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¿Qué tienen en común estrellas del rock como Neil Young y Enrique Bunbury, historiadores como Álvarez Junco o políticos como Carmen Calvo y López Obrador? Que todos ellos tienen una visión de la historia de España y de algunos de sus más insignes protagonistas, como Hernán Cortés, fuertemente condicionada por la leyenda negra antiespañola. ¿Cómo es posible que después de más de cuatro siglos, se sigan repitiendo dentro y fuera de España, al mejor estilo goebbeliano, aquellas "falsas nuevas" creadas y difundidas antaño por las naciones entonces enemigas del Imperio español? Iván Vélez, experto cazador de mitos negrolegendarios, da respuesta a este interrogante vinculando con agilidad episodios relevantes de la historia de España con declaraciones polémicas de la actualidad política, imágenes arraigadas en la mentalidad popular o productos culturales de masas --series, películas, canciones y libros--. Vélez conecta, en esta reunión de artículos, ideas e imágenes que van sorprendiendo al lector a la par que le informan, con el desparpajo de quien apuesta por señalar la mentira como aquel que entre la multitud gritó lo que todos decidieron ignorar en el cuento de Andersen: que el emperador iba desnudo. Con ilustraciones de Academia Play "ese género periodístico —las fake news— que hoy todo lo anega bajo la forma indocta del barbarismo"
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Seitenzahl: 195
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Iván Vélez
Nuebas mentirosas
Cortés, el Nuevo Mundo y
otros episodios de nuestra historia
© El autor y Ediciones Encuentro, 2019
© Ilustraciones de interiores y cubierta: Javier Rubio Donzé y el equipo Academia Play www.academiaplay.es
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Colección Nuevo Ensayo, nº 56
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN Epub: 978-84-9055-782-2
ISBN: 978-84-9055-975-8
Depósito Legal: M-22438-2019
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
índice
Parte I
México y Cortés:hechos y mitos
Cortés antes de Veracruz
La Malinche y la imposibilidad de una traición
El árbol de la Noche Triste. Un monumento vegetal
El regreso de Nuestro señor el desollado
Las Casas vs Sepúlveda. A propósito de la guerra justa
Conversos y judeófobos en Tenochtitlan
La cara tostadita de la Navidad
Judíos prehispánicos
El imperio y los gusanos
Neil Young y su Cortés el asesino
Bunbury y su «Hijo de Cortés»
Cortés vs Franco. Sepulcros paralelos
Y sea a la castellana…
Francisco de Mendoza, el Indio
La Especiería Occidental
Parte II
De falsas nuevas, leyendas negras yotras patrañas
Filipinas, 1648: Las nuebas mentirosas
12 de octubre: ¿Nada que celebrar?
Colón y la justicia restauradora
Banderas bicolores sobre lienzo
Centinela contra misioneros
Si algún preso adoleciere en la cárcel
Brujas y razón inquisitorial
De la primera, y española, circunnavegación de la Tierra
Calvo, Junco y la negación de las glorias españolas
Parte III
Visiones de lahispanidad: libros,películas y revistas
1492: España ante sus fantasmas
Exhumación de Pedro Sánchez (de Acre)
Los caminos de la Hispanidad
Feijoo, la razón con faldas
Intolerancia
Viaje a España, el orientalismo a bajo coste de Teófilo Gautier
1949: España según Life
Cuando los dioses nacían en Extremadura
Guinea Ecuatorial (1968-2018). Independencia y neocolonialismo
Iberofonía y paniberismo
No somos fachas, somos españoles
En la primavera de 2013 envié a Ediciones Encuentro un manuscrito que llevaba por título Cuestiones negrolegendarias. Un año después, el texto se publicó bajo el título Sobre la leyenda negra, iniciándose así una relación fructífera que tuvo continuidad dos años más tarde con la aparición de El mito de Cortés. En ambos casos, el denominador común de las obras fue el combate de la «fama escura» que gravita sobre la Historia de España o sobre figuras tan destacadas como es el caso de Hernán Cortés. Como consecuencia de esos trabajos, fui publicando una serie, esta vez sí, de cuestiones negrolegendarias, en diferentes medios de comunicación. Una selección de estos artículos es la que ahora ve la luz, por iniciativa de Encuentro.
El primer bloque, con el que se abre el libro —México y Cortés: hechos y mitos—, lo integra un conjunto de escritos que permiten reconstruir, siquiera someramente, la conquista y pacificación, esto es, la implantación de un orden político y religioso, de la que se llamó Nueva España. Un proceso en el que Hernán Cortés jugó un papel central, razón por la cual su figura ha sido deformada desde determinadas perspectivas ideológicas. La segunda parte, De falsas nuevas, leyendas negras y otras patrañas, aborda documentos, noticias y conmemoraciones que ofrecen, por un lado, material para el cultivo de la leyenda negra, pero también para su desactivación, tarea que hemos asumido en estos y otros trabajos. Por último, Visiones de la Hispanidad: libros, películas y revistas, responde al mismo impulso, centrándose en asuntos de gran carga mediática y popular. Al cabo, la guerra propagandística siempre ha buscado los cauces oportunos para ampliar su radio de difusión.
Nuebas mentirosas trata, en definitiva, de ofrecer al lector argumentos sólidos dentro de una polémica de amplia escala y largo recorrido histórico.
Iván Vélez
Madrid, 26 de junio de 2019
Parte I
México y Cortés:
hechos y mitos
Cortés antes de Veracruz
Como ocurriera en 1992, el presente año ofrece una magnífica oportunidad para reconstruir las trayectorias de Hernán Cortés, Moctezuma y doña Marina, principales protagonistas de los hechos que ocurrieron entre 1519 y 1521 en el territorio hoy perteneciente a México. Como en todo aniversario que tiene que ver con hechos históricos, la ocasión se presta para la interpretación del pasado, máxime cuando, como es el caso, están involucradas dos naciones, España y México, surgidas de la transformación del Imperio español.
Una de las posibilidades que se ofrecen a la hora de abordar lo acaecido hace medio milenio, es evocar los hechos a través de unos personajes revestidos con los ropajes del mito, máxime en el caso de Cortés, tempranamente comparado con César y Alejandro, y ajustado a los perfiles del héroe romántico en el siglo XIX. En el otro extremo, la coartada del encuentro entre pueblos o entre culturas, permite desdibujar esas personalidades y deslizar las recreaciones hasta los campos roturados de la etnología. Mientras todo ello ocurre, parece oportuno sugerir otras vías, aquellas que tienen que ver con la poderosa impronta institucional que caracterizó al Imperio español. Lejos de estar dominado por el aventurerismo individual, el despliegue hispano por el Nuevo Mundo se realizó atendiendo a aspectos formales muy concretos, a modelos, la mayoría de ellos ya ensayados en la Península, que se repitieron en las nuevas tierras pobladas por hombres dejados de la mano de Dios a los que era preciso, tal era el mandato de Roma, incorporar al orbe cristiano.
Si esta fue una de las características dominantes, de las que da cuenta el enorme aparato documental que acompañó a la conquista y pacificación, el caso de Cortés no fue en absoluto una excepción, sino más bien lo contrario. Carece de sentido ignorar las capacidades personales de don Hernando, pero resulta igualmente absurdo presentarlo como un genio descontextualizado o guiado por el providencialismo, por más que él mismo o algunos hombres de iglesia, creyeran que gozó del favor divino. No faltó, incluso, quien lo vio como un instrumento divino para la implantación del catolicismo en tan idolátricas tierras. Sin embargo, e insistimos, sin menoscabar su talento militar y diplomático, lo que caracterizó a Cortés fue una escrupulosa, y en ocasiones oportunista, observancia de las formas propias del imperio del que se convirtió en punta de lanza después de armar una arquitectura legal capaz de vincularle con el rey Carlos y romper con Diego Velázquez, gobernador de la isla de Cuba. En efecto, el Cortés que pasó a la Historia, el que dio materia al mito, es aquel que quedó perfilado en el litoral, meses antes de su entrada, el 8 de noviembre de 1519, en Tenochtitlan. Fue en aquellos arenales donde, sostenido por una facción del contingente que capitaneaba, decidió fundar un cabildo en el que se apoyó para adentrarse en el Imperio mexica.
Sin embargo, hasta llegar hasta allí, Cortés recorrió unas rutas ya abiertas por otros compatriotas. Un par de expediciones en cuya estela ha de situarse al de Medellín, pues no en vano, incluso su piloto, el palense Antón de Alaminos, después de haber formado parte del viaje a La Florida en pos de la Fuente de la Eterna Juventud, nunca hallada por Ponce de León, había guiado las naves capitaneadas por Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva. De los hombres descontentos de ambas flotas, de aquellos que nada tenían que perder dejando Cuba a sus espaldas, se nutrió el grupo que aupó a Cortés en Veracruz.
Eclipsado por la apoteosis de la conquista o por episodios tan populares como la nunca realizada quema de las naves, de lo ocurrido a partir del desembarco en aquellas playas tenemos noticia gracias a las Cartas de Relación y a las crónicas de algunos de los compañeros de Cortés, que se esforzaron por dejar constancia de sus hazañas y esfuerzos, por conservar los logros alcanzados o por perpetuar la memoria de aquellos que perdieron la vida en lo que pronto se llamó Nueva España. Sin embargo, a menudo olvidados en las reconstrucciones más populares, existen otros documentos previos a la salida de Cuba que pueden ser muy útiles para comprender la mentalidad y los móviles que llevaron a aquellos hombres a buscar fortuna en un territorio que acaso fuera la antesala de Las Indias que nunca llegó a pisar Colón. Toda expedición debía contar con unas instrucciones en las que se delimitaban los objetivos y responsabilidades de unas empresas en las que sus impulsores, debidamente autorizados por una Corona que percibía el quinto real, se jugaban la hacienda, cuando no la vida. Cortés recibió la Instrucción de manos de Diego Velázquez en octubre de 1518. En ella se le encargaba indagar al respecto de unas cruces que habían sido vistas en el transcurso del viaje de Hernández de Córdoba. De existir tales signos, ello podría demostrar que santo Tomás había predicado en aquellas tierras, procedente de la India. De ser así, los naturales podrían haber tenido noticia del Dios cristiano. Junto a la búsqueda de aquellas cruces, existían otros motivos para el viaje. Entre ellos el de amparar a «seis cristianos captivos y los tienen por esclavos y se sirven dellos en sus haciendas», en referencia a los náufragos españoles que los indios mantenían esclavizados. La orden, por otro lado, servía como coartada religiosa para un proyecto que también buscaba un rescate nada espiritual: el del oro. Escrita una década después de la publicación del Amadís de Gaula, la Instrucción también dejaba espacio a la fabulación, pues sobre el papel quedó este propósito:
En todas las islas que se descubrieren saltaréis en tierra ante vuestro escribano y muchos testigos, y en nombre de Sus Altezas tomaréis y aprehenderéis la posesión dellas con toda la más solemnidad que ser pueda, haciendo todos los autos e diligencias que en tal caso se requieren e se suelen hacer, y en todas ellas trabajaréis, por todas las vías que pudierdes y con buena manera y orden, de haber lengua de quien os podáis informar de otras islas e tierras y de la manera y nulidad de la gente della; e porque diz que hay gentes de orejas grandes y anchas y otras que tienen las caras como perros, y ansí mismo dónde y a qué parte están las amazonas, que dicen estos indios que con vos lleváis, que están cerca de allí.
Estos y otros aspectos, alejados de la apoteosis conquistadora, pero también de los habituales tópicos negro-legendarios, resultan inexcusables si de lo que se trata es de dar una imagen profunda, matizada y rigurosa, de unos hechos trascendentales protagonizados en gran medida por aquel a quien el historiador tampiqueño Juan Miralles, llamó «inventor de México».
La Malinche y la imposibilidad de una traición
Era doncella apuesta, grave, hermosa,
nació en Biluta, de Jalisco aldea,
y en una alteración escandalosa
fue hurtada de cierta gente rea.
Era de sangre clara, generosa,
dada a Cortés por alta y gran presea,
la cual (del agua santa ya lavada)
Marina de Biluta fue llamada.
Los versos reproducidos se deben al poeta Gabriel Lobo Lasso de la Vega (1555-1614) y forman parte de La Mexicana (1588), obra dedicada a Fernando Cortés Ramírez de Arellano, III Marqués del Valle, que probablemente actuó como mecenas del bardo madrileño. En el poema, que cantaba las glorias de Hernán Cortés, se dan unas ligeras pinceladas sobre el pasado de doña Marina, así nombrada tras recibir las aguas bautismales. Cuando se publicó La Mexicana, la presencia de aquella mujer era común a numerosas obras, tanto indígenas como españolas. Su figura aparece en el Códice del Aperreamiento, representada con un rosario en sus manos del que cuelga una cruz; en el Lienzo de Chontalcoatlán, en el que acompaña a un Cortés sentado sobre una silla de tijera; o en el célebre Lienzo de Tlaxcala, en el cual la señora aparece constantemente al lado del de Medellín, actuando como traductora o lengua.
Por su parte, las primeras crónicas elaboradas por los españoles le prestan diferentes grados de atención. Si Cortés apenas la alude en sus Cartas de Relación, dirigidas a Carlos I, Francisco López de Gómara señaló su condición de cautiva y cómo fue entregada a los españoles por el señor de Tabasco dentro de un grupo de mujeres que debían cocinar y servir a los barbudos. De entre los narradores de la conquista del Imperio mexica, Bernal Díaz del Castillo fue quien más destacó las dotes de aquella extraordinaria mujer, de la que es obligado esbozar algún apunte biográfico. Su aparición se produjo después de una serie de escaramuzas con los indios champotones, derrotados finalmente en la batalla de Centla. En ella resultó decisiva la caballería. Fue también Bernal quien dejó escrito que los indios creían pelear contra una suerte de centauros que, unidos a la artillería, causaron estragos entre las filas de los guerreros mayas, apenas protegidos por sus corazas de algodón acolchado. Como en otras ocasiones, los relatos elaborados posteriormente incluyeron la ayuda divina. Juan Ginés de Sepúlveda, citando a Cortés, afirmó que en Centla «apareció mucho antes de la llegada de nuestros jinetes un caballero de porte sobrehumano que sobre un caballo blanco luchaba con los enemigos», mientras que Francisco Cervantes de Salazar escribió: «Lo que se averiguó por muy cierto fue no haber sido hombre humano ni alguno de los de la compañía; de adonde consta claramente cómo Dios favorescía esta jornada». La inclusión de la imagen de Santiago sobre su corcel establece un evidente paralelismo. En España, la iconografía del apóstol Santiago iba ligada a la leyenda de su milagrosa intervención en la Batalla de Clavijo, que permitió acabar con el tributo de las cien doncellas. Ahora, en la nueva tierra, poblada también por infieles, Santiago Matamoros, a quien Cervantes llamó «caballero andante de Dios», se transformaba en Santiago Mataindios.
Alcanzada la victoria, se celebró una misa a la que siguió la procesión del Domingo de Ramos, tras la cual los españoles recibieron a aquellas mujeres, entre las que se hallaba una de la cual se ignora su nombre original. Nacida cerca de Coatzacoalcos, la joven pertenecía a un distinguido linaje, condición que no impidió que siendo niña fuera vendida como esclava a los mercaderes mexicas. Es posible que fuera conducida por vías fluviales hasta la ciudad costera de Xicallanco. Allí fue comprada por los mayas de Potonchan, ciudad a la que los españoles llamaron Santa María de la Victoria. La muchacha hablaba maya, pero también náhuatl, conocimientos que le permitieron entenderse con Jerónimo de Aguilar, conocedor del maya y del español. Así, a través de una doble traducción, Cortés pudo comunicarse con los naturales. Una vez bautizada junto a sus compañeras, la joven, que recibió el nombre de Marina, fue entregada inicialmente a Alonso Hernández Portocarrero, primo hermano del conde de Medellín, pasando luego a ser amante de don Hernando, a quien dio un hijo, Martín Cortés, muy querido por su padre, que le procuró el hábito de Santiago. Pronto, su inteligencia le permitió aprender los rudimentos del español, desplazando a Aguilar en las tareas de traducción, pero también en las de consejera, y poniendo al servicio de sus protectores su fina intuición y su conocimiento de la realidad del Anáhuac.
A ella, según Bernal, se atribuye la alerta que produjo la matanza de la ciudad sagrada de Cholula:
Y una india vieja, mujer de un cacique, como sabía el concierto y trama que tenían ordenado, vino secretamente a doña Marina, nuestra lengua. Como la vio moza y de buen parecer y rica, le dijo y aconsejó que se fuese con ella a su casa, si quería escapar la vida, porque ciertamente aquella noche o otro día nos habían de matar a todos, porque ya estaba así mandado y concertado por el gran Montezuma, para que entre los de aquella cibdad y los mexicanos se juntasen y no quedase ninguno de nosotros a vida, o nos llevasen atados a México.
Después de desempeñar un importante papel en la conquista, doña Marina fue dada por Cortés a Juan Jaramillo, junto al que terminó sus días. Sin embargo, el fin de su vida no supuso el final de su existencia como personaje de numerosas obras escritas a ambos lados del Atlántico. Obras históricas, pero también dramáticas, como el Cortés triunfante en Tlascala (1768), debida a Agustín Cordero, que se representó con éxito en la capital novohispana.
Como le ocurriera a la de Cortés, la imagen de doña Marina comenzó a erosionarse en México durante el siglo XIX. La nueva nación política hispana procedió a reelaborar su historia y, en su afán por erradicar su pasado virreinal y ligarse a los tiempos prehispánicos, trazó un retrato en el que aquella mujer aparecía como traidora a la nación mexicana. A partir de entonces, el personaje de doña Marina dio un giro. Ignacio Ramírez (1818-1879), el Nigromante, en su obra La Noche Triste (1876), hizo que Cuitláhuac se enamorara de ella, sirviendo de objeto de discordia entre México y España. Otros, como Alfredo Chavero (1841-1906), autor de Xóchitl (1877), la utilizaron para armar un triángulo amoroso formado por Cortés, ella misma y Xóchitl, hermana de Cuauhtémoc. El dramaturgo nos la presentó como una mujer celosa que conduce a su rival al suicidio, amenaza con matar a su hijo e incluso confiesa haber tomado la espada de Cortés para matar a Moctezuma y a sus hijas durante la Noche Triste, crímenes que el autor da por hechos. Una mujer vengativa que sabe que, por su ciega pasión hacia el conquistador, ha traicionado a su patria. Una Malinche, en definitiva, que ofrece todos los atributos de ese arraigado y peyorativo malinchismo al que dio nombre.
En efecto, doña Marina, la Malinche, ha servido para acuñar ese término, el malinchismo, incorporado al Diccionario de la Real Academia: «Actitud de quien muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio». Popularmente convertida en la gran traidora de México, un análisis más equilibrado y ajustado a la realidad histórica en la que se desenvolvió, nos devuelve la imagen de una mujer cuya labor fue decisiva en la conquista de un Imperio que supuso el paso previo a la implantación del Virreinato de la Nueva España, estructura sobre la cual se asientan los actuales Estados Unidos Mexicanos. La niña esclavizada, la amante de Cortés, tal es nuestra tesis, no pudo traicionar a una nación que, simplemente, no existía, pues lo que los españoles encontraron después de la batalla de Centla fue un mosaico de sociedades, en absoluto armónicas, que no constituían totalidad política alguna contra la que poder atentar. México, en suma, no es la restauración del Imperio mexica, por más que la sinécdoque lo insinúe.
El árbol de la Noche Triste. Un monumento vegetal
Muerto a causa de la epidemia que asoló la asediada Tenochtitlan, el tlatoani Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, cuenta con una estatua monumental en la Ciudad de México. Su sucesor, Cuauhtémoc, ejecutado en Las Hibueras y protagonista de diversas escenas de tintes románticos, da forma a un bronce desde que, en 1887, en pleno porfiriato, fue situado sobre tres cuerpos piramidales de piedra volcánica y mármol. La leyenda: «A la memoria de Quauhtémoc y de los guerreros que combatieron heroicamente en defensa de su patria», completa el conjunto. A diferencia de los tlatoanis mentados, Moctezuma y Cortés han tenido menos suerte en el espacio público. El primero es considerado un hombre pusilánime que se entregó a los españoles, mientras el segundo sigue revestido por los más burdos ropajes negro-legendarios.
A pesar de que autores mexicanos como José Vasconcelos o Juan Miralles calificaron a Hernán Cortés como padre o «inventor» de México, ciertos sectores ideológicos siguen confundiendo el Imperio mexica con un México, el actual, heredero del Virreinato implantado después de la conquista encabezada por el iconográficamente desaparecido Cortés. La sinécdoque, siempre apoyada por cierto indigenismo arcádico, favorece una visión histórica de México teñida de esencialismo, similar a la de algunos ambientes patrios que cultivan la idea de la España eterna. En ese contexto, y en consonancia con su papel popular, el del malvado español que irrumpe en la límpida civilización mexica, Cortés sigue confinando escultóricamente en el hospital de Jesús que él mismo fundó y que hoy sigue funcionando. Un busto obra del dieciochesco Manuel Tolsá y una sencilla placa de bronce colocada en un lateral del altar de la iglesia que forma parte del complejo hospitalario, son todos los elementos monumentales que el visitante, tras algunos esfuerzos, puede contemplar en la que fuera capital de la Nueva España. Atrás quedaron algunos intentos laudatorios, como el llevado a cabo en 1982, cuando la estatua que se erigió en Coyoacán hubo de ser retirada ante las airadas protestas del ofendido vulgo chilango.
Si esta es la situación en México, al otro lado del charco, Atahualpa y Moctezuma cuentan desde el reinado de Fernando VI con sendas estatuas en la fachada del Palacio Real de Madrid. Integrados dentro del conjunto de reyes hispanos, su presencia responde a un deseo integrador de aquellos imperios doblegados por Cortés y Pizarro, cuyas gentes quedaron sujetas, en mayor o menor medida, a de las instituciones virreinales.
Pese a la práctica ausencia pública de elementos que remiten a la conquista, la capital mexicana conserva un vestigio relacionado con uno de los episodios más dramáticos de aquellos lejanos días: la Noche Triste, de la que conviene dar una pincelada. Después del regreso de Cortés desde la costa, a la que acudió para neutralizar a Pánfilo de Narváez, el metelinense encontró una ciudad alterada por la matanza del Templo Mayor, ordenada por Pedro de Alvarado. Con los españoles hostigados en el Palacio de Axayácatl, sin opción de mantenerse por más tiempo, Cortés decidió retirarse, salir de la ciudad aprovechando la noche. Antes de la huida se repartió el tesoro, que para algunos constituyó un verdadero lastre con el que se hundieron en las aguas lacustres. Se calcula que unos siete u ocho mil hombres, entre ellos, mil trescientos españoles y los hijos del fallecido Moctezuma, abandonaron el Palacio, amparados en la oscuridad del 30 de junio de 1520. Al frente de la columna, el capitán Magariño debía ocuparse de que un puente portátil sirviera para cruzar las cortaduras de la calzada de Tlacopan. Según se contó, una mujer, que había salido a buscar agua, dio la voz de alarma. Alertados por sus gritos, los guerreros mexicas se lanzaron sobre los españoles y sus aliados tlaxcaltecas. En el paso de Tecpantzinco, el puente quedó clavado en el fango. Muchos lograron cruzar, sin embargo, la retaguardia, en la que iban Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León, no lo consiguió. Masacrados por los mexicas, los cadáveres de los españoles y los de los indios amigos, colmataron la zanja abierta en la vía. Pisando los cuerpos sin vida de hombres y caballos, muchos soldados pudieron pasar. Alvarado, herido, lo hizo elevándose en un salto prodigioso e hiperbólico.
Cuando Cortés, ya a salvo, tuvo noticia de lo ocurrido a sus espaldas, se le saltaron las lágrimas. Francisco López de Gómara contó de este modo la congoja que atrapó al capitán bajo un frondoso ahuehuete, conocido como el árbol de la Noche Triste: «Cortés a esto se paró, y aun se sentó, y no a descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y que vivos quedaban, y pensar y decir el baque la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro, tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura presente, más temía la venidera, por estar todos heridos, por no saber adónde ir, y por no tener cierta la guardia y amistad en Tlaxcala; y ¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo, pompa y regocijo entrado habían?».
Medio milenio después, el árbol, desnudo de hojas, superviviente a los siglos y a los incendios, apoyado en un muro de tezontle y abrazado por una reja, sobrevive como testigo de una victoria que preludió el fin del Imperio que más caudal sanguíneo ofreció a Huitzilopochtli.
El regreso de Nuestro señor el desollado
