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Seguir al Sabadell tiene algo de sufrimiento, de peligro, de insensatez.
SOBRE EL AUTOR
Toni Padilla (Sabadell, 1977) es historiador y periodista deportivo. Empezó su carrera laboral en Matadepera Radio retransmitiendo los partidos del Sabadell. Luego, ocupó diversos puestos hasta convertirse en responsable de la sección de Deportes del diario Ara. Además, colabora en medios como Radio Marca, Gol Play y La Liga TV. También es uno de los fundadores de la revista Panenka, de cuyo consejo editorial forma parte. Es profesor del Máster de Periodismo Deportivo de la Blanquerna-Universitat Ramon Llull. "Mala piel" es su sexto libro. El anterior, "Unico grande amore (Panenka), es una declaración de amor al fútbol italiano. Cómo no, es socio del Sabadell.
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Seitenzahl: 101
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Toni Padilla(Sabadell, 1977) es historiador y periodista deportivo. Empezó su carrera laboral en Matadepera Radio retransmitiendo los partidos del Sabadell. Luego, ocupó diversos puestos hasta convertirse en responsable de la sección de Deportes del diario Ara. Además, colabora en medios como Radio Marca, Gol Play y La Liga TV. También es uno de los fundadores de la revista Panenka, de cuyo consejo editorial forma parte. Es profesor del Máster de Periodismo Deportivo de la Blanquerna-Universitat Ramon Llull. Mala piel es su sexto libro. El anterior, Unico grande amore (Panenka), es una declaración de amor al fútbol italiano. Cómo no, es socio del Sabadell.
MALA PIEL
Toni Padilla
primera edición: marzo de 2024
© Toni Padilla, 2024
© Libros del K.O., S. L. L., 2024
Calle San Bernardo 97-99, entresuelo 8
28015 Madrid
isbn: 978-84-19119-59-9
código ibic: DNJ, WSJA
diseño de portada: Artur Galocha
diseño de colección: Rivolta
maquetación: María O’Shea Pardo
corrección: María Campos
A Carles, Albert, Axel, Quim, Robert, Pep, Xavi y Ramon.
Y, especialmente, al fletxa.
El rizos
«Rizos, eres un hijo de puta». Algunas frases te acompañan toda la vida. A mí me sucede con esta. Siempre que me cruzo con un tipo con rizos pronuncio por dentro estas malditas palabras. «Rizos, eres un hijo de puta». Y me acuerdo de él. Me acuerdo de ese defensa. O sea, del hijo de puta y de su mirada aquella noche de verano en Palamós. Estábamos en la tribuna del estadio municipal, en la primera fila. Mi madre, mi padre, mi hermana y un servidor, en ese orden. Me gustaba esa ubicación, permitía seguir todos los detalles del juego e incluso escuchar los diálogos entre los futbolistas. Debía estar jugándose la segunda parte cuando, justo delante de nosotros, rizoseresunhijodeputa le soltó una patada por detrás a Ramón.
Ramón en realidad se llamaba Francesc Xavier Ramón Matas y era un canterano del Barça que había recalado un año antes en Sabadell. Uno de esos jugadores que había llegado a la Masia azulgrana soñando que un día Johan Cruyff lo llamaría. No, no lo llamó. En el Sabadell formaba una delantera maravillosa con Joan Barbarà, nuestro gran ídolo, un jugador con narizota y pies mágicos. Menudo ataque teníamos, ese verano de 1990. Cómo me gustaban Barbarà y Ramón. Aunque al tipo de los rizos supongo que no, por la coz que le dio.
Aquella patada no fue lo único que Ramón tuvo que soportar en Palamós. Detrás de una portería, estaban los miembros de laPenya els Xuts, hinchas del Lleida, que había jugado justo antes un partido contra el Nàstic de Tarragona. Uno de ellos tenía una lata de cerveza en la mano e insultaba a Ramón recordándole un gol que les había marcado la temporada anterior. Me fascinaba ese tipo. Tejanos ajustados, botas Dr. Martens, patillas largas. Era un skin, aunque un poco desaliñado. Ni daba miedo. Parecía salido del lápiz de un dibujante de cómics de la revista El Jueves. El tipo se sintió algo intimidado cuando me cazó observando sus movimientos. Entonces yo era un niño de doce años. Y aparentaba menos, siempre me ha pasado. El aficionado del Lleida bajó los ojos y dejó de insultar a Ramón.
Después llegó la patada de rizoseresunhijodeputa. Fue entonces cuando mi padre se levantó. Dio un paso al frente y puso las manos sobre la barandilla. Parecía uno de esos políticos que, para cerrar un acto electoral, se levantan de la silla, se abrochan la americana y lanzan una proclama al viento para que todo el mundo la entienda. «Rizos, eres un hijo de puta». Mi padre lo gritó con convicción, como si constatase un hecho evidente. Como si el rizos tuviera escrita en la cara la maldición de ser un hijo de puta. No olvidaré cómo Ramón, aún en el suelo, lo miró. Con esa mirada parecía preguntarse qué hacía mi padre perdiendo los papeles por una falta cualquiera. El destino del delantero es recibir palos, siempre lo ha sido. Además, ni siquiera era un partido tan importante como para perder los estribos. Era una semifinal del torneo Nostra Catalunya entre el Palamós y el Sabadell que no importaba a casi nadie. Bueno, a mí me importaba, pues soñaba con ver a mi equipo levantar títulos, aunque fuera el Torneo de la Galleta. A mi padre también le importaba, a la vista de su reacción. Si Ramón lo miró sorprendido, el famoso rizoseresunhijodeputa sonrió y se giró, buscando un sitio dentro del área para defender el lanzamiento de la falta. No parecía muy ofendido.
Quién sabe cómo acabó esa falta. Años más tarde recuperé la crónica en una hemeroteca. Había olvidado el resultado de esa semifinal que ganamos en los penaltis, después de empatar 1-1. Huguet, un portero que usaba unos pantalones muy cortos y ajustados que parecían a punto de estallar, paró dos lanzamientos de los locales y fue el héroe de una noche que casi nadie recuerda. Más adelante, perdimos la final con el Lleida en el estadio de Sarrià de Barcelona, en unos penaltis en los que la suerte nos dio la espalda. No tengo recuerdos de esa final, supongo que no fuimos.
Quizás mi madre se negó a ir al partido después de lo que había sucedido en la semifinal. Cuando mi padre ocupó de nuevo su asiento, dos tipos lo increparon. Uno le exigió que se callase. «Calla tu, tros de merda», respondió mi padre. Eso significaba que aún no estaba enfadado del todo. Nacido en Andalucía, mi padre siempre hablaba en catalán, excepto cuando perdía los nervios y saltaba al castellano. Esa noche la segunda frase ya fue en castellano. Pobres diablos, esos dos señores. Se sentían fuertes en su estadio. Además, eran dos y más altos. Mala idea, amigos. Mi padre quizás era bajito, pero había sido boxeador. Así que soltó dos puñetazos. Uno impactó en la mejilla del primero que se había acercado. Jamás se olvida cómo suena un puñetazo cuando lo presencias por primera vez de cerca. Un golpe seco, como si se rompieran a la vez muchos huevos. El segundo puño no acertó del todo. En un combate no habría sumado puntos, pues le dio en el cuello al otro tipo, que ya se estaba retirando, asustado. ¿Después? Llegaron los policías. No vimos los lanzamientos de penaltis porque se lo llevaron detenido.
Era una noche de verano de 1990, una buena época para ser niño en Cataluña. Nos sentíamos bendecidos por un destino común. En dos años seríamos olímpicos, como nos recordaban grúas de construcción, carteles con el logo de Barcelona 1992 y el omnipresente Cobi, que me gustaba más que Ramón. La economía iba viento en popa, parecía ser. España estaba dentro de la Unión Europea, cada vez teníamos más canales de televisión y el Sabadell aspiraba a volver a Primera dos años después de un traumático descenso en 1988, en la última jornada. Era un buen verano para ser niño, aunque tus padres discutieran mucho y una noche como esa la acabaras siguiendo a tu padre, detenido.
Recuerdo unos mosquitos revoloteando alrededor de la luz de la comisaría de Palamós, mientras esperábamos. Recuerdo el semblante de mi madre cuando volvíamos al apartamento que teníamos alquilado ese verano en L’Escala, dolorosa como una Virgen italiana. «Antonio, mai més», insistía una y otra vez. Mi madre, Montserrat, también se había enfadado con mi hermana y conmigo porque nos habíamos reído con los insultos de mi padre al rizos. Había algo cómico en esa tragedia. Quizás era la mirada de mi padre o que nos recordaba un episodio reciente, cuando se bajó del coche para agredir a un trabajador que cobraba en un peaje en pleno agosto, a 40 grados, escondido bajo un modesto parasol. Mi padre lo vaciló con una bromita que le sentó mal al hombre. Con razón, por cierto. «Eh, et compro el para-sol», le había dicho. Otra frase que me acompañará siempre, como el famoso rizoseresunhijodeputa.Había algo que nos divertía cuando mi padre conseguía que una situación trivial acabase en una discusión. Ni mi madre, ni mi hermana, ni yo, ni Ramón o el rizos podían entender esa pelea en el campo del Palamós. Aunque a nosotros nos dio por reír. Quizás eran las primeras muestras de esa peligrosa atracción por el lado salvaje de la vida. Seguir al Sabadell tiene algo de sufrimiento, de peligro, de insensatez.
Saliendo de la comisaría, mi padre subió al coche, pidió disculpas a mi madre y, por el retrovisor, me miró: «Heu vist com han caigut, eh?», soltó mientras esbozaba una sonrisa. Y se le iluminaron los ojos. Qué mirada de ladronzuelo de bicicletas. Qué mirada más viva y preciosa tenía esa noche. Tardé años en entender esa mirada. Mi padre nunca dejó de ser un niño que no quería hacerse mayor.
Las chimeneas
Ojos de niño y mala piel. Así es mi padre. En la vecina Terrassa tienen mala raça y en Sabadell tenemos mala pell, según un dicho local.Cosas de una rivalidad centenaria. Ellos tienen más historia, con un obispado que se remonta al siglo v y edificios propios de una urbe más señorial. Aunque luego creció mucho y mal, esa ciudad. En Sabadell contamos la leyenda, seguramente falsa, de que una universidad japonesa tiene una maqueta de Terrassa como ejemplo de ciudad fea y desordenada. Ellos tenían obispos y grandes familias, y nosotros, campesinos que vendían cebollas. Hasta que llegó la revolución industrial y una nueva generación de sabadellenses levantó chimeneas y fábricas con su esfuerzo e imaginación. La ciudad llegó a ser conocida como la Mánchester catalana por su industria textil. Incluso existió una pequeña flota mercante sabadellense, que se encargaba de exportar nuestros tejidos a Argentina o a Chile. Éramos una ciudad sin mar, aunque con flota mercante. Una fantasía, un delirio de grandeza. ¿He dicho ya que somos muy tercos en Sabadell?
A raíz de aquello, somos una ciudad de chimeneas. Afortunadamente, se han conservado algunas, convertidas en obeliscos solitarios en patios interiores. En torno a ellas se enroscan las biografías de nuestros habitantes. Una de mis abuelas trabajó en aquellas fábricas, ordenando hilos antes de que llegaran a los telares. Cuando perdió su función industrial, el edificio se convirtió en un instituto, donde estudié yo. Y de aquella construcción ahora solo queda un solar, justo al lado de la residencia en la que se encuentra mi padre.
Camina por el patio, siempre en movimiento, intentando mantenerse en forma. Como si luchase contra el paso del tiempo, igual que la ciudad y el club. ¡Qué peligro el pasado! Los hinchas del Sabadell pensamos cada año que nos toca subir de categoría. Y cada año acabamos pidiendo que el entrenador se vaya por patas. También mi padre vive preso del pasado. Las piernas aún le aguantan, aunque la cabeza cada vez menos. En ocasiones no entiende que vive en una residencia y afirma que está en Andorra, el pueblo minero de Teruel donde pasó parte de su infancia. Otras veces acusa a un abuelo cojo de ser un espía, ignoro a sueldo de quién. Las enfermedades mentales crean siempre situaciones tragicómicas y traen olvidos, de los que mi padre no se escapa. Pero si hablamos de fútbol, recuerda bien las cosas.
Puedes hablar con él de los partidos en la grada de la Nova Creu Alta y de los que jugaba con sus amigos. Recupero grabaciones de mi padre jugando allá por los años ochenta. Medias caídas, piernas fuertes. Qué feliz, en esas imágenes. Se las muestro y él sonríe. A finales de los sesenta, un grupo de chicos de Sabadell creó un equipo y lo bautizó como Penya 66. No lo federaron ni apuntaron en ninguna liga. Eran un poco hippies
