en las caderas. Ninguno de los dos volvimos a emitir palabra alguna. Lo que sucedió a continuación juro que no lo soñé, aunque podría encajar como una de mis mejores fantasías hechas realidad. Cuando estuve de pie frente a ella, sin levantarse del columpio, me bajó los pantalones. Mi polla, que ya había comenzado a excitarse unos segundos antes, quedó al descubierto. Ella, sin dejar de mirarme a los ojos, la acarició y chupó su punta con sumo cuidado. Lamió con delicadeza cada centímetro antes de engullirla como solo las diosas del sexo saben hacerlo. La cadencia era perfecta adelante y atrás. Levanté la vista y creí estar en el paraíso. Una suave brisa acarició mi rostro mientras una hembra seguía comiéndome la polla con auténtica pasión y mucha saliva. Mi miembro estaba muy duro. Le agarré el cabello con ambas manos y dirigí los movimientos, follándome bien su boca. Sus ojos seguían clavados en los míos, mientras la saliva resbalaba por la comisura de sus labios. Antes de correrme di un pequeño paso hacia atrás y la levanté del columpio. Era un palmo más baja que yo. Nos besamos la boca y nos mordimos los labios como si el mundo se fuera a acabar dentro de unas horas. Le agarré fuerte el cabello mientras succionaba su lengua. Cuando nos quedamos saciados, jadeando de pasión, mis manos se dirigieron primero a sus pechos y, sin previo aviso, le arranqué el pequeño top, dejando sus tetas a mi vista. Eran preciosas. No demasiado grandes, pero con pezones bien firmes y duros. Los saboreé con mi lengua y ella dejó escapar un grito de placer. Sin dejar de comerme sus tetas, mis manos llegaron hasta su cadera y le rompieron el short que tapaba su ingle. Me encanta, no te pares, fue lo único que salió de su boca. Obedecí y mi mano derecha masturbó su coño con dedicación. Introduje primero un dedo dentro de su sexo y luego otro para comprobar que estaba empapada. La giré y le pedí que se agarrara a las cadenas del columpio y se pusiera de rodillas en el asiento, ofreciéndome su culo en pompa. Sí, fóllame duro, me dijo instantes antes de que mi polla se abriera camino dentro de ella. Inserté mi sexo duro como una piedra y ella volvió a gemir de placer. Mi polla entraba y salía hasta el fondo con una enorme facilidad. Continué taladrando duro el interior de su coño mientras el columpio se balanceaba y ayudaba a que la penetración fuera más profunda. El sonido de las cadenas del columpio se confundía con el que hacía mi pelvis cada vez que chocaba contra su culo cuando la empotraba. No sabría decir el tiempo que permanecimos columpiándonos, pero sí recuerdo que antes de correrme dentro de ella le agarré el cabello, inclinando su cuello hacia atrás, y que azoté su culo varias veces. Después de aquel encuentro maravilloso pude dormir como jamás lo había hecho. Ahora solo estoy deseando que el calor vuelva a abrasar la noche para salir a buscarla.

 

 

El cine

Siempre había fantaseado con hacerlo realidad, pero nunca se había atrevido a llevarlo a cabo. Estaba a punto de experimentarlo en su piel y el nerviosismo, unido al deseo de vivirlo, era evidente en su rostro. La casualidad quiso que diera con la persona adecuada para tal fin. Le había conocido hacía poco tiempo, a través de redes sociales y nunca se habían visto las caras. Eso aportaba más morbo a la situación. Habían mantenido extensas conversaciones y conocían su extraordinaria sintonía. El erotismo y la pornografía era uno de los placeres que compartían. Les excitaba y deseaban lo mismo. Trataban de hacer realidad sus fantasías. Hoy estaban a las puertas de unos multicines. El plan era sencillo, primero entraría él en la sala y se situaría en las filas de atrás. Elegiría una película de escasa calidad y menor popularidad. A continuación, cinco minutos después entraría ella. Así fue como sucedió. La sala estaba totalmente oscura y el único reflejo era el de la enorme pantalla y las bombillas de emergencia del suelo. Ella visualizó la fila e inmediatamente localizó a su presa. Se sentó en la butaca de al lado, sin apenas mirarse a la cara. Sin embargo, los dos examinaron de reojo a su compañero de juegos. Ella vestía una blusa de seda blanca y una minifalda vaquera. Tenía unas piernas preciosas que la penumbra del cine estilizaba aún más. Él vestía un traje de pantalón y chaqueta deportiva. Esperaron a que comenzase la película. Sin mediar palabra, él se aproximó al cuello de ella y lo besó. Al principio despacio y lentamente. Luego se lo devoró. Ella echó la cabeza para atrás, dejándose hacer y desmayándose de placer. Pronto notó cómo las manos de él comenzaban a acariciar sus muslos mientras seguía besando su cuello. Sus bocas se encontraron y el intercambio de saliva no se hizo esperar. Las lenguas se acariciaban y disfrutaban de tan singular danza. Eran maestros en el arte del beso y lo demostraron. La mano derecha de él palpó la humedad del coño de ella. Llegó a su destino. La primera sorpresa fue descubrir que no llevaba bragas. La suavidad de aquel sexo completamente rasurado provocó una inmediata excitación en la polla de él, que también estaba siendo manoseada por encima del pantalón por las manos de ella. Cuando sus bocas se tomaron un respiro, se miraron por primera vez a los ojos y lo hicieron tan solo a tres centímetros de distancia. Aquella mirada de lujuria y desenfreno fue definitiva. Como si de una orden se hubiera tratado, él se arrodilló a los pies de la butaca de ella y primero le desabrochó la blusa para liberar sus pechos. Tenían el tamaño perfecto, ni pequeños ni muy grandes. Él quiso saborear sus pezones y los lamió con destreza. Continuó comiéndose las tetas, mientras ella de nuevo miraba al techo, relajando sus cervicales y disfrutando del banquete que le proporcionaba a su amante. No recordaba que nadie le hubiese comido los senos con semejante deleite. Lo disfrutó como una perra en celo. Cuando se quiso dar cuenta, su singular amante había cambiado de objetivo. La escasa luz que había en la sala de cine era suficiente para observar la maravilla que ahora tenía delante de sus labios. Un coño muy bien definido, empapado y palpitando de deseo por ser devorado. La lengua de él le proporcionó un nuevo viaje, pero esta vez con orgasmo incluido. Sucedió cuando él lamía con pasión cada uno de los pliegues de ese coño y al mismo tiempo le introducía un par de dedos en el interior de la vagina, localizando en la pared interior de su pubis el punto G. Los gemidos y jadeos de ella eran cada vez mayores. Solo había diez personas en la sala, pero la mitad estaba al tanto de su excitación. Incluso uno de los espectadores hacía rato que había dejado de mirar a la pantalla, consciente de que el espectáculo lo tenía a tan solo tres filas de distancia. Por sus movimientos, ella apostaba a que aquel voyerista se estaba masturbando. Aquello la excitaba, y a veces cruzaban sus miradas. Sin embargo, se centraba en seguir recibiendo placer. Se sentía feliz, plena y como una auténtica zorra. Estaba disfrutando del sexo como pocas veces lo había hecho. Sintió que estaba a punto de correrse. Fue entonces cuando agarró con fuerza el cabello de él y restregó bien todo su coño en la boca de su amante. De esa forma consiguió recibir la excitación definitiva que su clítoris estaba implorando, completamente hinchado. No puedo más, me corro, fue lo único que salió de sus labios antes que de su coño derramase todo el flujo de una abundante corrida. Su amante se la bebió victorioso y feliz. Cuando él alzó la vista, la vio con el rostro desencajado y satisfecho que solo poseen los bien follados. Deja que me recupere y siéntate, campeón, que ahora la que tiene hambre soy yo..., y no precisamente de palomitas, dijo ella. Lo que sucedió a continuación fue tan excitante como todo lo anterior. Jamás se imaginaron que esta fantasía hecha realidad sería el comienzo de muchas más películas de cine compartidas. 

 

 

Mi prima y el misionero

A mi prima siempre le ha gustado dormir sin bragas. A ser posible, lo suele hacer desnuda. Adora la sensación de zambullirse dentro de unas sábanas limpias recién planchadas con olor a fresco. Le parece delicioso sentir cómo le acarician la piel suavemente las sábanas. Lo hacía de niña y lo sigue haciendo ahora. Lo que sucede es que últimamente viene mucho a visitarme. La última vez apareció sin avisarme. La noche anterior había llegado mi amigo, el misionero, a casa, y le presté la única cama de la habitación de invitados. Solo quedaba libre el sofá. Era eso o compartir cama con mi prima.

Dormimos juntas, como era de esperar. Cuando llegó ella, el misionero ya estaba en el quinto sueño. Así que no hicimos demasiado ruido y después de una ligera cena nos acostamos las dos. Ella se desnudó delante de mí con total confianza. Admiré su escultural cuerpo, mientras que yo también me quitaba el pijama. Igualdad de condiciones, pensé. Nos deseamos buenas noches y nos dimos la espalda. Pocos minutos después noté el contacto de su culo con el mío. Me gustó. Quizás porque hacía bastante que nadie me lo tocaba, no sé. El caso es que algo instintivo me hizo acariciar su piel con mi mano derecha. Noté que su vello se erizaba, y de repente mi prima se giró. Ahora tenía sus tetas en mi espalda y su pelvis pegada a mis preciosas nalgas. Modestia aparte, es la parte de mi cuerpo que más me gusta. Muchas horas de gimnasio hay detrás de ello.

Las caricias comenzaron y me dejé hacer por completo. Mi prima me masturbó con la mano con una destreza increíble. Lo hacía incluso mejor que yo misma. Seguía pegada a mi espalda. No hablábamos. Solo jadeábamos. Mientras me manoseaba todos los rincones, lamió mi cuello y mi oreja. La mordisqueó y me transportó por primera vez en la noche al Olimpo. Luego comenzó a besarme la espalda y fue bajando lentamente hasta llegar a mi culo. Allí se deleitó en besos y lametones. Siempre presumía de ser experta en besos negros, pero nunca lo había vivido. Doy fe. Es una diosa. Llegó el segundo y mis gemidos cada vez eran mayores. A continuación me puso boca arriba y me abrió bien las piernas. Vi desaparecer su cabeza, pero me dio tiempo de agarrar su cabello y así dirigir los movimientos que deseaba disfrutar en mi sexo. Una vez más demostró su talento y apetito por devorar mi coño. Entonces sucedió algo inesperado. Abrí los ojos y pude ver a mi amigo el misionero de pie, completamente desnudo, observándonos. Entre sombras percibí que tenía la polla erecta y que con su mano derecha se estaba acariciando. No quise avisar a mi prima de la presencia de aquel invitado sorpresa y tampoco sabía cuáles eran sus intenciones. ¿Solo mirar o unirse a la fiesta? Difícil de interpretar la mente de un misionero.

No hizo falta. Cuando llegué al tercero de los orgasmos, gracias al excelente sexo oral que me brindó mi prima, el misionero ya estaba tumbado a mi lado. Prima, tenemos visita, le dije para que no se asustara. Lejos de hacerlo, se puso más cachonda. Las dos somos bisexuales y también nos encanta que nos empotre una buena polla, como la que poseía aquel hombre. Primero le regalamos una buena mamada con mucha saliva. Una se centraba en lamer su falo y la otra los huevos. Nos turnábamos. A veces chocaban nuestras bocas y nos besábamos apasionadamente. El misionero estaba a mil, y como no queríamos que eyaculara demasiado pronto me inserté aquel precioso miembro (casi virgen) dentro de mi coño. La sensación de poder fue maravillosa. Desde arriba dirigía los movimientos a mi placer. Mi prima se sentó encima de la cara del hombre.

Las dos nos lo follamos bien. Yo me dediqué a su polla y mi prima a su cara. Al mismo tiempo las dos, como estábamos frente a frente, aprovechábamos para besarnos la boca y las tetas. Fue algo espectacular. Perdí la cuenta de mis orgasmos. Solo recuerdo que amaneció y continuábamos follando. El misionero llevaba años de sequía acumulados y se quiso poner al día en una sola noche, como un campeón. Lo obsequiamos con un manual de sexo acelerado, probando todas las posturas que se nos ocurrían. El polvo que más disfrutó el misionero fue cuando me puse en cuatro sobre la cama y me taladró por detrás, sin compasión, mientras observaba cómo yo le comía el coño a mi prima. Ella tiene una vagina perfecta, depilada y con unos labios preciosos. Es el único que he probado a día de hoy y no quiero probar otro. Vivan las misiones y viva mi prima.

 

 

Deja entornada la puerta

Me acosté muy excitado, como muchas otras noches. Sin embargo, en esta ocasión era especial. Necesitaba saciar mis bajas pasiones de manera urgente. El onanismo suele ser la vía más fácil. Lo practico muy a menudo porque, además de que me entusiasma acariciarme, me relaja mucho antes de conciliar el sueño. No conozco un mejor bálsamo antes de dormir que correrme. Me quité toda la ropa antes de introducirme en la cama y entré en ella, debajo el edredón. Cuando estaba a punto de echar saliva sobre mi mano derecha para empezar a jugar, recibí un mensaje. Era mi vecina del portal de al lado, deseándome buenas noches. Pulsé su foto de perfil y descubrí una mujer de gran belleza y rasgos faciales tan atractivos como salvajes. Comencé a acariciarme mirando aquella foto y rápidamente noté cómo mi sexo respondía aumentando de tamaño. Llegaron nuevos mensajes de ella y en un momento de locura cerré los ojos y me la imaginé en mi cama. Tan solo nos separaban cuarenta pasos de distancia desde su puerta a la mía. La imaginé sola en su cama con poca ropa y me excité sobremanera. Una idea deshonesta y muy morbosa acudió a mi mente y la llevé a cabo. ¿Cuánto tiempo hace que no cometes una locura?, le escribí; voy a dejar mi puerta abierta para que no te haga falta llamar al timbre, tan solo tienes que empujar para entrar; una luz muy tenue te conducirá hacia la única habitación con la puerta abierta; allí te espero, estaré desnudo bajo mi edredón; no hacen faltan palabras, dejemos que nuestros cuerpos hablen por nosotros. La respuesta de ella fueron varios puntos suspensivos que no supe bien cómo interpretar. Quise pensar que se atrevería a disfrutar de mi apasionada propuesta y por eso me levanté a abrir la puerta de entrada. Confié en que apareciera y continué masturbándome lentamente. A los pocos minutos escuché cerrarse la puerta que da acceso a mi casa. Mi respiración se aceleró. Sentí nervios y morbo a la vez. El deseo se disparó justo cuando la vi aparecer en mi habitación. Vestía un camisón blanco que se quitó a los pies de mi cama, para obsequiarme en la penumbra con unas curvas maravillosas. Sin mediar palabra ninguno de los dos, abrí el edredón para invitarla a entrar, dejando al descubierto la mitad de mi cuerpo desnudo. Ella observó la excitación de mi verga y sonrió. Un festival de besos deliciosos fueron los prolegómenos de un sinfín de caricias sensuales y sin prisas. Nos regalamos un sexo oral formidable, lamiendo cada rincón de nuestro cuerpo, y lo mejor de todo fue que nos sentimos muy libres mientras lo hacíamos. Perdimos la noción del tiempo reconociéndonos el uno al otro, hasta que el cansancio nos venció para dormir abrazados. Luego el alba quiso despertarnos para continuar en el mismo capítulo que terminamos la noche anterior. Desde entonces, muchas noches recibo un mensaje de mi vecina con apenas cuatro palabras: deja entornada la puerta. Es el mejor salvoconducto para demostrar que algunos vecinos aún siguen confraternizando.

 

 

Los espejos de Adonis