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"Malambo: historia y artes del primer barrio afroperuano de Lima pone de relieve una red de creación artística afrodescendiente constituida por guitarristas, cantantes, pregoneros, bailarinas y cocineras residentes en este espacio, vinculados entre sí por lazos de parentesco, amistad y vecindad. Es en este contexto que los callejones se convirtieron en espacios fundamentales de sobrevivencia. La historia de Malambo, hasta antes de esta publicación, solo era conocida de manera fragmentada debido a la falta y la dispersión de fuentes históricas, así como por la ausencia de un estudio integral y de larga duración. Esto último es precisamente lo que nos ofrece esta excepcional publicación: una lectura que cubre cuatro siglos de historia de la vida de los afrodescendientes residentes en Malambo, sustentada en fuentes poco conocidas o escasamente analizadas. Construir esta lectura de larga duración, desde un espacio local social y culturalmente estigmatizado como lugar de llegada y residencia de esclavizados negros, y seguir la influencia cultural y artística de sus descendientes en la sociedad mayor —e incluso en otros países de la región— es un enorme desafío. "
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Seitenzahl: 735
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Luis Rocca Torres
MALAMBO
Historia y artes del primer barrio afroperuano de Lima
MalamboHistoria y artes del primer barrio afroperuano de Lima© Luis Rocca Torres, 2024
© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2024Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú[email protected]
Diseño de portada: Camila Olivera ([email protected])
Recopilación fotográfica: Óscar Chambi Echegaray
Diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP
Primera edición digital: julio de 2024
Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2024-06475e-ISBN: 978-612-317-967-0
Índice
Prólogo. Malambo y la cultura afrodescendiente en Lima
Introducción
Capítulo 1. Malambo en el periodo esclavista
Capítulo 2. Malambo y los callejones
Capítulo 3. Pelea a muerte: la riña a cuchillo entre Carita y Tirifilo
Capítulo 4. Diversidad étnica y riqueza artística
Capítulo 5. Naturaleza y arte de la cocina
Capítulo 6. Los pregones
Capítulo 7. La trayectoria de los artistas de Malambo
Capítulo 8. La ruta de la zamacueca
Capítulo 9. Malambo: red afectiva entre barrios de Lima y provincias
Glosario
Epílogo
Anexos
Dossier de imágenes
Referencias
Prólogo. Malambo y la cultura afrodescendiente en Lima
Aldo Panfichi
Vicerrector de InvestigaciónPontificia Universidad Católica del Perú
La presencia africana en Lima se remonta al origen mismo de la ciudad, cuando los españoles la fundaron como capital del principal virreinato colonial de América del Sur, acompañados de numerosas personas esclavizadas de origen africano. Destacados historiadores estiman que en 1586 vivían en Lima aproximadamente 4000 esclavizados; en 1614, 11 130; y en 1791, 13 479. En 1790, al sumarse el número de esclavizados negros o libertos, mulatos, quinterones, zambos y cuarterones —así se llamaba a quienes tenían un cuarto o un quinto de sangre negra—, se calcula que cerca del 45% de la población de Lima tenía ascendencia africana. Una población que, según los viajeros de la época, se desplazaba ruidosamente por la ciudad con relativa libertad, participando de actividades festivas y mezclando rituales católicos y paganos (Bowser, 1977; Aguirre, 1993; Flores Galindo, 2023).
Las personas esclavizadas vivían dispersas en la ciudad colonial y habitaban estrechos callejones cerca de las mansiones y casonas de sus amos, a los que servían mayormente como personal doméstico o fuerza de trabajo. No obstante, a partir de 1591, por disposición de las autoridades de entonces, se fueron concentrando en el denominado Arrabal de San Lázaro o Malambo, lo cual dio origen a un barrio popular, ubicado en los extramuros de la ciudad, en la margen derecha del río Rímac. Desde ese momento, Malambo, como señala Luis Rocca en este fascinante libro que tengo el honor de prologar, no solo se convierte en el más importante barrio de presencia africana en Lima, sino también en un referente para el estudio de la historia y la cultura de los afrodescendientes en el Pacífico sur.
La historia de Malambo, hasta antes de esta publicación, solo era conocida de manera fragmentada debido a la falta y la dispersión de fuentes históricas, así como por la ausencia de un estudio integral y de larga duración. Esto último es precisamente lo que nos ofrece esta excepcional publicación: una lectura que cubre cuatro siglos de historia de la vida de los afrodescendientes residentes en Malambo, la cual se sustenta en fuentes de variada naturaleza, poco conocidas o escasamente utilizadas en el análisis historiográfico. Construir esta lectura de larga duración, desde un espacio local social y culturalmente estigmatizado, como lugar de llegada y residencia de esclavizados negros, y seguir la influencia cultural y artística de sus descendientes en la sociedad mayor e incluso en otros países de la región, es un enorme desafío teórico y metodológico.
Desafío porque, desde su fundación, la ciudad de Lima se ha caracterizado por una estructura social muy heterogénea étnica y socialmente, aunque las fronteras entre estas categorías han sido siempre fluidas y porosas. Una ciudad de múltiples sociedades de pequeño grupo, cohesionadas y diferenciadas por vínculos étnicos, de parentesco, hermandad, vecindad, clase o estilos de vida. La pertenencia étnica, si bien es un componente central en la construcción de las identidades en el siglo XVIII, no ha sido el único. Una explicación más cabal de la identidad exige incorporar en el análisis las prácticas culturales que producen los procesos de socialización en el vecindario, con los amigos y parientes, en las fiestas paganas y religiosas e incluso en las cofradías (Walker, 2008).
Precisamente una de las ideas centrales de este libro es que son estas prácticas culturales, artísticas y de socialización las que explican la larga vigencia de la cultura afroperuana que se irradia desde Malambo a toda la costa peruana e incluso a países limítrofes, como es el caso de la zamacueca. Prácticas culturales que surgen desde una condición estructural de pobreza, segregación y estigma de la población esclavizada pero que, a lo largo del tiempo, van incorporando a otros de la misma condición material pero que se identifican y asumen como suyos elementos culturales afrodescendientes. En las calles y callejones de Malambo interactuaban cotidianamente afroperuanos, miembros de las castas (mestizos) y otros grupos étnicos y sociales, aunque el barrio era considerado «negro» debido a los significados de sus interacciones y sus expresiones artísticas y culturales.
El barrio
Malambo es un barrio de origen colonial. Sus primeras construcciones fueron una suerte de galpones donde se concentraba a los esclavizados que llegaban al Callao, en los denominados «barcos negreros», antes de ser comercializados. En sus inmediaciones, las autoridades coloniales establecieron el primer basurero de Lima, alejado del damero central de la ciudad. Poco después, en 1563, se construyó un hospital para leprosos, pues se señalaba a los esclavizados de ser portadores de esta y otras enfermedades contagiosas. Y junto a este se erigió la parroquia de San Lázaro, patrón de los leprosos. En los años siguientes se establecieron en Malambo camales, carnicerías y quemaderos cuyos desperdicios se vertían al río Rímac; y ya en 1716 se construyó el hospicio de ciegos, mancos y tullidos (Tejada, 1995). Alrededor del hospicio se formó un núcleo urbano habitado por negros enfermos, sus familias, que habían sido expulsadas de la ciudad por temor al contagio, y sacerdotes a cargo del hospital y la parroquia.
De esta manera se fue consolidando el barrio de Malambo, una suerte de microsociedad caracterizada por viviendas colectivas, precarias e insalubres, llamadas callejones, conventillos o corralones. El callejón consta de un conjunto de estrechas viviendas alineadas en hileras opuestas a lo largo de un pasaje central que sirve, al mismo tiempo, como único medio de comunicación con la vía pública. Los servicios son colectivos, un solo caño y un botadero. En ellos, como ya se indicó, se hacinaba una heterogénea población. Rocca, apoyado en una amplia revisión bibliografía, señala la existencia de varios grupos o castas de origen africano en el lugar: mandingas, congas, terranovos, minas o misangas. Manuel Atanasio Fuentes, por su lado, indica que en 1866 eran diez estos grupos o castas y no todos se identifican por su lugar de origen, sino también por el lugar donde fueron llevados a trabajar como esclavizados, como los huarochiríes.
Malambo también servía como refugio para cimarrones, bandoleros y ladrones que escapaban de las duras condiciones de vida de las haciendas cercanas a la capital, para desafiar el orden y la legalidad vigentes (Flores Galindo, 2023). El estigma decía que este barrio era el lugar de residencia de esclavizados africanos y sus descendientes, portadores de enfermedades contagiosas, y de bandidos de toda laya, todo lo cual refuerza la pertenencia de sus pobladores con el barrio. Buena parte de los callejones tenían santos o cruces protectores que combinaban elementos católicos y paganos, los cuales se exhibían en celebraciones anuales con danzas y canciones consideradas, muchas de ellas, pecaminosas por las élites.
De acuerdo con nuestra experiencia al estudiar otros barrios de origen colonial, es altamente probable que la vida social y cultural de Malambo se haya estructurado a través de redes familiares y amicales fuertemente concentradas en el barrio, y con los que compartían raíces africanas. Hasta la segunda mitad del siglo XIX, Lima era una ciudad relativamente pequeña y el barrio era un referente territorial de identidad. En Malambo, la vida diaria se despliega por sus estrechos callejones, en las chinganas o pulperías conocidas, y en la plazuela de la parroquia de San Lázaro. Aquí, en estos espacios, se construyen y reproducen vínculos de amistad, compadrazgo y otras formas de parentesco espiritual. También son los espacios donde los vecinos muestran su destreza con las danzas negroides, comparten canciones y pregones de índole celebratoria, acompañados de variados instrumentos de percusión.
Las redes, si bien concentran sus vínculos en el barrio, también se conectan con otras personas que se ubican en otras zonas de la ciudad con fines de reproducción social y de difusión cultural. El libro de Luis Rocca muestra precisamente cómo, desde la Colonia, un sector de residentes de Malambo se vincula laboral y culturalmente con actividades taurinas de la Plaza de Acho y con las fiestas de San Juan Bautista que se celebraban en la pampa de Amancaes cada 24 de junio. El autor también ofrece evidencias de un segundo circuito de vinculación y difusión que esta vez se construye a fines del siglo XIX y, sobre todo, en las primeras décadas del siglo XX, entre Malambo y los barrios populares de Barrios Altos y La Victoria.
El establecimiento del primer circuito (Malambo-Acho-pampa de Amancaes) se vio facilitado por la existencia de carnicerías o mataderos de ganado que proveían de carne a la ciudad, así como «tenerías» o «tinas» donde sacrificaban animales para producir cuero, jabones y velas. En estos establecimientos, propiedad de españoles y criollos, trabajaban numerosos vecinos de Malambo: los hombres, en el sacrificio y la comercialización de ganado vacuno y porcino, pero también de gallinas y otras aves de corral; las mujeres, aprovechando los restos de los animales sacrificados y otros recursos, alimentaban a sus familias, creando con inventiva una gastronomía que luego se difundiría por toda la ciudad.
Es interesante anotar que, como producto de estas actividades, por aquellos años surgió la creencia ampliamente difundida de que beber sangre de un toro recién sacrificado proveía fuerza y virilidad. Al respecto, Aurelio Collantes (1972), citado por Luis Rocca, señala que «en el callejón de Santa-Mata [en Malambo], vivían los aguadores de la Colonia y los famosos sangüanes que bebían sangre de toro, trompeadores célebres por sus “mitrasos”, que moraban al final de la alameda llamada la “Totorita”». Los «mitrazos» o «cabezazos» pasaron a ser parte destacada del repertorio de golpes que se utilizaban en las peleas entre guapos y faites (del inglés fight).
Con la inauguración de la Plaza de Acho en 1766, la corrida de toros, una práctica caballeresca que trajeron consigo los conquistadores españoles y que, desde 1540, se practicaba en la Plaza Mayor de Lima, contaba ya con una instalación construida exclusivamente para este fin. Los primeros toreros eran caballeros de linaje que se presentaban con gran pompa y ostentación, pero conforme avanzaba el siglo XVIII, estos fueron sustituidos por «humildes hombres de a pie» (López Martínez, 2005).
La Plaza de Acho y la pampa de Amancaes
Los años finales de la Colonia y los primeros años de la República acentuaron el papel de la población afrodescendiente en las fiestas taurinas, debido al abandono del país de los españoles que se dedicaban también a estas actividades. Destacaron, entonces, esclavizados negros o libertos como Mariano Cevallos, esclavo de don Joseph de Cevallos Ribera y Dávila, quien en 1769 obtuvo su libertad por su destreza con los toros. Cevallos viajó a España, donde tuvo exitosas presentaciones que le valieron fama y reconocimiento (López Martínez, 2005). Otro caso es el de Esteban Arredondo (1780-1859), esclavo de don Manuel Antonio de Arredondo y Pelegrín, quien tuvo un importante papel durante la rebelión de Túpac Amaru y más tarde fue presidente de la Real Audiencia y capitán general del Perú. Un adinerado aficionado le proporcionó 500 pesos a Arredondo para que comprara su libertad. En ambos casos, la destreza en la fiesta taurina era un camino a la libertad.
López Martínez afirma que los principales toreros de esos años eran esclavizados o negros libertos, porque muchos habían trabajado en las haciendas y chacras costeñas de sus amos y, por lo tanto, estaban familiarizados con la manipulación de toros y caballos. Habría que agregar que muchos residentes en Malambo trabajaban como matarifes en carnicerías y mataderos de ganado y animales. Todo ello les servía para encontrar oportunidades laborales y reconocimientos personales en las fiestas taurinas.
La vinculación entre Malambo y la plaza de toros de Acho se hizo más evidente con el terremoto y tsunami de 1746 que asoló a Lima y al Callao y dejó en ruinas el antiguo hospital para leprosos de San Lázaro. Para reconstruirlo, y dado que la administración colonial no tenía fondos, el virrey Marqués de Villa-García dispuso la realización de corridas de toros durante los carnavales de 1753 y 1754 para financiar las obras. Las corridas se realizaron en un terreno plano denominado «el hacho», lugar donde años más tarde, en 1766, se construiría e inauguraría la Plaza de Acho (Miró Quesada, 1997).
Desde ese momento, la Plaza de Acho se convirtió en un punto de referencia para las redes de malambinos, no solo para desempeñarse como toreros, novilleros, picadores o banderilleros, sino también para llevar a cabo el resto de actividades necesarias para el desarrollo del espectáculo taurino. Ello supuso la participación de carpinteros, aguateros, carretilleros, limpiadores, montadores de toros (una práctica ya desaparecida, conocida como «toro encasillado») y pregoneros, entre otros. Además, la Plaza de Acho tenía su propio matadero donde se beneficiaban las reses después de estoqueadas.
Las corridas eran también la oportunidad para la venta de comida y bebidas, actividad en la cual las mujeres de Malambo tenían un papel central como vivanderas. La cercanía de huertas dedicadas a la producción de hortalizas y otros productos agrícolas, como se puede leer en este libro, y la disponibilidad de carnes, vísceras y otros restos de animales facilitaron la preparación de platos como los choncholíes, los anticuchos, la chanfaina y la tripolina, entre otros. Estos platos se consumían en las chinganas del barrio, pero también eran ofrecidos ambulatoriamente en la pampa de Amancaes y en otros lugares públicos. Escritores como Manuel Atanasio Fuentes (1867) y pintores como Pancho Fierro muestran cómo negros, mulatas e indios vendían alimentos y bebidas (chicha, pisco, y chinchiví o guarapo) en la ruta entre Malambo o el Arrabal de San Lázaro y la Plaza de Acho, abarrotada de gente de toda condición social.
Las redes de Malambo no solo se extienden hasta la Plaza de Acho, sino que también alcanzan la pampa de Amancaes, un espacio de diversión que se origina en la Colonia y en la República se extiende hasta alcanzar sus mejores años durante las últimas décadas del siglo XIX e inicios del XX. Para los vecinos de Malambo, la cercanía con la pampa de Amancaes, escenario de la fiesta de San Juan Bautista, ayudó mucho a consolidar el prestigio artístico y gastronómico de la comunidad. La fiesta de San Juan tiene su origen en la Colonia, como una celebración católica que combinaba el servicio religioso en la iglesia con una excursión campestre y festiva en la pampa de Amancaes.
En sus orígenes fue un espacio de distracción de funcionarios españoles y criollos del régimen colonial, de ricos comerciantes y aristócratas, los cuales asistían con sus esclavos y sirvientes. Con el paso de los años, y con la república en construcción, la pampa de Amancaes se consolidó como un espacio de actividades festivas de fines de semana, donde confluían, con espíritu carnavalesco, personas de toda condición social. Los afrodescendientes, sobre todo después de la supresión de la esclavitud decretada por Ramón Castilla en 1854, encontraron en Amancaes el espacio de reconocimiento a sus habilidades artísticas y laborales.
A fines del siglo XIX e inicios del XX, la fiesta de San Juan se «reinventó» y se convirtió en una celebración nacionalista que incluía apelaciones a la noción de «peruanidad», expresada con la incorporación de danza y música de distintas regiones, y el disfrute de comida y bebida (Gómez, 2013). La festividad también incluyó competencias deportivas y recreativas, y hasta una verbena el día previo. El presidente Augusto B. Leguía fue particularmente activo en promover esta festividad en los años de 1926 y 1927 (Gómez, 2013).
Redes afrodescendientes
En esta historia destaca una red de creación artística afrodescendiente constituida por guitarristas, cantantes, pregoneros, bailarinas y cocineras residentes en Malambo y vinculados entre sí por nexos de parentesco, amistad y vecindad. La red está fuertemente enraizada en Malambo, con varias generaciones que viven y transitan por sus calles y callejones, tal como muestra la acuciosa investigación Luis Rocca. El autor reconstruye el tronco familiar de los Sancho Dávila desde los años inmediatamente posteriores a la libertad de los esclavizados hasta las primeras décadas del siglo XX (Cenón, Mateo, Braulio y Bartola) y sus vínculos de parentesco con los hermanos Augusto y Elías Ascuez, así como con Santiago Villanueva, Domitila Gonzales, Manuel Quintana, entre otros. A este árbol familiar se suman otros artistas amigos como Alejandro Sáez, Manuel Covarrubias, Catalina Herboza, y muchos otros más que son citados en este libro.
Rocca propone la sugerente idea de que esta red de parientes y amigos constituye una suerte de estructura de prácticas y sentimientos entre los afrodescendientes que cohesiona a la comunidad de Malambo a lo largo del tiempo y atrae e interactúa con otros afrodescendientes y amigos residentes en otros barrios como la Victoria, Barrios Altos y Lima Cercado. Se trata pues de una red que sirve para preservar y trasmitir una identidad afrodescendiente que proviene de un pasado y una tradición artística común. Pero que, además, difunde y proyecta sus prácticas artísticas y culturales a distintos escenarios nacionales e internacionales. El libro hace un gran aporte al visibilizar a muchos de estos creadores y artistas populares muy poco conocidos hasta hoy.
De los varios géneros artísticos y musicales que se practicaron en Malambo (panalivios, marineras, resbalosas, habaneras), el principal fue la zamacueca, una danza que surgió a fines de la Colonia, en los callejones de Malambo, considerada «indecente» y que se transformó en distintas variantes regionales y nacionales. Al respecto, varias referencias citadas en este libro señalan que la zamacueca se difundió en Argentina y Chile a través de afrodescendientes que formaban parte de los ejércitos o del servicio doméstico. Este es el caso de la Monona, una mulata limeña que llegó a Santiago como empleada doméstica de un diplomático peruano y que difundió la zamacueca en las picanterías y locales de diversión popular. En el Perú, la antigua zamacueca plebeya se transformó en marinera luego de la Guerra del Pacífico e incorporó expresiones artísticas que se practicaban en Malambo y en la pampa de Amancaes, como el contrapunto, la resbalosa y la fuga. La marinera ya no es vista como una danza indecente y gana aceptación en todos los estratos sociales de la capital.
La exhaustiva investigación de Luis Rocca revela varias figuras fundamentales en la transformación de la antigua zamacueca en la marinera limeña y en su popularización. Una de ellas es Bartola Sancho Dávila (1882-1967), eximia bailarina y cantante que, además, tocaba el cajón. Debido a estas destrezas, Bartola logró trascender las fronteras del barrio, de la pampa de Amancaes y de los barrios populares de Lima para ser invitada a bailar y ser parte de las fiestas de las poderosas familias oligárquicas de aquellos años. En ese sentido, para la red artística afrodescendiente de Malambo, Bartola Sancho Dávila fue una suerte de puente que los vinculó laboralmente con grupos de élite y poder. Eran vínculos clientelistas y de patrón-cliente diferentes de los nexos horizontales entre afrodescendientes y mestizos de otros barrios populares.
El libro también evidencia un segundo circuito de vinculación de la red artística afrodescendiente de Malambo, esta vez con parientes e individuos residentes en otros barrios populares como Barrios Altos y La Victoria, sobre todo durante las primeras décadas del siglo XX. Esta red de parentesco y la amistad expandieron la influencia afroperuana de Malambo por la ciudad, para dar lugar a la música criolla popular que cobró relevancia con el cambio de siglo. La expansión de esta red muchas veces se iniciaba con la mudanza de algún miembro de la familia a estos otros barrios donde se encontraban con otros artistas populares en jaranas y celebraciones en las que intercambiaban y renovaban los géneros musicales.
Barrios Altos es un conjunto de barrios populares (Cercado, Maravillas, Cinco Esquinas, Santo Cristo, Santa Clara, entre otros) formados entre la segunda mitad del siglo XVII y fines del siglo XX, dentro del damero colonial. Es producto de un proceso de urbanización temprano que conecta entre sí distintos barrios de reducido tamaño que emergen alrededor de parroquias y capillas católicas. Cada una de estas parroquias contaba con una pequeña plazuela donde los vecinos interactuaban regularmente. Este es un proceso de urbanización paralelo a la formación de Malambo, con la diferencia de que este último se encontraba fuera del damero, al otro lado del río Rímac.
Durante buena parte de su historia, Barrios Altos fue lugar de residencia de diversos grupos étnicos (negros, indígenas, chinos, españoles e italianos), pero también de coexistencia entre sectores ricos y pobres de la ciudad. Así, junto a las mansiones ubicadas en las calles cercanas a la Plaza de Armas, se ubicaban numerosos callejones, quintas y casas de vecindad donde se hacinaban esclavizados, libertos, comerciantes y trabajadores domésticos. Sin embargo, a inicios del siglo XX, con el crecimiento de la población urbana, la heterogeneidad social de Barrios Altos disminuyó con el traslado de las familias pudientes a los balnearios del sur de Lima y en los bordes del océano Pacífico. Los pobres y las clases medias empobrecidas permanecieron en el centro, donde ocuparon y subdividieron callejones y casonas abandonados por los sectores altos. A estas viviendas colectivas llegaron familias afroperuanas migrantes de las provincias costeñas y del barrio de Malambo, así como inmigrantes chinos que escapaban de las duras condiciones de trabajo en el campo (Panfichi, 2013).
De otro lado, las evidencias históricas muestran que La Victoria es otro intento fallido de urbanización mercantil. Surgió a partir de 1896 con la expansión de la ciudad fuera de las murallas coloniales, las cuales fueron destruidas en 1871 para facilitar este proceso. La expansión se desarrolló bajo el impulso de las primeras inversiones del capital inmobiliario en terrenos agrícolas ubicados en los extramuros de la ciudad. En efecto, dos empresas inmobiliarias «modernas», la Compañía Urbana La Victoria y la Compañía la Cerámica, lograron cambiar el uso de la tierra de agrícola a urbano y lotizaron huertas y terrenos agrícolas para venderlos como lotes urbanos. Entre estos destaca la Huerta Victoria, propiedad de doña Victoria Tristán de Echenique, esposa del expresidente general Rufino Echenique, y que primero le daría el nombre a este barrio y luego, al distrito. Ricardo Palma, en una de sus tradiciones peruanas, «El baile de la Victoria», describe cómo este lugar fue escenario, en octubre de 1853, de una majestuosa y recordada fiesta en la que familias aristocráticas competían en elegancia y derroche (Palma, 1964).
La iniciativa inmobiliaria no resultó como habían planeado sus promotores: el alto precio de los terrenos, la falta de servicios básicos y la crisis económica desalentaron tal empresa. Bromley (1958) menciona que, en 1919, La Victoria se abastecía de agua mediante pilotes ubicados en la plaza central. No tenía un sistema de desagüe y se utilizaban acequias y riachuelos (Huatica) como botaderos. Dichas acequias recorrían las calles e incluso los interiores de las precarias viviendas que se instalaban. Debido a esta situación, junto a pequeños comercios, locales de artesanos, fábricas textiles y chinganas se construyeron numerosos callejones, solares y casas de vecindad donde residían familias afroperuanas excedentes de los viejos barrios del centro o recién llegadas de Chincha, Cañete, Huacho, Zaña y otras zonas de la costa norte y sur chico; también, inmigrantes chinos y japoneses.
Núcleos familiares
A través de las páginas de este fascinante libro, descubrimos que la red artística afrodescendiente se originó en núcleos familiares de residentes en Malambo (Sancho Dávila, Elías Ascuez, Villanueva Cabezudo), a los que se fueron uniendo otros artistas, cantores, danzantes y futbolistas de Barrios Altos y La Victoria. Un criterio importante en esta red, sugiere Rocca, es la existencia de lazos de identidad afrodescendiente; es decir, el reconocimiento mutuo de pertenecer a una misma «familia», independientemente de la existencia de vínculos de sangre. Se trata de vínculos de identidad que se refuerzan por la condición común de pobreza y discriminación que permite que florezcan sentimientos de amistad y complicidad. Pese a ello, no se trataba de una identidad cerrada, sino abierta a la interacción con otros grupos étnicos y sociales con los que habían convivido por siglos y que caracterizaban la pluralidad étnica de la población limeña.
Existieron personajes claves en este proceso. Uno de ellos fue Manuel Quintana Olivares, el «Canario Negro», considerado uno de los mejores intérpretes y guitarristas de la música tradicional costeña, especialmente en la marinera y en otros antiguos cantares (resbalosas y fugas). Canario Negro es un referente del canto de jarana, es decir, de las marineras limeñas cantadas en contrapunto. Quintana nació en 1880, pero no existen documentos que precisen dónde. Lo que sí está confirmado es que, a fines de siglo XIX, llegó a Zaña y participó en jaranas durante una temporada. Luego viajó a Lima, donde fue acogido como amigo por la familia Sancho Dávila, residente del callejón de la Cruz, en Malambo. En este lugar, Quintana aprendió los géneros tradicionales que se practicaban en este lugar y se integró a la red artística afrodescendiente del barrio. También aportó con su conocimiento de canciones y danzas afrodescendientes del norte del país, especialmente de Zaña.
Manuel Quintana formó un dúo con Braulio Sancho Dávila, primo de Bartola, y desarrolló una intensa vida social, participando con otros músicos y cantores en contrapuntos de jarana que se llevaban a cabo en callejones, solares y casas de vecindad en Malambo, Maravillas (Barrios Altos), La Victoria y Breña. En estos lugares, el popular Canario Negro era muy respetado y con los años se convirtió en una leyenda urbana.
Otros personajes que alimentaron la relación entre Malambo, Barrios Altos y La Victoria fueron los hermanos Augusto y Elías Ascuez Villanueva, primos de los Sancho Dávila. Los Ascuez nacieron en Malambo, pero, al quedar huérfanos, se fueron a vivir con su tía Clara Boceta Cabezudo (hermana de su madre Nicolasa) y su esposo Mateo Sancho Dávila, al barrio de Cinco Esquinas, en Barrios Altos. Así pues, se estableció una movilidad fluida entre Malambo y Barrios Altos. Años después, los Ascuez se mudaron a La Victoria, donde, junto con Canario Negro, jaraneaban con otros artistas y vecinos en el conocido Callejón del Buque del jirón Luna Pizarro. Este callejón es considerado un importante espacio del criollismo popular, pues allí residía la famosa cantante y bailarina Valentina Barrionuevo junto con otros artistas, obreros, artesanos y futbolistas del Club Alianza Lima (como Alejandro Villanueva y Emilio Salinas).
Los hermanos Ascuez Villanueva, a su vez, eran parientes, por el lado materno, de Santiago Villanueva Cabezudo, albañil, cantante de décimas, conocido como Chocolate, nacido en Malambo en 1854. Chocolate tenía una relación estrecha con sus sobrinos Ascuez ya que estos trabajaban ocasionalmente con él en obras de albañilería y en la práctica artística. En estas jaranas participaba también Bartola Sancho Dávila, la mejor bailarina de marinera, entre otros. Santiago Villanueva fue el padre de Adalberto (o Mamerto) Villanueva, de ocupación albañil y conocido en Malambo como «Terremoto», por su fama de peleador y jaranero. Su esposa Melchora Martínez, prima de Bartola Sancho Dávila, era lavandera y costurera, pero también, eximia bailarina de marinera.
Mamerto Villanueva y Melchora Martínez fueron los padres de Alejandro Villanueva Martínez, considerado el mejor futbolista peruano de todos los tiempos e ídolo indiscutido del Club Alianza Lima. Alejandro, también conocido como Manguera, por su elevada estatura, nació el 4 de junio de 1908, en el callejón Santa Rosa, en Malambo. Su historia como futbolista se inició cuando su familia se mudó de Malambo al barrio de Maravillas, en los Barrios Altos, donde jugaba como arquero juvenil del club obrero Sport Inca. Luego, la familia consiguió una vivienda de dos habitaciones en el callejón de Pinto, en La Victoria, donde Alejandro se incorporó como zaguero del club Teniente Ruiz de la segunda división. Su debut profesional con la camiseta de Alianza Lima llegó en 1927, a la edad de 19 años, siendo además convocado a la selección nacional.
Alejandro Villanueva era un asiduo concurrente a las fiestas y jaranas de Malambo, Barrios Altos y La Victoria. Siendo ya un futbolista reconocido, visitaba frecuentemente la casa de su compadre, el músico Guillermo D’Acosta, en Malambo. También existen testimonios y registros fotográficos de su participación en las festividades que se llevaban a cabo en la pampa de Amancaes. Manguera Villanueva tenía fuertes vínculos de amistad con miembros de la red artística afrodescendiente, varios de los cuales eran sus parientes. Pero también con músicos y compositores como Luis Felipe Pinglo de Barrios Altos, conocido como el «bardo inmortal» y considerado uno de los máximos exponentes de la música criolla popular de las primeras décadas del siglo XX. Pinglo tiene una amplia producción artística entre la que destacan el vals con contenido social «El Plebeyo» y la marinera «Alianza Lima».
Otro compositor amigo y compañero de jaranas y presentaciones artísticas fue Pedro Espinel Torres, conocido como el Rey de las polcas y autor del vals «Alejandro Villanueva», en homenaje al celebrado futbolista aliancista. Felipe Pinglo, Pedro Espinal y la mayor parte de los artistas afrodescendientes que dan vida a este libro eran hinchas de Alianza Lima, un club con una fuerte identidad obrera, afrodescendiente y de barrio. Es interesante constatar que la pampa de Amancaes, la Plaza de Acho y los estadios de fútbol tienen en común ser espacios públicos donde los afrodescendientes, artistas de la música y el balón, despliegan sus talentos y obtienen reconocimiento.
En suma, estamos frente a una sólida investigación documental que da voz a personajes poco estudiados y conocidos de la cultura afroperuana. No solo creadores y artistas, sino también a personajes como Emilio Willmann «Carita» y Cipriano Moreno «Tirifilo», para cuestionar, por ejemplo, la versión dominante expandida por Ciro Alegría en Duelo de caballeros. Estamos frente a un libro monumental escrito por Luis Rocca y destinado a ser un clásico en el estudio de la cultura afroperuana.
Referencias
Aguirre, Carlos (1993). Agentes de su propia libertad: los esclavos de Lima y la desintegración de la esclavitud 1821-1850. Lima: Fondo editorial PUCP.
Bowser, Frederick (1977). El esclavo africano en el Perú colonial (1524-1650). Ciudad de México: Siglo XXI.
Bromley, Ricardo (1958). «El distrito de La Victoria». Mimeo.
Flores Galindo, Alberto (2023). La ciudad sumergida. Aristocracia y plebe en Lima, 1760-1830. Lima: Fondo Editorial PUCP.
Fuentes, Manuel Atanasio (1985 [1867]). Lima. Apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de costumbres. Lima: Fondo Industrial del Perú.
Gómez, Luis (2013). El paseo de Amancaes (años 1920): la formación de una tradición criolla oficial en Lima. En Carlos Aguirre y Aldo Panfichi (eds.), Lima, Siglo XX. Cultura, socialización y cambio (pp. 173-198) Lima: Fondo Editorial PUCP.
López Martínez, Héctor (2005). Plaza de Acho: historia y tradición 1766-1944. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.
Miró Quesada Sosa, Aurelio (1997). Temas taurinos. Lima: Empresa Editora El Comercio.
Palma, Ricardo (1964). Tradiciones Peruanas completas. Madrid: Aguilar.
Panfichi, Aldo (2013). Sociología de los barrios populares del centro de Lima, siglo XX. En Carlos Aguirre y Aldo Panfichi (eds.), Lima, Siglo XX. Cultura, socialización y cambio (pp. 83-104). Lima: Fondo Editorial PUCP.
Walker, Charles (2008). Shaky Colonialism. The Earthquake-tsunami in Lima, Peru, and Its Long Aftermath. Durham: Duke University Press.
Introducción
La principal ruta de los africanos esclavizados a partir del siglo XVI tuvo una primera fase de traslado a Cartagena de Indias (Colombia) y, luego de un largo recorrido, acoderaban en el puerto del Callao (Perú) en el océano Pacífico.
Luego de que los barcos «negreros» llegaban al puerto del Callao, trasladaban a los africanos y sus descendientes hasta la localidad de Malambo, donde eran recluidos en cuatro galpones para que pasaran el periodo de cuarentena, para luego ser vendidos en haciendas, minas y casonas coloniales. También eran utilizados para desempeñar diversas funciones de servicio doméstico, cocina, limpieza, artesanía, como aguateros, cargadores y albañiles. El barrio de Malambo, antiguamente llamado Arrabal de San Lázaro, se convirtió entonces en el principal lugar de compra y venta de esclavizados en el Perú desde el periodo colonial.
Desde el Virreinato dicho lugar fue estigmatizado ya que además de los galpones, en dicha zona se instaló un leprosorio y también fueron ubicadas personas con problemas físicos: ahí fueron confinados los tullidos o quienes habían perdido alguna extremidad.
Además de ello, las élites españolas decidieron crear, en el entorno de Lima, un gigantesco y circular muro que las protegiera de posibles ataques de corsarios y piratas. Pero ello también obedecía a que en los extramuros ubicados al lado derecho del río Rímac se ubicaban locales que producían gran contaminación como camales, tenerías (trabajos con sebo, pieles de animales) y carnicerías. Evidentemente, los desperdicios del procesamiento de los animales generaban problemas de salubridad, pues contaminaban las acequias que circulaban en el propio espacio urbano. Así pues, la situación en Malambo se agravó porque los basurales y los desechos orgánicos que se producían en el centro de Lima eran trasladados hacia dicho barrio, lo cual aumentaba los riesgos sanitarios. Asimismo, debido a la presencia de la lepra, los nacidos en dicho barrio eran despectivamente llamados «carachosos».
Es en ese contexto difícil y adverso que lograron sobrevivir millares de afrodescendientes, quienes gradualmente fueron logrando su autoemancipación. En pleno proceso de dominio colonial, preservaron sus artes tradicionales en las cofradías y hermandades que albergaban a las diversas etnias y naciones que llegaron a vivir en Malambo. Para ello, utilizaron todos los espacios públicos posibles y el propio calendario festivo cristiano, para abrirse camino y expresar tradiciones de su continente de origen.
Ya en el siglo XIX hubo un gran despliegue de creatividad artística. Los afrodescendientes estaban ubicados en un lugar estratégico ya que vivían cerca de la pampa de Amancaes, que se convirtió en uno de los principales espacios de esparcimiento de los españoles aristócratas, comerciantes y funcionarios de la Lima colonial. Y a partir de la liberación del régimen esclavista, en 1854, dicha zona gradualmente fue conquistada por los afrodescendientes con su música, canto, baile y arte culinario. Dominaron y crearon diversidad de géneros artísticos y propiciaron una época de esplendor en la segunda mitad del siglo XIX y durante todo el siglo XX. Malambo, articulado a las fiestas de Amancaes, forjó un eje privilegiado de creatividad y fue el ámbito principal para el despliegue de la vieja zamacueca, que recorrió cerca de nueve países en Latinoamérica.
Malambo fue un polo magnético que atrajo a los artistas y a familias de diversos barrios de la Lima de antaño. En cuanto a los vínculos sociales, hubo una red de afectos que unía a los vecinos de los callejones de la Lima marginada. Los barrios de los subalternos se integraban con variedad de artes, mediante el uso de la percusión, las cuerdas, el canto y los bailes. Todo ello se aderezaba con el sabor de la cocina elaborada por las mujeres.
Fue en dicho barrio donde también confluyeron diversas personas que procedían de migraciones nacionales e internacionales, lo cual lo convirtió en un espacio pluriétnico: allí convergían los aportes culturales de pobladores de los Andes, asiáticos y europeos. Por ello, es importante superar el enfoque etnocentrista, que aísla al sujeto afro de otras etnias. Principalmente en el caso de los países del área andina es importante la relación intercultural entre afrodescendientes y los pueblos originarios.
Mis investigaciones previas sobre Malambo incluyen el duelo a muerte, a cuchilla, entre Tirifilo y Carita, en 1915. Posteriormente escribí la biografía de Manuel Quintana, «Canario Negro», y luego, la vida de Bartola Sancho Dávila, bailarina de Malambo. En el camino pude constatar que había un circuito artístico marginal en el que se creaban cantares con temas eróticos y anticlericales, poco conocidos. Ello me llevó a investigar y publicar una pequeña obra titulada El libro prohibido.
Hasta ese punto pude llegar hace una década, pero faltaba conocer asuntos de fondo de Malambo. Indudablemente, estaban ausentes temas imprescindibles como la investigación del régimen esclavista en dicho lugar durante el periodo colonial, así como la capacidad de resistencia de los africanos y sus descendientes; temáticas que comencé a estudiar en los últimos años.
Un hallazgo significativo que emergió durante la investigación es la riqueza y la variedad de productos alimenticios y bebidas tradicionales creados por los afrodescendientes. Percibimos, también, una gran producción y consumo de manjares en los que confluyeron los saberes de africanos y de diversas etnias. El punto más sorprendente fue descubrir el carácter itinerante de hombres y mujeres dedicados a la venta callejera, quienes se convirtieron en pregoneros. Y en esa fase de la investigación fue posible rescatar los pregones auténticos y tradicionales de Malambo y de otros barrios limeños. Los pregoneros de Malambo cruzaron territorios, espacios étnicos y sociales variados, con mayor intensidad a partir del siglo XIX. El proceso de compartir las viandas y los potajes en casas familiares y festividades vecinales les permitió consolidar variados lazos humanos y culturales. Por ello hemos dedicado dos capítulos al arte culinario de Malambo y a su irradiación hacia diversos distritos de la Lima del ayer. En otra etapa de la investigación pudimos evidenciar la carencia de un enfoque de larga duración que nos permitiera comprender las fases históricas y culturales que habían atravesado los primeros esclavizados que llegaron a Malambo y sus posteriores generaciones.
Además, constatamos que se requería una nueva visión que presentara los aspectos humanos y la vida cotidiana de los afrodescendientes en estos cuatro siglos de vida en la capital del Perú. Era necesario integrar la estructura de los sentimientos y los lazos afectivos que fueron surgiendo en este largo caminar por la margen derecha del río Rímac. A partir de ello pudimos comprender que no había tal rivalidad entre los barrios y callejones de la Lima de antaño, sino que se cultivaba una gran amistad y fraternidad entre afrodescendientes, mestizos y andinos.
Otro asunto de reflexión detectado era que los estudios sobre los afrodescendientes en América Latina tenían algunas limitaciones. Había visiones de corta duración o excesivamente localistas. Por ello nos interesó abordar el tema de la «Ruta de la zamacueca» y su recorrido por aproximadamente nueve países de la región, incluyendo su llegada a España. Con ello, comprendimos que era preciso superar los enfoques marcados por fronteras geográficas o «chauvinistas» para tener una mirada más amplia que nos permitiera interpretar la circulación de las creaciones artísticas en el ámbito internacional. Al respecto, es importante considerar los matices y las innovaciones artísticas que se dieron en cada país, con la llegada de un nuevo género musical como la zamacueca. A Malambo también llegaron géneros musicales de otros países, como las habaneras.
En suma, el objetivo de este libro es humanizar a los afrodescendientes. Sobre este punto, es fundamental hablar de la estigmatización, sobre todo la sufrida por los habitantes de Malambo. En épocas pasadas era muy común oír frases como «no hay que ir a Malambo», «es un sitio muy peligroso». Y esto mismo se replica con otros barrios y favelas de América Latina. Por ello, en esta obra se aborda en profundidad el contexto en el que se dio el duelo entre Tirifilo y Carita en 1915. Y también se busca demostrar cómo la sociedad inventó una falsa leyenda sobre la narrativa y los resultados de tal pelea, en donde subyacen, hasta hoy, elementos de discriminación y racismo.
También nos preocupa la visión unilateral que aborda solamente el aspecto folclorista de los afrodescendientes, que se inclina más a atraer a los turistas y, por ende, soslaya su vida cotidiana, su historia y su memoria. Como parte de ello, muchas veces se oculta el «tabú» de la esclavitud, de modo que es casi imposible articular el pasado y el presente. Tampoco se pone énfasis en conocer el periodo posesclavista y la secuela del régimen opresivo que, según nuestra evaluación, perdura hasta estas épocas con nuevas características y modalidades. Hay grandes avances en las libertades, pero todavía quedan elementos de desigualdad, discriminación y exclusión. Y todo ello tiene un origen histórico. El afrodescendiente, hombre o mujer, es un ser humano, con alegrías y tristezas, por ello es unilateral percibirlo como una persona que solo «sirve para divertir a otras». Y también está el otro extremo. Hemos visto enfoques que privilegian exclusivamente los temas económico-sociales, con categorías ya preestablecidas y, tal vez, obsoletas. Y de allí se deriva la idea de que la historia de los afrodescendientes es trágica. En esa línea, hay sectores intelectuales que enfatizan solo la sobrevictimización de los afrodescendientes y no abordan sus actos valerosos y heroicos de vivir en condiciones adversas. No se valora adecuadamente la resiliencia de los esclavizados ni tampoco su alta creatividad para sobrevivir físicamente y desplegar su imaginación en las artes. Falta una nueva reflexión sobre los conceptos que se usan en las ciencias sociales para comprender historias, memorias y artes de millones de contingentes oprimidos durante la diáspora africana. Muy imperceptiblemente se separa la razón del sentimiento humano.
En ese sentido, en Malambo confluyen alegrías, tragedias y esperanzas. Sobre esta base podemos retomar las grandes luchas por la libertad y los nuevos retos que actualmente afrontan los afrodescendientes para sobrevivir. Cabe preguntarnos ¿cómo quedan las desigualdades humanas en estas épocas? ¿Y cuál es la situación actual de los malambinos? ¿Cuáles son sus perspectivas de vida? Por ello, en la parte final del libro incluimos, como anexo, seis testimonios contemporáneos sobre estos temas de la vida cotidiana. Con ello estamos dando a conocer la memoria y las voces actuales de hombres, mujeres y jóvenes afrodescendientes, después de varios siglos de su llegada a este rincón de América, trasladados en barcos «negreros» en calidad de esclavizados.
En este punto debemos cuestionarnos sobre la falta de solidaridad con Haití. ¿Cuál es la situación actual de los haitianos, el primer pueblo que logró la independencia en Latinoamérica y es pionero en cuanto a la libertad de los esclavizados? Hoy es una de las naciones más pobres, con urbes de inmanejables violencias y grandes hambrunas infantiles. Evidentemente, no existe visión integral de la diáspora africana. Un sector de académicos se ha centrado solo en abordar problemas nacionales, con lo cual se pierde de vista la situación actual de personas que forman parte de la diáspora de afrodescendientes, la cual llega a casi doscientos millones de individuos en las Américas y el Caribe. Hay millones de desplazados y migrantes forzados de diversas etnias en África y América, quienes cruzan fronteras buscando trabajo y alimentos.
Los callejones de Malambo están más vigentes que nunca, pues con ellos podemos reflexionar sobre una época de cambio de paradigmas a partir de la cual es posible anclar nuevas perspectivas sobre los africanos y sus descendientes que han migrado forzadamente a otros continentes o regiones. Cabe mencionar que los desplazamientos continúan, no solo desde África hacia Europa, sino al interior de la propia América, debido a las crecientes carencias en sus lugares tradicionales de residencia. Por lo anterior, en este libro integramos estos dos componentes de la vida diaria de la mayoría de afrodescendientes: por un lado, la secuela de la esclavitud y la desigualdad contemporánea que les afecta; y, por otro lado, el descubrimiento de su riqueza artística y cultural. A partir de ello será factible abrir el diálogo para encarar los retos de los afrodescendientes en el siglo XXI, uniendo pasado y presente. Todo ello implica promover una vida digna, contribuir a salvar el planeta con respuestas ancestrales a la crisis climática, lograr trabajos en los que no haya señales de explotación, atender las urgencias sanitarias, promover la igualdad de género, cuestionar y rechazar el feminicidio, el patriarcalismo y la trata humana. Es tiempo de superar todo tipo de discriminación, impulsar el respeto a las familias migrantes honestas y desplegar la libertad de las artes.
En un contexto global de creciente armamentismo, debemos ser más exigentes en la promoción de la paz y rechazar todo tipo de violencia. Sin embargo, percibimos que crecen la «cultura del odio» y las guerras entre países vecinos. Los conflictos bélicos internacionales repercuten en nuestros países, con el crecimiento de la inflación, el alza de precios de alimentos, la escasez de fertilizantes y el aumento del desempleo. Y en estos procesos se evidencian diversas estrategias de las élites que buscan controlar los recursos naturales en África y América Latina. Al respecto, constatamos que en la mayoría de agendas de grupos y organizaciones afrodescendientes está ausente el tema de la lucha por la paz.
Este libro se centra en la gran capacidad laboral y creatividad artística de los afrodescendientes en los barrios, los callejones y las zonas rurales del Perú y América Latina, pese a todas las carencias. Todo esto forma parte del legado de nuestros antepasados y de nuestra memoria y de las experiencias para lograr nuevas auroras. De esto trata esta historia de los cuatro siglos del barrio de Malambo.
Cabe precisar que el territorio que estamos investigando ha tenido diversidad de nombres. Inclusive la propia calle Malambo ha tenido varias denominaciones. Sin embargo, en la memoria del vecindario predominan dos: Malambo, por tradición cultural, pero también barrio bajopontino, ya que dicho lugar se ubica Abajo el Puente. En esta publicación se usan ambos términos.
Con este libro también queremos cuestionar varios mitos, enfoques y conceptos que resultan obsoletos para comprender en profundidad la historia de los afrodescendientes en el Perú y América Latina. Es evidente que falta desarrollar un sentido crítico, no solo de las visiones históricas sobre los afrodescendientes, sino también de sus prácticas en diversos campos como el institucional, el académico y el artístico. A continuación, veamos algunos temas de fondo.
El Perú es uno de los pocos países de América que no participó en el gran Proyecto de la Ruta del Esclavo, que surgió en la década de 1990, a partir de la iniciativa de Haití y cuya fundación ocurrió en el país africano Benín. Pese a los esfuerzos que hicieron investigadores peruanos, la burocracia estatal y sus funcionarios no tramitaron la creación del Comité Científico Peruano de la Ruta del Esclavo. Eso ha llevado a un aislamiento de los integrantes de la academia y activistas peruanos respecto a un conjunto de investigaciones importantes que se realizaron en muchos países de América, África y Europa. Hasta hoy no estamos articulados al Proyecto de «Las Rutas de las Personas Esclavizadas», promovido por la Unesco, que hubiera permitido desarrollar intercambios académicos y culturales sobre la africanía en tres continentes. Así pues, han transcurrido cerca de tres décadas perdidas y de aislamiento académico internacional.Lo anterior ha repercutido en la débil participación de los afroperuanos en las iniciativas para potenciar la diáspora africana en nuestros países. En cambio, predominan las visiones «nacionales» y «chauvinistas» sobre los afroperuanos. No se toma en cuenta que, durante el régimen esclavista, fueron trasladados desde África hacia América doce millones de esclavizados. Actualmente en las Américas y el Caribe hay cerca de 200 millones de afrodescendientes. Al respecto, reiteramos, lo más grave es la falta de solidaridad con Haití y el silencio sobre los migrantes afrodescendientes que parten desde África hacia Europa (cruzando el Mediterráneo con peligro de muerte) y sobre las otras corrientes migratorias masivas al interior de América Latina. También en los últimos tiempos se perciben esfuerzos de africanos para migrar hacia América. Ya se han presentado varios casos. Otra consecuencia de los enfoques «chauvinistas» es que no se tienen en cuenta los problemas de los afrodescendientes en el continente, como son la desigualdad, la falta de empleo, el incremento de la delincuencia, la trata de personas, la prostitución, el sicariato y la débil lucha contra la discriminación que tiene nuevas formas y modalidades. Ello se percibe en la falta de solidaridad en el Perú y varios países de la región para con los migrantes haitianos. Para contrarrestar este aislamiento se está construyendo el Movimiento Afroamérica Autónoma (MOAA), una organización nueva, compuesta básicamente de ciudadanos y que mantiene su independencia e insubordinación frente a los Estados, gobiernos, ministerios y diversos estamentos jerárquicos. Los afrodescendientes hemos pasado de la esclavitud a la libertad. Por ello seguimos forjando la defensa de los derechos humanos en esta nueva fase histórica. Por tanto, no debemos subestimar las nuevas amenazas como el surgimiento de supremacistas «blancos» en Estados Unidos y de las corrientes conservadoras discriminadoras en Europa. Las acciones contra el racismo y todo tipo de discriminación deben tener nuevas propuestas.Uno de los problemas principales de los afrodescendientes es la fragmentación y la falta de capacitación en cultura institucional. Esto ocurre en la mayoría de países latinoamericanos, especialmente en la diáspora asentada en el Pacífico. En suma, es necesario hacer un diagnóstico de la situación organizativa de los afrodescendientes. Todo esto se agrava porque muchas familias campesinas están alquilando o vendiendo sus tierras, ya que no tienen recursos para la siembra. Una de las consecuencias más graves es que numerosas localidades afrodescendientes se están despoblando, especialmente por la partida de los jóvenes hacia diversas urbes, luego de que terminan la secundaria. Ellos sostienen que en sus localidades rurales o ciudades intermedias no tienen espacio ni para trabajar ni para estudiar. En esta gran fragmentación y división no se puede ocultar lo grave que significó, en el Perú, la ruptura y el quiebre del Movimiento Negro Francisco Congo, surgido en la década de 1980. Este fue el primer esfuerzo de organizar y unificar a las poblaciones de base rurales y barriales o urbano-marginales. Desde aquella división, al filo del año 2000 hasta la fecha, sigue fragmentada la población afroperuana, lo cual amerita un serio balance. Una secuela de la crisis de dicho movimiento es que hasta ahora no se puede unificar a los afroperuanos. Otra problemática es que las pequeñas agrupaciones afroperuanas se han desligado —en su gran mayoría— de las bases sociales rurales y urbano-marginales, salvo algunas excepciones. En tal sentido, debe ser valorado el trabajo que realiza la familia Ballumbrosio en Chincha, con participación de la población. En otros barrios y localidades del país hay personas y pequeños grupos muy activos que tienen valiosas iniciativas, pero tienen mucha inestabilidad. Lo anterior lleva a una crisis de representación y liderazgo de los afrodescendientes en el Perú; la gran mayoría de grupos no tienen enraizamiento social y carecen de autonomía. Esa es una de las razones por las cuales abordamos el tema de contribuir a salvar el barrio de Malambo con todos los vecinos de los callejones, para fortalecer su institucionalidad, y estamos promoviendo volver a los barrios tradicionales de Lima y poblados rurales de otras regiones.Es preciso un cambio de enfoque científico, lo cual implica cambiar la visión del pasado y su relación con el presente. Por ello, en este libro estudiamos Malambo con una visión de larga duración: desde la llegada de los primeros esclavizados hasta la actualidad. Presentamos la situación actual de los vecinos de los callejones y difundimos testimonios sobre el Malambo de ayer y de hoy. Al respecto, percibimos grandes fallas en los enfoques tradicionales de investigaciones, que las sintetizamos a continuación.Es necesario revisar la relación de dos conceptos: lo criollo y lo afrodescendiente. Si se revisa el significado de lo «criollo» desde el siglo XVI hasta la fecha, es posible comprobar que tiene múltiples significados que no han sido analizados. Debe hacerse lo mismo con el significado de los fenotipos y el color de la piel. Y queda por debatir el uso académico y en la vida cotidiana de categorías y denominaciones de castas coloniales, pues hasta en los censos contemporáneos se utilizan categorías coloniales. Por ello, los resultados son cuestionables y confusos.No se ha estudiado en profundidad la religiosidad de los afrodescendientes, en cuya espiritualidad se dio un gran quiebre a mediados del siglo XIX. Un factor que produjo este hecho fue el peso inmenso de la religiosidad cristiana y sus grandes templos y nutrido calendario festivo. Inclusive, desaparecieron la mayoría de los objetos sonoros (como los tambores de tronco) que servían para rituales y evocaciones a sus orishas. En la segunda mitad del siglo XIX se extinguieron las cofradías que antes cobijaban a diversas etnias de raíces africanas, las cuales eran refugios para venerar a sus propias divinidades ancestrales y practicar danzas tradicionales. Como consecuencia, se han producido grandes cambios religiosos en Malambo y se ha reorientado la devoción, lo que ha privilegiado a las divinidades y al santoral cristiano.En relación con ello, constatamos la importancia de la parroquia de San Lázaro, la procesión del Señor Crucificado del Rímac y los altares (con símbolos católicos) que hay en casi todos los callejones. El santoral cristiano es ahora uno de los principales refugios espirituales de los pobladores de Malambo. Queda vivo el recuerdo de san Martín de Porres, afrodescendiente que vivió en Malambo y uno de los orgullos principales de los bajopontinos. En los enfoques percibimos una gran separación entre las investigaciones que se basan en documentos o fuentes escritas, lo cual es muy valioso, pero están divorciados de las tradiciones y testimonios orales. Son escasos los estudios que unen historia y memoria, patrimonio material e inmaterial. Generalmente, el presente se les escapa de las manos a los investigadores. En contrapartida, estamos articulando fuentes escritas, orales e imágenes. Debemos tomar en cuenta los aportes de los investigadores internacionales que adhirieron al Proyecto de la Ruta del Esclavo, lo cual permitió rescatar, en diversos lugares del mundo, cerca de cuatro siglos de memoria de la esclavitud sobre la base de transmisiones orales de generación a generación, así como diversas tradiciones. La mayoría de estudios sobre los afrodescendientes es cortoplacista o localista, y son historias fragmentadas temáticamente. Es necesario revisar este asunto teórico y metodológico. Faltan estudios integrales que aborden las diversas facetas de la conducta y el accionar de los seres humanos y sus familias afrodescendientes. En este enfoque se requiere una nueva interpretación de la relación entre las élites y los plebeyos o marginales. Al respecto, Alberto Flores Galindo realizó un valioso y pionero aporte. Recordemos que el Perú y el conjunto de países de las Américas y el Caribe han sido colonias, y ello dejó huellas. Son escasos los trabajos sobre la discriminación hacia la comunidad LGTBI afrodescendiente, a pesar de que hay valiosa información documentada, pero dispersa, en nuestros países. Sobre este asunto —aún considerado tabú por muchos—, hemos publicado, en medios virtuales, algunas notas y acuarelas con breves comentarios mediante los cuales se presentan imágenes alusivas a travestis, homosexuales y prostitución de afrodescendientes en el siglo XIX. En este libro abordamos uno de estos temas, asociado a la zamacueca, según la interpretación de las élites del cono sur.En la literatura existente no se abren diálogos o debates de fondo que propicien el sentido crítico y el intercambio de ideas respecto a la historia y cultura de las y los afrodescendientes; hay, entonces, una gran brecha entre los investigadores, las organizaciones afroperuanas y los activistas o pobladores de base. Los libros con temática afro —en su gran mayoría— no llegan a las familias pobres ni a los jóvenes interesados en estos temas.Otro gran vacío teórico-práctico es la separación entre los seres humanos y la naturaleza. Al respecto, es muy débil el foco que se pone en la participación de los afrodescendientes en la defensa del medio ambiente. A lo largo de la historia, no se ha valorado el trabajo de los esclavizados en las estancias o haciendas y el manejo ancestral que tenían sobre la naturaleza y la crianza de ganado. Debido al contexto actual en el que es primordial la siembra de alimentos sanos, en este libro hay dos capítulos centrados en el arte culinario en Malambo y a la histórica labor de las personas dedicadas a cocinar; en esa línea, incluimos y valoramos a los pregoneros del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En este punto es preciso mencionar que muchas personas mayores afrodescendientes tienen anemia, debido a problemas alimentarios, a lo que se suma el agravante de que muchos de ellos ya no tienen sus chacras, lo cual dificulta la biodiversidad en la producción de alimentos. Ya hemos dicho que en el campo académico hay un enfoque erróneo que separa pasado y presente; precisamente, la relación entre los afrodescendientes y la naturaleza es uno de los puentes entre el ayer y el hoy. Volvemos aquí a los saberes ancestrales de los afrodescendientes, los cuales resultan fundamentales para salvar el medio ambiente y producir alimentos sanos, ya que tienen una larga experiencia agrícola en las cuencas de la costa del Pacífico. Al respecto, el Estado debe resarcir el abandono a las familias agricultoras afrodescendientes.En la mayoría de regiones del país se evidencia un estancamiento en el plano artístico-cultural durante el siglo XXI. Lo que sobrevive de antaño es el repertorio del barrio de Malambo y de algunos distritos y familias de Lima, Cañete y Chincha. Los malambinos que destacaron son muchos, pero nos centraremos solo en algunas familias como los Sancho Dávila, los Ascuez1, los Sáez y los Acevedo; así como en Luciano Huambachano, Manuel Quintana, «Canario Negro», el cajonero Arístides Ramírez2 y los zapateadores y percusionistas de trayectoria internacional Eusebio Sirio «Pititi» y Lalo Izquierdo, todos ellos, malambinos. Cabe destacar que en el mejor disco peruano de contrapunto de marinera de 5-3 también participaron los hermanos Ascuez, Canario Negro, Luciano Huambachano y Arístides Ramírez —con el apoyo musical en el cajón de Gancho Arciniega, de los Barrios Altos, y de Luis Pardo en la guitarra—. Las mujeres malambinas también han tenido gran repercusión cultural. Hablamos de Bartola Sancho Dávila, Domitila Gonzales, Nicolasa Ascuez y, actualmente, destaca Alejandra Ambukka. Malambo fue, sin duda, un foco cultural que tuvo relación con numerosos artistas y familias de diversos barrios de Lima. En este libro estamos incluyendo todo lo que hemos podido encontrar sobre el repertorio de Malambo, que incluye cerca de doce géneros musicales y danzarios. Y también proporcionamos información sobre la discografía y enlaces de videos.En el ámbito literario, un aporte de alto nivel, reconocido nacional e internacionalmente, es la novela Malambo, de Lucía Charún, cuyo eje temático gira en torno a la población de dicha localidad. En cuanto a temas sociales y políticos es de lectura obligatoria la obra Mundos interiores: Lima 1850-1950, editado por Aldo Panfichi y Felipe Portocarrero. Sobre el diagnóstico de las enfermedades y las carencias en salubridad en Malambo, destaca la obra del doctor Hugo Marquina, resultado de una minuciosa investigación llevada a cabo a mediados del siglo XX.Han surgido mitos sobre supuestas rivalidades y rencillas entre los artistas de diversos barrios de Lima. Muy por el contrario, en la casa de la familia Sancho Dávila, en el Callejón de la Cruz de Malambo, desde la segunda mitad del siglo XIX se reunían artistas y amistades de distintos lugares; así pues, se consolidó una gran red afectiva entre los afrodescendientes, nutrida de armonía y amistad. Unos llegaban a Malambo desde el Callejón del Buque (La Victoria) y en otras ocasiones los malambinos acudían a las jaranas de La Victoria. En cierto momento, fue usual que varios artistas de Malambo se fueran a vivir a los Barrios Altos (en Cinco Esquinas). Además, hubo intercambio cultural entre Malambo y Aucallama, en Huaral (con las familias Vásquez y Muñoz). Los artistas malambinos también recorrían Barranco, lugar de residencia de Tato Guzmán, y participaban en jaranas en el Callao y Breña. Por su parte, Canario Negro logró unir al pueblo de Zaña con Malambo. Todo ese recorrido artístico propiciaba el disfrute de los platos típicos y de las bebidas que preparaban las familias: viandas tradicionales y variedad de dulces, cuyas recetas habían pasado de generación en generación; así como de las innovaciones culinarias que se difundían entre los barrios y recorrían las provincias. Un puente cultural trascendente fue el intercambio cultural y laboral entre Malambo y Aucallama. En Malambo, las mujeres tuvieron un rol protagónico, ya que bailaban, cantaban, recitaban décimas y entraban al contrapunto de «amor fino». También eran expertas en el arte culinario y desde el siglo XIX recorrían los barrios o distritos de Lima vendiendo sus manjares con pregones y cánticos breves, pero muy atractivos. Muchas de ellas desempeñaron diversos oficios: cocineras, costureras, lavanderas, amas de leche, trabajadoras de limpieza. Asimismo, asumían el cuidado de la familia en épocas de epidemias. También realizaban actividades religiosas y arreglaban los altares de los callejones. Además, eran las principales organizadoras de las jaranas de antaño.Aún no se supera el etnocentrismo en diversos sectores de los afrodescendientes en el Perú. Estamos convencidos de que es tiempo de promover el hermanamiento entre todas las personas y de forjar una visión universal en la que se respete la diversidad étnico-cultural.1
