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#Metoo. Nunca es tarde para superar un abuso sexual es un testimonio en primera persona de los abusos sufridos por la autora en el transcurso de su vida, de cómo tras un proceso terapéutico pudo sanar las secuelas de esas experiencias y de qué manera acompaña ahora a otras personas que han sufrido violencia sexual en el camino de lograr una vida llena de amor propio y dignidad personal. La psicoterapeuta Marisol Navarro, a través de su propio relato personal y los casos reales tratados en su consulta, consigue: • Sensibilizar acerca del impacto que tienen los abusos sexuales en la vida de las personas que los sufren. • Denunciar las estructuras sociales y jurídicas que perpetúan el problema. • Ayudar a las víctimas a recuperar su integridad, a romper el silencio, a dejar de vivir sus experiencias de abuso sexual con vergüenza o culpa. • Afianzar la idea de que las personas que han sufrido abusos no están solas y que pueden solicitar apoyo de entidades y profesionales especializados. • Dar un soplo de esperanza y transmitir que, a sabiendas de lo traumática que puede ser la experiencia, con el acompañamiento y las herramientas adecuadas, se puede llegar a tener una vida digna y plena. Un libro emocionante y revelador que nos interpela como ciudadanos activos en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.
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Seitenzahl: 96
Veröffentlichungsjahr: 2021
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#MeToo
Nunca es tarde para superar un abuso sexual
Marisol Navarro
Primera edición: Barcelona, Diciembre 2020
© Marisol Navarro© Editorial Versos y Reversos Manuel de falla, 26, planta 5 puerta 308034 Barcelona (España) [email protected] www.versosyreversos.com
Contacto comercial: [email protected] ISBN: 978-84-123041-0-7
Diseño y maquetación:Clara Xarrié Studiowww.claraxarrie.net
Asesora Creativa de Portada: Estela Gutiérrez
Impresión y encuadernación: Ulzama Digital, S.L.Polígono Industrial Areta – Calle A-3331620 Huarte (Navarra)www.ulzama.com
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, cualquiera que sea su medio (mecánico, electrónico, por fotocopia, etc) sin la autorización expresa de los titulares del copyright.
A mi tutor y terapeuta Paco Sánchez y especialmente a mi pareja, Fernando, que me habéis ayudado a liberarme de un gran peso y a ser quien soy ahora.
Introducción
Ha pasado un año desde que empecé a escribir el libro; he decidido publicarlo para contar mi experiencia personal sobre agresiones sexuales1. Son situaciones que he ocultado durante muchos años y que muy pocas personas conocen.
Pienso que, de alguna manera, si no lo hago, colaboro a mantener esta barbarie en silencio. Me refiero a seguir callando la cantidad de agresiones y abusos sexuales2 que se producen diariamente a lo largo y ancho del planeta. Así, quiero dejar patente que es algo común, frecuente en nuestra sociedad actual y que probablemente viene ocurriendo desde hace generaciones. Son situaciones que vivimos personas como tú y como yo.
El movimiento #MeToo —que inició Tarana Burke en el 2006 y que se hizo viral en el 2017 cuando varias famosas hicieron públicos algunos casos de agresión y acoso sexual3 cometidos por el productor de cine Harvey Weinstein— nos ha ayudado a tomar conciencia de lo frecuentes que son estos actos, así como de lo habitual que es mantenerlos ocultos. Que somos muchas —somos muchos— de muy diferentes clases sociales, edades y culturas.
En este libro también narro el proceso que yo he seguido a nivel personal hasta el día de hoy. Reflejo el impacto que tuvo en mi vida —que aún sigue teniendo— y en mi personalidad. Estas vivencias me han marcado y me han hecho ser quien soy hoy. Fueron un punto de inflexión que cambió totalmente mi percepción del mundo y de mí misma.
Estoy segura de que cualquier persona que sufra este tipo de experiencias llevará una marca profunda que la condicionará para el resto de su vida. Mi gran deseo, si has vivido algún tipo de abuso y este libro cae en tus manos, es que te pueda ayudar a superarlo y llevar una vida satisfactoria. Y, sobre todo, te invito a que lo cuentes y lo denuncies si no lo has hecho ya.
Quiero dejar un mensaje de esperanza porque a nivel individual se puede superar y dejarlo atrás, dejarlo en el pasado. Se puede volver a tener una vida en paz y satisfactoria. No es un camino fácil, pero se puede llegar a recuperar la integridad y liberarse del peso de esa experiencia. Al menos, yo lo he conseguido.
Por otro lado, a un nivel colectivo creo que, si hacemos públicos estos hechos, podemos contribuir a generar debate y, de este modo, poner nuestro granito de arena para concienciar a la sociedad y, aunque sea lentamente, que se produzca una transformación cultural para que dejen de producirse este tipo de actos.
Juntas —juntos— podemos hacer que algo cambie. Será posible si damos voz a los ataques sufridos.
Este libro está enfocado a los abusos y agresiones a niñas y mujeres, porque me siento profundamente vinculada a ellas y, además, mi experiencia profesional y personal es con ellas, pero ni quiero ni puedo olvidar los sufridos por la parte masculina. En especial por los niños.
1) Agresión sexual. El que atentare contra la libertad sexual de otra persona, utilizando violencia o intimidación […]. Art. 178.
2) Abuso sexual. El que, sin violencia o intimidación, y sin que medie consentimiento, realizare actos contras la libertad e indemnidad sexual de otra persona […]. Art. 181.
3) Acoso sexual. El que solicitare favores de naturaleza sexual, para sí o para un tercero, en el ámbito de una relación laboral, docente o de prestación de servicios, continuada o habitual, y con tal comportamiento provocare a la víctima una situación objetiva y gravemente intimidatoria, hostil o humillante […]. Art 184.
El principio de este libro
Son las ocho de la mañana de un sábado y es primavera. Mi pareja y yo nos hemos levantado temprano para ir a recorrer una ruta por la montaña. Antes tenemos que pasar por la clínica donde trabaja a recoger un paquete para él. Hace una temperatura ideal y al ser fin de semana no hay prácticamente tráfico, así que no importa tener que cruzar en coche toda la ciudad.
Llegamos a la clínica y mi pareja va a buscar el paquete mientras yo lo espero en el coche.
Normalmente, por la mañana me gusta el silencio, pero hoy, mientras espero, pongo la radio y empiezo a escuchar los comentarios sobre la sentencia del caso de La Manada que la Audiencia Provincial de Navarra dictó ayer, 27 de abril de 2018.
La locutora está diciendo: «La sentencia condena a nueve años por abusos, pero quedan absueltos de agresión sexual, a los cinco miembros; mientras, se están produciendo múltiples manifestaciones en distintas ciudades ante dicha resolución…».
De pronto siento un nudo en la garganta y una fuerte presión en mi pecho. Noto como si necesitara expulsar algo y empiezo a llorar. No entiendo qué me está pasando, pero no puedo parar. En mi cabeza escucho muy claro: «#MeToo, #MeToo, #MeToo».
Y luego oigo mi voz que suena cada vez más alto: «#MeToo, #MeToo, #MeToo».
Por mí, por ellas, por todas.
Acabo de decidir escribir mi historia. No sé si llegaré a publicarla, pero quiero dejar de estar en silencio.
#MeToo #MeToo #MeToo
1. Adolescencia truncada
Creencia errónea: «Eso no me ocurrirá a mí».Cualquier persona puede ser víctima de una agresión sexual. Les ocurre a personas de todas las edades, razas, grupos sociales, religiones…
Yo era una adolescente de quince años que vivía con mis padres y mis dos hermanas. Mi vida hasta entonces era la de una chica que va al instituto; estaba empezando a descubrir el mundo. Mi vida transcurría con cierta tranquilidad entre los libros, las amigas y mi familia, con las discusiones con mis padres propias de esa edad.
Me gustaba quedar con las amigas, flirtear con los chicos, divertirme. Empezaba a arreglarme para sentirme más guapa, más segura de mí misma. Mi madre, a quien le gusta maquillarse y arreglarse, siempre me apoyaba, así que podía usar tranquilamente ropa más atrevida: faldas cortas, ropa más ceñida, maquillaje… Por otro lado, era una chica muy responsable, especialmente con los estudios (quería ir a la universidad para estudiar alguna ingeniería).
Ese año había cambiado a un instituto mixto e iba a una clase donde solo éramos cuatro chicas en todo el grupo. Empezaba a descubrir la sensación de cruzarme con la mirada del chico que me gustaba, que me hacía ruborizar y sentirme insegura, pero también ese cosquilleo en el estómago que hacía que deseara volver a verlo. Para mí era un descubrimiento, toda una experiencia ya que hasta entonces había ido a un colegio de chicas.
Llevaba unas semanas viéndome con Juan, íbamos al mismo instituto. Era un año mayor que yo e iba a otra clase. Era la primera vez que tenía este tipo de relación con alguien del sexo opuesto, por lo que aparecían en mí sentimientos totalmente nuevos. Por las mañanas me levantaba con la ilusión de verlo, así que pasaba largos minutos pensando en qué ponerme, qué quería contarle o qué me contaría él. Nos veíamos en los descansos del instituto y a la salida íbamos un rato a un parque cercano, donde juntos compartíamos sueños sobre nuestro futuro, luego me acompañaba a casa.
Yo vivía en una parte nueva de la ciudad; estaba repleta de parques, jardines y viviendas. Era una zona tranquila a la vez que concurrida: institutos, colegios, bares, pubs, restaurantes. Durante la semana era una zona bastante bulliciosa, llena de estudiantes, mientras que durante el fin de semana transcurría algo más tranquila, con gente que paseaba o simplemente iba a cenar por allí.
La ciudad donde vivía era pequeña lo que me permitía ir caminando prácticamente a cualquier punto. Además, a mí me encantaba pasear, así que casi siempre iba andando adonde fuera que tuviera que ir.
Ingenuidad perdida
Era el día de mi santo, que coincide con el viernes de Semana Santa, día de procesiones, con las calles repletas de gente rebosante de alegría. Habíamos ido a mi restaurante preferido y habíamos comido en la terraza, ya que hacía un día primaveral maravilloso. Era uno de mis días preferidos del año, en el que se unía el calor al olor del azahar de los limoneros. Venía también mi abuela materna, como era tradición, lo que hacía que me sintiera feliz porque era de las pocas veces al año que nos juntábamos toda la familia. Además, ese año parecía que estábamos todos de buen humor, lo cual lo hacía aún más especial. Había estrenado un vestido azul y verde, regalo de mi madre, junto con unas gafas de sol que me habían comprado mis hermanas, hacía tiempo que soñaba con ellas.
La comida se alargó más de lo previsto, así que regresamos a casa cerca de las cinco. Yo había quedado con unas amigas para ir a dar una vuelta por la tarde; quería cambiarme de ropa para ir más cómoda pero no tuve tiempo, pues había quedado en recoger a Lucía a las cinco. Llegué a casa, dejé la chaqueta que llevaba y me fui hacia la casa de Lucía. Ella vivía a unos quince minutos caminando, luego las dos nos dirigimos hacia el parque donde nos encontraríamos con el resto de amigas. Para mi sorpresa, cuando llegamos estaban hablando con un grupo de chicos bastante más mayores que nosotras. Siempre me ponía algo nerviosa cuando tenía que conversar con un chico que no conocía, no sabía bien de qué hablar, así que al principio me quedé apartada del grupo con Lucía, hablando; pero al rato se acercó uno de ellos y empezó a charlar con nosotras. Llevaba una cerveza en la mano y nos ofreció beber, yo le dije que no tomaba cerveza lo cual hizo que se mofara de mí. Me sentí estúpida a la vez que enojada con él por reírse de mí; además, sin permiso me cogió las gafas de sol y me enfadé aún más. Pasados unos minutos me contó que estudiaba industriales, así que poco a poco me fue cayendo mejor hasta que al final pasamos toda la tarde charlando sobre su carrera y lo que yo quería estudiar.
Cuando se hizo la hora de volver a casa, le pregunté a Lucía si volvía conmigo, me dijo que ese día sus padres la dejaban regresar después de las diez, así que lo haría más tarde. Yo comencé el recorrido de vuelta, el mismo que solía tomar cuando estaba en esa parte de la ciudad. Crucé el centro de la ciudad encontrándome con mucha gente por la calle. Tuve que hacer un pequeño cambio en mi ruta porque me crucé con la procesión de la tarde del Viernes Santo. Decidí ir por la zona de la universidad que hay en el centro de la ciudad, donde había muchísimos estudiantes en los bares de alrededor. Pensé que quizá era hora de proponer a mis padres que me retrasaran la hora de vuelta: ya tenía quince años.
