Obras Notables de Henry James - Henry James - E-Book

Obras Notables de Henry James E-Book

Henry James

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Beschreibung

Las 'Obras Notables de Henry James' constituyen una magnífica recopilación que abarca lo mejor de la producción literaria de uno de los más influyentes novelistas anglosajones del siglo XIX y principios del XX. En estas obras, James explora las complejidades de la psicología humana y las dinámicas sociales con un estilo introspectivo y minucioso, caracterizado por largas frases y un detallismo extenuante que enriquece el contexto de sus personajes. Su habilidad para describir ambientes y matices emocionales se manifiesta en novelas como 'La princesa Casamassima' y 'Los embajadores', donde el viaje psicológico se entrelaza con la crítica social, reflejando la transición entre la Europa tradicional y la modernidad en Estados Unidos. Henry James, nacido en 1843 en Nueva York, fue un autor que vivió entre dos mundos: el europeo y el americano. Su traslado a Europa a finales del siglo XIX y su interacción con figuras literarias como Edith Wharton lo moldearon profundamente, dándole una perspectiva única sobre la identidad y la cultura. Además, su experiencia como crítico de arte y literatura influyó en su enfoque narrativo, volviéndose cada vez más consciente de la interioridad de sus personajes y de las sutilezas de sus relaciones. Recomiendo encarecidamente 'Obras Notables de Henry James' a todo lector que desee una inmersión profunda en la literatura que desafía y estimula el pensamiento. La destreza de James para construir narrativas complejas y su aguda observación de la naturaleza humana lo elevan a un estatus que merece ser explorado por los amantes de la literatura y académicos por igual. Esta recopilación no solo ofrece un vistazo a su genialidad, sino también una oportunidad para reflexionar sobre la condición humana y el arte de la narrativa. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Henry James

Obras Notables de Henry James

Edición enriquecida. Explorando las profundidades de la psique humana a través de la narrativa magistral
Introducción, estudios y comentarios de Teo Ibáñez
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 8596547782643

Índice

Introducción
Biografía del Autor
Contexto Histórico
Sinopsis (Selección)
Obras Notables de Henry James (El Retrato de una Dama, Otra vuelta de tuerca, Los papeles de Aspern, Daisy Miller, La Copa Dorada)
Análisis
Reflexión
Citas memorables

Introducción

Índice

Esta colección, Obras Notables de Henry James, reúne cinco títulos que condensan la ambición artística de uno de los maestros de la narrativa moderna. Al colocar en un mismo volumen Daisy Miller, Retrato de una dama, Los Papeles de Aspern, La Otra Vuelta de Tuerca y La Copa Dorada, proponemos un recorrido por la evolución de su imaginación transatlántica: del choque de costumbres al examen minucioso de la conciencia. El propósito es ofrecer, en un conjunto legible y cohesionado, novelas y novelas cortas que muestran su alcance temático y técnico sin dispersión, como puerta de entrada y, a la vez, mapa sintético de su obra.

El alcance de esta edición es deliberadamente preciso: se privilegia la prosa de ficción larga, es decir, dos novelas mayores y tres novelas cortas, presentadas íntegramente. No se incluyen aquí el teatro, los ensayos críticos, la correspondencia ni los cuentos breves que James cultivó con excelencia. El corpus seleccionado cubre un arco temporal entre 1878 y 1904, abarcando etapas tempranas y tardías de su escritura. El lector encontrará, por tanto, una muestra representativa de géneros narrativos que James perfeccionó: la novela de formación social, la nouvelle psicológica y el relato largo de intriga, cada uno servido por una técnica de punto de vista rigurosa.

Los cinco libros dialogan en torno a motivos que James vuelve una y otra vez: el encuentro entre América y Europa, la tensión entre inocencia y experiencia, el poder modelador del dinero y del matrimonio, la presión de los códigos sociales y el costo íntimo de la libertad. A ello se suma un interés sostenido por la privacidad, el secreto y la posesión —de bienes, de personas, de documentos, de narrativas— que dota a sus tramas de una energía moral. Las decisiones de sus personajes no son meros giros de argumento: son pruebas de percepción, tacto y responsabilidad en escenarios de refinada complejidad.

Si algo distingue a James es su arte del punto de vista. Prefiere filtrar la acción a través de una conciencia central, cercana pero no omnisciente, que invita a compartir dudas, inferencias y silencios. Esta focalización, junto con una sintaxis flexible y un gusto por las insinuaciones, produce ambigüedad fértil: lo importante no solo ocurre, también se percibe, se malinterpreta o se encubre. Su llamado método dramático —escenas dialogadas que hacen avanzar la psicología— evita la explicación directa y confía en la inteligencia del lector. Así, la forma y la ética confluyen en una atención extrema a lo visto, lo dicho y lo callado.

Daisy Miller (1878) es una novela corta que expone, con aparente ligereza, un conflicto de mirada y costumbre. Una joven estadounidense de vacaciones en Europa despierta fascinación y reproche en círculos cosmopolitas por su espontaneidad, ajena a protocolos que otros dan por sentados. Entre hoteles, paseos y salones, la obra observa cómo se fabrica una reputación y qué consecuencias tiene para quien no domina las claves sociales. La premisa es sencilla, el efecto perdurable: la distancia entre lo que se es y lo que los demás leen, núcleo de muchas ficciones de James, adquiere aquí claridad y filo memorables.

Retrato de una dama (1881) es una novela de amplio aliento que sigue a Isabel Archer, joven norteamericana enfrentada a la promesa y al riesgo de decidir por sí misma en un entorno europeo de seducciones sutiles. La obra despliega una anatomía de la libertad: herencias, amistades y oportunidades ponen a prueba la imaginación moral de su protagonista y el alcance real de su autonomía. James ensaya aquí, con maestría, largos planos de conciencia y escenas donde el tacto social es decisivo. Sin anticipar su desarrollo, baste decir que la novela convierte la elección en drama y la percepción en destino.

Los Papeles de Aspern (1888) sitúa a un editor y biógrafo anónimo en Venecia, decidido a conseguir documentos inéditos de un célebre poeta fallecido, custodiados por una mujer que fue cercana a él y su joven pariente. La premisa entraña una cuestión ética clara: qué límites aceptar en la búsqueda de un legado literario y cuánto sacrificar de la vida ajena para rescatar una voz. El relato construye una atmósfera de habitaciones cerradas, lagunas biográficas y maniobras discretas, donde la ciudad y la casa son escenarios de negociación. La tensión proviene de la colisión entre deseo erudito y respeto.

La Otra Vuelta de Tuerca (1898) es una novela corta de atmósfera inconfundible. Una institutriz llega a una casa de campo aislada para hacerse cargo de dos niños y, poco a poco, cree percibir presencias que comprometen su cuidado. James convierte el lugar, los silencios y las miradas en fuentes de inquietud, y sostiene la ambigüedad como principio constructivo: el lector debe decidir qué creer y por qué. Más que un relato de apariciones, es un estudio sobre la interpretación, la sugestión y la responsabilidad adulta ante lo que no se comprende del todo, pero reclama atención urgente.

La Copa Dorada (1904) pertenece a la etapa tardía de James y condensa su estilo más concentrado. La premisa se articula en torno a un matrimonio entre una heredera estadounidense y un aristócrata europeo, vínculos familiares estrechos y un objeto que da nombre a la novela. Desde esa base, el autor explora los matices de la lealtad, la confianza y la delicadeza en un mundo donde casi todo se insinúa. La prosa se vuelve más elíptica y las escenas, más densas en subtexto. El interés no está en el suceso espectacular, sino en cómo la conciencia aborda lo apenas entrevisto.

Leídas en conjunto, estas obras muestran cómo el espacio social —salones, jardines, hoteles, museos, casas— funciona como laboratorio moral. James observa gestos, protocolos, objetos y silencios con la misma atención que presta a acciones explícitas. Sus protagonistas, a menudo mujeres jóvenes o figuras de sensibilidad aguda, se mueven entre lecciones de tacto y equívocos reveladores. Los hombres de mundo, las tías prudentes, los amigos atentos, los pretendientes, los servidores del arte o del prestigio: todos juegan papeles decisivos en redes de expectativa y vigilancia. El resultado es una cartografía afectiva y social donde cada elección deja huellas duraderas.

La vigencia de este conjunto descansa en su doble movimiento: refinamiento formal y pregunta ética. El lector contemporáneo hallará en estas páginas una reflexión sobre el cosmopolitismo, la circulación de personas y capitales, la presión de las reputaciones y la intimidad amenazada. La penetración psicológica de James ha sido influyente en la narrativa del siglo XX y sigue siendo fértil para pensar cómo narrar la conciencia y sus límites. Su ambigüedad no es evasiva, sino una forma de rigor: admite lo que no se sabe y construye con ello. Por eso sus historias permanecen abiertas al escrutinio y a nuevas lecturas.

Esta colección propone, pues, una entrada ordenada y suficiente al universo jamesiano: dos novelas capitales y tres novelas cortas que, sin repetirse, se iluminan entre sí. Puede leerse cronológicamente, para seguir la evolución de su técnica, o atendiendo a afinidades: el conflicto transatlántico, la ética de la percepción, el secreto. En todos los casos, el itinerario está pensado para acompañar al lector sin adelantar resoluciones, preservando el placer de descubrimiento que James cultivó. Reunir estos títulos es ofrecer un conjunto coherente que muestra, con nitidez, la amplitud, la sutileza y la vigorosa actualidad de su arte narrativo.

Biografía del Autor

Índice

Henry James (1843-1916) fue una de las figuras centrales de la narrativa angloamericana de fin de siglo. Formado entre Estados Unidos y Europa, articuló con precisión inédita la vida interior de sus personajes y examinó las fricciones entre culturas a ambos lados del Atlántico. Su obra, escrita mayormente desde Inglaterra, se mueve entre la novela, la nouvelle y el cuento, y está marcada por un realismo psicológico que anticipa preocupaciones del modernismo. Títulos como Daisy Miller, Retrato de una dama, La Copa Dorada, La Otra Vuelta de Tuerca y Los Papeles de Aspern condensan su llamado “tema internacional” y su sutil arte perspectivista.

Desde joven alternó estancias en ciudades europeas y norteamericanas, lo que le expuso a lenguas, museos y teatros que nutrirían su sensibilidad cosmopolita. Estudió brevemente Derecho en Harvard a comienzos de la década de 1860, pero pronto orientó su vocación hacia la crítica y la ficción. Su aprendizaje literario fue público: colaboró en revistas, escribió reseñas y ensayos que afinan su atención a la forma y al punto de vista. Entre sus afinidades declaradas se cuentan Balzac, Hawthorne, Turguéniev, Flaubert y George Eliot, cuyas técnicas de caracterización y análisis social reinterpreta, desplazando la acción hacia la conciencia y los matices de percepción.

A partir de la década de 1870 consolidó su nombre en periódicos y magazines transatlánticos. Daisy Miller (1878) lo hizo célebre al dramatizar, con economía y agudeza, el choque entre espontaneidad americana y códigos europeos. Su tratamiento del rumor, la mirada social y la ambigüedad moral le ganó lectores y detractores, pero fijó su territorio. Una década más tarde, Los Papeles de Aspern (1888) llevó ese interés a un terreno distinto: la obsesión por el archivo literario y los límites éticos de la biografía. Ambientada en Venecia, la nouvelle indaga las tensiones entre deseo, posesión y responsabilidad del estudioso ante su objeto.

Retrato de una dama (1881) ocupa un lugar central en su trayectoria media. Más que una historia de costumbres, es un laboratorio sobre libertad, percepción y elección moral, articulado mediante un manejo sofisticado de la perspectiva y del estilo indirecto libre. La novela consolida su “tema internacional” y afina su interés por cómo el entorno social enmarca, sin determinar plenamente, la conciencia individual. Su recepción fue amplia y duradera: críticas de la época destacaron tanto su sutileza psicológica como su construcción formal, y la crítica posterior la ha leído como un puente entre el realismo decimonónico y la complejidad introspectiva del siglo XX.

Durante los años 1890 exploró la escena teatral, experiencia que dejó huellas en su prosa al reforzar la economía escénica y el diálogo cargado de subtexto. La Otra Vuelta de Tuerca (1898), acaso su relato más discutido, condensa esa destreza: una estructura de voces enmarcadas, una narración calculadamente parcial y una imaginería que mantiene en suspenso cualquier diagnóstico unívoco. El debate crítico sobre su estatuto —historia de fantasmas, estudio de sugestión o ambos— ilustra su interés por la ambivalencia interpretativa. En paralelo, su cuentística profundizó en la maniobra del punto de vista como instrumento de incertidumbre y de precisión moral.

En el ciclo de comienzos del siglo XX, su llamada “fase tardía” culmina en La Copa Dorada (1904), novela de diálogos oblicuos, focalizaciones móviles y sintaxis envolvente. Allí, la trama importa menos que el tejido de conciencias que la sostienen: la atención se concentra en los gestos, los silencios y la lectura de signos sociales. Entre 1907 y 1909 preparó la New York Edition, revisión de buena parte de su obra con prólogos donde expone su poética del “centro de conciencia”. Estas reescrituras y meditaciones técnicas confirman una ética de la forma: conocer es un proceso gradual, mediado por perspectivas.

En sus últimos años residió en Inglaterra, país del que se naturalizó ciudadano en 1915, en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Siguió escribiendo ficción breve, crítica, memorias y notas sobre la contienda, manteniendo su interés por la vida mental como núcleo de la experiencia. Murió en 1916. Su legado es vasto: consolidó el análisis de la conciencia y la técnica del punto de vista como herramientas centrales de la novela, influyendo en generaciones posteriores. Hoy, obras como Daisy Miller, Retrato de una dama, La Otra Vuelta de Tuerca, Los Papeles de Aspern y La Copa Dorada siguen interrogando el deseo, el poder y la interpretación.

Contexto Histórico

Índice

Esta colección reúne obras que Henry James publicó entre finales de la década de 1870 y 1904, abarcando el último tercio de la era victoriana y la transición a la etapa eduardiana, así como la llamada Edad Dorada estadounidense. Daisy Miller (1878), Retrato de una dama (1881), Los papeles de Aspern (1888), La otra vuelta de tuerca (1898) y La copa dorada (1904) registran, desde distintos ángulos, el intenso intercambio transatlántico de personas, capitales e ideas. Son textos situados en un siglo que aceleró la movilidad, transformó la esfera privada con nuevas tecnologías y replanteó la autoridad cultural de Europa frente a Estados Unidos, cuestionando jerarquías, códigos de conducta y nociones de identidad.

Nacido en Nueva York en 1843 y formado entre Estados Unidos y Europa, James encarnó el cosmopolitismo del siglo XIX. Se instaló en el Reino Unido en la década de 1870 y, al final de su vida, adquirió la nacionalidad británica (1915). Su trayectoria le dio un punto de observación privilegiado sobre los viajeros, expatriados y coleccionistas que cruzaban el Atlántico. Conoció de primera mano los salones literarios, los grandes hoteles y las redes editoriales donde circulaban sus relatos y novelas, y convirtió ese mundo híbrido en un laboratorio para indagar en los códigos sociales, la conciencia individual y las fricciones entre “Viejo” y “Nuevo” Mundo.

El trasfondo material de estas obras es la revolución en los transportes y las comunicaciones. Los vapores trasatlánticos redujeron el viaje a semanas; el ferrocarril conectó capitales y balnearios; el telégrafo y, más tarde, el teléfono agilizaron redes de negocios y noticias. Empresas de turismo organizaron itinerarios para una clase media y alta internacionalizada. El resultado fue un auge de la hotelería alpina, de los inviernos romanos y de las temporadas en ciudades-archivo como Venecia. James sitúa allí a sus personajes para explorar el roce entre costumbres norteamericanas más informales y sistemas europeos regidos por precedencias, títulos, clero, diplomacia y viejos patrimonios.

Daisy Miller surge del boom turístico de los años 1870, cuando jóvenes estadounidenses viajaban con familias o acompañantes por Suiza e Italia. En ese contexto, la figura de la “American girl” se convirtió en emblema de frescura y espontaneidad, pero también en foco de polémica sobre chaperonaje, rumor social y reputación femenina. La obra registra el choque entre normas de sociabilidad más flexibles en Estados Unidos y los rituales de cortejo y vigilancia propios de las colonias angloamericanas en Roma. También evidencia que el viaje europeo implicaba riesgos sanitarios entonces mal comprendidos y usados, a menudo, como argumento moralizador por las comunidades expatriadas.

Retrato de una dama, serializado a inicios de la década de 1880, traslada ese cruce de mundos al problema de la elección vital de una mujer con fortuna propia. El momento histórico es decisivo: en el Reino Unido, las Married Women’s Property Acts (1870 y 1882) ampliaban derechos patrimoniales de las casadas; en Estados Unidos, reformas estatales erosionaban la coverture. Sin embargo, persistían límites sociales y legales sobre el divorcio, la tutela y los asentamientos matrimoniales. James encuadra esas tensiones en casas inglesas, villas italianas y círculos cosmopolitas, donde la libertad femenina se confronta a pactos familiares, expectativas de clase y sofisticadas formas de presión moral.

La consolidación de grandes fortunas industriales y financieras en Estados Unidos modificó equilibrios culturales y matrimoniales entre ambos lados del Atlántico. Desde la década de 1870 proliferaron alianzas entre herederas norteamericanas y aristócratas europeos, fenómeno que la prensa etiquetó con ironía y fascinación. En paralelo, Europa vivía la larga depresión (aproximadamente 1873–1896) y la adaptación de élites terratenientes a mercados globales. Estas dinámicas, ya latentes en Retrato de una dama, maduran en La copa dorada, donde la circulación de capital, obras de arte y apellidos ilustra una economía simbólica en la que el gusto, la respetabilidad y el crédito social se negocian con la misma intensidad que el dinero.

La otra vuelta de tuerca ancla su inquietud en la casa de campo victoriana, institución que organizaba jerarquías de servicio, intimidad y secreto. La figura de la institutriz era un pilar del régimen doméstico para clases medias y altas: una trabajadora educada, pero sin rango, encargada de sostener un ideal de infancia en transformación. Leyes educativas (como las aprobadas en el Reino Unido en 1870 y 1880) expandieron la alfabetización, mientras tratados y manuales prescribían modelos morales y emocionales. James explora cómo ese entramado confiere autoridad y vulnerabilidad a quienes median entre el mundo adulto y la protección de los menores.

El fin de siècle estuvo saturado por el interés en fenómenos psíquicos, hipnosis y espiritualismo, investigados por sociedades dedicadas a la investigación psíquica desde la década de 1880. La prensa difundió sesiones, testimonios y debates científicos sobre percepción, sugestión y memoria. En paralelo, la psicología académica se consolidó, destacando obras como The Principles of Psychology (1890) de William James. En ese clima de indagación de la mente y sus zonas inciertas, La otra vuelta de tuerca ocupa un lugar estratégico: su ambigüedad se alimenta de una cultura que discutía, con seriedad intelectual, los límites entre experiencia subjetiva, indicio empírico y creencia.

Los papeles de Aspern se sitúa en la Venecia posterior a la unificación italiana, una ciudad que, tras su anexión en 1866, combinaba decadencia material con magnetismo estético. James, asiduo visitante, conocía sus palacios semivacíos, jardines ocultos y una economía crecientemente dependiente del turismo y del alquiler estacional a extranjeros. El relato aprovecha esa atmósfera para examinar la persistencia del Romanticismo como capital simbólico, y cómo los herederos —reales o autoproclamados— de grandes figuras literarias se relacionaban con un pasado prestigioso que al mismo tiempo necesitaban proteger, rentabilizar o reescribir.

El siglo XIX tardío vivió una auténtica fiebre por reliquias literarias: cartas, cuadernos, primeras ediciones y objetos asociados a poetas románticos y victorianos. Archivos privados se abrieron a editores y anticuarios; sociedades de lectores organizaron homenajes; la crítica académica dio estatuto a la edición de epistolarios. Este horizonte convierte Los papeles de Aspern en un estudio histórico sobre la ética de la investigación: el límite entre el derecho a conocer y la privacidad, el valor de mercado de la intimidad y la tentación de instrumentalizar a guardianas de recuerdos. Tales dilemas acompañaron, con variaciones, la profesionalización de los estudios literarios.

La copa dorada emerge en 1904, cuando los coleccionistas estadounidenses intensificaban la transferencia de obras europeas a museos y mansiones del otro lado del Atlántico. Comerciantes y marchantes internacionales articularon un mercado ágil, y las élites norteamericanas usaron el arte para afirmar gusto, identidad y filantropía. En ese intercambio, Italia, Francia e Inglaterra proveyeron pinturas, muebles y objetos decorativos. James convierte el coleccionismo en lenguaje social: seleccionar, autenticar y exhibir piezas se vuelve metáfora de juicios morales y afectivos. El arte, como el matrimonio, exige pericia, recursos y un fino sentido de lo irreparable.

Las alianzas transatlánticas de fin de siglo y principios del XX añadieron a la economía un repertorio de símbolos compartidos: títulos nobiliarios, apellidos reputados, barrios elegantes y museos privados. Prensa y caricatura codificaron figuras como los “príncipes sin dote” y las “herederas americanas”, imágenes que contextualizan la constelación de La copa dorada sin necesidad de identificar modelos concretos. Entre Londres, París y ciudades italianas, la vida elegante se sostenía en complicados arreglos de crédito, herencia y confianza. James rastrea cómo esos pactos sociales se tensan cuando la circulación de dinero y prestigio tropieza con silencios, deudas morales y lealtades cruzadas.

Las leyes de herencia y de asentamientos matrimoniales, junto con la práctica del mayorazgo y los entailed estates en el ámbito británico, condicionaban la transmisión de bienes y el margen de decisión individual. En Estados Unidos, la diversidad estatal producía regímenes distintos para divorcio, separación y propiedad conyugal. En Italia y otros países católicos, la disolución matrimonial era más restringida, lo que hacía de la residencia y la jurisdicción factores de peso. Retrato de una dama y La copa dorada muestran, en clave narrativa, cómo el clima legal y notarial de la época encauzaba expectativas, estrategias familiares y los costos sociales de cualquier transgresión.

El ecosistema editorial determinó la forma y el alcance de estas obras. La serialización en revistas anglófonas amplió el público, condicionó ritmos narrativos y favoreció debates inmediatos. Antes de 1891, la debilidad del reconocimiento internacional del derecho de autor en Estados Unidos complicó ingresos y control textual para escritores como James; el cambio legal mejoró ese panorama. Piezas breves como Daisy Miller circularon con rapidez y suscitaron controversia sobre modales y moral. Relatos como La otra vuelta de tuerca aparecieron en semanarios ilustrados, dialogando con una cultura de consumo que esperaba entretenimiento sofisticado y discutía sus historias en cafés y salas de lectura.

En términos estéticos, la colección recorre etapas de James: del internacionalismo temprano (Daisy Miller, Retrato de una dama) a una fase intermedia de experimentación con la voz y el punto de vista (Los papeles de Aspern), y al llamado periodo mayor de inicios del siglo XX (La copa dorada), caracterizado por una prosa más elíptica y concentrada en la conciencia. Entre 1907 y 1909, James preparó la “New York Edition” de sus obras, con extensas prefacios críticos. Esas revisiones y comentarios ofrecieron a los lectores de la época, y a los posteriores, un mapa de su proyecto artístico y de su relación con el tiempo histórico representado.

La recepción crítica ha variado con los movimientos intelectuales. Daisy Miller fue leída pronto como diagnóstico de modales internacionales; Retrato de una dama, como estudio de libertad y coacción social. Desde la década de 1930, La otra vuelta de tuerca alimentó disputas interpretativas, destacando la influyente lectura psicológica de Edmund Wilson, luego matizada y discutida. El auge del New Criticism valoró la ambigüedad controlada de James; más tarde, estudios feministas y de género reconsideraron la agencia de Isabel Archer o las normas que pesan sobre Daisy. En la crítica reciente, el marco transatlántico y la cultura material del coleccionismo han cobrado centralidad.

Estos libros también dialogan con transformaciones intelectuales más amplias: el ascenso de las ciencias sociales, la profesionalización de la crítica de arte, la historia como disciplina universitaria y la emergencia de una psicología atenta a la percepción y el hábito. La consolidación de la prensa de masas y de la cultura de exhibición convirtió la reputación en un bien frágil y negociable. James capta cómo los espacios —el hotel, el salón, el museo doméstico, la casa de campo— actúan como máquinas sociales. En ellos, la cortesía codifica jerarquías, y los objetos —cartas, retratos, antigüedades— pueden legitimar o desestabilizar identidades cuidadosamente construidas.—No spoilers innecesarios.— Wait we must not include

Sinopsis (Selección)

Índice

Encuentros transatlánticos: Daisy Miller y Retrato de una dama

Daisy Miller sigue a una joven estadounidense que, durante su estancia en Europa, desafía sin saberlo los rígidos códigos de la alta sociedad. A través de una mirada irónica y compasiva, James explora el choque cultural, la reputación y la fragilidad del juicio social. El tono combina observación clínica con una ambigua ternura hacia la protagonista.

Retrato de una dama traza el despertar moral e intelectual de Isabel Archer, una heredera norteamericana que busca autonomía en el viejo continente. Entre pretendientes, amistades y alianzas, la novela indaga en la libertad, la manipulación y el costo de elegir. La focalización psicológica y el control del punto de vista convierten la vida interior en el verdadero campo de batalla.

Ambigüedad y obsesión: La Otra Vuelta de Tuerca y Los Papeles de Aspern

La Otra Vuelta de Tuerca presenta a una institutriz que, en una casa de campo aislada, atestigua apariciones que podrían ser fantasmas o proyecciones de su mente. El relato juega con la ambigüedad y la tensión sostenida, invitando a dudar de lo que se ve y de quien lo cuenta. Su atmósfera opresiva y su narradora posiblemente no fiable hacen del texto un clásico de la inquietud psicológica.

Los Papeles de Aspern narra la búsqueda de un investigador por unos documentos íntimos de un célebre poeta, custodiados por dos mujeres en una Venecia crepuscular. El avance de la intriga depende de la seducción, el sigilo y la negociación, poniendo a prueba los límites éticos del deseo de saber. James explora la obsesión, el poder y la soledad en espacios cerrados y cargados de memoria.

La fase tardía y sus intrincadas lealtades: La Copa Dorada

La Copa Dorada sigue a dos parejas entrelazadas por lazos familiares y secretos, cuya aparente armonía encubre una red de lealtades y deudas morales. A través de silencios, miradas y medias palabras, la trama se complica hasta revelar cómo el deseo y la lealtad pueden quedar atrapados en el cálculo social. Es una obra tardía de prosa densa y minuciosa, que lleva la anatomía de la conciencia a su grado más sutil.

Obras Notables de Henry James (El Retrato de una Dama, Otra vuelta de tuerca, Los papeles de Aspern, Daisy Miller, La Copa Dorada)

Tabla de Contenidos Principal
Daisy Miller
Retrato de una dama
La Copa Dorada
La Otra Vuelta de Tuerca
Los Papeles de Aspern

Henry James

Obras Notables de Henry James

Daisy Miller

Índice

Contenido

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Índice

En el pueblecito de Vevey, en Suiza, hay un hotel particularmente confortable. De hecho, allí abundan los hoteles pues el entretenimiento de los turistas es el negocio del lugar que, como muchos viajeros recordarán, está ubicado al borde de un lago intensamente azul, un lago de obligada visita para todos los turistas. La orilla del lago presenta una ininterrumpida hilera de establecimientos de este tipo y de todas las categorías, desde el «grand hotel», a la última moda, con una fachada de blanco estucado, un centenar de balcones y una docena de banderas ondeando en el tejado, hasta la pequeña y vieja pensión suiza con el nombre inscrito en letras que se pretenden góticas sobre una pared rosada o amarillenta y una desmañada glorieta en un rincón del jardín. Uno de los hoteles de Vevey, sin embargo, es famoso, incluso clásico, distinguiéndose de muchos de sus presuntuosos vecinos por un aire especial, mezcla de lujo y madurez. En esta región, en el mes de junio, los viajeros americanos son muy numerosos; puede realmente decirse que en esta época Vevey adquiere algunas de las características de un balneario americano. Ciertas imágenes y sonidos evocan una visión, un eco, de Newport y Saratoga. Hay por todas partes un revoloteo de «elegantes» jovencitas, un susurro de volantes de muselina, un traqueteo de música bailable al amanecer, un continuo sonido de voces estridentes. Al recibir todas esas impresiones en el excelente albergue de Les Trois Couronnes, uno se siente transportado con la imaginación a la Ocean House o al Congres Hall. Pero es necesario añadir que en Les Tois Couronnes existen otras características netamente contrapuestas a las anteriores: camareros alemanes impecables, que parecen secretarios de embajada; princesas rusas sentadas en el jardín; niños polacos paseando de la mano de sus preceptores; una vista de la cresta nevada del Dent du Midi y las pintorescas torres del castillo de Chillon.

Ignoro si serían las analogías o las diferencias las que privaban en la mente de un joven americano que, dos o tres años atrás, estaba sentado en el Jardín de Les Trois Couronnes, mirando con cierta indolencia algunos de los atrayentes rasgos que he mencionado. Era una hermosa mañana de verano, y cualquiera que fuese el modo en que el joven americano miraba las cosas, éstas debían parecerle encantadoras. Había llegado de Ginebra el día anterior, en el vaporcito, para ver a su tía que se hospedaba en el hotel —Ginebra había sido durante largo tiempo su lugar de residencia—. Pero su tía tenía jaqueea —su tía tenía jaqueca casi permanentemente— y estaba en ese momento encerrada en su habitación aspirando alcanfor, de suerte que él podía errar con absoluta libertad.

Tenía unos veintisiete años de edad; cuando sus amigos hablaban de él, solían decir que estaba «estudiando» en Ginebra. Cuando eran sus enemigos los que hablaban, decían... pero, después de todo, no tenía enemigos; era una persona extremadamente amable y querida por todos. Lo que debo decir es, simplemente, que cuando ciertas personas hablaban de él, afirmaban que la razón de que pasara tanto tiempo en Ginebra era su extremada devoción por una dama que allí residía, una extranjera, una persona mayor que él. Pocos americanos —en realidad creo que ninguno— habían visto jamás a esa dama, sobre la que corrían algunas historias singulares.

Pero Winterbourne sentía un viejo afecto por la pequeña metrópoli del calvinismo; allí fue a la escuela de niño y luego a la universidad, circunstancias que le habían llevado a cultivar numerosas amistades juveniles. Muchas aún las conservaba en la actualidad y constituían un motivo de la mayor satisfacción.

Tras llamar a la puerta de la habitación de su tía y enterarse de que estaba indispuesta, había ido a dar un paseo por el pueblo regresando luego a desayunar. Había terminado ya su desayuno, pero estaba tomando un tacita de café que le había sido servida por uno de los camareros con aspecto de diplomáticos. Cuando terminó su café, encendió un cigarrillo. En ese momento se acercaba un chiquillo por el camino, un bribonzuelo de unos nueve o diez años. El niño, de diminuta estatura para su edad, tenía una expresión madura en el semblante, una tez pálida y unos rasgos afilados. Llevaba pantalones de golf con calcetines rojos que resaltaban el par de palillos que tenía por piernas; también su corbata era de un rojo chillón. En su mano traía un largo bastón de alpinista cuya afilada punta clavaba en cuanto se ponía a su alcance: los parterres, los bancos del jardín, las colas de los vestidos de las señoras. Al llegar frente a Winterbourne, se detuvo mirándole con unos ojillos vivaces y penetrantes.

—¿Me da un terrón de azúcar? —preguntó con una vocecita dura y aguda; una voz inmadura pero no obstante y en cierto sentido, poco infantil.

Winterbourne volvió su mirada hacia la mesita en que, a su lado, reposaba el servicio de café, y vio que quedaban algunos terrones.

—Sí, puedes tomar uno —respondió—, pero no creo que el azúcar sea bueno para los niños.

El muchachito en cuestión avanzó, seleccionó cuidadosamente tres de los anhelados fragmentos y tras meterse dos en el bolsillo del pantalón, depositó rápidamente el tercero en otro lugar. Clavó su bastón a modo de lanza en el banco de Winterbourne y trató de romper el terrón de azúcar con los dientes.

—¡Diablos, está du-u-ro! —exclamó, pronunciando el adjetivo de modo peculiar.

Winterbourne había advertido inmediatamente que podría tener el honor de tratar con un compatriota.

—Ten cuidado, no vayas a lastimarte los dientes —dijo paternalmente.

—No tengo dientes que lastimar. Se me han caído todos. Tengo sólo siete. Mi madre los contó anoche y poco después de hacerlo se me cayó otro. Dijo que mé daría una bofetada si se me caían más. No puedo evitarlo. La culpa es de esta vieja Europa: el clima los hace caer. En América no se me caían. Son estos hoteles.

Winterbourne se divertía mucho.

—Si te comes tres terrones de azúcar, seguro que tu madre te dará una bofetada —dijo.

—Pues que me dé caramelos —replicó su joven interlocutor—. Aquí no puedo conseguir caramelos. Caramelos americanos. Los caramelos americanos son los mejores caramelos.

—¿Y los chicos americanos son los mejores también? —preguntó Winterbourne.

—No lo sé. Yo soy un chico americano —respondió el niño.

—¡Ya veo que eres uno de los mejores! —dijo Winterbourne riendo.

—¿Es usted americano? —prosiguió el despierto chiquillo. Y al responderle Winterbourne afirmativamente, declaró—: Los hombres americanos son los mejores.

Su compañero le agradeció el cumplido, y el niño que estaba ahora a horcajadas sobre su bastón, se quedó mirando a su alrededor mientras atacaba el segundo terrón de azúcar. Winterbourne se preguntaba si él habría sido así en su infancia, pues le habían traído a Europa aproximadamente a esa misma edad.

—¡Ahí viene mi hermana! —gritó el niño al cabo de un momento—. Es una chica americana.

Winterbourne miró hacia el sendero y vio a una bella joven que se acercaba.

—Las chicas americanas son las mejores —dijo alegremente a su pequeño compañero.

—¡Mi hermana no es la mejor! —declaró el niño—. Siempre me está pegando.

—Me imagino que será más por tu culpa que por la suya —dijo Winterbourne.

Entretanto, la joven se había acercado. Iba vestida de muselina blanca, con cientos de cenefas y volantes, y lazos de una cinta pálida. No llevaba sombrero, pero balanceaba en su mano una gran sombrilla con una ancha orla de bordados; y era asombrosa, admirablemente bella.

«¡Qué bonitas son!», pensó Winterbourne, incorporándose en el asiento como si se preparara para levantarse.

La joven se detuvo frente a su banco, cerca de la balaustrada del jardín que miraba hacia el lago. El chiquillo había convertido su bastón en una pértiga, con la ayuda de la cual iba dando saltos por la grava, que esparcía en abundancia.

—Randolph —dijo la joven—, ¿qué estás haciendo?

—Estoy escalando los Alpes —respondió Randolph—. ¡Se hace así!

Y dio otro saltito, haciendo llover piedrecillas cerca de las orejas de Winterbourne.

—Así es como se desciende —dijo Winterbourne.

—¡Es un americano! —gritó Randolph con su vocecilla dura.

La joven sin prestar atención a lo que su hermano decía, le miró severamente y dijo:

—Bueno, supongo que será mejor que te estés quieto.

A Winterbourne le pareció que en cierto modo habían sido presentados. Se levantó y caminó lentamente hacia la muchacha, arrojando su cigarrillo.

—Este jovencito y yo nos hemos hecho amigos —dijo con gran cortesía.

En Ginebra, como él sabía perfectamente, un joven carecía de libertad para dirigirse a una dama soltera, salvo en ciertas y muy especiales situaciones; pero aquí, en Vevey, ¿qué mejor situación que ésta?: una bella muchacha americana acercándose y deteniéndose frente a uno en un jardín. Sin embargo, esta bella muchacha americana, al oír la observación de Winterbourne, se limitó a mirarlo brevemente; luego volvió la cabeza y por encima de la balaustrada contempló el lago y las montañas de enfrente. El se preguntó si no habría ido demasiado lejos; pero decidió que era preferible seguir adelante en vez de retroceder. Mientras buscaba algo que decir la joven se volvió de nuevo hacia el chiquillo.

—Me gustaría saber de dónde has sacado ese palo —dijo.

—¡Lo he comprado! —respondió Randolph.

—¿No querrás decir que vas a llevártelo a Italia?

—¡Sí, voy a llevármelo a Italia! —declaró el niño.

La muchacha contempló la parte delantera de su vestido y alisó las cintas de un par de lazos. Luego volvió a posar la mirada en el paisaje.

—Creo que será mejor que lo dejes en algún sitio —dijo poco después.

—¿Van ustedes a Italia? —inquirió Winterbourne respetuosamente.

La muchacha le miró de nuevo.

—Sí señor —respondió. Y no dijo nada más.

—¿Atraviesan... el Simplón? —prosiguió Winterbourne, un tanto embarazado.

—No sé —dijo ella—. Supongo que pasaremos por alguna montaña. Randolph, ¿qué montaña atravesamos para irnos? —¿Para irnos adónde? —preguntó el niño.

—A Italia —explicó Winterbourne.

—No sé —dijo Randolph—. Yo no quiero ir a Italia. Yo quiero ir a América.

—¡Pero si Italia es un país maravilloso! —replicó el joven.

—¿Pueden conseguirse caramelos allí? —preguntó Randolph, alzando la voz.

—Espero que no —dijo su hermana—. Me parece que ya has comido bastantes caramelos, y mamá cree lo mismo.

—Hace tantísimo que no he probado uno... ¡Cientos de semanas! —gritó el muchacho, prosiguiendo sus saltos.

La joven inspeccionó sus volantes y alisó de nuevo las cintas; y Winterbourne arriesgó en ese momento una observación sobre la belleza del paisaje. Estaba dejando de sentirse embarazado, pues había empezado a darse cuenta de que ella no lo estaba en absoluto. Su cara encantadora no había sufrido la menor alteración y era evidente que no estaba ni ofendida ni turbada. Si miraba en otra dirección cuando él le hablaba y no parecía prestarle demasiada atención, no era sino por hábito, por su manera de ser. Sin embargo, a medida que fue hablándole, señalándole algunos puntos de interés en el paisaje —que ella parecía desconocer— empezó a otorgarle, cada vez con mayor frecuencia, el regalo de su mirada; y entonces advirtió que esa mirada era perfectamente directa e impávida. No obstante, no era lo que hubiera podido llamarse una mirada inmodesta, pues los ojos de la muchacha eran singularmente honestos e inocentes. Eran ojos increíblemente hermosos; a decir verdad hacía mucho tiempo que Winterbourne no contemplaba nada tan hermoso como los diversos rasgos de su rubia compatriota: su cutis, su nariz, sus orejas, sus dientes. Sentía una gran devoción por la belleza femenina: le gustaba observarla y analizarla; y en lo que respecta al rostro de esa jovencita, hizo varias observaciones. No era insípido en absoluto, pero tampoco era exactamente expresivo y, aunque delicado en grado sumo, Winterbourne lo acusó mentalmente —con mucha indulgencia— de requerir un toque final. Pensó que era muy posible que la hermana del señorito Randolph fuese una coqueta; estaba seguro de que tenía una personalidad propia, pero en su claro, dulce y superficial semblante no había ninguna traza de burla ni ironía.

Pronto se hizo patente que estaba bien dispuesta para la conversación. Le contó que iban a pasar el invierno en Roma... ella, su madre y Randolph. Le preguntó si era «realmente americano», confesándole que nunca lo hubiera creído; parecía más bien un alemán —esto lo dijo tras un breve titubeo—, especialmente cuando hablaba.

Winterbourne, riendo, respondió que había conocido algunos alemanes que hablaban como americanos, pero que hasta el momento no recordaba haber conocido ningún americano que hablara como un alemán. Luego le preguntó si no estaría más cómoda sentada en el banco que él acababa de dejar. Ella respondió que le gustaba estar de pie y pasear, pero al poco rato se sentó. Le dijo que era del estado de Nueva York... «si sábe usted dónde está».

Winterbourne se enteró de más cosas sobre ella cuando atrapó al escurridizo hermanito y le hizo permanecer unos minutos a su lado.

—Dime tu nombre, muchacho —dijo.

—Randolph C. Miller —dijo el chico vivamente—. Y también le diré su nombre —añadió, apuntando a su hermana con el bastón.

—¡Harías mejor esperando a que te lo preguntaran! —dijo la joven, con calma.

—Me encantaría conocer su nombre —dijo Winterbourne.

—¡Su nombre es Daisy Miller! —exclamó el muchacho—. Pero ése no es su verdadero nombre, no es el que figura en sus tarjetas.

—¡Lástima que no tengas una de mis tarjetas! —dijo Miss Miller.

—Su verdadero nombre en Annie P. Miller —prosiguió el niño.

—Pregúntale a él su nombre —dijo la hermana señalando a Winterbourne.

Pero Randolph pareció por completo indiferente en cuanto a ese punto y continuó suministrando información acerca de su propia familia.

—El nombre de mi padre es Ezra B. Miller —anunció—. Mi padre no está en Europa; está en un lugar mejor que Europa.

Winterbourne imaginó por un momento que así era como le habían enseñado al niño a decir que Mr. Miller había sido trasladado a la esfera de las recompensas celestiales. Pero Randolph añadió inmediatamente:

—Mi padre está en Schenectady. Tiene un negocio muy importante. Mi padre es rico, sabe.

—¡Bueno! —exclamó Miss Miller bajando su sombrilla y mirando la orla bordada.

En ese momento Winterbourne soltó al niño, que se alejó arrastrando su bastón a lo largo del sendero.

—No le gusta Europa —dijo la joven—. Quiere regresar.

—¿Quiere decir a Schenectady?

—Sí, quiere volver a casa. No hay otros niños por aquí. Hay sólo uno, pero siempre anda acompañado por su preceptor; no le dejan jugar.

—¿Y su hermano no tiene un preceptor? —inquirió Winterbourne.

—Mamá pensó en proporcionarle uno, que viajase con nosotros. Cierta señora le habló de un preceptor muy bueno; una señora americana —quizá la conozca usted—, Mrs. Sanders. Creo que es de Boston. Le habló de este preceptor y pensamos tomarlo para que nos acompañara. Pero Randolph dijo que no quería ningún preceptor viajando con nosotros. Dijo que no quería lecciones en los trenes y nosotros nos pasamos la mitad del tiempo en los trenes. Conocimos a una dama inglesa en el tren... creo que se llamaba Miss Featherstone; quizás usted la conozca. Quería saber por qué no le daba yo lecciones a Randolph, darle «instrucción», como ella decía. Creo que él podría darme más instrucción a mí de la que yo pueda darle a él. Es muy listo.

—Sí —dijo Winterbourne—, parece muy listo.

—Tan pronto como lleguemos a Italia mamá le procurará un preceptor. ¿Hay buenos preceptores en Italia?

—Muy buenos, creo —dijo Winterbourne.

—O, si no, le buscará alguna escuela. Tiene que aprender un poco más. Sólo tiene nueve años. Va a ir a la universidad.

Y de este modo, Miss Miller continuó conversando sobre los asuntos de su familia, y también sobre otros temas. Estaba sentada allí con sus bellísimas manos, adornadas con aniIlos muy brillantes, cruzadas sobre el regazo, y con sus bellos ojos ora posados sobre los de Winterbourne, ora perdidos por el jardín, la gente que pasaba, y el precioso paisaje. Hablaba con Winterbourne como si le conociera desde hacía mucho tiempo. El estaba encantado. Hacía muchos años que no había oído hablar tanto a una muchacha. De aquella joven desconocida, que había venido a sentarse a su lado en su banco, hubiera podido decirse que hablaba por los codos. Estaba muy quieta, sentada con un aire encantador y tranquilo, pero sus labios y sus ojos se movían constantemente. Tenía una voz suave, tenue y agradable, y su tono era decididamente sociable. Le contó a Winterbourne la historia de sus recorridos por Europa y sus proyectos, así como los de su madre y su hermano, y enumeró en particular los diversos hoteles en los que se habían alojado.

—Esa dama inglesa que conocimos en el tren —dijo—, Miss Featherstone, me preguntó si en América no vivíamos todos en hoteles. Le dije que en mi vida había estado en tantos hoteles como desde que llegué a Europa. Nunca he visto tantos; no hay más que hoteles.

Pero Miss Miller no hizo está observación en tono quejumbroso; parecía tomárselo todo con el mejor de los humores. Afirmó que los hoteles eran muy buenos una vez se habituaba uno a sus peculiaridades, y que Europa era realmente deliciosa. No estaba decepcionada... en absoluto. Quizá fuese porque había oído tantos comentarios. Tenía tantísimas amigas que habían estado aquí tantísimas veces. Y había tenido también tantísimos vestidos y otras cosas de París. Cada vez que se ponía un vestido de París tenía la sensación de estar en Europa.

—Era algo así como un sombrero de los deseos —dijo Winterbourne.

—Sí —dijo Miss Miller, sin reparar en la analogía—, siempre me hacían desear estar aquí. Pero no valía la pena venir sólo por los vestidos. Estoy segura de que mandan los mejores a América; aquí se ven unas cosas horrendas. Lo único que no me gusta —prosiguió— es la vida social. Aquí no hay vida social, o si la hay no sé dónde se encuentra. ¿Lo sabe usted? Supongo que tendrá que haberla en alguna parte, pero yo no he visto ni rastro. Me encanta la vida social y siempre he estado inmersa en ella. No sólo en Schenectady, sino también en Nueva York. Antes solía ir a Nueva York todos los inviernos. En Nueva York hice muchísima vida social. El invierno pasado tuve diecisiete cenas en mi honor; tres de ellas ofrecidas por caballeros —añadió Daisy Miller—.

Tengo más amigos en Nueva York que en Schenectady... más amigos, y también más amigas —añadió al cabo de un momento.

Hizo otra pausa breve; miraba a Winterbourne con toda la belleza de sus ojos intensos y con su ligera sonrisa un poco monótona.

—Siempre —dijo— he estado rodeada por muchos caballeros.

El pobre Winterbourne estaba divertido, perplejo y decididamente cautivado. Nunca había oído a una muchacha expresarse de este modo; nunca, salvo en los casos en que decir tales cosas venía a ser la evidencia de cierta laxitud de costumbres. Y sin embargo, ¿iba él a acusar a Miss Daisy Miller de real o potencial inconduite, como dicen en Ginebra? Sintió que por haber vivido tanto tiempo en Ginebra se había perdido muchas cosas; había perdido la costumbre del tono americano. Nunca, en efecto, desde que tuvo edad para darse cuenta de las cosas, se había encontrado con una joven americana de carácter tan acentuado como ésta.

Ciertamente era encantadora, pero ¡qué terriblemente sociable! ¿Era simplemente una chica bonita del estado de Nueva York? ¿Eran así todas las chicas bonitas que vivían rodeadas de caballeros? ¿O acaso era una joven insidiosa, audaz y sin escrúpulos? Winterbourne había perdido la intuición en estos asuntos, y la razón no podía ayudarle. Miss Daisy Miller parecía extremadamente inocente. Algunas personas le habían contado que, después de todo, las muchachas americanas eran sumamente inocentes; otras le habían dicho que, después de todo, no lo eran. Se sentía inclinado a creer que Miss Daisy Miller era una coqueta, una encantadora pequeña coqueta americana. Hasta ese momento jamás había tenido relaciones con jóvenes de esa clase. Había conocido, aquí en Europa, a dos o tres mujeres —personas mayores que Miss Daisy Miller, y provistas de esposos que les daban un viso de respetabilidad —que eran grandes coquetas; mujeres terribles y peligrosas con quienes las relaciones de uno estaban expuestas a tomar un rumbo peligroso. Pero esta joven no era coqueta en ese sentido; carecía de toda sofisticación. Sólo era una encantadora pequeña coqueta americana. Winterbourne se sentía casi reconfortado por haber hallado la fórmula adecuada a Miss Daisy Miller. Se recostó en su asiento; se dijo a sí mismo que la muchacha poseía la nariz más atractiva que había visto en su vida; se preguntó cuáles serían las condiciones y las limitaciones del trato con una encantadora coqueta americana. Sin duda, pronto iba a saberlo.

—¿Ha visitado usted ese viejo castillo? —preguntó la joven, señalando con su sombrilla los muros lejanos del castillo de Chillon.

—Sí, hace ya tiempo, más de una vez —dijo Winterbourne—. Supongo que usted también lo habrá visto.

—No, no hemos ido nunca. Me gustaría muchísimo conocerlo. Por supuesto que pienso ir; no me marcharía de aquí sin haber visto el viejo castillo.

—Es una excursión muy bonita —dijo Winterbourne—, y fácil de hacer. Se puede ir en coche o en el vaporcito.

—Se puede ir en tren —dijo Miss Miller.

—Sí, se puede ir en tren —asintió Winterbourne.

—Nuestro «courier» dice que el tren llega hasta el mismo castillo —continuó la joven—. Ibamos a ir la semana pasada; pero mi madre renunció finalmente. La dispepsia la hace sufrir mucho. Dijo que no podía ir. Randolph tampoco quería; dice que los castillos antiguos no le dicen nada. Supongo que iremos esta semana, si conseguimos convencerle.

—¿A su hermano no le interesan los monumentos antiguos? —inquirió Winterbourne sonriendo.

—Dice que los viejos castillos no le interesan. Sólo tiene nueve años. Quiere quedarse en el hotel. Mamá tiene miedo de dejarlo solo, y el «courier» no quiere quedarse con él, o sea que no hemos ido a demasiados lugares.

Pero sería una lástima que no fuéramos allí arriba —dijo Miss Miller señalando de nuevo el castillo de Chillon.

—Debería poderse arreglar de algún modo —dijo Winterbourne. ¿No pueden encontrar a alguien que se quede con Randolph por una tarde?

Miss Miller le miró unos instantes y luego dijo plácidamente: —¿Y si se quedara usted con él?

Winterbourne vaciló un momento.

—Preferiría ir a Chillon con usted.

—¿Conmigo? —preguntó la joven con la misma placidez.

No se puso de pie sonrojándose, como habría hecho una joven de Ginebra; y sin embargo, Winterbourne, consciente de que había sido muy atrevido, pensó que quizá la había ofendido.

—Con su madre —respondió muy respetuosamente.

Pero parecía que tanto su audacia como su respeto resbalaban sobre Miss Daisy Miller.

—Supongo que mi madre no irá, después de todo —dijo—. No le gusta pasear por la tarde. Pero ¿piensa de veras lo que acaba de decir?, ¿que le gustaría subir allí?

—Muy seriamente —declaró Winterbourne.

—En ese caso podemos arreglarlo. Si mamá se queda con Randolph, supongo que Eugenio querrá quedarse también.

—¿Eugenio? —inquirió el joven.

Eugenio es nuestro «courier». No le gusta quedarse con Randolph; es el hombre mas fastidioso que he conocido. Pero es un «courier» espléndido. Creo que se quedará con Randolph si mi madre se queda, y entonces nosotros podremos ir al castillo.

Winterbourne reflexionó por un instante tan lúcidamente como le fue posible; «nosotros» sólo podía referirse a Miss Daisy Miller y a él mismo. Ese programa parecía demasiado agradable para ser cierto; sintió deseos de besarle la mano. Posiblemente lo hubiera hecho, arruinando por completo el proyecto, pero en ese instante otra persona, presumiblemente Eugenio, apareció. Un hombre alto y bien parecido, de soberbías patillas, luciendo un chaqué de terciopelo y una brillante cadena de reloj, se acercó a Miss Miller mirando intensamente a su acompañante.

—¡Oh, Eugenio! —dijo Miss Miller, con el más amistoso de los tonos. Eugenio, tras inspeccionar a Winterbourne de la cabeza a los pies, se inclinó gravemente ante la joven.

Tengo el honor de informar a mademoiselle que el almuerzo está servido.

Miss Miller se levantó lentamente.

—Escucha, Eugenio, —dijo—, iré a ese viejo castillo, de todos modos.

—¿Al castillo de Chillon, mademoiselle? —preguntó el «courier»—. ¿ Mademoiselle ha hecho ya los preparativos? —añadió, en un tono que a Winterbourne le pareció muy impertitiente.

El tono de Eugenio pareció arrojar una luz un tanto irónica sobre la situación de Miss Miiler, una luz que ella misma pareció percibir. Se volvió hacia Winterbourne sonrojándose ligeramente... muy ligeramente.

—¿No se echará usted atrás? —dijo.

—No me sentiré feliz hasta que vayamos —protestó él.

—¿Se aloja usted en este hotel? —continuó ella—. ¿De veras es americano?

El «courier» seguía mirando a Winterbourne de manera ofensiva. El joven, por lo menos, consideró esa manera de mirar una ofensa contra Miss Miller: traslucía la acusación de que «buscaba» amistades.

—Tendré el honor de presentarle a una persona que le contará cuanto quiera saber sobre mí —dijo, sonriendo y refiriéndose a su tía.

—Bueno, ya iremos algún día —dijo Miss Miller. Le dirigió una sonrisa y se alejó. Abrió su sombrilla y caminó de regreso al hotel con Eugenio a su lado. Winterbourne se quedó mirándola y mientras ella se alejaba, arrastrando sus volantes de muselina sobre la grava, se dijo que tenía la tournure de una princesa.

2

Índice

Sin embargo, al prometer a Miss Daisy que la presentaría a su tía, la señora Costello, se había comprometido a más de lo que iba a resultar factible. Tan pronto como esta dama se repuso de su jaqueca, Winterbourne fue a visitarla a su apartamento y después de las consabidas averiguaciones con respecto a su salud, le preguntó si había observado la presencia de una familia americana en el hotel: madre, hija y un chiquillo.

—¿Y un «courier»? —dijo la señora Costello.

—Oh, sí, los he observado. Los he visto, oído, y he procurado evitarlos.

La señora Costello era una viuda adinerada; una persona de gran distinción, que a menudo daba a entender que, si no hubiera sido por su horrible predisposición a las jaquecas, probablemente habría dejado una huella más profunda en su época. Tenía el rostro alargado y pálido, la nariz subida y gran cantidad de cabello llamativamente blanco, dispuesto en amplios «puffs» y rouleaux sobre su cabeza. Tenía dos hijos casados en Nueva York y otro que actualmente se encontraba en Europa. Este último estaba divirtiéndose en Homburg, y aunque viajaba a menudo, raramente se le veía visitando una ciudad en la misma ocasión que escogía su madre para aparecer en ella. Su sobrino, que había venido a Vevey expresamente para verla, era pues más atento que aquellos que, como ella decía, le eran más próximos. En Ginebra, Winterbourne había asimilado la idea de que uno siempre debe ser atento con su tía. La señora Costello no le había visto en muchos años y estaba ahora muy complacida, manifestando su aprobación iniciándole en los numerosos secretos de la influencia social que, según dio a entender, ejercía en la capital americana. Admitía que era muy «selecta», pero si él hubiera estado familiarizado con Nueva York, habría comprendido que era necesario serlo. Y el retrato de la estructura minuciosamente jerárquica de la sociedad de aquella ciudad, que ella le presentaba bajo muchas luces diferentes, era para la imaginación de Winterbourne sorprendente hasta el punto de casi oprimirle.

Comprendió inmediatamente, por el tono de su tía, que el lugar de Miss Daisy Miller en la escala social era bajo.

—Me temo que esa familia no es de su agrado —le dijo.

—Son muy vulgares —declaró la señora Costello—. Son de esa clase de americanos con quienes te crees en tu deber al no... al no aceptarlos.

—Ah, ¿usted no los acepta? —dijo el joven.

—No puedo, mi querido Frederick. Lo haría si pudiera, pero no puedo.

—La muchacha es muy bella —dijo Winterbourne, al cabo de un instante.

—Efectivamente es bella. Pero es muy vulgar.

—Comprendo lo que quiere usted decir —dijo Winterbourne, tras otra pausa.

—Tiene ese aire encantador que tienen todas —continuó su tía—. Me pregunto de dónde lo sacan; y viste a la perfección... No, no te puedes hacer una idea de lo bien que viste. No me explico dónde adquieren ese buen gusto.

—Pero, querida tía, después de todo no es una comanche salvaje.

—Es una jovencita —dijo la señora Costello— que intima con el «courier» de su mamá.

—¿Que intima con el «courier»? —inquirió el joven.

—La madre es igual. Tratan al «courier» como si fuera un amigo de la familia. Como si fuera un caballero. No me sorprendería que comiese con ellas. Seguramente no han visto nunca un hombre de modales tan refinados, con ropas elegantes, tan parecido a un caballero. Probablemente corresponde a la idea que la chica tiene de un conde. Por la tarde se sienta con ellas en el jardín. Creo que fuma.

Winterbourne escuchaba con interés estas revelaciones: le ayudaron a concretar su opinión sobre Miss Daisy.

Evidentemente, estaba más bien emancipada.

—Bueno —dijo—, yo no soy un «courier», y sin embargo estuvo encantadora conmigo.

—Deberías haber comenzado por ahí —dijo la señora Costello con dignidad—, diciéndome que la habías conocido.

—Nos encontramos en el jardín y charlamos unos minutos.

—Tout bonnement! ¿Y puedo saber qué dijiste?

—Dije que me tomaría la libertad de presentarla a mi admirable tía.

—Te estoy muy agradecida.

—Fue para garantizar mi respetabilidad —dijo Winterbourne.

—¿Y puede saberse quién garantiza la suya? —¡Ah, qué cruel es usted! —dijo el joven—. Es una chica muy agradable.

—No lo dices demasiado convencido —observó la señora Costello.

—Carece por completo de cultura —continuó Winterbourne—. Pero es maravillosamente bella y, en suma, muy agradable. Para demostrarle que así lo creo voy a acompañarla al castillo de Chillon.

—¿Vais a ir allí juntos? Yo diría que eso demuestra justamente lo contrario. ¿Puedo preguntarte cuánto hacía que la conocías cuando se forjó ese interesante proyecto? No hace ni veinticuatro horas que estás en este hotel.

—La había conocido media hora antes —dijo Winterbourne sonriendo.

—¡Dios mío! —exclamó la señora Costello—. ¡Qué terrible muchacha!

Su sobrino permaneció en silencio duante unos segundos.

—Así que usted realmente cree —empezó a decir muy serio y con un deseo de información fidedigna—. Usted realmente cree que... —pero volvió a hacer una pausa.

—¿Creo qué, caballero? —dijo su tía.

—Que es de esa clase de chicas que esperan que un hombre, tarde o temprano, se las lleve.

—No tengo la menor idea de lo que tales chicas esperan de un hombre. Pero creo que harías mejor no mezclándote con jóvenes americanas sin cultura, como tú mismo dices. Has vivido demasiado tiempo fuera del país. Sin duda cometerás algún grave error. Eres demasiado inocente.

—Querida tía, no soy tan inocente —dijo Winterbourne, sonriendo y rizándose el bigote.

—¿Eres demasiado culpable, entonces?

Winterbourne continuó rizándose el bigote pensativamente.

—¿No dejará pues que la pobre muchacha la conozca? —preguntó al fin.

—¿Es realmente cierto que va a ir contigo al castillo de Chillon?

—Creo que ésa en su intención.

—En ese caso, mi querido Frederick —dijo la señora Costello—, debo declinar el honor de conocerla. Soy una mujer anciana, pero no lo suficiente —gracias a Dios— como para no escandalizarme.

—¿Pero no hacen todas esa clase de cosas... las jóvenes americanas? —inquirió Winterbourne.

La señora Costello le miró fijamente un instante.

—¡Me gustaría ver a mis nietas actuar de ese modo! —declaró inflexible.

Esto pareció aclarar un poco el asunto, pues Winterbourne recordó haber oído que sus bellas primas de Nueva York eran «tremendas coquetas». Por lo tanto, si Miss Daisy Miller excedía el margen de libertad que se les permitía a esas jóvenes, era probable que de ella pudiera esperarse cualquier cosa. Winterbourne estaba impaciente por volverla a ver, y molesto consigo mismo por no haber sabido juzgarla correctamente por instinto.

Aunque impaciente por verla, no sabía demasiado qué iba a decirle acerca de la negativa de su tía a conocerla; pero pronto descubrió que con Miss Daisy Miller no era necesario ser tan puntilloso. Esa misma noche la encontró en el jardín, paseando bajo la tibia luz de las estrellas como una sílfide indolente y meciendo el mayor abanico que jamás hubiese contemplado. Eran las diez. El había cenado con su tía, y tras hacerle compañía un rato, se despidió de ella hasta el día siguiente. Miss Daisy Miller pareció muy contenta de verle; declaró que era la velada más larga que había pasado en su vida.

—¿Ha estado usted sola? —preguntó él.

—He estado paseando con mamá. Pero ella se cansa pronto de pasear —respondió.

—¿Se ha retirado a dormir?

—No, no le gusta irse a dormir —dijo la muchacha—. Apenas duerme... ni tres horas seguidas. Dice que no sabe cómo vive. Es terriblemente nerviosa. Yo pienso que duerme más de lo que cree. Está por ahí buscando a Randolph; intenta conseguir que se vaya a la cama. Tampoco a él le gusta dormir.

—Esperemos que le convenza —observó Winterbourne.

—Usará toda clase de argumentos para hacerlo; pero a Randolph no le gusta que mamá trate de convencerle —dijo Miss Daisy abriendo su abanico—. Luego intentará que sea Eugenio quien lo haga. Pero él no le tiene miedo a Eugenio. ¡Eugenio es un «courier» espléndido, pero no parece impresionar mucho a Randolph! No creo que se vaya a la cama antes de las once.

Pareció en efecto que la vigilia de Randolph se estaba prolongando victoriosamente, ya que Winterbourne continuó paseando con la muchacha un buen rato sin encontrarse con la madre.

—He estado buscando a esa dama a quien quiere usted presentarme —prosiguió su acompañante —. Es tu tía.

Y al admitirlo Winterbourne, y expresar cierta curiosidad por saber cómo lo había averiguado, ella le dijo que había oído hablar de la señora Costello a la sirvienta. Era muy callada y muy comme il faut: llevaba «puffs» blancos, no hablaba con nadie y nunca cenaba en la table d' hôte. Cada dos días tenía una jaqueca.

—¡Creo que es una descripción preciosa, jaquecas y todo! —dijo Miss Daisy, parloteando con su voz fina y alegre—. Tengo tantas ganas de conocerla. Puedo imaginarme perfectamente cómo es su tía; sé que me gustará.

Debe ser muy «selecta». Me gusta que las damas sean «selectas»; yo misma me muero de ganas por serlo.

Bueno, mamá y yo somos «selectas». No hablamos con cualquiera... o quizá cualquiera no habla con nosotras.

Supongo que viene a ser lo mismo. En fin, estaré contentísima de conocer a su tía.

Winterbourne se sentía incómodo.

—A ella le gustaría enormemente —dijo—, pero me temo que sus jaquecas van a impedirlo.

La muchacha le miró a través de la oscuridad.

—Pero supongo que no tendrá jaqueca todos los días —dijo, compasivamente.

Winterbourne se quedó callado un momento.

—Eso es lo que me dijo —respondió por fin, sin saber qué decir.

Miss Daisy Miller se detuvo y se quedó mirándole. Su belleza era visible incluso en la oscuridad; abría y cerraba su enorme abanico.

—¡Así que no quiere conocerme! —dijo de pronto—. ¿Por qué no lo dice? No tiene por qué tener miedo. Yo no tengo miedo —y se rió brevemente.

Winterbourne creyó percibir un temblor en su voz. Se sintió conmovido, impresionado y mortificado.

—Querida señorita —protestó—, ella no conoce a nadie. Es debido a su calamitosa salud.