Lugar de tránsito - Juan Miguel Álvarez - E-Book

Lugar de tránsito E-Book

Juan Miguel Álvarez

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Beschreibung

Las vivencias y recuerdos de uno de los más grandes reporteros que ha dado Colombia. Sus trabajos, valientes, escritos con verdad y una pluma certera, son indispensables para entender nuestra historia reciente. A través de los apuntes que han alimentado sus libretas, el cronista repasa su oficio durante un período de catorce años, tiempo en el que se ha propuesto narrar a Colombia desde los personaje que la construyen.

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lugar de

tránsito

Juan Miguel Álvarez

No por azar el viaje es ante todo un regreso y

nos enseña a habitar más libre y poéticamente

nuestra propia casa.

Claudio Magris

El infinito viajar

Oficio y reflejo

No hay una cifra redonda detrás. Entre la aparición de la primera de las crónicas aquí reunidas y la última median catorce años. Así que la razón para haberle dado vida a este volumen no es una efeméride ni un mojón en el calendario de mis días como obrero del periodismo narrativo. Tuvo que ver, más bien, un corte de cuentas al que me sentí abocado luego de Verde tierra calcinada, libro que también publicó Rey Naranjo, en el 2018. Aquel libro marcó mi derrotero actual y me obligó a mirar hacia atrás para concluir sobre lo avanzado, descifrar mi presente y planear el futuro.

Renuente a las compilaciones como mero acto de cortar y pegar, Lugar de tránsito son páginas autobiográficas. No solo porque la comparación de mis crónicas puestas en orden cronológico es una manera de auscultar mi punto de vista y de palpar la evolución de los intereses que me han movido hasta hoy, sino también porque introduje fragmentos reflexivos del diario sobre una pregunta esencial para mí: ¿cómo vive uno mientras trabaja como reportero independiente?

Casi toda mi obra ha versado sobre Colombia y sobre las personas que crean y expanden el concepto de territorio. Mis crónicas han sido un esfuerzo por entender las múltiples maneras en que las comunidades han adaptado y moldeado a su conveniencia el espacio que habitan. Y cómo, en ese empeño, se chocan de frente contra la promesa inacabada de un Estado moderno.

Son incontables las maneras en que el Estado desaparece o se evade o simplemente no existe en una vasta porción de la geografía nacional. Aldeas sin agua potable a pesar de que están situadas muy cerca de acueductos urbanos; pueblos con enormes riquezas en el subsuelo, pero sin mínimos equipamientos de nada; ciudades en las que abundan dinero y fastuosidad junto a la pobreza de barrigas inflamadas. Son ejemplos. Me parece, sin embargo, que el ítem por resolver en nuestro proyecto de modernidad es la violencia como forma de encuentro ciudadano. La violencia como expresión dominante de nuestra política o como resultado de la falta de política.

Desde esa ya lejana década de 1940 hasta este 2021, cada año nos ha traído nuevas viejas manifestaciones bélicas y hemos visto morir a bala, machete o motosierra a muchas de las mejores mentes de cada generación —a las peores también—. Mi leit motiv ha sido conocer a quienes todos los días hacen nación —detesto la palabra patria— a pesar de que se levantan en medio de la intimidación explícita de las armas o entre la violencia implícita del Estado ausente.

He vivido en cuatro ciudades y en épocas en las que siempre hubo una marca de sangre sobre sus historias concretas. Mi crie en Cali mientras el narcotráfico de carteles abundaba en masacres y bombazos. Salté a Bogotá por unos cuantos años para ver volar por los aires a un club social mientras la ciudadanía intentaba organizar sus primeras marchas contemporáneas de indignación. Me radiqué en Pereira justo en la génesis de las guerras urbanas por el microtráfico de drogas y coqueteé con Medellín cuando el estrumpido de los fusiles en la comuna 13 se escuchaba en los apartamentos más altos de Laureles. Por eso, la duda que me arropa en las noches sigue impertérrita: ¿viviré algún día en una Colombia que construye su proyecto de Estado moderno sin recurrir a los fusiles?

Catorce años largos abarcan un periodo no despreciable en la historia de este país. Tres presidentes distintos, dos procesos de paz con sus respectivas desmovilizaciones —auc y farc—, versiones reencauchadas de la estulta guerra contra las drogas, la constante actualización de la doctrina del enemigo interno, los falsos positivos, el aniquilamiento sistemático de líderes sociales. Sobre aquello ha corrido mi iniciación en el periodismo de derechos humanos y mi formación como autor de crónicas. Atrás, como escenografía de mi performance, el eterno desasosiego a un solo tiempo de amar y odiar a Colombia.

No hace mucho, embebido por la nostalgia de un final de año, admití en mi cuenta de Instagram (@vidacronica) que mi oficio ha sido empeñarme en el optimismo contra toda prueba, porque el pesimismo es un lujo —derroche y suntuosidad— que se dan los filósofos mas no los reporteros. Si algo viene dado en el quehacer de un escritor es el reflejo ineludible de las circunstancias. Y las del ahora no son distintas a las del ayer: injusticias, crímenes, desolación. En el futuro inmediato me espera lo mismo que aparece en este libro: me subiré a un avión, a un Willys, a una canoa, a una mula, treparé la montaña, navegaré el río, me tragaré la trocha. Iré detrás de un poco de luz de humanidad.

Pereira, 2 de febrero de 2021

A los míos.

Toda su carne va en este empeño.

De ratones y de hombres

Carta desde Rumichaca

Fotografía 1 · Instantánea

El paisaje permanece en ambos lados del río. Hay árboles espigados, pero no se ven ni se escuchan pájaros. Solo se ve gente. Algunos van con maletas a la espalda, otros viajan en bicicleta, moto, automóvil o bus. La cuestión es atravesar. Cruzar la frontera, esa línea que aquí materializa el río Guáytara —en Colombia— o Carchi —en Ecuador—, una corriente de agua gélida que surca las montañas ecuatorianas, moja las colombianas y desemboca en el Pacífico.

El color es el verde. Todo lo que cubre mi ángulo de visión es verde mezclado o resaltado. Las montañas describen muchas versiones de verdes que hacen que la tierra se parcele según cultivos y que un hombre de mediano conocimiento agrario distinga qué hay sembrado en cada parche. Se asemeja a una colcha de retazos tejida con hoja de papa, hoja de maíz, hoja de haba, hoja de ulluco y aclarada con el amarillo del trigo y de la cebada. Entrada la noche, encerrado en el hotel, me obsede la estrofa de Aurelio Arturo:

Eran las hojas, las murmurantes hojas,

la frescura, el rebrillo innumerable.

Eran las verdes hojas —la célula viva,

el instante imperecedero del paisaje—,

eran las verdes hojas que acercan en su murmullo,

las lejanías sonoras como cordajes,

las finas, las desnudas hojas oscilantes.

El poeta anuncia que el destino de mi viaje es un lugar bucólico, un posible paisaje perfecto para cubistas e impresionistas del siglo xxi, puesto sobre estas montañas como una coincidencia de la siembra.

Sucesos en el puente sobre el río Guáytara

Con paradas en cada ciudad intermedia, el bus se demora cinco horas largas para ir de Quito hasta Tulcán. Mis piernas no caben entre silla y silla, y de pie mi cabeza roza el techo del armatoste. El bus parte sin asientos disponibles, pero en Otavalo recoge algunos indígenas que aceptan hacer el recorrido sin sentarse. En Ibarra, se suben más. Después de tres horas, el bus tiene gente hasta en las puertas y los privilegiados de la ventana viajan con la cabeza afuera la mayor parte del tiempo. Es un acto de resistencia contra el hedor de costales, cajas, bultos, bolsas: un olor a marisco y tubérculo.

En Tulcán, un colectivo me lleva desde la terminal de transporte hasta la frontera por un dólar. El taxi cobra seis. A medio camino, un retén de policía nos detiene. Un agente sube, saluda y verifica nacionalidades. Hay varios colombianos conmigo y nos hace bajar y abrir el equipaje. Se identifica como agente antinarcóticos y me pide el pasaporte. Esculca mi maleta como un niño el closet del papá.

—¿A qué se dedica? —me pregunta.

—Soy periodista.

—Enséñeme su tarjeta profesional —me dice.

—No tengo.

—Entonces usted no es un profesional.

—Tiene razón, señor. No soy un profesional. En mi país el periodismo es un oficio, lo mismo que conducir un taxi, ser panadero o fontanero —le digo.

Después de revisar el equipaje y de consultar mi número de pasaporte en un computador, me permite subir al bus. En la frontera, el conductor del colectivo señala a un señor —que luce tan turista como yo— y a mí y nos dice que nos debemos bajar allí mismo, del lado ecuatoriano. Por un segundo pensé que nos estaba echando y en realidad nos hacía un favor. El vehículo atravesó el puente y los demás ocupantes se bajaron del lado colombiano.

Solo fue poner un pie en tierra para que un puñado de cambistas me rodeara y ofreciera comprarme los dólares que traía. Cambio lo que tengo en mis bolsillos, hago sellar el pasaporte en la oficina de inmigración ecuatoriana y cruzo el puente Rumichaca con el equipaje al hombro.

Después entendí que nos habían bajado antes de atravesar el puente Rumichaca por ser gente de paso. Los que siguieron en el colectivo eran habitantes de la frontera. Todos los días atraviesan el puente dos o más veces y gozan la libertad que les da tener un rostro familiar para conductores de colectivos, policías y militares que patrullan la frontera y sus alrededores. Lo único que necesitan para ir de un país al otro es la Tarjeta Interandina, una especie de pasaporte que no tiene ningún costo, que se expide en el das llevando el pasado judicial y que tiene una vigencia de tres meses. Un lugareño solo debe hacerla sellar la primera vez que la usa; después, sigue derecho. Cuando se vence, la entrega en la oficina de inmigración ecuatoriana. Si no lo hace, en el archivo queda consignado que no ha salido del Ecuador desde que entró y no puede volver durante un año.

Luis Coral, un ipialeño practicante de triatlón, es profesor de este deporte en Tulcán. Cada vez que franquea el Rumichaca en su bicicleta, los soldados ecuatorianos encargados de parar vehículos le levantan la mano en señal de amistad, como cuando uno se encuentra con un amigo al otro lado de una avenida y lo saluda a la distancia. En este puente y sus alrededores todos se conocen. Incluso muchos son familia. El que conduce taxi o colectivo suele tener un primo en el sindicato de cambistas; la dueña de la cafetería está casada con un oficinista de aduana, y así.

En estas tierras, la principal desventaja de ser citadino es que se nota. Los lugareños me miran de arriba abajo y me preguntan que si soy bogotano o caleño. Para muchos la gran ciudad significa Cali y el gran país significa Bogotá. Difícilmente, alguien pregunta si el visitante es de Medellín o de Pereira, menos de Barranquilla o Bucaramanga. Cuestión de proximidad. A Pasto y Popayán aún las consideran pueblos. Cali les resulta enorme. Y Bogotá es la capital y todos los días la ven en los noticieros. Les digo que soy una mezcla entre esas dos, más Pereira. A favor de la mezcla digo que no tengo una sola procedencia. Aquí no soy andino, como yo diría en otra parte; los andinos son los nariñenses. Viven en la esquina de la cordillera de los Andes, en el último nudo montañoso suramericano antes de ramificarse en las tres pequeñas cordilleras que segmentan a Colombia. Si algunos tienen derecho a llamarse andinos, son ellos. Dicen que desde los picos que rodean esta frontera se ven los volcanes Chiles, Cumbal y Azufral. En el cielo, un avión rompe las nubes. Está tan alto que no se escucha el ruido de sus turbinas. Dicen que los vuelos comerciales deben pasar por el Macizo Colombiano a altura transatlántica.

La frontera es un lugar simpático. Un escenario de población flotante. Un día se sostiene una conversación con un estadounidense cargando su equipaje a la espalda, jeans raídos y sandalias. Nunca se lo vuelve a ver. Otro día, se sostiene una conversación con un argentino que desde la Patagonia viene recorriendo la vía Panamericana, cuyo destino final es México. Nunca más se lo vuelve a ver. Al siguiente día, una camioneta burbuja con placas de Riohacha se detiene del lado colombiano y varios cambistas se agolpan en la ventana del conductor. Todos exhiben obesos fajos de billetes. Los hombres de la burbuja negocian solo con uno. Los demás vuelven a sus estratégicos puestos de descanso, rincones que permiten ver quién llega y quién sale, es decir, quién necesita pesos o dólares. Apenas identifican un posible cliente se acercan con sigilo y asestan con su arma de caza: un despelucado fajo de billetes cuyo grosor permite hacerse a la idea de que ser cambista es un oficio lucrativo. Me acerco a la oficina del Sindicato de Cambistas de la Frontera y pregunto cómo funciona. La oficinista le baja el volumen a los vallenatos. Me dice que los cambistas ganan en promedio diario veinte mil pesos colombianos, y que el requisito para entrar al sindicato es que la dian, después de estudiar los papeles del aspirante a cambista, dé el visto bueno. Por último, el aspirante paga una cuota de millón y medio de pesos al sindicato. A partir de ese momento, el nuevo empleado llega a Rumichaca a las 5:00 a.m. y se va a las 7:00 p.m. Otros entran a las 8:00 a.m. y se van a las 10:00 p.m., apenas las autoridades fronterizas cierran el puente con un lazo burdo y enmohecido. El sindicato no paga la seguridad social de sus empleados.

Otro oficio fronterizo es el de conductor. Hay una bahía para taxis y colectivos que cualquier centro comercial de Bogotá envidiaría. También están sindicalizados. El das queda junto a una cafetería y hay una cola de ocho o nueve tractomulas desde la ventanilla de impuestos y aduanas hasta la mitad del Rumichaca. Visible, a la vera del puente, se lee: «Solo un camión a la vez».

Como la vía es inclinada los vehículos esperan encendidos y detenidos con los frenos de aire. Cuando el camión que está en la ventanilla termina el proceso de legalización de la mercancía y arranca, los demás sueltan los frenos y una repetición estruendosa de aire comprimido rebota en las paredes de las montañas y ensordece los oídos de las personas durante varios segundos. Cuando se detienen, el ruido cesa y llega un silencio que súbitamente se interrumpe por un nuevo desplazamiento de camiones. Si les hicieran pruebas auditivas a los que día a día permanecen sobre este tramo de la vía los resultados, seguramente, revelarían que esto es una zona de casi sordos.

Hace un par de años un camión que transportaba chatarra desde Ecuador a Colombia —¿importamos chatarra?— llegó a la fila y quedó justo después de terminar el puente. El conductor se apeó mientras reanudaba la marcha. Detrás de esa pared de tubos retorcidos quedaron varios carros de turistas cerrando hilera. De un momento a otro, al camión le fallaron los frenos y rodó en reversa varios metros. Chocó contra el carro que le seguía y la carga oxidada cayó sobre sus ocupantes. Murieron tres personas.

Meses después, un ipialeño de 24 años de edad llamado Fabio le pidió a un primo conductor de taxi que lo llevara hasta Rumichaca. El primo aceptó y lo recogió en la casa. A medio camino Fabio le regaló a su primo el reloj y el celular. «Esto ya no lo necesito», dijo. Fabio dejó que el carro llegara hasta la mitad exacta del puente y allí hizo que parara. En el asfalto se leía el anuncio de la ruta 2501, kilómetro 0. Luego, le dijo a su primo: «Dame un momento». Abrió la puerta y corrió hasta el borde del puente, saltó la barra de protección y se lanzó de cabeza contra las peñas del río. Una caída pendular de quince metros de altura.

Su familia lo enterró a los dos días.

La fe entre la roca

El frío es intenso —Ipiales está trescientos metros más cerca de las estrellas que Bogotá— y el aire seco se mete por la nariz y hace que arda y sangre. Por cortesía, los habitantes que han conversado conmigo me preguntan cómo me ha ido con el clima. Antes de escuchar mi respuesta arriesgan la suya: «Te debe dar muy duro». Yo, desde la primera noche, he tomado antialérgicos matutinos y antipiréticos antes de dormir. Aún así, mi nariz no permite el paso del aire y mi garganta se ahoga entre flemas.

La ciudad tiene dos plazas a menos de diez cuadras de distancia y en las dos hay templos católicos. Los dos ofrecen misa en el mismo horario y los dos se llenan los domingos. En la noche de las velitas, la Alcaldía, con ayuda de la parroquia y de la junta de acción comunal, alumbró las dos plazas con una composición del sincretismo latinoamericano: las imágenes católicas del pesebre y la estrella de Oriente con el más pagano de los iconos navideños: Papá Noel. Esa noche la gente deambuló de una plaza a otra. Fue la reunión de toda la ciudad en la carrera Séptima. Los andenes permanecieron repletos de curiosos que se quedaban apostados contra una pared y los que caminábamos debimos hacerlo sobre la autovía. Era tanta la gente que no hubo necesidad de cerrar las bocacalles con advertencias. Si un carro quería cruzar la Séptima debía aguardar a que la multitud se fuera y eso bien podía ser hasta la medianoche. Después de cierta hora, los almacenes no atendieron más clientes porque no tenían cómo.

En esta ciudad como en el resto de Colombia se mezcla el fervor religioso del último mes del año con la urgencia inaguantable de comprar, que hace de diciembre la mejor temporada para los comerciantes. No importa tener cubiertas las necesidades básicas, importa gastar dinero. Cuando Kapuscinski llegó en 1967 por primera vez a Suramérica lo primero que advirtió fue que las chilenas que alquilaban habitaciones para viajantes tenían sus apartamentos llenos de:

[…]absurdas chucherías, gatitos, figurillas, platillos, tapetitos, cuadritos, jarroncitos, marcos, pajaritos de cristal, de felpa, de latón, de fieltro, de plástico, de mármol, de viscosilla, de corteza, de cera, de satén, de laca, de papel, de nueces, de mimbre, de conchas, de dientes de ballena, de nonadas, bobadas, bombas, trombas, hecatombes […]hay un constante trasiego de objetos inútiles, que en cuanto se presenta la ocasión todo el mundo recibe un objeto inútil, y que, según manda la tradición, se debe corresponder inmediatamente regalando otro objeto inútil, que será colocado (desplegado, colgado) junto a los demás objetos inútiles, lo cual, pasados unos años dedicados a coleccionarlos (comprarlos, conseguirlos, intercambiarlos), convertirá cualquier casa en un gran almacén de objetos inútiles.

¿Alguna diferencia? Tal vez. En la lista que hizo el maestro faltaron las imágenes religiosas que, a la larga, pueden considerarse útiles para la fe del creyente.

Luis Coral, mi amigo el triatlonista, me dice que si quiero entender el fervor religioso debo ir al Santuario de Nuestra Señora de las Lajas. Templo con el rango de basílica menor.

Un colectivo, después de veinte minutos, me deja en la población de Las Lajas. Llueve con dolor. Salir del vehículo implica aceptar que entraré vestido con libreta de apuntes y cámara fotográfica, en una ducha de agua de páramo. Un camino inclinado hecho en roca conduce al templo. En el recorrido decenas de locales construidos maleando la piedra ofrecen al visitante decenas o cientos de figuras sacras. Unas tienen la Virgen de las Lajas, otras el Sagrado Corazón, unas más el rostro teutón de Jesucristo. Del techo cuelgan escapularios, rosarios, cruces, crucifijos, manillas, pulseras, collares, tarros o botellas de plástico vacías, pelotas de caucho, carritos de cuerda y un exultante Chapulín Colorado con las antenitas de vinil más grandes que la cabeza.

—¿Qué artículo vende más? —pregunto al que está detrás de la miscelánea.

—Los rosarios con la imagen de la Virgen de las Lajas —responde.

—¿Algún otro?

—El Chapulín.

Metros más adelante empieza a verse la torre gótica del templo y la imagen va agrandándose a medida que me acerco, como las velas de los barcos cuando se acercan a puerto. La basílica queda en el fondo del cañón del río Guáytara. En la margen derecha del camino, sobre la falda de la montaña, los feligreses han clavado placas de «acción de gracias por los milagros recibidos». No es una ni dos ni tres. Son cientos, tal vez miles de placas en diversos materiales que generalmente tienen una frase y la firma de la familia o de la persona. Hay algunas como a cinco o seis metros del suelo que creo debieron usar arneses y cuerdas para clavarlas.

Justo antes de descender a la entrada del templo veo un hueco, como una pequeña caverna donde reposan muletas de varias tallas y botas de yeso. Un transeúnte me explica que «son objetos que han sido dejados por la gente que los usaba, lisiados, paralíticos, cojos, que fueron bendecidos con un milagro de la Virgen de Nuestra Señora de las Lajas». Y en un punto bastante visible sobresale una placa verde que versa: «Al visitar el Santuario de Nuestra Señora de las Lajas, he visto con emoción profunda, el Ave María de piedra, de agua, de aire». La placa está firmada por Pedro Gómez Valderrama, ministro de Educación, el 3 de noviembre de 1963.

De frente al templo entiendo su tamaño. Hacia arriba la torre que vi desde el camino parece tener la altura de un edificio de diez pisos, y hacia abajo parece tener cinco o seis niveles de sótanos. Es una iglesia excavada en la roca. Es una mole recortada en la montaña. Es como si hubieran construido La Ermita en los Farallones de Cali. Es una combinación de arquitectura gótica y fervor colombiano. Para desplazarla habría que mover la montaña.

De súbito, un fotógrafo se me acerca y ofrece tomarme una foto. Le muestro mi cámara y le agradezco. Higinio Cuastumel es su nombre y lleva 48 años retratando turistas en el templo. Cuando empezó no eran más de diez los que se dedicaban al oficio. Casi nadie tenía cámara de iluminación solar, con trípode y cortina negra. Entonces era negocio. Luego, llegó la Polaroid y muchos aparecieron para vender las fotografías instantáneas. Al final, el Sindicato de Fotógrafos de Las Lajas se terminó de organizar, pusieron las reglas de trabajo y limitaron el cupo de ingreso al oficio. Hoy son treinta y seis fotógrafos que se turnan en grupos de seis por día. En una cueva tienen los equipos de impresión. La foto vale cinco mil pesos. Si tienen suerte, de lunes a sábado pueden hacerse diez mil pesos diarios. Los domingos logran hacer treinta o cuarenta mil pesos.

Las faldas casi perpendiculares de este cañón son el camerino de llamas modelo. Pastan y descansan mientras son requeridas a la sesión fotográfica con niños en su lomo. Como las que hay en El Cuzco.

Cuando las campanas doblan anunciando la misa, el tañido rebota contra las paredes del cañón y el eco se confunde con el original. Las palomas aturdidas alzan el vuelo de un lado a otro, como huyéndole al estruendo, y solo reposan cuando deja de escucharse el campaneo.

En la montaña que queda justo enfrente de la entrada a la basílica hay una hilera de locales. Todos venden lo mismo: comida, cerveza y artículos religiosos. Alicia García es una lugareña de 75 años de edad que nació, se crio y morirá, según su anhelo, en Las Lajas. Construyó su negocio hace treinta y cinco años, cuando adueñarse de un pedazo de tierra en el paraje más lejano del sur de Colombia no era delito. Su menú ofrece trozos de carne de cerdo, tinto, mazorcas cocidas y un envuelto de maíz que llama «tamal típico». Además, chicle, dulces, cerveza, gaseosa y unos tarros o botellas de plástico vacías que cuelgan del techo. Doña Alicia abre la caseta a las seis de la mañana, para atender a los feligreses de la primera misa. La cierra a las cinco y media o seis de la tarde, cuando termina la última misa. En esas doce horas ininterrumpidas, si acaso, vende dos tintos. El día que vende bastante es el domingo. Con suerte puede recoger cien mil pesos. Sin embargo, de lunes a sábado cumple a cabalidad la jornada. ¿Detrás de qué? En todo caso, no de los ochocientos pesos que cuestan un par de tintos. Su crianza en esta región le dio la capacidad para vivir el día a día sin esperar nada a cambio. De las faldas de este cañón no se recoge nada porque nada se puede sembrar. Así las cosas, la vida puede volverse un acto de resistencia contra el tedio y la inutilidad. Por eso, su negocio, la caseta que ofrece víveres a los feligreses y a los turistas, no cierra. Es su espacio, su manera de sentirse útil. Su manera de vivir la vida hasta que la sorprenda la muerte.

Ocho días antes de que yo llegara a Ipiales un cura católico pero que parece evangélico por su medieval discurso reaccionario, su indigesta presencia mediática todas las mañanas en el canal RCN y su acaudalado rating disfrazado de proselitismo religioso, visitó el templo de Nuestra Señora de las Lajas. Según dice la gente, llegaron tantos feligreses —¿o televidentes?— que la tienda de imágenes y recuerdos del templo debió cerrarse para evitar que se perdieran artículos. Doña Alicia tuvo su mejor venta en años: trescientos mil pesos que le han servido para pagar las deudas que le deja su local.

Para ver al padre Chucho llegó gente de Ecuador, de Pasto y casi todos los católicos de Ipiales. Fue un viaje prometido meses atrás desde el púlpito mediático. Los vecinos de doña Alicia, es decir su competencia, también vendieron todo.

—¿Hasta las botellas de plástico que cuelgan del techo? —le pregunté a doña Alicia.

—Todas. Las que ves, las tengo hace menos de tres días.

—¿Para qué las usa la gente?

—Para llenarlas con el agua que mana de la fuente del ángel. Después se la llevan al padre y él la bendice. —Salió de la caseta y me mostró la fuente. Me dijo que no me recomendaba recoger agua de allá porque estaba lloviendo mucho y debía salir negra. Entró a la caseta y tomó una botella de agua Cristal. Luego dijo—: Me puedes comprar una de estas y llevársela al padre. Da lo mismo. Él la bendice igual.

Yo me quedé un rato más contemplando el paisaje. Viendo llover. Viendo correr gente por los senderos que conducen a la vía principal. Había muchos niños saltando de un lado al otro. De piedra en piedra, felices mojándose bajo la lluvia. Los miraba como queriendo saber qué harían en el futuro. ¿Acaso continuarían con la caseta de sus padres? Me despedí de doña Alicia no sin antes comprarle la botella de agua. Cuando pasé frente a la entrada principal del templo vi al padre charlando con unas personas. Me acerqué y le pedí el favor de que me bendijera el agua. Tomó la botella y con la mano derecha dio la bendición.

—Ve con Dios, hijo mío —me dijo.

Se volteó y siguió conversando. Con mi fe entre la roca proseguí mi camino hasta el colectivo.

Fotografía 2 · Reel de una tarde

Por una calle que me lleva al hotel se ve el aviso azul del movimiento político Mira. En Tulcán había pasacalles del Pachakutik. Colombia y Ecuador han sufrido una enorme influencia religiosa que algunas veces ha ayudado a conseguir objetivos políticos. La Iglesia católica ha permeado poblaciones indígenas fronterizas. Primero con las misiones de evangelización en la Amazonía y, segundo, con la presencia en el orden jerárquico de los pueblos: terrateniente, alcalde y párroco. No obstante, la mezcla entre religión y pragmatismo político tuvo diferentes desarrollos en los dos países. En Colombia ha sido conocida la relación entre el Partido Conservador y la Iglesia católica. En la época de la Violencia, Miguel Ángel Builes, obispo de Santa Rosa de Osos, incitaba desde el púlpito a la población contra el Partido Liberal. Tras la pérdida de poder político de los partidos tradicionales y de la hegemonía del escepticismo político en gran parte de la población colombiana en las dos últimas décadas del siglo xx, la Iglesia católica ha dejado a un lado su intervención en asuntos de gobierno nacional pero ha mantenido el peldaño en el orden gamonal de los pueblos.

Del lado ecuatoriano, los movimientos indo campesinos entendieron que dicha relación hacía parte de una estrategia demagógica de los partidos tradicionales. La primera acción de la organización indo campesina frente al yugo de la relación político-religiosa, fue el movimiento, en la década del sesenta, que procuró una redistribución de la tierra, quitándoles a los terratenientes de las provincias y entregándoles a las familias indígenas ancestralmente poseedoras del campo. El segundo impulso, que inició en los años ochenta y aún no acaba, ha determinado la disolución definitiva del orden jerárquico en la provincia y ha establecido una legítima estructura política fundada sobre los valores indo campesinos y sus míticos orígenes quechuas.

Como si se tratara de una especie de cruzada postmoderna, en ambos países se desataron dos procesos paralelos: una avanzada de la religión evangélica que ha logrado arrebatarle adeptos a la católica y que ha abierto iglesias en los sitios más apartados de la provincia, y una oferta de Ong, fundaciones y otras organizaciones nacionales e internacionales como reconstructoras del tejido social perdido y patrocinadoras de proyectos rurales.

Hasta el momento, dicha avanzada evangélica ha logrado ganar tanto espacio en Colombia que constituyeron el movimiento político Mira, liderado por el pastor y concejal de Bogotá Carlos Alberto Baena y por la senadora Alexandra Moreno Piraquive, hija del fundador de la Iglesia de Jesucristo Internacional. Del lado ecuatoriano, logró la división del movimiento indocampesino en dos: el Pachakutik —indigenista y clasista— y el Amauta —evangélico y modernizador—, y privilegió la discusión religiosa y la pugna por el poder local frente a los valores ancestrales y las prioridades quechuas.

Teatro de simulaciones bilaterales

—Fueron deportadas veinticinco mujeres de una sola vez y cruzaron el puente juntas —me dijo Rubén Rojas, corresponsal de Diario del Sur en Ipiales.

Era la consecuencia de la barrida que la Policía ecuatoriana había emprendido en los burdeles y prostíbulos de Tulcán. La imagen se me antojaba como una escena de Almodóvar.

Una colombiana que ejercía el decano de los oficios en un negocio tulcaneño era visitada constantemente por un ganadero. El hombre empezó a enamorarse, es decir, sintió la necesidad de verla todos los días y se le volvió un suplicio entender que la mujer se acostaba no solo con él, sino con quien pagara bien. Todo se complicó cuando el ganadero le hizo un reclamo violento por su «infidelidad» y, según versiones, la mujer lo decapitó en legítima defensa. Así como suena: lo decapitó en legítima defensa. ¿Dudas? Para no enredarse, pidió ayuda a sus colegas colombianas. Entre todas quisieron eliminar cualquier rastro del homicidio y toda posibilidad de identificación del cuerpo. No solo limpiaron la sangre del lugar sino que descuartizaron al hombre, metieron las partes en bolsas para la basura y lo desperdigaron por baldíos cercanos a la ciudad. Alguna pista dejaron y fueron descubiertas.

Desde ese día las autoridades ecuatorianas de inmigración emprendieron la purga de indocumentados colombianos en las poblaciones fronterizas.

—Semanalmente, entre quince y veinte mujeres son deportadas —me dice Rojas.

El efecto inmediato es que los burdeles de Tulcán enfilaron hacia la bancarrota. Sin colombianas, los negocios quedaron con una que otra peruana y una que otra paisita con visa de trabajo.

El negocio de la prostitución suele ser rentable en cualquier lugar del planeta. Pero en esta frontera dolarizada es un oficio harto lucrativo para las colombianas. Una tulueña, experta en fingir el acento paisa cuando el cliente lo requiere, me narra su travesía, que es casi toda su vida adulta. Salió de Cali rumbo a Panamá. Allá trabajó tres años y logró juntar suficientes dólares para comprarse una casa humilde en Tuluá. Tuvo que salir de ese país por indocumentada. Luego, viajó a Venezuela y se instaló en San Cristóbal, en la época en que el Bolívar valía diez pesos colombianos. Estuvo algunos años y ahorró dinero. Volvió a Colombia y renunció a venderse por la mitad del efectivo que daban por ella en los países vecinos. Cuando la noticia de la dolarización de la economía de Ecuador llegó a la radio, la tulueña sintió que la vida le daba otra oportunidad de trabajo bien pago. Arregló viaje y partió.

—El secreto es vivir en Ipiales y trabajar en Tulcán, en un burdel, pero llevarse al cliente del sitio. No dar el servicio adentro, pues mientras eso pasa, puede llegar la Policía y pillarme.

Varios años lleva así. Cobrando en dólares y comprando en pesos. Dice que ha escapado por segundos de las últimas redadas, y agradece a Dios que le ha ayudado a escabullirse a tiempo. Este negocio hace posible el simulacro del sueño bolivariano de abolir las fronteras.

Servio Tulio Coral, hermano de mi amigo el triatlonista, tiene un Dodge que cuida como a un hijo. Dos o tres veces a la semana viaja de Ipiales a Tulcán para comprar la canasta familiar: azúcar, arroz, pasta, granos, jabón, incluso verduras. Algunas veces, hasta se trae un cilindro de gas para la estufa de su casa y llena el tanque de gasolina del vehículo. El viaje le significa un ahorro semanal de entre veinte mil y treinta mil pesos. Como Servio Tulio hay muchos. La mayoría que tiene carro.

A pesar de las leyes y las restricciones que el Gobierno ecuatoriano sancionó con el ánimo de evitar el tráfico de combustibles y carburantes hacia Colombia, los ipialeños han logrado conservar este escamoteo. Por ejemplo, algunos camiones que cruzan la frontera con regularidad tienen doble tanque de gasolina. Con diez dólares de más, el conductor del camión convence al pistero de que le llene los dos tanques. Una vez superada la frontera, venden la gasolina un 30% más barata que la colombiana. Cuando ha vendido la última gota, el saldo es favorable: compró la gasolina del viaje casi a mitad de precio y con el otro tanque multiplicó su salario.

Caso parecido el del portero del hotel donde me hospedo. El hombre es el que me abre la puerta cuando llego en la madrugada. Termina el turno a las seis de la mañana. Se monta en la bicicleta y va a su casa. Duerme cuatro o cinco horas. A medio día almuerza. Se despide de su mamá y viaja a Tulcán. De regreso trae consigo un cilindro de gas de veinte libras que ha amarrado a una parrilla que adaptó sobre la rueda trasera de la todoterreno. Lo vende en el centro de Ipiales por el doble del precio de compra. En las tardes, mínimo, procura hacer dos viajes. Cuando se siente vigoroso logra viajar cuatro veces. Llega al hotel a las seis de la tarde y recibe turno. Aclaro: la distancia entre Ipiales y Tulcán es corta, tal vez sea la que hay entre la plaza de Bolívar de Bogotá y el centro comercial Andino. Pero el trayecto es una autovía que fractura la cordillera de los Andes, es decir, un arduo pedaleo a través de premios de montaña de segunda categoría.

Las historias anteriores pertenecen a lo que en la frontera se llama «contrabando chiquito». Un rendimiento económico que no supera una centésima de punto del pib colombiano. Tan insignificante que el alcalde de Tulcán, Pedro Velasco —un experto en temas fronterizos que ha sido elegido dos veces—, le dijo al director de la dian en Ipiales, William Virgüez —un bogotano que recién aterrizó en Rumichaca— que atacar esas lógicas de vida fronteriza, arraigadas durante décadas, era perder el tiempo y complicar la estabilidad económica a una mayoría de lugareños pobres. Virgüez respondió que la orden de Uribe era detener cualquier tipo de contrabando y eso incluía el «contrabando chiquito».

De ahí para arriba cualquier cosa cruza la frontera sin control. Solamente por el sector de Ipiales-Tulcán existen veintidós pasos fronterizos incluido Rumichaca. Los restantes quedan en medio de las montañas o en el fondo del cañón del Guáytara. Tropas militares de Colombia y Ecuador patrullan constantemente pero el pie de fuerza no alcanza a cubrir toda lo distancia al tiempo, ni todo el tiempo. Siempre queda espacio. Siempre hay un huequito por donde escabullirse a lomo de asno.

Según se escucha en la calle, durante alguna de las noches en las que yo dormía en la cama del hotel de Ipiales, cuatro camiones cargados de contrabando asiático cruzaron el Rumichaca a las tres y media de la mañana. A esa hora, la suma de frío y niebla hace posible una cortina de impunidad. No hay tropas, no hay policía, no hay control. Otros me cuentan del tráfico de armas: que puedes conseguir, en una bodega de Tulcán, desde una pistola 7.65 hasta un cargamento de fusiles Kalashnikov. Un periodista del diario El País, de Cali, narró en un reportaje cómo se había contactado con un taxista que le ofreció conseguirle cualquier arma.

Hay más. Según otras personas, el corregimiento de La Victoria, que queda después de Las Lajas, se rige bajo las leyes de la guerrilla. La población vive como en el Viejo Oeste de las películas de Clint Eastwood. Los insurgentes caminan rampantes por las calles del centro poblado y el Ejército colombiano lo sabe. Hace un par de años había una camioneta, con personas adentro, parqueada en una calle del barrio El Charco, lugar donde están los asaderos de cuy. Alguien llamó a la Policía y dijo que los ocupantes del vehículo posiblemente eran guerrilleros. Un par de agentes fueron al lugar. Apenas se acercaron a la ventanilla del conductor recibieron una descarga de metralleta directo al rostro. La camioneta emprendió la huida hacia La Victoria.

Este hecho obligó a un consejo de seguridad dirigido por el presidente Álvaro Uribe, quien ordenó a la tropa ir hasta el corregimiento y retomar el control. Sin embargo, aún no lo han logrado. A cien metros de la línea de frontera, en territorio ecuatoriano, hay un centro poblado que tiene una capilla llamada El Carmelo. Cada vez que el Ejército colombiano intenta una acción armada, los insurgentes cruzan la línea y se camuflan de lugareños. Así las cosas, la guerra contra la insurgencia en estos parajes suele ser un combate contra fantasmas. Mientras tanto, en el palacio de Gobierno ecuatoriano, el presidente Correa insiste en la neutralidad frente al conflicto colombiano.

Fotografía 3 · Retocada con Photoshop

Hay un animal que puede ser el símbolo de esta frontera: el cuy. Un roedor enorme, de pelo blanco y pardo, que se consume preferiblemente en las fechas conmemorativas. Es uno de los principales negocios de familia. La historia dice que las tropas de Gonzalo Jiménez de Quesada sacrificaron quinientos cuyes diarios durante dos años como base de su dieta. En aquella época, la frontera quedaba más al sur y era una triada compartida entre pastos, quillasingas e incas. Los cuyes se reproducían y crecían en los bosques y los indígenas los cazaban por la carne y el pelo. Estos animalitos —que algunos consideran conejos de orejas cortas o ratones gigantes sin cola— cruzaban los límites territoriales sin preocupaciones, buscando el mejor pasto y las cuevas más seguras.

Nada distinto a lo que la población fronteriza hace hoy día. Se mueve de un país al otro según convenga. Si la necesidad obliga a algunos ecuatorianos a ubicarse en las calles de Ipiales para vender sus artesanías, lo hacen sin problema. Y si la necesidad obliga a unos colombianos a mercar en las tiendas de Tulcán, lo hacen sin problema. Es como un equilibrio no evidente que se rompe cada vez que se exacerban toda clase de sensibilidades nacionalistas. Los ipialeños se ufanan de ser colombianos y los tulcaneños de ser ecuatorianos. Cada vez que hay una discusión fronteriza en la que se arriesga «el honor de la patria» o la soberanía, revientan manifestaciones patrióticas, marchas pacíficas, globos con el tricolor y lo necesario para diferenciarse del país vecino.

Ingenua empresa. A la distancia y con el tremolar de las banderas, la distinción es una quimera. Las caras son iguales, el acento es casi el mismo y ambas poblaciones se necesitan. En Rumichaca nada hace pensar que tanto roedores como hombres dejen de buscar hierba fresca en lotes vecinos.

2006

AVANZA NOVIEMBRE

¿Cómo hacerse freelancer?

No parece haber caminos descubiertos. Para empezar, he dejado mi derrochona vida bohemia bogotana para venirme a vivir a Pereira, una ciudad pequeña en la que el día a día es más barato. Además de que no pago arriendo porque me he empotrado en una casa familiar.

¿A quién le vendo mis historias? ¿Cuánto valen? ¿Cuánto pagan?

De ratones y de hombres se ha quedado en el disco duro. Es una crónica extensa; tiene casi 6.000 palabras. Un jurgo solo publicable por revistas especializadas. Revistas que solo le hacen caso a gente de nombre ya estampado en papel. En El Malpensante, donde me conocen desde mis días de universidad, ni la han mirado.

He llegado a la conclusión de que lo más jodido de ser un reportero independiente es la agenda. Desde afuera se antoja fácil e incluso glamoroso: ir por ahí con ojo atento para descifrar ocurrencias que les interesen a muchos. No hay tal. Uno no encuentra historias en cada cuadra. No se detectan a simple vista. Hay que levantar la piedra para hallarlas. Pero ¿cuál piedra hay que levantar?

De ratones y de hombres nació de mis lecturas de aficionado. Primero fue el viejo maestro polaco Ryszard Kapuscinski, quien admitió que lo único a lo que aspiraba en sus años de reportero novato era cruzar la frontera con Checoslovaquia. Para un polaco de la posguerra —escribió él con mejores palabras—, el país vecino era un mundo exótico y deslumbrante, destino inaplazable. Luego fue el mexicano Juan Villoro —cronista de una elocuencia oral tan depurada como su prosa— quien en alguna de sus crónicas dibujó la enrarecida atmósfera de Tijuana como ciudad fronteriza.

Así que apenas tuve algo extra en mi cuenta de ahorros viajé hasta el borde entre Colombia y Ecuador. Para mí era claro que en torno a un puente internacional brotaban las historias de color, que debajo de cualquier piedra había una crónica y, por tanto, no tenía que saber escogerla.

Lo último fue el título y vino a mí la novela de Steinbeck: Of Mice and Men, traducida como De ratones y de hombres. ¿Un homenaje? ¿Facilismo? ¿Debí intentar un título original?

Quizás el camino sea local. Empezar por lo pequeño. Crónicas cortas de mercado en periódicos, que no se miden en cantidad de palabras sino de caracteres con espacios: de 6.000 a 9.000, un soplido de mosca.

En Pereira hay dos periódicos, pero solo uno intenta funcionar como una respetable sala de redacción: La Tarde. Los sábados acompañan la edición central con un suplemento llamado Magazín Cultural, MC, y he detectado que los artículos que llenan estas páginas son columnas de firmas regionales y refritos de agencia. Le hablo de esto a Franklin Molano, un periodista que ahora se gana la vida dando clases en la universidad. Tiene 38 años y hace nada fue despedido de la edición regional del diario El Tiempo. Con el sueldo de las clases cubre las facturas de los servicios, pero me ha dicho que se siente acallado. No tiene tribuna para publicar. Destino infausto para estar en la edad ideal de un reportero.

Pedimos una cita con la directora de La Tarde. Se llama Sonia Díaz Mantilla. Nos recibe con amabilidad. Le proponemos escribir la crónica central del suplemento sobre temas de ciudad, sin que deba emplearnos por contrato. Como freelancers, le decimos. Un sábado publicará Franklin; el otro, yo. Le suena la idea. Sonia conoce a Franklin y respeta su trabajo. A mí no y me pregunta por mi hoja de vida, a qué me dedico; me pregunta por mis lecturas, por mi escuela de periodismo. Al final de la cita soy yo quien le pregunta: ¿tenemos un acuerdo? Y nos contesta: tenemos un preacuerdo. Esperará el primer artículo de Franklin y el primero mío. Tanteará los temas, medirá mi voz y mi enfoque. Luego, dirá.

Han transcurrido dos semanas después de la reunión con la directora y acabo de darle send al archivo. Va mi primera historia: la de un polvorero que por las volteretas de la ley ha terminado señalado como criminal. Y no soporto una injusticia como esta.

Guevara: la sangre de un polvorero

Desde adentro

Antes de ser fabricante de juegos pirotécnicos don Juan de DiosGuevara se dedicaba al rebusque del campesino colombiano: una semana recogía las frutas de una finca, la otra sembraba plátano, la siguiente recolectaba café, desyerbaba, abría caminos con machete, ordeñaba vacas, y hacía los demás oficios del campo. Una mañana, siendo administrador de una finca, un joven llamado Bernardo Rincón le pidió cuatro favores: que si le regalaba una guadua, que si le daba posada, que si le daba comida, y además, que si le daba un espacio para trabajar. Guevara le dio la guadua. Luego, le dijo que la posada podía armarla en el granero, y que la comida, aunque no era nada especial, tenía que ganársela. «¿Usted qué sabe hacer?», preguntó Guevara. «Yo sé manejar la pólvora», respondió Rincón.

Guevara, atraído por la luminosidad y la sonoridad del químico (nitrato de potasio, azufre, carbón), aprendió lo que Rincón hacía en las mañanas: papeletas, volcanes, chorrillos, silbadores, es decir, lo básico. Con el tiempo ensayó otras combinaciones y probó nuevos efectos, colores variados, duración, sonidos, y produjo fuegos artificiales más complejos: granadas, voladores, castillos, culebras, entre otros. Antes de marcharse, Rincón le dejó a Guevara, en agradecimiento, un cuadernito con las fórmulas para fabricar pólvora y juegos pirotécnicos. Con el recetario entre las manos don Juan de Dios Guevara se puso a perfeccionar los productos con el ánimo de hacerlos más económicos y más seguros. Luego, en 1954 fundó la fábrica que aún hoy lleva el mismo nombre: El Brillante.

Se ubicó en la vereda Trincheras del municipio de Alcalá y empezó a ofrecer su mercancía en los pueblos cercanos. Con el tiempo fue ganando clientes y prestigio como polvorero. De allí se desplazó hasta Pereira y montó la fábrica en la calle 4ª con carrera 13. El sector comenzó a poblarse y él decidió irse para un lote que después se convertiría en el barrio San Nicolás. Duró varios años y padeció de lo mismo, es decir, del crecimiento de la ciudad, del poblamiento de los lotes vecinos que nuevamente le obligó a desplazarse. Se fue para unos lotes que quedaban al final de la subida de La Popa, en Dosquebradas. El sitio se llamaba Japón.

Lo primero que compró fue un espacio pequeño en el que construyó una enramada que adecuó para su industria. El negocio crecía paralelamente a su prestigio, pero su verdadero bautismo de fuegos pirotécnicos lo vivió cuando fue contratado, en 1963, por el alcalde de Pereira, Mario Delgado Echeverri, para elaborar un espectáculo conmemorativo en el centenario de la ciudad. Como el evento era enorme, también se contrató a don Alonso Arcila, otro fabricante de pólvora tradicional en Pereira y cuya familia se dedicaba a la venta y distribución de los artículos y espectáculos de don Alonso.

De igual forma, don Juan de Dios Guevara fue contratado por las administraciones de Apía y de Santuario para celebrar sus respectivos centenarios. En Pereira, además, inauguró el anillo vial del edificio de la Gobernación, con Ernesto Zuluaga como alcalde; el Viaducto, con Juan Manuel Arango; la Plaza Cívica, con Marta E. Bedoya. También inauguró el Museo de Arte Moderno de Pereira y la campaña del Fondo de Prevención Vial y el Instituto de Tránsito Municipal, ‘Estrella Negra’. Al Batallón San Mateo le ha hecho, en repetidas ocasiones, las balas de salva y el humo de colores que usan para celebraciones y marchas militares. Este trabajo, por su calidad y seguridad, se lo reconoció el batallón otorgándole la Moneda de Artillero de Honor (2003) y la medalla Héroes de Montezuma (2005).

Sin embargo, no todo han sido éxitos. Sufrió dos accidentes en los que perdió a dos hijos: el primero ocurrió hace veintitrés años cuando la fábrica llevaba algunos años en Japón. Un polvo para fabricar luces de colores se incendió en una de las bodegas. Guevara se encontraba en el centro de Pereira y un amigo que se encontró en la calle le dijo que había escuchado que una polvorería en el Japón se estaba incendiando. Guevara dijo «Ah, eso no es mío», pero le quedó sonando la noticia. Se fue a ver qué había sucedido y al llegar vio que el incendio sí era en su fábrica. Luego, supo que Alberto Wilson, su hijo mayor, había sido llevado a urgencias. En el intento de apagar el incendio sufrió una cortada en la pierna. Fue a verlo y se dio cuenta de que estaba muerto. El informe médico explicó que la cortada le seccionó la femoral y murió desangrado antes de recibir atención médica. «Todavía hoy no sé cómo le ocurrió eso», dice don Juan de Dios Guevara. Aquella vez no hubo explosión y las pérdidas materiales no superaron un polvo para luces y otros químicos similares.

El segundo ocurrió en agosto de 2006. El reporte oficial aclaró que cuatro personas murieron y cuatro más sufrieron heridas considerables; además, veintitrés personas sufrieron heridas menores. Una seguidilla de tres explosiones que removieron cimientos de casas alrededor de dos manzanas a la redonda sorprendió a los vecinos del barrio Japón, en Dosquebradas. La fábrica de don Juan de Dios quedaba en el primer piso de una casa de cuatro plantas que él había construido con el esfuerzo de toda su vida. La bodega estaba repleta de voladores, volcanes, silbadores, luces de colores, bengalas; todo bien protegido, según don Juan de Dios. A la temperatura adecuada y lejos de cualquier chispa. Aún ignora las causas de la explosión y, mientras que en principio se dijo que había sido mal manejo de la pólvora, don Juan de Dios dice que fueron manos criminales: «Porque en el sitio donde se produjo la explosión yo no guardaba mercancía; no tenía por qué estallar».

En este accidente, repitiéndose la historia, murió Yhovanny Guevara, su hijo que ya era el mayor, además de su mano derecha, y un experto en el manejo de pólvora pues don Juan de Dios lo había instruido a lo largo de la vida. «Yo le ofrecí otras opciones para educarse: mecánica, eléctrica, industrial. Pero él insistía en conocer la pólvora. Luego, intenté asustarlo con algunas explosiones pequeñas que yo fingía accidentales, pero él seguía firme en la idea de vivir de la pólvora. Al final, acepté».

En el barrio Japón aún tiene la casa de cuatro plantas, pero su familia vive en arriendo en otra parte. Don Juan de Dios habita una pequeña finca de su propiedad en la que habilitó una bodega para guardar su mercancía. Allí duerme de lunes a viernes y los fines de semana viaja a Pereira para quedarse con su señora y sus otros hijos. No tiene fábrica y, por ahora, solo vende lo que guarda en bodega y sus espectáculos: avisos en colores, carcasas que iluminan el cielo y demás fuegos pirotécnicos usados en efemérides.

A comienzos de este año, don Juan de Dios, agradecido con la vida, decidió hacer una parada en Pacho (Cundinamarca) antes de llegar a Bogotá en procura de unos negocios. En el pueblo, según le dijeron, vivía Bernardo Rincón. Preguntó y preguntó hasta que lo encontró. «Fui para agradecerle que me hubiera enseñado a trabajar la pólvora. Gracias a él yo he vivido bien y he podido educar a mis hijos y sostener a mi familia». No se reconocieron con el primer saludo. Luego, Guevara aclaró su nombre y el motivo de la visita, y Rincón lo recibió como si fuera el hermano que se perdió hace cincuenta años.

Después del accidente de agosto, mucha gente lo exhortó a que dejara el negocio, pero él siempre se negó y sigue haciéndolo, y conserva la amabilidad para hablar de estos temas y todavía siente emoción cuando una luz de colores hecha por él se enciende en el cielo cafetero. Llegando a la octava década de vida, don Juan de Dios dice: «Uno muere en su trabajo».

Desde afuera

Los pereiranos recordamos las casetas que se armaban legalmente a orillas del río Otún, enfrente de la cervecería Bavaria, hoy Carrefour. Allí se comerciaban los juegos pirotécnicos que refulgían en diciembre. Gente de todas las clases sociales compraba pólvora y, a todas luces, era un acto socialmente aceptado, correcto. En las calles se quemaban muñecos que representaban el año viejo y que explosionaban con estrépito porque se llenaban de papeletas, martillos y tacos. De cierta manera, la gente de Pereira había aprendido a convivir con este tipo de explosivos menores y aceptaba la responsabilidad de la compra y la quema de pólvora. Para nadie era un secreto que una papeleta mal encendida podía entumecer los dedos de la mano, y que si un silbador se apuntaba hacia el cuerpo de una persona la quemaría. Para nadie era un secreto que los martillos explotaban bajo el agua, pero que había que soltarlos a tiempo o, si no, podía perderse la mano. Es decir, cada práctica con la pólvora tenía una especie de instrucciones tradicionales de uso y protección. Nuestros abuelos crecieron así y nuestros padres y nosotros.

Por aquellos días, las cifras de quemados en los hospitales y clínicas no eran parte de la agenda noticiosa de los medios de comunicación.

Al 21 de diciembre de 2006, el Noticiero RCN dijo que la cifra de niños quemados por pólvora era de 147, por los cuales veintitrés padres de familia habían sido sancionados. También, publicaron la noticia de que un niño se había comido doce totes con el ánimo de suicidarse. Desde la tribuna de la pantalla y en asocio con los gobiernos de turno, las campañas en contra de la pólvora no han logrado detener el consumo. Eso de los colores, las luces, los estallidos y el fuego le gusta al ser humano, le atrae.

Según la ley 670 de 2001 los artículos pirotécnicos se clasifican en: categoría uno: artículos que presentan un riesgo muy reducido. Pueden usarse en interiores de vivienda compartida (condominios, edificios, entre otros). Categoría dos: artículos de riesgo moderado que pueden usarse en áreas «relativamente confinadas». Categoría tres: Artículos de riesgo alto, que solo pueden usarse en espacios abiertos y como espectáculos públicos. El encargado de activarlos debe ser experto o especialista de reconocida trayectoria y estar vinculado a empresas autorizadas por el Ministerio de Defensa. Esta clasificación permitió que cada alcaldía redactara el decreto respectivo para restringir o prohibir la producción y uso de pólvora.

En Pereira, según decreto 780 de 2004, está prohibida la producción, venta, tráfico o distribución de artículos pirotécnicos categoría tres, excepto que sean para uso de festivales o espectáculos públicos, y de que se reúnan los requisitos solicitados por la Secretaría de Gobierno. Está prohibida la venta de cualquier artículo pirotécnico a menores de edad y a adultos en estado de embriaguez; por último, el decreto establece sanciones a los que violen estas disposiciones.

¿Por qué hoy se limita y hasta se prohíbe el uso y la producción de la pólvora y los fuegos artificiales en casi todo el territorio nacional? Édison Marulanda, licenciado en Filosofía y docente de la Universidad Católica Popular del Risaralda (ucpr), dice: «Es responsabilidad del Estado proteger la vida de los ciudadanos y generar acciones que propendan por este fin. La irresponsabilidad de muchos padres de familia ha causado que sus hijos queden con cicatrices de quemaduras de por vida, y en el peor de los casos, con pérdidas de extremidades. Y mientras que se educa a la gente para que use estas atracciones correctamente deben existir restricciones». Según el director del doctorado en Ciencias de la Educación de la Universidad Tecnológica de Pereira (utp), Álvaro Acevedo Tarazona, «la restricción en el uso y la venta de pólvora para menores de edad debe continuar; si bien esto no garantiza que no se quemen los niños con pólvora en las fechas navideñas, por lo menos garantiza que las cifras no aumenten; el Estado debe intervenir en este tipo de situaciones con el ánimo de garantizar la salud de sus ciudadanos». Lisandro López, comunicador social, docente de la utp y ucpr, dice: «Estoy de acuerdo con la restricción. De cualquier forma, cualquier artículo que produzca fuego debe tener restricciones. El fuego, en sí mismo, es peligroso».

Sin embargo, la cifra de niños quemados no disminuye sustancialmente, porque quien solicita la pólvora, si no la consigue en establecimientos legales, la consigue con distribuidores ilegales.

Colombia, aludiendo a Kant, es un país especialmente paternalista, esto es, que su concepción de Estado asume que el ciudadano no es capaz de tomar decisiones responsables en algunos ámbitos de la sociedad, y el Estado debe regular esa toma de decisión. Un ejemplo claro es el del cinturón de seguridad en los vehículos (o el casco para los motociclistas). Aunque el ciudadano sea autónomo en la decisión de protegerse o arriesgarse usando o no el cinturón de seguridad, el Estado colombiano obliga su uso. Cabe decir que detrás de esa regulación hay también una cifra alta de ahorro en el presupuesto que se destina para accidentes de tránsito; entre menos accidentados, menos dinero se gasta. Lo mismo podría discutirse con el caso de la droga. No se legaliza porque hace daño para la salud, entonces el Estado prohíbe su venta, aunque haya dosis personal; y, en el fondo, se intuye que la cantidad de dinero que se dejaría de percibir para la economía nacional sería enorme.

Las discusiones sobre estas regulaciones están en la mesa del Estado moderno y, mientras tanto, todas las familias que forjaron su vida en torno al negocio de la pólvora y de la pirotecnia han sufrido una especie de persecución. Los Guevara (que llegaron al lote del Japón cuando este era un baldío), después del accidente de agosto debieron irse de una casa que habían construido durante treinta y cinco años porque los señalamientos y el resentimiento de algunos vecinos y de las autoridades no los dejaban en paz.

¿Cuántas restricciones más se implementarán en la sociedad colombiana en los próximos veinte años? Tal vez, hasta nos toque vivir algo de aquella Londres de mitad del siglo xxi de la película V de Venganza, en la que las doce de la noche era una hora prohibida para caminar, y se prohibía la mantequilla de vaca, y los cuadros de Bacon, de Picasso y de Pancorbo. Y, tal vez, ese tipo de sociedad reaccionaria no sea un lejano hito, sino un cercano futuro.

2006

PRIMERA SEMANA DE DICIEMBRE

Hemos conseguido que Sonia Díaz Mantilla compre las crónicas. La condición es mirar la ciudad donde vivo. Buscar sus esquinas de fiesta, sus hoyos negros, sus rincones de sueño y pesadilla. La estrategia comercial del periódico es una apuesta local: mirémonos, contémonos. ¿Qué pasa ahí afuera?

La Tarde es un diario pequeño y aunque hace parte de un conglomerado de periódicos de ciudades intermedias, parece que no tiene mucho dinero. Se dice que tira unos diez mil ejemplares a la calle. No sé. Me parece una cantidad ridículamente grande para una ciudad como Pereira, que no pasa de quinientos mil habitantes. ¿Cinco mil ejemplares, tal vez?

Hemos hecho un arreglo económico que aceptamos como algo simbólico. Por cada crónica nos pagarán 80.000 pesos. Hoy por un dólar toca juntar 1.800 pesos. Es claro que no podré cubrir mis gastos básicos con esta entrada. Y sigo el camino de tantos que quieren ser reporteros freelancer: me ayudo dando clases de periodismo en la universidad y escribiendo textos corporativos.

Dos veces 40

Carta desde Valledupar

La directora de cine colombo suiza Paula Tobón Brugisser viajó a Valledupar para realizar la preproducción de un documental sobre Luis Soriano, un campesino que ha dedicado los últimos años de su vida a llevar libros, a lomo de burro, a los niños de la vereda La Gloria, del municipio de Nueva Granada, en el departamento del Magdalena. Horas antes, en el avión, me dijo que había programado el viaje de tal forma que coincidiera con los días finales del 40° Festival de la Leyenda Vallenata.

—Siempre he querido ir a Valledupar en días del festival porque quiero conocer de cerca toda la cultura que rodea al vallenato.

Desde hace diez años, como buena admiradora de esta música de acordeón, caja y guacharaca, Paula ha tenido la intención de hacer un documental sobre familias de acordeoneros. Pero su inevitable condición de ciudadana del mundo ha hecho que gran parte de su vida la pase en vuelos interoceánicos: Nueva York-Bogotá-Bruselas-Los Ángeles-Bangkok-Moscú y vuelta a Bogotá. Por eso, su llegada a Valledupar se aplazó hasta ahora. Al bajar del avión fuimos recibidos con un abanico de la aerolínea Avianca, publicidad del whisky Old Parr, condones marca gato y un trío que por el sonido parecía estar tocando vallenatos desde la noche anterior sin detenerse si quiera para reponer el pulso del cajero. No obstante, la gratitud del recibimiento logró hacernos creer que los días venideros serán días de juerga bajo el ardor de la canícula.

El Festival se tragó la parapolítica. En Valledupar nadie quiere oír de ‘paras’ ni de ‘jorgecuarentas’. Todos, en cambio, hablan de parranda, de rones y vallenato.

—El Espectador, semana del 22 al 28 de abril de 2007.

Desde el aire, la capital del Cesar parece una cuadrícula perfectamente elaborada por líneas tupidas de árboles que culminan en el pie de monte de la Serranía del Perijá y de la Sierra Nevada de Santa Marta. En tierra, se nota que cada casa tiene un árbol que le da sombra a la entrada y parte del andén. Según la tradición oral popular cuando alguien construía su vivienda lo primero que hacía era sembrar un almendro junto a la puerta para que cuando la casa estuviera terminada sus hojas ya tuvieran altura y frondosidad. En días de intenso calor la temperatura llega a los treinta y ocho grados que pueden durar la mitad de la mañana y la mitad de la tarde. Así, la sombra del árbol en la calle es lo que el aire acondicionado en la oficina: un mecanismo imperioso para cumplir la jornada.

Durante el festival, conjuntos vallenatos se agolparon en las esquinas del centro de Valledupar para ofrecer serenatas de media hora por treinta mil pesos, con un repertorio que oscilaba entre los clásicos de Emiliano Zuleta y las composiciones nueva ola de Jorge Celedón.

—Y eso que por ser temporada cobraron casi el doble de lo que en otra época del año cobran —me dijo el ingeniero Caleb Posada.

Como efecto ineluctable del festival, los habitantes de Valledupar soportaron precios de turista.

—Eso no lo notaron ustedes, pero para uno que compra víveres todo el año esos días costaron el doble —insistió el ingeniero.