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Entre 1935 y 1949 el emigrante vasco Guillermo Larregui camina 22 500 kilómetros por Argentina empujando una carretilla de obra de más de cien kilos de peso.
En los años previos a la pandemia, en un departamento de Buenos Aires, una mujer casi centenaria pinta obsesivamente el castillo austrohúngaro de su infancia, rodeado de jardines, pistas de tenis y una fábrica de chocolate.
En 1945, un misterioso fugitivo croata camina huyendo a través de la Europa destruida por la guerra.
En 2024, el periodista
Bruno Galindo viaja a Argentina siguiendo los pasos del Vasco de la Carretilla con la intuición de escribir un libro sobre el nomadismo, la libertad y la idea romántica de «lo salvaje».
Pero las huidas (y este libro tiene algo de huida) son siempre empresas arriesgadas que nunca se emprenden por un simple reto. Los paisajes de Argentina se convierten así en el espejo sobre el que
Bruno Galindo va proyectando una delicadísima investigación en torno a su árbol genealógico. Sobre las aventuras y los horrores de sus antepasados emigrantes y sobre los impulsos de todos los que huyen posa el autor una mirada cargada de asombro y piedad.
"Nadie nos llamará antepasados" es un libro trampa escrito con la ligereza y precisión de un nómada sin ataduras.
«Patagonia, 1936: un hombre —un vasco— encuentra al fin la meta de su vida. Ahora, casi un siglo después, un viajero español, hijo de migrantes, recupera aquel viaje para recuperar el largo viaje de su familia, tres generaciones de muy variados fugitivos. Viajar ya no es lo mismo: escribirlo como lo escribe
Bruno Galindo sigue siendo fascinante» (Martín Caparrós).
«El secreto de aburrir es contarlo todo, decía Voltaire. Pero yo sé que si
Bruno Galindo se decidiera un día a contárnoslo todo, ni un segundo nos aburriríamos. Porque está entre los más imaginativos y valientes narradores de este país» (Enrique Vila-Matas).
«Me gusta mucho el método que ha ideado Galindo: sigue el rastro de un viajero antiguo, misterioso, disparatado, conmovedor, y lo usa como hilo para ir cosiendo una investigación detectivesca sobre sus propios antepasados misteriosos, disparatados, conmovedores. Es un libro que da ganas de salir al mundo, mirar y preguntar» (Ander Izagirre).
SOBRE EL AUTOR
(Buenos Aires, 1968) es escritor y periodista. Entre sus últimos libros destacan las novelas "Remake" (Aristas Martínez) y "El público" (Lengua de Trapo), el poemario "Equilátera" (Esto No Es Berlín) y los ensayos "Omega" (Historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca), (finalista Premio MIN, Lengua de Trapo) y "Diarios de Corea" (Debate/Penguin Random House). Desde mediados de los años noventa ha sido colaborador de El País, El Mundo y Cultura | s de La Vanguardia, El Confidencial y Forbes entre otros medios. Fue cofundador de la revista cultural El Estado Mental. Es autor de los podcasts La Biblioteca de Julio para la Fundación Juan March. Vive en Madrid.
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Seitenzahl: 300
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Bruno Galindo
NADIE NOS LLAMARÁ
ANTEPASADOS
primera edición: abril de 2025
© Bruno Galindo Ravlić, 2025
© Libros del K.O., S. L. L., 2025
Calle San Bernardo 97-99, entresuelo 8
28015 Madrid
isbn: 978-84-19119-99-5
código bic: BM
diseño de cubierta: Artur Galocha
maquetación: María OʼShea
corrección: Isabel Bolaños y Candela Morillas
Este proyecto fue reconocido con la mención de honor de la Beca Michael Jacobs de Crónica Viajera 2024 de la Fundación Gabo. El jurado estuvo conformado por los periodistas Jon Lee Anderson, Teresita Goyeneche, Abraham Jiménez Enoa y Mar Abad.
A los que emigran
«Yo siento la compulsión de errar y la compulsión de regresar: un instinto de regreso al hogar como el del pájaro migratorio».
Bruce Chatwin
1.
Vengo a Argentina para saber quién fue Guillermo Larregui. A indagar en su proeza. A entender cómo y sobre todo por qué lo hizo. Cómo pudo sobreponerse a tantas adversidades, de dónde sacó las fuerzas. Cómo venció al miedo y alcanzó su meta, y qué fue de su vida hasta el final. Sostengo que hay algo más allá de la apuesta que siempre se cita como motivo de su insólita aventura. Puede que aquello le diera el impulso inicial, pero pienso que la búsqueda de libertad, el orgullo y la temeridad —no necesariamente en ese orden— ya estaban ahí. Una empresa tan arriesgada no se emprende por un simple reto. Me niego a considerarlo un ardid, una bravuconada entre amigos, un desafío a cambio de un asado o de unos pesos. Bien pensado, es posible que haber llegado hasta aquí para seguir sus pasos, recorrer el surco que dejó su rueda, revivir sus viajes y ver lo que vieron sus ojos sea también un pretexto para mí. Pero, ¿un pretexto para qué?
2.
Lo que sabemos de Guillermo Isidoro Larregui Ugarte es que nació el 27 de noviembre de 1885 en el barrio de la Rochapea, Pamplona, al lado de la estación.
Que era hijo de Juan y Carmen.
Que emigró a Argentina en 1900, con quince años. Huía de las guerras carlistas, del servicio militar obligatorio (en tiempos, además, de conflictos coloniales con Cuba y Filipinas), de la crisis económica y agraria. De algo de esto. O de todo ello.
Que embarcó en un buque a vapor, seguramente en Bayona, Francia. Afrontó dos meses de viaje largo, incómodo e inseguro.
Que el viaje lo hizo solo.
Que dejó a toda su familia en Pamplona. Aparte, tenía dos hermanos en Cuba. En Argentina, en contra de lo que a veces se ha dicho, no tenía a nadie.
Que allí desempeñó distintos trabajos: carpintero, marino y quizá otros.
Que con veinticinco años estuvo a punto de casarse, en Buenos Aires, pero sufrió un desengaño amoroso que le llevó a regalarle a un amigo el terreno comprado para la casa conyugal. Después de esto dilapidó todos sus ahorros en tiempo récord.
Que por aquellos tiempos se descubrió petróleo en la Patagonia, y él se reubicó como peón en ese nuevo sector, en la remota provincia de Santa Cruz.
Que pasó ahí dieciséis años.
Que un día su empresa —la petrolera Ultramar de Mata Amarilla, subsidiaria de la estadounidense Standard Oil (actual ExxonMobil)— cesó su actividad y él se quedó sin trabajo.
Que cuando eso ocurrió él tenía cincuenta años. Yo también tenía esa edad cuando, rebotado de un trabajo en el que nunca debí haberme metido, me deshice de casi todo y me dediqué a la vida nómada. No sé si he salido de ella. No sé si lo haré alguna vez.
3.
Mi nombre es Bruno Galindo Ravlić. Nací hace cincuenta y seis años en Buenos Aires, ciudad a la que mis padres —que habían dejado de la noche a la mañana su vida en Yugoslavia, persuadidos por la entrada de los tanques rusos a Checoslovaquia— llegaron en barco un día antes de mi nacimiento. Ahí estuve apenas unos meses (luego huimos de Argentina, nunca supe de qué exactamente, aunque me lo puedo imaginar). Nunca conocí realmente a mi familia, pese a que viví muchos años con una parte de ella y a que me dieron amor, educación y, a su manera, cuidados. La otra parte de mi familia desapareció de mi vida y tardó tantos años en reaparecer que cuando nos reencontramos ya éramos todos unos desconocidos que no sabían qué decirse. La historia de unos y otros siempre fue un misterio para mí; solo se colocan las piezas del rompecabezas a medida que vamos envejeciendo, y, algunos, abandonando este mundo. Todavía siento el duelo de mi padre quien, tocado de muerte en su soledad pandémica, llevó nuestra falta de comunicación hasta el final. Solo entonces mi madre aportó su versión de los hechos. El resto ya no está. O está pero no recuerda. O recuerda pero calla. Estoy hecho del silencio de todos ellos y de lo que he podido entender entre líneas. Mi principal herencia es su secreto. Lo llevo dentro como una caja negra, sin llave ni cerradura, cuya custodia se me ha encomendado sin mayores explicaciones.
4.
La apuesta debió de organizarse una noche, poco después del despido. Entre amigos. Compañeros en la misma situación. Tipos acostumbrados al trabajo rudo, cada uno con sus dejes, sus bromas y sus cuentos que el resto ya conocía después de años de faena todos juntos, hombro con hombro. Ahora les unía el tiempo libre y la preocupación por el futuro.
Larregui estaría cebando mate y argumentando la necesidad de irse a otra parte. Seguramente fuera él mismo quien sacara el tema de echar a andar. Algún compañero, bombilla de yerba en mano (o quizá con un vaso de ginebra holandesa, no hay modo de saberlo), pudo haberle dicho que por qué no se lanzaba él, tan valiente que era. «Dale Vasco», puede que se escuchara, aunque él era navarro. Ahí cada uno tendría su apodo. «Tenés toda la Patagonia por delante, Larregui». Ante eso se habrían reído todos. Yo también me habría reído.
Él habría sacado un tema que a todos les ponía de acuerdo: el deporte y sus grandes gestas. Seguramente entonces se quejaría de que «parece que todos los récords los consiguen ellos». Se referiría a los deportistas famosos de la época. Y es verdad que eran ante todo estadounidenses. El atleta Jesse Owens. El bateador Joe DiMaggio. Jack Dempsey, más conocido como Kid Blackie, el rey del ring en peso pesado. Posiblemente Larregui propuso que ellos, los que estaban alrededor de esa mesa, sí que tenían mérito. Por vivir donde vivían. Por el trabajo que hacen —se habría equivocado utilizando el presente—; bueno, que habían hecho hasta que cerraron la empresa por presión gubernamental. Sin gente como ellos no habría petróleo. Y sin petróleo el país volvería a la edad de piedra.
Él se habría referido —aunque no pronunciara necesariamente esa palabra— a los emigrantes. Todos o muchos de ellos lo eran: españoles, polacos, italianos, rusos. ¿No eran héroes ignorados? Sus desempeños de cada día, ¿no deberían contar como hazañas? ¿No tenía su durísima cotidianidad en ese rincón perdido del mundo más valor que todos esos récords de los que hablaban en los periódicos? ¿Quién pasaba más frío y más calamidades que ellos? Ante aquello los compañeros se habrían mesado las barbas, tirado de las comisuras de la boca, mirado entre ellos como diciendo: bueno, sí, es verdad.
Y entonces él habría dicho aquello de «Pero falta un récord y lo tendré yo».
Se debieron de escuchar primero grandes carcajadas cuando dijo que estaba dispuesto a irse caminando a Buenos Aires. Después, como él no se reía, llegaría la contestación unánime: ¿cómo se atrevía a decir semejante disparate? Temblaría la llama de la lámpara de queroseno que iluminaba sus rostros huesudos y cuarteados por el sol. Con la contundencia con que golpeaban las fichas de dominó en sus partidas, uno de ellos tiraría de un manotazo sobre la mesa cincuenta pesos —el sueldo mensual de un peón— apostando, todavía en broma, a que sería capaz. Otro diría: «¿Pero de qué carajo estás hablando, Larregui?». Y otro: «Hay que llamar al médico para que le revise la cabeza».
En plena algarabía, uno de los amigos pudo ausentarse por un momento, salir de la estancia —la historia cuenta que esto pasó en la finca de un latifundista de la zona para el que había que hacer algún trabajillo— y, de un par de zancadas, llegar a un cobertizo. Allí sortearía una pila de leña. Despejaría unas cajas con aperos de obra y herramientas de labranza. Llegaría hasta una esquina encalada llena de clavos con llaves viejas. Y ahí la encontraría, bajo un techo de arcos y vigas, junto a una colección de herraduras oxidadas y unas boleadoras colgadas de la pared, cubierta por una enorme telaraña llena de polvo y arañas muertas.
La carretilla.
El amigo volvería a la reunión con ella: «¿Te sirve, Larregui?». Todos habrían reído muy alto. Todos menos él. Él la miraría interesado.
5.
Era una carretilla pequeña, con forma trapezoidal, de caja metálica, oxidada, picada por los golpes de la leña y de las piedras. De largo tenía un metro diez aproximadamente. De ancho, unos setenta centímetros. De alto, unos treinta. Aguantaría cien kilos de peso; quizá más. La rueda, sin caucho ni goma que la revistiera, era un tosco disco metálico de ocho radios y cincuenta centímetros de diámetro. Estaba encajada en un chasis que, remachado por una colección muy simple de pernos y tuercas, iba atornillada por delante a la barra sólida que servía de eje a la rueda, y por detrás a los dos tubos de metal que terminaban en sendas manijas.
Larregui pasaría la mano por la cubeta, la limpiaría de hojarasca y de astillas de leña; recorrería su superficie áspera y sus paredes lisas. Comprobaría los refuerzos metálicos. Tiraría de las agarraderas y las patas se levantarían; la sentiría liviana. Era una carretilla vieja, pero rígida y de aspecto resistente.
«Servirá», debió de decir.
6.
A mí también me sirve. Acepto esa carretilla como propia. Como representación de mi propia deriva. En ella cargo simbólicamente mi falta de pertenencia, mis estrategias de supervivencia, mi simpática pobreza de escritor. Ahí va mi modo de errar como hicieron mis ancestros, todos huyendo de algo en largas travesías en barco y duras caminatas. Y como yo mismo hice cuando, a mediados de la década de 2010, dejé un trabajo de cuyos efectos devastadores solo pude curarme deshaciéndome de casi todo y quitándome de en medio. Entonces me acordé de Larregui y su carretilla. Y ya no le olvidé.
7.
Camino por el pueblo donde empezó todo, Comandante Luis Piedrabuena. Para llegar hasta aquí he volado de Buenos Aires a Río Gallegos, al sur de la Patagonia. Una vez allí he viajado 231 kilómetros en un autobús que ha atravesado un páramo interminable. Caleta Olivia (50 000 habitantes) está a 467 kilómetros de aquí. El Calafate (25 000 habitantes), a 340 kilómetros. Puerto San Julián (12 000 habitantes), a 120 kilómetros. A estas distancias y a los vacíos abismales que las envuelven me refiero cuando te hablo de las regiones australes argentinas.
Larregui partió de aquí dispuesto a hacer historia. De esta comarca con aires de western patagónico de la provincia de Santa Cruz. Población: 6405 habitantes. Todo lo que veo son casitas bajas de colores pastel. De un solo piso, no sé si porque la altura te expone más al ulular del viento o porque sobra sitio para construir. Las esquinas de Piedrabuena están adornadas con muñecos troquelados: son dibujos de Patoruzú, el último indio tehuelche, icónico personaje de los tebeos argentinos creado en 1928; recuerdo haber leído alguno en mi niñez. También hay pinturas de Don Quijote y Sancho Panza, no sé si por alusión a los molinos de viento. Hay un alegre comercio: la típica papelería donde venden de todo, panaderías llenas de fragante bollería y bocadillos de milanesa, rotiserías donde comprar pizza o empanadas. Hay pequeñas iglesias. Talleres de soldaduras, mecánica, alquiler de grupos electrógenos. Perros que se te quedan mirando en medio de la calzada. También hay un monumento a la trucha, orgullo local: «Piedrabuena, capital nacional de la trucha».
En el pub frente a la estación, que es un local con puertas batwing como las de los salones del viejo Oeste, le pregunto a una camarera de unos veinte años si le suena el nombre de Guillermo Larregui. Me dice que no. Le menciono su apodo: el Vasco de la Carretilla. Tampoco le suena. Le cuento un poco sobre el personaje. «Aaah», asiente incrédula, sin atreverse a preguntar por qué me interesa un vagabundo que pasó por ahí hace casi un siglo. «¿Y salió de acá, seguro?». Sí, no hay duda. Bueno, qué más da, le digo. Charlamos un rato sobre cualquier otra cosa. Mientras tanto me deja cargar el móvil. Le doy las gracias y me despido. «¿Darregui, no?», vuelve al tema justo cuando estoy saliendo. Larregui, le corrijo. Con ele.
Abandono el pub pensando que me irá mejor si le pregunto a gente más veterana. Pruebo con un hombre de unos cincuenta y pico que riega un rectángulo de césped frente a su casa. «Sí, este tipo que echó a caminar», me dice. ¡Él sí sabe!
Me invita a entrar a su casa. Se llama I.
Me enseña su cocina: tiene un horno de pizzas. Hace pizzas en casa. Luego las lleva a domicilio. También hace patatas fritas. Las fríe y las vende en un pequeño puesto que tiene ahí enfrente.
I. ceba un mate y me cuenta: «Lo poco que uno ha escuchado es que fue una persona que estuvo por acá. Se cuenta que en una ronda de amigos dijo que un día se iba a ir, los amigos se reían y no le creían. Hicieron una apuesta. Y él se levantó, preparó las cosas y se fue con su carretilla. Demoró mucho tiempo para llegar a Buenos Aires, eso se entiende en esa época, ¿no?». Su relato es voluntarioso, pero tiene fallos. Dice que Larregui trabajaba en un ingenio azucarero cuando en realidad, como ya he dicho, estaba empleado en una petrolera. «Ah, cierto», rectifica. Me preocupo un poco. No me parece muy buena señal llegar hasta aquí con una información más correcta que la de mis potenciales informadores sobre la leyenda que pretendo documentar.
Me pregunto en voz alta cómo sería este lugar en los años treinta, y mi anfitrión me transmite lo que le contaron a él. «Decían mis padres que los inviernos antes eran crudos y los veranos eran con mucho viento, mucha tierra». «Ahora el sol quema más rápido», sigue. «Y la tierra no es tan fértil. Algo da: lechuga, zanahoria, cebolla, perejil… Antes uno tenía un pequeño patio y sembraba algo para el consumo de la casa. Pero hoy tenés de todo: corriente, gas… y lo que es tecnología ni hablar. Antes la gente era muy sufrida. Hoy nadie se quiere mover. El ser humano es complicado».
Se nos va la mirada al televisor. Noticias. Ayer hubo huelga nacional sanitaria. Mañana no despegará ni un avión de la principal aerolínea nacional. El informativo da cuenta de un rosario de medidas: reducción del gasto público, flexibilización del mercado laboral, eliminación de ministerios, adiós a los subsidios, un alud de privatizaciones, dolarización… El locutor habla de las «seiscientas medidas» del gobierno, que suenan como a las treinta monedas del Nuevo Testamento. El informativo repite la frase que más se escucha en el país: «No hay plata para los jubilados». Los gobernadores están en pie de guerra. El poder central, comandado por el presidente electo —el de la popular motosierra—, ha anunciado la suspensión de la inyección de fondos a las provincias del sur. El gobernador de aquí, de Santa Cruz, amenaza con cerrar el grifo del gas y el petróleo. «Si el miércoles no nos quita la pata de encima no va a salir un barril más para la capital», desafía.
I. me pasa un poco de mate. Luego vuelve al tema. No sabe mucho más de Larregui, se sincera, pero se ofrece para llevarme a ver los dos monumentos que le dedica Piedrabuena, uno en cada entrada del pueblo. Me parece una gran idea.
Vamos a verlos.
El primero está en una acera. Es un modesto trabajo manual —técnica mixta, año 2017, informa ambiciosamente la cartela— que recuerda al hombre de hojalata del Mago de Oz. En lugar del sombrero-embudo lleva una boina. La caja de la carretilla cumple la función, según se ve, de cubo de basura del vecindario.
El otro monumento, en la mediana de una avenida, es una escultura mural de buen tamaño. Ahí está Larregui, a punto de lanzarse al desierto patagónico.
8.
Sigo la ancha avenida hasta que termina en una valla donde se ve la imagen pastoral de Jesucristo con un cordero. Después el paseo se convierte en un gigantesco descampado con máquinas de gimnasia para la tercera edad. Sigo caminando un poco más y ya estoy en la carretera. «Gracias por su visita», se lee en el cartel que queda a mis espaldas. Unas banderas ondean furiosas en lo alto de farolas que crujen como ejes mal engrasados. Todo lo demás es páramo.
Larregui arranca su periplo exactamente aquí el 23 de marzo de 1935. Entonces no existe la Ruta 3; el camino es un simple trazado de grava. Esto obliga a un enervante traqueteo que hace imposible dominar por completo la carretilla. Pero él es todo valentía y ganas. Siente que toda su vida le ha conducido hasta este momento y este lugar. Sabe que enfrenta un camino duro. Que no habrá postas donde hacer un alto ni catres donde dormir. Que escasearán los pozos en los que refrescarse. Apenas se cruzará con ningún carretero con quien hablar. Faltarán las pulperías en las que abastecerse. Pero él se siente lleno de energía. Preparado para lo que tenga que venir.
El viento soplaría en las mismas direcciones que ahora —las rachas vienen de todas partes: te empujan, te frena, te cuestionan, te intentan confundir—, pero sería aún más fuerte porque, ya lo decía I., antes el clima era más duro que ahora. Los camiones serían muy rudimentarios y pasarían con poca frecuencia. La experiencia sería más hostil.
Ahora hay pavimento y un arcén.
Todos los arcenes son internacionalmente idénticos: siempre hay tiras de neumáticos, latas oxidadas, trozos de plástico, hileras de hormigas, algún pájaro muerto, plantas resecas y una inclinación, más o menos pronunciada para drenar el agua de lluvia, que te obliga a pisar torcido y a esforzarte para no perder el equilibrio.
Rebaso una acequia: leo el nombre de un candidato regional a intendente, escrito con los colores, ya desteñidos, de la bandera albiceleste. Y el anuncio, pintado y casi borrado, de un concierto. ¿Quién viene a tocar hasta aquí?
Sigo caminando y cruzo el inmenso río Santa Cruz, aventuro que de aguas gélidas y corrientes turbulentas. Espero a que no venga ningún camión para atravesarlo por el centro de la calzada y evitar que un golpe de viento me lance contra el pasamanos. Está escrito «no apoyarse» y es fácil entender por qué. No puedo evitar desobedecer y apoyarme en todo caso. Me sobrecoge mirar hacia abajo y pensar cómo terminaría si una racha me agarrara desprevenido. Qué fácil qué fácil resultaría ser arrojado contra las aguas y tragado por ese furioso torrente color guisante. Qué fácil sería desaparecer aquí sin dejar rastro. Cuando alcanzo el otro lado del puente me siento un superviviente. Que el viento haga ahora lo que quiera conmigo.
Los insectos se estampan en mi cara. Ahora calor. Ahora lluvia. Ahora frío. Las nubes se cierran oscureciendo el cielo para anunciar una tormenta que no va a llegar. Ahora más calor que antes. Todas las estaciones en una hora. El capricho climático me da información sobre lo duro que tuvo que ser caminar por aquí con una carretilla.
Localizo una zona amable junto al río y duermo una siesta breve y espléndida arrullado por sus aguas; ¿no lo haría él así? Cuando me despierto tengo la cara abrasada por el sol. Vuelvo al arcén. Tal y como creo que debe caminarse, recojo un palo y sigo con él. Al rato lo tiro. Veo a lo lejos un cartel con una bandera nacional y unas letras pintadas sobre una roca: CFK. Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la nación hace unos años.
Pienso en la trayectoria que voy describiendo, ínfima en la inmensidad del mapa patagónico e irrelevante en comparación con el viaje de Larregui. Llevo, ¿diez kilómetros? Esa sería su jornada media, según mis cálculos. He caminado el 0.002 % del primer viaje; cifra que decrecería en varios decimales si habláramos del viaje entero. Al norte, a más de tres mil kilómetros, está el objetivo, Buenos Aires. Al sur, Argentina se rompe en una atípica frontera que concede un confín del territorio a Chile y aísla en un ángulo recto la región de Tierra del Fuego. Da igual que estés en Corea, África o América Latina: una frontera rectilínea habla de una descolonización mal resuelta, de la aniquilación o la expulsión de los pobladores originales, de un protocolo insensible firmado sobre carpetas rígidas de cuero con letras doradas.
9.
Larregui empuja 130 kilos. Ahí lleva una tienda de campaña, una camita plegable con su colchón y su colcha, herramientas (un martillo, una llave inglesa, un destornillador, una lima, un hacha y cuatro piquetas para fijar la tienda de campaña) y básicos de aseo (jabón, brocha y navaja de afeitar). También lleva comestibles y enseres básicos de cocina: olla, sartén, calentador de agua, fuente, espumadera, cuchillo, tenedor, cuchara y cucharita.
Yo cargo con una simple mochila llena de ropa de invierno, verano y entretiempo para un largo viaje por todo tipo de climas y territorios. También llevo un ordenador portátil, una grabadora, cargadores y cables.
Y dos cuadernos.
Uno lo voy llenando con las anotaciones que se leen en este libro.
El otro es un inquietante manuscrito que recibí poco antes de la pandemia. Ahí se habla de él. De ese otro hombre.
10.
Hay otro hombre que camina en esos mismos años. Pero él está en Europa Central. En los Balcanes. Trae los pies en carne viva. Múltiples heridas y magulladuras laceran su cuerpo. Hace días que no come caliente. Su ropa —demasiado pequeña para un tipo de metro noventa y pico— está hecha jirones. No tiene nada, a excepción de una herradura de caballo que se ha encontrado en un prado y ha convertido en su amuleto. Huye. ¿De qué huye?
11.
A Larregui —al de antes de emprender el viaje— hay que imaginárselo con un mono manchado de negro. Durante sus diecisiete años en Santa Cruz, su vida ha transcurrido entre cañerías, materiales de perforación y extracción, bombas de transporte y cargamento, tanques de almacenaje y otros insumos. El trabajo de peón del petróleo encaja bien, a priori, en la imagen estereotípica del fornido cortador de troncos o levantador de piedras, uno de esos tipos telúricos que tradicionalmente alumbra la poderosa genética del norte vasco.
Pero conviene desmentir esto cuanto antes. De acuerdo a la descripción que ofrece la prensa de la época, Larregui es «un hombrecillo pequeño, vestido humildemente, calzado con alpargatas, cubierta su cabeza con la clásica boina vasca. Sus cabellos son rubios, casi rojizos. Sus ojos desaparecen bajo dos matorrales de cejas espesas». Tiene las manos que se espera de su trabajo, «rudas, ásperas, como si fueran de piedra», y lo van a ser cada vez más a medida que avance el viaje. No hará falta explicar que los callos le van a cubrir las palmas. De piel curtida, hombros un tanto encorvados y escasa talla, «sus acerados ojos denuncian la férrea voluntad que lo anima», leemos en otro diario. Se añade que Larregui habla pausadamente y con sencillez. Que es «francote, decidor y espontáneo». Otro periodista pondrá toda su atención en la nariz: «cartabónica, infinita, ¡qué nariz!».
Al primer Larregui hay que verlo entubando la tierra, inyectándole lodo, metiéndole presión. Vigilando las llaves de paso de la armadura que controla el petróleo surgente. Si no hay presión en el pozo hace falta utilizar un aparato de bombeo; él entonces vigila el cigüeñal. Le han tocado algunos trabajos de exploración, pero sobre todo los más duros, los de perforación. Es lo que hay que hacer para descubrir si efectivamente hay o no petróleo bajo el suelo. Larregui horada el suelo para conocer el tipo de roca, si es roca madre u otra. Perfora las superficies más duras, y en más de una ocasión le toca presenciar el sublime espectáculo del líquido negro brotando como si la tierra fuera una botella de champán: se ha bañado de pura alegría cuando eso ha ocurrido. En sus días el petróleo se extrae a percusión, golpeando con un gran cincel que sube y baja gracias a un sistema de poleas y repercute en el terreno. Él domina esos pesados trépanos que trituran la roca: el tipo «cola de pescado» —así llamado por su forma— el giratorio (que es como un taladro), el trícono (con ruedas dentadas que giran y perforan). Conoce bien el método del entrampamiento: la presión de la tierra que hace que el petróleo que se creó en la roca madre comience a «migrar» hacia arriba. «La tierra es una esponja cuya agua acumulada sale disparada cuando la apretamos», podría explicarnos.
¿Casco? No tiene. ¿Protección? Ninguna. Ni guantes le da el patrón. Cada día termina agotado: trabaja doce horas al día por un salario muy básico que se va en productos también básicos (y muy caros, porque aquí en Santa Cruz no se produce casi nada, todo viene de Buenos Aires). La asistencia médica es nula y es más que probable que su despido de la Standard Oil le haya salvado de morir por enfermedad —podía haber sido una fiebre o el contacto diario con el petróleo, que en la época se quita del cuerpo con friegas de aguarrás, remedio terrible tanto para sus castigadas vías respiratorias como para la piel— o por accidente de trabajo —un golpe en la cabeza o en la espalda, la caída a traición de un trépano—. Una nota positiva: siempre come carne. Está en zona ganadera. Aquí todo el mundo come carne. La carne es casi gratis. En realidad están hartos de carne.
Puede que viva en una carpa de lona alrededor de las torres de petróleo. O puede que se aloje en albergues, galpones o barracas de residencia colectiva, obras de material liviano desmontable, instaladas sobre la misma tierra. No sabemos nada por Larregui, pero sí de otros peones —hay españoles, portugueses, rusos, austriacos, griegos— que han dejado su testimonio por escrito en esos años. Por ejemplo, un tal Luis Bonnat, del campamento El Tordillo: «En el año 37 no había campamentos, así que nosotros llegábamos donde teníamos que perforar y armábamos carpas de lona gruesa, montábamos el equipo y comenzábamos los trabajos. Eran carpas grandes, tenían baño, cocina, comedor…».
No se calienta como es debido: la nieve rebasa los veinte centímetros y los vientos soplan a más de cien kilómetros por hora. Convive con las chinches, responsables de los constantes verdugones, que a largo plazo producen la enfermedad de Chagas. Algún compañero ha muerto joven, no se sabe exactamente de qué, pero hay motivos para pensar que ha sido de Chagas. De ahí las huelgas de la Federación Obrera Petrolífera y la Sociedad de Jefes de Sondeo y Aspirantes, los sindicatos que en las primeras décadas del siglo xx luchan para mejorar las condiciones de trabajo, sanidad y alojamiento, y por reducir las jornadas. Aquí se vive cansado.
12.
¿Por qué le pongo tanto empeño a la descripción de la rutina petrolífera de un completo desconocido del que me separan doce mil kilómetros y casi un siglo? Debe ser porque yo mismo provengo de una familia petrolera. Sé bien que una cosa es recrear la posible rutina de Guillermo Larregui en los días de la Standard Oil y otra exhumar aquí mi historia familiar. Ahora, ¿tiene sentido mezclar unas cosas con las otras? Ya estaban mezcladas: yo no me había dado cuenta. Un relato se filtra y permea en el siguiente, como el agua de lluvia cuando busca su camino hasta la capa freática. Ante eso será mejor seguir cierto orden y empezar un poco más atrás. Con otra emigración, la primera de la que tengo constancia.
13.
Mi historia arranca con mi bisabuelo paterno, gallego de La Ramallosa, Pontevedra. Es ese hombre que está cruzando la pasarela que separa el puerto de un transatlántico de vapor. Viaja con su mujer y dos hijos. Van cargados de cartas, ropa, fotos de los familiares que quedan en tierra, de los paquetes de comida que estos les han preparado para el viaje. El buque hace sonar la sirena de niebla y anuncia que está a punto de zarpar.
Entonces viene ese clásico momento de pañuelos y lágrimas. Ahora el puerto se hace cada vez más pequeño hasta que desaparece. En ese preciso instante —la escena tiene lugar a principios del siglo xx— esta familia, y tantas otras a bordo, se convierten en emigrantes. Todo aquello de lo que están hechos, todo lo que son, revalida voluntaria o inconscientemente esa misma esperanza de los navegantes pioneros, con sus sueños de oro y riqueza o simplemente de una vida mejor. Son parte de los casi cinco millones de españoles —más del 40 % gallegos— que, entre 1882 y 1935, abandonan su país con destino a América Latina. A casi todos ellos les van a llamar gallegos, por lo menos en Argentina. A sus allegados y parientes, cada vez más lejanos, muchos no los volverán a ver.
Están en ese barco por lo mismo que el resto: por necesidad. Por falta de oportunidades. Porque la tierra que dejan atrás, repartida en minifundios con cultivos pobres y poco diversos, no da lo suficiente. Respecto al mar, tampoco da tanto trabajo, ni está bien pagado; no es seguro, ni estable dadas las inclemencias del tiempo. En Galicia falta industria. Falta de todo. Y el tren no llega. La gente se abastece por la vía del trueque. En este tiempo, si eres varón, te metes a militar, sacerdote o médico. O emigras. Y si eres mujer, te casas.
Puede que mi bisabuelo y su familia se hayan decidido a hacer las Américas porque les ha motivado un anuncio en la prensa. Tal vez los ha persuadido un «gancho», que es como se llama a los agentes comerciales de las navieras, que van por los pueblos para convencer a los hombres de que el futuro está en la emigración. Ellos les venden los billetes y se llevan una comisión. Los ganchos son hombres de mediada edad con sombrero hongo, chaqueta entallada, pantalones acampanados, cuellos y puños de goma, gruesa cadena y dedos llenos de anillos. Van a misa los domingos y a la salida entablan conversación con los hombres, a los que convencen de que al otro lado del océano les esperan mil y una riquezas. De ahí que los emigrantes sean sobre todo hombres (casi el 70 %) de entre dieciocho y veinte años; en su mayoría procedentes del medio rural, muchos de ellos analfabetos y solteros. ¿Qué hacen las mujeres casadas? Se quedan solas en Galicia al cuidado de las tierras —cuando estas no han sido hipotecadas para financiar el pasaje— y de los hijos. Más adelante, una vez establecidos ellos en el país de destino, quizá viajen también a América, siguiendo la cadena migratoria. También es posible que no vuelvan a tener noticias de sus maridos.
En el barco comen una vez al día y duermen en cubierta. Esta va llena hasta los topes, lo que compromete la salud y la seguridad de los pasajeros. En estos viajes el hacinamiento, la falta de higiene y la escasez de agua potable facilitan la propagación de tifus, cólera, disentería, tuberculosis y viruela.
Un día los niños se empiezan a llevar las manos al estómago. Uno de ellos, además, vomita. Hay algunos médicos entre el pasaje, pero están muy ocupados atendiendo a otros viajeros que tampoco se encuentran bien. Entre estos hay niños, pero también adultos. Los síntomas son muy parecidos en todos los casos: boca y lengua secas, sed intensa, dolores musculares, calambres. El pulso débil y rápido revela deshidratación. Cuando corre la voz a bordo, muchos confiesan que esos síntomas les resultan familiares. La esposa de mi bisabuelo está entre ellas. Además, sufre diarrea. Los médicos también se están enfermando. Casi todos se están enfermando. Todo el pasaje entra en un estado mental alterado. La tripulación se hace cargo de lo mínimo y el capitán —que no sale de su camarote— ordena un protocolo de aislamiento entre los pasajeros. Pero el barco va demasiado lleno. Y la enfermedad avanza. Faltan algunos años para que se descubra la penicilina y las infecciones aún se tratan con sulfamida; pobre remedio para un mal tan agresivo. No hay modo de bajar la fiebre y empiezan a fallar los órganos vitales. Casi nadie sabe cómo reaccionar cuando llegan las primeras muertes.
Mi bisabuelo ve enfermar a los suyos. A su esposa. A sus dos hijos. Los ve empeorar y agravarse. De pronto están muy mal. Y de repente son cadáveres. Hay que arrojar por la borda cuanto antes sus fundas amortajadas. Desde lo alto ve cómo el mar se traga a su familia y, en un llanto desgarrador, se pregunta por qué él sigue sano.
El barco iza la bandera amarilla. Navega como un fantasma durante semanas.
Cuando se cumplen dos meses de travesía las aguas se empiezan a tornar marrones. El limo arrastrado por los ríos Paraná y Uruguay se mezcla con el agua salina del Atlántico; es una señal de que el buque está entrando en el Río de la Plata. Buenos Aires está a algo menos de cincuenta kilómetros. Pero ese ya no es su destino sino Isla Martín García: un pedrusco de 1.84 kilómetros cuadrados donde los supervivientes deberán permanecer confinados durante cuarenta días y cuarenta noches.
Superada la cuarentena, mi bisabuelo se adapta lo mejor que puede a la nueva situación. Al clima, a la comida, a la gran ciudad de Buenos Aires. La situación casi no le deja tiempo para el duelo. Supongo que rápidamente acude a ver a amigos de amigos. Creo que pronto empieza a trabajar en algo. No sé si de peón o en las plantaciones de azúcar o de tabaco. Ignoro si en las minas de cobre, magnesio o carbón. Si en la construcción del ferrocarril. Si de taxista, tabernero, camarero o lavaplatos. Si en alguna bodega, imprenta o cualquier otro comercio. Tal vez de afilador, cantero o marinero. O en algún centro gallego, que es donde acuden a buscar trabajo o apoyo moral o simplemente a superar la morriña los miembros de la diáspora. El caso es que sobrevive, que se organiza mínimamente y que en algún momento alcanza algo parecido a la estabilidad.
Entonces escribe a sus allegados en Galicia con una petición. Quiere que le busquen una gallega. Encarga una gallega.
La carta cruza el océano. Llega. Comienzan a buscar.
Y la candidata aparece. Es una joven de O Carballiño, Orense. Alguien la ha localizado e informa de que ella está dispuesta. Quizá ni siquiera se lo han preguntado, nunca habrá manera de saberlo. A él sí le avisan de la situación de esta mujer: ojo, tiene un bebé y lleva otro en sus entrañas. Del padre de estas criaturas no se sabe nada.
Bueno, dice él. La emigración es comenzar desde cero, piensa.
Un par de meses después la gallega —que será mi bisabuela paterna— llega a puerto. Formarán una pareja feliz. Nos despedimos de ellos. Aquí, en lo que respecta a este libro, se cierra su historia.
El hijo pequeño —mi futuro tío abuelo— volverá un día a España, será sorprendido por la Guerra Civil, deberá luchar contra el bando del que se siente parte, desertará e irá a parar a un campo de concentración en Francia. Reaparecerá oportunamente en esta narración.
Respecto a la criatura que viene en camino —mi futura abuela paterna— muy pronto va a nacer allí, en Buenos Aires y, en un par de páginas (y en un par de décadas), va a estar en las mismas tierras patagónicas que recorre la rueda de Larregui.
14.
Volvamos a la Patagonia. Ahora estamos en Comodoro Rivadavia, un pequeño asentamiento en el litoral. Fue erigido sobre un antiguo cementerio tehuelche en el que se encontró petróleo. Comodoro es el big bang del crudo nacional, el gran grifo. Larregui le debe todo al combustible fósil porque sin este nunca habría ido a vivir al sur a la refinería cuyo cierre, diecisiete años después, impulsará su gesta. Si yo estoy aquí es por el mismo motivo: porque el descubrimiento del petróleo hizo necesaria la presencia de mucha gente —obreros, técnicos, administrativos— y eso atrajo a mis abuelos.
Mi familia no hubiera existido (o sí pero hubiera sido otra), de no ser por el ingeniero y técnico en minas y perforaciones José Fuchs y su ayudante Humberto Beghin. Fuchs y Beghin ya llevaban tiempo pinchando la tierra con la máxima discreción antes del descubrimiento. Cuando se cruzaban con alguien le decían que estaban buscando agua. No querían llamar la atención de las petroleras extranjeras, que ya operaban en otros puntos del país como Jujuy, Mendoza y Salta. El 13 de diciembre de 1907, los presuntos buscadores de agua enviaron al gobierno unas líneas que se esforzaban en camuflar su entusiasmo. El telegrama decía: «Perforación sigue bien. Profundidad: 539 metros. Inyección sube siempre espesa con querosén. Aumento hubo muy poco. Se está en un terreno que es casi imposible pasarlo de tan duro. Garantizamos que es querosén de la mejor calidad. Todo en buen estado. Beghin y Fuchs».
