Melchor v Gaspar v Baltasar - Emanuel López - E-Book

Melchor v Gaspar v Baltasar E-Book

Emanuel López

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Beschreibung

Los tres reyes magos, grandes y poderosos, fueron a conocer al nazareno recién nacido. El rey Herodes, consciente de esto, desató una masacre en Belén. Siendo informados de ello, por seres inefables, se les otorgó la posibilidad de redimirse. Dejando sus reinos a cargo de sus seres más queridos y confiables, los reyes asumieron una tarea que definirá el futuro de la humanidad.

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EMANUEL LÓPEZ

Melchor v Gaspar v Baltasar

López, Emanuel 

Melchor v Gaspar v Baltasar / Emanuel López. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1520-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título. 

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

Mail: [email protected]

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Índice de contenido
PORTADA
CRÉDITOS
ÍNDICE
REGRESO A CASA
LOS JUGUETEROS
EL PRIMER REPARTO
MONSTRUOSO
COMPLICIDAD
PUNTO DE PARTIDA
LOS TESTIGOS
DECISIÓN
EL MANTO
LA CAÍDA
EL PRINCIPIO DE ALGO NUEVO
EIJI
EL REY SELECTO
LA HECHICERA
RECORDAR
LARGA VIDA AL REY
EL SONIDO DEL VIENTO
BASTET
ASIGNACIÓN
MÁS
SU PRIMERA TAREA
EL FAVOR
EL CAMINO
SEGUNDO INTENTO
LA LLEGADA DE LA REINA Y LA HECHICERA
EL DÍA DE LOS REYES MAGOS
CAMBIO DE TURNO
LA ESTRELLA EN EL CIELO
EL PRIMER ATAQUE
EL SEGUNDO ATAQUE
LA CALMA ANTES DE LA TORMENTA
REENCUENTROS
1
2
3
4
MELCHOR vs. GASPAR vs. BALTASAR
LUEGO DEL COMBATE
DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS
LA PALABRA DE LOS SEÑORES Y SEÑORAS
INTERLUDIO. EL CUENTO DE LOS ÁNGELES
EL REGRESO
AL TERCER DÍA, RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
FIN POST MORTEM
SINOPSIS
Gracias a Guido y a Karina por ayudarme con esta obra. 

Este libro está dedicado a vos, papá. 

Gracias por cuidarme, amarme y alentarme a hacer lo que me gusta. 

REGRESO A CASA

El rey mago Melchor medía alrededor de un metro setenta. Su barba y cabello eran largos y plateados. Sus ojos eran de un azul intenso. Llevaba una túnica roja con capa azul y una corona dorada.

Gaspar era el más alto, medía dos metros. Tenía cabello y barba color café, igual que sus ojos. Vestía una túnica blanca con capa amarilla y un turbante blanco en la cabeza. 

Baltasar, el tercer rey mago, medía alrededor de un metro setenta, igual que Melchor. Su tez era morena, su barba era la más corta y de color negro azabache. Usaba una túnica anaranjada, una capa verde y un turbante blanco.

Durante el camino de regreso, los tres reyes vieron el reino de Herodes el Grande. Desde donde estaban pudieron apreciar la magnificencia de sus tierras y de sus construcciones. Edificios, monumentos, templos, palacios y demás construcciones imponentes. Recordaron aquel a quien le habían avisado que el nuevo rey había nacido. Aquel hombre que les había inspirado gran desconfianza y les había hecho arrepentirse de sus palabras cuando este les solicitó que le trajeran noticias sobre el recién nacido. 

Se miraron entre sí y consideraron que era mejor no arriesgarse a que Herodes los viera y se generase algún tipo de conflicto que pudiera escalar a mayores. Alineándose entre los tres para formar un triángulo, los reyes cerraron sus ojos y aguardaron. El viento sopló cada vez más fuerte y la arena se arremolinó a su alrededor. Unos fugaces destellos sobresalían de la arena, como si esta estuviera hecha de estrellas. A los pocos minutos, el remolino de arena se detuvo y tanto los hombres como sus camellos habían desaparecido.

LOS JUGUETEROS

Inspirados por la dicha que les trajo su aventura, tan solo unos pocos días después de dicho evento, los tres reyes ya estaban casi listos para su nuevo objetivo; sin ser conscientes de la fuerza que los impulsó a actuar en tiempo y manera exactamente idénticos. Averiguaron las necesidades materiales de los niños en su pueblo y se propusieron satisfacerlas todas en una sola noche.

Cuando estuvieron completamente listos, abandonaron temporalmente el rol de reyes, y asumieron exclusivamente el de magos. Cada uno estaba en una habitación gigante, como si fuera otro templo, pero totalmente vacío y oscuro. Una vez allí, se prepararon. 

Sintieron un nudo en el estómago en el momento en que se alistaban. Respiraron profundamente. Acto seguido, brotaron destellos y humo de sus manos, como si fuera polvo estelar lleno de diamantes.

Del suelo comenzaron a brotar juguetes y herramientas. Emergían como si se tratara del nacimiento de varios árboles. Las habitaciones antes vacías comenzaban a carecer de espacio, cada vez más rápido. Cada uno creyó haber oído la respiración de los otros dos mientras conjuraban los regalos. 

Al tener todo listo, la habitación de cada uno estaba llena de diversas cosas, como instrumentos musicales y muñecos. Con un mero movimiento de sus manos, todos los objetos se convirtieron en pequeñas luces, como las estrellas que uno ve desde la tierra. Sacaron de sus trajes una cantimplora vacía y las luces se dirigieron de forma autónoma hacia el interior de esta, y dejaron la habitación completamente desierta antes de irse.

EL PRIMER REPARTO

En cuestión de minutos, cada uno había dejado su regalo en la casa de cada destinatario. Cuando volvieron a sus dormitorios, se imaginaron lo orgulloso que estaría el verdadero rey por sus acciones cuando este fuera mayor. 

Ver las caras sonrientes de las personas, los residentes de sus ciudades, les permitió volver a sentir que hacían algo que los alejaba de sus monótonas vidas. No es que hubieran sido malos gobernantes, pero, simplemente, ya no encontraban algo que los sorprendiera o les generara el placer de usar su magia para algo tan ambicioso y, a la vez, solidario. Un dejo de culpa les dio a entender que habían sido egoístas y que, en cierta forma, habían abandonado a su pueblo. 

Un viento cálido acarició sus rostros y cerraron los ojos. Inmersos en un breve trance, pudieron verse los tres. Desconociendo el origen de la magia responsable, se dieron cuenta de que habían actuado en perfecta sincronía, tanto en sus actos como en el momento en el que los llevaron a cabo. Atribuyeron dicho suceso a la influencia del verdadero rey, quien los felicitaba por su obrar y les pedía repetirlo. Así, acordaron fijar esa noche como la que todos los años repartirían regalos, no solo a sus reinos, más allá también.

Nuevamente, sintieron un retorcijón en sus estómagos que comenzó a agravarse. Fueron perdiendo el equilibrio y cayeron. Fuertes vómitos reemplazaron las arcadas que comenzaron a sentir. Luego vinieron las convulsiones. Sus sirvientes no aparecían, ¿por qué? Creyendo que estaban por morir, perdieron el conocimiento.

MONSTRUOSO

Los reyes magos estaban uno junto al otro. Despertaron al mismo tiempo y de un sobresalto. Estaban muy desorientados. Se miraron entre sí, se reconocieron. Miraron a su alrededor, no entendían qué había sucedido. Sus camellos estaban junto a ellos, muertos de deshidratación, la peste de sus cuerpos en descomposición los enfermaba. Se levantaron y miraron con detenimiento. 

No muy lejos se encontraban unas enormes construcciones. El trío se dirigió hacia allá con la esperanza de encontrar ayuda. A medida que se acercaban comenzó a hacerse más nítida la imagen. Aquel lugar estaba desierto y los hogares estaban bañados en sangre. El aire estaba viciado con la esencia de la violencia y la carnicería.

Horrorizados, los reyes se acercaron para ver qué era lo que había pasado allí. Dentro de cada hogar había un camino de sangre que los conducía hacia una imagen horrible, la de niños pequeños masacrados por la tiranía de un hombre monstruoso. 

Cada uno se alejó del hogar en el que husmeaban, sus miradas se cruzaron y compartieron un intenso sentimiento de dolor, horror y desesperación. Deseaban olvidar lo visto y regresar a sus reinos. Pero, más que nada, desearon morir cuando se dieron cuenta. 

Sin esforzarse en pensarlo, casi instintivamente, como si una voz dentro de ellos les contestara antes de preguntarse, lo supieron. Sabían quién había sido el hombre que había realizado tan brutal acto. Un amargo y profundo sentimiento de culpa cayó sobre ellos. Por obra suya, Herodes había sido advertido del nacimiento del nuevo rey y, por temor a perder su reino, había enviado a sus tropas a asesinar a cuanto niño encontrasen. Durante sus lamentos comenzaron a sentirse mareados y acabaron desmayándose otra vez. Con un fuerte espasmo, despertaron al mismo tiempo de lo que parecía una pesadilla. 

COMPLICIDAD

Cada uno de ellos se despertó debajo de las sábanas de telas finas que cubrían las amplias camas de sus grandes habitaciones de sus inmensos palacios; era medianoche. Un sudor frío recorría sus rostros; eran como lágrimas que competían por ver cuál llegaba primero al mentón (las de Gaspar llegaron primeras). Sus respiraciones se agitaron y por momentos gritaron del horror. Sus alaridos hicieron que fueran asistidos por sus devotos sirvientes. Aprovecharon la ocasión para demandar tanta agua como pudieran traerles y buscaron serenarse lo más pronto posible.

Cada uno sabía que los otros dos hacían los mismos movimientos: reincorporarse, beber el agua igual de rápido. Sintieron desesperación, miedo, angustia y un dejo de locura con terror, una transición de emociones al unísono. En dicho estado, ordenaron ser dejados a solas, lejos de la mirada y escucha de cualquier otra persona. Pese al miedo de sus fieles por descuidarlos, los reyes quedaron a solas. Los tres miraban al vacío, sabiendo que los ojos de otros dos estaban allí. Un modo de comunicación inusual, jamás antes usado por ellos. De hecho, ni siquiera sabían que podían hacerlo. Necesitaban indagar, y su método de comunicación era insuficiente.

Melchor, Gaspar y Baltasar se aproximaron a los balcones de sus dormitorios. La mayoría de la población estaba durmiendo en sus hogares. Ellos, en su soledad, y al mismo tiempo, compañía, miraron al cielo. Observaron el firmamento como lo habían hecho individualmente en el pasado. Solían admirar los astros, encontrar constelaciones y anotarlas. Tomaban notas de cometas, enanas blancas, supernovas. Vieron estrellas nacer y otras morir. Tal era su poder que el cielo y el espacio se abrían a ellos como las cortinas de un escenario.

Cerraron sus ojos y se concentraron. Mientras se esforzaban por realizar su cometido, recordaron aquel impulso que los había hecho seguir a la estrella que inició todo. Rememoraron un instintivo deseo de seguirla, y la intuición de que cada uno se encontraría con otros dos viajeros, y así los tres iniciarían aquel viaje con un final aún incierto para ellos. Tales remembranzas trajeron más amargor a sus vidas. No era para menos, no podían permitirse olvidar, y la situación tampoco se los permitía. Rememorar reiteradas veces sus pecados, su mal involuntario y la tragedia que cayó sobre los inocentes. Casi que los tres se hubieran lanzado a llorar, no por falta de ganas, eso les sobraba, pero se contuvieron para buscar explicaciones y, quizás, una posible redención.

Melchor y Baltasar comenzaron a sentir un aroma a olíbano en el aire en el momento en que, mientras tenían sus ojos cerrados, visualizaron una pequeñísima luz blanca. 

Gaspar y Baltasar, debajo de sus párpados, veían una pequeña luz dorada flotando delante de ellos. 

Melchor y Gaspar sintieron el aroma a mirra que habían llevado una vez a través del desierto y, al mismo tiempo, podían ver una pequeña luz plateada.

No había dudas, ya estaban en sincronía total, podían comunicarse como si estuvieran cara a cara. Dada la posibilidad, dieron lugar a su conversación.

Baltasar preguntó si podían escucharlo correctamente. Los otros dos confirmaron.

¿De dónde había venido ese sueño?

Ninguno sabía.

El motivo era claro, tenían que ver lo que Herodes había hecho.

¿Qué hacer entonces?, se preguntaron los tres.

¿Hacer? ¿Qué se podía hacer? ¿Justicia? 

Definitivamente justicia. 

¿Cómo iban a impartirla? ¿Debían ir desde su postura de reyes, imponerse frente a otros reinos y exigir justicia ante otro? ¿Podría esto escalar a mayores conflictos?

No estaban seguros de nada, y solo veían como único escenario posible una guerra entre reinos. Una guerra que diera lugar a más muertos, niños sin sus padres, padres sin sus niños. Más sangre derramada. Cómo enjuiciar al rey Herodes, el Grande, sin arriesgarse a una guerra era su mayor preocupación. 

Su pesimismo solo les permitía imaginar ese escenario. En un silencio prolongado, consideraron una posible solución, una más sencilla, que no los enorgullecería, pero era mucho mejor que otro baño de sangre. 

PUNTO DE PARTIDA

Los reyes se reunieron. Lejos de ser un reencuentro cálido, se trataba de un encuentro amargo que anunciaba tragedia. Decidieron hablar de lo que más les importaba debatir en ese momento; cómo, por qué, y quién les había vinculado las mentes y si les mostraron la masacre esperando que sucediera aquello que estaban por hacer.

Algo estaba pasando, algo por encima de ellos.

¿Cómo saber de qué se trataba?

¿Algún truco mágico que les permitiera saber?

Difícil saber cuál, pues tenían que rastrear en profundidad.

Más que en profundidad, era como ir de persona en persona preguntando si los habían estado haciendo actuar de forma idéntica.

¿Entonces qué?

¿Alguna teoría?

Otro rey, una reina, hechiceros, hechiceras, cualquier cuarta persona que se estuviera intentando comunicar y alertarlos.

¿Alertarlos? ¿Aquello que vieron había pasado o iba a pasar?

¿Informarles entonces? ¿Estaban siendo informados? ¿Reprochados? ¿Criticados? 

¿Serían castigados?

Primero corroborar que aquello haya sucedido.

Sus pueblos, ¿qué pasaría si ellos se fueran?

Debía ser algo rápido, ir y averiguar.

De efectivamente haber sucedido, ¿qué hacer?

¿Debían hacer justicia? ¿Deberían usar aquel método que habían pensado los tres?

Antes de seguir formulando preguntas, acordaron ver por sus propios medios si el pueblo realmente había sido masacrado, su regreso sería mucho más doloroso de lo que podrían soportar. Debían armarse de valor, de aquel poder de voluntad que les permitía superar los miedos con los que todo ser humano, rey, mago o todo junto, lidiaba, pues les era algo natural. Este no era el único sentimiento en sus corazones, también sentían dolor, culpa, tormento, desesperación e incertidumbre ante la situación. La estabilidad de sus reinos se vería amenazada si se dejaban dominar por ellas.

Tratando de ignorar esta vorágine que atormentaba sus mentes, decidieron ponerse en marcha. El peregrinaje había terminado, ya no necesitaban montar un camello e ir lentamente hacia Belén. Por lo tanto, se alistaron y tomaron una fuerte bocanada de aire, retuvieron aquella bola de oxígeno dentro por unos segundos y exhalaron lentamente. Luego, desaparecieron de donde estaban.

LOS TESTIGOS

Aparecieron donde habían estado antes de que terminara su visión. Vieron a varias personas limpiando la sangre de las paredes, sus ojos estaban empapados en lágrimas. Los cuerpos de los asesinados, envueltos en telas y arrastrados por carretillas. 

Los pocos que se voltearon a ver a los reyes se acercaron desesperados a pedir ayuda. Les decían que había sido Herodes, que necesitaban protección, que no sabían cuándo este volvería a atacar ni por qué. 

Los reyes preguntaron acerca del nazareno, pero los pueblerinos no supieron la respuesta a tal incógnita. La incertidumbre era lo peor que les pudo haber sucedido, era mucho más desagradable que si les hubieran respondido está bien o fue brutalmente asesinado. No había cuerpo, pero no sabían en manos de quién podría estar. Las posibilidades eran a merced de Herodes o de cualquier otro ser vivo que ellos no conocían. 

Las voces de las personas comenzaron a resonar con fuerza en sus oídos. Empezaron a temblar del dolor en sus cabezas por tanto ruido. Miraron a aquellos cuyos ruegos eran cada vez más insoportables, sus ojos se habían oscurecido y los pedidos de ayuda habían sido sustituidos por palabras como asesinos, monstruos, repulsivos, entre otras. 

Los reyes se miraron con desesperación y, con un movimiento mágico, volvieron a desaparecer del lugar sin dejar rastro. No lo pudieron atestiguar, pero las personas que les estaban reprochando habían salido de una especie de trance, como si sus cuerpos hubieran sido usados de la misma forma que un niño usa un juguete.

DECISIÓN

Ya era claro para ellos. Lo que habían visto efectivamente había sucedido, ya no podían hacer nada para remediarlo. Entre sus límites, manipular el tiempo estaba más allá de ellos. De esta forma, lo único que podían hacer era lamentarse, apretar los dientes, llorar y golpear los muros a su alrededor. 

¿Qué tipo de rey permitiría la matanza de inocentes? ¿Cómo podía ser digno de proteger a su pueblo si era tan inconsciente? Por más que esa ciudad no fuera parte de sus dominios, ¿con qué descaro se atrevían a llamarse reyes? 

Tanta vergüenza, tanto dolor, tanto rencor. Los sentimientos fueron mutando, volviéndose cada vez más oscuros. Seguían mentalmente vinculados, podían comunicarse entre sí, y así pudieron decidir su accionar como consecuencia de lo ocurrido.

EL MANTO

Melchor, Gaspar y Baltasar habían abandonado su título de reyes en menos de un mes, luego de haber decidido qué harían frente a los trágicos sucesos que azotaron a Belén. Cada uno había elegido a alguien de confianza para que llevara el mando. 

Melchor le otorgó el mando a un antiguo amigo y compañero, un hombre que había conocido hacía años en un viaje a otras tierras. De allí provenía ese amigo, de un país muy lejano, con rasgos distintivos y fácilmente identificables para los ciudadanos originarios de las tierras de Melchor. Este hombre le había salvado la vida al mismo rey, y, desde entonces, nunca se apartó de su lado. También lo ayudó a tomar decisiones importantes y afrontar grandes problemas propios de cualquier otro rey. Era la persona en quien él más confiaba, y de quien estaba seguro que desempeñaría un excelente rol.

Gaspar seleccionó a un muy íntimo amigo que había conocido en su infancia, cuando este aún no había asumido el trono. Nadie sabía de esta persona hasta que fue coronada, pues ninguno de los dos permitió que se supiera, Gaspar se había asegurado que quienes los hubieran visto juntos lo olvidaran. No era costumbre que un hombre tuviera amigos tan íntimos o que las mujeres tuvieran amigas así. En esto, Gaspar opinaba que era un pensamiento que no debía ser modificado a través de la magia, sino a través de la progresiva concientización y aceptación de la sociedad.

Baltasar le delegó el reinado a su hermana menor, doce años más joven que él, muy joven para ser reina, pero suficientemente madura e inteligente como para poder desempeñar su nuevo rol apropiadamente. Se podría esperar que un rey pueda existir sin una reina, pero no al revés; sin embargo, Baltasar se había encargado de hacer entender a su pueblo que las cosas no debían ser así. Por primera vez en su historia, habría una reina independiente al mando de las tierras que pertenecían a Baltasar.

Habiendo cambiado de vida, los magos desaparecieron de sus hogares en una nube llena de estrellas, para luego aparecer a unos kilómetros de las tierras de Herodes, preparándose para lo que estaba por venir.

LA CAÍDA

Sumergido en una enorme bañera, el Grande reposaba su cabeza contra el borde de esta mientras reflexionaba. La incertidumbre de un misterioso futuro lo aquejaba. Se preguntaba si había logrado acabar con su futuro rival. El vapor del agua lo ayudaba a relajarse y, por momentos, repetía la misma pregunta. El cargo de conciencia le era mínimo, casi inexistente. Se veía a sí mismo como el indicado, el más digno, el merecedor de todo lo bueno. 

Sentirse de dicha forma era, según su criterio, la razón por la que sus actos eran incuestionables. Creerse dueño de la verdad representaba el sentirse a sí mismo como quien tiene la sabiduría y conocimientos necesarios para actuar de forma correcta, sin necesidad de consultar, sin necesidad de pensarlo muchas veces, sin necesidad de cuestionarse. 

Ser el elegido era ser el único, aquel cuya misión era guiar al mundo hacia un destino mejor, aunque eso implicara llevar a cabo actos que pudieran ser severos, pero necesarios. 

Ser el Grande era más que un simple título, apodo, sobrenombre o como uno quisiera llamarlo; era, para él, una insignia, un distintivo, una bandera que anunciaba quién era él y qué representaba. Ser el Grande era anunciarles a quienes oyeran de él que podían descansar tranquilos, sabiendo que había alguien justo, un guía capaz de iluminar el camino de los ciegos, sanar al enfermo, y derribar muros con solo una palabra. Pero, por sobre todas las cosas, un alfa y un omega, un líder severo e incuestionable, la figura de autoridad máxima a quien nadie debía provocar.

Su mente se despejó y, en su trance, solo habitaban la confianza, la fuerza, pero también la sangre. Ese último pensamiento fue descartado inmediatamente por el Grande. Él no era sanguinario. Él actuaba siempre por el bien mayor, guiando a su pueblo hacia la iluminación. Su pensamiento, entonces, fue reemplazado por palabras, como digno, noble, asesino, tirano, monstruo, profano, barbárico, bestia, abominable, entre muchas otras.

Herodes se levantó de un salto y salió de su bañera. Estaba asustado. Él no habría pensado en tales palabras para definirse, era impropio de él. Algo no estaba bien, algo le estaba metiendo esas palabras en la cabeza. Al primer paso que dio, resbaló y cayó de lleno al suelo. Se golpeó el rostro y su nariz comenzó a sangrar. Sus pulmones comenzaron a llenarse de mucosa y le costaba respirar. Trató de reincorporarse, pero volvió a resbalar y caer.