Olimpo - Blas Matamoro - E-Book

Olimpo E-Book

Blas Matamoro

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Beschreibung

 Esta reedición de Olimpo no es un rescate, es un intento de reparación. Fue el primer libro prohibido por la dictadura de marzo de 1976 y eso fue un crimen en sí mismo. Los ejemplares fueron secuestrados y destruidos por el Ejército y el autor se exilió en Madrid.   En Olimpo, Blas Matamoro trabaja las figuras "olímpicas" argentinas. De Juan Manuel de Rosas a Susana Giménez, pasando por Julio Argentino Roca, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón e Isabel Sarli, entre otros. Lo hace en el marco de las líneas teóricas que se seguían en la época, pero su estilo argumentativo excede esas corrientes y lo vuelve un libro único.    ¿Nos interrogan todavía esas figuras? Curiosamente, los dioses de Matamoro siguen sin apagarse ni resolverse: vuelven sin fervores, y sin ninguna ironía, a otro momento de gran interés por lo nacional. Olimpo no ha perdido vigencia. Su lengua sigue tan aguda y elegante como hace cincuenta años, que es el tiempo que lleva esperando poder encontrarse con sus lectores. 

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Seitenzahl: 235

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Olimpo

Blas Matamoro

Índice

Cubierta

Portada

Medio siglo

Dedicatoria

Epígrafe

¿Qué es un olímpico?

Olímpicos de ayer y de hoy

Pornografía y moral

La parte del diablo

Caballería tecnológica

Muerte y transfiguración

Pesadillas de la razón

Los dioses del estadio

Confutación/vindicación del mito

Apéndice

Texto publicado en el Boletín Oficial del 6 de septiembre de 1976

Últimos títulos publicados en Blatt & Ríos

Sobre el autor

Créditos

Cubierta

Tabla de contenidos

Portada

Créditos

Olimpo

Páginas finales

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Medio siglo

Este libro estuvo originariamente destinado a una colección del Centro Editor de América Latina que dirigía Osvaldo Luaces. Él fue asesinado por las fuerzas de la guerra sucia y, a su vez, los fondos de la editorial resultaron incinerados según puede verse en el documental debido a Mempo Giardinelli. Luaces es, por eso, el dedicatario de Olimpo. Ignoro si el detalle influyó en la prohibición. Por cuanto he podido averiguar, el dictamen que la recomienda es anónimo y por las señas de estilo atribuible a un sacerdote católico.*

Llevé el texto a Corregidor, donde lo consideró publicable el director editorial, mi amigo Juan Carlos Martini Real. Fue así que se llegó a la publicación. El contrato comprendía una tirada de dos mil ejemplares. Cuando llegó un camión del Ejército a secuestrarlos, se exhibió el documento y los libros fueron conducidos a la hoguera. Felizmente, el editor había tirado tres mil ejemplares, de los cuales un millar ya estaban distribuidos por librerías y quioscos de prensa. Así es como se salvaron unos cuantos y, de ellos, algunos se ofrecieron como rarezas de bibliófilos, con los precios condignos. Si de aventura se trata, esta es la que afecta a mi texto. Han pasado cincuenta años, una suma de unidades. También medio siglo: una lápida. Escribo estas líneas en Madrid, donde vivo desde aquellas fechas. Arriesgo unas figuras un poco vulgares. Nací en mi tierra, campo abierto. Vivo en España. Aquella planta se alojó en una maceta madrileña.

A los datos anteriores añado otros que los subrayan. Por aquellos mismos días, mi pareja de entonces, Martín Bartolomé, estuvo una semana primero desaparecido y luego detenido en la central cordobesa de la policía, por un error del empleado que juzgó falso su documento de identidad, lo cual en realidad era una falsa información. Eludo los detalles. En todo caso, sumados ambos extremos, sobre todo el tremebundo decreto de la prohibición, decidimos emigrar. Martín falleció en Madrid en 1994.

En cuanto a la materia del libro, en buena medida, es histórica ella misma. Espero que si alguna utilidad tiene mi trabajo sea justamente aquella. Juzgarla o explicarla no es pertinente. No lo sé hacer y si supiera no me gustaría discurrir sobre mis obras. Si fuera posible, entonces el texto estaría incompleto y no lo está. Cada libro, se supone, tiene exactamente las palabras que tiene. Tomar una actitud de guía o glosador sería una ofensa al lector. Este o esta gozan de un poder absoluto en el dominio de cuanto leen. Es un poder que reclamo cuando leo y que comparto con todos los lectores y lectoras del mundo.

No valen tampoco enunciaciones de gustos y creencias que los años han lapidado o, al menos, matizado y enriquecido. No me reconozco en el joven maduro presto a hacer las valijas del trastierro y tampoco suscribiría nada de lo escrito por mí a la vez que no me arrepiento de ninguna línea. En esta dualidad parece que sus miembros son incompatibles, pero se aclara acudiendo a la vivencia. Un libro es un trozo de vida, de tiempo vivido, radicalmente concreto, que no puede repetirse sin el peligro de la mitomanía o el olvido. La norma es dura pero, si se admite el pleonasmo, es normativa. El tiempo no pide permiso ni jamás se aquieta. El Tiempo no pierde el tiempo.

Sí quizá se encuentren en estas páginas algunas de las curiosidades que me han movido a escribir en términos de ensayo: la relación entre historia y mito, cómo se oponen y se buscan para significarse mutuamente; el alcance que tiene el mito en nuestro hacer y los signos que de él perduran, con lo que creemos, preferimos y rechazamos, es decir nuestras ideologías; y, por fin, la gloriosa injusticia de la historia misma que sólo se ocupa de una apretada minoría de personajes, mandando a los demás –mandándonos– a las odiosas enumeraciones de la desmemoria. Lugar de lo memorable y los Memorables: el Olimpo.

En mis años de escritor sólo un libro mío mereció un premio remunerado. Junto a él me permito agregar la prohibición. Cuando ya dábamos por amortizada la importancia social de la literatura, apareció un sicario con su correspondiente tinterillo que prohibió las páginas que siguen, como si hubieran conmovido a la más repugnante dictadura de nuestra historia. Es cuando la danza macabra de aquellos años se convierte en trapisonda burlesca. Y ya se sabe: cuando los argentinos nos ponemos a bailar se nos impone la melancolía.

Blas Matamoro

* El texto del decreto se reproduce en el Apéndice de esta edición, página 219. [Nota del editor]

A la memoria de Daniel Osvaldo Luaces.

Lo no sabido es, a veces, necesario,

y lo sabido puede no serlo.

Goethe: Faust, I, 1066/1067

¿Qué es un olímpico?

Echemos una ojeada sobre la ciudad. Vista a vuelo de pájaro, sólo deja ver lo que sobresale. El nivel común no cuenta. Desaparecen los hombres, los que hacen la ciudad con su trabajo cotidiano. Visualmente, sólo subsisten las alturas de lo sagrado. Las cúpulas de las catedrales del setecientos, las cúpulas de los teatros del ochocientos –esas catedrales del esplendor burgués–, los remates de los rascacielos del siglo XX, esas albas catedrales de hoy.

A menudo, el interior de las cúpulas aparece pintado: alrededor de la linterna, que deja filtrar la verdadera luz del día, unos paños de mural o de fresco representan el cielo. Nubes suspendidas, suspendidos personajes que resisten la gravedad. Personajes ingrávidos que están más allá de la legalidad física. El mundo y los hombres pesan en el mundo de los hombres. En este otro mundo luminoso, todo parece carecer de sustancia.

Entre la cúpula y el resto del edificio, la pintura parece querer imponer una solución de continuidad. La cúpula juega a no tener materialidad, a ser una apertura de la construcción que deja ver el cielo. Y, en el nivel celestial, la ingrávida población de ese mundo supremo, el Olimpo. Alto, inalcanzable, sutil, el Olimpo se muestra como algo visible a quien eleva la mirada. Es un modelo celestial para el contemplador terrestre. En el templo, la población olímpica se compone de divinidades tomadas de la religión positiva: son los santos, los apóstoles, las vírgenes, a veces es el mismo dios supremo, encarnado en la figura paterna, en la filial, en la paloma del Espíritu Santo. En ese otro templo de la mundanidad burguesa que es el teatro, las divinidades efímeras de la fiesta toman la forma de cultos extinguidos: dioses griegos, ninfas, héroes, semidioses.

La población olímpica da al hombre la doble sensación de lo sagrado: por un lado, la cercanía del modelo a imitar, que está ahí, visible, copiable; por otro lado, la lejanía inalcanzable del más allá. Hay una barrera de distancia que no se puede franquear, una zona sagrada que sólo es accesible a la minoría de los señalados. Lo mismo que ocurre con los instrumentos del culto: sólo pueden ser tocados por el sacerdote, por aquel que ha demostrado poder ser admitido al círculo de los oficiantes, y que ha recibido los principios de la sagrada ciencia. Por otra parte, sólo se puede contemplar el Olimpo si se coloca el contemplador en situación de contemplar. Debe haber una coincidencia crucial de lugar (la contemplación sólo sucede en el templo) y de tiempo (la contemplación sólo sucede durante la apertura del templo a los fines de la ceremonia). Fuera de ella, el Olimpo es sólo imagen inmaterial e interna del contemplador. La mayor parte de la vida del creyente, los dioses permanecen ocultos a su mirada. La aparición es excepcional y, como excepcional que es, se rodea de excepcionales recaudos rituales.

Las religiones clásicas no dejaban penetrar al feligrés en el recinto del templo. Los fieles debían permanecer en el peristilo, fuera del cerrado lugar donde se desarrollaba el culto (cella, célula, celda). Por fuera de él, en lo alto de los tímpanos, unas estatuas daban la imagen vicaria de los dioses, que tomaban forma corporal y exhibían sus atributos simbólicos. Lo mismo con los oráculos: la palabra divina sólo llegaba a oídos de la Pitia, quien la traducía al lenguaje mortal. Esta imagen verbal también era vicaria.

Por cierto que estos mecanismos de relación entre el hombre y los modelos de comportamiento que se reputan trascendentes (o sea que vienen de una realidad extrahumana) no han desaparecido en las sociedades actuales, aunque su base se entienda esencialmente profana. La cultura burguesa profaniza todo: la concepción del Estado, los fundamentos de la moral, el arte y, sobre todo, el supremo esfuerzo humano por entender sin ayuda de los dioses: la ciencia. La religión no impregna la vida cotidiana, como en la feudalidad o en los pueblos del Oriente clásico. Está circunscripta a sus lugares específicos. Lo que no ha profanizado el capitalismo –valga la perogrullada– es el sentido de lo sagrado, ese sentido infuso que detiene al hombre ante un nivel de realidad totalmente distinto del suyo propio. La diferencia de función entre lo sagrado en el mundo preburgués y en el mundo burgués está en su ubicación relativa. En aquel, era una finalidad. En este, es un instrumento, una herramienta de cohesión social y, por lo tanto –teniendo en cuenta la realidad de una sociedad de clases– de dominio.

Los olímpicos, en la sociedad capitalista, son personajes que la sociedad propone como modelos de comportamiento, y a los cuales rodea de una aureola de sacralidad que los hace identificables. Generalmente, esta aureola se da por la posición relativa del olímpico en el paisaje social: es un sujeto que exhibe poder, el poder que se ve en los atributos simbólicos (como los de los dioses en el templo clásico) y que se transparenta como asentado en los atributos efectivos: la posesión de la riqueza. Poder es poder disponer, poder adquirir, poder definir quién es dueño y de qué objetos. Y, en el marco del sistema social, poder es tener la expectativa de ser obedecido a los fines de todas esas operaciones.

El olímpico, pues, tiene, en sí mismo, una doble existencia, que se refleja en la doble existencia que tiene para los demás, los desapoderados, que sólo pueden participar del mundo del poder de manera simbólica, vicaria, por la mediación mágica del personaje olímpico.

En un sentido (el de lo concreto individual) el olímpico es un sujeto humano dotado de vida cotidiana, llena esta de circunstancias particulares del mismo orden que las de la vida de los demás, los desapoderados. Pero, en otro sentido (el de lo simbólico-ejemplar) su vida se distancia de la de estos: cada uno de sus actos ocurre en una cierta palestra desde la cual es propuesto como ejemplar y rector.

A su vez, el contemplador, el objeto del modelo, vive al olímpico en un doble nivel de existencia. En sus apariciones, que llamaremos solares, y en su permanencia, que llamaremos lo divino oculto. Porque todo dios, como sabía Pascal y desarrollaremos más adelante, es, a la vez, solar y oculto, luminoso y tenebroso, supremo y profundo. Abarca desde la máxima altura de la cumbre hasta la más honda grieta del abismo. Está en todas partes, y puede hacer su aparición doquiera y en cualquier momento, y no está en ninguna.

El Olimpo es socialmente eficaz porque goza de esta doble condición. Está fijo en la cúpula del templo, pero también inscripto en la memoria y en la imaginación del feligrés, internalizado como un control y un modelo de rectificaciones constantes. El Olimpo es el que llevamos dentro de nosotros, esa divinidad oculta que ve todos nuestros actos y que sabe de todas nuestras intenciones.

Y esto es lo esencial en el funcionamiento de esa difusa y abarcante institución social que se llama ideología. Está compuesta por todo lo consabido, todo lo que es sin decir, todo lo que “va de suyo”. En el fondo del Olimpo está el reino de la ideología. En efecto, para que una sociedad funcione con suficiente cohesión, hace falta que sus integrantes compartan un sistema de representaciones fundamentales. O sea: que se imaginen el mundo de una manera más o menos común, de forma tal que la mayoría de sus actos se inscriban dentro de las pautas de dicho sistema. Para esto existen los olímpicos: para hacer concreto y sensible el sistema. Para mostrar de manera evidente cómo hay que ver las cosas, cómo hay que hacerlas, cómo hay que preservar, reproduciéndolo, el sistema de relaciones sociales. El Olimpo es nuestra población celeste, pero también –y sobre todo– nuestro pan cotidiano ideológico, el conjunto de señales que nos indican por cuáles derroteros debemos transitar nuestra vida en sociedad.

Lo que sigue es un intento de mostrar, con ejemplos particulares, sin sistematizarlos y sin pretender agotar el sistema de representaciones sociales, cómo funcionan algunos de los olímpicos, y qué repercusión ideológica tienen sus figuras en la vida social del conjunto nacional. Cuando digo vida social y conjunto nacional me refiero –una vez dinámicamente y otra vez estáticamente– a lo mismo: la distinción y el ordenamiento de las clases sociales en cierto país. Y al decir clase social –una última precisión terminológica– no me refiero sólo a la manera como el sujeto se inserta en el proceso económico, sino también a la manera como se representa –imaginariamente, casi siempre de manera inconsciente– dicho proceso.

Olímpicos de ayer y de hoy

Importa desarrollar, ahora, el doble carácter y la ambigüedad dinámica que hace a la existencia de los personajes olímpicos. Para ello conviene seguir a Pascal. Quizá nadie como él ha entendido la doble y necesaria esencia contradictoria de la divinidad: la ausencia y la presencia, contemporáneas. “Si no hubiera oscuridad, el hombre no sentiría su corrupción; si no hubiera luz alguna, el hombre no tendría esperanza de remedio. Así es que no sólo resulta justo, sino útil para nosotros, que Dios esté, en parte, oculto y, en parte, descubierto… Si sólo existiera una religión, Dios estaría por completo manifiesto en ella… Habiéndose ocultado Dios de tal manera, toda religión que no diga que Dios está oculto no es verdadera… La nuestra hace todo ello: Vere tu es Deus absconditus. Siglos después, un olímpico argentino, Juan Perón, dirá algo similar: “Si Dios bajara a la tierra todos los días, terminaríamos por perderle el respeto”.*

En la dualidad dialéctica de Pascal, de Perón y de Ortega, Dios está presente y oculto, cotidianamente, en el seno del hombre, y sólo se pone de manifiesto en contadas oportunidades. En ello reside la libertad moral del hombre: en tener que buscar lo manifiesto por los caminos del ocultamiento. En los tiempos de Pascal, un monarca que se diputaba divino –Luis XIV– jugaba a mantener el dualismo en constante dinámica. Personalmente, sus súbditos lo veían muy poco. Simbólicamente, en cambio, siempre una imagen suya estaba de manifiesto en todo rincón del reino. Pero no era su retrato, sustituto de su cuerpo: era una metáfora de él mismo: Apolo, o una reencarnación de emperador romano, o el simple rostro solar que ilustraba la reja de sus palacios. Oculto en su simbología, el Rey Sol estaba enzarzado en la vida cotidiana de sus súbditos: su presencia manifiesta, escasa, era compensada por su presencia oculta, constante.

Al olímpico hay que ubicarlo en el doble plano de la alternancia pascaliana. Tiene que estar fijo en el cielo de los modelos, pero no debe gastar su prestigiosa lejanía con aproximaciones demasiado numerosas. Por otra parte, como tipo de comportamiento, debe estar presente en todos los actos cotidianos de sus contempladores. De alguna manera, la figura inspiradora de la conducta olímpica es el Sol mismo. Está presente en un determinado lugar del espacio (la manifestación). Pero está disperso en todos los puntos iluminados por sus rayos. Ausente como centro, está presente como periferia. Y viceversa.

Esta dualidad hace que, alrededor de los olímpicos, se forme la doble aureola de la luz y la tiniebla. Junto a la leyenda dorada, la leyenda negra. Freud ya advirtió la proximidad de ambos extremos, al estudiar la figura del tabú y la ambivalencia de lo sagrado. Lo más venerable es, a la vez, lo más inmundo. Difícilmente, las imágenes personales de gran popularidad histórica carezcan de esta ambigüedad. De todos los grandes personajes de la historia se han hecho hipóstasis que los convierten en prototipos, en recortes ejemplares de conducta. Conjuntamente, de ellos se susurran las más vergonzantes minucias. Vicios ocultos, las llamadas aberraciones sexuales, torpezas, tortuosos caminos que llevan al poder; en fin, el revés folletinesco de la epopeya.

La situación del contemplador frente al olímpico es, en el fondo, la del desapoderado ante el poderoso. A la vez, la reacción afectiva reúne la admiración con la envidia, el deseo de identificación con el resentimiento por lo inalcanzable. El poderoso es la atracción por el poder, que se trata de copiar; al mismo tiempo, objeto de desprecio ante la impotencia de alcanzarlo.

En los olímpicos argentinos tenemos, al alcance de la mano, las dos aureolas sobre cada cabeza, la cumbre de la virtud insigne y el abismo del vicio más nefasto. Los horrores que se cuentan acerca de la crueldad de Rosas se unen a las calidades de corazón y de inteligencia más empinadas. Yrigoyen era el padre de los pobres y un explotador de viudas, bastardo de inmigración y hombre de pura estirpe. El folklore de admiración y repudio creado alrededor de la figura de Perón es demasiado próximo a nosotros como para ser más explicitado. Todos ellos fueron tabú, dioses solares y ocultos, divinidades propicias y demonios.

Lo esencial para el olímpico es alcanzar la doble presencia ausente del dios oculto. Estar en todas partes y no ser manifiesto en ninguna; reducir sus apariciones, estrictamente, a las ocasiones rituales.

Juan Manuel de Rosas es uno de nuestros primeros olímpicos visibles. De él se sabe que escatimaba sus presentaciones en público (manifestaciones rituales contadas). En ellas se solía mostrar frío y distante. Era una institución: la omnipotencia del Estado absolutamente soberano, la lejanía de Dios. En su mano se reunían los prestigios y los poderes: la propiedad de la tierra, la blancura de la piel, lo rubicundo del cabello (que atestiguaban su ascendencia de conquistador), la suma formal del poder público.

Por su parte, su apariencia alternaba su doble condición de gran propietario y de caudillo populista. La casaca de brigadier, cortada a la inglesa y galonada de oro, compartía su indumentaria con el calzón de encaje y el chiripá de seda. Sin dejar de ostentar el lujo que impone, exhibía las prendas que lo identificaban, mágicamente, con cualquiera de sus paisanos.

De cerca, por el contrario, se mostraba campechano y sencillo. Todo lo lejano que era con la multitud, lo era de inmediato con el individuo. He allí la doble virtud del dios escondido: estar por encima de todos y al lado de cada quien. Este juego de alejamiento y aproximación alimenta las leyendas que se tejen acerca de su vida privada y cotidiana. Basta con leer los capítulos de Amalia en que Mármol intenta reconstruirla desde la óptica unitaria, es decir, la teología negativa de Rosas.

A veces han concurrido multitudes a su casa y, tras larga espera (que parecen preanunciar las legendarias “amansadoras” de los tiempos de Yrigoyen), se ha negado a recibirlas. Franqueadas las puertas de su intimidad, llegados a los umbrales del majestuoso San Benito de Palermo, todos han podido ver de cerca la austeridad de la casa en que vivía este hombre de quien nadie desconocía el carácter de rico propietario.

A su vez, Rosas se preocupó por convertirse en una imagen cotidiana, que se codeaba con la intimidad de cada uno de sus gobernados, tanto los partidarios fervorosos como los enemigos encarnizados. Sus “santos y señas” (órdenes verbales que emanaban de él y se transmitían por un sistema de reproducción boca a boca, a veces fijas en carteles) llegaban a todos sus soldados: era la voz del dios oculto que hablaba a cada uno de sus fieles. Sus retratos aparecían en los recios floreros de porcelana del Retiro, sobre cómodas y mesas de arrimo, en la intimidad de los salones. También bordado en los guantes de las damas, para que, ante ellos, se inclinaran los hombres en el acto del besamanos. Se los veía en las procesiones y en los presbiterios de las iglesias católicas, tanto como en los patios térreos del barrio El Mondongo, donde los negros conservaban el remoto culto de Ogum, la religión arbórea y fálica del África Central. Estaba en los muros de las casas pintadas de rojo, durante el terror del año 40, en la medida del margen del papel de oficio, en el largo del bigote y la patilla, en el canto del centinela nocturno que daba la hora y supervisaba el alumbrado público. Se veía poco con la gente del común, pero era capaz, con una mirada feroz, de hacer confesar una mentira a cualquiera. Su ojo físico despertaba la mirada del dios oculto que había hecho anidar en el corazón de todos y cada uno.

La dinámica del dios Rosas, el juego oscilante entre proximidad y lejanía, desarrolla la leyenda dorada de su trabajo cotidiano. El pueblo no lo ve, y lo imagina infinitamente laborioso. No se muestra en público porque está ocupado, día y noche, en la resolución de los negocios de Estado. Es un dios solar y activo: en efecto, como el astro rey, tiene injerencia en la vida del planeta, aun en las horas en que no brilla. Otro acercamiento metafórico al sol está dado por su fijeza. Rosas se ha trasladado muy poco, ha vivido apegado a la tierra de su provincia, ha conocido el extranjero sólo por imposiciones del exilio. Sus enemigos eran los caudillos adversos, los diplomáticos intrigantes, el imperio “macaco” del Brasil: todos próximos, todos al alcance de la mano. El ojo omnipotente llegaba a infinitos lugares, radioso desde el centro de su santuario.

Por oposición, el olímpico de la oligarquía liberal del 80 muestra sus signos inversos.

El proceso de europeización de la América Española y Portuguesa, a partir de la irrupción del comercio inglés en los puertos del Atlántico, da como resultado, a nivel de las clases gobernantes locales, la formación de una burguesía oligocrática e ilustrada, cuyos ideales de vida y pautas de comportamiento rompen con el antiguo localismo provinciano de los caudillos lugareños y las burguesías regionales. A la fijeza solar de Rosas sigue la movilidad viajera del 80, anunciada en la vida errabunda de los intelectuales proscriptos del 37. Un proceso similar se da en otras partes de América: notoriamente, con Porfirio Díaz, en México; con Pedro II y la subsecuente República del 89 en Brasil, con el balmacedismo en Chile.

Las modernas nacionalidades portuarias y comerciantes, exportadores y liberales de fin de siglo renuncian a la conservación de las tradiciones locales y optan por la abierta europeización de las tierras americanas. La fantasía ideológica de estas burguesías ilustradas y sus déspotas progresistas es no ser americanos, preferir un destino de europeos. Al imposible trasiego histórico se le sustituye una mimesis externa: la europeización de la técnica urbana, de la arquitectura y la vida cotidiana, el vestido, los gustos, los sistemas alimentarios y hasta el idioma.

Esta subversión ecológica culmina en el ideal del exilio: lo mejor es estar alejándose de la tierra, donde está la fuente de las rentas. Lo mejor es viajar. Lo óptimo, vivir en París. De lo contrario, quedarse en el corazón de las ciudades, en la intimidad de los palacios, que tratan de mimetizarse con las ciudades europeas tomadas como modelos.

La oligarquía del 80 no tiene un caudillo visible, al contrario de lo ocurrido en las provincias durante el período de las guerras civiles. Es una clase que se recluye y trata de no vincularse con las masas. Acaso la sola excepción sea la figura del general Roca, pero no se lo puede considerar como un caudillo nacional. Por ser provinciano y militar, por romper abiertamente con ciertas instituciones (notoriamente, la Iglesia), la oligarquía porteña lo mira con malos ojos. Antes de Yrigoyen no se dará el fenómeno de un caudillo de nivel nacional.

Al revés de la austeridad rosista, la oligarquía, con un enorme excedente social en sus manos, que no reinvierte en el país, derrocha y se dedica al consumo conspicuo. Rosas era un rico que vivía modestamente, al menos austeramente. Los dandys del 80, aun en plena miseria, juegan a la ostentación. Manuel Mujica Láinez lo describe agudamente en “El dominó amarillo”: el dandy vende sus últimas antigüedades para pagar los gastos de un gran baile y seguir manteniendo el brillo mundano de una casa ya casi totalmente vacía.

Rosas muere atendiendo su casa de campo en Southampton. El dandy, en caso de ruina, puede sucumbir de inanición, antes de ganarse la vida. Morquecho lo ha escrito con respecto al primero:

Con el mismo placer dejó el arado

con que después sobre el bruñido acero

sostuvo de la patria el sacro fuego

y modesto volvió a su antiguo estado.

Rosas era una divinidad solar y activa, como queda dicho. La clase ilustrada y opulenta se asimila, mejor, al modelo del “dios creador”, el brumoso planeta lejano y helado que rueda por el cielo de Urano.

Las dos figuras típicas de este olimpismo son el dandy y el coleccionista.