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Hace casi quinientos años que Hernán Cortés conquistó Tenochtitlán junto a unos cientos de españoles y miles de tlaxcaltecas sometidos por Moctezuma. Los hechos que llevaron al de Medellín a convertirse en un personaje de talla histórica han venido acompañados de componentes míticos procedentes tanto de aquel mundo indígena que él transformó trascendentalmente como de ese Viejo Mundo al que pertenecía. En El mito de Cortés se aborda la figura del conquistador español desde las visiones que de él se han tenido a lo largo de los siglos, empezando por las de sus contemporáneos y llegando hasta las de nuestro presente, al tiempo que se repasan los principales mitos que gravitan en torno a su persona. En la obra se analizan las relaciones de la figura de Hernán Cortés con las de Quetzalcóatl o Alejandro Magno, y también su condición de conquistador y de evangelizador del Nuevo Mundo que contribuyó a civilizar. El Cortés que emerge del libro no es únicamente un hombre armado con la espada y la cruz, su despliegue por la América en la que quiso morir puso las bases de lo que hoy une a cientos de millones de hombres de ambos hemisferios: la Hispanidad.
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Seitenzahl: 521
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Iván Vélez
El mito de Cortés
De héroe universal a icono de la Leyenda Negra
© El autor y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2016
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Colección Nuevo Ensayo, nº 12
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-9055-812-6
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«Miren los curiosos lectores si esto que escribo si había bien que ponderar en ello: ¿qué hombres habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?». Esta es la pregunta que se hacía Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la NuevaEspaña[1] al relatar su entrada, junto al resto de españoles capitaneados por Hernán Cortés, en Tenochtitlán, donde, tras avanzar por la calzada que se abría paso en la laguna, fueron recibidos por Moctezuma. Con su habitual estilo, el soldado de Medina del Campo logra plasmar la inquietud y el temor que atrapaban a la hueste de Cortés al entrar en una ciudad en la que podían encontrar inmensas riquezas, pero también la muerte…
Nada de heroico tiene el autor de la obra que ahora arranca, mas acaso algo de temerario, pues: ¿puede decirse algo nuevo a propósito de Hernán Cortés?
Los años venideros, al menos los comprendidos entre 2019 y 2021, orbitarán alrededor de diversos aniversarios, aquellos que tienen que ver con el cumplimiento de los cinco siglos de una serie de hechos relacionados con Cortés: la llegada a Tierra Firme, la fundación de Veracruz, el encuentro con Moctezuma, la conquista de Tenochtitlán… motivos más que suficientes para regresar sobre su figura y volver a tratar a este personaje histórico y los hechos en los que se vio involucrado.
Por todo ello, es probable que Cortés vuelva a protagonizar trabajos de lo más variado, sin que se pueda descartar que nuevos documentos afloren de los archivos proporcionando más materiales que permitan completar o matizar muchos de los aspectos que lo envuelven. En cualquier caso, el de Medellín es ya un mito a la altura de muchos otros hombres de armas y gobierno. Esta condición mítica nos obliga a tratar en relación con eso que se conoce como «mito», razón por la cual recurriremos a la distinción ofrecida por Gustavo Bueno entre mitos oscuros y mitos luminosos.[2]
Entedemos el mito en un sentido filosófico, pues este lleva aparejado «algún tipo de logos, alguna razón de ser, en función de sus servicios prácticos (políticos, didácticos, ideológicos, gnoseológicos…)». Hecha esta primera aproximación, demos la palabra al filósofo español:
Y si el mito es ya un logos, se debe a que el mito es, ante todo, una construcción lingüística, y por tanto una construcción sometida al logos, o lógica, del lenguaje. Ésta es la razón por la cual ni los babuinos ni los chimpancés pueden fabricar mitos, es decir, la razón por la cual carecen de «fantasía mitopoyética» (aunque tengan, sin duda, alucinaciones o pseudopercepciones capaces de producirles terror). El mito es una construcción lingüística, que presupone ya un lenguaje de palabras «de primer orden», llamémosle prosaico. Un lenguaje gramaticalizado que lleva adelante funciones expresivas y apelativas en las cuales están «embebidas», sin duda, ciertas funciones representativas; invenciones protomíticas, como las que puedan atribuirse al mero hecho de expresar el movimiento con consonantes vibrantes, o señalar apelativamente a lo que es grande con palabras que contienen la vocal «a», y a lo que es pequeño con palabras que contienen la vocal «i».[3]
El mito de Quetzalcóatl, de tanta importancia en los hechos a los que habremos de enfrentarnos, parece verse aludido en esta nueva matización:
El mito compone una representación sobreañadida al campo real, al cual ha de ir referido directa o indirectamente; por ello el mito aparece con ese coeficiente de meta-realidad (ya sea inferior, ya sea superior a la realidad) en virtud del cual quien cuenta el mito puede saber, aunque no siempre lo advierta, que no está moviéndose en el terreno inmediato y perentorio al que se refiere el lenguaje prosaico de primer orden. Por ello, el mito se cuenta en voz baja (con la boca pequeña, susurrante: mito está relacionado con myo, vinculado a mutus, mudo) o con voz en falsete (la voz propia de los sacerdotes en el ejercicio de su oficio, o de los políticos en el mitin).[4]
¿Cómo no evocar a Moctezuma, emperador y sumo sacerdote mexica, capaz de relacionar la llegada de Cortés con el dios aludido, al leer las siguientes palabras?
Mito es pues, sencillamente, un relato representativo que no tiene evidencia inmediata, que supone una reelaboración de las evidencias inmediatas y que, por tanto, se distancia de ellas.[5]
En efecto, sólo una reelaboración del relato del regreso de Quetzalcóatl, un hombre blanco barbado llegado desde el este, permite su encaje y su identificación en un tiempo concreto, por más que la fisonomía descrita en la narración sea borrosa.
Esbozadas las líneas maestras de lo que entendemos como mito, habrá que establecer alguna clasificación dentro del género de los mitos, marcados por los denominadores comunes ya citados. En este sentido, Bueno distingue entre mitos luminosos, mitos oscurantistas y mitos ambiguos, diferenciados por sus efectos. Veamos:
1) El efecto de los mitos luminosos, esclarecedores (como pueda serlo el mito de la caverna de Platón).
2) El efecto de los mitos oscurantistas y confusionarios. Es el efecto de aquellos mitos que en lugar de contribuir a una explicación científica o filosófica del campo, o a una forma de conducta práctica viable, distorsionan el campo y estorban esa explicación o la bloquean. Como ejemplo de mito oscurantista podríamos tomar el mito de la creación de Adán a partir del barro, así como el mito de la creación de Eva a partir de la costilla de Adán.[6]
Al margen del citado, Bueno añade como ejemplo de mito oscurantista el de la torre de Babel, acompañado de otros muchos del Antiguo Testamento, así como las utopías políticas —y no hemos de olvidar que algunas de ellas crecieron al calor del descubrimiento del Nuevo Mundo— por su imposible realización.
Hecha la distinción fundamental entre mitos luminosos y oscurantistas, la clasificación se completará con los mitos ambiguos:
3) Los efectos de los mitos ambiguos o claroscuros, que son aquellos que admiten interpretaciones opuestas; lo que quiere decir que ahora los mitos dependen antes del criterio no mítico del intérprete que del relato mítico por sí mismo. El mito de los tres anillos de Nathan el Sabio, de Lessing, podría considerarse como un mito ambiguo.[7]
Como ya habrá adivinado el lector, la gran dificultad a la que habremos de enfrentarnos es la ubicación de Cortés en alguno de estos tres conjuntos de mitos. Tal propósito obliga a manejar parámetros siempre cuestionados en función del prisma ideológico propio de un ejercicio de filosofía de la historia como el que exige el tratamiento de una figura a menudo identificada con la propia idea de la España imperial. Por adelantar nuestra conclusión, la luminosidad del mito de Cortés vendrá dada por haber sido el fundador de una sociedad integrada en un imperio universal de aliento civilizador capaz de erradicar prácticas propias de la barbarie, una sociedad precursora de los actuales Estados Unidos Mexicanos.
Por otro lado, Cortés puede también ser visto, algo que ya se ha hecho en innumerables ocasiones, como un héroe que podremos insertar no sólo en la larga lista de conquistadores españoles, sino en la restringida nómina de héroes universales junto a figuras como Alejandro o César, dado su talento militar y político, desplegado a una escala similar a la de tan distinguidos personajes.
A pesar de que es con Julio César con quien más se ha comparado a Cortés, la semejanza con los hechos protagonizados por Alejandro serán de especial interés por cuanto el ortograma del macedonio, llegar a los confines del mundo, puede ponerse en consonancia con los del imperio español, que tenía como divisa El mundo no es suficiente. Para Cortés, el mundo mexica tampoco fue suficiente, pues tras el sometimiento de Tenochtitlán no se detuvo. Después de la caída definitiva de la ciudad emprendió su fallida expedición a Las Hibueras, en las que trataba de encontrar un paso al Pacífico, idea que ya estaba incorporada en su primer viaje, cuando la península de Yucatán se creía una isla. La idea de encontrar un paso hacia China venía en gran medida inspirada por lo ocurrido en la expedición de Grijalva que precedió a la de Cortés. En ella, el piloto Alaminos creyó haber encontrado dicho paso en lo que llamó Boca de Términos, lo que, a su parecer, confirmaba la insularidad del Yucatán.
En cuanto a los parecidos entre Cortés y Julio César, podemos citar un ejemplo también ligado a la susodicha expedición. En ella encontramos un detalle interesante que relaciona el quehacer hispano con el de uno de sus modelos, el romano. Se trata de la ejecución de un gran puente realizado a base de troncos hincados en una ciénaga: el puente de Ziguatecpan. El paralelismo con el puente construido sobre el Rhin del que habla Julio César es evidente no sólo por el tono narrativo empleado por el militar romano sino también por la similar técnica usada por el de Medellín, lector del romano.
Tales paralelismos con Alejandro o Julio César tienen además una común característica: el ánimo civilizador que en el caso del español tendrá una realización física y normativa, con la fundación de ciudades y la redacción de ordenanzas urbanísticas, apoyadas en el trabajo del «jumétrico» Alonso García Bravo. Todo ello venía a culminar el modo hispánico que se completó, por ejemplo, con la introducción de la escribanía en 1524, la de la imprenta en 1539 y la de la universidad en 1553. Esta actitud civilizatoria cortesiana podemos observarla desde el mismo inicio de su presencia en el continente, como prueba la fundación de la villa Rica de Veracruz al constituirse allí el primer cabildo continental. Tal fundación supone, por un lado, un corte con Diego Velázquez e incluso con el virrey Diego Colón, y por otro, la vinculación directa con la Corte, a la que se da cuenta de lo acaecido con la mayor celeridad posible. Mientras sus emisarios viajan a España con los documentos, Cortés trabará contacto con diversos caciques y tratará de entrevistarse con Moctezuma, hecho que tuvo lugar el 8 de noviembre de 1519 en Tenochtitlán. Ello ocurrirá tres días antes de que lleguen a Sevilla Portocarrero y Montejo con el presente y las cartas para el Emperador Carlos, que se llevará a Bruselas los tesoros enviados, dando a conocer a Cortés en Europa gracias a unos fabulosos objetos que sirvieron para alimentar la imaginación de quienes los contemplaron.
En estas circunstancias, la posibilidad de que el emperador Carlos hiciera realidad el proyecto de Universitas Cristiana, acariciado por el obispo de Badajoz, Pedro Ruíz de Mota (¿?-1522), parecía al alcance con la ampliación de sus dominios en ese Nuevo Mundo del que comenzaban a llegar deslumbrantes presentes y en el que se adivinaba la existencia de una multitud de nuevos súbditos del poder terrenal y aun del celestial, por cuanto era de prever que abandonaran sus bárbaros credos para abrazar la fe católica por la que batallaba Carlos I de España.
En este objetivo evangélico, Cortés es la principal herramienta, a veces vista como mero instrumento de la providencia, para introducir tal modelo civilizatorio. Un modelo cuyo modo de implantación fue objeto de una enorme polémica suscitada precisamente en los tiempos inmediatamente posteriores a la conquista. La importancia de Cortés, el momento en que su figura comienza a agigantarse, tiene que ver con su profundo despliegue continental, dado que nada más llegar a las costas quedará confirmado el superior grado civilizatorio de las sociedades que allí se asentaban. Ello obligará al español a ir modificando su manera de actuar en función de las sociedades con las que tomó contacto. Modificaciones que también tendrán eco en el ámbito cortesano español con la aprobación de sucesivas legislaciones que trataban de ir ordenando la presencia española en América y la compleja relación con sus naturales. Leyes, pensemos en las de Burgos de 1512, que resultaban de la conjugación de objetivos políticos y religiosos, cuya meta era tratar de imponer un orden que evitara excesos y violencias como los denunciados por fray Antonio de Montesinos en su sermón de diciembre de 1511. En cuanto a la acción de Cortés, dejando al margen por un momento su énfasis en cuanto a la implantación de la fe católica, se observa en ella una continua incorporación de rectificaciones estratégicas que tendrán como cimentación una política de pactos que nos remiten a lo ocurrido en la Península durante la Reconquista. El propio Cortés lo explicita en su Segunda relación (1520) al decir que a los indios se les requiere ser fieles y súbditos en la medida por protegerse de sus enemigos los mexicas.
Hernán Cortés, como muchos estudiosos han señalado, bebe de fuentes medievales[8], lo que se traduce en su ofrecimiento de una protección que incluirá la implantación de la fe católica y la erradicación de prácticas tales como la antropofagia, los sacrificios humanos o la sodomía. Mediante la política de pactos, los indios se incorporarán en diferentes grados de homologación al imperio español, en el que se conservaron muchas estructuras, lo que es tanto como decir, y somos conscientes de lo polémico de la afirmación, que estas sociedades se incorporaron a la Historia.[9]
Esta protección jurídica otorgada por Cortés tendrá importantes consecuencias. En efecto, el Derecho Internacional deberá mucho al conquistador español, quien veinte años antes de que Francisco de Vitoria expusiera sus tesis en su Relectio de Indis, ya había establecido alianzas con los indios de Cempoala y Tlaxcala. El propio Vitoria así lo dice el concluir su primer título, diciendo que: «este es el primer título, por el que los españoles pudieron ocupar las provincias y principados de los barbaros». En definitiva, los materiales extraídos de la experiencia de Cortés son los que nutrirán a los teólogos de la Escuela de Salamanca, cuyos debates cristalizarán finalmente en las Ordenanzas para nuevos descubrimientos y poblaciones dictadas por Felipe II en 1573.
Todo lo expuesto da suficientes muestras de la formación humanística, de raíces hispanas y clásicas, de muchos de los conquistadores, entre ellos singularmente Cortés. Atributos que trazan un rostro muy diferente al que les otorga la Leyenda Negra. Ello no ha impedido que Cortés sea presentado como un sujeto en el que concurren muchos de los principales componentes negrolegendarios: avaricia, lascivia, violencia, crueldad, fanatismo religioso. Una imagen e identificación propiciada por el propio Cortés, quien insistió en exhibir su condición de español así como la de sus compañeros, como bien ha observado Hugh Thomas, quien subraya su empleo de la palabra «españoles» en vez de «castellanos» o «cristianos». El de Medellín no introduce distinciones entre castellanos, extremeños o vizcaínos en sus Cartas de relación, dándoles a todos el denominador común de españoles.
Hernán Cortés será el símbolo de España, lo que le acarreará el odio de muchos de los cultivadores de la Leyenda Negra. Sirva como prueba de ello el poema debido al alemán Heine (1797-1856), para el cual Cortés era un «capitán de bandidos», que así es calificado el español en su poema Vitzliputzli, publicado en 1851:
En su cabeza llevaba el laurel
y en sus botas brillaban espuelas de oro.
Y sin embargo, no era el héroe,
ni era tampoco un caballero.
No era más que un capitán de bandoleros,
que con su insolente mano
inscribió en el libro de la fama
su nombre insolente: ¡Cortés!
Mas si esta es la visión más generalizada, la de Cortés como paradigma de la Leyenda Negra[10], diversos aspectos de su vida han servido para construir una serie de mitos de los que nos ocuparemos en esta obra.
Por citar algunos, reiteraremos su vinculación a la leyenda del regreso de Quetzalcóatl, a menudo citada para menoscabar su obra conquistadora.
Mitos que han envuelto a Cortés afectando a figuras indígenas como la de doña Marina, denostada por representar una suerte de entreguismo que todavía afectará al México soberanamente político y secularmente afectado, a decir de algunos, de malinchismo. Contrafigura de doña Marina será el irreductible Cuauhtémoc, siendo así que el trío Cortés-doña Marina-Cuauhtémoc ha dado gran juego en el terreno dramático que tanto contribuyó a consolidar los perfiles míticos de esta terna.
Por otra parte, muchos de los episodios de la conquista, cuya culminación marca el cénit heroico de Hernán Cortés, han sido mitificados. Prueba de ello es el episodio de la «quema de las naves», al que le dedicaremos un capítulo específico. No obstante, más allá de una cuestión tan puntual como la ocurrida en las costas de Veracruz, Cortés constituye una verdadera encrucijada, la resultante de la conflictiva situación que se vivió en la transición entre la conquista y la implantación del virreinato. Estas circunstancias contribuirán a su uso, y aún deformación, por parte de afines y detractores, pero también por parte de gentes de la política y de la iglesia, pues en él se cruzarán ambas perspectivas. A ello hemos de sumar la distinta percepción que de él se tuvo en función de si era visto desde la perspectiva novohispana, luego mexicana, o de la de la España peninsular.
Dicho todo lo precedente, hemos de reiterar que la presente obra no pretende ser una biografía de Hernán Cortés. Tampoco hemos sometido a análisis la totalidad de la vasta bibliografía relacionada con Cortés, propósito prácticamente inabarcable, razón por la cual nos hemos servido de una serie de obras que entendemos suficientemente representativas como para reconstruir una serie de líneas punteadas que trazan diferentes retratos de la obra y el hombre —Hernán, Fernán, Hernando, Fernando— que gustaba de ser llamado Cortés. En concreto aquellas que tienen que ver con la imagen que de él se tiene así como de los mitos que gravitan sobre la figura del de Medellín.
No podemos cerrar este preámbulo sin mostrar nuestro agradecimiento a los españoles: Gustavo Bueno Sánchez, Alberto Esteban Muñoz, Carlos Madrid Casado, Emmanuel Martínez Alcocer, Daniel Muñoz de Cuerva, Íñigo Ongay de Felipe, Tomás Pérez Vejo, Juan Rodríguez Cuéllar, la Fundación Zuloaga y la Fundación Indalecio Prieto; los mexicanos: Karla de Alba, Ismael Carvallo Robledo, Juan Chiva Beltrán, Juan Antonio García Ramírez, Arturo Herrera Melo, Manuel Llanes García, Rodrigo Martínez Baracs, María del Carmen Máximo, comunicadora de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Ozumba y el Instituto Sudcaliforniano de Cultura; la rusa Natalia K. Denisova; y el ecuatoriano David Carpio Herrera.
Como ya hiciera Julio César con sus escritos sobre la conquista de Las Galias, el primer narrador de sus hazañas fue el propio Cortés. Lo hizo por medio de las Cartas de relación enviadas a Carlos V, documentos que, dada su autoría, deben examinarse teniendo muy presente que fueron redactados en primera persona por parte de alguien que debía en gran medida justificar lo ocurrido tras su salida de Cuba. No obstante, es evidente que tales cartas ofrecen información no sólo de los hechos acaecidos desde que la flota española llegara a la costa, sino también del propio Hernán Cortés. Teniendo todo ello en cuenta, y asumiendo la posibilidad de deformación de los hechos, tras el cotejo de las mismas con otras fuentes coetáneas, tales cartas no se desvían en lo sustancial de los hechos principales acaecidos en el Continente.
Como ya se advirtió, la presente obra no pretende convertirse en otra biografía de Cortés, y ello a pesar de que a lo largo de la misma se pueda acumular tal cantidad de datos que, ordenados, pudieran ofrecer una semblanza aproximada del conquistador español. Subrayamos esto porque, tanto en las Cartas de relación como en el resto de materiales empleados, y puesto que Cortés es quien protagoniza este trabajo, lo que nos interesará es la imagen que del conquistador se irá construyendo en relación con las diversas facetas de su personalidad y, en otro sentido, la trascendencia de sus actos, pues de ambas se nutre lo que hemos llamado el mito de Cortés.
Por todo ello, esa narración de primera mano ofrece una valiosa información que ha de tenerse muy presente. En relación con su cronología, las misivas responden a esta secuencia: Primera Carta, julio de 1519, perdida o desconocida; Segunda Carta, escrita desde Segura de la Frontera el 30 de octubre de 1520 e impresa en 1522 por Jacobo Cromberger en Sevilla; TerceraCarta, redactada en Coyoacán el 15 de mayo de 1522 y también impresa por Cromberger; Cuarta Carta, con fecha del 15 octubre de 1524, impresa en Toledo por Gaspar de Ávila; y la Quinta Carta, escrita también en Tenochtitlán el 3 septiembre de 1526. En cuanto a su difusión, hemos de tener presente que su impresión estuvo interrumpida entre 1527 y 1749, si bien su primera publicación causó sensación en Europa.
Paralelamente a las cartas dirigidas al Emperador, existe otro grueso de correspondencia no oficial que permite un conocimiento distinto de Cortés. Entre el volumen de cartas salidas de su pluma, nos referiremos a las enviadas a su primo, el licenciado Francisco Núñez[11], procurador en la Chancillería de Valladolid y relator en el Consejo Real. Núñez era hijo del escribano Francisco Núñez de Valera y de Inés Gómez de Paz, hermana por parte de padre de don Martín Cortés en cuya casa vivió Cortés. Se trata de documentos que abarcan más de una década, entre 1527 y 1538, muchos escritos en la propia península, otros en Nueva España, en los cuales, sobre el trasfondo de reclamaciones a menudo relacionadas con negocios varios, se recortarán algunos perfiles de nuestro protagonista. En ellas, Cortés se muestra muy interesado por lo que ocurre en la Corte y confirma su habilidad con la pluma que con tanta profusión empleó a lo largo de su vida. Hemos de destacar en ellas las continuas muestras de lealtad que Cortés tributa al Emperador, cuestión esta que tiene especial valor si tenemos en cuenta que, salvo inspección, estas cartas no debían trascender más allá de su destinatario.
El licenciado sirvió para conectar al padre de Cortés con la Corte y, tras el fallecimiento de éste, será quien represente al conquistador en España en una relación que irá deteriorándose con el tiempo al no obtener Núñez el salario deseado a cambio de sus servicios.
En las epístolas, Cortés se define como «algo colérico», habla de los embarazos de su esposa, de la pérdida de los hijos y de la muerte de su madre, Catalina Pizarro. Destaca también su preocupación por Martín, el hijo que tuvo con doña Marina, que habría de acompañarle a España en 1528, y a quien introdujo en la Corte consiguiéndole el nombramiento de miembro de la Orden de Santiago. También se observa su inquietud por el bienestar de las hijas de Núñez: Lucía y Beatriz, que llegaron a la Nueva España como integrantes del séquito de Juana de Zúñiga, y a quienes favoreció en su testamento a pesar de las tiranteces con su padre.
Tras la alusión a estos dos conjuntos de cartas de autoría cortesiana, podemos abordar la imagen que del conquistador español dieron quienes tuvieron contacto directo con él ya sea en las Antillas, en su incursión hacia el imperio mexica o en la España que lo vio nacer y morir. Unos retratos que tendrán tanto que ver con aspectos físicos como psicológicos, morales o políticos.
La visión sería incompleta si no tuviéramos en cuenta la que se formó desde el lado indígena o, por ser más precisos, las confeccionadas a través de medios de representación propios de estas sociedades. En ellos, una vez concluida la conquista, fue muy común que los colectivos que los confeccionaron tratarán de legitimar el poder que conservaban o que les había sido otorgado. Ha de tenerse en cuenta que la implantación imperial española mantuvo muchas estructuras preexistentes, razón por la cual estos documentos tenían una inequívoca dimensión e intención práctica. En efecto, puesto que la conquista del imperio mexica sólo pudo ser posible una vez que Cortés estableció alianzas con algunos de los pueblos sojuzgados por Moctezuma y sus predecesores, tendrán especial interés documentos como el llamado Lienzo de Tlaxcala, del que nos ocuparemos más adelante tras hacer algunas consideraciones en relación a este pueblo.
Como es sabido, Cortés estableció una hábil política de alianzas con los pueblos dominados por los mexicas, estrategia históricamente empleada en España durante la Reconquista. En el nuevo territorio, tal estrategia hubo de conjugarse con otros factores como el hecho de que las sociedades con las que los españoles fueron estableciendo contacto estaban marcadas, siempre desde las coordenadas católicas, por su infidelidad y costumbres bárbaras, factores que sirvieron a Cortés para justificar la conquista. Como consecuencia aún más trascendente, las acciones de los españoles en América sirvieron como materia de un debate que tuvo como principales protagonistas a Las Casas y Sepúlveda, dando como resultado la construcción de un cuerpo legal, marcado por el factor religioso, que a menudo se ha interpretado como un precedente del derecho internacional[12]. Esta impronta ha de tenerse siempre presente en el análisis de lo ocurrido hace medio milenio, pues el cruce de las perspectivas política y religiosa fue frecuente, como se evidencia en estas palabras de Cortés que se refieren a las maniobras emprendidas por Pánfilo de Narváez al llegar a las costas mexicanas para capturarle. El conquistador se queja de los métodos seguidos por el enviado de Diego de Velázquez:
Como si fuéramos los unos infieles y los otros cristianos o los unos vasallos de vuestra alteza y los otros sus deservidores.[13]
Si el paso de los españoles por el continente transformó este de manera decisiva, la situación que se vivía en estos vastos territorios distaba mucho de estar marcada por la armonía entre pueblos, por esa suerte de Arcadia feliz que se ha querido reconstruir de forma tan retrospectiva como acrítica. Veamos.
La principal alianza que estableció Cortés tuvo como protagonistas a los tlaxcaltecas, de los que daremos una pincelada que explique su sintonía, no exenta de hostilidad inicial, con los españoles.
Para encontrar sentido a esta alianza hemos de tener en cuenta, y ello a pesar de la quemas de libros y destrucción de documentación producida durante las luchas dinásticas previas a la llegada de los españoles, el relativo reciente dominio de los mexicas sobre otros pueblos del Anáhuac. Pueblo belicoso, el mexica sojuzgó a los preexistentes, argumento que también fue empleado para legitimar la conquista española, pues los mexicas pudieron verse como usurpadores. En efecto, la hegemonía de estos era relativamente reciente y, se había visto comprometida en 1504, cuando fueron derrotados por los tlaxcaltecas durante una guerra florida celebrada en esa fecha[14], victoria de la cual se derivaron importantes sanciones a Tlaxcala tales como la suspensión del comercio de materias tan importantes como la sal y el algodón[15]. En esta coyuntura, Cortés supo percibir y manejar el odio que los de Tlaxcala tenían hacia los de Tenochtitlán, empleándolo en su propio provecho y obteniendo los tlaxcaltecas, a cambio, la ansiada liberación del yugo mexica.
Hechas estas consideraciones, es evidente que los documentos elaborados por los indígenas son de gran interés para nuestros propósitos. Se trata, en los ejemplos que vamos a analizar, de piezas producidas tras la conquista, factor que debe ser tenido en cuenta porque tales trabajos, tutelados por personas o grupos ya insertos en la nueva organización sociopolítica novohispana, estarán a menudo elaborados con intenciones concretas que van más allá de la pura narración de los hechos acaecidos.
El primero de estos documentos pictográficos que vamos a tratar es el llamado Códice del Aperreamiento, nombre que le diera José Fernando Ramírez. Se trata de un documento pintado alrededor de 1560 sobre una hoja de papel europeo de 31 x 43 cm y custodiado en la Biblioteca Nacional de Francia, que muestra hechos ocurridos en 1523. El dibujo, a color y acompañado de glosas en náhuatl, tiene como escena central a un español que sujeta con una cadena a un gran perro que ha hecho presa en el cuello de un indígena del que mana abundante sangre. En la parte superior, Hernán Cortés engalanado, al que la glosa antepone la condición de marqués, hace la señal de una «V» invertida con sus dedos, lo que se ha interpretado como un gesto que convoca a una reunión. Le acompaña doña Marina con un rosario en sus manos del que cuelga una cruz. Tal disposición de la pareja pudiera indicar que el propósito de Cortés es celebrar una ceremonia catequética, sin embargo, llama la atención el hecho de que el primero de los encadenados, colocados verticalmente en el margen derecho de la hoja, tiene en sus manos una espada, lo que sugiere una rebelión[16]. Finalmente, la parte inferior muestra a Andrés de Tapia, encomendero de Cholula, apoyado en una espada y hablando a dos indios. La presencia de un coyote en mitad de la escena sugiere que esta tiene lugar en Coyoacán.
El Códice del Aperreamiento nos remite, por su crudeza, a las ilustraciones de De Bry que tanto hicieron por la propagación y consolidación de la Leyenda Negra. Sin embargo, de tal documento no puede inferirse un generalizado maltrato al indio, pues la propia doña Marina también lo era. Por otra parte, si aceptamos la explicación de Batalla Rosado, lo que estaría plasmando el códice no es sino la punición, con la crueldad propia de unos tiempos en los que decapitaciones, ahorcamientos y mutilaciones estaban aceptados y regulados, de quienes se habían situado del lado de un Cuauhtémoc que siempre supuso una amenaza para la frágil paz alcanzada tras la toma de Tenochtitlán.
Una importante fuente para el conocimiento del mundo indígena lo constituye el Códice Florentino, que sirvió para dar forma a la Historia general de las cosas de Nueva España que el franciscano fray Bernardino de Sahagún (ca. 1499-1590) envió al Papa Gregorio XIII. El Códice Florentino, llamado así por conservarse en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia, estaba formado por doce libros repartidos en cuatro volúmenes, aunque actualmente sólo se conservan tres. El texto, iluminado con abundantes ilustraciones de clara influencia europea y escrito en español y náhuatl, es una obra enciclopédica fruto de una laboriosa tarea de recopilación iniciada en la década de 1540, con la colaboración del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, que continuará su elaboración durante tres décadas en las que se emplearon cuestionarios dirigidos a personas principales. Por lo que a nuestro interés respecta, conviene fijarse en el Volumen III, Libro XII, que versa sobre la conquista de la ciudad de México, precedida de una serie de malos augurios coincidentes con la llegada de los españoles a las tierras dominadas por los mexicas. Destaca en la narración el encuentro de Moctezuma con Cortés, en el cual el emperador ofrece, o por mejor decir, devuelve, el trono al español. También se describe la matanza del Templo Mayor. En las imágenes, Cortés aparece a caballo encabezando su tropa y portando su estandarte, pero también acompañado a menudo de doña Marina, en una posición sedente que parece transmitir la imagen del político que sucede al militar.
Llama la atención, por último, la rendición de Cuauhtémoc en lugar de su prendimiento, del que dan cuenta Gómara y Díaz del Castillo en sus respectivas obras. El códice, no obstante, lo narra de este modo:
Al señor de mexico Quauhtemotzin el mismo dia que se rindio le llevaron al lugar de acachimanco con todos los principales a donde era la aposento de Don hernando cortes.[17]
El Códice Azcatitlan es un documento pictográfico del segundo tercio del siglo XVI. El manuscrito original, incompleto y probablemente copiado en parte de otros más antiguos[18], lo constituía un cuaderno de papel europeo profusamente ilustrado. En él se relata la historia del pueblo mexica desde su partida en Aztlán hasta la llegada a Tenochtitlán, incluyendo descripciones de sus usos religiosos y de su poder político. La última parte está dedicada a la llegada de los españoles, el recibimiento de Moctezuma, la masacre del Templo Mayor, la conquista e incluso la posterior de los franciscanos, incluyéndose una escena de bautismo de indios. Introduce, en lo que respecta a cuestiones estilísticas, una torpe perspectiva que supone ya un gran avance.
Doña Marina acompaña en todo momento a un Cortés ricamente ataviado que, arropado por la tropa provista de armaduras y los tamemes, actúa bajo el estandarte del Espíritu Santo, símbolo que presidiría la conquista. La matanza del Templo también incluye el estandarte, sujeto ahora por un indígena. El documento, en suma, transmite la idea de un Cortés que encabeza la sustitución del paganismo y la idolatría por la religión católica. El sentido espiritual de la conquista queda así reforzado, si bien el hecho de que sea un mexica quien blande el estandarte en la ciudad, sugiere que ya está evangelizado, alimentando la polémica del sentido de la ceremonia y la causa de su celebración. También de la sinceridad de la conversión, si bien este aspecto, el de la veracidad de la creencia, debemos ponerlo en consonancia con la importancia de un catolicismo que no sólo operaba en el ámbito de la fe, sino que constituía un rasgo esencial del Imperio español, del mismo modo que, salvando las distancias, la democracia de mercado lo es para los actuales Estados Unidos de Norteamérica.
Cortés volverá a aparecer en el documento al ser rescatado por un indígena durante la toma final de la ciudad, con los bergantines flotando en la laguna.
El códice también recoge otros hechos relevantes para nuestro trabajo, los que hacen referencia al túmulo imperial erigido con motivo de la muerte de Carlos V, y unos hechos que tienen relevancia para la imagen de Cortés tras su muerte, los que tienen que ver con la figura de un español decapitado. Nos referimos al supuesto intento de don Martín Cortés de tomar el poder en la Nueva España y coronarse como rey. Por lo que se refiere al muerto, su nombre era Alonso Dávila, principal instigador o acusado de tal delito junto con su hermano menor don Pedro Gil González, pues Martín Cortés salvó la vida, si bien esta mácula recaería sobre el apellido también de manera ascendente, afectando a la reputación de un Hernán Cortés ya fallecido.
La última ilustración muestra el asentamiento del modo hispano, con la presencia de eclesiásticos, un juez indígena que prueba la integración de los naturales en las nuevas instituciones, y dos ajusticiados en una picota vinculados al rebelde Dávila.
Si los códices citados son importantes, acaso el documento indígena más conocido sea el Lienzo de Tlaxcala, elaborado a mediados del siglo XVI. El Lienzo recoge la participación de los tlaxcaltecas en la conquista al lado de las fuerzas españolas. No se conoce su autoría —posiblemente fueron varias manos las que lo compusieron— ni se conserva el original, habiendo llegado hasta nosotros copias elaboradas en los siglos XVI, XVIII y XIX.
En su confección y reproducciones existieron al menos dos propósitos que hemos de relacionar con la lealtad mostrada para con Cortés: por un lado el intento, por parte de unos tlaxcaltecas que hemos de considerar siempre estratificados socialmente, de quedar excluidos del pago de tributos; y en un segundo momento, ya en el siglo XIX, en el intento, por parte de Tlaxcala, de permanecer independiente del estado de Puebla, tal y como se expresa en las Actas del Cabildo de Tlaxcala, en las cuales se apela al documento, del que se hicieron tres copias: una para España, otra para el Virrey de la Nueva España y otra que se guardaría en el arca del Cabildo.
La Relación Geográfica de Tlaxcala, realizada por el intérprete tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo (1529-1599), hijo de español e india, incorpora una parte pictográfica que pudo inspirarse en el original. Se trata del conocido como Manuscrito de Glasgow, que acompañaba a su propio texto. Es fácil deducir, teniendo en cuenta el hecho de que Muñoz Camargo fue hijo de un conquistador, el interés que este tenía en obtener la mayor difusión de un códice que favorecía los intereses de su grupo, el bando indígena, vencedor en suma. Sea como fuere, estas circunstancias muestran a las claras la inexistencia de dos bloques monolíticos y antagónicos: el español y el indígena. Es evidente que tales bloques no existieron, sino que lo que estaba en juego eran los intereses de grupos compuestos por gentes de ambos lados del Atlántico, que trataban de apoyar documentalmente sus peticiones.
Además de lo dicho, el envío al Emperador de un documento que mostraba la lealtad de los tlaxcaltecas a la causa cortesiana, española en el fondo, suponía también un intento de frenar la acción impositiva del virrey a tal provincia. El hecho de que desde Tlaxcala se enviaran hasta seis embajadas a España, la primera de ellas en 1527, muestra el interés que había en fortalecer vínculos directos con la Corona. Es en la cuarta de ellas en la que se lleva el Códice de Tlaxcala, aunque se ignora si pudo llegar a las manos del Emperador. Al margen de sus resultados, en particular la obtención en 1563 del título de Leal Ciudad de Tlaxcala y de un escudo de armas para la misma, las embajadas tenían como uno de sus principales objetivos mantener la estructura social, linajes y formas de gobierno de los tlaxcaltecas. Será en la última de tales embajadas, entre 1582 y 1585, cuando el propio Muñoz Camargo haga entrega de su Relación, siendo consultada por Herrera quien, no obstante, tuvo en Cervantes de Salazar su principal fuente.
Por lo que se refiere al documento, este, tras omitir cuidadosamente las batallas que mantuvieron los tlaxcaltecas con las tropas de Cortés antes de ser derrotados y establecer la alianza con los españoles, recoge los aspectos más significativos de la conquista. En él aparecen los principales hitos bélicos, con la toma de Tenochtitlán como elemento principal. Si este es el hecho de armas central del Lienzo, el documento abunda en el compromiso establecido por los tlaxcaltecas con la causa española, razón por la cual aparecen incluso las guerras posteriores —Pánuco, Sinaloa, Guatemala— a la caída de la capital mexica. La omnipresencia de personajes tlaxcaltecas busca afianzar su protagonismo en el despliegue hispano, resaltando su fidelidad a Cortés por encima de otros pueblos que también jugaron un importante papel en la conquista.[19]
Si el factor guerrero es importante, no lo es menos la atención que se da a otro aspecto fundamental: el de la implantación de la religión católica. La preminencia tlaxcalteca también se reivindica en este terreno, haciendo aparecer a los de Tlaxcala como los primeros que se convierten al catolicismo, una conversión que se reelaboró para consolidar la idea de unos indígenas que prácticamente habrían abrazado voluntariamente la fe católica. Una pronta conversión que vendría dada por la observación, por parte del conquistador, de unas fervorosas muestras de fe idolátrica de los nativos que facilitarían una suerte de conmutación de la devoción religiosa. Lo cierto es que, como muestran las crónicas, tal voluntariedad no tuvo lugar a pesar de las exhortaciones hechas por el propio Cortés en este sentido. Sin embargo, la idea de unos tlaxcaltecas prontamente incorporados a la grey católica propiciaba su disolución e incorporación en la facción hispana, siendo así que los logros alcanzados por Cortés y los españoles se harán extensivos a los tlaxcaltecas no sólo en virtud de su decisiva participación en las batallas, sino por su condición de cristianos que combatían a infieles. Los tlaxcaltecas quedaban de este modo convertidos en conquistadores, es decir, en españoles, por cuanto un español de la época estaba determinado por su sujeción al rey español y su condición de cristiano católico. En este aspecto, la distinción racial no suponía un obstáculo.
En cuanto a las figuras que protagonizan el Lienzo, destaca la presencia de doña Marina, siempre al lado de Cortés, en su condición de intérprete. En relación con el conquistador, al margen de sus apariciones a caballo que han sido interpretadas como una suerte de alegoría de un Santiago Matamoros transterrado a América, Cortés aparece a menudo sentado en una silla de escribano, ya sea para adoptar un papel político o diplomático, ya para contemplar acciones evangelizadoras. Es este último aspecto el que se subraya en la escena en la que fray Juan Díaz, bajo la mirada de Cortés, bautiza a los cuatro caciques tlaxcaltecas, que trocan sus nombres por los de don Lorenzo, don Vicente, don Bartolomé y don Gonzalo. Juan Díaz, recordemos, fue el primero en oficiar una misa en el continente, durante la expedición de Juan de Grijalva. La ceremonia se celebró el 20 de junio de 1518. En la expedición de Cortés, la primera misa la ofició fray Bartolomé de Olmedo en Chalchihuecan, a la que asisten los enviados de Moctezuma: Tentli y Cuitlalpítoc.
Hecho este sucinto repaso por unos códices en los que Cortés aparece como severo gobernante, evangelizador o libertador de Tlaxcala, nos referiremos a una serie de obras de autoría hispana que nos permitirán reconstruir la imagen que de él tuvieron sus coetáneos.
El primer autor del que nos vamos a ocupar es Francisco de Aguilar (1479-1571), compañero de Cortés que, tras la toma de Tenochtitlán y la explotación de una venta, se convierte en fraile dominico. Bernal se refiere a él como Alonso, nombre que tuvo antes de mudarlo por el de Francisco. Su obra, escrita cuando ya es octogenario, se titula Relación breve de la conquista de la Nueva España (1559) y es fruto de la petición hecha por sus compañeros de orden para que narrara los hechos vividos. Estructuralmente, la Relación está dividida en ocho jornadas teñidas de un acusado providencialismo que debemos conectar con el nuevo estado del antaño conquistador. La obra fue remitida a Felipe II por el Inquisidor, Arzobispo y Virrey de Nueva España, Pedro Moya de Contreras (h. 1527-1591) tras el fallecimiento de su autor, conservándose en la biblioteca de El Escorial y siguiendo un azaroso proceso de publicación.
Cortés entra en escena en la «Segunda jornada», luciendo sus cargos y condición —«alcalde ordinario, hidalgo y persona noble»—, junto a rasgos psicológicos: «hombre sagaz y astuto». Habla también Aguilar de la complicidad de Cortés con sus paisanos: «se hizo con ciertos extremeños amigos suyos» (Tercera Jornada), comentario que da cuenta de hasta qué punto los lazos de amistad, pero también de familiaridad y origen deben tenerse en cuenta al analizar el despliegue de los españoles en el Nuevo Mundo.
Ante las tropas de Tlaxcala, Aguilar sitúa a un Cortés «muy magnánimo y de bravo y fuerte corazón», que trata de espantar el miedo de sus soldados al tiempo que los dispone «en buena ordenanza». No es este el único lugar en el que Aguilar encarece la valentía y animosidad de su capitán unidas a su severidad. Hacia el final de la Relación —«Octava jornada»— aparecerá un rasgo característico del temperamento de Cortés, provocado por el comportamiento de Olid cuando este «se levantó con la tierra y se alzó con ella» en el Yucatán. En estas circunstancias, la cólera de Cortés asomará de este modo: «El capitán Hernando Cortés, movido con pasión o enojo que le cegó, se determinó de ir por tierra con los mejores soldados…», acarreando el que fuera su mayor descalabro y fracaso.
Nada dice, sin embargo, Aguilar del físico de Cortés, al contrario de lo que hace con Moctezuma, al cual describe en detalle, valiosa información que aporta quien lo custodió en Tenochtitlán.
La obra de Andrés de Tapia (¿1498?-1561), emparentado con Diego Velázquez pero fiel a Cortés, lleva por título: Relación de algunas cosas de las que acaecieron al muy Ilustre Señor don Fernando Cortés, marqués del Valle, desde que se determinó ir a descubrir tierra en la Tierra Firme del Mar océano. Tapia fue un leal compañero de Cortés en América, participando incluso en la expedición a California. También estuvo a su lado en Argel, donde conoció a Gómara, a quien pudo informar de los hechos acaecidos en el Nuevo Mundo. Su obra se publicó en 1858, gracias al historiador mexicano Joaquín García Icazbalceta (1825-1894), que la incluyó en su Colección de documentos para la historia de México. La Relación de Tapia es una obra breve que narra los sucesos acaecidos desde la salida de Cortés de Cuba hasta la victoria sobre Pánfilo de Narváez, y constituye un panegírico del conquistador que aporta, no obstante, datos de gran interés. Sirva de ejemplo la descripción que hace de la bandera que acompañaba al de Medellín, hecha de «fuegos blancos y azules, e una cruz colorada en medio; e la letra della era: «Amici, sequamur crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus». La letra es un lema de resonancias constantinianas que conecta la acción de Cortés con el mundo clásico.
En la Relación, Cortés que no deja pasar ninguna oportunidad de destruir los ídolos de los indígenas dentro de una crónica que incluye los célebres episodios de la lebrela o el del tiburón que llevaba un pecio, incluyendo treinta tocinos de puerco, en su interior, alimentos con los cuales saciaron su hambre los españoles.
Debemos también prestar atención a otro momento de su relato, aquel en el cual surge súbitamente, en medio de la primera batalla, la figura de un hombre sobre un caballo «rucio picado» que después desaparecerá. Sobre este armazón se irá construyendo el mito de la aparición providencial de Santiago, tan jocosamente puesta en duda por Bernal. El mito de Santiago tuvo indudables efectos posteriores en relación con las controversias que aparecerían entre las esferas política y la religiosa, e incluso en el seno de una Iglesia que sintió las rivalidades entre criollos y clérigos españoles peninsulares. En este aspecto, el de la propagación de la fe católica, Tapia subraya el celo con que Cortés se ocupó de la colocación de cruces y figuras de bulto en los adoratorios indígenas, acciones a las que hemos de sumar la violenta destrucción de los ídolos de Tenochtitlán, sustituidos en principio, ya que no había otras imágenes a mano, por la Virgen y san Cristóbal.
La obra de Tapia, que parte tras la estela de Grijalva, ofrece interesante información a propósito de las complejas relaciones entre Velázquez y Cortés. El cronista señala cómo Velázquez, aliado del poderoso Obispo de Burgos, Juan de Fonseca, permite su incorporación en la expedición de Cortés, ya en marcha, para poder tener un infiltrado. La argucia del gobernador de Cuba fracasó, pues Tapia se involucró totalmente en los hechos protagonizados por el de Medellín.
Si las obras comentadas son importantes, el libro escrito por Francisco López de Gómara (1511-1559) sirvió como fuente para multitud de obras posteriores, contribuyendo a engrandecer aún más la figura de Hernán Cortés. Tras estudiar en Alcalá de Henares, donde se ordenó como sacerdote, Gómara vivió en Roma. Será a su vuelta cuando conozca a Cortés durante el primer viaje del conquistador a España[20], momento en el cual Cortés se hallaba en su plenitud. De este modo, Gómara habría sido testigo de las escenas que pintó en 1529 el acuarelista Weiditz, de las que hablaremos más adelante.
En ese momento Gómara era un clérigo adscrito al obispado de Osma, conectado con la Corte a través de García de Loaisa, presidente del Consejo de Indias y obispo de Osma. Mª del Carmen Martínez Martínez[21] sostiene que Gómara debió conocer a Cortés a finales de 1528 o comienzos del año siguiente en la ciudad de Toledo. Desde ahí le acompañaría hasta Zaragoza antes de que el conquistador tomara el camino de Béjar para casarse con doña Juana de Zúñiga. Tras la boda, Cortés regresó al lado del Emperador, quien en Barcelona le concederá el marquesado y los vasallos, el nombramiento de capitán general de la Nueva España y la disolución, así lo interpreta el nuevo marqués, de la primera Audiencia de México.
Tras la primera toma de contacto, Gómara, que nunca pisó tierra americana, se reencontrará con Cortés cuando este regrese a España en 1540, acompañándole en Argel y luego en Valladolid y Madrid, cuando en 1546 se traslada allí la Corte. Es en la capital donde tendrá mayor contacto con el conquistador, pero también con Andrés de Tapia.
En relación a si Gómara tenía o no otra relación con Cortés, hay que señalar que Las Casas es el único que dice que fue capellán y confesor de Cortés, desempeño que no refieren ni Tapia, quien sí tuvo trato con Gómara, ni Bernal ni Cervantes de Salazar. Tampoco él dirá nada al respecto en sus sucesivas declaraciones, en las que únicamente manifestará que mantuvo conversaciones. Cabe pensar que Las Casas quisiera hacer de menos al clérigo al declararlo capellán de Cortés, razón que explicaría la apología realizada. En cuanto a Cortés, tan sólo hablará de un capellán, y lo hará en noviembre de 1545: Gaspar de Burguillos[22]. Por último, Gómara tampoco acompañó en su muerte a Cortés, algo que parece lógico esperar de un asistente espiritual. Dos serán los religiosos que acompañen al Marqués en ese postrero trance: Miguel de Arriaga y Jorge de Guzmán.
Probablemente Gómara se documentó por varias vías. De entre los testimonios que recoge de gentes cercanas a Cortés, destacan los que pudo obtener de su camarero, Pedro de Ahumada. Ya en el terreno libresco, debemos sumar su conocimiento de la obra de Pedro Mexía (1497-1551), cosmógrafo de la Casa de la Contratación de Sevilla.
Puesto que la obra de Gómara vio la luz años después de la muerte de Cortés, a las relaciones mentadas hay que añadir la que mantuvo con su hijo Martín, y el acceso que este pudo facilitarle a una serie de documentos. Estas circunstancias tienen un indudable peso en el relato que confeccionará Gómara, pues Martín Cortés (1533-1589) es una figura controvertida. De hecho, el heredero del conquistador trató de emplear su influencia para que la obra del clérigo, que aspiraba a la consideración de cronista, se publicara. Finalmente, en 1553 Martín Cortés dio a Gómara la suma de 500 ducados por haber escrito la Historia General de las Indias, que se abre con una dedicatoria al II Marqués del Valle.[23]
Su obra, en la que ya llevaba trabajando al menos desde 1549, Historia General de las Indias con todo el descubrimiento y cosas notables que han acaecido dende que se ganaron hasta el año de 1551. Con la conquista de México de la Nueva España,se publica en Zaragoza la víspera de Navidad de 1552 —Cortés había muerto en 1547—, reeditándose en 1553 y 1554. En 1556 se publica en Italia, en 1569 en Francia, en 1578 en Inglaterra, si bien en 1553 el príncipe Felipe prohíbe el libro, lo cual es muy ilustrativo de la imagen de que gozaba Cortés en la Corte. Al margen del trato dado al conquistador, es importante prestar atención al final de la obra, un cierre revelador que enlaza con la doctrina de los justos títulos a la que tanto contribuyeron los hechos encabezados por Cortés lejos de las aulas, es decir, en el propio terreno que daría en llamarse Nueva España. Así dice Gómara remitiendo al lector a las conclusiones a que se llegaron en Salamanca[24]:
Yo escribo sola y brevemente la conquista de Indias. Quien quisiere ver la justificación de ella, lea al doctor Sepúlveda, cronista del emperador, que la escribió en latín doctísimamente; y así quedará satisfecho del todo.
Vayamos, por último, a la descripción de Cortés hecha por Gómara en el capítulo CCLII de la Historia de la conquista de México, «Condición de Cortés»:
Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de gran pecho; el color ceniciento[25], la barba clara, el cabello largo. Tenía gran fuerza, mucho ánimo, destreza en las armas. Fue travieso cuando muchacho, y cuando hombre fue asentado; y así, tuvo en la guerra buen lugar, y en la paz también. Fue alcalde de Santiago de Barucoa, que era y es la mayor honra de la ciudad entre vecinos. Allí cobró reputación para lo que después fue. Fue muy dado a mujeres, y diose siempre. Lo mismo hizo al juego, y jugaba a los dados a maravilla bien y alegremente. Fue muy gran comedor, y templado en el beber, teniendo abundancia. Sufría mucho la hambre con necesidad, según lo mostró en el camino de Higueras y en la mar que llamó de su nombre. Era recio porfiando, y así tuvo más pleitos que convenía a su estado. Gastaba liberalísimamente en la guerra, en mujeres, por amigos y en antojos, mostrando escasez en algunas cosas, por donde le llamaban rico de avenida. Vestía más pulido que rico, y así era hombre limpísimo. Deleitábase de tener mucha casa y familia, mucha plata de servicio y de respeto. Tratábase como señor, y con tanta gravedad y cordura, que no daba pesadumbre ni parecía nuevo. Cuentan que le dijeron, siendo muchacho, cómo había de ganar muchas tierras y ser grandísimo señor. Era celoso en su casa, siendo atrevido en las ajenas; condición de putañeros. Era devoto, rezador, y sabía muchas oraciones y salmos de coro; grandísimo limosnero; y así, encargó mucho a su hijo, cuando se moría, la limosna. Daba cada un año mil ducados por Dios de ordinario; y algunas veces tomó a cambio dineros para limosna, diciendo que con aquel interés rescataba sus pecados. Puso en sus reposteros y armas: Judicium Domini aprehendit eos, et fortitudo ejus corroboravit brachium meum: letra muy a propósito de la conquista. Tal fue, como habéis oído, Cortés, conquistador de la Nueva-España; y por haber yo comenzado la conquista de México en su nacimiento, la fenezco en su muerte.
Como reacción a la confección de la crónica de Gómara, que así la denominamos por lo que tiene de sutura de relatos —Tapia, Cortés,…—, Bernal Díaz del Castillo (c. 1496-1584) escribe su Historia verdadera de la conquista de Nueva España tras haber redactado probanzas de méritos y demandas, y viajar a España para ser reconocido y recompensado. Bernal participó en las expediciones de Hernández de Córdoba y en la de Juan de Grijalba. Era hijo del regidor de Medina del Campo, Francisco Díaz del Castillo, quien compartió concejo con Garci Rodríguez de Montalvo[26], editor del Amadís, detalle que debe tenerse en cuenta no sólo en lo que respecta a su formación, sino también a la influencia que tal obra pudo ejercer sobre el célebre soldado.
Compuesta a la contra de la del clérigo, la obra del de Medina del Campo trataba de repartir la gloria adjudicada casi en exclusiva a Cortés por parte de Gómara entre la hueste a la que el mismo Bernal perteneció. Que, evidentemente, no sólo se trataba de alcanzar la gloria sino de obtener ganancias materiales al pasar a Tierra Firme, es algo que quedó patente tras la caída de Tenochtitlán. Bernal refleja la decepción de muchos de sus compañeros al comprobar los magros frutos de la conquista[27]. Uno de ellos, Juan de Mansilla, temprano hombre leal a Cortés, compuso los «motes y metros» que aparecieron en los muros de la residencia de Cortés en Coyoacán. En las pintadas se percibe la amargura por lo poco obtenido tras correr tantos peligros:
¡Oh, qué triste está la ánima mea hasta que todo el oro que tiene tomado Cortés y escondido lo vea!.
A los que respondió el propio Cortés con esta frase:
Pared blanca, papel de necios.
La respuesta de Cortés aún encontró una amenazante réplica:
Y aun de sabios y verdades, e Su Majestad lo sabrá muy presto.
Mas si la hacienda estaba quebrantada tras exponerse a tantos peligros, Bernal trató poner de relieve la importancia de la compañía en las hazañas que Gómara atribuía casi en exclusiva al personalismo de Cortés.
El relato de Bernal, lleno de viveza, emoción e ironía, fue escrito en Guatemala mucho tiempo después de la conquista, cuando el anciano soldado residía allí. Aunque se estima que pudo finalizar su escrito en 1568, enviando una copia al Consejo de Indias, la Historia verdaderade la conquista de Nueva España se publicará en Madrid en 1632, si bien se cree que circuló mientras como manuscrito. La publicación fue posible gracias al mercedario fray Alonso Remón.
Si de Cortés se trata, en el libro tenemos descripciones físicas y apreciaciones de su actitud y moral. Citaremos la prolija traza del conquistador incluida en el capítulo CCIV, en el que se aprecia su evolución:
Fue de buena estatura e cuerpo, e bien proporcionado e membrudo, e la color de la cara tiraba algo a cenicienta, e no muy alegre; e si tuviera el rostro más largo, mejor le paresciera; y era en los ojos en el mirar algo amorosos, e por otra parte graves. Las barbas tenía algo prietas e pocas e ralas, e el cabello, que en aquel tiempo se usaba, de la misma manera que las barbas. E tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, e era cenceño e de poca barriga y algo estevado, e las piernas e manos bien sacadas. E era buen jinete e diestro de todas armas, ansí a pie como a caballo, e sabía muy bien menearlas; e, sobre todo, corazón y ánimo, que es lo que hace al caso. Oí decir que cuando mancebo en la isla Española fue algo travieso sobre mujeres e que se acochilló algunas veces con hombres esforzados e diestros, e siempre salió con vitoria. E tenía una señal de cuchillada cerca de un bezo de abajo, que si miraban bien en ello, se le parecía, mas cubríaselo las barbas, la cual señal le dieron cuando andaba en aquellas cuistiones.
En todo lo que mostraba, ansí en su presencia y meneos como en pláticas e conversación, e en comer e en el vestir, en todo daba señales de gran señor. Los vestidos que se ponía eran según el tiempo e usanza, e no se le daba nada de traer muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy polido; ni tampoco traía cadenas de oro grandes, salvo una cadenita de oro de prima hechura con un joyel con la imagen de Nuestra señora la Virgen Santa María con su hijo precioso en los brazos, e con un letrero en latín en loor de Nuestra Señora; e de la otra parte del joyel a señor San Juan Bautista, con otro letrero; e también traía en el dedo un anillo muy rico con un diamante. Y en la gorra, que entonces se usaba de terciopelo, traía una medalla, no me acuerdo el rostro que en la medalla traía figurado ni la letra dél; mas después, el tiempo andando, siempre traía gorra de paño sin medalla.
Servíase ricamente, como gran señor, con dos maestresalas e mayordomos e muchos pajes, e todo el servicio de su casa muy complido, e grandes vajillas de plata y de oro. Comía bien e bebía una buena taza de vino aguado que cabría un cuartillo, e también cenaba; e no era nada regalado ni se le daba nada por comer manjares delicados ni costosos, salvo cuando vía que había necesidad que se gastase o los hobiese menester. Era de muy afable condición con todos nuestros capitanes e compañeros, en especial con los que pasamos con él de la isla de Cuba la primera vez. Y era latino, e oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados e hombres latinos, respondía a lo que le decían en latín. Era algo poeta: hacía coplas en metros e en glosas, e en lo que platicaba lo decía muy apacible y con muy buena retórica; e rezaba por las mañanas en unas horas, e oía misa con devoción.
Tenía por su muy abogada a la Virgen María, nuestra señora, la cual todos los fieles cristianos la debemos tener por nuestra intercesora e abogada; e también tenía a señor San Pedro, a Santiago e a señor San Juan Bautista; e era limosnero. Cuando juraba decía: «En mi conciencia»; e cuando se enojaba con algún soldado de los nuestros, sus amigos, le decía: «¡Oh, mal pese a vos!»; e cuando estaba muy enojado se le hinchaba una vena de la garganta e otra de la frente; e aun algunas veces, de muy enojado, arrojaba un lamento al cielo; e no decía palabra fea ni injuriosa a ningún capitán ni soldado. Y era muy sofrido, porque soldados hobo muy desconsiderados que decían palabras muy descomedidas, e no les respondía cosa muy sobrada ni mala; y aunque había materia para ello, lo más que les decía: «Callá e oíd»; o «Id con Dios, y de aquí adelante tené más miramiento en lo que dijéredes, porque os castigaré por ello».
Era muy porfiado, en especial en cosas de la guerra, […].
Dejemos esta plática, e diré que cuando luego venimos con nuestra armada a la Villa Rica e comenzamos a hacer la fortaleza, el primero que cavó e sacó tierra en los cimientos fue Cortés; e siempre en las batallas le vi que entraba en ellas juntamente con nosotros. […]
