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La apasionante historia de amor que narró Jesús, y que encontramos en el evangelio de Lucas, conocida como la parábola del hijo pródigo, tiene como protagonista central la persona del padre; un padre que sale al encuentro de los dos hijos que se le perdieron en el camino de la vida. Uno se perdió marchándose a un país lejano, el otro quedándose en su hogar; pero ambos fueron encontrados en el mismo sitio… en los brazos de su padre. ¿No tendremos nosotros algo de cada uno de estos hermanos? El rencor, los celos, la falta de autoestima, los sentimientos de culpa permanentes son algunos de los indicadores de que necesitamos volver urgente al Único que nos puede decir exactamente quiénes somos y cuánto valemos; a los brazos en los cuales podemos sentirnos eternamente felices y llenos de paz como niños; al hogar donde podemos recuperar la dignidad que el diablo nos robó; al Amor que sana cada una de nuestras heridas… el mismo que da la identidad que hemos perdido.
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Seitenzahl: 219
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Sebastián Escudero
Editorial Claretiana
Escudero, Sebastián
El amor que nos devuelve la identidad / Sebastián Escudero. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2021.
Libro digital, EPUB - (Sanación en el espíritu)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-762-089-4
1. Autoayuda. 2. Religión Católica. I. Título.
CDD 230
Editorial Claretiana es miembro de
Claret Publishing Group
Bangalore • Barcelona • Buenos Aires • Chennai • Colombo • Dar es Salaam • Lagos • Madrid • Macao • Manila • Owerri • São Paulo • Warsaw • Yaoundè
1ª edición libro papel, diciembre de 2015
1ª edición libro digital, marzo de 2021
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
© Editorial Claretiana, 2015
ISBN edición digital (ePub): 978-987-762-089-4
EDITORIAL CLARETIANA
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República Argentina
Tel: 4305-9510/9597 - Fax: 4305-6552
E-mail: [email protected]
www.claretiana.org
Dedico este libro a la memoria
de mi padre, José Ignacio Escudero.
Estoy convencido, papi,
que nos volveremos a encontrar,
y volveremos a cantar…
y nos daremos ese abrazo
que quedó en “pausa”
pero entonces será para toda la eternidad.
A mi hermano Hugo y mi cuñada Daniela, por ser ese pilar indispensable que en la vida uno necesita para apoyarse.
A todos mis hermanos Misioneros Mensajeros de Jesús, particularmente a mis hermanos de comunidad de La Visitación. Dios me muestra su Amor a través de ustedes.
A toda la Familia Eclesial Mensajera de Jesús, especialmente a mi madre, Hermana Ramona Taborda; tengo una deuda eterna a tu confianza incondicional, mamá.
A mis alumnos, que hacen que mis días sean cada día más felices; gracias, mil gracias.
Al padre Alonso Sánchez y a todo el equipo de Editorial Claretiana; es un honor trabajar con ustedes, gracias por aceptarme para formar parte de la familia claretiana.
Al amado de mi alma; todo lo que pueda decir acerca del amor que te tengo es siempre poco, mi señor Jesucristo. Gracias Padre, Hijo y Espíritu Santo por recibir siempre con ese abrazo a este hijo pródigo.
Era una noche más como cualquier otra; sin embargo, no podía dormirme dando vueltas en mi cama. Todavía me sonaban en mi corazón las palabras de aquella canción que había escuchado hacía unas escasas horas: “Cuánto he esperado este momento… fue por ti fue porque te amo…”. Sabía que no se trataba de un insomnio normal. Me levanté para mirarme en el espejo del baño y, al contemplar mi rostro, supe que acababa de nacer de nuevo. Era la primera vez en mi vida que entendía mi verdadera identidad. No pude resistir las lágrimas… tenía quince años… mi vida acababa de cambiar para siempre.
Tenemos una identidad que muchas veces desconocemos. Somos amados desde antes de existir, y desde que nacemos somos campeones; basta con observar que es un solo espermatozoide, entre millones y millones que compiten por llegar a fecundar un óvulo, el que logra la victoria. En ocasiones pueden llegar a ser hasta 900 millones de espermatozoides los que luchan por llegar primero, pero sin embargo es uno solo el que lo logra. Esto hace que seamos únicos desde el mismo instante de la concepción, y además, campeones desde los mismos genes.
Los cristianos podemos experimentar un plus sobre ese valor, pues desde el bautismo entramos a formar parte de la familia divina, el Padre nos ve y ama como a su mismo Hijo. Jesús, por su parte, nos demuestra cada día su inmenso amor en su sacrificio de la cruz; el Espíritu Santo es el encargado de revelarle este amor del Padre y del Hijo a nuestro corazón (Rom 5, 5). Además de eso, los cristianos católicos podemos comulgar diariamente con el mismo Jesús que se nos ofrece como alimento en cada Eucaristía; y como si fuera poco la santísima mamá María nos hace saber que nos ama tiernamente. Junto a estas realidades espirituales, también contamos con el amor que nos brindan nuestros seres queridos, algunos de los cuales, sin dudarlo, entregarían su vida por nosotros. En definitiva, ¡somos amados!
Sin embargo, son miles de millones en el mundo entero los que por distintos factores viven como si no fueran amados, mendigando cariño, compitiendo para demostrar cuánto valen, suplicando una oportunidad para sentirse alguien… ignorantes de quiénes son verdaderamente. Han perdido su identidad en el duro camino de la vida. Se han convertido progresivamente en hijos pródigos de un Padre que está esperando para devolvernos toda la felicidad, la alegría, la paz, el amor, el cariño, la autoestima… la identidad que el diablo nos robó.
Yo he sido un hijo pródigo en muchas ocasiones, y hasta el día de hoy sigo sintiéndome perdido en distintas circunstancias personales. Pero quisiera comenzar este libro testimoniándote acerca de lo que yo considero como el encuentro decisivo de mi vida. He contado este testimonio a miles y miles de personas a lo largo de trece años predicando la Palabra de Dios, recorriendo centenares de kilómetros en distintos escenarios: en las montañas perdidas de algún poblado, en grandes escenarios, en los colegios donde doy clases, en capillas, en parroquias, en salones pequeños e inmensos, en radio emisoras pequeñas y en radios que salen para todo el país, en la televisión, etc. Lo he contado con la misma pasión siempre, aunque mi prédica sea para una sola persona o para cientos; y cada vez que lo hago siento la misma emoción, como si lo contara por primera y única vez. Hoy tengo la magnífica posibilidad de dejarlo por escrito en este segundo libro que el Señor me permite escribir. Cuando terminé de escribir Enfrentando la tormenta supe que de lo siguiente que tenía que escribir era acerca del amor de Dios... y que tenía que dejar por escrito para las próximas generaciones este encuentro decisivo.
Crecí toda mi infancia soportando los maltratos de mi padre, de mis compañeros de colegio, de mis vecinos, que cada día de mi vida de algún modo u otro me hacían sentir que estaba por error en este mundo, que no debía existir, que era lo mismo que estuviera o que no estuviera en esta vida; al menos así lo sentía yo.
Cuando tenía nueve años, mi padre falleció por un tercer infarto que no pudo resistir.
Unos meses después, yo dejaba el colegio a causa de las burlas que me hacían mis compañeritos de colegio por hacerme pis encima mientras daba una lección oral.
Para ese entonces yo me consideraba a mí mismo como un monstruo horrible; tenía una montaña de complejos que me hacían sentirme una criatura discriminada. No recuerdo una sola persona que me llamara por mi nombre de pila, todos tenían un apodo para nombrarme: para la gran mayoría era “el huesadas”(por mi flaqueza extrema), y el resto de los apodos fueron cambiando con los años de acuerdo a la acentuación de algunos de mis defectos: “oreja”, “naso”, “perudo”, “peraca”, “alfajor mal pegado”, “oscuro”, “rulito”, “ratita”, etc. Entre los numerosos traumas que padecía, uno de los que más sufría era al hablar en público, pues comenzaba a tartamudear a causa del miedo que me provocaba la exposición pública. No podía mirar a nadie a los ojos.
Como consecuencia de todo esto, más otras situaciones personales, en menos de un año intenté suicidarme tres veces. Tomé veneno para ratas y cucarachas, e intenté cortarme las venas, pero era tan fracasado que ni siquiera pude quitarme la vida. Mi mamá decidió ponerme bajo tratamiento psicológico de dos mujeres especialistas que me hacían hacer dibujos. Yo dibujaba todo el tiempo monstruos aplastando a pequeñas criaturitas.
A los once años, mi madre se sentó a conversar conmigo; uno de los motivos de la cita era para explicarme que debía salir a trabajar con mi hermano para poder subsistir; la idea era acompañar a mi hermano a repartir sobres por toda la ciudad. Pero el principal motivo, que marcaría rotundamente mi vida, era otro. No te podría repetir una a una las palabras de aquella charla con mi mamá, pero recuerdo que salí corriendo a tirarme debajo de mi cama (mi refugio preferido) a llorar amargamente; dentro mío se me cruzaban imágenes de mis padres intentando abortarme cuando era un inocente feto, de una especialista diagnosticando un tratamiento especial para un niño que probablemente no tendría una inserción intelectual y social adecuada en el futuro, de un individuo rotulado inevitablemente para el fracaso.
Y como ya había intentado quitarme la vida inútilmente, y convencido de que mi mañana estaba determinado, me entregué a una vida oscura y perdida. Satanás estaba muy atento para ofrecerme todas las medicinas para mi alma herida, y yo acepté trabajar para él aceptando todas sus condiciones. Comencé a juntarme con los peores del barrio, con gente mayor que formaba parte de una barra brava de fútbol de mi ciudad, con los drogadictos, borrachos, ladrones y depravados sexuales. Y allí aprendí a hacer cosas que jamás debería haber hecho.
Cuatro años después de llevar esta vida tan vacía, parecía una persona de treinta años por todas las experiencias horribles vividas con gente más grande que yo; pero apenas era un muchachito de quince años.
No obstante, lo peor que me sucedía estaba dentro de mi corazón; tenía un odio que me hacía agarrarme a pelear con cualquiera que se riera de mí. Y detrás de esas mil máscaras que usaba, se escondía un niño terriblemente herido, con una montaña de complejos, necesitado de amor, que solo buscaba lo que buscan todos los adolescentes a esa edad: ser feliz. Solo que yo buscaba en lugares equivocados.
Una de esas noches, más precisamente el jueves 5 de octubre del año 1995, a diez días de cumplir mis dieciséis años de vida, accedí a una invitación que una mujer me había hecho de ir a una reunión de oración. Mi imagen de Dios estaba muy distorsionada; yo creía que Dios era como mi papá, violento, castigador, que me odiaba y por eso permitía todo lo que me sucedió en la vida. A los cinco minutos de entrar en aquella capilla quise salir corriendo. Eran cerca de 40 mujeres carismáticas bailando, cantando, aplaudiendo, tocándote mientras cantaban una canción que decía: “Al hermano que toque bendito será”. Yo tenía el pelo largo, usaba arito y tatuajes; me vestía con pantalones desflecados y usaba una enorme cantidad de pulseras y cadenas que me convertían en un ridículo. Sin embargo, esas mujeres me trataban con un cariño que yo desconocía. Y, al tomar asiento, estaba la trampa del Espíritu Santo esperándome. Me gusta suponer que esos minutos fueron de temblor en el infierno y de suspenso gozoso en el Cielo. Estaba al borde del momento más decisivo de toda mi vida.
Un señor con guitarra en mano comenzó a cantar canciones del amor de Dios. Una de ellas decía “Dios te ama a ti… mucho más de lo que puedas imaginar… mucho más que a la tierra… mucho más que al mar… mucho más que a la estrella… te ama a ti”. Las mujeres me señalaban con el dedo cantándome la canción, mientras yo planeaba la manera de escapar desapercibidamente de ese lugar. Me sugirieron cerrar los ojos. Me convencí que al fin y al cabo ya no tenía nada que perder, así que decidí cerrar los ojos, qué más da, eran solo cinco minutos más en mi búsqueda desesperada por hallar la paz que los placeres no me brindaban.
El hombre de la guitarra comenzó a cantar una canción de Martín Valverde llamada Nadie te ama como yo que dice:
Cuánto he esperado este momento,
cuánto he esperado que estuvieras aquí,
cuánto he esperado que me hablaras,
cuánto he esperado que vinieras a mí.
Yo sé bien lo que has vivido,
yo sé bien cuánto has llorado,
yo sé bien lo que has sufrido,
pues de tu lado no me he ido
Pues nadie te ama como yo.
Mira la cruz,
esa es mi más grande prueba.
Nadie te ama como yo…
Fue por ti, fue porque te amo.
Nadie te ama como yo.
Yo comencé a llorar como un niño al escuchar esta canción. No entendía lo que estaba sucediendo, pero era la primera vez en mi vida que me sentía amado de esa manera. Sentí una especie de abrazo que jamás pude explicar bien, pero era tan real, tan especial. Era el abrazo de mi Papá, era el toque de mi Jesús, era la presencia sanadora del dulce Espíritu Santo… era Dios que entraba en mi vida para plantar una bandera para siempre.
Si bien la conversión no fue de la noche a la mañana, aquella noche mi vida cambió radicalmente. Me supe necesitado por Dios para ayudar a miles de personas a tener esta experiencia que alumbró mi oscuridad. Y acepté. Y me enamoré perdidamente del Dios que me había salvado la vida revelándome mi verdadera identidad. Descubrí mi vocación misionera. Fui sanado por el Señor de mis miles de complejos y empecé a cumplir uno a uno todos mis sueños, en contra de cualquier diagnóstico del pasado o maldición recibida desde niño. Empecé a predicar, en contra de mis crisis de tartamudez; a cantar para el Señor; a estudiar la Biblia, recibiéndome en mi carrera de teología con la medalla de oro al mejor promedio de todas las carreras del instituto; a escribir; a ser feliz y disfrutar de la vida en abundancia que el Señor me tenía preparada. Sé quién soy y cuánto valgo.
Hace un tiempo, este Dios hermoso al que me consagré me pidió que pusiera por escrito todo lo que había aprendido acerca de este Amor que conocí, no en teorías, sino en la experiencia personal, y que lo puedo experimentar cada día de mi vida. Así nació este libro, que no dudo que será de mucha bendición para tu vida. Mi oración es que al leer cada párrafo de esta obra, seas alcanzado por ese Amor que transforma la vida de las personas…
El amor que nos devuelve la identidad.
Sebastián Escudero
En el año 2000, a causa de una crisis que tuve, de la cual hablaré más adelante y que me llevó a alejarme de Dios, una religiosa amiga me prestó el libro del brillante Henri Nouwen titulado El regreso del hijo pródigo (1). No creo que un libro, después de la Biblia, haya influenciado tanto mi vida como este. Desde que lo leí, quedé prendado con esta preciosa parábola que narró Jesús y que se encuentra en el evangelio de san Lucas, capítulo 15, de los versículos 11 al 32. Una parábola que es mal llamada La parábola del hijo pródigo, pues el personaje central es, como veremos, el padre de los dos hijos pródigos que se alejan de su amor; por lo cual sería más correcto llamarla La parábola del padre misericordioso.
Al meterme en el texto, entiendo que yo formo parte de esa especie de novela romántica. Nouwen me enseñó a descubrirme como el hijo menor que se pierde en un país lejano, pero que al regresar a su hogar descubre quién era verdaderamente. No obstante, también me enseñó a verme como el hijo mayor, tan cerca de su padre, pero a la misma vez tan perdido en el celo, en el rechazo, en el puritanismo, en la soberbia. Y sin embargo, la gran conclusión de Nouwen es que debemos anhelar convertirnos en el Padre, imitar su compasión, su desprendimiento, su misericordia… su perfección.
Desde el año 2000, en que el Señor me motivó a dedicarme a tiempo completo a la predicación del evangelio, esta cita bíblica se ha convertido en la principal a la hora de dar el anuncio evangélico. De más de 100 mensajes que el Señor me ha inspirado en todos estos años para compartir con mis hermanos, la parábola del padre misericordioso es la que ocupa el primer lugar. Predicándola prácticamente cada semana de mi vida en un lugar distinto durante cerca de siete años, he ido adquiriendo un conocimiento cada vez más enriquecedor del texto bíblico. Y eso, sumado a las revelaciones que he ido teniendo en estos años, ya sea en mi meditación o estudio bíblico, o en mi oración personal, o en la escucha de la predicación de la Palabra de una gran gama de predicadores de todo el mundo, o de la lectura de libros de numerosos maestros de espiritualidad, han ido aumentando mi conocimiento y profundidad acerca del amor misericordioso de Dios. Razón por la cual decidí volcar lo que he aprendido y dejarlo por escrito para las próximas generaciones.
Soy consciente de que me falta demasiado por experimentar y saber acerca de Dios; san Agustín dice que moriríamos en el acto si sintiéramos todo el amor que Dios nos tiene, porque no estamos preparados para recibir tanto amor. También soy consciente de que cada uno de los errores de los hijos de la parábola, son mis propios errores, que he cometido, cometo a diario y estoy por comenzar a cometer seguramente. Por eso la narración de casi todo el libro está hecha en tercera persona del singular.
Este segundo libro mantiene el estilo del anterior, enfrentando la tormenta, con enseñanzas que tienen un fuerte contenido bíblico, matizadas con testimonios personales y elementos psicológicos y espirituales. No es un libro de teología, sino de espiritualidad; pero dicha espiritualidad está enmarcada por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Son las prédicas que he realizado oralmente en cientos de eventos, pero ahora puestas por escrito. Trato de utilizar un lenguaje sencillo que haga fácil la lectura del mismo a nivel universal.
Y al igual que el anterior libro, está dividido en dos partes: Perdiendo Identidad y Recuperando Identidad. En la primera parte reflexiono acerca del hijo menor (Lc 15, 11-16) en su alejamiento progresivo de la presencia de su padre que lo hace llegar a la locura de mendigar la comida de los cerdos. Para ello utilizo la figura de una pelea de boxeo con el diablo, el cual nos va golpeando progresivamente hasta hacernos perder la identidad; desde los golpes del odio hasta los golpes de andar arrastrados pidiendo que nos quieran. La segunda parte es, sin duda, la más emocionante e impactante; es la reflexión del retorno del hijo menor a la casa de su padre, donde es recibido sorpresiva y amorosamente por un padre cuyo amor desconocía. Pero también es la reflexión del recibimiento del hijo mayor, con el que tantos se sentirán identificados. Y finalizo, al igual que mi maestro Nouwen, invitando a imitar la manera de bendecir del Padre.
Te pido que me acompañes a recorrer esta apasionante historia de amor que jamás ha podido ni podrá ser superada ni por los mejores cineastas o novelistas de todos los tiempos. Y si eres de los que necesitan rezar una oración antes de leer un libro, te dejo el estribillo de una canción franciscana llamada El Trovador, que está compuesta como si la cantara el mismo Francisco de Asís, y que da a entender lo que sugiere la imagen de la tapa del libro:
Yo quiero ser evangelio viviente,
abandonarme en tus brazos Señor,
ser como un niño que juega o se duerme,
mientras su padre lo envuelve en su amor.
1- NOUWEN, Henri J.M. The Return of the Pródigal Son. Ed. Bantam Doubleday Dell Publishing Group, Inc. Traducción en castellano, Madrid, 1999. 24a edición.
Jesús dijo también: Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de herencia que me corresponde. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Lc 15, 11-16
En boxeo se entrena uno para impactar al contrincante de modo tal que este no pueda levantarse del piso, al menos por más de diez segundos. Pasados estos diez segundos, la corona, el título o simplemente el triunfo de la pelea es de uno. Por lo tanto, el gran desafío, la meta final de este deporte es conseguir el knock out, término que en inglés significa “fuera de combate”.
De dejar fuera de combate al contrincante se trata el boxeo. Para ello es imprescindible dar golpes fuertes y en lugares estratégicos de la cara. Ningún boxeador se entrena para dar golpecillos a su adversario. Se entrena para golpear duro. Y no es lo mismo dar un golpe en la mejilla que en la sien, en un pómulo que en el mentón.
Los golpes fuertes y bien ubicados pueden desvanecer al contrincante por unos segundos de modo tal que no se pueda levantar del ring antes de que el árbitro haya contado los diez segundos convencionales. En ocasiones, los boxeadores que permanecen en el suelo, sufren un lapso de amnesia temporal, en el cual pierden conciencia de quienes son.
De la misma manera, en la vida espiritual, estamos sometidos involuntariamente a una pelea similar al boxeo. Y nuestro adversario, el diablo, está entrenado en el infierno para golpearnos con duros golpes en lugares estratégicos que él sabe bien que nos pueden dejar sin conocimiento. De esa manera, nuestro más radical enemigo, puede lograr uno de sus principales objetivos: hacernos olvidar nuestra identidad.
Algo similar es lo que sucede en esta parábola del padre misericordioso, más conocida como la parábola del hijo pródigo: comienza a recibir duros golpes que de a poco le van haciendo olvidar quién era y de dónde venía. Poco a poco, los golpes van provocando en él una amnesia temporal que le hacen vivir como un NN, un desconocido…olvidándose que es el hijo de un padre amoroso al cual le sobran las bendiciones.
Acompáñame en esta fabulosa historia de amor.
El primer tipo de golpes lo vislumbramos en la frase del hijo menor: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.
¿No te llama la atención semejante pedido? ¿No te suena algo raro, algo extraño el reclamo? No se trata de un reclamo de alimento, de cuidado, de afecto; se trata de un reclamo absurdo, se está reclamando nada más y nada menos que una herencia. Pero lo absurdo es que el reclamo es a alguien que aún vive. ¿No se supone que la herencia es algo que se obtiene una vez fallecido el que deja la herencia? De hecho, heredar implica justamente esto, obtener bienes de alguien que ha fallecido.
Lo que la parábola nos está dando a entender es algo verdaderamente trágico y que no podemos dejar pasar desapercibido: el hijo menor está considerando al padre como si estuviese muerto. (2) En algún momento “X” de la historia personal de este muchacho, y por alguna curiosa y desconocida razón, su papá ha muerto en su corazón.
El primer golpe del hijo pródigo tiene que ver precisamente con esto: tener un cementerio en el corazón.
Recuerda que el gran objetivo del diablo en esta pelea decisiva que tiene en nuestra contra es hacernos perder la identidad. Y qué mejor que empezar con golpes pectorales, golpes claves que nos descoloquen en el cuadrilátero de nuestras vidas. Uno de estos primeros y horribles golpes se llama: odio.
Como profesor de nivel medio (3) que soy, me toca semanalmente estar frente a frente con cientos de adolescentes, cada uno de los cuales tienen a su vez cientos de historias personales, crisis, angustias, depresiones, etc. Y he descubierto que uno de las causas más recurrentes de sus crisis es la relación con sus padres.
La adolescencia es una etapa muy especial en la escalada hacia la madurez. En la búsqueda de su propia identidad, el adolescente necesita desprenderse necesariamente de esa dependencia que como niño tenía de sus progenitores. Esa es la razón por la cual la gran mayoría de los adolescentes toma una distancia de sus padres, que en muchos casos no es comprendida por estos.
Tengo la posibilidad de conversar con tantos padres de alumnos míos que están desesperados porque su hijito ya no es el de antes, “ha cambiado mucho profesor. ¿Qué es lo que le puede estar sucediendo?”, me suelen decir preocupados.Y yo tengo para ellos siempre la misma respuesta: “Es un adolescente”. Tan simple y a la vez tan complejo como eso.
Los papás no deben inquietarse tanto por estos cambios en sus hijos adolescentes, es un tránsito el que están viviendo, un paso de la niñez a la juventud. Niñez de la cual necesitan sí o sí desprenderse para demostrar que ya son “maduros”. Por lo tanto, actitudes como la indiferencia, la distancia, el rechazo, aunque duelan, muchas veces son necesarias para su crecimiento.
El problema es cuando surge el odio en las relaciones filiales; y entonces esto se convierte en algo patológico; y es precisamente esto lo que cada vez más a menudo se constata en la realidad, que en muchos casos el adolescente odia a su/s padre/s. Entonces, el gesto permanente de rechazo, o el reclamo de querer vivir solo ya no es algo natural, sino que es la evidencia de algo que ha sucedido hace ya un tiempo: hay un cementerio en el corazón.
Son numerosos los casos de personas que odian a sus padres, al punto de no querer saber más nada de ellos. Cada tanto uno escucha frases como:
“Para mí mi papá está muerto”,
