Memorias - Ethel Smyth - E-Book

Memorias E-Book

Ethel Smyth

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Beschreibung

Se dice que, mientras cumplía una condena de dos meses en la prisión de Holloway por arrojar piedras contra las ventanas de los políticos que se negaban a reconocer el derecho al voto de las mujeres, se pudo ver a Ethel Smyth dirigiendo a través de los barrotes de su celda, con el cepillo de dientes a modo de improvisada batuta, una interpretación de La marcha de las mujeres, el himno que poco antes había compuesto para el movimiento sufragista. La anécdota retrata a la perfección el carácter de la que fuera una de las voces femeninas más celebradas de la música clásica occidental: autora de más de diez libros de memorias, seis óperas y una rica variedad de piezas corales, orquestales o de música de cámara, Ethel Smyth combinó su pasión por la música con el compromiso feminista y fue testigo y protagonista de algunos de los principales hitos de la historia europea de los siglos XIX y XX. Si su militancia en el movimiento sufragista le granjeó el afecto de Emmeline Pankhurst o Virgina Woolf, su formación musical germanófila la puso en contacto con Brahms, Mahler o Clara Schumann, figuras todas que desfilan por las numerosas páginas que la compositora dedicó a recoger sus vivencias. El presente volumen recoge una cuidada selección de los pasajes más destacados de estos escritos autobiográficos para ofrecer una puerta de entrada a una vida singular dedicada a la música y la lucha por los derechos de las mujeres.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Ethel Smyth

Memorias

Edición de Ronald Crichton

Con un listado de obras a cargo de Jory Bennett

Traducción deAna Pérez Galván

Alianza Editorial

Índice

Introducción

Agradecimientos

Nota del editor

Uno. 1858-1877

La hija de un soldado

Mi padre

Mi madre

Inicios musicales

Dos. 1877-1879

Música en Leipzig

Lisl von Herzogenberg

Brahms

Tres. 1879-1891

Henry y Julia Brewster

La ruptura con Lisl

En el desierto

Cuatro. 1891-1894

Lady Ponsonby

Balmoral

El lanzamiento de la Misa

One Oak

Cinco. 1894-1903

Fantasio

Der Wald

Seis. 1903-1909

The Wreckers

Enfermedad y muerte de H. B.

Thomas Beecham

Siete. 1910-1925

Sufragio de las mujeres

Ocho

Recuerdos de la emperatriz Eugenia

Nueve

Mujeres en la música

Pan IV

Una vida resumida

Epílogo

Notas biográficas

Fuentes

Listado de obras

Créditos

Introducción

La escritora

Ethel Smyth escribió diez libros. Como están descatalogados, puede que sea útil tener la lista de ellos, en orden de publicación:

Impressions that Remained (dos volúmenes, Longmans, Green, 1919)

Streaks of Life (Longmans, Green, 1921)

A Three-Legged Tour in Greece (Heinemann, 1927)

A Final Burning of Boats Etc. (Longmans, Green, 1936)

Female Pipings in Eden (Peter Davies, 1933)

Beecham and Pharoah (Chapman and Hall, 1935)

As time went On… (Longmans, Green, 1936)

Maurice Baring (Heinemann, 1938)

What Happened Next (Longmans, Green, 1940)

También escribió y recibió una enorme cantidad de cartas, y en la segunda parte de su carrera, mantuvo un diario. Su último escrito, según su primer biógrafo, Christopher St John1, fue la semblanza de Louisa, Lady Sitwell, escrita en forma de carta al nieto de esta, Osbert, y reimpresa por él como apéndice a Left Hand, Right Hand! Quizá ella lo habría incluido en otro volumen autobiográfico posterior, A Fresh Start, inacabado a su muerte en 1944.

Impressions, As Time Went On… y What Happened Next son discursivamente autobiográficos, con interludios que consisten en cartas de, y para, la autora. Se solapan y, en el caso de volúmenes posteriores, a veces hacen recapitulaciones pensando en los nuevos lectores. El tiempo que pasó permitió que hablara de más personas e incidentes. Entre medias llegaron los volúmenes variados Streaks of Life, A Final Burning of Boats Etc. y Female Pipings in Eden. Son irregulares, pero contienen parte de su mejor escritura, incluidas las extensas semblanzas de Brahms, la exemperadora Eugenia de Francia y Mrs. Pankhurst. También hay reseñas de libros, un par de conferencias y un surtido de escritos polémicos sobre la situación de la mujer. Beecham and Pharaoh es el equivalente literario del doble programa operístico, un amplio retrato que es también autobiográfico, seguido de la descripción de unas vacaciones que, a diferencia de parte de su literatura de viajes, no se aparta de los demás acontecimientos de su vida. Inordinate (?) Affection se refiere a un elemento esencial de su personalidad que se dio en paralelo a su carrera musical: su pasión por los perros de gran tamaño.

Se han utilizado para este compendio todas las obras mencionadas, y, en la medida en que ha sido posible, se han colocado los extractos en orden cronológico. Dos de sus libros no se han tocado: A Three-Legged Tour in Greece, un relato observador y entretenido de unas duras vacaciones de senderismo en Tesalia y el Peloponeso que no tiene relación alguna con los acontecimientos circundantes, y Maurice Baring, un tributo completo a un amigo realizando un recorrido por sus textos que, por desgracia, incita poco a su lectura. En el segundo volumen, la combinación de su perpetuo entusiasmo juvenil (tenía casi ochenta años cuando lo escribió) con la jerga de andar por casa («para mondarse de la risa») no ha envejecido bien.

Ethel Smyth fue primero y ante todo compositora, pero sus libros se leen tan bien que algunos se plantean si acaso no son «mejores» que su música. Dado que no existe un baremo general con el que pueda medirse el valor de, digamos, un volumen de memorias y un cuarteto de cuerda, este es sin duda un ejercicio fútil. Por el momento, sus libros tienen, o parecen tener, más interés, pero si el resurgimiento del interés por la música británica de principios de este siglo resulta ser algo más que un mero arranque de bombo parroquial, podrían cambiarse las tornas. Conocía bien el bombo local en la vida real, pero (al igual que Elgar, que a ella no le gustaba en absoluto) no lo incorporó a su música. La lectura de sus libros desvela una personalidad excepcional y descripciones de la vida musical en más de un importante centro europeo hace cien años.

Christopher St John señala una carta de Virginia Woolf en la que alaba los «largos giros recurrentes» y «el ritmo fácil y holgado» de la prosa de Ethel Smyth. Los giros y el ritmo pueden apreciarse en tres retratos mencionados antes y en otros dos de unas mujeres extraordinarias que ocupan un lugar destacado en su galería de amistades femeninas: Mrs. Benson, la mujer del arzobispo de Canterbury, y Lady Ponsonby, la mujer del secretario personal de la reina Victoria. Christopher St John también cita un pasaje revelador del diario de Ethel Smyth sobre el comienzo de su pasión por Virginia Woolf cuando tenía setenta y pico años:

Para muchas mujeres, o en todo caso para mí, la pasión es independiente de la maquinaria sexual. Por supuesto, cuando eres joven, es innegable. (Ni, de hecho, siendo franca, dejó de desempeñar un papel para mí cuando ya debería haber superado las cuestiones físicas… Pero he conservado una capacidad de amar tan intensa y absorbente como la que tuve con uno o dos de mis grandes amores de juventud.)

Virginia Woolf era mucho más joven; Emmeline Pankhurst y Edith Somerville tenían la misma edad que Ethel Smyth, pero eran excepciones. En general, parece que la «pasión» más grande y duradera que tuvo fue por mujeres mayores que ella con las que, bien por su personalidad, bien por las circunstancias, el placer físico estaba descartado, incluso para alguien con un impulso imperioso como el suyo. Aunque mantuvo una extensa correspondencia con ellas, se habla poco sobre Edith Somerville y Virginia Woolf en las autobiografías, puesto que llegaron a su vida demasiado tarde.

Por un curioso golpe de ironía, en el segundo volumen de Impressions, la introducción de Henry Brewster («Harry» o «H. B.»), el único hombre al que amó y la mayor influencia individual de su vida, viene justo después del extraordinario pasaje sobre sus amistades femeninas. Brewster, un escritor y filósofo de origen angloamericano, nació en 1850 en Francia y fue educado allí. Vivió en Europa, y tuvo predilección por Roma. Sus textos, en francés y en inglés, incluían L’Âme païenne, The Statue and the Background, Anarchy and Law y The Prison: a Dialogue. Se desenvolvía en los distintos mundos que habitaba Ethel Smyth, el familiar, el musical y el social, como un personaje de Henry James, apuesto, cosmopolita, comprensivo, no tanto un forastero como un observador. Maurice Baring, que se convirtió en el amigo más íntimo de Ethel después de H. B., oyó a alguien decir en una ocasión que era una pena que Brewster fuera «un hombre tan ocioso e ignorante». Baring más bien pensaba que «su ignorancia era más sugerente que el conocimiento de otros, ya que ignoraba no lo que era incapaz de aprender, sino lo que no tenía interés alguno en aprender, y su ociosidad beneficiaba a los demás tanto como a él mismo». En su autobiografía, The Puppet Show of Memory (Heinemann, 1922), Baring lo describía así:

Su aspecto era impactante; tenía una barba hermosa y una mirada clarividente; à contre jour, alguien dijo que parecía un Rembrandt. Tenía una actitud cortés, y al principio parecía inescrutable, una persona a la que resultaba imposible llegar a conocer bien, como si estuviera rodeado de un seto de rosales. Cuando llegué a conocerlo mejor, descubrí que el secreto de Brewster era el siguiente: era totalmente él mismo; decía sencilla y tranquilamente lo que pensaba, y a veces la verdad puede resultar desconcertante cuando se expresa con calma.

Brewster instruyó a Ethel sin dañar su espíritu, y corrigió lo que le parecía una influencia germánica bárbara ofreciéndole un conocimiento más amplio de la civilización francesa. El terreno era fértil, pero estaba sin cultivar, salvo por su madre durante su niñez, y el aprecio que Ethel sentía por Alemania, incluso en lo relativo a la música, nunca fue ciego. Se hizo amiga de los dos hijos de Brewster (su mujer era Julia von Stockhausen, hermana de Lisl von Herzogenberg): Clotilde, que estudió arquitectura en Londres y se casó con un compañero de estudios, Percy Feilding, y Christopher, que se casó con una hija del escultor Hildebrand.

Escribe sobre los acontecimientos más profundos de su amistad, el momento en el que H. B. finalmente se convirtió en su amante y su muerte a los cincuenta y ocho años, con una reticencia que choca extrañamente con la franqueza de su pluma y su discurso, que alarmaba justificadamente a familiares y amigos. A pesar de su franqueza, no era insensible ni impúdica. No creía, por ejemplo, lo que otros daban por hecho: que el pintor Sargent y su hermana Mary Hunter fuesen amantes. Esto no quiere decir que fuese ingenua o le faltara perspicacia, puesto que tenía buen ojo para las peculiaridades de la naturaleza humana y los detalles del comportamiento físico —de hecho, le despertaban gran interés—. El impulso atrevido de su escritura es un don aún más raro, la capacidad de dibujar a un personaje de forma rápida y concisa, comparable a la destreza de Sargent con el carboncillo, desplegada con maestría en su boceto de ella cantando al piano. Su tema podía ser un vecino excéntrico del páramo en torno a Aldershot, su lugar de residencia inglesa durante toda su vida, un personaje respetable de Leipzig o una figura medio olvidada del mundo de la música, como la compositora francoirlandesa Augusta Holmès, a la que encontramos a menudo en obras sobre el París decimonónico, pero nunca retratada de una manera tan vívida como aquí.

El único aspecto de su vida contra el que Ethel Smyth se rebeló con verdadera furia fue la negativa de su padre, mientras duró, a dejarla estudiar música en Alemania. Por lo demás, encajó en la vida guarnecida, con su caza, su deporte y su ocio continuo, mucho mejor que su aburrida y frustrada madre. Esa vida, con todas sus convenciones y tabúes, sus limitaciones, filisteísmos y su xenofobia, era más flexible y menos impenetrable en realidad de lo que podía parecer desde fuera. Un mundo donde la clase social contaba, pero no de forma rigurosa; donde ser rico no era algo esencial, aunque, si bien no siempre se consiguiera, se esperaba una estabilidad financiera; donde se condenaba la ostentación y la economía se ejercía con una absurda ineficiencia, y donde la veneración del conformismo jamás excluía la excentricidad, un mundo que sobrevivió hasta la Segunda Guerra Mundial y del que, sin duda, aún puede encontrarse algo por aquí y por allá.

Con sus reflejos, su ingenio y su impulso, Ethel Smyth se habría abierto camino en el mundo sin necesidad de ayuda, pero la llegada fortuita de la emperatriz Eugenia como vecina suya aceleró mucho el proceso. La emperatriz le presentó a la realeza de entonces, desde la reina Victoria hacia abajo, lo que le proporcionó apoyos de distinta clase para sus proyectos musicales que no tuvo reparo alguno en aceptar. No era una esnob en el sentido convencional, y era incapaz de ser aduladora o falsa; de hecho, su falta de servilismo parece haber sido más una ventaja que un inconveniente. Lady Ponsonby, una cortesana entregada y leal con un toque de cinismo progresista, solía burlarse de ella por su «culto a la realeza», a lo que respondía sensatamente que «todas las comunidades cerradas son un objeto de estudio interesante: el pequeño mundo burgués de Leipzig, el episcopal de Lambeth, un género aún más curioso… la realeza».

La compositora

Ethel Smyth compuso una considerable cantidad de obras musicales, aunque, para ser una compositora que murió a los ochenta y tantos, su obra no fue extensa. Fauré y Vaughan Williams, una generación mayor y menor, respectivamente, fueron los dos longevos y compusieron mucho más. En su etapa de madurez, cuando tenía cincuenta y tantos, la sordera empezó a ralentizarla, y no tenía la clase de oído interior que pudiera imponerse a ello; a diferencia de Fauré, que se quedó sordo más o menos a la misma edad, ella necesitaba oír lo que componía. Además, siempre había demasiadas distracciones: deporte, viajes (algunos, no todos, siguiendo las representaciones de sus óperas), amistades y la correspondencia asociada a ellas. Lisl von Herzogenberg, la cuñada de Henry Brewster y mentora de Ethel en Leipzig, era incapaz de entender esta dualidad en la personalidad de su protegida, pero tenía razón en oler el peligro y advertirla. Lisl no podía imaginarse que la tensión entre sus circunstancias (la vida de la clase alta militar) y la profesión que eligió se convertiría en una de las razones que contribuyó a hacer de Ethel Smyth la extraordinaria persona que fue.

De su ya olvidada Misa en re, producto de una crisis religiosa, Donald Francis Tovey escribió: «No tiene nada de “religiosidad”; y las oraciones del Kyrie y el Agnus Dei no expresan en absoluto un espíritu resignado, pero toda la música, como en Spinoza, está ebria de Dios». En una nota anexa a la partitura, la compositora pide que la Gloria se toque al final, después del Agnus Dei, y aunque Tovey da a entender que el orden alternativo solo se utiliza en los conciertos, es típico de ella preferir terminar con un acceso triunfal que con una oración.

No es de extrañar que una compositora británica, incluso una cuya relación con la tradición musical de la Iglesia anglicana fue solo intermitente, escribiera una gran obra coral. Por otro lado, es sorprendente que escribiera seis óperas. Cuando empezó la serie, la única golondrina del verano operístico inglés que de algún modo se vio pospuesta durante medio siglo fue Shamus O’Brien (1896), de Stanford. El círculo de Leipzig que ella frecuentaba no le veía oficio ni beneficio a la ópera, pero en Múnich, el director de orquesta de Wagner, Hermann Levi, impresionado por el potencial dramático que detectó en la Misa, exclamó: «Debe sentarse ahora mismo y escribir una ópera».

The Wreckers, su única ópera completa, sale de vez en cuando en producciones estudiantiles o semiprofesionales, pero la partitura merece el tratamiento a gran escala que no ha recibido desde la reposición de 1939 de Sadler Wells. Thomas Beecham escribió sobre la admiración que le profesaba en su autobiografía A Mingled Chime (Hutchinson, 1944), en la que también ofrece un retrato de ella tan gráfico como el que ella ofreció de él en Beecham and Pharaoah:

Esta excelente obra no ha tenido nunca una representación convincente debido a que, al parecer, es imposible encontrar una soprano anglosajona que pueda interpretar de manera contundente esa figura espléndida y original que es la trágica heroína Thirza. Ni en este papel ni en el de Mark, el tenor, he oído ni visto más que una mínima muestra de la intensidad y la exaltación espirituales sin las cuales estos dos personajes no consiguen dejar huella.

Cuarenta años después, podríamos encontrar a los cantantes.

El libreto de The Wreckers lo escribió Harry Brewster, en francés, como Les Naufrageurs —le gustaba ese lenguaje, y en aquel momento el francés Messager dirigía Covent Garden—. Ethel Smyth escribió el libreto para cuatro de sus óperas, un lote variado, y para las dos primeras Harry le dio algunos consejos de fondo. Fantasio, una comedia fantástica en dos actos, en alemán, está basada en la obra de teatro homónima de Musset. Der Wald, un drama musical en un acto con prólogo y epílogo, también en alemán, es verismo con vestuario romántico-medieval.

Durante la guerra de 1914-1918, con la consolidación de Beecham como empresario y director de ópera y el crecimiento de la ópera en el Old Vic, Ethel Smyth se pasó al inglés. The Boatswain’s Mate (un acto, dos escenas, con un intermedio opcional), en el que la heroína es una mesonera experta, está basada en la comedia de W. W. Jacobs. Fête Galante, un «sueño de danza» en un acto, con bailarines, solistas y un coro, es una versión de Edward Shanks de una historia de Maurice Baring, volviendo al mundo refinado de Fantasio, pero con un giro amargo. Entente Cordiale, una «comedia de posguerra en un acto» dedicada a «mi propia rama, el Ejército», tiene canciones intercaladas con jerga teatral y cháchara soldadesca. Las piezas Two Interlinked French Folk Melodies para orquesta proceden de esta ópera. No apuntaba alto con sus óperas cómicas inglesas; del mismo modo que decía escribir sus libros para «los Señores y Señoras Cualesquiera», confesaba que anhelaba que su público fuera el de la comedia musical. Ignoraba el fuerte prejuicio británico contra las óperas en un acto. Lo que quería por encima de todo era la compañía permanente de ópera ligera que no existía, y sigue sin existir, en este país.

Las «canciones de música de cámara» de 1908 a las que ella se refiere consisten en tres poemas de Henri de Régnier, Odelette, La Danse y Chrysilla, a los que añadió un Anacreontic Ode, en traducción al francés de Leconte de Lisle. Su última obra, The Prison (1930), descrita como una sinfonía, es una cantata en dos partes para soprano, bajo-barítono, coro y orquesta, basada en el diálogo filosófico homónimo de Harry Brewster. El cariño que la compositora sentía por este hijo natural tardío no se ha visto recompensado con muchas representaciones. Un candidato más sencillo y propicio para su reposición es la más temprana Hey Nonny No para coro y orquesta (1911), una canción báquica del siglo XVI compuesta en un marcado ritmo de vals. Aunque la expresión no es en absoluto feminista, la compositora enfatiza la frase «los hombres son unos necios». Una obra tardía que ya ha caído en el olvido es el Concierto para violín, trompa y orquesta en tres movimientos (1927), que la compositora también adaptó como Trío en la, para los solos de los dos instrumentos con piano.

Las autobiografías de Ethel Smyth están llenas de referencias a su canto, normalmente acompañado por ella misma al piano, un arte muy practicado en los días de la música de salón, de la cual su amigo Sir George Henschel fue un destacado exponente. Cautivaba y entusiasmaba a los oyentes amateurs y a los profesionales experimentados con una gran determinación, desgraciadamente no siempre llevada hasta el final, para producir las óperas que cantaba y tocaba para ellos. En The Puppet Show of Memory, Maurice Baring describe «la rara y exquisita calidad y delicadeza de su voz, la extraña emoción y el lamento, la distinción y la locución clara y nítida». A otra amiga, Sylvia Pankhurst (en The Suffragette Movement, Longmans, Green, 1931), también le impresionó el toque de singularidad del canto de Ethel:

Jamás se oyó «Hey Nonny No!» con tanta fuerza y singularidad como cuando ella lo hizo, tocando para un grupo casual de sufragistas en [su] casita de campo. Voces de marineros bebiendo en una taberna, tipos toscos, duros, espíritus aventureros salvajes; voces de alegría; risas rudas, estentóreas; voces de mujeres, ridículas, fieras, alegres, tristes y afligidas; voces de horror; voces de muerte: todas ellas envueltas en la explosión salvaje y ruda de la tormenta que podía oírse en ese coro, ofrecido por ese mágico ser único.

Resumiendo su carrera, Edward J. Dent, al escribir en A Theatre for Everybody acerca de la historia del Old Vic y Sadler’s Wells, los dos teatros que Ethel Smyth admiraba tanto, dijo esto:

No importa si realmente era una buena compositora o no, ni tampoco importa que fuera una mujer y tuviera —o ella pensara que tuvo— que enfrentarse a toda clase de prejuicios sexuales. Cualquier compositor masculino podría haber tenido el mismo destino. La autobiografía de Ethel Smyth […] es un capítulo de la historia social y operística general.

Ronald CrichtonEastbourne, 1987

1Ethel Smyth: A Biography (Longmans, Green, 1959).

Agradecimientos

Estoy en deuda con Ethel Smyth: a Biography, de Christopher St. John, con capítulos adicionales de Victoria Sackville-West, Edward Sackville-West y Kathleen Dale, y con Impetuous Heart: the Story of Ethel Smyth, de Louise Collins (William Kimber, 1984). Este último incluye una breve bibliografía. Mi introducción está basada en parte en una que escribí para la reimpresión de Impressions that Remained (Da Capo Press, 1981), en Nueva York. En el texto o en las notas se ofrecen otras fuentes.

Agradezco encarecidamente la ayuda del Service Culturel de la Embajada francesa (Londres); del departamento de música de la Bibliothèque Nationale (París); de Le Figaro (París); de la Opera du Rhin (Estrasburgo); de la Deutsche Staatsoper (Berlín) y del Historisches Archiv de Colonia. En Gran Bretaña he tenido la ayuda de Breitkopf and Härtel, William Elkin, Faber Music, Novello & Co., Universal Edition, Camden Festival, la Performing Right Society y Letcher & Sons (Ringwood, Hampshire). También les doy las gracias a Robert A. Cecil, el doctor Michael de Cossart, Tom Eastwood, Mrs. J. C. Elwes, Frederick Fuller, Charles Jahant, el doctor Robert Orledge, Richard Ormond; el fallecido Nicolas Powell, Harold Rosenthal (antiguo editor de la revista Opera) y Dietrich Voss. Les debo un agradecimiento especial a mi ayudante, Juan Soriano, por su apoyo y paciencia constantes, a Jory Bennett, por elaborar lo que creemos que es el listado de trabajos más exhaustivo compilado hasta el momento de las composiciones de Ethel Smyth y por corregir sus fechas, a veces poco fiables, y finalmente a John Denny, que antes estaba en Penguin Books, y que ha aconsejado, ayudado y animado en todas las fases de la selección y compilación de las Memorias.

R. C.24 julio de 1986

Nota del editor

Al editar este compendio ha sido necesario realizar algunos ajustes menores en los textos en aras de la claridad y la continuidad. Además, se han incluido fechas allí donde el lapso de tiempo entre los extractos puede resultar confuso, se han corregido las fechas inexactas de representaciones y las faltas de ortografía de algunos nombres y se han unificado los criterios de ortografía y estilo donde se ha considerado oportuno. Estos ajustes no están indicados en el texto; la frecuente aparición de puntos suspensivos no es una indicación editorial de que ahí se haya suprimido texto, sino que se debe a la adicción a ellos que tenía Ethel Smyth y que compartió con muchos escritores de su época.

Puede localizarse el origen de cada extracto en una lista de fuentes al final del libro, siguiendo las referencias numéricas que salen en el texto al final de cada extracto o grupo de extractos de un mismo volumen. También se encuentran al final del libro unas breves notas biográficas sobre muchas de las personas a las que se hace alusión, y un listado completo de las composiciones de Ethel Smyth.

Ethel Smyth escribió para un público cuyo conocimiento básico del francés podía darse por descontado; en consecuencia, solo aporta traducciones de las citas en francés en muy raras ocasiones. De los pasajes restantes, solo ha sido posible traducir en las notas al pie las más importantes. Estas notas, y otras, son editoriales, excepto cuando están marcadas como «E. S.». En el texto figuran más comentarios editoriales a modo de pasaje de conexión, en cursiva.

R. C.

UNO 1858-1877

La hija de un soldado Mi padre Mi madre Inicios musicales

La hija de un soldado

Un día, siendo niños, cuando vivía mi hermano Johnny, que tenía facilidad para las matemáticas y una memoria certera, intentamos establecer la fecha de nuestros recuerdos más tempranos, pero resultó imposible decidir cuándo sucedió exactamente el primer hecho del que tengo memoria; concretamente, el intento de saltar del carruaje bajo tirado por ponis, según subía la colina de St Mary Cray, y que acabó conmigo caída de espaldas en la carretera, al no haberme dado cuenta de que Johnny y el mozo de cuadra siempre saltaban en la dirección en la que se movía el carro. Así pues, mi vida consciente empezó con lo que sería el primero de una larga serie de golpes; no está mal para empezar.

En aquellos días vivíamos en Sidcup, por entonces un lugar bastante rústico, que mi padre eligió por no estar demasiado lejos de Woolwich, donde, a su regreso de Inglaterra después de la rebelión de la India, asumió el mando del Depósito de Artillería. Las fuerzas indias a las que pertenecía estaban entonces en proceso de fusión con el Ejército regular y, al ser muy popular y haber servido con honores, fue considerado el hombre adecuado para una labor que requería a la vez tacto y sentido común. Puedo verlo ahora, poniéndose en marcha para su viaje diario a la oficina, montado en su caballo de guerra de metro ochenta de altura, Paddy, que más tarde hizo las veces de caballo de caza, caballo de berlina y caballo de carreta de carbón con buen humor y compostura. Incluso lo he montado yo misma, y un viejo amigo nos contó en una ocasión que la primera vez que me vio estaba subida bocabajo, suspendida por un pie del costado de Paddy con mi largo cabello barriendo la hierba, al haberse resbalado la montura en Bramshill Park. Cuando era una niña pequeña, creía a pies juntillas que la salsa de rábano picante servida con el asado dominical se sacaba de las marcas blancas de la montura en la parte alta de la cruz de Paddy, y por este motivo seguí teniendo aversión a la salsa de rábano picante años después de conocer la verdad sobre ella.

Cuando tuvo lugar aquel salto del carruaje tirado por ponis, la casa de Sidcup la integraban mis abuelos paternos, que vinieron a vivir con nosotros después de la Revolución, mis padres y cinco niños: cuatro chicas y un chico. A medida que pasó el tiempo, llegaron otras dos niñas, y Bob, mi hermano pequeño, nació el año siguiente de irnos de Sidcup; de hecho, acabamos convirtiéndonos en una de esas familias numerosas que en aquellos días eran más la norma que la excepción.

Mirando el retrato de lo que nuestro amigo George Henschel llamaba la «querida vieja cara de oporto» de mi abuelo, una recuerda la leyenda de que lo último que hizo antes de morir fue tocarse el estómago y decir carcajeándose: «¡Y pensar en las cubas de oporto que habré consumido en mi vida!». Y bien podía decirlo, pues vivió hasta los noventa y seis: un hombre maravilloso, intensamente vivo, a quien debería haber venerado en sus últimos años mientras que, ¡ay!, solo sentí la repulsión que le produce a un niño la vejez extrema. Siempre llevaba un birrete negro de terciopelo que yo asociaba mentalmente con los magos, y no me gustaba tener que besar su vieja mejilla rugosa de color rojo manzana, preguntándome con desasosiego por qué las solapas de su abrigo estaban siempre cubiertas de un polvo blanco. También detestaba uno de sus chistes favoritos, que era decir muy despacio, cuando llegaba la hora temida, «Shadrach… Meschach… y… ¡A LA CAMA VAMOS!», las últimas palabras con un rugido repentino. Pero lo que más rechazo me provocó fue el comentario que hizo cuando Johnny escupió de golpe algo muy caliente que se había metido en la boca: «Bien hecho, hijo», exclamó el abuelo, «¡solo un tonto se lo habría tragado!». Estando imbuida de las enseñanzas de la guardería sobre el comportamiento decoroso, me impactó la grosería de los hombres de la familia.

Mi abuela no me dejó ninguna huella en el recuerdo; y, como describiré a mi padre y a mi madre más tarde, pasaré a mi propia generación, empezando con la más mayor, Alice, que supuestamente jamás se portó mal en su vida y cuya bondad era «sumamente monótona», según dijo una institutriz. De esta hermana especialmente querida recuerdo sobre todo que recitaba su catecismo con una voz que solíamos tildar de chillona, una voz que toda su vida tendió a poner cuando leía las plegarias familiares. También recuerdo que en una ocasión me dijo: «Tienes una gran fuerza de voluntad; ¿por qué no tienes voluntad para ser buena?», y sentí en mi fuero interno que ese reconocimiento de mi fortaleza de carácter me encantaba. No sé si seguí el consejo o no, pero afianzar el amor propio de un niño es una buena inversión.

Johnny, el siguiente de la familia, era en ese momento mi modelo a seguir, ya que yo tenía gustos básicamente de chico, un rasgo que él encajó con una mezcla de desaprobación y apoyo a la vez. Enseguida me di cuenta de que yo trepaba más alto y era normalmente más atrevida que él, y que sin duda me preocupaba la verdad, lo que sería en parte el motivo de una falta de empatía entre los dos. Al tener él una naturaleza tranquila y pacífica, quizá también le disgustaban los modales violentos que hacían que mi madre me llamara «petrel tormentoso»; en todo caso, siempre creí que me juzgaba duramente.

Después de Johnny llegó Mary; dos años después llegué yo, la primera del montón que nació en Inglaterra: todos los demás eran pequeños indios. Cuando estalló la Revolución, mis padres estaban en casa de vacaciones, con Alice y Johnny, a los que se habían traído consigo, pues se estaban haciendo ya demasiado mayores para aquel clima. Tal como solía ocurrir en aquellos días, el bebé, Mary, se quedó allí al cuidado de una prima, con la idea de volver con ella al cabo de unos meses; y mientras mi padre se apresuraba a regresar a la India solo, Mary pasó todo tipo de vicisitudes —su aya se la llevó a un lugar seguro, escondida detrás de un pajar, etcétera—, hasta que pudieron hacerse las gestiones necesarias para enviarla de vuelta a casa.

Mi padre se fue de Inglaterra el 30 de junio de 1857, y yo nací el día 23 del siguiente mes de abril: un bebé de diez meses2. En los días presufragistas estaba orgullosa de este hecho, ya que había oído que ese tipo de niños suelen ser chicos ¡y siempre extraordinarios! Desde entonces he podido comprobar que solo las viejas señoras más ingenuas sostienen esa teoría.

Pasaron cuatro años entre mí y el siguiente hijo, Nina, un espacio que se explicaba, tal como solía decirles de forma inocente a los que preguntaban, por la ausencia de mi padre, que estaba en la India. Recuerdo bien el cambio que supuso dejar de ser el bebé mimado; se me escapan los detalles, pero no así el dolor y la ira que me provocó. Evidentemente tuvo lugar el nacimiento de los otros dos retoños Sidcup, Violet y Nelly, pero no recuerdo nada de esos acontecimientos; sin duda mis primeros recuerdos, cuando no giran únicamente sobre mí, están principalmente relacionados con Johnny y Mary.

Sidcup Place, en la parroquia de Footscray, en Kent, era originalmente una casa estilo Reina Ana pequeña y cuadrada, separada de la carretera principal por un muro alto cubierto de hiedra y una franja de jardín entre ambas. Más tarde se había añadido un ala, a lo largo de la cual corría, en la primera planta que daba al jardín de verdad, que estaba en la parte de atrás, lo que a mí me parecía una galería interminable, el mejor sitio del mundo para que los niños corran de arriba abajo gritando. Había unos establos amplios y un antiguo granero grande montado sobre pilares de piedra, aunque no por ello menos infestado, según me contaron, de ratas: una leyenda útil. El terreno era espléndido; a un lado del campo de cróquet estaba la acacia más enorme que haya visto jamás, que nunca dejaba de florecer, y en el otro lado, un magnífico cedro. Más allá había un huerto tapiado, rodeado de bordes floreados y algunas partes con rosas, y el objetivo de nuestra vida era escalar el muro sin que nos vieran, desde el lado más lejano, en busca de la fruta prohibida. Recuerdo una vez al jardinero, que se había llevado la escalera con sigilo, apareciendo repentinamente con una vara larga; corrimos por encima, él por la parte de abajo del muro, gritándonos hasta que llegamos al punto donde debería haber estado la escalera. «Ya os tengo, pequeños canallas», y me alegra decir que seguí a Johnny y pegué un salto por el aire a terreno seguro, una caída de unos dos metros y medio, un logro nada desdeñable para una niña que tenía menos años que esa cifra.

Más allá del huerto, había unos arbustos que en aquel entonces me parecían lo que ahora me parecen los bosques en los sonetos de Rossetti: un enorme lugar misterioso lleno de florestas y pájaros, flores silvestres y helechos; y de nuevo, más allá, no en nuestra propiedad, creo, un bosque de nogales con caminos verdes que lo cruzaban, todos exactamente iguales, en los que nunca me alejé demasiado de mis mayores por miedo a perderme. Siempre me acechaba este terror en particular, y una vez, cuando me vi separada un segundo de mi familia en medio de una agitada multitud para ver los fuegos artificiales en Crystal Palace y empecé a gritar espantada: «¡No voy a ver a mis queridos papá y mamá nunca más!», la muchedumbre se apartó al instante para permitir que la mano de mi padre cogiera de nuevo la mía.

Rodeado de sauces llorones con mal aspecto había un estanque con patos, en el que solíamos meternos en cajas de vino y baldes; y cerca de ahí, un viejo olmo en el que Alice, Johnny y un amigo de este habían construido una de las muchas descendientes de la casa del árbol de El Robison suizo. Tenía suelo, y montones de estanterías y ganchos, y nos dejaban merendar allí arriba cuando nos habíamos portado muy bien. Como tomar la leche templada, recién ordeñada de la vaca, era uno de nuestros premios, yo fingía que me gustaba, aunque en realidad me provocaba náuseas, y personalmente el ordeño me parecía una escena bastante inapropiada. Me parecía cruel, también, maltratar a las pobres vacas así, y cuando el arisco vaquero decía que les gustaba, no lo creía.

Tengo dos recuerdos especiales de la granja. Uno es la ocasión en la que el joven Maunsell B., un amigo de Johnny del colegio que pasó la mayor parte de sus vacaciones con nosotros y se consideraba comprometido con Mary, me prometió que me daría seis peniques si montaba por el campo a un pequeño cerdo negro llamado Fairylight. Por una razón u otra, llevábamos vestidos limpios, calados y almidonados, y cuando, tras acabar tirada en la pila de estiércol, nuestra furiosa aya me llevó a rastras al estudio de mi padre, me di cuenta fácilmente de que él apenas lograba mantener la compostura. El otro incidente fue que soborné al vaquero (de nuevo con seis peniques) para que me dejara ver cómo se sacrificaba a un cerdo, un comportamiento que horrorizó e impactó terriblemente a Johnny, que consideraba esa clase de espectáculos un privilegio masculino. La tremenda reprimenda que me llevé a continuación fue innecesaria, ya que estuve meses después de ello poniéndome mala cada vez que oía el chillido de un cerdo. Al final le daba pena hasta al aya, que me decía: «Bendita seas, solo está chillando porque quiere su cena», que espero que fuera verdad. Aparte de eso, estoy segura de que no era una niña cruel, excepto quizá más tarde, en los días del burro, cuando le hacía cosas terribles con el extremo más grueso del látigo; pero cualquiera que haya tratado con burros será indulgente.

Creo que éramos en general una pandilla traviesa y muy combativa. Mi padre una vez escribió y colgó en la pared: «Si no tienes nada agradable que decir, muérdete la lengua», un proverbio que, aunque pueda ser excelente para relacionarse en sociedad, era impopular en una guardería como la nuestra, ya que con las palabras se llega a las manos, y resulta que nos encantaba pelearnos. Hubo una pelea terrible entre Mary y yo durante la cual le tiré un cuchillo que la hirió en la barbilla, a lo que ella reaccionó lanzándome un tenedor que me pasó un milímetro justo debajo del ojo, mientras Johnny se metía debajo de la mesa.

Por supuesto, nos la cargamos y nos cayó un buen castigo, incluidos unos buenos bofetones, algo que en aquellos días no se consideraba peligroso y sacaba a flote el instinto dramático de mi madre con su técnica abofeteadora. Con los labios bien apretados, cogía la mano, nos la pegaba a la nariz, con la palma hacia arriba, durante un buen rato, como diciendo: «¡Mírala! La vas a sentir en breve», y a continuación… ¡plas!

Creo que soy la única de las seis señoritas Smyth que realmente ha recibido una paliza de verdad; el delito fue robar un poco de azúcar cande y, aunque me pillaron con las manos en la masa, negar el robo sin parar. A partir de ahí, mi padre me pegó con una de las agujas de tejer de mi abuela, una cosa de unos treinta centímetros de largo con un remate de marfil en uno de los extremos. No era un hombre especialmente cruel, y los detractores del castigo corporal dirán que el efecto embrutecedor de este queda demostrado por el hecho de que, cuando gritaba, simplemente decía: «Cuanto más ruido hagas, más fuerte te pegaré». Y me pegaba fuerte, porque dos semanas después, cuando vi a Alice, que había estado fuera todo este tiempo en casa de una tía, se fijó mientras me bañaba en las extrañas marcas que tenía por el cuerpo, y yo le expliqué que eran de sentarme sobre el miriñaque.

Incluso años después mi madre no soportaba recordar aquella paliza. Todo lo que puedo decir es que no me dejó ninguna herida en la memoria más allá del desprecio, y que fue el único castigo que tuvo jamás algún efecto, ya que me daba pavor que me hicieran daño. De hecho, correr el riesgo de sufrir los típicos palos y castigos, y llevarlo lo mejor posible cuando nos tocaban, formaba parte de nuestro plan, y me alegra saber que algunos de nuestros alegres pensamientos cuando éramos castigados provocaban una admiración involuntaria incluso en nuestros castigadores.

Por ejemplo, un día, cuando Mary y yo sabíamos que nuestro destino iba a ser sin duda estar encerradas en una habitación vacía en la parte de arriba de la casa, cogimos todos los libros que pudimos y nos los metimos en las enaguas, que se abrochaban por los lados. Recuerdo la agonía de sentir cómo se resbalaban cada vez más y más mientras nos subían arriba y cómo al final, justo cuando echaban la llave, cayeron en una avalancha. En otra ocasión nos encerraron en el vestidor de papá y las contraventanas estaban bloqueadas; pero había luz suficiente para registrar su armario y construir, con la ayuda de almohadas y cojines, un muñeco de él tendido sobre el suelo, vestido totalmente de cazador. Y como toque final, le pusimos sobre el pecho un acerico, con una inscripción hecha con alfileres: «Para nuestro querido papá». Si eso no les ablandaba, realmente no sabía qué lo haría, pero, de hecho, algún comentario descuidado que pudimos oírle a alguna visita nos hizo sospechar que nuestros delitos eran vistos con mayor indulgencia de la que habríamos esperado. En todo caso, sé que nos consideraban niños muy curiosos y divertidos, y, como ocurre en la mayoría de las familias, los invitados nos animaban a hablar y, a continuación, nuestros padres nos reprendían por ser descarados.

Como todos los niños, por supuesto, «jugábamos a ser» los amigos de nuestros padres, y una de las representaciones que más nos gustaba a Johnny y a mí era una visita de nuestros vecinos, los Sydney. Lord Sydney, en aquel entonces Lord Chamberlain, era el viejo caballero más pomposo que haya visto jamás, exactamente como «el conde» de un melodrama, con sus bigotes canos rizados y sus quevedos dorados. Tenía la costumbre de ofrecerle dos dedos a Johnny y decirle: «¿Qué tal, chico?», algo a lo que su actor hacía justicia. Lady Sydney era realmente un cielo, solía pensar yo, y me decían que, cuando yo arrugaba la nariz, miraba por encima del hombro y me quejaba del viento del este, no solo me parecía a ella tanto como una niña de siete años pueda parecerse a una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta, sino que representaba satisfactoriamente lo que nos dijeron que eran los modales Paget. Yo recuerdo especialmente a los Sydney, por supuesto, porque eran nuestros grandes aristócratas locales, y también porque su extrema amabilidad con mis padres les causaba cierto resquemor a otros vecinos menos favorecidos.

En este momento de mi vida admiraba mucho a mi padre, pero adoraba a mi madre, y recuerdo sus deslumbrantes apariciones junto a nuestra cama cuando venía a darnos un beso de buenas noches antes de irse a alguna fiesta vespertina. A menudo me quedaba llorando sin poder dormir pensando en que llegaría el día en que se haría vieja y menos guapa. Aparte de esto, la pasión salvaje por las niñas y las mujeres mucho mayores que yo formó buena parte de mi vida sentimental, y tenía por costumbre aumentar la angustia del amor imaginándome que su objeto era víctima de alguna terrible enfermedad que me la arrebataría pronto. No sé si esto era simple morbo o una intuición precoz de una verdad reiterada por los poetas a lo largo de toda la literatura —desde Jonatán y David a Tristán e Isolda—, que el Amor y la Muerte son gemelas, pero en cualquier caso no estaba dispuesta a que ninguna prueba evidente de una salud robusta me boicoteara. Por ejemplo, amaba a Ellinor B., una joven fornida que participaba en partidas de caza con perros, era una gran arquera —o toxofilita, tal como se las llamaba en aquellos días—, lideraba el coro de la iglesia con una voz estentórea y era, en general, el espécimen más sano de feminidad joven y saludable con que una pudiera toparse. No obstante, convencida de que esta flor en fuerte crecimiento estaba abocada a apagarse en breve, le pregunté un día a Maunsell si no creía que ella se estaba muriendo de tuberculosis, y nunca olvidaré mi aflicción cuando me contestó con una risotada estentórea: «¿De tuberculosis? Sí, supongo que podría morirse de tuberculosis, ¡pero no del tipo que tú crees!».

En Sidcup también aprendí que los matices de la pasión trágica tienen tan pocas probabilidades de ser comprendidos en el cuarto de los niños como en cualquier otro lugar. Adoraba a mi encantadora prima Louie, y un día, cuando me puso sobre su regazo y me achuchó, hundiéndome la cara en su generoso pecho, murmuré: «¡Quiero morirme!», a lo que el aya exclamó: «Pero bueno, señorita Ethel, ¿qué le hace decir semejante cosa? Creía que le tenía mucho cariño a su prima!». Los asuntos amorosos de la gente, en cuanto oía algo sobre ellos, captaban siempre mi atención, y en un momento en el que era demasiado joven para conocer la pasión del artista o la ambición personal, el amor me parecía que era lo único que importaba, aunque no menos que la inagotable llama de Keats, por supuesto. Un día, leyeron indiscretamente en mi presencia una carta de un admirador de Louie (en aquel entonces ella era una joven viuda) y me confundió mucho la frase «¡Ay, por una hora de amor!». ¿Cómo podía servirle a nadie una hora?, me dije a mí misma. Pero, por una vez, no hice preguntas.

Creo que en los días de Sidcup nos iba económicamente bastante bien, sobre todo después de la muerte de mi abuela materna, cuya única hija viva era mi madre. «Bonnemaman», tal como la conocíamos frente a nuestro «Grandmama» tan inglés, y cuyo nombre, según recuerdo a veces con sorpresa, fue en su día Mrs. Struth, vivía en París y era un personaje misterioso. Yo nunca la vi personalmente, pero corría la leyenda de que se había metido en cama poco después de cumplir los cuarenta, en parte debido al reúma, en parte por indolencia «extranjera», y sobre todo para recibir a un sinfín de doctores vestida con favorecedores gorros de dormir y mañanitas. Entendíamos que era considerada sofisticada e inteligente, y también que, como todos los Stracey, tenía un gran talento musical, y años después me entusiasmó enterarme de que había conocido a Chopin íntimamente. Decían que había sido increíblemente atractiva —tal como pudimos comprobar por nosotros mismos cuando el retrato de ella que hizo Jonquière pasó a manos de mi madre—, y podía apreciarse vagamente que había tenido lugar un desafortunado segundo matrimonio, al saber que no debíamos mencionar las iniciales de las fichas de nácar con las que echábamos partidas de juegos de mesa porque eran las de Mr. Reece, su segundo marido. Louie nos dijo en una ocasión que cuando era niña la habían llevado a París a verla, y la mandaron al balcón con un niño francés, que se puso al instante a escupir sobre la cabeza de los transeúntes; de pronto, la hermosa «Tía Emma» salió y se puso a abofetearle como Louie no había visto que se hubiera abofeteado a alguien ni antes ni después. Luego recuerda una inspiradora imagen de ella enferma en cama, envuelta toda en encaje blanco y lazos de color cereza; la habitación estaba en penumbra y había entrado de puntillas. Recordaba estos detalles porque nada despierta más el interés de un niño que un misterio.

Una mañana, en algún momento de los años sesenta, le entregaron un telegrama a mi madre bajo la acacia; se desmayó, y nos enteramos de que Bonnemaman había muerto. Después de eso olvidé todo sobre ella, hasta que, durante una neura genealógica, encontré una correspondencia bastante curiosa.

Si ella, tal como parece evidente, era imprudente en cuestiones monetarias, Mr. Reece no era más que un casanova, pero ella le adoraba y se peleaba por él con sus familiares. Estos debían de ser bastante odiosos, pues en una de sus lastimosas cartas dice que realmente no fue muy amable por parte de la Tía Tal-y-Cual hacer correr la voz por Inglaterra de que había hecho que construyeran unos armarios grandes en su dormitorio para poder esconder a sus amantes; una inspección del piso, añade, habría demostrado que el único armario suficientemente grande para un «propósito tan pícaro» estaba en el salón. Finalmente el padrastro se volvió tan insoportable que hubo una separación judicial, pero, para disgusto de sus familiares, Bonnemaman se negó a volver a casa y enfrentarse al «ya te lo dije» y vivió y murió en Francia. Se consideraba que había perdido posición debido a su segundo matrimonio, y como las separaciones eran consideradas vergonzosas en aquellos días, independientemente de quién fuera el culpable, su situación explica en gran medida que estuviera así envuelta en misterio. De hecho, Alice recuerda que algún tiempo después de su muerte, cuando mi madre, siempre tan original, dijo: «Me pregunto si mi padrastro sigue vivo», papá se molestó mucho por el hecho de que mencionara un asunto así delante de la niña.

¡Así era la mujer que no se podía mencionar delante de sus nietos, como si fuera una especie de desgracia familiar! Después de leer estas cartas, especialmente las de ella a mi madre, he llegado a la conclusión de que la pobre Bonnemaman, inteligente, cariñosa, impulsiva y profundamente «insensata», habría sido mi pariente favorita.

Poco después de su muerte vino la tragedia de todos los viejos indios, la bancarrota del Agra Bank, y mi padre perdió la mayoría de sus ahorros; así pues, siendo bien pequeña, conocí el escalofrío que se cernió sobre un hogar alegre a causa de los problemas económicos. Bien en ese momento o antes, había hecho grandes sacrificios para asegurarse de que cada hija que permaneciera soltera tuviera cuarenta libras esterlinas al año. Como cinco de las seis se casaron, soy la única beneficiaría de esos planes, y el título bajo el cual cobro esta pensión es… «Huérfana de militar bengalí».

2 En el certificado de nacimiento pone 22 de abril.

Mi padre

Mi padre, un buen ejemplo de lo que, afortunadamente, no es un tipo poco común, era uno de catorce hermanos, seis de los cuales vivían cuando yo era joven. Alto, erguido, de constitución fuerte, con la expresión agradable, abierta y muy inglesa que vemos exagerada en los retratos de Mr. Punch, su porte transmitía bondad y autoridad a partes iguales. El hecho de que tuviera que llevar anteojos chocaba ligeramente, a mi parecer, con su aspecto militar, pero con su uniforme de la Artillería Montada con el montón de galones de oro y la leopoldina desmadejada, era un hombre atractivo de aspecto soldadesco, y con todos los trajes, el retrato de un caballero.

Para dar una idea de cómo la Inglaterra de aquellos días lanzaba a su juventud al mundo para que encontraran su sitio, él se fue a India cuando tenía quince años, al haberles entregado su tío Sir Theophilus Metcalfe a su hermano y a él sendas comisiones de servicio en el Ejército de Bengala, y un año después era responsable de las carreteras, el transporte, las comunicaciones, la ley y el orden, la vida y la muerte, en un distrito tan grande como Yorkshire. Hay una anécdota relacionada con su período indio posterior que le describe perfectamente: alguien para quien el deber y la obediencia eran fundamentales, pero que era capaz de ponerse por encima de la ley escrita de vez en cuando. Durante la Revolución, algunos hombres de su batería que se habían unido a los amotinados fueron capturados y condenados a ser ahorcados en presencia de su oficial. Su superior, un sargento, el mejor soldado nativo que jamás había tenido bajo su mando, avanzó, saludó y dijo: «Sahib, muchas veces me decía que estaba satisfecho con cómo cumplía con mi deber; concédame un último deseo, déjeme que muera a sus manos»… «Y, por Júpiter», dijo mi padre, «aunque teníamos orden de humillar a los amotinados de todas las formas posibles, hice lo que me pidió y lo colgué yo mismo».

Cuando era un hombre bastante joven, se convirtió en lo que viene a llamarse con acierto un sufridor de la gota; ni siquiera la vida ocupada y el deporte sin fin, incluida la caza del jabalí (que odiaba que llamaran «pinchar al cerdo»), podían quemar los ríos de champán que corrían en la India, por así decirlo, por encima de los barriles de oporto de mi abuelo. Pero entre un ataque y otro, hasta el final de su vida, su vitalidad y alegría, y aquello que más valoraba, su utilidad, fueron intachables.

No hubo un hombre que fuera más querido y respetado. Leal, inteligente, con un gran conocimiento del mundo, en parte innato y en parte adquirido, la consigna de sus días fue el deber, palabra que él pronunciaba con acento agudo, y después de dejar el Ejército se lanzó al trabajo en el campo y se hizo notar. A menudo decía: «Si no tuviera nada para mantenerme ocupado fuera de casa, vaya lata sería en ella», y generalmente estaba decidido a agotarse, no a oxidarse. Siempre decían que era un excelente juez, pero en una ocasión dejó asombrados a sus hermanos magistrados cuando regañó a un policía que estaba presumiendo de cómo se había escondido detrás de un arbusto y había pillado a un hombre montando en bicicleta por la acera: «Entonces hizo usted muy mal», dijo mi padre, «por ir por ahí a hurtadillas, poniendo trampas. ¡Usted está para evitar que la gente infrinja la ley, no para esconderse y tentarles para que se la salten!».

Combinaba con su idea de prestar servicio una piedad sencilla de la que no hablaba pero en la que estaba basada toda su vida, y jamás se dormía sin leer algo de los libritos que tenía en su mesilla de noche.

Era un político entusiasta —conservador, por supuesto—, y presidente del Sindicato Conservador del Condado, pero de ideas avanzadas. Mucho antes de los días de la reforma arancelaria, estaba a favor de que hubiera un impuesto sobre la materia prima, e incluso propugnó la emancipación de la mujer, una teoría que nadie más en nuestro mundo se tomaba en serio. Recuerdo que señaló que tres cuartas partes del terreno del distrito era de mujeres, y que era monstruoso que se les denegara el sufragio. Es cierto, creo que estaba convencido que las mujeres con propiedades votarían como él, pero la injusticia y la imprudencia de que no tuvieran voto era lo que le preocupaba; no había nadie que creyera más firmemente que él que el juego limpio es lo único que funciona a largo plazo.

Recuerdo que en una ocasión, cuando era una colegiala, le dije que le había preguntado a Mr. Pursey, el zapatero, por qué todos los zapateros eran radicales y que su respuesta —«Pues, verá, señorita, tenemos tiempo para pensar»— era muy interesante. Pero a papá no le impresionó en absoluto y dijo que no había oído una tontería más infernal en toda su vida. Era muy tolerante por naturaleza, y dispuesto a escuchar las dos versiones de una cuestión; pero las convicciones son las convicciones, y un día, cuando ya había cumplido de sobra los setenta, dijo de forma confidencial: «Me estoy haciendo mayor, pero te doy mi palabra de que es muy difícil para mí, incluso ahora, creer que un radical pueda ser un hombre honesto». Siempre presidía las reuniones políticas del vecindario, y nueve de cada diez discursos suyos solían terminar con un exordio a sus oyentes para que «cumplan con su deber hacia su reina, su país y su dios». Nosotros, los niños, y me atrevería a decir que nuestros vecinos, solíamos ansiar estas peroratas como una atracción, pero las soltaba de una forma tan sencilla y tan seria que siempre acababa impresionándome incluso a mí como la primera vez. Hacia el final de su vida las ideas modernas empezaban a socavar el respeto que le había mostrado de forma automática a la aristocracia, pero nadie se quejó de su costumbre, cuando ejercía de presidente, de silenciar las objeciones o las preguntas extrañas repiqueteando en la mesa con su vara y declarando la moción aprobada por unanimidad. La gente simplemente se reía y dejaba que los métodos arbitrarios «del general» no se cuestionaran, tal era su desbordante genialidad.

Era un admirador incondicional de la Constitución británica, y aunque menos esnob que nadie que quepa imaginar, tenía un respeto anticuado por la realeza que resultaba encantador; si, yendo con prisa, pegábamos un sello bocabajo, se molestaba seriamente: «Es una falta de respeto hacia vuestra soberana», decía. Tenía el mismo tipo de veneración por las celebridades distinguidas. Recuerdo un incidente que me divirtió incluso entonces, cuando tenía el sentido del humor todavía verde. Para él Gladstone era el demonio, y al oír que el gran hombre iba a ir a dar un discurso en Aldershot, dijo: «Si veo a ese monstruo, no pienso hacerle ningún caso». Después nos enteramos de que estaba por casualidad en el andén cuando Gladstone se bajó del tren. «¿Y qué hiciste?», le preguntó mi madre. «Bueno», contestó, «la verdad es que creo que me levanté el sombrero». Igualmente estaba encantado cuando sorteé la sugerencia de una hija de Gladstone, vecina, de venir un día a cantar para él. ¡Ay!, la gente joven es tremendamente seria, y ya no volví a tener ocasión de ver al Grand Old Man de cerca.

Mi padre y yo nunca nos tuvimos una gran simpatía; quizá detectó en mí desde el principio una voluntad testaruda que finalmente se impondría a la suya. Creo también que no le gustaba el temperamento artístico, aunque al de mi madre siempre se sintió unido. En una ocasión, cuando Bob era niño, papá se lo encontró ocupado pintando, y se puso tan furioso por el hecho de que un niño se dedicara a tal fin, que tiró todos los bártulos al suelo, y Bob pensó que le iba a dar un coscorrón.

Pero lo extraño es que, en cierto modo, él mismo tenía instinto artístico; leía en alto de forma admirable a Byron, Scott, Wordsworth y a otros poetas de su juventud, y siempre me llamaba la atención la cadencia musical de su voz cuando llegaba a determinadas frases sonoras en las oraciones familiares. Es más, nadie disfrutaba con tanta intensidad de la belleza de la naturaleza, pero esto no hacía que viera en mí otra cosa que a la rebelde que, sin duda, yo era.

Su excelente forma de hablar en una prosa inglesa señorial se traducía en que leía muy bien las lecturas en la iglesia, pero no era un lector con presencia de ánimo y, al llegar a determinadas frases fuertes sin adornos del Viejo Testamento, normalmente censuradas u omitidas, se ponía a toser, a trabarse y a meterse en un berenjenal, para deleite de la congregación. Mi madre a menudo le suplicaba que se mirara el capítulo tranquilamente en casa primero, pero su orgullo no se lo permitía. Sus versiones, también, de algunos de los nombres bíblicos impronunciables eran a veces extraordinarias, pero había una sencillez en torno a su persona que sacaba adelante lo imposible.

Sin duda era colérico al viejo estilo militar del «¡maldita sea!», y si a un criado se le caía algo, gritaba enfadado, incluso en nuestras cenas de más categoría: «Dios le ha dado dos manos, idiota, ¿por qué demonios no las usa?», una extraña reprimenda, ya que sin duda no pueden servirse los platos siguiendo ese principio, pero me gustaba la frase, y espero que al criado también.

Cuando era su propia familia la que le disgustaba, traicionado por la falta de prevención verbal que he mencionado, que la agitación y el enfado exacerbaban aun más, mezclaba las partes de su discurso de la forma más extraordinaria. Una vez, cuando Bob, que entonces era un niño de cinco o seis años, estaba chinchando al perro Kitty, papá exclamó tremendamente enfadado: «Mira, Kitty, si vuelves a hacer ladrar a Bob, le voy a dar al atizador en la cabeza». O también, cuando un carruaje que casualmente había dejado a alguien en casa accedió a llevar a otra persona a la estación si no le hacían esperar, bramó escaleras arriba: «Venid ya, nada de palabras de despedida, el coche se va a ir en cualquier momento». Cuando era joven, la familia guardaba el vino bajo llave después de las comidas, y una de sus mejores salidas, o coq-à-l’âne, tal como las llamaba mi madre, a quien le encantaban, era: «Venga, Bob, chupa el armario… bueno, quiero decir, chupa el postigo». Pero era en el llenísimo landó dominical, una situación pensada para romperle los nervios a todo el mundo, donde el genio le superaba. Recuerdo que les dijo a Nelly y Bob, que estaban protestando porque les estaban apretujando a más no poder: «Bueno, si vosotros dos, que sois horriblemente delgados, no sois capaces de sentaros en un coche de cinco personas, no sé quién», y cuando estábamos llegando a la puerta de la iglesia, añadió: «A ver, mamá, tú la primera, así que sal por la ventana».

Algunas de las cosas que decía en su papel público solían filtrarse: cómo le había aconsejado a la magistratura que matara dos tiros de un pájaro e informado a un comité de que la polución del Blackwater, un sucio riachuelo local, la causaba la «enorme cantidad de calabacines que bajan por la corriente desde las colinas». Pero en su vida personal no hubo nada que superara su consejo a la madre de una niña con reúma: «Debería ponerla bajo un pasapuré». Una vez que iba por mal camino, su conversación se mantenía en esa línea el resto del día, y mi madre se reía hasta que se le saltaban las lágrimas.