No lo vi venir - Linwood Barclay - E-Book

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Linwood Barclay

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Beschreibung

Algunas sorpresas pueden matarte… Keisha Ceylon es vidente. O, al menos, eso es lo que ella dice. Sigue las noticias sobre personas desaparecidas, espera unos días y luego visita a la familia. Les cuenta que ha tenido una visión y que tal vez sabe dónde está su ser querido. Todo por un precio, por supuesto. Su nuevo objetivo es Wendell Garfield, cuya mujer desapareció hace una semana. Keisha ha visto a Wendell rogando en la televisión que quien se la haya llevado la deje en libertad y le cuenta su visión de lo que podría haber sucedido. Por desgracia para ella, su visión resulta alarmantemente cercana a la verdad. A medida que se sumerge más en el misterio, Keisha se ve atrapada en una red de sospechas y violencia mucho más complicada de lo que pensaba en un principio, y que podría provocar su propia desaparición… --- «El título es muy adecuado, ya que casi todos los capítulos terminan con un giro astuto que deja al lector boquiabierto… Prepárate para lo inesperado». Crime Fiction Lover ⭐⭐⭐⭐⭐ «Barclay lleva la narrativa con maestría en direcciones constantemente cambiantes. Y termina con un desenlace que no vi venir». A Bookworm's World ⭐⭐⭐⭐⭐ «Inteligente y resuelto con ingenio… Nos deja sorprendidos, con dudas sobre la moralidad y muy entretenidos. Un autor con talento para el realismo nos ha manipulado con astucia. Este es un bestseller que se ha ganado su reconocimiento».  Gwen Moffat ⭐⭐⭐⭐⭐ «Una historia ingeniosa y entretenida de un crimen que roza la farsa».  The Times ⭐⭐⭐⭐⭐

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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No lo vi venir

Linwood Barclay

No lo vi venir

Título original: Never Saw It Coming

© 2011, Linwood Barclay. Reservados todos los derechos.

© 2025 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.

Traducción: Enrique Barrasa © Jentas A/S

ISBN 978-87-428-1400-0

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

Queda prohibido el uso de cualquier parte de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial sin autorización previa de la editorial.

Published by agreement with The Marsh Agency Ltd. and The Helen Heller Agency.

No lo vi venir

Linwood Barclay

UNO

—Esto es ridículo —dijo Marcia Taggart—. ¿Me estás diciendo que esta mujer va a ser capaz de averiguar dónde está Justin solo sosteniendo en la mano algo suyo? ¿Es una broma? ¿Va a forjar algún tipo de vínculo psíquico con él acariciando uno de los muñecos de su infancia o abrazando su almohada? ¿Te crees que soy tonta?

—Marcia, por el amor de Dios —respondió su marido, Dwayn—. Si no vas a llamar a la policía, tienes que hacer algo. Tu hijo podría estar tirado en una zanja. Tenemos que encontrarlo.

—Sabes tan bien como yo que lo más probable es que sea eso exactamente lo que ha pasado —le espetó Marcia—. Estará borracho, drogado o se habrá liado con alguna puta, aunque lo más seguro es que hayan pasado las tres cosas. Si llamara corriendo a la policía cada vez que hace algo así, necesitaríamos una entrada más grande para que pudieran aparcar los coches patrulla que habría aquí todo el tiempo.

Keisha Ceylon se sentó y se limitó a escuchar y a observar. Dejaría que terminasen de discutir, no tenía prisa.

—Han pasado tres días, el niño nunca había pasado tanto tiempo fuera —dijo Dwayne.

—Ese es el problema —replicó Marcia, señalando con un dedo acusador a su marido—, que piensas en él como si fuera un niño. Y no es un niño. Tiene veintidós años y ya es hora de que aprenda a valerse por sí mismo, no a esperar limosnas de su madre. ¿Por qué crees que le he cerrado el grifo? Pues para que aprenda a ser responsable, por eso lo he hecho.

—No estoy diciendo que no lleves razón —murmuró Dwayne—, sé por lo que te ha hecho pasar, que ha sido duro criarlo sola tras la muerte de Oscar, y sé que Justin tiene que ponerse las pilas. Es un grano en el culo maquiavélico.

Marcia le lanzó una mirada que significaba: «Solo yo puedo llamarlo así, tú no eres su padre, así que ten cuidado».

—Lo siento —se disculpó él, que había entendido a la perfección el mensaje—, pero no he dicho nada que no hayas dicho tú misma. A veces se vuelve muy difícil, pero, Marcia, que sea un irresponsable no significa que no pueda estar metido en algún lío gordo. —Señaló la ventana. Caía una ligera nevada—. Hace mucho frío. Supongamos que tienes razón, que está borracho o colocado, y que ha caído inconsciente en la nieve. Podría haber muerto congelado. ¿Es eso lo que quieres para tu propio…?

—¡Claro que no! —gritó. Le temblaba el labio inferior y le brillaban los ojos.

«Allá vamos», pensó Keisha.

—Dios mío —dijo Marcia Taggart, pasándose las manos por la cara mientras se acercaba al sofá y se sentaba. Se tapó la cara, no quería que ni su marido ni Keisha la vieran perder el control. Cogió un pañuelo de la caja que había sobre la mesita y se secó rápidamente los ojos, se sonó la nariz y se sentó muy erguida. Recuperó la compostura y adoptó una pose regia.

—Bueno —dijo—, ¿entonces qué?

Dwayne se acercó por detrás del sofá, se colocó a la espalda de su mujer y apoyó las manos con inquietud sobre sus hombros para reconfortarla, pero las tenía demasiado frías.

—Supongamos que estoy de acuerdo con lo que dices —dijo, girándose para hablar en dirección a la mano que tenía en el hombro izquierdo para indicar que dirigía esas palabras a su marido y no a la visita—, ¿por qué demonios íbamos a acudir a esta mujer en busca de ayuda?

Seguía hablando como si ella no estuviera. Keisha conocía a esa clase de gente. Antes de dedicarse a lo que hacía en ese momento, cuando se ganaba la vida limpiando casas —trabajo que seguía haciendo cuando el dinero escaseaba—, había tenido clientes que la trataban como si fuera un mueble. Le dejaban notas con las tareas que querían que hiciera —«Limpia el polvo de la parte SUPERIOR de los ventiladores de techo, seca los fregaderos de acero inoxidable»—, aunque estuviera presente y habrían podido decírselo a la cara.

—No me dejas llamar a la policía —le recordó Dwayne.

—Ya hemos pasado por esto —le espetó ella—. Yo solo… Ya sabes cómo es el niño, de lo que es capaz —suspiró—. Supongamos que está bien, pero la razón por la que no hemos sabido nada de él es, no sé, que le ha robado el coche a alguien o ha vuelto a mangar en una tienda. Si llamamos a la policía para que lo busque, lo más seguro es que acaben acusándolo de algo cuando lo encuentren. ¿Es eso lo que quieres?

Esa vez fue a Dwayne al que le tocó suspirar. Asintió con falsa simpatía.

—Hemos llamado a todos sus amigos y hemos ido a todos los sitios donde pensábamos que podría estar. Nos estamos quedando sin opciones.

—Pero ¿ella? —Marcia ladeó la cabeza hacia Keisha—. ¿No sería mejor un detective privado?

Dwayne rodeó el sofá y se sentó a su lado.

—Ya hemos pasado también por eso, Marcia. Cuando te sugerí que contratáramos a un detective privado, casi me arrancas la cabeza porque decías que hacen muchas preguntas, como la policía. Porque eso es lo que hacen, tienen que averiguar los hechos, tienen que desenterrarlos, tienen que hablar con mucha gente, y de esa manera es como los demás se enteran de tus asuntos, Marcia, y sé que quieres proteger a Justin, ser discreta sobre sus… errores de juicio. Pero la señora Ceylon no trabaja de esa manera; ella siente cosas y podría averiguar dónde está Justin sin tener que revolverlo todo y sin hablar con nadie. —Miró a Keisha—. ¿No es así?

Ella asintió.

—Así es como trabajo. —Era la primera vez que hablaba en veinte minutos.

Marcia Taggart negó con la cabeza.

—Pero vamos a ver, Dwayne, esta mujer… De verdad, es que te crees todas las tonterías psíquicas que salen. Esta mujer…

—Me llamo Keisha —interrumpió por primera vez—, Keisha Ceylon. Suelo responder a Keisha, pero si quiere seguir refiriéndose a mí como «esta mujer», adelante.

Marcia volvió la mirada hacia ella.

—No creo que pueda hacer lo que dice.

—La mayoría de la gente piensa como usted —respondió Keisha.

—Es un disparate.

—Bueno, entonces —dijo Keisha, poniéndose de pie—, supongo que debería seguir mi camino. —Ofreció su sonrisa más sincera—. Le deseo mucho éxito en la búsqueda de su hijo.

Cuando se dirigía a la puerta, Dwayne se interpuso en su camino.

—No se vayas, espere un momento. Marcia, esta mujer, la señora Ceylon, se ha tomado la molestia de venir hasta aquí. Creo que por lo menos deberíamos escucharla.

Marcia resopló.

—¿Y cuánto nos va a costar?

Keisha se volvió para mirar a la mujer con total seguridad.

—Mis honorarios son de cinco mil dólares —consiguió decir sin inmutarse. Era una tarifa más alta de lo normal, pero por lo que le habían dicho, los Taggart podían permitírselo.

Marcia levantó las manos.

—Vaya, ya ha quedado claro, Dwayne. Creo que sabemos exactamente lo que busca esta mujer.

—Pero, solo si encuentro a su hijo —añadió Keisha—. Si soy incapaz de guiarlos hasta él, entonces no me pagarán ni un centavo.

Después de ese comentario, la habitación se quedó en silencio durante varios segundos.

—A mí me parece justo —dijo Dwayne—. ¿A ti no, cariño? O sea, aunque creas que esta mujer es un fraude, ¿qué puedes perder?

Marcia Taggart se quedó pensando y, según suponía Keisha, tragándose su orgullo también. Lo suficiente como para volver a hablar.

—Siéntese, señora Ceylon.

Keisha obedeció.

—¿Y esto cómo va? ¿Apagamos las luces, sacamos una güija y empezamos a hablar en un idioma ininteligible?

—No —dijo Keisha—, solo necesito que me traigan cosas de Justin; pequeños objetos personales que sean importantes para él. También sería muy útil algún texto escrito de su puño y letra.

—Yo me encargo —se ofreció Dwayne, y salió precipitadamente de la habitación.

Se produjo un silencio incómodo entre las dos mujeres, que Marcia rompió.

—Mi marido cree que su difunta madre se comunica con él. —Puso los ojos en blanco. Quería que Keisha supiera que solo había aceptado llevar a cabo toda esa estupidez para complacer a su marido. Keisha no dijo nada—. Dice que se pone en contacto con él en sueños, que lo llama desde el más allá. —La mujer emitió otro de sus resoplidos—. Con lo tacaña que era, seguro que llama a cobro revertido.

Keisha no se rio.

—Sé que siente mucha rabia hacia su hijo, pero también percibo que lo quiere mucho.

—Vaya, lo intuye, ¿verdad?

—Sí, así es. Y sé que está muy preocupada por él.

—¿Gracias a sus poderes de médium? —preguntó Marcia con sarcasmo.

—No —respondió Keisha—, porque soy madre. Yo también tengo un hijo. —El rostro de Marcia se suavizó ligeramente—. Se llama Matthew, tiene diez años y hay días que… Pero haga lo que haga, se meta en los líos que se meta en el colegio, lo quiero. No hay nada que pueda hacer que cambie eso. Hay momentos en los que me gustaría retorcerle el pescuezo, pero lo seguiría queriendo mientras lo hacía. —Keisha sonrió—. Es una broma, claro. Lo de retorcerle el pescuezo, digo.

—No se preocupe, no tiene que disculparse —dijo Marcia—. Justin, a veces… Lo único que quiero es darle una bofetada para que entre en razón.

—Sí, lo sé.

—Desde que aprendió a andar ha sido un niño muy difícil, pero cuando llegó a la adolescencia, la cosa empeoró. Empezó a beber, a drogarse y faltar a clase. Dejé de darle dinero porque sabía que se lo iba a gastar en drogas. Pero lo más triste de todo es que es un chico muy inteligente.

—Seguro que sí —dijo Keisha.

—Me refiero a que puede hacer cualquier cosa que se proponga. Es un genio de los ordenadores y puede sumar mentalmente una columna entera de números. Le preguntas cuánto es cuatrocientos veinte por seiscientos tres y te da la respuesta sin inmutarse. Probablemente sea un genio, pero en lugar de utilizar su cerebro para hacer algo útil, siempre está buscando la forma de engañar al sistema, sacarle algo de dinero a su madre o… —señaló con la cabeza en la dirección en la que se había ido su marido— a Dwayne. Sé que le da dinero a Justin a mis espaldas. Tiene debilidad por él, piensa que yo soy demasiado dura. Creo que la idea de convertirse en padre, aunque sea su padrastro, lo ha cegado tanto que no ve los defectos de Justin. El problema es que hay algo malo en él. A veces Justin, y sé que lo que voy a decir es algo horrible, pero a veces me da miedo. No físicamente, sino por lo que le pasa por la cabeza. Yo solo quiero… —Y entonces, sin previo aviso, las lágrimas brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas—. Dios, espero que no le haya pasado nada.

Keisha se levantó de la silla y se sentó en el sofá junto a Marcia Taggart.

—Todo va a salir bien —la animó.

—Espero que valga con esto —dijo Dwayne, entrando en el salón con varios objetos en las manos.

—Póngalo todo ahí —pidió Keisha, señalando la mesa donde ya había colocado dos de sus tarjetas de visita.

Dwayne depositó los objetos con cuidado. Eran un iPod, un ejemplar de bolsillo de la novela American Psycho, un cheque cobrado y una figurita de plástico de una mujer exageradamente bien dotada vestida de superheroína.

Keisha los tocó, dubitativa.

—No estoy segura de… ¿Podría traerme alguna prenda de ropa? Algo que Justin use a menudo y que forme parte de su personalidad.

—Trae una de sus gorras —sugirió Marcia, y se volvió hacia Keisha. De repente, sus ojos estaban muy cansados—. ¿Servirá una gorra?

—Creo que sí. Mientras tanto, echaré un vistazo a lo que tenemos.

Marcia cogió el cheque de entre las cosas que Dwayne le había dado a Keisha y frunció el ceño. Tras sacudir la cabeza, lo dobló por la mitad y lo sostuvo en el puño. Con la otra mano cogió la figurita femenina y la escudriñó como si fuera un enigmático artefacto de una civilización alienígena.

—Justin colecciona este tipo de cosas —explicó Marcia—. Si por mí fuera, lo tiraría todo a la basura. ¿Qué hace un hombretón de veinte años con juguetes así? Debe de tener unos quinientos. Ni siquiera sé quién se supone que es. Wonder Woman o…

—Shhh —dijo Keisha suavemente, y cerró los ojos. Manipuló el juguete unos segundos más, luego abrió los ojos y cogió el iPod—. Usa mucho esto.

—Sí.

—Puedo sentir que casi siempre lo lleva en el bolsillo de su camisa, justo al lado de su corazón —decidió.

—Bueno, supongo que mucha gente lo lleva ahí —replicó Marcia, mostrándose escéptica de nuevo—. Cuando toque los auriculares, ¿va a decir que los lleva justo al lado de su cerebro?

Keisha sonrió con pesar a la mujer.

—Creía que empezábamos a llevarnos bien.

—Lo que quiero decir es ha sido una observación bastante obvia sobre el iPod.

Keisha volvió a cerrar los ojos y recorrió con los dedos la fría superficie del dispositivo.

—Estoy viendo… ¿Justin duerme mucho?

Marcia entornó los ojos.

—No sé. O sea, a esa edad duermen mucho todos, ¿no? ¿Qué quiere decir con que si duerme mucho?

—No sé. Es que lo estoy viendo… Estoy segura de que no significa nada.

—No, ¿qué pasa? —preguntó Marcia, que parecía bastante interesada para lo desconfiada que era.

—Lo estoy viendo y tiene los ojos cerrados.

—¿Qué quiere decir con que tiene los ojos cerrados? ¿Que está dormido?

—No lo sé seguro.

—Traigo una de sus gorras —dijo Dwayne al entrar. Era una gorra de béisbol básica, azul con visera verde y el logotipo de los Hartford Whalers en la parte delantera.

Marcia abrió el puño y le mostró el cheque a su marido.

—¿Qué es esto?

—Justin lo cobró. Su firma está en la parte de atrás —dijo Dwayne a la defensiva—. Keisha dijo que necesitaba una muestra de su letra. No se me ocurrió otra cosa. Los chicos de hoy en día lo escriben todo en ordenador.

—¿Le diste un cheque por valor de doscientos dólares a mis espaldas?

—Marcia, de verdad, no es el momento.

—Déjeme ver —dijo Keisha, y cogió el cheque de la mano de la mujer. Le dio la vuelta y pasó el dedo índice por la firma de Justin Wilcox. Wilcox era el apellido del primer marido de Marcia Taggart, el padre de Justin—. ¿Me lo puedo quedar?

Marcia se lo arrebató de las manos y arrancó todas las secciones del cheque que rodeaban la firma, incluidas las partes del anverso con el número de cuenta, y devolvió a Keisha el trozo de papel restante.

—No me parece prudente darle toda la información bancaria de mi marido.

—Por el amor de Dios… —se quejó Dwayne—. Venga, vamos a insultar a la mujer que intenta ayudarnos.

—No pasa nada —dijo Keisha con calma, metiéndose el papelito en el bolsillo de la chaqueta.

—Estaba viendo a Justin con los ojos cerrados —dijo Marcia, pasando por alto su oportunidad para disculparse—. ¿Qué significa eso?

En lugar de contestar, Keisha le quitó la gorra a Dwayne, se levantó y empezó a caminar muy despacio por la habitación.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Marcia, pero Keisha, que parecía haber entrado en una especie de trance, no respondió.

—Déjala hacer su trabajo —pidió Dwayne.

Keisha murmuró algo con voz muy baja.

—¿Qué ha dicho? —quiso saber Marcia.

Levantó una mano y siguió deambulando. Entonces se detuvo bruscamente, se volvió y miró a Marcia.

—¿Significa algo para usted cica o sin cica, o algo así? ¿Tiene sentido esa palabra?

Marcia se quedó boquiabierta.

—¿Qué? No me dicen nada. No tengo ni idea de lo que estás hablando.

Keisha pareció pensarlo intensamente.

—¿Podría ser «sin cicatrices»? ¿Es posible? Estoy viendo una especie de oficina. Con archivadores vacíos. Pero «sin cicatrices» no encaja. No puedo dejar de ver a Justin con los ojos cerrados. ¿Tiene Justin alguna cicatriz? ¿Puedo ver otra vez su foto?

Dwayne le había enseñado una foto de su hijastro al poco de llegar; una foto enmarcada de la graduación del instituto. Era un chico delgado, con cara larga y angulosa. Dwayne estaba a punto de cogerla de la repisa para enseñársela de nuevo cuando Marcia habló.

—Dios mío. ¿Ha dicho sin cicatrices? ¿Es eso lo que ha dicho? Eso significa algo.

Keisha dejó de mover la gorra entre sus manos.

—¿Qué?

—Era una clínica —dijo en voz baja.

—¿Una clínica?

—Hacían tratamientos con láser y cosas por el estilo.

—¿Y qué tiene que ver con su hijo, señora Taggart?

La mujer se había puesto nerviosa.

—Eran mis inquilinos. Tengo algunas propiedades, locales de negocio para alquilar. Le alquilé un local a la Clínica Sin Cicatrices, pasando el Post Mall.

—Bueno, debo haberme equivocado, no creo que su hijo se pueda haber escondido en una clínica —comentó Keisha.

—No, pero cerraron. El local está vacío.

A Dwayne se le iluminaron los ojos. Le dirigió a Keisha una mirada de aprobación.

—Por eso acabas de ver los archivadores vacíos.

—¿Justin podría haber conseguido una llave de ese lugar? —preguntó Keisha.

—Supongo que es posible —contestó—. Un momento.

Se levantó del sofá y salió apresuradamente de la habitación.

—Tiene un despacho en casa y guarda ahí las llaves de las propiedades que tiene en alquiler —explicó Dwayne—. ¿Cree que podría estar allí? ¿Es eso lo que percibe? ¿Sale eso en su visión?

—Por favor —le advirtió Keisha—, no se haga ilusiones. Tengo pequeños flashes, veo cosas, pero esto podría no ser lo que…

—¡No están! —gritó Marcia desde otra parte de la casa—. ¡Las llaves no están!

* * *

Los tres se fueron en el Range Rover de Dwayne. Marcia, nerviosa, iba en el asiento del copiloto y se retorcía las manos. Dwayne accionó los limpiaparabrisas para quitar la nieve.

—¿Por qué está dormido? —seguía preguntando Marcia—. ¿Qué significa eso?

—No lo sé —murmuró Keisha desde los asientos traseros—, pero creo que deberíamos darnos prisa.

—¿No puedes ir más rápido? —preguntó Marcia.

—¡La carretera está resbaladiza! —respondió Dwayne.

—¡El coche tiene tracción a las cuatro ruedas, por el amor de Dios!

Las antiguas oficinas de Sin Cicatrices estaban en la segunda planta de un edificio de oficinas de cuatro pisos. Los tres entraron corriendo en el vestíbulo y, después de solo diez segundos esperando al ascensor, Marcia perdió la paciencia. Salió por un pasillo cercano, empujó una puerta en la que ponía «Escaleras» y las subió corriendo.

Al entrar en la segunda planta, se encontraron con la puerta de una empresa de contabilidad.

—Por aquí —ordenó Marcia mientras giraba a la izquierda; después, corrió hasta el final del pasillo y se detuvo delante de una puerta de cristal esmerilado con las palabras: «Clínica Sin Cicatrices» pintadas en negro. Alguien había escrito con rotulador «CERRADO» en una hoja de papel y lo había pegado al cristal—. No tengo la llave, no tengo la llave. ¿Cómo se supone que voy a entrar?

Dwayne intentó abrir la puerta, por si por casualidad estaba abierta, pero no hubo suerte. Inspiró hondo y se dirigió a las mujeres.

—Apartaos.

—Puede que esté equivocada —titubeó Keisha—. A lo mejor ni siquiera está dentro.

Pero Dwayne no la escuchaba. Se echó hacia atrás, levantó la pierna y le dio una patada al cristal, que cayó al suelo con un ruido ensordecedor. Unos segundos más tarde, se abrió de golpe la puerta de la oficina de contabilidad y apareció un hombre bajito y corpulento, con camisa blanca y corbata negra estrecha, que los miró alarmado.

—Pero qué demonios está… ¿Marcia?

—No pasa nada, Frank —dijo ella.

Metió la mano por hueco del cristal para abrir el pestillo. La puerta arrastró algunos cristales rotos al abrirla y entraron pisando fragmentos de cristal.

—¿Justin? —gritó Marcia.

No hubo respuesta

El lugar estaba tal cual lo había descrito Keisha: vacío. Estanterías despejadas y archivadores medio abiertos sin nada dentro. En las paredes no había fotos de paisajes ni diplomas ni nada por el estilo.

Pero en el suelo se podían ver envases de comida rápida vacíos. Una caja de pizza, un envase de Big Mac manchado de salsa y varias latas de cerveza vacías.

—Aquí ha estado alguien —dijo Dwayne—. Aquí ha estado viviendo alguien.

Había un vestíbulo bastante espacioso y, a continuación, un pasillo corto que daba a cuatro salas de reconocimiento. Marcia se movía en esa dirección, abriendo una puerta y luego otra; Dwayne y Keisha corrían detrás de ella.

Cuando abrió la última puerta, gritó.

—¡Ay, Dios mío!

Un segundo después, Keisha y Dwayne encontraron a Marcia de rodillas junto a Justin, que estaba tumbado en el suelo; llevaba unos vaqueros, una camiseta negra y los pies desnudos. Los zapatos y los calcetines estaban desperdigados a su lado, y su cabeza descansaba sobre un abrigo enrollado a modo de almohada.

El joven tenía los ojos cerrados.

A un palmo de su cabeza había tirado un frasco de pastillas opaco de color anaranjado. Dwayne se agachó, con una de las piernas estirada hacia atrás, y lo cogió del suelo como si estuviera sacando una pelota de golf del hoyo siete.

—Marcia —dijo—. Estas pastillas son las que te tomabas para dormir hace un año, ¿no?

—¡Justin! —exclamó ella—. ¡Despierta!

—Está lleno —comentó él—, parece que no se ha tomado ninguna.

Justin se revolvió.

—¿Pero qué…?, ¿qué está pasando?

Marcia lo estrechó entre sus brazos.

—¿Estás bien? ¿Te pasa algo?

—Estoy bien. Perdóname, lo siento mucho, mamá —dijo él, aturdido—. Lo siento muchísimo.

De repente, Dwayne vio que había algo más en el suelo. Era una hoja de papel, con algo escrito. La cogió, leyó lo que ponía y se lo dio a Keisha sin pronunciar palabra.

Decía: «Sé que te he causado mucho dolor, mamá. Quizá tu vida sea mejor a partir de ahora».

—Madre mía —susurró Keisha. Dwayne negó con la cabeza mientras miraba el bote de pastillas que tenía en la mano.

—Dios, si hubiéramos llegado unos minutos más tarde… —susurró.

—Justin, escúchame —dijo Marcia—. ¿Te has tomado algo? ¿Has tomado alguna pastilla?

—No, no, yo solo… solo me he bebido unas cervezas, nada más. Iba a tomármelas más tarde, a lo mejor. No sé. No sé lo que iba a hacer. Si te he asustado, lo siento mucho.

Marcia se aferró a él y empezó a sollozar mientras Justin le acariciaba la cabeza.

—Esta misma tarde recibirás tu dinero —le dijo Dwayne a Keisha; se arrodilló junto a su mujer y la abrazó, a ella y a su hijastro.

Keisha Ceylon sonrió de forma modesta.

Justin abrazó con debilidad a su madre y a su padrastro. Tenía la cara hundida en el cuello de su madre y los ojos cerrados, pero de repente los abrió, los fijó en Keisha y le guiñó un ojo.

Y Keisha le devolvió el guiño.

DOS

Ellie Garfield estaba soñando que ya estaba muerta. Pero de repente, justo antes de que el sueño se hiciera realidad, abrió los ojos.

Aunque le quedaban muy pocas fuerzas, intentó moverse, pero estaba atrapada, atada de algún modo. Muy lentamente, levantó una mano ensangrentada de su regazo y tocó con los dedos la cinta que le cruzaba el pecho y sintió su textura familiar, su suavidad. Era un cinturón de seguridad.

Estaba en un coche. Estaba sentada en el asiento delantero de un coche.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que era su propio coche. Pero ella no estaba al volante. Estaba en el asiento del copiloto con el cinturón abrochado.

Parpadeó un par de veces, pensando que debía de tener algún problema de visión porque no distinguía nada más al otro lado del parabrisas. No había nada en el exterior. Ni carretera ni edificios ni farolas.

Entonces cayó en la cuenta de que no tenía ningún problema en los ojos.

La realidad era que no había nada fuera. Solo estrellas.

Podía verlas titilar en el cielo. Era una noche preciosa, si pasaba por alto que se estaba desangrando.

Le costaba mantener la cabeza erguida, pero con las fuerzas que aún le quedaban miró a su alrededor. Al percibir la oscuridad y lo extraño que era el entorno, se preguntó si ya estaría muerta. A lo mejor estaba en el cielo. Se respiraba paz y todo era tan blanco… Había una minúscula luna en el cielo despejado que iluminaba un paisaje totalmente llano y que parecía no tener fin. Se le ocurrió que se asemejaba más a un paisaje lunar que a uno de la Tierra.

¿El coche estaba aparcado en un campo nevado? Creyó distinguir algo a lo lejos, un borde oscuro y desigual que recorría en línea recta la parte superior de la blancura. ¿Árboles, tal vez? La línea gruesa y negra, casi tenía el aspecto de… de una costa.

—¿Qué? —susurró para sí misma.

Poco a poco, empezó a comprender dónde se encontraba. No, no lo comprendía. Se daba cuenta de dónde estaba, pero no lo entendía.

Estaba en el hielo.

El coche estaba en un estanque helado. O a lo mejor era un lago. Y parecía que bastante adentro.

—No, no, no, no —se dijo a sí misma mientras se esforzaba por pensar. Era la primera semana de enero. El invierno había tardado en llegar y las temperaturas no habían empezado a descender hasta una o dos semanas antes, justo después de Navidad, y aunque podía haber hecho el frío suficiente para que el lago se congelara, desde luego no había hecho el frío suficiente para que el hielo fuera lo bastante grueso como para soportar el peso de un…

Crac.

Sintió que la parte delantera del coche se hundía un poco. Probablemente, no más de tres centímetros. Eso tendría sentido, ya que el coche pesaba más en la parte delantera, donde estaba el motor.

Tenía que salir. Si el hielo había conseguido soportar algo tan pesado como un coche durante tanto tiempo, seguro que aguantaría su peso si conseguía salir. Y luego caminaría en la dirección que la llevara a la orilla más cercana.

Si podía andar…

Se tocó la barriga con la mano y notó que estaba caliente y húmeda. ¿Cuántas veces la habían apuñalado? Eso era lo que había pasado, ¿no? Recordó haber visto el cuchillo, la luz reflejada en la hoja, y luego…

La habían apuñalado dos veces, de eso estaba bastante segura. Recordaba haber mirado hacia abajo y ver con incredulidad cómo se le clavaba el cuchillo la primera vez, y luego verlo salir, con la hoja carmesí. Pero solo estuvo fuera de su cuerpo un instante antes de que rompiera su piel y se clavara por segunda vez.

Después de eso, todo se volvió negro.

«Como si estuviera muerta».

Aunque no lo estaba.

Debía de tener un pulso tan débil que pasó desapercibido cuando la metieron en el coche, le pusieron el cinturón y la llevaron hasta el centro del lago, donde alguien debió de pensar que el coche enseguida rompería el hielo y se hundiría hasta el fondo.

Un coche con un cuerpo dentro, abandonado cerca de la orilla de un lago, podía encontrarlo alguien.

Pero un coche con un cadáver dentro hundido en el fondo de un lago, ¿qué probabilidades había de que alguien loencontrara?

Tenía que sacar fuerzas de flaqueza. Tenía que salir de ese coche inmediatamente, antes de que se hundiera más. ¿Tenía el móvil? Si pudiera pedir ayuda, podrían rescatarla en el hielo y no tendría que andar todo el camino de regreso a…

Crac.

El coche se hundió hacia delante. Tal y como estaba, inclinado, a través del parabrisas solo veía hielo cubierto de nieve en lugar de la costa. La luna arrojaba luz suficiente para que pudiera ver el interior del coche. ¿Dónde estaba su bolso? Tenía que encontrar su bolso. Guardaba el móvil en el bolso.

El bolso no estaba.

No había forma de pedir ayuda. No había forma de conseguir que alguien fuera a rescatarla. Por lo que era crucial que saliera del coche.

«¡Inmediatamente!».

Se llevó la mano al costado, buscando el botón del cinturón de seguridad. Lo encontró y lo presionó fuertemente con el pulgar. La cinta comenzó a soltarse del regazo y el hombro comenzó a retraerse, pero se quedó enganchada brevemente en su brazo. Lo sacó y el cinturón se hundió en el hueco que había entre las puertas delantera y trasera.

Crac.

Alargó la mano hacia la manija de la puerta y tiró. La puerta solo se abrió ligeramente. Lo suficiente para que el agua helada se precipitara alrededor de sus pies.

—No, no —susurró.

«Está muy fría. Tremendamente fría».

A medida que entraba el agua, el coche se iba inclinando más, y su trayectoria se hacía cada vez más evidente. Con las manos apoyadas en el salpicadero, se preparó para que el mundo empezara a deslizarse hacia abajo. Apartó la mano derecha para empujar la puerta, pero no consiguió que se abriera más. La zona inferior de parte delantera estaba atascada en el hielo.

—Por favor, no.

El último crujido que oyó fue el más fuerte, resonó en el lago como si fuera un trueno.

Se hundió la parte delantera del coche. Empezó a entrar más agua. En unos segundos ya le llegaba más arriba de las rodillas. Luego hasta la cintura. El parabrisas se volvió negro.

En solo unos segundos, el agua le llegaba al cuello.

El intenso dolor en los lugares donde había penetrado el cuchillo remitió. El entumecimiento se extendió por todo su cuerpo.

Todo se volvió muy negro, y muy frío, y luego, de un modo extraño, muy tranquilo.

Sus últimos pensamientos fueron para su hija y para el nieto al que no llegaría a conocer.

—Melissa —susurró.

Y entonces, el coche desapareció.

TRES

La cuestión era que Keisha normalmente trabajaba sola, aunque a veces su novio Kirk estaba pendiente para contestar una llamada si era necesario, como referencia para un posible cliente escéptico. Pero aparte de eso, le gustaba manejar el cotarro. La única forma de controlarlo todo era ocuparse ella sola de todos los detalles.

Meter a otra persona en el tinglado, sobre todo a alguien sin mucha experiencia, era bastante arriesgado. Pero últimamente andaban mal de dinero, ya que Kirk tenía poco trabajo y el coche de Keisha necesitaba neumáticos nuevos —llevaba varios meses con tres desgastados— y a Matthew tenían que sacarle un par de muelas. Así que Keisha no podía permitirse el lujo de andarse con tonterías y, además, supuso que Justin Wilcox tenía tanto que perder como ella —quizá incluso más— si metía la pata en la estafa a su madre y a su padrastro.

Tuvo que admitir que el chico era bueno. No solo lo había planeado todo, sino que también había cumplido su parte sin problemas. Había oído hablar de Keisha a uno de sus antiguos profesores de Inglés del instituto, Terry Archer, a quien había convencido para que le contara a la clase algunos detalles de lo que le había ocurrido a su mujer, Cynthia, cuya familia había desaparecido cuando ella solo tenía catorce años y no se había sabido nada del asunto durante veinticinco años.

Fue una gran noticia en su momento, cuando descubrieron lo que había ocurrido realmente. La historia salió incluso en la CNN. Archer les había dicho a sus alumnos que un incidente como aquel hacía que apareciese todo tipo de gente, lo que lo llevó a contar lo de la vidente de Milford que decía saber lo que le había pasado a la familia de Cynthia. Se dedicaba a ver las noticias para buscar a personas desesperadas por obtener información sobre sus seres queridos desaparecidos y luego se presentaba ante ellos y se ofrecía a ayudar a reunirlos a todos de nuevo. Una vez que hubieran pagado mil pavos, claro.

Keisha recordaba a Terry Archer perfectamente. Habría sido difícil olvidarlo. No le había gustado ni un pelo, ni tampoco su mujer. Ni durante la primera visita de Keisha a los Archer, en los estudios de televisión, donde iban a hacer un reportaje sobre los asombrosos poderes de Keisha, ni en su segunda visita, en casa de los Archer, cuando la echaron literalmente a la calle.

«Tú intenta ayudar a la gente, que te saldrá el tiro por la culata».

A Justin se le había quedado grabada la experiencia de Archer, aunque ya habían pasado cuatro años desde que la había escuchado. Resultó que a su nuevo padrastro, Dwayne, le encantaban esas cosas. Estaba seguro de que algunas personas poseían de verdad ese don, percibir cosas que otros no podían. Incluso veía reposiciones de Entre fantasmas, cosa que sacaba de quicio a su madre. Marcia dijo que ella también podría conseguir que los muertos se comunicaran con ella si se paseara siempre por ahí con vestidos superescotados como Jennifer Love Como se llame.

—Nuestro conocimiento —le había dicho Dwayne a su mujer— no entiende ciertas cosas.