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Mily va encontrando respuestas a sus preguntas existenciales a través de la vida de Alan, su decadente y encantador dueño que pasará una que otra experiencia atípica con el fin de aprender lo que es el amor incondicional, llevando a los involucrados a un duro despertar de consciencia. Con un toque fresco y divertido, Mily descubre sobre las conexiones álmicas cuando Alan es catalizado por su llama gemela a evolucionar traspasando desafíos en un recorrido desde el mundo banal hasta el espiritual. Una historia que pretende ser tan real o fantasiosa como el lector decida. En un intento por aclarar ideas y ordenar pensamientos la autora desvela aspectos que van más allá de las preguntas ordinarias mediante la sensibilidad de su personaje. Hecha con amor para todo aquel que no solo cuestiona todo a su alrededor, sino a sí mismo.
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Seitenzahl: 177
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Aracely Guzmán
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-339-5
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Capítulo I
Se enciende la televisión y el programa matutino está en el aire. Escucho al señor de las nieves como todos los días; deben ser las nueve. Me acomodo en el piso y empiezo a ver como aparece una chica curvilínea en un vestido azul brillante para decirnos que el calor va a estar fuerte. No lo sé. Tres veces de la semana pasada bebí un oasis de agua para no deshidratarme y resultó que tuve que pararme en cada árbol a orinar porque me dio frío. Todo es más creíble cuando ponen al señor chaparro y serio diciendo que lloverá a cántaros. Me llamo Mily, por cierto. Vivo en el centro de la ciudad y mi cabello es dorado como el oro, con notas rojizas, hermoso al espectador. Quiero pensar que mis ojos son de color café, aunque nunca he tenido la oportunidad de verlos con detenimiento en el espejo, solo a través de los cristales que reflejan su belleza. No sé cuántos años tengo. Siento que llevo aquí una o dos eternidades. Conozco a mi amo desde que era más joven y tenía una expresión menos preocupada en su rostro. No sé qué edad será pero se siente como la flor de la juventud. Sigo viendo la televisión. Ahora salen unas chicas contorsionándose de extraña manera. Es divertido y el ritmo, pegajoso y me entran ganas de jugar a la pelota con mi amigo Marco. Él viene a veces al negocio de mi amo. Sé que me distrae de mis obligaciones y que debería estar cuidando de Alan chequeando que no haga tonterías, pero es muy divertido pasar tiempo con ese chico. Ahora es turno del tipo musculoso y atractivo que prepara unos ricos huevos con salsa roja a lado de unos chilaquiles con frijoles y queso cottage encima. El truco aquí es poner al fornido de pinta italiana para que las amas de casa se relaman y atraer más espectadoras con esta sección. A mí lo que me hace mover la colita es la comida. Hace una semana sacó una receta que mi amo preparó para nosotros una tarde lluviosa. Estaba un poco molesto conmigo porque me metí en los charcos y para el final de la tarde yo tenía un tono chocolate amargo, por lo que me tuvo que bañar. Lo bueno aquí es que, cuando él cocina, se transforma y puedo ver los colores de su aura con la magia que sabe hacer. No le pide nada al fornido ese de la televisión.
Escucho mi nombre y, al tercer grito, confirmo que mi amo quiere alimentarme. Huele delicioso: inconfundible carne cruda con un toque de romero, sal y pimienta friéndose en mi imaginación. Salgo del cuarto y camino por el pasillo que dirige a la cocina con las paredes naranja intenso, del color que usan los policías que detienen el tránsito, por poner un ejemplo. Le he dicho que pinte de un tono más luminoso y menos ofensivo, pero no me entiende. Literal. Mi amo, con su expresión «¿dónde estabas?», me mira y me avienta un pedazo para que lo atrape. Mastico y disfruto con parsimonia en lo que pienso: «Este hombre es lo máximo». Su nombre es Alan. Alto como el árbol en el que tanto me gusta hacer mis necesidades, diría que es bien parecido, de tez apiñonada, mirada intensa y una boca prominente como el relieve de algunos cuadros de arte, de los cuales mi amo no tiene idea; cabello ébano, barba y manos relativamente largas. Algunas mujeres encuentran este último calificativo muy conveniente, según lo que escuché en mi programa matutino el martes pasado. No entendí muy bien por qué, aunque lo que sí he visto en ellas es que no les resulta desagradable su compañía.
Alan entra a la habitación, apaga el televisor y enciende la música para disponerse a recoger el tiradero que deja todas las noches. Eso me molesta. ¿Qué le pasa? ¡Yo quiero ver a la loca de los horóscopos! Es muy divertida y, aunque no sé cuál es mi signo, me gusta prever ciertas cosas sobre él. Me aburro, salgo de la casa para ir al patio trasero pretendiendo que lo ayudo. Él luce inspirado esta mañana, parece de buenas. Me duermo un rato y, para cuando despierto, ya es hora de irnos al restaurante de mi amo. Me encanta ir; puedo por fin salir a la calle y ver chicos guapos correr, jugar, escarbar y ladrarle a ese gato que traigo atravesado. Llegamos y empieza la rutina: cortar y preparar alimentos. No hay mucha variedad y el local es algo modesto, pero pronto subiremos de nivel, habrá espacio, otros platillos, nuevo mobiliario y quizá necesitaremos gente para expandirnos porque no daremos abasto. Eso dice Alan desde hace dos años y yo le creo, porque el tipo tiene buenas ideas. Por ahora estamos bien con dos ayudantes y una barra; el negocio prosperará. La calle es amplia y el local tiene excelente ubicación. A decir verdad, no entiendo por qué Alan no ha cumplido con crecer. Tenemos muchos clientes y gustan de la comida, el sitio es humildemente concurrido, pero él se ha ocupado en malgastar el dinero en beber, fumar, mujeres, bares etcétera. Debe encontrar en dichas cosas algo que todavía no descubro.
Marco llega y yo salgo moviendo mi coqueta y dorada cola a toda velocidad. Me lanzo sobre él y cae al piso riéndose a carcajadas. Con él llega su abuela para poner las mesas y terminar de dar el punto a la comida. El tráfico corre por el lado principal del negocio, mientras que a lado izquierdo puedo jugar tranquila o desparramar mi cuerpo en el pavimento, si así lo quiero. Creo que hoy recibiremos visitas. Alan no ha soltado el teléfono y no para de reír, por lo que Clara, la abuela de Marco, lo maltrata para que deje lo que hace y ponga atención a lo que dice el cliente de la mesa cuatro.
—Hoy cerraremos temprano —dice sonriendo abiertamente con una mirada pícara.
Empiezo a dar mi último rondín a la cuadra para asegurarme de que todo va bien, mientras Alan y los demás recogen las cosas para irnos a casa. La noche está fresca y se antoja para tirarse en la banqueta a ver la luna con unas deliciosas croquetas de pollo, pero por alguna razón el tiempo parece apresurarse y mi amo luce nervioso. Hace llamadas cada cinco minutos, va y viene recogiendo cosas, ordenando, se prepara para bañarse sin soltar el teléfono y me grita cada vez que me atravieso por accidente. Definitivamente alguien viene y es nuevo. Alan no deja de asomarse a la puerta y veo como su expresión cambia al ver unas luces que se apagan delante de la casa. Baja una chica. Nuestros ojos se dilatan al verla. Se detiene estratégicamente delante de una farola que está muy a lo lejos y su silueta se ve iluminada con un halo amarillo cálido, como si fuera una aparición; avanza un poco y saluda. Alcanzo a escuchar una voz suave y clara. Aunque no entienda lo que dice, me provoca acercarme a lamerle la mano. Debo decir que en muchas ocasiones me falla el oído, pues hace tiempo un chico en un festival arrojó cerca de mí un petardo, lo que me causó una lesión; ahora escucho más con una oreja, si me gritan o si el volumen es alto. ¿En que estaba? ¡Ah, sí! Alan se acerca y le da un beso, la mira como yo veo el bistec de los miércoles por la mañana y se disponen a entrar. Yo, toda emocionada, la rodeo brincando hasta que él me grita, sin dejar de sonreírle a ella:
—Mily, déjala. Vete para atrás.
Me voy a la cocina con la cola entre las patas. Cierro mis ojos y comienzo a soñar con viejos tiempos. Solía vivir en otra casa con el padre de mi amo y su esposa. Alan era diferente, estaba más confiado, sonreía mucho. Él y su padre bromeaban en toda ocasión, disfrutaban molestando a su mamá. Éramos una familia. Felipe ejercía la presión justa sobre Alan para que dejara de comportarse de manera irresponsable, mientras que Sara, su madre, lo malcriaba no permitiéndole hacer las cosas por sí mismo y estando excesivamente sobre él. Pasa en todas las familias, ¿no? Sus hermanos hacían todo acorde a los planes, no necesitaban supervisión. Por otro lado, Alan no sabía qué hacer con su vida. Estudiar no se le daba; la escuela era un punto de recreación y conocimiento de la anatomía femenina, no perdía oportunidad alguna. Veo normalmente en mi programa matutino, cuando ponen a algún especialista en el tema, que la infancia es una edad importante para fomentar los valores y los traumas vividos en esa época, junto con la falta de amor, crean dependencias, trastornos y una serie de comportamientos nocivos que he visto en mi amo. Esto empeoró paulatinamente. Felipe llevaba semanas en el hospital por problemas renales y yo veía a todo el mundo en casa. Los hermanos rara vez iban a visitarlo; la familia estaba dividida, al parecer, por cierto favoritismo. Felipe conocía a sus hijos, sabía que los hermanos de Alan eran capaces de labrarse su camino y que contaban con las herramientas necesarias para ello, pues había invertido en su educación y su inteligencia les permitiría llegar lejos. Alan no era menos que ellos, pero estaba mal enfocado, aunque había mucho potencial en él. Su padre descubrió su gusto por la cocina y decidió apoyarlo para que creara su negocio y alejarlo un poco de las garras de su madre intentando hacerlo independiente al darle alguna de sus propiedades. La familia no se lo tomó bien. El negocio ya había empezado y Alan se encargó de cuidar de su padre en esos días haciendo malabares con el tiempo. Resultaba duro verlo así. Felipe era un hombre fuerte y su semblante se veía afectado. En sus mejores días bromeaba sobre cómo le patearía el trasero si llevaba a la quiebra el negocio que decidió emprender con él. Quería infundir seguridad, hacer crecer su poder interior, pero no tenía las palabras correctas. Nunca había sido cariñoso, le costaba decir explícitamente cuánto lo amaba y la grandeza que veía en él. Alan, por su parte, se mostraba preocupado. Salía del trabajo para ir al hospital y encontraba a su padre decaído, sin mejora alguna, lo que provocaba que su frío corazón se encogiera, sin poder decirle abiertamente lo que él significaba para su vida. Ambos lo dejaban pasar, daban por hecho que se querían sin tener que decirlo. Ojalá Felipe hubiera escuchado lo que Alan tenía en su corazón. Cuando nos mudamos al lugar en que vivimos hoy, pasábamos tiempo juntos y, al no tener a nadie más, hablaba conmigo. Era bonito ese acercamiento con mi amo, compartía conmigo esos pensamientos profundos que no mencionaba a nadie y estoy segura de que le habría hecho bien sacar de su pecho años de amor almacenado para su padre. La noche más fría de enero Alan recibió una de las llamadas más tristes de su vida: su padre se había ido. Después de eso, fue verlo caer en picada.
Cuando abro los ojos, la chica ya no está. Alan se encontraba en la entrada, sentado en la banqueta, con una sonrisa estúpida en la boca y un cigarro en la mano. Me acerco frente a él y me acaricia las orejas y el cuello. «¿Qué hiciste? ¿Por qué la dejaste ir?», le pregunto con resignación. No me entiende, lo sé. Me mira a los ojos y sonríe.
—Va a volver, Milly —me dice con certeza, como si me hubiera escuchado.
Esa noche él durmió plácidamente. Yo me desperté recordando lo mal que lo pasamos hace dos años. A veces me sentía como su madre, con necesidad de protegerlo. Lo veía poco resiliente, débil, se dejaba llevar fácilmente por la corriente, le daba el paso a la gente que pretendía modificar su vida, permitía que las adversidades lo tumbaran y actuaba de modo temerario para luego quejarse de situaciones que él mismo creaba. Días después de la muerte de Felipe se perdió durante casi una semana. No contestaba llamadas, temía volver y ver a su padre sentado a las dos de la madrugada esperándolo en la silla al fondo del comedor, escondido en la oscuridad y listo para reprenderlo, en ocasiones, serio y preocupado; otras, curioso y juguetón. Era un hábito de Felipe cada vez que Alan salía de fiesta. En esta ocasión, no pasaría. La realidad lo iba a golpear al momento de cruzar la puerta y eso le daba más miedo que las reprimendas de su padre. Pasó esos días metido en un bar malgastando su tiempo y dinero en alcohol; apenas comía. Lo invadían las preocupaciones, los pleitos entre sus hermanos por los bienes aumentaron y su madre adoptó una posición no creíble para lo que estaba acostumbrado, pues, empañada por la influencia materialista, dejó a Alan a la deriva, mostrando un interés superfluo por su bienestar. El mundo se nos venía abajo. Mi amo perdió cabello, peso y clientes en corto tiempo. Optó por conseguir un compañero de cuarto que le ayudara a solventar los gastos. Se llevaban bien en un principio, pero los conflictos internos con los que Alan estaba lidiando lo hacían pelearse con el mundo entero. Yo lo miraba angustiada, no sabía qué hacer por él. Entraban y salían mujeres de poca monta a las que no volvía a ver, sus amistades lo animaban a ir por un camino de perdición, hasta que en una de sus noches oscuras, borracho, ambientado con una canción triste, tomó el cuchillo de la cocina y lo pasó por las líneas de sus muñecas. No pude evitarlo. Cuando llegué a la cocina, había un camino de gotas rojas por el piso hasta la habitación, en la que Alan estaba tirado en el suelo, inconsciente. Sentí mi corazón latir más fuerte y empecé a lamerlo como loca. El olor metálico de la sangre me estaba dando náuseas, el charco junto a él me ponía nerviosa. Es horrible ver morir a tu alma gemela.
En los días previos estuvimos en el restaurante. Alan parecía estar tranquilo; yo, por otro lado, estaba con sueño, así que me eché cerca de una mesa al fondo, donde están las plantas. Tenían una amena charla un par de chicas sobre la química en las relaciones y conexiones espirituales. No sé exactamente a qué se dedicaban, pero una de ellas irradiaba una luz maravillosa a su alrededor. Yo observaba con atención los colores que desprendía su cuerpo y, conforme hablaba del tema, se intensificaban. Debo suponer que hablaban de algo que le apasionaba, porque esto mismo pasa con mi amo cuando cocina. La conversación se puso interesante. Decía que las almas gemelas era un tipo de conexión casi instantánea, pues con ellas sientes una afinidad y empatía profunda, vibrando en la misma frecuencia, conectándose sin necesidad de hablar, sintiéndose bien al lado del otro e impactando de manera positiva. La mejor parte de esto es que existe más de un alma gemela en la vida y no tiene por qué ser una relación romántica, sino que puede ser una conexión entre padre e hijo, entre una mascota y su dueño o una amistad. Aquí lo que une es un amor puro sin importar las diferencias, trascendiendo vidas, buscándose entre sí. Entonces pensé de inmediato en la mía: Alan.
La conversación continuó. Parecían estar dentro de una burbuja imperturbable, mientras yo estaba con mis orejas paradas, lo más cerca posible. Ahora hablaban de las relaciones kármicas, un tipo de conexión que trae consigo el dolor, el caos, la toxicidad, con el único objetivo de liberar karma y aprender una lección que no se había logrado trascender, dándose de una manera rápida. Según esta chica, nuestras almas establecen acuerdos antes de llegar al mundo tridimensional, con la intención de evolucionar y sanar. ¿O sea, que vamos por ahí, encontrándonos con personas que ya conocemos de otras vidas y solemos reconocerlas como si vinieran de un sueño reminiscente de la noche anterior? No sé, esto es nuevo para mí. La otra mujer estaba como yo al oír esto. Por suerte, hacía las mismas preguntas que a mí me generaba la conversación. Decía que somos como un espejo que proyecta nuestras sombras en el otro y que debemos sanar lo que nos conecta a ellos, sin cambiar al otro, sino modificando lo que nos molesta de los demás en nosotros. Tenía sentido.
Por último, mencionó un vínculo aún más fuerte que los dos anteriores: las llamas gemelas. Al parecer, es una mezcla de ambas conexiones, solo se da una vez en la vida y no en todas las vidas se llega a tener. Mientras que el alma gemela está hecha de tu misma frecuencia y es un vínculo muy significativo, la llama gemela es una sola alma en dos cuerpos, que se manifiesta de manera intensa en romance. En esta conexión existe una dinámica que ambas personas deberán superar para poder estar juntas en sincronía y amor incondicional. La relación se da de manera rápida y fluida; la emoción, al estar juntos, se ve reflejada en energía y vibración, se comparten pasatiempos y preferencias, aunque hayan llevado una vida distinta; la compenetración de esta pareja es tan única que llega a desarrollar los poderes psíquicos, mostrando las mismas emociones y pensamientos, elevando su intuición y sueños compartidos; algo similar a lo que sienten los gemelos cuando al otro le pasa algo. La sincronicidad y telepatía se hacen presentes, así como la libertad de ser auténticos estando juntos.
—¡Guau! —dijo la chica—, yo quiero eso.
—No tan rápido —contestó la otra, con una sonrisa ventajosa.
La euforia que se siente al inicio es increíble, quien esté más despierto a nivel consciente es el que nota la conexión de un modo profundo y reconoce no haberse sentido de esa manera con nadie ni en otro momento. La otra persona que se encuentra en un mundo superficial es la que tiende a negar lo que siente o huir de lo que no puede entender. Poco después del encanto, llega una crisis que regularmente empieza con juegos de poder, desconfianzas sobre la persona o sobre el vínculo que los une. El miedo se apodera de alguno de ellos y se crea el conflicto, donde ambos van sacando a relucir su oscuridad, los daños, defectos y carencias en las que deben trabajar para estar juntos. Se entiende como cualquier otra relación que se construye, pero la realidad es que va más allá, ya que la naturaleza de esta los une fuertemente, aunque se niegue. La mayoría de las veces estarán a destiempo: cuando uno decida estar, el otro lo rechazará, provocando un dolor casi palpable y enfrentándose así a lo que deben reconocer, aceptar y mejorar en su interior. El daño que causa una llama gemela en el otro les cambia la vida a largo plazo, genera confusión en un principio y, aunque no siempre terminan juntos, todo es para un bien mayor. Es posible que alguno se retrase y no cumpla con los aprendizajes en esta vida, por lo que la otra persona crecerá rápida y gradualmente, soltando la conexión con el conocimiento pleno de que tenía que ser así y que se encontrarán en otro tiempo. Seguirán sintiendo lo mismo, pero separados, aprendiendo a vivir sin el otro. En el caso ideal, ambos crecen, superan sus miedos y trabajan en su persona al grado de trascender sus traumas logrando la unión en armonía. Pocas veces sucede esto, pero tener un amor que continúa vida tras vida y que te haga sentir vivo vale totalmente la experiencia, recalcando la importancia de soltar vínculos dañinos sin importar de qué tipo sean.
Me quedé pensando un rato, en lo que ellas seguían hablando. No estaba segura de querer tener una conexión de esas, pues mi corazón es delicado y frágil. Me causaba un poco de conflicto que dijera que nuestras almas pactan los encuentros trayendo dolor a nuestras vidas solo para crecer. Aquí, en la tierra, dudo que alguien haga acuerdos de tal magnitud o que recuerden haberlos hecho antes de venir, porque los humanos huyen del dolor y se aferran a sus miedos. En eso, escucho a la chica decir que las almas son libres y buscan que nuestro cuerpo tridimensional escuche lo que siente y haga caso a sus pasiones. En esa parte, comprendí que Alan oyó la voz de su alma cuando decidió apostar por sus habilidades culinarias. Cada que se veía obligado a hacer lo que otros querían era infeliz, inseguro y su semblante lucía apagado. Supongo que funciona igual para el amor. Cinco minutos después, caí dormida.
Escucho sonar unas llaves en la puerta y salgo a todo galope gritando como loca: «¡Ayúdame, ayúdame! ¡Alan se muere!», pero todo lo que el compañero de cuarto de mi amo entiende son ladridos. Me ve llena de sangre y se asusta.
—¿Qué pasó, Milly? —me pregunta con cara de asombro, al ver el rastro de sangre de la cocina. Avanza a la recámara y lo encuentra, empieza a soltar groserías mientras abre el clóset, rompe una camisa y le amarra las muñecas a Alan para detener la hemorragia. Saca el celular y marca a emergencias para que vengan a ayudar al tiempo que, con la otra mano, pone los dedos en el cuello de mi amo. Cuelga y me dice—: ¡Está vivo! —Y toma un profundo respiro.
