Unico grande amore - Toni Padilla - E-Book

Unico grande amore E-Book

Toni Padilla

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Beschreibung

Este viaje por Italia no pretende llegar lo antes posible. El guía es Toni Padilla, que, con un balón de acompañante, y a partir de temas como la muerte, la música, el queso o los cromos, se impregna de la doble alma del país. Aquí están la Italia majestuosa y la Italia masacrada por los prejuicios, tumbados en este recorrido de norte a sur y de este a oeste. La materia prima de las historias, que solo están en el radar del autor, son los paseos por la patria de Benito Mussolini, Rafaella Carrà o Francesco Totti. Sus páginas son un mapa donde se celebran los recuerdos y se saborean los goles. Escritas con una prosa detallada y una mirada pausada, que parecen de otra época, ahora que nos falta tiempo para todo. Pero el calcio no tiene prisa por bajar de este tren.

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Seitenzahl: 544

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Toni Padilla Montoliu (1977, Sabadell) es algo parecido a un historiador, carrera que no acabó por poco. Siendo un crío ya retransmitía por radio partidos de su amado Sabadell. Después encadenó varios trabajos como periodista hasta llegar al ARA y a Panenka, de la que es miembro fundador. La prueba de texto de la selectividad del 2006 fue un escrito suyo: no le consta que a los estudiantes les haya ido mal. Un amigo lo definió una vez como un “italiano mancato”, porque quiere ser italiano y no lo consigue.

 

 

Primera edición: marzo de 2023

© Unico grande amore, 2023

© Toni Padilla

© Prólogo: Enric González

© Ilustración de portada: Maria Farré

Diseño y maquetación: Anna Blanco Cusó

© Grupo Editorial Belgrado 76, S.L.

C/Grassot 89, bajos

08025 Barcelona

www.panenka.org

ISBN: 978-84-124525-9-4

Producción del ePub: booqlab

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

A Valerio, Paolo,Giorgio y Maria Vittoria

“Nada se sabe, todo se imagina”,Federico Fellini

Prólogo

MANUAL DE INSTRUCCIONES

1 |  Turín • La muerte

2 |  Villar Perosa • La familia

3 |  Aosta • Las montañas

4 |  Casale Monferrato • La bicicleta

5 |  Génova • La música

6 |  Pavía • Los periodistas

7 |  Piacenza • La madre

8 |  Milán • El poder

9 |  Como • La transgresión

10 |  Bérgamo • Los ultras

11 |  Brescia . El vino

12 |  Saló • El Scudetto

13 |  Bolzano • Los no italianos

14 |  Údine • Las lenguas

15 |  Trieste • Las mujeres

16 |  Venecia • El estadio

17 |  Padua • Las supersticiones

18 |  Verona • Norte y Sur

19 |  Chievo • Los dulces

20 |  Rávena • El pasado

21 |  Bolonia • El sexo

22 |  Módena • Los cromos

23 |  Reggio Emilia • El queso

24 |  Parma • La ópera

25 |  Pisa • El campanilismo

26 |  Livorno • El mar

27 |  Empoli • El padre

28 |  Florencia • La escultura

29 |  Perugia • El chocolate

30 |  Ancona • El café

31 |  Pescara • Los helados

32 |  Campobasso • La burocracia

33 |  Castel di Sangro • Los pueblos

34 |  Roma • Los muros

35 |  Latina • El fascismo

36 |  Caserta • El odio

37 |  Nápoles • El cine

38 |  Salerno • El tren

39 |  Potenza • Los olvidados

40 |  Foggia • Los milagros

41 |  Bari • El amor

42 |  Lecce • La traición

43 |  Cosenza • La religión

44 |  Crotone • La mafia

45 |  Reggio di Calabria • La inmigración

46 |  Mesina • La tragedia

47 |  Catania • La radio y la televisión

48 |  Palermo • La pintura

49 |  Cagliari • Los bandidos

50 |  Oliena • Los genios

PRÓLOGO

Enric González

S upongamos que un viajero recorre, uno a uno, los 301.230 kilómetros cuadrados sobre los que se extiende Italia: no encontrará un kilómetro igual a otro. Cambian el acento o el idioma, las recetas culinarias, el clima, la geografía, la historia, las fisonomías e incluso la actitud de la gente ante la vida.

Un hombre tan sabio como Johann Wolfgang von Goethe, que viajó por Italia entre 1776 y 1788, escribió lo siguiente sobre el país, que por aquel entonces eran varios: “Aquí todos se malquieren, el uno contra el otro, de un modo que sorprende. Animados por un singular espíritu de campanario, no pueden soportarse mutuamente”.

Las cosas no han cambiado. El autor de este libro ha realizado una investigación rigurosa sobre el asunto. Ha ido, por ejemplo, a Brescia para comer casoncelli alla bresciana, radicalmente distintos a los casoncelli alla bergamasca. Si los primeros se rellenan de queso, pan y mantequilla, los segundos, de ternera. Brescianos y bergamascos pueden mantener discusiones virulentas sobre sus respectivos casoncelli, y resulta inútil tratar de convencer a los participantes en el debate que Brescia y Bérgamo son ciudades lombardas que distan apenas 50 kilómetros: ambas partes de la polémica creen vivir en mundos muy lejanos.

Pero Italia existe, pese a todas sus singularidades. No se limita a existir: es uno de los países más hermosos, divertidos y amables; tal vez el más hermoso, divertido y amable. Y eso en su totalidad, desde los Alpes hasta la costa amalfitana.

Existen numerosas teorías sobre los elementos que mantienen a Italia sólidamente unida. Uno de ellos es, sin duda, su hermosa lengua italiana, pariente lejana del idioma que se hablaba en Florencia hacia el siglo XII y milagrosamente renacida. Durante siglos fue considerada una lengua muerta y a finales del siglo XIX, con el país ya unificado, solo uno de cada diez habitantes era capaz de hablarla. Hay otros elementos más circunstanciales: la epopeya nacionalista del Risorgimento, la ópera, los carabinieri, la bandera tricolor, la selección de fútbol…

Un servidor sugiere, con toda humildad, que existe algo que distingue a los italianos en su conjunto del resto de la especie humana: el detalle. Es decir, el amor por el detalle. El detalle explica muchas cosas, desde la elegancia en el vestir hasta la exquisitez de la cocina popular, pasando por la belleza urbana e incluso por ciertos rasgos del calcio, como llaman los italianos al fútbol.

Me limitaré a un dato: tengo contabilizados 102 tipos de pasta, sin incluir, por supuesto, las que se rellenan ni la compleja materia de las lasañas. El observador inexperto puede pensar que los capellini ligures y los vermicelli campanos son lo mismo. O asombrarse ante el hecho de que un romañolo elija tagliatelle o fettucine (hay que recurrir a la lupa para apreciar la diferencia de anchura) según la receta que tenga planeada. O confundirá los penne (rigate o lisce) con los rigatoni o los tortiglioni y acabará pensando, craso error, que no son más que macarrones llamados de formas diferentes. No, no. ¿Alguien cree que el casi imperceptible pliegue de los trenette está ahí por casualidad? Cada detalle sirve para algo concreto y mejora el plato. Es más: define el plato.

El amor por el detalle explica la portentosa artesanía italiana. Y no me refiero a canastos de paja o cerámica pintada. Un automóvil Ferrari es pura artesanía, igual que una lancha Riva. Podríamos seguir hablando de trajes, de muebles, de café, de helados, de la Vespa y de muchas otras maravillas. O, dando un paso (corto) hacia el arte, entregarnos a una vida de contemplación entre renacentistas y barrocos, desde Leonardo, Michelangelo y Rafael hasta Bernini o Caravaggio. Creo, como Arthur Schopenhauer, que las cumbres de la pintura y la escultura, inigualables por los siglos de los siglos, se encuentran en ese recorrido.

Confío en que Toni Padilla no se haya trotado cada uno de los 301.230 kilómetros cuadrados que componen este paraíso del detalle: nadie tiene derecho a tanto privilegio. Pero ha recorrido Italia con un plan minucioso y los ojos bien abiertos. Ha aprendido los peligros que puede entrañar la confusión entre el queso parmigiano y el queso reggiano, indistinguibles para el profano. Ha comprobado que los asuntos futbolísticos italianos, con sus millones de historias, anécdotas y desastres, no son cosa de vida o muerte, sino algo mucho más importante.

Ha captado, en fin, ese espíritu, esa atmósfera especial, esa vía secreta entre el pasado y el futuro que caracteriza Italia. Y que se esconde en los detalles.

MANUAL DEINSTRUCCIONES

 

1. Este es un libro de viajes y, como tal, muestra el punto de vista del autor. Es un libro que no pretende ser objetivo. Si el lector ha vivido experiencias opuestas a las que se explican en estas páginas, lo sentimos mucho.

2. El autor ignora las razones por las cuales, ya desde pequeño, animaba a la selección italiana o a cualquier deportista italiano que apareciese por televisión, ya que no tiene familiares en este país ni tenía ningún conocido entonces. Es más, a los padres del autor no les gustaban demasiado los italianos. Que no sea eso.

3. Este libro pretende ser un homenaje a esos maravillosos libros de viajes sobre Italia que se escribieron en los siglos XVIII y XIX. Aunque con un poco más de humor. Y, sobre todo, con bastante más fútbol, claro. También se han eliminado los prejuicios que tenían algunos de esos viajeros, que recomendaban llevar pistolas en el equipaje porque creían que todos los italianos eran ladrones o bandoleros. Muchos se enamoraban del paisaje, las ruinas romanas y los palacios, aunque les sobraban las personas. Todo lo contrario que al autor de este libro.

4. El libro también rinde homenaje a una determinada forma de entender el periodismo. Y como tal, critica otras tendencias y toma partido. Al autor no le gusta Berlusconi. Ni en lo referente a la comunicación, ni en lo referente a la política.

5. Casi todos los trayectos entre ciudades narrados en estas páginas se pueden hacer en transporte público. El autor admite que no ha hecho el viaje entero del tirón, pero sí ha estado en los lugares de los que habla. Son pedazos de toda una vida viajando a Italia, unidos en un libro.

6. Todos los cafés, restaurantes u hoteles citados existen. Todos estaban abiertos cuando se escribió el libro. Y ojalá lo sigan estando por mucho tiempo, pues son lugares llenos de historia.

7. Algunos capítulos tienen mucho fútbol. Otros, menos. Al autor le entusiasma el deporte especialmente cuando puede hablar de equipos dentro del contexto de sus ciudades, porque un club sin hinchas es un engendro. Por eso lo mezcla todo, como se mezclan los ingredientes de una carbonara.

8. Si al lector no le gustó una ciudad italiana que el autor deja por las nubes, que haga el favor de darle una segunda oportunidad. Que vuelva. Siempre se debe volver a Italia. Si regresa y sigue sin enamorarse de ella, entonces ya puede culpar al autor, que admite que se entusiasma con demasiada facilidad en según qué lugares.

9. Italia es un país de extremos. Tiene muchos defectos que el libro no pretende ocultar. Y muchas virtudes, que el autor exalta. Si le gusta Italia es precisamente por esta imperfección, aunque en ocasiones duela.

10. Il calcio non si discute. Si ama.

Macabras coincidencias

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”

Cesare Pavese

El viajero siente envidia de esos escritores que visitaban Italia y llegaban a ella en carrozas por carreteras de montaña. O en tren. Él no tiene más remedio que empezar en el aeropuerto de Turín. Feo, como casi todos los aeropuertos. Impersonal, sin hacer justicia a la ciudad. De los aeropuertos, grandes cadenas de montaje del turismo de masas, se debe escapar. El viaje empieza y el viajero promete no volverlos a pisar.

En la pantalla gigante aparecen las imágenes de un noticiario de 1949 donde se informa del funeral de la plantilla del ‘Grande Torino’. Millares de personas se amontonan para ver pasar los féretros de los deportistas. Detrás de las carrozas, desfilan los jugadores de la Juventus, con sus camisetas blancas y negras. Parecen niños pequeños, un poco vergonzosos por vestir ese atuendo en un día de luto. La voz de un periodista recita los nombres de los futbolistas fallecidos. En el maravilloso Museo Nacional del Cine de Turín han instalado unas tumbonas en la sala central para ver las pantallas que cuelgan del techo. El viajero tiene suerte, pues en esta ocasión proyectan extractos de informativos que se solían visionar en los cines italianos, para recordar esos años en los que las salas eran más importantes que las iglesias. El viajero se siente pequeño dentro de la inmensa Mole Antonelliana, el edificio simbólico de Turín que nació destinado a ser una sinagoga y acabó convertido en museo.

Una vez al año, cada 4 de mayo, esta gigantesca construcción, que el director Davide Ferrario convirtió en decorado del delicioso film Después de medianoche, se ilumina de color granate para recordar a los caídos en Superga. El color de la camiseta del Torino, el club del que es hincha Ferrario. Italia es un gran escenario. Y Turín, su madre. Una ciudad donde la mitad de la población ama al Toro, como es conocido cariñosamente el conjunto, aunque no gane nunca. Es la Italia que resiste, la romántica e idealista. La otra mitad le entregó el corazón a la Juve para ganar siempre. En ello piensa el viajero mientras entra en el elegante Caffè Al Bicerin, fundado en 1793. Aquí nació una de las bebidas más amadas de los turineses, el bicerin, compuesta por café caliente, chocolate y nata. Pide un bicerin, pues. Y mientras juega con la cuchara, se percata de que esta mezcla nació antes que el país en el que está. El Reino de Piamonte-Cerdeña lideró junto a románticos como Giuseppe Garibaldi la lucha por unificar Italia en un solo Estado. Lo consiguieron en 1861, gracias a la hábil política del conde de Cavour, ministro del Reino, que logró sumar a la causa a Napoleón III. Con sus tropas, el emperador de los franceses colaboró en la unificación territorial de una península que hasta entonces era un mosaico de reinos y entidades políticas independientes, con los austríacos en el norte, el papa en el centro y el Reino de Nápoles en el sur. El precio pagado por el apoyo de la nación vecina fue entregar Niza a Francia, la ciudad natal de Garibaldi, y la región de Saboya, esa de la que eran originarios los monarcas. O sea, vendieron su tierra natal para ganar un Reino. Y el viajero sonríe, pensando que en Turín siempre han sido buenos con los negocios. Que se lo digan a los Agnelli, los padres de la Juve y la FIAT, que venderían su alma al diablo por ser campeones de Europa. Aunque, ahora que la aventura empieza, no les quiere conceder a los Agnelli el protagonismo. Los quiere castigar a ser los segundones, algo que ellos odian. Como si sirviera de algo. Y el viajero se ríe de sí mismo y sus ataques infantiles.

En Turín, como en toda ciudad italiana, se tiene que caminar. Italia es un país para gastar los zapatos. Quizás por ello se produce tan buen calzado. Y más aún en una urbe como esta, con su aire francés y su disciplina europea, donde todo funciona. Incluso Nietzsche, atormentado como era, dejó escrito sobre ella que era “una ciudad acorde con mi corazón. La única, digamos. Tranquila, casi solemne. Nunca hubiera pensado que una ciudad, gracias a la luz, pudiera llegar a ser tan bella”. El viajero no ve pasar una moto donde viaja una familia entera sin casco. El Mediterráneo parece lejos, aquí, cerca de los Alpes. Al visitante, Italia le recuerda a una boda. Como una aventura de opereta con un hombre recto y ordenado que se enamora de una mujer del sur pasional e indomable. El Piamonte lideró la unificación de Italia, atando su destino a esa zona meridional con la que no siempre se entiende. Y así el viajero llega a la Piazza Carignano, donde está el edificio que fue sede del primer parlamento italiano. Justo delante se encuentra el elegante restaurante Dal Cambio, donde aún esperan que todo el que entre lleve chaqueta y corbata. Cuentan que el conde de Cavour solía pasar horas en este local y que, en el edificio que hace esquina, tenía el piso donde se encontraba con sus amantes. La Italia moderna nació en esta plaza, en las reuniones entre Cavour y Víctor Manuel II, el último rey de Piamonte-Cerdeña y el primer monarca del nuevo Reino de Italia. El color de la casa real de los Saboya era el azul. Y por eso la selección italiana viste de azzurro. Italia dejó de ser una monarquía en 1946, aunque esa tonalidad se quedó. Porque aquí el pasado está más vivo que en otros lugares.

El viajero devora un polo que ha comprado en la heladería Da Pepino, en la misma Piazza Carignano. Aquí inventaron en 1938 el primer polo de la historia, bautizado ‘pingüino’, ya que era negro por fuera y blanco por dentro. Luego, se dirige al hermoso Caffè Mulassano, donde inventaron los tramezzini, los típicos sándwiches cortados de forma triangular. Y reflexiona sobre esta ciudad que ha dado tantas cosas a la humanidad. Algunos de los símbolos más amados por los italianos son turineses. ¿Los grissini? Turineses, pues fueron idea del médico Teobaldo Pecchio en 1679, cuando le encargó al panadero Antonio Brunero estos palitos para que el monarca Vittorio Amedeo II pudiera comer, ya que tenía problemas de digestión con el pan duro. ¿El gianduiotto? Turinés, del siglo XIX, cuando se vivía la fiebre del chocolate y se inventaron estas porciones con forma de barco boca abajo. ¿Y el café expreso? Turinés, gracias a Angelo Moriondo, el inventor de la primera cafetera espresso industrial en 1884. Por eso en la ciudad sobreviven muchas cafeterías centenarias. ¿Y el vermut? También cosa de los turineses, cuando mezclaron hierbas traídas por mercaderes venecianos con sus vinos locales. La marca Martini&Rossi es turinesa. Y la Cinzano, también.

Precisamente el conde Marone Cinzano era el presidente del Torino en 1926, cuando compró unos terrenos en el sur de la ciudad para que el Toro pudiese tener un nuevo estadio de fútbol. No muy lejos, los Agnelli se hicieron con otra parcela, aunque no para levantar un campo. Aquí construyeron la fábrica de la FIAT de Lingotto, convertida ahora en museo y centro comercial, lugar de peregrinación de los amantes del motor. El viajero tiene otros planes y se dirige al estadio Filadelfia. El día de la inauguración del recinto, 30.000 personas vieron como el Torino goleaba por 4-0 a la Virtus de Roma con Umberto II de Saboya en la grada. Turín, la primera capital de Italia, la ciudad que había dado al nuevo Estado una casa real, ministros, líderes, bancos y empresas, ya estaba lista también para mandar en el fútbol. En el estadio de Filadelfia, el Torino empezó a ganar títulos, especialmente cuando juntó a una generación de futbolistas jamás vista antes en el balompié italiano. Era el ‘Grande Torino’, campeón de liga en 1943, 1946, 1947, 1948 y 1949. Fue en ese último año cuando, volviendo de un amistoso en Lisboa, todos sus componentes perdieron la vida cuando el avión se estrelló contra el muro de la Superga, la basílica que preside la ciudad desde la cima de una montaña. El Torino jamás levantó cabeza después de aquella tragedia e incluso acabó perdiendo el viejo campo de Filadelfia en los años 90, cuando las autoridades decretaron que no cumplía con las medidas de seguridad. Después del accidente de 1949, solamente ganó una liga en 1976 y las copas de 1968, 1971 y 1993. Se convirtió en el sufridor a la sombra de la todopoderosa Juve. Un equipo marcado por la muerte. La historia del Torino es tan dramática que su mejor generación falleció en un accidente. Cuando en los 60 ficharon a Gigi Meroni, un futbolista maravilloso que escuchaba rock, pintaba cuadros y encarnaba la libertad, un hincha del club lo atropelló sin querer después de un partido y lo mató. Cosas del Toro: ese hincha, Attilio Romero, llegaría a ser presidente del equipo años más tarde. Y como el conjunto tiene mala fortuna, Romero, pese a sentir los colores, lo hundió y provocó su bancarrota en 2005. En el Corso Re Umberto, no muy lejos de la estación central de trenes, existe un monumento dedicado a Meroni. Lo situaron en una ubicación pésima, en medio de una transitada avenida de cuatro carriles. El viajero tiene la sensación de que para honrar la memoria del futbolista tiene que correr el riesgo de acabar como él. Y prosigue su andar hacia el sur de la ciudad pensando en cómo la vida puede llegar a ser de traviesa, pues el piloto del vuelo que se estrelló en Superga se llamaba Luigi Meroni. O sea, igual que el jugador fallecido en 1967. Otra macabra coincidencia.

En las paredes del bar Fragole&Barbera hay camisetas del Torino de diferentes épocas. Una tiene el nombre de Gianluigi Lentini. Cuando lo vendieron al Milan en 1992, miles de hinchas protestaron en las calles y llegaron a quemar coches, indignados. Al otro lado del cristal del bar, asoma el estadio Filadelfia. No, no es el mismo donde jugó el ‘Grande Torino’. Ese desapareció. El 25 mayo de 2017, el Toro inauguró la remodelación de este estadio donde ahora juegan sus juveniles. Casi 600 aficionados pagaron de su bolsillo más de 1.000 euros para comprar una silla en la tribuna principal de un recinto que se reformó gracias a la iniciativa de unos seguidores que se negaban a que levantaran pisos en el solar donde sus abuelos habían gritado los goles de Valentino Mazzola. En Turín, un estadio había resucitado. En pocos años pasó de ser un descampado con jeringuillas de drogadictos destinado a caer en manos de cualquier especulador inmobiliario a un templo donde celebrar las victorias de una nueva generación de jugadores mientras aprenden lo que significa defender la camiseta que lucieron los futbolistas del ‘Grande Torino’. Especialmente el gran capitán, Mazzola. El viajero nota cómo se le erizan todos los pelos cuando mira una foto que ya conoce y le sigue emocionando como la primera vez. En ella, Mazzola le ata los cordones de las botas a su hijo Sandro en el viejo Filadelfia. El niño debe de tener unos cuatro años. Dos décadas más tarde, sería campeón de Europa con el Inter, donde llegó para brillar. En el Torino no lo quisieron. Cruel destino, ese del Toro.

El viajero toma un bus para subir a Superga. Las vistas son imponentes. En la parte posterior de la basílica, donde descansan reyes y nobles, se encuentra el monumento dedicado a los jugadores fallecidos en 1949. Cada 4 de mayo, miles de hinchas suben en peregrinación para honrar la memoria de los héroes caídos. Cada 4 de mayo, la plantilla del equipo también visita el monumento. Y el capitán recita los nombres de todas las víctimas en voz alta. Mientras suenan esas palabras que recuerdan a los mejores talentos de Italia, el silencio es desgarrador. Bacigalupo, Ballarin, Maroso, Grezar, Rigamonti, Castigliano, Menti, Loik, Gabetto, Mazzola, Ossola.... Cada día del año, alguien se pasa por aquí para dejar una ofrenda o una bufanda de un club de fútbol, en un gesto de respeto. Como las familias que van al cementerio para limpiar las tumbas de los suyos, por Superga siempre se pasan hinchas que cuidan las flores. Alguien ha dejado un taburete negro y le ha pegado la foto de Emiliano Mondonico, el entrenador del Torino cuando el conjunto perdió la final de la UEFA de 1992 contra el Ajax. En el partido jugado en Ámsterdam, el técnico se enfureció por una decisión del árbitro y levantó un taburete al cielo. En Italia, en ocasiones, uno está más vivo cuando muere. Y el viajero se dice que Turín tiene una relación curiosa con la muerte. Aquí los muertos siguen de pie. Los héroes del ‘Grande Torino’ siguen vivos de alguna forma, en una ciudad donde también se conserva el santo sudario, la tela que protegió el cuerpo de Jesús después de su muerte en la cruz.

El viajero comienza su viaje por el final, cuando quería comenzar por el inicio. Empieza el viaje por la muerte. En muchas ciudades italianas podría pasear por criptas con muertos momificados vestidos como si fueran a salir a la calle en cualquier momento. En otras, los huesos de monjes fallecidos hace siglos se han dispuesto para formar dibujos, como si fuese un juego macabro. Incluso en algunas zonas, el Día de los Muertos los niños dejan una lista de deseos, como si fuese su carta a los Reyes Magos, para despertar el día siguiente y descubrir esos juguetes que querían. Les cuentan que los han dejado los muertos de la casa. Muertos vivos. En muchos estadios los rostros de hinchas que fallecieron en reyertas con aficionados rivales o con la policía siguen presidiendo las gradas, como sucede en la capital con el romanista Antonio De Falchi o el ‘laziale’ Gabriele Sandri. Un país de templetes con la foto de los jóvenes que se han dejado la vida en sus curvas, con los viejos carteles en blanco y negro para recordar a los vecinos muertos y dónde ir a un funeral, como decía Jep Gambardella en La gran belleza, “es la cita mundana por excelencia”, a la que hay que asistir elegante, para que te miren. Una tierra donde el equipo de fútbol más amado sigue siendo el ‘Grande Torino’.

El viajero decide pasar la última noche en Turín cerca de la estación de tren central, en el Hotel Roma, frustrado porque no se puede visitar la habitación número 43, donde un caluroso verano de 1950 el poeta Cesare Pavese se marchó después de ingerir una sobredosis de somníferos. Pavese dejó un papelito con cuatro líneas, escritas con una letra preciosa, testimonio de otros tiempos, cuando los escritores aún se manchaban los dedos de tinta. “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No chismorreen demasiado”. Pavese sabía que la vida seguiría sin él. Y que la gente hablaría. En Turín, la vida y la muerte parecen convivir en cierta armonía. La capital del Piamonte, que salía de las ruinas de la guerra, despidió en 1949 a los mejores jugadores que había visto y en 1950 a su poeta por excelencia, quien había escrito unos versos de amor preciosos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Al viajero, esas palabras le vinieron a la cabeza delante de la tumba de Valentino Mazzola.

Los Agnelli no lloran

“La unidad social más grande del país es la familia.O dos familias: la regular y la irregular”

Federico Fellini

El tren sale de la parada Torino Porta Susa y en menos de una hora ha llegado a Pinerolo, una preciosa población que fue sede de curling en los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín. En la plaza que hay delante de la estación, el viajero espera a un autobús, que le llevará, durante 20 minutos de paisajes idílicos, a Villar Perosa.

C ada verano, cuando empieza la temporada de fútbol, la plantilla de la Juventus llega a Villar Perosa. En un acto que podría parecer un ritual de vasallaje medieval, la familia Agnelli, que gestiona el club, les recuerda a los futbolistas quién manda. Desde hace casi 70 años, la ‘Vecchia Signora’ juega un amistoso en este pueblo donde cuatro generaciones distintas de Agnelli han sido alcaldes. La primera exhibición fue en 1955, cuando Umberto Agnelli pensó que era una buena idea que la plantilla jugase contra los juveniles del club para subir la moral de cara a la nueva temporada, ya que la anterior había sido un desastre. Los profesionales perdieron 0-1.

Siguiendo la carretera que lleva al cementerio del pueblo, el viajero se topa con Il Castello. No hace falta decir nada más. Todo el mundo sabe que se trata de la residencia de los Agnelli. La carretera que conduce a ella está cortada, aunque, cuando se juega ese amistoso, se abre a los hinchas de la Juve para que puedan ver cómo las grandes estrellas ‘bianconeras’, se llamen Platini, Baggio o Cristiano Ronaldo, rinden honores a los propietarios en una casa que la familia compró en 1853. Se dice que Giuseppe Francesco Agnelli quiso quedarse con ella ya que pertenecía a los Turinetti, una familia aristocrática proveniente de Priero, el mismo municipio donde tienen sus raíces los Agnelli. Comprar la casa a los ricos del pueblo era una forma de decir que ahora mandaban ellos, una familia de origen humilde que supo encontrar su lugar cerca del Gobierno del nuevo Reino de Italia, en Turín. Sería en la capital piamontesa donde en 1897 el nieto de Giuseppe Francesco, Giovanni, recibiría una propuesta para invertir en la primera marca de coches italianos. La idea la había tenido un mecánico de bicicletas ambicioso, Giovanni Battista Ceirano, al que le sobraban los conocimientos pero le faltaba el dinero. Así nació en 1899 la Fabbrica Italiana Automobili Torino, la FIAT. El conde Emanuele Cacherano di Bricherasio sería su máximo accionista hasta 1904, cuando apareció muerto en la casa de un primo del rey Víctor Manuel III. Fue un fallecimiento extraño, ya que un suicida difícilmente se dispara en la nuca. En pocos meses, Giovanni Agnelli ya era el máximo accionista de la empresa.

En dos años, el negocio multiplicó por 70 su producción, en parte gracias a los primeros contratos públicos ganados por hacer crecer la red ferroviaria italiana. Giovanni Agnelli llegaría a afrontar un juicio por haber filtrado noticias falsas sobre un supuesto inversor estadounidense con el fin de hacer crecer el valor de las acciones de la FIAT. Pero salió adelante. En 1911, el presidente del Gobierno le concedió la Cruz del Mérito al Trabajo por ayudar económicamente en la invasión italiana de Libia. Después de la Primera Guerra Mundial, los Agnelli eran ya la segunda familia más rica del país, solo por detrás de los Feltrinelli. El sector del automóvil iba dejando de ser un lujo para unos pocos y se convertía en uno de los puntales de la economía italiana. Y en 1923 la FIAT inauguró la famosa fábrica de Lingotto, en Turín, la primera con una cadena de montaje inspirada en aquellas de la Ford que Agnelli había visitado en Estados Unidos.

Convertido en un animal político, Giovanni supo ganarse la confianza de Mussolini una vez que el fascismo subió al poder. Pese a ser monárquico, le convenía llevarse bien con ‘Il Duce’, y este al mismo tiempo necesitaba cerca a un empresario como él. Aunque siempre desconfiaron el uno del otro, fueron socios. Y Giovanni le dio su apoyo a Mussolini cuando fue sometido a una votación de confianza tras el asesinato del político socialista Giacomo Matteotti. A cambio, Agnelli pidió al dictador que no permitiera a Ford entrar en el mercado italiano. Y la FIAT creció sin competencia. Aunque la tragedia ya había empezado a perseguir a la familia. En 1928 murió por un problema de salud Aniceta, una de las hijas de Giovanni. Y en 1935, otro hijo, Edoardo, el hombre destinado a heredar el imperio, perdió la vida en un accidente en el puerto de Génova mientras pilotaba un hidroavión. Edoardo, por cierto, presidía en aquel momento la Juventus.

El viajero busca mesa en el Caffè del Corso, en el centro del pueblo. A lo lejos observa el campo de fútbol municipal, bautizado con el nombre de Gaetano Scirea, el gran capitán de la Juve fallecido en accidente de coche en 1989. Estamos en el corazón del juventinismo, el club con más hinchas de todo el país. En Italia, la mitad de la población los ama y la otra, los odia. Y en eso tienen mucho que ver los Agnelli. La Juventus había sido fundada en 1897 por un grupo de estudiantes que se reunían en el taller de bicicletas de Enrico Canfari, un mecánico que fue su primer presidente y que no sobrevivió a la Primera Guerra Mundial. Pese a ganar un título en 1905, en los inicios era un equipo de segunda fila. Todo cambió cuando Antonio Bruna, un defensa ‘bianconero’ que llegó a ser internacional en los Juegos Olímpicos de 1920, entró en el despacho de su jefe pidiendo mejores horarios para compaginar su jornada laboral con los entrenamientos. Bruna trabajaba en la FIAT y su superior era Giovanni Agnelli. El patrón, que sentía curiosidad por todos los deportes, lo escuchó. El 24 de julio de 1923, Agnelli se hizo con el control de la Juve y puso al frente a su hijo Edoardo, para darle una distracción y alejarle de las malas compañías nocturnas. La apuesta funcionó y el vástago hizo de la entidad un club grande. Cuando este murió en el accidente de 1935, todas las miradas se depositaron en el hijo de Edoardo, Gianni.

Tanto quería Giovanni a Gianni, que pidió personalmente a Mussolini que lo sacara del frente ruso, donde lo había enviado con el ejército. El abuelo ya había perdido a un hijo y no quería perder al nieto. Los Agnelli dieron la espalda a Mussolini justo en el momento apropiado, cuando las tropas estadounidenses ya estaban a las puertas de Nápoles, contactando con el Gobierno de Estados Unidos para que les garantizara su apoyo durante la posguerra. Cuando Giovanni falleció en diciembre de 1945, ya sabía que el futuro estaba atado y bien atado. Antes de morir, le daría un consejo al nieto: “Disfruta unos años de la vida y después entra fuerte en el mundo de los negocios”. Dicho y hecho. En la posguerra, Gianni fue famoso por su vida sentimental, pasando las vacaciones con los Kennedy o los Rockefeller. Pese a que su madre había muerto en la carretera en 1946 en una nueva tragedia familiar, delegó la gestión de la FIAT a la mano derecha de su abuelo, Vittorio Valletta, y se centró en la Juventus. Valletta inundó el país de los Topolino, los coches más vendidos de Italia. Y Gianni, de hinchas de la ‘Vecchia Signora’. Así nació el mito del ‘Avvocato’, como sería conocido aquel dirigente, uno de los italianos más poderosos del siglo XX.

En 1953, Gianni Agnelli se casó con Marella Caracciolo di Castagneto, una aristócrata licenciada en la Escuela de Bellas Artes de París que era amiga de Truman Capote y posaría como modelo para los cuadros de Andy Warhol. Con el apoyo de una mujer inteligente, Gianni dejó a la Juve en manos de su hermano pequeño, Umberto, en 1955. Y finalmente se puso al frente de la FIAT, demostrando tener el talento para entender las oportunidades que ofrecía la Guerra Fría. El ‘Avvocato’ apostó por la internacionalización de la compañía, comprando marcas rivales como Ferrari o Alfa Romeo, y también por nuevos sectores. En los 60, la FIAT llegó a controlar el 80% del mercado del motor en Italia. Mientras plantaba cara a sus grandes enemigos, los sindicatos comunistas, era capaz de acompañar al presidente del Partido Comunista italiano, Palmiro Togliatti, en sus visitas a la Unión Soviética, asegurándose que su empresa firmase contratos con Moscú. Cuanto más importante era la FIAT, más ganaba el club de fútbol y más hinchas tenía. Para millones de italianos humildes, la Juventus significaba el sueño de una Italia mejor. O, simplemente, les permitía sentirse ganadores al final de una semana llena de derrotas.

En 1970, Gianni se metió en política y llegó a formar parte de las listas del Partido Republicano, un partido laico de centroderecha, para denunciar que la vieja Democracia Cristiana estaba podrida por dentro. Lo hizo en unas elecciones en las que su hermano Umberto iba en la lista… de la Democracia Cristiana, por si acaso. Los Agnelli siempre salen ganando. La otra hermana, Susanna, era alcaldesa de la preciosa población de Monte Argentario, en la costa toscana, donde publicó un best seller llamado Vestíamos a la marinera, en el que explicaba la educación rígida que habían recibido ella y sus hermanos. En esas páginas recordaría cómo cada vez que lloraba cuando era niña, su institutriz inglesa le decía: “Don’t forget you are an Agnelli”. Los Agnelli no podían mostrar sus lágrimas en público. El libro fue un éxito, pues Italia se vuelve loca con los rumores sobre las familias que han decidido el futuro del país. Las mejores historias siempre se escriben dentro de las familias, y en esos años los Agnelli estaban siempre en la prensa rosa. Los Feltrinelli, que habían sido junto a ellos la dinastía más rica del país gracias al sector maderero y la construcción de autopistas, aparecían en las páginas de sucesos. En una historia puramente italiana, el heredero Giangiacomo Feltrinelli, fundador de una editorial y una cadena de librerías deliciosa, se radicalizó y se convirtió en miembro de un grupo terrorista comunista. Falleció en 1972 manipulando un explosivo.

Los Agnelli también tuvieron sus ovejas descarriadas. Gianni y Umberto consiguieron ver a su equipo campeón de Europa por fin en 1985, aunque de forma dolorosa, pues en la final, jugada en Bruselas, 39 aficionados ‘bianconeros’ perdieron la vida en una estampida cuando escapaban de los hooligans del Liverpool. Cuando el ‘Avvocato’ murió en el 2003, la ‘Vecchia Signora’ ya era gigantesca. El funeral se celebró en la sala de reuniones de la fábrica de Lingotto, entre obras de arte que había comprado su mujer. Jugadores de la Juve de cinco décadas distintas desfilaron ante el féretro. Y miles de seguidores acudieron a ver pasar el cortejo fúnebre. Su muerte llegó en un mal momento, ya que la FIAT no tenía un sucesor claro. La tragedia, de nuevo, los había sorprendido. Edoardo, el hijo de Gianni formado en buenas escuelas y directivo de la Juve en 1986, había perdido la cordura. En pocos años, se declaró marxista, pacifista y se convirtió al islam tras un viaje en motocicleta por India y Tíbet en el que probó todo tipo de drogas. En el 2000, con 46 años, se quitó la vida lanzándose desde un puerto. El otro posible heredero hubiera sido Giovannino, hijo de Umberto, pero había muerto de cáncer en 1997.

El viajero espera el bus para iniciar su retorno pensando en estas grandes familias. El director de cine Federico Fellini siempre decía, con un toque de humor, que “la unidad social más grande del país es la familia. O dos familias: la regular y la irregular”. Y de infidelidades no han faltado, en casa de los Agnelli. El presidente de la Juve hasta 2022, Andrea, se casó en la casa de Villar Perosa con una chica turca que era la esposa de uno de sus mejores amigos, el jefe de marketing del club. Andrea no se llevaba bien con sus primos, los hermanos John y Lapo Elkann, los encargados de controlar la FIAT. Pese a este apellido, son Agnelli, pues son hijos de Margherita, la hija del ‘Avvocato’ y hermana de Edoardo. Margherita se casó con el estadounidense Alain Elkann, un empresario descendiente de unos judíos italianos que dieron dinero a Mussolini para que llegara al poder y que acabaron escapando a Estados Unidos cuando los fascistas empezaron a perseguir a los semitas. Los dos Elkann se centraron en la rama del automóvil, aunque llegaron a ser vicepresidentes del equipo después de uno de los golpes más fuertes recibidos por la familia. En 2006, la justicia decretó que el administrador delegado del club, Luciano Moggi, había presionado a árbitros y rivales. La sanción fue el descenso administrativo de la ‘Vecchia Signora’, que salió poco después del infierno gracias a los Elkann y a Andrea Agnelli, hijo del segundo matrimonio de Umberto. El cuarto Agnelli que presidió a la Juve solía acompañar por los campos de fútbol a su tío, el ‘Avvocato’, cuando era un adolescente. Juntos vieron la segunda Champions League ganada por la Juve, en 1996. Siempre deseó ser como su tío, quizás por eso perdió el control. Fue juzgado por deudas, fichajes sospechosos y reuniones con un nuevo grupo ultra del conjunto, que resultó ser una tapadera de la mafia calabresa.

El viajero vuelve a Turín y se mete en una librería Feltrinelli. Muchos de los grandes clásicos de la literatura italiana han tratado la familia como escenario, prisión o refugio. En la sección de Historia, hay libros de ensayo sobre los Agnelli, los Moratti, los Versace, los Berlusconi o los Olivetti. Y el visitante presiente que se los irá encontrando en su camino.

Vivir sin fútbol

“Las rocas, las paredes y la escaladason una obra de arte”

Reinhold Messner

Los trenes italianos de larga distancia son una bendición. En una tierra donde en ocasiones falla la burocracia, suelen ser puntuales. Y el café que se sirve a bordo es bueno. El tren deja la estación turinesa de Porta Nuova y parte hacia el sur, aunque en cinco minutos la vía gira hacia el norte para poner rumbo a los Alpes. Son dos horas de viaje hasta el Valle de Aosta, avanzando entre montañas que parecen gigantes dormidos.

C uando el viajero sale de la estación de Aosta, el viento frío hiere la piel de sus mejillas. Resoplando y escondiendo la cabeza dentro de un abrigo, cruza una plaza, gira a su derecha y en cinco esquinas ya ha llegado al estadio Mario Puchoz. Busca refugio en el bar del recinto, mira las fotos de viejos equipos en las paredes. Ya es tarde. Pide un café con leche, aunque muchos italianos consideran que solamente se puede tomar un café con leche por la mañana. Después de las once, pedirlo es una herejía. Después de las once, solo se debería tomar un café solo, corto, intenso. La costumbre es dejar un euro en la barra haciendo sonar la moneda, tomar el vaso y partir. Aunque ahora el viajero quiere sentir el calor de una taza caliente en sus manos mientras piensa en las montañas, así que acepta la mirada acusatoria del camarero.

El humorista Beppe Grillo, antes de revolucionar la política italiana fundando el Movimiento 5 Estrellas, partido que llegó a ocupar cargos en el Gobierno a partir de 2018, se mofó de esos turistas que llegaban a Italia pensando que aquí siempre te baña el sol y podías tomar un helado en una terraza. Muchos italianos se cruzan miradas de complicidad cuando ven a un extranjero en chancletas y calzón corto pasando frío. No, Italia no se puede entender sin sus montañas. La columna vertebral son los Apeninos, que cruzan el país de arriba a abajo, con picos nevados a una hora en coche de Nápoles. E Italia tampoco se puede entender sin los Alpes. El viajero mira por la ventana el pequeño estadio Mario Puchoz mientras repasa la biografía de este alpinista que luchó en el frente ruso en la Segunda Guerra Mundial y falleció en una expedición al K2, en el lejano Himalaya. Allí fue enterrado.

Esta es una tierra de soñadores, aventureros y tipos con un ego desmesurado. Solamente los italianos podían ser capaces de ser los primeros en coronar en 1954 la montaña más difícil de subir del mundo, el K2, cuando lo consiguieron Lino Lacedelli y Achille Compagnoni. Si los británicos se habían adjudicado la más alta, el Everest, pensando siempre con su mentalidad imperial, los italianos prefirieron una mirada más artística y optaron por atacar la más compleja. Apostaron por el camino más arduo, subiendo una cima que aún hoy tiene la media más alta de fallecidos entre quienes persiguen la gloria en sus laderas. Únicamente los italianos eran capaces de ser los primeros y, a la vez, convertir ese éxito en un escándalo, pues Compagnoni, quien se retiró a vivir en Aosta, se enzarzó en una disputa legal con Walter Bonatti por el modo en el que se gestionó ese ascenso. Bonatti, junto a un escalador paquistaní, Ami Mehdi, debía subir oxígeno a sus compañeros para que estos pudiesen preparar el asalto final, pero cuando llegó al campo donde estaba previsto que estuvieran, no los encontró, pues estos se habían instalado un poco más arriba. Bonatti y Mehdi se vieron obligados a realizar vivac a más de 8.100 metros, escondidos en un agujero de 70 centímetros en la nieve, sobreviviendo a un infierno. Al día siguiente, dejaron las bombonas y bajaron como pudieron. Compagnoni y Lacedelli recularon para recoger las suyas, y con ellas llegaron a la cima. Y cuando Bonatti los acusó de ser malos compañeros, afirmaron a la prensa que este, en realidad, quería llegar arriba antes que ellos, pero que el plan le había salido mal. El caso, que acabó en los juzgados, aún genera debates en los cafés italianos, aunque se ha acabado por imponer el relato de Bonatti. El escalador bergamasco no pudo coronar el K2 en 1954, aunque cuando falleció tenía un currículum que impresionaba, lleno de ascensos en solitario. Había perdido la fe en los otros alpinistas.

El viajero se acerca al busto de Puchoz, miembro de esa famosa expedición, que falleció por problemas pulmonares. Y piensa en la pasión que sienten los italianos por las montañas. Ese ascenso de 1954 lo realizaron por la vía del llamado ‘Espolón de los Abruzzos’, bautizado así porque en 1909 el noble italiano Luis Amadeo de Saboya ya había explorado la zona. El viajero repasa la biografía del príncipe, con sus expediciones al Ártico y su muerte en Somalia. ¿Qué sentido tiene escribir novelas en Italia cuando las biografías de muchos de sus habitantes ya parecen un libro de Emilio Salgari? El primer hombre que coronó las 14 cimas de más de 8.000 metros fue otro italiano, Reinhold Messner, quien definía la escalada como una forma de arte. ¿Y no fue arte la ascensión al monte Kenia de 1943? Tres italianos que habían sido capturados por los británicos en Etiopía y mandados a un campo de prisioneros, Felice Benuzzi, Giovanni Balletto y Vincenzo Barsotti, miraban cada día desde la distancia la imponente silueta del segundo pico más alto de África. ¿Qué hicieron? Fugarse del campo dejando una nota a sus captores: “Vamos a ascender el Monte Kenia y volvemos”. Los británicos no se lo creyeron, claro. Y los empezaron a buscar por todas partes, excepto en esa cima de 5.199 metros. Cuando los italianos volvieron, delgados y cansados, los encerraron en celdas de castigo. Hasta que unos días después unos soldados encontraron otra nota que estos habían dejado rumbo a la cima. Fue entonces cuando entendieron que esos tres tipos no habían mentido. No querían escapar de sus captores. Querían escapar del aburrimiento.

En Aosta, tiene sentido que el estadio se llame como un alpinista, pues esta es la capital del Valle de Aosta, la región más pequeña y menos poblada del país. Una zona en la que aún se escucha el idioma franco-provenzal y en la que llegas a olvidarte que te encuentras en Italia cuando llega el olor de una fondue desde la cocina de alguno de sus restaurantes. El viajero se deja aconsejar y pide un plato local, un civet di camoscio. O sea, un estofado de carne de rebeco. Todo tiene personalidad en este enclave escondido en la triple frontera con Suiza y Francia, a la sombra de algunas de las montañas más altas de Europa, como el Mont Blanc, el Gran Paraíso o el hermoso monte Cervino. Aquí se mira siempre hacia arriba, hacia esas cumbres nevadas. Así que tiene sentido que sea una de las pocas regiones italianas que jamás ha tenido un club de fútbol profesional. Es más, durante veinte años, en el estadio Mario Puchoz solamente jugaban los niños de las escuelas, pues ni existía un equipo en la ciudad.

¿Cómo es vivir sin fútbol? Los parroquianos cuentan que durante años les tocó mirarlo por televisión. Explican que el primer equipo se había fundado en 1911 gracias a la pasión de unos chicos que jugaban en el patio de la iglesia de Sant’Orso. En el oratorio. Pocas cosas más italianas que los partidos en el oratorio, toda una tradición. El club fue bautizado con el nombre de Augusta Praetoria, como era llamada la ciudad en tiempos romanos. En el centro de Aosta, las ruinas del teatro romano recuerdan que este valle lo han pisado decenas de ejércitos y banderas, por ser uno de los pocos senderos transitables de los Alpes. Por aquí podrían haber pasado algunos de los elefantes del cartaginés Aníbal y llegaban viajeros o peregrinos que cruzaban el paso de San Bernardo, donde nació una hermosa raza de perros especializada en salvar vidas. Ahora aceleran los coches camino del larguísimo túnel del Mont Blanc. Más cómodo, aunque menos romántico que viajar con esos gigantescos perros con un barrilete de ron colgando del cuello.

En 1991, el Aosta ascendió a la Serie C2, la cuarta división del fútbol italiano, de forma inesperada, con una goleada contra los toscanos de la Pistoiese (1-6). Fue el mejor momento del club, que buscó patrocinadores y dinero debajo de las rocas para poder competir en esta categoría de tres grupos nacionales que exigía a los conjuntos hacer largos viajes. La aventura duró cuatro años y dejó demasiadas deudas. Así pues, en 1998 la entidad desapareció. Y el estadio se quedó sin equipo, aunque se seguía usando para acoger finales de etapa de carreras ciclistas. Incluso una vez llegó el Tour de Francia. El viajero marca en rojo en su libreta que no debe olvidar que los italianos aman las bicicletas. El estadio Puchoz también fue sede del encuentro anual de los Alpini en 2003.

El viajero se cruza con jóvenes soldados luciendo orgullosos gorras con una larga pluma. Así son los italianos, tan presumidos que hasta el cuerpo de élite de la policía, los Bersaglieri, lucen plumas en su sombrero. Como los del ejército. Esta pluma es la seña identificativa del cuerpo de élite de montaña del ejército, los Alpini, que cada segundo domingo de mayo se encuentran en una ciudad para desfilar, en memoria de sus compañeros muertos en combate. En 2003 corrieron, plumas al viento, por el césped del estadio Puchoz.

Las montañas, mágicas, tienen vida. Aunque tengan poco fútbol. En Aosta esperaron hasta el año 2021 para refundar la Unione Sportiva Aosta 1911. Ahora, el equipo juega en la novena división. Y para facilitar su crecimiento, forma parte de la federación del Piamonte. Los valdostanos lucharon durante décadas por tener autonomía y proteger su identidad, aunque a nivel deportivo han llegado a la conclusión de que les irá mejor caminando junto a sus vecinos. Es el eterno destino del fútbol en este valle, mirar hacia el sur. Sus mejores jugadores siempre han hecho las maletas rápido, marchando a Turín para perseguir su sueño, como el defensa Paolo De Ceglie, que jugó en la Juve, o el delantero Sergio Pellissier, formado en el Torino y famoso por defender durante 17 años la camiseta del Chievo de Verona, cuando este equipo de un barrio diminuto llegó a primera. Incluso algunos barrios de otras ciudades han llegado a la cumbre del fútbol italiano, mientras que en Aosta no se ha pasado de la cuarta división.

Aunque estos últimos años, el fútbol valdostano parece revivir gracias a los inmigrantes que han llegado buscando trabajo, especialmente gracias a las oportunidades que da el turismo, con las pistas de esquí, los senderos y las segundas residencias que han modificado poco a poco la pausada vida local. En 2017, antes del renacimiento del US Aosta, se fundó un equipo que permitía a chicos sin papeles procedentes de África unirse en un vestuario. Chavales que encontraron las puertas cerradas de esas personas que pensaban que en este valle siempre ha vivido la misma gente, cuando aquí ya llegaron africanos con Aníbal 200 años antes de Cristo. Hace poco un chico nacido en Aosta llegó a ser internacional, como consiguieron en su día brevemente De Ceglie y Pellissier. Se trata de Calvin Bassey, internacional con Nigeria, la tierra de los padres de este defensa que aguantó pocos años a la sombra de los Alpes. Si se quiere vivir del fútbol, toca marcharse de este valle. Lo sabía Pellissier. También Bassey. Y lo sabe también el viajero.

El futbolista sobre ruedas

“¿Sirve de algo una cosa tan estrafalaria y absurdacomo dar la vuelta a Italia en bicicleta? Por supuestoque sí: es una de las últimas provincias de la fantasía”

Dino Buzzati

Para llegar a Casale Monferrato, toca subir y bajar de trenes en Chivasso. Se dejan atrás los Alpes, altivos en su belleza, y se alcanza una zona de valles seductores, con arrozales y viñedos. La estación, delante de una plaza extrañamente grande para una ciudad pequeña, recibe al viajero. Este busca bicicletas. Y las encuentra por todos sitios.

E n 1914, un grupo de hombres con sombrero y pajarita llegaron a esta estación de tren procedentes de Roma. Acababan de ganar la liga italiana, que entonces se jugaba con un sistema de grupos regionales. En la final, golearon por 7-1 a la Lazio en la ida. El partido de vuelta fue un trámite. Lo ganaron por 0-2. Durante toda la temporada, barrieron a todos los rivales. Eran los años del llamado ‘Quadrilatero Piemontese’, cuando cuatro poblaciones de esta región tenían equipos capaces de levantar títulos. Las gestas del Alessandria, el Novara, el Casale y especialmente la Pro Vercelli aún se recuerdan en esta zona de vida pausada. De gente emprendedora, seria, ambiciosa. Si en los albores del fútbol italiano la Pro Vercelli fue capaz de adjudicarse siete campeonatos nacionales con jugadores locales, ahora el Piamonte es la meca del slow food, movimiento nacido aquí en los años 90 que reivindica comer bien, sin prisa, usando productos de proximidad. El piamontés es un tipo orgulloso. Le gusta presumir de su tierra, donde en cada colina parece tener una denominación de origen diferente de buenos vinos. El viajero sonríe. Parar en Casale Monferrato tiene premio.

Los habitantes de esta urbe tranquila invadida por la niebla, cuando llega el frío, sienten envidia de sus vecinos de Vercelli. Como estos tenían un equipo que impresionaba vestido de blanco, ellos crearon otro que vestía de negro, y le cosieron una estrella blanca en la camiseta. Con ese uniforme, ganaron la liga de 1914. Ahora, el club juega en séptima división. Aunque el viajero no ha venido aquí solo para hablar de fútbol. Ni siquiera para comer bien. Ha venido por las bicicletas. El fútbol y el ciclismo fueron claves en la construcción de la identidad nacional italiana a inicios del siglo XX. En el centro de muchas ciudades se ven más bicicletas que en otros lugares. Mucha gente mayor se desplaza con ellas. Al viajero le sorprende la cantidad de mujeres que pedalean con zapatos de tacón. Algunas de las marcas de bicicletas más antiguas del mundo, como las Bianchi, las Olympia o las Legnano, son italianas. Y hay italianos más fieles a estas marcas que a su pareja sentimental. En un pueblo con cierta tendencia a escribir su propio camino ignorando la autoridad, las dos ruedas dieron libertad a millones de personas. En los mismos años en los que en el Piamonte equipos de ciudades de 40.000 habitantes como el Casale Monferrato o el Vercelli podían hacerse con la liga, en la zona nacían los primeros ídolos ciclistas. Hombres como Giovanni Gerbi, conocido como el ‘Diablo rojo’, a quien dedicó una canción el genio del jazz Paolo Conte, nacido en la misma población, Asti (cuna también del Moscato, el vino de los postres). Otro genio sobre ruedas fue Costante Girardengo, el campeón de quien se cuenta que uno de sus mejores amigos, Sante Pollastri, fue un temido ladrón a quien la policía consiguió detener cuando iba a ver el final de una de las carreras de su compañero. A Girardegno y Pollastri les dedicó una canción Francesco de Gregori, ya que en Italia la vida de muchas personas es una obra de arte. También era piamontés Fausto Coppi, uno de los mejores ciclistas de la historia.

Aunque el viajero anda por las calles de Casale Monferrato por culpa de Giuseppe Ticozzelli. En los años 20, este defensa había jugado en el Casale a un nivel alto. Era duro, parece. No muy rápido, aunque peleón. Incluso defendió la camiseta de la selección italiana absoluta en 1920, en un partido que ganaron por 9-4 a los franceses en el velódromo de Sempione, en Milán. Aún hoy, en algunos estadios de fútbol italianos, se pueden distinguir las pistas de los velódromos en la parte baja de las gradas. Durante años, el ciclismo y el fútbol compartían templo. Veterano de la Primera Guerra Mundial, Ticozzelli amaba los dos deportes. Así que en 1926 decidió participar en el Giro de Italia, cuando aún militaba en el Casale. Como entonces cualquiera se podía apuntar a la carrera sin formar parte de ninguna organización, Ticozzelli corrió el Giro con la camiseta de su club. La suerte no lo acompañó, pues antes de la cuarta etapa fue atropellado. El futbolista, incapaz de rendirse, se subió a un taxi y llegó a la salida, aunque después de unos kilómetros el dolor lo derrotó. Se metió dentro de un restaurante y pidió vino entre lágrimas. Su carrera había acabado, aunque empezaba la leyenda. Incluso en 1946 los organizadores del Giro de Italia decidieron inventar una nueva categoría: el maillot negro al último clasificado. En honor a Ticozzelli, el peor ciclista de la carrera luciría esa prenda inspirada en la camiseta del Casale. Aunque los organizadores cometieron el error de añadir un premio económico. De repente, quedar último ya no era un deshonor. Durante cinco años, muchos ciclistas se empeñaron en estar en la cola, bajando de la bicicleta para esconderse en posadas o dormir la siesta, calculando así como podían cruzar los últimos la línea de meta sin ser descalificados. Se vivieron duelos históricos para ver quién era el más pillo. Y el más listo solía ser el piamontés Luigi Malabrocca, un buen rodador que llegó a invitar a medio pueblo en un bar mientras dejaba pasar a sus rivales para vestirse de negro y llenarse los bolsillos. Italia es tierra de picaresca y de guiones imprevisibles. Solamente aquí se podía luchar con imaginación para ser último. Y todo lo narró Dino Buzzati, a quien Il Corriere della sera mandó a cubrir el Giro de Italia en 1946. El autor escribió: “¿Sirve de algo una cosa tan estrafalaria y absurda como dar la vuelta a Italia en bicicleta? Por supuesto que sí: es una de las últimas provincias de la fantasía, un baluarte del romanticismo, que, sitiado por las sórdidas fuerzas del progreso, se niega a darse por vencido”.

En eso piensa el viajero. En la imaginación de los italianos, ya sea usada con buenos fines o para engañar. En su eterno romanticismo, en ocasiones hermoso y en otras hortera. En las pillerías de Malabrocca o Ricky Maspero, el futbolista del Torino que en 2001, durante un derbi, se paseó por delante del punto de penalti para crear con la punta de su bota el agujero que provocó el error de Alessandro Del Piero, quien desperdició el disparo que hubiera significado la victoria de la Juve. Al italiano no le disgustan los tramposos, si considera que sirven a una buena causa. Su literatura está llena de estos personajes furbi, astutos. Un país donde incluso las personas más serias acaban por tener un lado juguetón. El piamontés siempre ha sido el italiano más serio, más recto. Metódico, trabajador, de esos que ocultan su riqueza. Una tierra de doctores, filósofos, empresarios que convierten en un arte la búsqueda de la mejor trufa, el mejor vino o la mejor bicicleta. Aunque tanta seriedad siempre esconde un punto excéntrico. Y en Casale Monferrato, el viajero descubre que las galletas tradicionales de la ciudad se llaman krumiri y tienen la forma de los bigotes del primer rey italiano, Víctor Manuel II. Cuando este falleció, crearon una galleta en su honor con la forma de su mostacho. Una forma de mantener vivo su recuerdo, con una sonrisa burlona debajo de los pelos. El humor, como la bicicleta, no deja de ser una forma de libertad. Como gritar un gol.

Una canción de amor

“Con esa cara un poco así, con esta expresión un poco así,que tenemos nosotros que hemos visto Génova”

Paolo Conte