No me digas que no podrás - Sebastián Escudero - E-Book

No me digas que no podrás E-Book

Sebastián Escudero

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Beschreibung

No me digas que no podrás es un libro de superación personal a la luz de los principios que establece la Palabra de Dios. Porque si no dejamos que Dios cambie nuestra manera de pensar, nunca cambiaremos nuestra manera de vivir. La historia universal, de punta a punta, nos da testimonio de hombres y mujeres de todos los tiempos que demostraron con sus vidas que siempre que pensemos adecuadamente, sea cual sea nuestro comienzo, podemos triunfar en la vida. Adornado con películas de Hollywood, con cuentos y con anécdotas personales, el autor intentará llegar a tu corazón y mantenerte enfocado en esa verdad: Sí puedes, sí tienes, sí eres. Él mismo es testigo personal de eso.

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Seitenzahl: 259

Veröffentlichungsjahr: 2021

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NO ME DIGAS QUE NO PODRÁS

Sebastián Escudero

NO ME DIGAS QUE NO PODRÁS

Editorial Claretiana

Índice
Portada
Portadilla
Legales
Agradecimientos
Prefacio
Introducción
Testigo del poder de Dios
No me digas que no podrás
Capítulo 1: Reconciliados con nosotros mismos
1. Cambia tu manera de pensar
2. El cambio empieza por casa
Las mentiras del diablo
3. Parecemos
4. Sanación desde la raíz
Depende del alimento
Capítulo 2: Heridos en la autoestima
1. Nuestra imagen de nosotros mismos
2. Imágenes negativas
Sentirse como langosta
Sentirse como perro muerto
3. ¿Quién, yo?
1. No me digas que eres un muchacho
Algún día
2. No me digas que eres un impuro
3. No me digas que eres un tartamudo
Capítulo 3: Guerrero valiente
1. Un héroe bastante particular
2. El señor está contigo
3. El último de los últimos
4. Yo estaré contigo
No hacen falta tantos
Capítulo 4: Volver al futuro
1. No es el final
2. Dios del mañana
3. Un visitante del futuro
4. La fórmula romanos 4, 17
5. El granito de mostaza
Capítulo 5: Sé que triunfarás
1. El DeLorean de la Turquita
2. Entre libros de latín
3. La asignatura pendiente
4. El discurso de oro
Capítulo 6: Enfrentando gigantes
1. Sin miedo a las alturas
El pastorcito valiente
El guerrero griego
2. Las cinco piedras contra los gigantes
a. Recordar correctamente
b. Enfrentar correctamente
c. Escuchar correctamente
d. Mirar correctamente
Hablar correctamente
3. No tengas miedo
Identificar la raíz de los temores
Capítulo 7: Puedes cambiar tu estrella
1. Un corazón de caballero
Nuestro escudo de nobleza
2. La ranita persistente
3. Las abejas y la NASA
4. Un gigante dormido
5. Falta un agradecimiento
6. La fortaleza de tu debilidad
El secreto del campeón
El poder de Dios en tu debilidad
El manual de la debilidad
Capítulo 8: Una nube de testigos
1. Testigos de todos los tiempos
2. Testigos contemporáneos
3. Una lista interminable
Capítulo 9: Metamorfosis
1. Cambia tu programación
2. Los fracasados
3. Los mediocres
Mentalidad de aprobado
4. Los ganadores
Conclusión

Escudero, Sebastián

No me digas que no podrás / Sebastián Escudero. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2021.

Libro digital, EPUB - (Sanación en el espíritu)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-762-087-0

1. Superación Personal. 3. Autoestima. I. Título.

CDD 158.1

Editorial Claretiana es miembro de

Claret Publishing Group

Bangalore • Barcelona • Buenos Aires • Chennai • Colombo • Dar es Salaam • Lagos • Madrid • Macao •

Manila • Owerri • São Paulo • Warsaw • Yaoundè

Diseño de tapa: Equipo Editorial

1ª edición, libro papel, septiembre de 2016

1ª edición libro digital, marzo de 2021

Todos los derechos reservados

Queda hecho el depósito que ordena la ley 11.723

© Editorial Claretiana, 2016

ISBN 978-987-762-087-0

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

EDITORIAL CLARETIANA

Lima 1360 – C1138ACD Buenos Aires

República Argentina

Tel: 4305-9510/9597 – Fax: 4305-6552

E-mail: [email protected]

www.claretiana.org

AGRADECIMIENTOS

A Belén Valdez, mi mariposita, mi mejor día de primavera; este es nuestro primer libro, juntos. Somos un equipo. Gracias por llenar de vida mi ministerio. Te amo.

A mi hermano de sangre, Hugo, quien junto a Dany y Juani son mi soporte familiar en esta vida.

A Matías Bermúdez, mi amigo, ahijado y hermano del alma; Dios nos sigue permitiendo trabajar juntos, mi negrito, tienes un talento extraordinario, te quiero mucho.

A todos los Misioneros Mensajeros de Jesús, quienes saben que cuando escribo un libro se trata de un “proyecto comunitario”; en especial a mi comunidad de origen La Visitación, en Córdoba.

A mi hermosa madre Ramona Taborda y al Instituto Religioso de las Mensajeras de Jesús en la Familia; su oración marca la diferencia en mi ministerio.

A mis alumnos, mis estrellas en esta vida, de quienes aprendo cada día mucho más de lo que quiero enseñarles. Sin ustedes todo sería distinto.

A los cientos de amigos que el Señor me ha regalado a lo largo del país y del mundo en mis viajes de evangelización. Gracias por estar siempre allí.

Al padre Alonso Sánchez M. y a todo el equipo de la Editorial Claretiana, por confiar en mí y abrirme las puertas de la familia editorial como plataforma de distribución y venta.

Y finalmente te agradezco a ti, señor Jesús, pasión de mi ser, por haberme ido a buscar en mi cueva personal y levantarme para ser una influencia para tantos hijos tuyos. Gracias por seguir creyendo en mí, porque pase lo que pase peleas a mi lado, porque nunca consultaste mi pasado para usarme, por decirme una y mil veces estos últimos 18 años: “No me digas que no podrás”.

PREFACIO

El anciano de 100 años está a punto de entrar a la habitación a contarle a su esposa que hoy es el día que Dios les había prometido hace 25 años atrás. Parado al frente de esa puerta, las dudas entran galopando a su corazón. No hay precedentes de semejante milagro. No es humanamente posible. ¿No será un invento de la mente, una ilusión humana después de tantos años esperando el hijo? De pronto, una suave voz le susurra en su interior: “Abraham… no me digas que no podrás”.

El anciano de 76 años está llorando emocionado en la sala de las Lágrimas del Vaticano. Miles de personas afuera están esperando que aparezca el nuevo pastor universal que guíe a toda la Iglesia. Millones y millones están observando en sus televisores que se abra la ventana mayor. De pronto un pensamiento viene a su mente como un aluvión: ¿es posible que un argentino sea el nuevo Papa? ¿Crees que estás capacitado para semejante misión? Pero otra voz interrumpe en su corazón: “Jorge… no me digas que no podrás”.

El joven judío acaricia los barrotes de ese oscuro calabozo en Egipto. Un suspiro acompaña un sueño que se le cruza por la mente: ser una persona de gran influencia para el mundo entero. Pero otro pensamiento corta ese suspiro como un rayo: “Nunca saldrás de este lugar”. Estaba destinado a convivir con las ratas hasta la muerte. De repente, una voz mansa le impide quebrarse por dentro: “José… no me digas que no podrás”.

El anciano está contemplando un nuevo atardecer, tan similar al de los últimos 27 años en esa cárcel de Sudáfrica; ya no quedan motivos para tener una esperanza de liberación, ya no queda tiempo para marcar la historia, demasiado anciano para soñar. Pero otra voz luchando en su interior le devuelve la paz: “Nelson… no me digas que no podrás”.

La muchacha de 15 años está todavía temblando luego de hablar con un Arcángel. La misión que se le acaba de encomendar es demasiado sublime, demasiado trascendental. Algo le quiere causar angustia en su corazón. Algo le dice que es imposible para un ser humano. Pero otra voz le susurra dándole la paz de que todo está en el plan perfecto de Dios: “María… no me digas que no podrás”.

Una monja jovencita está llorando mientras viaja en ese tren contemplando los cientos de rostros en su pobreza, en su miseria radical, clamando ayuda. Ella eleva una plegaria: “Señor, déjame ser la pluma que escriba la historia de Calcuta”.De golpe, el temor se apodera de su corazón: “No vas a poder hacer nada por ellos. Lo que intentes será inútil. Limítate a orar por ellos”. Pero en lo profundo de su ser, en un rincón de aquel tren, una voz le dice: “Teresa… no me digas que no podrás”.

El adolescente está retrocediendo frente a la violenta agitación de la espada de un gigante. El destino de toda una nación depende de esa pelea. Mientras procura recoger del piso alguna piedra, una voz le grita con vehemencia: “¡Jamás lo podrías vencer! Eres solo un niño frente al mayor guerrero de los filisteos. Esto no es un juego. Vuelve a tu casa.” Pero en su interior puede aún oír otra voz diciéndole: “David… no me digas que no podrás”.

Un niño está sentado en la oficina del director de su escuela. Están a punto de despedirlo del colegio porque es demasiado distraído y porque parece un enfermo mental. El niño no le presta demasiada atención, su mente está en algún lugar de las galaxias diseñando la teoría de la relatividad. Quiere marcar la historia cuando sea grande. De pronto escucha al director decirle a su padre: “Su hijo es un autista… nunca llegará a nada”. Pero algo dentro de él le dice con cariño: “Albert… no me digas que no podrás”.

El joven de 33 años está llorando lágrimas de sangre en el Huerto de Getsemaní. La antigua serpiente se le aparece para mentirle que no podrá. Es demasiado para una sola persona hacerse cargo de la culpa de toda la humanidad. No se puede. No podrá resistir tanto dolor. En medio de su angustia, el joven pide ayuda al Único que puede salvarlo. No sabe si va a poder resistir esa pasión dolorosa. Pero la voz de su Padre le dice con cariño: “Jesús, mi Hijo amado…. no me digas que no podrás”.

Una persona extraordinaria está empezando a leer este libro. Como corresponde, empezó por el prólogo. Después de leer solo unos párrafos, algo le inquieta en su corazón. Es el entusiasmo de saber que sí se puede cambiar la historia, de que quizás su misión es también demasiado grande en esta vida. Pero el enemigo de su alma le está queriendo convencer que jamás lo logrará. Una persona así no tiene destino, no podrá llegar demasiado lejos. Dios la mira a los ojos… pronuncia su nombre… la abraza con fuerza un rato largo. Y luego vuelve a mirarle para decirle las seis palabras con las que comenzará el resto de su vida: “No me digas que no podrás”.

Sebastián Escudero

[email protected]

INTRODUCCIÓN

Una de las principales excusas que ponemos para triunfar en la vida es la afirmación “no puedo”.Eso es ridículo; todos los seres humanos tenemos un potencial extraordinario dentro de nosotros. El gran problema es que el enemigo se encarga de mentirnos acerca de nuestro valor. Y la mayoría le cree, por eso son muy pocos los que terminan marcando la historia.

Sin embargo, está comprobado por numerosos estudios que todo ser humano cuenta con cientos de habilidades no explotadas, no reconocidas y no usadas. Una persona promedio posee entre 500 y 700 habilidades y destrezas. ¿Sabías eso? La tragedia es que la gran mayoría de la raza humana ni siquiera explota una de estas.

Nuestra mente puede manejar 15.000 decisiones en un solo segundo, y todas ellas pueden quedar truncada con una sola convicción mental: “no puedo”.Por eso, soy muy consciente de que tengo la grave responsabilidad de ayudar aunque sea a un solo ser humano a identificar sus habilidades y motivarlo a creer que sí, se puede. Mi propósito en esta vida tiene que ver con eso. Mientras escribo estas líneas acabo de recibir hace solo algunas horas un mensaje por Facebook de una de mis alumnas diciéndome: “¡Graaciias proofeeeeee!!! Todo es posible. Ahora gracias a sus canciones, a sus anécdotas y a Dios ¡gané el torneo de taekwondo nacional! ¡Gracias, gracias, gracias! Por haberme dicho que soy una ganadora, ¡gracias! Mi vida cambió.”

Escribí este libro para eso. Si una sola persona en la historia de la humanidad, al leer este libro, se convence de que todo lo puede en Cristo que lo fortalece (Cf. Fil 4, 13)habrán valido la pena las cientos de horas invertidas en este cuarto libro que el Señor me pidió que escribiera.

Es solo una minoría la que alcanza las cimas, ¿sabes porqué? Porque la gran mayoría piensa que es imposible alcanzarla, entonces no pueden encontrar los peldaños que los conduzcan a las alturas. Cuando uno cree que puede hacerlo el “cómo” hacerlo surge; Dios y el universo conspiran providentemente para hacer realidad eso que parece tan imposible. Y podemos así llegar a la cima.

Este es un libro de superación personal a la luz de los principios que establece la Palabra de Dios. No es un libro de control mental ni de autoayuda. No creo en absoluto que la mente tenga esa autosuficiencia. Pero creo que si no dejamos que Dios cambie nuestra manera de pensar, nunca cambiaremos nuestra manera de vivir. La Biblia puede ayudarnos, porque de hecho es el mejor libro de superación de todos los tiempos. Con humildad, intentaré ayudarte a descubrir en ella los testimonios y palabras que te ayuden a creer que sí se puede.

Pero no solo me centraré en la Biblia. Toda la historia, de punta a punta, nos da testimonio de hombres y mujeres de todos los tiempos que demostraron con sus vidas que siempre que pensamos adecuadamente, siempre que luchamos por nuestros sueños, sea cual sea nuestro comienzo, podemos triunfar en la vida. Adornado con películas de Hollywood, con cuentos y con anécdotas personales, mi libro intentará llegar a tu corazón y mantenerte enfocado en esa verdad: sí puedes, sí tienes, sí eres. Y lo más original e importante que tengo para contarte es que soy testigo personal de todo lo que te escribiré.

Testigo del poder de Dios

Cuando conocí al Señor, a los quince años, el primer sueño que puso Dios en mi corazón fue el de ser un predicador. Por las noches soñaba literalmente con estadios llenos de jóvenes escuchándome predicarles mensajes llenos de esperanza. Anhelaba viajar por todos lados hablándole a la gente del amor de Dios, que nos perdona y nos sana, como lo había hecho conmigo. Pero ese deseo estaba muy lejos para mí, por varios motivos que quisiera comentarte.

Por un lado, estaba el hecho de que aún no conocía bien la Biblia; y en ese tiempo yo imaginaba que solo los sacerdotes podían predicar la Palabra de Dios. Por otro lado, no me sentía digno aún. Me parecía hasta un sacrilegio que un pecador como yo, con el tipo de vida que había llevado hasta poco tiempo atrás, se atreviera a predicar la Palabra de Dios. Incluso, había pecados que aún arrastraba de aquella vieja vida.

Pero, sin lugar a dudas, la razón más importante era la siguiente: desde niño sufría una especie de fobia social que me provocaba pánico a la exposición pública. Al punto que la única vez que recuerdo haber hablado en público fue a los 10 años, cuando una maestra me hizo pasar a dar una lección oral, y de los nervios me oriné en los pantalones al frente de todos mis compañeros. Esa experiencia fue realmente lo más traumático de mi infancia. Fue sin duda ese día el que marcó un antes y un después en mi vida. Recuerdo que tuve que dejar el colegio por la vergüenza que ese hecho me había causado. En los siguientes meses tuve tres intentos de suicidio y durante unos meses, quedé casi mudo; sólo cruzaba algunas palabras con mi madre y mi hermano.

Esto, sumado a otros problemas familiares que estaba viviendo, hizo que mi madre tuviera que tomar la decisión de llevarme un tiempo con dos psicólogas que me hacían hacer dibujos durante horas porque no podían sacarme palabra alguna.

Una de las cosas que supe desde ese entonces es que nunca jamás volvería a exponerme públicamente. Se trataba de un monstruo demasiado gigante como para volver a lidiar con él. Sin embargo, mi realidad hoy es que vivo hablándole a las masas y no quedan ni rastros de aquellas dificultades de mi pasado. Déjame contarte cómo empezó todo.

No me digas que no podrás

Tenía 17 años cuando le conté a mi madre que soñaba con ser predicador. Le pregunté qué opinaba. Ella hizo una pausa fatal de varios segundos. Su respuesta era letal, porque podría determinar un destino, y quizás el de miles más. Me miraba como la madre del chico que le pregunta si puede ser tenista faltándole los brazos. Era un sueño demasiado difícil de apoyar. Pero me abrazó y me dijo: “Sí… vas a ser un gran predicador”.

Recuerdo que empecé a entrenarme con ella. Pobre, se quedaba dormida a veces sentada en el sillón escuchándome inventar historias bíblicas. Ella me asentía en todo lo que decía, aunque estuviera diciendo puras barbaridades; parecido a esas mujeres que gritan “amén” a cualquier cosa que dicen los predicadores. Quizás el predicador está diciendo herejías del calibre de: “Satanás está enamorado de ustedes”. Y ellas gritan con pasión: “Amén, amén… ¡Amén!”. Así estaba mi mamá.

Al no conocer en profundidad la Biblia, ella me miraba con asombro y admiración. El tema es que en mi Biblia, la que yo le predicaba a ella, mi propia versión de la Palabra de Dios, Thomas Edison y Leonardo Di Caprio estaban entre los apóstoles. La virgen María tomaba mates con Moisés, mientras Pablo le tiraba una piedra al gigante Goliat y los jinetes del apocalipsis subían al arca de Noé. De todos modos, lo importante es que con ella hablaba fluido… y eso era maravilloso y prometedor.

También solía entrenarme mirándome al espejo y hablándome a mí mismo como si se tratara de una multitud de jóvenes. La otra espectadora que me admiraba mucho era mi perrita Daiana. Ella movía la cola en señal de asentimiento.

Así fue que, una tarde como cualquier otra, salí de casa para ir a misa. Era sábado. Lo que no sabía era que estaba a punto de cambiar para siempre mi destino. Como no pude confesarme antes de empezar la misa, esperé al sacerdote y le pedí que me confesara al terminar la celebración. Él aceptó. Era un sacerdote carismático que dirigía un grupo de oración de jóvenes. Luego de darme la absolución me preguntó:“¿No te gustaría predicarle a unos jóvenes?” Mis ojitos seguramente brillaron de la emoción. Pensé me iba a invitar a formarme, para algún día llegar a ser un predicador como él. “Me encantaría padre” – contesté con entusiasmo. “Bueno, vamos. Es un grupo de jóvenes que están esperando que les predique yo. ¿Te animarías a predicarles tú?” – Me dijo el sacerdote cambiando absolutamente el clima de la conversación. Yo me negué rotundamente. Tuve pánico. “No voy a poder – le respondí – soy muy joven aún. Es que, en mi mente, la única idea que tenía de poder ser un predicador era siendo un hombre mayor y vestido con una sotana.(1) “¿Quién te dijo que tienes que ser cura para predicar? Todos los bautizados pueden y deben predicar el evangelio” – me dijo el sacerdote, ya en un tono de exhortación. Luego empezó a explicarme de algunos personajes bíblicos que siendo jóvenes fueron usados poderosamente por Dios.

Entonces me puso la mano en el hombro y me empezó a conducir hacia el salón donde tendría que predicar. Solo me atreví a hacerle una pregunta más: “¿Y de qué tengo que predicar padre?” “De la santidad – me respondió, como para terminar de acrecentar mi pánico. Yo solo largué una carcajada… supongo que por los nervios. Pero tenía la suficiente confianza como para plantearle mis miedos: “Acabo de confesarme, Padre, y ¿tengo que predicar sobre la santidad?”. Entonces me dio una respuesta sabia, que yo las escuché como si viniera del mismo Dios, que me acompañarán toda la vida: “Si vas a esperar a ser santo para empezar a predicar no vas a empezar nunca”. Sin duda percibió que esas palabras no eliminaban mi miedo. Así que entregándome en mis manos su Biblia me dijo: “Cuando no sepas qué decir, cuéntales tu testimonio. Eso será muy fuerte para ellos”.

Y allí estábamos los dos parados frente a ese bendito salón lleno de jóvenes carismáticos. Qué desafío el mío, esos jóvenes no eran de una asociación intelectual de la Iglesia, eran jóvenes esperando un mensaje poderoso para ir a buscar a los muertos y resucitarlos.

Cuando comprendí que el momento de mi presentación era inminente no tuve mejor idea que recurrir a la lástima. Quizás así se conmovía el curita y entendía que no podía yo predicar; no al menos ese día. Entonces le recordé mi testimonio, mis enormes crisis de la infancia que me incapacitaban para poder dar este mensaje. Pero, como si no le hubiera contado nada, el sacerdote me hizo pasar, e ignorando completamente mi planteamiento, me presentó a los jóvenes anunciándoles que yo sería el encargado del mensaje de hoy.

Tremendo momento histórico de mi vida. Era un punto sin retorno, un momento decisivo para mi destino. Si volvía a fracasar quizás nunca más me pararía delante de dos o más personas a predicarles. Había que hacerlo. Así que empecé a hablar. Me invadieron los nervios y comencé a decir literalmente cualquier cosa. Hacía bibliomancia: abría la Biblia al azar y en el personaje que me salía hablaba acerca de su santidad. Debo haber canonizado hasta a Caín y a Judas. Pero de “algo” tenía que hablar.

El sacerdote me miraba con cara de arrepentimiento. Los jóvenes se reían disimuladamente; y otros se miraban con asombro por la capacidad que tenía para inventar cualquier cosa. Entonces recordé las palabras del sacerdote: “Cuando no sepas qué decir cuéntales tu testimonio”.Así que les pedí perdón por estar así de nervioso y empecé a narrarles de mi conversión. Sé con claridad que en ese momento exacto recibí el don de la Palabra. Algo sucedió en el ambiente. Mi lengua se soltó. Empecé a hablar fluido (2). Era la primera vez en mi vida que sentía su unción en mi ministerio. Los jóvenes quedaron impactados, varios de ellos no paraban de llorar, entre ellos el mismo sacerdote en primera fila.

Cuando terminé de predicar, el sacerdote me invitó a acompañarlo dar charlas a jóvenes de su congregación el siguiente fin de semana; sería un viaje al norte del país que incluía jornadas de evangelización en tres provincias.

Llegué a casa y le dije a mi mamá que tenía dos cosas para contarle: la primera, que acababa de dar el primer mensaje de mi vida, y me había ido perfecto. La segunda, si me daba permiso para viajar el sábado siguiente a predicar a Catamarca, Tucumán y Salta.

Así empezó mi ministerio, hace más de 15 años. Sin darme cuenta, mi agenda estaba llena de viajes alrededor de mi país y luego, del mundo, para hablarle a la gente acerca de su Amor. He visto a miles y miles de personas ser tocadas por Dios a través del tesoro que llevo en mi frágil vasija de barro. Y cuando alguien me pregunta cómo puede hacer para ser un predicador, como lo soy yo, solo les respondo que tiene que estar preparado, en el lugar exacto y a la hora indicada en que el Señor quiera levantarlos para dar un testimonio.

Y a todos los jóvenes que me dicen que quieren triunfar en el deporte, en la política, en la música, en el baile, en lo que sea, pero que tienen miedo, que se sienten demasiado jóvenes, demasiado sucios, inexpertos, con sueños que superan sus posibilidades reales, con incapacidades físicas, con una marca negativa en sus infancias…les respondo con una sonrisa lo que siempre me dice Dios a mí: “No me digas que no podrás”. Así se titula una canción que hicimos con el Espíritu Santo y que resume lo que entendí que me había dicho el Señor en aquellos primeros tiempos de mi ministerio:

NO ME DIGAS QUE NO PODRÁS

No me digas que no podrás que eres muy joven para hablar que estás impuro para empezar a predicar la santidad

No me digas que no lo harás que empezarás a tartamudear que es muy difícil la ruta y que no vas a llegar

No me digas que no podrás Porque mi gracia te sostendráDebes sacar de tus labios Las palabras “imposible de lograr”

Y no me digas que no lo harás Porque mi brazo te ayudaráDebes sacar de tu mente el concepto “Imposible de alcanzar”

No te debes acobardar con las mentiras de satanás ni se te ocurra mirar atrás no dejes de soñar.(3)

1. Dicho sea de paso, en esa época me encontraba haciendo un discernimiento para entrar a una congregación religiosa y allí prepararme para ser sacerdote. Sentía el llamado a evangelizar y creía que la única manera posible era siendo sacerdote.

2. Así ha sido hasta el día de la fecha. Jamás volví a tener problemas de tartamudez en público, ni fobia social, ni pánico escénico, ni nada de eso. Ahora soy un predicador verborrágico que he llegado a predicar durante ocho horas seguidas en una ocasión; solo descansando para almorzar media hora. Es que cuando Dios hace los milagros, los hace bien.

3. Sebastián Escudero, Soy tu guardián, Levitas producciones. 2006.

CAPÍTULO 1

RECONCILIADOS CON NOSOTROS MISMOS

1. CAMBIA TU MANERA DE PENSAR

Muchos psicólogos y libros de autoayuda proclaman este principio: “Somos lo que pensamos que somos”.Pero esto no es cierto. Si yo pienso que soy un cocodrilo, eso no me convierte en un cocodrilo. Seguiré siendo humano. Hay que distinguir entre el “ser” y el “actuar”. El pensamiento no puede cambiar lo que somos, sino lo que hacemos. Es en nuestro actuar donde interviene el poder de la mente afectando nuestras vidas, no nuestro ser. Por lo tanto, la frase correcta sería: “Actuamos conforme a lo que pensamos que somos”.Y aquí sí podría suceder que si yo pienso que soy un cocodrilo voy a actuar como un cocodrilo… aunque no lo sea.

De allí lo importante que es tener un correcto pensamiento, porque lo que pensemos de nosotros mismos, así será nuestro actuar. San Pablo lo dice así: transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios (Rom 12, 2).

Ahora bien, la frase podría completarse de la siguiente manera: “No somos lo que pensamos que somos, pero actuamos como pensamos que somos, y la gente nos trata como nosotros pensamos que merecemos ser tratados”.(4) Es muy importante tener en cuenta esto último, porque tal como nos vemos a nosotros mismos, así nos ven los demás, y así como nos consideramos a nosotros mismos, así nos considerarán los demás. Siempre pongo este ejemplo en clases cuando estoy predicando a mis alumnos estos principios: si yo pienso de mí que soy un profesor que no merece ser escuchado, sino que merezco que se me rían en la cara y que hablen encima de mi voz… pues entonces eso mismo sucederá de seguro en el aula: mis alumnos empezarán a burlarse de mí, hablarán encima de mi voz y ninguno me prestará atención. Por el contrario, como generalmente pienso que merezco ser escuchado, que merezco que me respeten y que nadie hable encima de mi voz por una cuestión básica de respeto, eso es lo que sucede. Los demás nos tratan como nosotros creemos que merecemos ser tratados.

Haber conocido estos principios me hubiese salvado muchos años de infierno en la infancia. Aquella vez a los 10 años, cuando me paré por primera vez en mi vida a dar una lección oral en clase, nadie me escuchaba, todos mis compañeritos se burlaban de mi manera de pararme, de mi aspecto físico, de mi modo de hablar. Y hoy, mirando para atrás, puedo descubrir que uno de los principales responsables de todo eso que viví fui yo mismo; soy yo el que no se valoró lo suficiente, soy yo el que me consideré a mí mismo eso que los demás vieron en mí. No tengo que andar señalando a tantas personas con el dedo. Tengo que reconocer, después de más de 20 años, que soy el gran responsable. Me trataron como yo creía que merecía ser tratado. De allí lo sumamente importante que es entender estos principios.

Tener una sana imagen de nosotros mismos nos permite avanzar hacia lo que Dios quiere de nosotros. Hoy la gente paga por escucharme hablar como la lógica consecuencia de que creo que tengo un mensaje del Señor para transmitir y que merezco que la gente me escuche. El pensamiento tiene ese poder de dirigir nuestras actitudes. Es conocida la comparación que hace Rick Warren al respecto:

Para cambiar tu vida debes cambiar tu manera de pensar. Detrás de todo lo que haces hay pensamientos. Toda conducta es motivada por una creencia y toda acción es incitada por una actitud. Dios reveló esto miles de años antes de que los psicólogos lo entendieran: Tengan cuidado de cómo piensan; la vida es modelada por sus pensamientos (Prov 4, 23 parafr.)

Imagina un paseo en un bote con motor en un lago, con el piloto automático puesto en dirección hacia el este. Si decides dar vuelta atrás y dirigirte al oeste, tienes dos posibles maneras de cambiar el rumbo del barco. Una es tomar el timón y físicamente obligarlo a que se dirija en la dirección opuesta a la que señala el programa del piloto automático. A pura fuerza de voluntad podrías vencer al piloto automático, pero sentirías la resistencia todo el tiempo. Finalmente tus brazos se cansarían de la tensión, soltarías el timón y el barco retomaría inmediatamente el rumbo en dirección al este, de acuerdo con su programación interna.

Esto es lo que sucede cuando tratas de cambiar tu vida a fuerza de voluntad. Dices: “Me obligaré a comer menos... haré más ejercicio. Dejaré de ser desorganizado y de ser impuntual”. Sí, tu fuerza de voluntad puede producir un cambio a corto plazo, pero crea una tensión interior constante porque no has tratado la causa desde su raíz. El cambio no se siente como algo natural, así que finalmente te rendirás, abandonarás la dieta, y dejarás de hacer ejercicios. Rápidamente volverás a tus viejos patrones.

Hay una mejor y más fácil manera. Cambia el piloto automático: tu manera de pensar. El primer paso en el crecimiento espiritual es empezar por cambiar la manera de pensar. El cambio siempre comienza en la mente. La manera en que pienses determinará cómo te sientes, y cómo te sientes influirá en cómo actúas. Pablo dijo: renovarse en lo más íntimo de su espíritu (Ef 4, 23).(5)

Esta renovación es más urgente aún si el fracaso ha tomado lugar en nuestra mente. Porque si nuestra mente es conquistada por malos pensamientos de nosotros mismos y de lo que somos capaces de lograr, estos pensamientos dirigirán nuestra vida. Y mientras no renovemos nuestra mente, nuestras acciones estarán dirigidas por emociones y no por decisiones correctas.

El primer paso para este cambio de mentalidad tiene que ver con aceptarnos a nosotros mismos, con reconciliarnos con nuestro propio ser.

2. EL CAMBIO EMPIEZA POR CASA

Muchas veces vivimos odiando a los demás como consecuencia del odio a nuestra propia persona. Nos rechazamos a nosotros mismos y, como efecto de proyección, terminamos rechazando a los demás. Terminamos siendo nuestros peores enemigos y lo triste es que nos vivimos encontrando en los demás.

Tengo numerosos alumnos en las aulas enemistados con todo el mundo, histéricos, negativos, pesimistas, que parecen llevar un gato furioso adentro suyo. Pero todas estas reacciones son consecuencia de un detonante interior: la manera como se ven a sí mismos. Es fácil descubrir en estos casos que es su autorechazo la raíz de cómo ven a la sociedad y a la vida.