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Tras el éxito de Mindfulsex, Emma Ribas nos muestra de una forma práctica y reveladora cómo desarrollar la sabiduría del arte de amar y ser amado. Mindful Love aborda la neurociencia de las relaciones de pareja para conectar con el amor verdadero. A través de recursos y prácticas que nos ayudarán a relacionarnos desde la atención plena, siendo conscientes de lo que deseamos y de lo que podemos aportar, y dejando de repetir patrones, aprenderemos a vivir el amor de una forma más auténtica y equilibrada. Un enfoque revolucionario y pionero para recuperar nuestra esencia y atraer definitivamente a nuestra vida el éxito en el amor.
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Seitenzahl: 329
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Mindful Love
Éxito en el amor
Dra. Emma Ribas
Prólogo de Gaspar Hernández
Primera edición en esta colección: junio de 2024
© Emma Ribas, 2024
© del prólogo, Gaspar Hernández, 2024
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2024
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-10243-04-0
Diseño de cubierta: Melisa Juncal
Adaptación de cubierta y fotocomposición: Grafime, S.L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
A ti y a todas las personas abiertas al amor, la consciencia y la evolución.
El amor es la fuerza más poderosa del universo, capaz de transformar la vida y el mundo.
CARL GUSTAV JUNG
El amor no es un sentimiento ni una emoción, ni tan siquiera un cúmulo de emociones. El amor es, como reza la frase de Carl Gustav Jung que encabeza este libro, «la fuerza más poderosa del universo». El problema es que estamos cerrados a las fuerzas del universo; en nuestra sociedad nos centramos sobremanera en lo tangible, lo físico, lo material, lo que captan nuestros sentidos. Y así nos va. A mi modo de ver, el principal malentendido en relación con el amor es que creemos que depende de otra persona, de que nos lo pueda dar o quitar. Y ese malentendido —en realidad nadie nos puede quitar el amor— es el que provoca mayor sufrimiento. Aproximadamente la mitad de las consultas psicológicas guardan relación con los llamados problemas sentimentales. Por no hablar, como hace Emma Ribas, de las consecuencias que tienen en nuestro cuerpo. La doctora Ribas afirma, sin cortapisas, que se trata de un problema de salud pública. Y que los sistemas sanitarios se ahorrarían mucho dinero si en nuestras sociedades mejorase la educación sentimental.
Y es que todos hemos nacido y crecido en la cultura del amor romántico. Y este mito —el amor romántico no deja de ser un mito— provoca muchos malentendidos. Es curioso que nuestra sociedad avance a muchos niveles —aunque en algunos sigue como si estuviese aún en la Edad de Piedra, solucionando los conflictos con violencia, invirtiendo cada vez más en armamento—, es curioso, decía, que avance a muchos niveles, pero que en lo referente al mito del amor romántico siga casi igual que la de nuestros antepasados. Se me ponen los pelos de punta (es un decir) cada vez que veo a un o una influencer hablando del amor en los términos en los que lo hace la prensa del corazón, es decir, haciendo depender su felicidad de su nuevo ligue, o de si por fin ha encontrado su princesa o su príncipe azul: «fueron felices y comieron perdices». El amor es mucho más que el enamoramiento, un estado transitorio de alienación mental. El enamoramiento es muy bonito, pero pasajero. Sin embargo, nuestra cultura se sustenta, en buena parte, en ese estado evanescente y frágil como la cuerda de un violín a punto de romperse. La responsabilidad del malentendido es de muchas películas de Hollywood y dibujos de Walt Disney, que han perpetuado un imaginario colectivo que no guarda relación con la realidad. Si se me permite la broma o exageración, tendríamos que denunciar a Hollywood y a Walt Disney por el daño psicológico que nos han hecho en lo que se refiere al mito del amor romántico.
He sido testigo, en primera persona, del sufrimiento que provoca durante los casi veinte años que hace que divulgo en radio y televisión temas relacionados con la psicología y la espiritualidad. De hecho, en el programa que dirijo en Catalunya Ràdio, L’ofici de viure (El oficio de vivir), tuvimos durante años un consultorio sentimental, pues nos dimos cuenta del gran número de personas que sufrían por mal de amores. Por todo ello, este libro de Emma Ribas es muy necesario. A mi modo de ver, de la mirada lúcida y atrevida de la doctora Ribas —marca de la casa— es impagable, en primer lugar, su experiencia en la consulta durante más de dos décadas, ayudando a muchas personas y parejas como psicóloga y sexóloga (este libro ofrece muchas herramientas, teóricas y prácticas, seleccionadas a partir del beneficio que ha constatado en sus pacientes). Por otro lado, considero también muy valioso el hecho de que vaya más allá de la materia, de lo que captan nuestros sentidos. Ya hemos dicho, parafraseando a Carl Gustav Jung, que el amor va más allá de nuestros sentidos. Al fin y al cabo, ¿alguien puede afirmar que el amor que siente —hacia la pareja, hacia los hijos, los padres o las amistades— termina donde se acaba su piel? Es cierto que el amor lo sentimos y pensamos, pero sin lugar a duda va más allá de nuestro cuerpo físico. Por eso uno de los muchos méritos de este libro es explicar, con un lenguaje llano, accesible a todo el mundo, aquello que no ven nuestros ojos. Como aprendimos de El Principito, solo con el corazón se puede ver bien, y lo esencial es invisible a los ojos.
GASPAR HERNÁNDEZ, escritor y periodista
Querido lector: lo primero que me gustaría es que tuvieras claro qué es lo que te ha traído hoy aquí, es decir, cuál es la razón por la que has decidido leerte este libro. Permíteme, por favor, que especule y que me atreva a afirmar que, probablemente, sea porque te sientes defraudado o descontento en el plano amoroso. Y no estás solo en este sentido; es más, la insatisfacción en el amor es tan común que, por desgracia, se ha convertido casi en una plaga de la salud mental en nuestros días. Entre otras razones, se debe sobre todo a la profusión de un tipo de relaciones convencionales, basadas en los apriorismos y los mitos de nuestra sociedad, sobre el amor romántico, lo que nos lleva a interiorizar un conjunto de creencias acerca de lo que se supone que es y de lo que tiene que ofrecerte el amor, respecto a cómo has de actuar para cumplir una serie de expectativas o para estar a la altura, etc. De este modo, se propicia una profunda desconexión entre nosotros mismos y la forma en la que construimos nuestras relaciones desde la conciencia. O en otras palabras: entre lo que en el fondo de nuestro ser realmente deseamos en el amor y lo que nuestro entorno nos indica que debemos, que es lo correcto, desear.
Por eso me hace muy feliz que hayas decidido adentrarte en esta obra, cuyo propósito último es ofrecerte una serie de herramientas teóricas y, muy especialmente, prácticas para que te liberes de esos prejuicios sobre el amor que la sociedad nos impone y, también, para que tus experiencias previas en este terreno no te condicionen, aprendiendo, en cambio, a vivir las relaciones amorosas desde tu propia esencia, con lo que serás capaz de dejar atrás vínculos amatorios insatisfactorios y comenzarás a disfrutar plenamente del gozo de amar.
Créeme cuando te digo que no lo afirmo a la ligera, ya que yo misma, a raíz de una crisis de pareja, hace casi veinte años, me inicié en la vida mindful y empecé a tener revelaciones de gran calado. Desde luego, mi experiencia como psicóloga, sexóloga y terapeuta de pareja me había dado conocimientos de sobra respecto a los tipos de problemas a los que la mayoría nos enfrentamos en el terreno amoroso, por ejemplo, repitiendo una serie de patrones de conducta adquiridos. Pero abrazar el estilo de vida mindfulness (o de conciencia plena) me permitió darme cuenta de que todo alrededor de mí era mi reflejo; y, aunque el trabajo psicoterapéutico es indispensable para lograr el equilibrio mental, lo es aún más conocer tanto las leyes del universo como el poder de la mente para atraer la vida que realmente uno desea. Aprendí, así, algo esencial: que tu vida es un reflejo de tu estado de conciencia.
A partir de ese momento, empecé a aplicar toda esta sabiduría en el área del amor, y lo hice tanto en el plano personal —lo que me hizo encontrar, finalmente, a mi pareja ideal, con la que sigo felizmente hoy en día— como en el profesional, pues, al introducir en mi consulta el mindfulness aplicado al amor, esto es, el Mindful Love, ¡mis sesiones empezaron a ser mucho más potentes, reveladoras y transformadoras!
Es difícil encontrar palabras para describir el placer que, como enamorada de mi profesión, siento al poder acompañar a personas y a parejas a tener éxito en el amor, a sacar su máximo potencial, a hacer buenas elecciones y a llevar sus relaciones al siguiente nivel. No olvidemos que enamorarse, o que se enamoren de ti, o tener pareja, tal vez no sea muy complicado, pero el buen amor, como diría el Arcipreste de Hita, la persona o personas adecuadas para ti, requiere un gran trabajo personal.
Ten en cuenta que abrazar una vida mindful te llena de sabiduría, amor e intuición. Una mente rumiativa, que no deja de darle vueltas a todo, de sobreanalizar cada situación, te perturba y satura, no te permite ver más allá de tus propios pensamientos, con lo que te genera sufrimiento, el alimento favorito del ego, ya que, cuanto más sufre una persona, más egocéntrica se vuelve, y viceversa. Sin embargo, te voy a contar un secreto que quizá no sepas o no acabes de creerte: todo tu sufrimiento se genera en tu mente, tu cerebro ha sido literalmente entrenado para sufrir cada vez que la realidad no cumple tus expectativas. La causa de tu infelicidad, por lo tanto, reside en creerte tus pensamientos y engancharte a ellos. ¿Y cómo puedes desaprender esa especie de programación a la que han sometido a tu mente tus experiencias personales y las costumbres e ideas de la sociedad? La clave reside en saber detectar esos pensamientos que te surgen sin identificarte con ellos y diferenciarlos de la situación concreta que estés viviendo en cada momento, tomando conciencia solamente desde ahí, desde el presente, desde lo que realmente experimentes, mientras dejas de identificarte con tu película mental. Solo de esta manera podrás despertar, vivir una vida plena, auténtica, libre y consciente. Contéstame la siguiente pregunta tras reflexionar un poco sobre ella: ¿te identificas con tu mente o con tu ego? Y por ego me refiero al yo que has creado, un personaje que muestras a los demás para actuar con ellos y que crees, erróneamente, que eres tú. Recuerda que todos percibimos la realidad desde una falsa dualidad cognitiva que no existe, pues en realidad observador y observado son lo mismo. Cuando conectas con la conciencia de unidad, empiezas a tratar a los demás como parte de ti y a relacionarte con tu entorno como lo que realmente es, un espejo en el que te ves reflejado y una pantalla en la que te proyectas.
Sé que el estado de conciencia plena, o mindfulness, es difícil de entender desde el intelecto, o desde la mera descripción que pueda hacerte de él en estas páginas. Por ello, mi propósito es dotarte de los instrumentos necesarios para que lo pongas efectivamente en práctica a diario, y así puedas experimentarlo en toda su magnífica potencia, algo, si me permites la osadía, que estoy convencida de que terminará por animarte a adoptar esta manera de vivir mindful, la cual, a través de tu glándula pineal, te abrirá la puerta al auténtico conocimiento interior.
Para ello, no obstante, tengo que pedirte un favor: prométeme que vas a mantener una mente abierta y una actitud positiva y dinámica, que vas a estar dispuesto a implicarte activamente en el proceso de atraer el éxito en el amor. Recuerda que no son las flechas aleatorias de Cupido las que definen tu satisfacción en este ámbito, sino tú mismo. O, más precisamente, tu forma de encarar cómo te relacionas con quienes te rodean. Por ejemplo, el hecho de que alguien nos fascine o de que incluso nos enamoremos o lo amemos no significa que sea la persona adecuada para nosotros. El amor, el verdadero amor, el que es una fuente de placer, apoyo, amistad, cariño, fuerza, energía y generosidad, no surge solamente desde el corazón, sino también desde el cerebro. Porque los seres humanos no somos partes disgregadas, sino que conformamos un todo de mente y cuerpo, emociones y pensamientos, memoria e imaginación.
Según lo expuesto, acto seguido te invito a que apliques conmigo una serie de técnicas y ejercicios que yo misma he llevado a cabo, como individuo, pero también en mi práctica profesional, y cuyo propósito es: primero, ayudarte a conocerte más a ti mismo; segundo, darte claridad y conciencia, y, tercero, permitir que triunfes en el amor. De buenas a primeras, te recomiendo que acompañes la lectura de Mindful Love con una libreta, en la que vas a ir desarrollando aquellos ejercicios que te sugiero, además, si así lo quieres, de tomar notas de los pasajes que te resulten más reveladores o de los sentimientos que vayas experimentando conforme te adentres en la obra y en sus variados recursos. Piensa que todos están orientados a que aprendas a aceptarte tal y como eres para que establezcas tus metas vitales últimas y para que palíes o subsanes buena parte de tus problemas en el terreno de las relaciones interpersonales, con el objetivo de que, al final del difícil, pero emocionante, viaje que ahora inicias, te encuentres por completo preparado para triunfar en el amor.
Dra. EMMA RIBAS Psicóloga especialista en Mindful Love
¿Qué entendemos por Mindful Love? Y, más aún, ¿qué entendemos por amor? Aunque se trata de un concepto tan amplio que escapa al ámbito estricto de este libro, pues abarca innumerables áreas del saber humano y es abordable desde una perspectiva tanto artística como científica, no es ningún secreto que para muchas de las grandes mentes de la historia, desde poetas hasta filósofos, desde pintores hasta médicos, desde psicoanalistas hasta antropólogos, desde novelistas hasta neurólogos, desde físicos hasta hombres de fe, el amor es un tema de constante fascinación, estudio y debate, en el que radica, justamente, la clave de nuestra existencia, la manifestación más sublime de ese elemento peculiar, llámesele chispa de divinidad o autoconciencia del cosmos, que distingue nuestra especie de las otras que habitan la Tierra.
Por Mindful Love entendemos, grosso modo, la aplicación de un estilo de vida mindful (o consciente) al ámbito del amor. De ahí que también le llamemos, a lo largo del libro, «amor mindful» o «amor consciente». Mindfulness (cuyo adjetivo es mindful) es un término inglés que se suele traducir como ‘atención plena’. Integrado con éxito y de modo amplio en la consulta de psicología, hace referencia a una ética práctica, a un modo de vivir nuestro día a día, experimentando el presente —no lo olvides: el único momento que de verdad existe— de modo consciente, con aceptación e interés, centrándonos en el aquí y el ahora y silenciando los pensamientos que acostumbran a distraernos del mismo, sean estos recuerdos, expectativas, opiniones, planes, hipótesis o de cualquier otro tipo, y que suelen ser en buena medida la causa de nuestro estrés, nuestra angustia, nuestros complejos o nuestra tristeza.
El concepto de mindfulness y las técnicas asociadas al mismo fueron introducidos en Occidente, a mediados de la década de los sesenta del siglo pasado, por el doctor en Biología y profesor emérito en Medicina Jon Kabat-Zinn,1 quien, tras estudiar budismo en la India, volvió a Estados Unidos, concretamente a la Universidad de Massachusetts, donde en 1979 creó el programa de MBSR (Mindfulness Based Stress Reduction), dedicado a la reducción del estrés basada en técnicas milenarias de meditación. Los resultados fueron tan sorprendentes y positivos que fundó una clínica donde se aplica esta técnica y un centro de investigación sobre los beneficios del mindfulness, además de ser uno de los grandes divulgadores, como autor y conferenciante, de las bondades del estilo de vida mindful, que, en líneas generales, podemos afirmar que ha recuperado la visión holística tradicional de Oriente sobre la interacción entre el cuerpo y la mente. Y es que, debido a la extraordinaria capacidad que posee el cerebro humano para recuperarse, reestructurarse, cambiar y adaptarse a nuevas experiencias, situaciones y entornos, la realización sostenida en el tiempo de meditación, incorporada en nuestra rutina como si fuera cualquier otro hábito cotidiano más —igual que ducharse, hacer ejercicio, limpiar el piso o cepillarse los dientes—, produce cambios físicos en nuestro órgano rector, desde un punto de vista tanto estructural como funcional. Es lo que se conoce como neuroplasticidad o plasticidad cerebral, un concepto que surgió a principios del siglo XX, cuando, a la inversa de lo que se creía hasta ese momento, la medicina neuronal probó que el cerebro de las personas adultas continúa desarrollándose a lo largo de toda la vida. De esta manera, cuando aprendemos una cosa nueva, nuestras neuronas forman una serie de redes para comunicarse entre sí y, en cuanto ponemos en práctica esa nueva enseñanza, dichas redes se van fortaleciendo, lo cual facilita tanto su interconexión y comunicación como el desarrollo de esta nueva habilidad adquirida. Es decir, cada vez que el cerebro recibe unos determinados estímulos, se ejercita el aprendizaje, que se va interiorizando hasta hacerse casi maquinal, mientras se refuerza nuestra memoria y nuestra salud. Como muestra, las investigaciones de la doctora Sara Lazar, neurocientífica del Hospital General de Massachusetts y de la Facultad de Medicina de Harvard, a través de las técnicas de resonancia magnética aplicadas al cerebro del grupo de estudio, han probado que las personas que llevan a cabo una meditación recurrente y prolongada tienen un grosor de corteza cerebral similar al de individuos mucho más jóvenes, además del hecho de que sus cerebros se encojen menos con la edad, mientras que sus conexiones neuronales se mantienen más fuertes durante más tiempo.2
El acto mismo de poner la atención plena en algo (lo que sería la meditación o mindfulness), de hecho, es un tipo de experiencia que propicia cambios estructurales en nuestro cerebro, pues activa las neuronas y mejora sus conexiones.3 Y lo mismo sucede cuando interactuamos con los demás desde el conocimiento interior y una postura de curiosidad y aceptación ante la realidad que nos rodea, y no desde nuestra mente, en la que nos hemos acostumbrado a vivir, un espacio imaginario que pone etiquetas y satura nuestro entorno con palabras, ideas, comentarios, planes, expectativas..., proyectándonos hacia el pasado o hacia el futuro y obstaculizando la experiencia pura del momento presente.
Por consiguiente, apostar por la necesidad de adquirir un modo de vida mindful no solo implica dedicar unos pocos minutos al día a meditar, sino también aprender a desacelerar nuestro ritmo de vida y a «ser» en vez de «hacer», así como a rebajar nuestras proyecciones mentales, sacando las capas de expectativas y apriorismos acumuladas por nuestro ego, silenciando nuestro cerebro y habitando el momento presente. De esta manera, se adquiere una actitud ante los avatares de nuestro día a día basada en una verdad del universo imposible de refutar: la impermanencia de todo. Cualquier ser vivo nace, crece, envejece y muere. Nada es inmutable, todo a nuestro alrededor cambia constante e inevitablemente, pero, pese a ello, nos aferramos a las cosas como si fueran eternas, y es este apego lo que nos produce miedo, dolor, frustración y sentimiento de pérdida. Por tanto, una conciencia interior plena nos permitirá comprender que nuestras ideas y emociones son cambiantes, y que igual que ellas mutan, también lo hace nuestro cuerpo, de modo que habremos de abrazar esa impermanencia como una parte esencial de lo que define nuestra condición de seres humanos. Pensemos que, gracias a ello, no hay la menor duda de que el agudo sufrimiento que nos pueda provocar algo será curado por el transcurrir del tiempo. Dicha aceptación supone acercarse a todo cuanto nos sucede desde la ecuanimidad, esto es, una forma de estar presente en el placer sin apego, y de estar presente en el dolor sin resistencia. Se trata de un estado mental que nos protege de la agitación emocional en situaciones de alegría o adversidad. Un sinónimo de mente ecuánime es mente imparcial, que sabe, pues, afrontar los sucesos agradables, desagradables y neutros con la misma capacidad para aceptarlos, sin recrearse en los positivos ni negar o reprimir los negativos. Con la práctica repetida en el tiempo, y al igual que ocurre con la meditación y el mindfulness, la ecuanimidad termina por integrarse en nuestro continuo mental de modo natural.
¿Te parecen pocas las virtudes del mindfulness? ¿No te gustaría reducir tus niveles de estrés y angustia? ¿No estás harto de sentirte siempre agotado y triste al final de tu jornada? ¿No desearías ser capaz de encarar los avatares de la vida con una perspectiva lúcida y serena? Pues resulta que abrazar el mindfulness no solamente te facultará para todo ello, sino que, al aumentar tu propio bienestar, estará aumentando el de todas las personas de tu alrededor. O en las palabras, muchísimo más elocuentes, del monje budista francés Matthieu Ricard:
Desarrollando nuestras cualidades interiores es como podremos ayudar mejor a los demás. Nuestra experiencia personal, aunque al principio sea nuestra única referencia, con el tiempo tiene que permitirnos adoptar un punto de vista más amplio que tenga en cuenta a todos los seres. Todos dependemos los unos de los otros y nadie desea sufrir. Ser «feliz» cuando hay tantas personas que sufren sería absurdo, por no decir imposible [...].
Estas reflexiones no emanan de una intención moralizante, sino que simplemente se limitan a reflejar la realidad. Buscar la felicidad solo para uno mismo es la mejor manera de conseguir que ni nosotros ni los demás seamos felices [...].
Una de las razones fundamentales de este fracaso es que el mundo no está constituido por entidades autónomas dotadas de propiedades intrínsecas que, por su propia naturaleza, hacen que sean hermosas o feas, amigas o enemigas; las cosas y los seres son, esencialmente, interdependientes y están en perpetua evolución. Además, hasta los propios elementos que los constituyen solo existen si están relacionados entre sí [...].
Cuando alguien se interesa con sinceridad por el bienestar y el sufrimiento de los otros, tiene la necesidad de pensar y actuar de modo justo y esclarecedor. Para que las repercusiones de los actos que se lleven a cabo a fin de ayudar a los demás sean verdaderamente benéficas, dichos actos tienen que estar guiados por la sabiduría, una sabiduría que se adquiere por medio de la meditación. La última razón de ser de la meditación es la de transformarse a sí mismo para transformar mejor el mundo, o convertirse en un ser humano más bueno para servir mejor a los otros. La meditación permite dar a la vida su sentido más noble.4
Ya habrás podido sospechar, por consiguiente, con qué sencilla e inevitable lógica el amor se integra de modo natural en la vida mindful. Porque no hace falta ser un mago para adivinar en qué consiste el Mindful Love: en la capacidad de amar, y de aceptar, el amor, desde la atención, la curiosidad y la aceptación; o, parafraseando a David Richo,5 de amar y ser amados sin las herramientas del ego,6 tales como el miedo, el apego, el control, las expectativas, la dependencia, los prejuicios, los mecanismos de defensa, las opiniones o los juicios morales. Sin olvidar que, si no somos capaces de saber qué esperamos del amor ni cómo nos comportamos cuando queremos a alguien, también estaremos poniendo trabas al desarrollo de unas relaciones interpersonales plenas y adultas. Sin conocernos antes a nosotros mismos, sin aceptarnos tal y como somos en realidad, tratándonos con el cariño y la comprensión que merecemos, es casi imposible que podamos darles a los demás lo que no nos damos a nosotros; o que seamos capaces de apreciar un amor consciente y pleno si no estamos acostumbrados a proporcionárnoslo. La famosa línea de los Evangelios «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22: 39-40) atesora una inmensa sabiduría: implica que, para amar generosamente a los demás, el paso previo es amarse de igual manera a uno mismo.
Ejercicio
Vamos a hacer un ejercicio muy sencillo para que entiendas de modo práctico la idea del amor consciente. Reserva un espacio tranquilo, cómodo y privado para ti. Puede ser tumbarte a solas y a oscuras en la cama o sentarte en posición de loto en el sofá. Cierra los ojos y concéntrate en tu respiración; con cada inspiración y espiración, nota cómo el aire entra y sale de tus pulmones e imagínate que recorre todo tu cuerpo, de la cabeza a la punta de los pies, como si fuera una luz blanca que te limpia y te calma. Cuando te sientas relajado, visualiza en tu mente a alguien o algo que te despierte mucho amor. Puede ser tu madre, tu pareja, tu hijo, tu mejor amigo, tu perro, tu película favorita, tu joya favorita... Déjate inundar por su presencia, por el sentimiento que despierta en ti, y luego pregúntate qué cosas tiene esa persona, ese ser o ese objeto que consigue provocarte ese sentimiento. Enumera sus virtudes. ¿Son virtudes que en general te gustan en todo el mundo/todas las cosas? ¿Tienes tú esas virtudes? ¿Cómo te sientes si tu respuesta es negativa? ¿Y afirmativa? ¿Quieres a alguien/algo que carezca de todas ellas o de muchas de ellas? Regresa poco a poco a la realidad, centrándote de nuevo en tu respiración, así como en la sensación de tu cuerpo apoyado en el sofá, los cojines o el colchón.
En relación con lo dicho, me viene a la memoria un caso de mi práctica profesional que me resultó muy impactante, hasta el punto de que acostumbro a contarlo cuando me preguntan en conferencias o charlas si aplicar el mindfulness al ámbito del amor (el Mindful Love) es un método que funciona. Una pareja acudió a mi consulta, hace unos años, para someterse a terapia, pero había tal grado de negatividad, rechazo, rabia y tensión entre ellos que, sinceramente, su relación parecía insalvable. Llevaban quince años juntos, tenían dos hijos y todos los gastos en común: una hipoteca, un préstamo de coche, etc. En la primera sesión, les pregunté si de verdad querían arreglar su historia y ambos, con expresión de incredulidad, me dijeron que sí, aunque, como se suele decir, con la boca pequeña. Ante lo que sus cuerpos y gestos —y no sus palabras— me comunicaban, decidí proponerles un ejercicio de veinte minutos, con el objetivo de poder cambiar su actitud y ponerlos en un estado mental propicio para la terapia. El ejercicio consistía en que ambos se sentaran el uno frente al otro, mirándose fijamente con una mano en el propio pecho y la otra, en el corazón de la otra persona, mientras respiraban lenta y pausadamente. Pasados unos siete u ocho minutos, la incomodidad desapareció, el rechazo y el rencor acumulados bajaron la guardia, empezaron a relajarse, a ver al otro realmente, a reconocer a la persona de la que se habían enamorado en su momento, a adoptar una nueva perspectiva fuera de la limitada por su ego y a conectar con su lado empático y compasivo. Les pedí en ese momento (unos diez minutos después de haber empezado el ejercicio) que cada uno dijera cinco cosas que le encantaran de la persona que tenía delante. Y, cuando lo hicieron, todas las barreras cayeron, se echaron a llorar, dejaron que aflorara el amor y el deseo que se tenían, y no tardaron en fundirse en un abrazo sincero, lleno del cariño ilimitado del uno hacia el otro. Ahora sí estaban listos para empezar la terapia, expresándose de manera asertiva, desde la reconexión y no desde el odio o el rencor. Cuesta explicar con palabras la emoción que, como especialista en sexología y psicología, sentí en ese momento, al ser testigo de la completa transformación que obró en ellos esa sencilla técnica de amor consciente o Mindful Love. Básicamente, es un ejercicio que les permitió darse cuenta de que lo que fuera que ambos se reprochaban mutuamente todo el rato no estaba en realidad en la otra persona, sino que era un reproche a sí mismos: un efecto espejo de sus frustraciones, inseguridades, temores, ansiedades... Son casos como este, que menudean en mi consulta, lo que me motiva cada día a seguir perfeccionando mis conocimientos sobre las relaciones amorosas y la sexualidad desde un punto de vista mindful, así como a escribir este libro que ahora tienes en tus manos, con el propósito de ayudar a las personas a que se amen más y mejor, desde el respeto, la escucha y la conciencia del momento presente.
¿Sientes que la mala suerte te persigue cuando te enamoras? ¿Encadenas relaciones en las que siempre acabas dejando a la otra persona o te acaban dejando a ti? ¿Crees que solamente te sientes atraído por gente autodestructiva, conflictiva o tóxica? ¿Has llegado a la conclusión de que los demás no saben apreciarte a pesar de que eres la persona que has conocido que más completamente se entrega en el amor?
Esta clase de pensamientos suelen cruzar nuestra mente conforme vamos ganando en años y en experiencias amorosas y, pese a ello, no somos capaces de establecer un vínculo de pareja estable, sano, satisfactorio o duradero. Pero no te engañes: aquí la suerte juega un papel secundario, pues tienes la potestad de escoger a la persona a la que decides entregarle tu corazón. «¡Pero si es imposible elegir de quién te enamoras!», exclamarás en protesta. Y te contestaré que eso es verdad... a medias. En una definición clásica del amor y, por tanto, marcada por muchos falsos mitos románticos, se trata en efecto de un sentimiento que escapa a nuestro control, que de una forma no premeditada, y a veces incluso irracional e inexplicable, nace y crece entre dos o más personas, suele conducir a su unión sexual y aspira a mantenerse a lo largo del tiempo. A partir de este enunciado, empero, las variables que pueden aparecer en ese vínculo son prácticamente infinitas, y tan particulares como las personas que las experimentan. Algunas de dichas variables favorecen ese sentimiento amoroso, pero otras contribuyen decididamente a dificultarlo o a imposibilitarlo. Y es que, por mucho que surja como un impulso idílico, su adaptación a la realidad del día a día puede resultar sumamente difícil, puesto que a esa exaltación romántica se le deben sumar otras muchas emociones: el estrés, la ansiedad, el nerviosismo, la frustración, el miedo y una variada miríada de sentimientos, derivada de nuestras obligaciones y nuestros problemas cotidianos.
En puridad, existe una enorme confusión, impuesta por los usos y costumbres milenarios de nuestra sociedad, entre la atracción, el amor y la amistad. Y, aunque toda relación de pareja ha de contar con deseo y complicidad para ser realmente sana y plena, es el amor lo que la define, ya que el sexo no requiere amor, y la amistad, siento la perogrullada, se desarrolla sobre todo entre los amigos, por quienes no sentimos inclinaciones románticas. A grandes rasgos, se puede decir que la atracción surge de modo espontáneo y acostumbra a ser tan intensa como efímera, de modo que, si se le presta escasa atención, se consume rápidamente y cala poco o nada. El amor, en cambio, puede tener, o no, un origen espontáneo, pero siempre se define por completo con el trato, y requiere tiempo, paciencia y esfuerzo, además de labrar en nuestro ánimo una emoción que es a la vez sosegada y firme, honesta y duradera, adaptable e inquebrantable. Y, ojo, que tampoco tiene nada que ver con la relación de dos o más personas a las que el deber, la costumbre, la pereza, el miedo a la soledad o las convenciones unen.
En la Autobiografía de Bertrand Russell, el filósofo británico habla de las tres cualidades del amor, que se corresponden precisamente al deseo, a la amistad y a lo que sería la quintaesencia del amor en sí:
He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande que a menudo hubiera sacrificado todo el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en la que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión de amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto es lo que buscaba, y aunque pueda parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que —al fin— he hallado.7
Lo primero sería sexo; lo segundo, compañía (o apego), y lo último, amor de verdad, pleno, consciente: Mindful Love. Esta confusión de conceptos tiene lugar porque los dos primeros están integrados en el último, pero sexo y amistad no tienen por qué ir de la mano, mientras que, en ocasiones, ninguno de los dos tiene mucho que ver con el amor. Se hace patente, por tanto, en esta mezcla de términos, que tenemos una deficiencia en el ámbito sentimental; y es que no se nos enseña a amar. Al tratarse de una de las potencias del espíritu humano, se considera el amor una inclinación natural que no debe ser educada. Pero las personas también estamos naturalmente hechas para andar, y bien que aprendemos a hacerlo; o para hablar, y tres cuartos de lo mismo. A ello se le añaden las tradiciones culturales de la persona predestinada para nosotros, de la media naranja que nos completa o de las almas gemelas separadas al nacer, de modo que, bajo estas falsas creencias, resulta innecesario aprender, no solo a saber querer, sino a ser capaces de distinguir el buen amor del malo, ya que tenemos asignada por una fuerza cósmica imprecisa una persona en exclusiva y, por tanto, ¿para qué perder el tiempo en educar en amor, o en aprender sobre él, si por lo visto hay por ahí alguien que sí o sí nos está destinado, y a la inversa: a quien estamos destinados?
Aquí empiezan, de hecho, nuestros problemas para gozar de una relación de pareja plena. Ante todo, insistir en la obviedad de que disfrutar de un buen lazo sexoafectivo implica que este ha de ser sano. Pero, si no se nos educa en ello, ¿cómo podemos saber si una relación es lo suficientemente sana? O, al contrario, ¿cómo podemos llegar a la conclusión de que no lo es? ¿Los problemas que atravesamos en nuestro vínculo son normales y superables, o bien indicadores de que nuestra unión carece de cimientos sólidos? Y si no tenemos problemas y nos sentimos apoyados y queridos, pero, aun así, no somos felices, ¿significa que no tenemos futuro juntos? ¿Cómo podemos saber si estamos o no con la persona adecuada?
Precisamente, por desconocimiento, por nuestras heridas personales o por prejuicios sociales, acostumbramos a cometer una serie de errores cuando elegimos a nuestras parejas. Te enumero a reglón seguido diez de las equivocaciones más frecuentes que la práctica profesional ha revelado al respecto:
1. Creer que el amor todo lo puede
Mito romántico por excelencia, se suele creer que, si se ama sincera y profundamente, es suficiente para sostener un vínculo en el tiempo. Pero es falso. Con quererse, no basta. Obviamente, sin amor no existe relación de pareja posible, pero sentir deseo, ternura o admiración por el otro no garantiza poder superar todas las dificultades que aparecerán a lo largo de una vida en común. Sin una mínima estabilidad económica, sin intereses y proyectos claros y comunes, sin confianza y respeto, estamos ante una relación abocada al fracaso, por mucho amor que haya.
2. Ya cambiará
Se supone que decidimos voluntariamente establecer vínculos románticos con alguien porque tiene una serie de virtudes que le hacen destacar por encima del resto, porque, para nosotros, resulta único y especial. Sin embargo, a veces hay cosas de esa persona que no nos gustan nada, y las obviamos o minimizamos pensando que, con la edad, la estabilidad o el paso del tiempo, ya cambiará. Craso error. En primer lugar, porque esos defectos que chocan frontalmente con nuestros valores definitorios hacen que realmente esa persona no sea la idónea para nosotros, no sea la elegida en el sentido más amplio del término. Y, en segundo lugar, lo más probable es que tu pareja no cambie, o que no lo haga justamente del modo que tú quieres. De hecho, si ha sido honesta contigo, si te ha dejado claro, por ejemplo, que no cree en la monogamia y tú te has avenido a ello, sin compartir su visión, con la idea de que acabará por venir a las tuyas, quien está asentando las bases para que la relación fracase eres tú.
3. Establecer una relación con roles incorrectos o desiguales
Los instintos protectores y cuidadores están muy arraigados en algunos de nosotros, sobre todo entre las mujeres, a las que se les ha asignado tradicionalmente un papel maternal. Por ello, a veces empezamos una relación con alguien con el afán de cuidarle o de enseñarle, de salvarle de las drogas o del alcohol, de apoyarle en su brillante carrera... Un lazo de pareja ha de ser una unión entre iguales. Nadie ha de cuidar del otro. No se puede sentir lástima por nuestra pareja, ni tampoco ciega adoración. Tú no eres, ni debes serlo, el padre o la madre de la otra persona, y tampoco has de buscar una figura materna o paterna en el otro. No eres su fan, ni su mentor, ni su coach. Y nadie debe salvar a nadie en una relación amorosa. Nunca hemos de suplir las carencias afectivas que podamos tener en otros ámbitos con nuestra pareja.
4. Dejarse llevar por las ansias de tener hijos
