Nuestro hombre en la CIA - Iván Vélez - E-Book

Nuestro hombre en la CIA E-Book

Iván Vélez

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En la España de los años sesenta del siglo pasado, escritores e intelectuales de distintas procedencias convergieron bajos las siglas del Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC), entidad alentada por organizaciones estadounidenses dedicadas a la promoción cultural. En torno a este grupo tendrá lugar una serie de encuentros privados e iniciativas públicas culturales en las que se desarrollarán planteamientos críticos con el franquismo, aunque siempre al margen del influjo de la Unión Soviética. Medio siglo después, el federalismo y europeísmo propugnados por los miembros del comité español del CLC han configurado la estructura política y territorial de España y gozan de un acrítico prestigio entre amplios sectores de distinto sesgo ideológico y diferentes estratos económicos. Iván Vélez presenta en este minucioso ensayo, fruto de una tenaz labor investigadora, la génesis, el desarrollo y los principales protagonistas del comité español del CLC y sus iniciativas, así como sus fuentes de financiación que, a través de distintos vericuetos, nos conducen a la CIA y a su papel protagonista en la Guerra Fría cultural. Figura clave en este entramado es Pablo Martí Zaro, quien pronto pasó de los círculos estrictamente literarios a otros más politizados.

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Seitenzahl: 410

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Iván Vélez

Nuestro hombre en la CIA

Guerra Fría, antifranquismo y federalismo

Prólogo de Gustavo Bueno Sánchez

© El autor y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2020

© Imagen de cubierta: Florian Klauer - Unsplash

Agradecemos a Elena Martí Zaro por la cesión de las imágenes.

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 61

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN Epub: 978-84-1339-353-7

Depósito Legal: M-7136-2020

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

índice

Prólogo

Iván Vélez, desvelador de ignominias

Introducción

Acero tras las nubes-hongo

La filantropía fordiana

José Luis Sampedro. Un gimnasta de la libertad

Pablo Martí Zaro. La fe y las tablas

Pugnas orteguianas

Fastos machadianos

De la infiltración comunista a Lourmarin

Hacia el Comité español del CLC

El Contubernio de Múnich

El «affaire» Tierno

Josep Benet. La cruz y la señera

El contubernio de La Ametlla del Vallés

Hacia el nacionalfederalismo

Sociología y democracia

La CIA aparece en escena

Curas rojos, verdes dólares

Del PEN Español a Seminarios y Ediciones

Socialdemocracia y plurinacionalidad

Último acto

Epílogo

Bibliografía

Prólogo

Iván Vélez, desvelador de ignominias

Hace cinco años, el sábado 8 de noviembre de 2014, tres españoles y unos amigos mexicanos conmemoramos el 495 aniversario de la entrada protocolaria de Hernán Cortés en Tenochtitlán y su ceremonial primer encuentro con Moctezuma, visitando la iglesia donde se conservan los restos del conquistador, contigua al Hospital de Jesús Nazareno, por él fundado y en servicio ininterrumpido quinientos años después. La casualidad había querido que pudiera conmemorar aquella fecha por segunda vez en el mismo lugar. Nueve años antes, recién llegado a México y hojeando varios periódicos del día para ambientarme, reparé en una minúscula notita que convocaba a una «misa por el alma de Hernán Cortes» que había de celebrarse al día siguiente en la iglesia del Hospital de Jesús. Reparé en que esa iglesia estaba a menos de quinientos metros del NH Centro Histórico en el que me alojaba, y a las nueve de la mañana formaba entre la docena escasa de asistentes a tan curiosa ceremonia, el único ajeno a los organizadores. Otros pocos se sumaron, al terminar la misa, a la ceremonia civil ante el busto de Cortés, en el interior del Hospital de Jesús. Una semana después volvía a encontrarme con aquellas personas, ya acompañado por mi sorprendido amigo el ingeniero Ismael Carvallo, en la reunión a la que me habían invitado, en la que el ya muy anciano José Ignacio Vasconcelos Miranda, hijo de Vasconcelos, presentaba un texto suyo sobre la Virgen de Guadalupe y Extremadura, que su asistente hubo de terminar de leer, en un salón lleno de recuerdos patrióticos en las magníficas instalaciones del Real Club España de la Avenida de los Insurgentes.

Iván Vélez, Joaquín Robles y quien suscribe, invitados precisamente por el ingeniero y filósofo Ismael Carvallo, habíamos participado los tres días anteriores en el primer encuentro de materialismo filosófico de la ciudad de México, Horadadores de muros: narcotráfico, drogadicción, crimen organizado y el Estado (5-7 noviembre 2014), organizado por el Instituto Nacional de Ciencias Penales, vinculado a la Procuraduría General de la República. Las ceremonias en torno a Cortés a las que había asistido en 2005 ya no se celebraron en 2014. Y ni siquiera querían dejarnos entrar ese día en la iglesia, cerrada a cal y canto. Hubo que insistir mucho, y quizá porque vieron que habíamos llegado en coche oficial, decidieron avisar al párroco, que luego nos atendió muy amablemente: con él pudimos comentar ampliamente el renovado odio que se advertía contra Cortés. Nos conjuramos entonces contra la marginación de aquel hecho y el deterioro de la monumental inscripción en el frente del hospital que da a Pino Suárez, respecto de cuando la había fotografiado en 2005, inscripción en la que figuraban al mismo tamaño los nombres de Moctezuma y de Hernán Cortés, con lo sucedido y la fecha del acontecimiento (púdicamente sustituida ahora, cara al quinto centenario, por un colorido azulejo que representa lo sucedido sin leyenda alguna, y nada dice a quien ya no sepa). Iván Vélez, durante la minuciosa visita que a continuación hicimos al cerro del Tepeyac y a toda la sucesión de capillas, templos y basílicas que conforman el santuario de Guadalupe, emprendedor, diligente, ágil y ejecutivo como es, decidió que era más urgente que seguir reconstruyendo las actuaciones por España del Congreso por la Libertad de la Cultura, airear a Hernán Cortés y las manipulaciones en su contra de ideólogos, cuentistas e historiadores; otro momento de la leyenda negra y de la hispanofobia: además de numerosos artículos y otras intervenciones, Iván Vélez lleva publicados por ahora dos importantes libros relacionados: en 2016 El mito de Cortés. De héroe universal a icono de la leyenda negra (Ediciones Encuentro) y en 2019 La conquista de México. Una nueva España (La Esfera de los Libros).

Antes del prioritario y necesario bucle cortesiano mexicano recién esbozado, Iván Vélez ya estaba inmerso en las reliquias que han determinado los capítulos de este libro que el lector tiene entre sus manos, contempla con sus ojos o escucha por sus oídos. En noviembre de 2012, dos años antes de asistir a la convocatoria del INACIPE en México, se acercaba Iván Vélez hasta Alcalá de Henares, al archivo de la socialista Fundación Pablo Iglesias, para conocer un fondo documental inédito que acababa de ser allí depositado, y que todavía no estaba ni descrito ni catalogado. Pudo consultarlo y fotografiar unos miles de páginas gracias a que iba en nombre de la familia, pues había sido Elena Martí Zaro quien, solo un par de días antes de la primera visita, me había informado de la existencia de tales documentos. Puede interesar conocer cómo llegamos a ese momento.

En el verano de 1997 estaba preparando un informe sobre «Historiografía del krausismo y pensamiento español», inducido por el jesuita Enrique Menéndez Ureña, para un seminario sobre el krausismo que le habían encomendado dirigir, y que se celebró en octubre de ese año en la Residencia de Estudiantes. Ureña había desvelado diez años antes el «fraude» de Julián Sanz del Río (antecedente de plagios académicos hoy tan frecuentes y tolerados por la universidad corrompida). Condenado a la ley del silencio por el aparato académico socialdemócrata, había comenzado en 1990 a publicar en El Basilisco, y al año siguiente culminó su monumental biografía, Krause, educador de la Humanidad. Una biografía que fue ignorada de manera vergonzosa, y que solo fue presentada en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo, con presencia de Ureña y de Pedro Álvarez Lázaro, por Gustavo Bueno y el decano de Filosofía, José Manuel Fernández Cepedal. Quienes ninguneaban a Ureña desde sus influyentes posiciones y le descalificaban en privado de mendaz y reaccionario, después lo hemos sabido, estaban bien implicados en las tramas que desvela Iván Vélez en este libro; un entorno que, en el sector histórico filosófico gremial, estaba entonces vinculado al Instituto Fe y Secularidad, gestionado también por jesuitas, pero «progresistas» y cercanos al PSOE.

Me llamó entonces la atención que dos significados militantes del PSOE, Rodolfo Llopis y Luis Araquistain, fuesen autores de sendos artículos sobre el krausismo publicados en 1954 y en 1960, este póstumo, por los Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura. Los mencioné y situé, pero no tuve ocasión entonces de consultar publicación de nombre tan curioso.

Diez años después mi amigo el librero anticuario José Manuel Valdés me facilitó un lote de números de Cuadernos del CLC, y en agosto de 2009 abrimos página en el sitio Filosofía en español a esa revista, dejando disponibles en Internet unos cuantos textos en ella publicados. En agosto de 2010 recuperamos en ese sitio El peligro yanqui, crónica del viaje realizado por Araquistain en 1919, como delegado de la UGT, a la Conferencia del Trabajo de Washington, aparecido como librito en 1921, cuando su autor, favorable entonces a la revolución soviética y a la figura de Lenin, abandonaba su militancia en el PSOE, a la que volvería con resabios trotskistas cuando la República.

El manipulador relato excretado con ocasión del cincuentenario del IV Congreso del Movimiento Europeo (Múnich, 5-8 junio 1962), obligaba a profundizar, como reacción a tanta babosería europeísta, en la institución que había impulsado aquel contubernio, y así en septiembre de 2012 se abrían páginas en Filosofía en español al «Congreso por la Libertad de la Cultura», a Ignacio Iglesias, a Julián Gorkin, &c. La revisión entonces de los volúmenes publicados por la Colección «Hora H» (1970-1976), que tenía almacenados desde hacía treinta años, cuando se saldó en la Cuesta de Moyano, desveló el protagonismo que ahí había tenido Pablo Martí Zaro, un personaje interesantísimo e innoblemente olvidado por quienes se aprovecharon bien de su activismo y sus haceres.

Buscando sobre Martí Zaro enseguida apareció una hija suya, la pintora Elena Martí Zaro: en una misma semana de noviembre de 2012 hablamos con ella por teléfono, nos completó noticias sobre su padre, informó sobre los documentos que Jacqueline Chartraire, segunda esposa y viuda de Pablo Martí Zaro, acababa de depositar en la Fundación Pablo Iglesias, y conoció a Iván Vélez, quien se hizo cargo del grueso de una investigación que había de desvelar realidades olvidadas y ocultadas, sin las que no se puede entender el transcurrir ideológico político de España durante las tres décadas finales de la Guerra Fría (1960-1990), con la pautada «transición», mediado ese periodo, tras la muerte del general Franco, y tampoco lo que viene sucediendo en las tres décadas siguientes de europeísmo pleno, con la eclosión, mediado ese periodo, treinta años después de la legalización del PSOE, de lo que Bueno en 2006 rotuló Zapatero y el Pensamiento Alicia.

En los primeros meses de 2013 Iván Vélez fue recopilando y procesando los papeles de Martí Zaro, mientras realizaba prudentes entrevistas bien significativas (varias de ellas disponibles desde entonces en nodulotv): Amando de Miguel (17 enero), Juan Velarde Fuertes (30 enero), Ramón Tamames (7 febrero), Pío Moa (11 febrero), Fernando González Olivares (14 febrero), Manuel Penella (11 marzo), Enrique Múgica (25 marzo), Pablo Castellano (19 mayo), Raúl Morodo (30 septiembre), Francisco Gracia Guillén, Evaristo Olcina, &c.; y pronto comenzó a ofrecer análisis particulares, piezas necesarias para ir entendiendo una realidad bien enmarañada: «Beiras, un español enfermo» (EC 138:9), «El oculto profesor Tierno» (EC 139:9), «Un Chueca Goitia menos castizo» (EC 140:9), «Josep Benet, entre la cruz y la señera» (EC 141:1), «Cultura sin libertad. Las otras vías fordianas» (EC 144:3), «José Luis Sampedro. Un gimnasta de la libertad» (EC 145:3), «El contubernio de La Ametlla» (EC 148:3), «Carlos María Bru, una pasión europeísta» (EC 152:3), & c.

En junio de 2014 quedaron editadas en el sitio Filosofía en español sus transcripciones de todos los documentos mecanografiados y manuscritos, conservados por Martí Zaro, del «Coloquio Cataluña-Castilla», celebrado en La Ametlla del Vallés, en casa de Félix Millet Maristany, los días 5-6 de diciembre de 1964: «Cincuenta años después, desbocados del todo los planes de un secesionismo catalán largamente incubado, tiene el mayor interés poder leer aquí y ahora esos documentos, que muestran con claridad las posiciones político ideológicas que durante el franquismo mantenían quienes formaron tal grupo de autodenominados intelectuales, entre quienes aparecen quienes habían de ser importantes fautores del catalanismo separatista, bien arropados, con todos los recelos, ingenuidades o complicidades que se quiera, por socialdemócratas, liberales, federalistas, cristianos, más o menos divergentes del Gobierno, aunque todos ellos tan anticomunistas, por supuesto, como el general Franco».

Iván Vélez no es un cuentacuentos al servicio de alguna región, Estado, iglesia o partido. Tampoco es un historiador mercenario al servicio de alguna región, Estado, iglesia o partido. Ni siquiera es profesor de universidad, instituto o colegio, sujeto a programas, directrices, inspectores, acreditaciones, idearios, revisiones, carreras académicas o presiones gremiales. Es un arquitecto que ejerce libremente su profesión y que como español comprometido con su nación y con el pasado imperial de su patria, que le hace formar parte de la hispanidad, procura entender de la mejor manera posible el estado del mundo y la realidad que le circunda, en un presente en marcha determinado por el pasado y codeterminado por los presentes en marcha de las demás realidades políticas globales que pugnan por mantener el bienestar de sus propias poblaciones en un planeta cada vez más esquilmado.

Y como todavía nuestros gobiernos no han logrado imponer del todo el relato oficial indiscutible de una dogmática memoria histórica democrática, Iván Vélez se puede permitir el lujo de ir desvelando ignominias pretéritas y presentes, que los más adoctrinados e imbéciles despreciarán, pero que podrán servir a otros para enfrentar y resistir la estupidez envolvente.

Hace setenta años Sydney Hook señaló el camino: «Dadme cien millones de dólares y mil personas entregadas a su trabajo…». Hoy millones de euros dirigen a miles de becarios por los pautados cauces del Ministerio de la Verdad. Ignorarán este libro y se creerán libres y no manipulados.

Gustavo Bueno Sánchez

Niembro, 8 de noviembre de 2019

Introducción

Hasta noviembre de 2012, Pablo Martí Zaro, al igual que muchos de los nombres que aparecen en la presente obra, era para mí un perfecto desconocido. Fue Gustavo Bueno Sánchez, autor del prólogo de esta obra, quien me reveló la existencia de un personaje que ha servido como guía para el trabajo que ahora ve la luz. Queda pendiente la escritura de la biografía de quien pasó de la dramaturgia a algunos de los despachos más importantes de la guerra fría cultural que se desencadenó después de la II Guerra Mundial, si bien su meticulosa y ordenada labor ha permitido la reconstrucción de las actividades impulsadas por el Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura.

Los hechos narrados en esta obra no explican en su totalidad la transformación ideológica vivida en la España que sucedió al final de la Guerra Civil. Muchas y muy diversas fueron las corrientes, los colectivos y los objetivos que, a modo de vectores orientados de diferente modo, construyeron el polígono de fuerzas cuya resultante fue una democracia coronada que, como el actual panorama político demuestra, deja la puerta abierta a la reconfiguración de España como un Estado federal e incluso a la secesión de algunos de sus territorios. A esta calculada indefinición territorial, ha de sumarse el ferviente europeísmo que ha caracterizado a la España posterior a la Transición. Más de cuatro décadas después de la entrada en vigor de la Constitución de 1978, a cuya redacción contribuyeron algunos de los personajes de los que hablaremos en adelante, es oportuno ahondar en los colectivos antifranquistas que llevaron a cabo la transformación, que no ruptura, de la España franquista en la actual. Grupos que fraguaron en torno a intereses literarios, religiosos e ideológicos que pronto llamaron la atención de unos Estados Unidos que trataron de hacer de Europa un frente anticomunista y capitalista constituido por naciones democráticas. En aquel contexto, la anómala España, no democrática pero sí opuesta oficialmente a la Unión Soviética, fue objeto de las actividades de determinadas instituciones norteamericanas ligadas a la esfera cultural.

Para llevar a cabo nuestro trabajo hemos contado fundamentalmente con la documentación depositada, sin catalogar durante el tiempo en que la consulté —finales de 2012 y principios de 2013—, en la Fundación Pablo Iglesias. Todo ese material se cita como Fondo Martí Zaro. Quiero también agradecer a Elena Martí Zaro su generosa colaboración. Asimismo, he de expresar mi gratitud a todos aquellos que me concedieron entrevistas muy útiles para conocer mejor los tiempos en que se desarrollaron los hechos narrados: Amando de Miguel, Juan Velarde, Enrique Múgica, Jacqueline Chartraire, Raúl Morodo, Ramón Tamames, Pablo Castellanos, Fernando González Olivares, Evaristo Olcina, Manuel Penella y Pío Moa. Gratitud que hago extensiva a Carlos Madrid, por sus críticas al rudimentario manuscrito que en su momento puse en sus manos.

Acero tras las nubes-hongo

Los primeros días de agosto de 1945, las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki vieron brotar de su suelo dos nubes-hongo producidas por el bombardeo de la aviación norteamericana. El ataque, ordenado por el presidente Harry Truman, se considera el punto final de la II Guerra Mundial. Aunque aquellas explosiones mantienen toda su fuerza, la victoria sobre la Alemania nazi, principal actor de la guerra, se debió fundamentalmente a la acción de la URSS y al genio militar de hombres como el mariscal soviético Zhúkov, vencedor de las batallas de Moscú, Stalingrado, Leningrado y Kursk, bajo cuyo mando cayó el Berlín hitleriano. Ambas acciones bélicas han dejado emblemáticas imágenes, si bien, las de las bombas Little Boy y Fat Man, arraigaron con mayor fuerza iconográfica que la de la toma del Reichstag. En cualquier caso, las detonaciones supusieron también el fin de la coyuntural alianza que unía a la URSS con los Estados Unidos. Daba comienzo la Guerra Fría sobre un terreno, si no yermo políticamente, tan suficientemente devastado como para que las promesas de bienestar, más allá de su origen, calaran hondo entre una población europea aterrorizada por lo vivido entre 1940 y 1945. En este contexto, los Estados Unidos pusieron en marcha el Plan Marshall, que se comenzó a fraguar en 1947 y se extendió hasta 1952. El ofrecimiento de incorporación a las tareas de reconstrucción de Europa propuesto por los norteamericanos a la URSS, que envió sus representantes a la conferencia celebrada en París en el verano de 1947, supuso, de hecho, una invitación a la renuncia. El Plan tenía entre sus principales objetivos el levantamiento de un dique anticomunista que sirviera para implantar un conjunto de democracias propicias para el establecimiento de un mercado menos regulado que el que funcionaba tras los Urales. Como es sabido, España, carente de un sistema político homologado con el estadounidense y todavía lastrada por su colaboración con el Eje, se quedó fuera de tal Plan.

La evidencia del poderío nuclear yanqui hizo que la Unión Soviética apostara por una política de sesgo pacifista que trataba de neutralizar tan devastadora amenaza. En ese contexto, en marzo de 1949 se organizó en Nueva York la Conferencia Cultural y Científica por la Paz Mundial, impulsada por la Kominform, acrónimo de Oficina de Información Comunista. Tras esta Conferencia, en la que los Estados Unidos trataron de tener presencia gracias al concurso de ex comunistas infiltrados, nació el Movimiento Internacional de Partidarios de la Paz1, que celebró un Congreso en París en abril de 1949. Un año después, en marzo de 1950, el Movimiento lanzó el Llamamiento de Estocolmo contra el empleo de la bomba atómica, que obtuvo el respaldo de más de 500 millones de personas de todo el mundo. En febrero de 1951, al Llamamiento le siguió el Movimiento de Partidarios de la Paz, del que surgió la iniciativa de la firma del Pacto de la Paz entre las cinco grandes potencias: EEUU, URSS, China, Gran Bretaña y Francia. Dicha organización subvencionó la celebración de los centenarios de Víctor Hugo, Leonardo Da Vinci, Gogol y Avicena. Entre quienes se adhirieron al mismo, hemos de destacar a: Neruda, Picasso, Diego Rivera, Matisse, Shostakovich, Einstein o Chaplin. Por lo que respecta a España, el PCE de Dolores Ibarruri se sumó a la iniciativa, aprovechando la ocasión para denunciar el entreguismo de Franco —a quien calificaron de «traidor»— en relación a los americanos, quienes ya habían puesto sus ojos en nuestro país para la instalación de unas bases aéreas militares que llegaron en 1953. A la iniciativa de La Pasionaria se adhirieron personalidades como: José Giral, José Bergamín, Rafael Alberti, León Felipe, Moreno Villa, Alejandro Casona, Wenceslao Roces y Luis Buñuel.

La estrategia pacifista del bloque soviético no fue obstáculo para que en el plano tecnológico la URSS siguiera trabajando para equipararse armamentísticamente con los Estados Unidos. Así, en agosto 1949, la Unión Soviética detonó en Kazajistán su primera bomba atómica, que recibió el nombre de RDS-1. Paralelamente a estas pruebas, dio comienzo la carrera espacial, en la cual cobró inicial ventaja la URSS. La reacción de los Estados Unidos no se hizo esperar. En 1948 comenzó un programa propagandístico que trataba de neutralizar la ofensiva soviética. Tras el nacimiento de la Kominform en 1947, se fundó la CIA (Central Intelligence Agency), a la que se sumaron, el proyecto Voice of America y la USIA (United States Information Agency) como réplica a la URSS en el terreno de la propaganda y el espionaje. La metodología estadounidense trataba de alejarse del dirigismo estatal, al menos en apariencia. Para ello, el 18 de junio de 1948 se aprobó la directiva National Security Council Directive 10/2, que dio soporte a la Oficina de Coordinación de Políticas, cuyo objetivo era la «actividad clandestina con el fin de influir en Gobiernos extranjeros, acontecimientos, organizaciones o personas en apoyo a la política exterior de Estados Unidos, de forma que no se advierta la participación de Estados Unidos»2.

En aquel contexto nuclear, dos expresiones alcanzaron gran popularidad. En cuanto a la primera de ellas, «Telón de Acero», todo parece indicar que su origen se localiza en el revolucionario año de 1917. Fue en esa fecha cuando el escritor ruso Vasili Rozanov escribió, en relación con la Revolución de Octubre: «Con un ruido, un chasquido y un gruñido, un telón de acero ha descendido sobre la historia rusa. La representación ha concluido. Los espectadores se han levantado de sus butacas. Ha llegado la hora de que la gente se ponga los abrigos y se marche a sus hogares pero miran a su alrededor y ya no hay ni abrigos ni casas». Joseph Goebbels hizo uso del término en 1945: «Si los alemanes bajan sus armas, los soviéticos, de acuerdo con el arreglo al que han llegado Roosevelt, Churchill y Stalin, ocuparán todo el Este y el Sudeste de Europa, así como gran parte del Reich. Una cortina de acero caerá sobre este enorme territorio controlado por la Unión Soviética». En 1946 Winston Churchill empleó la expresión en el curso de una conferencia pronunciada en Fulton, Missouri: «Desde Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático, se extendía un telón de acero que dividía en dos el continente». Por su parte, la fórmula «Guerra Fría» ha sido atribuida al financiero y consejero presidencial estadounidense Bernard Baruch, quien el 16 de abril de 1947 dio un discurso en el que dijo: «No nos engañemos: estamos inmersos en una guerra fría». La expresión fue popularizada por el columnista Walter Lippmann gracias a la edición, ese mismo año, de un libro titulado precisamente, Guerra Fría. Sobre este frío fondo se recortaron las siluetas de algunos de los hombres más relevantes que operaron dentro de la guerra cultural que se sostuvo en paralelo al pulso bélico de la época. Como común denominador de gran parte de los integrantes de este colectivo, hemos de señalar que, en muchos casos, se trataba de individuos que habían renunciado a sus convicciones marxistas o directamente comunistas para, una vez despojados de tal equipaje, tomar el camino del exilio en pos de las tierras que se reclamaban detentadoras de la verdadera libertad.

Dos años después de que el rótulo «Guerra Fría» comenzase a rodar, entre los días 25 y 27 de marzo de 1949, se celebró en Nueva York la Conferencia Cultural y Científica por la Paz Mundial de la que ya hemos hablado. La sede escogida fue el lujoso y céntrico Hotel Waldorf-Astoria. El alcance de la ofensiva soviética no pasó inadvertido para las autoridades estadounidenses, que trataron de boicotearla infiltrando a elementos como el ideólogo Sydney Hook, que en 1927 había colaborado en la edición en inglés de Materialismo y empiriocriticismo y que en 1950 se afincó en Berlín.

Era preciso dar la réplica a la inciativa soviética o, por mejor decir, seguir dándola en el plano artístico, pues durante el mandato de Roosevelt se había desarrollado el Proyecto Federal de las Artes. El apoyo financiero estatal también trató de frenar las veleidades ideológicas, comunistas en definitiva, de algunos de los artistas emergentes que, como Jackson Pollock, tuvieron conexiones con el muralismo mexicano de trasfondo marxista. En estas labores depuratorias se empleó el Comité de Actividades Antiamericanas, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. El nuevo estilo, el expresionismo abstracto, prescindía de las formas figurativas y se alejaba del realismo soviético, pero también del ya vencido nazismo3. A estos factores se sumaba su genuino carácter estadounidense. La subvención y la depuración hicieron una primera criba de la que se libró el rudo, errático y alcohólico Pollock, principal usuario de una técnica tan arbitraria y gestual como el goteo de pintura sobre un lienzo estirado sobre el suelo. Lo que se buscaba era contraprogramar a los soviéticos, dejando de lado los cánones, impulsando a un arte de borrosas intenciones que, aparentemente, no estaba financiado por el Estado, sino que se nutría de los desinteresados y altruistas fondos que un conjunto de fundaciones privadas, crecidas al calor del esplendor capitalista, donaban a los artistas. El MoMA y la familia Rockefeller fueron piezas clave en el despliegue de esa estrategia, pues fue en el museo diseñado por Frank Lloyd Wrigth donde se produjo la puesta de largo de este grupo de pintores. No en vano, Nelson Rockefeller, vinculado a la CIA y asesor de Eisenhower, apostó por el expresionismo abstracto, una vez liberado de su fugaz relación con el pintor Diego Rivera, quien en 1933 había incluido, en un mural encargado por el potentado norteamericano, posteriormente destruido, nada menos que el rostro de Lenin. La cálida acogida que los expresionistas abstractos tuvieron en el MoMA tuvo continuidad en otro museo neoyorkino: el Whitney, cuya directiva también estaba relacionada con la poderosa Agencia de Inteligencia. Otras fundaciones como la Fairfield o la Ford, sirvieron para dispensar becas a artistas extranjeros y financiar giras europeas. A todo ello hemos de sumar el apoyo de medios de comunicación —señaladamente la revista Life— y la influencia de determinados críticos de arte que contribuyeron a la consolidación de la llamada Escuela de Nueva York.

Aunque el fortalecimiento de un estilo netamente norteamericano era importante, lo urgente era responder a la conferencia del Waldorf-Astoria. La ciudad escogida a tal efecto fue Berlín. En plena oleada macartista, entre el 26 y el 30 de junio de 1950, en el Palacio Titania se hizo público el Manifiesto a los hombres libres, texto que sirvió para presentar al mundo el Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC)4. El manifiesto, leído en sesión pública en el parque Funkturm por Arthur Koestler, estaba dividido en catorce puntos que enfatizaban el valor de la libertad de opinión. En él, la expresión «Estado totalitario» aparecía varias veces, en velada crítica a la Unión Soviética y sus naciones satélites. Por otro lado, la insistencia en el uso del término «libertad» estaba plenamente justificada no solo por su dimensión propagandística, sino porque una de las características fundamentales de todo el entramado que orbitó alrededor del Congreso, era un formalismo neopositivista tan distante del sistematismo del Diamat soviético como del que caracterizaba a la teología escolástica católica, tan implantada en España como en Hispanoamérica.

Como presidentes de honor del Congreso figuraban hombres de prestigio como: Benedetto Croce, Jacques Maritain, Karl Jaspers, John Dewey, Bertrand Russell y Salvador de Madariaga5, junto a los cuales se concitaban los apoyos de otras relevantes personalidades: Raymond Aron, John Dos Passos, André Gide, André Malraux, Arthur Koestler o Denis de Rougemont6, estos dos últimos integrados en el Comité ejecutivo. En cuanto a su estructura, el Congreso por la Libertad de la Cultura contó con numerosos comités nacionales y una veintena de revistas, entre las que destacaba Encounter, a través de las cuales daba difusión a una ideología anticomunista. Dos fueron los españoles invitados a asistir a las sesiones del Titania: Carmen de Gurtubay y Alberto de Onaindía. La primera de ellas, Carmen de Gurtubay Alzola, hija de la I marquesa de Yurreta y Gamboa, estaba al servicio de Manuel de Irujo, ministro de la República española en el exilio y dirigente del Partido Nacionalista Vasco. La aristócrata tenía también una estrecha relación con Tom Braden, secretario ejecutivo del Comité Americano por una Europa Unida y jefe de la Oficina de Coordinación Política de la CIA que, en una carta fechada el 4 de octubre de 1950, le propuso organizar y financiar una gira de Salvador de Madariaga por los Estados Unidos7. Por su parte, el clérigo católico Alberto de Onaindía Zuloaga, formado por los jesuitas de Durango, ya había exhibido su activismo nacionalista vasco en los días de la II República. En agosto de 1937, jugó un importante papel en la cristalización del pacto de Santoña. Ya exiliado, trabajó para los británicos desde la BBC bajo el nombre de James Masterton, experiencia que le sirvió para pasar a la Francia liberada, donde predicó semanalmente en español desde Radio París, esta vez como Sacerdote doctor Olaso. Al igual que Gurtubay, Onaindía se mantuvo en la órbita del PNV, cerca del lehendakari José Antonio Aguirre.

Los actos del Titania no pasaron inadvertidos para la prensa española. Prueba de ello es el hecho de que el 17 de junio de 1950, La Vanguardia Española incluyó estas líneas de agencia en su séptima página, en la que nada se dice de los participantes españoles:

Próximo «Congreso de libertad cultural» en los sectores occidentales

Berlín, 16. Del 26 al 30 de este mes se celebrará en Berlín un Congreso de libertad cultural organizado para «discutir y valorar el desafío lanzado a la libertad cultural de Occidente». Asistirán delegados de Alemania, Bélgica, Holanda, países escandinavos, Francia, Gran Bretaña, Suiza, Italia, Austria y los Estados Unidos, y entre los de esta nación figurarán David Lilienthal, presidente que fue de la Comisión de energía atómica norteamericana y el actor Robert Montgomery. EFE.

Dentro de la nueva situación geopolítica abierta tras el final de la II Guerra Mundial, España constituía un caso particular. El autoritarismo del régimen franquista exhibía un feroz anticomunismo, característica que no pasó inadvertida para los norteamericanos. Prueba de ello es el hecho de que el 4 de abril de 1949, coincidiendo con el décimo aniversario del final de la Guerra Civil, la revista Life dedicó a España trece páginas que, ilustradas por fotos de Dimitri Kessel, sirvieron para iluminar un texto en el que se afirmaba que algunos militares y ciertos grupos de políticos y diplomáticos conservadores y liberales, deseaban que España diera un giro atlantista. Los anhelos de estos grupos chocaban, no obstante, con la hostilidad que hacia Franco existía en el nuevo contexto europeo. Sobre ese trasfondo político, el informe, no exento de pintoresquismo, se abrió con la imagen de dos guardias civiles con capa y mosquetón, colocados en las cunetas de una larga y desierta carretera. Tratándose de España, la efigie del cardenal y arzobispo primado de Toledo, Enrique Pla y Deniel, el hombre que sancionó como «Cruzada» la acción del bando franquista, se hacía inexcusable, del mismo modo que la de un campesino, Celestino Gómez, capaz de enfrentarse a la dureza de la tierra castellana. En el paseo por España no podía faltar la vista, evocadora de la obra de El Greco, de la ciudad de Toledo, ni la de los emblemáticos olivares andaluces. Tampoco otra que con el tiempo se hizo familiar: Franco de cacería. Como contrapeso a la escena cinegética, Life lanzaba una mirada sobre los últimos focos guerrilleros, localizados en los Pirineos por los que se adentró el maquis. La guerra seguía marcando la actualidad española, razón suficiente como para incorporar al reportaje al general Juan Vigón, pero también a los presos políticos que penaban en la Cárcel Modelo de Barcelona, a la que pronto acompañaría la de Carabanchel. Era necesario, no obstante, mantener las formas con respecto al poder efectivo, por lo que Raimundo Fernández Cuesta, ministro de Justicia, también fue retratado, al igual que ocurrió con el banquero Juan March, figura clave en el Alzamiento, y con el alcalde de Bilbao, Joaquín de Zuazagoitia. En el número de Life también apareció el influyente obispo de Málaga, Ángel Herrera Oria, pero, sin duda, la personalidad que destacó en aquella pieza periodística fue la del príncipe Juan Carlos Bourbon y Bourbon (sic), que en 1957 protagonizó otra portada en la que se afirmaba que era el candidato de Franco al trono de España.

A la España representada de este modo por Life, comenzaron a llegar desde los Estados Unidos de Norteamérica, una serie de proyectos diplomáticos, militares, económicos, pero también culturales. A estos últimos hemos dedicado el trabajo que el lector tiene entre sus manos.

La filantropía fordiana

Las vías por las cuales se fueron estableciendo lazos entre los Estados Unidos y España son diversas. En relación a los colectivos en los que se centra esta obra, es destacable la temprana labor del padre José Antonio de Sobrino S. J., que desde finales de 1947 hasta enero de 1953 ofició como docente en la Universidad de Georgetown y en la Universidad Católica de Washington. En esta última ciudad actuó como delegado de becarios de la embajada española. Entre los beneficiarios de estas ayudas, que Sobrino reveló en su libro, Índice de intelectuales españoles en Estados Unidos, 1946-1952, figuraron algunos de los hombres que protagonizan esta obra.

Dentro de la estrategia cultural norteamericana jugó un papel crucial la Fundación Ford, que mantuvo una estrecha relación con el Banco Urquijo, verdadera plataforma del liberalismo económico que se abrió paso durante el franquismo, especialmente a partir de 1959, después de la aprobación del Plan Nacional de Estabilización Económica. Un plan que franqueó las puertas del poder a los tecnócratas católicos adscritos al Opus Dei, encarnados en figuras como Laureano López Rodó o Rafael Calvo Serer, autor en 1958 de La fuerza creadora de la libertad. Los hechos que vamos a narrar tuvieron lugar alrededor del cierre del período comúnmente denominado «autárquico», tiempo que finalizó con la aprobación, el 21 de julio de 1959, del plan mentado, que sirvió para atraer inversiones extranjeras en un contexto en el que la homologación económica e internacional de España vino refrendada por la entrada en el Fondo Monetario Internacional, la Organización Europea para la Cooperación Económica y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento. Si todo esto ocurría en el ámbito oficial, dentro del mundo empresarial privado, refractario al intervencionismo estatal, se produjeron también importantes novedades.

Para acometer la reconstrucción de la Sociedad de Estudios y Publicaciones (SEP), protagonista de este capítulo, hemos de regresar a la inmediata posguerra. En ella creció la figura de Juan Lladó y Sánchez-Blanco8, banquero liberal y católico fundador de la revista Cruz y raya. Revista de afirmación y negación, dirigida por José Bergamín, con Eugenio Imaz como secretario9. Lladó participó en la redacción de la Constitución de 1931, lo que no impidió que una vez reinsertado en la España franquista, después de permanecer encarcelado durante poco más de un año por el delito de auxilio a la rebelión fundara, en 1942, bajo los auspicios del Banco Urquijo, la revista Moneda y Crédito. Por su parte, el Banco Urquijo se había renovado en 1944 tras el acuerdo entre los marqueses de Aledo y Urquijo y Andrés Moreno, hombre del Banco Hispano Americano. Sustentada en la nueva estructura, en 1947 se fundó la Sociedad de Estudios y Publicaciones, sociedad anónima con sede en la Casa de las Siete Chimeneas, edificio que sería restaurado en 1958 por el arquitecto Fernando Chueca Goitia. La idea fue madurando en discretas reuniones celebradas en el domicilio de Zubiri. Ha de recordarse que Xavier Zubiri Apalategui había sido separado de su cátedra durante la II República a instancias del ministro de Instrucción Pública, el comunista Jesús Hernández Tomás, que organizó una comisión a tal efecto en la que estaba encuadrado José Gaos. Terminada la Guerra Civil, Gaos sufrió en sus carnes la depuración franquista. Por lo que respecta a Zubiri, secularizado y casado con Carmen Castro, hija de Américo Castro, su adhesión al bando franquista quedó sellada por medio de una carta fechada en París en enero de 1937. Terminada la guerra, regresó a España en el verano de 1939 para retomar la docencia en Barcelona en 1942, antes de establecerse de nuevo en Madrid. La fundación de la editorial, que remuneraba generosamente a sus autores, promovió estudios históricos y musicales, pero también la publicación, en 1948, del libro del historiador y ex miembro de la CEDA, Jesús Pabón, Zarismo y bolchevismo, obra que sintonizaba con el ambiente de la época.

Un año más tarde, al otro lado del Atlántico se dieron una serie de movimientos que acabaron confluyendo con la iniciativa del Banco Urquijo. En julio de 1949, el Aspen Institute de Colorado convocó, con un presupuesto de 250.000 dólares, unos encuentros en los que se conmemoraba el bicentenario del nacimiento de Goethe. Al cónclave asistió José Ortega y Gasset10. Fue allí donde entró en contacto con el puertorriqueño Jaime Benítez Rexach, doctorado en Chicago con la obra del filósofo madrileño como referente y rector, desde 1942, de la Universidad de Río Piedras, que contó con el apoyo económico de la Fundación Rockefeller. Al conocer las posibilidades que la financiación americana ofrecía, Ortega acarició la idea de constituir un Instituto de Humanidades en Alemania Occidental similar al fundado en Madrid en 1948 junto a Marías tras su regreso a España. Una carta dirigida a este y enviada desde Múnich el día 23 de febrero de 1952, así lo certifica:

Hubo un momento en que pensé que podría hacerse aquí, financiado por la Ford Foundation, el Instituto de Humanidades. Heidegger quería venir a trabajar en él y así porción de gente de archiprimer orden.

He dado algunos pasos en este sentido para ver si en principio podría contarse con la antedicha financiación11.

En el tramo final de su vida, Ortega seguía cultivando una germanofilia de la que el régimen franquista se había distanciado una década antes. En efecto, hasta 1942, año en el que comenzó el viraje aliadófilo, el núcleo duro del franquismo mostró abiertamente su afección a la Alemania hitleriana. Prueba de ello fue la celebración de la Exposición del Libro Alemán en Madrid en noviembre de 1940, muestra que también viajó al Paraninfo de la Universidad de Barcelona. A la puesta en marcha de la Asociación Hispano-Germana y a las actividades organizadas por el Instituto de Cultura Alemán, con sedes en Madrid y Barcelona, se sumó la Exposición de Arquitectura alemana que acogió en el palacio de exposiciones de El Retiro en 1942, año en el cual comenzó a empañarse la figura Ramón Serrano Suñer. En 1943, el Ministerio de Educación canceló las becas para estudiantes que tenían como destino Alemania e Italia.

Mientras todo esto ocurría, en determinados ambientes católicos españoles cristalizaron grupos con intereses y dificultades comunes. En esa atmósfera encontramos a Julián Marías quien, tras ver suspendida su tesis doctoral dirigida por Zubiri, se abrió paso en los ambientes aludidos y pudo asistir en 1949 a la Semana de los Intelectuales Católicos de París12. Doctorado finalmente en 1951, durante las Conversaciones Católicas celebradas en Gredos, José Antonio Muñoz Rojas le encargó un libro: La estructura social (Teoría y método), que se publicó en 1954 con la colaboración de la Fundación Ford13. La ayuda americana también vino de la mano de la «Colección Estados Unidos», desarrollada entre 1954 y 1958, a la que Marías contribuyó con Universidad y sociedad en Estados Unidos (Madrid, 1954). La colección, impulsada por la administración de Eisenhower y financiada por la USIS (United States Information Service), trataba de ganarse las simpatías de estratos sociales y profesionales muy concretos. Ese mismo año, Marías intervino en un ciclo de conferencias, La filosofía actual, celebrado en el Instituto Internacional. El Instituto era de propiedad americana, lo cual explica que, tras recibir una invitación para el IV Centenario de la fundación de la Universidad de San Marcos de Lima, don Julián fuera abordado por una ciudadana norteamericana. Démosle la palabra al discípulo de Ortega:

Al acabar una de mis conferencias, se me acercó una señora americana, la profesora Edith Helman, inteligente hispanista de Simmons College, junto a Boston, especializada en el siglo XVIII (Jovellanos, Goya, Cadalso, Moratín), que había asistido a mis cursos del Instituto de Humanidades. Me preguntó si me interesaría enseñar un curso, como profesor visitante, en Wellesley College, en el puesto de Jorge Guillén, que iba a estar ausente en California14.

Un año después de esa conversación, Ortega volvió a ser invitado por la Fundación Ford. En esta ocasión se trataba de un debate organizado en Londres en el que estuvieron presentes los físicos Niels Bohr y Werner Heisenberg, del que quedó el documento: «Apuntes sobre una educación para el futuro».

En cuanto a Marías, la oferta que le hizo Helman no cayó en el vacío, pues en septiembre de 1951 acudió a la Wellesley College. A esta estancia hemos de sumar las que tuvieron lugar entre enero y junio de 1955, como profesor visitante de la Universidad de California, y la que en 1956 le llevó a la Universidad de Yale, donde acudió invitado por Benítez, auspiciada por la Fundación Rockefeller. Allí conoció a Waldemar Nielsen, agente de la CIA y director de Recursos Humanos de la Fundación Ford15. Establecidos esos nexos, Marías presentó a la Fundación Ford el proyecto del Instituto de Humanidades, que acabó llamándose Seminario de Estudio de Humanidades. La plataforma que constituía la SEP era idónea, pues al tratarse de una sociedad anónima escapaba del control que las leyes del momento ejercían sobre las fundaciones16. A ese Seminario le acompañó el de Investigación Económica, dirigido por José Luis Sampedro. En él se integró Ramón Trías Fargas, becado por la SEP en 1955 y autor, en 1960, de Balanza de pagos interior. En este Seminario también participó Ramón Tamames, que en 1960 publicó, gracias a la SEP, su exitosa Estructura Económica de España.

A los personajes ya aludidos hemos de sumar la figura del poeta malagueño José Antonio Muñoz Rojas, que había ingresado en el Banco Urquijo en 1952, cuyo quehacer fue esencial para el desarrollo de los nuevos seminarios arropados por la Fundación Ford. Tan importante como delicada colaboración precisaba de un mutuo control. Ello propició que en agosto de 1960 John McCloy, presidente del Banco Mundial entre 1947 y 1949, miembro del consejo de administración del Chase Manhattan Bank —propiedad de la familia Rockefeller— en 1953 y de la Fundación Ford desde 195817, visitara España para supervisar el proyecto. Se trataba de comprobar que los fines eran los previstos, que la SEP no tenía objetivos políticos divergentes y que los fondos no se empleaban en menesteres distintos a los previstos. Poco después Muñoz Rojas devolvió la visita. En Nueva York informó a Jaime Alba, embajador español en Washington, y al marqués de Bolarque, Luis de Urquijo y Landecho, embajador de España en Bonn, de los acuerdos alcanzados.

La Fundación Ford aportó inicialmente 40.000 dólares, suma que la SEP exigió supervisar, al proyecto de seminarios encargado a Julián Marías. El objetivo era atraer a los jóvenes más destacados del panorama universitario, a quienes fueron dirigidos de forma específica los Coloquios Universitarios. En 1961 Nielsen volvió a España para reunirse en la Casa de las Siete Chimeneas con: José Antonio Muñoz Rojas, José Luis López-Aranguren, compañero de bachillerato en los jesuitas de Chamartín, Juan Lladó y José Luis Sampedro. El testigo de Nielsen lo tomó David Heaps, si bien Nielsen mantuvo un estrecho contacto con Muñoz Rojas, a quien, en una carta fechada el 15 de junio de 196218, confesó sus mayores temores:

Lamento profundamente que los comunistas hayan conseguido aparentemente liderar a todos los grupos desconocidos.

Puestos en marcha los seminarios, el control económico y de las actividades se ejerció mediante un comité rector que se reunía con los españoles citados cada cuatro meses. Por la parte americana, el comité estaba integrado por Alfred Neal y Joseph Slater. Involucrado en la desnazificación de Alemania, Slater se había trasladado en 1952 a París para operar como secretario ejecutivo de la oficina de los representantes de los Estados Unidos de la OTAN y la Organización para la Cooperación Económica Europea, creada en la estela del Plan Marshall. En 1969 se convirtió en presidente y director ejecutivo del Instituto Aspen de Estudios Humanísticos, después de colaborar en la ejecución del programa de asuntos internacionales de la Fundación Ford. Slater también fue subsecretario adjunto de Estado para asuntos educativos y culturales bajo la presidencia de John F. Kennedy.

Si Marías jugó un importante papel en el establecimiento de estas relaciones, Zubiri también tuvo un gran protagonismo dentro de las actividades de la SEP. En 1961 fue invitado para impartir una serie de lecciones en el Salón de la Cámara Oficial de Comercio, donde se desarrolló un ciclo de cinco sesiones titulado, Acerca de la voluntad, que tuvo lugar entre el jueves 27 de abril y el miércoles 24 de mayo. A las sesiones, que un año más tarde dieron lugar al libro Sobre la esencia19, asistió un dramaturgo llamado Pablo Martí Zaro. Un año más tarde, en 1962, se organizó un Seminario de Sociología cuyo punto de partida fue la conferencia celebrada en Nápoles ese mismo año, en cuya organización estuvo presente el Congreso por la Libertad de la Cultura20. La supervisión del seminario corrió a cargo de Aranguren. El Seminario de Humanidades desapareció en 1969 después de haber recibido un total de 27.622.000 pesetas. Por entonces, la situación sociopolítica española era muy otra a la existente una década antes, lo que aconsejaba un cambio de estrategia que no se limitó al ámbito cultural. El final de los sesenta también puso fin al programa Food for Peace en virtud del cual Cáritas había administrado la ayuda norteamericana desde 1954. De regreso a la esfera político cultural, en septiembre de 1970, coincidiendo con las reformas del sistema educativo que se emprendieron desde el Gobierno, en concreto tras la aprobación, en agosto de ese mismo año, de la «Ley Palasí», la Fundación Ford mostró su interés en colaborar directamente con instituciones estatales. Entre sus principales objetivos estaba la incorporación de la lengua inglesa a los centros educativos.

Además de todas estas actividades, la SEP canalizó un conjunto de becas que tuvieron diferentes destinos. Entre ellos destacó el Colegio de Europa de Brujas, cofundado por uno de los presidentes de honor del Congreso por la Libertad de la Cultura: Salvador de Madariaga. De nuevo el embajador Alba fue decisivo para que los españoles visitaran, gracias al patrocinio de la Fundación Ford y luego de la Rockefeller, una institución frecuentada por estudiantes del otro lado del Telón de Acero. El total de becas21 ascendió a 33. Al Colegio de Brujas le siguieron la Fundación Europea de la Culturas de Ámsterdam, apoyada por la UNESCO, y la Fundación Europea de la Cultura. Finalmente, hemos de citar el Iberian Centre en el St. Antony’s College, por el que, entre 1970 y 1980, pasaron gentes como Juan Pablo Fusi, José María Maravall o Santos Juliá22. La grave quiebra económica derivada de la crisis del petróleo hizo mella en el Banco Urquijo, y por ende en la SEP. En 1980 la Sociedad se transformó en Fundación Urquijo. España, definitivamente incorporada a Occidente, estaba ya preparada para entrar en el Mercado Común Europeo y en la OTAN. A tal viaje político e ideológico no fueron ajenos algunos de los que recibieron el calor de siete chimeneas.

Paralelamente a estas acciones de carácter académico, en la esfera puramente política, España obtuvo una serie de logros entre los que destacan los pactos económicos y militares con los Estados Unidos, formalizados el 23 de septiembre de 1953. Este aval supuso un revés para los comunistas españoles, cuyas posibilidades de éxito pasaban por una España aislada internacionalmente, pero también para los liberales, monárquicos y nacionalistas fraccionarios, que veían cómo el gigante americano daba sus bendiciones al general Franco. Las relaciones con el imperio capitalista se fortalecían pese a las reticencias de algunos sectores, que mantenían un antiamericanismo con el 98 como trasfondo histórico, al cual se sumaba el recelo con el que era vista la relajada moral norteamericana, tan diferente a la del catolicismo que impregnaba a la España de posguerra. El fortalecimiento del lazo hispano-americano tuvo continuidad institucional el 1 de noviembre de 1955, cuando John Foster Dulles, secretario de Estado y hermano del director de la CIA, Allen Welsh Dulles, visitó España. Durante su estancia en Madrid, Dulles se entrevistó con Franco y con varios de sus ministros. Ese mismo año España firmó un acuerdo con los Estados Unidos para el desarrollo de la energía atómica de uso civil, cuya rúbrica la puso José María de Areilza, embajador español en Washington. En el plano religioso, las tensiones se atenuaron un lustro más tarde, en 1960, cuando el cardenal católico estadounidense, Francis Joseph Spellman celebró una misa en la abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, en la que abogó por un frente común ante el comunismo ateo23. Un año después de la visita de Dulles, en el otoño de 1956, Pierre Emmanuel comenzó a publicar en Preuves, revista del Congreso por la Libertad de la Cultura dirigida por el periodista suizo François Bondy24.