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Se aborda en ella, teniendo como escenario la Guerra Civil, el eterno conflicto humano de la animalización del hombre acosado por otros hombres, añadiendo un nuevo protagonista, el huido, el guerrillero maqui. "Luna de lobos" constituye una punta de lanza contra el olvido que la Transición dispuso alrededor de la represión franquista.
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Seitenzahl: 283
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Julio Llamazares
Luna de lobos
Edición de Miguel Tomás-Valiente
INTRODUCCIÓN
La guerra civil en la literatura post-franquista
El autor
La novela
Territorio real y territorio mítico
Los del monte
Los vencedores
La animalización como destino
El sustrato poético
Homo hominis lupus
BIBLIOGRAFÍA
ABREVIATURAS
LUNA DE LOBOS
Primera parte. 1937
Capítulo primero
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Segunda parte. 1939
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Tercera parte. 1943
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Cuarta parte. 1946
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
CRÉDITOS
El día 20 de noviembre del año 1975, el último dictador de la Europa Occidental murió en Madrid. A partir de ese hecho, se abre en España un periodo de incertidumbre que da paso a un proceso reformador que, reinstaurando la monarquía —institución fiable para los continuistas del franquismo—, acabe con las privaciones de libertad y posibilite un régimen parlamentario democrático al estilo europeo. Es lo que se ha dado en llamar la Transición española.
Los novelistas consagrados (Delibes, Torrente Ballester o Cela), los regresados del exilio (como Francisco Ayala) y los de la generación del medio siglo (Goytisolo, Marsé, Caballero Bonald...) escriben, como irremediablemente también lo harán los nuevos autores que van apareciendo en la escena literaria, inmersos en esa nueva circunstancia entre la ilusión y el desengaño1. Así, se puede decir que las novelas escritas en el principio del post-franquismo, independientemente del grupo en el que se sitúe al autor, se ven irremediablemente marcadas por los acontecimientos políticos. Por eso, tal vez sería más preciso hablar de obras que sólo de autores nuevos. Estas «nuevas novelas» presentan una serie de características comunes que se podrían sintetizar en las siguientes: se elimina el punto de vista múltiple, proponiéndose un regreso al narrador omnisciente o al narrador en primera persona; hay un progresivo abandono del contrapunto, por lo que, por lo general, son novelas que relatan una única acción; recuperan el tradicional arte de contar una historia de personajes, en la que el tiempo tiene un tratamiento lineal y sucesivo y en la que el diálogo recobra importancia. Son, también, las mejores de ellas, narraciones en las que destaca el cuidado de la expresión lingüística y del estilo personal.
De entre todos los cambios que prometía la época que se inició con la muerte de Franco, destaca, por la importancia que tuvo para la literatura (sobre todo, para las obras que, como Luna de lobos, tienen como escenario la guerra española y la primera posguerra), el de la desaparición de la censura oficial. Con las libertades de opinión y de expresión llega la posibilidad de tratar este tema —hasta entonces prohibido si no se hacía desde el punto de vista de los vencedores y con un fin propagandístico— desde presupuestos literarios2.
A la existencia de esas nuevas circunstancias políticas, se añade otro hecho que determina el nuevo enfoque de los autores de la Transición sobre nuestra guerra: el cambio generacional. Las novelas, puesto que sus autores no vivieron la contienda bélica, no pueden narrar una experiencia vivida, sino que se hacen eco de la memoria transmitida (la «posmemoria», en término de Elina Liikanen), a la que incorporan su propia imaginación3. Algunos estudiosos han señalado que ese distanciamiento que se aprecia en las novelas que, habiendo sido escritas después de la muerte de Franco, desarrollan su acción en los años de la guerra y la posguerra, confiere a esta época un rango mítico. En palabras de Sanz Villanueva: «Ya no se trata de un conflicto atravesado por la ideología, sino que es una referencia que pertenece no al campo de las vivencias o de los enjuiciamientos, sino al de los mitos»4.
Maryse Bertrand de Muñoz, en un estudio que analiza la novela sobre la guerra civil escrita en la Transición, coincide con la idea de que, una vez que los autores no se ven forzados a cargar de planteamientos políticos sus obras, «la guerra civil [...] ya no se utiliza como motivo para justificar una ideología precisa, ya no sirve más que de pretexto para relatar conflictos eternos, para dar cuenta de una condición humana»; hay —dice— en estas novelas una «tendencia de hacer de la guerra un mito, a interpretarla no ya como un trastorno histórico, político, social, sino a desideologizarla»5. Cierto que Llamazares no vivió la guerra; cierto que Luna de lobos evita las argumentaciones políticas y que se centra en la narración de las vivencias de los personajes; cierto que la situación política queda como telón de fondo; cierto que la mitificación del enfrentamiento armado resalta la tragedia humana, que trasciende lo temporal y lo local para universalizarse. Pero, al menos al ser aplicados a la forma en que Luna de lobos trata el tema de la guerra, los términos «despolitización» y «desideologización» requieren ser matizados. El simple hecho de elegir la guerra civil como escenario para el tratamiento del «eterno conflicto humano» de la animalización del hombre acosado por otros hombres es, ya en sí, un acto ideológico. Como lo es también la elección del grupo protagonista, unos huidos al monte, unos hombres de los que, al acabar de leer el libro, nos queda la imagen de entereza moral y dignidad que contrasta con el desprecio, la degradación o el insulto con que siempre los trató el franquismo6. Pero, más allá de la descriminalización del personaje del huido7, hay otra cuestión que aleja Luna de lobos de cualquier postura despolitizada: la primera novela de Julio Llamazares es —y recordemos que fue escrita en 1985— una punta de lanza contra el olvido, la desmemoria y el tupido velo de silencio que la Transición dispuso alrededor de la represión franquista.
Por tanto, no parece que la visión mitificada de la guerra y la primera posguerra que queda después de la lectura de esta novela proceda de ninguna ausencia de ideología (ausencia que, por otra parte, de existir, constituiría una carga ideológica en sí). Son, probablemente, dos las circunstancias que permiten que Luna de lobos plantee principalmente una cuestión de dimensión universal8: una es la distancia en el tiempo, el que el autor no haya padecido la guerra y, por tanto, el origen legendario de los personajes y la acción; y la otra es la declarada voluntad literaria de su autor y la elección de un estilo poético, lírico y épico, como método para ponerla en práctica.
Julio Llamazares nació en 1955 en el hoy desaparecido lugar de Vegamián. En aquellos valles, montañas y pueblos de la vertiente leonesa de los Picos de Europa vivió su infancia, sus primeros años de escolarización y hasta, quizá, su gestación como futuro escritor:
A los once años me puse enfermo. Me tiré en torno a un año en la cama. Recuerdo aquellos meses interminables, como un tumbado, inventándome historias, pues además yo tenía la gracia, como hijo de maestro, de vivir en la casa de encima de la escuela en la plaza de pueblo donde oía a todos los chavales gritar y yo era un chaval enfermo que engordaba y engordaba en la cama y tenía que engordar la imaginación inventándome novelas, inventándome historias y mintiéndome a mí mismo, constantemente contándome mentiras para sobrevivir a aquello. Yo creo que en esa enfermedad está el origen de mi vocación literaria9.
Durante toda su vida ha seguido estando vinculado a su región de origen; por eso, no es de extrañar que conozca bien sus paisajes, sus gentes, sus palabras, su modo de vida, los nombres de los árboles y las plantas, la montaña y la mina, el frío y la nieve... Así lo demuestran, por ejemplo, el libro Escenas de cine mudo, la película El techo del mundo, de la que es co-guionista junto a Felipe Vega, o el libro de viajes El río del olvido. Como él mismo ha declarado:
Es mi paisaje. Alberti decía que no es que él hablara del mar. Es que el mar formaba parte de él. Yo no hablo de las montañas. La montaña soy yo. Ellas forman mi paisaje interior, el paisaje inicial que te acompaña toda la vida, igual que el idioma10.
Julio Llamazares es, por tanto, autor de novelas, guiones de cine y libros de viajes. Y también lo es de relatos, artículos y reportajes periodísticos, libros de poesía y algún otro libro de más difícil clasificación11. Pero, además de todos estos géneros literarios, conviene anotar aquí que Julio Llamazares es también autor de dos artículos que podríamos calificar de «historiográficos»: «El maqui en la provincia de León» y «Eufemiano Díaz, el “topo” de La Mata. Diez años enterrado vivo». Prólogos, artículos y reportajes, participaciones en mesas redondas, simposios y presentaciones de documentales que abordan el tema del maquis12 evidencian, por una parte, el interés que en el autor leonés despierta la vida legendaria, mítica, de aquellos hombres y, por otra, un conocimiento cercano y profundo de las experiencias de estas personas cuyas historias conoció de niño.
Yo lo que pretendía hacer era un cuento con una de las historias que de niño me contaban sobre los hombres del monte, como llamaban en mi tierra a los huidos de la guerra. ¿Por qué? No lo sé, pero seguramente por aquello que decía E. M. Forster de que todo escritor, en su primera novela, intenta contar los cuentos con los que le dormían de niño13.
Llamazares tenía, pues, una sólida base sobre la que asentar su novela: las historias que oyó en su infancia y su indiscutible conocimiento tanto del escenario en el que se sitúan los hechos narrados como del contexto histórico en que suceden. Sobre esta base, una exhaustiva documentación14, un dominio extremo del idioma (tanto de las variantes diatópicas leonesas como, sobre todo, del contenido poético de las palabras) y una consciente dedicación, un trabajado quehacer literario15 completan las herramientas de que se sirvió el autor.
Luna de lobos, de 1985, fue la primera novela que publicó Julio Llamazares y es justo considerarla un clásico de nuestra novelística del siglo XX fundamentalmente por dos motivos. Uno es el de aportar a la literatura española, y más en concreto al grupo de novelas cuyo escenario de fondo es la Guerra Civil Española, un nuevo protagonista, el huido, el guerrillero maqui. El segundo motivo, de mucho mayor calado, es la eficaz elección de cada recurso literario, la sugerente potencia poética de las imágenes, la cuidada selección de cada palabra; en suma, la calidad estética de la novela. Todo este despliegue de belleza poética se ve reforzado al servir como instrumento de la representación de una época desdichada y como vehículo del relato de unos episodios de una dureza descorazonadora. Y, a su vez, el contenido de la narración se ve potenciado por el contraste que se establece entre la tragedia narrada y la sorprendente belleza con que está escrita.
El tema principal de Luna de lobos no es la guerra civil y la represión que trajo consigo el triunfo franquista. Tampoco es el relato de los sucesos de aquella época con la intención de defender o difundir el contenido ideológico de uno de los bandos contendientes. No es, por tanto, una novela de denuncia, como lo fue la llamada «literatura social», ni de urgencia revolucionaria, como los textos escritos en batalla. Es una novela pesimista sobre la capacidad del hombre de convertirse en cazador de hombres, una reflexión sobre hasta dónde es capaz de llegar el hombre cuando la sed de venganza y la inquina le invaden y le dominan, cuando el odio que le nubla el entendimiento y el fanatismo que le ciega la razón lo convierten en «un lobo para el hombre». Y es, también, una reflexión sobre las reacciones que esta cacería provoca en el ser humano acosado; sobre cómo, en tales situaciones, desde el instinto de supervivencia surge irremediablemente la violencia como respuesta única. En palabras de Bertolt Brecht: «Solo ayuda la violencia donde reina la violencia»; en palabras de Ángel, el protagonista de Luna de lobos: «Coja usted un animal doméstico, el perro más noble y más bueno [...]. Enciérrelo en una habitación y azúcelo. Verá cómo se revuelve y muerde. Verá cómo mata si puede»16.
Pero, no por azar, Luna de lobos está situada en un país y en una época concretos. Sin ser una novela con intención política, los comportamientos de cada personaje reflejan quiénes y cómo eran unos y otros (los huidos y los guardias, los familiares de los del monte y los curas, los represaliados y los falangistas, los vencidos y los vencedores). Se ha dicho que la guerra civil y la primera posguerra sirven en Luna de lobos «de pretexto para relatar conflictos eternos, para dar cuenta de una condición humana»17. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la de la guerra civil y la primera posguerra fue una época en la que no sólo es verosímil situar ese conflicto eterno y universal, sino que realmente existió una persecución implacable de unos hombres hacia otros, una cacería que «animalizó» a quienes se vieron obligados por ese acoso a renunciar a lo racional, a lo cultural, a lo social y aferrarse a su parte animal, a sus instintos más básicos. Pero una persecución que convierte en bestias aún peores a la jauría humana que la lleva a cabo.
Luna de lobos se desarrolla en las montañas y valles en los que su autor nació y donde escuchó durante su infancia las historias locales de los maquis. Sin embargo, los pueblos, ríos, montes y otros lugares geográficos casi nunca aparecen con sus nombres reales. El novelista y amigo del autor, José Carlón, apunta que Llamazares los sustituye por otros topónimos inventados o pertenecientes a otros sitios de la geografía española18. Así, los lugares de Luna de lobos, con frecuencia, toman prestados sus nombres propios: en León no hay ninguna montaña que lleve el nombre de peña Illarga, sí hay, sin embargo, un río Illarga; como tampoco hay en esa provincia ningún pueblo llamado Cereceda, que, sin embargo, sí es el nombre de sendos pueblos en Guadalajara, en Burgos y en Salamanca —en León hay un Cerecedo—; Susarón está, efectivamente, en León, pero es una peña, una montaña, no un río. Otros, la mayoría, son nombres inventados. Incluso hay quien apunta que el sonido de los nombres de los lugares imaginarios evoca algunas veces el de los nombres reales19.
Sin desdeñar el de las referencias espaciales —o incluso espacio-temporales— de la novela (el «coche que hace la línea Ferreras-León»; el pasquín, en el que se ofrece una recompensa por el protagonista: «Ángel Suárez Reyero. Natural de La Llánava, ayuntamiento de Cereceda, provincia de León»20; o, en los comienzos de la novela, las palabras con las que el padre de Ángel lo recibe cuando este le hace la primera visita: «Buscan a todos los que estabais en Asturias. Saben que muchos habéis vuelto otra vez huyendo a través de las montañas»21), existe, no obstante, un argumento más sólido sobre el que fundamentar la localización de la novela: el empleo de leonesismos por parte de los personajes (hecho que, puesto que los huidos se esconden en los montes que rodean su pueblo, indica que este se halla en la provincia de León).
Hay algunas otras alusiones a lugares reales (el valle de Valdeón o el pueblo de Maraña), pero lo cierto y lo importante es que se trata de un espacio recreado: «Las referencias a lugares reales se codean con los nombres inventados y el resultado es una mezcla indescifrable con una impresión dominante de verosimilitud, borrándose así la frontera entre lo real y lo ficcional»22.
Al igual que el Macondo de Cien años de soledad —que es una ciudad imaginaria aunque nadie dude de que está en la selva colombiana, y que, al no ser una ciudad físicamente reconocible, es ninguna y es todas—, los pueblos, montañas, valles, ríos, pasos, peñas, etc. de Luna de lobos crean un paisaje reconocible, pero a la vez universalizado: en cierto modo, los sucesos que se narran acontecieron allí y en cualquier lugar de España, como la historia de la familia de Aureliano Buendía sucede en la selva colombiana y en toda Latinoamérica.
Por otra parte, como marco en el que se desarrollan los acontecimientos narrados, el monte desempeña dos funciones literarias de gran relevancia. La primera, la de aliarse con la fuerza del destino en la tarea de desposeer de su humanidad a los personajes principales de la novela, de «atraerlos» hacia la animalización, tratando de absorberlos, de acogerlos, de cobijarlos en su seno e integrarlos en sí misma como animales del bosque. Diríase casi que quiere adoptarlos como hijos (ciertamente, los huidos habitan en las entrañas de la tierra: la mina, la cueva, el escondite debajo de la corte de las cabras...). Sin embargo, también se puede observar en la narración cómo los personajes adoptan una actitud de rebeldía ante la supuesta adopción de la tierra, ante el alejamiento que esto supondría de su condición humana: como muy bien ha visto Orsini Saillet, para ellos no es una tierra-madre, sino una tierra-tumba:
La tierra no es ya la que da la vida, sino el lugar al que vuelven los cuerpos para pudrirse: «es como si fuéramos muertos», dice Ramiro en la mina; en la cueva, se sienten «enterrados en este húmedo agujero»; y en la fosa, Ángel piensa: «no puedo permanecer eternamente aquí, tumbado como un muerto boca arriba, sin luz, sin esperanza»23.
La segunda función del paisaje montano es la de constituirse en un inmejorable reflejo de las almas de los personajes y un maravilloso recurso en manos del escritor, un instrumento narrativo del que el autor se sirve para dar cuenta de estados de ánimo y sucesos. Con frecuencia, los sentimientos y hasta las acciones de los personajes son revelados a través de imágenes, símbolos y metáforas proporcionadas por elementos de la naturaleza. Así, cuando el molinero regresa con la noticia de la más que probable muerte de Juan, las imágenes descriptivas del bosque nos lo cuentan todo:
—No está —dice mirando a Ramiro—. Y anoche tampoco estuvo.
—¿Que anoche tampoco estuvo?
El molinero duda un instante antes de decir:
—Así es. A menos que tu madre me haya mentido.
Una ráfaga helada ha cortado sus últimas palabras.
Bruscamente, el agua de la presa enmudece, en la pesquera. El cielo se torna del color del hierro viejo y, en lo alto de los chopos, la luna se deshace como un fruto podrido.
Es la señal: sobre los campos desolados, sobre las extensiones infinitas de la noche, sobre las soledades eternamente juntas del río y del camino, comienza a nevar con repentina y aprendida mansedumbre24.
Parece que las palabras del molinero («la ráfaga helada», palabras que son como disparos que paralizan, que dejan sin el calor de la vida) detengan el tiempo («enmudece el agua»), paren el pulso de quienes las escuchan; la tragedia se cierne sobre ellos (el cielo toma el color rojizo que presagia la nevada). Finalmente, los aplasta la pena («la luna se deshace como un fruto podrido»). Solo les queda aceptar el dictado del destino (la nieve, la muerte). Y el tiempo vuelve a estar en marcha («comienza a nevar con aprendida mansedumbre»).
Lo mismo ocurre en esta otra escena, en la que se cuenta la unión sexual de Ángel y la mujer del caserío, la esposa del «enlace», a través de otra imagen de la naturaleza.
No ha aguantado ya más. Se ha doblado de pronto, como una rama rota, sobre sí misma y me ha arrastrado hacia el suelo llenándome los ojos de luz negra. Es la noche total. El vértigo infinito. La bóveda del tiempo que comienza a caer sobre nosotros con un bramido sordo de ríos que se encuentran. De ríos que se encuentran y se funden. De ríos que se encuentran y se funden, y se funden25.
El día 16 de febrero de 1936, los españoles, llamados a las urnas en elecciones generales, votaron masivamente al Frente Popular, una coalición constituida por varios partidos republicanos, los socialistas y los comunistas, y que contó con el apoyo, en muchos casos, de los anarquistas. Desde esa misma noche corrían rumores de asonada26. En efecto, los generales, acaudillados por Mola y por Sanjurjo (este último, desterrado en Lisboa desde su intentona golpista de 1932), tramaban un golpe de Estado27 que, finalmente, tuvo lugar el 17 y el 18 de julio y cuyo fracaso supuso el inicio de la Guerra Civil Española.
A medida que los sublevados fueron extendiendo su dominio por las tierras de España —en la provincia de León, desde bien pronto—, sus autoridades emprendieron una brutal represión con ánimo de exterminio contra los vencidos. A los combatientes, partidarios o simpatizantes de la causa republicana no les quedaba otra opción para conservar la vida que la de huir. Muchos escaparon hacia otros frentes para continuar luchando por ganar la guerra cuando esto todavía era posible; otros, posteriormente, huyeron hacia el exilio y un último grupo de hombres, como es el caso de los cuatro personajes principales de Luna de lobos, se refugiaron en los montes; por lo general, en los cercanos a sus lugares de origen para poder contar así con la baza de conocer mejor que el enemigo los escondites, las sendas, las cuevas, los pasos, etc., y poder contar con ciertas ayudas de amigos y familiares. La novela se inicia con la llegada de cuatro milicianos republicanos a las montañas de León, procedentes del frente de Asturias, donde las tropas gubernamentales habían quedado aisladas y habían sido finalmente derrotadas después de que los insurrectos tomaran Santander y su provincia.
Es otoño de 1937. La partida de Ramiro «el Manco», integrada, además de por él mismo, por su hermano Juan, Gildo y Ángel —el protagonista y narrador—, ha cruzado las montañas, desde el Principado a la vertiente leonesa. Sin embargo, no pueden integrarse en la vida de sus pueblos: el nuevo régimen está fusilando a todos los excombatientes. Por eso se quedan en las montañas. En su primera visita al pueblo del que partieron hacia el frente, el protagonista de Luna de lobos, recibe las advertencias de su padre:
—Escúchame bien, Ángel. Tenéis que marchar lejos cuanto antes, pasar a la otra zona, si podéis. Están buscándoos. No. No saben que estáis aquí —continúa él leyendo en mi mirada la sorpresa—. Buscan a todos los que estabais en Asturias. Saben que muchos habéis vuelto otra vez huyendo a través de las montañas. Y, en los últimos días, han cogido ya a unos cuantos: a Goro, a Benito, el del carrero, a dos o tres de Ancebos. Tienen todos los caminos y pueblos vigilados [...]. Te acuerdas de la mina del monte Yormas, ¿verdad? Aquella mina abandonada donde nos refugiamos de la lluvia una vez que fuimos a por leña, hace ya años. Escondeos allí de momento. Hasta ver qué pasa. Juana o yo os dejaremos comida cada tres o cuatro días en la collada.
Y, luego, mirándome fijamente:
—Pero no os entreguéis. Pase lo que pase, no os entreguéis, ¿me oyes? Os matarían al día siguiente en cualquier cuneta como han hecho con tantos28.
A estos hombres que se escondieron porque ni podían regresar a sus casas ni, por la razón que fuera, escapar a lugares más seguros para ellos, se les conoce como los huidos y, en un principio, sus pretensiones no van más allá de la mera supervivencia. Como se desprende de las palabras del padre de Ángel («Escondeos allí de momento...»), ellos confiaban en la provisionalidad de su estancia en el monte.
Los republicanos no han perdido la guerra todavía y nadie está seguro de qué va a suceder. Sin embargo, a medida que avanza la novela, avanza también el proceso en todos los sentidos: los militares que se alzaron contra la república ganan definitivamente la guerra e inician una terrible represalia; el monte se va a transformar para esos hombres que esperaban acontecimientos protegidos en sus entrañas, en una jaula, primero, y en una tumba después; los personajes se van asimilando al medio natural en el que viven, se «animalizan» progresivamente; cuanto más tiempo pasa, mayor es el acoso y mayor también la soledad de los huidos...: lo provisional se va convirtiendo en duradero, en definitivo.
Desaprovechados por el mando republicano como fuerza militar que atacara la retaguardia del ejército enemigo y cada vez más hostigados por los cuerpos represores del franquismo, las circunstancias fueron situando a los huidos cada vez más al margen de la ley. El historiador Paul Preston aporta un dato escalofriante: en 1946 —con media España muriéndose de hambre—, el 45 por 100 del presupuesto del Estado fue destinado al aparato represivo (Guardia Civil, policía y Ejército)29. De alguna forma, los huidos no tuvieron otra opción que la de convertirse en guerrilleros contra los vencedores de la Guerra Civil Española: acorralados por la intensificación de su persecución y la de la represión contra quienes les ayudaban, las muertes que tarde o temprano causaban en atracos o por ajustes de cuentas contra delatores o asesinos de sus compañeros, incluso el simple paso del tiempo que iba minando su capacidad de resistencia radicalizaron a los huidos convirtiéndolos frecuentemente en guerrilleros (recuérdese que el verdadero tema central de Luna de lobos es precisamente este proceso en el que la violencia extrema degrada la condición humana y lleva a los hombres a la violencia como única respuesta posible).
Perdida la guerra en España, una pequeña parte de estos hombres se traslada a Francia para luchar contra la ocupación nazi uniéndose, como hicieron otros exiliados españoles, a los maquisards franceses: son los maquis españoles, que, sobre todo, a partir de la liberación francesa vuelven en gran número a integrarse en la lucha contra Franco30.
Estos maquis unidos a los antiguos huidos (entonces, y partir de 1942, organizados mayoritariamente como «guerrilla»)31 y a algunos combatientes republicanos que, no queriendo asumir la derrota como definitiva, se habían echado también al monte, constituyen la guerrilla antifranquista.
En tanto que a los huidos les movía solo el instinto de supervivencia, los guerrilleros (muchos de los cuales habían sido con anterioridad huidos, como acabamos de ver) pelean contra el enemigo. Así pues, los primeros huyen, se esconden y dan «golpes económicos» (robos, asaltos a vehículos de línea, secuestros...) con la intención de obtener dinero para seguir vivos y, si se da la ocasión, poder comprar su libertad (pagar a alguien que les consiga un billete de tren, a alguien que les cruce una frontera...); por su parte, los guerrilleros realizan, además, actos de sabotaje (roban munición, dinamitan lugares estratégicos —puentes, vías de ferrocarril, centrales eléctricas—, queman archivos municipales, atacan cuarteles de la Guardia Civil, etc.).
Los términos los que se echaron al monte, los hombres del monte o, simplemente, los del monte adquieren un significado más genérico y pueden referirse tanto a los huidos como a los guerrilleros. Los del monte contaban necesariamente con los del valle, quienes se ocupaban de la logística: ellos eran los encargados de proporcionarles información sobre los objetivos, de transmitirles directrices de los políticos, de ayudarles a moverse de un sitio a otro, de ponerlos en contacto a unos con otros, de entregarles armas o munición... A estas personas se las conoce como enlaces. En un primer momento, los del monte sólo contaban con la ayuda de sus familiares y amigos, que les proporcionaban alimentos, ropa, botas... Sabida su importancia y su debilidad, las fuerzas represoras (principalmente, los guardias civiles) los atacaron con saña, con torturas y palizas constantes.
Y, dentro de las casas, acurrucados en las cocinas, los vecinos estarán ahora aguardando esos golpes violentos que, dentro de poco tiempo, llamarán a sus puertas para que abran.
Son ya seis años los que llevan así, viviendo en silencio, aterrados, en la indecisión de la pena que les mueve a ayudarnos y el miedo, mayor cada vez, a las represalias32.
Mientras que los huidos de procedencia anarquista por lo general rechazaron acatar directrices y obedecer órdenes de unos jefes políticos que pretendían dirigirlos desde fuera, los de ideología comunista se fueron organizando como guerrilleros. A medida que el número de guerrilleros establecidos creció, la ayuda que necesitaron traspasaba los límites de la que podían ofrecerles sus allegados. Sin prescindir nunca del apoyo familiar, la organización y proliferación de los enlaces fue afianzándose. Según el historiador Secundino Serrano, en la red de enlaces de la guerrilla antifranquista llegaron a participar entre ochenta y cien mil hombres33. La guerrilla, entonces, fue más temida por Franco, que decidió poner todos los medios necesarios para acabar con ella, con lo que el destino de los que ayudaban a los guerrilleros se convirtió en trágico:
Los enlaces, guerrilleros del llano, [...] se encontraban indefensos ante las embestidas de los aparatos coactivos del franquismo. [...] Cuando a partir de 1947 el franquismo inició una represión sistemática contra la guerrilla, los enlaces se convirtieron en las piezas favoritas de las fuerzas de represión. No solo se incrementó exponencialmente el número de detenidos y torturados, sino que la aplicación generalizada de la «ley de fugas» llenó de cadáveres el paisaje rural de España34.
Aunque mucho menos común que el de echarse al monte, también existió otro método de «desaparecer»: el de esconderse, generalmente, bajo tierra (de ahí que a los que lo practicaron se les conozca con el nombre de topos). Atemorizados ante el cariz de la represión franquista, algunos republicanos pasaron muchos años escondidos en sus propias casas, debajo de unas tablas, en verdaderos nichos practicados en cuadras, corrales, establos...
Al final, abandonados por los aliados, que pactaron con Franco (los norteamericanos, pensando ya en términos de guerra fría y anticomunismo, temían más la implantación de una República de izquierdas en España que la de una dictadura militar), y ante las dificultades que los partidos en el exilio tenían para rescatarlos, los maquis quedan irremisiblemente a la merced de su destino: el de casi todos, la muerte violenta en enfrentamientos con la Guardia Civil, por delaciones de vecinos y guardias civiles infiltrados o por traiciones de otros maquis. Algunos se entregaron y pasaron temporadas en la cárcel; otros resistieron hasta el final. El último maqui muerto en la montaña fue el guerrillero gallego José Castro Veiga, «O Piloto», veintiséis años después de acabada la guerra civil, el 10 de marzo de 1965.
El narrador-protagonista de Luna de lobos es un militante del sindicato anarquista CNT a quien el devenir de la guerra obliga a esconderse en el monte. Es, por tanto, uno de aquellos hombres que no se pudieron reintegrar en la vida civil de los territorios ocupados por los fascistas, pero que tampoco se integraron en la guerrilla organizada. Es un hombre atrapado por las circunstancias, condenado a muerte por los que poco tiempo antes eran sus vecinos, un hombre abocado a la más triste soledad, a vivir como una alimaña del bosque.
En cierto sentido, los huidos son muertos a los que sólo les falta dejar de respirar. Por eso, hacen su vida fundamentalmente cuando los vivos se recogen; por eso, para ellos, que viven de noche, «la luna es el sol de los muertos»; por eso, aunque logre huir, lo hace con los ojos llenos de nieve, es decir, de muerte.
La Guardia Civil desempeñó un papel decisivo en el enfrentamiento del régimen con los guerrilleros. Si bien durante la guerra y los primeros años de posguerra, era tarea compartida con los falangistas, el ejército e, incluso, voluntarios civiles, a partir de 1941, la persecución contra «los del monte» fue llevada a cabo, casi exclusivamente, por la Guardia Civil. El profesor Secundino Serrano personaliza en el General Camilo Alonso Vega, amigo de Franco y director del Cuerpo desde 1943 hasta 1955 y, por supuesto, en Franco, la responsabilidad del «extermino de los focos de resistencia armada». Investida la institución represiva de una dotación económica desorbitada y de cobertura legal mediante la Ley de Bandidaje y Terrorismo, el paso decisivo fue la militarización de todo lo que tuviera que ver con la resistencia. Así, la dirección de la Benemérita pasó a ejercer una fortísima presión sobre los guardias empleando una doble vía: la de amenazar con castigos a los que no ponían suficiente celo en su misión de perros de presa (expulsiones, consejos de guerra, cárcel, imposibilidad de ascenso), y la de incentivarlos con promociones, condecoraciones y, sobre todo, con dinero. Los guardias civiles eran, por lo general, personas de pocas posibilidades que habían recalado en el cuerpo mayoritariamente a causa de las condiciones miserables del país35. Es importante tener esto en cuenta, puesto que, en Luna de lobos, los «cazadores», quienes acosan y acorralan a sus semejantes, son, principalmente, estos hombres simples, necesitados de dinero, atemorizados por sus superiores y por el riesgo de muerte en los enfrentamientos con la guerrilla, en quienes es fácil hacer aflorar los instintos más primitivos del ser humano.
Esta represión dirigida desde el poder político contra gran parte de la población obtuvo, no obstante, todo el consentimiento y hasta la colaboración de una de las instituciones más importantes de nuestra Historia, la Iglesia católica, cuya jerarquía se alineó a favor de la causa rebelde desde el 18 de julio del 36.
Durante la monarquía de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera, la Iglesia había afianzado sus posiciones: España era un Estado confesional católico y el clero, despreocupándose de los asuntos sociales —bien controlados por el poder político— pudo dedicar sus mayores esfuerzos al dictado de la moralidad. La proclamación de la II República supone para la Iglesia un cambio total: de ser una institución privilegiada pasa a estar perseguida. El verse después de tanto tiempo como vencedores, alimenta en los anticlericales un ánimo revanchista que desemboca en el que, tal vez, puede considerarse el punto sin retorno: la quema de edificios religiosos del día 11 de mayo de 1931 en Málaga, Cádiz, Sevilla, Valencia, Madrid y otras ciudades. El gobierno, con Maura como ministro de Gobernación, no puso demasiado celo en controlar la situación, y estos hechos sumados a la pérdida de poder que significaban las leyes y medidas que preparaba la República (una nueva Constitución que separase Iglesia y Estado, una Ley del Divorcio, la expulsión de los jesuitas, la Ley de Congregaciones Religiosas) enfrentaron definitivamente a la Iglesia con el modelo de Estado recién instaurado.
Por eso, cuando el golpe militar del 36 fracasó y, consecuentemente, dio inicio la guerra civil, «la Iglesia católica no lo dudó. Estaba donde tenía que estar, frente a la anarquía, el socialismo y la República laica»36. Es más: no fue Franco quien buscó el apoyo de los obispos, sino estos los que se ofrecieron a la causa y, durante la guerra, mantuvieron una actitud tan beligerante como la del ejército sublevado. La Iglesia estaba donde tenía que estar, pero no sólo porque la Historia la había situado allí; actúa motivada también por la ambición de obtener (de recuperar) sus privilegios perdidos, fundamentalmente, el control de la enseñanza y la «recristianización» de la vida del país, medios de asegurar su poder de influencia sobre el pueblo37.
De igual manera, está ampliamente documentada la injustificable actitud del clero, con sus obispos al frente, ante la brutal represión; cómo callaron mayoritariamente y dejaron hacer; cómo participaron en ella, justificándola cuando no animándola:
