Enfrentando la tormenta - Sebastián Escudero - E-Book

Enfrentando la tormenta E-Book

Sebastián Escudero

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Beschreibung

Existen momentos en la vida similares a una tormenta: son difíciles y no tienen la costumbre de avisar. Simplemente llegan y se plantan a la puerta de nuestro corazón para quitarnos la paz, la alegría y la felicidad. Vienen en forma de enfermedad, de crisis económica, de crisis familiar, de muerte de seres queridos, de tentaciones oscuras, etc. Dios permite esas visitas de una "tormenta" porque sabe que por medio de ella cada uno de nosotros puede crecer de gloria en gloria. Si logramos resistir y confiar, saldremos transformados por el poder de Dios y así le daremos gracias por permitir la visita de una maestra en nuestra vida.

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Seitenzahl: 114

Veröffentlichungsjahr: 2021

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ENFRENTANDO LA TORMENTA

SEBASTIÁN ESCUDERO

ENFRENTANDO LA TORMENTA

RESISTIR Y CONFIAR ES LA CLAVE

EDITORIAL CLARETIANA

Índice
Portada
Portadilla
Legales
Prefacio
Enfrentando la tormenta
Introducción
Primera Parte
Resiste
1. Dios tiene el control
2. El cuarto para los doce
3. No claudicarás
4. Testigos hasta el final
5. Detrás de esa tentación
6. Combate mortal
7. Preparados para el combate
8. Más que vencedores
Los más que vencedores
Segunda Parte
Confía
1. Tomando envión
2. Un enfoque correcto
3. Caminando sobre el mar
4. Dios nunca se equivoca
5. La perseverancia es la clave
6. El doctor Tiempo
7. Estoy aquí
Epílogo

Escudero, Sebastián

Enfrentando la tormenta : resistir y confiar es clave / Sebastián Escudero. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-762-084-9

1. Superación Personal. I. Título.

CDD 158.1

Editorial Claretiana es miembro de

Claret Publishing Group

Bangalore • Barcelona • Buenos Aires • Chennai • Colombo • Dar es Salaam • Lagos • Madrid • Macao • Manila • Owerri • São Paulo • Warsaw • Yaoundè

Diseño de tapa: Equipo Editorial

1ª edición, 2da reimpresión libro papel, febrero de 2018

1ª edición libro digital, marzo de 2021

Todos los derechos reservados

Queda hecho el depósito que ordena la ley 11.723

© Editorial Claretiana, 2015

ISBN 978-987-762-084-9

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

EDITORIAL CLARETIANA

Lima 1360 – C1138ACD Buenos Aires

República Argentina

Tel: 4305-9510/9597 – Fax: 4305-6552

E-mail: [email protected]

www.claretiana.org

Sin duda alguna, dedico este libro a la mujer que me enseñó a enfrentar la tormenta. Gracias mi hermosa “Turquita”. ¡Qué alto privilegio es ser tu hijo!

Ninguna palabra de este libro la hubiese podido escribir si no fuera por todo lo que me enseñaste y me sigues enseñando desde tu nueva mansión.

Nos queda pendiente un abrazo en la eternidad; mientras tanto te sigo amando como siempre.

A mi gran compañero de toda la vida, mi hermano de sangre Hugo. Gracias por ser siempre el apoyo y el sostén que tanto necesito.

A mi amada comunidad de La Visitación por dejarme formar parte de ustedes y bendecir tanto mi ministerio día a día.

Al cuerpo misionero Mensajeros de Jesús, ya que no me imagino mi vida sin ustedes. Se convirtieron en esa familia que tanto anhelé tener.

A la Familia Eclesial Mensajera de Jesús, especialmente a mi madre en la fe: hermana Ramona Taborda. Gracias por valorar y apoyar tanto mi ministerio.

A Gabriela Castro y a Omar Aguiar por haberme ayudado con la revisión de este texto. Les agradezco y los quiero profundamente.

A mis alumnos, a quienes tengo presente con sus rostros uno por uno; mil gracias por motivarme y animarme tanto, los amo.

A ti, Señor Jesucristo, no existe el modo de demostrarte cuán enamorado estoy de ti. Hoy, al fin, puedo darte gracias por todas y cada una de las tormentas que permitiste para mi crecimiento. Eres bueno y sabio, gracias por estar aquí siempre.

PREFACIO

El sábado 31 de enero del año 2004, volvía de predicar en un geriátrico, cuando recibí la llamada desesperada de mi cuñada quien me decía que fuera urgente para el hospital, porque mi mamá había empeorado, y mi hermano se había desvanecido luego de hablar con los doctores. A los pocos minutos llegué al hospital. Mi hermano se estaba rehabilitando de una descompostura. Le pregunté directamente a él qué noticia le habían dado los médicos. Y con sus ojos llorosos me dijo: “El cuadro clínico de la `Turca´ (así la llamábamos cariñosamente a mi mamá) es irreversible. Le quedan solo unas horas de vida”.

Acababa de comenzar la peor tormenta de mi vida.

ENFRENTANDO LA TORMENTA

La imagen de la tormenta me daba miedo desde que era un niño. La sola palabra “tormenta” me ha sugerido siempre un cielo oscuro, con viento arrasador, relámpagos y truenos encontrados en las nubes. Un verdadero caos en la naturaleza.

Cada vez que hablamos de tormenta en el sentido simbólico del término, estamos refiriéndonos, de algún modo, a un caos que también nos acecha a nivel personal: crisis, soledad, tristeza, muerte, desilusión, fracaso… todos estos términos, y muchos más, pueden ser contenidos en esa sola expresión.

En este sentido, si bien no me considero una persona que ha tenido una vida desgraciada, ciertamente debo reconocer que he sido bastante visitado por distintas tormentas en mi historia personal. Quizás en mi infancia está contenido el mayor período de tempestades. Podría hablarte de la tormenta de planear la muerte de mi padre a los siete años, por escuchar cómo la golpeaba a mi mamá en la cocina; o de aquella que me impulsó a intentar suicidarme tres veces cuando tenía diez años por sentir un odio enfermizo hacia mi persona. También te puedo hablar de la tormenta al ser rotulado, a los once años, como alguien que podría ser irremediablemente un delincuente, un depravado o en su defecto, un homosexual, y entregarme a partir de allí a una vida desordenada y oscura; o de aquella tormenta, a los diez años, que me llevó a llorar toda la tarde debajo de la cama recordando una y otra vez las mismas escenas de burla y de violencia.

Han sido muchas las tormentas en mis veintisiete años de vida. Pero quiero hablarte de una de ellas, la más difícil que tuve que enfrentar en mi joven historia.

El 9 de enero del año 2004, mi mamá me pidió si podía acompañarla a retirar unos estudios médicos que se había realizado unas semanas antes, a causa de un intenso dolor en la zona uterina que le aquejaba hacía cerca de un año.

El doctor la hizo pasar a ella primero a solas a su consultorio. Luego me pidió que entrara yo, y me contó, al cabo de un prolongado discurso médico, que lo que mi mamá tenía era un cáncer de útero.

En ese momento, no se me movió ni un pelo, primero porque sabía del poder de Dios para sanar cualquier tipo de enfermedad; no me asustaba ningún cáncer. Segundo, porque no existía la posibilidad en mi cerebro de aceptar que podría llegar a perder a mi mamá.

Mi mamá, a quien con mi hermano llamábamos con cariño “Turca”, era la luz de mis ojos. Cumplía mil roles distintos en mi vida: madre, amiga, compañera, confidente, maestra, etcétera. Ningún hijo ha tenido una madre más maravillosa que ella en este mundo, salvo Jesús, por supuesto. Aun con sus defectos, es el ser más lindo que he conocido en mi vida.

El viernes 30 de enero de ese mismo año, nos pidió a mi hermano y a mí si podíamos acompañarla a cobrar su pensión.(1) Mientras esperábamos en la fila comenzó a sentirse mal, se sentía mareada. La sentamos en un costado y le trajeron los papeles para firmar allí donde estaba, porque no se podía mantener de pie.

Paramos urgente un taxi y le pedimos que se dirigiera al hospital. A las pocas cuadras, ella comenzó a desvanecerse sobre mi hombro. Yo le hacía bromas acerca de su estado. Ella en ese momento me miró con una sonrisa de ternura, me apretó las manos con su mano izquierda y con la derecha me abrazó la cintura. Y cerró sus ojitos… y no los volvió a abrir más en esta vida. Pasó a la presencia del Señor, luego de dos días de agonía, el domingo 1º de febrero a las 20 horas a causa de una metástasis fatal que le había provocado el cáncer de útero recién descubierto por sus médicos.

¡Fueron tantos los efectos que me produjo aquella tormenta! Cuando una tormenta azota fuerte, te puede causar grandes daños. De repente, perdí las ganas de vivir, de comer, de cantar, de servirle a Dios, de predicar… Perdí las ganas de todo. En la sala velatoria me encontraban tirado en los rincones y me zamarreaban para que reaccionara.

El dolor se me convirtió en un rencor hacia Dios, ya que yo le reclamaba que no me había dejado ni siquiera despedirme de ella como podría haberlo hecho. Y en un rincón de mi corazón decidí renunciar a servirlo, pero cuando estaba empacando mis maletas el Señor irrumpió una vez más en mi vida, y me pidió que resista solo un poco más y que confíe en Él, que esa tormenta tenía un propósito, y que aunque en ese momento no lo podía comprender, un día le daría gracias por lo que estos vientos habían hecho en mi vida.

Me volví a poner de pie. Ese mismo febrero, a fin de mes, tenía una prédica programada desde hacía ya un tiempo, desde antes de que yo supiera lo del cáncer de mi mamá, en Río Segundo (Córdoba - Argentina). Y a fin de mes, en febrero, el mismo mes en que falleció mi mamá, yo estuve predicando allí.

Fueron los quince minutos previos a lo mejor de mi vida. A partir de ese momento, empecé a predicar distinto a como lo había hecho durante ocho años. Vino sobre mi ministerio una unción que yo nunca había soñado ni imaginado. La unción esa de saber que es Dios el que está hablando, de poder hablar al corazón de las personas, desde el dolor, con la autoridad de quien había pasado y aún estaba pasando por la tormenta.

Desde ese momento, mi ministerio dio un vuelco radical. Empecé a predicar en cientos de lugares, a miles de personas. Me tomaron como profesor de formación cristiana en un lugar, en otro, en otro, y luego en otro, y de pronto me vi hablando al corazón de cientos de jóvenes semanalmente. Decidí hacer realidad todos los sueños que desde hacía años tenía almacenados en un depósito llamado “algún día”: grabar proyectos musicales de calidad profesional (así nacieron los CD: Es tu mirada y Soy tu guardián); escribir artículos y libros que puedan afectar e impactar la vida de las personas (así nacieron los dos libritos de prédicas motivacionales y los nueve artículos de formación)… En definitiva, luego de aquel 1º de febrero, de aquella tormenta furiosa, comenzó la segunda parte de mi vida, la mejor parte.

Todo, absolutamente todo, se lo debo al Señor, que me enseñó a resistir y a confiar en Él, cada vez que me encuentro enfrentando la tormenta.

Sebastián Escudero Agosto de 2007 [email protected]

1. Mi padre había fallecido cuando yo tenía nueve años.

INTRODUCCIÓN

Enfrentar la tormenta no es fácil, en absoluto. Pero debemos hacerlo si queremos ser felices, si queremos triunfar en la vida. Intentar evadirla nos puede generar tener que someternos posteriormente a una tormenta peor aún. Pues, tormenta que no se enfrenta es tormenta que se acumula para más adelante.

Lo que intentaré en este libro es simplemente dar algunas enseñanzas que he aprendido en estos años de servicio al Señor acerca de qué actitudes debemos tener a la hora de enfrentar una crisis.

Cada enseñanza verás que tiene un enfoque bíblico, apoyada por testimonios personales y por la voz de la tradición y del Magisterio de la Iglesia, que posee una muy rica tradición de hombres y mujeres de Dios que han sabido enfrentar perfectamente la tormenta dejándonos un modelo para imitar.

Hablaré, en realidad, de varias actitudes que hay que tener en la tormenta, pero enmarcadas en dos actitudes básicas que separarán las dos partes del libro: resistir y confiar.

La resistencia tiene que ver con el hecho de que las crisis nunca nos avisan cuándo van a venir. Simplemente nos visitan sin previo aviso. Y debemos estar preparados para enfrentarlas, porque lo primero que buscarán es tirarnos abajo, intentando desanimarnos con el objetivo de que abandonemos nuestros propósitos.

Detrás de cada tormenta, si bien está la mano de Dios usando esas crisis para nuestro crecimiento, debemos reconocer la presencia enmascarada de nuestro enemigo personal, el diablo, que está muy interesado en impedir que alcancemos nuestras metas en la vida. Y Dios permitirá que él intervenga con enfermedades, persecuciones, tentaciones, sentimientos encontrados de derrota, baja autoestima, rencor, miedo, etcétera. El diablo es un oportunista que buscará de mil modos verte destruido; por eso aumentará tus problemas para quitarte lo que Dios te quiere dar.

Resistir, entonces, es la clave del éxito. Y resistir es perseverar, es mantenerse firme, ser fiel. Juan Pablo II decía que “ser fiel es decir en la noche el mismo sí que dijimos a plena luz del día”.

Resistir es combatir, es pelear una batalla de honor, es ser valientes, es luchar hasta el final para alcanzar lo prometido, lo soñado.

La actitud de la confianza tiene que ver con aferrarse a ese sueño en que hemos creído, con saber que hay una salida, y que después de esta tormenta seré más maduro, más perfecto, ya que Dios es lo suficientemente bueno y sabio para usar para bien lo que el diablo quiere usar para nuestro mal.

Confiar es dejarse pulir por el torno de Dios, y aunque hoy nos duela nos está sanando nuestro corazón y, a través de la tormenta, nos está transformando de gloria en gloria (cf. 2Cor 3, 18).

Confiar es tener la actitud del niño que al cruzar la calle le toma la mano a su papá, pues sabe bien que a su lado nada malo le sucederá.

Mientras escribo esta introducción, acabo de recibir un mensaje de texto en mi celular de un amigo que me dice: “Ya lo decidí, me voy a matar, viejo, ya no quiero vivir así”. Son millones en el mundo los que tienen esa tentación. Han decidido dejar de luchar, han desistido de creer que se puede, el diablo les ha hecho creer que no hay esperanza.