5,49 €
Paciente mayor, hipertensión severa de larga data. Sufrió un accidente cerebrovascular mientras dormía. Posibilidad de recuperación escasa con probables secuelas motoras y neurológicas. Por ahora solo hidratar con suero. Continuar con la medicación habitual. Observación y espera. Disponer personal de enfermería para cumplir las indicaciones y mantenerla confortable. Pasemos al próximo. Una mujer yace inmóvil, en un coma aparentemente irreversible, tras un accidente cerebrovascular. A su lado, una joven enfermera comienza a leer los escritos que la paciente guardaba entre sus pertenencias. Así se abre un contrapunto entre dos voces: la memoria de una juventud apasionada, atravesada por el deseo, la militancia, la fe y el desencanto de la adultez; y la mirada íntima de quien la acompaña en el tramo final, enfrentando sus propias culpas y aprendizajes. En el umbral entre la vida y la muerte, el cuerpo calla pero la palabra persiste; es la memoria encendida en la escritura que se alza por encima del silencio y revela lo que aún duele: la pérdida, la vejez, el amor, la fugacidad del deseo. Esta novela es una vigilia íntima donde la sombra se abre a la luz de lo que no se resigna a desaparecer.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 90
Veröffentlichungsjahr: 2025
Escribí este libro siguiendo un impulso, cuando pensaba que ya no lo haría más. Así como leer fue un refugio, una salvación, una conexión con otros mundos, escribir fue el modo de exorcizar dolores, miedo, ira. Este libro, de cara a la vejez y a la muerte, sin hablar de mí, lo hace, habiendo transcurrido la mayor parte de mi vida, cercana a cumplir 77 años, entre familia, estudio, amigos, libros, encuentros, trabajo, y siempre, alguna copa de vino. A qué más...
Mi nombre, María Eugenia Chagra. Mi profesión, el psicoanálisis.
Paciente mayor, hipertensión severa de larga data. Sufrió un accidente cerebrovascular mientras dormía. Posibilidad de recuperación escasa con probables secuelas motoras y neurológicas. Por ahora solo hidratar con suero. Continuar con la medicación habitual. Observación y espera. Disponer personal de enfermería para cumplir las indicaciones y mantenerla confortable. Pasemos al próximo.
Una mujer yace inmóvil, en un coma aparentemente irreversible, tras un accidente cerebrovascular. A su lado, una joven enfermera comienza a leer los escritos que la paciente guardaba entre sus pertenencias. Así se abre un contrapunto entre dos voces: la memoria de una juventud apasionada, atravesada por el deseo, la militancia, la fe y el desencanto de la adultez; y la mirada íntima de quien la acompaña en el tramo final, enfrentando sus propias culpas y aprendizajes.
En el umbral entre la vida y la muerte, el cuerpo calla pero la palabra persiste; es la memoria encendida en la escritura que se alza por encima del silencio y revela lo que aún duele: la pérdida, la vejez, el amor, la fugacidad del deseo.
Esta novela es una vigilia íntima donde la sombra se abre a la luz de lo que no se resigna a desaparecer.
MARÍA EUGENIA CHAGRA
Chagra, María Eugenia
No sé qué duele más / María Eugenia Chagra. - 1a ed. - Salta : Ediciones BTU, 2025.
Libro digital, EPUB - (Quena)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-950-851-154-6
1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título.
CDD A860
© 2025, por Ediciones BTU
Colección Quena, vol. 11
ISBN 978-950-851-154-6
Depósito Ley 11723
Dibujo de tapa: Martín Aibar
Diseño de tapa de la Colección Quena: D.G. Carolina Ísola
Arte de tapa de este volumen: Fabio Viale
@edicionesbtu
Teléfono: (+54) 387 5005492
Todos los derechos reservados.
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Portada
Portadilla
Legales
No sé qué duele más
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
Portada
Portadilla
Legales
Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
Al tiempo que fue
Al que está por venir
A Librería García y La Galera Ediciones, que otorgaron a esta novela una Mención de Honor en el Concurso de novela corta convocado en 2022A Ediciones BTU por recibirlaA Rosanna Caramella A Martín Aibar
No quiero irme todavía, decías, mamá, y te fuiste, yo me quiero ir y aquí estoy, atrapada sin poder gritar que me liberen de este cuerpo muerto.
—Doctor, doctor, perdón el atrevimiento, ¿podemos detenernos un instante más?, me pareció que tenía alguna reacción.
—¡No! No. Tiene usted mucho que aprender. Son tan solo reflejos. Está en estado vegetativo, letárgico, con muy escasa actividad cerebral según lo que muestra la resonancia, casi muerta. Ni siquiera necesita que le administremos droga alguna para inducir un coma farmacológico. Ya está en coma y es muy difícil que salga de él. Lo que observan no son indicadores de actividad cerebral consciente, solo acciones primarias. Un cuerpo que responde sin sentido ni significado, pura reacción, como una ameba bajo la luz. Que el personal de enfermería cumpla con lo indicado.
Muerta o casi o…
¿Todo dispuesto? ¿Esta es la paciente? ¿Qué tiene? ¿Qué le pasa? ¿Cómo está? ¿Mucho trabajo?
—¡Eh! ¡Desacelerá! Venís agitadita.
—Pasa que estoy feliz de que me correspondan las noches. Es lo mejor que me podía suceder; en realidad es lo que pedí y por suerte me lo otorgaron para los próximos quince días, ¡ja! …, o noches, después veremos. Así puedo asistir en las tardes a esa anciana por la que me pagan tan bien, después acá, que es muy tranquilo cuando cesa el movimiento y hasta puedo relajarme, más cuando nuestra tarea se reduce a atender pacientes que solo requieren de cuidados básicos. Por las mañanas, descanso total.
—Me alegro por vos. De todos modos, me llama la atención tu estado eufórico. No es que tengamos mucho para celebrar. Ni un trabajo alegre, ni un buen sueldo. Solo vejez, muerte y miseria.
—Bueno, si vos lo ves así…, yo creo en cambio que este trabajo nos da la posibilidad de…, qué sé yo…, distendernos, ocuparnos de simples cosas nuestras, hasta leer. Estas pobres pacientes solo necesitan de nuestra presencia, que les controlemos el suero, les cambiemos el pañal, la ropa de cama, un poco de limpieza y ya está, después el tiempo es nuestro.
—No decías lo mismo cuando cuidabas a tu mamá. Al final parecías odiar cada momento que tenías que pasar con ella. Aunque tal vez tu buen ánimo de ahora es tan solo la contracara de aquello.
—Sí, tenés razón. Así fue. Pero es muy distinto cuando no podés poner distancia. Ella hubiera necesitado una cuidadora. Ajena. Alguien que no se involucrara afectivamente, que la mirara desde afuera, un trabajo más, un cuerpo más. A lo mejor ahora, aunque duela, lo que siento y lo que ves es el alivio de que haya terminado para ella y para mí. Bueno, a todo esto, contame de nuestra paciente. Acabemos conmigo, que yo estoy de diez.
—Nada. Me parece que ya no está con nosotros, aunque por instantes… contrae los dedos, mueve, o no, no puedo decir que mueva la cabeza, pero hay… no sé… como si tratara, y en ese momento ocurre algo sutil en su rostro, como si se animara, como si un rastro de vida lo cruzara. En fin, el doctor dice que imagino cosas… Ahí tenés la historia clínica, ya está, no queda mucho por hacer, nada por reparar. Solo acompañarla en este tramo final, preámbulo de su muerte. Acá están sus pocas pertenencias, documentos, carnet de la obra social. Pareciera que no cuenta con nadie que se haga cargo, pero sí con un buen pasar; por ello contrataron enfermeras de modo permanente, bueno, a nosotras. Vigilada las veinticuatro horas. ¿Para qué?
—Y sí, para mantenerla cómoda. Cuidada. Es lo menos que uno espera cuando ya no resta nada más por intentar. ¿Cómo se llama? Tiene nombre ¿no?
—María se llama… Ah, en su bolso quedó una carpeta con las hojas de un libro que estaba escribiendo. Vino con todo lo demás, por si querés entretenerte, a vos que te gusta leer. Aunque no sé qué escribiría esta mujer, ¿ciencia?, ¿religión?, ¿autoayuda?, ¿qué cosas tendría para decir?
—No sé, ¿te parece que lo mire? Sería como una invasión a su intimidad.
—¿A quién le importa? Se está muriendo y está sola. Seguro eso va a la basura con el resto. Bueno, me alegra que te sientas tan bien. Yo solo quiero irme a casa ya mismo.
—Hasta mañana.
Liberame de este cuerpo.
¡Eh! ¿Te pasa algo? ¿A ver? No, no, por favor no me asustés. Quedate ahí, quietecita, porque si te movés me muero yo, del susto me muero, porque no sé lo que te pasa.
Hablo mucho con mis pacientes. Ya me vas a conocer. Hablo yo solita, nadie que me responda ni critique ni sancione, hablo de lo que no hablo con el resto de los mortales. Si noto que te molesta, prometo que dejo de hacerlo. Vamos a masajear las manos, las manitas muertitas y sequitas y pesaaadiiitaaas. Una, la otra, ya está. Nos resta pasar la noche. ¿Qué hacemos ahora? Busquemos algo para leer que me entretenga a mí y que, a lo mejor, te llegue a vos… quién sabe. Los doctores dicen muchas cosas, pero nadie conoce el mundo en el que estás sumergida; en una de esas escuchás, pero no podés responder. Qué soledad enorme estar ahí, encerrada en tu cuerpo sin poder hacer nada y nosotros actuando como si no estuvieras. Yo voy a leerte algo. A ver qué encuentro. Revistas de actualidad, pero reviejas, no. Folletos de estética corporal, ya no los necesitás. ¿Y esto? Me parece que es ese libro tuyo. No sé si debo tocarlo, aunque me tienta. Sí. No tiene título… vamos a leer, a ver de qué se trata. Me contó mi compañera que en vida escribías, perdón, seguís estando viva, quise decir cuando estabas bien, antes del acv, y esto vino entre tus cosas, está ahí, a mano, ¿no? ¿Te molestará que lo lea? Seguro que no, y en todo caso no vas a enterarte…
¡Ahí voy! Comienzo.
