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Adolfo está desesperado, en treinta días llega el amor de su vida a Buenos Aires y una horrible inquietud le carcome la cabeza: nunca tuvieron sexo y puede que los dos sean pasivos. Si Adolfo quiere hacer funcionar el amor, en menos de un mes deberá capacitarse, facultarse y abrazar una nueva personalidad, MACHITO25ACT, una performance desesperada que recorrerá los rincones más pasivos de la ciudad en busca de acción y conocimiento. ¿Qué activa a los activos? Con la capacidad narrativa a la que nos tiene acostumbradas, Gael Policano Rossi vuelve a demostrar en Machito por qué es uno de los autores más versátiles de la literatura argentina.
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Seitenzahl: 154
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Machito
Gael Policano Rossi
para Lauti,
gracias.
Adolfo estaba desesperado. El amor de su vida llegaba a Buenos Aires en treinta días y una horrible inquietud le carcomía la cabeza: “Nunca tuvimos sexo y tengo la sensación de que los dos somos pasivos”.
Técnicamente sí, Adolfo nunca había sido activo. Cuando practicaba el homosexualismo él única y exclusivamente había oficiado de pasivo. Al menos así se declaraba en los perfiles de los sitios de citas. Otro ejemplo también eran sus nicks en el chat: PAS. BOTTOM. A veces: SOLO ORAL. Adolfo estaba contento con su posición, pero inseguro sobre la posición del amor de su vida.
El amor de su vida iba a tomarse un avión y aterrizar en Buenos Aires y llegar hasta a su casa, y Adolfo estaba convencido de que el sexo iba a ser un desastre. La espera parecía haberlo cargado de miedos, y no de erotismo. Hasta ese momento la relación a larga distancia había ido bien, pero cuando Adolfo vio aquel pasaje de avión comenzó lo peor.
Treinta días para que el amor de su vida llegara a Buenos Aires. Treinta días de amor y ansiedad.
¿A quién no le enamora la espera? Esta había sido una dulce espera, linda, ideal por donde se la mire, un novio por Skype con toda las reglas: el diálogo muy fluido, el ánimo jocoso, nada de bajones o malas noticias ni te extraños posesivos, siempre mucha honestidad, la nota justa de curiosidad por saber qué almorzaste o con quién te juntaste, una sincera expectativa por verse, y esa poca de ternura que se mezcla con calentura.
Varios mails, cientos de chats y muchas llamadas de 45 a 135 minutos de duración sostuvieron la atención y la tensión. El amor de su vida era una promesa a treinta días de cumplirse, pero ¿y si todos esos meses de platónico deseo en el fondo habían sido una frialdad encubierta, una estrategia, una seducción estéril? ¿No había casos conocidos de embaucadores de internet que te seducían y después te robaban y te violaban?
Adolfo no podía dormir. Lo que lo había enamorado lo estaba matando.
Se habían conocido en la puerta de una sala de teatro, en la calle, en el Abasto, después de haber visto una obra muy triste en la que todos los actores lloraban mucho y decían diálogos intrascendentes como “¿Frutilla o vainilla?” o “Dos de uno veinte, por favor”. Eran los últimos días de la primavera de 2009.
El elenco, entusiasmado con enseñar su afilada técnica actoral, lloraba y lloraba tanto que al poco tiempo tenían la cara cubierta de baba y de mocos. Para hablar compartían un mismo micrófono de mano. Se lo pasaban unos a otros y caían mocos sobre el micrófono, y después cuando otro lo agarraba caían sus mocos también, y durante los cincuenta minutos que duraba esa tragedia contemporánea se iban armando unas extensas lianas de moco entre ellos, que los unían en una madeja jugosa de hilos transparentes.
La obra se llamaba Entre lágrimas. En la puerta del teatro cruzaron miradas. ¿Será trolo?, pensó Adolfo. Tampoco pensaba sarparse delante de cualquier gente. Le clavó la mirada y el amor de su vida se dio cuenta, pero todavía no sabían que se iban a enamorar. El amor de su vida se acercó, con una impostura un poco fingida, y le preguntó el nombre. Adolfo la pescó rápido y empezó a ablandar: a los veinte minutos se sentía una complicidad especial, y era tal el código que dijeron al unísono “¡Entre mocos!” y se rieron como dos putos malos. Alguien del elenco, que saludaba a sus familiares después de la función, los escuchó y se ofendió. Adolfo y el amor de su vida se miraron endiablados, entre risas, y se ocultaron en la multitud. Tampoco había tanta gente. Con esa travesura se enamoraron definitivamente.
Adolfo estaba con una amiga, muy fan del teatro independiente y especialmente fan de una pija que actuaba en la obra y les había hecho el dos por uno. El amor de su vida estaba de intercambio cultural, era algo así como un artista, o un intelectual, venía de otro país, así que Adolfo no prestó mucha atención a lo que decía sino más bien a su acento. El acento era sexy, no era muy común conocer venezolanos en Buenos Aires. Adolfo y su amiga, la Chancle, volvieron en colectivo para el barrio. Su amiga decepcionada con la pija de la que era fan, y Adolfo más ilusionado que nunca con la pija del amor. A las pocas horas apareció un inbox agradable, le dejó un saludo y su pin de BlackBerry. Esto se siguió luego con una solicitud de amistad y una ventana de chat. Adolfo lo contestaba todo desde el celular y comenzó una charla que duró seis horas. El alba los pescó enganchados y hablando de la infancia, la vida y tirando indirectas.
Así fueron el segundo y tercer día de intensa actividad on line, hasta que se cruzaron por la calle. Cara a cara la ansiedad los agarró desprevenidos. Estaban en una panadería, era de noche, había mucha gente, se pusieron tensos, estaban incómodos y Adolfo se fue sin decir mucho más que cómo andás. Compró una empanada de pollo y un sánguche de miga y se fue. ¿Qué hiciste, Adolfo? ¿Te olvidaste del amor de tu vida tan rápido? El amor de su vida parecía desconcertado. Pero Adolfo no había aguantado la situación, no era lo mismo en persona, había sido demasiado y de imprevisto, la virtualidad era tan fuerte que la presencia física estaba enrarecida.
El amor de su vida le volvió a escribir, pero, como siempre en el amor suceden estos desencuentros, Adolfo no lo leyó a tiempo. Yendo para el trabajo, Adolfo lo vio desde un taxi: era el amor de su vida, saliendo de un hostel de Palermo y subiendo los bolsos a un remise. Por un segundo cruzaron miradas. Se reconocieron y con cara de tontos se saludaron. ¿Por qué los enamorados desaprovechan las pocas veces que el universo se organiza en su favor?
Adolfo abrió el chat y vio los mensajes sin leer. Terminaba la beca de intercambio. “Me vuelvo para Colombia. Me dio mucho gusto conocerte”. Adolfo descubrió que era colombiano, y comprendió que no sabía distinguir los acentos latinoamericanos. Apenas el chileno. Pero eso no era lo importante. Era su última oportunidad de verlo, la última oportunidad de hacer un gran acto heroico de despedida. De jugársela por amor. Pero tenía que llegar al trabajo y el aeropuerto le quedaba a trasmano.
Adolfo lloró en el taxi. Llegó a su trabajo. Entró a la inmobiliaria y la hija del jefe lo despidió sin mucha ceremonia. Dos despedidas en un mismo día. Volvió a su casa, se tiró en la cama. Le escribió un “buen viaje”, le escribió que no lo podía creer, le escribió que había llorado. El amor de su vida le dijo: “Lo sé, yo también lloré”. Adolfo se quedó mudo: el amor de su vida tenía señal en el aeropuerto. Lo más importante del amor se da cuando uno recibe la respuesta bien rápido. Es así.
El amor de su vida le dijo: “No sé por qué estoy llorando”. Adolfo se largó a llorar, fuerte, con ruido. Se estrujó la cara. No entendía por qué tenía que ser así el amor. Ahora entre ellos se había tejido, a través de un celular, una liana de mocos y el amor los había dejado entre lágrimas.
Las semanas que siguieron fueron ciertamente conocidas como las semanas del “Skype boyfriend”. Fueron alrededor de mil trescientas cincuenta interacciones en Facebook y cuarenta megas de información entre texto y fotos de webcam. Adolfo guardó todas sus conversaciones en una carpeta llamada “AMORSIS”. Terminaba el verano. Caían las lluvias de marzo. Festejaban juntos el cumpleaños de Adolfo en una llamada que involucró champán, ravioles de verdura y medio kilo de helado para cada uno. Es más, esa noche Adolfo no fue a festejar con sus amigas. El amor de su vida en la trigésimo segunda llamada confesó: “Tengo pasajes para Buenos Aires, te voy a buscar, no puedo más”, pero a los dos días decidió “enfriar un poco las cosas”.
Adolfo vivió la relación con intensidad y aceptación.
Adolfo nunca demostraba desinterés, no posaba, ni fumaba en cámara cuando charlaban, ni se quejaba de que algo andaba mal en el audio de la videollamada. Se enseñaban mutuamente sus departamentos y sus mascotas, hablaban de las costumbres de sus respectivos países y se confesaban el mutuo deseo por verse nuevamente, en persona, darse un tiempo, probar. Se reían, nerviosos, no se animaban a hablar de sexo. Esto a Adolfo lo volvía loco. Ya casi terminaba el otoño. Ningún amor es eterno, salvo el amor intelectual. Una ráfaga de viento frío arremolinaba las hojas de la calle. Una mañana de escarcha helada lo encontró a Adolfo desvelado, fumando, mirando por la ventana las calles de barrio, añorando el amor. ¿Por qué sos tan maricón, Adolfo?
El último domingo de junio abrieron juntos un sobre que le acababa de llegar al amor de su vida: los resultados de una nueva beca, y si la plata le alcanzaba tal vez, tal vez, tal vez… Desde Buenos Aires Adolfo asistía a un reality show en el que el protagonista era el amor de su vida.
—Abrilo ¡ya!
—Momento, momento —decía el amor de su vida.
—¿Por qué no te lo mandan por mail? —le preguntó ansioso Adolfo.
—Mi universidad te envía el cheque por correo, en mi Estado es así —le contestó paciente el amor—. Escúchame, si abro el sobre y no tiene un cheque voy a ir igual.
Adolfo se tapaba la boca. Sus ojos se abrieron inmensos, iluminados por la luz blanca de un monitor. Parecía un conejo al que lo estaba por pisar un auto en la ruta.
—¿Lo abrimos juntos? —dijo sosteniendo el sobre marrón en alto y exhibiéndolo a la cámara—. A la cuenta de tres…
—Te amo —dijo Adolfo.
—Uno, yo también… dos…
¡Sí! Un cheque y un boleto de avión directo a Buenos Aires. La fecha: dentro de treinta días. 30 de julio. Treinta días nada más para una investigación universitaria y treinta días para Adolfo y la pasión de su vida: el amor.
Adolfo estaba anormal. Era insólito, pero nunca se había sentido así. Lo erotizaba de repente la idea de comprar sábanas nuevas. El martes se cortó el pelo, le cortó las uñas a la gata y se estacionó frente al monitor muchas noches seguidas. Se fue encorvando de a poco.
En cada charla con el amor de su vida era solamente mirarse a los ojos por la webcam y añorar verse cuanto antes, pero cierto brillo en la mirada pixelada de la pantalla, cierto tono en la voz, cierta gramática a la hora de escribir activaban el olfato más primitivo de Adolfo: no se sentía frente a un hombre activo.
No sentir el hombre activo que tenés que sentir cuando hablás con el amor de tu vida es un sentimiento terrible.
Puede ser que en Colombia todos sean versátiles. Adolfo lo pensó, lo meditó, y hasta lo discutió con sus amigas.
—Puede ser, boluda —dijo Sabrina—. De una, boluda.
—Igual, qué te importa, boluda —saltó la Chancle, desde más atrás.
—Preguntale, boluda.
—Preguntale qué le gusta.
—Seguro es versátil y te la va dar.
—Garrón si los dos son pasivotas.
—¡Preguntale qué le va! —insistió la Chancle, resolutiva.
¿En serio estaban esperando que Adolfo hiciera eso? “¿Sos activo o sos pasivo?” es un derrape total, es el final del respeto por el otro, la muerte de la lírica. Por algo la gente de UOL o del chat de Ciudad tiene la dignidad de aclarar su rol en su nickname. Estas conchas no entienden lo que somos los putos, pensó Adolfo.
—Ni loco… —determinó Adolfo—. Basta. Culiadas.
Adolfo se sintió como cuando sus amigas lo miraban reprobatoriamente porque estaba “haciendo un tema”. Es más, desde el asiento de la ventanilla del 132, Adolfo veía a Sabrina y a la Chancle mirándolo reprobatoriamente, y él no quería “hacer un tema”. ¡Qué pesado que sos, Adolfo!
No podía transmitirles la importancia de esa pregunta, porque ellas no habían estado en ese Skype, porque ellas no habían compartido mañana y noche en un chat de BlackBerry con el amor de su vida. Nadie me entiende, pensó Adolfo. Atribulado, bajó del colectivo con las chicas para una entrevista de trabajo, en un call center en la calle Florida. Compraron agua embotellada y unos chicles en un kiosco y se fumaron un pucho en la esquina antes de entrar. Adolfo se sintió incómodo en el ascensor. El edificio no tenía personalidad, la oficina no tenía personalidad, Raúl, el trainer que los recibió, no tenía ninguna marca visible de ser un humano como ellas.
Inmediatamente Raúl empezó a hablar en inglés durante la entrevista. A todas les hizo ruido lo mal que pronunciaba las vocales, pero hicieron el esfuerzo de no remarcarlo. Terminaron la entrevista con un disgusto muy grande. ¿Qué era esa cueva de piratas con boxes y computadoras a la que le decían call center? Eso no era un trabajo, parecía un secuestro, pensó Adolfo.
Mientras esperaban el ascensor la Chancle se apoyó contra la pared.
—Te va a encantar este laburo, amigo.
Adolfo la miró fastidiado. Le señaló un dispenser de agua con el bidón vacío.
—Hubieras terminado la facultad si te querés hacer la niña rica.
La Chancle tenía razón. Adolfo no tenía un plazo fijo, alquilaba y vivía de la pensión de su papá muerto hacía tres años.
—Si no encuentro el amor… —las chicas se rieron—. Taradas. Escuchen. Si él no es el amor de mi vida, si por ahí es… no sé, un desastre, una estafa, ¡otra estafa! —la Chancle se puso seria—, ya no voy a poder mantener el departamento, amiga.
—Bajá un poco, Dolfi, tranqui.
—En serio lo digo… ¿Alguna de las dos me banca? Aunque sea durmiendo en el living, un rato, un tiempito hasta que sepa qué mierda tengo que hacer.
—¿Y por qué no te volvés a provincia?
—¡Sabrina! Mala. No la escuches a la conchuda esta. Adolfo, oíme, siempre vas a tener mi futón. Si no te jode el gato, siempre vas a tener mi futón.
Las amigas se abrazaron con amor y solidaridad en un call center de Microcentro. Estaban tercerizadas, eran pobres, pero estaban unidas.
En el bondi de vuelta a casa, Adolfo metió su cabeza en el BlackBerry y siguió meditando qué hacer cuando llegase el amor de su vida, hipnotizado por el parpadeo de esa barrita de texto que titilaba en silencio, pensando cómo iba a tener que enfrentar la vida que se le venía, y cuál iba a tener que ser su rol.
Habían pasado suficientes días para sentir que finalmente la espera era una cuenta regresiva. Una cuenta regresiva para una cama caliente y exigente donde tal vez sería condición obligatoria el mandato de enseñar un talento que Adolfo no poseía.
Esa cosa sería estar a la altura de las circunstancias, y quien quedase por debajo de esa altura no pasaría, y Adolfo no pasaba. Con cualquier hombre el tema sería un tema menor, pero con este hombre estaba en juego el amor de su vida, y con eso Adolfo no estaba dispuesto a jugar: el amor es una cosa seria.
Era necesario responder con urgencia, y en cosas urgentes solamente había una persona que podía ayudarlo. Adolfo cazó el celu y llamó a Martín: su único amigo activo con el que jamás había cogido. Desde que se habían cruzado accidentalmente en una chat de levante la relación se había enfriado. Adolfo le había mostrado las nalgas por la webcam, y Morton le había mostrado la poronga. Pero Adolfo reconoció la cuerina del sillón, y cuando ACTIVO-PIJA-TALADRO-27 le pasó la dirección para que se juntasen a culear, Adolfo se dio cuenta de que era la casa de su amigo en Parque Centenario. Nunca más hablaron del tema, y la amistad y las cenas cesaron.
—Morton.
—Dolfi, ¿qué hacés?
—Morton, ¿tenés veinte minutos? Te quiero hacer unas preguntas…
—Tengo cinco, ¿te alcanza? —respondió Martín del otro lado. Por el teléfono se colaban los gritos de una comparsa.
—¿Estás en un carnaval?
—¿Cómo, cómo?
Gritos y autos sonaban fuerte del otro lado y Adolfo no escuchaba nada. Sospechó que sonaba la marcha peronista y unos cuantos bocinazos.
—¿Estás cortando la calle?
—Vinimos a la marcha con los troskos. Pero está lleno de sindicalistas. Todos putos y ninguno entrega —le contestó Morton mientras sonaban unos golpes de lo que parecía ser un bombo.
—¿Estamos hablando de coger?
—Siempre. Y de política.
—Necesito hablarte de una cosa re importante, bah, que es medio importante.
—¿Una nota en un medio importante…? —la comunicación se entrecortaba.
—De una cosa privada —Adolfo estaba nervioso.
—¿De una empresa privada? —el audio se perdía.
—No, de otra cosa, otra cosa, una cosa privada.
—¿Pero qué pasó? Estamos llegando al Ministerio de Trabajo a ver si nos atiende Tomada.
—A mí me rajaron de la inmobiliaria.
—Justo estoy con un borreguito de Tribunales, hace derecho laboral que…
Martín se había puesto de novio. Eso explicaba por qué se había enfriado la amistad, el incidente no tenía nada que ver con su culo ni con su pija: Martín era el típico amigo que se borra cuando se pone de novio.
—… la carta documento te la mandan gratis y lo hacés en un toque, en 48, 72 horas, un toque —explicó Martín. El bombo que sonaba era seguido por cientos de voces contestando: “¡Presente!”.
Adolfo insistió.
—Martí… Morti… —el celular no respondía—. Ya fue.
