Matices - Thais Duthie - E-Book

Matices E-Book

Thais Duthie

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Beschreibung

Vega es sinestésica grafema-color; es decir, que ve un color único e indescriptible en cada palabra. Comparte ese ligero cambio en la percepción de las cosas con tan solo un 4% de la población, aunque no es por esta particularidad que su cita está siendo un desastre. De hecho, gracias a ella despierta el interés de Alma que, poco a poco, irá empatizando con sus experiencias. A lo largo de una conversación que dura toda la noche, salpicada con la narración de algunos de los encuentros íntimos que ha tenido Vega, descubrirá que los colores esconden algo más que la impresión causada por la luz y que el sentido de la vida depende de los ojos que la miren. Matices es la segunda obra de Thais Duthie, donde pone al alcance del lector un fenómeno tan peculiar como es la sinestesia. A través de los colores que ella misma ve, va tejiendo la historia de Vega, tan ordinaria como única.

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Seitenzahl: 158

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Matices

Primera edición en LES Editorial: diciembre de 2018

© de la obra: Thais Duthie, 2018

© de esta edición: Letras Raras Ediciones, S.L.U., 2018

© de la imagen original de portada: Vitalik Radko

LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S.L.U.

www.leseditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-949350-5-3

IBIC: FA, FP, FRD

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Para J. y R., vuestros nombres siempre tendrán los colores más brillantes

sinestesia[1]

De sin-1 y el gr. αἴσθησιςaísthēsis ‘sensación’.

1. f. Biol. Sensación secundaria o asociada que se produce en una parte del cuerpo a consecuencia de un estímulo aplicado en otra parte de él.

2. f. Psicol. Imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente.

3. f. Ret. Unión de dos imágenes o sensaciones procedentes de diferentes dominios sensoriales, como en soledad sonora o en verde chillón.

[1]. Definición del Diccionario de la lengua española (RAE).

«La palabra ‘amor’ siempre me ha sabido al olor de la tinta fresca y el papel suave.

Los caxtones son pájaros mecánicos con muchas alas

y algunos son muy apreciados por sus marcas,

hacen que los ojos se derritan

o que el cuerpo chille sin dolor.

Nunca he visto que vuelen, pero

a veces se posan en la mano.

La niebla es cuando el cielo se cansa de volar

y reposa su blanda maquinaria sobre el suelo:

entonces el mundo está borroso y libresco

como grabados bajo papel de seda.

La lluvia es cuando la tierra es televisión.

Tiene la propiedad de oscurecer los colores.

El Modelo T es una habitación con la cerradura por dentro,

con girar una llave el mundo se libera

en movimiento, tan rápido que hay una película

que ver para cualquier cosa que te pierdes.

Pero el tiempo está atado a la muñeca

o metido en una caja, haciendo tic-tac con impaciencia.

En las casas, duerme un aparato encantado,

que ronca cuando lo descuelgas.

Si el fantasma llora, se lo llevan

a los labios y lo sosiegan con sonidos hasta que

se duerme. Y, sin embargo, lo despiertan

deliberadamente, haciéndole cosquillas con un dedo.

Solo a los pequeños se les permite sufrir

en público. Los adultos van a una celda de castigo

con agua pero sin nada que comer.

Echan el pestillo y sufren los ruidos

solos. Nadie se libra

y el dolor de cada uno tiene un olor diferente.

De noche, cuando mueren todos los colores,

se esconden por parejas

y leen sobre ellos mismos,

en color, con los párpados cerrados.

Craig Raine

Un marciano manda una postal a casa

(Bishop Auckland, Country, Durham, Inglaterra, 1944)

(Traducción de José Antonio Álvarez Amorós)

Índice
Portada
Créditos
Dedicatoria
Preludio
Egret
Popcorn
Dazzling Blue
Absinthe Green
Sheer Lilac
Saffron
Honeysuckle
Interludio
Plume
Lemon Zest
Pink Lemonade
Decadent Chocolate
Antarctica
Quiet Harbor
Puffin’s Bill
Postludio
Agradecimientos
Colores
Autora

Preludio

Como una marciana, así me sentía.

Me sentía muy extraña, más que nada porque la mujer que tenía frente a mí cuestionaba todas y cada una de mis intervenciones y desmontaba cualquier argumento que saliera de mi boca.

La cita había empezado con mal pie, el peor, pero es que a esas alturas ya estaba convencida de que no había solución. Y, aun así, seguía intentando ganarme la confianza de Alma, despertar mínimamente su interés.

—Puede que «Hola, me llamo Vega y soy sinestésica grafema-color» no sea la mejor forma de presentarme, ahí debo darte la razón —confesé llevándome el botellín de cerveza a los labios.

Aproveché el trago para observar la forma en que mi cita cortaba el salmón y sonreía con cierto cinismo, orgullosa de oír mis últimas palabras.

—¿Qué significa eso de grafema-color exactamente?

—Para mí, todas las letras, palabras y números tienen un color único —expliqué, con aquel tono que revelaba que se trataba de un discurso aprendido, pues había hablado de ello decenas de veces en los últimos años—. El cuatro es azul, por ejemplo. La letra a es roja, pero la palabra cantar también lo es. No es un color idéntico, no obstante. Me cuesta definirlo.

—¿Todas las letras, números y palabras? —Arqueó una ceja observándome.

—Sí, todas. Aunque en algunos casos puedo apreciar el color con más claridad que en otros. Por ahí he leído que la sinestesia es estable: si veo una determinada palabra en azul seguiré haciéndolo siempre. Sin embargo, es también idiosincrática. Es decir, que el resto de sinestésicos no ven los mismos colores que yo.

—¿Y ligas presentándote así? —preguntó reticente.

—No tengo claro si me hablan por el exceso de curiosidad o por inercia cuando ven mi silueta de foto de perfil.

Aparté las verduras del pescado y me puse un poco más de salsa para esconder el sabor. La conversación acababa de morir y tan solo nos unían una mesa y un silencio sepulcral. En medio de aquella calma en la que no se oía más que a nosotras masticando y el choque de los cubiertos contra el plato de vez en cuando, me di cuenta de que la había cagado pero bien. Primero, ¿por qué seguía teniendo citas? ¡Si ninguna salía bien! Segundo, ¿en qué momento había aceptado que fuera, además, a ciegas con una amiga de mi prima? Y tercero, ¿por qué narices no me había ido por patas nada más descubrir a Alma abriendo la puerta?

Porque no, no era la primera vez que nos veíamos. O sí, sí de forma literal, pero ella y yo teníamos una historia que venía de mucho antes. Como es tontería negarlo, lo diré: cuando vi cómo lamía aquel helado de fresa en su foto de perfil me pareció muy muy sexi. Le hablé y jamás contestó. De aquello hacía ya tres o cuatro meses y, pese a mis continuos intentos por entablar una conversación, ella seguía siendo inaccesible. Aun así, me parecía la mujer más guapa de la aplicación y no pensaba rendirme: cada día entraba a su perfil, me aseguraba de que estaba en línea y volvía a mandarle un mensaje. Al cabo de una semana me bloqueó. ¡Me bloqueó! ¡A mí!

En cualquier caso, era necesario tener en cuenta algo muy importante: yo no había huido al verla, pero ella tampoco me había cerrado la puerta en las narices al verme a mí. Y podría parecer que, lógicamente, no me había reconocido, pero no: había sonreído como diciendo «hola de nuevo» y no «encantada de conocerte».

Aquella expresión me resultaba familiar porque había estudiado todas las fotos que tenía en la aplicación al detalle. También la había buscado en Facebook, tal vez una o dos veces… o unas cuantas más. Quizá suene horriblemente mal y pueda parecer que soy una acosadora, pero yo prefiero llamarlo trabajo de campo. Sin ir más lejos, gracias a eso me di cuenta de con qué clase de sonrisa me había abierto la puerta.

Como la investigación había sido buena, tenía bastante información acerca de Alma, pero muy poca había salido de sus labios. Sabía, por sus selfis en el ascensor, que trabajaba en un sitio serio, por eso tenía que ir siempre con chaqueta. Inciso: ¡qué maravilla de modelitos, por favor! Cada vez que veía en las fotos uno nuevo no sabía dónde meterme, porque si había algo que le sentaba bien era la americana —tenía una negra un poco más larga que le quedaba de maravilla—. En alguna hasta se desabrochaba un par de botones, solía ser los viernes…

No tenía fotos bebiendo alcohol ni haciendo estupideces, pero sí que había un montón de citas de libros, con el hashtag «leyendo». Por lo que había podido averiguar prefería la poesía, aunque no le hacía ascos a la novela. Siempre escrita por mujeres, eso sí. En su tiempo libre hacía escapadas a la montaña y, con toda seguridad, le iba mucho el rollo naturista: cien por cien comprometida con el medio ambiente, reciclaje a tope y gran amante de los animales. Prueba de ello era el gato que, en posición de ataque, me miraba con intensidad desde la estantería como si fuera una figurita más. Debía de pensar que no lo veía, pero mis ojos se turnaban entre el felino y el vestido que llevaba Alma, que dejaba entrever ligeramente su escote.

—¿Cómo se llama? —pregunté apuntando al gato con el tenedor, con la salsa teriyaki goteando y todo. No manché el mantel de milagro.

Mi cita levantó la vista del plato y miró adonde señalaba, sin sorprenderse por aquella imagen amenazante, como si ya estuviera acostumbrada.

—Vesta.

—¿Vespa? ¿Como la moto? —Me resultó inevitable preguntarlo porque había tenido una experiencia relativamente reciente con una de esas.

—Vesta, como la diosa egipcia del hogar.

«Vesta», color amarillo tirando a marrón. Un color agradable, cálido, nada mal. Lástima que no me encajara en absoluto con su propietaria.

—¿Te gusta la mitología?

Pregunta retórica, porque no me hacía falta saberlo. En una de sus fotos de Facebook se le veía el pequeño tatuaje de la cruz de la vida que tenía en el tobillo, suponía que a modo de amuleto. Me la imaginé por un segundo allí, en el estudio, sufriendo la tortura de la aguja al entrar y salir de la piel. Incluso en esa situación su rostro mostraba aquella indiferencia que a esas alturas ya creía parte de ella.

—Hice un curso de Egiptología poco antes de que la adoptásemos —dijo, conectando su mirada con la mía.

Estaba esperando una respuesta o reacción por mi parte, que tardó un poco en llegar, en concreto porque me había dado cuenta de aquel paso de singular a plural. ¿A quién se refería? ¿Su familia? ¿Su hermana? ¿Su compañera de piso? ¿Su ex?

—Vaya, qué interesante. —Sonreí tras decir aquello y miré mi plato, que se vaciaba de forma paulatina, por desgracia. Maldito salmón, no lo soportaba—. ¿Tiene algo que ver con tu trabajo?

Alma soltó una carcajada que sonó mejor de lo que jamás hubiera imaginado, y solo pude pensar «Vega, cariño, tienes un crush[2]». Dejé los cubiertos en el plato para observarla, divertida, mientras bebía de su vaso de agua.

—En absoluto.

Escueta, como si quisiera que le sonsacara hasta el más mínimo detalle, y eso empezaba a sacarme un poco de quicio. Sobre su oficio sí que no sabía nada, solo que tenía que ir muy arreglada. A juzgar por la ropa de los selfis en el ascensor debía de ocupar un cargo importante en alguna empresa importante, seguro. Y debían de pagarle bien, porque me jugaría el cuello a que aquellos conjuntos no se vendían en ninguna tienda del grupo Inditex. Un momento, a lo mejor sí que los compraba en Massimo Dutti. Aun así, su estudio no demasiado grande pero acogedor y con mucho encanto daba pistas sobre qué tipo de puesto debía de tener.

—¿A qué te dedicas? —Allí estaba yo, para complacerla.

Parecía que le gustaba que se interesaran por ella y que disfrutaba dando respuesta a cualquier pregunta. Si con aquello lograba romper la primera barrera, seguiría haciéndolo. Aunque ella no preguntara de vuelta, aunque me diera la sensación de que más allá de sentirse halagada por el interés, su compañía de aquella noche ni le iba ni le venía…

—Soy diseñadora de interiores.

Miré a mi alrededor y sentí que algo encajaba. Ahora entendía por qué los colores combinaban de aquella manera tan especial, los muebles estaban tan bien seleccionados y la decoración me resultaba tan sumamente cálida —las paredes eran de un color verde menta muy suave y el mobiliario de madera, también clara—.

—Suena divertido. —Esbocé una sonrisa mientras me llevaba a la boca el último trozo de salmón. Por fin.

—A veces no tanto como parece —dijo, con una entonación que sugería que iba a decir algo más, pero se mantuvo en silencio.

Aproveché aquellos instantes en los que Alma se rellenaba la copa de vino al lado del vaso de agua medio lleno para observar sus manos. Parecían suaves y, su agarre, firme. Seguí subiendo por sus brazos depilados, hasta que el vestido de media manga comenzó a cubrirlos. Era una prenda simple, aunque se ajustaba a su cuerpo como un guante. Desde que había entrado me había llamado la atención el color, aquel azul marino que contrastaba tan bien con su piel clara, ligeramente bronceada, y su pelo rubio en ondas a la altura de los hombros.

—Hay clientes muy exigentes, plazos de entrega muy cortos. Es muy estresante.

Me sorprendió la forma en que habló esta vez, como si hubiera elegido las palabras una a una, con sumo cuidado. Seleccionadas con minuciosidad al igual que se hace en un discurso político. Sentí que, por fin, se estaba sincerando y no quise desaprovechar la ocasión de acercarme a ella, por el momento, de forma no literal.

—Alguna ventaja tendrá, ¿no? ¿Qué es lo que más te gusta?

Tampoco respondió de forma inmediata. En lugar de eso se levantó, tomó su plato y el mío y se dirigió a la cocina. Dudé entre quedarme allí sentada o seguirla, e hice lo segundo. Tras haber dejado lo que habíamos utilizado en el fregadero, se lavó las manos y abrió la nevera en busca de lo que tenía que ser el postre, ignorando mi presencia. Sacó, con sumo cuidado, dos vasitos de tarta de queso y me esquivó para dirigirse de nuevo al salón. Tan solo cuando estuvimos sentadas de nuevo, cada una con su postre delante, me contestó:

—Me hace feliz cumplir los sueños de la gente.

Y aquella respuesta, señoras y señores, era mucho mejor que la que había imaginado. Pese a la fachada que se estaba esforzando en mantener desde que había llegado, se mostraba empática, sensible, humana. Puede que detrás de tanto pragmatismo se escondiera una mujer con los mismos miedos y las mismas ambiciones que el resto. Tal vez Alma no era esa femme fatale que me había parecido al principio y que se había convertido en un reto. Quizá ahora, después de meses sin querer conocerme, deseaba abrirse de verdad.

—¿Y tú qué haces? —Su voz, suave, me sacó de mis cavilaciones.

¿Aquel interés era fingido o de verdad quería conocer la respuesta? Decidí no planteármelo siquiera, a lo mejor le estaba dando demasiadas vueltas a todo constantemente y era peor.

—Ahora trabajo en una cafetería. A veces de cara al público, otras me toca hacer tartas: zahanoria, plum cake…

—¿No has encontrado nada de lo tuyo?

—¿Qué es lo mío? —pregunté tras soltar una carcajada.

—Lo que estudiaras.

—No, no estudié nada. O nada serio, por lo menos. Hice un curso de fotografía hace unos años, pero fue y sigue siendo mi hobby, nada más. Empecé a trabajar cuando terminé el instituto.

Pude ver cómo mis palabras provocaban una reacción en cadena. Hizo aquella mueca, asintió un par de veces y siguió comiendo tarta de queso como si nada. Silencio. Otra vez volvíamos a la casilla de salida.

—Pero me gusta el trabajo —añadí, tratando de retomar la conversación.

—¿Sí? —El tono de sorpresa que empleó me hizo sentir una leve punzada en el estómago.

—Conozco chicas guapas.

¿En serio? ¿No se me había ocurrido nada mejor? Alma rio, seguro que por mi aparente exceso de confianza. Y nada más lejos de la realidad: estaba cada vez más nerviosa y no sabía qué decir. A este paso me invitaría a irme con la excusa más mala que se le pasara por la cabeza.

—Lo dices como si hubieras estado con muchas —soltó, mientras mi cuchara alcanzaba la galleta desmenuzada del postre.

Detecté algo en aquella frase que me hizo levantar la vista y encontré sus ojos. El color me recordaba tanto a esas fotos del Gran Cenote de Tulum: una mezcla de azul y verde que me hizo sentir que me ahogaba en ellos. Me miraba con curiosidad, pero también con un cierto grado de desilusión que no supe cómo interpretar. Observé, al tiempo que buscaba alguna pista para comprenderla, cómo lamía los restos de la cuchara, disfrutando de cada bocado del postre que ella misma parecía haber preparado.

—Con algunas.

No pensaba mentir, nunca lo había hecho y aquella cita no iba a ser la primera vez. Ni era mi estilo ni creía que fuera a aportarme nada bueno. Si para Alma suponía un problema, debía saberlo ahora.

—¿Y estás orgullosa?

—En la variedad está el gusto.

—¿Qué significa eso? —Quiso saber y dejó la cuchara en el vaso cuando terminó.

—Que no me arrepiento.

Otra verdad como un templo. Como si mi respuesta le hubiera resultado ofensiva, tomó su vaso y el mío —a medias— y se dirigió a la cocina otra vez. Me quedé inmóvil unos segundos, oyendo lo que parecía ser mi cita llenando el lavavajillas.

—No me arrepiento porque me aportaron nuevos colores —dije muy insegura desde la mesa del salón, deseando que no me hubiera oído.

—¿Qué?

—Es por la sinestesia. Cada mujer con la que he estado me hacía descubrir un color nuevo que no había visto nunca antes.

—Explica eso —pidió con dureza y tomó asiento frente a mí de nuevo.

—No sabría nombrar los colores que veo en mi mente, ya te lo he dicho. Algunos son muy evidentes, como por ejemplo mi nombre, que es de un verde claro… como las cartulinas del cole. —Hice una pausa—. Pero otros no, son colores que no tienen nombre. Cuando conocía a alguien nuevo mi mente le daba uno aleatorio en función de las sensaciones que me despertase, de la sonoridad, o de la forma de las letras que lo componían. Así que además de los recuerdos, me quedo con el color que me dejaron.

Me escuchó con atención hasta que terminé, y luego volvió a levantarse.

—¿Cómo descubriste que te ocurría?

—Por un artículo en el Huffington Post. «¿Ves colores en estas letras? Puedes ser sinestésico». —Reí, imitando un tono de voz grave.

Rebuscó en uno de los armarios del salón y regresó con un taco estrecho de hojas gruesas que dejó en la mesa.

—Quizá esos colores sí tienen nombre —dijo.

Alma deslizó los dedos por la primera página del bloc y fueron apareciendo nuevas hojas. Cada una de ellas tenía recuadros con diferentes tonalidades del mismo color y, debajo, el nombre en inglés. Me recordó a los libros de botánica de mi madre con los que jugaba de pequeña.

—¿Qué es esto?

—Un Pantone. Son guías con escalas de colores, trabajo con ellas para diseñar muebles y combinar la pintura de las paredes.

Entonces, entre tonos de blanco que no había visto ni siquiera en mi mente, encontré uno que me hizo sonreír. Egret. Acaricié el papel, como si volviera a acariciarla a ella.

—¿Te recuerda a alguien?

Asentí y busqué sus ojos. Sentí que ahora ella conectaba conmigo. De un modo totalmente inconsciente y con la certeza de que me había equivocado otra vez, había logrado despertar su atención y que dejara de mirarme desde la superficialidad.

—A la primera mujer con la que me acosté —confesé, todavía con algo de temor.

Ladeó la cabeza, comprendiendo. Tomó asiento, interesada en la forma en que observaba los colores que siempre habían estado ahí, aunque mudos.

—Háblame de ella —susurró, conectando esos ojos con los míos—. Y de las que vinieron después.

[2]. Intensa y fugaz sensación de enamoramiento hacia otra persona.