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Michael Taylor es un ser mitológico, pero no de nuestro mundo, tendrá que derrotar al malvado Shaetani, viajará al espacio entre espacios. La Regente Su han, sacerdotisa de la logia Aklan ha enviado a su guerrera, Elara, alias Tiara Sung, a resguardar la salvación de todos. Sus amigos Roger y Blake lo acompañan, junto con profesor Morgan y Harker Allen al escape de la dimensión. ¿Lograrán que el joven por fin salga de este mundo y llegue por fin a Heliópolis Primera? El Juego Universal llegó a nuestro mundo. Acompáñanos a vencer el mal. ¿Quieres ir a un viaje?
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Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© L. A. Markz
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-338-8
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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DEDICATORIA
A todos los que buscan la verdad más allá de lo visible,
que usan su imaginación para crear un mundo mejor para todos.
***
Prólogo
Los humanos sin saberlo participamos en un Juego universal que pocos conocen, no se nos ha permitido verlo, pero llegó la hora, nuestro mundo al fin conocerá sus compañeros, en este Juego entre el bien y el mal, no seremos peones, seremos los jugadores. La realidad es más fantástica que la ficción. Los viajes al espacio son en realidad entre dimensiones, la manera más rápida de viajar entre mundos que se entrelazan con el nuestro, en muchos puntos e infinidad de realidades. Me he unido a la Multinave Eleuther once, nave interdimensional grado agua, además están el grado fuego que vuelan dentro de la más extrema calor y grado Tiamat que puede atravesar las capas internas de los mundos hasta su núcleo existiendo también las naves que están en un nivel secreto de existencia. Como la elogian x de la flota Altariana.
Ahora me encuentro viviendo la utopía, que es para mí, vivir en un mundo acuoso. Sí, oíste bien, me he convertido en una criatura marina, mi ser, ya no es el humano al cual me acostumbré.
He tenido que pasar por muchas experiencias, vidas y cuerpos para alcanzar este nivel de consciencia.
Todo lo que existe es energía, absolutamente todo; nuestros cinco cuerpos etéreos estando conectados, y conociéndolos, son solo la punta del iceberg. La teletransportación como medio de transporte usa las partículas subatómicas, que enlazadas a nuestra conciencia pueden hacer cosas maravillosas, la frecuencia y vibración al máximo poder. Hay realidades, mundos, dimensiones y consciencias. Esto me llevó a narrar mis vivencias, a vivir una gran aventura.
Compartiré contigo los misterios de nuestra mente, la historia verdadera de nuestro mundo, no olvides, la verdad está a la vista, si puedes imaginarlo existe, la mente es el arma para liberar nuestro potencial.
Para seguir esta aventura, abre tu mente, y que tu imaginación vuele.
¿Quieres ir a un viaje?
***
Capítulo IElara a la Tierra
Todo empezó con el nacimiento de un niño común, en un pequeño planeta llamado Tierra —se preguntarán cómo sé esto. Ya lo verán—.
Año dos mil cincuenta y dos, Sri Lanka, un país asiático en el Golfo de Bengala… El pronóstico del Servicio Meteorológico anunció una gran tormenta que se acercaba a la ciudad costera de Colombo.
Eran las dos de la tarde, el mercado local estaba abarrotado de personas, que realizaban sus actividades; era un día normal de trabajo. Dos jóvenes corrían compitiendo por ganar la apuesta que minutos antes habían acordado. En un callejón cercano a unas instalaciones en ruinas, observaron atónitos cómo un enorme y grueso rayo golpeó el suelo.
El paso rapidísimo del meteoro estremeció el lugar. Los jóvenes quedaron congelados por un momento, impresionados frente lo que a sus ojos había ocurrido. Uno de ellos, motivado por la curiosidad, se dirigió rápidamente hacia el lugar del impacto. El segundo fue más cauteloso, no se apresuró. Decidió seguir los pasos de su compañero lentamente. Al llegar al final del callejón, descubrió a su amigo parado frente a lo que parecía la impresionante forma de una nave.
Esta levitaba suavemente a un metro sobre el suelo. Comenzó a encender una serie de destellos; Rashid, con los ojos bien abiertos, exclamó un grito contenido:
—¡Arka, Arka!
La primera raza alienígena contactada por seres humanos… No se sabía mucho de los Arka… El muchacho apretaba un pequeño símbolo que colgaba en su pecho. Susurraba en voz baja una especie de oración. Su nivel de convicción y fe eran fuertes, la tecnología creada por nuestra especie con la ayuda de la gente de otros mundos ha llevado a niveles insospechados a la humanidad. La ciencia es la nueva religión predominante en la Tierra, su mensaje de lógica, su símbolo universal es una lanza atravesada por un signo de átomo.
Su mano temblaba mientras se aferraba con fuerza a su símbolo religioso. Su amigo asustado dijo:
—Vamos, salgamos de aquí, rápido. —Lo tomó por su camisa, quiso halarlo, pero el joven estaba literalmente congelado:
—Espera, cálmate, no seas infantil. ¿Acaso eres un niño? —balbuceó.
Su compañero de aventura no compartía su curiosidad, salió huyendo de aquel lugar. Solo quería alejarse lo más pronto posible, poco le importó lo que sucediera con su amigo.
La lluvia comenzó lentamente, las gotas empezaron a caer sobre la ciudad.
La nave apagó sus luces, la oscuridad invadió el lugar. Se oyó un escaso zumbido casi imperceptible, luego una luz brilló mientras una compuerta se abría, daba paso a una rampa energética que tocaba el suelo.
La luz del interior de aquella máquina estelar era tan intensa que el joven no tuvo otra opción que cubrirse el rostro con sus manos. Solo alcanzo a ver unas letras desconocidas a un lado del fuselaje de la nave parecía el nombre del transporte estelar. Eleuther pareció por un momento haber leído.
Las sombras comenzaron a apoderarse de la luz. Se dibujó una silueta alargada que se veía bajar despacio, casi levitando sobre la rampa; sus pasos apenas se distinguieron al llegar al suelo. Era una mujer de aspecto Arka, cayó de rodillas tomándose el cuello. La atmósfera terrestre la asfixiaba.
El joven Rashid, se apresuró a auxiliarla, pero justo cuando estaba a punto de tocarla vio una mano extenderse, sintió una ráfaga que lo empujó hacia atrás. Fue tan fuerte el golpe que voló por los aires, golpeando el suelo a unos cuantos metros de distancia de la extraña visitante.
Quedó sin aire, tendido en el suelo mojado, sobre un charco, que la lluvia momentos antes había creado. La forastera espacial, conteniendo la respiración, tocó su brazalete que despedía unas pequeñas luces color violeta. Con sus dedos tomó una cápsula fluorescente, la puso en su boca, la mordió, despidiendo una luz, reanimándola al instante.
Rashid, se puso de pie sin dejar de observar con detenimiento. Ágilmente, en un abrir y cerrar de ojos se abalanzó frente al asustado joven. La capucha de su traje le cubría el rostro, ella la descubrió un poco, se inclinó frente a Rashid, y clavando su mirada en el muchacho preguntó:
—¿Quién eres, dónde estoy? —Dejando ver claramente su aspecto Atmurense. Unos ojos grandes y azules, una nariz respingada una piel sedosa color rosada, que la hacían ver como un ser de un reino mágico, y unas orejas en punta cual súbdito del imperio elfo.
Él joven maravillado, tembloroso con el rostro lleno de gotas de lluvia derramándose por sus labios respondió titubeante:
—Soy Rashid… ¿Qué eres tú, una Arka?
Ella, sin mover sus labios, con telepatía contestó:
—Soy un hada del agua Atmurense, de muchas.
—¿Tienes nombre?
—Me llamo Elara.
—¿Me dejaras vivo? ¿Qué buscas? —dijo con temor a morir.
—Vivirás, pero si llegas a saber a quién busco, tendría que destruirte, entiendes bien lo que digo —contestó.
Escaneó su brazalete, eligió un fotograma, el aparato tecnológico mimetizó la imagen transfiriéndola a Elara, para los demás era su nueva apariencia, una joven ataviada con la distintiva vestimenta hindú, solo era un espejismo. El muchacho, retrocedió preguntando:
—¿Acaso esto es verdad, está pasando realmente?
Ella dijo:
—Me complace que mi brazalete sirva, que entiendan mi lenguaje. —Percatándose de su nueva forma adquirida, se acercó al joven, tocó su frente, de inmediato se desmayó. Elara lo sujetó, colocó suavemente su cabeza en el suelo.
Contempló su reflejo en el agua, tocó su rostro, vio sus manos con incredulidad, impresionada, no se reconocía a sí misma… La intensidad del viento aumentó. Por momentos, la lluvia se tornaba agresiva. Se apresuró y caminó en medio de la tormenta en busca de alguien importante para ella, era necesario encontrarlo para terminar su misión.
En el Hospital Nacional de Sri Lanka se encontraba una hermosa joven, estaba a punto de dar a luz a su primer hijo. Había anhelado por mucho tiempo la llegada de su bebé. Su nombre era Mary Taylor.
Eran tiempos difíciles para la humanidad.
Las guerras habían asolado a miles de millones de personas, la hambruna había hecho estragos también en una deteriorada población mundial. Las constantes contracciones económicas producían grandes incertidumbres. La fragilidad de los sistemas políticos en los que se había puesto plena confianza quedaba en evidencia. Eran muchas las personas que padecían. Sin duda, era una época de adversidad.
Joe Taylor estaba en uno de los sectores más vulnerables de Sri Lanka. Él formaba parte de una brigada de médicos que salían en misiones de rescate y ayuda con los más necesitados. Mary, también era colaboradora, pero, por su situación de embarazo se vio obligada a quedarse con Dan, su cuñado.
Tenían una excelente relación… Como un favor personal, Joe pidió a su hermano que se quedara con su esposa. No habría nadie que la pudiera asistir, estaban en un país desconocido. Además, no había ser óptimo en el cual confiar a ciegas. Joe decidió volar en línea comercial, pues se había marchado una semana antes. Planeaba regresar a tiempo para estar con ella y ser testigo del nacimiento de su primogénito.
Mary esperaba que Dan llegara al hospital. Pasaban las horas y aún no aparecía. No paraba de tener contracciones. Una enfermera vestida del clásico uniforme blanco, zapatillas del mismo color con un curioso gorrito redondo (como de panadero, pero aplastado), se acercó, preguntando:
—Señora Taylor ¿está lista?
—¡¿Es en serio?! ¡Claro que no! ¿Quién está lista para sentir cómo sale una sandía por el orificio del tamaño de un limón?
La enfermera sonrió, sus dientes blancos contrastaban con su piel, trigueña oscura. Con la sonrisa todavía en el rostro dijo:
—El sentido del humor es una muy buena señal, al menos esperaremos a que dilate un poco más, de allí pasará a la sala de labor y parto. Si gusta, puede esperar aquí o puede salir en la silla de auxilio, aguardar en el pasillo…
—Prefiero el pasillo. ¿Por qué estos lugares siempre están fríos? —dijo Mary que se sujetaba el vientre con una mano mientras con la otra hacía fricción sobre su hombro izquierdo.
Las contracciones de Mary poco a poco iban en aumento. Llamó a la enfermera con un intento de grito que ni ella misma entendió. El dolor empezaba a ser más que incómodo. Una vez dentro de la sala de espera empezó a apretarse con fuerza su abultado vientre, mientras el sudor le cubría la frente.
Una hermosa joven hindú estaba sentada en una silla de espera. Elara la observaba, su mirada era penetrante. Mary, alertada por su presencia dijo:
—¿Hablas mi idioma, niña?
Ella asintió con la cabeza sin decir palabra. Elara preguntó:
—¿El dar a luz es muy doloroso?
Al consultarle esto puso una mirada que fue cambiando a una apesarada. Se quedó esperando una respuesta. Mary pensó, ella es una pequeña para comprenderlo. Siguió resoplando un poco a la espera de la próxima contracción. Elara se acercó a Mary con una expresión de alegría más que común, aseguro:
—¡Él ya quiere estar con nosotros!
Mary se sentía abatida, pues de alguna forma podía sentir una gran corriente de energía que salía del centro de su vientre hacia todas sus extremidades. Elara vio hacia la izquierda, luego a la derecha, se acercó un poco al pálido rostro de Mary, con voz suave, susurró:
—Si me lo permites, te puedo ayudar con el dolor. —Quería su autorización.
—Créeme, solo hasta que nazca se termina —contestó Mary, su mirada se alejó perdida por el pasillo, donde un grupo de doctores marchaba con un café en las manos. Recordó que no tenía hambre, tal vez un poco de sed.
Elara se colocó frente a ella, susurró unas palabras, trasladando los restos del dolor hacia sí misma. Mary enmudeció. Se encontraba en shock. Elara se quedó de rodillas junto a la silla de la parturienta. Los pacientes pasaban cual zombis a su alrededor, sedados a causa de los efectos de los medicamentos. Los televisores permanecían en las paredes sin señal alguna a causa del clima que imperaba. La tormenta proseguía. Mary sin ocultar su felicidad, exclamó:
—¿Cómo hiciste esto? Dime. ¿Qué fue, magia, o qué?
—Poco de todo, en cada lugar y en diferentes épocas recibe nombres distintos; es lo que ustedes llaman chispas de inmortalidad. Ahora podrás dar a luz sin dolor, disfrutar de tu hijo mientras lo tengas. —Elara hizo una breve pausa y continuó—.Escucha Mary, la única razón por la que estoy en este plano es a causa de tu hijo, él es un ser más que único ¡Tienes que cuidarlo! No permitas nunca que alguien le haga daño. Te advierto que serás madre de un jovencito digno de un destino peculiar.
—¿Quién eres, verdaderamente? —interrogó Mary.
—Eso, por ahora no es importante —aseveró Elara.
—¿Es esto real? ¿Me están jugando una broma, cierto? —dijo sonriendo con desconcierto la futura y joven madre, al mismo tiempo rascándose con suavidad la barbilla.
Elara toco su sien derecha, recibió una comunicación telepática alertando de un peligro latente. Su camuflaje estaba inestable, la debilidad que sentía al respirar la atmósfera terrícola, literalmente la estaba matando. Elara, poniéndose en pie, tomó las manos de Mary, diciendo:
—Todo estará bien, el bebé estará bien, nosotros también lo cuidaremos. Me quedaré un poco más, pero no me verás. —Retrocedió unos pasos, giró desapareciendo entre los pasillos que se encontraban en esa sala.
Capítulo IIHeliópolis primera
Dimensión Arka, conglomerado Altara.
Kaled, agente del consejo de los Eltar, se encontraba de pie en lo alto de la torre, observaba una lejana montaña. Un destello llamó su atención.
Lo que había buscado durante mucho tiempo. Una de las siete diosas Sirianas. Kaled tenía información recién llegada de un lugar que nunca escuchó, pues ni siquiera sabía de su existencia hasta unos días atrás… Se repetía mentalmente Tiamat, Tierra, no quería olvidarlo. La torre del edificio donde se encontraba era muy alta, desde ahí se podía observar la estratósfera de Heliópolis Primera, uno de los mundos en una de las dimensiones más cercanas a nuestro mundo. Heliópolis era un compendio de domos, a los cuales les asignaban distintos nombres. Ciudades y ciudades creadas a partir de tecnología Siriana.
Jhade, la estrella portal del sector destellaba cada vez que una nave la atravesaba, uno de sus usos más común.
Un portal interdimensional que perfectamente podría usarse para viajar en el tiempo. Todo era espectacularmente, maravilloso.
El edificio, hecho de piedra blanca, de apariencia caliza, de fachada antigua, era parte de los más emblemáticos en Heliópolis Primera, lo llamaban: la Casa de los Eltar. Allí se resguardaba la mayoría de los conocimientos adquiridos en millones de mundos (reunidos por muchas razas con sus registros Akashicos).
Kaled, un humano adolescente, se dirigió hasta un habitáculo de cristal que estaba en uno de los siete pisos superiores. Su intención era bajar a la primera planta. El ascensor energizado se cerró de golpe, pero no hizo ningún ruido. Un haz de energía blanca lo atravesó llevándolo en tan solo fracciones de segundo hasta el lobby del edificio.
Filamentos de energía se veían de vez en cuando en casi todas las paredes del lugar. La conciencia colectiva también se proyectaba en el recinto. Kaled sabía muy bien, tenía que llegar a la montaña donde había divisado la luz misteriosa que apuntaba a la siguiente pista de su misión. Tendría que hacerlo sin usar sus conocimientos mentales, porque no le era permitido.
Se movilizaría a pie, así como lo haría cualquier persona común. Empezó a trotar, cuando de repente, sin que se percatara de su presencia, tropezó con un pequeño sujeto, un ser grisáceo como de un metro de estatura, muy delgado, pero con la cabeza más grande que la de un humano.
—Ten cuidado Kaled —dijo el pequeño.
—Lo siento —repitió Kaled mentalmente—. Un momento, ¿me conoces? —dijo extrañado.
El pequeño ente gris le contestó también telepáticamente:
—Eres más conocido de lo que supones, mi raza te conoce y a tu querida Elara también, ya vete, por esta vez no te haré daño.
Una sensación de pesadez se apoderó de Kaled, ¿por qué me haría algún mal? Ni que se tratara de unos de esos leviatanes, argumento. El enanito se alejó dando un salto estupendo de casi diez metros, siguió su camino como si nada. Al joven no pareció importarle.
Este prosiguió su camino. Iba emocionado mientras corría, gozaba de una felicidad absoluta, pero a la vez, se preocupaba por las noticias de las que era portador. Su informe cambiaría la vida de su mundo.
La Regente Dival Su Han siempre fue como una leyenda para él, era raro que alguien la hubiera visto en persona; se decía que era terriblemente sabia y poderosa. Su Han siempre ostentó el cargo de Regente grado uno de la logia blanca Aklan, un nivel por debajo de Weade, el líder absoluto de la logia Aklan… Kaled fue contactado la noche anterior por Harryken, hembra de la raza Somera incorpórea, lo visitó durante una de las tantas sesiones de meditación en la Casa de los Eltar… dejando un mensaje:
—Kaled, la hora ha llegado, debes buscar tú mismo a la Regente Su Han en el monasterio Reknar. Debes hallarla entre tres ciclos pasados, ella estará disponible —dijo Harryken (uno de los tantos mensajeros de la logia Aklan).
Kaled, que temblaba como una gelatina, no se inmutó en el momento, pero esa noche era especialmente sombría como la calma que antecede a la tempestad… El joven había dedicado su vida a los estudios, las prácticas, los exámenes, todo sobre meditación. Sus padres, desde pequeño le urgieron ir a Heliosfera primera. El planeta nativo de Kaled, llamado Akton, no se encontraba muy lejos del destino (en medida terrestre, se hallaba a veinte mil años luz, pero usando los portales interdimensionales la velocidad luz está obsoleta, solo hay una manera más veloz, la velocidad del pensamiento).
Esa noche, Kaled salió hacia el balcón de la torre a respirar un poco de aire fresco. Observó las nubes más bajas que el nivel donde se encontraba. Esa era una de las maravillas de la Casa de los Eltar, su gran altura. Arriba yacía el firmamento plateado. Kaled, tocó su sien derecha susurrando:
—Elara. —Tratando de hacer contacto con una de sus pupilas, mejor amiga y guerrera extraordinaria. Pero no recibió respuesta alguna. Salió del pasillo al interior a su habitación. Cierto desorden en el lugar lo alertó, sacándolo de su estado aletargado y habló con tono fuerte:
—Ashtar, quiero que dejes este lugar como estaba. —Aparentemente, no había nadie, pero Kaled sabía muy bien que alguien estaba allí. Ashtar se reía a carcajadas. Poco a poco fue apareciendo muy cerca de Kaled, quien dirigía su mirada hacia abajo (pues solo medía un metro de estatura). El pequeño Ashtariano dijo entonces:
—¿Cuándo aprenderás a relajarte muchacho? Si piensas servir a la casa Eltar y a Su Han, debes ser valiente, pero más importante paciente.
Kaled, respondió:
—Es raro escuchar eso de alguien que no hace nada en todo el día. Además, aclárame por qué tengo que alojarme contigo. Yo pedí estar solo… Lo único que haces es comer y dormir.
—Lo sé, es que debo ayudarte a cumplir tu trabajo —le espetó Ashtar con voz resuelta.
—¿Tú? ¿Ayudarme? Pero soy yo el que tiene que sacarte a ti de problemas. ¡Por favor, mejor arregla este desastre!
Luego de una breve pausa, Ashtar, que se sintió regañado como si fuera un niño, quiso defenderse:
—¡Hey! En mi sistema soy una eminencia, que no te engañe mi apariencia, mi nombre no es Ashtar, me dicen así por el sistema del que provengo. Ashtariano soy.
Kaled calló, acto seguido, Ashtar cerró sus ojos, un zumbido, alertó de que alguien estaba tras la puerta.
—Viste Kaled, es Gorti —dijo el Ashtariano.
Ashtar tocó la pared con suavidad; la puerta se abrió deslizándose de golpe. Apareció la pequeña figura que le pertenecía a Gorti, un ente biológico robotizado (un ciborg), tenía rostro servicial. Gorti dijo:
—Señor Ashtar, ¿cuál es su petición?
—Arregla este desorden —le respondió rápidamente Ashtar para no darle oportunidad de reaccionar.
—Como usted ordene —dijo con presteza el súper sirviente.
Gorti estiró el brazo, con cierta gracilidad dirigió su mano de un lado a otro cubriendo la habitación, empezó a acomodar todo utilizando nada más que su potencial energético, en un abrir y cerrar de ojos el lugar quedó reluciente.
—Vaya ahora sí lo he visto todo, un ciborg mago —dijo Kaled.
—¿Ves? ¡Te preocupas demasiado! —dijo Ashtar con una voz de victoria, alejándose de Kaled en busca de su cama. Gorti, en silencio salió con celeridad del lugar. Kaled notó que en el tobillo de Ashtar resplandecía algún artilugio, en ese momento no quiso molestarlo. Se recostó en su cama mirando hacia el techo.
Por la mañana, el joven se levantó con el impulso de comenzar el día con energía, se sentía adormitado. Se dirigió al baño, miró hacia al espejo y cerró sus ojos. Meditó por espacio de un minuto mientras enjuagaba su boca con un líquido verde. Se vistió con la túnica blanca con trazos de color púrpura, se enfundó las botas gruesas (era una vestimenta muy holgada, pero en contacto con su cuerpo, este se amoldó a la perfección dejando ver una figura bien tonificada). Parecía un soldado de la antigua Heliosfera primera, por la apariencia de su traje, Kaled tomó un círculo metálico que tenía símbolos Siriana, lo colocó sobre su cabeza. Se trataba del aro Ram, un dispositivo bioeléctrico, tenía la función de conectar la corteza cerebral interna, permitía tener comunicación entre el cerebro del chico y la matriz central de la Casa de los Eltar. Enlazaba con la red de la logia blanca Aklan. Este aro era un símbolo sagrado, todos los que habitaron la Casa de los Eltar poseían uno.
Kaled se preguntaba cuál era el sentido de la vida. Su planeta de origen Agatón, se hallaba en peligro debido a un portal estelar inestable, estaba a punto de convertirse en un despojo, no sin antes destruir todo a la redonda. Su familia, su gente, estaba bajo el riesgo de extinción.
De un momento a otro dejarían de existir. ¿Luego qué? Tenía tantas dudas al respecto. Pero qué podía hacer una persona sin ningún poder para evitarlo. Desde niño pensaba constantemente. La vida, el universo y todas sus nueve dimensiones, no existía la posibilidad de llegar a ser inmortal.
La muerte nos aguarda al final.
En una ocasión Kaled se encontraba meditando en uno de los jardines pirámide en Heliosfera primera, cuando una sombra apareció quitándole el resplandor de Jhade, un individuo viejo y desaliñado sin que nadie le pidiera habló cosas que a Kaled le hacían sentido, se trataba de la primera pista de lo que pasaría; el extraño dijo.
—El sentido de la vida, es algo realmente fácil y complejo a la vez. La creación es enorme y misteriosa. Como sabes, en otros mundos se preguntan lo mismo; es algo que cada uno de nosotros debe encontrar. El camino que todos debemos andar.
—Sí señor —dijo Kaled al desconocido.
—Soy portador de un mensaje. La Regente Su Han ha accedido a darme una audiencia, pero yo ya estoy viejo, así que te he elegido a ti para que me representes. Estamos en una guerra silenciosa con el protectorado. Sirianos y Altariano junto con los aklan… necesitamos de tu ayuda. Pronto estaremos luchando contra ellos.
—Sí, claro —respondió sin meditar mucho en el asunto, pues estaba concentrado, reflexionando en la poca sanidad mental que tenía el viejo… Parecía alguien muy listo, pero se vestía tan mal, su indumentaria consistía en una túnica gris raída de una tela que simulaba el mimbre, llevaba una barba desaliñada que dejaba ver lo poco que le interesaba su aspecto físico. Sus ojos se veían resplandecer de un color blanco.
—¿La Regente Su Han? ¿Ella recibirá a una persona no grata como yo? Los sirianos son orgullosos —dijo el joven en tono de burla.
—Lo que harás definirá nuestro futuro. —Sus ojos parecían estar seguros de lo que expresaba.
Kaled retrocedió dos pasos.
—Está algo chiflado, ¿verdad señor? —Mientras su dedo índice pulsaba con insistencia una de sus sienes (en clara referencia a la condición mental de aquel hombre).
El viejo bajó la mirada viéndose a sí mismo, respondiendo:
—Sé que mi apariencia no representa mucho, así como ves, pero, aprende algo. Las cosas más sencillas guardan profundos conocimientos… El planeta Heliosfera primera y el planeta Sirian uno al fin gemelos, aunque parezcan distintos.
»Uno es árido y rocoso; el otro es un planeta con diversidad biológica.
»Ya verás pronto de lo que hablo.
—Eso solo es un mito —razonó.
—Tienes razón, pero lo descubrirás en esta misión, hay alguien con el suficiente poder. Un Aklano.
»Existen siete lugares escondidos y siete secretos en ellos. Pasa esta información a tu mejor amigo. Las pirámides tienen muchos propósitos, pero especialmente será uno el que tendrás que averiguar, un primer acertijo.
Kaled escuchó con atención, eran más como instrucciones dispersas, no creyó ni una sola palabra porque él sabía que no tenía mejor amigo. Tenía una mejor amiga, no estaba claro qué tan allegados eran, ella era bastante atractiva así que no sabía si calificaba como amistad.
—Antes de irme te daré una pequeña prueba de mis verdaderos motivos. —El viejo se desvaneció y reapareció casi de inmediato—. Cuando llegues a la Casa de los Eltar, sabrás lo que hablo. —El anciano extendió su mano… Dio a Kaled un brazalete—. Esto es para el mejor amigo que has tenido.
—¿No me dejes con la interrogante dime quién rayos eres, es esto real o alucino?
—Soy el viejo de la Casa de Atmura.
Entonces el joven entendió todo…
Esa noche, como siempre, Kaled llegó a su habitación y encontró el desorden al cual ya estaba acostumbrado. Únicamente encontró un mensaje escrito en un papel que decía: «Disculpa el desorden, tuve que irme de urgencia. El portal estelar que amenazaba a tu planeta y el de Elara, acaba de ser tragado por una singularidad o algo por el estilo. Lo estupendo, la anomalía desapareció. Es un verdadero milagro. La logia está reunida para analizar este asunto. Abrazos. Ashtar».
Kaled cayó de rodillas llorando profundamente; su llanto era de alegría, de gratitud. Su familia, sus padres, sus hermanos estaban a salvo. Era algo que él pensó que no podría ocurrir ni en un millón de años. De súbito se levantó, se enjugó las lágrimas y buscó deprisa en su traje lo que temía haber perdido. Metió su mano en su bolsillo, encontró algo de consistencia dura en su interior. No estaba, sin embargo, podía tocarlo.
—Por favor, brazalete, aparece. ¡Qué estúpido soy! —El resplandor del metal Artanita hizo que Kaled suspirara. Sabía que al día siguiente las maravillas continuarían.
Kaled, agente supremo de la Casa de los Eltar, corrió por un sendero de piedra que se adentraba hacia el bosque, parecía ser un lugar similar al plano Terra vista. A lo lejos, el joven contempló una cascada que prometía ser la más ruidosa y violenta; su estruendo hacía que el piso temblara bajo sus pies. No parecía importarle, aunque, simplemente corrió hasta que atravesó sin ningún problema tal cortina de agua (trasparente como el cristal). Salió del lugar sin que se hubiera mojado a causa de la cascada. Sobre el camino de piedras emprendió carrera hasta subir una colina. Al final había un monasterio edificado con rocas y dos torres que sobresalían de su estructura. El verde del bosque terminaba ahí. Empezaba una zona árida, bien pavimentada de mineral ferrón (un material con la característica de ser psicomaleable).
Kaled pasó como si nada por aquella barrera de mineral, prosiguió hasta toparse con una puerta (de cinco metros de alto) que tenía una aldaba (de color bronce) con escrituras Siriana. El joven, sin aliento, tomó la aldaba de bronce, y esta, de inmediato brilló. En todo el gran monasterio Reknar se oyó un ruido profundo como el de un trueno; la puerta cedió al contacto que Kaled le infligió, este, tocó su frente y preguntó de forma mental:
—¿Dónde está Regente Su Han?
El chico sintió una fuerza que lo suspendió del piso, lo hizo casi volar hacia una pared con la cual era inevitable impactar, se asustó, pero más se maravilló de cómo sus pies no tocaban el piso. Con sus manos quiso protegerse del golpe contra la pared, pero ya estaba del otro lado sin un rasguño. Lentamente colocó sus pies en el suelo de piedra caliza pulida, postrando una rodilla en el piso exclamó:
—Su Han… La obra creadora ha regresado… Y en el lugar que menos pensamos. El planeta Terra vista.
Una sombra blanca se posicionó frente a Kaled. Poco a poco, un cuerpo femenino, hermoso, de casi dos metros de estatura; se materializó. Una mujer con semblanza humana, pero Arka a la vez, un vestido blanco y vaporoso, ojos color violeta, pupilas alargadas y pies descalzos, tocaron el piso. Con una mirada de incredulidad inquirió a Kaled:
—¿En la Tierra dices? ¿Pero qué podría tener ese pequeño plano para recibir algo tan maravilloso?… ¿Qué hemos hecho para que nos hayan negado el honor de este evento? Todos los augurios pronosticaban que él regresaría en uno de nuestros planos elegidos. No, esto no puede ser.
Kaled, con algo de temor, respondió:
—Regente, ¿irá usted misma o enviará otro mensajero para proteger a la esencia primaria?
—Camina conmigo. El primer paso del evento se llama Casa Atmura. Sí, Elara. Ella es la indicada. La flota Altariana la respaldará.
—¿Mi amiga Elara? Regente, pero, no creo que ella posea los conocimientos necesarios para una misión tan riesgosa y complicada como esta.
—Kaled, ella ha estado entrenando toda su vida, no pienses que no podrá, esa será su consumación, y quién sabe, puede que ahora me toque descansar.
Su Han continuó diciendo:
—Kaled, ¿creo que sabes que tu amiga no es nada normal?
Él asintió diciendo:
—Sí, ahora que lo dice, no duerme mucho, siempre está alerta, como si alguien la vigilara o si esperara defenderse de algo.
Su Han, llevándose las manos a la cabeza (en forma de reflexión), comentó:
—Es una realidad, así como sé, otros saben.
—Está bien, Regente. —Kaled miró a aquella mujer con detenimiento, no quería que se le escapara detalle alguno y así grabar a la perfección ese recuerdo en su memoria… para siempre—. Accedí a verte para conocerte en persona, como sabes entre mis habilidades está, el saberlo todo.
Caminaron por un corredor (contenía cuadros de mundos envueltos en cúpulas y pirámides; como si el pasillo fuera una pantalla tridimensional). Ya no hablaban, solo parecían gesticular, pero la conversación sucedía a nivel telepático. El joven y Dival Su Han planificaban cómo enviar a la niña al supuesto mundo elegido, de manera sorpresiva ella musitó:
—Ellos ya lo saben. Están enviando a su gente. Debes ir y hacer que esto suceda ahora mismo. Ve, búscala y dile que la ayudaré; tú serás mi enlace entre ambos mundos.
El muchacho, sin pensarlo dos veces, salió en carrera hacia la ciudad… De pronto, una gran roca lo golpeó desde atrás. Kaled se percató de que muchas rocas Herrón se estaban alzando para atacarlo. Alguien estaba manipulando las piedras ¿pero quién? Pensó rápidamente. Tocó su brazalete y nada, se ofuscó y siguió tocándolo hasta que desapareció del lugar. Su figura apareció en el portal de la ciudad. Estaba sudando mucho, jadeaba a causa del esfuerzo.
La gente se extrañaba al verlo pasar corriendo. Las calles empedradas rememoraban las viejas construcciones piramidales de ciudad Baguer. Se trataba de piedras calizas unidas entre sí (de manera tan perfecta que nada podría pasar entre ellas, ni siquiera un alfiler). El camino era blanco, terminaba en una serie de edificios con forma de domos transparentes. Había cientos de personas de mil razas del sector estelar Jhade. En la plaza central se realizaba un combate de entrenamiento que muchos observaban haciendo un gran círculo. Kaled hizo espacio con sus brazos hasta llegar a la primera fila (frente a la acción), pudo contemplar a un ser azulado con características y traje que semejaba al Egipto antiguo.
El guerrero estaba cubierto con un traje dorado. Se veía magnífico. Su contrincante era una hermosa joven de piel color rojo, suave, cuya tonalidad llegaba al rosado, además, tenía unas orejas en punta, vestía una túnica blanca estilizada (que dejaba ver un cuerpo tonificado).
Kaled le comunicó de forma telepática:
—Elara, tu momento llegó.
Ella, al darse cuenta dejó la batalla. Recibió un golpe de su oponente que se veía bastante molesto. Al parecer perdía el encuentro. La frustración se le dibujaba claramente en el rostro. Elara no se inmutó ante el golpe, no se movió un centímetro, sus varas de pelea cayeron al piso. Más bien esbozó una linda sonrisa que a Kaled le hizo recordar lo mucho que le gustaba.
Elara, únicamente acertó al dar una vuelta vertiginosa golpeando con su puño el pecho de Rúndalo miembro de la flota naval Elogian, su adversario, realmente era gigante, este voló unos diez metros, cayendo al suelo estrepitosamente. Se levantó, pero entendió que el combate había terminado. Nada más pudo bufar con rabia, observó cómo los jóvenes se alejaban.
Kaled y Elara caminaron juntos sin decir palabra alguna, a la entrada del domo ella habló:
—Puedes creer que hay demasiados mundos que esta tan lejos y cerca a la vez. Desde que era niña en Atmura, soñaba con ser mejor que nadie en mi mundo. Ahora, los Aklan me han llamado para llevar a cabo este trabajo en un lugar recóndito y desconocido. Un lugar según dicen, es de lo más hostil, donde el bien y el mal batallan a diario.
—No pareces estar asustada. Eso me preocupa.
—Si tengo que dar mi vida, lo haré con gusto. Solo te pido un favor, necesito tu apoyo. Aunque parezca fuerte, en realidad soy muy vulnerable. —Elara contemplo sus ojos. Kaled la tomó de la mano, continuó caminando en silencio.
Al cabo de unos segundos, se detuvo, inclinándose dijo.
—Yo te admiro, siempre lo he hecho. —Se levantó, se acercó a la chica, tocó su frente y prometió—: Por las piedras de fuego de Atmura, juro que estaré contigo hasta el fin.
Una lágrima cruzó el rostro de la joven… una de las naves emblemáticas de la flota Altariana, la Eleuther once pasó a gran velocidad, se pudo observar una explosión en el cielo, la nave estelar desapareció. Luego de un breve silencio, Elara agregó:
—Voy a extrañar Heliosfera primera.
—Y yo a ti, dado que tu mundo es acuático tendrás problemas, en ese lugar respiran algo llamado aire, tendrás poco tiempo en encontrar un sirviente —dijo Kaled contenido por una súbita preocupación.
Los dos se dirigieron a un edificio tan alto que parecía tocar las nubes. Pasaron por un control digital de identificación sin ser detenidos. Sus pies estaban siendo analizados a cada paso, confirmando su identidad. Muchas personas iban y venían de un lado a otro, solo uno los observaba con detenimiento. Kaled se percató de su presencia, recordó a aquel tipo que una vez lo amenazó, pero continuó ingresando junto a Elara en un tubo de cristal cilíndrico. La chica solo acertó a decir una palabra:
—Anubar.
Un golpe de energía los transportó de inmediato hasta el centro del edificio. Ellos no sabían con exactitud dónde se encontraban. Lo que sí conocían era que después de esa puerta frente a ellos se hallaba el científico loco al que sus compañeros llamaban Anubar dios de la muerte, ya su título daba miedo, pero más su apariencia. Se había ganado ese sobrenombre por su capacidad de manejar la muerte. La puerta se abrió y se volvió a cerrar con presteza. Ellos buscaban hacia todos lados tratando de dar con el paradero del tenebroso maestro. El recinto estaba lleno de objetos que despertaban la curiosidad de los jóvenes, sin embargo, no se movieron de la entrada. Una fortaleza de libros se erigía entre un escritorio y la pared, formas fluorescentes hacían guiños desde el interior de los cristales que los resguardaban. Artefactos que nunca habían visto en sus vidas, quizás jamás volverían a ver, se asomaban ante sus ojos. Luego de unos instantes, tras lo que parecía un archivo, contemplaron la forma de unos ojos rojos que los seguían, tenía una cabeza similar a un can, pero con rasgos humanoides.
—Elara, ¿verdad?
—Sí, Anubar, soy yo.
—Y tú debes de ser Kaled —dijo con una voz que reverberaba al ejecutarse. Anubar
—¡Claro seguro…! —dijoKaled.
Lo interrumpió:
—¿Estás lista, Elara?
Ella asintió.
—Déjame decirte, los humanos son asustadizos, si descubrieran tu fisonomía, te encerrarán para estudiarte como a un animal. En ningún momento debes mostrar tu verdadera naturaleza. Ellos realmente son una rama de los verdaderos humanos, son híbridos. Kaled, creo que tienes algo para mí.
—Sí, lo estoy buscando. —De entre sus ropajes sacó el pequeño brazalete.
—Kaled, no sabes el poder que cargas, solo existen dos de estos, nos costó algo más que un mundo conseguirlo, literalmente —dijo el Nubariano.
Los jóvenes se vieron con una mirada de interrogación. Kaled se encogió de hombros. Prestaron atención al científico loco, un ser de color verdoso y una peculiar mirada rojiza que infundía temor. Anubar estaba molesto por algo. Agregó:
—Elara, es muy sencillo… El brazalete será tu transporte entre dimensiones. Entre esos mundos será tu camuflaje. Definitivamente llamarías mucho la atención a causa de tu apariencia. El brazalete Ram es por sí mismo un ser inteligente; una computadora bioquinética —mencionó mientras esbozaba una extraña mueca que dejaba al descubierto sus dientes puntiagudos—. Usa tu experiencia.
Elara se ubicó el brazalete en la muñeca, este sacó unas agujas que se incrustaron en el brazo de Elara cual serpiente:
—Este es el portal universal. —Tomó una esfera brillante que zumbaba y vibraba.
—Lavelocidaddelamenteeslomásvelozdelmultiverso, olvídatedecualquiervelocidad, esto es lo que va a pasar —dijo el viejo científico—, ustedes dos tomarán esta esfera Ram y unirán sus mentes a la distancia, enviará a Elara hacia Terra vista lo que ellos llaman Tierra.
»Te enviaré a un vehículo de la flota Altariana estacionada en la atmósfera terrestre. Cuando llegues estarás cerca de un centro de medicina adyacente, en eso están bien atrasados, luego la nave entrará en modo automático y regresará a casa. Conserva la calma, tu sacrificio no será en vano, allá verás cosas que nunca imaginaste, al volver te habrás convertido en una Regente de misterios mayores.
»Debes seguir las instrucciones que te dieron hace años. Sé que nos veremos otra vez, claro está, si sobrevives, ahora procedan.
Ambos tomaron la esfera y en fracción de segundos, el cuerpo de Elara desapareció. La esfera se tambaleó, pero el científico la tomó en el aire.
—Ten cuidado. Esto es lo más valioso que has tenido —dijo Anubar.
Kaled suspiró, se dijo a sí mismo:
—Está hecho.
Capítulo IIIUn cuerpo para Elara
La oscuridad de la noche no dejaba ver nada… Joe intentó contemplar el horizonte mientras la aeronave surcaba el cielo, al mismo tiempo, se preguntaba:
—¿Cómo estará Mary?
Los envolvía una imponente tormenta. Joe decidió acomodarse en su asiento, descansar un poco. A su lado, una señora que ostentaba muchas joyas comenzó a moverse de forma inquieta mientras dormía. Despertó de golpe, miró a todos lados con la respiración agitada y los ojos bien abiertos. El joven se acercó a ella y preguntó:
—¿Está usted bien, señora?
La mujer contemplaba algo en el vacío… Luego respondió de manera exaltada:
—¡Joe Taylor! —La espalda del hombre se estremeció con escalofríos; cómo era posible que aquella mujer supiera su nombre y apellido.
Desconcertado preguntó:
—Disculpe ¿nos conocemos?
Madame Jane lo miró a los ojos, puso la mano sobre su hombro, susurrando con suavidad al oído, expresó:
—Agárrate muy fuerte.
Segundos después, una explosión retumbó en la parte externa del avión (empezó a perder estabilidad), la vibración hizo que las maletas salieran de los compartimientos, las mascarillas cayeron frente a los rostros de los pasajeros, las luces parpadeaban sin cesar… El capitán anunció por la radio con una voz temblorosa que todo iba a estar bien; que debían abrochar sus cinturones y permanecer en calma. La aeronave descendió súbitamente. Uno de los motores dejó de funcionar, la desestabilización y la turbulencia fueron en aumento, luego, el segundo motor se detuvo. El pánico y la zozobra tomaron las riendas del momento.
Entre los nubarrones negros, una luz intensa se acercó a gran velocidad, acto seguido, se separó en cinco pedazos, empezaron a rodear el avión que caía en picada. Las personas contemplaban desde las minúsculas ventanitas las luces que afuera zigzagueaban, de alguna manera lograron estabilizar el avión. Cuando dejaron de brillar se pudo ver con claridad las pequeñas naves que producían aquellos destellos. Algunos de los pasajeros amontonaban sus rostros contra las ventanillas para ver lo que sucedía. Joe, bastante abrumado, miraba con fijación desde su ventana. Por el contrario, Madame Jane no parecía asustada, más bien meditaba.
Dos de las pequeñas naves interdimensionales utilizaron un par de largos tentáculos que se dirigieron a los motores humeantes del avión, los repararon en cuestión de segundos, y de la misma forma misteriosa en que habían aparecido… desaparecieron sin dejar rastro.
El vuelo comercial se convirtió en un terrible silencio flotante sobre un cielo inmaculado que dejaba ver con claridad la luna y las estrellas. La tormenta había desaparecido. Todos estaban impresionados, ninguno se pronunciaba al respecto, ni siquiera el capitán, que se aferraba al timón de mando como si fuera un niño pequeño, así de impactado estaba.
Entre tanto asombro, Joe intentaba asimilar lo sucedido (al igual que cada uno de los tripulantes de aquel avión). Jane lo vio con un rostro satisfecho, se acercó misteriosa y preguntó:
—¿Te gustaría saber lo que ha ocurrido?
Joe, sin saber qué más decir o pensar, asintió con su cabeza y más bien balbuceó:
—Sí, por favor.
Madame Jane sacó de su muñeca un pequeño sensor que estaba conectado a su cerebro, y con la ayuda de una Tablet, reproducía imágenes. Pero no se trataba de imágenes comunes…
